Aserrín Aserrán VIVA EL PARO NACIONAL

Domingo, 05 Julio 2020 06:27

La nueva fase de anexión israelí

La nueva fase de anexión israelí

Regresemos a Balfour. No se trata de si Israel se anexará Cisjordania más adelante este mes, o cuánto o cuánto más de ella. Se trata de la promesa original británica de 1917 –o el pecado original, si uno es árabe– y lo que expresaba en palabras. Porque, después de la verborrea acerca de la "simpatía" británica y las "aspiraciones" sionistas, la única oración de la Declaración Balfour sostenía que el gabinete en Londres veía "con ojos favorables el establecimiento en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío". Y las palabras más importantes de esta oración eran "nacional" y "en Palestina". Podemos olvidar las tonterías sobre proteger los derechos de las "comunidades no judías existentes en Palestina", porque no teníamos la menor intención de hacer nada por el estilo. Por eso –y bien harían los lectores en echar una ojeada a ese malévolo documento– Alfred Balfour prefirió evitar identificar a esas misteriosas "comunidades no judías" como árabes, musulmanas o cristianas.

Así pues, primero veamos lo de "nacional", adjetivo de "nación", que en lenguaje actual significa un Estado. Al menos es lo que hemos tenido que aceptar, porque, si Balfour sólo quiso decir "nación" en el sentido de comunidad colectiva –es decir, un "pueblo"–, ¿por qué usaría las palabras "pueblo judío" después de haber expresado apoyo a una patria "nacional" para él? Pero la segunda expresión, de igual importancia, es "en Palestina". Porque Balfour –que, en efecto, significa el gabinete de guerra británico de 1917 en pleno– no especificó a qué parte de "Palestina" se refería cuando escribió sobre la "patria" judía.

¿Fue a la sección que se convirtió en Israel más de 30 años después? ¿O una porción mayor? ¿O todo lo que en 1920 se volvió el mandato británico sobre Palestina, es decir, lo que hoy es Israel, Cisjordania y la ciudad de Jerusalén (y Gaza, que por el momento, y por obvias razones, es otra historia). Incluso se podría alegar que la "Palestina" a la que Balfour se refirió en 1917 incluía Transjordania: lo que hoy se conoce como el reino de Jordania, en el otro lado del río Jordán, más adelante sustraído a Palestina por los británicos.

Entonces, cuando Benjamin Netanyahu les dijo hace dos meses a los israelíes que la extensión de la soberanía de Israel hacia Cisjordania sería "otro glorioso capítulo en la historia del sionismo", su predecesor sionista, Chaim Weizmann –quien tuvo extensa participación en la redacción y semántica de la Declaración Balfour– sin duda habría afirmado que ese objetivo ya se había alcanzado.

¿Acaso los británicos no habían hablado de "Palestina" sin hacer la menor delimitación geográfica de la "patria nacional" que los judíos establecerían dentro del futuro mandato? En otras palabras, en 1917 los judíos bien pudieron haber creído que los británicos les ofrecían una "Palestina" mucho más grande –de hecho, toda Palestina– de la que al final se puso en el camino de Israel en 1948. En esos días, por supuesto, "Cisjordania" no existía en la nomenclatura de judíos o árabes.

Las "comunidades no judías" (los árabes cristianos y musulmanes) en Palestina –a quienes Balfour no ofreció una "patria nacional"– vivían en todo ese territorio. Sin embargo –y esta es la expresión estremecedora de la declaración–, no se mencionaba que esos pueblos vivieran allí. Meramente "existían" allí (como en "los derechos de las comunidades no judías existentes en Palestina"). Eran una mayoría de los pobladores de Palestina, pero en definitiva no eran definidos según su identidad, sino según la identidad de quienes crearían su "patria" allí. Eran "no judíos".

Todo esto se remonta, desde luego, a las fronteras. Si los británicos creyeron que habían prometido –o si los judíos pensaban que les habían prometido– toda Palestina, entonces, ¿qué tonterías son estas acerca de una "anexión"? ¿Acaso los sionistas han olvidado el objetivo original de la Declaración Balfour? Así pues, ahora viene la verdadera amenaza a la noción misma de la "anexión".

