Miércoles, 26 Septiembre 2018 09:39

El mecanismo o la teoría de los fractales

El mecanismo o la teoría de los fractales

Ruffo (Selton Mello) no entiende. El plomero le dice que el arreglo es fácil, que en un día soluciona el problema, pero que le costará 600 reales. “Tengo que pagarle a mi nieto y la tubería” explica el trabajador. “Pero ¿cuánto cuesta la tubería?” pregunta Ruffo asombrado por la cifra astronómica. Ochenta reales, responde el plomero. Más confundido, Ruffo cuestiona que le cobre 520 por un día de trabajo. El plomero sonríe con un gesto de decepción. “Eso quisiera”, dice. Ruffo sigue sin comprender y le pide que le explique lo que sucede. El plomero se resigna y le hace un cálculo frío: “mire, cincuenta para mi nieto y ciento cincuenta para mí, serían doscientos. Los trecientos cincuenta son para quien me recomendó este trabajo”. “¿Para quién?” interrumpe Ruffo. “El que le dio mi tarjeta.” “¿Alfredo, el empleado de Cloacas?”. Sí, para él, afirma el plomero (pero ahí no acaba la cadena) y continúa diciendo que el pobre Alfredo tampoco se queda con todo el dinero. Tiene que darle una parte a su jefe.

 

Días antes, cuando el agua pútrida comenzaba a rebosar al frente de su casa, Ruffo, detective de la Policía Federal obsesionado con debelar el mecanismo de la corrupción, había llamado a la empresa del acueducto (Cloacas) para que arreglaran la tubería dañada. Alfredo, el empleado que llegó para hacer la revisión, le dijo que el trabajo demoraría un mes, que era muy difícil, pero que si tenía afán podía comunicarse con el plomero que ahora Ruffo tenía enfrente. Ya entendió. En su mente se hizo un clic, una conexión, la sinapsis que le faltaba para comprender la generalidad de la corrupción. Alterado de la emoción, llega a su estudio para retomar la investigación que había dejado a medias. A su lado, la cámara enfoca por varios segundos a la hija, quien mira atenta la pantalla de una Tablet en la cual aparecen fractales que se repiten y se repiten. Esta imagen, la de los fractales, es sin dudas la que sintetiza toda la argumentación narrativa de El mecanismo, la cautivadora serie de Netflix producida por José Padilha (Narcos, Tropa élite) que narra los inicios de la investigación Lava Jato basándose en el libro Lava Jato: El juez Sergio Moro y los bastidores de la operación que sacudió a Brasil, del periodista Vladimir Netto.

 

Fractales: el todo en la unidad y la unidad en el todo

 

Las imágenes de los fractales representan la idea de que el todo está contenido en la parte y la parte contiene el todo, en un movimiento infinito. Esto significa que, según se expresa en la serie, la corrupción del plomero es la parte de una corrupción a gran escala y a su vez el todo que la contiene y reproduce. Por eso Padihla dice que la corrupción no tiene ideología, porque permea tanto a la derecha como a la izquierda y el llamado centro. En parte tiene razón. La corrupción es inherente al sistema capitalista, sin ella no puede funcionar. La pregunta entonces es por el cómo.

 

¿Cómo funciona el mecanismo de la corrupción? Ruffo es capaz de entregar su vida con tal de encontrar la respuesta y con tal de encarcelar a los responsables. Su primer objetivo (la parte del fractal que contiene al todo) es Roberto Ibrahim (Enrique Díaz) un cínico lavador de dinero que poco caso hace a las advertencias de Ruffo, quien constantemente lo amenaza con llevarlo a la cárcel. Ibrahim sabe, cosa que en principio el detective desconocía, que tiene aliados muy poderosos que lo sacarán de la cárcel en cualquier momento, como en efecto sucede. Pero es esa confianza la que lo hace cometer errores y va dejando pistas sobre sus aliados y movimientos fraudulentos. Errores que la sagaz investigadora Verena (Carol Abras), pupila de Ruffo, y su equipo rastrean como sabuesos siguiendo el rastro.

 

Mas llega un momento en que el espectador se pregunta por qué la manía enfermiza de Ruffo contra Ibrahim. ¿Será que hay un hombre en el mundo tan entregado a cumplir su labor por los valores de la honestidad y la rectitud, la defensa de lo público? Es posible que haya otra causa que explique la conducta del investigador, la cual se encuentra en el pasado común de los dos hombres. En varias ocasiones se nos dice que el lavador y el detective se han conocido de toda la vida, es más, vivieron en el mismo barrio y estudiaron juntos. Sin dar detalles, es posible imaginar a un Ibrahim lastimando profundamente a un Ruffo y salir bien librado de la situación. Esto, claro, es información que el espectador llena con su imaginación. Pero, de ser así, se podría pensar que nuestro héroe no es más que un vengador que sólo busca la propia satisfacción. No lucha contra la corrupción por la justicia social ni el bien común. Esta interpretación, sin embargo, merece contextualización. Si el detective actuara únicamente por los deseos de venganza, le bastaría con ver encarcelado a Ibrahim. Pero este va más allá, y, junto a Verena, utilizan al lavador para llegar a los peces gordos. Así, podría decirse entonces que el daño que posiblemente Ruffo recibió de Ibrahim, esa experiencia íntima, fue la puerta de entrada que lo llevó a luchar contra la injusticia y la corrupción.

 

Tan ínfimos como la gota que va fracturando la roca

 

Una de las preguntas más interesantes sobre el caso Lava Jato es ¿cómo un pequeño grupo de investigadores policiales dieron con uno de los casos de corrupción más importantes del mundo? Es decir, si arriba preguntamos por las motivaciones aquí la pregunta es por las capacidades. La serie cautiva en este sentido. Nos muestra en principio, claro, una gran pericia por parte de los investigadores que, por una camioneta, conectan a Ibrahim con el director de Petrobras, Joao Pedro Rangel (avatar de paulo Roberto Acosta), y a este a su vez con el Club de los 13, una estructura mafiosa compuestas por grandes empresas que se rotaban los contratos públicos y cuya cabeza es Ricardo Bretch (avatar de Mario Odebrecht). Esto en cuanto a las capacidades internas. Frente a las externas la serie muestra a un país, Brasil, dividido políticamente. Al respecto, si bien Padilha pretende ser fiel a su tesis de que la corrupción no tiene ideología, es claro el sesgo con el Partido de los Trabajadores y sus representantes insignia, como Lula da Silva y Dilma Rousseff. Poner en boca de Lula “hay que parar esta sangría”, cuando fue un miembro del partido opositor quien lo dijo, y pasear a Ibrahim en la campaña de Rousseff para reelegirse, no equilibra las cargas cuando tan sólo se dice que los partidos opositores también recibieron dinero de Odebrecht. Menos aun cuando la serie se estrena en plena contienda electoral.

 

Aún así, la serie nos muestra cómo esta confrontación entre opositores les va a permitir a los investigadores continuar con la investigación. Unos a otros se delatan y poco a poco van cayendo fichas claves. Esto recuerda el cinismo con el que el centro democrático acusa de corrupto al expresidente Santos cuando el actual presidente es cuestionado por el mismo hecho.

 

Otro factor determinante fue el juez paulo Rigo (avatar de Sergio Moro). En un momento determinante de las investigaciones el juez dudo si seguir o no. En su casa, meditando, escucha consignas y gran bullicio. El pueblo brasileño se levanta contra la corrupción. El juez sale y, inspirado por el clamor de la gente, decide continuar. Si bien una motivación muy admirable, es tal vez romántica y falta observar cuáles fueron los intereses (no necesariamente personales) del juez.

 

A pesar sus intentos por impedir la continuidad de la investigación son los mismos miembros del grupo de 13 los que la permiten, en especial Ricardo. Este, seguro de que su mecanismo de corrupción es indescifrable, resta importancia a los hechos y actúa como si nada pasara. Es su arrogancia entonces lo va a traicionar más adelante.

 

Por último, a este rompecabezas, sin embargo, le hace falta una pieza. El papel de la CIA en las respectivas investigaciones. Esto no se ve en la serie. No existe. Pero ¿será posible que hayan intervenido? Mucho. Si en el contexto político los conflictos fueron el caldo de cultivo que permitieron la germinación de la investigación, los conflictos económicos internacionales son el habitad natural. Recordemos que dentro de la región Brasil quería ocupar más y más espacios de control y liderazgo para hacerle frente a los Estados Unidos. Es muy posible que los contratos otorgados a empresas de Brasil hayan afectado gravemente los intereses de los empresarios norteamericanos. Aquí es donde cabe la pregunta sobre a ¿quién le conviene que empresas poderosas como Odebrecht caigan?

 

Sin embargo, este camino está lleno de baches, de peripecias, de obstáculos y dramas propios de la realidad que la serie intenta recoger lo mejor que puede, aunque en ocasiones queda la sensación de que no lo consigue, de que la realidad los superó y esta ficción sólo rosó su verdadera complejidad.

 

‘Yo siempre estoy aquí’

 

El mecanismo, que poco a poco toma forma, dilucida un aspecto fundamental del fenómeno de la corrupción. En una escena, luego de inflar los costos en las obras de una refinería, ante el busto del noble padre fundador de la empresa Miller&Bretch (avatar del grupo Odebrecht), Ibrahim le dice a Joao Pedro: “¿sabes lo que le dijo (el noble padre) al gobernador el día de la posesión? El gobernador lo encontró en la ceremonia –narra Ibrahim– ‘Amigo qué haces aquí’. El noble padre le respondió: Gobernador, yo estoy siempre aquí, ustedes son los que cambian’”. Cuando se destapa un caso de corrupción las figuras visibles son los políticos, las invisibles, los empresarios. El verdadero poder dentro de la maquinaria de la corrupción queda desenfocado y la opinión pública se queda con las caras de sus subordinados. Es bueno que una serie les ponga un rostro a estos empresarios.

 

El final de esta, luego de ocho capítulos, se da inicio a una historia que no dejará de sorprendernos e indignarnos. En la segunda temporada, de seguro, se descubrirá el esquema de corrupción de la empresa Miller&Bretch desde Brasil para el mundo. Ojalá la narración sea capaz de ser fiel a la realidad.

Publicado enEdición Nº250
Vacío. Repercusiones de la emigración en Venezuela

La emigración masiva despoja al país petrolero de segmentos dinámicos, emprendedores y productivos de su fuerza de trabajo, miles y miles de profesionales formados o jóvenes que perciben como negados sus horizontes laborales y buscan destinos mejor remunerados, tras una crisis económica marcada por la mayor hiperinflación vivida en el hemisferio.


Naciones Unidas mostró el tamaño de la emigración venezolana cuando el portavoz de su secretaría general, Stéphane Dujarric, declaró el pasado 20 de agosto que, según reportes de distintas agencias de la organización, unos 2,3 millones de personas abandonaron el país: 7,2 por ciento de sus 31,8 millones de habitantes.


Las cifras hasta entonces aportadas por las respectivas autoridades migratorias daban cuenta de que en Colombia se habían instalado 870 mil venezolanos, 441 mil en Perú, 325 mil en Chile, 80 mil en Panamá, 70 mil en Argentina, 57 mil en Brasil y 16 mil en Uruguay, mientras que a Ecuador sólo en 2018 ingresaron 340 mil, de los cuales 116 mil permanecen en el país y el resto cruzó hacia otros destinos.


