Martes, 10 Abril 2018 17:41

Viaje a la dimensión político-estética del Encuentro de las Mujeres que Luchan

Escrito por Gabriela Huerta-Tamayo
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Viaje a la dimensión político-estética del Encuentro de las Mujeres que Luchan

Agradezco a Helena Scully y Aura Sabina el haberme refrescado la memoria para consignar aquí algunos nombres.

 

El trayecto


El autobús 6 que salió del centro histórico de la Ciudad de México fue un rico trayecto de pláticas, canciones y música, lectura en voz alta y escritura. Sin contratiempos, lo que no veíamos era el momento de llegar. Por ello, desarrollamos irónicamente la teoría de las dos horas —que consistía en decirnos, pasadas ya las 15 horas de trayecto, que en 2 horas llegaríamos—. Nos llevó 22 horas y media alcanzar el caracol de Morelia, cerca de la ciudad de Altamirano, Chiapas. El tiempo estaba revuelto con nuestras ganas de llegar, el paisaje llenándonos las pupilas de bosques, selvas, montañas, ríos, lagos y lagunas, pueblos y encima cielos despejados. Los acentos e idiomas se multiplicaban —tan sólo cerca de mí, había mexicanas, colombianas, argentinas, españolas e italianas.


Durante la noche del día 7 de marzo, el juego que nos involucró a todas fue un cadáver exquisito de versos libres que cada una escribió. Con el compromiso de compartirlos, aquí (https://archive.org/details/aeml2018) están las fotos y el audio de la lectura por una de las compañeras.


Así comenzó nuestro encuentro.

 

 

Política estética desde las mujeres que luchan


En un mundo donde las mujeres no crearan literatura, música, imágenes, teatro, performances, videos, películas, etc., sólo veríamos tristemente la mitad de la creación y no dudo que la gran mayoría nos provocarían indignación porque acostumbran a dejarnos mal paradas. Pero las mujeres que luchan traen obras con las que nos podemos identificar sin fruncir el ceño o sin sentir un dolor resentido, u otro atorado, o una insatisfacción y disgusto por la omisión de las mujeres, o por el desprecio que nos dirigen por ser mujeres independientes, lesbianas, trans, negras, viejas o pobres... La mañana del 9 de marzo, el asombro me sobrecoge inesperadamente: un grupo de alrededor de 40 o más zapatistas de diferentes caracoles se reúne frente al templete principal para salir con cámaras y grabadoras a cada una de las actividades para hacer su memoria y llevarla a otras mujeres. ¿Cómo son sus políticas de archivo y memoria?, ¿cómo le harán para conservar y difundir estos materiales entre otras mujeres y sus comunidades?, me pregunto.


Como otras compañeras, no dudo en que requerimos darnos una cultura diferente, que nuestros procesos de concientización y politización implican nuestras sensibilidades para vivir mejor con nosotras mismas y para resistir la cultura sexista, violenta y discriminatoria de patriarcados/sistemas de opresión diferentes (liberales o neoliberales, conservadores o modernizados, indígenas u occidentalizados, capitalistas del primer o último mundo, del centro o de la periferia…).


Cuando una se pone a ver y revisar las artes de las mujeres que luchan, desde el principio sabe que esas artes no se separan de la vida ni del ideal de educar nuestra sensibilidad en una vida mejor para nosotras y nuestros mundos. El cambio social se teje con sensibilidades diferentes a las sexistas en cada cuerpo. Para algunas el arte es lo mismo que la política, pero con otros medios; para otras, arte y política utilizan medios similares y no tienen por qué distinguirlos. El “arte” no contiene la vastedad de prácticas feministas y de mujeres que luchan. En todo caso, no queda duda que las actividades del encuentro eran parte de nuestra educación estética, o si se prefiere, artística en un sentido político y vital.


