David Harvey: "Veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz"

"Tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas", asegura uno de los científicos sociales de referencia para los movimientos de izquierdas

 

David Harvey (Gillingham, 1935) es un geógrafo marxista de origen británico que  trabaja como profesor en la City University of New York (CUNY) y que se ha convertido en uno de los científicos sociales de referencia para muchos movimientos de izquierdas. Estos días visita Barcelona para presentar su nuevo libro La lógica geográfica del capitalismo (Icaria Editorial), una obra biográfica en la que se ofrece un repaso histórico de la trayectoria del autor, una entrevista realizada en 2015, nuevos textos traducidos al castellano y un capítulo inédito.

 

Usted se define como anticapitalista antes que socialista, comunista, anarquista o populista. ¿Por qué?

El capital tiene mucha influencia sobre muchos aspectos de la vida diaria. No es solo la economía. Es la cultura, la forma de pensar o las estructuras de conocimiento. Conceptos como el comunismo o el socialismo suelen estar muy asociados con una concepción del mundo muy rígida. Las relaciones sociales entre las personas deben ser transformadas, pero esto requerirá muchas transformaciones mentales. Por eso pienso que tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas, así como de las calles y de la vida.

¿Y el anticapitalismo es un término que engloba más aspectos que conceptos como el socialismo o el comunismo?

Sí. Creo que no estamos en una posición como para describir ahora una alternativa al capitalismo y quiero escapar de la caja que es el comunismo, el socialismo o el anarquismo.

Después de un periodo de silencio, parece que en los últimos años ha habido un interés creciente por el comunismo. Aquí en España, por ejemplo, en 2017 Alberto Garzón publicó Por qué soy comunista. ¿Cómo se materializa el comunismo hoy?

No lo sé. Tampoco sé qué piensa Garzón sobre el comunismo. De lo que estoy seguro es de que los niveles de desigualdad actuales son inaceptables. No creo en una absoluta igualdad, creo que ciertas desigualdades son interesantes, pero ciertamente las desigualdades de ingresos están revirtiendo muchas de las cosas que deberíamos poder alcanzar.

Una de las cosas en las que pienso más al final del día es en la calidad de las relaciones sociales entre las personas. Uno de los efectos de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido la degradación de las relaciones entre grupos de inmigrantes o entre grupos con diferentes orientaciones sexuales. La transformación de estas relaciones sociales está yendo en una dirección muy negativa.

¿El comunismo ha evolucionado desde la caída del muro de Berlín en 1989 o la disolución de la Unión Soviética en 1991?

El comunismo es crítico, obviamente ha evolucionado desde 1989 y creo que, de alguna forma, el colapso de la Unión Soviética y todo lo que ello supuso permitió la reevaluación de lo que debía ser el proyecto comunista. Tenemos un gobierno en China que se llama a sí mismo comunista. Mucha gente no se lo toma en serio, pero deberían hacerlo. Lo que deben hacer o hacia dónde tienen que ir es una gran pregunta para mí.

¿Cree que es una sociedad comunista?

No, no es una sociedad comunista, pero ideológicamente ellos han reivindicado que para el año 2050 serán una sociedad plenamente socialista. Yo me tomo muy en serio esa proclamación, a pesar de algunas medidas que han adoptado, como el intercambio mercantil capitalista. Hay problemas de desigualdad social y de degradación ambiental, pero todos los países los tienen. Ellos han dicho que serán plenamente socialistas para el año 2050 y esto significa combatir el problema medioambiental y la desigualdad social.

Una de las cosas que sabemos de China es que cuando dicen que van a hacer algo lo hacen y lo hacen muy rápido, no son demócratas para nada, pero no hay que subestimar las posibilidades que tiene China. Trump está organizando una política antichina ahora mismo y es un profundo error por parte de los Estados Unidos, porque está empujando a China a ser más autónoma.

Dos de las corrientes de pensamiento más recientes son el feminismo y el ecologismo. ¿Cómo coexisten estos dos movimientos con el sistema económico actual?

Una de las cosas interesantes de estos dos movimientos es que el neoliberalismo ha puesto desde 1970 un gran énfasis en el emprendimiento y ha abierto la posibilidad a que el feminismo use esta ideología para crear lo que podríamos llamar un feminismo corporativo. Ese es el feminismo de Hillary Clinton, un tipo de emprendimiento satisfactorio en el que, por supuesto, hay la posibilidad de que las mujeres ocupen posiciones importantes en el mundo académico, por ejemplo. Lo mismo podría ocurrir con el multiculturalismo y la orientación sexual.

El neoliberalismo puede ser visto como una apertura que permite un progreso en los derechos del colectivo LGTBI y de las mujeres. De todos modos, creo que muchas feministas se están dando cuenta de que el neoliberalismo no es la solución sino que es su enemigo prioritario. Hay una transformación en algunas pensadoras feministas que dicen que no pueden lograr sus objetivos desde el neoliberalismo y que hay que moverse hacia unas posiciones anticapitalistas. Lo mismo se puede decir del movimiento ecologista.

Entonces, ¿es compatible defender el capitalismo a la vez que el feminismo y el ecologismo?

Si defiendes el sistema económico actual te encontrarás defendiendo un tipo de feminismo que se basa en incorporar más mujeres en empresas, pero el problema ahora mismo son las condiciones salariales de las mujeres trabajadoras, que están viviendo en unas condiciones muy difíciles. Ellas son las que están sufriendo las políticas neoliberales. Mientras que una mujer de clase media se puede beneficiar del neoliberalismo, muchas de las trabajadoras están sufriendo mucho bajo las políticas de austeridad. Algunas mujeres y ecologistas se benefician del neoliberalismo, pero las problemáticas principales están fuera de la dinámica capitalista.

¿Usted cree que en los próximos años el capitalismo evolucionará y defenderá el ecologismo, en aras de generar un beneficio económico de ello, o se mantendrá en el mismo punto en el que está ahora?

El ecologismo forma parte de un gran negocio, hay sectores del mercado que están tratando de lidiar con el cambio climático. No digo que el capitalismo no haya prestado atención a las cuestiones medioambientales, lo que cuestiono es el límite del beneficio capitalista. La industrialización de la agricultura, por ejemplo, ha creado un serio efecto secundario. Estos son problemas que llevan al límite la capacidad del sistema económico capitalista.

¿Las problemáticas que van más allá de lo material invisibilizan la lucha de clases?

Hay una tendencia que consiste en evitar la cuestión de clase, particularmente desde la caída de la Unión Soviética había una tendencia que decía que Marx y el conflicto de clases sociales estaban muertos. Si preguntamos ahora mismo cuáles son los agentes activos, en términos de políticas de izquierdas, ya no son los trabajadores fabriles. La clásica visión del proletariado que se va a emancipar es el trabajador de una fábrica.

El problema principal es preguntarse quién es el proletario hoy en día. Cuando nos hacemos esta pregunta tenemos que pensar en una configuración distinta. El otro día, cuando estaba en un aeropuerto, miré por la ventana y vi la fuerza del trabajo. ¿Quién hace funcionar un aeropuerto? Cuando miras a los Estados Unidos, ves a mucha gente de color, muchos inmigrantes y mujeres asalariadas. Si toda esta gente de golpe deciden hacer huelga, el aeropuerto tiene que cerrar. El capital estaría completamente bloqueado. Este es el nuevo proletariado.

En esta década los partidos de extrema derecha han crecido. De hecho, en las últimas elecciones europeas han ganado en Francia, el Reino Unido, Italia, Hungría y Polonia. ¿Cómo deben responder los partidos de izquierdas, ya que una parte de los votantes de extrema derecha son antiguos votantes de izquierdas?

Hace falta una reorientación de las políticas de izquierdas y creo que las bases institucionales de las políticas de izquierdas no han sobrevivido demasiado bien. Las políticas de izquierdas han fallado en gran medida en los últimos 10 o 15 años, con algunas excepciones. Por ejemplo, el auge inicial de Podemos fue una cosa muy positiva, pero creo que está aún en formación. Hay una vasta parte de la población descontenta con las políticas neoliberales. Es un momento muy interesante. Tengo la sensación de que en un futuro muy próximo veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz y hablar de un modo distinto. La conversación debe estar basada en una configuración ideológica distinta.

¿En qué se debe basar esa conversación?

