Sábado, 09 Enero 2021 07:01

La jaula de oro: microfísica del poder en el neoliberalismo

Escrito por Ruth Calvo
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Detalles de la manifestación contra la segregación en al barrio de Usera, en Madrid, en septiembre de 2020. Edu León Detalles de la manifestación contra la segregación en al barrio de Usera, en Madrid, en septiembre de 2020. Edu León

Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

 

El espacio no es una coordenada absoluta, como la pensó Isaac Newton, sino que existen formas diferentes de pensarlo, de ocuparlo y de vivirlo, lo mismo ocurre con el tiempo. El tiempo de la física no es el tiempo vivido, del que escribía Proust en su obra. El tiempo vivido es el tiempo que da sentido a mi vida, que me permite desarrollarme como persona y convivir con los demás y con el medio. Y lo mismo pasa con el espacio. Espacio y tiempo siempre están unidos, son los ejes de coordenadas donde nos movemos y también el lugar donde podemos construir realidades.

Pero como ya expresó el filósofo Michel Foucault, el uso del espacio y del tiempo puede servir para generar mecanismos de control del cuerpo. El panóptico, que es un sistema carcelario basado en el control del espacio y del tiempo y cuya estructura se traspasó a otras instancias de control, como la fábrica, el ejército y los colegios, es la mejor muestra de ello. El control del espacio y del tiempo generar cuerpos dóciles, cuerpos que aceptan lo que venga sin darse cuenta de las estructuras de control que hay tras ellos. Entonces, el espacio y el tiempo se convierten en hilos que atan nuestras vidas a esos mecanismos, que nos dicen cuando dormir, cuando comer, cuando divertirse, cuando consumir.

En la sociedad neoliberal estos mecanismos, que en el pasado se dieron en lugares como los conventos o los sanatorios, se ponen al servicio de la lógica del mercado. La ciudad se convierte en un centro comercial, en la todo está enfocado para el consumo, para fomentar el individualismo y destruir las alternativas de vida y de ocio, que se alejen de esta mentalidad. Ciudades como Tokyo llevan esto a su máximo esplendor, ya que hay barrios enteros que son enormes centros comerciales. Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

Nada me parece más inhóspito que un centro comercial. Es un lugar cerrado, lleno de gente y de tiendas, de ruido y de luces. Todo ahí está pensado para consumir, para que gastemos. Son lugares estresantes, pero también lugares de emociones. La sociedad, en la que vivimos, es la sociedad de las emociones rápidas, de la libertad entendida solo como libertad de consumo y de mercado. Es la sociedad adicta a los deseos y al consumo, que funcionan como droga para no pensar. Y el espacio está puesto al servicio de este consumismo aislante y enfermizo, que está acabando con los recursos del planeta y llevando a las personas a un vacío y una insatisfacción crónica.

Se crean ciudades que funcionan como prisiones, como panópticos, donde se controla a las personas de forma sutil, controlando los lugares y los tiempos. Y si el panóptico tenía una gran torre de vigilancia en el centro, que generaba la sensación de estar siendo constantemente observado, esta sociedad tiene las redes sociales, donde son las propias personas las que vulneran su privacidad, convirtiéndose en mercancías que se anuncian en esas redes- escaparates.

Hemos construido un mundo donde los lugares verdes, los espacios tranquilos y naturales cada vez escasean más, donde contaminamos las playas, los bosques, el agua y el aire; un mundo donde siempre hay que ir con prisas y siempre estar haciendo algo; donde las otras personas son competidores en los mercados y en el mundo laboral; un mundo donde cada vez más personas tienen problemas de ansiedad, de estrés o de soledad, cuando no problemas psicológicos aún más graves. Pero ante todo esto estamos sedados por el ruido de esta sociedad de consumo, por las luces de los escaparates y por los deseos inacabables que generan. Somos ratas dentro de un laberinto, pero sin darnos cuenta de ese mismo laberinto.

Por ello cualquier voz que se alce para criticar esta sociedad, este consumo alocado, es tachada de radical y ridiculizada o criminalizada. Hablar en contra de la sociedad neoliberal, de la sociedad de consumo es ir en contra de una mal entendida libertad. Libertad de consumo, de elegir comprar y comprar, porque eso es lo que hay dentro del laberinto. Libertad apoyada en el expolio de la naturaleza, en la contaminación globalizada y en la explotación laboral de las personas menos favorecidas. El uso del espacio y del tiempo favorece esta falsa libertad, que nos conduce a una prisión.