Y si ello es así, todas somos entonces artífices de nosotras mismas, de nuestra sanación, de nuestra expresión por objetivos políticamente vitales y nos enseñamos formas diferentes de sentir y caminos para nuestras voces —para ser reconocidas, para expresar lo que nos pasa y sentimos, para denunciar, para acordar acciones con otras…

 

 


Para evitar el sesgo demasiado fantástico del encuentro, señalo aquí y no al final, que hubo disenso de parte de algunas mujeres por que se presentara un colectivo que ha actuado desde las instituciones y desde el generismo, que la corrupción institucional les dio recursos y se los quitó a proyectos y salarios de [email protected] compañ[email protected] y que tienen incluso actuaciones racistas que ya les han criticado. (¿Habrán cambiado?). También otras compañeras corearon “¡humildad, humildad, humildad!” a otras que subieron a la tarima durante el cierre. No se armaron broncas en ningún caso, o al menos en estos, por respeto al criterio de las zapatistas al abrirles el espacio y por no entorpecer las dinámicas de encuentro. Acerca de otros encuentros dentro del encuentro, algunas lesbianas feministas hablaron de seguir trabajando contra los protagonismos y seguir reuniéndose en sus lugares para lograr en un par de años acciones más coordinadas y extendidas. Otras hablamos de los retos que nos implica extender las redes y, luego con las palabras de la clausura, el no rendirnos, no vendernos, no claudicar. Vemos nuestras contradicciones, nuestras necesidades, oportunidades abiertas y callejones cerrados. Vemos a las zapatistas que, aunque vendan Bimbo, Gamesa y Coca-cola, platos de unicel, además de trabajar y comer de la tierra su maíz, su frijol y sus frutas, siguen adelante en el cambio de conciencia y de vida. No hay purismo ideológico (si lo hubo en nuestras historias, era eso: pura falsa conciencia), no hay caudillismo de mujeres, no hay pruebas previas al cambio social, sino la oportunidad presente y donde estemos de irnos construyendo-deconstruyendo-reconstruyendo…


Así que todo estaba para ver y considerar. No hay fórmulas para hacer o encaminar una revolución, pero escuché las palabras de una guatemalteca mayor de edad de la colectiva Actoras del Cambio que, con el trabajo que ha hecho con otras mujeres que sufrieron violencia sexual durante la guerra, la ha hecho volver a sentir su vagina. Escuché consignas creadas por mujeres y que también grité con mis compañeras, como la de “no estás sola”, “alerta, alerta, alerta que camina la lucha feminista por América Latina”. Escuché nombres de equipos que jugaron en las canchas como Gente de Berta, Las Chingonas, Las que lo Intentan, y otros que olvidé registrar y que se adornaban con lunas y brujería…

 

 


En la presentación de las obras de teatro de las zapatistas, una amiga, escritora y educadora popular, de las feministas en resistencia de Honduras, se preguntaba y nos preguntaba: ¿por qué no son panfletarias estas obras? Aventuré que no son representaciones estrictamente, sino que son ellas quienes, como en un ritual o performance, muestran la narración viva de su memoria, que así escribieron el parlamento y así lo escuchamos y vimos: como afirmación política de que el arte es vida y que está decisivamente de parte de la vida. Una compa zapa de Oventic, de unos cincuenta años, subraya que muchas de las actrices zapatistas se aprendieron los parlamentos de memoria, repitiéndolo una y otra vez, algunas —muy pocas— recurrieron a sus cuadernos. Pero no eran panfletos, aunque satirizaran el trabajo esclavo de Coca Cola, las informaciones tergiversadas de Televisa, a las fuerzas armadas que defienden el capital y que las atosigan. En una escena abrieron paraguas con los nombres de los males que les imponen —y que nos recorren a nosotras también— como las desapariciones o los feminicidios. Nos contaron en el escenario o fuera de él, entre otras cosas, cómo viven las diferencias, graduales y no mágicas, de ser mujeres, antes y a partir del zapatismo y que ya los hombres no pueden emborracharse y pegarles impunemente, y que los penalizan, según sentencie el caracol donde vivan.


