La impactante realidad de la sociedad contemporánea mostrada por Steve Cutts

Las impactantes ilustraciones del artista gráfico Steve Cutts que critican la sociedad contemporánea se viralizan en Internet. Decenas de miles de personas han visto la triste verdad detrás de las obras que exponen en primer lugar el consumismo de los humanos.

Las obras del artista gráfico Steve Cutts, que exponen la sociedad a la burla, han sacudido la Red la última semana. Algunas de sus obras han tenido tanto impacto en los lectores, que se viralizaron y el artista se volvió famoso de inmediato.

Steve Cutts, un ilustrador que reside en Londres se llama a sí mismo el 'ermitaño autodidacta', quién de vez en cuando hace videos y dibujos en los que demoniza el consumismo y la búsqueda de dinero. Otro tema importante de sus obras es el desgaste del planeta a causa de los humanos en general, y por los empresarios en particular. Según el artista "la locura de los humanos es una fuente infinita de inspiración".

 

 

 

 

 

 

Tomado de RT: http://actualidad.rt.com/sociedad/184003-viraliza-artista-grafico-burla-sociedad

Publicado enFotorreportajes
Los que emigramos y nos fuimos quedando lejos*

Esto no lo hubiera podido escribir de recién emigrada, recién llegada un caos me absorbía: emociones encontradas, rechazo al suelo extranjero, a la cultura, al sistema, a la diáspora. Y esa profunda depresión post frontera me habitaba.

¿Por qué se quedan? Me preguntaba constantemente, con mi nostalgia por Guatemala a flor de piel. ¿Qué les da este país que ya no regresan? ¿Acaso olvidaron? Un alud de preguntas sin respuestas, por más que las buscaba no encontraba dar con éstas. Era como darme cabezazos contra la pared, era como gritarle al viento y escuchar cómo mi voz se perdía en la nada. Como permanecer bajo de agua buscando respirar.

La razón de la emigración de las masas hacia Estados Unidos tiene como factor principal la pobreza extrema, la violencia y la falta de oportunidades en el país de origen. Nadie se va porque no ame su país. Vendrán las otras razones; oportunidades laborales para los egresados de universidad, el amor, el deseo de crecer, hay tantas como seres humanos en el mundo. Los que buscan asilo político, los que huyen para salvar sus vidas. Estados Unidos está lleno de personas de todo el mundo que sufrieron torturas en sus países de origen, y aunque parezca difícil de creer no tuvieron nada que ver con la política exterior de este país. Y Estados Unidos les abre las puertas y aquí logran el desarrollo que en sus países les fue negado.

Yo emigré por decepción y depresión. Haber intentado todo en Guatemala y no haber tenido una sola oportunidad para realizar mi sueño. Llegó el momento
en que me encontré encerrada después de haber dado todo de mí sin que se abriera esa puerta de la oportunidad. El país al que emigraría era lo de menos, lo que yo quería era salir y poner tierra de por medio, Estados Unidos se me cruzó en el camino. Ése es mi caso personal, cada persona tendrá el suyo y no tiene que ser parecido al mío.

Tal vez porque mi razón de emigrar nunca tuvo que ver con dinero ni con sueños de lujos económicos este país aún no ha logrado comprarme. Lo
encaro y he aprendido a andar entre las sombras como los millones de indocumentados, he aprendido a conocerlo desde la invisibilidad y desde mi realidad de paria. Desde aquí abajo no hay poralizado que logre burlarse en mis narices, son aguas turbias en las que he aprendido a nadar. Un día cualquiera me echan para Guatemala con una patada en el culo y llegaré en ese avión; engrilletada y enchachada a enfrentarme con esa realidad de deportada con el país que me negó la oportunidad de mis sueños. Con ese país que amo. ¿Por qué sigo aquí? Porque esta realidad para mí también es una universidad, la universidad de la vida y aprendo día a día. La indocumentación es como estar cursando un doctorado, esta experiencia tan enriquecedora nunca la hubiera podido vivir en la Universidad –de mis amores– de San Carlos de Guatemala, con todo y mi reverencia hacia ella.