A República Dominicana fueron 26 mil venezolanos, unos 10 mil a otras islas del Caribe, según estimados de varios portavoces oficiales, y en México unos 9 mil han buscado la llamada tarjeta de visitante por razones humanitarias. Fuera de la región los mayores receptores son Estados Unidos con 290 mil y España con 208 mil.


La prensa de esos países ha enfocado sus lentes sobre la imagen e historias de los venezolanos agolpados en los puentes que cruzan el río Táchira hacia Colombia, pugnando por traspasar los controles fronterizos de Ecuador y Perú, avanzando a pie por carreteras colombianas rumbo al sur, ilegales presos en Trinidad, balseros hacia las Antillas holandesas o mendigando cobijo y empleo en el extremo norte de Brasil.


Mientras los países vecinos multiplican medidas de control o amparo, en Venezuela la migración a menudo hace crujir la unidad de las familias, despoja a empresas y servicios públicos de personal capacitado y muy probablemente forzará reacomodos en la política.

El presidente Nicolás Maduro ironizó ante la prensa el martes 18: “La última crisis que le han creado a Venezuela: ‘fuentes no identificadas de Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) dicen que se han ido 50 millones de venezolanos’. Y todos los medios repiten lo mismo, es una inquisición mediática generalizada”.

 

¿QUIÉNES SE VAN? 

 

En setiembre de 2017, la encuesta de condiciones de vida realizada por tres universidades venezolanas mostró que, desde 2012, en 616 mil hogares había migrado al menos un integrante de la familia. El 20 por ciento de los hogares más ricos había aportado 35 por ciento de los migrantes, y el quintil más pobre, 12 por ciento. Pero en el último año son cada vez más trabajadores y pobres quienes migran. “En la década pasada se iban quienes disponían de más recursos para viajar, en esta siguieron profesionales, después obreros especializados y ahora quienes se aventuran en busca de un trabajo y un ingreso para sus familias, muchos jóvenes”, observó a Brecha el experto Oscar Hernández, del Centro de Capacitación Migratoria en Caracas. Un alto directivo bancario comentó al semanario que “primero se nos fueron expertos en finanzas, después los técnicos en informática, ahora renuncian al empleo y se nos van obreros de limpieza y motoristas”.


La Federación Médica estima que desde 2004 se fueron del país 22 mil profesionales entre galenos, enfermeros y terapistas. “Es un muy grave drenaje de capacidades. Vamos a pagar muy caro que se vayan tantos talentos, tantos profesionales, maestros y estudiantes, gente en lo mejor de su edad productiva”, sostuvo Hernández.


“Al irse la clase media sufren más los pobres, porque quedan sin médicos, sin maestros, sin los profesionales que hacen funcionar los servicios”, comentó el sacerdote Alfredo Infante, fundador en el país del Servicio Jesuita a Refugiados y párroco de La Vega, un populoso barrio obrero del suroeste de Caracas donde “en zonas enteras sólo quedan ancianos y niños al cuidado de algunos parientes o vecinos, fragmentándose las familias”.

 

ECONOMÍA Y POLÍTICA

 

Manuel Fonseca, un inmigrante portugués dueño de una venta de repuestos usados en San Antonio, ciudad-dormitorio al sur de Caracas, cerró el pasado agosto su negocio y se marchó a Lisboa “a la espera de tiempos mejores”, explicó a Brecha. Se decidió después de que el 20 del mes pasado el presidente Maduro tomara medidas que apostaban por recuperar la economía: multiplicó por 35 el salario básico –que aun así es de menos de 30 dólares mensuales–, fijó los precios de artículos esenciales, devaluó 96 por ciento la moneda, le quitó cinco ceros, incrementó el Iva y otros impuestos y anunció que elevará el precio de la gasolina, la más barata del mundo, a valores internacionales.


Gremios empresariales y economistas críticos sostienen que las medidas, al carecer de financiamiento en divisas, implicarán emitir más dinero inorgánico (bolívares sin respaldo) y agravarán más los indicadores de la crisis.


Manuel Sutherland, investigador de la Asociación Latinoamericana de Economía Marxista, sostiene que “Venezuela sufre la crisis más grave de su historia. Por quinto año consecutivo presenta la inflación más alta del mundo, estimada en 82.766 por ciento para el período de julio de 2017 a julio de 2018. El país lleva nueve meses consecutivos de hiperinflación, con aguda escasez de bienes y servicios esenciales (alimentos y medicinas)”.


Además Venezuela posee “un déficit fiscal que ronda el 20 por ciento del Pbi, el riesgo país más alto del mundo, las reservas internacionales se ubican en el nivel más bajo de los últimos 20 años (…) La caída en el Pbi para el período 2013 a 2018 podría rozar el 45 por ciento”, afirma Sutherland.


Ese panorama impulsa la emigración. Félix Seijas, director de la encuestadora Delphos, afirma que “60 por ciento de los venezolanos no tiene planes de emigrar, pero 40 por ciento sí lo ha pensado. Con la situación económica es previsible la migración de otros cientos de miles, en su mayoría menores de 40 años”, y otra encuestadora, Consultores 21, indicó que un sondeo a 2 mil potenciales migrantes mostró que 54 por ciento de quienes quieren migrar son personas de estratos socioeconómicos medios o altos, y 46 por ciento se considera de sectores populares o marginales. Un 75 por ciento declara voluntad de abandonar el país por razones económicas y el resto por la situación política.


El impacto político de la migración está por medirse. Dirigentes opositores se han autoexiliado, y varios miles de migrantes en España, Estados Unidos, México y otros países han solicitado estatuto de refugiados políticos.

Una prueba del impacto político de la migración y del deterioro de la calidad de vida de buena parte de la población podría verse en la elección de concejos municipales prevista para el venidero diciembre, en la que por cierto no se prevé la participación de la mayoría de partidos políticos opositores, porque su registro legal ha sido cancelado.


VUELTA A LA PATRIA

El gobierno rechaza que Venezuela padezca una crisis humanitaria y ha denunciado una campaña, de la que harían parte gobiernos de América y Europa, para inducir la emigración a fin de justificar agresiones contra el país y promover el derrocamiento de Maduro. Por ello lanzó a finales de agosto una contra-campaña de repatriación de venezolanos con vuelos y autobuses fletados desde naciones vecinas. La bautizó “Vuelta a la Patria” –tomando el nombre de un poema de Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-92) que se estudia en las escuelas–, y con ella han retornado varios miles de migrantes decepcionados por la falta de oportunidades o expresiones xenófobas con las que se toparon en los países que buscaron para rehacer sus vidas.


Esas figuras e historias también pueblan el paisaje de la emigración de Venezuela, país que, por contraste, a lo largo del siglo XX acogió a cientos de miles de inmigrantes venidos principalmente del sur de Europa, Oriente Medio, los países andinos, el Cono Sur e islas del Caribe.

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Martes, 25 Septiembre 2018 06:40

A los cuatro vientos. Emigrantes venezolanos

A los cuatro vientos. Emigrantes venezolanos

Se trata, según la Onu, de uno de los movimientos poblacionales más grandes  de la historia latinoamericana. Varios miles de venezolanos llegan cada día a países de la región en busca de un futuro mejor. Algunos viajan en avión o en ómnibus, muchos a pie. Ya son 2,3 millones que viven fuera de su país. Desde Pacaraima, en Brasil, hasta Montevideo o Bogotá –y también en la propia Venezuela–, esta migración masiva deja sus marcas.


El gobierno de Nicolás Maduro niega que se trate de una crisis migratoria, pero en pocos años se han ido de Venezuela más de un millón de personas. Alrededor de 5,6 millones de colombianos viven en Venezuela y nadie dice que Colombia haya vivido una crisis migratoria, responden las autoridades bolivarianas, y la cifra es verdadera, pero olvidan que se llegó a ella en décadas. Sólo desde 2015, según las Naciones Unidas, 1,6 millones de venezolanos se han desplazado hacia todos los puntos cardinales buscando mejores condiciones de vida. A algunos los vemos por acá. La mayoría llega a Colombia, a Brasil, a Ecuador, a Perú, a Chile, a Argentina, con sus pocos bienes a cuestas, tras caminatas a pie de miles y miles de quilómetros.


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La crisis migratoria –que es cierta y debería romper tanto los ojos como las oleadas de migrantes que pueblan las páginas de los medios– es aprovechada por el gobierno de Estados Unidos y sus acólitos, con el secretario general de la Oea, Luis Almagro, a la cabeza, para incluir a la intervención militar en el “menú de opciones” que barajan para “atacar el gravísimo problema venezolano”, según ha venido elegantemente repitiendo en las últimas semanas la embajadora washingtoniana ante las Naciones Unidas, Nikki Haley.


El escenario en ese sentido está plantado. El sociólogo argentino radicado en Caracas Marco Teruggi recordó semanas atrás (Página 12, 1-IX-18) algunos de los hechos que lo han ido configurando. El “drama de los refugiados y la crisis humanitaria provocada en toda la región por el gobierno de Maduro” fueron, por ejemplo, la excusa esgrimida por el secretario de Defensa de Estados Unidos, James Mattis, para anunciar, a fines de agosto, el envío del buque-hospital Usns a aguas colombianas cercanas a Venezuela. Nikki Haley visitó por la misma época la frontera colombo-venezolana, y desde allí dijo que “el mundo debe darse cuenta de que hay un dictador en Venezuela” y que nada de lo humanamente factible de ser empleado para sacarlo de en medio debe ser descartado. Por los mismos días, Sarah Sanders, portavoz de la Casa Blanca, afirmó que “la crisis de los refugiados” justificaba que Estados Unidos considerara la opción militar como una de las posibles ante lo que calificó como una “amenaza para la seguridad de toda la región”. Casi idénticas fueron las expresiones del senador Marco Rubio, uno de los exponentes más conocidos de la extrema derecha republicana, que tras reunirse con John Bolton, integrante del Consejo de Seguridad Nacional, dijo el 29 de agosto: “Venezuela y el régimen de Maduro se han convertido en una amenaza a la región e incluso a Estados Unidos”. Y agregó: “Donald Trump no avisará si decide actuar contra Maduro” (panampost.com, 30-VIII-18). Rubio ha sido, vale recordarlo, uno de los “líderes” con los que se ha venido reuniendo Luis Almagro para analizar la crisis venezolana.


Más o menos coincidentes con todas estas declaraciones fueron las revelaciones del New York Times sobre contactos del gobierno de Trump con militares y civiles venezolanos para preparar un golpe en Venezuela pretextando, entre otros factores, la “crisis humanitaria” representada por el “drama de los migrantes y los refugiados” (véase nota de Humberto Márquez en Brecha de la semana pasada).


Y a los pronunciamientos y llamamientos de la administración Trump y su galaxia hay que sumar la actitud del nuevo presidente de Colombia, Iván Duque, heredero político del actual senador y ex presidente de derecha dura Álvaro Uribe, que ha multiplicado los contactos con personajes del gobierno estadounidense, incluido el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, Kurt Tidd, con quien se reunió en Washington antes de asumir el cargo.


Duque, a su vez, se puso la semana pasada aun más a la derecha que el Grupo de Lima. El domingo 16, este conglomerado, formado por 14 países de la región para aislar a Maduro y buscar su caída, rechazó expresamente las declaraciones intervencionistas de Luis Almagro. Colombia fue el único de sus integrantes que no adhirió a ese pronunciamiento.