Porque, si en efecto declara la soberanía israelí sobre el resto del antiguo mandato británico, ¿qué ha sido Cisjordania desde que fue ocupada por Israel en la guerra árabe-israelí de 1967? Esa conquista territorial –en un conflicto que los árabes empezaron– convirtió a Israel en potencia ocupante, con todas las obligaciones que entonces deben recaer sobre ella. Pero el argumento de Israel, todo este tiempo, fue y es que es un territorio "en disputa" –a menos que sea anexado, supongo–, puesto que no era un "territorio soberano" de nadie que pudiera ser "ocupado" cuando los israelíes se adentraron en Cisjordania hace 53 años. Por consiguiente, la noción misma de una "Palestina" árabe, de acuerdo con los israelíes, no existe porque no tiene todos los atributos de un Estado. Hagamos a un lado por el momento la aceptación de Naciones Unidas de su calidad de Estado: es la definición de esa calidad la que ha sido el fundamento de la negativa israelí a aceptar la existencia de una Palestina árabe.

Aquí volvemos a la ironía final de todo el proyecto colonial israelí en Cisjordania. Porque, si la lastimera versión de "Palestina" que tiene el presidente Abbas –Gaza y Cisjordania– carece de los atributos vitales de un Estado, tampoco Israel los tiene. En efecto, ¿qué país de la Tierra es incapaz de decir a su propio pueblo –ya no digamos al resto del mundo– dónde está su frontera este? ¿Corre por el centro de Jerusalén? ¿Alrededor del este de Jerusalén? ¿Alrededor del borde de los mayores desarrollos coloniales de Cisjordania, construidos, como siempre nos lo recordamos, casi por completo sobre la tierra de otro pueblo (los árabes)? ¿Irá a ser esta la nueva "frontera este" de Israel, sobre la que Netanyahu ha estado amenazando a los palestinos –alentado por Donald Trump y Jared Kushner– en meses recientes?

Pero si esta "anexión" se dará ahora en etapas –puede consumir un asentamiento aquí, un "puesto ilegal" en otra parte (fenómeno este último que es una de las excusas más risibles de Israel para engullir tierra ajena) –, de todos modos no define la ubicación de la frontera este israelí. La nueva anexión de Netanyahu, si va a ser poco a poco, tamaño salami, bocado a bocado, solo será otra frontera temporal, una frontera desangelada esperando la creación de una demarcación "soberana" más, que también será provisional.

En otras palabras, si Israel quiere una frontera este, tendrá que decir al mundo dónde va a estar la frontera final. Entonces tendrá todos los atributos de un Estado. Y no puede hacerlo –y Netanyahu no puede– porque de inmediato cobraría existencia el Estado de apartheid que los críticos de Israel afirman que es. En el momento en que Israel nos diga que toda la línea del río Jordán (no solo la parte norte) es la frontera de Israel, entonces los árabes de Cisjordania estarían viviendo sin derechos o votos dentro del Gran Israel.

Es interesante en qué terminos se han expresado en las semanas pasadas las objeciones a los planes de Netanyahu, si vamos a tomarlos en serio, así como consideramos lunático al gobierno de Trump. La Unión Europea ha resaltado la ilegalidad de tal despojo de tierra. Boris Johnson –quien ha elogiado y condenado la Declaración Balfour en el curso de pocos años, dependiendo de si buscaba nuevos acuerdos comerciales con Israel– ahora ha dicho en su artículo en un diario israelí que está "inmensamente orgulloso de la contribución británica al nacimiento de Israel en la Declaración Balfour de 1917".

Sin embargo, salvo dos tibias referencias a la "justicia" –tanto para israelíes como para palestinos, claro–, toda su tesis se basa en la idea de que las propuestas de anexión "fallarán en el objetivo de asegurar las fronteras israelíes (sic) y serán contrarias a los intereses israelíes a largo plazo". Sería, escribió, "una violación al derecho internacional". Y sería un regalo a los antisemitas ("esos que quieren perpetuar las viejas consejas acerca de Israel").

Sin embargo, ni una sola vez señala Johnson que la razón principal de oponerse a la anexión de Cisjordania es que es incorrecta e inmoral, un acto criminal de robo masivo de tierras que dejará a todo un pueblo –o a las "comunidades no judías", como hubiera dicho Balfour– sin los hogares y la tierra que en derecho les pertenece. Esta –que no es ninguna minucia de legislación internacional– es la razón principal por la que millones de personas en todo el mundo están atónitas ante la determinación israelí de adueñarse de ese territorio.

