Mazorcas de maíz seco fotografiadas en festival de semillas indígenas en Cotacachi, Ecuador. Shutterstock / Angela N Perryman

Todos sabemos que el grueso de nuestra alimentación depende en último término de unas pocas especies de plantas agrícolas: el maíz, el trigo, las legumbres, los árboles frutales y las plantas hortícolas, entre otras. En total, unos pocos centenares de especies; pero ¿de dónde vienen y cómo han llegado a ser plantas agrícolas?

Todas ellas proceden de un progenitor silvestre, de un matojo de los que nos encontramos cuando paseamos por el campo. Por ejemplo, el maíz desciende de poblaciones naturales de la especie Zea mays ssp. parviglumis (teosinte de Balsas), que habita claros de bosque y sitios abiertos en la cuenca del río Balsas, en México central.

La cebada, por poner un ejemplo más cercano, proviene de la especie silvestre Hordeum spontaneum (cebada silvestre). Esta es prima hermana de otros Hordeum que proliferan en los bordes de los caminos y campos de nuestro país, cuyas pinchudas espigas nos lanzábamos unos a otros de pequeños.

¿De qué manera algunos matojos como el teosinte o la cebada silvestre acabaron convirtiéndose en la base alimentaria de nuestra civilización? El proceso, al que denominamos domesticación, es tan complejo como fascinante.

El ejemplo del maíz

Se estima que los teosintes silvestres habitan Mesoamérica desde hace al menos 150.000 años, mucho antes de la llegada de los primeros humanos al continente americano.

Las primeras oleadas de cazadores-recolectores llegadas a la región comenzaron a recoger los granos del teosinte de Balsas del medio natural. Estos granos son extremadamente duros y, muy probablemente, su primer uso fue en forma de palomitas de maíz. Este procesamiento rompe la coraza del grano, exponiendo la semilla comestible.

Durante el acarreo, algunos de estos granos probablemente se extraviaban, germinaban y establecían poblaciones espontáneas cerca de los asentamientos humanos, que se empezarían a manejar en lo que llamamos prácticas protoagrícolas. Alternativamente, las poblaciones humanas pudieron, conscientemente, aprender a recolectar granos con el objeto no de consumirlos, sino de germinarlos y cultivarlos de manera activa.

Fuera como fuese, algunas plantas de teosinte empezaron a habitar ambientes protoagrícolas, altamente humanizados. Esto implicó un cambio radical en su régimen de selección.

Si en los hábitats silvestres la selección natural favorecía rasgos que optimizaran la capacidad de dispersión de las plantas, o que ayudaran a lidiar eficientemente con la impredecibilidad de las lluvias, en los hábitats protoagrícolas las fuerzas de selección fueron distintas. Aquellas plantas que producían más y mejores granos, o que eran más fácilmente recolectables, eran favorecidas por los protoagricultores y por tanto aumentaban en frecuencia de generación en generación.

Cambios genéticos

Por ejemplo, en la transición evolutiva entre el teosinte y el maíz agrícola, se seleccionaron mutaciones del gen tb1 que resultan en plantas con crecimiento fuertemente vertical, poco ramificadas y con pocas, pero grandes, mazorcas. El arquetipo de una planta de maíz.

De manera más sutil, pero crítica, transformaciones en genes de las familias ZmSh1 y zagl1 generaron un rasgo clave: la pérdida del mecanismo de dispersión espontánea de las semillas del teosinte.

En el medio silvestre es esencial que, una vez que las semillas maduran, sean dispersadas a localizaciones distintas donde poder germinar y establecerse. Este proceso ocurre mediante diversos mecanismos. En el teosinte, las semillas maduras rompen de manera espontánea su conexión con el eje de la espiga que las sostiene y se desprenden. Este carácter hace muy ineficiente su cultivo ya que, cuando el recolector hiciera su labor, buena parte de la cosecha estaría en el suelo y por tanto perdida.

La aparición de mutaciones en los genes de las familias ZmSh1 y zagl1, que controlan la separación de semilla y espiga, generó plantas que no dispersaban sus semillas, y cuya cosecha madura quedaba retenida y fácilmente disponible al agricultor.

Otros cambios genéticos implicaron la transformación de las semillas, fuertemente encapsuladas, pequeñas y poco numerosas de las espigas del teosinte, en los granos grandes, numerosos y blandos de las mazorcas del maíz.

Algunas de estas variaciones ya existían en las poblaciones silvestres de teosinte, aunque en frecuencias muy bajas, y simplemente fueron favorecidas por la selección del hombre. Otras se generaron de novo por mutaciones espontáneas acaecidas ya en las plantaciones de proto-maíz manejadas.

Estos y otros cambios, que se iniciaron hace aproximadamente unos 9.000 años, tornaron los teosintes silvestres en plantas de maíz con aptitudes agrícolas. Este proceso llevó unos pocos siglos, un lapso de tiempo largo en términos históricos, pero realmente breve en términos evolutivos.

Como se puede intuir, muchos de estos nuevos rasgos eran ineficientes o incluso letales para las plantas en el medio silvestre, pero resultaron muy adaptativos, tanto para los teosintes como para nosotros, en el medio agrícola.

La domesticación fue motor de cambios culturales

Procesos similares dieron lugar a la aparición de otras plantas agrícolas y también a especies animales ganaderas, como la oveja (proveniente del muflón asiático), la cabra (proveniente de la cabra bezoar) o la gallina (proveniente del gallo bankiva).

Para nuestra especie, la domesticación de plantas y animales silvestres marcó la transición a un modo de vida sedentario y agropecuario. Estos eventos ocurrieron de manera independiente en al menos once regiones del mundo, y a lo largo de periodos prolongados de tiempo, desde hace aproximadamente 10.000 a 5.000 años.

Las transiciones agrícolas conllevaron otros cambios en cascada, generando excedentes y por tanto la necesidad de defenderlos mediante estructuras militares, y la proliferación de actividades como la burocracia o el sacerdocio. Probablemente, estas transiciones hayan sido las revoluciones culturales más importantes en la historia de la humanidad.

Consecuencias biológicas de la domesticación

Hasta aquí la historia sencilla y edificante. Pero las plantas no son tornillos, sino seres vivos tremendamente complejos. Cambios tan radicales en su modo de vida hubieron de tener consecuencias sobre muchos otros aspectos de su biología.

Por ejemplo, hoy sabemos que la buena digestibilidad de las especies agrícolas, otro rasgo evolucionado bajo domesticación, no viene gratis. Las plantas se defienden frente a herbívoros y patógenos acumulando compuestos secundarios en sus tejidos. Estos compuestos son astringentes, venenosos, o simplemente poco digeribles.

La selección de plantas agrícolas depauperadas en compuestos secundarios, y por tanto con alta palatabilidad, hace que estas sean más sensibles a las plagas, y por tanto tengamos que defenderlas con fitosanitarios de alto coste económico y ambiental.

De igual forma, el incremento en el rendimiento de estas plantas ha disminuido su calidad nutricional. Por ejemplo, las semillas de las leguminosas de grano han perdido buena parte de los carotenoides, importantes precursores de la vitamina A, que presentaban las semillas de sus progenitores silvestres.