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Pero que la hay la hay. La crisis migratoria venezolana es real y tangible. Según la Onu, habría 2,3 millones de venezolanos viviendo actualmente fuera del país. La Universidad Central de Venezuela (Ucv) aumenta en millón y medio esa cifra (Afp, 26-VIII-18). En mayo la Organización Internacional para las Migraciones (Oim) afirmaba que el número de inmigrantes venezolanos en el resto de América Latina se había incrementado hasta entonces en un 900 por ciento en comparación con 2015, pasando de 89 mil a 900 mil personas (Efe, 4-V-18).


Hay quienes equiparan la magnitud del desplazamiento con la crisis de refugiados en Siria. Es el caso del Migration Policy Institute de Washington, o de Alfonzo Ianucci, director del proyecto Diáspora. “Lo que estamos viviendo ahora es sólo la punta del iceberg y todo va a empeorar”, dijo este último (Afp, 26-VIII-18).


Aunque los números venezolanos hablan de “una de las crisis migratorias más importantes de los últimos años en el mundo”, señaló Joel Millman, portavoz de la Oim (Efe, 4-V-18), se está lejos todavía de la dimensión de la emigración siria. No sólo en números (desde el comienzo de la guerra, en 2011, se fueron del país oriental más de 5,6 millones de personas, de acuerdo a datos de la Onu), sino también en materia de gestión de la crisis.


La emigración venezolana, comentó Millman en mayo, “está siendo bastante bien gestionada” por los países de la región, hacia donde se dirige el 90 por ciento de los migrantes, según cifras coincidentes de la Oim y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).


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Las cosas, sin embargo, se han ido complicando en los últimos meses, en función de que el flujo de migrantes ha ido creciendo. En agosto Ecuador declaró la “emergencia migratoria” por la llegada de unos 4.200 venezolanos por día en tránsito, en su mayoría, hacia otras naciones del área. Perú, uno de los mayores receptores de venezolanos, resolvió el mes pasado imponer restricciones a los migrantes provenientes de la república bolivariana: hacia fines de mes comenzó a exigirles pasaporte, un documento muy difícil de conseguir en Venezuela, y modificó las condiciones para extender los permisos temporales de residencia. Ecuador se embarcó en el mismo camino. En ambos países se han registrado diversos incidentes xenófobos con migrantes venezolanos en las zonas de frontera. Los más graves sucedieron de todas maneras en el estado brasileño de Roraima.


A fines de agosto las Naciones Unidas matizaron su optimismo de tres meses atrás respecto a la gestión de la crisis en el área, y denunciaron las restricciones decididas por Ecuador y Perú, así como la decisión del gobierno de Brasil de militarizar la acogida de refugiados en Roraima. “Los sectores más vulnerables de la emigración, como los adolescentes, los niños no acompañados, las mujeres que llegan a los países de destino con sus hijos y sin sus parejas, o quienes buscan a sus familiares, no tienen capacidad para satisfacer las exigencias en materia de documentación y están expuestos a un riesgo mayor de explotación (véase nota de Giovanny Jaramillo Rojas, pág 14), de trata y de violencia”, declaró por entonces un alto funcionario de la Onu (Infobae, 23-VIII-18). El lunes 3, en Quito, cancilleres de 11 países de la región decidieron aceptar como válidos los documentos de migrantes venezolanos que hubieran expirado, como forma de destrabar su ingreso a países de acogida, y pidieron al gobierno de Maduro que acelerara la entrega de pasaportes y otros papeles. El miércoles 19, Acnur y Oim nombraron al ex vicepresidente y ex canciller de Guatemala Eduardo Stein como representante especial para migrantes y refugiados venezolanos. “Trabajará para promover el diálogo y el consenso necesarios para la respuesta humanitaria, incluyendo el acceso al territorio, protección de los refugiados, estatuto regular y la identificación de soluciones”, dijeron ambas agencias del sistema de la Onu al definir las funciones del nuevo funcionario. En caso de una intervención militar, afirmaron representantes de Acnur este mes, el “drama humanitario” o la “crisis migratoria” denunciados no sólo no se resolverían, sino que se agravarían.

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Lunes, 24 Septiembre 2018 06:24

Una historia más de un hombre menos

Una historia más de un hombre menos

Los inmigrantes venezolanos le han cambiado la cara a la capital de un país que históricamente les ha cerrado las puertas a los extranjeros. El transporte público y las calles son sus principales espacios de supervivencia. En su gran mayoría no tienen más remedio que dejarse explotar.


Rodolfo Gutiérrez tiene 43 años, 19 hijos y una voz dulce que desentona con su fibrosa corpulencia. Aunque sabe que la realidad lo contradice, él asegura no ser un mujeriego. “Cuestiones del azar”, dice, mientras soba sus manos y empieza a enumerar toda su descendencia, con orgullo y con el respectivo nombre de la madre. Cuando llega a Yesica, la decimosexta, se queda en silencio, mira hacia el suelo y traga saliva. Rodolfo afirma que ningún ser humano para de morir. Que en la vida, antes del llamado definitivo de Dios, la muerte más jodida, la más fatal y dolorosa de todas, ocurre cuando le niegan la posibilidad a alguien de vivir tranquilamente en su propia tierra y cerca de los suyos. “Yo vivo una muerte de estas”.


Cuando se refiere a su país, Rodolfo siempre habla en futuro: “Yo volveré a mi patria, a ser un buen policía, actuaré en favor de la ley y jamás me saldré de ella. Mi misión en la vida es esa. Venezuela volverá a ser un país próspero y libre. Ese día celebraré al lado de mi familia, con un buen pabellón criollo (el plato nacional venezolano) y varias Polarcitas (cervezas)”. Su voz se pierde en el fastidioso silbido de una pistola de gravedad que, a dos metros de la transitoria sala de su casa, es usada para pintar un auto. Para amenizar la charla, Rodolfo ofrece el café que vende su mujer a los clientes del taller de latonería y pintura en el que trabaja y vive. Es la hora del almuerzo y su jefe le tiene la comida empaquetada. El señor mira el reloj y Rodolfo asiente. Tiene que hablar rápido y comer rápido para volver a trabajar rápido.


* * *


El caso de Rodolfo es uno más de los de tantos venezolanos que se encuentran en Colombia como resultado de un fenómeno migratorio que le ha cambiado la cara a una ciudad de 10 millones de habitantes, como Bogotá. Una ciudad que nunca recibió a inmigrantes de manera masiva, debido a las políticas de gobiernos hiperconservadores que, incluso durante la convulsa primera mitad del siglo XX, decidieron prácticamente cerrar todos los trámites de inmigración en sus consulados y embajadas en Europa. Y es que la inmigración venezolana actual ha puesto a pulso tanto la tolerancia como la solidaridad de los bogotanos. Pocos son los venezolanos que han podido insertarse formal y definitivamente en la vida económica del país, mientras los demás, en su gran mayoría, no tienen más remedio que dejarse explotar. El transporte público y las calles son los principales espacios de trabajo y supervivencia de los nuevos inmigrantes. Muchos ejercen la venta ambulante, reparan artefactos electrónicos, atienden negocios, asean viviendas, cuidan lugares, cocinan o se prostituyen. Algunos cantan y bailan, otros simplemente piden.


Al ser el país limítrofe más accesible desde Venezuela, Colombia es el destino al que llegan los emigrantes venezolanos más pobres. En 2018 se comenzó a visibilizar largas marchas de venezolanos a lo largo y ancho del territorio colombiano. Miles de personas han cruzado el país a pie, recorriendo los 1.430 quilómetros que separan la ciudad de Cúcuta, en la frontera con Venezuela, de Ipiales, en la frontera con Ecuador. Con el objetivo de alcanzar países como Perú, Chile y Argentina, han subido y bajado varias cordilleras y pasado por todo tipo de climas, corriendo innumerables riesgos, no sólo humanitarios, sino también de seguridad. Aun después del acuerdo de paz, Colombia sigue alojando una guerra multilateral. Una guerra taciturna pero igual de feroz y decisiva.


* * *

Mil trescientos quilómetros separan a Rodolfo de su natal Maracay, una pequeña ciudad ubicada a 120 quilómetros de Caracas. Lleva un año en Bogotá, ciudad a la que llegó por invitación de su hermano, que no era policía, sino militar. Ambos salieron de Venezuela sin pedir la baja, es decir, ilegalmente, y no podrán regresar hasta que haya un cambio de gobierno, a menos de que quieran ir presos. Ambos son desertores de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, “sólo desertores”, recalca Rodolfo, porque le parecen muy pesadas y liosas las palabras “traición a la patria”, que titulan los expedientes que el gobierno venezolano tiene abiertos en contra de él y su hermano.


Rodolfo entró a la policía en febrero de 1999, el mismo mes que Hugo Chávez tomó posesión como presidente. Salía Carlos Andrés Pérez y todo el país sabía que las transformaciones, además de inminentes, serían estrictas y fundamentales. “En ese entonces había mucha incertidumbre, pero también expectativa, sobre todo en las clases populares se podía percibir cierto optimismo”, recuerda. En los 18 años de carrera como policía, Rodolfo llegó al rango de oficial agregado. También pudo estudiar, sin poner un solo bolívar, una licenciatura en ciencia policial y una tecnicatura media en administración policial. En total, seis años y medio de instrucción académica.


En 2014 Rodolfo empezó a hartarse de la realidad de su país. Chávez no llevaba ni un año muerto y las cosas ya comenzaban a tornarse oscuras. La policía cada vez se corrompía más, le quitaron el transporte, no le pagaban a tiempo, lo hacían trabajar más horas y el dinero percibido no le alcanzaba para cubrir las numerosas necesidades de los suyos. Sin embargo, estaban los varios subsidios estatales que recibía por su descendencia, una ayuda inconmensurable que pronto fue decreciendo, hasta desaparecer.


Una noche Rodolfo soñó que lo abandonaba todo, que tomaba el primer avión de su vida y, después de extasiarse con la sensación de volar, repentinamente se encontraba en un lugar desconocido haciendo fila en una jefatura de policía para entregar su currículo.


“Desde esa época hasta hoy, llevar comida a la casa es prácticamente imposible, no sólo porque no hay plata suficiente, sino porque no se consigue lo necesario, lo básico, y si hay, toca meterse en unas filas interminables para que al final te digan: se acabó. Todo en Venezuela es corrupción, escasez, especulación, no hay estabilidad de nada.”


Ese sueño sería la primera pulsación de una posibilidad que empezaría a gestarse lentamente en su cabeza: irse afuera, a buscar la vida, un futuro para su familia. Una posibilidad que, gracias al creciente miedo –miedo de no poder cumplir, de fracasar–, se consumaría tres años después, pero sin avión, sin éxtasis, sin nada. Nada más que una pequeña mochila llena de ropa, una bolsa plástica con billetes y una botella de agua.


Todo el asunto del viaje fue bastante engorroso. Primero la plata: endeudarse para poder salir. Después las despedidas. Silenciosas, para no despertar sospechas. Pensó en pedir la baja, pero sabía que no se la darían. Estaba al tanto de las implicaciones judiciales que tenía su decisión. Eso lo afectó mucho. Pero nada pudo detenerlo; era asumir el riesgo que toda migración “obligada” conlleva o quedarse viendo el desmoronamiento de un proyecto que él mismo, en teoría, debía defender.


