Miércoles, 20 Enero 2021 05:14

Trump indulta a Steve Bannon

Trump indulta a Steve Bannon

Su exconsejero fue detenido en agosto de 2020 acusado de desviar fondos recaudados para la construcción del muro con México

 

Donald Trump ha indultado a Steve Bannon. A pocas horas de dejar su cargo como presidente de los Estados Unidos, el mandatario republicano ha cumplido con las previsiones y ha concedido el perdón a más de 70 personalidades, entre ellas su exasesor, quien está siendo investigado por apropiarse de dinero recaudado en donaciones por Internet para construir el muro en la frontera con México.

Su perdón presidencial llega tras días de debate en el círculo de Trump, donde se cuestionaba la idoneidad de otorgar el indulto al que fue uno de los arquitectos de su campaña electoral en 2016, ahora en el punto de mira por defraudar a trumpistas.

La detención de Bannon se produjo en agosto del pasado año, cuando fue acusado junto a otras tres personas de desviar más de un millón de dólares que habían sido recaudados para levantar el polémico muro fronterizo. Una parte del dinero habría sido destinada a pagar a un funcionario de campaña. La otra habría servido para sufragar los gastos personales de Bannon. Él se declaró inocente.

Pese al destacado papel que tuvo durante la campaña electoral del candidato republicano en 2016, Bannon fue apartado poco tiempo después de que Trump fuera investido presidente por criticar a los hijos del mandatario. De él llegó a decir que había “perdido la cabeza” y que “cuando fue despedido lloró y rogó por su puesto”. Sin embargo, en los últimos meses su relación dio un giro.

Fue el propio Trump quien, tras su derrota en las urnas frente al demócrata Joe Biden, acudió al asesor para que le ayudara a permanecer en el poder alegando un fraude electoral que nunca fue probado. De poco le sirvió.

Ahora, el indulto preventivo anula la acusación y evita que, en el caso de que hubiera sido hallado culpable de los cargos que se le imputan, Bannon tuviera que cumplir condena. El indulto presidencial solo se aplica a los delitos federales y para llevarlo a cabo el gobernante no debe aportar ninguna razón. Además, la Administración no puede revocarlo.

Hasta el momento, ni el propio Trump ni ningún miembro de su familia han sido indultados. Según detalló una fuente cercana al caso a la agencia Reuters, los asesores de la Casa Blanca le han recomendado no recurrir a ello porque consideran que daría a entender que son culpables de algún delito. Tampoco ha sido indultado su abogado Rudy Giuliani, quien no ha sido acusado formalmente de ningún cargo, pero ha sido objeto de investigaciones por sus actividades en Ucrania.

Trump también ha otorgado el indulto al exalcalde de Detroit Kwame Kilpatrick, quien cumplía una pena de prisión de 28 años por cargos de corrupción. El rapero Dwayne Carter, conocido como Lil Wayne, que se declaró culpable de un delito federal de tenencia de armas el año pasado, también figura entre los indultados; así como el rapero Bill Kapri, conocido como Kodak Black, quien cumple condena por falsificar documentos para obtener un arma de fuego. 

Se espera que Trump ofrezca hasta un centenar de indultos y conmutaciones en las horas previas a su salida del cargo al mediodía de este miércoles, según dos han revelado a la agencia AFP dos fuentes cercanas al presidente.

Por Miriam Elies

20/01/2021 07:00Actualizado a 20/01/2021 09:59

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Detalles de la manifestación contra la segregación en al barrio de Usera, en Madrid, en septiembre de 2020. Edu León

Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

 

El espacio no es una coordenada absoluta, como la pensó Isaac Newton, sino que existen formas diferentes de pensarlo, de ocuparlo y de vivirlo, lo mismo ocurre con el tiempo. El tiempo de la física no es el tiempo vivido, del que escribía Proust en su obra. El tiempo vivido es el tiempo que da sentido a mi vida, que me permite desarrollarme como persona y convivir con los demás y con el medio. Y lo mismo pasa con el espacio. Espacio y tiempo siempre están unidos, son los ejes de coordenadas donde nos movemos y también el lugar donde podemos construir realidades.

Pero como ya expresó el filósofo Michel Foucault, el uso del espacio y del tiempo puede servir para generar mecanismos de control del cuerpo. El panóptico, que es un sistema carcelario basado en el control del espacio y del tiempo y cuya estructura se traspasó a otras instancias de control, como la fábrica, el ejército y los colegios, es la mejor muestra de ello. El control del espacio y del tiempo generar cuerpos dóciles, cuerpos que aceptan lo que venga sin darse cuenta de las estructuras de control que hay tras ellos. Entonces, el espacio y el tiempo se convierten en hilos que atan nuestras vidas a esos mecanismos, que nos dicen cuando dormir, cuando comer, cuando divertirse, cuando consumir.

En la sociedad neoliberal estos mecanismos, que en el pasado se dieron en lugares como los conventos o los sanatorios, se ponen al servicio de la lógica del mercado. La ciudad se convierte en un centro comercial, en la todo está enfocado para el consumo, para fomentar el individualismo y destruir las alternativas de vida y de ocio, que se alejen de esta mentalidad. Ciudades como Tokyo llevan esto a su máximo esplendor, ya que hay barrios enteros que son enormes centros comerciales. Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

Nada me parece más inhóspito que un centro comercial. Es un lugar cerrado, lleno de gente y de tiendas, de ruido y de luces. Todo ahí está pensado para consumir, para que gastemos. Son lugares estresantes, pero también lugares de emociones. La sociedad, en la que vivimos, es la sociedad de las emociones rápidas, de la libertad entendida solo como libertad de consumo y de mercado. Es la sociedad adicta a los deseos y al consumo, que funcionan como droga para no pensar. Y el espacio está puesto al servicio de este consumismo aislante y enfermizo, que está acabando con los recursos del planeta y llevando a las personas a un vacío y una insatisfacción crónica.

Se crean ciudades que funcionan como prisiones, como panópticos, donde se controla a las personas de forma sutil, controlando los lugares y los tiempos. Y si el panóptico tenía una gran torre de vigilancia en el centro, que generaba la sensación de estar siendo constantemente observado, esta sociedad tiene las redes sociales, donde son las propias personas las que vulneran su privacidad, convirtiéndose en mercancías que se anuncian en esas redes- escaparates.

Hemos construido un mundo donde los lugares verdes, los espacios tranquilos y naturales cada vez escasean más, donde contaminamos las playas, los bosques, el agua y el aire; un mundo donde siempre hay que ir con prisas y siempre estar haciendo algo; donde las otras personas son competidores en los mercados y en el mundo laboral; un mundo donde cada vez más personas tienen problemas de ansiedad, de estrés o de soledad, cuando no problemas psicológicos aún más graves. Pero ante todo esto estamos sedados por el ruido de esta sociedad de consumo, por las luces de los escaparates y por los deseos inacabables que generan. Somos ratas dentro de un laberinto, pero sin darnos cuenta de ese mismo laberinto.

Por ello cualquier voz que se alce para criticar esta sociedad, este consumo alocado, es tachada de radical y ridiculizada o criminalizada. Hablar en contra de la sociedad neoliberal, de la sociedad de consumo es ir en contra de una mal entendida libertad. Libertad de consumo, de elegir comprar y comprar, porque eso es lo que hay dentro del laberinto. Libertad apoyada en el expolio de la naturaleza, en la contaminación globalizada y en la explotación laboral de las personas menos favorecidas. El uso del espacio y del tiempo favorece esta falsa libertad, que nos conduce a una prisión.

Pero, frente a este uso del espacio en favor del consumismo y de la lógica de mercado, caben alternativas, que buscan crean otras realidades sociales ocupando los espacios. Frente a la ciudad inhóspita, de asfalto, contaminación y ruido, aparecen los huertos urbanos, las ciudades en transición, las ecoaldeas o los ecobarrios, como el de Vauban, en Friburg. Frente al consumismo de los centros comerciales se crean espacios como los centros sociales autogestionados, donde el ocio no implica mercantilización.

Estar en el espacio es vivirlo y generar sociedad, es tejer redes, conocer a las personas con las que convives y crear lazos. Pero para ello hay que cambiar el sistema, hay que cambiar la forma de entender la realidad y la forma de movernos, de organizar nuestro tiempo y nuestro espacio. Destruir los centros comerciales, la mercantilización y el individualismo y generar lugares donde entremos todxs y donde la naturaleza y las otras especies no corran peligro.

1. Los cuerpos dóciles

Para mostrar cómo se generan las instancias de control hay que acercarse al pensamiento de Foucault. Este pensador deconstruye la idea del poder que manejaban pensadores como Bakunin, Marx o los contractualistas, como Rousseau o Hobbes. El poder no es visto ya como una instancia superior que aplasta a los individuos, sino como una red tejida a partir de las relaciones de fuerza. El poder no es el Estado de Hobbes, el Leviatán absoluto, que reprime a los sujetos nacidos libres. El filósofo deconstruccionista lo entiende como un tejido que construye a los propios individuos. Los sujetos son el efecto de los mecanismos de poder. El poder produce a los propios sujetos, por lo tanto, no basta con eliminar el Estado para acabar con la represión. Los mecanismos de control se han introducido en el individuo creándolo, condicionándolo, sin que éste se dé cuenta. Él mismo no es más que un producto de ese poder.

Por lo tanto, no hay una instancia superior que nos reprima, no hay un Leviatán, sino un engranaje, unas relaciones que penetran en nosotras y nos van creando. La forma de generar esos sujetos dóciles es a través del control del espacio y del tiempo. Pero conviene destacar que no hay salida de las relaciones de poder en el pensamiento foucaultiano, no hay un paraíso perdido al que regresar, ni una identidad al margen de esa construcción social y política, que son los sujetos. No hay nada detrás de la máscara que la sociedad y las relaciones de poder nos han puesto, sino que nuestra identidad es ya esa construcción. Si no cabe salida, un escape a una utopía, lo que sí se puede dar es una visibilización de los hilos que nos atan y una relajación de las relaciones de poder. 

Viento Sur

Desde esta perspectiva se entiende la idea de Simone de Beauvoir de que no se nace mujer, se llega a serlo. No se nace de ninguna manera, sino que es la sociedad la que construye a los sujetos. O, como apunta Judith Buthler, que la invocación a un “antes” de este sujeto es solo una ficción, que sirve al propio poder para legitimarse. Buthler y de Beauvoir hablan de la creación del género, pero se podría ampliar a todo el sujeto. De tal manera que resulta imposible separar a éste de las intersecciones políticas y culturales en las que se produce y se mantiene. Esto viene a significar que somos productos culturales y políticos, donde el espacio y el tiempo juegan, como ya decíamos, un papel fundamental.