En cada taller o charla, imperaba el trabajo por sentirnos a nosotras mismas, de sentir el cuerpo o la cuerpa y de escuchar las palabras propias o las de las otras. Asistí a rituales donde los olores del incienso o el copal, la danza o el canto se regalaban a las anfitrionas o se dedicaban a las ancestras o a la memoria de activistas indígenas de nuestro continente, como el dedicado a Berta Cáceres por Lorena Cabnal y la Red de Sanadoras Ancestrales del Feminismo Comunitario de Guatemala.


Frente a la arremetida sexista y misógina de los medios de comunicación, sonaron por todo el caracol el cuarteto de la banda de mujeres zapas Dignidad y Resistencia, los Batallones Femeninos de Ciudad Juárez, Mare Advertencia Lirika de Oaxaca. Me perdí los sones con jaranas de Ah Perrillas de Oaxaca. En los talleres o en la explanada, las mujeres cantaban, declamaban o leían o creaban poesía, sonaban la batucada, hacían danza… algunas aprendimos autodefensa, otras hicieron yoga…

En tres días, hubo quien se conmovió hasta las lágrimas, yo grité ¡ya basta! al ver una escena teatral de violencia, otras rieron en sus talleres, algunas se tocaron entre sí, otras más hicieron dibujos o cantaron, sin pena o con poca, porque igual dibujaron o cantaron. La gran mayoría estuvimos en expectativa por atender a las otras y, sobre todo el primer día, nos mirábamos a los ojos y nos saludábamos, aunque nos tropezáramos con las piedras de los caminos… En diferentes sentidos, nos desbordaron las actividades: porque algo nos paralizaba o nos estremecía cuando nos invitaban a hacer alguna tarea, porque había que correr de un lado al otro para llegar a tiempo, porque la palabra propia o de otras era dolorosa, o porque otras mujeres nos traían un mundo nuevo de historias y leyendas por descubrir... Una compañera zapatista me pidió tomarle un apunte, porque quien llevaba el taller decía muchas cosas interesantes que quería escribir y, mientras le dejaba algunas ideas en su cuaderno, hasta platicamos de los tiempos en que no usábamos kótex ni copas menstruales. No sé si faltaron traductoras para las que no hablaban español y no he visto las críticas de las zapatistas y compañeras de otros lados que no hablan bien el español. Algunas de las que compartieron un taller o plática se preocuparon por darse a entender y nos preguntaban a todas para asegurarse de que podían continuar, pero otras se vieron abrumadas por el tiempo y tenían que apresurarse. (Y del montón de actividades, por cierto, ¿alguien tendrá imágenes legibles de las mantas con las actividades del 9 y 10 de marzo? Eran enormes.)


Y en este despliegue político-estético, estaban las “exposiciones” —así llamaron las zapatistas al área externa de los muros de madera del pasillo entre el dormitorio y el auditorio—. Una de las dos mantas de actividades tan sólo daba cuenta de 16 nombres de colectivas y compañeras que abordaban acoso, maternidad, desapariciones, feminicidio, libertad sexual e insumisa, arte menstrual y vaginal, en medios variados como bordados, fotografía, gráfica, instalaciones. Pero hay que tomar en cuenta que sólo era una parte; no conservo la lista de “exposiciones” de la otra manta y, además, hubo cambios de última hora y no pude platicar con las compañeras de todas las muestras.