Finalmente llegó el día. El primer tramo: de Maracay a San Antonio del Táchira. Diez horas de trayecto. “Fue un viaje triste pero calmo, como de reflexión”, recuerda. Rodolfo tenía su pasaporte y, una vez en la frontera, pasó tranquilamente por el puente internacional Simón Bolívar hasta llegar a la ciudad colombiana de Cúcuta. Le sellaron la salida de Venezuela pero no la entrada a Colombia, según él “por no tener pasaje de vuelta a Venezuela”. Entonces se volvió y, después de analizar la situación, decidió seguir a un grupo de caminantes que lo llevó por debajo del puente. Con ellos Rodolfo cruzó el río que allí sirve de frontera natural. “Así entré a Colombia, sin ningún tipo de control y literalmente con el agua hasta el cuello.”


Una vez en territorio colombiano, lo primero que hizo Rodolfo fue buscar una casa de cambio para convertir a la moneda local los 500 mil bolívares que llevaba. Cuando supo el cambio que recibiría se puso a llorar: 70 mil pesos colombianos (25 dólares). Ni siquiera le alcanzaba para comprar el pasaje a Bogotá, que valía 90 mil. Le faltaban cinco dólares. Nada. Mucho.


Ya en la terminal de buses de Cúcuta, una persona lo ayudó a conseguir el pasaje al precio que Rodolfo podía pagar. “Salí una noche cualquiera, porque cuando uno está en una situación de esas no hay diferencias en el tiempo, todo es igual”, comenta. Diecisiete horas después estaría en la capital de Colombia, reencontrándose con su hermano en una pequeña casa en la que paraban 23 venezolanos más.


Rodolfo recuerda que la primera plata que ganó fuera de su país fue a las pocas horas de haber llegado a Bogotá, cargando y descargando bolsas de arena. Trabajó cuatro horas y sacó 10 mil pesos (3,5 dólares). Al décimo día de estancia en la ciudad consiguió un trabajo en un lavadero de autos. Ahí duró nueve meses. Trabajó todos los días desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, hasta que llegó una nueva administración que quería reducirle el sueldo a la mitad, por no tener los papeles en regla. Rodolfo renunció y acudió a una oferta laboral que le había hecho un cliente del lavadero. Así entró al taller de latonería y pintura. Rodolfo gana 180 mil pesos por semana (60 dólares), y de ese monto su patrón le descuenta el 70 por ciento, por razón del hospedaje y el almuerzo diario. Rodolfo entiende que el pago que recibe no es justo, pero no se queja, intenta ahorrar todo lo que puede y valora el trato horizontal que su jefe le brinda. Rodolfo se refiere a él como “el ángel”. Ni el estudio universitario, ni el técnico, ni la experiencia como policía le sirven para algo. Sólo sus manos le son útiles y verdaderamente productivas en esta ciudad.


Hace nueve meses Rodolfo fue por primera vez al edificio de Migración Colombia para obtener el dichoso sello de entrada al país y, de paso, arroparse con el permiso especial de permanencia que el gobierno de Colombia instauró como una medida urgente para auxiliar a los más de 900 mil migrantes venezolanos que, sin querer, alberga el país. Una cifra que, sin embargo, no tiene en cuenta a alrededor de 200 mil migrantes venezolanos que están en situación irregular o en tránsito. El permiso de permanencia les permite practicar cualquier actividad u ocupación legal en el país; pueden trabajar, estudiar y ser cubiertos por la seguridad social, pero por un máximo de dos años.


Desde su visita a Migración, Rodolfo no ha recibido ningún tipo de respuesta, y tampoco tiene el tiempo necesario para ir a averiguar qué pasó con su solicitud.


* * *


 —¿Cuánto tiempo más cree que durará la crisis?
—La gente cree que esto va a ser rápido, pero eso es porque no saben realmente lo que está pasando.
—¿Qué es lo que está pasando?
—Que el gobierno lo tiene todo controlado, excepto lo que se dice de él en el exterior. Ojo: y cuando digo todo es todo.
—¿Considera que su país está solo en esto?
—Mira, desde que me acuerdo mi país ha ayudado a muchos países, y es triste que ahora cuando Venezuela necesita la ayuda de otros países muchos le han dado la espalda.
—¿Qué expectativas tiene?
—Que me regularicen la situación aquí para trabajar mejor y poder traer a mi familia. Y ojalá mi dios no se vaya a llevar a mi mamá antes de que la pueda volver a ver. Mi lugar ahora es acá y no quiero mirar atrás.
—¿Regresará?
—Claro, algún día, no sé si mañana o dentro de 30 años, pero seguro cuando se caiga esa dictadura y no me pongan preso y pueda volver a trabajar como cualquier cristiano.
—¿Quiere añadir algo?
—Sí, aunque no es algo importante: al principio, cuando empezamos a hablar y me puse sentimental, olvidé decirte los nombres de mis últimos tres hijos…

 

 

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Viernes, 21 Septiembre 2018 06:32

Guatemala: presidente cuestionado

Guatemala: presidente cuestionado

Miles de guatemaltecos de todos los sectores sociales –especialmente campesinos, indígenas, universitarios y religiosos– tomaron ayer las calles de varias ciudades para exigirle al presidente, Jimmy Morales, que dé marcha atrás en su decisión de prohibir el ingreso al país del comisionado Iván Velásquez, titular de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), una medida adoptada por el mandatario el pasado 31 de agosto debido a que esa instancia de las Naciones Unidas demandó el antejuicio (desafuero) del propio Morales para que sea juzgado por financiamiento electoral ilícito. Ese día, el presidente anunció, además, que pondría fin a la presencia de la Cicig, a la que acusó de extralimitarse y violar las leyes locales.

Las determinaciones de Morales –quien las difundió en un mensaje en el que se hizo rodear de militares uniformados, al tiempo que ordenaba el desplazamiento de vehículos castrenses para rondar la sede de la comisión– fueron objeto de un inmediato repudio social que se ha sostenido hasta ahora. Y es que para la mayoría de la sociedad guatemalteca la misión judicial internacional ha significado un freno efectivo a los excesos y trapacerías de la clase política y una intervención en contra de la impunidad imperante. Ya en 2015 la actuación de la Cicig fue decisiva en el desafuero, el juicio y el encarcelamiento de Otto Pérez Molina, antecesor de Morales, por asociación ilícita, cohecho y defraudación aduanera, un caso que sentó precedente en el país.


En la situación actual, la Corte de Constitucionalidad anuló unos días más tarde la prohibición al comisionado Velásquez y avaló el trámite de antejuicio de Morales, el cual se encuentra ahora en el Congreso.


A primera vista podría parecer que el ciclo se repite y que el gobernante se acerca a un callejón sin salida, atrapado entre la determinación de la instancia internacional de justicia –cuya presencia en la nación centroamericana se basa en un acuerdo establecido hace más de 10 años entre la ONU y los poderes Ejecutivo y Legislativo guatemaltecos– y el creciente repudio popular. Pero hay una diferencia importante entre lo sucedido hace tres años y la circunstancia presente: aquella vez el gobierno de Estados Unidos respaldó con determinación la tarea de Iván Velásquez y en esta ocasión la administración de Donald Trump ha exhibido una actitud contradictoria y zigzagueante. Dada la aplastante influencia de Washington en los asuntos de Guatemala, esa diferencia podría significar para Morales una tabla de salvación.


Lo cierto es que, a año y medio de concluir su gestión, Morales debe sumar a sus problemas legales un desgaste político acelerado y un rechazo ciudadano creciente y por lo que no puede darse por descartada su eventual separación anticipada del cargo.

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Gabriel Beltrán, Cometas, 100 x 80 x 36 cm, escultura

Lo sucedido el 26 de agosto, con sus antecedentes, no se puede dejar pasar sin sacar de ello múltiples lecciones. No es para menos: la iniciativa de las congresistas Claudia López y Angélica Lozano, con el aval del Partido Verde, que por momentos reflejó claroscuros de estrategia para ampliar opinión pública y así posicionarse para las elecciones parlamentarias de marzo último, ganó el tinte de una confrontación entre política de nuevo tipo y vieja política, entre los de arriba y los de abajo, entre derecha e izquierda, así no todos los de la coordenada del statu quo hayan actuado de manera abierta y activa para hundir la consulta motivo de este escrito, y los que aspiran al cambio, parcial o total, no hayan logrado zafarse del espíritu poco transformador y sin ruptura que marcaba todas y cada una de las siete preguntas que integraron el tarjetón.


Entre lo viejo y lo nuevo


En un país donde la corrupción es norma de normas, la convocatoria a una consulta para reprobar la apropiación –el robo– de los dineros y de los recursos que supuestamente son de todos debiera contar con el ambiente necesario y el espontáneo favor ciudadano. Y así fue en una primera instancia. Con la exigencia de reunir por lo menos 1.762.080 firmas, la cosecha de éstas arrojó en pocos meses 4.236.000, suficientes para recalcar que la iniciativa tenía amplio apoyo social.


Tras los días tomados para su revisión, la Registraduría del Estado Civil avaló en septiembre de 2017 un total de 3.092.138 rúbricas, es decir, más del doble de las requeridas. ¡Todo un éxito! El mismo que arrinconó al Congreso de la República, llevándolo el pasado 5 de junio, con 84 votos a favor y 0 en contra, a la aprobación de la Consulta, reafirmando así que oponerse abiertamente a una iniciativa tan cotizada no daba cuenta de aquello que es conocido como realismo político. Así, muchos de los que son señalados por la ciudadanía como sustancia de la corrupción actuaron y opinaron como su antítesis. Ahora no quedaba faltando sino el “día de la quema”.


Para ello, se fue apilando la leña. Poco a poco, voceros del Centro Democrático, como su principal figura, dejaron deslizar de manera disfrazada su oposición a la consulta (1). Caras públicas de otras expresiones políticas, como Vivian Morales, no ocultaban su negativa a la iniciativa en curso (2). Como si fuera poco, el Presidente mismo, que como congresista siempre se mostró de acuerdo con esta iniciativa, al radicar el 8 de agosto varios proyectos de ley que supuestamente pretenden lo mismo que la consulta, dejaba en claro la disposición del establecimiento por enfriarla –mostrarla como innecesaria, pues ya están los proyectos de ley cursando en el Legislativo–, actuando ante el país como el paladín de la anticorrupción. Llegado el caso, si fuera necesario, también podía enredar la discusión sobre las reformas por aprobar en esta materia.


Se trató de una estrategia de engaño y distracción que no paró ahí. Entre los troncos y ramas reunidos con ocasión de la cita ciudadana para el 26 pasado, sobresalían los chamizos de la desinformación. Poco a poco, con mayor intensidad durante las semanas previas a esta votación, comenzaron a circular correos en los cuales aseguraban que la reducción de salarios para congresistas y otros funcionarios de primerísimo rango también afectaría a empleados medios de la Fiscalía, o que la pretensión real de esta citación era reunir una cantidad de votos para convocar a una Constituyente, y así darle paso a un gobierno de izquierda. Inculcar miedo para desmovilizar. La insistencia en que la consulta era innecesaria, pues ya existen las normas pretendidas, y en que los 300 mil millones que costaba era la mayor muestra de corrupción, llegaba a los teléfonos una y otra vez.


Tal contrainformación daba paso a algunas aclaraciones. A la manipulación de la pregunta número 1 de la consulta (reducción del salario de los congresistas y altos funcionarios del Estado señalados en el artículo 197 de la Constitución Nacional, que son 395 funcionarios del primer orden), la exsenadora Claudia López, buscando neutralizar la campaña en contra de la consulta que podía vivirse entre los miembros de las Fuerzas Armadas, les hizo un guiño a los uniformados al proponer que el sueldo de los generales debía pasar de 15 a $ 20 millones. Los argumentos no vienen al caso pero la maniobra sí, pues ejemplifica el realismo político con que avanzaba el suceso que marca para la memoria el 26 de agosto de 2018.