Comprender todas las implicaciones de la domesticación para el funcionamiento de las plantas y campos agrícolas es un ámbito de intensa investigación en la actualidad, y del que podemos aprender para avanzar hacia una agricultura más sostenible y productiva.

Po Rubén Milla Gutiérrez

Profesor de Ecología y Biología Vegetal, Universidad Rey Juan Carlos

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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Luego de Microsoft y su epidemiología globalista, Bill Gates acapara la agricultura en EU

Sucede que cada grupo plutocrático presidencial de EU posee sus singulares propensiones pecuniarias y de materias primas. Bill Clinton, su esposa e hija Chelsea –casada con el banquero israelí-estadunidense Marc Mezvinsky, director de TPG Capital– fueron secuestrados por Wall Street (https://bit.ly/3peRH3E). Baby Bush demostró su inclinación por el petróleo de Medio Oriente y el agua dulce del Acuífero Guaraní (https://bit.ly/3qV1w7k).

Obama, el presidente viviente más rico en la historia de EU, exhibió su proclividad por Netflix/Wall Street/Big Pharma/Bienes Raíces. Y el saliente, para no decir defenestrado, Trump reveló su preferencia por el litio de Sudamérica ( v.gr. visita de Ivanka a Argentina antes del golpe a Bolivia; https://bit.ly/39h3fxY).

En paralelo, Bill Gates, después de su inmensa fortuna en Microsoft, con una capitalización de mercado de 1.7 billones de dólares (trillones en anglosajón; https://bit.ly/3ccFk4H) beneficia a los intereses globalistas del eje Wall Street/la City. En forma anómala, la Fundación Bill & Melinda Gates es el primer donador de la polémica OMS, supuesta entidad multilateral interestatal, con 9.8 por ciento en 2018 (https://bit.ly/3omIkh6).

Aterra el control financiero que ejerce la Fundación Bill &Melinda Gates con su epidemiología globalista instrumentada por la OMS, la súperbelica Universidad Johns Hopkins, el Foro Económico Mundial de Davos (de la dupla Soros/Klaus Schwab) y su logística dual de Gavi y Covax (https://bit.ly/3cm32eC). Perturba también la expansión de la “epidemiología globalista” de Gates que abarca a su vacuna Inovio, que se ha quedado muy rezagada.

El atroz Evento 201 de Gates en Nueva York (https://bit.ly/3chyGtQ), copatrocinado por Johns Hopkins Center for Health Security y el Foro Económico Mundial de Davos, fue celebrado en forma premonitoria el 18 de octubre de 2019: un mes antes del supuesto brote del Covid-19 en Wuhan (China).

Ante la grave crisis alimentaria que vaticina China, el país más poblado del planeta, suena insólito que el filántropo –nuevo disfraz de los depredadores globalistas– incursione ahora en la agricultura.

En una integración de su portafolio estratégicamente diversificado, Gates –cuarta persona más rica del mundo con 121,700 millones de dólares (https://bit.ly/2LYOsPO); a no confundir con la cartera institucional de Microsoft– es ya el mayor propietario de tierras de cultivo de EU que acapara en 19 estados, según The Land Report (https://bit.ly/3on8T5M).

El terrateniente Gates acapara sus haciendas en Luisiana (28 mil hectáreas), Arkansas (19 mil hectáreas) y Nebraska (8 mil hectáreas) y 10 mil hectáreas de transición en Phoenix (Arizona). Su personal propiedad catastral la comparte con su empresa Cascade Investment que jerarquiza la protección de las tierras de cultivo, del suelo y de los recursos hídricos (sic).

Como en las jugadas ofensivas del futbol americano, Gates opera sus estratégicas inversiones bajo la protección filantrópica de su polémica Fundación que ha asignado unas migajas por 306 millones de dólares –0.25 por ciento de su fortuna personal, a no confundir con la institucional de Microsoft– para fomentar la agricultura sostenible productiva en el sur de Asia y en el Sub-Sahara africano.

El año pasado, la Fundación de marras y amarres lanzó el Gates Ag Onepara la producción de supercosechas resistentes al cambio climático y a la crianza de vacas lecheras de mayor rendimiento (https://bit.ly/2Yk5TN0). Gates ahora financia el desarrollo de una tecnología de atenuación del sol para así desencadenar un efecto de enfriamiento global (https://bit.ly/3a19KnK).

No me quiero imaginar al filántropo globalista nada samaritano Gates controlando bursátilmente el cambio climático al alza y a la baja. Con el control del software de Microsoft –al unísono del Big Tech GAFAM/Twitter de Silicon Valley–, la “epidemiología globalista” de Johns Hopkins/Davos/OMS/Gavi/Covax, y ahora la agricultura privada, al filántropoGates sólo le falta dominar el agua y el aire para adueñarse de la vida entera en el planeta.

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Viernes, 18 Diciembre 2020 08:31

Los cuidados entre los de abajo

Los cuidados entre los de abajo

En los momentos críticos afloran potencialidades que estaban encubiertas en los pliegues de la vida cotidiana y que resultaban invisibles para los observadores. Así como las grandes marejadas sacan a la luz lo que permanecía bajo la superficie, durante las tormentas sociales, económicas y políticas, reaparece la potencia de la acción colectiva y comunitaria.

La pandemia está siendo la oportunidad no sólo para los de arriba, que aumentan ganancias de forma exponencial y hacen avanzar sus proyectos neoliberales extractivos, sino también para los de abajo que van profundizando lazos solidarios y avanzan en nuevas formas de organización.

Las tramas comunitarias que parecían haberse evaporado en las grandes ciudades, cobran forma en miles de iniciativas de cuidados colectivos en las que la ayuda mutua y la solidaridad permiten sobrellevar los dolores de la pandemia ante la ausencia de los estados, secuestrados por las clases dominantes.

La solidaridad nace de los vínculos comunitarios y de cercanía que los pueblos han conservado. La Ciudad de México cuenta con 765 mercados y 3 mil 150 tianguis, según un trabajo del Centro de Estudios Casa de los Pueblos: El rostro oculto del ombligo de la luna (https://bit.ly/2LGCWrI).

"Espacios de intercambio, pero también de convivencia y socialidad", los define un trabajo del Centro Educativo y Cultural Cama de Nubes y de Fernando González*.

Quisiera conocer cómo ha sido la vida cotidiana de los tianguis a lo largo de este año tremendo, cómo se han desplegado los tejidos comunitarios en barrios y colonias, en los territorios donde los sectores populares siguen haciendo sus vidas en común contra viento y marea.

En Uruguay se formaron en los primeros meses de la pandemia más de 700 ollas populares y comedores comunitarios, cuando arreciaba la desocupación y la población que sobrevive en la informalidad estaba impedida de trabajar. Además surgieron coordinadoras de ollas con la voluntad de seguir trabajando cuando finalice la emergencia.

El trabajo realizado por un grupo de docentes y estudiantes de la Universidad de la República y del sindicato bancario, "entramados solidarios en tiempos de crisis", consiguió rastrear estos espacios y dialogar con la mayoría de ellos. El primer dato es la distribución espacial, ya que las ollas populares nacieron y continúan vivas en los territorios históricos de las organizaciones de trabajadores.

