Miércoles, 27 Mayo 2020 06:16

Sueños aprisionados

Escrito por Natalie Volkmar Ossa
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Fotografía (propia) de la obra de Tetsuya IshidaFotografía (propia) de la obra de Tetsuya Ishida

Amanece, y se vislumbra en Madrid una capital ávida por retomar las calles. Camino por las inmediaciones de su palacio real, símbolo de la violenta desigualdad social, y me encuentro con un bellísimo balcón, rebelde él, que escandaliza el decoro del tradicional barrio monárquico al desplegar una bandera republicana y extender una sábana blanca que reivindica: “Sanidad pública; no se vende, no se recorta. Se defiende”.

Hago una fotografía del balcón combativo y doy la espalda a la insignia real para adentrarme por una callejuela en cuyas esquinas, decoradas con rostros indígenas, se lee: “La Amazonía no se vende”. Calle abajo un puesto de flores colorea mi vista y entre la travesía de la primavera y la calle fe, un hombre pedalea en bicicleta paseando entre sus brazos un generoso ramo de flores, rojas todas ellas. Cada pétalo parece bailar aquella melodía que le dedicó George Moustaki a la revolución al describirla como una “hermosa flor del mes de mayo o fruta salvaje”.

Huele a café, a pan y dulces recién horneados que corretean por el vecindario y cosquillean el apetito de los clientes que esperan su turno. Eso sí, cada pequeño local está revestido de algún ingenioso truco (velas, incienso o música) que ameniza la tediosa fila del estado de alarma. No muy lejos despereza mis oídos el cumpleaños feliz que algunos vecinos le silban a una mujer en honor al día en el que nació.

El cronómetro marca el fin del paseo, es hora de retomar el confinamiento y revisar las noticias:

La pobreza y la discriminación se agudizan durante la pandemia, la ultraderecha hace ruido, la Amazonía para algunos sí está en venta, las flores reposan sobre las tumbas de los líderes sociales asesinados en Colombia, EE.UU sigue avivando su grito de guerra, Israel decide rematar al pueblo Palestino, los indígenas de Brasil, Ecuador y Bolivia sufren el abandono del Estado, la mayoría de la gente no cumple los años feliz y según los expertos, sufriremos una condena económica perpetua por lo que no habrá mañana con el que soñar.

Apago el televisor, internet, y me quedo mirando el blanco sin futuro de la pared. Trazo sobre ella las palabras que hiló Amin Maalouf en Los jardines de la luz: “Cuando el mundo haya abandonado a los sabios, los sabios lo abandonarán. Entonces el mundo se quedará solo y sufrirá por su soledad”.
Y así estamos, sufriendo las consecuencias de una pandemia que evidencia la dramática situación a la que ha llegado una sociedad rendida a los pies del neoliberalismo; abandonada y manoseada por la dinámica de políticas antisociales que anteponen las armas a los libros, la economía a la salud y el desprecio a la humanidad.

En este contexto, es un derroche de cinismo que los partidos políticos más neoliberales abanderen el fin del confinamiento en nombre de la “libertad”. ¿De qué libertad hablamos en un sistema redireccionado constantemente por los intereses de las élites y poderosos lobbies en detrimento de las necesidades primarias de la mayoría? ¿Qué poder de elección tiene más de la mitad de la población mundial que vive confinada eternamente en las redes de un neoliberalismo que ataca su dignidad y les impide realizarse como individuos?

Basta echar la vista unos meses atrás de la pandemia: los trayectos en metro durante la hora punta; cuerpos aplastados los unos contra los otros, ese cúmulo de miradas agotadas, ojos ciegos apuntando al suelo o al infinito, hundidos por el cansancio y aburrimiento. Todos en masa, formando un bloque hasta oír el silbato de la parada para salir en desbandada emprendiendo una obligada carrera a la competitividad, con un reloj casi tatuado en el pecho que nos vigila hasta el alma para fichar a tiempo. Y a fin de mes, unos pocos billetes en la cuenta con los que pagar un cubículo sin luz natural, la hipoteca para que el banco no embargue la casa, el agua, la luz, la compra, el teléfono, algo de ropa… No parece que tantas idas y venidas a través del túnel hayan sido prometedoras, sobre todo si añadimos que el gran porcentaje de la población realiza un trabajo que nada tiene que ver con lo que hubiera querido soñar, y eso, si trabaja.

Son muchas las voces que alertan sobre si este es el modelo económico que se pretende recuperar en la postpandemia, un sistema que como apuntaba Vicent Navarro: “se rige por unas leyes del mercado que priorizan sistemáticamente a aquellos individuos y sectores de la población que tienen mayor capacidad adquisitiva, a costa de todos los demás” (La falsa dicotomía entre mantener la salud o salvar la economía en Público).


Es recursivo recordar aquello que Albert Camus reflexionaba en el mito de un Sísifo condenado a empujar eternamente una desmesurada piedra hasta la cima de la montaña para una vez allí dejarla caer. “No hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”: escribió Camus. Por supuesto, siempre que seamos conscientes de ello, hecho que no suele cumplirse ya que como explicó Byung-Chul Han en Psicopolítica: “quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema”.

Y ese es el gran logro de las nuevas técnicas de control y poder que nos embelesan con una falsa identidad de libertad donde el neoliberalismo se presenta como el edén; un paraíso de agua dulce, dátiles y palmeras bajo las cuales descansar en un mar de oro.

Un timo que destroza vidas, y donde al hombre se le etiqueta y pesa como si fuera un animal, en una balanza conforme a su nivel de rendimiento y utilidad; tal como revelan las imágenes del artista japonés Tetsuya Ishida al reflejar la opresión, soledad y cosificación de los individuos atrapados por un sistema que antepone el capital a la humanidad.

A este paso, las flores serán de plástico, el pan horneado exclusivamente por multinacionales, los cumpleaños felices solo se cantarán en inglés y las banderas de los balcones, como las paredes de las calles, estarán uniformadas conforme a la conducta de los colegios de pago.

Recuerdo un dibujo que cayó en mis manos en la década de los 90 en Bogotá. En él unos niños de la calle estaban siendo apaleados por agentes uniformados y posteriormente subidos a un camión. La “limpieza social”, la violencia premeditada e inhumana, la crueldad y desamparo, lo llevan padeciendo décadas de una u otra manera los de siempre: aquellos a quienes esa balanza neoliberal inclina hacia el abandono y desprotección… hacia la nada, como aquel vehículo cargado de niños que se perdió en el olvido y penumbra de la oscuridad de aquella desangelada madrugada.

Quizás sea hora de desalambrar los sueños aprisionados y como diría Julio Anguita, una de las voces de la sabiduría: “cuestionarse lo que hay”. Si como explicaba, la rebeldía es “un posicionamiento que nace de la mente y del corazón, del fuego de querer cambiar”, reclamar un mundo que defienda la dignidad e igualdad de oportunidades para todos y todas -sin distinción- es un acto, fundamentalmente, moral.

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  • Autor:Natalie Volkmar Ossa
  • Fuente:Natalie Volkmar Ossa
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