Pero, frente a este uso del espacio en favor del consumismo y de la lógica de mercado, caben alternativas, que buscan crean otras realidades sociales ocupando los espacios. Frente a la ciudad inhóspita, de asfalto, contaminación y ruido, aparecen los huertos urbanos, las ciudades en transición, las ecoaldeas o los ecobarrios, como el de Vauban, en Friburg. Frente al consumismo de los centros comerciales se crean espacios como los centros sociales autogestionados, donde el ocio no implica mercantilización.

Estar en el espacio es vivirlo y generar sociedad, es tejer redes, conocer a las personas con las que convives y crear lazos. Pero para ello hay que cambiar el sistema, hay que cambiar la forma de entender la realidad y la forma de movernos, de organizar nuestro tiempo y nuestro espacio. Destruir los centros comerciales, la mercantilización y el individualismo y generar lugares donde entremos todxs y donde la naturaleza y las otras especies no corran peligro.

1. Los cuerpos dóciles

Para mostrar cómo se generan las instancias de control hay que acercarse al pensamiento de Foucault. Este pensador deconstruye la idea del poder que manejaban pensadores como Bakunin, Marx o los contractualistas, como Rousseau o Hobbes. El poder no es visto ya como una instancia superior que aplasta a los individuos, sino como una red tejida a partir de las relaciones de fuerza. El poder no es el Estado de Hobbes, el Leviatán absoluto, que reprime a los sujetos nacidos libres. El filósofo deconstruccionista lo entiende como un tejido que construye a los propios individuos. Los sujetos son el efecto de los mecanismos de poder. El poder produce a los propios sujetos, por lo tanto, no basta con eliminar el Estado para acabar con la represión. Los mecanismos de control se han introducido en el individuo creándolo, condicionándolo, sin que éste se dé cuenta. Él mismo no es más que un producto de ese poder.

Por lo tanto, no hay una instancia superior que nos reprima, no hay un Leviatán, sino un engranaje, unas relaciones que penetran en nosotras y nos van creando. La forma de generar esos sujetos dóciles es a través del control del espacio y del tiempo. Pero conviene destacar que no hay salida de las relaciones de poder en el pensamiento foucaultiano, no hay un paraíso perdido al que regresar, ni una identidad al margen de esa construcción social y política, que son los sujetos. No hay nada detrás de la máscara que la sociedad y las relaciones de poder nos han puesto, sino que nuestra identidad es ya esa construcción. Si no cabe salida, un escape a una utopía, lo que sí se puede dar es una visibilización de los hilos que nos atan y una relajación de las relaciones de poder. 

Viento Sur

Desde esta perspectiva se entiende la idea de Simone de Beauvoir de que no se nace mujer, se llega a serlo. No se nace de ninguna manera, sino que es la sociedad la que construye a los sujetos. O, como apunta Judith Buthler, que la invocación a un “antes” de este sujeto es solo una ficción, que sirve al propio poder para legitimarse. Buthler y de Beauvoir hablan de la creación del género, pero se podría ampliar a todo el sujeto. De tal manera que resulta imposible separar a éste de las intersecciones políticas y culturales en las que se produce y se mantiene. Esto viene a significar que somos productos culturales y políticos, donde el espacio y el tiempo juegan, como ya decíamos, un papel fundamental.

El control del espacio y del tiempo es el que generar los cuerpos dóciles, el que sirve para disciplinar a los sujetos. Si nos fijamos en el experimento llevado a cabo por el psicólogo Zimbarno, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford, se ve como la teoría de Foucault se cumple. El experimento consistió en otorgar a una serie de estudiantes el rol de carceleros y a otro grupo el rol de prisioneros en un cárcel construida en los sótanos de la Universidad de Stanford. El papel que jugaba cada grupo dejó de ser un juego y pasó a penetrar en su conducta. Pero esto es lo que había analizado Foucault en su obra, donde realiza un genealogía de las instituciones que a través de la disciplina han creado cuerpos dóciles, desde los conventos medievales hasta las cárceles, pasando luego a las fábricas, los colegios, los hospitales. 

El cuerpo se convierte en el objeto y el blanco del poder. Es el cuerpo que se controla, que se le da forma, que se le educa, que obedece, el cuerpo al que se manipula. Al final, el cuerpo no es más que un muñeco político, una producción del poder. A los métodos que permiten esto, que llevan al control y a la construcción del cuerpo se les denomina disciplinas.

