Sábado, 08 Diciembre 2018 09:34

Con(tra) Internet. Dominación y resistencias digitales

Escrito por Raimon Ribera
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Con(tra) Internet. Dominación y resistencias digitales

Ante el auge de la ideología ciberfetichista nos preguntamos por los instrumentos de control y gobierno que proporciona a las sociedades informacionales así como las posibles potencias revolucionarias de la comunicación digital.

 

Ciberfetichismo y utopismo digital


Internet es la tecnología a la que prestamos más atención en nuestra vida diaria. Poco a poco ha ido colonizando cada palmo de tierra hasta mediatizar prácticamente todas las relaciones sociales y comerciales.
Como explica César Rendueles en su ensayo Sociofobia (Capitán Swing, 2013), existe una tendencia generalizada en las sociedades tecnológicas que podríamos llamar ciberfetichismo. Sus seguidores creen que los recientes desarrollos en las tecnologías de la comunicación han traído consigo un cambio sin parangón que ha transformado abruptamente la forma de relacionarnos. Este cambio supondría un corte histórico que nos impediría comprender las sociedades tecnológicas y de la información en los mismos términos que se comprendió el capitalismo durante su etapa industrial.


Un ejemplo punzante de esta ideología es que uno de los pilares de muchos proyectos de desarrollo para el Tercer Mundo consiste en la democratización de Internet mediante dispositivos móviles de bajo coste. Así tendrían a su alcance el conocimiento almacenado en la red, subsanando en gran parte la escasez de material e infraestructuras y garantizando así acceso a educación, además de otorgar capacidad de intervención política en el foro global, de modo que podrían usar Internet como una herramienta emancipadora. Sin embargo, aunque el acceso a Internet puede en la práctica contribuir a minimizar esas deficiencias, no podemos ignorar los intereses que se esconden en los no pocos esfuerzos que están dedicando a estos proyectos las mismas corporaciones tecnológicas, como Google y Facebook, que ven un mercado aún por explotar si tal implantación se consigue.


La manera como se plantea el ciberfetichismo en el seno de las mismas sociedades tecnológicas muestra otra cara del mismo problema. Las tesis que se manejan desde las tendencias tecnologicistas insisten en que Internet es una herramienta que permite multiplicar nuestras posibilidades en lo que se refiere a nuestras relaciones sociales y deshacernos de las fronteras físicas que nos limitaban antaño. Gracias a Internet tendríamos la posibilidad ya no solo de mantener contacto con gente que por distintas razones no podríamos mantener de otra manera, sino que nos proporcionaría nuevas herramientas colaborativas que salvasen los obstáculos y que fuesen mucho más eficientes y flexibles que las anteriores. Además, la multidireccionalidad de Internet permitiría que se derrumbasen las barreras materiales que habían limitado de facto la libertad de expresión, terminando con el oligopolio de la información de los medios de comunicación privados y estatales y dando voz a cada individuo particular en el foro global.


Sin embargo, tras esta utopía digital, el paisaje que nos describe Rendueles es sustancialmente distinto. Si nos alejamos de la mirada superficial que nos ofrecen los medios de comunicación y la literatura de ciencia ficción partícipe de esta corriente veremos que Internet, más que proporcionar ese espacio neutro para la comunicación, ha servido al proyecto del capitalismo de atomizar a los individuos para luego crear una comunidad abstracta atravesada por afectos de baja intensidad. Además, en vez de democratizar la producción de saberes y el diálogo entre iguales, reduciendo la desigualdad, aunque sólo fuese en el ámbito de la representación, ha producido una mayor concentración de capital en las corporaciones tecnológicas y medios de comunicación, por cuyos servidores transcurre casi la totalidad del flujo de datos. Es muy interesante, en este sentido, el concepto que lanza Preciado de «capitalismo fármaco-pornográfico», ya que me parece que lo que pretende señalar no es otra cosa que el papel preponderante que juegan las industrias farmacéutica y pornográfica en la gubernamentalidad contemporánea, pues no sólo acumulan grandes masas de capital, sino que además son piezas clave en la producción de subjetividad.


Sociedades de control en la era digital


Kafka tenía pesadillas con el Estado. Vio en su época que se avecinaban nuevas formas de poder que operaban mediante mecanismos aún por inventar. En sus relatos sus personajes están atrapados por flujos invisibles de poder y de deseo que se extienden por toda la superficie del relato. Siempre presentes, estos flujos pueden llegar de cualquier personaje, que de golpe se vuelve un funcionario de la justicia, o de cualquier habitación contigua, que de manera impensada puede contener los Altos Tribunales.


Un siglo más tarde y a la luz de las pantallas de los smartphones, los textos de Kafka nos siguen provocando esta inquietud propia del paranoico, quien sabe si con más vigor que a sus coetáneos, pues parece que aquellos instrumentos que faltaban, que eran suplantados por un «cualquiera», ahora toman formas concretas mediante los múltiples dispositivos de comunicación que llevamos diariamente en nuestros bolsillos.


Una tentativa que podríamos tener hoy, demasiado fácil por otro lado, a la hora de comprender la idea de las Sociedades de Control de Deleuze sería la de aceptar el corte que proponen los ciberfetichistas y considerar que Internet es este punto de inicio que, con sus transformaciones irreversibles nos aboca a los imaginarios distópicos con los que estamos familiarizados en la actualidad. Sin embargo, a mi parecer, esta lectura presentaría graves deficiencias, ya que en lo que insisten Deleuze y Guattari (también Foucault) es que entre las sociedades de soberanía del Antiguo Régimen, las sociedades disciplinarias de la Modernidad y las sociedades de control del capitalismo cognitivo no hay cortes, sino más bien intensificiaciones. Tanto elementos disciplinarios —la policía— como de control —el diezmo— ya se encuentran en estado larvario en las sociedades de soberanía, del mismo modo que todavía quedan instituciones disciplinarias en las sociedades de control, como las cárceles, que han encontrado su forma de sobrevivir bajo el capitalismo.


