Cuba: entre administrar la crisis y renovar el socialismo

En 1992 apareció, en Cuadernos de Nuestra América, un ensayo titulado “La economía cubana: los desafíos de un ajuste sin desocialización”, donde Aurelio Alonso saldaba cuentas con los esquemas del socialismo histórico, y analizaba los desafíos del reajuste frente a una crisis coyuntural y estructural.[1]

Rescato par de ideas de aquel texto. Según el autor, una alternativa socioeconómica propia e independiente va más allá de una exitosa “administración de la crisis coyuntural”. Las llamadas “medidas de emergencia” suponían ya cambios de envergadura en el conjunto del sistema. A la profunda reforma en busca de un espacio alternativo para Cuba (o sea, de mecanismos eficaces de reproducción socialista), le urgía también, en el plano teórico, una “reconstrucción de la economía política del socialismo”.

Este doble desafío era definido del siguiente modo:

“Existe un problema no elucidado entre las modalidades de la socialización de la propiedad y la naturaleza de la gestión, que se relaciona, a todas luces, con la eficacia global del sistema. La propiedad estatal se vincula a un esquema centralizador en el plano de la gestión, que ha desembocado en una ineficiencia empresarial generalizada. El “socialismo real” o histórico, al convertir al Estado en propietario y administrador, hipertrofia el alcance de los ministerios y otros órganos estatales y produce un relevo del empresariado por el funcionariado. [Y luego] La búsqueda de formas descentralizadoras de dirección se ha confundido frecuentemente con la privatización de la propiedad, perdiéndose de vista las potencialidades de la descentralización dentro de la propiedad socializada…”[2]

Más que abundar en viejas oposiciones (propiedad “socializada” vs. privada), se trataba de modificar la matriz de dirección y producción de la sociedad. Citaba el autor las medidas de descentralización aprobadas por el IV Congreso del Partido Comunista (1991): la inversión extranjera en el sector del turismo, la autonomía financiera del sector productivo capaz de procurarse divisas, la ampliación de facultades a los órganos municipales de Poder Popular para hacerse cargo de las necesidades de la comunidad.[3]

2

Dos décadas más tarde, el proceso de reformas oficialmente conocido como “Actualización del modelo económico-social” (2011) fue presentado como una intervención sobre la organización de la economía, sustraída a cambios directos en el modelo político. Procuraba una puesta al día, no de la “política socialista”, sino de una “práctica” capaz de encarar los problemas propios y del sistema de relaciones en que el país ha debido insertarse. El núcleo de esos problemas “prácticos” ha sido ubicado en la “economía”.

En las condiciones actuales de Cuba, despolitizar el problema de las reformas, presentarlas como una cuestión “económico-técnico-social” solo significa una cosa:  eludir la cuestión de su sostenibilidad política, en una perspectiva que continúe siendo anticapitalista. Por el contrario, asumir la centralidad política de las reformas, como condición, medio y resultado, supone aceptar como horizonte la “dependencia entre la libertad política y la capacidad de controlar los medios materiales necesarios para la existencia personal y social”.[4]

En consonancia con los documentos rectores de las reformas (Lineamientos, Conceptualización), la nueva Constitución de 2019 conserva el postulado de “socialista” para definir el sistema que rige en Cuba. Tal declaración es referida a un conjunto de valores ético-políticos, sustentada en la (reafirmada) función rectora del PCC y en el sistema económico vigente. Este último, un modelo mixto (que subordina otras formas de propiedad y de gestión) aparece regido por los principios de la “planificación socialista” y la “propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción”, según una relación en la que el Estado es representante/administrador y el pueblo beneficiario/propietario.

Las connotaciones de un socialismo así fundamentado (a la soviética) han sido largamente debatidas dentro y fuera de Cuba (la estructura de la propiedad, las relaciones entre plan y mercado, los vínculos entre gestión y propiedad y un largo etcétera). Lo que suele darse por sentado, para defensores y detractores, es que ese modelo es equiparable al socialismo; es decir, que el núcleo del socialismo consiste en la sujeción del sistema a una planificación centralizada + predominio de la propiedad estatal (= propiedad social o socialista).

Pese a atavismos e incongruencias en su expresión programática, y aplazamientos y distorsiones en su implementación, lo cierto es que el proceso de reformas iniciado hace casi tres décadas ha implicado a la totalidad de la sociedad cubana. Tal constatación resulta ya, como se verá más adelante, del debate cubano sobre sociedad civil de los años noventa. En su conjunto, las reformas han conllevado a un redimensionamiento del Estado, de su estructura y funciones, de las formas de actividad social que le definen, de sus relaciones con la ciudadanía (término este reciente en nuestro vocabulario político).

Omitido o ignorado este proceso de transformaciones políticas, lo cierto es que el reto más inmediato y definitorio del socialismo cubano continúa localizado en la dimensión económica: en la urgencia de un rediseño desde una noción distinta de desarrollo, que despliegue el potencial creado, garantice la subsistencia de la población y restaure un régimen laboral y de participación efectiva que incentive el trabajo.

Por tanto, el problema que Alonso identificara como esencial para la “eficacia global del sistema” continúa, en lo fundamental, irresuelto. ¿Cómo vincular la propiedad socializada con la gestión descentralizadora? Más allá del sesgo jurídico que ha prevalecido sobre la cuestión, ¿acaso la propiedad efectivamente socializada no supone esta clase de gestión? ¿La propiedad estatal ha sido, en Cuba o en otra parte, garante de tal socialización?

Como advirtiera aquel texto de 1992, para constituir una alternativa real entre los dogmas socialista y liberal, el proceso cubano de reformas debe quedar enmarcado en una economía socializada, o sea, en un gobierno de la sociedad sobre la economía. Dicha economía socializada supone, entonces, un poder socializado.

Estas líneas solo pretenden ilustrar la pertinencia de tales interrogantes. Si algún consenso existe al respecto, es sobre la necesidad de conformarlo, en vista de los efectos desintegradores de la crisis y las reformas. El punto de partida, por tanto, no puede ser la unidad.

3

Los problemas en torno a la socialización han motivado grandes debates en la variopinta tradición adscrita al marxismo, y respecto al modo en que se la ha concebido y practicado en el socialismo histórico.[5]

La tradición praxeológica marxista ha pretendido sustraer la socialización de una teleología naturalista (subordinada al desarrollo de las fuerzas productivas), y situarla en el campo dialéctico de una historia abierta (marcada por la incertidumbre y especificidad de la lucha de clases). Vinculada a la actividad consciente de instituir una sociedad socialista, su énfasis va dirigido a las relaciones sociales de producción y al proceso de conformar una sociedad socializada. En consonancia, se han promovido múltiples vías y mecanismos de control democrático de los medios de producción por los trabajadores, para que decidan colectivamente sobre su uso social. Entendida como el proceso por el cual los individuos son cada vez más capaces de controlar colectivamente sus condiciones de existencia, la socialización ha atendido a la reabsorción por la sociedad de sus poderes alienados, tanto por el Estado como por el mercado.

Sobre estas bases, la teoría sobre la política socialista ha insistido en restituir al cuerpo social los poderes usurpados, procurar las condiciones progresivas para la emancipación económica del trabajo. Ello supone su propia finitud (para la política, entendida como intervención del Estado), toda vez que la meta de la transformación socialista, más allá de la distribución, ha atendido a la superación de las condiciones materiales de la producción misma.

Sin embargo, la expresión canónica de “socialización de los medios de producción” supuso tirar hacia abajo el rasero de tales implicaciones para restringirse al prisma jurídico de las relaciones de propiedad y las políticas de distribución estatales.

Identificada con la expropiación de los propietarios privados de la tierra y el capital por la sociedad, esta ortodoxia marxista ha considerado la socialización de los medios de producción esencial en tanto: a) remueve las fuentes de desigualdad colectivas (basada en la distribución desigual de la propiedad) e individuales, de ingresos personales no vinculados al trabajo; b) elimina la institución del trabajo asalariado y la explotación privados; c) priva a los ex capitalistas de los fundamentos de su poder; y d) es condición para una economía centralmente planificada (de otro modo sometida a los propietarios privados).[6]

Al identificar lo estatal a lo social, y oponerlo a lo privado, la gestión y control efectivos de los medios socializados ha sido una de las ambigüedades conceptuales del término, con efectos prácticos evidentes.

En las experiencias del socialismo histórico del siglo XX, se transitó de la expropiación de las tierras y empresas por parte del Estado, hacia intentos por suprimir parcialmente el mercado e incluso el dinero como medio de intercambio entre productores y empresas. Se trató de medidas impuestas desde el Estado, que aparece no solo como el gran propietario sino como medio de intercambio y de circulación de los productos. El esfuerzo por sustituir la ley del valor y el tiempo de trabajo abstracto (valor de cambio) como medida y medio del acceso a otros productos del trabajo útiles para otras personas (valor de uso), no constituyó, sin embargo, una superación económica del valor de cambio, sino una coacción extraeconómica para intentar anularlo.

La preponderancia del valor de uso sobre el valor de cambio funcionó como una norma general, aplicada según cálculo y criterio discrecional de funcionarios estatales, es decir, según una decisión política centralizada (y a la postre, subjetiva). Se trató entonces de una forma de privatización de la gestión del modo de intercambio de riquezas, a cargo de la administración estatal. Tales procesos no dieron lugar a una nueva relación económica que sustituyera la ley del valor y el mercado, sino a una coacción política que la impedía. En lo fundamental, dejaron inalterada la estructura jerárquica de la dominación sobre el trabajo, heredada del capitalismo.

De modo general, enfrentaron varios inconvenientes, en lo que al tema tratado se refiere:

  1. La administración del Estado, premisa y garante del bienestar de la sociedad, condujo, en la práctica, a una reconversión del poder económico de las clases propietarias en poder político de los funcionarios del Estado. La lógica del capitalismo fue tendencialmente reinstalada, como administración monopólica de los medios de producción y poder político concentrado.
  2. Al tratarse de una relación política que sustituyó a la relación económica, fue circunscrita al interior del régimen, mientras que sus relaciones internacionales de intercambio actuarían como presión económica extra nacional, cada vez más intensa por la mundialización de la producción, el conocimiento y la tecnología.
  3. A la postre, se impuso una coexistencia social entre la lógica del valor de uso en los espacios públicos y legales, regulados y controlados por el Estado, y la lógica del valor de cambio en actividades informales y cotidianas, de intercambios internos y externos.[7]

El fracaso de tales experiencias demostró que, a contrapelo de lo que la izquierda creyó durante todo el siglo XX, la estatización de los grandes medios de producción no instaura un nuevo modo de producción ni instituye una nueva lógica económica. Estatizar no significa socializar la producción, toda vez que no procura las condiciones para una autogestión significativa a escala social, capaz de instituir un proceso socialista del trabajo. La función del “Estado revolucionario” no es entonces crear el socialismo. Ello escapa al objeto fundante de su existencia como Estado, en tanto monopolio o “proceso de regulación jerarquizada de los bienes comunes”.[8]

En las condiciones actuales, la transición socialista requiere tipos de relaciones económicas en la producción y de relaciones sociales en el intercambio, que la sola intervención estatal no procura y menos garantiza: política de alianzas entre las clases populares para la gestión nacional de los asuntos sociales comunes; nuevas formas asociativas voluntarias de los trabajadores en los centros de producción y creciente articulación con otros centros de producción, así como con las comunidades; democratización permanente de las estructuras estatales que apoye esos procesos locales y comunitarios; estabilidad económica que garantice las condiciones básicas de vida, y que procure tiempo para tales aprendizajes colectivos.[9]

A este respecto, Cuba ha debido hacer su propio aprendizaje, a partir de la crisis, el reajuste, y el consiguiente disenso de los años noventa.