Tiene que estar basada en cómo entender las políticas anticapitalistas en la actual conjunción. Las transformaciones revolucionarias no serán violentas. En los últimos 20 años hemos vivido una presión en la calle muy fuerte, un ejemplo actual de ello son los chalecos amarillos en Francia. La gran pregunta es hacia dónde va políticamente. Tenemos que repensar cómo deben ser las políticas. Para eso hay que tener una conversación sobre qué es el anticapitalismo.

Usted concibe la historia y la geografía como dos disciplinas inseparables que, juntas, explican qué está sucediendo en el mundo. De todos modos, hoy en día se estudian por separado. ¿Esto es un error del mundo académico?

Es un profundo error, sí. La especialización es importante, pero lo que realmente no me gusta es la creación de aprendizajes que se supone que no se deben comunicar con otras disciplinas. ¿Por qué estamos segmentando de esta forma? Una cosa peculiar en el mundo académico en Estados Unidos, no sé si también ocurre aquí, es que hay una constante demanda de multidisciplinaridad.

¿Por qué cree usted que la geografía es una disciplina útil para comprender la realidad?

Uno de los motivos es que el hecho de que la geografía no sea una disciplina muy organizada crea una gran oportunidad. Dudo que me pudieran haber dejado hacer en otra disciplina todo lo que he hecho en geografía. La geografía es más abierta, un poco porque la gente no sabe exactamente lo que es, eso está bien, pero a su vez está mal porque los administradores académicos no saben qué hacer con ello.

No sé si está muy pendiente de la situación política en Barcelona. Después de las elecciones municipales, Ada Colau tratará este sábado de ser reelegida alcaldesa con el apoyo del PSC y de la lista de Manuel Valls, que está apoyada por Ciudadanos. Si eso ocurre, ERC, que ganó las elecciones, se convertiría en el principal partido de la oposición. ¿Cuál sería el mejor escenario para gobernar Barcelona, según su opinión?

La gestión de Colau fue muy importante para la gente que, como yo, cree que la organización del poder municipal es parte de un proceso político muy crítico en el mundo ahora mismo. Creo que lo que pasa en el nivel municipal es importante y la administración de Colau ha sido una muestra importante para el resto del mundo, enseñando que las cosas se pueden hacer.

La cuestión independentista se tiene que abordar, este es un hecho muy particular que hace las cosas difíciles, no es una cosa de partidos de izquierdas contra partidos de derechas. Personalmente no me emociona demasiado la idea de una Catalunya independiente, creo que no va a suceder y no creo que la Unión Europea lo vaya a aceptar, pero eso es solo mi opinión desde fuera. Puedo ser persuadido [ríe].

Por Edgar Sapiña

14/06/2019 - 22:30h

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Sábado, 15 Junio 2019 06:05

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

¿Qué ha sido de Podemos y Syriza?

Las recientes elecciones en España y las experiencias latinoamericanas hablan de un divorcio entre el imaginario social progresista y una realidad conservadora. La llamada izquierda política defrauda, no cumple, se refugia en discursos ambiguos, se deja llevar por el marketing electoral y pierde identidad. La falta de coherencia, proyectos y programas de cambio social democráticos trastocan en gestión institucional. Lo que se atisbaba como una revolución abajo y a la izquierda se diluye en un discurso demagógico donde no se encuentra ni el abajo, ni la izquierda. Cuando han gobernado han sido incapaces de modificar el rumbo del capitalismo. Eso sí, han reivindicado todo lo reivindicable como ejercicio político de progresismo. Multiculturalidad, libertad sexual, ciudades limpias, carriles bici, etcétera. Son eficientes. Los indignados del siglo XXI se han plegado a los poderes económicos, las trasnacionales y el capital financiero.

Más allá del momento emocional constituyente, el resultado ha sido nefasto. El sí se puede mutó en hacemos lo que nos dejan. Baste recordar el ejemplo de Grecia. El triunfo de Alexis Tsipras líder de Syriza, despertó a las adormecidas izquierdas occidentales. En 2015 era un proyecto anticapitalista. En poco tiempo torcieron el rumbo. Bajo las presiones de la Europa de la Troika renunciaron al lenguaje de izquierdas. El ex ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, fue el chivo expiatorio. Imagen de la impotencia y la traición. Mientras el pueblo griego pedía a gritos cumplir el programa electoral, Tsipras renegó de su ministro, plegándose a los planes de ajuste. Más privatizaciones, aumento de la pobreza, desigualdad y pérdida de soberanía. La Troika encontró en Syriza un aliado para las reformas neoliberales que la derecha y la socialdemocracia no eran capaces de realizar. Tsipras fue el elegido. Hoy es un político amortizado para la derecha. Obligado a convocar elecciones extraordinarias, dilapidó un capital social tanto como una esperanza de cambio democrático.

En España, Podemos, cuyos dirigentes viajaban a Grecia y veían en Syriza un ejemplo donde reconocerse, han seguido el mismo camino. En un lustro, inmersos en guerras intestinas se desgastan. La izquierda política española se encuentra peor que en 2014, antes de su fundación. Sin proyecto e incapaz de entender que ha pasado, Podemos sufre las consecuencias de su mojigatería. Por ineptitud más que por acierto de sus adversarios quedó presa de sus mentiras. Se convertirían en la primera fuerza política del país, el PSOE acabaría sucumbiendo. Serían poder y entrarían en La Moncloa. Se veían presidiendo el Consejo de Ministros. Entrarían en la historia con mayúsculas. Podemos representaba la unidad de lo nuevo. Una generación de emprendedores y empoderados reemplazaba a la vetusta Izquierda Unida y los comunistas. Podemos encarnaba el futuro. Era el momento de dar un paso adelante. Con una verborrea digna de los mejores sofistas la emprendieron contra todo. La constitución de 1978 sería derogada, la banca nacionalizada. Podemos era la herramienta para cambiar el destino de la gente. No a las castas, no al bipartidismo, no a la negociación de pasillos, no a la corrupción. Trasparencia y democracia directa. Intelectuales, académicos y políticos conversos escribieron ríos de tintas avalando a sus dirigentes, fueron los portavoces oficiosos de la propuesta. Incluso pensaron en fundar un Podemos trasversal latinoamericano. Era la luz al final del túnel. De paso despreciaban y silenciaban cualquier crítica. Cautivados por el fulgurante triunfo electoral, han sido víctimas de sus fantasías y de mucho postureo. Vinieron a compartir las mieles del corto plazo. Los nuevos diputados, senadores, concejales y alcaldes los convirtieron en sus padres intelectuales. Hoy, tras la debacle, no han producido ningún ensayo explicando las causas del fracaso. Los cantos de sirenas han acallado las conciencias. Es más la conclusión a la que han llegado es del todo sorprendente. No han sido capaces de trasmitir la propuesta y sólo han visto batallas intestinas. En otras palabras no hubo errores políticos. Aunque hoy defiendan la Constitución de 1978, hablen de pactos con el PSOE, hagan referendos para entregar alcaldías a la derecha, señalen la necesidad de la discreción como forma de negociación y renieguen de la transparencia.

La izquierda social, aquella que vive en los movimientos populares, emprende una lucha de resistencia sin un colchón político para sus reivindicaciones. En lo que va del siglo XXI, las propuestas como Syriza, Podemos o Frente Amplio en Chile generan desazón a medio plazo. Las clases trabajadoras, dominadas y explotadas, pierden derechos laborales, civiles, sociales y políticos. Inmersas en un cúmulo de contradicciones acaban siendo las víctimas propicias de las derechas neoconservadoras. La izquierda política se diluye y la institucional existente va por detrás de las reivindicaciones democráticas de la mayoría social que pide a gritos una ruptura, un cambio de rumbo. Lamentablemente, la realidad es tozuda. Cuando han coincidido izquierda política y social, la primera ha decidido virar a la derecha, bajo el argumento pueril de: si se puede, pero poquito

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Experimento en Japón: la fatiga del capitalismo

Hace dos días concluyó la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del Grupo de los 20 (G20). La reunión se llevó a cabo en Fukuoka, Japón, excelente localidad para ese tipo de reuniones. Después de todo, Japón podría ser catalogado como el mejor laboratorio para economías capitalistas avanzadas. Y si el experimento japonés, que ya dura unos 30 años, nos dice algo, es que la fatiga del capitalismo conduce al estancamiento.