Es aquél el mismo realismo político que en ocasiones se puede confundir con manipulación, igual al que –una vez conocido que el voto favorable por las siete preguntas del tarjetón había reunido 11,6 millones de sufragios– motivó que las dos personas más reconocidas por la promoción de este suceso salieran en medios de información asegurando que se había ganado, pese al resultado obtenido.


Ese es el mal llamado realismo político con el cual se trata de explotar lo mejor de cada suceso y de mermar el espacio de los contrincantes, y en esta ocasión no podía ser la excepción. En sus declaraciones, enfatizando una y otra vez en el triunfo, las voceras dejan a un lado: 1) que no se había alcanzado el umbral de los 12.140.342 votos, necesario para obligar al Congreso a legislar sobre lo consultado a la sociedad colombiana, 2) la prolongación del abstencionismo hasta un 70 por ciento, como reflejo de la triada indiferencia-incredulidad-despolitización reinante entre millones de connacionales, producto cosechado del mal endémico de la democracia formal de Colombia, pero también como clara expresión de la acción efectiva de una parte significativa del establecimiento al oponerse a esta citación electoral.


Es así como tenemos un triunfo con diversos propietarios. A las 8 de la noche del mismo 26 de agosto, el presidente Duque afirmó, en alocución al país con motivo de este suceso: “Más de 11 millones de ciudadanos votamos la Consulta Anticorrupción. […] Desafortunadamente el número de votos no alcanzó el umbral de participación que la ley estipula”. Esta última afirmación contrasta con la de las promotoras, además de recordar que no hay mandato ciudadano legal que obligue al Congreso, así lo haya en otros planos. Para recordar, pasados unos segundos: “Apoyé la Consulta durante la campaña y ya como primer mandatario invité a todos los colombianos a participar”. Es decir, este resultado también se debe a “nuestra acción”. De ahí que, momentos después, recalque: “La lucha contra la corrupción no tiene tinte ni color político. La lucha contra la corrupción no tiene partido ni ideologías”.


Seguidamente, el Primer Mandatario le hace un amarre a su mensaje, que de seguro atizará diferencias a la hora de intentar acuerdos entre los diversos partidos que reclaman la nueva legislación en cuestión: “He invitado a todos los colombianos a que hagamos un pacto por Colombia. Este acuerdo nacional no puede dejar de incluir un pacto contra la corrupción” (3).


Es así como estamos ante un hecho sui géneris: oposición y gobierno están de acuerdo sobre una misma problemática, y cada uno trata de sacarle el mejor partido. El no matizar el tema por parte de sus impulsoras, así como por parte otras expresiones de centro e izquierda, le permitió al Gobierno abanderarse de tal causa, neutralizando con ello parte de los mejores efectos que la misma pudiera desfogar en el mediano y el largo plazo.


Por demás, esta extraña coincidencia política entre fuerzas que se suponen contrarias, con una problemática que no afecta ni confronta de manera estructural al establecimiento, deja traslucir que el tema de la corrupción está lejos de ser, como dijera la exsenadora López, “[…] el reto más importante para nuestro país” (3), como lo corroboran las cifras de miseria, empobrecimiento, exclusión, desempleo, informalidad laboral, subempleo, rebusque por cuenta propia, e ingresos, hambre, desnutrición, falta de techo, inquilinatos, acceso a servicios públicos, capacidad para cancelar la factura mensual, etcétera. Sin duda, y con estos faltantes ante la vista, el reto más importante que tenemos como sociedad es lograr el imperio de la justicia, la igualdad y la felicidad, para lo cual es necesario que un buen gobierno tome asiento, por fin, entre nosotros.


Entonces, si la corrupción es una bandera que cualquiera puede blandir, es claro que la campaña por la consulta quedó en deuda con la necesidad de enfatizar que el motor de la misma no está en las personas sino que descansa en factores estructurales, entre ellos el neoliberalismo, el mismo que propagó y ahondó durante los últimos 35 años una problemática que ya estaba incubada, al legitimar cultural y socialmente en los círculos del poder unos valores ajenos al bien común, potenciando con ello la apropiación con fines privados de todo aquello que se considera del conjunto social. Por tanto, es contra tal realidad como debe dirigir su lucha la sociedad toda: los millones que respondieron al llamado el 26 de agosto, más los que en su escepticismo no dieron su brazo a torcer, más aquellos que, viviendo al margen, escuchan y asumen los intereses contrarios a su condición real.


¿Podrá existir mayor corrupción, concretada en la alianza entre políticos y capital privado, que la que facilitó la privatización de la mayoría de recursos públicos del país? ¿Ganó, efectivamente el país, como dicen algunos, feriando los ahorros de varias generaciones? ¿Se tornó más eficiente la prestación de los servicios públicos? ¿Fueron reducidas las tarifas por la prestación de los mismos, como prometieron unos y otros a la hora de la feria?


Otros muchos aspectos y argumentos de/sobre otra visión de Estado y de política pública, que pudieran hacer de la lucha contra la corrupción una bandera que queme las manos de quienes la enarbolen con fines oportunistas, sobresalieron por su nula explicación ante el concitado electorado. Entre ellos:

 

No es posible controlar de manera efectiva y prolongada, ni erradicar la corrupción, orientando la perspectiva de país dentro de lo conocido como desarrollo.
Un nuevo sentido relacional entre naturaleza y humanos, así como entre éstos, debe tomar forma. Un modelo integral de vida pudiera ser una opción por liderar, con la implementación urgente de un plan humano para los de abajo que despierte y/o recupere confianza e interés entre éstos por lo público, para que actúen como barrera para contener la usurpación de aquello que es del conjunto social.

 

Promoción de un nuevo sentido de la política, en que su actor no se sirve sino que sirve, no sube sino que baja, no decide por sí solo sino que consulta con las gentes; por tanto, en que su programa no es una invención de argumentos con afán electoral sino la síntesis de aquello a lo que aspira y debe ser un requerimiento de la sociedad que representa.


Es necesario pasar de la democracia formal –electoral– a la directa, radical y refrendataria, garantizando que decisiones como la venta de lo colectivo transitará por la consulta del constituyente primario.


Se debe avanzar hacia la superación de la política como profesión –o el asunto de unos pocos–, haciendo de ella una realidad cotidiana para todos los integrantes de una sociedad dada.


El salario de quien ocupa un cargo público no debiera ser superior al de un obrero promedio.


Es imperioso asegurar una vida digna para el conjunto social, con aumento al doble del salario mínimo.


Se debe abolir la cárcel por su fracaso como castigo supuestamente resocializador, y a cambio implementar nuevos tratamientos punitivos a través del control social colectivo.


Hay que erradicar los paraísos fiscales –en tanto agenda global, asumir tal tema como bandera de la geopolítica criolla.


No se deben despertar falsas expectativas con respecto a las sanciones en contra de multinacionales por corrupción, pues hoy su derecho prima sobre el nacional. Impulsar la reconfiguración de esta realidad, que pasa por replantear los Tratados de Libre Comercio firmados por el país, y superar el coloniaje de nuevo tipo y distintas formas, reinante en el mundo de hoy, son retos por afrontar dentro de una agenda integral en la lucha contra la corrupción.


De esta manera, hay que ser enfáticos: el reto que abre la realidad de la corrupción es mucho más que de normas y códigos, ya que trasciende hasta la visión de sociedad necesaria, y sobre tal dilema nada enunciaron quienes impulsaron la jornada del último domingo de agosto, permitiendo así que tal bandera fuera izada por limpios y enlodados. Hoy, el panorama dejado por la consulta, contrario a lo aparente, es viscoso. El triunfo numérico no se dio y el triunfo moral se puede convertir en derrota.

 

1. ¿Por qué el CD cambió su postura sobre la consulta anticorrupción?
https://www.eltiempo.com/politica/congreso/centro-democratico-y-sus-cambios-de-postura-sobre-la-consulta-anticorrupcion-258528.
2. “Consulta anticorrupción es mentirosa y superficial”: Viviane Morales. http://www.elcolombiano.com/colombia/politica/entrevista-con-la-precandidata-presidencial-viviane-morales.
3. https://id.presidencia.gov.co/.

Publicado enColombia
Domingo, 16 Septiembre 2018 07:55

Cerca del golpe

Marcha organizada por el Comité de Desarrollo Campesino en Ciudad de Guatemala el 12 de setiembre exigiendo la renuncia del presidente Jimmy Morales y la renovación del mandato de la misión anticorrupción de la Onu

Cuando la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, que investiga la corrupción, persisitó en sus acusaciones contra el presidente Jimmy Morales, éste llenó las calles de militares, anunció la expulsión de la agencia de la ONU y le cerró las fronteras a su jefe. Morales ya anunció un posible quiebre institucional al declarar que no respetará una decisión de la Corte de Constitucionalidad que deje sin efecto su embestida contra el comisionado.

 

Seguramente no resulte sorprendente informar que en algún país centroamericano hay señales de que podría haber un nuevo golpe de Estado. En buena medida ello es el resultado de la forma rápida y habitual con la que se asocia el acontecer político de los países del istmo al vago concepto de “repúblicas bananeras”. El término, acuñado en 1904 en una novela ambientada en Honduras, describía a un pequeño país políticamente inestable cuya economía era dominada por intereses extranjeros. Aunque los historiadores renegamos de esas simplificaciones, la crisis institucional que atraviesa Guatemala actualmente habilita interpretaciones de ese tipo.


Los hechos se desencadenaron hace dos semanas, cuando el presidente de Guatemala, Jimmy Morales, anunció que no renovaría el mandato de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), un grupo de trabajo de las Naciones Unidas que investiga la corrupción en el país y que ha acusado a Morales, entre otros, de cometer ese delito.


Pero las tensiones y disputas tienen, por supuesto, una historia más larga, y en ese conflicto se enfrentan dos grandes frentes claramente divididos. De un lado están el presidente junto a sus ministros, la mayoría de los diputados del Congreso, las cámaras empresariales, los gobernadores departamentales, varios medios masivos de comunicación, buena parte del Poder Judicial, el Ejército, la Asociación de Militares en retiro y la peligrosa Fundación Contra el Terrorismo, una expresión radical del anticomunismo contrainsurgente centroamericano, que en Guatemala jugó un papel destacado durante la Guerra Fría. Del otro se encuentra la CICIG –presidida por Iván Velásquez, un abogado colombiano y duro opositor de Álvaro Uribe–, el procurador de los Derechos Humanos, la Corte de Constitucionalidad, numerosos periodistas, activistas de derechos humanos y defensores del ambiente, el Comité de Desarrollo Campesino y los estudiantes de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

ABOGADO NO GRATO.

Un año atrás el presidente declaró persona non grata al comisionado de la CICIG y buscó su expulsión. La Corte de Constitucionalidad, la movilización popular y la embajada de Estados Unidos detuvieron en esa ocasión tal medida. Desde entonces se libra una lucha de poderes. El objetivo del gobierno y de quienes lo sostienen ha sido extremadamente claro: deshacerse de Iván Velásquez para impedir el avance de sus investigaciones. Esto forma parte de una estrategia más amplia de recomposición de la impunidad que ha sido seriamente erosionada por una CICIG que ha obligado a un sector importante del empresariado a reconocer y pedir disculpas públicas por financiar ilícitamente a los partidos políticos.