Como las obras quedaban expuestas al sereno de la madrugada, las compañeras encargadas desmontaban sus obras por la noche y, las volvían a colgar a la mañana siguiente. Entre las que pude detenerme un poco más, estaban: Vivas en la memoria, que honra a las mujeres asesinadas en México en mantas bordadas colectivamente; Al otro lado de la piel, de Sylvana González von Kunowsky que llevó una serie de fotografías que le permitió tomar una amiga durante el parto, y cuya cédula habla de sanación, parteras y de volver a la fotografía; ¡Viva la vulva!, un proyecto tijuanense en el que mujeres de diferentes lugares retrataron sus vulvas como quisieran, con un resultado imaginativo, reflexivo y lúdico; Féminas, de la colectiva bonaerense Bondi Fotográfico, exhibió imágenes de manifestaciones y retratos de mujeres que se acompañaron, entre otras palabras, de las siguientes: “Creemos que el cambio cultural es el eje central para repensarnos, despatriarcalizarnos y erradicar la violencia hacia las mujeres.” Laurene Praget de Francia nos compartió ¿Le has visto? / ¡Ni una más!, una serie de ilustraciones con retratos de mujeres desaparecidas en la Ciudad de México en 2013 y 2014, con el propósito de no olvidarnos de las más de diez mil mujeres que han desaparecido en los últimos cuatro años. Además, conocí al grupo Ah Perrillas, que llevaba, además de sus sones y jaranas, fotos y gráfica. Ah Perrillas se define como colectiva itinerante: algunas de ellas viajan y se entrelazan con otras mujeres y colectivas de Oaxaca, Puebla, la Ciudad de México, Veracruz, San Cristóbal y Chihuahua. Si no me equivoco en decirlo, además han colaborado con el Colectivo Altepee para trabajar la música de sones en contextos comunitarios y de los que llevan un buen registro fotográfico documental, además, con Altepee realizaron el video documental Compañeras de tarima (2016), en torno a cuatro mujeres mayores de edad de San Juan Evangelista, Veracruz, cuya pasión es el baile del huapango.

 


Además de estas exposiciones, vi intervenir uno de los edificios zapatistas, como la de la compañera chilena Anita que dejó un mural con simbología mapuche, o de las andaluzas que también hicieron el suyo con una mujer con la leyenda “Siembra rebeldía, cosecha libertad”, firmado con los nombres de Iris Serrano y Pallasos en Rebeldía. Pintaron en el mismo edificio que Anita y al lado de otras a quienes ya no pude registrar porque habían concluido los suyos. En el auditorio, unas norteamericanas crearon una pintura de más de 2 metros cuadrados al estilo zapatista. Y puedo fotografiar otro lienzo mientras lo pintan, es el hombre de maíz. Así, esta vez, me tocó ver pintar paredes y muros en las ya de por sí decoradas instalaciones de un caracol.

 

 


Toda revolución en la historia se precia de crear sus símbolos a través de creaciones que incluyen lo que sea necesario para recordarlas y hacer perdurar su aliento: canciones, murales, cuadernos, camisetas, bordados, documentales, carteles, versos, nombres de equipos que juegan en las canchas… En esta revolución de mujeres, no faltaron —y qué bueno porque las esperaba ver—, compañeras de diferentes procedencias que espontáneamente sacaran algunas de sus creaciones artesanales o de afiches feminista para vender o intercambiar.


Y por todos lados me encontraba con amigas o conocidas activistas, artistas, fotógrafas, videoastas, literatas, pensadoras, académicas que saben de los cuerpos y sentimientos de mujeres. Con algunas de ellas me crucé sólo una o dos veces, éramos más de siete mil mujeres en una zona grande del caracol.


Pensé en lo que me significaban los contrastes de estilo y formas de abordar la sexualidad femenina y la violencia sexual en las obras zapatistas de estilo más realista y en la metafórica de las guatemaltecas, tan liberadoras unas y otra. Pensé en la resolución de colectivos que no dar sus nombres individuales, pero sí el del colectivo para no alojar conflictos para abatir los protagonismos; pensé en otros que sí los mencionaban abiertamente y hablaban de otras formas de trabajar juntas. Pensé en lo que era la libertad y la seguridad del encuentro —tan contrastante del lugar donde vivo—, que rebasan la visión moderna, liberal y consumista de las ciudades, y que permitieron hacer fluir en el caracol el resultado de tres años de trabajo de las zapatistas y la disposición de quienes asistimos para encontrarnos.


