Noam Chomsky, Yannis Varoufakis y Naomi Klein impulsan la creación de una Internacional Progresista

Una iniciativa avalada por más de 40 intelectuales 

La nueva organización nace con la vocación de "fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad".

 

DiEM25, un movimiento democrático paneuropeo transfronterizo, y el Instituto Sanders, fundado en 2017 por Jane Sanders, esposa del senador demócrata Bernie Sanders, dan a luz este lunes a la Internacional Progresista , una organización avalada por más de 40 intelectuales de todo el mundo, entre los que destacan Noam Chomsky, Naomi Klein, Yanis Varoufakis o Fernando Haddad entre otros.

El objetivo de esta iniciativa, según adelanta el diario El País, es "fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad".

DiEM25 y el Instituto Sanders, decidieron así unir fuerzas ante "el avance del autoritarismo". Los impulsores de la Internacional Progresista afirman que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y la subsiguiente crisis económica hacen obligatorio que las fuerzas progresistas del mundo se unan para defender y sostener un Estado de bienestar, los derechos laborales y la cooperación entre países, además de consolidar un mundo más democrático, igualitario, ecologista, pacífico y en el que prime la economía colaborativa.

El proyecto arranca este lunes con el lanzamiento de su web , donde cualquiera puede inscribirse como miembro, y cuenta con el apoyo y el soporte formado por más de 40 intelectuales de toda índole y condición, desde escritores hasta políticos.

Financiado exclusivamente con aportes individuales de sus miembros y donaciones, la Internacional Progresista tiene previsto celebrar un congreso en Reikiavik organizado por el partido de Jakobsdóttir, el Movimiento de Izquierda-Verde. En esta cita se planificará toda la actividad de la organización del próximo año.

 

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Walden Bello es autor de numerosos libros sobre la globalización y en 2003 recibió el Premio Nobel Alternativo.

Walden Bello, autor de “Desglobalización”

El director ejecutivo de Focus on the Global South asegura que la pandemia de covid-19 surgió en un sistema económico global ya desestabilizado en el Norte y el Sur por la ira contra las elites. En ese marco, considera que solo la izquierda y la extrema derecha están en condiciones de aprovecharla. ¿Quién será capaz de dirigir toda esa ira desatada?

 

 Del Sur hacia el Sur y de allí al mundo hay pocos pensadores tan entrañablemente lúcidos y precisos como el filipino Walden Bello. Sociólogo, director ejecutivo de Focus on the Global South, profesor de Sociología yAdministración Pública de la Universidad de Filipinas e investigador asociado del Transnational Institute, Walden Bello plantó en las espaldas de Occidente la espina de un concepto que lo haría famoso en todo el planeta y que, hoy, ha recobrado toda su enérgica legitimidad: en 2002 escribió el libro “Desglobalización: ideas para una nueva economía mundial” (Icaria editorial). El libro se convirtió en uno de los manuales del movimiento antiglobalización. El oportunismo de las extremas derechas del Norte y de algunos socialdemócratas adeptos a la soberanía hizo que las ideas de esta obra fueran literalmente saqueadas con fines electorales. El ensayo contiene muchas claves que exceden el ya indigesto catálogo de libros-diagnósticos sobre el liberalismo. Bello demostraba la enfermedad genética de una globalización que pretendía curar al mundo, la forma en que esta globalización sacrificaba el desarrollo de los países del Sur y proponía una escala de medidas reactualizadas por la pandemia que paralizó a las sociedades durante 2020. Sus ideas vuelven a resonar en todas partes, muy especialmente aquella que promueve la reorientación de las economías mediante una transferencia de la producción destinada a la exportación hacia la producción concentrada en los mercados locales. Sólo para dar un ejemplo: la falta dramática de máscaras protectoras en todo el mundo (estaban producidas en China) demuestra el acierto de su enunciado.

Walden Bello es autor de numerosos libros sobre la globalización y en 2003 fue galardonado con el Premio Nobel Alternativo. Bello es igualmente profesor Adjunto de Sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton y fue miembro de la Cámara de Representantes de Filipinas (parlamento,2009-2015). Sus últimos libros publicado en ingles (2019) son: The Global Rise of the Far Right (El ascenso global de la extrema derecha), y Paper Dragons: China and the Next Crash (Dragones de papel: China y el próximo Crash).

En esta entrevista con Página/12, el sociólogo filipino explora ese “nuevo mundo” que casi tocamos con los dedos sin que sea aún real. Robusto en sus planteos, Bello admite las posibilidades que se ofrecen sin por ello esconder los límites de una transformación que, asegura, depende de la acción de las fuerzas progresistas y de la reconfiguración del Sur como actor renovado.

--Usted dijo muchas veces que era preciso moverse hacia un sistema post capitalista. La gente siente que ha llegado el momento. Otros dudan. ¿Usted presiente que la crisis provocada por la pandemia reúne las condiciones para reconfigurarlo todo ?

---Si, pero me explico. Creo que las posibilidades que ofrece el momento, la coyuntura, son el resultado de dos cosas: la crisis objetiva del sistema y la fuerza subjetiva que puede actuar sobre esta crisis. Mi sensación es que la crisis financiera mundial de 2008 fue una profunda crisis del capitalismo, pero el elemento subjetivo aún no había alcanzado una masa crítica. Debido al crecimiento impulsado por los gastos del consumidor y financiado con deuda, la crisis sorprendió a la gente, pero no creo que se hayan alejado tanto del sistema. Hoy es diferente. El nivel de descontento y alienación con el neoliberalismo es muy alto en el Norte global debido a la incapacidad de las élites arraigadas para enfrentar el declive, mejorar los niveles de vida y tratar la desigualdad vertiginosa en los años que siguieron a la crisis financiera. En el Sur global la crisis de legitimidad ya había afectado al neoliberalismo y la globalización y sus instituciones clave, como la Unión Europea, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, incluso antes de la crisis de 2008. La pandemia del covid-19 surgió a través de un sistema económico global ya desestabilizado que sufría una profunda crisis de legitimidad. La gente tenía la sensación de que las cosas estaban realmente de fuera de control. La ira, la frustración y la sensación de que las elites y los poderes gobernantes perdieron el control, y que el sistema se fue al diablo está muy extendida hoy, en contraste con las secuelas inmediatas de la crisis de 2008. Es este torbellino, es precisamente este elemento subjetivo el que debe ser aprovechado por las fuerzas políticas. El sistema global, por supuesto, intentará recuperar la "vieja normalidad", como lo demuestra la infame teleconferencia de Goldman Sachs, cuyos participantes acordaron que no hubo una crisis sistémica inducida por covid-19 y que lo importante es garantizar una vuelta prolija al orden anterior al covid-19. Pero no hay que obligar al genio a que vuelva a la botella. Simplemente hay demasiada ira, demasiado resentimiento, demasiada inseguridad que se han desatado, y solo la izquierda y la extrema derecha están en condiciones de aprovechar esta tormenta subjetiva. Entonces, sí, el impulso es hacia un sistema post-capitalista o, en cualquier caso, post-neoliberal, y la pregunta clave es ¿ quién será capaz de aprovechar toda esa ira desatada y dirigirla ?

--Allí se teje el horizonte futuro. El fracaso de la democracia liberal para mejorar la vida de las personas y la igualdad ha llevado a la aparición de movimientos populistas en todo el mundo. En cierto sentido, la extrema derecha secuestró la desglobalización. Esta crisis ha expuesto como nunca antes la gran fractura del mundo. ¿ El escenario posterior al virus puede ser una oportunidad mucho mejor para que la extrema derecha llegue al poder?

--Desafortunadamente, es la extrema derecha la que está mejor posicionada para aprovechar el descontento global porque, incluso antes de Covid-19, los partidos de extrema derecha ya eran elementos claves de las posiciones y programas anti neoliberales promovidas por la izquierda independiente. Por ejemplo, la crítica de la globalización, la expansión del "estado de bienestar" y una mayor intervención estatal en la economía. Lo que hizo la extrema derecha fue plantearlos como un paradigma propio. En Europa, los partidos de derecha radical abandonaron parte de los viejos programas neoliberales que abogaban por una mayor liberalización y menos impuestos que habían apoyado y se pusieron a decir que estaban a favor del Estado de bienestar y de una mayor protección de la economía nacional ante los compromisos internacionales. Pero claro, sólo en beneficio de las personas con el "color de piel correcto", la "cultura correcta", la población étnica "correcta", la "religión correcta". Esencialmente, es la vieja fórmula "nacional socialista" inclusiva de clase, pero racial y culturalmente excluyente. La extrema derecha oportunista está, desafortunadamente, por delante de la izquierda en este momento. El amplio movimiento progresivo tendrá que moverse más rápido y asegurarse de que los socialdemócratas desacreditados en Europa y los demócratas de Obama y Biden en los Estados Unidos no vuelvan a canalizar la política hacia un nuevo compromiso con un neoliberalismo moribundo. Si esto sucede, entonces esa escena escalofriante que aparece en la película Cabaret, donde la gente común que apoya a los nazis canta "El futuro nos pertenece", casi con seguridad se hará realidad.