Hace 30 años colapsó el mercado de bienes raíces en Japón. Los precios de casas, locales y terrenos habían estado aumentando de manera acelerada, pero a finales de la década de 1980 la burbuja reventó y la economía japonesa entró en crisis deflacionaria. A lo largo de los años 1990 se comenzó a hablar de la década perdida de ese país, pero la situación de estancamiento se ha mantenido durante tres décadas. Para tratar de revertir la situación, las autoridades japonesas han intentado todo, desde estímulos fiscales hasta política monetaria no convencional. De hecho, Japón fue el primer país en introducir la flexibilización cuantitativa en la política monetaria. A pesar que el primer ministro, Shinzo Abe, ha tratado de combinar políticas macroeconómicas de corte keynesiano con medidas típicas del neoliberalismo, el resultado ha sido el mismo y la economía japonesa se ha mantenido en estado letárgico.


Ya es casi un lugar común señalar que algo parecido ha comenzado a ocurrir en las economías capitalistas desarrolladas. El comunicado final de la reunión de ministros de finanzas en Fukuoka señala que los indicadores sugieren que hacia finales del año el crecimiento de la economía mundial podría estar estabilizándose. Los mercaderes de ilusiones que escriben estos comunicados son unos magos cuando se trata de recurrir a eufemismos. Estabilizar es una bonita palabra. Cuando se está saliendo de una crisis, estabilizarse puede ser una buena noticia. Pero esa palabra puede decir muchas otras cosas. Por ejemplo, en este contexto sería más apropiado interpretarla en sentido negativo: la expansión está frenándose y los nubarrones amenazan con desatar una recesión.


Las principales economías del G20 muestran claros síntomas de perder impulso. Por ejemplo, China ya tiene la tasa de crecimiento más baja (6.2 por ciento) de los últimos 10 años. La tendencia declinante del comercio internacional no es una buena señal para la economía del gigante asiático.


Alemania experimenta ya una caída en sus exportaciones, y en 2018 su tasa de crecimiento (1.5 por ciento) fue la más baja desde 2013. Para 2019 se pronostica una tasa de expansión de 0.6 por ciento. Definitivamente, el estancamiento económico se ha instalado en la economía más fuerte de la eurozona.


La economía de Estados Unidos mantiene una expansión positiva récord, que arrancó desde que se inició la recuperación en 2009. Pero los ciclos no duran para siempre y hoy se multiplican los síntomas de que ese periodo de expansión está a punto de concluir. Por cierto, si alguien menciona que la tasa de desempleo es baja (3.8 por ciento) hay que recordarle que ese indicador siempre ha mantenido un nivel muy bajo justo antes de que comience una recesión. La Reserva Federal ya dio marcha atrás en su programa de normalización de las tasas de interés para combatir la ralentización.


Las perspectivas de endurecimiento de la guerra comercial con China no ayudan a mejorar el panorama. La rivalidad por la hegemonía no se va a detener. La guerra de los aranceles con China no busca corregir un desequilibrio comercial. Washington (y no sólo Trump) quiere doblegar a su adversario y obligarlo a abandonar su estrategia de desarrollo industrial, científico y tecnológico. Eso no lo va a poder hacer, así que la guerra comercial promete recrudecerse. Eso va a perturbar gravemente la economía mundial.


Por cierto, uno de los rasgos característicos de las economías capitalistas desarrolladas es el envejecimiento de su población. Además de presentar un problema macroeconómico por el lado del financiamiento de la seguridad social, eso conlleva un lento crecimiento. Es difícil para una economía crecer rápidamente cuando su fuerza de trabajo se expande muy lentamente. En los años 1970 la fuerza de trabajo en Estados Unidos crecía a 2.6 por ciento, y hoy apenas alcanza 0.2 por ciento. Los flujos de migrantes son clave para mantener la tasa de crecimiento de las economías capitalistas avanzadas. En la medida en que hoy se arremete contra los flujos de migración, se está garantizando la ralentización de la economía mañana.


Después del frenesí de la globalización neoliberal, la economía capitalista mundial podría estar adentrándose en una trayectoria similar a la de Japón en los últimos tres decenios. Las consecuencias serán muy graves, pues significa que la promesa de que el capitalismo puede seguir mejorando el nivel de vida de las grandes masas no se va a materializar. El desencanto político de grandes segmentos de la población va a incrementarse.


Twitter: @anadaloficial

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Viernes, 07 Junio 2019 06:18

Dónde perdimos la brújula

Dónde perdimos la brújula

Los asesinatos de la brasileña Marielle Franco (marzo de 2018) y de la hondureña Berta Cáceres (marzo de 2016) fueron crímenes políticos, algo en lo que coinciden movimientos, partidos de izquierda e intelectuales progresistas. Ambas eran mujeres de abajo y del color de la tierra, feministas que resistían el patriarcado y el capitalismo. Con toda razón se achacaron sus crímenes a la alianza entre empresas multinacionales, gobiernos y milicias paramilitares, que en cada país adquiere formas distintas pero siempre favorecen al 1 por ciento más poderoso.

La vida del campesino náhuatl Samir Flores tenía muchas similitudes con las de Berta y Marielle: nació abajo y resistió el capitalismo neoliberal que en su tierra (Amilcingo, Morelos) se concreta en grandes obras de infraestructura, igual que en Honduras, donde Berta resistió un proyecto hidroeléctrico para el "desarrollo" del país. Tres personas que vivieron y murieron de pie, defendiendo la dignidad de sus pueblos convertidos en obstáculo para la acumulación de capital.

Siendo los contextos de los crímenes tan similares, debe entenderse porqué académicos y profesionales que se dicen progresistas, establecen diferencias y exigen no politizar el asesinato de Samir, al que consideran además una cuestión policial. Tres crímenes de Estado, como los de Ayotzinapa, de los cuales siempre hemos responsabilizado a los gobiernos en turno.

Lo único que justificaría un tratamiento diferente es que en Brasil y Honduras se trata de gobiernos de derecha, acusados de complicidad con los crímenes, mientras en México el discurso progresista del actual gobierno (que no sus acciones), lo exculparían de cualquier responsabilidad. A mi modo de ver, estamos ante un argumento mezquino y pobre.

Es evidente que los discursos y las palabras no pueden modificar los hechos y, sobre todo, no tiene sentido aplicar raseros diferentes a situaciones similares. Si Ayotzinapa fue responsabilidad del gobierno de Peña Nieto, si Marielle y Berta fueron responsabilidad de sus respectivos gobiernos, no hay modo de eludir la responsabilidad del asesinato de Samir.

Por ese camino se llega a una extravío de difícil retorno, lindero con la aberración. El mayor desatino de las izquierdas del continente se llama, por ahora, Nicaragua. Daniel Ortega no pierde oportunidad de mentar su supuesto "antimperialismo", mientras su gobierno, según reciente informe de Amnistía Internacional, sigue instaurando "un ambiente de terror, donde cualquier intento por ejercer la libertad de expresión y el derecho a reunión pacífica es castigado con represión" (https://bit.ly/2GyYFvy).

La comandante sandinista Mónica Baltodano denuncia las penosas condiciones carcelarias de los presos, enfermos por el consumo de aguas putrefactas y condiciones sanitarias lamentables. Según Baltodano, nunca hubo tal cantidad de presos en Nicaragua, que sufren peores condiciones que los presos de Somoza como lo fue ella misma (https://bit.ly/2IgjVqC).

En Nicaragua se tortura a los detenidos con los métodos salvajes de las dictaduras (https://bit.ly/2wCEJmQ). Pero buena parte de la izquierda sigue apoyando al régimen neosomocista de Ortega, incluyendo algunos intelectuales. En este periodo incierto de decadencia imperial y de las izquierdas, las palabras no valen nada o, parafraseando al poeta, ciertas voces valen menos, "mucho menos que el orín de los perros".

Se ha convertido en norma que las palabras enmascaren realidades que se pretenden ocultar, porque resulta incómodo aceptarlas.

El progresismo es, en primer lugar, una construcción discursiva. Solamente discursiva porque no produce cambios estructurales. La clave de cualquier transformación verdadera no es otra que el poder popular, las decisiones que emanan de los de abajo, no las políticas de arriba, por más "revolucionarias" que se digan. Este punto es tan decisivo, que podría incluso definirse revolución no por la toma del poder, sino por la organización masiva de los de abajo, del modo que decidan.

En segundo lugar, el centro del conflicto del progresismo es contra los pueblos y no contra el capital y las derechas, como pretenden los intelectuales progres. Este punto es nodal y es el que permite establecer diferencias entre los progresismos (acomodados a la relación de fuerzas heredadas y limitados a gestionar lo existente) y otros procesos que, mal que bien, pretenden superar el estado actual de las cosas.