El control del espacio y del tiempo es el que generar los cuerpos dóciles, el que sirve para disciplinar a los sujetos. Si nos fijamos en el experimento llevado a cabo por el psicólogo Zimbarno, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford, se ve como la teoría de Foucault se cumple. El experimento consistió en otorgar a una serie de estudiantes el rol de carceleros y a otro grupo el rol de prisioneros en un cárcel construida en los sótanos de la Universidad de Stanford. El papel que jugaba cada grupo dejó de ser un juego y pasó a penetrar en su conducta. Pero esto es lo que había analizado Foucault en su obra, donde realiza un genealogía de las instituciones que a través de la disciplina han creado cuerpos dóciles, desde los conventos medievales hasta las cárceles, pasando luego a las fábricas, los colegios, los hospitales. 

El cuerpo se convierte en el objeto y el blanco del poder. Es el cuerpo que se controla, que se le da forma, que se le educa, que obedece, el cuerpo al que se manipula. Al final, el cuerpo no es más que un muñeco político, una producción del poder. A los métodos que permiten esto, que llevan al control y a la construcción del cuerpo se les denomina disciplinas.

Foucault distingue estas disciplinas de la esclavitud, que se apoya en la apropiación de los cuerpos, y también de la domesticación, que supone una relación de dominación constante, y de otras formas de control, como el vasallaje. Las disciplinas de las que habla penetran en los cuerpos, los desarticula y los recomponen. Se trata, en realidad, de una “microfísica” del poder y procede a partir de la distribución de los individuos en el espacio y a partir del control de la actividad y del tiempo. Esta “microfísica” del poder tiene como objetivo enderezar conductas.

Este poder funciona también a través de la individuación. Se vigila, se separa los cuerpos para normalizarlos. Cuanto más se individualiza a un sujeto mejor controlado estará, más disciplinas podrán “corregir” sus desviaciones. De esta forma, hay que controlar, individualizar a los sujetos, sobre todo a aquellos que parecen separarse de la norma. Lo normal sustituye en la sociedad disciplinaria al modelo ideal. Lo “anormal” hay que corregirlo, encauzarlo, enderezar su conducta. De ahí que las disciplinas se fijen en aquellos sujetos, como el niño, el loco, el delincuente, que escapan de la norma. Por ello se les individualiza, se les controla y vigila más.

“El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología especifica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.” (Vigilar y castigar, Michael Foucault).

2. El espejismo de la libertad en el neoliberalismo

¿Cómo rebelarse contra unos mecanismos de los que ni siquiera somos conscientes y que han construido nuestra identidad? ¿Cómo superar la represión si es ella la que nos constituye? Decía Bakunin que, contra el Estado, como instancia superior, era fácil, dentro de lo que cabe, oponerse, pero contra el condicionamiento social, no es tan fácil, porque ha penetrado en nosotras. 

El consumismo no es más que otra forma de encauzar la conducta, un elemento más de la “microfísica” del poder. La sociedad neoliberal se percata que una manera de controlar a los individuos no es solo a través de las disciplinas del cuerpo, sino también a través del placer. El deseo juega un papel fundamental en la vida del ser humano. Si este deseo se puede controlar, organizar y encauzar, se obtendrá sujetos que compren, que gasten sin pensar, sujetos obligados, condicionados a buscar una felicidad embotellada, sujetos adictos a las emociones, como si fueran drogas.

La sociedad de consumo y las disciplinas del cuerpo se unen en el sistema neoliberal para generar sujetos no pensantes, sujetos que consumen y consumen, como si bebieran el SOMA de la novela Un mundo feliz. Se consume productos, ropa, juguetes, tecnología, sin pensar en la destrucción del planeta y en la explotación laboral que hay detrás de ello; se consume emociones, viajes, vacaciones, para colgar las fotos en Instagram y ser nosotras mismas un producto más, en la que vendemos nuestra propia vida; se consumen serie y películas en plataformas como Netflix, sin que detrás de esos relatos entre ninguna crítica social y política; se consume hasta relaciones afectivas y sexuales, donde los cuerpos son cosificados y anunciados como un producto en plataformas como Tinder. Nos movemos en una sociedad individualista, que aísla a los sujetos y los controla, pero que lo hace a través del deseo y del placer y de la defensa de una supuesta libertad.

Los sujetos, los cuerpos dóciles creados en esta sociedad solo piden más y más, más control, más droga, más SOMA con la que acallar las posibles voces discordantes, para normalizar lo “anormal”, lo indisciplinado. También para controlar lo que hay en cada uno de “loco”, de “inconformista”. Ciudades pensadas como centros comerciales, libertades reducidas a libertad de consumo y fiscalización de las necesidades y de los deseos, todo ello para conseguir una sociedad de sujetos obedientes, sujetos que no cuestionen las estructuras, por muy injustas que estás se vuelvan. A pesar de la contaminación globalizada que produce nuestro estilo de vida, de la explotación laboral y del cada vez mayor número de personas que quedan fuera, como náufragos de este mundo, a pesar de los problemas psicológicos, de ansiedad, estrés, soledad; se sigue vendiendo este sistema como el mejor, como el único posible. Y los sujetos aceptan la publicidad, la manipulación porque la “microfísica” del poder, de la que hablaba Foucault, funciona, y porque cuestionar la sociedad y el sistema es, al final, cuestionar nuestra forma de ser, de ocupar el espacio, de llenar nuestro tiempo.

¿Y si nuestra sociedad se ha convertido en una película de ciencia- ficción? ¿Si cada vez encontramos más semejanzas entre este sistema y lo que se ve en novelas como Un mundo feliz y 1984 o películas como Están vivos? En la novela de Huxley las personas son controladas a través de los deseos y del placer, obligados a ser felices constantemente. ¿No se persigue lo mismo con las compras compulsivas y las emociones constantes de nuestro estilo de vida? ¿Qué sujetos son rechazados, llamados radicales y marginados? ¿No son aquellos que cuestionan las bases del sistema neoliberal y de la sociedad de consumo? En la novela el personaje que cuestiona todo era el hombre salvaje, que era, al final, el único libre.

Un ejemplo de este rechazo lo tenemos en el feminismo. Cuando este movimiento trata de ir a la base, a la raíz del sistema patriarcal, entonces se habla de “feminazis” y se le ridiculiza o se le demoniza. Mas de una vez, cuando me he enfadado en alguna conversación en la que salía comportamientos machistas, me han llamado la atención, incluso para decirme que si no aguanto una broma o que si siempre destaco esas conductas solo voy a conseguir la reacción contraria. Esto implica que el ataque al sistema ya sea desde la perspectiva feminista, desde la ecológica o la de justicia social, va a tener como respuesta la defensa del propio sistema. ¿Cómo no defender el sistema, si sus relaciones de poder y sus mecanismos de control, son los que han construido a los sujetos?

En una conversación hace poco con amigos y amigas sobre modelos de masculinidad, un amigo me acabó preguntando cómo debería ser él para no caer en comportamientos machistas que tenemos interiorizados. La cuestión no es fácil de resolver, ya que estas conductas, como muchas otras, están impresas en nuestro ADN social y político. La deconstrucción de una subjetividad que esconde comportamientos machistas, racistas. clasista o capacitistas conlleva mucho trabajo, tanto a nivel individual como colectivo. Pero esta dificultad deja de manifiesto las relaciones de poder que han construido nuestra subjetividad.

Masculinidad en demolición

¿Dónde queda la libertad cacareada por el neoliberalismo, si ni siquiera en nuestras relaciones personales somos libres de los condicionamientos? El filósofo alemán Kant considerada que la muestra de la existencia de la libertad era el ser capaz de obrar al margen de los interés egoístas de cada uno en favor de aquello que consideráramos justo y del respeto hacia los demás. La libertad neoliberal es justo lo contario, se apoya en anteponer mis interés, creados y manipulados por la lógica del mercado, por encima de todo juicio racional y ético.

No importa que ciertas bromas y conductas basadas en los estereotipos de género, de los que ni siquiera somos conscientes en muchas ocasiones, supongan un desprecio, una falta de respeto, un insulto hacia mujeres, mientras los varones no consideran necesario revisar sus privilegios. No importa que mi consumo alocado implique explotación laboral, que estemos expoliando el planeta y contaminándolo, que pueblos, como el saharaui, levante su voz por las injusticias ante la pasividad de Occidente, que se aprovecha de su situación. No importa que la extracción de materiales como el coltán provoquen guerras, explotación de niños y trata de mujeres, mientras yo pueda tener un móvil de última generación. Las injusticias, la contaminación y el expolio forman parte de este sistema neoliberal, machista, racista, clasista y capacitista. No son es algo pasajero, las crisis son estructurales, como lo es también la construcción de sujetos dóciles, que se creen libres, cuando se mueven en una jaula de oro, de emociones y consumo, de gastos y vacío existencial, de estrés y soledad.

3. La ocupación del espacio

Ante esto no cabe solo volverse contra el Estado, como si él fuera el encargado de mantener esa prisión, sino que hay que visibilizar los hilos, mostrar que la libertad de consumo no es más que una quimera, una falsa libertad, y que esconde una esclavitud, un control. Si Foucault tenía razón y no es posible salir de las relaciones de poder, al menos creemos relaciones lo más laxas posibles y siendo conscientes de las mismas. No fundemos la sociedad en relaciones basadas en la opresión, sino en un intento de alcanzar un consenso y en un respeto hacia la libertad real. Busquemos deconstruir esa subjetividad fundada en el dominio y en el privilegio, el privilegio de ser varón, blanco, occidental, rico o con capacidades consideradas normales, para poder saber quiénes queremos ser y cómo queremos relacionarnos con los demás y con la naturaleza.

Si el control comienza con el uso del espacio y del tiempo, busquemos usos diferentes, que no escondan una disciplina del cuerpo. Ocupemos los espacios para construir una vida no basada en la mercantilización de todo y en las injusticias que esto conlleva, sino una vida en la que los demás importen y en la que no destruyamos todo a nuestro paso, también una vida en la que me pueda desarrollar como persona y no solo consumir y consumir. En lugar de vivir en ciudades inhóspitas, contaminadas, donde el uso del coche tiene prioridad, construyamos desde los barrios y pueblos espacios verdes, lugares donde tener un ocio que no se ajuste a la lógica del mercado, donde entren todxs, lugares donde se priorice otro tipo de vida más sostenible. 