--La izquierda tiene muchas ideas, pero no está unida. Además, si la crisis demostró la importancia de las ideas de la izquierda, no hay líderes legítimos para llevarlas a cabo. En resumen: ¿ cómo crear la base que la convertirá en una fuerza material ?

---Este es el desafío. Nosotros, en la izquierda, tenemos una gran cantidad de ideas, pero una pobreza de estrategias políticas y líderes unificadores eficaces. Y allí donde hay personalidades carismáticas estas parecen estar principalmente a la derecha. Sin embargo, estoy seguro de que estas estrategias y personas surgirán en el seno de la izquierda. La dinámica del cambio histórico inevitablemente producirá esto, y algunas veces en las circunstancias más improbables. Las únicas preguntas son quién, cómo, dónde y cuándo, y si esto surgirá en esta generación. Los progresistas tienen una serie de buenas ideas y estrategias desarrolladas en las últimas décadas sobre cómo avanzar hacia un sistema pos capitalista. La izquierda plantea paradigmas como descrecimiento, desglobalización, ecofeminismo, soberanía alimentaria y "Buen Vivir". El problema es que estas estrategias aún no han encontrado una base masiva, y una gran parte del problema radica en el hecho de que las personas asocian la izquierda con la izquierda centralizada, es decir, los socialdemócratas en Europa y, en los Estados Unidos, el Partido Demócrata. Ambos estaban implicados con el viejo sistema neoliberal al que presentaban con un "rostro humano". En el Sur global, los gobiernos democráticos liberales que suplantaron las dictaduras en la década de 1980, muchos de ellos dirigidos por coaliciones que incorporan progresistas, también han sido desacreditados debido a su adopción de medidas neoliberales, mientras que la "Marea Rosa" en América Latina se topa con sus propias contradicciones, y los estados comunistas en el este de Asia se han convertido en sistemas capitalistas de estado. Pero creo que no podemos descontar a la izquierda. La historia tiene un movimiento dialéctico complejo y a veces hay desarrollos inesperados que conducen a resultados progresivos o regresivos. Permítanme decir esto, aunque la situación no parece tan buena para los progresistas en este momento, estoy seguro de que nuestro equipo ganará al final. La Segunda Guerra Mundial no terminó en Dunkerque, aunque, en ese momento, parecía que todo apuntaba a una victoria alemana.

--Tampoco puede excluirse una nueva alianza entre las clases medias y formas más autoritarias de liberalismo, tal y como sucedió en Chile en la década de los 70, con el único propósito de no perder privilegios.

---Sí, por supuesto, esta es una posibilidad. Al mismo tiempo, el modelo chileno de una alianza de clase media-elite basada en un programa neoliberal clásico ya no podría ser una opción. Una nueva alianza autoritaria probablemente tendría que incluir a grandes sectores de las clases bajas para tener un grado significativo de legitimidad, y esta incorporación de las clases bajas podría lograrse haciendo algunas concesiones económicas paternalistas y dirigiendo las energías de la alianza contra las minorías y los migrantes. Desde India, donde el BJP (partido en el poder) está creando un estado anti musulmán hasta Filipinas, donde los consumidores de drogas son chivos expiatorios de los males de la sociedad, hasta Europa y los Estados Unidos, donde los migrantes son el foco del odio de la mayoría blanca "inclusiva solo para su clase", esto es lo que está pasando.

--Usted acuñó la palabra desglobalización en su libro, "Desglobalización: Ideas para una nueva economía mundial". ¿ Siente en este momento que las condiciones son mejores para hacer realidad esa desglobalización teorizada en el libro ?.

---Sí, por ejemplo, la locura de las cadenas de suministro mundiales demostró que era completamente inoperante durante la crisis del coronavirus. Debido a los cálculos neoliberales basados ​​en la reducción del costo unitario de producción, las élites corporativas, con el consentimiento de sus gobiernos, transfirieron gran parte de sus instalaciones industriales a China, de modo que cuando la producción china se detuvo durante la crisis de covid-19, muchos países carecían de componentes industriales claves y descubrieron que incluso producir máscaras y otros equipos de protección del personal era algo de lo que ya no eran capaces. Al mismo tiempo, la interrupción inducida por covid-19 de la cadena de suministro agrícola mundial amenaza con una hambruna generalizada. En varios países del Norte global y del Sur global se ha permitido que sus sectores agrícolas locales se marchiten. Entre el 30 y el 50 por ciento de los alimentos que se consumen en China, el sudeste asiático y América Latina ahora no se producen localmente, sino que son suministrados por cadenas de suministro agroalimentarias mundiales y regionales. Creo que habrá un movimiento hacia una mayor autosuficiencia en la producción industrial y agrícola. La pregunta es si tales estrategias serán desarrolladas por regímenes de derecha o gobiernos progresistas.

--De los quince pilares incluidos en su concepto de desglobalización, ¿ cuáles cree que son más urgentes de ahora en adelante ?.

---Creo que lo más urgente es la reorientación de la producción hacia el mercado interno y desvincular la producción local de las cadenas de suministro mundiales a través de una política comercial progresiva, una política industrial agresiva y una política agrícola que promueva la autosuficiencia alimentaria y la soberanía alimentaria. Nuevamente, es importante que tales políticas sean emprendidas por progresistas y no por nacionalistas de derecha que las utilizarán principalmente para servir a los intereses del grupo étnico y cultural dominante contra las minorías y los migrantes.

--¿ Qué podría reemplazar a la globalización como el nuevo prototipo después de la pandemia de Covid-19 ? En una entrevista reciente de Página/12 con el sociólogo francés Michel Wieviorka, el intelectual dijo: "lo peor será peor y lo mejor será mejor".

-–Se trata ahora de una carrera entre una desglobalización progresista y una regresiva, nacionalista. En el caso de la primera, "lo mejor será mejor". Si gana el segundo, estoy de acuerdo con Wieviorka en que "lo peor será peor".

 --En su idea de desglobalización, usted no propuso que los países se aparten de la comunidad internacional, sino la construcción de un modelo alternativo. ¿ Esta crisis cambia su propia perspectiva de ese modelo ?

--Incluso después de la pandemia y en un proceso de desglobalización, será importante una interacción creativa con la comunidad internacional. Como siempre he dicho, la desglobalización no se trataba de desvincularse de la economía internacional, sino de lograr una relación equilibrada entre la economía local y la economía internacional en la que la integración de la economía nacional no se sacrificara en el altar de la integración liderada por las empresas de diferentes partes del mundo. No se puede sacrificar la economía nacional por una economía globalizada. Un alto grado de autosuficiencia en la producción agrícola e industrial es una característica clave de la economía nacional. Pero este es solo un aspecto del paradigma de la desglobalización. También sería importante la promoción radical de la igualdad, que es crítica tanto por razones de justicia social como por la expansión de la demanda interna. Urge la democratización de la toma de decisiones económicas desde la cumbre del Estado hasta la fábrica y la elaboración de una relación benigna entre la economía y el medio ambiente, que a veces se llama el "nuevo acuerdo verde".

--La Argentina fue el último país del mundo en sufrir el brutal asalto del híper liberalismo y la globalización entre los años 2015 y 2020. Luego, el gobierno cambió. Para países como Argentina y, en general, para los países del Sur, ¿ representa esta crisis una nueva oportunidad para recuperar su soberanía, su posición en el mundo y su identidad?

--Sí, por supuesto, pero como dije anteriormente, estas oportunidades surgirán de la dialéctica y la sinergia entre la crisis objetiva y la respuesta a la crisis proveniente de grupos e individuos progresistas. El problema es que, incluso con las mejores intenciones, no se puede forzar la aparición de lo nuevo dentro de lo viejo. Las cosas pasan. A veces uno solo tiene que ser paciente. Pero cuando las estrellas comienzan a alinearse, entonces el tiempo lo es todo. ¿ Es el covid-19 el equivalente de la Primera Guerra Mundial, o sea, ese momento histórico donde todo se desmoronó y los gobernantes ya no podían gobernar de la misma manera antigua, para usar la frase de un famoso revolucionario ?. Tal vez. Y debemos recordar que de esa crisis anterior surgieron tanto el socialismo como la barbarie, por citar a Rosa Luxemburgo.

--Hace décadas que se sueña con un New Deal interno al Sur. Ha quedado en eso, en un sueño.

---Quizás ocurra, quizás no. Una cosa que no debemos olvidar es que la crisis del neoliberalismo y la globalización, junto con el deterioro del conflicto entre China y los Estados Unidos, podría crear ese espacio de maniobra para los países del Sur que ya existía antes de 1989 debido al conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ese conflicto fue una de las condiciones para las victorias de los movimientos de liberación en Vietnam, Cuba, Mozambique, Angola, Guinea Bissau. De allî también nació el Movimiento de Países No Alineados después de la conferencia Bandung y surgió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) bajo la inspiración del gran economista argentino Raúl Prebisch. La solidaridad del Sur global, que siempre se ha sentido en todos los países y diferentes regímenes, nació durante ese período.