Foucault distingue estas disciplinas de la esclavitud, que se apoya en la apropiación de los cuerpos, y también de la domesticación, que supone una relación de dominación constante, y de otras formas de control, como el vasallaje. Las disciplinas de las que habla penetran en los cuerpos, los desarticula y los recomponen. Se trata, en realidad, de una “microfísica” del poder y procede a partir de la distribución de los individuos en el espacio y a partir del control de la actividad y del tiempo. Esta “microfísica” del poder tiene como objetivo enderezar conductas.

Este poder funciona también a través de la individuación. Se vigila, se separa los cuerpos para normalizarlos. Cuanto más se individualiza a un sujeto mejor controlado estará, más disciplinas podrán “corregir” sus desviaciones. De esta forma, hay que controlar, individualizar a los sujetos, sobre todo a aquellos que parecen separarse de la norma. Lo normal sustituye en la sociedad disciplinaria al modelo ideal. Lo “anormal” hay que corregirlo, encauzarlo, enderezar su conducta. De ahí que las disciplinas se fijen en aquellos sujetos, como el niño, el loco, el delincuente, que escapan de la norma. Por ello se les individualiza, se les controla y vigila más.

“El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología especifica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.” (Vigilar y castigar, Michael Foucault).

2. El espejismo de la libertad en el neoliberalismo

¿Cómo rebelarse contra unos mecanismos de los que ni siquiera somos conscientes y que han construido nuestra identidad? ¿Cómo superar la represión si es ella la que nos constituye? Decía Bakunin que, contra el Estado, como instancia superior, era fácil, dentro de lo que cabe, oponerse, pero contra el condicionamiento social, no es tan fácil, porque ha penetrado en nosotras. 

El consumismo no es más que otra forma de encauzar la conducta, un elemento más de la “microfísica” del poder. La sociedad neoliberal se percata que una manera de controlar a los individuos no es solo a través de las disciplinas del cuerpo, sino también a través del placer. El deseo juega un papel fundamental en la vida del ser humano. Si este deseo se puede controlar, organizar y encauzar, se obtendrá sujetos que compren, que gasten sin pensar, sujetos obligados, condicionados a buscar una felicidad embotellada, sujetos adictos a las emociones, como si fueran drogas.

La sociedad de consumo y las disciplinas del cuerpo se unen en el sistema neoliberal para generar sujetos no pensantes, sujetos que consumen y consumen, como si bebieran el SOMA de la novela Un mundo feliz. Se consume productos, ropa, juguetes, tecnología, sin pensar en la destrucción del planeta y en la explotación laboral que hay detrás de ello; se consume emociones, viajes, vacaciones, para colgar las fotos en Instagram y ser nosotras mismas un producto más, en la que vendemos nuestra propia vida; se consumen serie y películas en plataformas como Netflix, sin que detrás de esos relatos entre ninguna crítica social y política; se consume hasta relaciones afectivas y sexuales, donde los cuerpos son cosificados y anunciados como un producto en plataformas como Tinder. Nos movemos en una sociedad individualista, que aísla a los sujetos y los controla, pero que lo hace a través del deseo y del placer y de la defensa de una supuesta libertad.

Los sujetos, los cuerpos dóciles creados en esta sociedad solo piden más y más, más control, más droga, más SOMA con la que acallar las posibles voces discordantes, para normalizar lo “anormal”, lo indisciplinado. También para controlar lo que hay en cada uno de “loco”, de “inconformista”. Ciudades pensadas como centros comerciales, libertades reducidas a libertad de consumo y fiscalización de las necesidades y de los deseos, todo ello para conseguir una sociedad de sujetos obedientes, sujetos que no cuestionen las estructuras, por muy injustas que estás se vuelvan. A pesar de la contaminación globalizada que produce nuestro estilo de vida, de la explotación laboral y del cada vez mayor número de personas que quedan fuera, como náufragos de este mundo, a pesar de los problemas psicológicos, de ansiedad, estrés, soledad; se sigue vendiendo este sistema como el mejor, como el único posible. Y los sujetos aceptan la publicidad, la manipulación porque la “microfísica” del poder, de la que hablaba Foucault, funciona, y porque cuestionar la sociedad y el sistema es, al final, cuestionar nuestra forma de ser, de ocupar el espacio, de llenar nuestro tiempo.

¿Y si nuestra sociedad se ha convertido en una película de ciencia- ficción? ¿Si cada vez encontramos más semejanzas entre este sistema y lo que se ve en novelas como Un mundo feliz y 1984 o películas como Están vivos? En la novela de Huxley las personas son controladas a través de los deseos y del placer, obligados a ser felices constantemente. ¿No se persigue lo mismo con las compras compulsivas y las emociones constantes de nuestro estilo de vida? ¿Qué sujetos son rechazados, llamados radicales y marginados? ¿No son aquellos que cuestionan las bases del sistema neoliberal y de la sociedad de consumo? En la novela el personaje que cuestiona todo era el hombre salvaje, que era, al final, el único libre.