Los enemigos que ataca el progresismo, son el pueblo mapuche (al que se le aplicó la ley antiterrorista), los movimientos de junio de 2013 en Brasil, y los pueblos originarios, en general y ahora los de México en particular, entre los más evidentes.

La brújula que se perdió es la ética. Que no se recupera con discursos sino escuchando a los pueblos, aceptando sus decisiones colectivas que, nunca en cinco siglos, pudieron ser encajonadas en envases institucionales. Lo demás es verborrea hueca que sólo pretende amparar a los de arriba ninguneando a los pueblos.

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Guerra contra la sociedad se realiza en el cuerpo de las mujeres: Laura Segato

La feminista concedió una entrevista a la IBERO, en el marco de su participación en el ‘Congreso Internacional. Violencias, resistencias y espiritualidades’Para la también antropóloga, en una década México se imposibilitó como sociedad


En su educación formal, Rita Laura Segato (Buenos Aires, Argentina, 1951) se decantó por el estudio de la música y de la antropología. De ello dan cuenta sus egresos del Conservatorio Superior de Música ‘Manuel de Falla’ y de la Escuela Nacional de Danzas; su Especialidad en Etnomusicología (Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore –INIDEF-); su Licenciatura en Ciencias Antropológicas (Universidad de Buenos Aires) y su Doctorado en Antropología Social (Queen’s University Belfast).


Con tan amplia formación, no resultó extraño que se sintiera atraída por la academia, y se desempeñara como investigadora del Archivo de Música Latinoamericana del INIDEF y como profesora del Departamento de Antropología de la Universidad de Brasilia.


Pero hoy en día la Dra. Segato es ampliamente reconocida en el ámbito universitario latinoamericano como antropóloga y feminista, debido a sus notables aportaciones a la investigación sobre violencia contra las mujeres, que comenzó a analizar en 1993, por encargo del gobierno de la capital de Brasil.


Y es precisamente este tema sobre el que accedió a hablar con la IBERO, en su más reciente visita a esta Universidad, la cual la invitó a compartir su saber con una conferencia magistral en el ‘Congreso Internacional. Violencias, resistencias y espiritualidades’.


–Uno de sus libros lo tituló ‘La guerra contra las mujeres’; ¿en qué consiste esta guerra contras las mujeres?


Para serle absolutamente sincera, el título lo original no era exactamente ese. El título se lo puso, para hacerlo atractivo, la primera editorial que lo publicó, que fue Traficantes de Sueños.


Pero mi idea no es que hay una guerra contra las mujeres, no lo veo así, no representa mi pensamiento. Yo creo que hay una guerra entre los dueños de los pedazos de territorio, de los dueños jurisdiccionales, como digo en mi ensayo sobre Ciudad Juárez (‘La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: territorio, soberanía y crímenes de segundo estado’); unos dueños que son caciques, que pertenecen a mafias, a pandillas, al crimen organizado.


Es una guerra también contra la sociedad y contra el Estado, que se realiza en el cuerpo de las mujeres; que no es lo mismo. O sea, no es que sea una guerra contra nosotras; es una guerra mediante nuestros cuerpos, porque es en el cuerpo de la mujer que se expresa el poderío de esos dueños.


–¿Cómo se expresa ese poderío?


Con la discrecionalidad, con la arbitrariedad. Si yo mato con crueldad, desaparezco, torturo, al soldadito de la corporación armada enemiga, de la pandilla enemiga; yo estoy en guerra. Pero si yo aplico esa crueldad en el cuerpo de las mujeres, yo simplemente digo al mundo mi posibilidad, mi omnipotencia, mi capacidad de hacer cualquier cosa.


La violencia que se realiza en las mujeres, de la que evidentemente somos las víctimas, es una violencia que a través de nosotras se dirige a toda la sociedad. Porque el cuerpo de la mujer es un vehículo para un mensaje que se dirige a toda la sociedad; un mensaje de omnipotencia, de impunidad, de la capacidad de ser violentos de manera arbitraria, sin razón, sin una lógica utilitaria.


Aquí en México se habla de que todas las mujeres desaparecidas, secuestradas en el Metro, son llevadas a la trata; y aunque es fácil entenderlo así, yo lo dudo. Si yo quiero llevar a una mujer a la trata no la secuestro en el Metro. El secuestro en el Metro es un secuestro espectacular, que llama la atención de la sociedad; pero es más que nada un espectáculo de impunidad, de dominio, de arbitrio. Si yo quiero hacer algo así por una razón instrumental, utilitaria, como ganar dinero con ese cuerpo, la secuestro en otro lugar.


–¿Esta arbitrariedad, este dominio, son propios del patriarcado, que tiene una de sus mayores manifestaciones violentas, contra las mujeres?


Es uno de los desarrollos recientes, contemporáneos, del orden patriarcal. El orden patriarcal se ha casado, se ha articulado, de una manera muy perfecta, con la fase contemporánea del capital; a la que yo le llamo una fase de dueñidad. O sea, ya no más de desigualdad, porque hablar de desigualdad es poco, pues debemos considerar que estamos en un mundo de dueños. Y como el orden patriarcal siempre fue un orden de dueños, casa perfectamente bien con el orden económico del presente.


–¿Qué ha permitido la vigencia y permanencia del patriarcado?


Es el más arcaico de los órdenes políticos. El orden patriarcal funda todas las otras formas de desigualdad, y es el primer entrenamiento para la desigualdad, de prestigio y de poder, entre los seres humanos. Es el entrenamiento que damos a los niños en la casa o cuando ven televisión, cuando se dan cuenta que la palabra de un hombre vale más que la palabra de una mujer, que la inteligencia de un hombre es más potente que la inteligencia de una mujer, que la fuerza física de un hombre es mayor que la de la mujer, que el prestigio está asociado al ícono del cuerpo masculino.


Pero el feminismo ha tenido en los últimos tiempos un momento de esplendor, porque las mujeres, en su pluralidad de voces, en sus diferencias entre sí, son un movimiento poderoso que ha llegado con gran estrépito a tomar el espacio público. Ahí las mujeres mostraron cuántas somos, cómo estamos juntas y el afecto que corre por las arterias de este movimiento; y eso ha asustado a nuestros antagonistas de proyecto histórico.


Esos antagonistas quieren defender un orden de poder, que es el orden del capital, el orden de los dueños del mundo, de los dueños del planeta y de los dueños de la vida también, porque sus decisiones afectan la vida y la muerte de todas las personas.


La posibilidad de transformar la sociedad, de desmontar ese orden desigual fundacional, asustó a nuestros antagonistas de proyecto histórico, y han puesto a sectores del catolicismo y a sectores del protestantismo, pero no a la integridad del protestantismo ni a la integridad del catolicismo, a trabajar para ver si consiguen derrocar el riesgo que ven en nuestro movimiento.


–Usted creó el concepto femigenocidio; ¿por qué y qué significa?


Femigenocidio se dirige a poder nombrar la idea de que hay mujeres que no mueren por razones domésticas, que no mueren como consecuencia de una interacción en la intimidad o no mueren a manos de conocidos. La tendencia del sentido común, la manera en que pensamos los crímenes contra las mujeres, siempre está empañada por la idea de que existe el deseo, la libido, el celo, el odio; una emocionalidad que emerge de interacciones próximas entre personas conocidas.


A partir de mi visita y análisis de la situación en Ciudad Juárez, en 2006, me di cuenta que los feminicidios que ahí ocurren no tienen nada que ver con el orden de la intimidad. Existen feminicidios del orden de la intimidad, por parejas, sí; pero los feminicidios que se han tornado famosos en el mundo, porque las madres salieron del campo algodonero a denunciarlos, esos no son feminicidios de la intimidad.


Por eso por mucho tiempo fue muy difícil interpretar qué son esos feminicidios, porqué se mata mujeres por un grupo grande hombres, con una tortura sexual, mutilaciones y violaciones colectivas, de una forma recurrente, casi una rutina; y qué significa eso.


De ahí pasé a visitar países como El Salvador, Guatemala y Honduras, o sea todo el triángulo norte centroamericano, y me di cuenta de que el feminicidio se expande en ese territorio, así como también se expande en todo México; por eso hoy hablamos de una juarización de México.


Son agresiones a las mujeres y una crueldad contra el cuerpo de las mujeres que no responden a problemas de la intimidad. Entonces a esos crímenes les llamo femigenocidio; porque podrían llegar a una categoría del orden jurídico internacional de los derechos humanos, al ser crímenes contra las mujeres, no contra una mujer por una razón que puede ser personalizable.