Los datos recogidos dicen: cada olla funciona, en promedio, tres días a la semana, sirve alrededor de 180 platos diarios y en ellas trabajan unas ocho personas, de forma solidaria, sin remuneración. El 43 por ciento de las ollas son organizadas por vecinos que se juntaron expresamente para esa tarea, aunque la mayoría tenía militancia social y barrial previa.

Trece por ciento de las ollas populares fueron creadas por sindicatos, colectivos militantes (no partidos), centros culturales y cooperativas de vivienda o trabajo. Unas cuantas funcionan en clubes deportivos y sociales en los barrios populares y apenas una minoría están vinculadas a partidos, iglesias y ONG (menos de 5 por ciento).

Más de un tercio de estos emprendimientos declararon la intención de seguir con algún tipo de actividad territorial, ya sea vinculada a la alimentación o a otras iniciativas, destacando el deseo de construir "centros comunitarios". En total, trabajan 6 mil 100 personas en las ollas de Uruguay, a quienes podemos encuadrar como militantes sociales de sus territorios, una cifra importante en un país de poco más de 3 millones de habitantes.

La presencia de mujeres es ampliamente mayoritaria (57 por ciento), predominan las y los jóvenes (59 por ciento), y una parte considerable no tiene trabajo estable, lo cual se corresponde con el perfil del activismo social en el mundo.

¿Cómo consiguen los alimentos?: 80 por ciento son donaciones de personas que habitan en el barrio, 61 por ciento proviene de pequeños comercios (misceláneas o tiendas familiares). La instituciones y el Estado tienen una participación mucho más pequeña. La mayoría de las ollas participan en algún tipo de coordinación que en general no trasciende la propia ciudad y suele ser inestable.

El trabajo destaca la importancia de "la memoria de los momentos de crisis" y de las "tramas comunitarias" prexistentes, que son renovadas por las nuevas experiencias. En años recientes hemos constatado la importancia de estas iniciativas de base en todas las geografías del continente.

A partir de estas constataciones, me parece necesario preguntarnos. ¿Cómo se hace política desde las tramas comunitarias urbanas?, ¿cómo podemos colaborar en su permanencia y potenciar su embrionaria tensión emancipatoria y anticapitalista?

Siento que pueden ser una base para construir algo mayor, desde la reproducción colectiva de la vida. Si no lo hacemos, llegarán los funcionarios del Estado y de los partidos para reconvertirlas en eslabones del capital.

* Territorialidades indígenas en la Ciudad deMéxico , inédito aún

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Comidas ultraprocesadas y refrescos favorecen el envejecimiento biológico

Análisis revela que el consumo frecuente de esos alimentos acorta una estructura protectora del patrimonio genético

 

París. Los alimentos industriales ultraprocesados, como algunas comidas preparadas, galletas, refrescos o hamburguesas, son baratos y fáciles de usar pero, según varios investigadores, favorecen el envejecimiento biológico si se consumen con frecuencia.

El estudio, que ha medido un marcador del envejecimiento biológico, la longitud de componentes genéticos llamados telómeros, en 886 españoles de más 55 años, considerando su consumo diario de esos alimentos, sugiere que una mala dieta puede hacer que las células envejezcan más rápido.

Los participantes, divididos en cuatro grupos, desde los grandes consumidores de alimentos ultraprocesados (tres o más por día) hasta los más moderados (menos de dos), dieron muestras de saliva, que se analizó genéticamente, y comunicaron su consumo diario de alimentos.

La ciencia ya determinó una relación entre estos alimentos ultraprocesados, en su mayoría demasiado grasos, dulces y salados, con enfermedades como la obesidad, la hipertensión, la diabetes y algunos cánceres.

Los grandes consumidores de estos alimentos (más de tres porciones o platos al día) casi duplicaban el riesgo de tener telómeros cortos en comparación con los que consumían menos, según el estudio presentado en el Congreso Europeo e Internacional sobre la Obesidad que se celebra en línea desde ayer y hasta el 4 de septiembre.

Los telómeros son estructuras protectoras que preservan la estabilidad y la integridad de nuestro patrimonio genético y, por tanto, del ADN necesario para el funcionamiento de cada célula del cuerpo. Cuando envejecemos se acortan porque cada vez que una célula se divide pierde una pequeña porción de ellos.

Este fenómeno se repite dando lugar a la senescencia o envejecimiento biológico de las células, que entonces dejan de dividirse y de funcionar normalmente.

La longitud de los telómeros se considera un marcador de la edad biológica a nivel celular.

Se necesitan más estudios para confirmar estas observaciones, según los autores, antes de que se pueda afirmar que hay una relación causa-efecto.

Los alimentos ultraprocesados suelen contener aromas, colorantes, emulsionantes y productos manipulados (aceites hidrogenados, almidones modificados).

Los participantes que más alimentos ultraprocesados consumían eran más susceptibles de tener antecedentes familiares de enfermedades cardiovasculares, diabetes y grasas sanguíneas anormales, y de picotear más entre las comidas.

También consumían más grasas, grasas saturadas, comida rápida y carnes procesadas, así como menos frutas y verduras.

El estudio, llevado a cabo por Lucía Alonso-Pedrero y sus colegas bajo la dirección de Amelia Martí, de la Universidad de Navarra (Pamplona, España), fue publicado en el American Journal of Clinical Nutrition.

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En Corea del Norte prohibieron tener perros como mascotas por ser un "lujo burgués"

Desde el gobierno de Kim Jong-un afirman que tener esa mascota es un símbolo de la "decadencia del capitalismo". Sin embargo, los dueños de los caninos temen que sean utilizados para resolver las escasez de alimentos que afecta a gran parte de la población.

 

El régimen de Kim Jong-un, líder supremo de Corea del Norte, prohibió la tenencia de perros como mascotas por considerarlo "un lujo burgués"  y ordenó la confiscación de los caninos de Pyongyang, la ciudad capital del país. Sin embargo, los dueños temen que sus mascotas sean utilizadas para resolver la escasez de alimentos que afecta a gran parte de la población.

Según publicó el portal de noticias The Chosun Ilbo, desde la cúpula del gobierno norcoreano expresaron que la prohibición de canes servirá para proteger al país contra la "decadencia capitalista", y calificaron la tenencia de perros como una "tendencia contaminada por la ideología burguesa". Una fuente citada por el medio explicó que "la gente común cría cerdos y ganado en sus casas, pero los funcionarios de alto rango y los ricos son dueños de perros, lo que avivó cierto resentimiento".

De acuerdo a la información publicada por el periódico de Corea del Sur, "las fuerzas de seguridad han identificado hogares con perros y están obligando a las familias a entregarlos". 

Los perros confiscados son enviados a zoológicos públicos para que se reproduzcan o vendidos a restaurantes que ofrecen carne de perro. Cabe recordar que la carne de perro se ha considerado durante mucho tiempo un manjar en la península de Corea, aunque la tradición de comer perros se está desvaneciendo en Corea del Sur. Aun así, se estima que un millón de perros se crían en granjas para ser consumidos cada año en el sur de Corea.

Por otro lado, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 60% de los 25,5 millones de habitantes de Corea del Norte enfrentan a una "escasez generalizada de alimentos" que se ha agravado por las sanciones internacionales impuestas al régimen por sus programas de misiles nucleares.