4

¿Por qué se discutió acerca de la sociedad civil en los años noventa en Cuba? ¿Qué se discutía al emplear este término? ¿En qué consistía y cómo fue definida la sociedad civil cubana? Los problemas que este debate formulara, ¿pueden arrojar alguna luz sobre los ejes y procesos centrales de las reformas en curso?

Tema problemático si lo hay, su tratamiento ha supuesto para Cuba, generalmente, dos grandes dificultades, una teórica, otra política. El de sociedad civil ha sido uno de los conceptos contemporáneos más ambiguos e imprecisos, por su historia larga y tortuosa, su utilitarismo y la remisión usual a parámetros normativos, más que analíticos. Y claro, el término ha sido empleado en discursos políticos divergentes sobre la realidad cubana.[10]

Anatemizado por el marxismo soviético preponderante, la polémica en torno al mismo tuvo como referente la redefinición de las relaciones entre el Estado y las distintas esferas de acción social de los individuos, del espacio de lo público, asociado a cambios ocurridos a nivel internacional como nacional.

Tras el colapso del sistema soviético, se produjo en Cuba una crisis que erosionó la eficiencia del “monopolio práctico” del Estado como productor de ideología, es decir, la compatibilidad entre esa ideología y los beneficios que había sido capaz de proporcionar (ej. crecimiento económico, movilidad y justicia social). Restringida su capacidad para organizar los proyectos de vida personales en torno al proyecto social, para muchos las estructuras políticas no se adecuaban a la conmoción sufrida por las relaciones sociales, manifiestas en la vida cotidiana de la población, lo que alentó la aparición de nuevas formas asociativas.

La crisis económica, una integración social erosionada a partir de la aparición de nuevos entes económicos, la pérdida de capacidades del Estado para socorrer las necesidades de la población, la ampliación de relaciones de mercado y la creación de espacios no regulados estatalmente, todo alentaba una rearticulación de la sociedad cubana, proceso en el que el propio Estado redefinió su papel, mediante el conjunto de reformas adoptadas. La escasez de recursos obligó a buscar mecanismos de descentralización para su uso más eficiente y a introducir transformaciones en la estructura político-administrativa, a partir de la reforma constitucional de 1992.

Cuba requirió entonces rearticular el consenso en torno a un nuevo modelo de socialismo (respecto a las dimensiones, objetivos y eje de las transformaciones), en las condiciones de una sociedad cada vez más diferenciada, con un nuevo mosaico de actores sociales.

Por tanto, si el tema de la sociedad civil ocupó la atención de los intelectuales cubanos (incluyendo a los políticos) en los años noventa, no se debió solo a su papel en la confrontación ideológica y en los códigos generados en el seno del debate contemporáneo. O a su empleo como instrumento desestabilizador del régimen por el discurso político-ideológico del gobierno norteamericano, ensayado en el Este de Europa. Su uso resultó, ante todo, de la propia activación de la sociedad civil cubana y del espacio de lo público, provocado tanto por los efectos económicos, políticos e ideológicos de la desaparición del campo socialista, como por la propia maduración que las clases y grupos sociales habían alcanzado en tres décadas de ordenamiento socialista. Esta catálisis de la sociedad civil cubana se manifestó en su apropiación (parcial o completa) de espacios y procesos antes sujetados al aparato estatal, y por la importancia que adquirieron los canales y esferas de realización del debate ideológico.

Jorge Luis Acanda distinguió varias posiciones en el empleo del concepto de sociedad civil durante la década en Cuba; esto es, tres tendencias fundamentales en torno a las relaciones de poder y la naturaleza democrática del modelo político, de cara a un proyecto futuro de sociedad.[11]

Una, negaba cualquier logro democrático de la sociedad cubana y se atenía a una intención, implícita o explícita, de cambio de régimen. Impugnaba la continuidad del orden socialista, como incapaz de un estatuto mínimamente democrático, y aspiraba a la sustitución del gobierno y del modelo político cubano vigentes. Entendía la sociedad civil, sobre todo, como espacio asociativo voluntario, contrapuesto al Estado y a la sociedad política y reservorio de los valores de progreso, libertad, democracia, derechos humanos.

La ortodoxia isleña, tras rechazar el término como maniobra ideológica, le acogió luego como “sociedad civil socialista”, vía para organizar la participación de masas. Sobreentendía que la sociedad cubana había logrado unos niveles elevados de democracia económica y política, toda vez que las políticas de acceso a servicios y derechos universales garantizaban per se un alto desempeño democrático. Por tanto, el PCC y las organizaciones políticas y de masas figuran como legítimos representantes de la sociedad. Desde esta visión, la idea era fortalecer o perfeccionar los mecanismos creados, con el papel protagónico del gobierno.

Otras visiones, finalmente, proponían un rediseño de la democracia en Cuba, basado en el cuestionamiento de elementos de su modelo político. Al asumir la sociedad civil como central para una recomposición socialista de la hegemonía, proponían fortalecer las instancias del Poder Popular (con énfasis en los poderes locales), mejorar mecanismos democráticos como la rendición de cuentas y apelar a dispositivos culturales no estatales, delimitar las funciones políticas partidistas y las administrativas del gobierno en los distintos niveles, etc. Dentro de esta posición, hubo quienes, a partir del concepto de sociedad civil, argumentaron la imposibilidad de que el Estado pudiera hacerse cargo de las necesidades, los objetivos y los derechos de una creciente diversidad social. Si, más que una identificación, existe una continua tensión entre las estructuras políticas y la sociedad civil, es dicha tensión el fundamento de la democratización del sistema.[12]

Tales desencuentros sobre la sociedad civil, al anudar un conjunto de problemas del pensamiento social cubano, reveló carencias de las ciencias sociales para dar cuenta del proceso revolucionario y de su ordenamiento socialista. Su impacto rebasó lo académico. El debate cubano amplió y redimensionó la comprensión del proceso de la política, al incorporar el análisis sobre sus “condicionamientos socioeconómicos” y culturales. Enfrentó, de hecho, la hipertrofia política en el análisis de la sociedad. La necesidad de reconstruir la sociedad civil cubana propició una amplia reflexión sobre su cultura política: sobre el peso de las representaciones ideológicas y culturales en la articulación del consenso, desde la organización familiar, pasando por el papel de los intelectuales, de los nuevos sujetos sociales y la concepción del Estado. La recomposición de la hegemonía fue asumida como proceso cultural, en su más amplio sentido.[13]

Pues la sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones sociales productoras de sentido, es el campo por excelencia de la lucha de clases y, por tanto, de la disputa hegemónica. Promueve una renovación socialista si logra enraizar instituciones y relaciones de producción ideológico-cultural a los fundamentos culturales de la nación y a la pluralidad de sus prácticas cotidianas. Ello concierne al papel del mercado y del Estado en el socialismo: a la búsqueda y desarrollo de nuevas formas de propiedad colectiva (o sujetas a su control) en la economía, capaces de suprimir la lógica del valor de cambio como acceso a la riqueza; así como a la promoción de nuevas formas de participación política que disputen las funciones monopólicas del Estado.

5

La deforme socialización del estatismo soviético y el debate cubano sobre sociedad civil resisten a ser relegados a un pasado inoperante. Su discernimiento condiciona nuestra visión de los problemas del presente. La prioridad de maximizar la producción nacional de bienes y servicios no es solo un problema técnico y económico. Involucra además la educación, relaciones y estructuras políticas.

Acaso en Cuba haya ocurrido un peculiar aprendizaje sobre la sustitución estatista, que se expresa en una nueva sensibilidad frente a los límites y legitimación del poder político, y en demandas a favor de un espacio plural de instituciones, relaciones y grupos sociales, relegadas por el modelo de socialismo que pretende ser reformado. Pero la crítica a la monopolización estatal no puede pasar por alto el poder coercitivo de una sociedad civil a la que queda asignado, de modo prevaleciente, todo el espacio entre el individuo y el Estado. Para las condiciones de Cuba, la implementación de mecanismos efectivos de participación y control ciudadano, laboral, comunitario, continúa siendo el imperativo de una sociedad socializada. Junto a una educación política afín y consensuada, son formas de renovar el Estado que no derivan en, o pueden limitar de veras, una mayor mercantilización.

 

[1] Aparecido en el vol. IX, no. 9, julio-diciembre de 1992, fue compilado en El laberinto tras la caída del muro, editado en 2006 por Ciencias Sociales y en 2009 por CLACSO y Ruth Casa Editorial [las citas son de esta última edición].

[2] Ídem, pp. 208-209.

[3] Ídem, pp. 209-210.

[4] Julio César Guanche, “A propósito de la relación entre política y economía”, en OSAL, Año XIV, No. 36, diciembre de 2015, p. 15.

[5] Ya en la tercera década del siglo XX fue objeto de enconadas polémicas en el contexto de la fallida revolución alemana. Ver Karl Korsch, ¿Qué es la socialización? Un programa de socialismo práctico, Siglo XXI, Argentina, 1973; Erwin Weissel, “A Internacional Socialista e o debate sobre a socializaçao”, en Eric Hobsbawm et al. (eds.) Historia do marxismo, tomo V, Paz e Terra, Brasil, 1985, pp. 227-250.

[6] Joseph Wilzynski, An Enciclopedic Dictionary of Marxism, Socialism and Communism, Macmillan Reference Books, London, 1981, pp. 541-542; Tom Bottomore (ed.) A Dictionary of Marxist Thought, Blacwell, 2nd ed., 2001, pp. 502-503; Jean Robelin, “Socialisation”, en Gerard Bensussan y Georges Labica, Dictionnaire critique du marxisme, Paris, PUF, 1985, 3ª ed., pp. 1057-1063.

[7] Ver Paul M. Sweezy y Charles Bettelheim, Algunos problemas actuales del socialismo, Siglo XXI, México, 1973; István Meszaros, Más allá del capital. Hacia una teoría de la transición, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, La Paz, 2001; Álvaro García Linera, ¿Qué es una revolución? De la Revolución rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos, Vicepresidencia del Estado, La Paz, 2017.

[8] Álvaro García Linera, “Estado, democracia y socialismo: Una lectura a partir de Poulantzas”. Recuperado de http://marxismocritico.com/2015/02/25/estado-democraciay-socialismo, 2015.

[9] Álvaro García Linera, ¿Qué es una revolución? ..., p. 80.

[10] Haroldo Dilla y Philip Oxhorn, “Virtudes e infortunios de la sociedad civil”, Nueva Sociedad, 1999, pp. 157-175.

[11] Jorge Luis Acanda, “Cambios en la sociedad civil cubana y su reflejo en el pensamiento cubano desde los noventa al momento actual”. En J. Tulchin y otros (eds.) Cambios en la sociedad cubana desde los noventa. Washington, DC: Woodrow Wilson International Center for Scholars, 2005, pp.141-144. Ver además Milena Recio y otros, “Sociedad civil en los 90: el debate cubano”, en Temas, Nos. 16-17, 1998-1999, 155-176.

[12] Ídem.

[13] Rafael Hernández, “¿Pero acaso hay un debate en Cuba sobre la sociedad civil?”, En Hablar de Gramsci, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2003, pp. 137-147.

