Sábado, 23 Enero 2021 06:45

La jaula 5.0

La jaula 5.0

Fue Max Weber en La ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo (1905) quien señaló el dilema central que acabaría arrojando la racionalización de las sociedades industriales sobre las condiciones de vida. Tal y como sucedió, el cálculo (o la opción) racional convertiría al trabajador en un engranaje más de una maquinaria burocrática cuya única perspectiva de transformación sería pensar en un engranaje mayor y más complejo. Tiempo después, Talcott Parsons tradujo la noción que veía al ser humano siendo reducido a una pieza de los mecanismos de una maquinaria burocrática como una "jaula de hierro". Desde entonces, la metáfora quedó adscrita, no sin buenas razones, al puño de Weber.

Un siglo después, ya en el XXI, la tecnocracia habría de sustituir a la burocracia –dos formas de control y dominación radicalmente distintas– y el principio de la "jaula de hierro" se transformaría en una nueva maquinaria sin afuera ni límites predecibles. Por ahora la llamaremos la jaula 5.0.

La digitalización del mundo, si así se puede definir a la tendencia (ya irreversible) de la cibernetización de todas y cada una de las relaciones humanas –des-de la producción y el comercio hasta el aprendizaje y la sexualidad– ha traído consigo un proceso doble: ahora la antigua maquinaria de control burocrático ha devenido un auténtico organismo (casi como si fuera un ser vivo) de control tecnocrático y sus engranajes ya no son sólo los trabajadores, sino todos y cada uno de quienes se insertan en las redes. Los engranajes han sido sustituidos por los chips. Internet ha dejado de ser un medio para tener el mundo a la mano; ahora somos nosotros el medio a través del cual el organismo-red se expande.

Hace algunas semanas, un alto funcionario de América Móvil recaudó más de 50 opiniones de expertos para esbozar cómo se vería la sociedad después de la estampida a las redes provocada por el confinamiento y la reclusión inducidas por la pandemia del Covid-19. Dividió ese desolador paisaje en 20 aspectos. Enumero los más perturbadores.

  1. La situación actual, que es vista como un paréntesis de excepción pandémico, ya contiene los elementos esenciales de lo que será la "nueva normalidad". En otras palabras, la "nueva normalidad" se asemeja mucho a lo que estamos viviendo en estos momentos.
  1. El trabajo a distancia se impondrá cada vez más. Las formas híbridas de trabajo ( online y presencial) se reducirán drásticamente y, en muchos casos, desaparecerán por completo. El trabajo a distancia permite un control absoluto de los operadores (nuevo término que recibirán los trabajadores) y descarta las formas de solidaridad y resistencia entre ellos. Además aumenta exponencialmente los márgenes de utilidad y la eficacia productiva (léase: los niveles de explotación de las capacidades productivas de la gente).
  1. Los grandes edificios y corporaciones de oficinas que hoy significan a la prosperidad de una ciudad, quedarán reducidos a monumentos de la era burocrática industrial. Algunos serán preservados como atractivos turísticos. Toda esa labor será ya invisible, disipada y fragmentada en el subsuelo de las conexiones digitales.
  1. Los viajes y congresos de trabajo desaparecerán por completo. Las plataformas digitales producirán espacios virtuales y holográmicos para dar el efecto de presencias no virtuales. Y con ello, se hundirá toda la economía de la movilidad por razones de trabajo: rutas aéreas, hoteles, restaurantes, sitios de entretenimiento, etcétera.
  1. Las casas se adaptarán al trabajo diario. Se abrirá una nueva época en el diseño, construcción y adecuación de interiores. Éstas serán los engranajes centrales de la jaula 5.0. La vida en sociedad –llámese oficina, fábrica, universidad, ONG, cine, cantina, etcétera– se reducirá gradualmente. Lo que quedará es un mar de vidas moleculares. Las cenas con los amigos, la familia o eventos casuales sucederán de vez en cuando durante el mes.
  1. La productividad no dependerá de jefes ni de capataces. Sistemas digitales de autocontrol serán los encargados de vigilar y medir la eficiencia de cada actividad. Un orden jerárquico sin nombres ni rostros. No habrá protestas sociales, ya que no existirán los sujetos ni las instituciones que respondan a los sistemas de autocontrol.
  1. La fuerza laboral se reducirá dramáticamente. Se avecina una era de despidos sin precedente en la era moderna. Las jornadas de trabajo se ampliarán a las cifras donde se encontraban en el siglo XIX: 10 o 12 horas al día. Los sindicatos y los organismos de resistencia quedarán inutilizados por la molecularización de la vida.
  1. No habrá monedas ni billetes, ni dinero ni cajas y edificios bancarios. El dinero será estrictamente digital. Los bancos escaparán así a la condición que los obliga a mostrar sus activos en alguna forma dineraria o metálica. El seguimiento de los consumidores y sus vidas más íntimas será milímetrico.
  1. La educación nunca regresará a lo que era. Será sustituida por la enseñanza a distancia o, a veces, los sistemas híbridos. Desaparecerá el estudiantado como fuerza política, social e intelectual.

Desde esta perspectiva, el confinamiento actual representa tal vez el primer y más gigantesco experimento empresarial para transformar la docilidad y adaptabilidad social de la "jaula de hierro" a la nueva jaula 5.0

Publicado enSociedad
Domingo, 17 Enero 2021 05:43

Capitalismo de vigilancia

Capitalismo de vigilancia

La era del capitalismo de la vigilancia, de Shoshana Zuboff, se transformó rápidamente, pese a su extensión, en un libro de referencia, y su título sintetizó un momento del capitalismo. ¿De qué forma se mercantilizan los datos personales y qué efectos tiene eso sobre las personas? ¿Qué tan pertinentes son los conceptos de expropiación y desposesión digital? ¿Estamos frente a una nueva lógica de acumulación capitalista?

 

Casi todos los años, desde 2013, un rasgo definitorio pronosticado o declarado, en retrospectiva al menos, por alguna gran publicación –The Economist, The Guardian, Oxford English Dictionary, Financial Times– ha sido el techlash, la reacción contra el exceso digital. Si tuviésemos que buscarle un origen a este discurso, probablemente estaría en las revelaciones efectuadas por Edward Snowden en 2013, pero los gigantes tecnológicos se convirtieron realmente en tema de preocupación para la clase dominante con los levantamientos políticos de 2016. Que las empresas y los Estados tengan a su disposición asombrosas cantidades de datos sobre nosotros no es, al parecer, tan problemático si esos datos están bajo el control seguro de personas con las que nos identificamos tácitamente. Las campañas de Barack Obama fueron las primeras en aprovechar con gran ventaja la microfocalización que hace un uso intensivo de los datos, pero cuando los expertos en datos –en ocasiones, la misma gente– prestaron sus destrezas a Donald Trump y a la campaña por la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Facebook apareció como un sirviente del hombre de la bolsa populista. Se aprobaron leyes, como la Regulación General de Protección de Datos de 2016 en la Unión Europea y la Ley de Privacidad del Consumidor de 2018 aprobada por el estado de California. Organizaciones de todo el mundo tuvieron que retocar los procedimientos de suscripción a sus boletines informativos, pero los señores de los datos siguieron adelante.

En este contexto discursivo destaca una figura, por la importancia de su contribución y la aclamación que ha recibido. Comenzando en 2013, con diversos artículos en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, y culminando en el libro de 2019 titulado The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power1, Shoshana Zuboff describía un nuevo tipo de capitalismo inclinado a convertirnos en ratas de laboratorio de la psicología conductista.Asombrosamente para un libro que sonaba un tanto marxiano –al incluir entre sus temas no solo el capitalismo sino también la expropiación, el excedente económico y las enormes asimetrías de poder–, La era del capitalismo de la vigilancia obtuvo la aprobación de Obama, que había presidido una enorme expansión de la vigilancia masiva, bajo el programa prism de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense. Zuboff se unió como cuarta galardonada con el Premio Axel Springer al archicapitalista de la vigilancia, Mark Zuckerberg, al inventor de la red, Tim Berners-Lee, y al aspirante a capitalista de la vigilancia Jeff Bezos, receptores también del mismo galardón en las ediciones anteriores. ¿Cómo explicar que una crítica haya sido canonizada tan de inmediato? Las continuidades en la obra de Zuboff hacen que resulte instructivo esbozar toda su trayectoria.

La historia de Zuboff, nacida en 1951, comienza en la fábrica de su abuelo materno, empresario e inventor que tal vez le inspirase el gusto por los negocios y la tecnología. En Harvard estudió con uno de los principales conductistas, B.F. Skinner, y comenzó una tesis en psicología social titulada «The Ego at Work»2. Pero desde sus años de estudiante tuvo un pie en el mundo de la gestión empresarial, trabajando durante un tiempo en Venezuela como «asesora de cambio organizacional» para la empresa de telecomunicaciones estatal, periodo durante el cual estudió a trabajadores que se trasladaban desde la selva. Poco después de completar su doctorado, empezó a examinar las repercusiones psicológicas y organizacionales del trabajo efectuado con computadoras, lo que culminó en un libro hoy ampliamente considerado como un clásico: In the Age of the Smart Machine: The Future of Work and Power [En la era de la máquina inteligente. El futuro del trabajo y el poder] (1988).

Centrado en estudios etnográficos sobre un puñado de empresas estadounidenses que estaban introduciendo nuevas tecnologías informáticas, In the Age of the Smart Machine ofrecía una explicación humanista de las dificultades de trabajadores y directivos para adaptarse. Como tal, quizá pueda interpretarse como una aportación no marxista a los debates sobre el proceso de trabajo que tenían lugar en aquella época y que comenzaron con el libro publicado en 1974 por Harry Braverman, Trabajo y capital monopolista: la degradación del trabajo en el siglo xx. Pero Zuboff no hacía hincapié simplemente en las repercusiones de la automatización para los trabajadores, porque la informatización del proceso de trabajo no solo reproducía algo hecho por el cuerpo humano: producía un nuevo flujo de información que formaba un «texto electrónico» que se volvería fundamental para el nuevo proceso de trabajo.

Para Zuboff, el verbo «automatizar» (automate) necesitaba, en consecuencia, complementarse con el de «informar», para lo que ella acuñó un nuevo verbo en inglés, informate. La parte más amplia del libro estaba dedicada a la «información» en este sentido e investigaba cómo afrontaban los trabajadores la textualización del lugar de trabajo, de qué forma la importancia dada al conocimiento conducía a una nueva «división del aprendizaje» y cómo los directivos intentaban reforzar su autoridad. Los análisis de Zuboff de las culturas digitales que se desarrollaron en torno de los tablones de anuncios en la década de 1980 eran misteriosos presagios de lo que se produciría en la era de las redes sociales de masas. Y en el último tercio del libro estudiaba las repercusiones más oscuras del texto electrónico a medida que fuera utilizado para apoyar la vigilancia sobre los trabajadores en una materialización del «poder panóptico». Si la información iba a ser una herramienta de «la certidumbre y el control» gerenciales, se preguntaba Zuboff, ¿quedarían las personas reducidas a «servir a una máquina inteligente»? Invocando a Hannah Arendt, imaginaba el ideal conductista de sociedad controlada por la vigilancia y los empujoncitos haciéndose realidad en la informatización del ámbito laboral. Pero el análisis de Zuboff había indicado una alternativa, basada en un uso más horizontal del texto electrónico.

In the Age of the Smart Machine le sirvió a Zuboff para obtener un puesto permanente en Harvard, pero seguía teniendo un pie fuera del mundo académico, y en 1987 fue contratada como asesora de la empresa Thorn emi por el consejero delegado Jim Maxmin, quien se convertiría en su coautor y esposo. En la década de 1990 dirigió una escuela de verano para ejecutivos de mediana edad, en la que los animaban a reflexionar sobre cosas como qué «patrimonio neto» era suficiente. Desde su casa situada a orillas de un lago en Nueva Inglaterra, Zuboff y Maxmin gestionaban un fondo de inversión en comercio digital al tiempo que trabajaban en el libro que se publicaría en 2002, The Support Economy: Why Corporations Are Failing Individuals and the Next Episode of Capitalism [La economía como red de apoyo. Por qué las empresas les fallan a los individuos y el próximo episodio del capitalismo], que ahondaba en la historia empresarial para elaborar una periodización de la «lógica empresarial». Pero el hilo central era un relato sobre el largo proceso de surgimiento del individuo autónomo que habría sonrojado a Hegel. Los deseos de este individuo eran siempre anteriores a cualquier cosa que estuvieran haciendo las empresas, a la espera de ser liberados por emprendedores astutos y capaces de alinearse con el consumidor final y fundar una nueva lógica empresarial.

Josiah Wedgwood fue el primero de estos grandes hombres, Henry Ford, el segundo, aunque como principales consumidoras, las mujeres eran las protagonistas no reconocidas de la historia capitalista. Basándose en la noción de capitalismo gerencial propuesta por Alfred D. Chandler y en el concepto de segunda modernidad de Ulrich Beck, Zuboff y Maxmin describieron cómo, en el mundo alumbrado por Ford, la creciente individualidad psicológica acabó estrellándose contra las rocas de las organizaciones burocratizadas y de las culturas corporativas masculinistas: esta era la contradicción central y motivadora de su teoría. A las empresas solo les preocupaba el «valor de transacción» y contemplaban al consumidor final como un simple medio. Las relaciones combativas con los consumidores eran síntomas de una «crisis de transacción». Había llegado por lo tanto el momento de que un nuevo profeta pusiera de manifiesto aquellos deseos latentes. Tan solo con que propinasen un giro copernicano hacia el consumidor final, las empresas encontrarían un mundo de «valor de relación» acumulado. Necesitarían basarse en las nuevas tecnologías y ahorrar costos mediante la fusión de infraestructuras digitales, orientándose a la provisión de «soporte» configurado para el individuo. La «revolución» económica proyectada parecía implicar la generalización de algo parecido a un asistente personal de los ejecutivos.