Si el consumismo explota nuestra capacidad de desear, ¿por qué no cambiar el punto de mira? En lugar de mirar a los deseos insaciables y a las emociones rápidas, ¿por qué no buscar un placer moderado, como el que proponía el filósofo griego Epicúreo? En lugar del individualismo y la competitividad promovidos por este sistema, ¿por qué no tejer relaciones y afectos dentro de los barrios y de los pueblos? ¿No aprendimos durante el confinamiento que las relaciones sociales y afectivas eran más importantes que todos esos productos superfluos, que nos venden como imprescindibles?

¿Y si en lugar de centrarnos en comprar y comprar, nos centramos en las necesidades reales que tienen los seres humanos y en satisfacerlas de la manera más justa y sostenible? Conviene destacar aquí la postura de Max Neef, que, en lugar de hablar de deseos, que nos hunde en una cadena infinita, habla de necesidades, que van desde la alimentación y la protección contra el clima hasta el desarrollo de la persona, la creatividad, la vida afectiva y social, la justicia y el vivir en un medio vivo.

Una de las paradojas de la sociedad de consumo, de la opulencia es que lo más esencial va a menos o es infravalorado. Durante el confinamiento se vio que ciertos trabajos, ya fueran remunerados o no, eran lo esencial, los que mantenían la vida. Sin embargo, la lógica del mercado no prioriza esto, sino solo el beneficio. El mercado por encima de la vida. Los deseos de unos pocos por encima de la necesidades más básicas de la mayoría. La sociedad de la opulencia, donde consumimos sin límites, no se ajusta a los ritmos de la naturaleza ni tiene en cuenta a los que sostienen este sistema. Es la extralimitación del consumismo la que está acabando con el planeta y agravando las desigualdades sociales.

Frente a este consumo sin freno, frente a la sociedad del exceso, que contamina, explota, expolia la riqueza natural, y deja sujetos vacíos, se puede optar por alternativas. Si el consumo funciona como una droga, si la emociones nos alienan, ¿por qué no pararse a pensar a donde vamos por este camino, antes de llegar a un precipicio?  ¿Y si el espacio deja de estar al servicio de los interés del mercado y comienza a centrarse en las necesidades de las personas, como la necesidad de sociabilizar? El ocupar los espacios de otra manera rompe con el esquema de la lógica del mercado. En los huertos urbanos, por ejemplo, se busca no solo crear espacios verdes dentro de las ciudades, sino generar tejido social, en una sociedad que cada vez aísla a los individuos y además busca que las relaciones sean lo más horizontales posibles. Los centros sociales autogestionados proponen alternativas de ocio, que no implican un consumo ni una mercantilización.

El crecimiento y el consumo constante no solo es insostenible desde el punto de vista ecológico, sino que aísla a los sujetos. No se preocupa de lo esencial, sino que tras una mala entendida libertad, esconde mercantilización, precariedad, desigualdades, vacío, aislamiento, depresión y un largo etcétera.

Así, “la lógica de la acumulación y el crecimiento permanente choca con la lógica de la vida“. Porque ”la una busca la concentración de poder y el beneficio, al margen de los criterios éticos. La otra pretende el mantenimiento de los procesos vitales y busca la resolución de las necesidades y el bienestar humano. Hay una honda contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital. […] Si hay contradicción, gana el mercado” (Cambiar las gafas para mirar el mundo, VV AA).

Gana el mercado, ganan las relaciones de poder que generan sujetos dóciles, atados al SOMA. Y quienes perdemos somos nosotras. Perdemos la libertad real frente a un servidumbre casi voluntaria, que se disfraza de libertad; perdemos frente a los mecanismos de la disciplina que nos dicen lo que debemos hacer, lo que es “normal”. Pero las relaciones de poder no son el Leviatán de Hobbes, no controlan todos los efectos de su control. Por ello, siempre surgen voces discordantes, que buscan escapar de la telaraña, buscan espacios donde generar una auténtica libertad, no vendida al mercado ni a los privilegios, ya que la lucha siempre es posible. 

Los espacios no tienen que ser lugares de control ni las ciudades centros comerciales, que aíslen a los sujetos y los muevan solo al consumo. Se puede ocupar el espacio de forma distinta y generar relaciones no mercantilizadas. Ocupemos el espacio, seamos dueñas de nuestro tiempo y paremos el ritmo, antes de destruir todo.

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Caso Assange: No pudieron matar al mensajero

No sé si el nombre de Vanessa Baraitser, magistrada del Tribunal Penal Central de Londres, pasará a la historia del Derecho Penal Internacional o a la de las extradiciones de su país, pero la decisión que ha emitido este lunes marcará un antes y un después en su carrera, al denegar la entrega de Julian Assange, fundador de Wikileaks, a los Estados Unidos de Norteamérica. Así ocurrió, como antecedente, con el juez Ronald Bartle cuando concedió la extradición de Augusto Pinochet en 1999.

Es cierto que podía, y quizás debía, haber optado por una decisión más enérgica, anteponiendo claramente la defensa de la libertad de expresión como motor de su sentencia, pero ha optado por acudir a la variable menos complicada para la justicia británica, siempre tan equilibrada y políticamente correcta; es decir a los motivos humanitarios.

Al rechazar la extradición de Julian Assange como solicitaba Estados Unidos, ha propiciado un suspiro colectivo de alivio. La jueza ha venido a resolver lo que tantas veces hemos puesto de manifiesto desde el equipo de defensores que coordino: la salud de Julian Assange ha sufrido un deterioro evidente, fruto de tantos años de encierro obligado y del acoso permanente que ha padecido durante este largo asedio. “El riesgo de que Assange se suicidara, si se permitiera la extradición era elevado”, explica Baraitser. “La salud mental del Sr. Assange se halla en tal estado que resultaría agobiante para él ser extraditado a Estados Unidos”.

Es cierto. He visto con mis propios ojos cómo el periodista y fundador de WikiLeaks ha sido tratado de forma inhumana por fuerzas poderosas y omnipresentes que por todos los medios han intentado callarle, neutralizarle y acabar con él. No lo han conseguido. Ha sido una pelea propia de David contra Goliat la que emprendimos para combatir la impunidad de Estados Unidos, desde que un 19 de junio de 2012 Julian se recluyera en la embajada de Ecuador en Londres en demanda de asilo, que le fue concedido por el gobierno del presidente Rafael Correa, valiente frente a la imponente administración norteamericana. Nos jugábamos la libertad de expresión, la libertad de información y, ante todo, el derecho de los ciudadanos a conocer quiénes manejan los hilos que mueven el mundo, qué es lo que no quieren que sepamos y hacia dónde pretenden dirigirnos. Es decir, estaba en juego la esencia misma de la democracia.

Assange plantó cara

Julian Assange plantó cara y ha pagado por ello. Le acusaban de cometer 18 delitos, 17 de ellos bajo Ley de Espionaje de 1917 –ya ven de qué época hablamos– y uno relacionado con la supuesta ayuda informática a la militar Chelsea Manning, quien alega Estados Unidos que fue la fuente de WikiLeaks. Los 175 años de cárcel que le reclaman tienen que ver con la publicación de los diarios de guerra de Irak y Afganistán en 2010, los archivos de Guantánamo y los cables del Departamento de Estado. Lo que puso de manifiesto Assange fue la comisión de diferentes delitos por parte de las autoridades norteamericanas: crímenes de guerra, torturas y diversos crímenes internacionales.

Ha vivido un auténtico calvario desde entonces. Lo puso de manifiesto el Relator de la ONU contra la tortura, Nils Melzer. Como también el Grupo de Trabajo de Detenciones arbitrarias de la ONU y el Relator de salud de la misma Organización, con informes reiterados y contundentes. A mayor abundamiento, el trato recibido en la cárcel de alta seguridad de Belmarsh desde su expulsión de la embajada en abril de 2018, ha llevado a la convicción judicial de que cualquier proceso que se siguiera contra él y que concluyera en condena, sería cruel y podría desembocar en una muerte segura.

Esta resolución evidencia la desproporcionalidad de las posibles penas y las dudas que el sistema penitenciario norteamericano, máxime en tiempos de pandemia, suscita en la magistrada y provoca que en su resolución leamos la aparente contradicción de afirmar que el proceso sería justo en el país reclamante, pero la ejecución de la pena no, porque podría llevar irreversiblemente a la muerte del sujeto afectado. Esta afirmación es de mayor gravedad si cabe que haber dicho claramente que la persecución de Julian Assange ha sido política y represiva del derecho a la libertad de expresión, como en realidad lo es desde la óptica de la defensa. La sentencia, descalifica, en definitiva, a todo el mecanismo penitenciario norteamericano, como ya lo hiciera hace apenas ahora dos años la misma justicia del Reino Unido con el caso de Lauri Love, de Anonymous, al denegar, por la misma razón, su extradición a USA en febrero de 2018.

Siete años de encierro y acoso

La solidaridad y el ánimo justo del presidente Correa evitó que, al refugiarse en la Embajada de Ecuador en Londres, Assange fuera entregado a Suecia por una oscura acusación que se desinfló con el tiempo sin que se formularan cargos y se cerró sin evidencias, pero que daba pie a la firme sospecha de que todo había sido una estrategia para provocar su extradición a Estados Unidos. Ese era el juego.

Siete años pasó en la Embajada, en una estancia sin luz solar, sin aire fresco, sufriendo todo tipo de padecimientos físicos y psicológicos. Siendo espiado de forma constante. El cambio de gobierno en Ecuador con la llegada al poder de un presidente, Lenin Moreno, que se mostró sumiso con EEUU, supuso la expulsión de la embajada y el ingreso en una prisión de alta seguridad que amenazaba con acabar destrozando el frágil estado del periodista. En mi última visita a esa prisión, cuando nos despedimos, entre lágrimas, con un largo abrazo, temí realmente por su vida y dudé de que la justicia en el caso de Julian Assange pudiera calibrarse de tal, mientras que ninguno de los graves hechos denunciados por él había sido investigado por el país que le reclamaba para silenciarlo.

En esta confrontación, el acoso se extendió a su entorno próximo. Sus abogados fuimos también objeto de espionaje por parte de la empresa de seguridad española (UC Global) presente en la embajada de Ecuador y presuntamente relacionada con los servicios de inteligencia norteamericanos, extremo que se está investigando en el Juzgado Central de Instrucción número cinco de la Audiencia Nacional española. De tal vigilancia no se libró siquiera el bebé, hijo de Assange, cuya vida –aun en términos tan minimalistas– era revisada y analizada de manera exhaustiva.