Y hasta que las potencias occidentales "civilizadas" impidan que Israel cometa esa inmoralidad –esa crueldad–, Netanyahu puede soplar y resoplar acerca de la anexión para contento de su corazón, e incluso poner la nueva, pero temporal alambrada fronteriza israelí sin sentir el menor temor.

Así pues, en vez de ponderar por qué Netanyahu y Gantz podrían estar divididos con respecto a su proyecto colonial –o cuánto temen una victoria de Joe Biden y, por tanto, tienen que empujar hacia delante, o cuánto temen una derrota de Trump y por tanto tienen que poner en suspenso sus nuevos planes coloniales, o qué contramedidas puede imponer la Unión Europea a la economía israelí, o qué tanto preocupa a Johnson su seguridad–, recordemos que todo esto se refiere a la existencia de Israel como Estado.

Para tener un Estado, debe tener fronteras. Pero sostener su reclamo de una frontera que abarque toda Cisjordania socava la moralidad sobre la cual existirá el Estado que vaya a crearse al final, con todos los atributos necesarios. Ese es el meollo del asunto. Quizá lo demostremos cuando los periodistas, comentaristas y analistas gastemos tanto tiempo en reportar y examinar los cargos de presunta corrupción contra Netanyahu –que él niega– como lo hacemos con respecto al crimen masivo e inminente de robar para siempre la tierra y propiedad de otro pueblo.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 27 Junio 2020 06:28

Justicia europea da revés a Israel

Justicia europea da revés a Israel

Nunca he sido partidario de un boicot. ¿Sanciones contra Italia después que Mussolini invadió Abisinia? Olvídenlo. ¿Sanciones contra España en la guerra civil? Baldaron al legítimo gobierno republicano. ¿Sudáfrica? Siempre pensé que los rufianes del apartheid sabían que les había llegado la hora: estaban demasiado rebasados en número para sobrevivir. ¿Sanciones contra Saddam Hussein? Risibles. ¿Sanciones contra Siria? No sirvieron para derrocar a Assad, así que vamos a sancionarla de nuevo. Y no olvidemos las sanciones contra Rusia. ¿Alguien ha visto que Putin recoja su tienda en Sebastopol?

¿Sanciones contra Israel? Hasta Uri Avnery estaba en contra. Tiendo a estar de acuerdo con él. PERO…

Sí, siempre hay un pero. Y, en este caso, merece las mayúsculas. Como muchas noticias importantes, el veredicto de la Corte Europea de Derechos Humanos (CEDH) contra la condena en Francia de 11 activistas que demandaban un boicot de productos israelíes quedó sepultado bajo la pandemia de obsesión periodística con el Covid-19. En 2015, con un trasfondo de condenas políticas del propio Israel, el más alto tribunal de apelaciones de Francia convalidó sentencias que condenaban a los activistas por incitación al racismo y antisemitismo.

Lo que esto significaba, en mi concepto –aunque ningún tribunal francés se atrevió a sugerir tanto–, era que cualquiera que intentara persuadir a los tenderos o comerciantes de París, Lyon o Marsella de no comprar naranjas, uvas o sistemas de seguridad de Israel era antisemita. Siempre he dicho y escrito que hay montones de nazis verdaderos y antisemitas en el mundo –a quienes todos debemos combatir–, pero que acusar falsamente de racismo a los críticos de Israel acabará por hacer respetable el antisemitismo.

No importa: fueron sentenciadas 11 personas que forman parte del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), acusadas del terrible crimen de distribuir volantes en el estacionamiento de un supermercado de Alsacia y vestir playeras con letreros que llamaban a boicotear productos israelíes. Se les ordenó pagar 13 mil euros en multas y daños a los grupos pro israelíes que entablaron la demanda original contra ellos. No es difícil, mirando en retrospectiva al proceso, ver por qué la CEDH no podía digerir esta obra de descarado teatro político cuando emitió su propio juicio, hace poco más de una semana.