Zuboff expuso estas ideas en artículos para la prensa de negocios, pero su fragilidad conceptual se volvía más visible cuando el mundo de los sueños se topaba con la realidad. Steve Jobs era presentado como un «líder histórico» capaz de corregir los errores del capitalismo estadounidense en nombre del «soporte»; Obama también fue reclutado con naturalidad. En 2008, Zuboff peregrinó hacia Silicon Valley «con la esperanza de encontrar líderes que comprendiesen la crisis», pero le asqueó ver la obsesión de ganar dinero con la publicidad. Desilusionada por la dirección tomada por la tecnología estadounidense, comenzó el proyecto que se convertiría en su siguiente libro. Si The Support Economy era una utopía del asesor gerencial, La era del capitalismo de la vigilancia es la distopía que emerge cuando la profecía falla. En este mundo, lo que está equivocado fundamentalmente es un mal modelo empresarial, que se está desbocando. Se trata de un volumen extenso e indisciplinado de casi 700 páginas, cuyo enfoque se desliza de lo sistemático a lo ensayístico. Estructurado en torno de tres partes, pasa de los «cimientos» al «avance» del capitalismo de vigilancia, antes de ampliar el objeto de análisis para considerar la tecnología como base del poder. Los examinaremos uno a uno.

Zuboff comienza volviendo a una cuestión central de su primer libro: si vamos a ser reducidos a trabajar para las máquinas, o viceversa. Solo que ahora el problema atañe a la «civilización de la información». Las máquinas como tales no están en juego, sin embargo, porque el capitalismo de vigilancia es una «forma de mercado» con sus propios «imperativos económicos», y Zuboff considera que la tecnología está modelada fundamentalmente por los fines económicos a los que sirve. La primera parte nos devuelve también al marco de The Support Economy: el capitalismo gerencial, la segunda modernidad, el largo proceso de surgimiento del individuo y la primacía de las necesidades de los consumidores en la historia económica. Pero la contradicción entre el individuo y el capitalismo gerencial encuentra ahora expresión en la aceptación masiva de internet y en los disturbios de 2011 en Reino Unido. Apple sigue siendo la salvadora prevista, el iPod defiende las necesidades de los consumidores, pero hay dos Apples –la humana y la divina– porque la empresa nunca se entendió propiamente a sí misma como la compañía de «soporte» orientada a la asesoría que Zuboff defiende. Si Apple debería haber sido la Ford de la tercera modernidad, será Google el que verdaderamente invente un nuevo tipo de empresa. El mundo no logró así efectuar la transición pronosticada y el capitalismo de vigilancia llenó el vacío, convirtiéndose en la «forma de capitalismo dominante».

El objetivo de Zuboff es revelar las «leyes del movimiento» de esa forma, trazando un paralelo con la explicación dada por Ellen Wood sobre los orígenes del capitalismo propiamente dicho. Google experimentó en sus comienzos un círculo virtuoso o «ciclo de reinversión de valor conductual»: las personas necesitaban búsquedas y las búsquedas podían mejorarse recogiendo los «datos conductuales» producidos por los usuarios. Hasta entonces Google había conseguido ser el tipo de empresa de Zuboff, pero a diferencia de Apple, no tenía un modelo de negocio sostenible. Tras el hundimiento de las puntocom, los inversores en capital de riesgo estaban hambrientos y forzaron un cambio en el aprovechamiento del excedente para utilizarlo en la publicidad dirigida. En este cambio, los datos conductuales se convirtieron en un «activo de vigilancia» y en materia prima para la producción de «derivados conductuales», «productos de predicción» y «futuros conductuales», las cosas que Google vendía de hecho a los anunciantes para obtener «ingresos derivados de la vigilancia». Esto, para Zuboff, fue un proceso de «acumulación primitiva» o «desposesión digital», y para ello llama en su auxilio a Karl Marx, Hannah Arendt, Karl Polanyi y David Harvey. Como otros antes que ella, Zuboff añade un artículo a la lista de mercancías ficticias de Polanyi: tierra, trabajo, dinero y datos conductuales. Dado que el mundo digital era inicialmente un territorio de frontera carente de leyes, Google pudo entrar como magnate ladrón y reclamar los abundantes «recursos naturales humanos». Si se establecieron monopolios, no fue en el sentido tradicional de distorsionar los mercados eliminando la competencia, sino como medio para «acorralar» los suministros de datos, dirigiendo a los usuarios a los rediles de la vigilancia. Mientras que In the Age of the Smart Machine se había analizado la «división del aprendizaje» en el ámbito laboral, esa división caracteriza ahora a la sociedad en general, a medida que los capitalistas de la vigilancia forman una nueva «casta sacerdotal» con una asombrosa concentración de poder.

El clima político instalado tras el 11-S condujo a un «excepcionalismo de vigilancia» que facilitó la metamorfosis de Google, que fue descubriendo sus afinidades electivas con la cia; por su parte, los aparatos de seguridad estadounidenses estaban felices de eludir los controles constitucionales entregando la tarea de recopilar datos a un sector privado muy poco reglamentado.

Entre el capital de vigilancia y el gobierno de Obama se establecería una puerta giratoria, mientras que Google canalizaría recursos inmensos a las actividades de cabildeo. En poco tiempo, Facebook se había unido al juego, usando la tecla del «Me gusta» para seguir a los usuarios por internet y vender derivados de los datos resultantes. Adonde iban, otros los seguían: bajo la dirección de Satya Nadella, Microsoft entró en la extracción de datos de los usuarios, comprando la red social LinkedIn, lanzando su asistente personal Cortana e introduciendo la vigilancia en el sistema operativo de Windows. Apoyado por el Congreso, Verizon también entró, dando comienzo al espionaje por parte del proveedor de servicios de internet y usando los datos resultantes para dirigir la publicidad.

Si la primera parte del libro cubre el grueso de la teoría de Zuboff, la segunda se centra en el avance del capitalismo de vigilancia en lo «real», a medida que su modelo de negocio, centrado en la predicción, pasa de seguir la conducta a modelarla e intervenir en ella. Hace tiempo que los tecnólogos predijeron que llegaría un momento en el que las computadoras saturarían la vida cotidiana a punto tal que acabaría desvaneciéndose. A medida que los capitalistas de la vigilancia persiguen la predicción perfecta, se ven obligados a avanzar en esta dirección, buscando «economías de gama» –mayor variedad de fuentes de datos– y «economías de acción»: generar modelos para volver las variables más predecibles. De ese modo desarrollan un nuevo «medio de modificación conductual». Uno de sus heraldos fue R. Stuart Mackay, quien en la década de 1960 desarrolló la telemetría para efectuar un seguimiento de los animales salvajes, antes de pasarse a la idea de configurar remotamente su conducta. Ahora los individuos se han convertido en objetos de seguimiento constante y las aseguradoras pueden adquirir la capacidad de apagar a distancia el motor de un automóvil cuando se produce un retraso en el pago. La infraestructura digital cambia así de «una cosa que tenemos a una cosa que nos tiene» (Zuboff siente aprecio por el quiasmo). Las pulseras y las aplicaciones para medir la actividad, Google Home y Alexa, los televisores inteligentes, la tecnología biométrica de Facebook, las «ciudades inteligentes», los sensores portátiles en el sector sanitario, los «tejidos interactivos», los juguetes infantiles o simplemente el teléfono inteligente: estamos sometidos a un espionaje constante y a la «entrega» de nuestra conducta en forma de datos, y no hay muchas posibilidades de evitarlo. Sobre esta base, pueden efectuarse análisis detallados del «patrón de vida» de los individuos, mientras que Baidu usa sistemas de seguimiento y localización para predecir los movimientos de la economía china. Los metadatos sobre patrones de conducta se convierten en herramientas para efectuar perfiles psicométricos, mientras se desarrollan mecanismos capaces de leer estados emocionales.

Facebook cruzó la línea de la manipulación social con sus experimentos sobre «contagio emocional», mientras que el juego de «realidad aumentada» Pokémon Go condujo el «tráfico peatonal» a las ubicaciones de empresas contribuyentes, planteando la pregunta de si los capitalistas de vigilancia podrían estar aventurándose en el diseño de «arquitecturas de elección». Los experimentos de modificación conductual realizados en la Guerra Fría, con reclusos y pacientes como objetivos, condujeron en una ocasión a una reacción legislativa que impidió un desarrollo mayor, pero ahora las empresas privadas avanzan, sin las trabas de un proceso democrático, en la búsqueda de «resultados garantizados». La propia conciencia del consumidor se convierte en una amenaza para los ingresos; la libertad y el «derecho al tiempo futuro» se ponen en peligro. El capitalismo de vigilancia encarna un nuevo tipo de capitalismo no menos trascendental que el industrial, y «la lucha por el poder y el control en la sociedad ya no va asociada a los datos ocultos de la clase y su relación con la producción, sino, por el contrario, a [sic] los datos ocultos de la modificación de la conducta diseñada y automatizada».

La tercera parte de In the Age of the Smart Machine estaba dedicada a la «técnica» en cuanto «dimensión material del poder». Aquí pasamos ahora, de manera similar, al tipo de poder augurado por el capitalismo de vigilancia. El término utilizado por Zuboff es «instrumentarismo»: «la instrumentación y la instrumentalización de la conducta para los fines de modificación, predicción, monetización y control». Mientras que el totalitarismo movilizaba la violencia para apoderarse del alma, el instrumentarismo observa silenciosamente y modela la conducta. Skinner fue su profeta, su libro Walden dos, la utopía. Para los conductistas, la libertad es una laguna en la explicación que debe superarse mediante la extensión de la ciencia conductista a la sociedad, y ahora la visión que ellos plantearon está siendo realizada por capitalistas de la vigilancia que buscan «sustituir la sociedad por la certidumbre», mientras persiguen su propia «utopística aplicada». La «física social» del profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts Alex Pentland entra al ataque como un intento de sustituir la política por un plan tecnocrático en nombre del «bien mayor». ¿«El bien mayor de quién?», pregunta con razón Zuboff.

Existen en la actualidad «calificaciones crediticias» de radicalismo y «calificaciones de amenaza» derivadas de las redes sociales, mientras que la empresa de creación reciente Geofeedia rastrea las localizaciones de los manifestantes. El sistema de crédito social chino –que vigila a los ciudadanos y aplica castigos y recompensas en consecuencia– no puede pasarse por alto, aunque Zuboff parece no tener muy claro qué hacer con él. «Conclusión lógica», por una parte, de la búsqueda de «certidumbre» que percibimos bajo el capitalismo de vigilancia –e instrumental más que totalitario–, el sistema de crédito social difiere en tanto que va dirigido a los resultados sociales, no de mercado. También es, asegura Zuboff, de dudosa importancia para su relato al estar formado por una cultura no democrática a la que no le interesa la privacidad; pero al mismo tiempo «transmite la lógica del capitalismo de vigilancia y el poder instrumental que este produce».

El individuo está ahora sitiado, enganchado a modos patológicos de socialidad mediante técnicas derivadas de la industria del juego, incapaz de forjar un sentimiento de identidad adecuado. «Efectos escalofriantes» llegan a la vida cotidiana a medida que las personas modelan su comportamiento para presentarlo en internet. Hay tintes de Sherry Turkle y Nick Carr en los lamentos de Zuboff por el hogar entendido como espacio meditativo para el cultivo del yo. Hacen falta «propuestas sintéticas», lo que parece aludir a medidas legislativas como el «derecho a ser olvidado» y el Reglamento General de Protección de Datos (2016) establecidos en la ue y respaldados por la acción colectiva.

Volvemos, en conclusión, a la relación entre los mercados, el conocimiento y la democracia. En el razonamiento de Friedrich Hayek y los conductistas, la libertad de los actores del mercado estaba asociada a la ignorancia. Con una información cada vez más completa, los capitalistas de la vigilancia amenazan a este dúo. De acuerdo con la visión optimista de Zuboff, el capitalismo se basó en otro tiempo en «reciprocidades orgánicas» entre empresas y personas. El intercambio de mercado equitativo formó el ímpetu de la revolución estadounidense y los industriales británicos se vieron obligados a hacer concesiones democráticas debido a que dependían de las «masas». Con el paso al modelo del valor para el accionista, estas reciprocidades se erosionaron; ahora, los capitalistas de la vigilancia han sobrecargado esta dinámica, produciendo organizaciones de «hiperescala» con descomunales valoraciones bursátiles, diminutas bases de empleados y una escasa dependencia de la sociedad. No ha habido «doble movimiento» polanyiano que imponga límites sociales a la explotación de los datos conductuales, y ahora nos enfrentamos a una «recesión democrática» mientras se pierde la asociación vital de los mercados con la democracia. Zuboff acaba con un popurrí de referencias que agradarían a cualquier atlantista liberal: Arendt sobre el totalitarismo, el desprecio que George Orwell sentía por James Burnham y la caída del Muro de Berlín.

Aunque a menudo recargado, La era del capitalismo de la vigilancia presenta una imagen interesante del paisaje infernal provocado por la actual tecnología capitalista. Zuboff acierta al afirmar la necesidad de nuevos nombres para lidiar con las transformaciones con que nos castigan los gigantes tecnológicos. La expresión «capitalismo de la vigilancia» identifica algo real y, aunque no fuera ella la primera en acuñarla, para mérito suyo ahora parece probable que entre en el uso general. Hay también algo asombroso en su viejo proyecto de vincular el poder tecnológico con la psicología conductista. Zuboff ha dedicado buena parte de su vida intelectual a forjar un Anti-Skinner que sitúe al individuo psicológico en el escenario central, librando una guerra contra sus reducciones positivistas a manos de científicos, directivos y capitalistas de la vigilancia. Probablemente sea este el aspecto en el que resulta más convincente. Pero las afirmaciones fundamentales de La era del capitalismo de la vigilancia son de carácter político-económico y deberían evaluarse como tales. ¿Qué puede decirse, entonces, de sus conceptos de expropiación y desposesión digital? Como desde hace tiempo afirman los defensores de la propiedad intelectual, hay algo especialmente extraño en la noción de que los datos sean cosas que puedan ser robadas, ya que no son bienes escasos, como ha señalado Evgeny Morozov en una reseña publicada en The Baffler. Mi posesión de un constructo de datos dado no impide que todos los demás lo tengan. Los datos conductuales pueden verse también como representaciones, y hace falta recurrir al pensamiento mágico para equiparar la representación con la posesión. Si alguien me espía y anota lo que hago, mi conducta no deja de ser mía. Ha dejado, por supuesto, su impronta en algo que yo no poseo, pero de todas formas eso no lo tenía desde el principio.