Matar al mensajero

El gran pecado que cometió el periodista fue, sin duda, fundar WikiLeaks, la agencia de noticias que estableció un sistema de cortafuegos en las IPs de manera que cualquier whistleblower del mundo pudiera enviar a esta plataforma información relacionada con la comisión de delitos. La fuente se mantenía anónima. Años después, una directiva europea sobre estos alertadores se plantea en los mismos términos.

Matar al mensajero ha sido siempre el recurso de los malvados, de los delincuentes, de aquellos que no saben cómo ocultar el mal que detentan. El silencio es la medicina que aplican de forma contundente en la creencia de que así sus pecados no verán la luz. A veces lo consiguen, pero en este caso la jugada no les ha salido bien. Assange no estaba solo, eran cientos de miles las voces que han clamado pidiendo libertad para el periodista en todo el mundo. Aunque también es verdad que se han producido muchos mutismos oficiales y descalificaciones personales inaceptables. Pero al final, y de momento, a la espera del más que probable recurso de apelación, se ha hecho justicia en un momento clave, cuando Donald Trump, rabioso por su calidad de mandatario saliente, da sus últimos coletazos aplicando mano dura en todos aquellos asuntos que puede resolver con su estilo en los escasos –y largos días– que restan para el relevo presidencial. No quiero pensar qué hubiera supuesto la extradición de Assange en estas circunstancias.

Creo que el mejor resumen lo hizo Noam Chomsky, cuyo testimonio leímos en el juicio ante la magistrada británica. En opinión del filósofo, Assange prestó un servicio enorme a la libertad de expresión y a la democracia. “El gobierno norteamericano busca criminalizarle por sacar a la luz del sol un poder que pudiera evaporarse si la población aprovecha la oportunidad de convertirse en ciudadanos independientes de una sociedad libre, en lugar de súbditos de un amo que opera en secreto”. Esa es la gloria de Assange y la miseria de Estados Unidos. Hoy, el mensajero sigue vivo. Y nosotros sus abogadas y abogados continuaremos defendiendo que solo cumplió, ni más ni menos, con su deber como periodista en beneficio de todos.

* Esta nota se publicó originalmente en el sitio español infoLibre. Baltasar Garzón es coordinador de la defensa de Julian Assange.

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Cuatro años de cárcel a periodista que informó sobre el coronavirus

Duro fallo contra Zhang Zhan por su cobertura desde la ciudad de Wuhan

En mayo, Zhang había sido arrestada bajo la acusación de "provocar disturbios, dar entrevistas a medios extranjeros y manipular maliciosamente" información sobre el brote. 

 

La justicia china condenó a cuatro años de prisión a una exabogada que realizó una cobertura periodística de las primeras etapas del brote de coronavirus en la ciudad de Wuhan. El Tribunal Popular de la Nueva Área de Pudong, situada en Shanghai, dictó la dura sentencia contra Zhang Zhan quien fue hallada culpable de difundir información falsa. Periodistas y diplomáticos extranjeros no pudieron ingresar al tribunal donde fue juzgada la mujer de 37 años, y algunos activistas fueron agredidos por la policía durante la apertura del proceso. 

Zhang, oriunda de Shanghai, viajó en febrero a la ciudad de Wuhan, cuna del coronavirus, y decidió divulgar en redes sociales varios reportajes e información crítica sobre la situación en sus hospitales. En los artículos la periodista china llegó a denunciar una "grave violación de los derechos humanos". 

En mayo fue arrestada bajo la acusación de "provocar disturbios, dar entrevistas a medios extranjeros y manipular maliciosamente" información sobre el brote. Otros tres periodistas, Chen Qiushi, Fang Bin y Li Zehua, también fueron arrestados tras haber cubierto esos acontecimientos.

Zhang empezó una huelga de hambre en junio para protestar contra su detención, pero fue alimentada a la fuerza por vía nasal. "Cuando la vi la semana pasada, dijo: 'Si me imponen una condena fuerte, rechazaré cualquier alimento hasta el final'. Ella cree que morirá en prisión", explicó Zhang Keke, uno de sus abogados.

Zhang "parecía muy abatida cuando se anunció el fallo", declaró otro de sus letrados, Ren Quanniu, quien este lunes se mostró "muy consternado" por su estado psicológico. El proceso contra Zhang tuvo lugar poco antes de la llegada a China de una misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que investigará los orígenes de la pandemia.

La oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los derechos humanos, Michelle Bachelet, dijo estar "profundamente preocupada" por la condena de Zhang Zhan. "Hemos mencionado el caso a las autoridades a lo largo del año 2020 para ilustrar la represión excesiva de la libertad de prensa vinculada a la covid-19 y continuamos pidiendo su liberación", indicó la institución en su cuenta de Twitter.

Por su parte la organización de Defensores Chinos de los Derechos Humanos (CHRD) señaló que sus reportes también incluyeron las detenciones de otros periodistas y el acoso que estaban sufriendo las familias de algunas víctimas del coronavirus que pedían una rendición de cuentas. "El gobierno chino ha vuelto a celebrar una farsa de juicio durante la Navidad ya que las autoridades quieren reducir la atención sobre estos casos 'sensibles' mientras los diplomáticos y periodistas están de vacaciones", explicó Leo Lan, investigador de CHRD.

Por su parte, la activista de Amnistía Internacional, Gwen Lee, aseguró en un comunicado que "periodistas ciudadanos como Zhang Zhan fueron la fuente primaria, si no la única, de información de primera mano y sin censura durante los primeros días de la covid-19", y exigió al gobierno chino que "deje de perseguir a periodistas y otros ciudadanos solo por informar de la verdad". 

Según el balance oficial en Wuhan, una metrópolis de 11 millones de habitantes, se registraron cerca de cuatro mil fallecidos por covid-19, es decir casi la totalidad de los 4.634 muertos contabilizados en toda China entre enero y mayo. La respuesta inicial de China a la pandemia fue objeto de críticas, ya que Beijing no puso en cuarentena a Wuhan y su región hasta el 23 de enero, pese a que se habían registrado casos desde principios de diciembre de 2019.

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Lunes, 28 Diciembre 2020 06:50

Agamben y la epidemia como política

Agamben y la epidemia como política

Termina 2020, el año de la epidemia debida al virus corona, y el mundo parece encaminarse hacia un nuevo despotismo tecnológico sanitario. Azuzadas por los medios de difusión masiva hegemónicos, sumidas en una histeria colectiva producida de manera deliberada, sociedades enteras han aceptado sin chistar un sinfín de medidas coercitivas gubernamentales –algunas bajo punitivos toques de queda–, tales como confinamientos, cuarentenas, semáforos de colores, rastreo, "sanas distancias" en la interacción social, en empresas, comercios y oficinas públicas, y hasta cierres de escuelas y universidades.

Con el pretexto de la epidemia, los amos del universo han decidido transformar de arriba abajo los paradigmas del gobierno de los seres humanos y las cosas, para sustituirlos por nuevos dispositivos cuyo diseño apenas podemos vislumbrar, incluido un panóptico total digital.

Pascal Sacré, médico especializado en cuidados intensivos y reconocido analista de salud pública en Charleroi, Bélgica, se ha preguntado si existe la "intención" de utilizar la coartada de una pandemia para llevar a la humanidad hacia un escenario que de otro modo nunca habría aceptado. ¿Es esa hipótesis, que muchos se apresurarán a calificar de "teoría de la conspiración", la explicación de mayor validez frente a la ‘anormalidad’ del momento actual? Lo cierto es que nunca antes en la historia de la humanidad el miedo había sido usado como herramienta de poder por los gobernantes de manera tan inescrupulosa como en 2020. Quienes impulsan la agenda del Covid-19, y sacan provecho de ella, han elegido una enfermedad con el fin de eliminar toda resistencia mediante el azuzamiento del pánico.

Giorgio Agamben ha dicho que, agotado el terrorismo como causa de las medidas propias de un estado de excepción –de la más pura y simple suspensión de las garantías constitucionales en muchos lugares del orbe−, "la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para ampliarlas más allá de todos los límites". En un momento de "confusión babélica", Agamben habló de ‘invención’ en un ámbito político, sabedor, como Foucault, de que los gobiernos que se sirven del "paradigma de la seguridad" no funcionan necesariamente produciendo la situación de excepción, sino explotándola y dirigiéndola una vez que se ha producido.

En su más reciente libro, ¿En qué punto estamos? La epidemia como política (Quodlibet, julio 2020), el filósofo italiano llama "bioseguridad" al dispositivo de gobierno –se refiere a su país, pero también a las autoridades de otras democracias occidentales– que resulta de la conjunción de la nueva "religión de la salud" y el poder estatal con su estado de excepción, probablemente el más eficaz de la historia de la humanidad, ya que ni siquiera durante el nazi-fascismo (mecanismo que permitió la transformación de las democracias en Estados totalitarios) y las dos guerras mundiales se había llegado a este punto de restricción de la libertad.

“Si el dispositivo jurídico-político de la Gran Transformación (la estrategia global prevista por la plutocracia del foro de Davos, incluido Bill Gates y su emanación la Organización Mundial de la Salud) es el estado de excepción y el religioso es la ciencia, en el plano de las relaciones sociales –escribió Agamben− ha confiado su eficacia a la tecnología digital, que, como ya es evidente, hace un sistema con el ‘distanciamiento social’ que define la nueva estructura de las relaciones entre los hombres”. La nueva forma de relación social es "la conexión": quienes no estén conectados tienden a ser excluidos de cualquier relación y condenados a la marginalidad. Siempre que sea posible, los dispositivos digitales (las máquinas) sustituirán todo contacto –todo contagio− entre los seres humanos.

El distanciamiento social −nuevo eufemismo de confinamiento− será el nuevo principio de organización de la sociedad. Y paradójicamente, la masa, en la que según Canetti se basa el poder a través de la inversión del miedo a ser tocados por extraños, estará formada ahora por individuos que se mantienen a toda costa a distancia unos de otros; una masa, dice Agamben, "rarificada y basada en una prohibición, pero, precisamente por eso, particularmente compacta y pasiva".

A lo que se suman el control que se ejerce a través de las cámaras de video y ahora de los teléfonos celulares –la ‘celularización’ coercitiva de la totalidad de la población, incluido el rastreo de cada persona vía los consorcios multinacionales Google (Android), Apple y Microsoft−, que excede con creces cualquier forma de control ejercida bajo regímenes totalitarios como el fascismo y el nazismo. La epidemia y la tecnología inseparablemente entrelazadas. Y el papel de los medios de difusión masiva dominantes, que, según Agamben, llevaron a cabo una "gigantesca operación de falsificación de la verdad", propalando una especie de "terror sanitario" como instrumento para gobernar con eje en una "bioseguridad" basada en la salud. Lo que ha llevado a la paradoja de que el cese de toda relación social y toda actividad política se presenta como "la forma ejemplar de participación cívica".