Un ejemplo de este rechazo lo tenemos en el feminismo. Cuando este movimiento trata de ir a la base, a la raíz del sistema patriarcal, entonces se habla de “feminazis” y se le ridiculiza o se le demoniza. Mas de una vez, cuando me he enfadado en alguna conversación en la que salía comportamientos machistas, me han llamado la atención, incluso para decirme que si no aguanto una broma o que si siempre destaco esas conductas solo voy a conseguir la reacción contraria. Esto implica que el ataque al sistema ya sea desde la perspectiva feminista, desde la ecológica o la de justicia social, va a tener como respuesta la defensa del propio sistema. ¿Cómo no defender el sistema, si sus relaciones de poder y sus mecanismos de control, son los que han construido a los sujetos?

En una conversación hace poco con amigos y amigas sobre modelos de masculinidad, un amigo me acabó preguntando cómo debería ser él para no caer en comportamientos machistas que tenemos interiorizados. La cuestión no es fácil de resolver, ya que estas conductas, como muchas otras, están impresas en nuestro ADN social y político. La deconstrucción de una subjetividad que esconde comportamientos machistas, racistas. clasista o capacitistas conlleva mucho trabajo, tanto a nivel individual como colectivo. Pero esta dificultad deja de manifiesto las relaciones de poder que han construido nuestra subjetividad.

Masculinidad en demolición

¿Dónde queda la libertad cacareada por el neoliberalismo, si ni siquiera en nuestras relaciones personales somos libres de los condicionamientos? El filósofo alemán Kant considerada que la muestra de la existencia de la libertad era el ser capaz de obrar al margen de los interés egoístas de cada uno en favor de aquello que consideráramos justo y del respeto hacia los demás. La libertad neoliberal es justo lo contario, se apoya en anteponer mis interés, creados y manipulados por la lógica del mercado, por encima de todo juicio racional y ético.

No importa que ciertas bromas y conductas basadas en los estereotipos de género, de los que ni siquiera somos conscientes en muchas ocasiones, supongan un desprecio, una falta de respeto, un insulto hacia mujeres, mientras los varones no consideran necesario revisar sus privilegios. No importa que mi consumo alocado implique explotación laboral, que estemos expoliando el planeta y contaminándolo, que pueblos, como el saharaui, levante su voz por las injusticias ante la pasividad de Occidente, que se aprovecha de su situación. No importa que la extracción de materiales como el coltán provoquen guerras, explotación de niños y trata de mujeres, mientras yo pueda tener un móvil de última generación. Las injusticias, la contaminación y el expolio forman parte de este sistema neoliberal, machista, racista, clasista y capacitista. No son es algo pasajero, las crisis son estructurales, como lo es también la construcción de sujetos dóciles, que se creen libres, cuando se mueven en una jaula de oro, de emociones y consumo, de gastos y vacío existencial, de estrés y soledad.

3. La ocupación del espacio

Ante esto no cabe solo volverse contra el Estado, como si él fuera el encargado de mantener esa prisión, sino que hay que visibilizar los hilos, mostrar que la libertad de consumo no es más que una quimera, una falsa libertad, y que esconde una esclavitud, un control. Si Foucault tenía razón y no es posible salir de las relaciones de poder, al menos creemos relaciones lo más laxas posibles y siendo conscientes de las mismas. No fundemos la sociedad en relaciones basadas en la opresión, sino en un intento de alcanzar un consenso y en un respeto hacia la libertad real. Busquemos deconstruir esa subjetividad fundada en el dominio y en el privilegio, el privilegio de ser varón, blanco, occidental, rico o con capacidades consideradas normales, para poder saber quiénes queremos ser y cómo queremos relacionarnos con los demás y con la naturaleza.

Si el control comienza con el uso del espacio y del tiempo, busquemos usos diferentes, que no escondan una disciplina del cuerpo. Ocupemos los espacios para construir una vida no basada en la mercantilización de todo y en las injusticias que esto conlleva, sino una vida en la que los demás importen y en la que no destruyamos todo a nuestro paso, también una vida en la que me pueda desarrollar como persona y no solo consumir y consumir. En lugar de vivir en ciudades inhóspitas, contaminadas, donde el uso del coche tiene prioridad, construyamos desde los barrios y pueblos espacios verdes, lugares donde tener un ocio que no se ajuste a la lógica del mercado, donde entren todxs, lugares donde se priorice otro tipo de vida más sostenible. 