--Después de la crisis financiera de 2008-2009, la pandemia de covid-19 es la segunda gran crisis de la globalización en este Siglo. Pero ya antes de esta crisis, en Argentina, Ecuador, Chile, Francia con chalecos amarillos, Argelia, Líbano, Irán o Hong Kong, habíamos visto el renacimiento de un sujeto social globalizado. Esos movimientos de protesta global podrían ser una de las fuerzas de transformación en el mundo ?

 --Sí definitivamente. Estas son algunas de las fuerzas que me dan esperanza sobre el eventual triunfo de la izquierda. La sed de la gente por la justicia y la igualdad siempre saldrá a la superficie. Lo importante es asegurarse de que sea la izquierda la que lidere estas luchas y que la derecha no secuestre y pervierta estas energías que brotan desde abajo para su agenda autoritaria oportunista como lo ha hecho en Europa, India, Estados Unidos y Filipinas.

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Sábado, 09 Mayo 2020 06:12

Visiones de un mundo post-Covid-19

Visiones de un mundo post-Covid-19

Mientras la mayoría de nosotros sigue en casa, el planeta continúa su proceso de calentamiento: los hielos polares se funden, los océanos se acidifican, los glaciares desaparecen y el nivel del mar aumenta. Plantas, animales y humanos continúan siendo desplazados de sus hábitats naturales. La vida sigue en nuestro invernadero climatológico, pero ahora nuestra atención se centra en una especie microbiana concreta entre un billón.

Las infecciones zoonóticas, agudizadas por un urbanismo acelerado que está acabando con las restantes tierras salvajes del planeta (y mezclando por vez primera fauna y humanidad), son un aliado sintomático del calentamiento global. La pandemia de Covid-19 es la última manifestación de “La Gran Aceleración”, la era de expansión sin precedentes de la humanidad que se inició tras la Segunda Guerra Mundial y ha continuado este siglo, propulsada por las nuevas tecnologías y una utilización tremendamente generalizada de la energía fósil. Ahora, como consecuencia de la globalización, las infecciones se propagan con rapidez a través de aerolíneas que queman queroseno y barcos de crucero y buques de mercancías que queman gasóleo potenciados por el comercio global y las rutas turísticas.

Acostumbrados a los incendios, las inundaciones, la sequía, las temperaturas extremas, las malas cosechas, la desertificación y la mayor incidencia de huracanes y tormentas, bien por experiencia directa o, más a menudo, por los informativos, la relación entre la quema de combustibles fósiles y el calentamiento global ha penetrado por fin en la conciencia humana, aunque algunos individuos continúen negando su existencia. Ahora es el momento de que esa conciencia se amplíe para incluir las conexiones entre los combustibles fósiles y las pandemias virales.

Desde que empezaron a utilizarse modelos climáticos informatizados, a mitad de la década de los 70, es científicamente irrefutable que el aumento de los niveles de CO2 está calentando el planeta de un modo que amenaza la vida. Durante ese periodo de casi cincuenta años, como individuos, comunidades, naciones y organizaciones internacionales, hemos permanecido de brazos cruzados. Las acciones para su mitigación han brillado por su ausencia, y el vacío solo se ha visto interrumpido por promesas incumplidas, traiciones, fútiles artimañas burocráticas y la negación absoluta de la necesidad de llevar a cabo dichas acciones.

Esta primavera ha tenido lugar otra vuelta de tuerca en esta saga descorazonadora y agobiante. Mientras, por necesidad, permanecemos en casa, habituados a décadas de caminar sonámbulos hacia el apocalipsis climático, los cielos se han limpiado, el precio del barril de petróleo ha caído hasta niveles negativos (ha repuntado hasta los 20 dólares cuando escribo este artículo) y se prevé una reducción global del 8 por ciento en las emisiones de carbono para este año. Como en un sueño, hemos comprobado de manera directa las consecuencias de nuestro consumo desaforado de combustibles fósiles. Desde el punto de vista del calentamiento global, nuestro aislamiento social ha sido enormemente eficaz: los perniciosos hábitos de explotación, extracción y destrucción de hábitats, necesarios para mantener el crecimiento de la economía, han quedado en suspenso. Se ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo menos contaminado, con menos viajes, con menos calentamiento acelerado, aunque también ha quedado de manifiesto la imperecedera vulnerabilidad humana ante las enfermedades virales.

Si bien es cierto que la pandemia global ha puesto en peligro la vida de todos nosotros, los grupos más vulnerables son los ancianos, los enfermos, los obesos, los que tienen problemas económicos, viviendas inadecuadas o carecen de vivienda, las minorías, las personas recluidas y todos aquellos que viven en tierras gobernadas por ineptos y corruptos. En todo el mundo, las comunidades de primera línea que sufren los impactos “primeros y peores” del calentamiento global son también las más devastadas por el Covid-19. Sin embargo, desde un punto de vista biológico, el virus del SARS-CoV-2 no ejerce ningún tipo de discriminación a la hora de propagarse. La riqueza y las circunstancias solo pueden ofrecer ciertos niveles de protección. Como puede comprobarse por las necrológicas diarias, ninguno de nosotros está a salvo. A pesar de todos aquellos expuestos a un nivel máximo de riesgo debido a la desigualad de sus vidas, nuestra humanidad común queda de manifiesto por la vulnerabilidad que compartimos frente a este virus mutado procedente de un murciélago.

Recapitulemos: la respuesta de la sociedad ante la pandemia ha ralentizado el ritmo frenético de la actividad económica, en gran parte impulsada por el bono energético “de un solo uso” de la biomasa fósil extraída del subsuelo iniciada a mitad el siglo XIX pero acelerada en un frenesí sin precedente desde la década de los 50. Este alivio ha moderado las consecuencias climatológicas no deseadas de una atmósfera cargada de carbono. La riqueza propiciada por el capital procedente del petróleo ha sido distribuida de un modo tremendamente desigual. Ha caído en manos de los ricos (que ya lo eran anteriormente gracias a la posesión de tierras, herencias y –en EE.UU. y socios comerciales– por la esclavitud) y ha agravado las tremendas desigualdades de poder, recursos y bienestar institucionalizadas en su origen en las sociedades feudales y posteriormente extendidas por todo el mundo mediante el proceso de colonización y conquista.

El subtexto del calentamiento global queda así en evidencia como el desfase cada vez mayor entre los obscenamente ricos y los pobres que crea como una metástasis. La presente intervención microbiana ha resultado ser un punto de inflexión tanto en el calentamiento global como en la disparidad de riqueza. Cuando todavía estamos envueltos en la crisálida del aislamiento social y pasmados por el súbito parón de la actividad económica, es momento de reflexionar sobre la forma que asumirá la sociedad cuando se recobre de estos cambios sin precedente. Jason Moore, en su libro Capitalism in the Web of Life (2015), escribe que “las civilizaciones no se crean mediante acontecimientos tipo Big Bang, sino que emergen a partir de una serie de transformaciones y bifurcaciones en cascada de la actividad humana…” Sugiere también que el capitalismo “…emergió del caos producido por la crisis histórica de la civilización feudal originada por la “peste negra” (1347-1353)”. ¿Qué nacerá tras la pandemia del Covid-19?

En general, dos son las visiones más habituales. La primera sería favorable a un retorno del statu quo anterior, una restauración de los antiguos males que continúen beneficiando a una pequeña minoría confiada en su habilidad para aguantar el cataclismo climático venidero y escapar de las próximas plagas. La otra observa el potencial de las “transformaciones en cascada” que podrían posibilitar una mayor igualdad, más oportunidades y un mayor bienestar para la mayoría de personas en un mundo que renuncie a los combustibles fósiles, modere los impactos del calentamiento global y abandone su feroz destrucción de hábitats y su concomitante exposición a nuevas enfermedades zoonóticas. La historia reciente nos indica que la primera de las visiones será la que prevalezca. El momento de claridad y conciencia respecto al clima pasará y los progresistas continuarán frotándose las manos, eso sí, ahora cuidadosamente lavadas.

Probablemente Estados Unidos y otros países del primer mundo reactivarán sus economías siguiendo el modelo empleado para rescatar a la banca en 2008, tras el crack causado por el colapso de los créditos hipotecarios subprime. Se revitalizarán las viejas industrias pesadas dependientes de los combustibles fósiles, se resucitará a las aerolíneas, se dará un empujón a la agroganadería industrial, se salvará de la bancarrota al sector del automóvil, se revivificará a la industria petrolera y se alumbrará una nueva era de desregulación, todo ello con la justificación de la crisis económica.

George Monbiet, en su columna semanal sobre medio ambiente en el Guardian señala:

“Esta es nuestra segunda oportunidad para hacer las cosas de otro modo. La primera, en 2008, fue espectacularmente malgastada. Se destinó una ingente cantidad de dinero público a reconstruir la vieja y sucia economía al tiempo que se aseguraba que la riqueza siguiera en manos de los ricos. Actualmente muchos gobiernos parecen decididos a repetir el mismo error catastrófico”.