Uno de los partidos que recibieron dinero ilegalmente durante las últimas elecciones de 2015 fue el Frente de Convergencia Nacional, del actual presidente, quien como secretario general de ese frente ocultó tal información a los organismos de contralor correspondientes. Cuando se pidió una vez más su desafuero, a los efectos de continuar las investigaciones, el presidente Morales descargó una vez más su furia contra la comisión.

PUESTA EN ESCENA.


Fue el pasado viernes 31 de agosto que el presidente Morales anunció por televisión que había notificado al secretario general de la ONU que no renovaría el mandato de la CICIG en Guatemala. Sus argumentos no sorprendieron: acusó a la comisión de practicar una “persecución penal selectiva”con un “sesgo ideológico evidente” que la llevó a sembrar el “terror judicial en Guatemala”. De hecho, sostuvo que dicha “justicia selectiva” fue empleada para “intimidar y aterrorizar a la ciudadanía”. Lo que sí sorprendió fue la cuidada puesta en escena de la alocución: para su breve y por momentos mal leído discurso, el otrora actor de televisión decidió acompañarse de 60 militares y policías, además de autoridades de su gobierno. Y paralelamente, mientras el anuncio era trasmitido, tropas del Ejército guatemalteco, helicópteros y jeepsrodearon la sede de la CICIG y tomaron las calles. La detención de Velásquez parecía inminente, ya que su nombre, el del procurador de Derechos Humanos, y los de varios periodistas y profesores universitarios circularon profusamente como algunos de los instigadores del supuesto proceso de desestabilización nacional que denunciaba el gobierno. En respuesta al escenario que se instaló en las calles, comenzó a circular en las redes sociales una foto fechada en 1982, de cuando el general –y más tarde genocida– Efraín Ríos Montt se hizo con el poder en el país.


Los hechos no terminaron en eso: pocos días más tarde, aprovechando un viaje de trabajo ya planificado del jefe de la CICIG a Estados Unidos, el presidente Morales cursó una orden a los puestos fronterizos para impedir el regreso del colombiano a Guatemala.

CON EL APOYO DE WASHINGTON.

La historia de la región obliga a considerar el siempre activo y protagónico papel de Estados Unidos en Guatemala. Aquel país es uno de los garantes y promotores financieros de la labor de la CICIG, y en febrero de este año el embajador estadounidense se fotografió con Velásquez posando junto a un cartel de apoyo a la comisión. El espaldarazo era necesario y llegaba en un momento crucial: cuando Morales viajaba a Estados Unidos para reunirse con su homólogo, Donald Trump. La agenda del encuentro fue secreta, aunque sí trascendió el agradecimiento del mandatario estadounidense por el traslado a Jerusalén de la embajada de Guatemala en Israel.


La reacción del secretario de Estado, Mike Pompeo, ante la decisión de Morales de poner fin al trabajo de la comisión de la ONU en Guatemala indicaría que en ese encuentro el mandatario guatemalteco habría obtenido luz verde de la Casa Blanca para quitarse de encima al jefe de la CICIG. Pompeo coincidió con la interpretación de Morales al expresar que es necesario respetar la soberanía guatemalteca y bregar de ahora en adelante por una CICIG “reformada”.


Morales agradeció públicamente las manifestaciones de Pompeo, pero aún está pendiente de la resolución de un fallo de la Corte de Constitucionalidad sobre un recurso de amparo que busca dejar sin efecto la decisión de impedir el retorno de Velásquez al país. Y he aquí el riesgo de un inminente quiebre institucional, pues Morales ha adelantado que no respetará pronunciamientos de la Corte que él considere “ilegales”.

 

CRECIENTE HOSTILIDAD.


En Guatemala se vive un polarizado y creciente clima de hostilidad hacia el mandatario y sus funcionarios. Las movilizaciones se suceden y las expresiones de rechazo día a día se generalizan, trascendiendo ampliamente a la capital del país. Sostenidos cortes de rutas y movilizaciones de miles de personas, en su mayoría indígenas, confluyen en torno a dos objetivos: la renuncia del presidente y su gabinete; y evitar que se trabe la labor de la CICIG. En el horizonte de las reivindicaciones también aparece –aunque en un mediano plazo– la necesidad de un conjunto de reformas profundas en el sistema de partidos y una nueva Constitución en la que se vean expresados y garantizados los derechos de las grandes mayorías.


En el contexto de las movilizaciones que nutren desde hace tiempo las expresiones populares a favor de estos cambios políticos, merece destacarse la “recuperación”, el año pasado, por los jóvenes universitarios, de la Asociación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de San Carlos de Guatemala, tras un largo período de cooptación estatal. Desde setiembre del año pasado la secretaria general de esa asociación es la estudiante Lenina García, la primera mujer en ocupar el cargo, un hecho particularmente relevante en una sociedad que presenta números alarmantes de violencia de género. Días atrás, una multitudinaria asamblea estudiantil presidida por García exigió que el Consejo Superior Universitario de la Universidad de San Carlos de Guatemala declarase no gratos al presidente y al vicepresidente de la república, Jafeth Cabrera Franco –este último ex rector de dicha casa de estudios superiores–. El martes pasado, pese a un amenazante despliegue militar, la universidad respaldó esa exigencia estudiantil.

 

Por Roberto García
14 septiembre,

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“Minimizar el conflicto de clases despolitiza la sociedad”

Es dirigente del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo y candidato del Partido Socialismo y Libertad, la formación más a la izquierda del espectro político brasileño nacional. A pesar de no poder aspirar al cargo de presidente (tiene una intención de votos en torno al 1 por ciento), Guilherme Boulos prometió que un gobierno suyo indultaría al encarcelado ex presidente Lula. Respondió a preguntas de Brecha1 sobre su respaldo y críticas al PT.

 

A los 20 años comenzó su militancia en el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (Mtst). Es miembro de la Coordinación Nacional de dicha organización, pero sobre todo se habla hoy de Guilherme Boulos en Brasil como el candidato presidencial más joven de las próximas elecciones, el 7 de octubre. En ellas representará al Partido Socialismo y Libertad (Psol), que fue creado por una escisión del Partido de los Trabajadores, y al que pertenecía la concejala y militante feminista asesinada Marielle Franco.


Además de ser activista, Boulos es profesor y escritor, graduado en filosofía, especializado en psicología clínica y tiene una maestría en psiquiatría. Es la primera vez que se presenta a un cargo electivo y lo hace en fórmula con la activista indígena Sônia Bone Guajajara.


—¿Cuál es su lectura del actual mapa político-electoral de Brasil?


—La elección se produce dos años después de que Michel Temer y sus aliados empujaron al país a una profunda crisis económica, social y de esperanza. Este grupo, cuya agenda no fue refrendada por la población en las elecciones de 2014, se metió con el derecho de los trabajadores, congeló las inversiones en educación y salud por 20 años, y generó 14 millones de desempleados. Con estas y otras medidas desastrosas contribuyeron a la profundización de la incredulidad popular en la política y en los políticos. En este escenario de inestabilidad, reforzaron la persecución al ex presidente Lula pues sabían de la dificultad que tendrían para vencerlo en las urnas. El proceso que lo condenó, según observó incluso la Onu, está lleno de ilegalidades, empezando por el simple hecho de que no existen pruebas concretas. El caso del tríplex (en el que Lula fue condenado por haber recibido de la constructora Oas un apartamento de lujo en el balneario brasileño de Guarujá) es extremadamente frágil y no cumple con los mínimos requisitos jurídicos, al punto de que los fiscales, al presentar el caso, destacaron su “convicción”, en detrimento de las pruebas que no presentaron. Lamentablemente, lo que estamos viendo es un Poder Judicial partidario. Esto quedó más que patente en el apuro que tuvo en condenar a Lula para impedir su candidatura, más aun si lo comparamos con el trato que se le dio a políticos de otros partidos que, incluso con muchas pruebas en su contra, no fueron ni acusados. Perdieron tanto la democracia como el pueblo brasileño.


—¿Cuál ha sido la relación de los movimientos sociales brasileños, de los que usted proviene, con los gobiernos del PT?


—Hubo mayor apertura que con otros gobiernos, pero también límites. El principal fue la insistencia en la “política de consenso”, que evitó la ruptura con las estructuras tradicionales. Los avances, desde el punto de vista de los programas sociales, de acceso al consumo de los más pobres, de reorientación del presupuesto con mayor inversión social, son innegables y los defendimos antes y ahora en la elección. Pero también fueron insuficientes, porque no alteraron la relación de fuerzas. Esconder o minimizar el conflicto de clases despolitiza la sociedad y crea la idea de que todo ascenso es individual, y no fruto de un proceso de disputa política. Es tarea de los movimientos sociales exponer y combatir esa lógica.


—Usted es el candidato presidencial del Psol, un partido creado por desencantados del PT. Por otro lado, Lula expresó públicamente el apoyo a su candidatura. ¿Cuál es su opinión sobre el PT y el manejo del Lava Jato? ¿Cuál es la relación del Psol con el PT?


—Tengo mucha admiración por la trayectoria del ex presidente Lula y es innegable que Brasil avanzó mucho durante los años de gobierno del PT. Sin embargo, tanto mi partido como yo tenemos críticas hacia la política conciliadora de alianzas que el PT promueve hasta hoy, asociándose a sectores ultraconservadores y partidos “fisiológicos” (expresión brasileña para referirse a los partidos que sólo buscan cargos políticos), como el Movimiento Democrático Brasileño (Mdb, el partido del presidente Michel Temer) y los de “centro”. Incluso después del golpe (N de E: se refiere al juicio político con el que el Congreso depuso a la presidenta petista Dilma Rousseff y le entregó la presidencia a Temer), el ahora candidato del PT, Fernando Haddad, subió a un escenario con miembros del Mdb. Para nosotros, esto es inadmisible. Demuestra que no aprendieron nada con el golpe de 2016. El PT, a pesar de haber tenido la oportunidad, no enfrentó temas esenciales como la reforma política, la democratización de los medios de comunicación, la reforma tributaria y el combate a los privilegios. Son críticas que yo, como miembro del Mtst, así como el Psol, hemos hecho públicamente desde hace algún tiempo. Es, incluso, con base en esa insatisfacción que el Psol se creó y consolidó.


—Usted ha afirmado que la desigualdad social es el principal problema en Brasil. ¿Cómo se visibiliza como un problema y cómo se enfrenta?


—Es necesario, por encima de todo, voluntad política. Brasil es el país con la mayor concentración de ingresos en el mundo: el 30 por ciento está en manos de sólo el 1 por ciento, según la encuesta Desigualdad Mundial 2018. La riqueza de los seis principales multimillonarios brasileños equivale a la de los 100 millones más pobres. La renta mensual del 0,1 por ciento más rico equivale a 19 años de trabajo para un trabajador con salario mínimo. Todos estos datos alarmantes demuestran que el abismo social es profundo en nuestras ciudades y en el campo. Lo vemos también cuando analizamos la falta de acceso a derechos básicos como vivienda, educación, salud y saneamiento. El Estado no puede seguir manteniendo los privilegios de esa elite y hay varias tareas por cumplir. Una es acabar con la “bolsa (subvención)empresarial” que representan las exoneraciones fiscales a las grandes empresas y que sólo este año ascendieron a 288.000 millones de reales (69.000 millones de dólares). Nuestro programa también prevé el fin a la “fiesta de los bancos”, reduciendo los intereses y promoviendo la regulación del flujo de capitales especulativos. Proponemos también una reforma tributaria progresiva, con aumentos de los impuestos a la renta, al patrimonio, las ganancias y los dividendos.