Investigador y marxista cubano. Subdirector del Instituto de Filosofía, en La Habana.

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www.sinpermiso.info, 7 de septiembre 2020

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Economía feminista: viva, abierta y subversiva

El fundamento de esta teoría afirma que economía sí es más que mercados, que el género sí importa y que el conocimiento sí es político.

En los últimos años, escuchamos cada vez más hablar de economía feminista y otros conceptos relacionados: cuidados, sostenibilidad de la vida, impactos de género de la crisis… Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de economía feminista? La economía feminista (en adelante, EF) es una teoría económica y es también acción. 

No podemos pensar teoría y acción por separado: la teoría económica feminista observa un sistema económico que se construye sobre la desigualdad de género y la alimenta. Frente a ello, lanza propuestas para avanzar hacia una economía distinta, donde haya una manera de producir, intercambiar, consumir y cuidar que desafíe las relaciones de dominación y ponga la vida en el centro. En este artículo nos centramos en la propuesta teórica de la EF. Os invitamos a acompañarnos en ese recorrido teniendo siempre en mente que, tras las palabras, hay prácticas, y viceversa.

1- Una forma distinta de mirar la economía

La EF no es un cuerpo único de ideas sino una diversidad de planteamientos que van más allá de hablar de la situación específica de las mujeres y/o de su diferente posición respecto a los hombres en la economía, o de proponer políticas que moderen los impactos de género negativos del funcionamiento del sistema económico. Suponen un cuestionamiento fundamental de la disciplina. Ello se propone desde un cruce heterogéneo entre diversas escuelas económicas heterodoxas (marxismo, post/keynesianismo, institucionalismo…) y diversas corrientes feministas (liberal, radical, marxista, ecofeminista, descolonial…). Existe una pluralidad de aproximaciones que conviven y se retroalimentan, otorgando una gran riqueza y versatilidad a los debates. Esta capacidad de diálogo ha permitido históricamente a los feminismos en general, y a la EF en particular, problematizar y deconstruir miradas para poder reconfigurarlas desde pensamientos complejos e inclusivos.

La EF tiene al menos tres objetivos principales. Primero, busca identificar los sesgos androcéntricos de las teorías económicas, que impiden tener una comprensión integral de la economía y de los procesos de inclusión/exclusión que en ella se producen, especialmente de los marcados por el género. A partir de ahí, pretende obtener herramientas conceptuales y metodológicas para revertir dichos sesgos y aplicar una perspectiva feminista a la comprensión de fenómenos económicos, desplazando el eje analítico de los mercados a los procesos que sostienen la vida. Con todo ello, se propone reflexionar sobre los procesos y políticas económicas actuales recuperando las esferas invisibilizadas de la economía y preguntándose cómo interactúan con la desigualdad entre mujeres y hombres.

La EF rompe con la economía convencional en múltiples aspectos. A nivel epistemológico, cuestiona las gafas androcéntricas con que la economía neoclásica observa todo, y su estructura de pensamiento dicotómica y androcéntrica, que excluye sistemáticamente lo feminizado. También denuncia que el objeto de estudio de la economía queda reducido a los aspectos mercantiles, relegando a la invisibilidad la naturaleza, las necesidades del cuerpo y las relaciones humanas, incluyendo la reproducción del poder (en base a la clase, el género, la raza, etc.). A nivel metodológico, critica la primacía de las matemáticas y la lógica hipotético-deductiva. El empeño en construir modelos matemáticos para explicar procesos sociales no sólo deja fuera infinidad de elementos fundamentales, sino que permite ocultar el papel que juegan los juicios de valor del contexto social y de la propia ideología del sujeto. La pedagogía ortodoxa, con su enseñanza de la economía unidireccional y en singular, también es criticada. Y, por último, hay un cuestionamiento político,desentrañando las implicaciones de la estrategia capitalista que sustenta esta corriente de pensamiento. La economía ortodoxa no es inocente, sino útil para el mantenimiento del statu quo y la desigualdad de género.

2- Aportes conceptuales y metodológicos

La EF se define por asumir un compromiso expreso con la comprensión y superación de las desigualdades de género en el ámbito económico, partiendo de una idea clave: no podemos entender (ni eliminar) estas desigualdades si no incorporamos los trabajos no remunerados. Se diferencia de la economía del género, que es una subcorriente ortodoxa caracterizada por intentar erradicar los sesgos androcéntricos sin cambiar el discurso neoclásico; y por intentar acabar con la desigualdad sin cuestionar el capitalismo. Este enfoque, que definimos como añada mujeres y revuelva, se distingue de la EF en tres cosas: sigue restringiendo el análisis a las dimensiones monetizadas de la economía; le preocupa el género, pero lo considera una construcción ideológica, que impacta en la economía, pero no es parte en sí de la economía; y aspira a realizar buena ciencia, no manchada por la política. Por contra, la EF afirma que economía sí es más que mercados, que el género sí importa y que el conocimiento sí es político. Estas tres afirmaciones son sus tres elementos definitorios, que unen a la pluralidad de miradas.

2.1- Economía es más que mercados

La EF entiende que economía son todos los procesos de generación y distribución de recursos que permiten satisfacer las necesidades de las personas y generar bienestar, pasen o no por los mercados. Trabajo son todas las actividades humanas que sostienen la vida, no sólo aquellas que se realizan a cambio de unos ingresos. En este punto, la EF se diferencia de numerosas corrientes heterodoxas que, al igual que la economía ortodoxa, usan la frontera mercantil para definir lo económico y reducen la noción de trabajo a trabajo asalariado.

La EF apuesta por desplazar el eje analítico y político en torno al cual construimos la economía: de los mercados a la sostenibilidad de la vida. A la hora de analizar el sistema económico, para la EF los agentes a tener en cuenta son los mercados, el estado, los hogares y las redes sociales y comunitarias. Necesitamos entender su interacción para comprender todos los procesos mediante los cuales generamos y distribuimos los recursos necesarios para la vida, comprendiendo cómo las relaciones de poder se van reconstruyendo en esos procesos. A nivel político, apuesta por mejorar el funcionamiento de la economía para que todas las personas tengamos acceso a una vida digna de ser vivida.

En el desplazamiento del eje analítico desde los procesos de valorización de capital hacia los de sostenibilidad de la vida, adquiere creciente relevancia la noción de (trabajo de) cuidados. Al poner los cuidados en el centro, se saca a la luz que la vida es vulnerable (si no se cuida, no hay vida) e interdependiente (la única forma de cuidarnos es junto al resto). La economía no se ve como el sumatorio de acciones individuales de sujetos autosuficientes, sino como una red de interdependencia. La labor de la teoría económica es entender cómo funciona esa red y qué conflictos la atraviesan.

2.2- El género sí importa, y mucho

La EF introduce las relaciones de género como un elemento constitutivo del sistema socioeconómico. Se pone cuerpo a la teoría, reconociendo que los agentes económicos no son homos economicus abstractos, sino sujetos marcados por el género, la raza/etnia, la clase social, la condición migratoria, la orientación sexual, la identidad de género, etc. La EF desvela que el Robinson Crusoe que la economía neoclásica utiliza en sus modelos matemáticos, asegurando que es una metáfora universal del ser humano, realmente es el símbolo del sujeto privilegiado en el sistema económico dominante: el BBVAh (blanco, burgués, varón, adulto, heterosexual) sin diversidad funcional, urbano, occidental. Esta figura convierte a todo el resto de personas en el otro.

La EF también se diferencia de las corrientes heterodoxas que consideran que la economía es solo escenario de un enfrentamiento de clases y dedican una atención nula o secundaria a las desigualdades de género. Para la EF las relaciones de género sí son económicamente relevantes. Para entenderlas, desagregar datos por sexo es fundamental, pero no suficiente. El género no es solo una variable, sino una categoría de análisis, una lente para observar las dimensiones heteropatriarcales del sistema económico y de la teoría económica.

2.3- El conocimiento es siempre social y político

La EF afirma que la producción de conocimiento, en tanto que proceso social, está afectada por los conflictos sociales y responde a un fin político. Una tarea importante para la EF es redefinir los criterios que validan el conocimiento, dado que no se cree en la objetividad como neutralidad valorativa. Apuesta por lo que denomina la objetividad reforzada, que se consigue al reconocer la posición desde la que se habla, responsabilizarse de ella e identificar el objetivo político que se persigue. La EF, al reconocerse feminista, no introduce valores donde no los había, sino que los explicita, y, en ese sentido, es más objetiva que aquellas teorías que pretenden ser neutrales. 

3- El funcionamiento del capitalismo heteropatriarcal

La EF entiende la socioeconomía como un circuito integrado producción-reproducción. Mercados y estado conforman la esfera monetizada, donde se dan el trabajo remunerado, flujos monetarios (créditos, remesas, etc.) e intercambios mercantiles. Hogares y redes conforman la esfera no monetizada, a la que podemos llamar espacio de sostenibilidad de la vida. Ahí hay multitud de formas de trabajo no remunerado que sacan a la luz trabajos invisibilizados, históricamente asignados a las mujeres, realizados de manera gratuita o mal pagada, que son imprescindibles para el funcionamiento de la economía y la generación de bienestar.

Al poner en el centro los procesos de sostenibilidad de la vida, la EF identifica la tensión fundamental del capitalismo: la contradicción entre el proceso de acumulación de capital y los procesos de reproducción de la vida. Para la producción, las condiciones de vida son una variable de ajuste y la reproducción de la mano de obra es un coste; para la reproducción el objetivo son las condiciones de vida y la producción de mercancías es un medio. Hay una tensión estructural e irresoluble entre el capital y la vida. La acumulación de capital es el proceso priorizado por definición en el capitalismo. El conjunto social está puesto al servicio de los mercados, con lo que no hay una responsabilidad colectiva en generar condiciones de vida dignas y la vida del conjunto social y del planeta está siempre amenazada, al estar puesta al servicio del poder corporativo: del BBVAh que domina el proceso de acumulación.

En este sentido, la EF confluye con el marxismo, que denuncia el conflicto entre el capital y el trabajo asalariado, asegurando que el beneficio se hace explotando la mano de obra. El feminismo añade que el conflicto es más de fondo, con la vida humana misma (lo que se mercantiliza es la vida y lo que se invisibiliza son los cuidados que la sostienen). Y aquí se suma a la economía ecológica, que argumenta que el capitalismo explota y agota los ecosistemas, poniendo en riesgo todo lo vivo.  

La siguiente pregunta es cómo logran salir adelante, mal que bien, los procesos vitales que están amenazados por los mercados capitalistas. Y aquí la EF insiste que es en los hogares y las redes de afinidad donde se asume esta responsabilidad. Los cuidados son aquellos trabajos que reparan el daño hecho por los mercados y hacen todo lo demás necesario para que la vida salga adelante. El heteropatriarcado feminiza estos trabajos (se los impone a las mujeres) y los invisibiliza: la única forma de vivir en un sistema económico donde la vida está amenazada y que el conflicto no estalle es no viendo el problema. El heteropatriarcado garantiza la existencia de esferas y sujetos subyugados que resuelven silenciosamente la vida que el capitalismo ataca.

4- Una economía feminista imperfecta, viva y práctica

A partir de esta lectura de la realidad económica, la EF considera que no es posible lograr la igualdad sin poner patas arriba el sistema económico. Las propuestas y prácticas concretas que surgen desde aquí son diversas y con distintos niveles de ruptura con las instituciones vigentes. Pero, en general, todas ellas combinan la apuesta por construir otra economía que haga las paces con el planeta; que ponga las condiciones para una vida que merezca ser vivida en el centro, entendiendo que esta es una responsabilidad compartida que ha de salir de las manos de (ciertas) mujeres; y erosionando las relaciones heteropatriarcales que mantienen el sistema. 