En Estados Unidos tenemos claro que Trump mantendrá a flote la economía zombi con ingentes cantidades de dinero público y celebrará el mínimo destello de vida a medida que recupere sus hábitos de crecimiento y de contaminación y continúe con la propaganda que nutre nuestra búsqueda de identidad y sentido social mediante el consumo. El Club de Roma, el distinguido grupo de expertos internacional que publicó en 1972 su informe seminal, Los límites del crecimiento, sugiere una alternativa:

“El Covid-19 nos ha enseñado que es posible realizar cambios transformativos de la noche a la mañana. De repente está naciendo un mundo diferente, una economía diferente. Se trata de una oportunidad sin precedente para abandonar el crecimiento ilimitado a cualquier coste y la vieja economía de los combustibles fósiles y lograr un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”.

En Países Bajos, más de setenta académicos han firmado el documento “Cinco propuestas para un modelo de desarrollo post-Covid-19”. La web de la Universidad de Leiden, donde se originó dicho documento, está de momento desconectada, puede que haya sido hackeada o que haya sufrido una sobrecarga. Su primera propuesta hacía un llamamiento para alejarnos del crecimiento centrado en el PIB agregado y sugería que debería aplicarse un decrecimiento de los sectores extractivos y publicitarios, al tiempo que se estimulaba un crecimiento en los sectores de salud, educación y energías limpias. La segunda recomendaba la implantación de una renta básica universal financiada con un sistema tributario progresivo, además de reparto del trabajo y una reducción de la semana laboral. La tercera propuesta es una transformación regenerativa de la agricultura, la producción local de alimentos y salarios justos para los obreros agrícolas. La cuarta se centra en la necesidad de reducir los viajes y el consumo despreocupado, y su quinta propuesta es el perdón de la deuda a estudiantes, trabajadores, pequeños empresarios y a las naciones empobrecidas del Sur global.

La típica lista de deseos de la agenda progresista satisfaría de hecho el llamamiento del Club de Roma a “un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”. El crecimiento ilimitado solo puede terminar en lágrimas, pero nuestros dirigentes son adictos a un modelo económico expansionista que sigue dependiendo de los combustibles fósiles. Las circunstancias extraordinarias de esta pausa global mientras el SARS-CoV-19-2 campa a sus anchas por el planeta nos ha proporcionado, entre las terribles realidades de la enfermedad y la muerte, la visión momentánea de un mundo más sensato, más sano y más fresco.

Por John Davies | 09/05/2020  

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/05/08/visions-of-a-post-covid-19-world/

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Elon Musk afirma que los humanos "ya son en parte un 'cyborg'" y el lenguaje hablado podría pronto ser obsoleto

En cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual, dijo el empresario.

 

Al hablar allí sobre el desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial, el fundador de Tesla y SpaceX sostuvo que una tecnología 'Neuralink' –un dispositivo que funciona con baterías y que se implanta directamente en el cráneo– podría lanzarse el próximo año, y potencialmente "arreglar casi todo lo que funciona mal en el cerebro". Además subrayó que, aparte de ayudar eso a curar trastornos como la epilepsia, el lenguaje humano podría quedar obsoleto gracias a esa nueva tecnología.

"Serías capaz de comunicarte muy rápidamente y con mucha más precisión. No estoy seguro de lo que le pasaría al lenguaje", dijo, explicando que los seres humanos "ya son en parte un 'cyborg', o un 'simbionte' de la inteligencia artificial", cuyo 'hardware' solo necesita una actualización.

Musk concluyó que, en el "mejor de los casos", en cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda, si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual. Sin embargo, destacó que algunos todavía podrán elegir expresarse oralmente por "razones sentimentales", aunque los "sonidos de la boca" no sean más que un vestigio del pasado.

Publicado: 8 may 2020

Pesimismo de Agamben y América Latina
Cierra el círculo de su pesimismo al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.
 

El filósofo italiano Giorgio Agamben es probablemente el analista que con mayor profundidad está exponiendo los mecanismos de dominación actuales, exacerbados durante la pandemia. Ha definido la forma de gobernarnos como un «estado de excepción permanente», a lo que añade que «el campo de concentración y no la ciudad es hoy el paradigma político de Occidente» [En “Estado de excepción” y “El poder soberano y la nuda vida”, respectivamente].

Llega más lejos aún cuando sostiene que «desde los campos de concentración no hay retorno posible a la política clásica», entre otras razones, porque el poder ha arrebatado los rasgos que diferenciaban al cuerpo biológico del cuerpo político. Algo que está resultando evidente durante el confinamiento global decretado por los poderosos, al reducirnos a cuerpos incapaces de hacer política, actividad que requiere del espacio público y del contacto humano.

Acuñó el concepto de «nuda vida» (vida desnuda, sin atributos) para analizar cómo el poder nos trasmuta de ciudadanos en «comatosos»: seres en coma que no hacen otra cosa que respirar, son alimentados, están «como si» vivieran, zombies como el «musulmán» en la jerga del campo de Auschwitz, nombre con el que los confinados se referían a aquellos que habían perdido la esperanza y se entregaban inertes a su destino, sin la menor resistencia [En “Lo que queda de Auschwitz”].

Encuentro el análisis de Agamben muy pertinente para describir una situación en la que toda resistencia parece, casi, imposible. Resulta, sin embargo, tan lúcido como demoledor. En la entrevista que abre la edición argentina de “Estado de excepción”, Agamben es consultado si «ante la expansión totalitaria a escala global», se puede apostar por la negatividad, el silencio y el éxodo. Su respuesta lo lleva a indagar en la historia europea, como no puede ser de otro modo, en particular en la relación entre el monaquismo (la vida en monasterios) y el imperio romano, y sus formas de resistencia a los poderes establecidos.

«El éxodo del monaquismo se fundaba de hecho sobre una radical heterogeneidad de la forma de vida cristiana», razona Agamben, para rematar: «Hoy el problema es que una forma de vida verdaderamente heterogénea no existe, al menos en los países de capitalismo avanzado». De este modo, cierra el círculo de su pesimismo, al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.

En América Latina, luego volveré sobre Europa, las resistencias que asombran al mundo y nos llenan de esperanza, surgen y se sostienen, precisamente, en las formas de vida heterogéneas. En las hendiduras que los pueblos han abierto en la dominación, en esas rugosidades creadas por las resistencias durante cinco siglos (de los pueblos originarios y negros, de los campesinos y los pobres urbanos); fisuras dilatadas por las nuevas resistencias (protagonizadas por los feminismos y las rebeldías juveniles).

El sociólogo peruano Aníbal Quijano, consideró que uno de los rasgos distintivos de América Latina es la «heterogeneidad histórico-estructural de las relaciones capital-trabajo». Entiende que existen cinco formas de trabajo articuladas al capital: el salario, la esclavitud, la servidumbre personal, la reciprocidad y la pequeña producción mercantil, denominada «informalidad» por el Estado y «economía popular y solidaria» por quienes lo resistimos.

Los pueblos, sectores sociales, clases y géneros que hoy resisten y crean mundos nuevos, están enraizados en territorios diversos y heterogéneos respecto a los espacios homogéneos del agronegocio y la especulación inmobiliaria. No son pocos, ni marginales, ni secundarios.

Pongamos el caso de Brasil. Las tierras de los pueblos originarios suman 110 millones de hectáreas, a las que se deben sumar otros 100 millones de las unidades territoriales de conservación, bajo control de poblaciones tradicionales (recolectores de látex, pescadores, ribereños, quebradoras de coco, comunidades de pastoreo, entre otras). Además de 88 millones de hectáreas de asentamientos de reforma agraria, 40 millones propiedad de quilombos reconocidos por el Estado y 71 millones de hectáreas de pequeños establecimientos campesinos (con menos de 100 hectáreas).  En base a estos datos, el informe 2018 del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica, asegura que el 40% del territorio brasileño «es usado de forma directa por grupos que escapan al control de las oligarquías latifundistas» (https://bit.ly/38xVaC7).

En las ciudades estos espacios en disputa son menores, pero en absoluto inexistentes como lo mostró el campamento del Movimiento Sin Techo, “Povo Sem Medo”: 8 mil familias acampadas siete meses, en plena ciudad, hasta conseguir tierra para construir viviendas (https://bit.ly/2y5dc1S).

Las resistencias que se visibilizan durante la pandemia se asientan en comunidades y mercados, en prácticas de trueque y rituales de armonización, en trabajos colectivos que multiplican alimentos y cuidados en torno a fogones y ollas populares. Mundos trenzados por valores de uso, en base a relaciones que mantienen a raya la acumulación y el despojo. Prácticas que engendran mundos nuevos que, a su vez, resisten creando.

Desde la crisis de 2008, en Italia, Grecia y el Estado español se multiplican huertas y espacios colectivos, haciendas y fábricas recuperadas, y hasta barrios enteros como Errekaleor en Vitoria. Inmigrantes, pobres urbanos y personas desechadas por el capital por «improductivas», enseñan que el viejo continente ya no es un mundo homogéneo, aplastado por la racionalidad capitalista.

La crisis de ayer y el colapso de hoy, nos permiten acercar y enhebrar las formas de vida que no caben en sus negocios ni en sus urnas. Si la humanidad emerge de este colapso conservando rasgos humanos no antropocéntricos, será en buena medida por las formas de vida alternas que los pueblos han sabido conservar y reproducir, como fuegos sagrados, en sus territorios de vida.