Dentro del femigenocidio incluyo los crímenes asociados a las nuevas formas de la guerra, a los conflictos entre pandillas; o como en Ciudad Juárez, a la represión estatal, o a formas de enunciar al mundo la dominación territorial y la dominación jurisdiccional, por parte de algunas mafias locales.


A eso le llamo una esfera paraestatal de control de la vida. Y varios sectores de nuestros pueblos, de nuestras ciudadanías, en todos los países de América Latina, están expuestos a un control paraestatal de su vida por parte de grupos de organizaciones criminales, o por el paraestado; o sea, por formas represivas y duplicaciones represivas de los Estados nacionales. Ahí, a las muertes de mujeres les llamo femigenocidio, crímenes que se realizan contra la población de mujeres.


También incluyo ahí al crimen de la trata, porque las mujeres tratadas son reducidas a condiciones concentracionarias de existencia, que perjudican su salud de una forma definitiva. Por eso en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, de Naciones Unidas, las condiciones concentracionarias de existencia son una de las formas de genocidio.


–¿Cuando suma la palabra genocidio a la de feminicidio es para darle un carácter de crimen de lesa humanidad al asesinato de las mujeres, y resaltar su gravedad?


Exactamente. Si consiguiéramos llevar esa categoría a una Convención iluminaríamos todo el campo de la violencia contra las mujeres, inclusive los crímenes domésticos; y se empezaría a mostrar algo que es muy difícil de mostrar a la población por causa del sentido común, que siempre los reduce a crímenes de la intimidad, del orden privado.


Es muy difícil retirar los crímenes contras las mujeres del fuero íntimo. Si consiguiéramos llevar al fuero internacional este grupo particular de crímenes letales, con intención letal o con consecuencias letales, como es la trata, iluminaríamos todo el campo de la violencia contra las mujeres y mostraríamos cómo es una violencia plenamente pública.


–Aprovecho que usted reside en el Cono Sur, para preguntarle, ¿qué explicación podría dar a este resurgimiento de la extrema derecha en Latinoamérica, por ejemplo, en Brasil y Argentina?


Creo que la esfera paraestatal de control de la vida, de control de muchas voluntades, en América Central y en México, se dio a través del crimen organizado; que también considero es un implante, no un fenómeno espontáneo.


En el caso de su país, debo decir que soy una persona que viene a México todos los años, la mayor parte de ellos más de una vez, desde que tengo 20 años; entonces conozco a México bastante bien, desde Laredo hasta Juchitán.


Pero me pregunto qué pasó con México, un país que, pese a todos sus problemas, como su democracia de un partido único y Tlatelolco, se mantuvo durante mucho tiempo como la democracia de América Latina; y en poco tiempo, en menos de diez años, ahora no se puede transitar después de la 6 de la tarde. Qué pasó con México. No puedo pensar que esta descomposición es un fenómeno espontáneo de la sociedad, no lo creo, fue demasiado rápido, demasiado veloz; no transcurrió ni una década en que México se imposibilitó como sociedad.


En el caso del crimen organizado en México, yo creo que ha sido un implante, no un fenómeno espontáneo. Pero la extensión que tomó y la forma en que está imposibilitando la vida normal de la gente en muchos lugares, es misteriosa.


Mi evaluación es que el poder no puede ser observado, lo inferimos, hacemos modelos de comprensión de cómo piensa y a dónde se dirige, pero no podemos observar cómo toma sus decisiones, cómo debate sus decisiones o cómo delibera sus decisiones.


De la misma forma, la acción de ciertas Iglesias, evangélicas, sobre todo, en América del Sur, ha sido también un implante; controlan la vida y la voluntad de mucha gente y están por detrás de la derechización de la política.


–En cuanto a otros dos tipos de violencias, ¿de qué manera se podría proteger a los defensores de la tierra, que se oponen a los crímenes de la economía extractivista; y a los migrantes, que están siendo victimizados en las fronteras?


Para mí hay dos estrategias que son centrales para garantizar un futuro en la Tierra. Una es la vincularidad, la reconstrucción comunal, la restauración del tejido comunitario. Que la gente apueste por esa restauración, ese retejimiento de las relaciones entre las personas, para que las personas puedan, en la falencia total del Estado o en la toma del Estado por sectores francamente antipopulares y genocidas, protegerse entre sí, acogerse y cuidarse, y en última instancia, refugiarse.


El otro gran tema que tenemos pendiente, yo misma lo tengo pendiente, es pensar mejor. Durante mucho tiempo, en mis primeros años como antropóloga, mi primer tema fue la música, la etnomusicología. Pero mi segundo tema fue religión y sociedad. Mucho tiempo estudié, hice trabajo de campo y escribí, sobre religión y sociedad; y hoy creo que estoy volviendo a ese tema porque, entre otras cosas, pienso en la espiritualidad, porque hay una pulsión humana que es la búsqueda de sentido en la vida.


Y creo que ahí la espiritualidad tiene un papel central, y es un campo que es necesario reflexionar más y trabajar más, para entender cómo la espiritualidad puede en el presente ayudarnos a recuperar la vida en la Tierra, porque la vida está en riesgo, ha sido casi totalmente cosificada.


El mundo, la vida, se han transformado en cosas, para mucha gente no son más que cosas. ¿Cómo sacamos a esa gente de ahí?, esa gente que no ve venir su propia muerte, inclusive los dueños. Los dueños no están viendo venir su propia muerte.


Este material se comparte con autorización de IBERO

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La desigualdad económica: ¿Qué hay de nuevo?

Los estadounidenses de entre 18 y 29 años con una opinión favorable del capitalismo han caído del 68% en 2010 al 45%

Soy capitalista y hasta yo pienso que el capitalismo está roto”, afirmó hace poco Ray Dalio, el fundador de Bridgewater, uno de los fondos privados de inversión más grandes del mundo. Según la revista Forbes, Dalio ocupa el puesto número 60 en la lista de las personas más ricas del planeta. “Si el capitalismo no evoluciona, va a desaparecer”, dijo.

Jamie Dimon es el jefe del gigantesco banco JPMorganChase y también anda preocupado por la salud del capitalismo. Dimon, cuyo sueldo el año pasado fue de 30 millones de dólares, afirma: “Gracias al capitalismo, millones de personas han sa

lido de la pobreza, pero esto no quiere decir que el capitalismo no tiene defectos, que no está dejando mucha gente atrás o que no debe ser mejorado”.
Esto es nuevo. Las denuncias contra el capitalismo y la desigualdad que este genera y perpetúa son tan viejas como Karl Marx. Lo nuevo es que los titanes de la industria, cuyos intereses están muy atados al capitalismo, lo están criticando tan ferozmente como los más agresivos militantes de la izquierda. Los empresarios lo quieren reparar, mientras que los críticos más radicales lo quieren reemplazar.


Los grandes empresarios no son los únicos que tienen críticas al capitalismo. Según la encuestadora Gallup, el porcentaje de los estadounidenses entre los 18 y los 29 años de edad que tienen una opinión favorable del capitalismo ha caído del 68% en 2010 al 45%. Hoy, el 51% de ellos tiene una opinión positiva del socialismo. Esto también es nuevo.
En el mundo académico hay las mismas preocupaciones. Paul Collier, por ejemplo, es un renombrado economista y profesor de la Universidad de Oxford quien el año pasado publicó El Futuro del Capitalismo. En este libro advierte que “el capitalismo moderno tiene el potencial de elevarnos a todos a un nivel de prosperidad sin precedentes, pero actualmente está en bancarrota moral y va encaminado hacia una tragedia”.


Las críticas al capitalismo son muchas y variadas y, la mayoría, muy antiguas. La más común es que el capitalismo condena a las grandes masas a la pobreza y concentra ingresos y riquezas en una pequeña élite. Esta crítica se había atenuado gracias al éxito que tuvieron países como China, India y otros en reducir la pobreza. Esto se debió, en gran medida, a la adopción de políticas de liberalización económica que estimularon el crecimiento, el empleo y aumentaron los ingresos. Así apareció la clase media más numerosa de la historia de la humanidad, otra novedad.


Pero el crash financiero de 2008 trajo de regreso la preocupación por la desigualdad y reanimó las denuncias contra el capitalismo. Mientras que para países como Brasil o Sudáfrica, la desigualdad económica había sido la norma, para otros significaba el regreso de una dolorosa realidad que se creía superada. Varios países europeos y Estados Unidos se unieron al grupo de naciones que vieron aumentar la desigualdad entre sus habitantes.