A mi país he aprendido a amarlo desde fuera, desde la lejanía se logra ver el panorama completo, en el mapa es apenas un granito de arena y es asombroso que dentro de algo tan pequeño quepa tanto racismo, odio, discriminación, tanto clasismo y apatía y arrogancia. Que contradictoriamente sea tan hermoso, con una tierra milenaria siempre preñada de ilusiones, con tantas etnias que lo llenan de colores. De ahí vengo yo. Yo vengo de la miseria extrema, del trabajo infantil, yo vengo de caminar kilómetros con mi hielera al hombro ofreciendo helados, viviendo en carne propia la discriminación y el hambre y el frío.

A mí nadie me va a venir a decir que me agringué, que los "toros se ven mejor desde fuera". Que si soy tan valiente que me regrese a intentar cambiarlo junto a los que están echando punta dentro. Aquí afuera también hay miles que echamos punta, cargando en los hombros la nostalgia, la discriminación, la diáspora, el idioma extranjero el sistema y el andar indocumentado. ¿Nosotros entonces no tenemos derecho porque estamos fuera?

Y partiendo de ahí viene el señalamiento, ¿por qué nos quedamos? Para entenderlo a cabalidad hay que estar en nuestros zapatos. Siempre es más difícil para el que se va que para el que se queda. El que se va lucha contra la diáspora, el que se queda tiene los recuerdos que afloran en cada esquina. Los que nos vamos tenemos que luchar por reconstruirlos, para abrazarlos constantemente y que nos den la fuerza para continuar.

Viniendo de un país como Guatemala y viviendo en la pobreza extrema es muy fácil que alguien pierda el rumbo, aquí los espejismos están en todos lados, es tan fácil resbalar y caerse. Más cuando se añora, cuando la soledad lapida, cuando el invierno se instala en los huesos, cuando por todo trabajo toca limpiar porquería, pero esa porquería es la que da para enviar las remesas y que la familia que se quedó pueda superarse. Aquí se dejan los pulmones trapeando pisos, restregando ventanas, bañeras, sanitarios, cortando frutas, cargando bloques de cemento. La diáspora en un país como Estados Unidos con todo y sus espejismos logra desorbitar la razón y es cuando las emociones hacen los estragos que quién se quedó no lograría comprender ni explicado con manzanas.

Llevo once años estudiando detalladamente el comportamiento de los indocumentados, de los hijos de indocumentados que nacen aquí, de los estadounidenses, de los emigrantes de otros países, llevo todo este tiempo observando culturas y aprendiendo de éstas, porque en la vida todo es aprendizaje, todo nos sirve tarde o temprano.

Camino a pasos lentos entre los rascacielos y la luces de neón y bajo a las alcantarillas atestadas de indocumentados, ambos mundos apestan: uno de arrogancia y desperdicio y el otro de sacrificio y desconsuelo.

He llegado a comprender que la gente se va quedando lejos porque de pronto el amor que es tan frágil se perdió en la transición, en el tiempo, en la tribulación. Sin amor un ser humano es una astilla cualquiera en una serrería, no tiene forma de reverdecer y retoñar. Sin amor es agua vuelta sal. Y en este país el amor se consume y se evapora en soledad dejando huérfanos a los emigrantes.

Sin el amor que lo es todo, ¿qué más da morir lejos, evaporarse lentamente en la lejanía? Y el amor muere desangrado cuando el tiempo, la necesidad y las circunstancias vuelven un simple proveedor a quien se va, los abrazos quedan como recuerdos, las reuniones familiares como añoranza. Cuando el que emigró pasa a ser una simple remesa que lo significa todo.

Cuando se pierden las ilusiones es como estar muerto en vida, y aquí hay millones de muertos en vida cargando sobre sus hombros a este país y sus
países de origen. Ellos son los indocumentados. Para entender a un indocumentado hay que ser uno de ellos. No se vale tratarnos como objetos de estudio desde una pluma fina y un escritorio y portafolios.

