Sábado, 19 Mayo 2018 08:21

Mayo, una “esperanza de océano”

Escrito por Serge Halimi
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Mayo, una “esperanza de océano”

En la vida de un pueblo, es un momento importante. La tapa de las leyes sociales se levanta. De pronto, la resignación, las costumbres, se convierten en temas de reflexión, y luego son cuestionadas. El “río de las ciudades grises, y sin esperanza de océano” (1) encuentra otros ríos, se ilumina, y todos alcanzan el mar. El “¿por qué no?” reemplaza el “es así”; lo imposible ocurre. Un contagio de las sublevaciones 
–hace cincuenta años todavía no se hablaba de “convergencia de las luchas”– recuerda que la historia no ha terminado, que las reformas y las revoluciones que la modelaron a menudo querían derogar la obligación de obedecer y padecer.


En mayo de 1968, el ensayo general no fue seguido por un estreno. Una sublevación general marcada por una de las huelgas obreras más grandes de la historia de la humanidad vio incluso su posteridad mancillada porque sus encarnaciones más mediatizadas también fueron aquellas que peor viraron. Por el contrario, el dirigente estudiantil Jacques Sauvageot, que falleció en octubre pasado, encarnaba una de las caras luminosas, y en consecuencia irrecuperables, del movimiento de Mayo. Él había visto en ese movimiento el “producto de colectivos que operaban en una óptica que superaba las individualidades” (2). Había recordado que los insurrectos de entonces pensaban en la abolición del capitalismo, cuestión que, lamentaba, “ya no es planteada por mucha gente”. Sus compañeros y él combatían una “modernidad” fundada en la racionalización del trabajo más que en su reparto o en el de las riquezas. La globalización a la que aspiraba apuntaba al “desarrollo necesario de la solidaridad internacional”, no a la circulación cada vez más rápida de las mercancías. Por último, en mayo de 1968, se trataba de combatir un poder que pretendía, ya, “hacer de la universidad una empresa rentable” (3) y garantizar la reproducción social.


Tales evocaciones relativizan el nuevo discurso dominante, al que le gustaría constituir la oposición entre un progresismo cultural con un toque de Mayo del 68 –que encarnarían Emmanuel Macron, Angela Merkel o Justin Trudeau– y una “democracia iliberal” a la húngara como referencia de todos los combates políticos. En resumen, el pluralismo de las sociedades abiertas contra el autoritarismo nacionalista, pero sin cuestionar el sistema económico y las relaciones de poder que de él se desprenden (4). Plantar al presidente francés como símbolo internacional de la moderación democrática frente a los “extremos” de toda naturaleza, sin embargo, constituye una singular paradoja en el momento en que enfrenta a los sindicatos, pone en peligro el derecho de asilo y parece tener como principal ambición que los “jóvenes franceses tengan ganas de volverse multimillonarios”.


Macron tenía previsto conmemorar Mayo del 68. Semejante fiesta tendría un sentido, pero contra el “viejo mundo” que él representa. Ese viejo mundo que, cincuenta años más tarde, todavía se acuerda de su miedo y pretende completar su revancha.

 

1. René Crevel, “Détours”, La Nouvelle Revue française, París, 1924.
2. “Mémoire combattante : quelques écrits de Jacques Sauvageot”, Contretemps, N° 37, París, abril de 2018.
3. En palabras del rector Jean Capelle al analizar un plan gubernamental de 1966 sobre la enseñanza superior.
4. Véase Pierre Rimbert, “Alemania atenazada por el nacional-conservadurismo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2018.

*Director de Le Monde diplomatique.

Información adicional

  • Autor:Serge Halimi
  • Fuente:Le Monde diplomatique Nº177, edición Colombia
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