La idea de que tales datos pudieran ser «gastados» también tiene poco sentido y dado que ello no es así tampoco existe un espacio identificable superior a él. Se hace así imposible trazar la línea entre el primer «ciclo de reinversión inocuo» de datos conductuales por parte de Google y el aprovechamiento de un «excedente conductual». Los conceptos cuantitativos de la economía política son aquí equívocos, puesto que realmente no hablamos de magnitudes continuas, sino de diferentes usos de los datos: para mejorar un motor de búsqueda, y para mejorar la publicidad dirigida y de ese modo ganar dinero. Podríamos estar tentados de denominar a esto último «excedente» en relación con lo primero, pero ¿y si los mismos datos se utilizan para ambos? O, si lo que lo convierte en excedente es el uso comercial, y no una cantidad nominal de conducta, ¿qué deberíamos hacer ante el hecho de que Zuboff vea el sistema de crédito social chino –destinado al control social y no a la mercadotecnia– como una sanguijuela de excedente conductual? Y de nuevo ¿excedente de qué? ¿Es inocua alguna parte del sistema de crédito social, como el Google de los primeros tiempos?

Esta noción sustancialista de la conducta recuerda la cosmovisión del socialismo ricardiano en la que se considera el trabajo como algo aglomerado en los artefactos de la economía capitalista. Esto ayudó a avalar un cierto punto de vista moral: es nuestro trabajo, debería ser nuestro. Y hay una cierta cualidad intuitiva en la idea de que una cosa dada encarna directamente una cantidad determinada de trabajo, siempre que pensemos en empresas individuales (como el historiador empresarial tiende a hacer) o mercancías concretas, y no en la economía en su totalidad. Esas ideas han perdurado durante mucho tiempo y seguimos encontrando vestigios de ellas en la enredada noción de que, si subir algo a Facebook le permite a Zuckerberg ganar dinero, ello debe ser trabajo productivo, una consecuencia semihumorística de lo cual es la demanda «Salarios para Facebook» (Wages for Facebook). Zuboff distingue su posición concentrándose en la conducta y no en el trabajo, pero el sustancialismo y el punto de vista moral son prácticamente los mismos, aunque tengan aún menos sentido en el caso de los datos.

Zuboff afirma que el capitalismo de vigilancia es la forma dominante de capitalismo, con Google y Facebook convertidas en vanguardia de una dinámica que se está verificando en toda la economía. Sin duda estas empresas son muy poderosas y tienen extraordinarias capitalizaciones bursátiles, pero casi la totalidad de sus ingresos deriva de la publicidad. Aun cuando entramos en una informatización ubicua, ciudades inteligentes y demás procesos análogos, los ingresos publicitarios siguen siendo la principal razón por la que las empresas privadas acumulan datos sobre los usuarios. ¿Quién compra esos anuncios? En gran medida otras empresas, lo que significa que la publicidad en general es un costo para estas y, por lo tanto, una deducción de sus beneficios totales: en términos de la economía política clásica, es uno de los faux frais de la producción. La rentabilidad de los anunciantes está limitada por la de empresas de otros sectores, puesto que dependen de ellas para la obtención de ingresos. Sin importar lo radicalmente que los capitalistas de la vigilancia transformen la publicidad, mientras esta represente su actividad principal, la capacidad que tengan de guiar el capitalismo en su totalidad será limitada.

En opinión de Zuboff, los capitalistas de la vigilancia persiguen la «certidumbre total» y el control real de la totalidad de la conducta de los usuarios con sus productos de predicción. Aunque una ventaja en la predicción puede traducirse en una ventaja a la hora de colocar anuncios publicitarios y, por lo tanto, proporcionar más ingresos, esto tiene límites lógicos. Incluso si fuera posible en teoría la certeza o el control, los anunciantes seguirían sin poder garantizar las ventas de otras empresas a voluntad, porque si la renta disponible de los consumidores es finita, cada transacción segura disminuiría el alcance de otras, haciendo que la «certeza» se debilitara a sí misma. Tiene más sentido rastrear, dirigir y predecir el comportamiento del usuario de un modo lo suficientemente preciso como para que sea razonable que múltiples compañías paguen por participar en la captura de los mismos consumidores. Aparte de ello, perseguir una predicción cada vez más perfecta sería arrojar dinero en un agujero. Además, la conducta que tiene sentido predecir se mantiene casi por completo en el ámbito de la actividad de mercado, planteando la cuestión de si, sea cual fuere la retórica, puede realmente verificarse hacia qué «totalidad» están conduciendo los capitalistas de la vigilancia. Quizá la economía de la atención –de acuerdo con la cual la atención del usuario es un bien escaso perseguido por las empresas– sea aquí un enfoque más útil.

Aunque es recomendable buscar explicaciones sociales para los avances tecnológicos, quizá Zuboff se haya dejado extraviar por su inclinación a pensar en términos de «formas de mercado» y a reducir la tecnología a fines económicos. Es sintomático que vacile respecto al sistema de crédito social chino. Y aunque reconoce la contribución del Estado a alimentar el capitalismo de vigilancia, tiene asombrosamente poco que decir respecto de los detalles ciertos de su función: prism, la Snooper’s Charter, Five Eyes... Ello se muestra esencialmente como un ámbito neutral y pasivo, que en ocasiones sigue allí donde lo conduce la empresa, que tiene algunas leyes malas y necesita más leyes buenas. Pero cualquier historia de la tecnología estadounidense encontrará que el Estado no ha sido ni mucho menos neutral ni pasivo. Por lo general, ha llevado la iniciativa en el impulso de un importante cambio tecnológico, coordinando empresas o tirando de ellas tras de sí, como vemos en la informática, la creación de redes, las armas, las máquinas herramienta, etc. Si el cambio fundamental se produce mediante los actos de grandes empresarios, esto es algo que debe permanecer en la sombra.

Desde su comienzo, el Estado moderno ha sido un aparato de recolección de información. Cuando estuvieron a su disposición, los medios de almacenamiento y procesamiento de datos, mecánicos primero y electrónicos después, simplemente facilitaron lo que ya llevaba mucho tiempo ocurriendo. La tarjeta perforada de Hollerith y sus descendientes permitieron automatizar el procesamiento de datos, incluidos, como es bien sabido, los de los campos de concentración nazis y los relativos al internamiento de estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial. La vigilancia basada en la informática tiene de por sí sus orígenes en esta historia de longue durée, lo cual es útil tener en cuenta al intentar periodizar acontecimientos más cercanos al presente. A lo largo de la década de 1970, trw –una corporación con intereses en los sectores aeroespacial, automotriz, electrónico, informático y de procesamiento de datos– recogió enormes cantidades de datos sobre decenas de millones de consumidores estadounidenses para vendérselos a potenciales acreedores. Y de manera poco sorprendente, dado el alcance de sus operaciones, trw estaba íntimamente entrelazada con la cia. Aunque el intento por parte de Zuboff de interpretar políticamente la fundación del capitalismo de vigilancia –como acto de personas específicas en una coyuntura específica– sea admirable, oculta esta historia más prolongada de la informática en la vigilancia estatal y sus cruces con el sector privado. Es aquí donde encontramos las razones más convincentes para preocuparnos.

Después de todo, ¿qué debería importar que Facebook me muestre repulsivos anuncios publicitarios y quizá hasta me convenza de comprar algo, si esa es la única repercusión que tiene la gigantesca acumulación de datos sobre mí? Es en el momento en que salimos del simple intercambio de mercado –que yo soy formalmente libre de abandonar– y, por lo tanto, del foco principal del capital de vigilancia propiamente dicho, cuando esta asimetría de conocimientos se vuelve verdaderamente problemática. ¿Vamos a estar sometidos a una manipulación digital, pagada por el mayor postor? Aquellos de nosotros que nos movilicemos más allá de los rituales habituales de la participación democrática, ¿vamos a ser rastreados, pastoreados y neutralizados antes de que podamos plantear una amenaza real? ¿Van a ser las inequidades sociales silenciosamente fortalecidas por las clasificaciones que nos impongan aquellos en posición de supervisar? Responder a estas preguntas en serio implicará comprender el Estado como una fuerza activa en el desarrollo tecnológico, como un ámbito diferenciado y que dista mucho de ser neutral. En sí misma, la regulación normativa del capital de vigilancia no será suficiente –ni siquiera respaldada por los movimientos sociales–, porque cualquier reto serio se volvería también un reto al Estado de vigilancia.

Nota: este artículo fue publicado originalmente con el título «El negocio de la vigilancia» en New Left Review segunda época No 121, 3-4/2020.

  1. Profile, Londres, 2019. Hay edición en español: La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, Paidós, Barcelona, 2020.
  2. Juego de palabras entre «el ego en el trabajo» y «el ego en acción» [n. del e.].
Publicado enSociedad
Miércoles, 13 Enero 2021 05:32

Assange contra las Furias vengadoras

Assange contra las Furias vengadoras

Las Furias persiguen a Julian Assange. Son tres hórridas deidades, iracundas y vengadoras. La mitología griega las llama Alecto, Megera y Tisífone.

A Assange el poder lo quiere muerto. Así lo han denunciado personalidades cercanas a él y empeñadas en su causa, como Yanis Varoufakis, exministro de economía griego, Stefania Maurizi, periodista italiana que lo ha defendido desde el principio, y Roger Waters, la estrella de Pink Floyd. A Assange lo quieren muerto, lo dicen y lo repiten su madre, su padre, su compañera. Naciones Unidas, a través de Nils Melzer, especialista en tortura y maltrato, ha declarado que la vida de Assange está en riesgo.

La disyuntiva que le ofrece el Poder no es absolución o condena; libertad o cautiverio; Estados Unidos o Inglaterra. Es entre tres formas de muerte: pena de muerte, suicidio forzado o entierro en vida. Tres, como las Furias, Erinias o Euménides. La pena de muerte podría estar representada en Alecto, la de la cabellera de serpientes. El suicidio forzado, en Megera, la que llora sangre. Y el entierro en vida en Tisífone, la portadora del látigo.

Hoy Assange celebra un triunfo parcial. La extradición a los Estados Unidos, que pendía sobre él como espada de Damocles, ha sido denegada por una jueza de Gran Bretaña. Queda pendiente el resultado de la apelación. La extradición significaría para Assange la pena de muerte, castigo máximo y ejemplarizante contra quien tachan de espía, traidor y enemigo de su nación. Estados Unidos, que necesita mantener en secreto sus propios crímenes, acusa de criminal al hombre que los revela.

La justicia inglesa ha rechazado la extradición aduciendo que Assange podría quitarse la vida si lo encierran en una de las rudas cárceles norteamericanas. Por aquí asoma la sombra de Magera, la Furia del suicidio forzado. El veredicto no se basa en la afirmación de que Assange es inocente. Tampoco reconoce que cualquier condena que se le imponga implica demoler las bases de la libertad de prensa. Pasa por alto el absurdo jurídico en que incurre Estados Unidos al exigir que Inglaterra le entregue un periodista australiano que develó secretos militares en Afganistán e Irak. Y sienta un precedente para que cualquier periodista que en cualquier parte denuncie crímenes de cualquier país pueda ser extraditado… a menos de que se suicide.

En el viejo juego cruelmente infantil del ahorcado hay que dibujar un muñequito, parte a parte, a medida que el jugador falla: los brazos, las piernas, la cabeza, los ojos y, al final, el cadalso: una soga al cuello que da sentido al pasatiempo. Assange, atormentado, acorralado y presionado hasta el límite de su resistencia, no encontraría otra salida que infligirse la muerte. Es lo que se presupone. La ironía radica en que la propia Justicia acorrala, atormenta y presiona a Assange hasta el borde del suicidio, y luego pretende protegerlo impidiendo que se suicide. Se lava las manos, como Poncio Pilatos: No te vamos a extraditar, pero no por inocente, sino por débil. De manera parecida el todopoderoso y benévolo Estado británico te exime del tormento porque eres propenso a la depresión y proclive al suicidio. Así, sale del problema sin reconocer que lo cierto es precisamente lo contrario: fortaleza por parte de Assange, y fragilidad de unos Estados consumidos en la suciedad de sus secretos.

Esto sienta precedente y tiene antecedentes. Se afinca en una antigua forma de ejecución que le daba a la víctima la opción de elegir entre cometer suicidio o una alternativa peor, como la pena de muerte, la tortura, el destierro, la deshonra o la prisión perpetua. Suicidio forzado: si no te matas, te matamos. Visto desde otro ángulo, el suicidio se asumía como acto de desafío, como derrota de la autoridad que te derrota: si no queda nada más por quemar, incendias tu propio corazón. Es el caso de Sócrates, cuando, detenido en Atenas bajo la acusación de corromper a la juventud con sus enseñanzas, remata la farsa tomándose la cicuta. Séneca, el gran tribuno, condenado a muerte en Roma por su supuesta participación en una conjura contra Nerón, se corta las venas y se desangra en una bañera. (Por estos mismos lados se despeña Frank Pentangeli en El Padrino II) En 1925, Yukío Mishima, escritor japonés, nostálgicamente proimperial, se reúne con un pequeño grupo de samuráis tras el fracaso de su revuelta, y siguiendo un código ético que exige morir con honor antes que aceptar la derrota, comete suicidio por harakiri, o ritual de desentrañamiento.

Este escenario de suicidio forzado desciende hasta nuestros días y se generaliza entre quienes develan los crímenes de Estado. En 2010, la norteamericana Chelsea Manning, soldado transgénero y analista de inteligencia, descubrió constancia de atrocidades, torturas y masacres cometidas por su Ejército en Afganistán y en Irak. No quiso ser una burócrata que, cerrando los ojos y limitándose a cumplir órdenes, encarnara lo que Hanna Arendt llamó la banalidad del mal. En cambio, pese al alto riesgo que corría, tomó la decisión de pasarle el material a Wikileaks, el portal de Julian Assange.