Si faltan ejes temáticos políticos, si queremos participar en las tareas de reproducción durante el encuentro, o si fueron demasiados talleres, pláticas y proyecciones, ya verán las zapatistas por su lado, pero estamos invitadas y autoinvitadas a realizar los nuestros. Las zapatistas preguntaron si les salió bien, les contesto que sí: que salió muy bien y bien cansado y les deseo que sea mejor el próximo que preparen, si se animan. Me dio mucho gusto ver el futbol, el boli y el básquet, y ver a las defensas y equipos zapatistas que jugaban muy bien y tenían voz y decisiones propias. Y espero que también nos compartan los videos y audios que grabaron.

 

Conversaciones y escuchas


En la plática con Ah Perrillas, preguntaba sobre su formación. Me contestaron que el proceso para cada una de ellas ha sido diferente. Algunas han tomado talleres, otras se han ido formando para proyectos más grandes y alguna estudió artes visuales. El calendario gráfico Serpientes de la luna 2018 que expusieron en el exterior del auditorio fue un proyecto que esta vez convocó Janette Maritssa Huerta Calvario, artista visual. Se encargó de llevar la caravana itinerante. Las hojas del calendario no se realizaron en un mismo lugar. Y sobre si hacen prácticas de autoconciencia, me contaron que sí, que lo hacían durante el taller para que luego cada quien creara la propuesta de su estampa. También se organizaron y tendieron lazos con colectivos de diferentes ciudades para la impresión, distribución y presentación del calendario. Janette se acercó y relevó a la compañera con la que hablaba. Me dijo puntualmente lo que importa es que ellas son profesionales, se comprometen con su trabajo porque es su forma de vida. “A veces se piensa que porque estamos en estos espacios no somos profesionales… pero claro que somos profesionales, sólo que llevamos otro camino… que no sólo sea la institución colonial y dominante”, añade. Y sobre el reconocimiento que les dan otras compañeras y colectivos, me dice que lo tienen porque lo han tejido.


Respuesta diferente de la de Mónica Mayer y artistas feministas que en los años 70 y 80 del siglo pasado, porque el movimiento y la academia, el terreno lógico donde deberían haber sido reconocidas, no las tomaron en cuenta y apenas en este siglo XXI ha venido a subrayarse la cultura artística feminista y de mujeres de nuestra región. Las condiciones para las creadoras han cambiado, nuestra relación con el cuerpo, la creatividad y los sentimientos ya no es tan bipolar y masculinista (como cuando se divide nuestro cuerpo en dos partes generizadas, jerarquizadas y excluyentes: razón y cuerpo), y nos acercamos más a la cultura de las mujeres en la que los sentidos, los sentimientos y emociones, y su relación compleja con nuestra racionalidad, la creatividad y demás áreas corporales que sea necesario nombrar y con nuestras condiciones de vida se problematizan e investigan y hasta se ponen en armonía en algunas dinámicas.


Me imagino gozosa a Rosario Castellanos en medio de este encuentro en su Chiapas natal, ella que, con ironías e historia ante el androcentrismo de su tiempo, tanto defendió que existía la cultura femenina. Me la imagino así o quizás tan sólo proyecto mi gozo, pero qué bueno que la he leído y discutido.

 


Pero sigo platicando para conocerlas. Janette me dice que Ah Perrillas es un espacio de mujeres, donde no todas se definen como feministas. Pregunto por qué crearon una colectiva de mujeres y no siguieron trabajando en sus colectivas mixtas. Me precisa que ya trabajan en colectivas mixtas, pero decidieron crear Ah Perrillas: “necesitamos un espacio para ser nosotras, para hacer lo que nos prende. Es un espacio para jalarnos a nosotras sin estarnos cargando y tal vez en algunas cosas coincidimos bien con los compañeros”. “Hay cosas que a ellos no les prenden”. ¿Cómo qué? “Como hablar de salud o autocuidado.”