La gente se va quedando porque la depresión consume y convierte en andrajo a todo ser humano. Porque la alegría la convierte en llanto y los recuerdos en punzadas dolorosas que vaporizan cualquier intento de resistencia. Es esa agonía perenne.

De pronto lo que queda es trabajar como mula y afanarse con los espejismos que brinda este país porque es ése el disimulo de alegría y superación
personal. El progreso lo demuestran con el fraude de comprar un carro de último modelo aunque dejen de comer para pagarlo. Eso le aminora la desolación y así poco a poco caen en el abismo del consumismo. Pero para entenderlo hay que se indocumentado y vivir la experiencia en carne propia. De pronto y llegan los documentos que en nada cambian el estado emocional y sentimental de una persona, éstos ayudan a dar rienda suelta al consumismo y al afán.

A mí no me atacó por el lado del consumismo, creo que mi infancia fue una tremenda escuela, vivo con lo básico pero traté de combatir mi depresión post frontera con sexo y alcohol, ese vacío que no se logra llenar con camas un con juergas, finalmente fueron las letras las que me dieron la libertad. Y cuánto quisiera que esos miles también encontraran su razón de ser, pero cada persona lleva su propio proceso y es a su tiempo. La diáspora es una vórtice mortal.

La gente se queda no porque no ame a su país de origen es que de pronto la patria también es recuerdo de un pasado en el que bien pudo haber sido feliz o experimentado la amargura de su vida. Los recuerdos amargos son tormentosos y ese vacío se pretende llenar con lo material que es a simple vista lo despampanante. Por muchas razones Estados Unidos es el primer cliente de las drogas, y no solo los estadounidenses la consumen.

He aprendido en todo este tiempo que las personas andan bien vestidas, tienen casas grandes, carros de lujo, pero trabajan hasta 19 horas al día los 7 días de la semana y con y todo el alma se les pudre en la inmundicia de la diáspora.

Solo quién ha estado fuera del país de origen lo sabe, esos embates son suicidas.

La próxima vez que pensemos en señalar a alguien porque decidió quedarse fuera y no regresar pensemos un poquito en el significado real de la diáspora y en los estragos que ocasiona en el ser humano. Tal vez así dejemos de señalar y acusar porque no tenemos derecho alguno. La gente puede decidir quedarse fuera de su país y esto no lo convierte en rajona, en desertora, en traidora y en agringada. Al final la patria es el mundo entero. Para quienes estamos fuera es un enorme orgullo y un privilegio ser en cierto modo embajadores de nuestros países en el extranjero, que no quepa la menor duda.

La próxima vez que veamos un deportado o sepamos de alguien que se fue y que ya no regresó, pensemos un poquito en el estragos que ha vivido y tal vez eso nos enseñe a respetar a todas las personas porque todas están librando una batalla muy difícil. Aprendamos a ver el lado humano...

 

@ilkaolivacorado.

Marzo 4 de 2015.

Estados Unidos.

 

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Sábado, 26 Mayo 2012 06:47

Para salvar el momento presente

Para salvar el momento presente
Lo distinto de la tiranía global de hoy es que no tiene rostro. No es el Führer, ni Stalin ni un Cortés. Sus maniobras varían según cada continente y sus maneras se modifican de acuerdo a la historia local, pero su tendencia panorámica es la misma: una circularidad.


La división entre los pobres y los relativamente ricos se convierte en un abismo. Las restricciones y las recomendaciones tradicionales se vuelven añicos. El consumismo consume todo cuestionamiento. El pasado se vuelve obsoleto. En consecuencia la gente pierde su individualidad, su sentido de identidad y entonces se afianza y busca un enemigo para poder definirse a sí misma. El enemigo –no importa la denominación religiosa o étnica– se encuentra siempre también entre los pobres. Aquí es donde el círculo es vicioso.


En lo económico, junto con la riqueza el sistema produce más y más pobreza, más y más familias sin techo, mientras que simultáneamente promueve en lo político ideologías que articulan y justifican la exclusión y la eventual eliminación de las “hordas” de los nuevos pobres. Es este nuevo círculo político-económico lo que hoy alienta la constante capacidad humana para infligir crueldades que arrasan la imaginación humana.