Uno de los materiales que le entregó fue el video hoy conocido como Collateral Murder. Muestra un episodio de 2007, en Bagdad. El personal de un helicóptero Apache del Ejército norteamericano masacra con entusiasmo, como en un videojuego, a doce civiles iraquíes. Entre ellos se hallaban dos periodistas de la agencia Reuters que caminaban pacíficamente por una calle, y a los que después intentarían hacer pasar por terroristas en un típico caso de falsos positivos. La otra cara de esa historia es significativa. Por ese video y materiales semejantes, Trump pide en extradición a Assange. Pero más adelante concedió el perdón presidencial a los mercenarios de Blackwater, condenados precisamente por masacrar, en ese mismo 2007, a catorce civiles en una plaza de Bagdad. Resulta, así, que Trump considera perdonable el crimen cometido, pero severamente punible el denunciarlo.

Descubierta por sus filtraciones, acusan a Manning de 22 ofensas y decretan su baja deshonrosa. Una de sus transgresiones amerita sentencia de muerte: traición a la patria por ayudar al enemigo. Reducida a confinamiento total en una instalación de máxima seguridad, la liberan al cabo de siete años, luego de haber protagonizado una huelga de hambre y cometido dos intentos de suicidio.

En 2013, el programador prodigio de Norte América, Aaron Swartz, conocido como el Hijo de Internet, consideró que era una actitud miserable no compartir conocimientos como los que él mismo había recibido en universidades de élite. Fue detenido bajo cuatro cargos de fraude informático e intento de publicar bases privadas de datos. El Estado aumentó la pena inicial de un millón de dólares y 35 años de cárcel, a cuatro millones y 50 años. Fue tal la presión, tan abrumador el corredor sin salida, que Swartz se suicidó colgándose de una soga, como en el juego macabro del ahorcado.

Miles de anónimos, enardecidos por el suicidio forzado de Swartz, desataron una andanada de ciberataques contra sitios web de las agencias de inteligencia. Urgida de castigo ejemplarizante, y para ponerle nombre a una multitud anónima, la Justicia escogió como víctima a Lauri Love, un joven hacker británico y autista llamado ni más ni menos que Amor. Love venía haciendo severas trapisondas informáticas con un computador que mantenía escondido en un armario de la casa de sus padres en Londres, y fue detenido bajo cargo de robo masivo de datos oficiales. En claro antecedente de lo que ahora acaba de suceder con Assange, Inglaterra negó su extradición aduciendo motivos de salud mental que lo llevarían a la extrema depresión y al suicidio.

Entra ahora en escena Tísifone, la Furia del látigo y el entierro en vida. La tercera muerte. A Assange lo han eximido de la extradición, pero le han negado la libertad condicional, y sigue en la cárcel de Belmarsh, el Guantánamo inglés, donde ha permanecido durante los últimos tres años, recluido 23 horas al día en aislamiento total y privación sensorial. En la celda, su lucha contra Tisífone es constante. Si quiere sobrevivir, debe mantenerla a raya. Yanis Varoufakis, que lo visitó en Belmarsh el pasado junio, pudo ver cómo resiste minuto a minuto, decidido a conservar a toda costa la integridad y la lucidez. “Tan pronto bajo la guardiaI loose it, me pierdo”, le dijo a Varoufakis. Pedro Miguel, del diario mexicano La Jornada, conoce personalmente a Assange y opina que “nadie está mejor preparado que él para la situación que le ha tocado enfrentar”.

Me acusan de ser un demonio, un monstruo. La frase es del propio Assange. Pero monstruo viene de mostrar. Monstruo es el que muestra, y la ordalía de Assange nos muestra cómo el Poder manipula a la Justicia. Cualquiera de las tres formas de muerte que se le apliquen a Assange sería un golpe de gracia para la libertad de prensa. Verlo vivo, lúcido y libre es la batalla de su vasta red solidaria, y de todo periodista, investigador, informador, filtrador, escritor, artista, académico o hacker que crea en el derecho a informar y a ser informado. Y que revelar la verdad no puede ser causal de muerte.

Publicado enCultura
Detalles de la manifestación contra la segregación en al barrio de Usera, en Madrid, en septiembre de 2020. Edu León

Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

 

El espacio no es una coordenada absoluta, como la pensó Isaac Newton, sino que existen formas diferentes de pensarlo, de ocuparlo y de vivirlo, lo mismo ocurre con el tiempo. El tiempo de la física no es el tiempo vivido, del que escribía Proust en su obra. El tiempo vivido es el tiempo que da sentido a mi vida, que me permite desarrollarme como persona y convivir con los demás y con el medio. Y lo mismo pasa con el espacio. Espacio y tiempo siempre están unidos, son los ejes de coordenadas donde nos movemos y también el lugar donde podemos construir realidades.

Pero como ya expresó el filósofo Michel Foucault, el uso del espacio y del tiempo puede servir para generar mecanismos de control del cuerpo. El panóptico, que es un sistema carcelario basado en el control del espacio y del tiempo y cuya estructura se traspasó a otras instancias de control, como la fábrica, el ejército y los colegios, es la mejor muestra de ello. El control del espacio y del tiempo generar cuerpos dóciles, cuerpos que aceptan lo que venga sin darse cuenta de las estructuras de control que hay tras ellos. Entonces, el espacio y el tiempo se convierten en hilos que atan nuestras vidas a esos mecanismos, que nos dicen cuando dormir, cuando comer, cuando divertirse, cuando consumir.

En la sociedad neoliberal estos mecanismos, que en el pasado se dieron en lugares como los conventos o los sanatorios, se ponen al servicio de la lógica del mercado. La ciudad se convierte en un centro comercial, en la todo está enfocado para el consumo, para fomentar el individualismo y destruir las alternativas de vida y de ocio, que se alejen de esta mentalidad. Ciudades como Tokyo llevan esto a su máximo esplendor, ya que hay barrios enteros que son enormes centros comerciales. Si la ciudad es un centro comercial, el mundo es un mercado, donde la vidas de las personas no son más que una mercancía.

Nada me parece más inhóspito que un centro comercial. Es un lugar cerrado, lleno de gente y de tiendas, de ruido y de luces. Todo ahí está pensado para consumir, para que gastemos. Son lugares estresantes, pero también lugares de emociones. La sociedad, en la que vivimos, es la sociedad de las emociones rápidas, de la libertad entendida solo como libertad de consumo y de mercado. Es la sociedad adicta a los deseos y al consumo, que funcionan como droga para no pensar. Y el espacio está puesto al servicio de este consumismo aislante y enfermizo, que está acabando con los recursos del planeta y llevando a las personas a un vacío y una insatisfacción crónica.

Se crean ciudades que funcionan como prisiones, como panópticos, donde se controla a las personas de forma sutil, controlando los lugares y los tiempos. Y si el panóptico tenía una gran torre de vigilancia en el centro, que generaba la sensación de estar siendo constantemente observado, esta sociedad tiene las redes sociales, donde son las propias personas las que vulneran su privacidad, convirtiéndose en mercancías que se anuncian en esas redes- escaparates.

Hemos construido un mundo donde los lugares verdes, los espacios tranquilos y naturales cada vez escasean más, donde contaminamos las playas, los bosques, el agua y el aire; un mundo donde siempre hay que ir con prisas y siempre estar haciendo algo; donde las otras personas son competidores en los mercados y en el mundo laboral; un mundo donde cada vez más personas tienen problemas de ansiedad, de estrés o de soledad, cuando no problemas psicológicos aún más graves. Pero ante todo esto estamos sedados por el ruido de esta sociedad de consumo, por las luces de los escaparates y por los deseos inacabables que generan. Somos ratas dentro de un laberinto, pero sin darnos cuenta de ese mismo laberinto.

Por ello cualquier voz que se alce para criticar esta sociedad, este consumo alocado, es tachada de radical y ridiculizada o criminalizada. Hablar en contra de la sociedad neoliberal, de la sociedad de consumo es ir en contra de una mal entendida libertad. Libertad de consumo, de elegir comprar y comprar, porque eso es lo que hay dentro del laberinto. Libertad apoyada en el expolio de la naturaleza, en la contaminación globalizada y en la explotación laboral de las personas menos favorecidas. El uso del espacio y del tiempo favorece esta falsa libertad, que nos conduce a una prisión.

Pero, frente a este uso del espacio en favor del consumismo y de la lógica de mercado, caben alternativas, que buscan crean otras realidades sociales ocupando los espacios. Frente a la ciudad inhóspita, de asfalto, contaminación y ruido, aparecen los huertos urbanos, las ciudades en transición, las ecoaldeas o los ecobarrios, como el de Vauban, en Friburg. Frente al consumismo de los centros comerciales se crean espacios como los centros sociales autogestionados, donde el ocio no implica mercantilización.

Estar en el espacio es vivirlo y generar sociedad, es tejer redes, conocer a las personas con las que convives y crear lazos. Pero para ello hay que cambiar el sistema, hay que cambiar la forma de entender la realidad y la forma de movernos, de organizar nuestro tiempo y nuestro espacio. Destruir los centros comerciales, la mercantilización y el individualismo y generar lugares donde entremos todxs y donde la naturaleza y las otras especies no corran peligro.

1. Los cuerpos dóciles

Para mostrar cómo se generan las instancias de control hay que acercarse al pensamiento de Foucault. Este pensador deconstruye la idea del poder que manejaban pensadores como Bakunin, Marx o los contractualistas, como Rousseau o Hobbes. El poder no es visto ya como una instancia superior que aplasta a los individuos, sino como una red tejida a partir de las relaciones de fuerza. El poder no es el Estado de Hobbes, el Leviatán absoluto, que reprime a los sujetos nacidos libres. El filósofo deconstruccionista lo entiende como un tejido que construye a los propios individuos. Los sujetos son el efecto de los mecanismos de poder. El poder produce a los propios sujetos, por lo tanto, no basta con eliminar el Estado para acabar con la represión. Los mecanismos de control se han introducido en el individuo creándolo, condicionándolo, sin que éste se dé cuenta. Él mismo no es más que un producto de ese poder.

Por lo tanto, no hay una instancia superior que nos reprima, no hay un Leviatán, sino un engranaje, unas relaciones que penetran en nosotras y nos van creando. La forma de generar esos sujetos dóciles es a través del control del espacio y del tiempo. Pero conviene destacar que no hay salida de las relaciones de poder en el pensamiento foucaultiano, no hay un paraíso perdido al que regresar, ni una identidad al margen de esa construcción social y política, que son los sujetos. No hay nada detrás de la máscara que la sociedad y las relaciones de poder nos han puesto, sino que nuestra identidad es ya esa construcción. Si no cabe salida, un escape a una utopía, lo que sí se puede dar es una visibilización de los hilos que nos atan y una relajación de las relaciones de poder. 

Viento Sur

Desde esta perspectiva se entiende la idea de Simone de Beauvoir de que no se nace mujer, se llega a serlo. No se nace de ninguna manera, sino que es la sociedad la que construye a los sujetos. O, como apunta Judith Buthler, que la invocación a un “antes” de este sujeto es solo una ficción, que sirve al propio poder para legitimarse. Buthler y de Beauvoir hablan de la creación del género, pero se podría ampliar a todo el sujeto. De tal manera que resulta imposible separar a éste de las intersecciones políticas y culturales en las que se produce y se mantiene. Esto viene a significar que somos productos culturales y políticos, donde el espacio y el tiempo juegan, como ya decíamos, un papel fundamental.

El control del espacio y del tiempo es el que generar los cuerpos dóciles, el que sirve para disciplinar a los sujetos. Si nos fijamos en el experimento llevado a cabo por el psicólogo Zimbarno, conocido como el experimento de la cárcel de Stanford, se ve como la teoría de Foucault se cumple. El experimento consistió en otorgar a una serie de estudiantes el rol de carceleros y a otro grupo el rol de prisioneros en un cárcel construida en los sótanos de la Universidad de Stanford. El papel que jugaba cada grupo dejó de ser un juego y pasó a penetrar en su conducta. Pero esto es lo que había analizado Foucault en su obra, donde realiza un genealogía de las instituciones que a través de la disciplina han creado cuerpos dóciles, desde los conventos medievales hasta las cárceles, pasando luego a las fábricas, los colegios, los hospitales. 

El cuerpo se convierte en el objeto y el blanco del poder. Es el cuerpo que se controla, que se le da forma, que se le educa, que obedece, el cuerpo al que se manipula. Al final, el cuerpo no es más que un muñeco político, una producción del poder. A los métodos que permiten esto, que llevan al control y a la construcción del cuerpo se les denomina disciplinas.

Foucault distingue estas disciplinas de la esclavitud, que se apoya en la apropiación de los cuerpos, y también de la domesticación, que supone una relación de dominación constante, y de otras formas de control, como el vasallaje. Las disciplinas de las que habla penetran en los cuerpos, los desarticula y los recomponen. Se trata, en realidad, de una “microfísica” del poder y procede a partir de la distribución de los individuos en el espacio y a partir del control de la actividad y del tiempo. Esta “microfísica” del poder tiene como objetivo enderezar conductas.

Este poder funciona también a través de la individuación. Se vigila, se separa los cuerpos para normalizarlos. Cuanto más se individualiza a un sujeto mejor controlado estará, más disciplinas podrán “corregir” sus desviaciones. De esta forma, hay que controlar, individualizar a los sujetos, sobre todo a aquellos que parecen separarse de la norma. Lo normal sustituye en la sociedad disciplinaria al modelo ideal. Lo “anormal” hay que corregirlo, encauzarlo, enderezar su conducta. De ahí que las disciplinas se fijen en aquellos sujetos, como el niño, el loco, el delincuente, que escapan de la norma. Por ello se les individualiza, se les controla y vigila más.

“El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología especifica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.” (Vigilar y castigar, Michael Foucault).

2. El espejismo de la libertad en el neoliberalismo

¿Cómo rebelarse contra unos mecanismos de los que ni siquiera somos conscientes y que han construido nuestra identidad? ¿Cómo superar la represión si es ella la que nos constituye? Decía Bakunin que, contra el Estado, como instancia superior, era fácil, dentro de lo que cabe, oponerse, pero contra el condicionamiento social, no es tan fácil, porque ha penetrado en nosotras. 