—¿Es posible hacer una reforma tributaria en Brasil? ¿Cuáles serían sus principales elementos?


—El sistema tributario brasileño es una de las principales expresiones de la desigualdad social brasileña. Para dar algunos ejemplos: quien tiene un automóvil debe pagar un impuesto anual (el Ipva), mientras que los dueños de yates y jets no pagan ni un real. Puede parecer improbable, pero hoy un profesor universitario paga la misma parte alícuota que Neymar. Esta tasa, extremadamente asimétrica, hace que las clases baja y media sostengan el aparato estatal, mientras que los súper ricos no pagan o pagan muy poco en impuestos. Es posible hacer una reforma tributaria progresiva, con un aumento de la imposición sobre la renta, el patrimonio, las ganancias y los dividendos. Nuestro objetivo es simple: hacer que quien tenga más, pague más, y quien tenga menos, pague menos. Tenemos que gravar la renta y el patrimonio para crear condiciones con el fin de reducir gradualmente la tributación sobre el consumo y la producción. Vamos a aplicar el impuesto sobre las grandes fortunas (Igf), un tributo ya previsto en la Constitución brasileña. También, crear una nueva franja de impuesto a la renta. Finalmente, volveríamos a introducir el impuesto a las ganancias y los dividendos, que se dejó de cobrar bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso.


—Usted es uno de los dirigentes del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo, ¿cómo describe el problema de la vivienda en Brasil?


—El problema de la vivienda en Brasil está atravesado por la enorme concentración de riquezas en manos de unos pocos, y se manifiesta tanto en las ciudades como en el campo. Los datos del último censo agropecuario mostraron el aumento de la concentración de tierras rurales; la mitad de la tierra agrícola son latifundios. No es diferente en las ciudades: en San Pablo, por ejemplo, el 25 por ciento de los inmuebles está en manos del 1 por ciento de los propietarios. Hay más de seis millones de familias sin hogar en Brasil y más de siete millones de inmuebles ociosos. Es decir que hay más casas sin gente que gente sin hogar. Si además se toma en cuenta la falta de infraestructura y de servicios en los barrios, la situación resulta peor. La Constitución brasileña asegura tanto el derecho a la vivienda como la función social de la propiedad, e ilegaliza todas aquellas que estén ociosas, vacías o abandonadas. Los mecanismos para expropiar y recalificar esos inmuebles ya están previstos en el Estatuto de la Ciudad, de 2001. Pero en Brasil las leyes que no se cumplen son aquellas que favorecen a la mayor parte del pueblo.


—Existe una gran dispersión en la oferta electoral y ningún candidato tendría mayorías para gobernar. ¿Cómo se asegura la gobernabilidad del que resulte electo? ¿Con quiénes podrían establecer alianzas poselectorales?


—No podemos seguir apostando al modelo de gobernabilidad de canje de votos en el Congreso por cargos en el Ejecutivo o favores. La política no puede ser un mostrador de negocios. El Mdb es uno de los principales ejemplos de esa forma de hacer política, pues estuvo en todos los gobiernos sin haber sido nunca elegido. Vamos a construir nuestra gobernabilidad con la población, haciendo consultas populares, como plebiscitos y referendos, y alentando la formación de consejos comunitarios para aproximar las decisiones nacionales a los ciudadanos. Esta herramienta está prevista en la Constitución, pero desgraciadamente se utilizó sólo dos veces desde 1988.


1. Esta entrevista fue hecha por email.

 

Por Alejandro Ferrari
14 septiembre,

 

 

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Gabriel Beltrán, Cometas, 100 x 80 x 36 cm, escultura

Lo sucedido el 26 de agosto, con sus antecedentes, no se puede dejar pasar sin sacar de ello múltiples lecciones. No es para menos: la iniciativa de las congresistas Claudia López y Angélica Lozano, con el aval del Partido Verde, que por momentos reflejó claroscuros de estrategia para ampliar opinión pública y así posicionarse para las elecciones parlamentarias de marzo último, ganó el tinte de una confrontación entre política de nuevo tipo y vieja política, entre los de arriba y los de abajo, entre derecha e izquierda, así no todos los de la coordenada del statu quo hayan actuado de manera abierta y activa para hundir la consulta motivo de este escrito, y los que aspiran al cambio, parcial o total, no hayan logrado zafarse del espíritu poco transformador y sin ruptura que marcaba todas y cada una de las siete preguntas que integraron el tarjetón.


Entre lo viejo y lo nuevo


En un país donde la corrupción es norma de normas, la convocatoria a una consulta para reprobar la apropiación –el robo– de los dineros y de los recursos que supuestamente son de todos debiera contar con el ambiente necesario y el espontáneo favor ciudadano. Y así fue en una primera instancia. Con la exigencia de reunir por lo menos 1.762.080 firmas, la cosecha de éstas arrojó en pocos meses 4.236.000, suficientes para recalcar que la iniciativa tenía amplio apoyo social.


Tras los días tomados para su revisión, la Registraduría del Estado Civil avaló en septiembre de 2017 un total de 3.092.138 rúbricas, es decir, más del doble de las requeridas. ¡Todo un éxito! El mismo que arrinconó al Congreso de la República, llevándolo el pasado 5 de junio, con 84 votos a favor y 0 en contra, a la aprobación de la Consulta, reafirmando así que oponerse abiertamente a una iniciativa tan cotizada no daba cuenta de aquello que es conocido como realismo político. Así, muchos de los que son señalados por la ciudadanía como sustancia de la corrupción actuaron y opinaron como su antítesis. Ahora no quedaba faltando sino el “día de la quema”.


Para ello, se fue apilando la leña. Poco a poco, voceros del Centro Democrático, como su principal figura, dejaron deslizar de manera disfrazada su oposición a la consulta (1). Caras públicas de otras expresiones políticas, como Vivian Morales, no ocultaban su negativa a la iniciativa en curso (2). Como si fuera poco, el Presidente mismo, que como congresista siempre se mostró de acuerdo con esta iniciativa, al radicar el 8 de agosto varios proyectos de ley que supuestamente pretenden lo mismo que la consulta, dejaba en claro la disposición del establecimiento por enfriarla –mostrarla como innecesaria, pues ya están los proyectos de ley cursando en el Legislativo–, actuando ante el país como el paladín de la anticorrupción. Llegado el caso, si fuera necesario, también podía enredar la discusión sobre las reformas por aprobar en esta materia.


Se trató de una estrategia de engaño y distracción que no paró ahí. Entre los troncos y ramas reunidos con ocasión de la cita ciudadana para el 26 pasado, sobresalían los chamizos de la desinformación. Poco a poco, con mayor intensidad durante las semanas previas a esta votación, comenzaron a circular correos en los cuales aseguraban que la reducción de salarios para congresistas y otros funcionarios de primerísimo rango también afectaría a empleados medios de la Fiscalía, o que la pretensión real de esta citación era reunir una cantidad de votos para convocar a una Constituyente, y así darle paso a un gobierno de izquierda. Inculcar miedo para desmovilizar. La insistencia en que la consulta era innecesaria, pues ya existen las normas pretendidas, y en que los 300 mil millones que costaba era la mayor muestra de corrupción, llegaba a los teléfonos una y otra vez.


Tal contrainformación daba paso a algunas aclaraciones. A la manipulación de la pregunta número 1 de la consulta (reducción del salario de los congresistas y altos funcionarios del Estado señalados en el artículo 197 de la Constitución Nacional, que son 395 funcionarios del primer orden), la exsenadora Claudia López, buscando neutralizar la campaña en contra de la consulta que podía vivirse entre los miembros de las Fuerzas Armadas, les hizo un guiño a los uniformados al proponer que el sueldo de los generales debía pasar de 15 a $ 20 millones. Los argumentos no vienen al caso pero la maniobra sí, pues ejemplifica el realismo político con que avanzaba el suceso que marca para la memoria el 26 de agosto de 2018.


Es aquél el mismo realismo político que en ocasiones se puede confundir con manipulación, igual al que –una vez conocido que el voto favorable por las siete preguntas del tarjetón había reunido 11,6 millones de sufragios– motivó que las dos personas más reconocidas por la promoción de este suceso salieran en medios de información asegurando que se había ganado, pese al resultado obtenido.


Ese es el mal llamado realismo político con el cual se trata de explotar lo mejor de cada suceso y de mermar el espacio de los contrincantes, y en esta ocasión no podía ser la excepción. En sus declaraciones, enfatizando una y otra vez en el triunfo, las voceras dejan a un lado: 1) que no se había alcanzado el umbral de los 12.140.342 votos, necesario para obligar al Congreso a legislar sobre lo consultado a la sociedad colombiana, 2) la prolongación del abstencionismo hasta un 70 por ciento, como reflejo de la triada indiferencia-incredulidad-despolitización reinante entre millones de connacionales, producto cosechado del mal endémico de la democracia formal de Colombia, pero también como clara expresión de la acción efectiva de una parte significativa del establecimiento al oponerse a esta citación electoral.


Es así como tenemos un triunfo con diversos propietarios. A las 8 de la noche del mismo 26 de agosto, el presidente Duque afirmó, en alocución al país con motivo de este suceso: “Más de 11 millones de ciudadanos votamos la Consulta Anticorrupción. […] Desafortunadamente el número de votos no alcanzó el umbral de participación que la ley estipula”. Esta última afirmación contrasta con la de las promotoras, además de recordar que no hay mandato ciudadano legal que obligue al Congreso, así lo haya en otros planos. Para recordar, pasados unos segundos: “Apoyé la Consulta durante la campaña y ya como primer mandatario invité a todos los colombianos a participar”. Es decir, este resultado también se debe a “nuestra acción”. De ahí que, momentos después, recalque: “La lucha contra la corrupción no tiene tinte ni color político. La lucha contra la corrupción no tiene partido ni ideologías”.


Seguidamente, el Primer Mandatario le hace un amarre a su mensaje, que de seguro atizará diferencias a la hora de intentar acuerdos entre los diversos partidos que reclaman la nueva legislación en cuestión: “He invitado a todos los colombianos a que hagamos un pacto por Colombia. Este acuerdo nacional no puede dejar de incluir un pacto contra la corrupción” (3).


Es así como estamos ante un hecho sui géneris: oposición y gobierno están de acuerdo sobre una misma problemática, y cada uno trata de sacarle el mejor partido. El no matizar el tema por parte de sus impulsoras, así como por parte otras expresiones de centro e izquierda, le permitió al Gobierno abanderarse de tal causa, neutralizando con ello parte de los mejores efectos que la misma pudiera desfogar en el mediano y el largo plazo.


Por demás, esta extraña coincidencia política entre fuerzas que se suponen contrarias, con una problemática que no afecta ni confronta de manera estructural al establecimiento, deja traslucir que el tema de la corrupción está lejos de ser, como dijera la exsenadora López, “[…] el reto más importante para nuestro país” (3), como lo corroboran las cifras de miseria, empobrecimiento, exclusión, desempleo, informalidad laboral, subempleo, rebusque por cuenta propia, e ingresos, hambre, desnutrición, falta de techo, inquilinatos, acceso a servicios públicos, capacidad para cancelar la factura mensual, etcétera. Sin duda, y con estos faltantes ante la vista, el reto más importante que tenemos como sociedad es lograr el imperio de la justicia, la igualdad y la felicidad, para lo cual es necesario que un buen gobierno tome asiento, por fin, entre nosotros.