“Anoche llamó una amiga desde Vadodara. Llorando. Le tomó 15 minutos poderme decir lo que le pasaba. No era muy complicado. Era sólo que una amiga de ella, Sayeeda, había sido atrapada por una muchedumbre. Era sólo que le habían abierto el vientre y se lo habían retacado con trapos ardientes. Era sólo que tras su muerte alguien le marcó en la frente un OM (la firma sagrada de los hindúes).


Éstas fueron las palabras de Arundhati Roy para describir la masacre de miles de musulmanes a manos de fanáticos hindúes en Gujarat, durante la primavera de 2002.


“Escribimos”, confesó alguna vez, “en los resquicios de muros que alguna vez tuvieron ventanas. Y la gente que todavía tiene ventanas, a veces no puede entender”.


Vayamos al lugar de los hechos, observemos, investiguemos, informemos, rescribamos, escribamos una versión final; se publica, mucha gente la lee –aunque uno nunca sepa qué es lo ancho o lo angosto–, nos volvemos escritores controversiales, con frecuencia amenazados, pero también apoyados, que escribimos de la suerte de millones de personas, mujeres, hombres, niños; se nos acusa de arrogancia, seguimos escribiendo, develamos y detallamos más proyectos de los poderosos que conducen a tragedias más inmensas y evitables; hacemos notas, cruzamos y recruzamos el continente, somos testigos de la desesperación evidente, continuamos publicando, debaten con nosotros una y otra y otra vez, mes tras mes, y los meses se convierten en años. Pienso en ti, Arundhati. Y no obstante lo que advertimos y contra lo que protestamos sigue incesante sin que nadie le ponga freno. Continúa irresistible. Continúa como si estuviera envuelto por un silencio permisivo nunca roto. Continúa como si nadie nunca hubiera escrito una sola palabra. Entonces nos preguntamos: ¿cuentan las palabras?, y alguna vez puede regresarnos una respuesta como ésta: las palabras aquí son como las piedras que les ponen a los prisioneros amarrados antes de ser arrojados a un río.


Analicémoslo: toda profunda manifestación política es un llamado a una justicia ausente, y la acompaña una esperanza de que en el futuro tal justicia quede establecida. Sin embargo, la esperanza no es la razón primera de que se efectúe la manifestación. La gente protesta porque no hacerlo es demasiado humillante, demasiado aplastante, demasiado letal. La gente protesta (monta una barricada, toma las armas, se va a la huelga de hambre, se toma de las manos para gritar o escribe) con el fin de salvar el momento presente, sin importar lo que traiga el futuro.


Protestar es negarnos a ser reducidos a cero y a que se nos imponga el silencio. Por tanto, en cada momento que alguien hace una protesta, por hacerla, se logra una pequeña victoria. El momento, aunque transcurra como cualquier otro momento, adquiere un cierto carácter indeleble. Se va y sin embargo dejó impresa su huella. Lo principal de una protesta no es que sea un sacrificio efectuado en pos de un futuro alternativo más justo. Lo principal es una redención del presente –algo que parecería no tener consecuencias, es decir, una acción que parece inconsecuente [sin lógica, desconectada del futuro, “irrelevante”]. El problema es cómo vivir una y otra vez con la supuesta ausencia de consecuencias, con lo inconsecuente.


“La cuestión aquí, en realidad”, replica Arundhati, es: ¿qué hemos hecho con la democracia, ¿en qué la convertimos?, ¿que ocurre con una democracia desgastada por completo cuando se le ha vaciado de contenido hasta hacerla hueca?, ¿qué ocurre cuando cada de sus instituciones hizo metástasis y formó algo peligro?; ¿qué ocurre ahora que la democracia y el libre comercio se han fundido en un solo organismo predatorio con imaginación tan constreñida y flaca que gira casi en su totalidad alrededor de la idea de maximizar las ganancias? ¿Será posible revertir este proceso? ¿Puede algo que ya mutó regresar a ser lo que alguna vez fue?