La escasez también se acrecentó por la decisión de cerrar la frontera con China a causa de la pandemia de coronavirus. Pekín es tradicionalmente el principal patrocinador de Pyongyang y la fuente de gran parte de los alimentos necesarios para alimentar al pueblo de Kim

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¿Donaciones o lavado de imagen? Columna censurada 
El pasado martes 21 de julio nos enteramos que esta columna que sería difundida en el espacio de opinión del portal informativo Pulzo.com no fue publicada y se nos informó que nuestras columnas entrarían en un periodo de p  rueba por abordar "temas políticos" y no de derechos humanos. A continuación la damos a conocer, y en breve ampliaremos los detalles de este preocupante hecho de censura.
 

Las afectaciones a los derechos humanos en tiempos de pandemia han sido poco discutidas, a pesar de su importancia. La privatización de la salud pública y la desatención de la población por parte de gobiernos negacionistas, han afectado el derecho a la salud de millones de personas. Al manejo de la pandemia efectuado por los gobiernos de Brasil y Estados Unidos solo le cabe un adjetivo: catastrófico. A lo anterior, se suman las consecuencias de las medidas que procuran contener el virus. Las medidas de cuarentena, aunadas a la incertidumbre en la economía mundial, generan un riesgo de grave retroceso en los derechos sociales. Hoy millares de personas sufren inseguridad para garantizar alimentación, trabajo y vivienda.

En ese contexto, las donaciones se convierten en un elemento de solidaridad social para la crisis y la incertidumbre. Frente a Estados desmantelados por las reformas neoliberales y ante la negativa de implementar una renta básica, o un ingreso mínimo de emergencia para la población, la solidaridad ciudadana activa nuevas redes de afecto y cuidado compartido. En estos tiempos de pandemia, las donaciones han sido una práctica que ha aliviado necesidades y tejido apoyo mutuo.

Sin embargo, hoy tenemos buenas razones para mirar ciertas donaciones con sospecha. A nuestro juicio, algunos donativos no cumplen con el objetivo de ayudar, incluso pueden agravar los problemas que ya estamos viviendo o pueden ser resultado de una agenda que no es precisamente humanitaria.

El pasado 2 de julio la empresa transnacional Nestlé hizo entrega de desayunos en Bogotá y Medellín, que incluían comestibles ultraprocesados. Dicha donación tuvo un amplio despliegue publicitario en las redes de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Algo similar ocurrió a finales de abril, con la entrega de 11 mil bebidas azucaradas y 16 mil comestibles de paquete por Pepsi Co; entrega que fue inicialmente publicitada en las redes sociales de la Secretaría de Desarrollo Económico, pero posteriormente tales publicaciones fueron borradas.

En una carta enviada a la alcaldía de Bogotá por el Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo”, expresamos que “organismos como UNICEF hoy recomiendan no aceptar donaciones de productos con altos contenidos de grasas saturadas, azúcar o sal por considerarlos ‘comestibles no saludables’. Las donaciones en especie de las empresas de bebidas y alimentos son aceptables cuando contienen únicamente alimentos saludables, preferiblemente producidos por productores locales. Productos como dulces, papas de paquete, embutidos, ‘comida chatarra”, o bebidas azucaradas como las gaseosas, no cumplen con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud –OMS- sobre dietas saludables, por lo que entre otras medidas se ha buscado que dichos productos contengan sellos frontales de advertencia, y su promoción puede afectar el consumo de alimentos locales”.

Tales recomendaciones tienen mayor relevancia en este momento, pues la evidencia científica señala que el consumo excesivo de comida chatarra genera enfermedades no transmisibles, como la diabetes o la hipertensión, y que las personas que padecen tales enfermedades hoy son más propensas a enfermar de gravedad en caso de verse infectadas por el Covid 19. Por tales razones, en países como Uruguay el Ministerio de Desarrollo Social estableció un Protocolo para la evaluación de donaciones de alimentos que busca evitar, precisamente, las donaciones de comida chatarra e incentivar las donaciones de alimentos reales, nutritivos, producidos por campesinos locales.

La carta también señala una preocupación por la publicidad realizada con recursos públicos de estas donaciones: “A nuestro juicio, las instituciones públicas deben abstenerse de participar en ejercicios de ‘marketing asociado a causas’, en programas de donación impulsados por compañías que produzcan comestibles no saludables, y deben evitar a toda costa convertir las donaciones en oportunidades para que las marcas que donan hagan publicidad, o para que desarrollen estrategias de lavado de imagen”.

Vale la pena recordar que una empresa como Nestlé, una de las compañías transnacionales más grandes del mundo, ha sido acusada de vulnerar derechos humanos en varias ocasiones. En 1977 fue duramente cuestionada por impulsar una agresiva campaña publicitaria para vender sustitutos de leche materna en regiones del sur global que no contaban con agua potable; a la postre, la irrupción de estos productos generó un desestimulo a la lactancia materna, así como el desmejoramiento de la nutrición de los niños y niñas, e incluso un aumento de los fallecimientos infantiles. Esta compañía también es una de las mayores distribuidoras de agua embotellada del mundo, mientras varios de sus ejecutivos han afirmado que el agua no es un derecho humano. No es una casualidad que se opongan al derecho al agua, pues la compañía ha sido acusada en varias ocasiones de acaparamiento de ese bien común, así como de fomentar la violencia antisindical en Colombia. Sobre el asesinato de Luciano Romero, trabajador de esa compañía y dirigente sindical, aún hay mucho por aclarar.

Insistamos en que “recurrir a personal del Distrito, usar las redes sociales de sus entidades o emplear los canales públicos de prensa para favorecer campañas de lavado de imagen de empresas privadas genera un claro conflicto de interés que los servidores públicos deben evitar, en cualquier caso, en aras de garantizar transparencia y defensa de lo público”.

Finalmente, recordamos las palabras del periodista español Antonio Maestre, quien expreso que “una donación si se hace pública ya no es donación, solo marketing”. En algunos casos tales donaciones ya no son marketing, sino una clara campaña de lavado de imagen. Campañas que, por cierto, pueden ser muy funcionales a la hora de bloquear políticas de salud pública que buscan prevenir enfermedades, salvar vidas y proteger derechos.

 

Por Soraya Gutiérrez Argüello, Vicepresidenta Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo”

 

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Una mirada urgente al sistema alimentario industrial

Una investigación colectiva por abajo

 

En estos momentos en que desde múltiples espacios nos insisten en que debemos replantearlo todo y nos instan a seguir las plataformas de articulación plenas de “propuestas”, configuradas por núcleos de personajes públicos visibles, queremos presentar (ni siquiera proponer), una manera colectiva, de gran mutualidad, modesta pero no por eso descuidada o poco eficaz, con la que muchas personas, colectivos y organizaciones de varias regiones y países decidieron reunir su trabajo colectivo e individual de muchos años y configurar, con investigación de base, y mucho trabajo documental realizado por investigadoras e investigadores con gran compromiso social, una exhaustiva sistematización, un detallado perfil, del sistema agroindustrial en el Cono Sur. Se trata del Atlas del agronegocio transgénico en el Cono Sur, y ya circula en su versión electrónica e impresa.

Aquí el gran logro, lo que realmente tenemos que celebrar, es que esta sistematización haya sida tejida por abajo, desde el centro mismo de los acontecimientos que el propio texto intenta aprehender.