El consumismo no es más que otra forma de encauzar la conducta, un elemento más de la “microfísica” del poder. La sociedad neoliberal se percata que una manera de controlar a los individuos no es solo a través de las disciplinas del cuerpo, sino también a través del placer. El deseo juega un papel fundamental en la vida del ser humano. Si este deseo se puede controlar, organizar y encauzar, se obtendrá sujetos que compren, que gasten sin pensar, sujetos obligados, condicionados a buscar una felicidad embotellada, sujetos adictos a las emociones, como si fueran drogas.

La sociedad de consumo y las disciplinas del cuerpo se unen en el sistema neoliberal para generar sujetos no pensantes, sujetos que consumen y consumen, como si bebieran el SOMA de la novela Un mundo feliz. Se consume productos, ropa, juguetes, tecnología, sin pensar en la destrucción del planeta y en la explotación laboral que hay detrás de ello; se consume emociones, viajes, vacaciones, para colgar las fotos en Instagram y ser nosotras mismas un producto más, en la que vendemos nuestra propia vida; se consumen serie y películas en plataformas como Netflix, sin que detrás de esos relatos entre ninguna crítica social y política; se consume hasta relaciones afectivas y sexuales, donde los cuerpos son cosificados y anunciados como un producto en plataformas como Tinder. Nos movemos en una sociedad individualista, que aísla a los sujetos y los controla, pero que lo hace a través del deseo y del placer y de la defensa de una supuesta libertad.

Los sujetos, los cuerpos dóciles creados en esta sociedad solo piden más y más, más control, más droga, más SOMA con la que acallar las posibles voces discordantes, para normalizar lo “anormal”, lo indisciplinado. También para controlar lo que hay en cada uno de “loco”, de “inconformista”. Ciudades pensadas como centros comerciales, libertades reducidas a libertad de consumo y fiscalización de las necesidades y de los deseos, todo ello para conseguir una sociedad de sujetos obedientes, sujetos que no cuestionen las estructuras, por muy injustas que estás se vuelvan. A pesar de la contaminación globalizada que produce nuestro estilo de vida, de la explotación laboral y del cada vez mayor número de personas que quedan fuera, como náufragos de este mundo, a pesar de los problemas psicológicos, de ansiedad, estrés, soledad; se sigue vendiendo este sistema como el mejor, como el único posible. Y los sujetos aceptan la publicidad, la manipulación porque la “microfísica” del poder, de la que hablaba Foucault, funciona, y porque cuestionar la sociedad y el sistema es, al final, cuestionar nuestra forma de ser, de ocupar el espacio, de llenar nuestro tiempo.

¿Y si nuestra sociedad se ha convertido en una película de ciencia- ficción? ¿Si cada vez encontramos más semejanzas entre este sistema y lo que se ve en novelas como Un mundo feliz y 1984 o películas como Están vivos? En la novela de Huxley las personas son controladas a través de los deseos y del placer, obligados a ser felices constantemente. ¿No se persigue lo mismo con las compras compulsivas y las emociones constantes de nuestro estilo de vida? ¿Qué sujetos son rechazados, llamados radicales y marginados? ¿No son aquellos que cuestionan las bases del sistema neoliberal y de la sociedad de consumo? En la novela el personaje que cuestiona todo era el hombre salvaje, que era, al final, el único libre.

Un ejemplo de este rechazo lo tenemos en el feminismo. Cuando este movimiento trata de ir a la base, a la raíz del sistema patriarcal, entonces se habla de “feminazis” y se le ridiculiza o se le demoniza. Mas de una vez, cuando me he enfadado en alguna conversación en la que salía comportamientos machistas, me han llamado la atención, incluso para decirme que si no aguanto una broma o que si siempre destaco esas conductas solo voy a conseguir la reacción contraria. Esto implica que el ataque al sistema ya sea desde la perspectiva feminista, desde la ecológica o la de justicia social, va a tener como respuesta la defensa del propio sistema. ¿Cómo no defender el sistema, si sus relaciones de poder y sus mecanismos de control, son los que han construido a los sujetos?

En una conversación hace poco con amigos y amigas sobre modelos de masculinidad, un amigo me acabó preguntando cómo debería ser él para no caer en comportamientos machistas que tenemos interiorizados. La cuestión no es fácil de resolver, ya que estas conductas, como muchas otras, están impresas en nuestro ADN social y político. La deconstrucción de una subjetividad que esconde comportamientos machistas, racistas. clasista o capacitistas conlleva mucho trabajo, tanto a nivel individual como colectivo. Pero esta dificultad deja de manifiesto las relaciones de poder que han construido nuestra subjetividad.

Masculinidad en demolición

¿Dónde queda la libertad cacareada por el neoliberalismo, si ni siquiera en nuestras relaciones personales somos libres de los condicionamientos? El filósofo alemán Kant considerada que la muestra de la existencia de la libertad era el ser capaz de obrar al margen de los interés egoístas de cada uno en favor de aquello que consideráramos justo y del respeto hacia los demás. La libertad neoliberal es justo lo contario, se apoya en anteponer mis interés, creados y manipulados por la lógica del mercado, por encima de todo juicio racional y ético.

No importa que ciertas bromas y conductas basadas en los estereotipos de género, de los que ni siquiera somos conscientes en muchas ocasiones, supongan un desprecio, una falta de respeto, un insulto hacia mujeres, mientras los varones no consideran necesario revisar sus privilegios. No importa que mi consumo alocado implique explotación laboral, que estemos expoliando el planeta y contaminándolo, que pueblos, como el saharaui, levante su voz por las injusticias ante la pasividad de Occidente, que se aprovecha de su situación. No importa que la extracción de materiales como el coltán provoquen guerras, explotación de niños y trata de mujeres, mientras yo pueda tener un móvil de última generación. Las injusticias, la contaminación y el expolio forman parte de este sistema neoliberal, machista, racista, clasista y capacitista. No son es algo pasajero, las crisis son estructurales, como lo es también la construcción de sujetos dóciles, que se creen libres, cuando se mueven en una jaula de oro, de emociones y consumo, de gastos y vacío existencial, de estrés y soledad.

3. La ocupación del espacio

Ante esto no cabe solo volverse contra el Estado, como si él fuera el encargado de mantener esa prisión, sino que hay que visibilizar los hilos, mostrar que la libertad de consumo no es más que una quimera, una falsa libertad, y que esconde una esclavitud, un control. Si Foucault tenía razón y no es posible salir de las relaciones de poder, al menos creemos relaciones lo más laxas posibles y siendo conscientes de las mismas. No fundemos la sociedad en relaciones basadas en la opresión, sino en un intento de alcanzar un consenso y en un respeto hacia la libertad real. Busquemos deconstruir esa subjetividad fundada en el dominio y en el privilegio, el privilegio de ser varón, blanco, occidental, rico o con capacidades consideradas normales, para poder saber quiénes queremos ser y cómo queremos relacionarnos con los demás y con la naturaleza.

Si el control comienza con el uso del espacio y del tiempo, busquemos usos diferentes, que no escondan una disciplina del cuerpo. Ocupemos los espacios para construir una vida no basada en la mercantilización de todo y en las injusticias que esto conlleva, sino una vida en la que los demás importen y en la que no destruyamos todo a nuestro paso, también una vida en la que me pueda desarrollar como persona y no solo consumir y consumir. En lugar de vivir en ciudades inhóspitas, contaminadas, donde el uso del coche tiene prioridad, construyamos desde los barrios y pueblos espacios verdes, lugares donde tener un ocio que no se ajuste a la lógica del mercado, donde entren todxs, lugares donde se priorice otro tipo de vida más sostenible. 

Si el consumismo explota nuestra capacidad de desear, ¿por qué no cambiar el punto de mira? En lugar de mirar a los deseos insaciables y a las emociones rápidas, ¿por qué no buscar un placer moderado, como el que proponía el filósofo griego Epicúreo? En lugar del individualismo y la competitividad promovidos por este sistema, ¿por qué no tejer relaciones y afectos dentro de los barrios y de los pueblos? ¿No aprendimos durante el confinamiento que las relaciones sociales y afectivas eran más importantes que todos esos productos superfluos, que nos venden como imprescindibles?

¿Y si en lugar de centrarnos en comprar y comprar, nos centramos en las necesidades reales que tienen los seres humanos y en satisfacerlas de la manera más justa y sostenible? Conviene destacar aquí la postura de Max Neef, que, en lugar de hablar de deseos, que nos hunde en una cadena infinita, habla de necesidades, que van desde la alimentación y la protección contra el clima hasta el desarrollo de la persona, la creatividad, la vida afectiva y social, la justicia y el vivir en un medio vivo.

Una de las paradojas de la sociedad de consumo, de la opulencia es que lo más esencial va a menos o es infravalorado. Durante el confinamiento se vio que ciertos trabajos, ya fueran remunerados o no, eran lo esencial, los que mantenían la vida. Sin embargo, la lógica del mercado no prioriza esto, sino solo el beneficio. El mercado por encima de la vida. Los deseos de unos pocos por encima de la necesidades más básicas de la mayoría. La sociedad de la opulencia, donde consumimos sin límites, no se ajusta a los ritmos de la naturaleza ni tiene en cuenta a los que sostienen este sistema. Es la extralimitación del consumismo la que está acabando con el planeta y agravando las desigualdades sociales.

Frente a este consumo sin freno, frente a la sociedad del exceso, que contamina, explota, expolia la riqueza natural, y deja sujetos vacíos, se puede optar por alternativas. Si el consumo funciona como una droga, si la emociones nos alienan, ¿por qué no pararse a pensar a donde vamos por este camino, antes de llegar a un precipicio?  ¿Y si el espacio deja de estar al servicio de los interés del mercado y comienza a centrarse en las necesidades de las personas, como la necesidad de sociabilizar? El ocupar los espacios de otra manera rompe con el esquema de la lógica del mercado. En los huertos urbanos, por ejemplo, se busca no solo crear espacios verdes dentro de las ciudades, sino generar tejido social, en una sociedad que cada vez aísla a los individuos y además busca que las relaciones sean lo más horizontales posibles. Los centros sociales autogestionados proponen alternativas de ocio, que no implican un consumo ni una mercantilización.

El crecimiento y el consumo constante no solo es insostenible desde el punto de vista ecológico, sino que aísla a los sujetos. No se preocupa de lo esencial, sino que tras una mala entendida libertad, esconde mercantilización, precariedad, desigualdades, vacío, aislamiento, depresión y un largo etcétera.

Así, “la lógica de la acumulación y el crecimiento permanente choca con la lógica de la vida“. Porque ”la una busca la concentración de poder y el beneficio, al margen de los criterios éticos. La otra pretende el mantenimiento de los procesos vitales y busca la resolución de las necesidades y el bienestar humano. Hay una honda contradicción entre el proceso de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital. […] Si hay contradicción, gana el mercado” (Cambiar las gafas para mirar el mundo, VV AA).

Gana el mercado, ganan las relaciones de poder que generan sujetos dóciles, atados al SOMA. Y quienes perdemos somos nosotras. Perdemos la libertad real frente a un servidumbre casi voluntaria, que se disfraza de libertad; perdemos frente a los mecanismos de la disciplina que nos dicen lo que debemos hacer, lo que es “normal”. Pero las relaciones de poder no son el Leviatán de Hobbes, no controlan todos los efectos de su control. Por ello, siempre surgen voces discordantes, que buscan escapar de la telaraña, buscan espacios donde generar una auténtica libertad, no vendida al mercado ni a los privilegios, ya que la lucha siempre es posible. 

Los espacios no tienen que ser lugares de control ni las ciudades centros comerciales, que aíslen a los sujetos y los muevan solo al consumo. Se puede ocupar el espacio de forma distinta y generar relaciones no mercantilizadas. Ocupemos el espacio, seamos dueñas de nuestro tiempo y paremos el ritmo, antes de destruir todo.

Publicado enSociedad
La compañía explica que las actualizaciones de su política incluyen más información sobre el servicio de WhatsApp y sobre cómo procesa los datos. Foto: Archivo.

Millones de usuarios de WhatsApp han comenzado a recibir esta semana un aviso de la popular plataforma de mensajería pidiéndoles que acepten sus nuevos términos y condiciones antes del 8 de febrero si quieren seguir utilizando la aplicación.

“Al seleccionar ACEPTAR, aceptas las Condiciones y la Privacy Policy actualizadas, que entrarán en vigor el 8 de febrero de 2021. Después de esta fecha, deberás aceptar las actualizaciones para seguir usando WhatsApp”, se lee en el mensaje que envió la plataforma a sus usuarios, tanto en Android como iOS.

La compañía explica que las actualizaciones de su política incluyen más información sobre el servicio de WhatsApp y sobre cómo procesa los datos; cómo las empresas pueden usar los servicios alojados en Facebook para almacenar y administrar sus chats de WhatsApp y cómo la plataforma se asocia con su empresa matriz “para ofrecer integraciones en los productos de las empresas de Facebook”.

La política actualizada deja claro que los datos recopilados por WhatsApp se compartirán ahora con Facebook, lo quiera o no el usuario. Estos datos incluyen los números de teléfono, “datos de transacciones, información relacionada con el servicio, información sobre cómo interactúa con otros (incluidas las empresas)” cuando utiliza sus servicios, así como información del dispositivo móvil y la dirección IP, entre otros.

“Como parte de las empresas de Facebook, WhatsApp recibe información de las otras empresas de Facebook, y también comparte información con ellas”, explica la política de privacidad. “Ambas partes podemos usar la información que recibimos para operar, proporcionar, mejorar, entender, personalizar, respaldar y promocionar nuestros Servicios y sus ofertas, incluidos los productos de las empresas de Facebook”, añade.

Compartir datos con Facebook será obligatorio para todos los usuarios, excepto para los de la UE, donde se aplica desde 2018 el Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea (GDPR por sus siglas en inglés).

En declaraciones a MailOnline, un portavoz de WhatsApp confirmó que “no hay cambios en las prácticas de intercambio de datos de WhatsApp en la región europea (incluido el Reino Unido) que surjan de los Términos de servicio y la Política de privacidad actualizados”.