Si el consumismo explota nuestra capacidad de desear, ¿por qué no cambiar el punto de mira? En lugar de mirar a los deseos insaciables y a las emociones rápidas, ¿por qué no buscar un placer moderado, como el que proponía el filósofo griego Epicúreo? En lugar del individualismo y la competitividad promovidos por este sistema, ¿por qué no tejer relaciones y afectos dentro de los barrios y de los pueblos? ¿No aprendimos durante el confinamiento que las relaciones sociales y afectivas eran más importantes que todos esos productos superfluos, que nos venden como imprescindibles?

¿Y si en lugar de centrarnos en comprar y comprar, nos centramos en las necesidades reales que tienen los seres humanos y en satisfacerlas de la manera más justa y sostenible? Conviene destacar aquí la postura de Max Neef, que, en lugar de hablar de deseos, que nos hunde en una cadena infinita, habla de necesidades, que van desde la alimentación y la protección contra el clima hasta el desarrollo de la persona, la creatividad, la vida afectiva y social, la justicia y el vivir en un medio vivo.

Una de las paradojas de la sociedad de consumo, de la opulencia es que lo más esencial va a menos o es infravalorado. Durante el confinamiento se vio que ciertos trabajos, ya fueran remunerados o no, eran lo esencial, los que mantenían la vida. Sin embargo, la lógica del mercado no prioriza esto, sino solo el beneficio. El mercado por encima de la vida. Los deseos de unos pocos por encima de la necesidades más básicas de la mayoría. La sociedad de la opulencia, donde consumimos sin límites, no se ajusta a los ritmos de la naturaleza ni tiene en cuenta a los que sostienen este sistema. Es la extralimitación del consumismo la que está acabando con el planeta y agravando las desigualdades sociales.

Frente a este consumo sin freno, frente a la sociedad del exceso, que contamina, explota, expolia la riqueza natural, y deja sujetos vacíos, se puede optar por alternativas. Si el consumo funciona como una droga, si la emociones nos alienan, ¿por qué no pararse a pensar a donde vamos por este camino, antes de llegar a un precipicio?  ¿Y si el espacio deja de estar al servicio de los interés del mercado y comienza a centrarse en las necesidades de las personas, como la necesidad de sociabilizar? El ocupar los espacios de otra manera rompe con el esquema de la lógica del mercado. En los huertos urbanos, por ejemplo, se busca no solo crear espacios verdes dentro de las ciudades, sino generar tejido social, en una sociedad que cada vez aísla a los individuos y además busca que las relaciones sean lo más horizontales posibles. Los centros sociales autogestionados proponen alternativas de ocio, que no implican un consumo ni una mercantilización.

El crecimiento y el consumo constante no solo es insostenible desde el punto de vista ecológico, sino que aísla a los sujetos. No se preocupa de lo esencial, sino que tras una mala entendida libertad, esconde mercantilización, precariedad, desigualdades, vacío, aislamiento, depresión y un largo etcétera.

Así, “la lógica de la acumulación y el crecimiento permanente choca con la lógica de la vida“. Porque ”la una busca la concentración de poder y el beneficio, al margen de los criterios éticos. La otra pretende el mantenimiento de los procesos vitales y busca la resolución de las necesidades y el bienestar humano. Hay una honda contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital. […] Si hay contradicción, gana el mercado” (Cambiar las gafas para mirar el mundo, VV AA).

Gana el mercado, ganan las relaciones de poder que generan sujetos dóciles, atados al SOMA. Y quienes perdemos somos nosotras. Perdemos la libertad real frente a un servidumbre casi voluntaria, que se disfraza de libertad; perdemos frente a los mecanismos de la disciplina que nos dicen lo que debemos hacer, lo que es “normal”. Pero las relaciones de poder no son el Leviatán de Hobbes, no controlan todos los efectos de su control. Por ello, siempre surgen voces discordantes, que buscan escapar de la telaraña, buscan espacios donde generar una auténtica libertad, no vendida al mercado ni a los privilegios, ya que la lucha siempre es posible. 

Los espacios no tienen que ser lugares de control ni las ciudades centros comerciales, que aíslen a los sujetos y los muevan solo al consumo. Se puede ocupar el espacio de forma distinta y generar relaciones no mercantilizadas. Ocupemos el espacio, seamos dueñas de nuestro tiempo y paremos el ritmo, antes de destruir todo.

Información adicional

  • Autor:Ruth Calvo
  • Fuente:El Salto
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