La EF no es una mirada única. Se construye globalmente como teoría y como acción en multitud de espacios diversos: desde las instituciones legitimadas como las creadoras de saber y de política y también (o, quizá, sobre todo) desde fuera de esas instituciones. Debemos hacer un llamado urgente a seguir entendiendo la EF como un proceso vivo de creación colectiva, en el que poner tanto a dialogar nuestras discrepancias, como a trabajar nuestras alianzas, en la búsqueda de otras economías posibles, nombradas con otras palabras posibles.

Fuente: https://ctxt.es/es/20180502/Politica/19356/eonomia-fiminista-heteropatriarcado-genero-cuidados-ecologia-capitalismo-amaia-perez-orozco.htm

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Por Amaia Pérez Orozco y Astrid Agenjo Calderón | 17/09/2020

Sobre las autoras : Economistas sin Fronteras – Amaia Pérez Orozco y Astrid Agenjo Calderón (colaboración externa)

Amaia Pérez Orozco es una de las integrantes del Eje de precariedad y economía feminista y Astrid Agenjo Calderón es miembra del Observatorio GEP&DO y de la Universidad Pablo de Olavide.

Astrid Agenjo Calderón es profesora en el Departamento de Economía, Métodos Cuantitativos e Historia Económica de la Universidad Pablo de Olavide. 

Publicado enEconomía
Para muchos suecos, su epidemiólogo, Anders Tegnell, ha encarnado un enfoque racional de la pandemia de COVID-19. (Magnus Andersson/TT News Agency/vía REUTERS)

Rechazó el confinamiento que casi todo el mundo aplicó y escuelas, restaurantes, gimnasios y hasta las fronteras permanecieron abiertos en Suecia. Llegó a recibir amenazas de muerte pero hoy muestra logros importantes en la caída de la transmisión del coronavirus

 

Si en los Estados Unidos la fama de Anthony Fauci, principal epidemiólogo de la Casa Blanca hizo que Brad Pitt lo personificara en SNL, la de Anders Tegnell en Suecia le ha valido cosas más asombrosas, como que muchos ciudadanos se tatúen su cara. Y del mismo modo que el director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas (NIAID) desde Ronald Reagan, el epidemiólogo del gobierno sueco ha despertado pasiones en contra por sus actos —en su caso, las responsabilidades del cargo van más allá del consejo— durante la pandemia de COVID-19.

Pocas personas en el mundo, y aun entre los 10 millones de habitantes de Suecia, conocían a Tegnell a comienzos de 2020; hoy, sin embargo, es “una de las figuras más famosas —y más polémicas— de la crisis global del coronavirus”, según lo describió Financial Times (FT). Este médico de 64 años, con gran experiencia en enfermedades infecciosas en África y Asia, decidió enfrentar el SARS-CoV-2 sin atender al manual habitual, que China aplicó con la cuarentena luego del brote en Wuhan y luego siguió buena parte del mundo. Así en Suecia la escuelas, los restaurantes, los gimnasios y las fronteras permanecieron abiertos.

“Para muchos suecos, su epidemiólogo estatal ha encarnado un enfoque racional, mientras otros países parecían sacrificar la ciencia en el altar de las emociones”, siguió el periódico financiero. “Muchos en la derecha estadounidense y británica han aprovechado a Tegnell como un campeón de las libertades que ellos sienten haber perdido durante el confinamiento”.

No obstante —aclaró Richard Milne, corresponsal del FT en los países escandinavos y bálticos— para una minoría local e internacional resultó una figura más problemática. “Los demócratas suecos, populistas, han pedido su renuncia luego de que miles de ancianos murieran en las residencias geriátricas”, ilustró. Esa consecuencia del COVID-19 llevó a Suecia hasta el quinto lugar en mayor mortalidad per capital en Europa, una tasa cinco veces mayor a la de su vecina Dinamarca y 10 veces mayor a la de Noruega y Finlandia. “The New York Times dijo que Suecia era ‘un estado paria’ y ‘una fábula para el mundo entero’".

Su fama, dijo Tegnell, se ha convertido en “un problema”; además, nunca había ambicionado tenerla. “Está a favor de la libertad de expresión pero los comentarios que lo comparan con Hitler o Stalin ‘no están bien’ y ha debido hablar con la policía por las amenazas de muerte”.

La moraleja de la fábula, al cabo de varios meses, no fue la esperada. Hoy Suecia tiene una caída estable en los casos. En opinión del epidemiólogo, el país tendrá “un bajo nivel de transmisión” con brotes locales ocasionales. “Lo que sucederá en otros países, creo, será más grave. Es probable que sean más vulnerables a esa clase de picos”, dijo al FT. La cantidad de casos en el otoño y el invierno europeo aumentará allí donde “no se cuente con un nivel de inmunidad que de algún modo pueda frenarlos”.

No se trata de un concepto sencillo: acaso la inmunidad colectiva sea la cuestión más discutida en la crisis extendida de COVID-19. Y si bien el experto aseguró que las políticas suecas nunca tuvieron como objetivo permitir que el virus siguiera su naturaleza hasta que una porción suficiente de los habitantes hubiera sido expuesta y la tasa de infección comenzara a bajar, argumentó que “la inmunidad es responsable, al menos en parte”, de la reciente baja notable de los casos en Suecia.

Una de las razones por las cuales el caso sueco se alza como singular es que el gobierno del país también lo es. Las decisiones de la agencia de salud pública nacional no están en manos de los políticos, sino de las autoridades independientes del sector. En la práctica eso tiene un nombre: Tegnell.

“Eso hace que su capacidad de independencia, mientras el resto del mundo se cerraba, parezca aún más notable”, destacó el corresponsal del FT, quien le preguntó al epidemiólogo sueco al respecto:

—¿No sería más fácil seguir la corriente?

—Sí, por supuesto que lo es. Pero no estoy solo —le respondió, en referencia a los 500 empleados de la agencia de salud pública, el gobierno y la mayor parte de la población de Suecia.

Tegnell repitió la frase que lo hizo famoso —o fastidioso, para algunos— cuando se negó al confinamiento en su país: “Es como usar un martillo para matar una mosca”. Su enfoque ha sido casi el opuesto: no apuntó a un insecto concreto sino a la posibilidad de la aparición de insectos y buscó otra clase de herramientas. En su caso, para desarrollar una estrategia que pueda funcionar durante años si llegase a ser necesario.

“Este tipo de confinamiento drástico, con aperturas y cierres, no nos parece viable”, siguió. “No se puede abrir y cerrar las escuelas. Va a ser un desastre. Y probablemente no se puede abrir y cerrar los restaurantes y cosas así demasiadas veces. Una vez o dos veces sí, pero luego la gente se cansaría y los comercios probablemente sufrirían más que si los cerraran completamente”.

El enfoque sueco se basó en considerar la salud pública en un sentido más amplio que tratar de mantener el sistema de salud en funcionamiento o reducir las muertes de la primera ola. “Es bueno tener la clase de experiencia que yo tengo”, dijo, a la vez como reaseguro y como defensa. "He trabajado en hospitales. He visto la epidemia de gripe y la gente que llega de a montones y satura los hospitales. He trabajado con el ébola en África. Me doy cuenta de los desastres que la enfermedad puede hacer a una sociedad y a un sistema”.

En Suecia continuaron los deportes infantiles, las clases en la escuela primaria, las sesiones de yoga, las visitas a los bares y los restaurantes, las compras. Y más: es uno de los pocos países que no recomienda el uso de máscaras en público. Por lo demás, el paisaje local es parecido al de los vecinos: los suecos han dejado de viajar y los hoteles y los restaurantes se han visto gravemente afectados.

Básicamente, las actividades públicas tienen restricciones detalladas sobre cuánta gente puede estar en un espacio y cómo se las tiene que tratar. “Este tipo de restricciones no existen casi en otro lado”, siguió el epidemiólogo. “Tratamos de concentrarnos realmente en los lugares que sabíamos que iban a ser realmente peligrosos. Ir a una tienda de música y comprar un álbum no va a hacer que se infecten cientos de personas”, dio como ejemplo.

Además de la epidemia del ébola, Tegnell viajó mucho por el mundo en campañas de vacunación de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A esa formación, cree, le debe mucho su capacidad de “pensamiento amplio en la salud pública". Para él las escuelas no son solamente un lugar donde el virus se puede transmitir, sino también la parte más importante de la salud de una persona joven.

“Si uno tiene éxito en la escuela, su vida irá bien", argumentó al FT. "Si fracasa, su vida será mucho peor. Va a vivir menos. Va a ser más pobre. Eso, por supuesto, nos ronda la mente cuando nos ponemos a hablar sobre cerrar las escuelas”. Por eso cuando en junio regresó la premura por clausurar actividades en Europa y los Estados Unidos, sintió que “el mundo se había vuelto loco”.

Del mismo modo que ante el resto de los factores de la pandemia, Tegnell mantiene una perspectiva independiente sobre la vacuna contra el COVID-19: cuando llegue, si llega, no será una solución mágica. “No me inclino mucho por las soluciones fáciles a los problemas complejos, por creer que una vez que tengamos la vacuna podemos volver a vivir como hemos hecho siempre", cerró el diálogo con Milne. "Creo que es peligroso transmitir ese mensaje, porque no va a ser tan sencillo”.

15 de Septiembre de 2020

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Martes, 15 Septiembre 2020 05:59

Un inmenso archipiélago inconexo

Un inmenso archipiélago inconexo

Sin unidad de las fuerzas comunicacionales no hay clamor emancipador

 

   Somos un archipiélago inmenso de iniciativas comunicacionales inconexas. Tanto daño ha hecho el individualismo, el sectarismo y el aislacionismo… en todas sus metástasis, que incluso cuando se trabaja en equipo, algunos piensan que los otros son parte de un decorado que sólo está para servir al que se cree “jefe” y “obra de sí mismo”. Estamos bajo peligro si permanecemos como un archipiélago inmenso de semiósferas inconexas, archipiélago inmenso cargado con “buenas ideas”, pero incomunicado. Un conjunto de islas sólo unidas paradójicamente por lo que las separa. Para nuestra especie es imposible vivir aislados, aunque nos pensemos autosuficientes, auto-creados. Nuestra hipotética “personalidad singular”, no es más que el producto de las relaciones sociales y vivir como archipiélago es algo más que un aislamiento… en una patología.

            Algunos piensan que es todo lo contrario, que vivimos una “proliferación” de comunicación híper saturada con mensajes vacíos. Que hay sobredosis de medios tele-producidos y redes sociales “participativas” y “democratizadas”. Que no sufrimos insuficiencia de comunicación sino saturación de interactividad mediática. Pero tal descripción en nada coincide con el mapa real de la propiedad de las herramientas para la comunicación, de los motores semánticos mercantilizados y mucho menos en el modelo de acumulación monopólica dominante en el que la inmensa mayoría de los seres humanos vive silenciada y reducida a reproducir, objetiva y subjetivamente, los dispositivos de su enajenación rentable para colmo.