“Para evitar cualquier duda, sigue siendo cierto que WhatsApp no ​​comparte datos de usuario de WhatsApp de la región europea con Facebook con el fin de que Facebook utilice estos datos para mejorar sus productos o anuncios”, detalló.

8 enero 2021

Publicado enSociedad
Lunes, 28 Diciembre 2020 06:50

Agamben y la epidemia como política

Agamben y la epidemia como política

Termina 2020, el año de la epidemia debida al virus corona, y el mundo parece encaminarse hacia un nuevo despotismo tecnológico sanitario. Azuzadas por los medios de difusión masiva hegemónicos, sumidas en una histeria colectiva producida de manera deliberada, sociedades enteras han aceptado sin chistar un sinfín de medidas coercitivas gubernamentales –algunas bajo punitivos toques de queda–, tales como confinamientos, cuarentenas, semáforos de colores, rastreo, "sanas distancias" en la interacción social, en empresas, comercios y oficinas públicas, y hasta cierres de escuelas y universidades.

Con el pretexto de la epidemia, los amos del universo han decidido transformar de arriba abajo los paradigmas del gobierno de los seres humanos y las cosas, para sustituirlos por nuevos dispositivos cuyo diseño apenas podemos vislumbrar, incluido un panóptico total digital.

Pascal Sacré, médico especializado en cuidados intensivos y reconocido analista de salud pública en Charleroi, Bélgica, se ha preguntado si existe la "intención" de utilizar la coartada de una pandemia para llevar a la humanidad hacia un escenario que de otro modo nunca habría aceptado. ¿Es esa hipótesis, que muchos se apresurarán a calificar de "teoría de la conspiración", la explicación de mayor validez frente a la ‘anormalidad’ del momento actual? Lo cierto es que nunca antes en la historia de la humanidad el miedo había sido usado como herramienta de poder por los gobernantes de manera tan inescrupulosa como en 2020. Quienes impulsan la agenda del Covid-19, y sacan provecho de ella, han elegido una enfermedad con el fin de eliminar toda resistencia mediante el azuzamiento del pánico.

Giorgio Agamben ha dicho que, agotado el terrorismo como causa de las medidas propias de un estado de excepción –de la más pura y simple suspensión de las garantías constitucionales en muchos lugares del orbe−, "la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para ampliarlas más allá de todos los límites". En un momento de "confusión babélica", Agamben habló de ‘invención’ en un ámbito político, sabedor, como Foucault, de que los gobiernos que se sirven del "paradigma de la seguridad" no funcionan necesariamente produciendo la situación de excepción, sino explotándola y dirigiéndola una vez que se ha producido.

En su más reciente libro, ¿En qué punto estamos? La epidemia como política (Quodlibet, julio 2020), el filósofo italiano llama "bioseguridad" al dispositivo de gobierno –se refiere a su país, pero también a las autoridades de otras democracias occidentales– que resulta de la conjunción de la nueva "religión de la salud" y el poder estatal con su estado de excepción, probablemente el más eficaz de la historia de la humanidad, ya que ni siquiera durante el nazi-fascismo (mecanismo que permitió la transformación de las democracias en Estados totalitarios) y las dos guerras mundiales se había llegado a este punto de restricción de la libertad.

“Si el dispositivo jurídico-político de la Gran Transformación (la estrategia global prevista por la plutocracia del foro de Davos, incluido Bill Gates y su emanación la Organización Mundial de la Salud) es el estado de excepción y el religioso es la ciencia, en el plano de las relaciones sociales –escribió Agamben− ha confiado su eficacia a la tecnología digital, que, como ya es evidente, hace un sistema con el ‘distanciamiento social’ que define la nueva estructura de las relaciones entre los hombres”. La nueva forma de relación social es "la conexión": quienes no estén conectados tienden a ser excluidos de cualquier relación y condenados a la marginalidad. Siempre que sea posible, los dispositivos digitales (las máquinas) sustituirán todo contacto –todo contagio− entre los seres humanos.

El distanciamiento social −nuevo eufemismo de confinamiento− será el nuevo principio de organización de la sociedad. Y paradójicamente, la masa, en la que según Canetti se basa el poder a través de la inversión del miedo a ser tocados por extraños, estará formada ahora por individuos que se mantienen a toda costa a distancia unos de otros; una masa, dice Agamben, "rarificada y basada en una prohibición, pero, precisamente por eso, particularmente compacta y pasiva".

A lo que se suman el control que se ejerce a través de las cámaras de video y ahora de los teléfonos celulares –la ‘celularización’ coercitiva de la totalidad de la población, incluido el rastreo de cada persona vía los consorcios multinacionales Google (Android), Apple y Microsoft−, que excede con creces cualquier forma de control ejercida bajo regímenes totalitarios como el fascismo y el nazismo. La epidemia y la tecnología inseparablemente entrelazadas. Y el papel de los medios de difusión masiva dominantes, que, según Agamben, llevaron a cabo una "gigantesca operación de falsificación de la verdad", propalando una especie de "terror sanitario" como instrumento para gobernar con eje en una "bioseguridad" basada en la salud. Lo que ha llevado a la paradoja de que el cese de toda relación social y toda actividad política se presenta como "la forma ejemplar de participación cívica".

Una estrategia global de los "reformadores sociales" de Davos, que no habría sido posible lograr sin la intervención decisiva de los Estados-nación, que son los únicos que pueden adoptar las medidas coercitivas que dicha estrategia necesita. Según su fórmula, un "distanciamiento social" –no ‘físico’ o ‘personal’− como dispositivo esencialmente político, que lleva a preguntarnos, con Agamben, ¿qué es una sociedad basada en la distancia? ¿Acaso una sociedad así puede seguir llamándose política?

No es posible saber cuánto más durará el estado de excepción del actual circo pandémico mundial; lo que sí es seguro es que se necesitarán nuevas formas de resistencia para enfrentar a la "reingeniería social" tecnocrática de las élites del poder plutocrático con su pregonada (Klaus Schwab dixit) "cuarta revolución industrial".

Publicado enPolítica
Cómo se ha usado la tecnología para violar los derechos humanos alrededor del mundo

El uso de tecnologías puede ser de gran ayuda para facilitar la comunicación entre ciudadanos, agilizar la manufactura en empresas o mecanizar acciones básicas. Sin embargo, en los últimos diez años, el internet, la robótica y las comunicaciones han avanzado a un punto de no retorno. Con ello, se descubrió cómo las tecnologías pueden también vulnerar los derechos humanos por medio de la segregación racial en algoritmos, reconocimiento facial sin consentimiento y acumulación de datos personales vendidos a compañías para aumentar las ventas, además de establecer monopolios.

Durante el mes de septiembre de 2020, la organización para salvaguardar los derechos humanos Amnistía Internacional (AI), publicó una investigación donde asegura, tres firmas tecnológicas europeas (Morpho, Axis Communications y Noldus Information Technology) vendieron herramientas de tecnología biométrica, diseñada principalmente para reconocer rostros, y de vigilancia a el estado de Shangai, China, país donde más se utilizan dichas tecnologías. Este tipo de información es esencial para la autentificación e identificación digital, como en redes sociales o banca móvil.

Asimismo, AI cree, China pudo haber utilizado estas tecnologías en la persecución y adoctrinamiento de miles de musulmanes durante 2017. Gracias a un macrosistema de vigilancia y procesamiento de datos personales, el gobierno Chino, liderado por Xi Jingping del Partido Comunista de China (PCC), identificó en ese entonces como sospechosas a 24 mil 412 personas con ascendencia musulmana. 706 fueron encarceladas y 15 mil 683 fueron trasladadas a «centros de educación ideológica y entrenamiento profesional», según la investigación Los cables secretos de China.

Como defensa de la libertad de expresión y opinión, libertad de pensamiento y derecho a la no discriminación, AI publicó a finales de 2019 el informe Gigantes de la vigilancia. En este reporte, la organización denuncia a los principales servicios de internet, Google y Facebook, como monopolios de la web que lucra con información recabada de la actividad de usuarios y su venta a otras compañías. «Su control insidioso de nuestras vidas digitales menoscaba la esencia misma de la privacidad y es uno de los problemas de derechos humanos que definen nuestra época», señala Kumi Naidoo, secretario general de Amnistía Internacional.

Según Tendayi Achiume, relatora especial sobre racismo, en 2019, 189 algoritmos de reconocimiento facial de 99 desarrolladores en el mundo fueron analizados. Encontró, «muchos de estos algoritmos tenían de 10 a 100 veces más probabilidades de identificar de incorrectamente una fotografía de un rostro afrodescendiente o de Asia oriental, en comparación con una blanca». Achiume criticó: «Ya no puede haber ninguna duda de que las tecnologías digitales emergentes tienen una capacidad sorprendente para reproducir, reforzar e incluso exacerbar la desigualdad racial dentro de las sociedades».

Para poder cambiar el uso de tecnologías a favor de los derechos humanos es necesaria una legislación donde legalmente se aseguren los datos en internet y el derecho a la privacidad. En la Unión Europea (UE) se instauró el Reglamento de Protección de Datos (RGDP) con miras a garantizar la protección de los ciudadanos europeos en sus actividades online. Mas queda aún ampliar este tipo de iniciativas para salvaguardar los derechos humanos en el uso de tecnologías de todo el mundo.

26 diciembre 2020

Publicado enInternacional
Relecturas 2020. La débil reacción fiscal frente al coronavirus

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

Una revisión de las medidas económicas más fuertes tomados por el gobierno nacional desnudan la pequeñez e insuficiencia de la inversión pública en nuestro país, así como la incomprensión del potencial de la crisis que golpea a nuestro país, como parte de un sistema global también afectado en su integridad.

Gasto público como porcentaje del PIB en respuesta al Coronavirus

Alemania  28
 Italia  20
 España 16
 Francia  15
 Bélgica 14
 Austria  10
 USA9
 Polonia9
Suecia9
Colombia2

Fuente: Oxford Economics.

 

La respuesta de los países al Coronavirus ha sido muy diferente. En el cuadro se presenta el gasto público que cada gobierno estima destinar para combatir la pandemia. Las cifras corresponden a porcentajes del PIB de cada país. De lejos, el mayor gasto es el de Alemania (28% del PIB). Le siguen Italia (20%) y España (16%). Hasta ahora el costo de las medidas que el gobierno colombiano ha anunciado, sumando los gastos de las administraciones locales, podría llegar a 20 billones de pesos, que más o menos corresponde a 2 por ciento del PIB. Comparado con otros países, es clarísimo que los estímulos son mínimos. Parecería que el Gobierno todavía no se hubiera percatado de la gravedad de la crisis.

Cada gobierno percibe el contagio de manera distinta, y por esta razón las respuestas no son homogéneas. El cuadro refleja, además, el músculo financiero de las políticas fiscales. Mientras que en Alemania, el gasto público total, como porcentaje del PIB es cercano al 60 por ciento en Colombia apenas llega al 19 por ciento. La brecha es significativa y refleja la confianza que tiene la sociedad alemana en la acción del Estado, y el profundo desprecio que existe en Colombia por lo público. En momentos de crisis como la actual se siente con mayor fuerza la falta que hace la protección del Estado. En Colombia es evidente la debilidad de lo social.

Recursos para las empresas o para los ciudadanos

El debate ha sido muy álgido sobre los beneficiarios de los recursos. En Estados Unidos, de los 9 puntos del PIB destinado para enfrentar la crisis, 5 irán para apalancar los créditos y darle garantías a los bancos. En Colombia se ha privilegiado la financiación de la salud y la atención a los más vulnerables, pero de nuevo queda en evidencia la debilidad de la infraestructura hospitalaria, y la falta de cobertura efectiva. Y en cuanto a las personas pobres, por ahora la atención recae en Familias en Acción –que cobija a 2,6 millones de hogares–, Colombia Mayor, Jóvenes en Acción. Esta semana comenzó la devolución del IVA a las familias de menos recursos (75 mil pesos por familia cada dos meses). Además, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) está distribuyendo mercados a las familias que tienen niños en las guarderías. El gobierno nacional, siguiendo el ejemplo de Bogotá Solidaria, está armando un programa que se llama Ingreso Solidario, para atender a las personas vulnerables que hasta ahora no están en las bases de datos de los programas sociales mencionados. Este proceso apenas está comenzando, y se están tratando de mejorar las bases de datos.

La reacción de los gobiernos locales ha sido muy heterogénea. Pero, en general, se ha tratado de atender rápidamente a la población vulnerable, para evitar que el desespero del hambre lleve al vandalismo. Las ciudades grandes (Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla) tienen mayor músculo financiero, y le dan prioridad a la distribución de alimentos. Para complementar los programas nacionales, en Bogotá, por ejemplo, la Secretaría de Educación comenzó a entregar mercados de 50 mil pesos por niño matriculado, a través del Éxito y de tiendas de barrio. Y está comenzando el programa Bogotá Solidaria, que busca atender a quienes tienen necesidades urgentes pero no están inscritas en los programas regulares. Son personas pobres que viven del día a día, y que no están en los registros usuales del Distrito. En general ha sido notoria la dificultad para lograr una buena focalización de la población más vulnerable.

Fuera de las grandes ciudades, el margen de maniobra que tienen los municipios, y los departamentos, es muy bajo. Por esta razón tienen que depender de los recursos nacionales. En los departamentos y municipios se están ejecutando programas como Familias en Acción. Y se están haciendo ajustes para implementar el Programa de Alimentación Escolar (PAE). Parte de las dificultades logísticas se originan en que el Gobierno decretó el comienzo de vacaciones el 16 de marzo, y de acuerdo con las normas vigentes no se podría dar alimentos a niños y jóvenes que estén en vacaciones. En Bogotá ha sido distinto, porque no hay vacaciones, y se ha mantenido el aprendizaje en la casa. Se ha buscado que los estudiantes no interrumpan el proceso educativo.
La pandemia ha puesto en evidencia las limitaciones de los registros administrativos, que eran razonablemente buenos para cálculos estadísticos, pero no son adecuados para distribuir subsidios, porque se requiere la plena identificación del beneficiario. De todas maneras, los recursos que les están entregando a las familias no son suficientes. Los subsidios nunca han garantizado el sostenimiento de los hogares, porque en condiciones normales pueden obtener ingresos adicionales. Es absurdo pretender que una familia pueda vivir únicamente con los subsidios.