Es cierto que no habría que obviar el papel fundamental que tienen los desarrollos tecnológicos en los sistemas de gobierno. Siguiendo el ejemplo de los smartphones, su democratización vuelve una tarea mucho más sencilla la de controlar a la población, pero los dispositivos de control desbordan a estos medios técnicos. Lo que define las sociedades de control no son tanto factores como el ciberespionaje y el tráfico con datos personales en Internet, o la publicidad permanente en nuestro bolsillo —aunque por supuesto la intensifican—, sino otros aspectos como las deudas y el crédito, el derrumbe de la fábrica como centro de trabajo en pro de la abstracción de la empresa, la fragmentación de la vida en segmentos inconexos por los que se transita, etc., y en este sentido está claro que la aparición de determinadas tecnologías de la comunicación están propiciando sistemas de control mucho más sofisticados, eficientes y sutiles de los que se podría pensar no solo cuando escribió Kafka a principios de siglo, sino también en los años 70 y 80, cuando lo hicieron Deleuze y Guattari.


Tecnología contra el poder


Las posturas más utópicas de este ciberfeticihismo consideran clave la aparición de las tecnologías digitales de la comunicación porque con ellas se vuelven posibles redes de cooperación y solidaridad que no cuentan con las limitaciones que tenían las comunidades tradicionales, que se basaban en las relaciones cara a cara. Pero el fracaso estrepitoso de este proyecto, que ha dejado como vestigio un planeta colonizado por el capitalismo informacional, podría abocarnos a la otra cara del mismo planteamiento, bajo distintas formas de neoludismo.


Pensamos que, en efecto, casi la totalidad de los sistemas de control en la actualidad están mediatizados por Internet, y en ese sentido el poder se identifica con la organización del mundo. Lejos de traer consigo algo así como una revolución, por el momento ha servido para intensificar y apuntalar los sistemas de gobierno que se venían desarrollando desde después de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que en el ámbito de la guerra sólo ha servido para perfeccionar y optimizar la técnica de la masacre, se han optimizado y vuelto sutiles las tecnologías de gobierno y dominación.


Es decir, Internet es un espacio (de carácter estriado, en el sentido que apuntan Deleuze y Guattari) donde la interacción siempre viene mediada no solo por elementos materiales, como la infraestructura comunicativa misma (el hardware y las propias redes), sino también por el marco de comunicación que se establece mediante software y que determina los cauces de la información, como los automóviles circulan por las carreteras, por las llanuras y entre los valles. De un modo parecido explica Foucault el poder de la arquitectura, que consiste en distribuir espacios y visibilidades. Como el arquitecto, el programador —o más bien las grandes corporaciones tecnológicas que los tienen a su servicio— estría y, con esto, predetermina el espacio, los posibles flujos de información y las relaciones que se pueden dar en el seno de las comunidades digitales. De esta manera, capturando el tráfico de datos, es capaz de sustraer del común una plusvalía. Internet, en el fondo, se parece bastante a una burocracia esquizofrénica de la que todos somos funcionarios y solicitantes.


Nuestra posición de dominado no excluye la posibilidad de la interrupción y de la resistencia. Sin ir más lejos, nos podemos referir a dos contextos dispares que pueden arrojar un poco de luz. El propio Guattari describe en La revolución molecular su proyecto de cine menor, que no tiene una función propagandística, aunque sí de combate, y que podría servir para articular las luchas de las minorías. Este proyecto, muy influenciado por las radios libres que aparecieron en Italia durante los años 70, se vuelve realizable gracias a las primeras cámaras de vídeo domésticas y, de la misma forma, se vuelve mucho más potente con Internet. También en los movimientos insurreccionales que recorrieron el mundo a principios de la década actual tuvieron un papel destacado las redes sociales, pero nos vemos obligados a preguntarnos si realmente no hubiesen sido posibles tales congregaciones de gente sin Internet. También en estos dos planteamientos la tecnología funciona como un intensificador: ni las cámaras de video domésticas inventaron el cine, ni Internet la comunicación y la publicidad, pero, sin embargo, llegan a condicionar históricamente una época.


Durante el siglo pasado y hasta hoy el arte frecuentemente ha asumido el papel de llevar hasta el límite el medio espectacularizando la vida, hecho que ha derivado en una potentísima industria del entretenimiento que es clave en las sociedades de control. El reto que tenemos delante es el de politizar la estética, no como una ideologización del arte para las masas, que serviría sólo para optimizar las formas gobierno, sino como una puesta de los medios técnicos que el capitalismo ha producido al servicio del arte para investigar, imaginar e inventar nuevas formas de afectividad y de institucionalidad.


Si la aparición de Internet no es tanto un detonante como un intensificador de los regímenes de gobierno, entonces tampoco tenemos indicios para pensar que Internet es un espacio privilegiado para la acción política en nuestras sociedades. Aunque, sin lugar a dudas, sea un espacio donde también sea necesario luchar.

Información adicional

  • Antetítulo:Filosofía
  • Autor:Raimon Ribera
  • Fuente:El Salto
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