            Pero la asimetría no ha cancelado la necesidad de expresarse. Comunicar es una necesidad social, una cualidad y un derecho humano de primer orden y, por eso, proliferan las iniciativas bajo la dinámica de las tensiones históricas de clase y las urgencias de todo tipo con que nos agobia el capitalismo. Desembozadamente, o clandestinas, las comunicaciones se dejan sentir de manera desigual y combinada. Aunque no siempre, por el aislamiento, nos enteremos.

            Unirnos no implica uniformarnos. Implica, sí en primer lugar, informarnos con todo rigor, de tiempo y forma, qué pensamos y cómo nos proponemos intervenir en la transformación del mundo hacia otro de condiciones objetivas. El qué y el cómo por consenso meticuloso y dinámico. El qué y el cómo resolviendo los problemas más añejos y de abajo hacia arriba. Desde los más postergados y los más urgentes hasta los específicos de algunos sectores estratégicos. Sin derroches, sin emboscadas, sin oportunismos ni reformismos. Para empezar. Solo así podremos construir puentes pertinentes a las necesidades y convertir el “archipiélago” en una “red”. No faltan herramientas para conectar, falta democratizarlas para la unidad política y falta voluntad política para la unidad desde las bases. Los “poderes” le temen mucho a eso.

            La Unidad debe ser expresión concreta de vínculos organizativos nuevos, creadores de soluciones prácticas, hacia condiciones de existencia en sintonía con las luchas y sus programas emancipadores. En primer lugar, el internacionalismo que nos expresa como una fuerza social planetaria, creada por el capitalismo, que busca emanciparse con una lucha mundial, económica y cultural, contra el sistema que depreda al planeta y a las personas. “Estar de acuerdo” debe definir el cómo.

            Se trata de tender puentes en el archipiélago para romper el aislamiento y los antagonismos inducidos entre los pueblos. Luchar juntos contra las divisiones de clase en el comercio y el mercado mundial y en la producción industrial secuestrada por la dictadura de la usura. El internacionalismo de los oprimidos convertido en red de puentes contra los monopolios de la comunicación y la información. Nosotros debemos recordar siempre que las “alianzas” internacionales entre la clase dominante son sólo acuerdos temporales de negocios que financiamos nosotros en perjuicio nuestro siempre. Cada puente sobre el archipiélago debe ser fraternidad organizada para la lucha. No tiroteo de vanidades.

            Tales puentes sobre el archipiélago no son una meta exclusivamente nuestra, ha sido anhelados durante mucho tiempo. Lo que se actualiza en estos puentes es lucha que descubre la urgencia de una sociedad sin clases ni divisiones como posibilidad deseable, posible y realizable (Adolfo Sánchez Vázquez). Y eso se debe al desarrollo de la consciencia porque, tal como está el mundo, aislados oprimidos dentro de la sociedad, sólo tenemos como salidas necrófilas. Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Nosotros hoy no podremos conquistar las fuerzas productivas sino aboliendo el modo hegemónico de apropiación, y con él, todo modo de apropiación ilegítimo. Nosotros sólo salvaremos lo salvable y deberemos modificar todo lo que ha garantizado la ingeniería del despojo. Nuestra unidad de redes y puentes debe ser una transición hacia un “Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación” o sea, nuevos medios y modos para informarnos y comunicarnos en un contexto de nuevas relaciones de producción.

Pero la forma específica de tal unidad de nuestras fuerzas debe ser motor de los trabajadores desarrollado durante sus propias luchas. Se trata de lograr que la humanidad deje de ser una mercancía más, atomizada, para reproducir mansamente su propia subordinación. La materia prima de los “puentes” es, precisamente, esa consciencia de clase dispuesta a emanciparse construyendo convergencias de forma y fondo. Priorizar los principios sin desatender a las personas. Es una praxis que se va transformando minuciosamente en instrumento de precisión para desactivar el sometimiento de todos nosotros bajo la economía dominante. La unidad se hará esencial sólo si se garantiza su evolución permanente basada en la supremacía de la humanidad sobre el capital. 

Prioridad de acción es construir la unidad. Puentes y redes que, a su vez, se desarrollen continuamente hasta cambiar la correlación de las fuerzas y los paradigmas. Las piedras angulares de nuestros puentes o interconexiones, en todos los sentidos, no pueden ser arbitrarias, sino expresiones concretas del ser social que planifica emanciparse. El de la comunicación es un asunto tan importante y duradero que no puede dejarse (sólo) en manos de los gobiernos efímeros. En última instancia, si los gobiernos deben definir sus políticas de comunicación, deberán hacerlo en colaboración orgánica con la calidad democrática que los medios emancipados y emancipadores sepan exigir e imponer como fuerza social real. Pero eso, ni con mucho, resuelve la necesidad de la tarea comunicacional más sólida que es la comunicación nueva transformada y transformadora que no depende de la agenda semántica de los gobiernos ni las burocracias pero que debe asumir sus responsabilidades y derechos para su desarrollo económico, tecnológico y estratégico. Ese es el reto. 


Por Fernando Buen Abad Domínguez
, Director del Instituto de Cultura y Comunicacióny Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús, Miembro de la Red en Defensa de la Humanidad, Miembro de la Internacional Progresista, Miembro de REDS (Red de Estudios para el Desarrollo Social)

15/09/2020

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París: hubo detenidos e incidentes en la protesta de Chalecos Amarillos

Los manifestantes volvieron a las calles francesas

Las fuerzas de seguridad reprimieron con gases lacrimógenos a los presentes.  

 

Al menos 193 personas fueron detenidas en una protesta de los "chalecos amarillos" para exigir cambios en el sistema político francés de Emmanuel Macron, en lo que fue la primera manifestación tras el parate por las restricciones de la pandemia y el receso de verano.

Las fuerzas de seguridad reprimieron con gases lacrimógenos a los manifestantes que incendiaron mobiliario urbano para dificultar el paso de los vehículos en el noroeste de París. Antes del comienzo de la movilización en el centro de la Ciudad Luz, los uniformados habían detenido a 154 manifestantes.

Las detenciones se debieron sobre todo a la requisa de objetos peligrosos, como martillos, destornilladores, palos de metal y barras de madera, pero también botellas de alcohol y caretas, según varias fotos compartidas por la Prefectura de Policía de la capital en Twitter.

La intención de las autoridades era evitar que la movilización ingresara a la zona de los Campos Elíseos, donde preveían destrozos a los locales de la reconocida avenida parisina. La Policía, que realizó un fuerte operativo, publicó en redes sociales fotografías de cuchillos, máscaras y un arco incautados a los manifestantes.

Los chalecos amarillos, surgidos en el otoño de 2018 tras el aumento a los impuestos a los combustibles, denuncian que "las injusticias sociales y fiscales no dejan de crecer" en Francia. Con el correr de los días y la violencia que se desató en las protestas, fue virando hacia un movimiento más amplio de rechazo a las políticas de Macron.

En respuesta, el mandatario anunció un paquete de medidas con un costo de más de 10.000 millones de euros con el objetivo de cumplir algunas de las demandas de los chalecos amarillos, como aumentar el salario mínimo y reducir los impuestos a los jubilados.

El líder opositor de izquierda Jean-Luc Mélenchon felicitó a "los insumisos presentes en la manifestación de los chalecos amarillos", en un mensaje en Twitter en el que apeló a la calma.

"Reforcemos el rechazo de la violencia porque el prefecto (de la Policía de París, Didier) Lallament está esperando que haya incidentes para lanzar la maquinaria de noquear y encarcelar. Que sea absolutamente pacífica", escribió el que fuera candidato presidencial en 2017 por el partido Francia Insumisa.

Las concentraciones se sucedieron en las principales ciudades del país, como Burdeos, Toulouse y Marsella, mientras en París varios miles de personas salieron a la calle en un contexto poco favorable a las multitudes por la fuerte circulación del coronavirus en Francia, donde ayer se registraron más de 9.000 contagios.

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Sábado, 12 Septiembre 2020 06:19

Bolivia, ¿ruptura o consolidación del golpe?

Bolivia, ¿ruptura o consolidación del golpe?

A cinco semanas de las elecciones generales en Bolivia –18 de octubre–, el panorama se complica más y más. La polarización advertida entre el MAS y los golpistas se agudiza, mientras Carlos Mesa intenta mantener un perfil bajo que le ayude a ganar votos de una derecha desencantada con un gobierno transitorio que se hunde después de casi un año de escándalos de corrupción y mal manejo de la crisis de salud.

Las últimas encuestas son favorables al MAS-IPSP que tiene al ex ministro de Economía Luis Arce Catacora como candidato presidencial. El partido de Evo Morales obtiene 26.2 por ciento en el reciente estudio de Mori (la única que acertó el resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016), que cuando se pondera filtrando sólo los votos válidos se transforma en 37.3 por ciento frente a 24.2 de Carlos Mesa o 14.4 por ciento de Jeanine Áñez. Es decir, Luis Arce estaría cerca de ser presidente electo en primera vuelta, siempre que alcance 40 por ciento de votos válidos y 10 puntos de diferencia sobre Mesa, lo que puede suceder con una buena campaña y si los golpistas no bajan a Áñez de la carrera presidencial. En caso de que no se alcance 40 por ciento, o la presidenta actual decline y Mesa se acerque a menos de 10 puntos de diferencia, la segunda vuelta sería inevitable y en ese caso el 14 por ciento de los golpistas, sumado al del “cívico” Fernando Camacho (12.4 por ciento), que lidera la intención de voto en la ciudad más poblada del país, Santa Cruz, el conservador Chi Hyun Chung (5.9 por ciento) o el hombre del Departamento de Estado en Bolivia Tuto Quiroga (3.8 por ciento) se unirían contra Evo Morales y Luis Arce, provocando la derrota segura del MAS.

Dos semanas antes de la elección, el 4 de octubre, se celebrará el debate entre los aspirantes presidenciales, organizado por la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia, la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia, la Fundación Jubileo, la Universidad Mayor de San Andrés y una red de medios de comunicación. Los 14 días posteriores al debate serán claves para que diferentes sectores puedan consolidar su voto y para la posible declinación de Áñez.

Mientras tanto, en el gobierno golpista intentan por todos los medios lavar su imagen y ensuciar la de Evo Morales y el MAS, y han impulsado una denuncia de la Procuraduría General del Estado ante la Corte Penal Internacional, acusando a Evo de incurrir en delitos de lesa humanidad. Los autores físicos e intelectuales de las masacres de Sacaba y Senkata, donde murieron asesinadas más de 30 personas por las balas de las fuerzas de seguridad, acusan al ex presidente boliviano de la muerte de más de 40 personas por la falta de oxígeno durante los bloqueos carreteros de agosto.

Al mismo tiempo, y tras un viaje a Estados Unidos de Arturo Murillo, ministro de Gobierno, donde se reunió con Luis Almagro, secretario general de la OEA, representantes del Departamento de Estado y los senadores republicanos Ted Cruz y Marco Rubio, ha empezado a operar en Bolivia la empresa estadunidense CLS Strategies, vinculada a los servicios de inteligencia gringos y que supuestamente va a dar asesoría al gobierno boliviano “de transición” en temas relacionados con la democracia.

De manera complementaria, y según filtraciones del entorno del gabinete, los golpistas tienen sobre la mesa una propuesta para eliminar el registro jurídico del MAS-IPSP, junto con un análisis de lo que implicaría dicho acto en cuestión de movilización y respuesta social. La apuesta es clara: una segunda vuelta entre Carlos Mesa y Jeanine Áñez, donde sólo habría un ganador: Estados Unidos y sus intereses en Bolivia.