Con las recientes erupciones de populismo e inestabilidad política se ha generalizado la idea de que es urgente reducir la desigualdad económica. Pero el acuerdo sobre la necesidad de intervenir no ha venido acompañado de un acuerdo sobre cómo hacerlo. La falta de consenso acerca de qué hacer tiene mucho que ver con diferencias de opinión sobre las causas de la desigualdad. Para Donald Trump no hay dudas: las importaciones de China y los inmigrantes ilegales son la explicación del sufrimiento económico de los estadounidenses que han dejado de beneficiarse del sueño americano. Esto no es cierto. Todos los estudios demuestran que las nuevas tecnologías que destruyen puestos de trabajo y mantienen bajos los salarios de las ocupaciones que menos formación requieren, son la más importante fuente de desigualdad. Una variante de esta teoría es que un creciente número de sectores están dominados por un pequeño número de empresas muy exitosas, y de gran tamaño, cuyas estrategias de negocios inhiben el aumento de los salarios, la inflación y el crecimiento económico. En Estados Unidos, con frecuencia se señala el desproporcionado peso económico, y la consecuente influencia política, que han adquirido el sector financiero y el de la salud. Para economistas como Thomas Piketty, Emmanuel Sáenz y otros, “la desigualdad económica es principalmente causada por la desigual propiedad del capital, tanto el privado como el público”.


Estas generalizaciones son engañosas. Las causas del aumento de la desigualdad en la India son diferentes a las de Estados Unidos y las de Rusia distintas a las de Chile o China. En algunos países, la causa más importante de la desigualdad es la corrupción, en otros no.


Es muy probable, además, que estemos pensando en batallas del siglo pasado y que los nuevos retos requerirán nuevas ideas. El impacto de la Inteligencia Artificial en la desigualdad es aún incierto, pero todo indica que será enorme. Y esta novedad puede hacer obsoletas todas nuestras ideas acerca de las causas de la desigualdad y sus consecuencias.


Será todo nuevo.

Por Moisés Naím
1 JUN 2019 - 17:00 COT

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Martes, 28 Mayo 2019 06:25

Críticos neoliberales

Críticos neoliberales

Para Michel Foucault el poder siempre ha estado ahí. Estructurando con su discurso las mentes de los humanos desde que aparecen en este mundo; educando, persuadiendo, catequizando, seduciendo, sujetando, acogotando. El poder funda y es garantía de orden. Lo ejercen la familia, la escuela, la iglesia, el arte, el poder político y el económico, la cultura en general. El poder más eficiente es el invisible, porque normaliza. Se instala y se presenta como "natural" o "normal". Nos estructuran muchos poderes coherentes e incoherentes entre sí, y por eso somos contradictorios. Pequeñas, grandes, predominantes formas de poder conviven, cambian, nos cambian, o las adoptamos con frecuencia sin elegirlas.

No hay un ser humano "previo" engañado o reprimido por las estructuras de poder. Uno que podría despojarse de todas las formas de poder que lo han estructurado y recuperar una supuesta "humanidad original" libre de toda estructuración.

El capitalismo avanzado global, posindustrial, financierizado, en el que vivimos, llegó armado del discurso neoliberal: una enorme canasta de "certezas", un poder por (no tan) largo tiempo incontestable.Ese discurso logró instalarse el último me¬dio siglo como lo natural, lo normal. Ha es-tructurado no sólo a los sectores dominantes que lo personifican, sino también a vastas porciones de las sociedades. Lo hace mediante la operación mercantil cotidiana "normal" que a todos abarca, y mediante la operación financiero/bancaria y la bursátil. Lo hace mediante los "valores", los "héroes" y los winners, individualistas y consumistas,presentes sin cesar en los medios de comunicación. Lo hace con sus intelectuales normalizados en ese discurso.

En México los críticos neoliberales de la 4T desesperan. Sin cesar, día a día, subrayan las "barbaridades" o los"errores" cometidos por el gobierno de AMLO. Como criaturas del discurso neoliberal sólo les es dado leer el mundo de ese modo. No señalan los errores cometidos por el gobierno en el ejercicio de intentar alcanzar los cometidos que se ha propuesto el programa de la 4T, no, esos no los registran; detectan como errores las acciones confusas o discordantes con la operación "normal" de una "democracia moderna". Ya se sabe, de la mano de la "democracia" va el "libre mercado", una libertad fundamental stricto sensu.

El capitalismo neoliberal ha entrado en etapa histórica de agonía, pero esos críticos no tienen otro asidero que sus mantras. Continuarán en ellos, indefectiblemente. Fueron parte del poder pero ahora se les escapa de las manos. Intentan desde ya recuperarlo, y por eso no cesan. Combatir cada día el discurso y los hechos de AMLO es su modus vivendi.

El capitalismo neoliberal ha sido la peor versión del capitalismo. El libre mercado ha sido siempre el modelo de la anarquía por antonomasia. El libérrimo mercado neoliberal fue el acto de soltar a los caballos salvajes desbocados a galopar sin freno en todas direcciones. El resultado fue la hiperconcentración de la riqueza como nunca en la historia; la tumba de la convivencia social –en todas partes– como nunca en la historia; el arrasamiento del planeta como nunca en la historia. La prueba mayor del decaimiento del capitalismo neoliberal y su discurso es ver ahora cómo el centro neurálgico mundial de ese sistema, Estados Unidos, abandona el vertedero que dominaba dejando al capitalismo en una noche negra e ignota.

El comportamiento canalla de Trump en Siria, o en Irak, y ahora también en América Latina forma parte de ese recogimiento sobre sí mismo que el imperio procura devastando aún más al resto del planeta en lo que pueda. La guerra económica contra China y Rusia es evidencia de debilidad, no de poderío. El nacionalismo gorila no sólo se instaura en el imperio. También en Europa avanza y el grito de sálvese el que pueda resuena por el orbe.

Donde hay poder hay resistencia y, por tanto, conflicto. Las atrocidades cometidas por el neoliberalismo del subdesarrollo en México machacaron a las mayorías encima de la ignominia de siempre que venían sufriendo. La injusticia histórica acumulada desembarcó el 1º de julio pasado en la forma de una posibilidad (por ahora no más que eso) de mejorar la vida. No sabemos en qué medida ni a qué proporción de los excluidos llegará el alivio; pero la oportunidad no podía perderse.

Los críticos neoliberales son insensibles al dolor de la sociedad de los excluidos, como ordena el canon del individualismo vigente. Pero se van quedando con un discurso vacío, pues el sistema que tantos bienes les obsequió hace agua irremediablemente.

Esos críticos esperan recuperar el poder perdido, pero esperan estérilmente. No ha¬brá vuelta atrás; pero los excluidos en busca de concretar su nueva posibilidad, nada tienen asegurado tampoco. La búsqueda de nuevos arreglos sociales y políticos es para todos. Largo es el camino, pero la con¬dición de alerta respecto al poder en todas sus formas debe ser continua y sin desmayo.

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El papa Francisco lanza una nueva iniciativa convocando a economistas de todo el mundo

El encuentro se realizará en marzo del próximo año. En una carta, el Papa sostiene que mientras el actual sistema económico y social produzca una víctima no podrá haber fraternidad universal.

 

El papa Francisco es la cabeza visible de una iniciativa a nivel global que lanzó y con la que busca promover el cambio del modelo económico actual. La propuesta ya comenzó a trabajarse y tendrá como expresión concreta un encuentro previsto para marzo del próximo año en la localidad de Asís, donde aspira a que participen economistas de todo el mundo.


La apuesta de Francisco es lograr un “pacto común” a partir del cual modificar la economía actual y otorgarle un alma a la economía. En la carta de convocatoria al encuentro que se denomina "Economía de Francisco", propone la necesidad de iniciar un proceso de cambio global donde participen "todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de creencia y nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atentos sobre todo a los pobres y excluidos”.


La reunión en Asís será entre el 26 al 28 de marzo de 2020 donde Francisco aspira a juntar a una buena cantidad de economistas pero también de estudiantes para que se animen a "practicar una economía diferente, una que da vida y no mata, incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza”, según la misiva.

La convocatoria del Papa también abarca a académicos. “Mientras nuestro sistema económico y social todavía produzca una víctima y haya una sola persona descartada no podrá existir la fiesta de la fraternidad universal”, señala el Papa en la carta.