¿Cómo vivir con lo inconsecuente? El adjetivo es temporal. Tal vez una respuesta posible y adecuada es que es espacial. Y entonces de lo que se trata es de acercarnos y acercarnos a aquello que se redime del presente (al interior de los corazones de quienes se niegan a aceptar la lógica de ese presente). En ocasiones, un narrador puede lograr esto mismo.


En una historia la negativa de quienes protestan se vuelve un grito salvaje, la rabia, el humor, la iluminación de las mujeres, hombres y niños. Las narraciones son otro modo de volver indeleble un momento, porque cuando las historias son escuchadas se interrumpe el flujo unilineal del tiempo y que algo no tenga consecuencias pierde totalmente su sentido.


Antes de ser asesinado en el Gulag, Osip Mandelstam dijo eso precisamente: “Para Dante, el tiempo es el contenido de la historia que uno siente en un solo acto sincrónico. Y de un modo inverso, el propósito de la historia es mantener junto el tiempo, para que todos seamos hermanos y compañeros en la misma búsqueda y en la misma conquista del tiempo”.


Traducción: Ramón Vera Herrera


* Texto de John Berger escrito como saludo a la celebración de la Primera Audiencia General Introductoria del Tribunal Permanente de los Pueblos en Ciudad Juárez, Chihuahua, entre el 27 y el 29 de mayo. Es un fragmento de Bento’s Sketchbook, Pantheon Books, 2012, su libro más reciente

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Sábado, 21 Noviembre 2009 11:02

La pandemia del consumismo

Los períodos de calentamiento global no son un invento humano. Pero los humanos hemos inventado la forma de convertir un ciclo natural en una anomalía. Su gravedad puede exceder la tragedia de una, de muchas bombas atómicas, pero no vemos la explosión porque vivimos dentro de ella, porque
se parece al incontestable capricho de la naturaleza ante el cual solo cabe resignarse.

Los gobiernos del mundo están demasiado ocupados tratando de salvar a la humanidad de “la gran crisis” —la crisis económica—, estimulando el mismo consumo que nos está llevando a la catástrofe. *Si la destrucción global aún no ha alcanzado la catástrofe tan temida, es sólo porque el consumismo no ha alcanzado aun los porcentajes tan deseados*. En este delirio colectivo, confundimos desarrollo con consumismo, éxito con despilfarro, crecimiento con engorde. La pandemia es considerada un síntoma de buena salud. Su éxito ha sido tan abrumador que no hay ideología ni sistema político en el mundo que no esté concentrado en reproducirla y multiplicarla.

Las nuevas tecnologías podrían ayudar a disminuir las emisiones de dióxido de carbono, pero es improbable que sean suficientes ante un mundo que recién se encuentra en los inicios de su capacidad para consumir, dilapidar y destruir. *Pretender reducir la contaminación ambiental sin reducir el consumismo es como combatir el narcotráfico sin reducir la adicción de los drogadictos*.

El despilfarro irracional del consumismo no tiene límites; no ha evitado la muerte de millones de niños por hambre pero ha puesto en peligro la existencia de toda la biósfera. Si el exitoso consumismo no es reemplazado por la olvidada austeridad, pronto deberemos elegir entre la guerra y la miseria, entre el hambre y las epidemias.

Está en manos de los gobiernos y en manos de cada uno de nosotros organizar la salvación o acelerar la destrucción. La Conferencia sobre el cambio climático de Copenhague es una nueva oportunidad para evitar la mayor catástrofe que nunca ha enfrentado la Humanidad. Procuremos que no sea otra oportunidad perdida, porque no disponemos de todo el tiempo del mundo.






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Con 26 libros a sus espaldas y una interminable lista de galardones (desde el Pulitzer hasta el de la MTV), John Ashbery (Rochester, 1927) es el gran mito de la poesía estadounidense. Autor de todo un clásico contemporáneo como Autorretrato en espejo convexo, un poema traducido al español por, entre otros, su amigo Javier Marías, la obra de Ashbery sigue creciendo. En Un país mundano (Lumen), su nuevo libro, el poeta retoma su, como dice él mismo, "improvisación onírica".

u apartamento de Chelsea está confortablemente desordenado. La ventana del salón se abre a una impresionante vista de la ciudad, y el río queda recortado entre los edificios que se han levantado en los 25 años que han pasado desde que llegó aquí. "El nuevo de Gehry parece traslúcido por las noches", comenta tímido y atento. Entusiasmado.