2020/05/03

Publicado enPolítica
Martes, 05 Mayo 2020 06:33

Nuestro Green New Deal

Nuestro Green New Deal

El colapso provocado por la pandemia abrió un portal para discutir el futuro en Argentina y en el mundo. Si ya no podemos pretender el “retorno a la normalidad”, ¿cómo construir una agenda capaz de poner en jaque a un capitalismo que solo propone más desigualdades y caos? En este ensayo, Maristella Svampa y Enrique Viale proponen un Gran Pacto Ecosocial y Económico con cinco puntos fundamentales para encontrar una salida alternativa a esta crisis.

Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias todavía inciertas envuelven las diferentes esferas de la vida. La pandemia ha desnudado y agudizado las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Hoy se vuele necesario retomar aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables para encontrarle una salida diferente a esta crisis. Como pocas veces, la pandemia nos impulsa a dejar de mirar el Estado, los mercados, la familia, la comunidad, con lagañas tradicionales. A la luz de nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, como seres inter y ecodependientes, debemos repensar en una reconfiguración integral, esto es, social, sanitaria, económica y ecológica, que tribute a la vida y a los pueblos.  

Así, la capacidad del Estado, que hoy aparece como fundamental para superar la crisis a nivel global y nacional, debe ser puesta al servicio de un gran Green New Deal o Gran Pacto Ecosocial y Económico para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria. Lo peor que podría suceder es que, en su propósito de volver a crecer económicamente, el Estado apunte a legislar contra el ambiente, acentuando la crisis ambiental y climática, así como las desigualdades Norte-Sur y entre los diferentes grupos sociales. Hay que entender de una vez por todas que las Justicias Ecológica y Social van juntas, que no sirve una sin la otra. 

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales del Pacto Ecosocial y Económico a debatir: un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica. 

  1. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que le abra la posibilidad de una vida digna. Para acceder a este Ingreso universal o Renta básica, impulsado históricamente en nuestro país por el economista Rubén Lo Vuolo y ciertas organizaciones sociales, no se requiere ninguna otra condición personal que la de existir, y con ello, la de ser ciudadano. A diferencia de las políticas sociales focalizadas y fragmentarias que se han venido implementando en la región latinoamericana y en nuestro país en las últimas décadas, el Ingreso Universal Ciudadano está desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza (como sucede con los planes sociales focalizados) ni el clientelismo, y pretende garantizar un piso suficiente para el acceso a consumos básicos. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global, así como lo está la propuesta de reducir la jornada de trabajo estableciendo un límite de, al menos, entre 30 y 36 horas semanales, sin disminución salarial. Entre otros beneficios, esto último no solo mejoraría la calidad de vida de los y las trabajadoras sino que permitiría la creación de nuevos puestos de empleos para cubrir las horas reducidas. Pero, además, una apuesta al reparto de tareas implicaría afrontar proactivamente la realidad de la automatización de los procesos de producción y el avance de la sociedad digital, sin tener que multiplicar por ello la desocupación y la precarización del empleo.
  2. La implementación del Ingreso Universal no solo pone en el centro de la escena la cuestión de la ciudadanía sino también la necesidad de contar con sistemas impositivos progresivos, como base para su factibilidad y buen funcionamiento. No hay que olvidar que nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo, basado en los impuestos indirectos o al consumo (como el IVA) y un impuesto a las ganancias (incluyendo el impuesto al salario) que golpean sobre todo a los sectores medios y bajos. Los grandes patrimonios, las herencias, los daños ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país. Como afirma José Nun, ex secretario de Cultura, quien hace tiempo viene tallando en estos temas, “esta vía exige una reforma impositiva profunda, cuyo significado e importancia deben instalarse en la conciencia colectiva para distinguirla de los parches y remiendos que hoy reciben ese nombre”. Así, el segundo eje del Pacto Ecosocial y económico no solo apunta a un necesario impuesto a las grandes fortunas que coadyuve a afrontar el costo de la crisis. También es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure desde la base el actual sistema fiscal en todas las jurisdicciones, en un sentido equitativo, y que incluya desde el impuesto a la herencia erradicado de un plumazo por Martínez de Hoz durante la última dictadura militar, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. 

No podemos tolerar que, tal como ya sucedió a nivel global con la crisis financiera de 2008, el Estado salga a socorrer a los bancos y entidades financieras y terminen siendo los más vulnerables quienes financien esta crisis. La concentración de la riqueza a la que asistimos en esta fase del capitalismo globalizado y neoliberal es solo comparable con aquella propia del capitalismo desregulado de fines del siglo XIX y principios del XX. Mientras tanto, aunque la pobreza haya disminuido, según los períodos y las sociedades, las desigualdades aumentaron, tanto en el Norte como en el Sur global. Según datos de la organización Oxfam, el 1% más rico de la población mundial posee más del doble de riquezas que 6900 millones de personas: casi la mitad de la humanidad vive con menos de 5,50 dólares al día. En materia ecológica, los datos también escandalizan: solo 100 grandes empresas transnacionales son responsables del 70% de los gases de efecto invernadero a nivel global. 

  1. En momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. No hay que ser radical ni heterodoxo en materia política y económica para darse cuenta de ello. En las economías desarrolladas la deuda total –hogares, empresas, gobierno- representa el 383% del PBI. En las economías emergentes, es del 168%. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. Y mucho menos, tampoco, en una situación de casi default provocada principalmente por los préstamos contraídos por la gestión anterior, que solo sirvieron para fugar dinero y sostener déficits fiscales que no beneficiaron a los sectores más vulnerables. Hace unas semanas, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) propuso un nuevo Plan Marshall que libere 2,5 billones de dólares de ayuda a los países emergentes, e implique el perdón de las deudas, un plan habitacional en servicios de salud, así como programas sociales. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse incluso un jubileo de la deuda, hoy aparece como viable y plausible.
  2. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas. Una vez superada la pandemia, tanto a nivel global como nacional, la recuperación de la economía debería priorizar tanto el fortalecimiento de un sistema nacional de salud y de cuidados, que exige un abandono de la lógica mercantilista, clasista y concentradora, generadora de ganancias para los monopolios farmacéuticos, y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado, así como el equilibrio y el cuidado de la Madre Tierra.

Vinculado con los problemas en la salud de la actual pandemia, recordemos que los virus más recientes–como el SARS, la gripe aviar, la gripe porcina y el Covid 19- están relacionados con la destrucción de hábitats de especies silvestres para plantar monocultivos a gran escala. Es necesario dejar el discurso bélico detrás, asumir las causas socioambientales de la pandemia y colocarlas en la agenda política-estatal para responder así a los nuevos desafíos. En esa línea, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y a la agravación de la crisis climática. 

  1. No podemos invisibilizar más los debates sobre la crisis ecológica y el colapso climático. Es momento de que la Argentina comience una Transición Socioecológica, una salida ordenada y progresiva del modelo productivo netamente fosilista y extractivista. Transición y Transformación, pues se trata de avanzar en un cambio del sistema energético hacia una sociedad post-fósil basada en energías limpias y renovables. Algo que hasta ahora no ha sido posible ni pensable, en un contexto en el que la visión eldoradista asociada a Vaca Muerta obturó aún más la expansión de imaginarios energéticos alternativos y sustentables.

Por otro lado, la caída estrepitosa del valor del barril del petróleo pone fin a la apuesta por explotar combustibles fósiles no convencionales que se había instalado en nuestro país desde el descubrimiento del yacimiento Vaca Muerta, hace poco menos de una década. Lo cierto es que la inviabilidad económica de este proyecto se evidencia desde hace varios años en los millonarios subsidios que gozaban las compañías petroleras para sostener la producción, solventados por enormes aumentos de tarifas a los consumidores. El derrumbe histórico del precio del petróleo desbarata el “Consenso del fracking” que unía sectores del campo político y económico, y deja bajo tierra el mito eldoradista sobre este yacimiento -aquel que lo mostraba como “el salvador” de nuestro país-, al tiempo que abre también una oportunidad extraordinaria para repensar totalmente el sistema energético.

Tal vez sea utópico pensar que Argentina tenga el 100% de sus energías renovables en el año 2040, pero ésa es la dirección que el país debe encarar. Al mismo tiempo, se trata de avanzar también en términos de democratización, pues la energía es un derecho humano, y una de las principales tareas en un país como el nuestro es terminar con la pobreza energética que caracteriza a las barriadas populares. Así, la justicia social y la justicia ambiental deben ir articuladas. 

La otra cara de la transición es potenciar la Agroecología para transformar el sistema agroalimentario argentino. En este sentido, la creación y fomento de cinturones verdes de agricultura ecológica en ciudades y pueblos son claves para generar empleo y garantizar alimentos sanos, seguros y baratos. Estas iniciativas, además, promoverían la soberanía alimentaria con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Se puede comenzar con la obligatoriedad de compra por parte de los gobiernos a estos productores para escuelas, hospitales y demás organismos públicos. Esto fomentaría el arraigo en pequeñas y medianas ciudades semirurales si se complementa con acceso a la tierra, la vivienda, la salud (de calidad), la educación (en todos los niveles, desde jardines de infantes hasta la universidad) y los alimentos. 