Hay mucha duda sobre las ayudas por darle a los grupos medios de la población (estratos 3 y 4), que también están sintiendo el impacto de la crisis. Por ahora, se están buscando alternativas para aligerar los créditos y el pago de servicios públicos. El Gobierno está analizando la posibilidad de darle subsidios a los trabajadores formales, pero aún no toma una decisión clara.

En Colombia todavía no le han dado subsidios directos a las empresas, y le han pedido a los bancos que sean más flexibles con los créditos. Y para estimular esta política el Banco de la República bajó la tasa de interés de referencia anual de 4,25 por ciento a 3,75, y se recapitalizó el Fondo Nacional de Garantías. No obstante esta reducción, los bancos comerciales siguen cobrando intereses muy altos (25% en tarjetas de crédito). A pesar de los esfuerzos que ha hecho el Banco de la República, los bancos comerciales no bajan las tasas de manera importante. En medio de la crisis le están proponiendo a los clientes ampliar los plazos, pero no han tomado decisiones que, efectivamente, alivien la situación de los deudores. El sector financiero, que ha sido uno de los grandes favorecidos en los últimos 10 años del desempeño de la economía, todavía no está dispuesto a reducir sus enormes ganancias. Si mantiene esta posición obstinada, también tendrán problemas cuando las familias no les puedan pagar.

El decreto 444 y la reacción airada de los gobiernos locales

De manera inconsulta, el Gobierno expidió el decreto 444, mediante el cual crea el Fondo de Mitigación de Emergencias (Fome), que se nutre de dos fuentes que tienen su origen en las regalías. Por un lado, el Fondo de Ahorro y Estabilización (FAE) y, por el otro, el Fondo de Pensiones de las Entidades Territoriales (Fonpet). Entre estas dos fuentes suman unos 14 billones de pesos. El Decreto dice que estos recursos, que son de los departamentos y de los municipios, serán tomados en calidad de préstamo. Varios gobernantes locales, como Claudia López en Bogotá, y Carlos Caicedo en el Magdalena, reaccionaron en contra, porque consideran que esta decisión es unilateral y abusiva. Desde su perspectiva, las administraciones locales necesitan estos dineros para poder responder a la emergencia.

Además, los usos que tendrán los recursos del Fome no son claros. En el Decreto se dice que podrán servir para apalancar las necesidades financieras de los bancos e intermediarios financieros. Como lo ha señalado el gobernador del Magdalena, se debería mirar el ejemplo de Islandia, que en lugar de entregarle la plata directamente a los bancos, se la transfirió a los deudores para que le pagaran a los bancos, y pudieran conservar sus activos.

 


El uso de las reservas

 

Llegó el momento de volver la mirada hacia las reservas internacionales. Colombia tiene en el exterior –sobre todo en bonos del Tesoro de los Estados Unidos– 53 mil millones de dólares. El país puede utilizar de manera responsable parte de estos recursos, digamos 5 mil millones de dólares, que serían equivalente a 20 billones de pesos.

El Banco de la República se niega a hacer operaciones heterodoxas, pero en medio de la crisis hay que seguir el ejemplo de otros bancos del mundo, que también lo hacen. Es factible, además, que en las circunstancias actuales el Banco le haga préstamos directos al Gobierno.

Un impuesto urgente al patrimonio

Dadas las condiciones excepcionales de la emergencia, podría decretarse de manera inmediata un impuesto al patrimonio que sea progresivo, de tal forma que la tarifa vaya creciendo con el valor del patrimonio. Esta medida favorece la distribución del ingreso y permite fortalecer las finanzas públicas.

La crisis desprendió inmensos retos para el gobierno nacional y éste aún no responde al nivel requerido; de proseguir así los efecto negativos de su proceder serán más fuertes no solo en el corto sino también en el mediano y largo plazo, cuando el impacto de la anunciada recesión haya golpeado con todo su potencial al conjunto social.

 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
6 de abril de 2020

 

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enColombia
Foto cedida por la autora

Veronica Barassi, antropóloga e investigadora italiana publica en diciembre de 2020 Child | Data |Citizen una investigación que muestra los peligros de la datificación de los niños y niñas de cara a que ciertas empresas creen perfiles que podrían determinar su futuro

 

En un futuro próximo, los datos perfilarán a las personas con una precisión que nunca antes fue posible. La familia, la escuela, los hospitales o el Estado producen una cantidad ingente de datos de bebés que aún no han adquirido ni siquiera su lengua materna. Una foto enviada a un amigo puede rebotar en decenas de grupos y acabar en centenares de teléfonos en un día. ¿Qué consecuencias puede llegar a tener para el futuro de las criaturas? ¿Qué ocurre con toda esa huella digital que están dejando?

Veronica Barassi, antropóloga e investigadora italiana, catedrática de Medios y Comunicación en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de St. Gallen, Suiza, da carpetazo a 2020 publicando en diciembre a través de MIT Press el libro Child | Data | Citizen, una obra (todavía sin traducir ni editar en castellano) que nace de una investigación de 3 años que parte de 50 entrevistas con 8 familias de diferentes perfiles etnográficos, económicos y nacionales en las ciudades de Londres y Los Ángeles. A pesar de partir de la academia, el libro es un ensayo plagado de conversaciones y anécdotas que lo acercan más a las librerías de barrio que a las estanterías de las universidades.

“Soy antropóloga y desde siempre me ha interesado estudiar qué sentido tienen las transformaciones digitales para las personas. Desde que empecé a estudiar siempre me interesó la forma en que las redes sociales podrían cambiar la democracia”. En 2014 publicó Activismo en la web: luchas del día a día contra el capitalismo digital estando embarazada. En ese momento se empieza a relacionar con padres y madres primerizos y se da cuenta de la cantidad ingente de datos que se producen de los bebés, antes incluso de los embarazos, a través de las aplicaciones de preparación y ayuda al parto. “En 2017, cuando empiezo a escribir este libro, nace mi segunda hija en un contexto muy diferente al de 2014, mucho más acelerado”.

Como madre, de entre todos los aspectos que has tratado en el libro, ¿cuál es el que más te preocupa o interesa?
El libro estudia la cantidad de datos que producimos y cómo las grandes tecnológicas pueden integrar estos datos recopilados de distintas áreas, como el colegio, el hogar o la salud, para crear perfiles únicos de identidad. Tenemos también las tecnologías que toman decisiones de forma automática, que ya están siendo usadas en hospitales, administraciones y centrales de policía. Mi preocupación es que estas tecnologías, probablemente, van a tener acceso a todos estos datos agregados de una forma más vasta que hasta ahora. Digo probablemente porque trato de no ser apocalíptica, pero es un hecho que nuestra relación con la llamada “inteligencia artificial” ha cambiado dramáticamente en los últimos cuatro años. No hemos asumido los riesgos de lo que está pasando. Tenemos que tener en mente lo que se puede llegar a hacer con estos perfiles.

Ya desde el prólogo señalas el peligro para cualquier persona de ser datificada como ciudadana, no solo porque los algoritmos le estén diciendo a las empresas o los gobiernos quién eres, sino también por la capacidad que tienen de cambiarnos y transformarnos en lo que “se supone que debemos ser”. ¿Estamos siendo reducidos de ciudadanos a consumidores?
Se están creando perfiles a partir de las huellas digitales que dejamos cuando compramos, pero también con lo que hacemos en nuestras propias casas. Como hemos visto con el escándalo de Cambridge Analytica, estos rastros digitales no solo nos perfilan como consumidoras, sino que crean perfiles políticos. Esto es lo que señalo en el libro, se está borrando la frontera entre nuestro perfil de consumidor y perfil político. Los principales estudiosos en este campo que han estado trabajando en este tema, hablan de la idea de la prevención o predicción. Gente como Greg Elmer, Palm en Canada o Lina Denick en Cardiff hablan de cómo la tecnología de datos esta ahí para prevenir, mitigar riesgos en el futuro.

Se aplica a las criaturas la misma lógica que se usa para prevenir crímenes, la cual pone una barrera entre ellas y muchos procesos humanos importantes. Déjame darte un ejemplo concreto, si piensas en educación, muchas de las tecnologías aplicadas a este campo van sobre aprendizaje personalizado: se usan para identificar “riesgos” en las escuelas para que puedas mitigarlos de forma personalizada. Lo cual suena increíble, piensas “es una buen idea”, pero la verdad es que si empiezas a crear aprendizaje personalizado basándote en rastreo de datos, lo que ocurre es que excluyes a los niños de explorar en lo que se podrían convertir, les encierras en estereotipos, les metes en un perfil desde temprano y esto es muy importante si piensas en la desigualdad social.

Es similar a lo que ocurre en Estados Unidos con los sistemas de predicción y detección de crímenes, que se retroalimentan en sus estereotipos y, si violentas a una persona porque crees que va a cometer un crimen o la detienes sin que haya hecho nada, la empujas a que tenga ciertos comportamientos.
Sí, exacto. Si eres adolescente y te identifican con el perfil de una etnia minoritaria y te interesa la justicia social solo te meten esa información, todo el tiempo, porque piensan que esa es toda la información que te interesa. Así no es como yo solía aprender, ¿sabes? Yo aprendí porque estuve expuesta a muchos tipos diferentes de conocimiento y decidí convertirme en una cosa y luego en otra. Así que creo que ese es uno de los problemas principales, es muy difícil salir de esos estereotipos en los que te meten.

Dentro de un rango, has hablado con padres y madres de muy distintos perfiles en Londres y Los Ángeles, ¿qué preguntas crees que debería hacerse toda persona envuelta en la crianza respecto a los datos?
[Risas] Esa es una buena pregunta, la primera pregunta a la que se debería enfrentar cualquier padre o madre es ¿cómo se van a usar los datos de nuestras huellas digitales? Las dejamos constantemente a través de mensajes y fotos de forma voluntaria. Pero también cuando aceptamos los términos y condiciones de uso en webs, o dependiendo del colegio u hospital que elegimos ¿Van a tener un impacto negativo en los hijos? Un ejemplo que suelo usar y que, de hecho, es una cuestión que me hizo pensar en los niños como ciudadanos de datos (data citizens) era la cuestión de los perfiles políticos en redes sociales. Yo soy de Italia que, igual que España, tiene un historial de regímenes autoritarios y dictaduras. Me sorprendió cuando empece mi investigación cuánta información política se compartía sobre ellos. Fotos de niños en manifestaciones, con pancartas contra el gobierno local y cosas así. Imagínate saltar 20 años hacia delante y que ya no vivimos en ese sistema democrático o en una sociedad más tolerante, ¿cómo les va a afectar este perfil político? Estas son cosas en las que todavía podemos trabajar un poco, pero los padres y madres no tenemos mucha elección en esto ya que estamos constantemente aceptando los términos y condiciones de estas compañías.

¿Qué consejos les darías?
Individualmente diría que tuviesen mucho cuidado con cualquier información compartida en linea y ser estratégicos a la hora de tomar decisiones. Por ejemplo, nunca compartir información sobre tu salud o la de tus crías en Gmail. Sé que suena estúpido pero tener tu cuenta de Gmail conectada al servicio de salud no es una buena opción porque van a hacer negocio con ello. Si subes contenido a redes sociales, trata de que sea neutral y no pueda ser puesto en su contra en el futuro. Pero estos consejos son individualizados. Creo que la clave está en trabajar con profesores, doctores, académicos hacia una mayor privacidad y protección de datos. Por ejemplo, encontrando plataformas alternativas a Google Classroom.

Es algo que ya está ocurriendo en Barcelona por ejemplo, desde la institución pública se está expulsando a Google de las aulas. Defiendes en tu libro que los niños y niñas son la clave para explorar la emergencia de la datificación ciudadana y cómo se está transformando la sociedad, ¿por qué?
Son la primera generación datificada antes de nacer. No me pasó a mí, no te pasó a ti, esta es realmente la primera generación a la que le está ocurriendo esto. Tenemos que analizarlo. Hay una diferencia fundamental entre mis hijas y yo. Yo pude desarrollar mi carrera profesional y vivir en un mundo que no conocía información sobre mi infancia. Especialmente aquella que yo no deseaba compartir. Nadie sabe la filiación política que tenían mi madre o mi abuelo o mis hábitos alimentarios. Para mis hijas esto ya no va a ser así. Nuestros datos son agregados en unidades familiares por las empresas que los utilizan y cada vez va a ser más difícil ocultar o desconectar ese bagaje.

Estoy pensando que ya no solo esas empresas sino, por ejemplo, sus propios compañeros cuando tengan 15 ó 16 años, podrán encontrar esa información fácilmente.
¡Sí! Este tipo de daño con los datos siempre ha existido. No es nada nuevo. La gente siempre ha sido metida en perfiles basándose en sus orígenes, en el color de su piel, en su religión, no seamos ingenuos con esto, no es ninguna novedad. Lo que cambia hoy en día a es la amplificación y es muy importante que lo entendamos.

Como señalas en el libro, las crías tradicionalmente han sido excluidas de los debates públicos sobre ciudadanía. Más adelante se les da una protección y derechos específicos, pero parece que no hemos dado el paso de incluirles como agentes de solución en sus propios problemas. Incluso desde la academia, aunque estén presentes en estudios, pocas veces lo están sus voces, ¿crees que podrían ser una clave para enfrentar estos problemas que señalas?
Creo que tienes toda la razón. Existe esta negligencia hacia la capacidad de ser agentes de nuestras crías. Siempre han sido ignoradas como ciudadanas de muchas maneras. Hay muchos estudios sobre su capacidad de acción, especialmente en cómo se relacionan con los dispositivos tecnológicos. Uno de los que más admiro es el trabajo de la profesora Sonia Livingstone, de la London School Economics, que durante años se ha estado centrando en dar a los niños esa voz, esa capacidad de acción. En mi libro no incluyo sus testimonios u opiniones, porque mi objetivo es mostrar cómo se les roba esa capacidad de acción. Cómo están siendo construidos por esos datos agregados y los algoritmos debido a los datos compartidos por sus padres y madres, colegios, sistemas de salud. Tienen poca voz ahora y van a tener poca voz en el futuro.