Cuando el movimiento BDS demanda la retirada israelí de los territorios palestinos ocupados, Israel se ocupa en trazar un plan junto con los estadunidenses para anexarse –contra todo derecho internacional– la propiedad y territorio de árabes con los espurios argumentos de que los palestinos no tienen una nación y, por tanto, no califican como "ocupados": solo viven en territorio "en disputa". Es la misma frase que el Departamento de Estado, para vergüenza eterna, también usa, aunque, para ser justos con el mesiánico Trump, fue Colin Powell, como secretario de Estado de Barack Obama, el primero en ordenar a las embajadas estadunidenses que emplearan ese término cobarde. La insinuación israelí de que ahora puede engullirse la tierra de alguien sobre la base de que no cuenta con un pasaporte nacional fue un bocado que la Corte Europea nada más no pudo tragar.

El BDS –otro de esos acrónimos que detesto– se ha desvanecido de la vista en los meses pasados. Solo Reuters y el Irish Times –que tiene su propia historia de expropiación colonial– dieron espacio a lo que de hecho fue una noticia muy cáustica. Cuando uno se da cuenta de que el pecado original de los manifestantes franceses fue vestir playeras con la leyenda "Palestina vivirá" y mostrar en carritos de supermercado de Alsacia (en 2009 y 2010) que tanto los aguacates como las toallitas para bebé eran importados de Israel (y repartir volantes que hablaban de los "crímenes de Israel en Gaza"), no es difícil ver por qué los jueces europeos consideraron que todo el asunto era una charada.

Los franceses, según esta decisión, tendrán que desembolsar 101 mil 180 euros y devolverlos a los 11 hombres y mujeres indefensos que expresaron sus opiniones políticas y fueron criminalizados por ello.

El artículo 10 de la Convención Europea de Derechos Humanos garantiza la libertad de expresión. También es importante mostrar los grupos que presentaron las demandas contra los manifestantes por incitación a la discriminación: la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo, Abogados sin Fronteras, Alianza Francia-Israel y la "Oficina Nacional de Vigilancia contra el Antisemitismo".

Aún más importante es repetir lo que los siete jueces europeos concluyeron: que la convención "deja poco espacio a restricciones a la libertad de expresión en el campo del discurso político o asuntos de interés general. El discurso político es a menudo virulento por naturaleza y fuente de desacuerdos. Sin embargo, es de interés público, a menos que degenere en incitación a la violencia, el odio o la intolerancia".

Francia ha violado el artículo 10 de la convención, decretaron los jueces. Es instructivo hacer notar que el caso francés fue presentado conforme a una ley de libertad de prensa que data de 1881. También es interesante que, mientras el mundo en general mira con indiferencia la campaña del BDS, el gobierno israelí se preocupa en extremo por sus efectos tanto en la economía del país como en su estatus internacional. En particular le inquieta el enfoque de los grupos de derechos sobre las armas y la tecnología que usa Israel para suprimir las manifestaciones palestinas, y que han sido fabricadas en todo o en parte en Europa y/o Estados Unidos. ¿Cuánto falta, por ejemplo, para que una familia árabe cuyo pariente ha sido muerto por un arma fabricada en la UE o EU demande al fabricante de armas en su propio territorio por vender sus productos a Israel?

Pero antes de que nadie aplauda demasiado fuerte por la independencia judicial europea –las decisiones de la CEDH tienen precedencia sobre los tribunales nacionales europeos–, vale la pena echar una ojeada también a la Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya. Acaba de decidir, después de adquirir fama de perseguir sobre todo a gobernantes negros africanos por violación de derechos humanos, que necesita mirar más de cerca los abusos perpetrados por los estadunidenses en Afganistán y por Israel en los territorios palestinos ocupados.

Ni Estados Unidos ni Israel ratificaron el Estatuto de Roma que instituyó la CPI, quizá deseando evitar que los arrastren a Holanda para someterlos a un poco de observación jurídica. Michael Pompeo, el actual esbirro de Trump en el Departamento de Estado, ya ha dicho que no permitirá que estadunidenses y sus “aliados en Israel… sean cuestionados por esa corrupta CPI”.

El Estado de Palestina es reconocido por las Naciones Unidas y ratificó el Estatuto de Roma hace cinco años. Pero, claro, también aquí Israel dice que Palestina carece de las características normales de un Estado soberano… que difícilmente podría poseer, puesto que se encuentra bajo ocupación israelí. Y ¿adivinen de qué acusó Benjamin Netanyahu a la Corte Penal Internacional en enero pasado? Adivinaron: de ser "antisemita".