Una estrategia global de los "reformadores sociales" de Davos, que no habría sido posible lograr sin la intervención decisiva de los Estados-nación, que son los únicos que pueden adoptar las medidas coercitivas que dicha estrategia necesita. Según su fórmula, un "distanciamiento social" –no ‘físico’ o ‘personal’− como dispositivo esencialmente político, que lleva a preguntarnos, con Agamben, ¿qué es una sociedad basada en la distancia? ¿Acaso una sociedad así puede seguir llamándose política?

No es posible saber cuánto más durará el estado de excepción del actual circo pandémico mundial; lo que sí es seguro es que se necesitarán nuevas formas de resistencia para enfrentar a la "reingeniería social" tecnocrática de las élites del poder plutocrático con su pregonada (Klaus Schwab dixit) "cuarta revolución industrial".

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Imagen de archivo de una fila de cámaras de seguridad. — REUTERS/MAXIM SHEMETOV

Cámaras de vigilancia

China es el país que acapara las mayores cifras de CCTV mientras que Madrid aparece como la cuarta ciudad europea, a larga distancia de Londres, Berlín y Moscú.

 

El año de la covid-19 no ha frenado la acelerada carrera que lleva Londres para mantener el primer puesto, a holgada distancia, de ciudad más vigilada de Europa y de Occidente a tenor del número de cámaras de seguridad que cuelgan en sus calles y edificios o se insertan en farolas, autopistas y mobiliario urbano. El último recuento arroja 5,2 millones de aparatos en todo Reino Unido que cuenta con 68 millones de habitantes –una cámara por cada 13 ciudadanos-, según ha publicado este mes de diciembre la voz del sector CCTV.co.uk. La misma cifra (5,2 millones) se adjudicaba el año pasado a Alemania que tiene 83 millones de habitantes, 15 más que Reino Unido. Ambos países europeos, en sentido geográfico, van a larga distancia en número de cámaras del tercero: Francia, con una población ligeramente superior a Reino Unido y un total de 1,6 millones de aparatos.

Las últimas cifras británicas otorgan a Londres 689.000 dispositivos de CCTV para una población de 9 millones de habitantes: 76,8 cámaras por mil habitantes; la mayor cuota de vigilancia fuera de China. La proporción de dispositivos por cada mil habitantes constituye la pauta que aplica la analista Comparitech en su último estudio de 2019 en el que las cifras de Reino Unido son inferiores a las publicadas por el sector recientemente. Acotado el análisis a ciudades europeas, la compañía de análisis estableció en diciembre de 2019 la siguiente lista: Londres, 68,4 aparatos por mil habitantes; Berlín, 59,7; Moscú, 11,7; y Madrid, 4,4, en cuarto lugar.

En este año de confinamientos y restricciones en movilidad por el coronavirus, Reino Unido como país y Londres como ciudad continúan llevando el cetro de la vigilancia y el espionaje. Los datos de Comparitech coinciden con los de la consultora PreciseSecurity que vienen a ser dos organismos que estudian estas cifras de forma global a partir de la información del sector comercial, los servicios policiales y las instituciones. En Reino Unido, el 96% de las cámaras pertenecen a viviendas, oficinas, tiendas o negocios privados mientras que el 4% se adjudican a Ayuntamientos, Policías, sedes oficiales o Transporte público.

James Ritchey, portavoz del sector comercial de CCTV británico, cuenta que "las cifras publicadas cosquillean a los preocupados por el control del Estado sobre la población, sin embargo, el control del Gobierno no llega al 4% de los aparatos de seguridad de Reino Unido en donde la mayoría son instalados por propietarios que protegen su propiedad". El fantasma del Gran Hermano pulula también sobre la función de estas cámaras y la vida cotidiana y privada de los ciudadanos. "La tecnología de este tipo de sistemas de seguridad está siendo cada día más barata, esa es una de las razones del aumento de circuitos con cámaras de seguridad como las colocadas en timbres de puertas que ahora están en el punto álgido de popularidad", asegura James.

El reconocimiento facial es uno de los objetivos de los dispositivos que intentan alejar a ladrones y asaltantes de viviendas, o identificar los movimientos de personas vigiladas. La relación entre número de cámaras e índice de criminalidad en las ciudades estudiadas por Comparitech indica que una cosa tiene poco que ver con la otra; un mayor número de artefactos de vigilancia no genera más seguridad ni menor número de delitos, robos o atentados contra personas o propiedades. El índice de criminalidad se establece en la relación entre crímenes denunciados y número de habitantes de una ciudad.

Las tres ciudades que encabezan la mayor proporción de número de cámaras por mil habitantes del mundo presentan también una desconexión entre dicha relación y el índice de criminalidad: Taiyuan (capital de la provincia de Shanxi, China) con 119,5 cámaras por mil habitantes tiene un 51,4 de índice de criminalidad; Wuxi (China) con 92,1 cámaras por mil habitantes ofrece un 7,8 de índice de criminalidad; Londres, en tercer lugar mundial, con 68,4 cámaras por mil habitantes en 2019 conlleva un 52,5 de índice de criminalidad.
Tras los tres primeros puestos citados, la lista sigue dominada por China aunque van insertándose otras ciudades: en el número 29 aparece Moscú con 15,3 dispositivos por mil habitantes y 39,6 de índice de criminalidad; el puesto 46 corresponde a Los Ángeles (EEUU) con 5,6 cámaras y 46,5 de índice de criminalidad; el lugar 50 se lo lleva Berlín con 4,9 objetivos y 41 de índice de criminalidad; Madrid ocupa la casilla 53 con 4,4 dispositivos por mil habitantes y 30 de índice de criminalidad mientras que Barcelona en el lugar 68 de la lista cuenta con 1,2 cámaras de seguridad por mil ciudadanos y un 44,6 de índice de criminalidad

LONDRES

19/12/2020 08:51

CONXA RODRÍGUEZ

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Una mujer sostiene la bandera de Venezuela en una protesta por la muerte en un naufragio de migrantes venezolanos, el 17 de diciembre.YURI CORTEZ / AFP

Un informe de IDEA Internacional alerta sobre la profundización de la desigualdad, la pobreza y la polarización política

 

Un informe de IDEA Internacional, una organización intergubernamental que apoya la democracia sostenible en todo el mundo, ha alertado que durante la pandemia se ha profundizado en América Latina la desigualdad, pobreza, polarización política, corrupción, altos niveles de delincuencia y debilidad estatal, aunque la resiliencia se mantiene. De acuerdo al documento In focus, dado a conocer en las últimas horas, la crisis sanitaria “ha golpeado severamente” a una región “asediada por problemas estructurales no resueltos”, donde algunos países sufrían de “procesos de erosión y retroceso democrático” o de “fragilidad y debilidad democrática” incluso antes de que se desatara en marzo la pandemia en esta zona del planeta.

La covid-19 no solo ha segado la vida de cientos de miles de personas, sino agravado más aún problemas estructurales como la desigualdad, pobreza, polarización política, corrupción, altos niveles de delincuencia y debilidad estatal”, analiza Daniel Zovatto, director regional de IDEA Internacional.

El informe destaca que las reformas políticas y socioeconómicas, largamente pospuestas en Latinoamérica, han agravado las crisis económicas y de salud pública provocadas por la pandemia. Se le suma un nuevo factor: las medidas restrictivas a los derechos fundamentales para contener la propagación del coronavirus han incrementado el riesgo de afianzar o exacerbar aún más las preocupantes tendencias que presentaba la democracia en la región antes de la crisis sanitaria.

La magnitud de la emergencia llevó a emplear a las Fuerzas Armadas para reforzar cuarentenas, transportar pacientes y distribuir insumos médicos, que vinieron a complementar la acción de las policías. “Pero ni eso detuvo los avances de la delincuencia y la violencia persistente”, añade Zovatto. “En algunos casos, la misma respuesta estatal contempló abusos por parte de agentes del orden, vulneración a la privacidad de datos para rastrear contagios (Ecuador) y restricciones a la libertad de expresión para evitar la alarma pública (en México, el jefe de Estado atacó verbalmente a periodistas y medios por su cobertura)”, agrega el director regional de IDEA Internacional.

En al menos ocho países de la región se ha instruido a las Fuerzas Armadas a intervenir para manejar la atención de la pandemia, especialmente en áreas como logística, transporte, servicios de salud y rastreo de contactos. Pero en algunos países también se les ha otorgado poderes más controversiales, tales como el mantenimiento del orden público y la implementación de medidas restrictivas a la libertad de circulación y asamblea, durante toques de queda y estados de sitio y emergencia. Ejemplifican con Chile, donde los toques de queda y el despliegue de las Fuerzas Armadas se han vuelto comunes desde las revueltas que arrancaron en octubre de 2019. Debido a la pandemia, el país ha decretado el estado de excepción constitucional desde finales de marzo, con prohibición para circular entre medianoche y las cinco de la mañana, actualmente.

No todos los sectores se vieron igualmente perjudicados por la pandemia: mujeres, la comunidad LGTBI y pueblos originarios han padecido con creces la desprotección y el desigual acceso a la justicia, explica Zovatto. El informe indica que en estos meses ha aumentado la violencia doméstica y las brechas entre hombres y mujeres: “Las desigualdades de género se han ido ensanchando durante la pandemia, con el cierre de escuelas y las medidas de confinamiento, lo que ha incrementado la carga de trabajo doméstico de las mujeres, a lo que se le suma una participación ya desequilibrada en las tareas domésticas entre hombres y mujeres en la región”, señala In focus. De acuerdo al estudio, es probable que esto afecte la capacidad de las mujeres para permanecer en el mercado laboral, postularse a cargos públicos y participar en igualdad de condiciones en las esferas económica y política.

Entre los desafíos para la democracia en la región durante la pandemia se incluyen el aplazamiento de procesos electorales. “Hubo una postergación generalizada de elecciones de todo tipo, por atendibles razones sanitarias, pero que en su mayoría pudieron realizarse”, añade Zovatto. Pero pese a los impactos negativos de la pandemia en las democracias, afortunadamente siguen siendo mayoritarias en la región, agrega el director de IDEA Internacional, “con las excepciones de Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde los regímenes han profundizado aún más su naturaleza autoritaria”.