Dicen sus autoras y autores: “El Atlas que estamos compartiendo es el fruto de más de treinta años de análisis, investigaciones y luchas desde los territorios de miles de luchadoras y luchadores, investigadoras e investigadores, comunicadoras y comunicadores que nunca se resignaron a ver sus territorios usurpados por un modelo de agricultura que olvidó su esencia y su sentido: producir alimentos saludables para los pueblos”.

El punto nodal del documento se centra en entender los motivos y razones de la transformación de los enclaves rurales que configuraron el devastador panorama que atestiguamos ahora.

Y el punto nodal del proceso es que no es el fruto académico de un grupo de investigadores que desde una plataforma interdisciplinaria hayan decidido allegarse información: este documento es el fruto de el tejido y la vinculación que como una hermosísimo tapiz, ha ido configurando el trabajo de base y articulación de comunidades, colectivos, redes, organizaciones que van contribuyendo en lo posible a hacer inteligibles los agravios, las amenazas, los ataques, las persecuciones que han venido sufriendo en sus localidades, en sus regiones, en sus territorios, en sus quehaceres, en su posibilidad de continuar la vida y encontrar salidas dignas y propuestas en común imaginando otro futuro.

Un Atlas del agronegocio transgénico en el Cono Sur ofrece respuestas contundentes. Es el acaparamiento y la destrucción que se recrudecieron cuando la soja [soya] transgénica —y casi al mismo tiempo el maíz transgénico— se introdujeron por vez primera en Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia. Ésos son los países que el Atlas delimita geográficamente para la investigación.

“En estos países y a partir de 1996 se implantó el cultivo de la soja transgénica resistente al glifosato de manera masiva. Tal fue la contundencia de esta imposición que en 2003 Syngenta publicó un aviso publicitario de uno de sus servicios con un mapa de la región y un título emblemático: La República Unida de la Soja.” Lo que hoy está claro es que “los pueblos no se resignaron a ese sometimiento y que hoy buscan nuevos caminos para construir autonomía y soberanía”, declara en el prólogo el colectivo que armó el documento, y esa convicción es parte de las motivaciones para tejer esta sistematización.

Esta declaración es clave. Es crucial resistir a la República Unida de la Soja para que nunca se concrete su dominio. Sus ámbitos siguen y seguirán siendo un espacio en disputa conforme crece la comprensión de las condiciones impuestas por las corporaciones y gobiernos implicados, y al visibilizarse la lucha de las comunidades que habitan esos territorios a contrapelo de los designios de las corporaciones.

En su propio prólogo al Atlas, Marielle Palau, investigadora de la organización Base-IS de Paraguay, insiste en que se trata de “una lucha con un carácter propositivo, explícita o implícitamente, pues apunta a la soberanía alimentaria como propuesta no sólo de producir y consumir alimentos sanos, sino como la base de un modelo productivo y de consumo alternativo al impuesto por el capitalismo”. En esa propuesta la labor de las mujeres es centro de las acciones y los cuidados, y es valorada a plenitud.

El Atlas concluye algo que tal vez es obvio pero que hay que resaltar vez tras vez: La imposición de este modelo depredador no fue natural ni es el devenir lógico de la agricultura. Como dice Marielle, nos persuadieron del “mito del desarrollo”: “si seguíamos sus recetas en pos del progreso y rechazábamos los saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios y campesinos, alcanzaríamos el nivel de vida —de consumo, en realidad— que ellos ostentan. El tiempo nos viene demostrando que fueron simples espejitos”.

El arrasamiento visible en los territorios, a treinta años de instaurarse, comenzó súbito y brutal, pero como modelo fue cobrando fuerza viral, apoderándose de más y más tierra, escindiendo a la gente de sus estrategias de sobrevivencia, extendiendo sus tentáculos en las comunidades y en los gobiernos locales, hasta convertirse no sólo en una fuerza devastadora y de acaparamiento, sino en un tinglado de autoridades públicas y privadas con poderes para disponer y desterrar, reprimir y asesinar.

La invasión de los agronegocios “significó la imposición masiva de un monocultivo en un extenso territorio que avanzó a una velocidad como nunca antes había ocurrido en la historia de la agricultura […], y con ésta el glifosato y otros tantos agrotóxicos con dramáticas consecuencias en la salud de las familias cercanas a las producciones, en los suelos, y una pérdida considerable de biodiversidad”, dicen en el prólogo.

Hay que resaltar una y otra vez que el acaparamiento de enormes extensiones de tierra para imponer estos monocultivos, nocivos en sí mismos, es un hito y le da una vuelta de tuerca a la historia económica y social del continente y del mundo.

En este periodo las corporaciones intentan borrar el recuerdo de los saberes y los cuidados ancestrales que las comunidades mantenían.

Tales corporaciones, y los gobiernos cómplices, intentan normalizar que la agricultura sea industrial, con sus paquetes tecnológicos de semillas de laboratorio con devastadoras implicaciones para la biodiversidad, e insumos químicos bestiales, verdaderos agrotóxicos que envenenaron y siguen envenenando la vida entera de las regiones donde ocurre toda esta normalización y este experimento de olvido.

Dice Damián Verzeñassi, epidemiólogo promotor de la llamada “epidemiología popular y de los campamentos de observación e intervención sanitaria por abajo, “éstos son territorios que han sufrido la invasión del modelo agroindustrial de transgénicos dependientes de venenos. Un modelo que se impuso sin consultas a los pueblos, a fuerza de falacias, desalojos compulsivos de comunidades, destruyendo nuestros montes nativos, entre otras prácticas, con la voracidad característica del neoliberalismo. De la mano de los OGMs, el incremento en el uso de venenos trajo aparejado el desarrollo de especies resistentes a los agrotóxicos, y la aparición de problemas de salud en las comunidades cercanas a los territorios fumigados”.

Entonces, en treinta años, el cultivo de los transgénicos pudo alterar diametralmente el destino de una vasta región. “Se incrementó el uso de agrotóxicos”, se expulsó de sus territorios a pueblos indígenas, a poblaciones campesinas y productoras, “violando sistemáticamente derechos humanos”. También se comenzó a criminalizar “el uso de semillas nativas y criollas, destruyendo suelos y economías regionales”.

El arrasamiento impulsó el afianzamiento de los negocios de la mano de lo que en el Atlas se le llama, con gran tino, “andamiaje institucional”.

Por fortuna, las sociedades campesinas, y segmentos de las sociedades urbanas que no producen alimentos, han emprendido un proceso para reconstituir su condición y sistematizar sus agravios, haciendo conciencia de lo urgente de la resistencia contra ese sistema. Este Atlas es una parte fundamental de ese largo proceso de toma de conciencia.

Así, descubrieron la letalidad y el desprecio de tales sistemas agroindustriales (anclados en el patriarcado y el colonialismo) hacia las comunidades, hacia las personas —en especial hacia las mujeres y los niños—, pero también hacia los animales, las plantas, los seres vivos, el entorno, los bienes comunes —el agua, el bosque, los suelos, el aire—, pues arrasan con todo, lo envenenan todo, sin asumir su responsabilidad en lo absoluto.