En las calles, al menos entre la clase media urbana, la sensación es que se quería un cambio, pero no así, y eso está haciendo que Mesa se desplace hacia la derecha para ganar el voto más ultra que ya no se siente representado por Áñez, lo cual a su vez podría hacer que el voto más moderado de centro se acercara al MAS, pues entre la disyuntiva de pensar cómo y cuándo estaban mejor, en septiembre de 2019 (las elecciones fueron en octubre y el golpe en noviembre de 2019) o en septiembre de 2020, es claro que esa clase urbana tenía mejores condiciones sociales, y sobre todo económicas, hace un año.

La crisis económica hace que la gente prefiera vivir en septiembre de 2019. En 14 años de proceso de cambio se le pagaba a tiempo a la gente y podía ahorrar, en nueve meses la gente ha perdido su trabajo y gastado sus ahorros. Ése es el nuevo sentido común que se está posicionando entre una buena parte de la población boliviana.

Si ese sentido común se hace más grande decantando la balanza a favor del MAS-IPSP, entonces la alternativa de quienes hoy gobiernan parece ser un nuevo golpe dentro del golpe que impida que Evo Morales, jefe de campaña del Movimiento al Socialismo, pudiera retornar a una Bolivia gobernada por Luis Arce Catacora.

Twitter: @katuarkonada

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Chile: La caída en descrédito del modelo vigente desde el golpe de 1973

Unas pocas horas antes de su muerte, el 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende dirigió un mensaje radial a los chilenos: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor …”, termina el presidente. De fondo se oyen los estruendos de los bombardeos.

Allende habló desde el Palacio de La Moneda que estaba rodeado por las fuerzas armadas golpistas y su mensaje fue difundido por una emisora de onda corta del Partido Comunista chileno, Radio Magallanes, que era la única que aún no había sido ocupada o destruida por los putschistas. El centro de Santiago estaba controlado por los blindados y la infantería que desde temprano, aquel día, habían comenzado con su brutal represión de los partidarios del gobierno constitucional elegido apenas tres años antes.

Johnny Norden, quien fue agregado cultural de la embajada de la República Democrática Alemana entre 1971 y 1973, recuerda así cómo fue el proceso para sacar las cintas de la grabación del último discurso de Allende, del país asolado por los militares golpistas, y darlo a conocer al mundo.

“La noticia de la muerte de Salvador Allende, así como la noticia de su último mensaje dio la vuelta al mundo rápidamente el mismo día del golpe. En la embajada confiaban en que alguien había grabado ese mensaje y se propusieron encontrarlo. ¿Cómo hacerlo? Existía la posibilidad de contactar a los compañeros de la Radio Magallanes con la esperanza de que lo hubieran grabado. Como sabían de mi amistad con Eulogio Suárez, el director de Radio Magallanes, se me encargó la tarea de contactarlo y preguntarle si existía tal grabación. No era tarea sencilla puesto que el régimen de Pinochet había iniciado una cacería despiadada en contra de los partidarios del gobierno depuesto y también contra todos los pocos, que sin serlo, se oponían al golpe. Tenía pocas esperanzas de que Eulogio no hubiera caído víctima de la persecución. Llamé a su casa y pregunté por él. Su esposa me dijo que no estaba. Eso podía significar cualquier cosa: que hubiera sido asesinado o detenido. Le pedí que le trasmitiera saludos de Johnny Norte. No abrigaba muchas esperanzas de una respuesta. A los dos o tres días, sin embargo, Eulogio me llamó a mi casa y me propuso encontrarnos al día siguiente. Yo era consciente de la peligrosidad de la empresa: en el país dominaba el terror. Nos encontramos al mediodía en un conocido restaurante y me entregó a un sobre sin que yo alcanzara a decirle nada. Nos despedimos rápidamente sin mayores demostraciones. Pocos días después la República Democrática Alemana (RDA) rompió la relaciones diplomáticas con el régimen de Pinochet, y yo junto a mi esposa y mi pequeña hija, volvimos a nuestro país. En la Televisión pública de la RDA se trasmitió el mismo mes de septiembre un programa especial dedicado al golpe de estado en Chile, que tenía como sonido de fondo el último mensaje de Allende acompañado de una traducción al alemán. La sección Eterna de la empresa estatal VEB Deutsche Schallplatten de Berlín, hizo una edición de 5000 ejemplares de la grabación que se agotó rápidamente”. ( “Salvador Allende: So wurde seine letzte Rede gerettet”. Johnny Norden, 02-09-2020, Berliner Zeitung)

Sueños Destruidos

El golpe de estado tuvo un impacto enorme en amplias capas de la izquierda mundial,que asistieron así al fracaso de la opción política para alcanzar una sociedad más justa por medios democráticos. El mismo Allende lo expresa en su mensaje: “Mis palabras no tienen amargura, sino decepción”.

El golpe de septiembre de 1973 fue uno más del ciclo de gobiernos militares que asolaron al cono sur en la década del 70. Fue precedido por el golpe militar de Hugo Banzer en Bolivia en 1971; continuado por el golpe en Uruguay en el mismo año y seguido, menos de tres años después en Argentina, en marzo de 1976. Pero el de Chile fue el que más tiempo duró: 17 años. Y el que más influencia ejerció en la sociedad y en el sistema político chilenos, influencia que perdura hasta la actualidad. En la coalición de partidos que llevó al gobierno a Sebastian Piñera, campean corrientes y personajes pinochetistas. Tampoco pudieron o quisieron erradicar dicha influencia los gobiernos de los partidos demócratas cristianos y socialistas que se sucedieron desde entonces.

La Cordillera de los Sueños

El cineasta Patricio Guzmán en su más reciente film “La Cordillera de los Sueños” que se estrenó en 2019, plantea que la cordillera que recorre Chile de norte a sur, impregna al país de ciertas características de aislamiento. “Existen las montañas y el océano. Nos movemos dentro de ese estrecho corredor que conforma no sólo nuestra geografía sino nuestra mentalidad”, dice Guzmán en una entrevista.

Pero la cordillera puede ser también una buena metáfora de la situación actual del país en donde el tiempo parece suspendido, pero que de tanto en tanto, estalla en forma de terremotos o erupciones volcánicas.

Los estallidos sociales que tuvieron lugar durante 2019 fueron de los más radicales en la historia de Chile. Y pusieron en cuestión un sistema que resultó un fiasco para la mayoría de los chilenos.

Qué sucederá después de la pandemia, que parece haber suspendido el acontecer político en Chile es la gran incógnita, no sólo para el país hermano sino para el resto de Latinoamérica. Lo que sí es evidente, es el descrédito en que cayó el modelo económico y social neoliberal vigente en Chile, desde el golpe del ´73 y que la derecha quiso presentar como ejemplar al resto del mundo. 

Mario Bomheker es director cinematográfico y documentalista. 

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Jueves, 10 Septiembre 2020 06:15

El reseteo del capitalismo tecnológico

El reseteo del capitalismo tecnológico

La tendencia a la monopolización es una de las claves del capitalismo tecnológico actual. Una perspectiva progresista debería reflexionar sobre la materia y romper los cercos que se imponen en este nuevo modelo.

 

El 13 de agosto, a las dos de la madrugada, el director ejecutivo de la empresa Epic Games, Tim Sweeney, mandó un correo a su tocayo y contraparte en Apple, Tim Cook. La misiva decía escuetamente que su compañía, fabricante del popular juego Fortnite, ya no iba a adherirse más a las restricciones de pago en la tienda virtual de Apple. «Tengo la firme creencia que la historia y la ley están de nuestra parte», sentenció.

El accionar del monopolio de Apple sobre el procesamiento de pagos de aplicaciones de terceros y las molestias que esto conlleva son bien conocidos. De hecho, aunque el abierto desafío de Epic Games a la compañía más valiosa del mundo es excepcional, tampoco está sola en su inconformidad con Apple. Pero hay algo que se conoce menos: la forma en que esta empresa y otras grandes compañías tecnológicas ocasionan un cortocircuito en la forma en que nuestras sociedades gestionan la relación entre el mercado, las nuevas tecnologías y las brechas sociales.

Nuestra actualidad puede ser definida como una nueva «edad dorada», cuyas maravillas tecnológicas polarizan al mundo económica y socialmente. Se trata de una «edad dorada» similar a aquella que caracterizó el periodo previo de las grandes guerras, en la que carteles y monopolios lo dominaban todo (desde la Standard Oil de John D. Rockefeller a los opacos acuerdos financieros coordinados por J.P. Morgan). A esta nueva época la definen, a diferencia de la del pasado, cercamientos tecnológicos que generan monopolios modernos, como la tienda de Apple que se impone entre clientes y desarrolladores.

La brecha social, política y existencial contemporánea es consecuencia y no causa de esta realidad. Las tecnologías modernas polarizan las interacciones y esquinan los mercados a su favor. Lo que se impone como reto es su democratización. En definitiva, la resistencia a un futuro cercado que tacharía los beneficios de una sociedad que aspiró a «custodiar a los custodios», lograr un bienestar de clase media y gozar de pluralismo democrático.

Los nuevos cercos tecnológicos

Existe una abundante bibliografía sobre los «cercamientos» nacidos en las décadas tardías del siglo XV y comienzos del XVI, cuando se inicia el quiebre de los vínculos feudales entre siervo y señor de la tierra, inicialmente en Inglaterra. Karl Marx, con su acostumbrada mordacidad, relata en El capital la usurpación de las tierras comunes (a las que los siervos tenían acceso para consumo familiar) a manos de una nueva generación de nobles en «insolente conflicto» con sus antecesores feudales. Con el lento desarrollo del capitalismo comercial, esta nueva generación alineó sus intereses con el Parlamento y aspiró a enriquecerse más allá de los usos y costumbres permitidos por la nobleza. Con la «sangrienta disciplina» que impuso esta acumulación primitiva, la abierta y cruda privatización de estos recursos lanzó a esa nueva clase de proletarios a las ciudades sin salvaguardas.

En su clásico La gran transformación, Karl Polanyi aseguraba que estos encercamientos fueron el primer intento de desacoplar el entonces incipiente mercado de la institucionalidad social y productiva de ese entonces, donde existían deberes de cuidado, aunque mínimos. En un interesante veredicto histórico del liberalismo clásico, escribiría que «el laissez faire estuvo planificado, mientras que la planificación [social, la reacción a cargo de la Corona para mitigar los efectos negativos de los cercos] no lo estuvo». Las mismas palabras valen, siglos después, para el orden neoliberal.

La crisis del coronavirus exacerbó tendencias que hasta hace poco eran visibles, pero incipientes. Actualmente, el proceso es más sutil. No obstante, es posible constatar que existió planificación en esta solapada acumulación primitiva «versión 2.0». Las grandes compañías de tecnología devaluaron los protocolos abiertos de la internet que permitían una relativa porosidad en el trasiego de información. Crearon un mundo donde las plataformas y los agregadores cercaron grandes espacios para monetizar a un consumidor cautivo. La visión del científico de la computación y creador de la World Wide Web Tim Berners-Lee de impedir la exclusividad de estos protocolos y de evitar que una sola organización manejara internet seguiría siendo cierta. Pero ya no sería un espacio abierto.