El Antropoceno como crisis es también un Urbanoceno. Tengamos en cuenta que en Argentina el 92% de la población vive en ciudades (el promedio mundial es de 54%) concentrada en un 30,34% de nuestro territorio. Solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el 0,4% de la superficie total del país, vive el 31,9% de la población total. Habitamos ciudades planificadas por y para la especulación inmobiliaria (cuya contracara es la emergencia habitacional y la insuficiencia de espacios verdes) y dominadas por la dictadura del automóvil (con transportes públicos saturados). Esta característica puso bajo la lupa a las vidas urbanas en cuarentena y evidencia la necesidad de un cambio radical en la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad, sobre todo en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula. Debemos reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza, así como de las fuentes de nuestra alimentación y nuestra vida. 

Por último, estamos convencidos que parte fundamental del Pacto Ecosocial y Económico es el reconocimiento legal de los Derechos de la Naturaleza. En otras palabras, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto. Debemos convivir armónicamente, respetar sus ritmos y capacidades. 

Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. Nadie dice que será fácil pero tampoco es imposible. Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” es el retorno a las falsas soluciones. Tampoco “volver a crecer como antes” es la salida. Solo podría conducir a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo del caos. Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa por la vía de un Gran Pacto Ecosocial y Económico puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal -hoy replegado-, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas, que privilegian la lógica del crecimiento económico así como la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

La apuesta es construir una verdadera agenda nacional y global con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa, que requieren de la participación y la imaginación popular, así como de la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas. Esto plantea sin duda, no solo la profundización y debate sobre todos estos temas, que hemos intentado presentar de modo sumario aquí, sino también la construcción de un diálogo Norte-Sur; Centro/Periferia, sobre nuevas bases geopolíticas, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad. 

Maristella Svampa, Enrique Viale | 05/05/2020 

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/green-new-deal/

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Lunes, 04 Mayo 2020 06:35

Leones

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la Quinta Avenida, no tienen visitas desde que comenzó la pandemia del Covid-19. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, cualidades que, según él, necesitaba todo neoyorquino para aguantar aquella crisis; lo mismo se requiere ahora.Foto La Jornada

Los dos leones de mármol que vigilan la entrada de la gloriosa Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta Avenida no tienen visitas desde que se implementaron las medidas contra la pandemia. Han sido testigos de tanto desde 1911 –desfiles, protestas, el espectáculo cotidiano en el centro de Manhattan–, pero nada como esto, un silencio sin precedente de una ciudad clausurada. En los años 30, durante la Gran Depresión, el entonces alcalde Fiorello LaGuardia los bautizó como Paciencia y Fortaleza, las cualidades que él decía necesitaba todo neoyorquino para aguantar esa crisis.

Pero en ese tiempo había un presidente llamado Franklin D. Roosevelt, movimientos sociales poderosos, partidos como el comunista y el socialista con gran capacidad de organización (de donde brotaron los conceptos de seguro de desempleo y seguro social que desde entonces forman parte fundamental de lo que queda del estado de bienestar hoy día). Hoy, en lugar de un FDR, está el gobierno corrupto y peligroso de Trump, un movimiento laboral en el punto mas débil de su historia (aunque hay señales de un posible renacimiento) y un partido de oposición, el Demócrata, que ha sido en parte cómplice del desastre con un candidato poco audaz. No es consolación que la pandemia comprobó que los herederos de los movimientos de los años 30 y de la agenda liberal de Roosevelt –Bernie Sanders y un poco Elizabeth Warren– tenían razón de que se requiere de una "revolución política" que recupere la democracia para 99 por ciento, incluyendo a los inmigrantes, y definir la salud, y acceso a ella, como un derecho humano.

Sanders escribió la semana pasada: "somos el país más rico en la historia del mundo, pero en tiempos de desigualdad masiva de ingreso y riqueza, esa realidad importa poco para la mitad del país que vive de quincena en quincena, los 40 millones en pobreza, los 87 millones que no tienen seguro de salud o uno insuficiente, y medio millón de personas sin techo". En el artículo, publicado en el New York Times, señala que el país no cuenta en verdad con "un sistema" de salud, que ese sector es un negocio que en medio de la pandemia está despidiendo a miles de trabajadores, médicos, entre otras cosas. Tal vez lo positivo de esta crisis, afirmó, es que está provocando a que muchos cuestionen los fundamentos del "sistema de valores estadunidense".

El reverendo William Barber, coordinador de la Campaña de los Pobres, comentó que “la enfermedad subyacente… es la pobreza, la cual estaba matando a casi 700 de nosotros cada día en el país más rico del mundo, mucho antes de que alguien supiera del Covid-19”.

Noam Chomsky reiteró que "Estados Unidos con Trump es un Estado fallido que representa un peligro serio para el mundo". En una entrevista reciente, señala que este país cumple con la definición técnica de un Estado fallido: uno que ha demostrado su incapacidad para atender las necesidades mas básicas de su población.

“Por más de dos siglos, Estados Unidos ha generado una amplia gama de sentimientos en el resto del mundo: amor y odio, temor y esperanza, envidia y desdén, asombro e ira. Pero hay una emoción que nunca había sido dirigida a Estados Unidos hasta ahora: lástima… El país que Trump prometió hacer grande otra vez nunca en su historia ha parecido tan lamentable”, escribió Finlan O’Toole en el Irish Times.

El factor fundamental en esta doble crisis, pandemia y economía, es la agenda neoliberal de las últimas cuatro décadas que fomentó la peor desigualdad económica en casi un siglo (https://www.federalreserve.gov/ releases/z1/dataviz/dfa/distribute/ table/#quarter:121;series:Net%20worth;demographic: networth;population:all;units:shares). Con el poder político que esto implica, en otros países eso se llama "plutocracia".

Sí. paciencia y fortaleza son necesarios para aguantar este desastre. Pero también se necesita que los leones acostados convoquen a sus admiradores a ponerse de pie para transformar esta crisis y poner fin de la pesadilla neoliberal.

Si uno escucha con mucha atención, entre el silencio impuesto por la cuarentena a veces se puede oír un nuevo y antiguo rugir.

https://www.youtube.com/watch?v=Gju7TxEvGc

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En occidente, más afectados por Covid-19 que en China porque se usaron herramientas equivocadas. En la imagen pruebas en Birmingham, Inglaterra.Foto Ap

El libanés-estadunidense Nassim Taleb (NT) se dio a conocer mundialmente con su célebre libro El Cisne Negro que postula un evento altamente improbable, pero que cuando ocurre tiene un impacto descomunal (https://amzn.to/2YqX59x).

NT advirtió en 2007 la pandemia que amenazaría al género humano. En entrevista al rotativo ruso RBK, NT –quien además de matemático y financiero exitoso, posee una cultura enciclopédica en el más depurado estilo de los otrora sabios medio-orientales– arremete en su estilo iconoclasta que "ciertos países occidentales" se vieron más afectados por el Covid-19 que China, debido a que usaron "herramientas equivocadas" al minimizar la ominosa pandemia.

NT se mofa de los "modelos matemáticos" que buscan "enseñarles a volar a los pájaros", y es muy crítico de los economistas convencionales que no entienden los "cisnes negros", llegando incluso a exigir la abolición de los "premios Nobel de Economía" que se equivocan demasiado.

Fustiga que "Occidente (sic) tiene una clase inusualmente fuerte de seudo-expertos (sic)" que prefirieron enfocarse a los infartos que matan a medio millón de personas al año, por lo que descuidaron la velocidad de la inédita pandemia. Comenta que la peor "tontería" fue "comparar lo que existe en las estadísticas con lo que se está desarrollando tan rápidamente que ni siquiera tenemos estadísticas fiables (sic) sobre cómo se comporta el virus. Así que usaron las herramientas equivocadas".

NT juzga que "la incomprensión (sic) de la gravedad del virus ha provocado un gran número de muertes" en "Gran Bretaña y Estados Unidos" que “actúan ahora de forma descontrolada (https://bit.ly/2KQfqov)”. El hoy investigador en matemáticas evalúa cuatro consecuencias inmediatas de la pandemia: 1. Abundará la labor digitálica a distancia que redundará en oficinas más pequeñas. A mi juicio, antes del Covid-19,la digitalización/automatización/robotización ya habían puesto en peligro el trabajo per se;

  1. El colapso de las agencias turísticas: "es poco probable que la industria del turismo se recupere: los hoteles, las agencias de viajes, donde se pueden reservar viajes, hace tiempo que perdieron sus ingresos, y la pandemia los ha matado". A mi juicio, las líneas aéreas, de por sí vapuleadas por sus accidentes tipo Boeing, se encontraban ya en serias dificultades. Quizás ahora, más que fenecer, el turismo sufrirá una metamorfosis más aséptica y de corte rural/ambiental. Aquí estoy más de acuerdo con el "colapsólogo" e ingeniero ruso-estadunidense Dmitry Orlov, quien previó la digitalización del campo bucólico y su autosuficiencia alimentaria, en detrimento de los magnos conglomerados de los rascacielos antinaturales de acero/cemento/vidrio. Considero que las grandes urbes se irán esparciendo a lugares más campestres, donde emergerán nuevos problemas que deberán ser paliados por una "nueva seguridad";
  1. La pandemia tendrá gran impacto en el consumismo: "en aislamiento, la gente deja de comprar un montón de cosas innecesarias". !Eso es una bendición!, y
  1. "Tendencia hacia el localismo: ahora la gente entiende que la calidad de vida está influenciada no sólo por el país, sino también por su ciudad en particular".