Estamos ante una renovada voluntad de las comunidades y las organizaciones por denunciar tal violencia, por establecer y mantener las luchas y a la par forjar una nueva mirada que abreve de los saberes ancestrales y los conjunte con los conocimientos de una ciencia digna y responsable que acompañe más visiones alternativas, una agricultura ecológica con raíz campesina.

Marielle Palau apunta el rasgo fundamental del documento: “el Atlas nos ayuda a superar la mirada fragmentada de la realidad”. Sólo reuniendo desde muchas puntas podemos conjuntar una mirada más abarcadora.

Hoy miramos el panorama completo gracias a que el Atlas nos reconfigura el proceso histórico, los motivos y las condiciones del acaparamiento: verdadero reordenamiento territorial que desplaza poblaciones y las somete a las precarias condiciones de vida que promueven los monocultivos industriales.

Este Atlas cubre la ausencia de un informe abarcador que sistematice la información disponible y que la vuelva “accesible a las comunidades locales y a las organizaciones que trabajan en los territorios”, pero también sirve de herramienta detallada para sistematizar la información de tantos años. Arroja luces sobre los puntos cruciales para mantener, profundizar y hacer efectivas las luchas.

Éste es el fruto de un trabajo colectivo y respetuoso entre la gente de las localidades, las comunidades, las organizaciones y las personas que desde la academia sistematizaron, aportaron evidencias y establecieron conexiones, sopesando los datos, las experiencias, los testimonios y las visiones de las condiciones de cada región. Su proceso de creación y elaboración, y la herramienta sintetizadora que lograron es algo que nos inspira para el trabajo futuro.

Por GRAIN | 20/07/2020 |

Pueden descargar desde aquí el Atlas del Agronegocio Transgénico en el Cono Sur. Monocultivos, resistencias y propuestas de los pueblos

Fuente: https://grain.org/es/article/6475-una-mirada-urgente-al-sistema-alimentario-industrial-una-investigacion-colectiva-por-abajo

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La lucha por la comida en tiempos de pandemia

Si se pudiera cuantificar la cantidad de alimentos producidos, donados e intercambiados vía trueque por los movimientos campesinos, indígenas y populares en América Latina, nos llevaríamos una grata sorpresa. Aunque sólo conocemos datos parciales, podemos asegurar que los pueblos organizados están caminando hacia nuevos niveles de autonomía, incluso alimentaria.

Hasta comienzos de julio, campesinos del Movimiento Sin Tierra, junto a pequeños agricultores, habían donado 2.3 mil toneladas de alimentos desde el comienzo de la pandemia, incluyendo lácteos, arroz, verduras y frutas (https://bit.ly/3gWw8R1). De ello se beneficiaron pobladores de las periferias urbanas, indígenas y quilombolas (espacios del pueblo negro).

En el sur de Colombia, el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) ha realizado Mingas de la Comida llevando alimentos de clima frío, templado y cálido a las ciudades, promoviendo ferias de trueque entre comunidades y migrantes urbanos, que les dan a cambio productos sanitarios y de limpieza en reciprocidad (https://bit.ly/2WAkV0X). Prácticas que forman parte de la Minga Hacia Adentro decidida por el CRIC para afrontar la pandemia.

Por su parte, el Proceso de Liberación de la Madre Tierra, en la misma región, además de continuar liberando fincas para la vida, ha realizado varias marchas de la comida en apoyo a comunidades rurales y barrios urbanos (https://bit.ly/2DyJSmv). La Guardia Indígena se encarga de los cuidados comunitarios, ejemplo que vienen siguiendo otros pueblos con la creación de Guardias Cimarronas y Guardias Campesinas (https://bit.ly/2OmpRlt).

En las ciudades, se multiplican los espacios de cultivo de alimentos y plantas medicinales. En Popayán, Cauca, vecinos de las periferias abrieron huertas para abastecer las ollas comunes y en barrios de Córdoba, Argentina, las familias organizadas comenzaron a cultivar huertas en sus casas y compartir los alimentos.

La agricultura urbana y periurbana se instaló hace décadas, pero durante la pandemia conoció una notable expansión. El movimiento más potente en este sentido es la Unión de Trabajadores de la Tierra en Argentina, hijo "cimarrón" del movimiento piquetero y del campesino, que ahora reúne 10 mil familias que producen alimentos venden en almacenes propios, ferias informales y redes de comercialización alternativa.

Crearon, además, una innovadora forma de protesta con los "verdurazos" para visibilizar las demandas del sector campesino (https://bit.ly/2ZqJa3f).

En tanto, debe destacarse el papel de las Redes de Abastecimiento de las asambleas territoriales de Santiago y Valparaíso, en Chile. Las redes compran directamente a los productores y campesinos, eludiendo intermediarios con el fin no sólo de asegurar la alimentación, sino de "fortalecer la capacidad organizativa en el propio territorio" (https://bit.ly/2CF5soT).

En Uruguay miles de personas compramos en el Mercado Popular de Subsistencia, una red de más de50 nodos territoriales urbanos que adquiere sus productos a fábricas recuperadas, cooperativas y agricultores familiares (https://bit.ly/3h2opkk). Las familias elijen sus alimentos de una canasta de más de 300 productos, que recogen, transportan y fraccionan en forma de ayuda mutua.

Así como los pueblos no esperan que los gobiernos decreten la reforma agraria, recuperan tierras, resisten y producen en ellas, tampoco esperaron que los gobiernos se hicieran cargo de la alimentación, ante la incapacidad de éstos para responder a la emergencia.

La Vía Campesina, en 1996, acuñó la propuesta de "soberanía alimentaria", para enfrentar la "seguridad alimentaria" de los organismos internacionales, que apuestan al mercado, las multinacionales y las tecnologías para alimentar a los pueblos. En un principio, la definió como "el derecho de cada nación" para producir alimentos, "respetando la diversidad productiva y cultural".

Eran años de ascenso de las luchas por la tierra, con epicentro en Brasil y en los pueblos originarios. Con el tiempo, Vía Campesina fue"profundizando" el concepto de so-beranía alimentaria al calor de nuevas luchas, enfatizando en las "nuevas relaciones sociales", en la gestión de los productores y movimientos para "conservar la autonomía y recuperar nuestro poder", como señala la Declaración de Nyéléni de 2007 (https://bit.ly/30heCA8).

En 2018, la Coordinación Europea de Vía Campesina fue más allá, definiendo la soberanía alimentaria como un "proceso de construcción de movimientos sociales", con base en la solidaridad que se construye "de abajo hacia arriba" (https://bit.ly/3h10SQN).

Si es cierto que la pandemia desnuda la nueva realidad neoliberal, el crecimiento de nuevas derechas y el secuestro de democracias por el capital financiero, también enseña avances notables de los pueblos en movimiento, capaces de construir su autonomía resistiendo y creando nuevas formas de producir, distribuir y consumir alimentos

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Sábado, 20 Junio 2020 06:31

¿Comida digital? No, gracias

¿Comida digital? No, gracias

Los grandes ganadores de la pandemia han sido las plataformas digitales, que además de hacer ganancias astronómicas han exacerbado desigualdades e injusticias –paradójicamente, bajo una imagen idílica de que "estamos todos conectados". Ahora la agenda de estas empresas avanzó vertiginosamente, también en el mayor mercado del planeta: agricultura y alimentación. Desde el grupo ETC describimos el avance de la digitalización del sistema agroalimentario en el reporte Tecnofusiones comestibles (https://tinyurl.com/y8bwd6k3).