Entonces, si la corrupción es una bandera que cualquiera puede blandir, es claro que la campaña por la consulta quedó en deuda con la necesidad de enfatizar que el motor de la misma no está en las personas sino que descansa en factores estructurales, entre ellos el neoliberalismo, el mismo que propagó y ahondó durante los últimos 35 años una problemática que ya estaba incubada, al legitimar cultural y socialmente en los círculos del poder unos valores ajenos al bien común, potenciando con ello la apropiación con fines privados de todo aquello que se considera del conjunto social. Por tanto, es contra tal realidad como debe dirigir su lucha la sociedad toda: los millones que respondieron al llamado el 26 de agosto, más los que en su escepticismo no dieron su brazo a torcer, más aquellos que, viviendo al margen, escuchan y asumen los intereses contrarios a su condición real.


¿Podrá existir mayor corrupción, concretada en la alianza entre políticos y capital privado, que la que facilitó la privatización de la mayoría de recursos públicos del país? ¿Ganó, efectivamente el país, como dicen algunos, feriando los ahorros de varias generaciones? ¿Se tornó más eficiente la prestación de los servicios públicos? ¿Fueron reducidas las tarifas por la prestación de los mismos, como prometieron unos y otros a la hora de la feria?


Otros muchos aspectos y argumentos de/sobre otra visión de Estado y de política pública, que pudieran hacer de la lucha contra la corrupción una bandera que queme las manos de quienes la enarbolen con fines oportunistas, sobresalieron por su nula explicación ante el concitado electorado. Entre ellos:

 

No es posible controlar de manera efectiva y prolongada, ni erradicar la corrupción, orientando la perspectiva de país dentro de lo conocido como desarrollo.
Un nuevo sentido relacional entre naturaleza y humanos, así como entre éstos, debe tomar forma. Un modelo integral de vida pudiera ser una opción por liderar, con la implementación urgente de un plan humano para los de abajo que despierte y/o recupere confianza e interés entre éstos por lo público, para que actúen como barrera para contener la usurpación de aquello que es del conjunto social.

 

Promoción de un nuevo sentido de la política, en que su actor no se sirve sino que sirve, no sube sino que baja, no decide por sí solo sino que consulta con las gentes; por tanto, en que su programa no es una invención de argumentos con afán electoral sino la síntesis de aquello a lo que aspira y debe ser un requerimiento de la sociedad que representa.


Es necesario pasar de la democracia formal –electoral– a la directa, radical y refrendataria, garantizando que decisiones como la venta de lo colectivo transitará por la consulta del constituyente primario.


Se debe avanzar hacia la superación de la política como profesión –o el asunto de unos pocos–, haciendo de ella una realidad cotidiana para todos los integrantes de una sociedad dada.


El salario de quien ocupa un cargo público no debiera ser superior al de un obrero promedio.


Es imperioso asegurar una vida digna para el conjunto social, con aumento al doble del salario mínimo.


Se debe abolir la cárcel por su fracaso como castigo supuestamente resocializador, y a cambio implementar nuevos tratamientos punitivos a través del control social colectivo.


Hay que erradicar los paraísos fiscales –en tanto agenda global, asumir tal tema como bandera de la geopolítica criolla.


No se deben despertar falsas expectativas con respecto a las sanciones en contra de multinacionales por corrupción, pues hoy su derecho prima sobre el nacional. Impulsar la reconfiguración de esta realidad, que pasa por replantear los Tratados de Libre Comercio firmados por el país, y superar el coloniaje de nuevo tipo y distintas formas, reinante en el mundo de hoy, son retos por afrontar dentro de una agenda integral en la lucha contra la corrupción.


De esta manera, hay que ser enfáticos: el reto que abre la realidad de la corrupción es mucho más que de normas y códigos, ya que trasciende hasta la visión de sociedad necesaria, y sobre tal dilema nada enunciaron quienes impulsaron la jornada del último domingo de agosto, permitiendo así que tal bandera fuera izada por limpios y enlodados. Hoy, el panorama dejado por la consulta, contrario a lo aparente, es viscoso. El triunfo numérico no se dio y el triunfo moral se puede convertir en derrota.

 

1. ¿Por qué el CD cambió su postura sobre la consulta anticorrupción?
https://www.eltiempo.com/politica/congreso/centro-democratico-y-sus-cambios-de-postura-sobre-la-consulta-anticorrupcion-258528.
2. “Consulta anticorrupción es mentirosa y superficial”: Viviane Morales. http://www.elcolombiano.com/colombia/politica/entrevista-con-la-precandidata-presidencial-viviane-morales.
3. https://id.presidencia.gov.co/.

La estrecha relación entre los paraísos fiscales y el cambio climático

Un nuevo estudio de la Universidad de Estocolmo alerta sobre el papel de los paraísos fiscales en la destrucción del medio ambiente.

La revista Nature Ecology & Evolution ha publicado un informe realizado por el Centro de Resiliencia de la Universidad de Estocolmo en el que analizan el uso de los paraísos fiscales por parte de los conglomerados agroindustriales que operan en la selva amazónica y las empresas pesqueras involucradas en actividades ilegales.


El estudio denuncia que el uso de los territorios con una fiscalidad laxa y el secreto financiero que les proporcionan ha reforzado las industrias vinculadas a la deforestación amazónica y al agotamiento de recursos naturales.


En dicha investigación se han analizado los datos del banco central brasileño para poder determinar las relaciones de las principales multinacionales agroalimentarias que operan en el país y los paraísos fiscales. Los datos analizados, correspondientes al periodo entre 2000 y 2011 ya que no existen datos posteriores, revelan que al menos nueve de los mayores productores mundiales de soja y carne de vacuno, dos industrias consideradas como los principales impulsoras de la deforestación, utilizan subsidiarias en este tipo de territorios para financiar sus operaciones en la selva amazónica. Cerca del 70% del capital extranjero, unos 18.400 millones de dólares, llegó a las empresas que operan en Brasil tras pasar por complejos de ingeniería fiscal y flujos de capitales usando subsidiarias de las propias empresas en territorios donde la factura fiscal es prácticamente nula y que brindan a estas empresas opacidad en sus operaciones.


Según los investigadores, “la prueba directa de causalidad sigue siendo esquiva” ya que es imposible establecer un vínculo directo entre el flujo de capital procedente de los paraísos fiscales, el uso de la tierra y el daño ambiental, pero alertan que la falta de transparencia asociada a las operaciones en los paraísos fiscales dificulta a los organismos de control y a los investigadores el seguimiento de la forma en que la financiación extraterritorial puede afectar a las operaciones sobre terreno.


En cambio, para el economista e integrante de la Plataforma contra los Paraísos Fiscales, Walter Acis, la relación es clara ya que, como explica a El Salto, el que este tipo de empresas contaminantes aprovechen las ventajas fiscales y de opacidad que les ofrecen estos territorios al localizar sus subsidiarias en ellos “facilita una sobre acumulación (capitalización de beneficios que no rinden impuestos), lo que permite potencialmente aumentar su capacidad inversora en procesos que aceleran el cambio climático”.


Esta misma investigación también se ha adentrado en la estructura fiscal de las grandes empresas pesqueras. El informe descubre que el 70% de los buques identificados por la Interpol como responsables de llevar a cabo actividades de pesca ilegal o no regulada tienen, o han tenido, banderas de paraísos fiscales. Estas grandes empresas pesqueras usan, principalmente, los mismos países que utilizan las grandes multinacionales de cruceros para evadir impuestos y funcionar de una manera opaca a las regulaciones internacionales: Panamá y Belice.


Esta investigación, por el momento, solo abarca estos dos sectores, pero, según explica el responsable del área de Cambia Climático de Ecologistas Javier Andaluz a El Salto, hay que tener en cuenta que los principales sectores económicos responsables de las emisiones de CO2, tales como el energético, minería o el transporte, “alcanzan su máxima expresión con el capitalismo globalizado”, y alerta que en este sentido “tienen relevancia todos los mecanismos que engrasan y facilitan el flujo global de recursos materiales y energéticos, como son los paraísos fiscales, pero también los tratados comerciales (llamados de ‘libre comercio’) que fomentan las inversiones y los flujos comerciales garantizando los intereses de las grandes firmas capitalistas y debilitando la capacidades de regulación de los estados nacionales”.


LOS PAPERS DEL CAMBIO CLIMÁTICO


Las investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ por sus siglas en inglés), conocidas como los Panama Papers o los Paradise Papers, sobre el uso de los paraísos fiscales por parte de miles de empresas y particulares, ya mostraron cómo las compañías de recursos naturales y agroindustriales a menudo se aprovechan del secreto que proporciona la industria offshore para varios propósitos, incluyendo la evasión de impuestos.


Como ejemplo, en 2017, los medios colaboradores con el ICIJ Premiere Lignes en Francia y Poder360 en Brasil, publicaron, gracias a los Paradise Papers, que la empresa brasileña Amagi, comercializadora de granos, oleoginosas y sus derivados, y la multinacional suizo-francesa Louis Dreyfus crearon en 2009 una empresa conjunta para operar en Bahía y otras áreas de Brasil. Según la investigación, el verdadero propietario de la filial subsidiaria utilizada en las Islas Caimán era el actual Ministro de Agricultura de Brasil, Blairo Maggi.


Otro informe de ICIJ publicado en noviembre de 2017 encontró que un productor de pulpa y papel con sede en Singapur utilizó una red de compañías ficticias para evitar el pago de impuestos retenidos sobre los préstamos y para expandir sus operaciones en Indonesia, al tiempo que supuestamente contribuyó a la destrucción de la frágil selva tropical del país.


¿Y SI NO EXISTIERAN ESOS PARAÍSOS FISCALES?


Según la estimación de un informe elaborado por Amigos de la Tierra Internacional (ATI), con el dinero que los gobiernos pierden por culpa de la existencia de los paraísos fiscales, en los próximos 15 años se podría abastecer a África, América Latina y gran parte de Asia al 100% con energías renovables. En otras palabras, los ingresos públicos que se pierden a través de los paraísos fiscales alcanzarían para suministrarle en 2030 a la mitad de la población mundial 100% de energías renovables.


ATI estima que las inversiones adicionales requeridas para suministrarle a la mitad del mundo 100% de energías renovables ascenderían en promedio a 507.000 millones de dólares anuales en un período de 15 años. Esta cifra es muy inferior a las estimaciones de ingresos públicos perdidos a nivel mundial a través de los paraísos fiscales. Una investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que la pérdida de ingresos fiscales del conjunto de los Estados como consecuencia del fraude fiscal, sin tener en cuenta las operaciones en paraísos fiscales que gracias a las regulaciones internacionales y la ingeniería fiscal son legales, se elevaría a los 600.000 millones de dólares anuales. La Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos estima que los países en desarrollo pierden cada año unos 200.000 millones de dólares debido a la evasión fiscal. Algunos cálculos, como la de los economistas Gabriel Zucman y Thomas Piketty, elevan esa cifra mucho más.


Uno de los autores principales del estudio de la Universidad de Estocolmo, Víctor Galaz, alertó, tras presentar el informe, de que es hora de “empezar a ver los costos ambientales de los paraísos fiscales y cómo los actores y los flujos financieros están dando forma al planeta de maneras muy profundas”. El Centro de Resiliencia ya ha anunciado que seguirá publicando nuevas fases de este estudio que abarcaran otros sectores, empresas y países.

Por YAGO ÁLVAREZ
@ECONOCABREADO

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