El negocio de estos monopolios modernos es capturar externalidades, jerga microeconómica para describir el efecto incidental y, si es beneficioso, el valor indirecto que genera la relación de mercado a un tercero. Estas nuevas compañías generan más valor al tener más usuarios. Capturando al usuario, se esquina el mercado. Esto proporciona «fosos protectores» que dificultan las amenazas de competidores potenciales. Estos «fosos» no son inherentes a los monopolios modernos: las inversiones más rentables de Warren Buffett fueron en compañías con explícitos y profundos fosos protectores. Buffett, de hecho, repite con gusto que «la competencia es perjudicial para la riqueza». Visto así, las compañías de tecnología solo adoptaron el mantra de la no competencia que Buffett enseñó a lo largo de su carrera.

Por eso, más que ese reset que se ha previsto discutir en el cónclave de Davos en 2021, el mundo experimentó un cortocircuito entre la economía real y la utilidad neta de estas grandes compañías. Este cortocircuito es evidente en la desconexión entre las altas finanzas y la economía de los hogares estadounidenses. La valorización del Nasdaq, el índice que aglutina a las compañías de tecnología más importantes de ese país, tiene niveles récord de capitalización en plena pandemia y las cifras de desempleo triplican el promedio histórico.

Esta desconexión es propia de un mundo dominado por monopolios. En su libro The Myth of Capitalism [El mito del capitalismo], Jonathan Tepper subraya que los votantes hoy reconocen lo quebrado del sistema, pero asegura que «no es el bajo crecimiento económico lo que está incrementando la desigualdad, sino el aumento de la concentración de mercado y la muerte de la competencia». En la vieja «edad dorada», otros también lo entendieron. John Hobson, desde su visión liberal sobre el imperialismo, reconoció que fue la estructura monopólica del mundo decimonónico lo que empujó a sangre y fuego la apertura de nuevos mercados, contrario a la historia liberal whig que tanto sacó a Marx de sus casillas. Ni qué decir a Vladímir Lenin, quien también notó la creciente desigualdad en la acumulación y en el despliegue de capital anterior a la crisis de 1929.

El cortocircuito social y la «gran polarización»

Peter Termin, economista e historiador del MIT, escribió un libro audaz titulado The Vanishing Middle Class. Explicó el fenómeno de la desaparición de la clase media en Estados Unidos usando el modelo desarrollista que el Premio Nobel de Economía Arthur Lewis utilizó años atrás para explicar las economías duales en los «países en desarrollo». En efecto, la clase media desaparece porque no tiene cabida entre estos dos mundos, uno de subsistencia donde el valor marginal del trabajo es casi cero, y el otro caracterizado por una economía de enclave altamente tecnológica. Para mantener el ritmo de crecimiento, se requiere mantener la economía de subsistencia contra el piso. Mientras más bajo sea el salario, mayor valor creará el enclave moderno al usar a estos trabajadores en sus procesos.

Al automatizar los trabajos de la clase media, irónicamente los más fáciles de reemplazar, esta capa social perdió la capacidad de mediar entre las presiones de un mercado con ansias de desacoplarse de la sociedad y la institucionalidad pública del Estado de la posguerra. Este desacoplamiento sería facilitado por la «paradoja de Moravec», que indica que es relativamente fácil enseñarle a una computadora a jugar damas o ajedrez al más alto nivel (o tomar dictado, traducir una página o cuadrar la logística de un proceso o la contabilidad de una empresa), pero no es tan fácil enseñarle lo que un niño de preescolar sabe en materia de cognición o movimiento. Así, las oficinas corporativas de Amazon usan tecnología de punta para trazar la entrega de un paquete con precisión milimétrica, pero usan para embalarlos a miles de empaquetadores con salarios de subsistencia y sin protección sindical. Además de tecnologías sin costos marginales, el nivel de subsistencia de trabajo tecnológico por contrato y de poca seguridad tiene escasos beneficios adicionales de bienestar para gran parte de la población. Todo esto crea brechas sociales.

Democracia e instituciones para una polarización constructiva

Como diría Polanyi, el doble movimiento a favor del reacoplamiento social en esa primera época estuvo a cargo de poderes públicos desgastados que reaccionaron de forma instintiva. Tanto ayer como hoy, carecían del peso y la legitimidad para implementar robustos procesos y resguardos sociales. La burocracia europea, y en menor escala la estadounidense, como sus antecesores del ancien régime feudal, ofrecieron resistencia a estos monopolios modernos. Sin duda, el caso contra Microsoft en 2001 fue clave para repensar las estrategias de ligar servicios y aplicaciones. Desde 2010, la Comisión Europea acusó a Google de utilizar su poder de mercado en desmedro de sus competidores. Entretanto, Google y Microsoft tienen niveles de capitalización inéditos en medio de este nuevo «insolente conflicto» entre viejos y nuevos actores.

Existen trampas implícitas en una regulación especial para estas compañías. Después de todo, Google tiene, como agregador, una relación directa con sus consumidores. Existen comunidades de desarrolladores que le pagan a Google para tener la oportunidad de servirle mejor. Eso es voluntario. Si existe desventaja con otras aplicaciones, eso es un problema de la plataforma que administra Google (el Google Store) y merece un trato distinto y específico. En efecto, la pelea entre Epic Games y Apple se circunscribe a este último punto. Estas sutilezas son importantes y propician el debate sobre si en efecto estos monopolios modernos merecen ser considerados como utilidades públicas, visto el rol que desempeñan y el alcance de sus servicios.

En un reciente artículo publicado en Nueva Sociedad, Ricardo Dudda reconoció correctamente que «los países que están interviniendo más en la economía no son necesariamente los más progresistas, los países que menos están interviniendo en la economía no son necesariamente los más neoliberales». El problema es que estas inconsistencias tienen raíces materiales más allá del discurso ideológico. Estos monopolios diseñan la retórica misma sobre la cual hablamos del presente. Tal es su poder. No es coincidencia que hablemos de reiniciar la sociedad, como si fuera un celular que no responde. Más bien este reset es tratar de reiniciar el celular como respuesta a la queja de alguien en la línea. La ciudadanía elevó su voz, y ahora reiniciar al modelo de fábrica más sencillo se podría considerar como una falta de respeto.

Existe un aspecto aún más crítico de nuestra «gran polarización». Se trata de que la misma concepción del Estado está rota porque refleja esa misma mentalidad de monopolio. Gran parte del fracaso de la administración pública contemporánea fue regular lo que era innecesario, no innovar procesos y no planificar resguardos para situaciones previstas pero inmaduras. No sabemos cuándo nacerá el cisne negro, pero cuando crece resalta poco a poco en el estanque. No es invisible. Esta es la mejor metáfora para ver la falla del Estado en no entender que hay riesgos incalculables, pero igual de incalculable es la capacidad que tenemos como sociedades para hacer frente a estos retos. Por eso, el reto debe propiciar actuar con audacia, con atención a las sutilezas. Solo así el veredicto histórico, de resistir y cambiar el futuro que nos convidan, será favorable a nuestro progreso como sociedades.

Un paseo por París con los libertarios anticuarentena

Es un grupo hostil a los políticos e insensible a las cifras de muertos por el virus

Para los antibarbijo los gobernantes ”prefieren sacarnos la libertad y a cambio perder dinero", sostienen sentados en la terraza de un café, frente a comercios vacíos a raíz de la pandemia. 

 

Aquel día Florian gritó como nunca. En la Place de la Nation, con megáfono en mano, vociferó hasta extenuarse: “la máscara es la puerta de entrada a la dictadura mundial”. Ese 29 de agosto de 2020 no había más de 300 personas a su alrededor, todos contra el uso obligado de los barbijos embriagados en el grito “Liberté, Liberté”. La policía puso 126 multas por no llevar la máscara puesta, pero los rivales del tapabocas sentían que ya eran millones. La crisis del coronavirus movilizó a una amplia zona de la sociedad tradicionalmente hostil a las élites, poco creyente en las instituciones del Estado, recelosa ante los partidos políticos, hipnotizada por las redes sociales, sensible a las teorías complotistas y con una inclinación muy marcada a las actitudes libertarias. 

Antibarbijos por excelencia

Casi todos se encontraron dentro del militante sector que refuta la pertinencia de la cuarentena, la eficacia de las máscaras y, globalmente, todas las medidas sanitarias adoptadas desde mediados de marzo. Son los anti máscaras por excelencia. Aunque hubo algunas agresiones, no queman barbijos ni agreden cobardemente a periodistas sin defensa como en la Argentina, ni se proponen tomar el edificio del Reichstag como ocurrió en Alemania.

 Odian a los periodistas y participan, en cambio, en el impetuoso debate sobre el dispositivo sanitario a través, sobre todo, de las trincheras de las redes sociales y de los medios que los invitan. Hay figuras públicas muy conocidas, así como varios líderes del movimiento de los chalecos amarillos que hizo tambalear al país en 2018 y 2019. A ellos se le suman otras personalidades que surgieron en los últimos meses. Gérard y Nicole Delépine son hoy dos emblemas de la militancia contra el tapabocas. Nicole es una oncóloga pediatra y Gérard un cirujano ortopédico, ambos jubilados y ya mega famosos. Al igual que todos aquellos que denuncian la “dictadura sanitaria”, sus argumentos caben en cinco principios: el confinamiento no ha servido para nada, los tapabocas son inútiles, la cloroquina es el único tratamiento eficaz contra la covid-19, no habrá segunda ola porque la epidemia ya pasó, la pandemia es una excusa para modificar el mundo, amordazar a los individuos e instaurar una nueva tiranía global.

La realidad de las cifras, la experimentación de tratamientos fallidos (Didier Raoult), los estudios comparativos, el cruce de datos y el incremento constante de la contaminación contradicen severamente sus argumentos. Sin embargo, nada los inmuta. Con tanta fortaleza como ternura, Nicole Delépine exhibe un montón de hojas con curvas comparativas y datos mientras dice a PáginaI12: “hemos atravesado una inmensa manipulación. El virus es un peligro mítico y las máscaras un bozal para que nos callemos la boca”. Julien y Martine son mucho más jóvenes (30 años), pero no menos persuadidos de que toda esta situación no es más que un “proyecto del Estado para someternos”. Julien es ingeniero en mecánica avanzada y Martine, su compañera, traductora del alemán al francés.

Figuras públicas militantes 

Jean-Marie Bigard es uno de los cómicos más famosos de Francia. En su página de Facebook (un millón y medio de seguidores) explicó que la máscara resultaba tanto más incongruente cuanto que si el olor de una ventosidad pasaba a través de un jean, ”entonces el virus podía atravesar el tapabocas”. Maxime Nicolle, uno de los líderes de los chalecos amarillos, expuso los mismos argumentos en la televisión y en un video subido a Twitter, pero con el humo de un cigarrillo como ejemplo: fumó y mostró que, si el humo pasa por la tela, eso prueba que “el virus también traspasa la máscara”. 

https://twitter.com/jeromegodefroy/status/1290606141173567488

En contra de lo que se podría pensar, este club está compuesto por sectores sociales de niveles elevados. La fundación Jean-Jaurés publicó el 7 de setiembre un estudio sobre los antimáscaras y sus características sociodemográficas. ”63% son mujeres con un alto nivel educativo. Los ejecutivos y profesiones intelectuales superiores representan 36% de los opositores cuando solo constituyen el 18% en el conjunto de la población francesa. Al contrario, los obreros y los empleados representan 23% de los anti máscaras, o sea, la mitad de su peso real en la población francesa”. En Francia, 64% de la sociedad respalda el uso de los tapabocas, incluso en los lugares públicos abiertos.