Las más grandes empresas de ambos sectores están en movimiento, tanto en el Norte como en el Sur. Microsoft ha diseñado programas especiales para digitalizar todo el trabajo en campo; varias empresas digitales tienen contratos con empresas de maquinaria, como John Deere y CNH, para la recolección, a través de sus tractores, de datos de suelo, siembra y clima en sus nubes electrónicas. Las mayores empresas globales de comercio de materias primas agrícolas, Cargill, ADM, Cofco, Bunge, Louis Dreyfus y Glencore, sostienen una colaboración para el desarrollo de plataformas de tecnologías digitales (especialmente blockchain e inteligencia artificial) para automatizar el comercio global de granos.

Walmart compró el año pasado la inmensa cadena de ventas electrónicas Flipkart, en India, mientras la cadena de supermercados Carrefour hizo un acuerdo con Google para impulsar ventas de comestibles en línea. A su vez, la cadena francesa de supermercados Monoprix suscribió un acuerdo de ventas en línea con Amazon. Alibaba y Tencent, de China, se están disputando el control del enorme mercado de ventas de alimentos de China.

Mientras millones de migrantes, trabajadores informales y temporales rurales y urbanos, con la pandemia, quedaron sin sus fuentes mínimas de ingresos y fueron empujados al hambre junto con sus familias, las empresas digitales y de agronegocios reportaron en abril 2020 abultadas ganancias. Amazon, por ejemplo, reportó 24 mil millones de dólares. Nestlé, la mayor empresa global de alimentos y bebidas, productora de refrescos azucarados y otros alimentos ultraprocesados, productora serial de diabetes y obesidad, registró 8 mil millones de dólares. Una cifra, señaló Grain, mayor que todo el presupuesto anual del Programa Mundial de Alimentos de la ONU.

No obstante, las mayores empresas de agronegocios, como Tyson Foods, segunda productora global de carnes, se quejan de que la crisis los afecta y alegan que "el sistema alimentario está roto" y, por ello, necesitan apoyos y exenciones de impuestos por los estados. El sistema alimentario agroindustrial es una verdadera fábrica de pandemias y han sido además una alta fuente de contagios de sus trabajadores durante la crisis de Covid-19. Pero no se refieren a ello, sino a situaciones como las que vimos en Estados Unidos, donde grandes productores de lácteos y huevos han tirado a la basura su producción y otros han sacrificado miles de pollos o puercos, porque no era económicamente viable mantenerlos si no pueden venderlos en el momento preciso en que llegan al peso y tamaño que calcularon.

Como explica Michael Pollan, se trata de sistemas alimentarios paralelos dentro de la producción industrial en ese país. Por un lado, empresas que proveen a supermercados. Por otro, las que proveen insumos altamente especializados (por ejemplo, huevos licuidificados) a instituciones públicas, como escuelas, que cerraron durante la pandemia. En lugar de mantener los animales o ver cómo hacerlos llegar a quienes pasan necesidades, las empresas decidieron tirarlos a la basura, alegando que no era económico hacer otra cosa (https://tinyurl.com/y6wmdzar).

En ese contexto, las compañías –tanto las digitales como las de agroalimentación– tomaron nuevo impulso para afirmar que la digitalización de toda la cadena agroindustrial es la clave para superar la crisis. Esa agenda ya la tenían desde antes, pero ahora el discurso se basa en el Covid-19 argumentando que gracias a ellas las personas han podido hacer sus compras online, que los robots no se enferman (ni hacen huelga o piden mejores condiciones), que el dinero electrónico no necesita contacto personal. Reclaman su "esencialidad" por ser proveedores de alimentos y convergen con las empresas de plataformas digitales en que los estados garanticen acceso Internet en todas partes, que se hagan cargo de la infraestructura, que instalen redes 5G, para permitir mucho mayor volumen de datos, sin interrupciones (para que los sistemas de entregas con drones o vehículos no tripulados no se interrumpan), que se den pasos determinantes para el Internet de las cosas en agroalimentación.

Muchas evidencias y testimonios señalan que los sistemas alimentarios que realmente funcionaron y funcionan, que han llevado de forma segura la mayor cantidad y calidad de alimentos durante la crisis a los que los necesitamos y generan trabajo y salud, son los sistemas campesinos y las redes locales campo-ciudad. Que además previenen futuras pandemias. Esos son los sistemas que es vital apoyar, no este nuevo ataque a la agricultura y la alimentación.

Por Silvia Ribeiro, iInvestigadora del Grupo ETC

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Sábado, 06 Junio 2020 06:21

Autogestionar la comida y la vida

Foto: Producción diversificada de hortalizas en carpas solares. comunidad Canturyo, municipio Calamarca, La Paz. (CIPCA Altiplano)

El Mercado Popular de Subsistencia (MPS) es una red de 50 grupos territoriales autogestionados que se coordinan para realizar compras por fuera de los supermercados, con un ahorro que oscila entre el 30 y el 50% en el precio de los alimentos. Más de la mitad de los productos los compran directamente a los productores, explican Sebastián y Clara en una extensa conversación

Durante la pandemia la red triplicó el volumen de compras. Ya son más de mil las familias que se organizan en grupos de barriales. No se permite la compra individual, sino que deben organizarse grupos vecinos, de cooperativas o de sindicatos, para hacer un pedido mensual, que se elige de una lista de más de 300 productos incluyendo orgánicos, veganos, para celíacos, alimentos frescos, productos de limpieza y vestimenta.

Cada grupo envía los pedidos a la comisión de compras y en ese momento abona la cantidad correspondiente. Una semana después, cada grupo local recoge el pedido en uno de los dos centros de acopio en puntos estratégicos de la ciudad, y lo llevan al barrio donde lo fraccionan entre las familias.

La red funciona en base a trabajo voluntario, ya que nadie recibe salario. Se rigen por los principios de autonomía, autogestión, antipatriarcal, solidaridad de clase, apoyo a la productores y a la producción nacional y combate a la riqueza. Consideran al MPS como “una herramienta política que tiene como horizonte la construcción de una nueva sociedad sin explotades ni explotadores” (mps.org.uy).

Sebastián explica los comienzos: “En 2009 formamos la Brigada José Artigas en barrios de Montevideo, siguiendo la orientación de Pepe Mujica de promover el trabajo de base voluntario. Pero con el tiempo vimos que la propuesta del gobierno no era la adecuada, decidimos tomar nuestro camino y así fue como surgió el mercado popular”.

El primer pedido lo hicieron en enero de 2016, en base a sólo cuatro productos que se repartieron entre 20 familias. Cuatro años después ya son una fuerza social transformadora de las lógicas del consumo que consiste, como señala Clara, en “autogestionar la comida colectivamente”.

Realizan una reunión federal mensual con delegados de cada uno de los grupos territoriales, que además confluyen en cuatro zonas para resolver los problemas de distribución y compras. Han creado varias comisiones: logística, compras, finanzas, comunicación, formación e ingresos de nuevos grupos. Este 8 de marzo se creó, además, un colectivo de mujeres e identidades disidentes.