La idea es promover “un proceso de cambio global que vea en comunión de intenciones no solo a los que tienen el don de la fe, sino a todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de creencia y nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atentos sobre todo a los pobres y excluidos”. De allí que se haya elegido a Asís, la ciudad de San Francisco, dado que es “el símbolo y el mensaje de un humanismo de fraternidad”. En ese sentido, el Papa argentino señaló que si “San Juan Pablo II la eligió como ícono de una cultura de paz, a mí me parece también un lugar que inspira una nueva economía”.
Sobre el santo de Asís, el Pontífice remarcó que “se despojó de toda mundanalidad para elegir a Dios como la estrella guía de su vida, haciéndose pobre con los pobres” y que puede dar “esperanza a nuestro mañana, en beneficio no solo de los más pobres, sino de toda la humanidad”.


En otro pasaje, Francisco recordó que en la Carta Encíclica Laudato “subrayé que hoy más que nunca, todo está íntimamente conectado y que la protección del medio ambiente no puede separarse de la justicia para los pobres y de la solución de los problemas estructurales de la economía mundial”. Por ello, insta a “corregir los modelos de crecimiento” aunque, “lamentablemente el llamado a tomar conciencia de la gravedad de los problemas sigue sin ser escuchado”.

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Anselm Jappe: “Ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales”

Para el pensador alemán Anselm Jappe, el capitalismo narcisista en el que estamos insertos ha dado lugar a la sociedad “autófaga” que, como en el mito, termina devorándose a sí misma cuando ya nada sacia su apetito.

Anselm Jappe (Bonn, Alemania, 1962) es un pensador inclemente y vigoroso, alérgico a los argumentos consoladores y a los subterfugios intelectuales. Junto a otros desviados de la ortodoxia marxista (Robert Kurz en Alemania, Moishe Postone en Estados Unidos, Luis Andrés Bredlow en España) lleva años cuestionando los axiomas de una izquierda que, piensa Jappe, ha sido incapaz de comprender las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas. Para Jappe y los suyos el hilo de Ariadna del que habría que tirar para desentrañar el espíritu de la época es la llamada “crítica del valor”: “Mientras que el marxismo tradicional se ha limitado siempre a demandar otra distribución de los frutos de este modo de producción, la crítica del valor ha comenzado a cuestionar el propio modo de producción”.


A España empezó a llegar su pensamiento en 1998, cuando Anagrama publicó Guy Debord, un ensayo sobre el filósofo situacionista y la banalización de su pensamiento en esa sociedad del espectáculo que tanto había repudiado. Desde entonces ha sido la editorial Pepitas de Calabaza la que ha difundido su obra en nuestro país: Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos (2011); El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. Ensayos sobre el fetichismo de la mercancía (2009) y Las aventuras de la mercancía (2016).


Su último libro es La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción, un exhaustivo estudio del mecanismo enloquecido en el que se ha convertido el sistema económico y cómo su funcionamiento nos aboca a terminar como el rey Erisictión, rey griego que acabó devorándose a sí mismo cuando ya nada saciaba su apetito, que funciona como alegoría de una civilización, la nuestra, que se autodestruye cegada por la desmesura. Anselm Jappe atendió a las preguntas de El Salto por correo electrónico.
Parte de la idea de que la crítica del valor permite darle sentido a fenómenos sociales, culturales y políticos diversos que, a priori, parecen no tener ninguna relación entre sí. ¿Podría explicar qué es la crítica del valor y por qué cree que es la herramienta más certera para entender la sociedad capitalista?

La crítica del valor es una corriente internacional, nacida en Alemania a finales de los años ochenta en torno a la revista Krisis y a Robert Kurz, que propone una crítica radical de la sociedad capitalista basada en las teorías de Marx, pero que se distancia del marxismo tradicional. La crítica del valor sitúa en el centro las categorías de mercancía, valor, dinero y, sobre todo, de trabajo abstracto, es decir, el trabajo considerado solo por la cantidad de tiempo gastado, sin tener en cuenta su contenido. Para la crítica del valor, la explotación y la lucha de clases son solo una parte del problema: el capitalismo es también una subordinación de lo concreto a lo abstracto, lo que lo convierte en una sociedad incapaz de autorregularse, y esto se ve en la crisis ecológica. La crítica del valor se opone a la fragmentación posmoderna del pensamiento: la lógica de la mercancía y del trabajo abstracto crea una teoría capaz de pensar la totalidad.


En el libro, además de la crítica del valor, recurre constantemente al psicoanálisis: ¿Qué puede decirnos hoy el psicoanálisis?, ¿cómo complementa a la crítica del valor?

El fetichismo de la mercancía, una categoría crítica esencial de Marx retomada por la crítica del valor, se refiere a un nivel profundo e inconsciente de la sociedad. Más allá de sus intenciones conscientes, los individuos ejecutan los imperativos de un sistema social anónimo e impersonal. Marx llama al valor el “sujeto automático”. El psicoanálisis, por su parte, es otro modo de comprender ese lado inconsciente de la vida social. Ambos enfoques son complementarios, pero deben ser integrados: por lo general, el psicoanálisis ha puesto unilateralmente el acento en el individuo, descuidando la dimensión social y su evolución histórica, mientras que el marxismo ha descuidado la dimensión psicológica en favor solo del nivel económico y político. Bajo la superficie racional de la búsqueda de los propios intereses, el capitalismo es una sociedad extremadamente irracional y contraproducente que no puede explicarse solo mediante las motivaciones conscientes de los actores sociales.

¿Por qué dice que 1968 es el año inaugural de un nuevo capitalismo, “el narcisista”, frente a su predecesor, el “capitalismo edípico”?

El carácter social basado en el trabajo duro, el ahorro, la represión de las pulsiones, la obediencia a las autoridades, etc., comenzaba ya a no resultar funcional después de la Segunda Guerra Mundial. Los profundos cambios sociales producidos a partir de 1968 no condujeron en ningún lado a una superación del capitalismo, sino a su modernización. Muchas exigencias de liberación individual han encontrado su seudorrealización en la sociedad de consumo. La sumisión “edípica” a una autoridad personal —por ejemplo, un maestro que predica “patria, trabajo y familia”— ha sido sustituida por la adhesión a un sistema que aparentemente permite a los individuos realizar sus propias aspiraciones… ¡Pero a condición, claro está, de que esto se produzca en términos de mercado! Ahora, por ejemplo, los profesores son coachs que quieren ayudar a los jóvenes a incorporarse al mercado de trabajo y a concretar sus “proyectos de vida”.

Escribe que “las antiguas instancias de liberación se han integrado en la ideología del sistema” ¿Sigue la izquierda anclada en una visión del mundo que todavía no ha asimilado esa ruptura que dice que se produjo en 1968?

Muy a menudo es así. Existe una tendencia muy difundida a identificar el capitalismo contemporáneo con sus etapas pasadas y desentenderse de la evolución que se ha producido. ¿Por qué? Esencialmente, porque es mucho más fácil concebir una visión dicotómica en la que “nosotros” —el pueblo, el proletariado, los trabajadores, el “99%”— somos los “buenos”, frente a una pequeña minoría que nos oprime. Es mucho más duro admitir hasta qué punto todos nosotros estamos implicados en el sistema y tener además que revisar nuestra adhesión personal a muchos valores y estilos de vida dominantes.

¿Cómo enfrentarse entonces a un sistema que, como dice, es un mecanismo ciego y autónomo, del que nadie puede responsabilizarse y que no es posible controlar?

El hecho de que lo esencial no sean las responsabilidades personales —que, no obstante, existen; basta pensar en Monsanto-Bayer y sus campañas de desinformación sobre la peligrosidad de productos suyos como el Roundup— desde luego no impide que podamos y debamos oponernos a cualquier deterioro de las condiciones de vida provocado por la lógica económica desencadenada, ya se trate de una mina o de un aeropuerto, de un centro comercial o de los pesticidas, de una ola de despidos o del cierre de un hospital. Sin embargo, al mismo tiempo es necesario cambiar la propia vida y romper con los valores oficiales asimilados, como el de trabajar tanto para consumir tanto, y con los imperativos de la competencia, la performance, la eficiencia, la velocidad, sin preguntarse al servicio de qué hay que ser eficientes.

Alerta de los peligros que suponen la digitalización de la vida, la inteligencia artificial y la ingeniería genética, ¿a qué clase de mundo nos están llevando estas tecnologías que abrazamos con entusiasmo como si fuesen a solucionar nuestros problemas?