PáginaI12 le propuso a Martine y Julien un paseo en inmersión por lo real. La cita se fijó en la esquina del Boulevard Saint Germain y Saint Michel con la idea de caminar por Saint Germain hasta la Rue des Saints-Pères. Esos casi dos kilómetros recorren una de las zonas más turísticas de París, las boutiques de lujo y cafés célebres como Le Deux Magots, Le Flore et Le Bonaparte. Los turistas deambulan como mariposas perdidas. Esta vez no hay nadie. Los comercios están vacíos y solo se salvan los cafés con amplias terrazas. Entramos a un par de boutiques para averiguar precios y entablar la conversación y conocer las consecuencias de la pandemia. Las respuestas fueron similares: entre 60% y 70% menos de ventas, personal cesado y amenaza de cierre. Nos sentamos en la terraza de la brasserie Le Rouquet y enseguida surgió la pregunta: “¿ ustedes creen realmente que el liberalismo está dispuesto a paralizar su sistema, perder dinero, cortar los intercambios y el consumo ?”. Para ellos, no caben dudas: ”prefieren sacarnos la libertad y a cambio perder dinero. Mientras tanto, con el pánico artificial que generan se preparan con leyes y trampas para intervenir las sociedades. Nos quieren convertir en corderos”, dice Martine. Al grupo se suma Florian, el joven de 32 años que participó en la manifestación contra las máscaras. Dice más o menos lo mismo: ”la pandemia ha terminado (7.000 contagios en un día), pero siguen y siguen dando cuerda en los medios serviles y mentirosos”. La doctora Delépine completa esa idea y asegura: ”las máscaras carecen hoy de todo sentido. Sólo sirven para expandir el miedo, paralizar la población y bloquear la reflexión. La máscara se ha convertido en un símbolo de la tiranía del poder y de la sumisión de los individuos”.

La encuesta de la Fundación Jean-Jaurés sitúa a los antimáscaras en todo el abanico político con una mayoría de 46% hacia la derecha y 36% hacia la izquierda. Varios rasgos mayoritarios identifican a los antimáscaras: rechazo a las instituciones o falta de confianza en ellas (apenas 6% cree en la institución presidencial), incluidos los hospitales, no se reconocen en la oposición izquierda-derecha (61%), sólo 14% cree en la prensa escrita, 2% en la televisión pero son 60% en tener confianza en los medios en línea y 51 en las redes sociales (78 % se informa por medio de internet contra 28% para el conjunto de la población del país). Su adhesión a las tesis complotistas es otro rasgo. 90% de los encuestados afirman que el Ministerio de Salud es un cómplice de la industria farmacéutica para ocultar la realidad sobre la nocividad del virus. Como lo resume el informe, los antitapabocas están impregnados en la idea de que las máscaras “están destinadas a testear a la población y serían el anunciador de la instauración de un nuevo orden mundial sin ninguna libertad para los ciudadanos”. 

Los antimáscaras se alimentan en el seno de la llamada “burbuja cognitiva”, es decir, las redes sociales donde no circula ninguna opinión divergente y donde todo debate contradictorio está excluido. A los poderes públicos les preocupa lo que vendrá después: el 94% confirma que no aceptará que lo vacunen contra la covid-19 cuando se descubra la vacuna. Los ortodoxos de la libertad son insensibles a cualquier argumento científico, a los testimonios de médicos y enfermeros, al escalofriante tendal de muertos que ha dejado la pandemia y al hecho de que ellos mismos, escuderos del libre arbitrio y la soberanía, son objeto de una manipulación tan grosera como interesada por parte trolls, diseñadores de fake y científicos cuya credibilidad hace rato que es una broma siniestra.

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Los chalecos amarillos llaman a retomar las calles ante la crisis en Francia

SÁBADO 12 DE SEPTIEMBRE

 

En un contexto marcado por un desastre social sin precedentes, los chalecos amarillos están pidiendo que la gente salga a las calles ante la crisis. Para el 12 de septiembre, junto con el regreso de las vacaciones, varios colectivos que integran el movimiento están pidiendo salir a las calles por un “retorno a las bases” de sus demandas.

 

 Los chalecos amarillos de Francia piden un "retorno a las bases", en referencia a los métodos y las demandas que impulsaron el movimiento disparado por la crisis económica. La convocatoria promovida por Jérôme Rodrigues, figura del movimiento, para salir a las calles el 12 de septiembre se publicó a principios de agosto y rápidamente se unieron a muchos colectivos de chalecos amarillos de toda Francia.

En ese momento, Jérôme Rodrigues pidió un retorno a las fuentes, no sólo volviendo a los Campos Elíseos, escenario de los primeros actos masivos del movimiento, sino también recordando sus demandas. Entrevistado por RT France, el referente de los chalecos amarillos recordó los grandes ejes programáticos del movimiento en torno a "una vida mejor, una democracia directa y participativa, el fin de los privilegios de nuestros gobernantes y en contra de la violencia policial".

Esta movilización se producirá en un contexto social explosivo, marcado por una profunda crisis económica y el ataque directo a las condiciones laborales de muchos trabajadores. “Hay una ola de despidos, 700.000 jóvenes que llegan a un mercado laboral casi inexistente. (…) El descontento y la rabia que veremos en septiembre no será sólo de los chalecos amarillos: será de todos los ciudadanos”, dijo Rodrigues. "Estamos aquí para restaurar no la economía de Francia, sino la economía de nuestras casas. Porque los que hacemos vivir a Francia somos nosotros, los Chalecos Amarillos, los ciudadanos enojados, los que trabajan todos los días, los que dieron la vida durante la pandemia de coronavirus”, señaló durante un vivo de Facebook.

Para los chalecos amarillos, esta fecha es una oportunidad para salir a la calle de forma visible. El movimiento ha ido evolucionado en sus formas tras el primer aniversario de su existencia en noviembre de 2019. Si las manifestaciones de los sábados fueron mucho más pequeñas en 2020, incluso en París, esto no impidió que los chalecos amarillos estuvieran presentes en los piquetes y en las manifestaciones del movimiento contra la reforma previsional, sino también que hayan influido en este movimiento mediante sus métodos. Esta primera fecha de movilización, el próximo sábado, servirá también de puntapié inicial para el “retorno social” luego de las vacaciones.

La cuestión de la unidad surge de manera contundente

Ante un regreso marcado por la crisis sanitaria y económica, la cuestión de la unidad es un tema importante para las próximas movilizaciones. Consultado por RT France sobre la cuestión de la "convergencia", Jérôme Rodrigues volvió a llamar a todos los que luchan por otra sociedad y contra el Gobierno a "unirse". Un llamado que corresponde al estado de ánimo de todos los que participaron en las últimas movilizaciones.

En este sentido, podemos ver cierta confusión en el texto de la convocatoria de manifestaciones antirracistas, que que parte diciendo “¡No nos dividirás! El único racismo sistémico que existe en Francia es el del bloque de élite, de la burguesía, frente al resto de la población, de ‘los que no tienen nada’”. Esta formulación da la impresión de negar la existencia de un racismo sistémico en Francia, contra el que decenas de miles de jóvenes se levantaron en junio. Movilizaciones antirracistas en las que también han participado Jérôme Rodrigues y otros Chalecos Amarillos.

De hecho, los Chalecos Amarillos y los habitantes de los barrios obreros enfrentan los mismos problemas de precariedad y desempleo, como lo demostraron las convergencias logradas en 2018-2019, en particular con el Comité Adama (en referencia a Adama Touré, jóven afrodescenciente asesinada por la policía). Asimismo, la violencia policial que sobrevino al movimiento de los Chalecos Amarillos se despliega regularmente en los barrios obreros, un verdadero campo de pruebas para "mantener el orden" como lo fueron las colonias en su época.

Este tema es muy importante, en un momento en que, siguiendo los pasos de la extrema derecha, el Gobierno ha lanzado una ofensiva racista y de seguridad, tratando de polarizar el debate público sobre el tema de la inseguridad y contrarrestar la importante dinámica de movilización abierta contra el racismo y la violencia estatal a raíz de las revueltas en Estados Unidos. Una ola de movilización que ha puesto en primer plano el racismo de Estado, que ahora el Gobierno busca utilizar para dividir a la clase trabajadora. En este sentido, más que querer dejar de lado esta cuestión, la unidad implica por el contrario luchar y denunciar el racismo y la violencia policial que se despliegan a diario en los barrios obreros, señalando al enemigo común de quienes luchan contra el racismo, por unas condiciones de vida dignas y por otra sociedad.

La unificación de la bronca

De manera más amplia, este debate plantea la cuestión de la unidad de la bronca que se necesita para el regreso del período vacacional. De hecho, estará marcado por el desastre social generado por la crisis con la eliminación de 800.000 puestos de trabajo bajo el creciente número de Planes Sociales que indican el aumento de la pobreza, pero también los ataques a las condiciones laborales en el marco de los Convenios Colectivos de Trabajo. Ataques contra trabajadores llevados a cabo después de que el Gobierno anunciara un plan de $100 mil millones de euros dirigidos centralmente a grandes corporaciones.

En este contexto, un plan de lucha real será fundamental, para ir más allá de la simple jornada interprofesional [de distintos sectores laborales] llamada para el 17 de septiembre por los sindicatos. Este plan de lucha tendrá que articularse en torno a demandas que rechacen que los trabajadores y la mayoría de la población paguen la crisis. Un objetivo en linea con el de los chalecos amarillos. Como subraya Sabine, un chaleco amarillo entrevistado por el medio francés Slate“El descontento se ha ampliado con la exposición de las mentiras del Gobierno y sus aliados mediáticos, farmacéuticos o financieros, de su implacable criminalidad para seguir eliminando camas y saqueando nuestro sistema de salud. Y a pesar de las ganancias y los miles de millones otorgados a grandes grupos, ¡los despidos se han acelerado!".

Por tanto, un programa contra la crisis debería incluir el rechazo absoluto de los despidos y su prohibición, la nacionalización bajo el control de los trabajadores de las empresas amenazadas de cierre, el reparto del tiempo de trabajo como respuesta al desempleo que ya afecta a más de 6 millones de personas en Francia, pero también el fin de los contratos precarios que constituyen un método de ajuste de los empresarios ante la crisis. Un programa de este tipo, articulado con un plan de lucha para imponerlo en la calle y por la huelga, sería central para unificar a los Chalecos Amarillos y al movimiento obrero en torno a demandas comunes contra el Gobierno, pero también los grandes patrones que dictan a Macron su política económica. Finalmente, mientras Gérald Darmanin, Ministro del Interior, prepara una larga ofensiva racista con las fuerzas represivas, esta lucha tendrá que ir de la mano de una clara denuncia de la política gubernamental que intensificará la represión contra las clases populares y el racismo.

Si los chalecos amarillos continúan mostrando su aspiración a la unidad, las direcciones sindicales deberían como mínimo iniciar la ruptura del diálogo social. Desde el inicio de la crisis, el Gobierno ha tratado de recuperar el liderazgo del movimiento obrero aumentando el número de reuniones con las direcciones sindicales. Estas obviamente no permitieron obtener concesiones e incluso jugaron un papel traidor en un momento en que muchos sindicatos locales luchaban para cerrar sus negociaciones y obtener condiciones sanitarias dignas. En el mismo sentido, el “diálogo social” constituye un verdadero obstáculo para el surgimiento de demandas y un plan de lucha que esté a la altura, y por ende a la unidad de todos los sectores a los que el Gobierno pretende hacer pagar la crisis.

Por Paul Morao

Martes 8 de septiembre | 12:52

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