Los gastos de transporte y las bolsas para los alimentos, los financian con una cuota de 15 pesos por cada 500 pesos de compra (un dólar son 44 pesos). Los lemas principales del Mercado Popular son: “combativo, solidario, local, participativo y barato”.

Preguntados sobre los problemas más importantes que enfrentan, Clara sostiene que “con el dinero nunca hubo problemas, porque nos basamos en la confianza ya que las familias pagan la compra pero la reciben una semana después y saben que si surge alguna dificultad la vamos a resolver colectivamente”.

La participación es un escollo, dice Clara. “Que la gente se vaya rotando y no sean siempre los mismos, y sobre todo que no nos trasformemos en una cooperativa de consumo, donde algunos asalariados gestionan todo, porque somos una organización social y política que busca transformar la sociedad, lo que trasciende el consumo”.

En los últimos años hubo dos cambios importantes. Uno cualitativo, ya que durante la crisis provocada por la pandemia se multiplicaron las familias que hacen sus compras en la red. El otro es que inicialmente compraban en almacenes mayoristas, pero están migrando hacia los productores directos: campesinos que cultivan frutas y hortalizas, fábricas recuperadas por sus trabajadores y cooperativas de alimentos ya abastecen más de la mitad de los productos de la red.

Tanto Clara como Sebastián creen que el mayor desafío es que los sectores populares ocupen el Mercado Popular. “Los barrios donde predominan profesionales de clase media con salario fijo, son los que han reflexionado sobre el consumo y tienen condiciones para planificar la compra mensual. Ahí tenemos un desafío. Las familias más pobres no tienen dinero para hacer una compra para todo el mes”, reflexionan.

“Por eso queremos reconstruir el papel del viejo almacén de barrio, que nos pueda hacer la compra y le gane a los productos no más de un 15%. Es una forma de reconstruir las relaciones sociales territoriales tejidas en torno al almacén (como vender fiado), que las grandes superficies destruyeron”.

* * *

Gabriel es un obrero metalúrgico de unos 40 años que vive en la periferia oeste de Montevideo, en un barrio de trabajadores, viviendas sencillas con fondo apto para el cultivo. En febrero tuvo un accidente con su moto y le dieron la baja temporal del trabajo. Cuando llegó la pandemia decidió comenzar a cocinar para sus vecinos.

“Ya llevamos dos meses y nunca faltaron donaciones, de productores de la zona, de comercios pequeños y sobre todo aportes de los propios vecinos”, señala Gabriel. Durante las primeras semanas debía encargarse de recoger los alimentos, cocinar y hacer la limpieza, pero poco a poco algunas vecinas se están involucrando en una olla que sirve 50 platos cada noche.

En Montevideo funcionan 400 ollas populares, algo casi increíble en una ciudad de 1,2 millones de habitantes. La página solidaridad.uy detalla dónde funciona cada olla y los días que se juntan las vecinas. Clubes deportivos y sociales, comisiones de fomento, bares populares, capillas, cooperativas de vivienda, merenderos, almacenes, clubes de fútbol infantil, organizaciones políticas de base y sindicatos, son los espacios más comunes.

Algunas ollas las crearon vecinas que ni siquiera se conocían. Otras fueron impulsadas por la murga del barrio. Un puñado de sindicatos llevaron ollas y fogones a los barrios informales (asentamientos formados por tomas de tierras urbanas), llevaron alimentos y ayudan a los vecinos a organizarse.

El movimiento de ollas populares es muy variado. Algunos sectores se recostaron en empresas, y hasta supermercados, que les ofrecen canastas de alimentos para repartir, pero la mayoría son ollas que cocinan sus alimentos entre grupos de vecinos.

En Montevideo tenemos una potente cultura asociativa, desde comienzos del siglo XX cuando los obreros migrantes europeos se instalaron en la villa del Cerro, fundando ateneos, bibliotecas populares, grupos de teatro, mutuales y sindicatos. Esa cultura fue evolucionando, creciendo desde abajo, con su impronta anarquista primero, socialista y comunista después. Para que tengan una idea: el colegio de médicos, fundando por un anarquista, lleva el nombre de Sindicato Médico del Uruguay.

Por eso no resulta nada extraño que se hayan puesto en pie 400 ollas en una ciudad de tamaño mediano. En 1971, cuando se fundó, y en 1985 al terminar la dictadura, el Frente Amplio tuvo alrededor de 500 comités de base; el movimiento de derechos humanos, contra la ley de impunidad del primer gobierno pos-dictadura, formó más de 300 comisiones barriales en 1989.

En el asentamiento Las Cumbres, en la periferia este de Montevideo, viven 500 familias y funcionan dos ollas, una de ellas vegana llevada por un colectivo libertario. Interesa constatar que las ollas son el espacio de las mujeres y los jóvenes, que han conseguido reabrir algunos clubes y centros culturales que estaban en crisis y habían cerrado en los años anteriores. Es posible que el colapso permita un crecimiento de la cultura antipatriarcal y anti-capitalista.

* * *

El domingo 31 de mayo fue un día especial en Brasil. Se realizaron manifestaciones contra Bolsonaro, las más elocuentes en año y medio en el cual la calle había sido monopolizada por la ultraderecha oficialista. Lo novedoso, lo que llama profundamente la atención, es que las concentraciones en 14 ciudades fueron convocadas por las barras de fútbol.

En efecto, las movilizaciones en defensa de la democracia y contra Bolsonaro, partieron de barras organizadas de clubes como Santos, San Pablo y Palmeiras, que aunque son rivales en el campo de juego, confluyeron en la calle preocupados por “la escalada autoritaria en el país, a partir de una oleada de agresiones a periodistas y personal sanitario” (https://bit.ly/3dKPM0Y).

Las barras están organizadas desde hace varios años en la Asociación Nacional de Torcidas Organizadas (ANATORG). Decidieron no identificarse con la bandera de ningún equipo, para evitar problemas entre las barras. La primera concentración la realizaron a principios de mayo en Sao Paulo, convocados por la barra de Corintians, a la misma hora que se manifestaba la ultraderecha en la principal avenida.

Fueron apenas 70 hinchas, pero sentaron un precedente. El domingo 31 hubo enfrentamientos con la policía y con los bolsonaristas, que ya no son los únicos que ocupan la calle.

Sorprendido porque las hinchadas pelean en la calle mientras la izquierda y los sindicatos permanecen en una preocupante quietud, lancé la pregunta a un grupo de compañeros. La respuesta, brillante, vino de Silvia Adoue, profesora de la Escuela Florestán Fernandes del Movimiento Sin Tierra:

Los partidos y las centrales sindicales perdieron organicidad con los territorios y con los trabajadores. Siempre que se vislumbra una movilización, el PT trata de montarse y capturarla… y así la estropea. Me hace acordar a un episodio que Eric Hobsbawn relata en La historia social de jazz.

En una casa de jazz, se apagan las luces. Un foco sobre el jazzman. Un silencio antes de que comience. Una voz en la platea le grita: Fulano, toca algo que ellos [los blancos] no puedan imitar. Bueno, desde 2013 estamos tratando de tocar algo que ellos [los oportunistas] no puedan imitar”.

5 junio 2020 

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