The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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La selección de fútbol de Argentina cancela el partido amistoso con Israel tras las protestas palestinas

Hugo Moyano, vicepresidente segundo de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), anunció este martes que se suspendió el amistoso que iban a jugar la Albiceleste e Israel en Jerusalén este sábado. La AFA todavía no anunció oficialmente la suspensión.


Distintas organizaciones se manifestaron en contra de este amistoso tanto en Argentina como en España, donde se entrena la Albiceleste a la espera del Mundial de Rusia, que se jugará del 14 de junio al 15 de julio.


"Me parece bien que se haya suspendido el partido de la Argentina con Israel. Se ha hecho lo correcto, no valía la pena. Lo que pasa en esos lugares, donde matan tanta gente, como ser humano no se puede aceptar de ninguna manera. Las familias de los jugadores estaban sufriendo por las amenazas", dijo Moyano a Radio 10 en medio de los rumores que daban por cancelado el partido.


Horas antes de conocerse la noticia de la suspensión, la ministra de Seguridad de Argentina, Patricia Bullrich, dijo en rueda de prensa que "no se puede mezclar" el amistoso con el conflicto que ese país mantiene con Palestina.


"La selección argentina puede jugar en cualquier parte del mundo, no se puede impedir un juego deportivo. No tiene nada que ver con nada, no tienen que ofenderse los palestinos. Como Estado reconocemos al Estado palestino, esto no tiene nada que ver con donde juega la selección", añadió.
Palestina se lo agradece


"Venir a Jerusalén en este momento en el que todo el mundo está enfadado con lo que ha hecho (Donald) Trump (trasladar a la ciudad la Embajada de EE.UU. de Tel Aviv) es muy grave", dijo este martes la directora del Departamento Internacional de la Federación Palestina de Fútbol, Susan Shalabi.


La Asociación de Fútbol de Palestina agradeció en declaraciones la cancelación del amistoso entre Argentina e Israel previsto para el próximo sábado en Jerusalén. "He de decir que tiene mucho mérito que el equipo argentino haya decidido no prestarse para convertirse en una herramienta política", aseguró, satisfecha Shalabi.


Para Shalabi, este es "un buen ejemplo de separación de política y deporte y de cómo no permitir a los políticos imponer su agenda". "Es algo por lo que les tenemos que agradecer a los argentinos", aseguró. Las declaraciones se produjeron minutos después de que varios medios locales diesen la noticia.


06/06/2018 09:21 Actualizado: 06/06/2018 09:28

 

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La decisión de Trump de trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén causó la ira de los palestinos.

 

Tras su reunión con Netanyahu, Trump volvió a la carga con los palestinos

El mandatario norteamericano reprochó a los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina el “desaire” a su vice, Pence. Dijo que retirará su ayuda si no se sientan a negociar la paz. Erekat, de la OLP, habló de chantaje y presiones.

 

Las declaraciones del presidente de EE.UU., Donald Trump, luego de su reunión privada por fuera del Foro Económico Mundial en Davos con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, avivaron ayer aún más el fuego en torno al conflicto palestino-israelí. El magnate republicano amenazó con retirar más ayuda a los palestinos si no se sientan a negociar la paz. Además, advirtió a Israel de que el reconocimiento de Jerusalén como capital tendrá un costo.

Trump reprochó a los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina haber “faltado el respeto” al “gran vicepresidente estadounidense”, Mike Pence, al negarse a recibirlo en su reciente viaje a la región. El presidente palestino, Mahmud Abbas, no se reunió con Pence en protesta por la decisión estadounidense de reconocer Jerusalén como capital de Israel el pasado 6 de diciembre, momento desde el que considera que EE.UU. se ha “descalificado” como mediador para la paz. Esta razón, considerada un desaire, le dio pie al mandatario estadounidense para recordar que su gobierno decidió congelar la ayuda de 65 millones de dólares que aporta al presupuesto regular de la agencia de la ONU para Refugiados Palestinos y suspender 45 millones en ayuda alimentaria. “Ese dinero está en la mesa, y el dinero no va a ir a ellos (los palestinos) a menos que se sienten y negocien la paz”, aseveró.

Más aún, Trump defiende su controvertida decisión de reconocer Jerusalén como capital de Israel y asegura fue un intento de impulsar el proceso de paz entre palestinos e israelíes. “El tema más difícil sobre el que tenían que hablar era Jerusalén. Quitamos Jerusalén de la mesa (de negociaciones). Ya no hay necesidad de hablar más sobre ello”, dijo.