Es un cuadro donde no resulta extraño que las protestas sociales del 2019 estén sufriendo un rebrote que desafía hasta las restricciones sanitarias impuestas por la pandemia, como se ha visto en Colombia, de forma reciente en Argentina y en Guatemala. “La frustración en ciertos sectores más que suspenderse, parece haber estado alimentándose de nuevas razones de descontento”, comenta Zovatto que, sin embargo, ve posibilidades en esta crisis. “Existe un sentido de urgencia que puede ser aprovechado positivamente para hacer reformas largamente postpuestas para optimizar la gobernabilidad democrática y desactivar el clima de frustración reinante, aquel que se expresó en las protestas de 2019 y que abre la puerta a los populismos de distinto cuño”, analiza el politólogo argentino

 

Santiago De Chile - 18 DIC 2020 - 17:41 COT

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2020: el año más difícil para los movimientos anticapitalistas

Fue un año en el que se acumularon dificultades: desde el crecimiento de la militarización y los diversos controles estatales (materiales y digitales) hasta la imposición de confinamientos que impidieron la movilidad y acentuaron el aislamiento y el individualismo. Un cóctel opresivo y represivo como no se veíamos desde hacía mucho tiempo.

Las limitaciones impuestas a la población en general, y a la movilización en particular, sumadas al abandono de los Estados, llevaron a los movimientos a replegarse, primero, para estar en condiciones de volver a relanzar la protesta y la movilización más adelante.

El momento del repliegue fue importante para salvaguardar la salud colectiva y comunitaria, evitar contagios masivos en los territorios de los pueblos y fortalecer las autoridades propias. Las guardias de autodefensa comunitaria jugaron un papel decisivo, ya sea en áreas rurales como urbanas, destacando entre éstas los controles realizados en ciudades como Cherán y en espacios como la Comunidad Acapatzingo en Iztapalapa, en Ciudad de México.

En vastas regiones rurales el EZLN, el Consejo Regional Indígena del Cauca, los gobiernos autónomos de pueblos amazónicos, comunidades mapuche, palenques y quilombos, además de comunidades campesinas, decidieron impedir o restringir el ingreso de personas que provenían de las ciudades, como forma de regular la pandemia.

Si no lo hubieran hecho así, sobreponiéndose a la violencia estatal y paraestatal, especialmente mortífera en regiones de Chiapas y del Cauca colombiano, hubieran sufrido una severa desestabilización interna. Esa fue la condición para acotar daños y el paso previo a retomar la iniciativa hacia afuera.

Hacia mediados de año, los pueblos comenzaron un nuevo activismo que en varios casos los llevó a romper el cerco militar y mediático..

En el mes de julio la huelga de hambre de veintisiete presos mapuche sacudió a las comunidades del sur de Chile que comenzaron una oleada de movilizaciones en apoyo a los detenidos en las cárceles de Temuco, Lebu y Angol. Los huelguistas demandaban el cumplimiento del Convenio 169 de la OIT que les permite cumplir la condena en sus comunidades, que se revise la prisión preventiva y para denunciar las condiciones inhumanas en las cárceles.

A pesar de las dificultades generadas por la militarización y la pandemia, se registraron manifestaciones y concentraciones en el norte, centro y sur de Chile. Las huelgas de hambre denunciaron, además, la represión que están sufriendo los mapuche en todo el país, como la persecución contra las vendedoras de hortalizas y de cochayuyo, un alga marina altamente nutritiva.

En los primeros días de agosto se produjeron masivos bloqueos de carreteras en Bolivia en al menos 70 puntos, por grupos de campesinos e indígenas contra la postergación de las elecciones pordel gobierno golpista de Jeannine Añez. Los bloqueos fueron levantados cuando el gobierno aceptó celebrar elecciones el 18 de octubre, que ganó ampliamente el MAS con más del 55% de los votos, superando con holgura el cuestionado resultado de un año atrás.

El 30 de setiembre comenzaron manifestaciones en Costa Rica contra un acuerdo con el FMI que implica aumento de impuestos y una mayor austeridad en el gasto público. Ante la oleada de protestas, el 4 de octubre el gobierno anunció la suspensión de la negociación para abrir un ámbito de diálogo y rever la postura.

El 5 de octubre el EZLN emitió el primer comunicado desde que cerró los caracoles por la pandemia, el 16 marzo de 2020. Informan que en ese lapso fallecieron 12 personas por coronavirus y asumieron la responsabilidad, a diferencia de lo que hacen los gobiernos, y que decidieron “enfrentar la amenaza como comunidad, no como un asunto individual”. Apuestan a la movilización global contra el capital e informan que en abril de 2020 comenzarán una primera gira por Europa, que luego extenderán a otros continentes, con una amplia delegación integrada mayoritariamente por mujeres, porque “es tiempo de nuevo para que bailen los corazones, y que no sean ni su música ni sus pasos, los del lamento y la resignación”.

A fines de octubre de 2020 en Colombia se realizó la Minga Indígena, Negra y Campesina, que arrancó en el suroccidente, en el Cauca y continuó en Cali, recorrió varias ciudades y pueblos para llegar ocho días después a Bogotá. En todo su recorrido, la minga (trabajo comunitario o tequio) dialogó con poblaciones que comparten sus mismos dolores, en un país que se desangra por la violencia narco-militar-paramilitar, con cientos de líderes sociales asesinados.

La Minga hacia Bogotá, en la que participaron ocho mil personas fue escoltada por la Guardia Indígena, la Guardia Cimarrona y la Guardia Campesina, con especial protagonismo de las mujeres y los jóvenes. Fue recibida y acompañada por miles de personas que vienen luchando contra la represión de cuerpos militarizados, contra los que se levantaron en las jornadas memorables del 9 al 11 de setiembre, en las que ardieron o fueron vandalizadas decenas de dependencias policiales.

El 18 de octubre, a un año del inicio de la revuelta social de 2019, miles de chilenos volvieron a salir a las calles de Chile en conmemoración de aquella protesta. Ese día hubo 580 detenidos y un fallecido tras la represión de Carabineros.

El 25 de octubre el pueblo chileno desbordó las urnas en el referendo para redactar una nueva Constitución que sustituya a la heredada por la dictadura militar de Pinochet. El 80% de los votantes aprobó el inicio de un proceso constituyente, cuando se esperaba un resultado de un 60% a favor de la iniciativa. La movilización popular por el referendo la continuación de la revuelta iniciada en octubre de 2019 que le cambió la cara al país, deslegitimando la política oficialista neoliberal y represiva.

En Perú se produjo una notable movilización popular a raíz de la destitución ilegítima del presidente Martín Vizcarra, instalando en su lugar un gobierno corrupto considerado golpista por la población, ya que la mayoría absoluta de los parlamentarios tienen acusaciones de corrupción. En una semana de gigantescas manifestaciones, el golpista Manuel Merino debió abandonar la presidencia abriendo una coyuntura inédita en el país.

El 21 de noviembre en Ciudad de Guatemala miles se concentraron para protestar contra el proyecto de ley de presupuesto que había sido aprobado en el Congreso y que reducía los fondos destinados a la educación, el combate a la desnutrición, defensa de derechos humanos y la respuesta a la pandemia. Los manifestantes ingresaron a la sede del legislativo e incendiaron parte de las instalaciones.

Habría mucho más para relatar. Por todo lo anterior, parece evidente que los pueblos en movimiento, los movimientos sociales y anticapitalistas están lejos de haber sido derrotados por la mayor ofensiva lanzada por el sistema en décadas.

14 diciembre 2020 

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Oficinas del Banco de Francia incendiadas durante la marcha contra la nueva ley de seguridad nacional en París.GEOFFROY VAN DER HASSELT / AFP : REUTERS

Decenas de miles de personas protestan contra los límites de filmar a policías y gendarmes en varias ciudades del país. En París, algunos grupos han provocado incidentes violentos

 

Más de 100.000 personas salieron este sábado en Francia a protestar contra la ley de Seguridad Global que promueve el Gobierno de Emmanuel Macron, especialmente por el controvertido artículo 24 que prevé limitar la difusión de imágenes de los agentes de las fuerzas del orden. La protesta más masiva tuvo lugar en París, donde algunos incidentes violentos provocados por grupúsculos de extrema izquierda ensombrecieron el final de una “marcha por las libertades” convocada por periodistas, políticos de la oposición y organizaciones de derechos humanos que, pese a todo, fue mayoritariamente pacífica.

egún el Ministerio del Interior, 133.000 personas se manifestaron en todo el país. Los organizadores cifraron la asistencia en medio millón de personas. Solo en París, marcharon al menos 46.000, de acuerdo con las cifras oficiales. Otras manifestaciones con fuerte participación fueron las de ciudades como Marsella, Montpellier, Rennes o Lille, una semana después de movilizaciones más minoritarias por el mismo motivo. La parisina fue la convocatoria más concurrida y, también, la que registró algunos episodios de violencia que provocaron que la policía disolviera el final de la manifestación con gases lacrimógenos y camiones de agua. Alrededor de medio centenar de personas fueron detenidas en la capital francesa por enfrentarse a los agentes e incendiar vehículos, mobiliario urbano y hasta algunos locales comerciales, entre ellos una oficina del Banco de Francia. El ministro del Interior y principal impulsor de la polémica norma, Gérald Darmanin, informó de que al menos 37 agentes habían resultado heridos, en una nueva muestra, dijo, de “violencia inaceptable contra las fuerzas del orden”.

Las condiciones para una protesta masiva estaban dadas. El sábado amaneció fresco, pero soleado y era, además, el primer día de “aligeramiento” del confinamiento nacional, con la reapertura de comercios y la extensión del permiso de salir tres horas y hasta a 20 kilómetros del domicilio. Pero sobre todo, hervía la indignación. Los franceses han vivido los últimos días una “consternación” compartida hasta por el propio Macron, tras una sucesión de casos de violencia policial destapados por grabaciones de cámaras que han dado más argumentos que nunca contra quienes afirman que la normativa aprobada esta misma semana en primera lectura en la Asamblea Nacional es “liberticida” y favorecerá la impunidad policial. Tras el desmantelamiento violento el lunes de un campamento de inmigrantes en la céntrica plaza de la República de París —punto de partida este sábado de la manifestación capitalina—, el jueves se conoció la brutal paliza que varios agentes propinaron a Michel Zecler, un productor musical negro. El incidente fue registrado por una cámara de seguridad y por vecinos. El artículo más controvertido de la ley es el 24, que prevé penas de hasta un año de prisión y 45.000 euros de multa por difundir imágenes de policías o gendarmes con la intención de dañarles.