Concluye que el levantamiento de la cuarentena "no significará el fin de la epidemia. aún no está claro cómo se desarrollará, y esto se debe, en gran medida, al hecho de que no entendemos cómo funciona el virus" ni "sabemos cómo afecta éste al sistema inmunológico" y advierte que existe una "amenaza mayor en un futuro cercano que la misma pandemia": el "aumento de la resistencia bacteriana que proviene de uso común de antibióticos", mientras "surgen nuevas cepas de virus".

NT no es virólogo ni inmunólogo, pero su gran inteligencia lo lleva a prever que el restante del siglo será "biológico"; como un servidor externó hace 11 (sic) años: “con o sin el brote súbito de infecciones inéditas, el siglo XXI estaba destinado a ser eminentemente biológico (https://bit.ly/2KJqinZ)”, que arrecia con la "guerra farmacológica" entre Estados Unidos y China (https://bit.ly/3fbF7xC).

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Viernes, 01 Mayo 2020 06:31

Resiliencia o catástrofe

Resiliencia o catástrofe

Votar con nuestro consumo: Economía Social y Solidaria para superar las circunstancias traumáticas, o renormalizar una nueva crisis del sistema.

 

n junio de 2017, Slavoj Žižek (el primero en publicar un ensayo sobre la pandemia Covid19) explicó en una intervención, Lecciones del “airepocalipsis”, en el Museo Reina Sofía de Madrid, como renormalizamos las catástrofes desde hace décadas. Dando la razón a Naomi Klein, las decodificó como una forma de entender el capitalismo salvaje, que nos ponen en estado de shock para generar, a partir de ellas, otro nuevo ciclo del mismo. Una paradoja, decía, que se da por el lapsus entre el “saber” y el “creer”.

Esa, renormalización sigue una estrategia, que en una primera fase individualiza la culpa (responsabilizando, por ejemplo, a la ciudadanía del cambio climático). Incluso, comentó, que el capitalismo es aún más ingenioso apelando a la corresponsabilidad personal. En una segunda etapa, trata de mistificar las diversas crisis presentando esos procesos como algo que nos supera, ante los cuales nos sentimos diminutos, pero que no tendrán consecuencias para la vida, pues no destruyen las condiciones materiales para ella, ni rompen el equilibrio, ni son problemas estructurales del propio sistema.

Y en su tercer estadio, se testifica que el hecho traumático experimentado como la realidad, no es la realidad, si no una percepción de la misma, o suposiciones ideológicas. Proceso por el cual el hecho catastrófico tiende a desintegrase porque, además, podemos adaptarnos a él.

Alegó que en paralelo a las múltiples tragedias, emergía un nuevo tipo de subjetividad (a través de series, películas, vídeo-juegos, dibujos animados, incluso mencionó la pornografía hardcore, o los capítulos de Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade) que nos acostumbran a una muerte y renacimiento constantes, donde los hechos brutales se normalizan. Y donde se apela incluso a la inmortalidad (sacó a colación el auge de las historias de vampiros o zombies; quizás ahora mencionaría el transhumanismo), ficciones que determinan nuestra experiencia diaria, donde la realidad es paradójica y no se distingue lo virtual de lo real.

Ante una audiencia absorta, afirmó que Pokemon (muy de moda entonces) no es un juego sino una ideología, y que la ideología siempre condiciona la realidad ya que la forma en la que apreciamos la realidad no es inocente. Las expresiones del público se ensombrecieron cuando señaló que no hay libertad, ni elecciones libres, si no que elegimos entre opciones inevitables.

En esa ponencia, que tanto tiene que ver con el momento actual, abordó como el antropocentrismo hace que los seres humanos nos creamos la especie superior del planeta. Y cómo confrontarnos así con los sucesos perturbadores, desmoviliza a gran parte de la ciudadanía, perdiendo la fe, llegando a una “zona cero” desde donde reescribir un periodo aún más salvaje del capitalismo, sin entender el significado profundo de lo que ha ocurrido. Algo que, sin duda, está sucediendo también hoy.

Prácticas y narrativas para un cambio de paradigma

Ahora observamos, más diáfanamente que nunca, que en la naturaleza todo está relacionado, que su objetivo es la sostenibilidad de la vida y se alcanza a través de la cooperación entre especies. También que se regula por sí misma (si le damos un respiro) pues respeta su lógica, la de los cuidados, que es la de todos y todas.

Sin embargo, la meta de la economía actual es acumular capital y se consigue compitiendo unos contra otros. Cuanto más rico es un país, más consumen sus habitantes, y cuanto más lo hacen, mayor es su impacto en la tierra. Entre el 60 y el 80 por ciento de esos impactos provienen del consumo de los hogares, cambiar nuestros hábitos de consumo tiene un gran efecto en la huella medioambiental, pero las cuartas quintas partes de ellos no son directamente atribuibles a las personas consumidoras, sino secundarios: derivados de los modelos productivos que fabrican nuestros bienes y servicios.

Por eso, es tan importante saber qué estamos apoyando (y votando cada día) con nuestro dinero y nuestro consumo, pues consumir no deja de ser un acto político (que como el voto) pretenden que sea acrítico, emocional, compulsivo e incluso frívolo.

No seré yo quien discuta a Žižek, pero aunque las opciones escasean, las hay. Existen elecciones que no generan los “círculos viciosos” de precariedad, insostenibilidad, violencias, tensiones estructurales y contradicciones del actual sistema neoliberal, cuyo centro no es la vida, si no su lógica extractivista (de bienes o servicios comunes, trabajo, materias primas, etc.), de acumulación del capital y de maximización del beneficio por una élite, a través de unos mercados que no se regulan por sí mismos (como persiguen hacernos creer) si no que, pervirtiendo la palabra libertad, avivan ferozmente, en su nombre, la economía y sus metabolismos productivos extractivos, intensivos y especulativos, que lo mismo mundializan crisis financieras, que totalitarismos, populismos, éxodos humanos, extinciones o pandemias.

Esas otras elecciones provienen de modelos productivos y de consumo que crean “círculos virtuosos” de mayor resiliencia en las sociedades, al respetar las conexiones ecosociales e interdependencias imprescindibles para la vida. No exigen constantes sacrificios sociales, humanos, ecológicos, etc., sacralizando el crecimiento económico, ni construyen una economía suicida en un planeta de recursos finitos. La Economía Social y Solidaria (ESS) es uno de esos modelos.

La Economía Social y Solidaria como laboratorio ecosocial

Actualmente, cuando tanto se pondera la innovación social y medioambiental, resulta que la ESS se clasifica dentro esas “nuevas economías” que plantean soluciones a las disfunciones del sistema actual. Es un laboratorio vivo ecosocial que construye otras fórmulas económicas y, por tanto, una nueva realidad que no renormalice las catástrofes sino que aprenda de ellas, las evite, e incluso las prevenga.

Como periodista he podido profundizar en muchos proyectos, nacionales e internacionales, me topé con algunos antes de escribir Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), consumiendo productos agroecológicos, de comercio justo, energías renovables o finanzas éticas. Los más de tres años que me llevó la investigación de ese libro, entré en contacto con sus redes en la capital (REAS Madrid y su Mercado Social) entrevistando a algunas de sus entidades. Al concluirlo, quise formar parte (como socia-consumidora) del Mercado Social, y por una serie de azares (que esos colectivos conocen, y aún recuerdan con hilaridad) acabé teniendo un balcón privilegiado a sus órganos rectores, donde dieron acogida a consumidores y consumidoras para ampliar su riqueza representativa.

He podido conocer esas redes por dentro (algunas de sus fórmulas las recojo en mi último libro Al borde de un ataque de compras (Debate, 2019)), en ellas se han aceptado las críticas constructivas, incluso vehementes, posturas disidentes e incómodas, como una manera de aceptar la diversidad social real y entender la transformación ecosocial como un aprendizaje colectivo que no deja a nadie atrás.

Durante todos estos años he profundizado en muchos proyectos. Antes del confinamiento, durante la presentación de mi último libro en Pamplona, en Geltoki (una iniciativa de consumo y cultura pionera de la ESS), aproveché también para visitar Landare (una asociación de consumo con más de 20 años, formada por 2.000 socias y socios), además de la planta de Traperos De Emaús en Navarra, cuya labor de recuperación y reciclaje es absolutamente ejemplar. Fórmulas de éxito social, medioambiental y económico, logradas gracias al tesón colectivo, a la profesionalización y al aprendizaje constantes.

Experiencias que también han emergido fuera de nuestras fronteras, como Park Slope Food Coop, de Nueva York, con más de 17.000 miembros que lleva 45 años demostrando que otras formas de consumo son posibles, como su réplica La Louve, en París, de la que reciben mentoría los supermercados cooperativos que están emergiendo actualmente en España, que pronto serán otra realidad de la ESS.