La respuesta palestina no tardó en llegar. “El mensaje de hoy es claro: Trump está chantajeando y presionando al pueblo palestino por luchar y creer en su libertad y derechos humanos por la ley internacional y las resoluciones de la ONU”,dijo el secretario general de la Organización para la Liberación Palestina (OLP), Saeb Erekat, en un comunicado, y agregó: “Quien diga que Jerusalén está fuera de la mesa de negociaciones dice que la paz está fuera de la mesa”. También, acusó a EE.UU. de estar “fuera del consenso internacional”. Y no se equivoca. La posición de Washington rompió con décadas de consenso internacional según el cual el estatus de la ciudad debería definirse como parte de un acuerdo entre israelíes y palestinos que vislumbre dos Estados. La disputa por la ciudad proviene desde 1967 cuando el ejército israelí ocupó la Ciudad Vieja de Jerusalén y se dio la reunificación, bajo control israelí, de la cuidad que había quedado dividida por la “línea verde” establecida en 1949. “No es un juego para los palestinos. Se trata de nuestra existencia, que sigue siendo negada por Israel con todo el apoyo de EE.UU.”, concluyó Erekat.

Por su parte, Netanyahu aplaudió de nuevo la decisión de Trump de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén (que se llevará a cabo a fines de 2019) como “una decisión histórica” y subrayó que supone “un avance para la paz porque reconoce la historia, y la realidad presente, y la paz solo puede ser construida sobre la verdad”. Sin embargo, Trump dijo que el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel tendrá un costo para el Primer Ministro israelí: “Ganas en un aspecto y tendrás que ceder en algunos más adelante en la negociación” si ésta se reanuda alguna vez, señaló.

 

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Un palestino empuja un motocarro cargado con sacos de harina de la Unrwa, el miércoles en Ciudad de Gaza (Mohammed Abed / AFP)

 

El golpe de Donald Trump va directo a la línea de flotación de los palestinos. Si EE.UU. suele aportar unos 300 millones de dólares anuales, en dos partidas, a la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, Unrwa (que representan el 30% de sus recursos), el presidente ha retirado 65 millones de la primera partida. Y el resto ya veremos...

La decisión parece seguir un dictado israelí. El pasado junio, el primer ministro Beniamin Netanyahu acusaba a la ONU de “obsesión antiisraelí” y decía: “Es hora de que la ONU reexamine a fondo la existencia de la Unrwa”, la cual “perpetúa el problema de los refugiados en lugar de resolverlo. Es hora de que la Unrwa sea desmantelada y se integre en el Alto Comisionado para los Refugiados”, el Acnur. Desde luego, no depende de la ONU (cuyas resoluciones Israel suele incumplir), sino de un acuerdo bilateral de paz resolver la cuestión de los refugiados. Pero por primera vez un primer ministro hablaba públicamente contra la Unrwa.

 

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Un barrendero a las puertas de una oficina de la Unrwa en el campo de refugiados de Dheishe, cerca de Belén, en Cisjordania (Musa Al Shaer / AFP)

 

La Agencia de las Naciones Unidas para la Asistencia y Trabajos de los Refugiados Palestinos (Unrwa) se creó en 1949 y reconoce como refugiados a los descendientes de aquellos de la guerra de 1948 con la que se creó el Estado de Israel. Esta consideración afecta al llamado derecho de retorno, que ha sido piedra angular palestina en las siempre frustradas conversaciones de paz.

La Administración Trump ha calcado los términos de Netanyahu. Heather Nauert, portavoz del Departamento de Estado, dijo: “Estamos echando un vistazo a la organización (...) y nos gustaría ver que se hacen algunas reformas”. ¿Cuáles? No lo dijo. Aparentemente, el secretario de Estado, Rex Tillerson; el de Defensa, James Mattis, y el consejero de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, se impusieron a los criterios de la voz de Trump ante la ONU, la embajadora Nikki Haley, y de su yerno, Jared Kushner, supuesto coordinador de un inexistente proceso de paz, quienes pretendían cortar los fondos del todo. Así se entiende que la portavoz Nauert dijera que “es hora de que algunos países que nos han criticado, algunos muy ricos, den un paso adelante”. Fue una alusión a las monarquías del Golfo y, según diplomáticos europeos citados por France Presse, sería una opción porque la UE quizás no esté para más.