Me estoy despidiendo de las compañeras de la colectiva para ir a ver una obra de teatro y me apena ya no poder asistir a otro taller. Janette me dice que hay una presentación del libro Vivas Nos Queremos. Qué sorpresa. Sin dudarlo, cambio mis planes y me voy a escuchar hablar del libro y la campaña. Conozco el proyecto y fotos de la portada, pero no lo he hojeado. Llego a tiempo. No vi anunciado este evento, pero por fortuna están ahí y yo al fin puedo tomar el libro y pasar hoja a hoja. Comienzo a hacer preguntas y me piden que espere, que ya comienza la presentación. Estoy atenta y, para asegurar la memoria, activo la grabadora. El audio pueden escucharlo acá: https://archive.org/details/aeml2018.


El proyecto Vivas nos queremos inicialmente lo lanzaron Mujeres Grabando Resistencias (Mugres, se abrevian) de México. Cuando en su segunda edición lo hicieron público, las argentinas lo retomaron y extendieron por el sur.


Como carteles (en México) o pegatinas (en este formato, en Argentina principalmente), las imágenes se han llevado a las calles. Si alguna quiere pedirlas, hay que asumir el compromiso de mostrarlos en lugares públicos. La vía es hacer contacto en redes sociales con "Vivas Nos queremos - Argentina".

 


En fotos de prensa, he visto las estampas no sólo en los muros de Argentina y México, sino también han revestido los de la ciudad de Guatemala (entre otros lugares que seguramente luego conoceremos).


Las compas argentinas se encargaron de reunir fondos y hacer alianzas para llevar a cabo la selección y una impresión con gran calidad de este precioso material en que participan mujeres que tuvieran algo que compartir gráficamente —y miren que es así, porque muchas mujeres tenemos algo que decir o expresar gráficamente (simbólicamente) al respecto de "vivas nos queremos", y no importa que seamos o no artistas visuales o que tengamos un poco o un más de habilidad para grabar.


Es un libro que potencia nuestra confianza en nosotras mismas y nos pone a andar frente a las violencias machistas. A diferencia de gráficas y literatura hecha por hombres (para hombres), aquí podemos decir que nos identificamos con esta gráfica. Hay posturas políticas autónomas de nuestras libertades y cuerpos-territorio entre nosotras —placenteras y/o sororarias— o por retomar calles y espacios públicos sin acosos ni miedo. Hay afirmaciones de cuerpos —desnudos o vestidos— de diferentes edades, cabellos, atuendos, colores; los hay como brujas solas o en aquelarre, los hay con rostros tan felices de su acción de protesta como indignados ante la violencia. Saltan consignas antipatriarcales, anticapitalistas, antineoliberales y antirracistas. Y la memoria dignificante resalta las sonrisas cabales de Berta Cáceres, Amancay Diana Socayán, Laura Iglesias.


Como "la palabra revuelta" de las zapatistas al inicio del encuentro, porque vienen de mujeres de diferentes edades, lenguas, lugares e historias, así también estas imágenes son otras *revueltas*. Hay que imaginar que, al igual que el encuentro zapa, el libro trata de la reunión de mujeres diferentes que nos llamamos o no feministas, trans o no, lesbianas feministas o no, indígenas o no, viejas o no, gordas o no, veganas o carnívoras, que provenimos de aquí o allá, de lenguas fáciles o difíciles de entender, de procesos de autoconciencia diferentes, de la academia activista o de colectivas callejeras, de luchas concretas en nuestros mundos, de mujeres que preferimos o no acompañar lo que hacemos con los términos feminista, de mujeres, de género (no generistas)...


Diez textos breves y de plumas diferentes documentan tanto el proyecto del libro como de la campaña #VivasNosQueremos que lo precedió. Algunos de estos escritos se asoman a la creación colectiva que concibió algunas de las imágenes contenidas en la compilación, subrayan el hacer en común que atrajo a otras compañeras y les dio fuerza cuando salieron a las calles.


Con el libro en la mano y el instructivo para hacer un grabado, atravieso el caracol de estos montes verdes para alcanzar uno de los templetes al lado de las canchas. El encuentro en su dimensión político-estética es un universo en el que sigo encontrándome a otras mujeres y me sigo explorando. ■

Información adicional

  • Autor:Gabriela Huerta-Tamayo
  • País:México
  • Región:Norteamérica
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