Sábado, 30 Julio 2016 06:38

Miedo a pensar

Miedo a pensar
Desde hace tiempo la autocensura se ha convertido en la forma de actuación por excelencia de las sociedades humanas. No importa cuáles sean sus raíces culturales. Las religiones han impuesto su sello a la hora de presentar el mundo y de castigar a sus herejes.

 

 

Las grandes civilizaciones se han visto enfocadas a un relato histórico y un patrón de análisis difícil de romper. Y no me refiero a las cuestiones de método, no es una crítica al racionalismo, el empirismo o el constructivismo. Tampoco un asunto de subjetividades o pragmatismo metodológico. Hay cierto vacío intelectual cuando se trata de aplicar el juicio crítico y la reflexión. Se prefiere la complacencia, cuando no directamente rehuir el ejercicio de pensar más allá del poder instituido. El mejor ejemplo: la educación. Las exigencias de Paulo Freire para articular una pedagogía de la libertad y una ruptura, en lo que hoy se conceptualiza como colonialidad del pensar, se aleja del horizonte mediato en pro de un conocimiento instrumental ligado con las necesidades de la economía de mercado.

 

Escuchamos que la filosofía, la historia y ahora ciertas ramas de la matemática, como el álgebra, el cálculo y la trigonometría, no aportan conocimiento real para enfrentar los problemas rutinarios de la vida contemporánea, y lo mejor sería suprimirlas de la formación de los estudiantes de secundaria. Es más, su enseñanza a los jóvenes los somete a tensiones innecesarias y sufren depresión y angustia al no resolver problemas abstractos, quedándoles una sensación de frustración que arrastran el resto de su vida. Un hándicap difícil de superar. Mejor aprender cómo funciona la bolsa de valores, montar un negocio y tener éxito como emprendedores. El resto es prescindible, cuando no irrelevante. Las reformas educativas llevan este sello. Se generalizan hasta convertirse en una verdadera plaga en todos los niveles educativos: primaria, secundaria y superior. El saber como instrumento para el mercado. Es una ruptura en la construcción del mundo que habitamos.

 

En las universidades, la libertad de pensamiento, donde se presume la fluidez en el debate crítico, se produce una clausura de la teoría en favor de un conocimiento sin mordiente e incapaz de proyectar ideas que interpreten los cambios sociales y los nuevos saberes provenientes de las ciencias de la vida y la materia, las tecnociencias y los sistemas complejos autorregulados. La universidad está siendo desarmada y desmantelada. Los criterios de evaluación son un indicativo del tipo de académico que buscan.

 

Mucho ruido y pocas nueces. El neoliberalismo aboca a la universidad a una posición peligrosa, censurando la capacidad de hacer teoría; mejor dicho, renunciando directamente a ella. Ahora prevalece la opinión personal, la lectura periodística y superficial, instalándose una especie de tabú cuyo principio es: prohibido conocer el conocimiento.

 

Hay rechazo a cualquier propuesta que cuestione la realidad y rompa la mediocridad en la cual se encuentra sumida la producción de teoría. Y entiendo por teoría la relación entre la experiencia y la capacidad de lectura de la realidad. Un mecanismo que nos permite comprender e interpretar nuestras acciones y dar sentido a nuestra vida. En otras palabras, el lenguaje como praxis de vida sobre la cual construimos nuestros mundos, sueños, esperanzas. En definitiva, nuestro horizonte histórico. Asistimos a modas intelectuales que poco tienen que ver con el trabajo riguroso sobre el cual pensar las transformaciones de la sociedad contemporánea. De allí que los autores sean producto del mercado editorial; emergen de la misma manera que desaparecen. Infinidad de títulos vacuos utilizados para rellenar huecos y cubrir expedientes, con una característica peculiar: parcos en el lenguaje y pobres en vocabulario.

 

Somos en las palabras: de su riqueza depende nuestra capacidad de transformar el mundo y construir alternativas. En la medida que nuestro vocabulario se reduce a un estándar de palabras cuyo significado muchas veces son artilugios, operativos para andar por casa, la pobreza llega a la teoría. No hay palabras, se dice; vivimos bajo mínimos. El diccionario ha perdido su importancia. Su uso es marginal. Hay incapacidad para expresar sentimientos, describir estados de ánimo, emociones y, lo más peligroso, explicar la realidad que nos circunscribe. Nuestro mundo acaba siendo un reducto para el mercado, cuyo lenguaje es limitado, pobre y excluyente.