La posición del Departamento de Estado y del Pentágono, favorable a mantener cierta financiación, hay que entenderla en términos de seguridad en la región. La voladura de la Unrwa llevaría a los palestinos al límite. Y, al mismo tiempo, pondría la pelota en el tejado de Israel, ya que como Estado es responsable de la población ocupada, algo en lo que no parece pensar Netanyahu.

Cuando se habla de la Unrwa como garante de estabilidad –a lo que ha aludido la veterana dirigente de la OLP Hanan Ashrawi– hay que pensar no sólo en Cisjordania y Jerusalén Este sino sobre todo en Gaza, donde la dependencia de la Unrwa es mayúscula.

Hace una semana, el diario israelí Haaretz revelaba que oficiales del ejército, funcionarios y servicios secretos coinciden en que la economía de Gaza está al borde del colapso, “de cero a bajo cero”. El desempleo roza el 50%, y por el paso de mercancías de Kerem Shalom sólo cruza un tercio de los camiones que solían hacerlo; nadie tiene dinero para comprar nada. La Unrwa suministra alimentos a un millón de personas mensualmente, da educación a 245.000 niños y provee 10.000 empleos, “lo que significa diez mil familias”, señala Martí.

El bloqueo israelí impuesto a la franja en el 2007 –y del que Mahmud Abas ha sido cómplice–, más las dos ofensivas a finales de aquel mismo año y en el 2014 (en las que La Vanguardia fue testigo de ataques a instalaciones de la Unrwa, escuelas en particular, que suelen acoger a la población durante los bombardeos), han destrozado a dos millones de gazatíes: ocho de cada diez viven bajo el umbral de pobreza, la crisis sanitaria, de energía y de acceso al agua potable es absoluta y el índice de suicidios se ha disparado, unos 80 al mes en el 2016 por estas mismas fechas.

“Antes del 2014 no se hablaba de suicidios –explica Raquel Martí–. Ahora la cuestión del suicidio forma parte del currículo de Unrwa. Al principio se suicidaban adultos, pero ahora la mayoría son niños. Es la única manera de escapar”.

 

La aportación española

 

España ocupa el puesto 23 en la lista de países, agencias humanitarias y oenegés que financian o apoyan a la Unrwa, con una aportación de 2.476.824 dólares, según la última lista publicada, a 31 de diciembre del 2016. El pasado diciembre, la Agencia Española de Cooperación Internacional aprobó otros dos millones de euros. Pero además, existe un Comité Nacional Unrwa España que figura en el puesto 32 de la citada lista, con 459.046 dólares. Es un caso casi único, ya que sólo existen agencias similares en Estados Unidos e Italia. “El comité español se financia gracias a donantes de los gobiernos regionales y gracias a la colaboración de los ciudadanos y fundaciones, pero si lo comparo con agencias como Unicef o Acnur es poco”, explica Raquel Martí.

 

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Un niño ante un brasero en el campo de refugiados de Al Shati, junto a Ciudad de Gaza (Mohammed Saber / EFE)

 

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Miércoles, 17 Enero 2018 06:25

Yo soy Ahed

Ahed Tamimi

 

El lector memorioso recordará a Malala, la joven activista paquistaní que a los 15 años fue atacada a tiros por un terrorista talibán en un autobús escolar que circulaba por la ciudad de Mingora (2012).

Malala Yousafazi empezó su militancia a los 11 años, y en 2011 recibió dos importantes premios por su defensa de la educación de las niñas, los derechos civiles y de las mujeres en el valle del río Swat (provincia de Khyber), controlada por el régimen talibán.

Luego del atentado, el ex primer ministro inglés Gordon Brown emitió una petición titulada Yo soy Malala, y la Unesco lanzó la campaña Stand up for Malala. Malala fue recibida en la Casa Banca por el entonces presidente Barak Obama, por el secretario general de la ONU Ban Ki-moon, y pronunció un discurso ante la Asamblea General.

Los medios occidentales la encumbraron: biografías, entrevistas, documentales. Sólo en 2013, Malala fue galardonada con más de 10 grandes premios internacionales. La revista Time la nombró una de las 100 personas más influyentes del mundo, y Glamour mujer del año, la nominó para el Nobel de la Paz que finalmente obtuvo, con tan sólo 17 años (2014).