Como llevan años siéndolo las comercializadoras de renovables (Som Energia, La Corriente y tantas otras en nuestros territorios), o las finanzas éticas: Coop57 (créditos), Oikocredit (microcréditos), Fiare (banca) o CAES (formado por Seryes y ARÇ, de seguros éticos) y los innumerables grupos y cooperativas agroecológicas de consumo de nuestro país, así como otras iniciativas en telefonía, movilidad, moda sostenible, belleza ecoética, bioconstrucción, entre otras múltiples opciones de bienes y servicios de consumo o culturales, en prácticamente todos los sectores, que también se arropan bajo este paraguas.

Una mirada puesta en el futuro común

Como todo laboratorio, la ESS tiene éxitos y fracasos, egos inflados y lecciones de humildad. He atestiguado que saca lecciones de sus luces y sus sombras. Por delante queda quizás el mayor de los retos: armonizar su trayectoria y multiplicidad, sobrevivir a esta nueva crisis consolidando y construyendo propuestas, así como narrativas para víctimas y victimarios, contribuyendo a materializar las diversas transiciones ecosociales, más necesarias que nunca.

También reducir esa paradoja, apuntada por Žižek, que causa el lapsus entre el “saber” y el “creer”. Pasar de las escala micro actuales, a otras que no desborden los límites planetarios, sin ejercer de correa de transmisión neoliberal. Seguir transformando el presente desde la pluralidad, por los objetivos comunes, con su modelo virtuoso (que como otros existentes) posibilita la sostenibilidad de la vida y no sólo la del capital.

Recuerdo que en marzo del 2019, Kois Casadevante, miembro de la cooperativa Garúa, hervidero de mentes brillantes transdisciplinares y parte de la ESS, cuando coincidimos en Barcelona en el encuentro Un futuro tras la gran crisis ecológica ¿Colapso o Justicia medioambiental? (organizado por La Maleta de Portbou y César Rendueles) explicó, con mucho cariño, que en ocasiones la EES padece el síndrome de Lilliput: “Somos un poco autocomplacientes a la hora de pensar el cambio social. Nos gusta mucho la fórmula de ‘muchos pequeños, haciendo pequeñas cosas, en muchos lugares, cambian el mundo’, que tiene gran parte de verdad, pero a veces puede ofrecer una visión demasiado simplificada del cambio ecosocial y provocar dinámicas un tanto autocomplacientes que lleguen a sesgar sus potencialidades, si no se abordan con una mirada más compleja y una vocación real de mayorías”.

En esa también sagaz intervención, Kois mencionó otro síndrome, el de Peter Pan: “Tiene que ver con cómo operativizar lo anterior. Es el temor a no querer hacerse mayor, que puede llevar a la ESS a no desear crecer en su afán de que ‘lo pequeño es hermoso’. A los proyectos y empresas nos cuesta aceptar la necesidad de crecer en tamaño, escala, impacto, facturación, etc., que a veces nos arrojan ciertos niveles de contradicción que muchos no están dispuestos a asumir”. Y apostilló entonces: “Se trata de superar estos síndromes, sin convertirnos en el Capitán Garfio”. Yo no podría haberlo dicho mejor. Feliz aniversario REAS ¡A por otros 25 años más!

Brenda Chávez es periodista especializada en consumo, sostenibilidad y cultura, autora de Al borde de un ataque de compra (Debate, 2019) y Tu consumo puede cambiar el mundo (Península, 2017), miembro del colectivo femenino de periodistas de investigación sobre consumo Carro de Combate. Dirige la sección de Consumo Sostenible, Consuma Crudeza, del programa de radio Carne Cruda.

30 abr 2020 11:30

Publicado enSociedad
Lunes, 27 Abril 2020 06:34

Pandemia y después

Pandemia y después

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso

Los imponderables medios, los arduos periodistas, los sabios comunicadores, los opinólogos de todo borde, las buenas conciencias de la atormentada sociedad, las autoridades del pensamiento contemporáneo, argentino y de otras partes, sostienen que esta pandemia va a darlo vuelta todo, que después de ella nada va a a ser igual, que habrá cambios radicales y sustanciales en nuestras vidas. El público lo lee o lo escucha, lo repite y lo difunde, como si el dicho fuese, una vez más, la palabra revelada.

En verdad, la gente está bastante aturdida por los hechos, por estas enfermedades misteriosas y sus muertes masivas, por estas cuarentenas y estos confinamientos, por esta avalancha de nueva y novedosa información médica, biológica, microbiológica y terapéutica, por estas prevenciones, jamás tomadas ni contempladas, por este miedo que le meten y difunden todos, y apenas si sabe bien dónde está parada y en qué país, en qué pedazo de tierra, de qué mundo.

Otras retóricas se vinculan con aquella vaticinadora, que es la que más cunde, la futurológica, sin alcanzar a ser centrales: la complotista, que desvía la ciencia según sus pareceres, ideológicos, políticos, y hace de esta pandemia un hecho deliberado, cuando no elaborado, del enemigo; la naturalista, que insiste, no sin razón, en el daño que producen al planeta la extracción, la explotación, el menoscabo, la depredación; la anti homocéntrica, que defiende una vez más al reino animal y hasta llega a sostener que esta es su reacción y su defensa. Y, en fin, las diversas charlatanerías, como las que florecen en algunas religiones y prácticas mágicas en el Brasil de Bolsonaro, y en algunos países africanos, donde según Le Monde “la grande guerre contre les hémorroïdes a laissé place à la lutte contre le coronavirus” (la gran guerra contra las hemorroides ha dejado lugar a la lucha contra el coronavirus), por parte de santones y curanderos. Pero ninguna parece tan potente y actuante como las primeras, tal vez porque lo que hacen es ocultar las otras, y hablar de un futuro en el que todo ello se haya obviado.

¿Qué es lo que va a cambiar? ¿Por qué “ya nada va a ser igual” después de esta pandemia? ¿Por qué “el mundo no va a ser el mismo”? ¿Por qué las relaciones económicas, sociales, productivas, y hasta las afectivas, no van a ser las mismas? ¿Qué producirá “el ocaso del Imperio”? ¿Qué es lo que va a transformarse, tan rotundamente? ¿Por qué esta pandemia traerá una derrota tan flagrante del capitalismo y del neoliberalismo, en la teoría y en la práctica? Frases y consignas que suelen prender con facilidad en bocas nuestras, sin que nos preguntemos, seriamente, por su significado, por su verdadera razón. ¿No habrá más ricos y pobres? ¿No habrá más clases? ¿Cambiará la esencia del sistema? (aquí y en otros lados). ¿De dónde sale esto?

Fundado en algo que suele calificarse, poco modestamente, modesta experiencia, y en lo que creo que puede ser mi conocimiento de la realidad, de la organización económica y social del mundo y de los seres humanos que lo habitan, a los que he visto comportarse a lo largo de más de siete décadas, creo, si se me permite, que van a cambiar muy pocas cosas fundamentales. Si no cede el complejo agroindustrial alimentario, que infecta el ambiente, los seres animales, vegetales y, por cierto, humanos, y los gobiernos siguen quedándose quietos como en estos últimos cincuenta años (por dar alguna fecha), que nadie espere cambios. Si continúa la contaminación a mansalva de las aguas, de los mares, del aire y de la tierra, de todos los productos vegetales y animales con que nos alimentamos; si, además, no cambia el papel de los Estados en la organización, en la atención, en el cuidado de la salud de las poblaciones, si ella sigue en manos de empresas privadas (sí que capitalistas salvajes), poco va a mejorar la condición de esa salud y su dudosa protección. Si el capitalismo, la ganancia y el individualismo siguen primando, de manera proclamada y pública, autorizada, procurada, desembozada, cómplice, sobre los distintos tipos de parciales solidaridades colectivas, poco habrá de cambios a verificar, más que en algunas áreas específicas.

Por otro lado, los sistemas políticos, así, como están, se hallan bastante cómodos en el mundo de hoy: hay derechas (liberales, financieras, supercapitalistas, hambreadoras y explotadoras), e izquierdas (contestatarias, más o menos reformistas, más o menos consecuentes). Ninguno de esos sistemas, que se vea, en lo fundamental a punto de caer. Salvo casos excepcionales (Irán, bien contradictoriamente; Venezuela, menor y tan verbalizado) conviven en el planeta sin mayores sobresaltos, y se ha visto, durante esta pandemia, una colaboración y asistencia mutuas y recíprocas que llaman la atención (de lo que no son el único ejemplo, aunque sí sumamente destacable, las brigadas cubanas).

Que me disculpen los heteredoxos, los nuevos cientistas, los muy modernos renovadores del dogma, los vigilantes del pensamiento antitotalitario y del más o menos totalitario: en tanto que haya clases, y por consiguiente lucha de clases, las cosas, pasada esta pandemia, seguirán igual (o peor). Hasta que haya un tope y al fin se junte todo, en un momento, en un período, en que los de abajo no quieran más y los de arriba no puedan más. Y todo empiece realmente a sacudirse. Mis visiones llegan hasta ahí. No soy un previsor ni un anticipador ni mucho menos un vaticinador de nuevas sociedades. Me queda demasiado grande.

27 de abril de 2020 ·

 

Por Mario Goloboff, escritor y docente universitario.

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