 

La gramática de la vida, la semántica de los hechos, las metáforas, las hipérboles y las analogías han quedado convertidos en residuos de un mundo en el que el miedo a pensar se une al rechazo a la praxis teórica y la autocensura como mecanismo para justificar la ignorancia que nos rodea. El poder es consciente, promueve la ignorancia colectiva, generaliza el miedo a la crítica reflexiva, hasta hacerla irrelevante. Pensar trae consecuencias. Mejor no hacerlo. Es peligroso y subversivo.

Publicado enSociedad
Lunes, 16 Marzo 2015 10:00

Privacidad no more

Privacidad no more

Pos setiembre 11, la vigilancia del gobierno estadounidense ha ido en ascenso, espían por terrorismo, por miedo y –en definitiva– por nada, a sus ciudadanos. Ed Snowden es aún más categórico: son las mismas personas quienes ahora comienzan a controlar y censurar sus propios puntos de vista.

 

Citizenfour es el flamante ganador del Oscar en la terna mejor documental largo. La obra cierra lo que su directora, Laura Potras, definió como una trilogía sobre los cambios en la sociedad estadounidense y su relación con el resto del mundo después del 11 de setiembre. Al poner play los sintetizadores de Nine Inch Nails pintan un cuadro oscuro y brutal que estimé imposible pero que fotograma a fotograma empecé a confirmar: la privacidad tal como la concebíamos ya no existe.


"Soy un empleado del gobierno de alto nivel en la comunidad de inteligencia." Así es como se define Snowden (31) ante los periodistas de The Guardian y de la propia directora Potras en un hotel de Hong Kong cuando le piden una identificación tras meses de avances y retrocesos para concretar la entrevista que Citizenfour retrata. De hecho, la comunicación entre la directora y Snowden se realizó a través de mails encriptados, por seguridad de Snowden, exiliado en Rusia sin poder regresar a Estados Unidos. Los mensajes fueron decodificados por William Binney –experto en la materia y que diseñó "metadatos" en la era Bush– y un detractor de Stellarwind, programa para el que fue inicialmente contratado, y que se encargó de "comenzar a espiar activamente a todos en este país". El espía es la Agencia Nacional de Seguridad –mejor conocida como la Nsa–, organismo cuya capacidad para ingerir información no para de crecer, asimilando más de mil gigabytes por segundo.


Cuando un gobierno decide ser stalker de su pueblo (neologismo internauta para designar a quienes espían los contenidos de otros usuarios) en materia de búsquedas o consumos, la cantidad de información es demencial, masiva y veloz, y para comprender esto los metadatos son la clave. Para ilustrarlo: un usuario googlea la web de una célula terrorista (dato 1), entra a un blog de noticias con perfil de izquierda (dato 2) y planea ir a determinada manifestación, como deja constancia en su cuenta de Facebook (dato 3). Los metadatos se ocupan de trazar líneas y conectar esta información atribuyéndole significados, patrullando las búsquedas en base a palabras clave y a una interpretación de la realidad que prescinde de la intención en la búsqueda (presumiblemente la persona no sea un terrorista). El usuario puede pasar a ser "seleccionado" y potencialmente asumido como una amenaza para la seguridad nacional.


Pos setiembre 11 la vigilancia ha ido en ascenso, espiar por terrorismo, por miedo y –en definitiva– por nada, a sus ciudadanos es el biombo en que se excusan otras formas de malicia. Ed Snowden es categórico: denuncia que son las mismas personas quienes ahora comienzan a controlar y censurar sus propios puntos de vista y "que Internet no es lo que era antes", aquel tiempo de páginas con diseños feos, cuando "se podía hablar con expertos en todo el mundo" y el usuario gozaba de privacidad para surfear en calma. Al derecho no le interesa –a diferencia de la moral– controlar los pensamientos, sino juzgar en torno al accionar externo. Los gobiernos poco a poco ignoran esto, y la amenaza de ser observado genera el autocontrol de las búsquedas e impide una cultura virtual libre y –por extensión– un contrarrelato de la cultura dominante.

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