En el extremo opuesto, tenemos a la niña judía Yifat Alkobi, quien en 2011 abofeteó a un soldado que la detuvo por tirar piedras contra los palestinos. Yifat fue liberada el mismo día de su detención, y se le permitió regresar al hogar. Antes del incidente, Yifat había sido condenada cinco veces por conducta desordenada. Sin embargo, no fue encarcelada una sola vez.

Las vidas de Malala y Yifat son totalmente distintas a la de Ahed Tamimi, niña palestina de 16 años. El 19 de diciembre pasado, en el curso de las protestas contra la decisión de Washington de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, Ahmed cometió un delito similar al de Yifat. Sólo que en lugar de una bofetada judía, el soldado que entró al patio trasero de su casa, recibió una bofetada palestina.

Ahed nació en Nabi Saleh, aldea situada a 20 kilómetros de Ramalá (Cisjordania) y cercada por el asentamiento ilegal judío de Halamish que desde 2009 la priva de tierra y agua. Milita desde los nueve años, y así como tantos niños palestinos, creció con la ansiedad de ser despertada en sus habitaciones, por soldados armados y con máscaras.

Ahed ha sido testigo de la detención y asesinato de varios miembros de su familia. A un hermano de su madre, Nariman, lo asesinaron delante de ella, en una protesta (2011); al hermano, le partieron el brazo. Bassam Tamimi, el papá, ha pasado nueve veces por las cárceles; la madre también, cuatro o cinco veces. Y a los 12, Ahmed apareció en un video que se hizo viral, mordiendo a un soldado judío cuando pisoteaba a su hermano.

El periodista Gideon Levy escribió acerca las razones por la que una adolescente palestina está volviendo loco a Israel. Dijo que la niña “destrozó varios mitos de los israelíes. Lo peor de todo es que se atrevió a dañar el mito israelí de la masculinidad [...] ¿Qué va a pasar con nuestro machismo, que Tamimi rompió tan fácilmente, y nuestra testosterona? (Haaretz, 21/12/17).

Aunque, posiblemente, lo que vuelve locos a los israelíes, es que Ahed Tamimi podría pasar por una de sus hijas: piel blanca, largo cabello rubio rizado, ojos azules, y rasgos que parecen más europeos que árabes. Pero académicas como Shenila Khoja-Moolji, Miriam Ticktin o Carolina Bracco ofrecen lecturas menos mediáticas.

Según ellas, Ahmed tiene claro que mujer, vida, tierra y cuerpo son la misma cosa en Palestina. Por esto, cuando la entidad colonial se quiso aprovechar de la concepción el honor antes que la tierra, las mujeres de Nabi Saleh respondieron: la tierra antes que el honor.

Niñas como Ahed, sostienen, critican el colonialismo sionista y distan de enarbolar la feminidad empoderada que la cultura occidental pretende validar. Ella busca la justicia contra la opresión en lugar del empoderamiento femenino, individualista y abstracto.

Mientras, el papá de Ahed plantea dos frentes de lucha: por un lado el deber de seguir desafiando y combatiendo el colonialismo israelí en el que ellas nacieron, hasta el día en que se derrumbe. Por otro, afrontar con audacia el estancamiento político y la degeneración que se ha extendido entre nosotros.

Ahed fue detenida junto con su madre y prima (Nariman y Nur) y el periodista israelí Ben Caspit (quien posa de progresista) recomendó en el diario Maariv hacerles pagar en la oscuridad, sin testigos ni cámaras. Un tribunal militar imputó a la niña de 12 delitos (entre ellos incitación al terrorismo), y el ministro de educación Naftali Bennett quiere que Ahed y su familia terminen sus días en prisión.

Entrevistado por el portal Nodal, el español Manuel Pineda (cofundador de la organización no gubernamental Unadikum y amigo de la familia de Ahed), advierte que en Tel Aviv crecen las voces que piden para Ahed desde 20 años de cárcel a la cadena perpetua. “En los interrogatorios –comenta– ella no responde nada. Todavía no han conseguido que diga su nombre”.

Ahed se niega a responder a los soldados, fiscales y autoridades del enclave colonial sionista. Simplemente, no los reconoce. La nueva heroína de la causa palestina pasó la última noche del año en una celda helada y esposada de pies y manos.

 

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