Ashbery se graduó cum laude en Harvard. Dice que de joven quería ser pintor. Vivió una década en París, hasta 1965, donde trabajó como crítico de arte. Ahora reparte su tiempo entre este apartamento y una casa en Hudson. En Chelsea se concentra en la poesía. Apenas corrige. Si no le gusta un poema lo descarta. Sobre la mesa tiene la edición española de su libro junto a un nuevo volumen, Planispheres, que publica este mes en Estados Unidos.

Pregunta. ¿Qué une los poemas de Un país mundano?

Respuesta. No concibo mis libros como una unidad, es más bien una estructura acumulativa. Lo que los une es que los he escrito en un mismo periodo

P. ¿Siempre ha sido así?

R. Cuando empecé no escribía con la aspiración de ser leído. Nunca he sido muy sistemático.

P. Ha trabajado varias décadas como profesor.

R. Enseñaba un taller de literatura y de poesía. No era duro pero me creaba ansiedad, pensaba que no tenía nada que enseñar. Siempre sentía que no hacía lo que debía pero parece que los alumnos se divertían.

P. También trabajó muchos años como crítico y periodista. ¿Afectó eso a su poesía?

R. El periodismo me ayudó porque escribía para el público general y debía hablar de arte de manera que el lector hiciera su propio juicio. También me enseñó a prestar atención, y esto es una de las cosas que encuentro más difíciles. Y luego estaba el terrible momento de la entrega, la hora límite, algo aterrador. Aprendes a perder el pánico a la hoja en blanco. Pude superar las inhibiciones, la constante fuente de ansiedad que supone escribir y tener que preguntarte qué y cómo.

P. ¿Le sigue ocurriendo?

R. Siempre vacilas al escribir poesía.

P. ¿Ha cambiado su manera de hacerlo?

R. Al principio escribía a mano, pero en los setenta empecé a componer versos muy largos tipo los de Whitman y perdía el hilo de lo que escribía. Pensé que la máquina de escribir podría ayudarme y así fue. Me divierte escribir así, aunque cada vez es más difícil encontrar las cintas. La resistencia de las teclas es muy inspiradora.

P. ¿Siempre le gustó Whitman?

R. De joven no, pero tiene versos en los que parece que no hay artificio alguno y ése es el placer del gran arte.

P. Él cantó al nacimiento de América. ¿Carece de sentido algo así ahora?

R. Creo que la poesía es una herramienta para explicar lo que estoy sintiendo, para decir esto es lo que me acaba de pasar y esto es de lo que de verdad va la vida.

P. Su trabajo como crítico de arte, ¿ha influido en sus imágenes?

R. No creo ser un poeta muy visual. Muchas de las imágenes en las que me fijo son resultado de escuchar.

P. ¿El oído es la clave?

R. La lengua que me rodea, el habla de la calle... eso es lo que siento que es importante. Me resulta muy interesante y conmovedor ver cómo los americanos intentan comunicarse y fracasan. Creo que no hablan como otra gente, se atascan más y a veces no acaban las frases, las dejan en el aire para que otro complete sus pensamientos. Esto también ocurre en mis poemas.

P. La reinvención de la lengua en la calle es frenética en EE UU, con acrónimos y expresiones que se inventan a diario, se ponen de moda y se olvidan.

R. Somos la civilización de lo desechable. Hay un deseo inmenso por lo nuevo.

P. Escribe escuchando música contemporánea. ¿Es éste el ritmo que busca?

R. La dodecafonía impide que haya un tema predominante. La poesía me llega como la música, puedo escucharla antes de saber qué está diciendo. Como la música, la poesía sigue sus propias formas y te lleva a un sitio determinado, si es que no estás allí ya.

ANDREA AGUILAR - Nueva York
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