La opinión pública está perpleja y dividida ante estas tecnologías. Los peligros son conocidos. Pero muy a menudo se ponen de relieve también sus supuestas ventajas: las plantas genéticamente modificadas aumentan los rendimientos agrícolas, la investigación genética combate las enfermedades raras, la inteligencia artificial gestiona ciudades enteras de manera ecológica, el uso precoz del ordenador aumenta la inteligencia de los niños... Se supone que en cada ocasión hay que sopesar ventajas y desventajas. Pero la verdadera cuestión es otra: ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales.


¿Para qué aumentar los rendimientos agrícolas por medio de los transgénicos si buena parte de las cosechas acaban arrojadas al mar para mantener altos los precios? ¿Para qué revolver los genes para combatir enfermedades raras si millones de personas mueren por enfermedades de lo más vulgar, provocadas, por ejemplo, por el agua contaminada? ¿Para qué gestionar la ciudad mediante algoritmos de Google, en lugar de renunciar al plástico, el petróleo, el coche, el cemento armado o el aire acondicionado, para tener un ambiente más sostenible?

Dice que uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que nos condena a vivir en una infancia perpetua, ¿por qué el capitalismo necesita que seamos como niños para poder funcionar?

Por una parte, todo poder separado requiere súbditos infantiles. Durante mucho tiempo, fue la religión la que cumplió esta función. En algunos aspectos, el siglo XIX supuso los inicios de una emancipación mental a nivel masivo, respecto a la cual el siglo XX representa más bien una regresión. Cuanto más obedece el consumidor-ciudadano a sus impulsos inmediatos, más se aprovechan de ello el mercado y el Estado. La tendencia a un narcisismo generalizado significa también una regresión a un estadio primitivo de la infancia, donde no hay una verdadera separación entre el yo y el mundo. Como explico en mi libro, este narcisismo solipsista está ligado a la lógica del valor y del trabajo abstracto, que niega igualmente la autonomía del mundo y lo reduce a una emanación del sujeto.

Dedica cincuenta páginas del libro a reflexionar sobre las nuevas formas de crimen y terrorismo: ¿Cuáles son los rasgos de esa nueva violencia y de qué cree que son síntoma?

El crimen se ha vuelto tan irracional y autorreferencial como la lógica económica —la acumulación tautológica de trabajo, valor y dinero— y la psique narcisista de los individuos. El amok, en sus varias formas, es el ejemplo supremo de un crimen que ya no obedece a la realización de un interés, aceptando los riesgos, sino que, en este caso, la destrucción y la autodestrucción se convierten en fines en sí mismas. El odio del sujeto de la mercancía por el mundo y a sí mismo, normalmente latente, se hace aquí manifiesto, y por eso golpea con tanta fuerza a la opinión pública. Que después se añada una seudorracionalización política o religiosa es a menudo algo secundario: en el crimen gratuito se hace evidente el vacío fundamental que habita el individuo contemporáneo, en cuanto dominado por una economía que se ha vuelto loca.

Escribe que “un retorno al estado social no es posible ni deseable”: ¿Por qué no es posible y por qué no es tampoco deseable?, ¿en qué consisten entonces esos “compromisos soportables” de los que habla al final del libro?

El “Estado social” fue financiable durante la última gran época de acumulación económica, el llamado “milagro económico” de la posguerra. Hoy esta época a menudo se recuerda con nostalgia, sobre todo en Francia, como una época dorada. Una parte de la izquierda querría simplemente retornar a aquella situación. Sin embargo, su fin no se debió solo a una contraofensiva del capital en la época neoliberal, sino también a la disminución objetiva de los beneficios, consecuencia de la sustitución del trabajo vivo por las tecnologías, única fuente del valor y, en consecuencia, de la plusvalía y de la ganancia.


La revolución microelectrónica de los años setenta ha acelerado intensamente la desaparición del trabajo vivo, y en consecuencia de los beneficios, y finalmente la posibilidad de financiar el Estado social. También hay que decir, no obstante, que la sociedad de los años sesenta era rígida y aburrida, con un futuro completamente trazado para los jóvenes. Fue contra ese modo de vida contra el que se levantó la juventud mundial en 1968. La perenne precariedad establecida más adelante por el neoliberalismo es una siniestra parodia de la vida aventurera. En lugar de soñar con el retorno a un capitalismo moderado, hoy hay que ir más allá de una sociedad en la que debemos contentarnos con migajas en forma de “protección social”.

¿Qué virtudes y qué flaquezas ve en el movimiento feminista que ha crecido estos últimos años?

El movimiento feminista ha tenido en ciertos aspectos una evolución parangonable a la del movimiento obrero histórico: tras la repulsa inicial de toda la sociedad que produce la opresión del propio grupo, se pasó a esforzarse por asegurar una mejor integración —en un caso, de los obreros; en el otro, de las mujeres— en un sistema que ya no se ponía verdaderamente en cuestión, con algunos puestos privilegiados para algunos portavoces. Los obreros consiguieron el derecho al voto y, más tarde, un coche y una casita en propiedad; alguno incluso ha llegado a ministro. Las mujeres, aparte de poder votar, han podido convertirse en policías, y alguna también en ministra. Pero no a todo el mundo le gusta. En el campus de la Universidad Complutense vi un grafiti que decía: “Contra el feminismo liberal”.


La crítica del valor, por otra parte, se ha convertido en “crítica del valor-escisión”, un término un poco complicado para afirmar que la “escisión” de la esfera del no-valor en sentido económico, tradicionalmente asignada a las mujeres (esencialmente, las tareas domésticas y los comportamientos relacionados), constituye un presupuesto esencial de la producción de valor económico. Por eso, la crítica del patriarcado representa una parte fundamental de la crítica del valor: el capitalismo es patriarcal por naturaleza y no será superado sin la abolición del patriarcado.

¿Cómo interpreta el auge del populismo y la extrema derecha desde la crítica del valor? Dice que el populismo es transversal y que poco importa que reivindique a “los de abajo” o a “la nación”.

Las distintas formas de populismo reaccionan a los males sociales —sobre todo, a la desigual distribución de la riqueza— identificando a un grupo de responsables personales: los ricos, los banqueros, los corruptos, los especuladores. Se ignoran las lógicas sistémicas y se recurre al moralismo (la “codicia”). Casi siempre, el populismo santifica el “trabajo honrado” y lo opone a los “parásitos”. Por eso, la diferencia entre populismo “de derechas” y populismo “de izquierdas” no es tan grande como se cree. Ambos se basan en un falso anticapitalismo. No se trata de una novedad absoluta; en los años veinte y treinta ya hubo fenómenos de este tipo. Entonces, el antisemitismo constituía un aspecto esencial. Pero este existe también hoy, de forma soterrada y a veces abiertamente, en la denuncia del “especulador”.

Dice en el libro que no vivimos en una sociedad tan laica como nos gusta pensar, y que a Dios lo sustituyó el Mercado. ¿Podemos vivir prescindiendo de ídolos y dioses?

Hasta ahora, en la historia un tipo de religión ha sustituido a otro. La llamada secularización no ha tenido lugar; en ciertos aspectos, la mercancía constituye una religión más insidiosa que la antigua, porque cada mercancía particular representa un ser fantasmagórico: la cantidad de trabajo abstracto que la ha producido.

¿Cree que, como Erisictón, acabaremos autodestruyéndonos o seremos capaces de echar el freno antes de la catástrofe definitiva?, ¿el capitalismo terminará colisionando con los límites del planeta o tropezará antes con su propia dinámica?

¡Quién puede saberlo! Mi libro quiere ser simplemente una pequeña contribución para evitar esa catástrofe. Parece una bobada, pero depende de cada uno de nosotros. La actitud de cada cual frente a los retos del presente ya no depende mucho de la pertenencia a una clase social, un país, una raza, un sexo. Cada uno de nosotros está llamado a adoptar posiciones sobre las múltiples cuestiones abiertas. Las fronteras tradicionales (dominadores/dominados, ricos/pobres, sur/norte del mundo) resultan hoy un tanto confusas, pero esto constituye también una oportunidad. Es sobre todo la cuestión ecológica y climática la que puede constituirse en la base de un amplio movimiento de contestación… Que, no obstante, también se encontrará con enemigos, de eso no cabe duda.

Por Bernardo Álvarez-Villar
Traducción: Diego Luis Sanromán

publicado
2019-04-20 06:15:00

 

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El estancamiento natural del capitalismo

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.


El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.


Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?


La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.


Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.


Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.


La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.


Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.


En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.
Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.


Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.
Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierizaciónexuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Por Yanis Varoufakis
07/04/2019

 

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