“Francia es el país de los derechos humanos y es normal que se proteja a la policía, pero sobreprotegerla en detrimento de la población no puede ser. Esta ley es mala”, explicaba Alexandre, un veinteañero que participó en la protesta de París con un grupo interracial de amigos. “El problema del racismo siempre ha estado ahí, pero veo que cada vez hay más gente, no solo negros, que se dan cuenta de la situación, gente de todos los estratos sociales y edades”, comentaba a su lado Césaire, un joven negro que acaba de terminar sus estudios y está buscando su primer empleo.

“No es normal que tengamos miedo de la policía, hasta yo, que soy blanca y mujer lo tengo”, decía también Lucie Lafargie, una adolescente que se manifestó con sus dos hermanas y sus padres. “En democracia no hay nada más antidemocrático que impedir filmar. Con George Floyd vimos la importancia de grabar” a la policía, acotó su madre, Marie, quien dijo sentirse “asqueada” por las escenas de racismo policial que se han denunciado en el país en los últimos meses.

La Marcha por las Libertades había sido convocada por el comité Stop la Ley de Seguridad Global, compuesto de sindicatos, asociaciones de periodistas y organizaciones de derechos humanos, entre otros. “Sin imágenes difundidas por la sociedad civil, la violencia policial quedará impune. No queremos una sociedad donde el Estado puede ver con drones y cámaras peatonales sin ser visto”, señala su manifiesto.

El cortejo parisino discurrió desde la plaza de la República hasta la de la Bastilla, donde se registraron los principales incidentes. A la manifestación de la capital asistieron representantes de sindicatos y organizaciones periodísticas, como Reporteros Sin Fronteras, así como los responsables de los principales partidos de izquierda, desde el socialista Olivier Faure, que marchó junto con el líder de los ecologistas, Yannick Jadot, al líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon o el excandidato presidencial socialista Benoît Hamon. Faure denunció la “brecha creciente” entre la policía y una parte de la sociedad, en la que “el Gobierno tiene una fuerte responsabilidad”. “El artículo 24 de la Ley de Seguridad Global ha dado una señal de impunidad a los policías violentos”, lamentó, y reclamó la retirada de “todos los artículos liberticidas” de la polémica normativa. Mélenchon llamó a una “refundación de la policía (…) para reconstruir los vínculos de confianza con la sociedad”.

Tanto el artículo 24 como el resto de la norma han sufrido ya diversas modificaciones antes de su aprobación el lunes gracias a la mayoría macronista en la Asamblea Nacional. Las imágenes de la paliza al productor musical Zecler, difundidas el pasado jueves, han provocado sin embargo una fuerte tormenta en el seno del Gobierno, cuya respuesta, proponer una comisión independiente que vuelva a redactar el artículo 24 de la ley, no ha logrado calmar los ánimos del país, como demostraron las manifestaciones de este sábado. Además, ha provocado una crisis política que ha enfrentado al Ejecutivo incluso con sus diputados, muy dolidos, al igual que otros parlamentarios, por el “cortocircuito” que sienten supuso la propuesta de que una comisión no parlamentaria revise un texto legal que está siendo trabajado aún por el poder legislativo. Finalmente, el primer ministro, Jean Castex, tuvo que dar marcha atrás el viernes y asegurar que la comisión no reescribirá la ley, pese a lo cual el malestar político tampoco se ha disipado.

Por SILVIA AYUSO

París - 28 NOV 2020 - 17:22 COT

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Domingo, 29 Noviembre 2020 06:36

Orwellianas

Manifestación contra el proyecto de ley de seguridad global, que busca limitar la posibilidad de filmar y fotografiar a agentes policiales, en Toulouse, ayer. AFP, LIONEL BONAVENTURE

EL CAPITALISMO DE VIGILANCIA Y LA DERIVA ILIBERAL EN OCCIDENTE

 

Uno de los «fenómenos típicos» que el escritor inglés había advertido en el escenario político de su tiempo es ya un elemento característico de nuestro propio siglo. Entre la oscuridad y el exceso de luz, las libertades más elementales se ven cada vez más asfixiadas por el hasta ahora irresistido crecimiento de fabulosos monopolios de la industria digital y la acción represiva de los Estados que protegen la fortaleza capitalista.

Para las condiciones en que se vive en Francia actualmente, con una segunda ola de covid-19 tanto o más arrasadora que la primera, fue mucha gente: entre 10 mil y 25 mil personas sólo en París. Y varios miles más en Marsella, Montpellier, Rouen, Le Havre y otras ciudades. Fue el sábado, y la manifestación estaba convocada por unas 60 organizaciones, entre ellas, Amnistía Internacional, la Liga de los Derechos Humanos y asociaciones de juristas y sindicatos, sobre todo de periodistas; también por grupos políticos de la oposición de izquierda y chalecos amarillos. Lo que reunía a toda esa gente era el rechazo de la Ley de Seguridad Global, impulsada por el gobierno de Emmanuel Macron, aprobada esa misma noche por el Parlamento. Una ley calificada de liberticida por los manifestantes y que se distingue de otras de similar tenor porque en uno de sus artículos, el 24, prohíbe tomar imágenes de los rostros de policías y los gendarmes durante las protestas callejeras, sobre todo, claro está, cuando están reprimiendo: repartiendo palazos, lanzando gases a altura de hombre o mujer, disparando unas balas de goma, otras llamadas LBD 40 o granadas GLI F4.

Desde hace bastante tiempo los métodos que utiliza la Policía francesa para reprimir manifestaciones no son demasiado distintos de los denunciados con profusión en los últimos tiempos en Estados Unidos. La aparición de los chalecos amarillos, hace justo dos años, llevó esa represión al paroxismo. De no haber sido por las imágenes (fotos, filmaciones) tomadas en esas manifestaciones no sólo por periodistas, sino también por participantes en las marchas y anónimos varios, poco se hubiera sabido acerca de la magnitud de la violencia policial, negada por el gobierno y algunos medios de comunicación. Y hubo en esas protestas centenares de heridos, muchos de ellos muy graves, que perdieron dedos, manos, ojos, por el tipo de armas empleadas y por la forma en que las utilizan los agentes. Poco se hubiera sabido, igualmente, de casos muy similares al del negro estadounidense George Floyd, asesinado meses atrás a manos de un policía blanco que se le sentó encima y lo ahogó, un método de «apaciguamiento de revoltosos» impartido en las escuelas de formación de policías franceses. (Tanto han enseñado los uniformados de aquel lado del Atlántico a sus pares del mundo desde sus épicas batallas coloniales en Argelia, en Indochina…)

La Ley de Seguridad Global es uno más de los dispositivos represivos adoptados últimamente en París en el contexto de la «amenaza terrorista», pero lo del artículo 24 ha sorprendido hasta a quienes niegan la deriva hacia el iliberalismo del gobierno de Macron. Lo que dispone esa norma es que cualquier persona que tome imágenes que puedan «afectar el bienestar físico o psicológico de un agente de Policía» durante manifestaciones callejeras, del tipo que sean, puede recibir una multa de 45 mil euros o una pena de un año de cárcel. En las discusiones parlamentarias, el ministro del Interior, Gérald Darmanin, dijo que el texto excluía a los periodistas, siempre y cuando se acreditaran previamente en la propia Policía para cubrir tal o cual manifestación. Las sociedades de periodistas y las direcciones de medios (desde Le Monde hasta L’Humanité) respondieron que en esas condiciones no cubrirían manifestación alguna y argumentaron que ellos mismos se valían de imágenes captadas por freelancers, documentalistas o ciudadanos de a pie.

En la manifestación del sábado una reportera del programa televisivo Envoyé spécial, que aquí se puede ver subtitulado en TV5, lo ejemplificó. Se llama Élise y dijo: «Yo hice varias investigaciones sobre la violencia policial y ahora ya no podré hacerlas. La materia prima de estos reportajes son las imágenes tomadas por amateurs, porque es muy raro que un periodista pueda captarlas justo cuando desembarca con su cámara al hombro» (Mediapart, 21-XI-20). También el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas estimó que varias de las disposiciones de la Ley de Seguridad Global atentaban contra derechos fundamentales, en especial, contra la libertad de información (Le Huffpost, 16-XI-20).

No tuvo mejor salida el ministro Darmanin que retrucar todas estas críticas con un estilo muy LUC: «Tal vez la libertad de prensa pudiera estar bajo ataque, pero los policías y los gendarmes también» (Le Monde, 20-XI-20). Y respondió, evasiva tras evasiva, cuando se le cuestionó sobre la discrecionalidad dejada a los propios policías para evaluar cuándo se está afectando su «bienestar físico o psicológico». En la manifestación del sábado, abundaron también las referencias a las pesadillas orwellianas: «Big Macron is watching you», «2020 es el nuevo 1984». Y así. Al día siguiente, Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa, declaró: «La situación aquí en Francia está pasando de un modelo de régimen autoritario a uno de vigilancia generalizada».

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De George Orwell se han popularizado sobre todo las críticas al totalitarismo, convenientemente identificadas con los regímenes de tipo soviético. Se lo ha reducido casi que a 1984 y, en todo caso, a Rebelión en la granja. En enero se cumplieron 70 años de su muerte y la ocasión se prestó para que desde las tiendas más diversas se lo intentara recuperar, incluidos referentes mediáticos de la derecha liberal, como el diario francés Le Figaro. Pero Orwell fue, antes de todo, un socialista libertario que combatió en la guerra civil española junto con los milicianos del Partido Obrero de Unificación Marxista y en su país se identificó, hasta su muerte, con una organización ubicada a la izquierda del laborismo, el Independent Labour Party. Tanto como demolió el autoritarismo de la antigua URSS y sus émulos, fustigó el liberalismo económico: pulverizó el pensamiento de su contemporáneo Friedrich Hayek, maestro de las Margaret Thatcher, los Chicago boys y los Connie Hughes del planeta entero, y en libros como El camino a Wigan Pier, a partir de crónicas sobre la vida de los mineros del norte de Inglaterra (que compartió) y la evocación de sus años juveniles en la Birmania colonizada por los ingleses, donde ejerció como funcionario del imperio, comenzó a plasmar su idea de un socialismo que conjugara «justicia y libertad». «Sentía que tenía que romper no sólo con el imperialismo, sino con cualquier forma de dominio del hombre sobre el hombre», escribió en esa obra, publicada en 1936, antes de su experiencia española. Y también: «Quería hundirme para hallarme de verdad entre los oprimidos, ser uno de los suyos y pelear contra los tiranos».