Mientras leía tu libro, hice un pequeño experimento en algunas clases de secundaria. Traté de explicarles todos los datos que se estaban recolectando sobre ellos y les pregunté qué opinaban al respecto. Me sorprendió encontrarme con que a muchos no les importaba demasiado.
No me sorprende. Lo dan por sentado porque la sociedad en la que viven lo da por sentado también. Están reproduciendo lo que ven en el mundo de los adultos. Es la misma respuesta que he recibido de padres y madres cuando les expongo mi trabajo: “ya lo sé, pero ¿qué opciones tengo?” ¿A quién le importa que Google sepa qué marcas especificas de pañales compras? Hay muy poco conocimiento de lo que ocurre con estos datos. La gente ya sabe que se usan para dirigirse hacia ella de una forma más específica a través de los anuncios. Lo que no ven son a brokers de datos operando en las sombras. En los últimos doce años hemos creado una economía totalmente dependiente de esta datificación. Todo va a depender de estos datos. Tu trabajo, tu acceso a primas de riesgo, tu vivienda, el colegio de tus hijos…

Hablas en el libro de lo difícil que es decirles que pasan demasiado tiempo con las pantallas cuando tú estás conectada 24/7 a la pantalla.
Estamos todo el tiempo conectadas. Esto es un problema de la sociedad en la que vivimos, no solo de ellos. Yo hablo de esta tecno-dependencia que hemos creado. Muchas investigaciones ya hablan de adicciones, ¿cuántas veces miras la pantalla de tu teléfono?

No quiero ni saberlo, pero es, casi siempre, lo primero que hago al levantarme y lo último antes de acostarme.
He intentado mostrar este cambio radical en nuestras vidas. La gente que he entrevistado tiene entre 30 y 40 años y me dicen sin excepción: “todavía recuerdo la época en la que podía elegir cuándo meterme en Internet, antes esto, aún con tecnología, no era así”. Estas tecnologías están diseñadas para ser adictivas, pero también critico esta reducción a la adicción. Padres y madres se echan la culpa a sí mismos o a sus parejas. Hay una tendencia a a la dependencia o necesidad de sentirse constantemente conectados, pero lo que está pasando también es que en los últimos 10 años, todo nuestro mundo ha sido digitalizado y por ende, datificado. Escribo un mensaje instantáneo a la profesora de mi hija mientras contesto a los correos de mis alumnos. Estamos migrando a la vida en linea y esta es una gran transformación que va más allá de una adicción.

En Los Desposeídos, Ursula K. Le Guin imagina una comunidad anarquista donde el cuidado y la educación de las crías está en manos de la comunidad y no de su padre y madre biológicos. Teniendo en cuenta la clara distancia con nuestras sociedades, ¿crees que algunas soluciones a estos problemas pueden aproximarse tratando el problema de forma social o tribal para no cargar de culpabilidad y responsabilidad a padres y madres?
No usaría las palabras ‘social’ o ‘tribal’, pero sí definitivamente la palabra ‘política.

¿Te refieres a ‘pública’?
Lo que intento mostrar es que no es un problema de individuos, es un problema del sistema. Necesitamos nuevas políticas de cuidados, una transformación de la manera en la que pensamos los derechos digitales. Así que tiene que ser una respuesta colectiva definitivamente.

Las grandes empresas de datos, las llamadas GAFAM, por ejemplo, están explotando cantidades ingentes de datos, no solo a través de sus propias plataformas, sino a través de la compra de datos a empresas de otros sectores, como el de la salud. En España, una compañía de la industria militar como Oesia produce software clínico también. Da la sensación de que operan fuera del control de los Estados.
Hay varios problemas en esto, pero el de los datos médicos es uno de los más preocupantes. Imagínate ser adscrito a un perfil para toda tu vida en términos de salud mental. Somos personas, somos vulnerables y tenemos distintas épocas en la vida. Los sistemas de datos que usan estas compañías se ceban especialmente con las vulnerabilidades de las personas. Esto se ve muy bien con los anuncios a padres y madres primerizos, explotan los miedos normales que cualquiera puede tener. La covid ha traído al primer plano las implicaciones de la elaboración de perfiles médicos porque se asocian a limitaciones de libertades concretas. No critico esta práctica en concreto, pero es importante observar las implicaciones.

Pienso en que hace 30 ó 40 años aquí en España con el tema del sida la gente era señalada y perfilada de muchas maneras.
Sí, y en la mera elaboración de perfiles médicos ya hay involucrada una gran discriminación previa a esa. Como humanos tenemos miedo a las enfermedades y es normal, porque ello nos enfrenta a nuestra mortalidad. Hay todavía trabajo que hacer con el VIH pero hemos avanzado bastante como sociedad. Es un ejemplo de cómo de problemático y discriminatorio puede ser tener esa marca en tu perfil social. Imagina lo que es que una empresa tenga acceso a todos los registros de salud mental de sus empleados o de gente a la que vas a contratar. Ahora mismo el problema de la elaboración de estos perfiles es de urgencia, por toda la discriminación que conlleva. Los datos médicos son un gran negocio y todavía hay muy poco regulación al respecto. Hay regulaciones a la hora de recoger los datos, pero el problema real, de nuevo es cómo se usan estos datos por los brokers. Es un mundo opaco y sin apenas regulación.

Me he sentido identificado cuando dices en el libro: “cuando era una niña, estaba aterrorizada por las notas. Estudiaba y trabajaba duro para tener buenas notas. Ya entendía la importancia de las notas, cómo iban a definirme, no solo frente a mis profesores y compañeros, sino también frente a mi propia familia”. Las notas están lejos de ser preciosas a la hora de valorar las capacidades de un niño o niña. Dejan de lado cuestiones como las condiciones económicas de la familia o cuánto tiempo pasa ese niño o niña haciendo labores de cuidados, cosa que se ha intensificado con el covid. ¿Enraíza en esto todo lo que estamos hablando?
[Risas] No creo que ese sea el problema real. La idea de medición en la educación fue introducida a principios del siglo XX, esto ha definido la historia de la educación tal y como la conocemos en occidente. Sin embargo, en términos de big data, el sector educativo fue particularmente vulnerable desde el principio por esta tendencia a puntuar a los niños y niñas y la obsesión con los rankings y competiciones. De nuevo tengo que mencionar el trabajo de gente a la que admiro mucho. Ben Williamson escribió un libro llamado Big Data in Education que explica perfectamente esta vulnerabilidad intrínseca de las escuelas precisamente por esta tendencia a numerarlo todo. Estoy de acuerdo contigo, tus notas no te definen, yo saqué notas muy malas en el colegio (risas). No creo que quisiera que esa información me definiera hoy en día. Ese es el tema, darle a la gente la capacidad de escoger y equivocarse. Saca malas notas, aprendes de ello, pero que eso no te defina ni entre a formar parte de tu perfil para determinar de una manera mucho más directa, tu futuro.

Durante los meses de confinamiento más duros, muchas escuelas e institutos permitieron que Google entrase con sus herramientas por la puerta grande para poder digitalizar la educación.
No hemos tenido tiempo de pensar ni debatir todo lo que implica. Además hay que reconocer que esta empresa desarrolla tecnologías que funcionan muy bien y las ofrece muy baratas. Para las escuelas sin muchos fondos son una solución real y esto es lo triste. Cuando hablo de solución política creo que aquí es donde hay que crear el debate.

Por Álvaro Lorite

@lorojuntaletras

Pablo Müller

20 dic 2020 07:00

Publicado enSociedad
Sede de Google en Montain View, California. WIKIMEDIA COMMONS

El complejo industrial militar vuelve a sus raíces mientras la CIA recurre a las grandes tecnológicas para mantener el control y reconstruir la economía de guerra.

 

Las famosas “17 agencias de inteligencia” que componen la comunidad de inteligencia estadounidense compartirán una red de proveedores de servicios de computación en la nube del sector privado que incluye a Microsoft, Google, Oracle, IBM y Amazon Web Services (AWS) como parte de un contrato de 15 años sobre el que se comenta que equivale a decenas de miles de millones de dólares.

AWS tiene actualmente el único contrato para proporcionar servicios de computación en la nube a varias agencias de inteligencia, incluidas el FBI y la NSA. La expiración del contrato se establece en 2023 y esta nueva adjudicación —gestionado por la CIA— debilitará en mayor medida la posición anteriormente privilegiada de Amazon en los concursos con dinero público, que ya había recibido un duro golpe cuando se eligió inesperadamente a Microsoft por encima de la empresa de Bezos para el contrato de los servicios en la nube del Departamento de Defensa para el programa Empresa de Infraestructura Conjunta de Defensa (JEDI, por sus siglas en inglés).

La Agencia Central de Inteligencia aprovechará su acceso a fondos sin supervisión para desembolsar los fondos gubernamentales a discreción de la agencia. Aunque se especula que llegan a las decenas de miles de millones, la CIA no tiene planes de revelar el valor real de los contratos C2E (Empresa de Nube Comercial, por sus siglas en inglés). El programa de contratos fue revelado en febrero por parte de la principal agencia de espionaje de EEUU en un intento de establecer una plataforma de servicios con tecnología en la nube para las agencias de inteligencia del país, separada de JEDI, que sigue enredada en un largo proceso judicial con AWS y su implementación lleva dos años de retraso.

Los cinco gigantes tecnológicos competirán entre sí por las “órdenes de operaciones” que lleguen desde la multitud de agencias de inteligencia de todo el país y abarcarán todas las autorizaciones de seguridad, incluidas las de alto secreto. El contrato demanda la construcción de infraestructura y otros servicios básicos en la nube, así como servicios profesionales y servicios cara al público.

Cuantas más cosas cambian…

Muchos parecen sorprendidos por la naturaleza multicontratista y ad hoc de las adjudicaciones C2E porque “no parece asentarse en un proveedor en la nube concreto”, y aunque esta dinámica se aparta de la tendencia relativamente reciente de las adjudicaciones de un único contrato y monopolios tácitos de los que muchas corporaciones han disfrutado mediante sociedades público-privadas, esta práctica concreta de hacer competir a los contratistas entre sí por los servicios requeridos por el Gobierno no es nueva.

De hecho, prácticas de este tipo son una parte intrínseca del complejo militar industrial y sus orígenes históricos en el momento álgido del Imperio británico. El comienzo de la Revolución Gloriosa de 1688 marcó el inicio de 125 años de guerra constante para la superpotencia global del momento y el lento pero inexorable ascenso de una industria de la guerra compuesta exclusivamente de entidades independientes que fabricarían las armas, rifles y balas que requería su reina sedienta de sangre.

A medida que el imperio crecía, los procesos de producción de armas vivieron un cambio dramático desde formas artesanas a producción fabril plenamente desarrollada; todo estimulado por el mayor ejército y armada del mundo, que estaba saqueando y extrayendo recursos para alimentar la floreciente iniciativa capitalista.

Este período también afinó la relación entre el Estado y los contratistas independientes, con el primero estableciendo leyes que les gobernaran para aprovechar su abrumadora ventaja. También se empleaban otras estrategias tanto para suprimir el precio que la corona pagaba por el material como para asegurarse de que ningún contratista individual tenía una parte demasiado grande en la cadena de suministro.

En su libro Empire of Guns (El imperio de las armas), Priya Satia detalla todo este proceso y destruye el mito de que la Revolución Industrial fue el resultado de una máquina de recoger algodón cuando incluso una mirada somera a la historia muestra que fueron las armas y un Estado envuelto en la guerra perpetua los que pusieron los cimientos de nuestro actual paradigma económico.

Ahora nos situamos en el umbral de la así llamada “Cuarta Revolución Industrial” en un mundo que ha perfeccionado armas de guerra de niveles atómicos. Se están forjando nuevas ‘ciberarmas’ y simplemente es oportuno que la industria bélica, liderada hoy por Estados Unidos, vuelva a sus orígenes para mantener su propio monopolio sobre el sufrimiento humano y la devastación en nombre del beneficio económico.

Retorno a las raíces

La asociación público-privada ha sido otra tendencia importante que también refleja una tendencia omnipresente en la Inglaterra victoriana. Pero, en el mundo de hoy, un sistema legal paralelo ha crecido junto a la industria bélica del Estado y está ahora a disposición de grandes empresas que quieren impugnar cada acuerdo, lo que lleva a retrasos considerables en la ejecución de los contratos.

Casos como la demanda de JEDI afectan a los objetivos de preparación militar del Estado de seguridad nacional si no puede avanzar con una iniciativa concreta debido a pleitos. Otro caso reciente es la interrupción de los esfuerzos de la Agencia de Seguridad e Infraestructura de Ciberseguridad (CISA, por sus siglas en inglés) por centralizar la entrada y salida de datos respecto a las ciberamenazas.

En octubre, la Agencia de Servicios Gubernamental (GSA) concedió un contrato de 13 millones de dólares a una empresa llamada EnDyna para “crear una base de datos centralizada que las agencias puedan utilizar para informar sobre, descubrir y actuar contra la información de ciberamenazas”. Un competidor mucho mayor, HackerOne, presentó una queja que cuestionaba la concesión en base a la imposibilidad de satisfacer los requisitos de elegibilidad y la competencia de la empresa menor para llevar a cabo el trabajo.

Tecnicismos como estos pueden interrumpir durante años un proyecto en los tribunales, así que tiene todo el sentido que la industria bélica dirigida por el Estado retorne a sus raíces y aplique los comprobados principios de divide y vencerás contra la gente que fabrica sus armas, ya sean reales o virtuales. Al escoger a los primeros puestos del escalafón de las grandes tecnológicas y ponerlos en una habitación para que se enfrenten por un contrato gubernamental, la élite de la guerra está reconociendo el creciente poder de estas empresas y está soltando a la CIA para contenerlo y disminuir las amenazas hacia la cadena de suministro de la permanente economía de guerra del siglo XXI.

Por Raul Diego

19 DIC 2020 12:30

Publicado enSociedad
Página 1 de 31