De la democracia liberal, a pesar de su admiración por el «patriotismo» y el compromiso antinazi de Winston Churchill, no pensaba nada demasiado bueno. Edwy Plenel, director del portal francés Mediapart, recordó en un artículo publicado en marzo pasado que en su prefacio de 1945 de Rebelión en la granja, «que permaneció por mucho tiempo inédito, Orwell mencionaba como “uno de los fenómenos típicos” de su época “el debilitamiento general de la tradición liberal occidental”». Esa constatación, señaló Plenel, convocante a la marcha del sábado pasado en París, «vale también, y cómo, para nuestro siglo, un siglo en el que el liberalismo político ha sido derrotado por un liberalismo autoritario que impone la ley de hierro del dinero y las mercancías y ha logrado colocar el poder estatal al servicio de una pequeña minoría de privilegiados». El traductor y docente Philippe Jaworski, que estuvo al frente de la entrada de Orwell, en octubre, a la colección francesa de La Pléiade, lo describió en distintas entrevistas como un panfletario en el mejor sentido de la palabra, «el mayor del siglo XX en su país, heredero directo de los protestantes radicales de la revolución inglesa del siglo XVII, un denunciante de escándalos y tiranías». Lo movía la búsqueda de «la fraternidad» y «lo sublevaba la opresión, el abuso de autoridad –en las colonias, contra la clase obrera–, sin olvidar las mentiras del poder político y los medios de comunicación. Había en él un sentimiento de la precariedad de nuestra humana condición y lo inspiraba una suerte de ley moral que conminaba a la rebelión aunque se supiera que todo estaba ya perdido».

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¿Qué más perdida de antemano que una revuelta contra un ogro panóptico que todo lo controla y desde la opacidad más brutal? La pregunta se la planteó la semana pasada una manifestante parisina, que, a pesar de esa sensación, ahí estaba, «porque si no, para qué mierda vivir». En la concentración del sábado, los periodistas de Mediapart desfilaron bajo una pancarta que decía: «La democracia muere en la oscuridad», aludiendo a una frase que The Washington Post comenzó a inscribir en la portada de sus ediciones digitales y en papel desde 2017, con los primeros ataques de Donald Trump a la prensa «fake». Son coincidencias de eslóganes. No es que haya muchos vasos comunicantes entre el portal izquierdizante francés y el diario liberal estadounidense cercano a los demócratas. Por ejemplo: Mediapart ha tomado abiertamente partido por todos esos whistleblowers o «lanzadores de alertas» que han revelado documentación secreta de la maquinaria de guerra y dominación estadounidenses (los Julian Assange, los Edward Snowden, las Chelsea Manning), a los que The Washington Post utilizó en su momento, pero hasta ahí nomás: cuando la Casa Blanca, el Pentágono y otras agencias apretaron las clavijas, les soltó la mano (véase «La puñalada», Brecha, 23-X-20).

Shoshana Zuboff forma parte de quienes defienden a los lanzadores de alertas. Dice que ayudan a correr los velos que imponen los «vectores del capitalismo de vigilancia», a los que identifica con el ogro panóptico orwelliano: los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft), esos gigantes digitales que mueven más dinero y tienen más poder que buena parte de los Estados del mundo. Zuboff es una investigadora que enseña en la muy liberal Harvard Business School y que, aunque no lo acuñó (la precedieron economistas marxistas), sí popularizó el concepto de capitalismo de vigilanciaLa era del capitalismo de vigilancia se titula en español su último y monumental libro, en el que expone cómo los GAFAM y afines han sido la vanguardia de un cambio de época, del pasaje del capitalismo industrial a un capitalismo digital, en el que la materia prima a explotar y extraer para convertir en mercancía ya no son la tierra, el subsuelo, los bosques, sino los propios seres humanos. «Nos han escaneado por completo, hasta el más ínfimo detalle, para incluso intentar cambiarnos la conducta», dice. Y también: «Pensábamos que usábamos a Google y las redes sociales, pero Google y esas redes nos usan a nosotros. Pensamos que sus servicios son gratis, pero esas compañías piensan que nosotros somos gratis. Pensamos que la web nos da acceso a todo tipo de conocimiento registrado, cuando, de hecho, esas empresas están extrayendo nuestra experiencia, convirtiendo nuestras vidas en datos y reclamando esas vidas como su conocimiento registrado. La mayor paradoja es que su retórica nos ha tratado de persuadir de que la privacidad es algo privado. Que decidimos cuánta información personal damos a Google o Amazon y podemos controlar ese intercambio. Pero el hecho real es que no es privada, es pública. Cada vez que doy a estas compañías algo de información personal, su interfaz les permite obtener tantos datos más de mi experiencia de los que no soy consciente. Hasta captar las microexpresiones de mi cara que predicen mis emociones y mi comportamiento, y así nutrir grandes sistemas de inteligencia artificial que son sistemas de conocimiento y poder desigual» (La Vanguardia, 10-X-20).

Zuboff apunta que esta nueva forma de depredación comenzó a ser desarrollada por Google en 2001, cuando tras el 11 de setiembre saltaron, en Estados Unidos primero y en buena parte de Europa después, todas las barreras de contención. «A las compañías de Internet ya conocidas por su asalto a la privacidad se las dejó que se desarrollaran de manera que invadieran nuestra privacidad porque las agencias de inteligencia en Estados Unidos y Europa, que no pueden recolectar esos datos, los obtendrían de ellas. Así, el capitalismo de vigilancia ha tenido 20 años para desarrollarse sin ninguna ley que lo impida y se ha hecho tan peligroso para la gente, la sociedad y la democracia», añade. China no les ha ido en zaga a las potencias occidentales. Por su propia vía, no les ha ido en zaga. Más bien que no.

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En octubre, una subcomisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos acusó a Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA) –Microsoft no figura– de monopolio. Las denunció por cobrar comisiones de usura, imponer condiciones oprobiosas y extraer datos de millones de personas sin control ni permiso alguno. Casi un año y medio le llevó a la subcomisión consultar más de 1 millón de documentos, mantener audiencias con decenas de competidores de los GAFA y armar el rompecabezas de la manera de operar de estas empresas, que ocultan en algoritmos. Las cuatro grandes transnacionales, dice el informe, «se han transformado en un tipo de monopolio que se vio por última vez en la era de los barones del petróleo y los magnates del ferrocarril» y que afecta «la diversidad de las fuentes de información y la libertad de prensa, la innovación y la privacidad»: «Controlan el mercado al mismo tiempo que compiten en él, una posición que les permite escribir unas reglas de juego para los demás mientras ellos juegan con otras o llevar adelante su propia cuasi regulación privada, que no puede ser controlada por nadie, excepto por ellos mismos». Según se consigna, su valor bursátil acumulado supera los 5 billones de dólares, algo menos de un tercio del producto bruto interno de toda la Unión Europea, y ha crecido a medida que la pandemia de covid-19 ha avanzado.

El informe fue aprobado sólo por los demócratas, pero no es para nada seguro que el gobierno de Joe Biden siga las recomendaciones de la subcomisión, que propone dividir a los GAFA en distintas unidades. Tanto al presidente electo como a su vice, Kamala Harris, se les conoce por sus vínculos con las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley (véase «Una fórmula repetida», Brecha, 21-VIII-20).

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Zuboff no es precisamente anticapitalista y cree que con controles, leyes y regulaciones se puede moralizar el funcionamiento del sistema en general y de estas empresas en especial, que se sienten más impunes que cualquier otra en cualquier otra época. «Los capitalistas de vigilancia son ricos y poderosos, pero tienen un talón de Aquiles: tienen miedo de la ley, temen a legisladores que no están confundidos ni intimidados y, en último término, les tienen miedo a ustedes», dijo ante un auditorio, en noviembre del año pasado, en Berlín (El Diario, 8-XI-19). «Tienen miedo a ciudadanos que estén listos a pedir un futuro digital que podamos llamar nuestra casa», añadió. Los lanzadores de alertas son otro de sus cucos, dijo también.

Franco «Bifo» Berardi es un septuagenario filósofo italiano que no para de reflexionar, desde hace décadas, sobre la evolución continua, y cada vez más acelerada, del capitalismo hacia el horror más absoluto y sobre cómo salir de un sistema cuyo colapso se está llevando consigo al conjunto de la humanidad. Fue también, y sigue siendo, un agitador social, un animador de medios (publicaciones, radios y televisiones asociativas) y, en cierta manera, un militante político. Su último libro, publicado en setiembre en Buenos Aires como El umbral, lo escribió desde el encierro pandémico combinando «crónicas y meditaciones» (tal su subtítulo). Hace unos años Berardi era más optimista sobre la eficacia de la «acción subversiva cuando se desarrolla en la esfera digital, cuando se infiltra en el interior de la dimensión algorítmica del capitalismo». No se hacía ilusiones con que eso bastara: sin una combinación con una «dimensión física, territorial», la rebelión desde las redes era claramente insuficiente, pero pensaba que «las acciones más exitosas en términos de sabotaje del dominio imperial han sido acciones como las de Assange y Snowden, que se desarrollan en la dimensión digital» (entrevista con Amador Fernández Savater, El Diario, 31-X-14). Hoy lo cree menos.

Lo particularmente repugnante de la persecución de Assange y Wikileaks, además de su encarnizamiento y «la violación de las reglas fundamentales de la ética de la información», es su profunda hipocresía, dice Bifo (Comune-info, 15-IV-19). «La acción de Wikileaks, irreprochable desde el punto de vista periodístico, se inspiró en el principio de transparencia. Revelar el secreto, hacer transparente la acción del poder político y militar, es el fundamento de la democracia liberal. Pero con la democracia liberal muerta esa base se está desmoronando», agrega.

El filósofo italiano está igual de convencido que el hacker australiano de que el mundo está volviendo a caer en una época de profunda oscuridad, pero esta vez «por exceso de luz». «La vieja edad oscura, que los europeos llaman Edad Media, fue un efecto de la extrema rarefacción de las interacciones sociales: el reino del silencio. La oscuridad de nuestro tiempo es, en cambio, el efecto de la proliferación ilimitada de fuentes de información y de los flujos de infoestimulantes, de la chispa cegadora de innumerables pantallas», escribe. Revelar secretos, «sacarlos a luz», será más insuficiente que nunca para reducir los daños del sistema, dice. Y en El umbral (el colapso está a la vuelta de la esquina), escribe que en los pliegues del desastre está despuntando una revolución de un tipo desconocido, sólo posible, claro, si el capitalismo no acaba antes con la civilización humana

Por Daniel Gatti

27 noviembre, 2020

Publicado enSociedad