Retirada de la estatua del traficante de esclavos Antonio López en 2018, en pie en Barcelona desde 1944. Víctor Serri

El no siempre coherente mapa de la memoria de las naciones. Desde las estatuas de Colón al barrio de Kropotkin en Novosibirsk.

 

Sobre el monte Rushmore, en Dakota del Sur, se hallan esculpidos los enormes rostros de cuatro presidentes de Estados Unidos. La pregunta es la siguiente: ¿deberíamos dinamitar la mitad de ellos? De hecho, solo dos de estos padres de la patria (Abraham Lincoln y Theodor Roosevelt) no fueron propietarios de esclavos. De los otros dos, George Washington poseyó más de trescientos, mientras que Thomas Jefferson no solo tenía más de seiscientos, sino que también engendró varios hijos con una de sus esclavas.

Por ello la pregunta no es provocadora, sino que pone en evidencia el embrollo que se esconde en nuestra relación con los lieux de mémoire (lugares de memoria), expresión acuñada por el historiador francés Pierre Nora, que da título al proyecto editorial colectivo Les lieux de mémoire (1984, 1986, 1992), publicado bajo su dirección y traducido a diversas lenguas.

Este embrollo es particularmente insidioso en el caso de Estados Unidos, porque el esclavismo hunde las raíces en su historia, en su constitución material. Fueron propietarios de esclavos no solo Washington y Jefferson, sino también James Madison, James Monroe (el presidente que dio nombre a la Doctrina Monroe, precisamente), Andrew Jackson, John Tyler, James Polk y algunos otros estadistas. Poseía esclavos incluso la familia del general Ulysses Grant, que dirigió las tropas del norte en la Guerra de Secesión que abolió la esclavitud.

Si consideramos el asunto con el rigor debido, se debería cambiar el nombre de más de la mitad de las calles de las ciudades estadounidenses (las avenidas que no son numeradas están casi todas ellas dedicadas a presidentes del pasado, excepto algunas vías periféricas que, con cierto sentido de culpa, se hallan dedicadas a Martin Luther King).

Nos introducimos aquí en los meandros de las distinciones existentes entre lo que es la historia de un país y lo que es la reivindicación política. En algunos casos ello no presenta problema alguno. La bandera confederada, que tan solo hace cuatro años ondeaba en las sedes de los ayuntamientos de muchos estados sureños, constituía una provocación desvergonzada hacia los descendientes de los esclavos, mientras que convendría no olvidar la historia del tira y afloja que desde hace más de cincuenta años libran los estados del sur profundo (Alabama, Georgia, Luisiana, Misisipi, Oklahoma, Carolina del Sur, Tennessee) al hilo del rediseño de la propia bandera estatal de modo que contenga alusiones más o menos veladas a la bandera confederada.  

Por ello nadie echará de menos las estatuas de Jefferson Davis (presidente de la Confederación sudista durante la Guerra de 1861-1865), del almirante confederado Raphael Semmes o los diversos monumentos a los soldados confederado que campean en innumerables plazas de Dixieland y que han sido derribados por las manifestaciones de Black Lives Matter. El asunto se hace más resbaladizo cuando se retira la estatua de Cristóbal Colón, porque en la misma de provocación política hay verdaderamente poco. No queremos vivir en un mundo que erige estatuas y las tira abajo y las vuelve a erigir, que exalta y cancela las memorias. En otro caso, daríamos la razón a los talibanes, que en 2001 dinamitaron los Budas de Bamyan, o a los fanáticos hindúes, que en 1992 destruyeron la mezquita de Ayodhya.

A este respecto merece la pena describir la curiosa relación establecida por Rusia con la propia memoria histórica postsoviética. Todo el mundo sabe que tras la caída de la URSS, la ciudad de Leningrado ha retomado su antiguo nombre zarista, San Petersburgo, pero pocos saben, sin embargo, que su región (oblast) continua llamándose Leningrado. Todavía más curioso es el caso de Ekaterinburg, ciudad donde en 1918 fue ejecutado el zar Nicolás II junto con su familia. Durante la era soviética, la ciudad se llamó Sverdlovsk, en honor del nombre del dirigente bolchevique, Jakov Sverdlov, que había ordenado fusilar a los Romanov. Después de 1991 se ha vuelto a recordar a la zarina Catalina la Grande, pero, al igual que en el caso de San Petersburgo, el oblast continúa denominándose Sverdlovsk y la cosa no acaba aquí: la gran arteria que circunda el nuevo monumento dedicado al “martirio de los Romanov” es la avenida Sverdlov (que posteriormente cambia su nombre para denominarse avenida Karl Liebknecht).

Lo mismo sucede en Irkutsk, ciudad situada en las proximidades del lago Baikal: la gran arteria Karl Marx desemboca en una plaza en la que se yergue la estatua de Alejandro III, el zar más reaccionario que Rusia conoció durante el siglo XIX. Vladivostok, por otro lado, es la única ciudad en cuyo centro no sobresalen las avenidas Lenin y Marx, como sucede por el contrario en la totalidad de las restantes ciudades: durante la Revolución Soviética fue la ciudad más “blanca” de Siberia y ello se percibe nada más que uno llega a la misma, porque en la sala de espera de la estación terminal del tren transiberiano encontramos un altar dedicado al zarevic Nicolás II, quien en 1891, antes de subir al trono, visitó la ciudad para inaugurar la línea. Sin embargo, la plaza principal de esta ciudad contrarrevolucionaria se llama “plaza del poder de los soviets”.

Pero el ejemplo más claro de este sincretismo histórico, que se apropia de la totalidad del pasado conciliando elementos inconciliables, lo encontré en un aula escolar visitada en Krasnojarsk, ciudad situada a orillas del río Enisei, donde, en la pared, tras la mesa del profesor, había, situados a ambos lados de la pizarra, un retrato del zar Nicolás II Romanov y otro de Lenin (en toda Rusia el único gran ausente sistemático de esta reconciliación póstuma es naturalmente Stalin).

Tanto eclecticismo no es inocente, ya que subyace bajo el mismo una operación hipernacionalista en virtud de la cual no importa si unos son zaristas y otros bolcheviques, porque todos son hijos de la eterna madre Rusia. Conviene recordar el inmortal apotegma de Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio del canalla”. Sin embargo, no puede dejarse de reconocer una toponomástica que hace aflorar figuras que en otros lugares se hallan canceladas de la memoria, como sucede con el príncipe anarquista Kropotkin, que da nombre a un barrio entero de Novosibirsk; o, como en Irkutsk, la del propio Liebknecht o la de Jean Paul Marat (no olvidemos que en Francia Robespierre, Sain-Just y también Marat han sido objeto de cancelación prácticamente en todos los sitios). Y, de todos modos, no deja de inspirar cierta ternura que en el fondo de Siberia uno encuentre el Parque de la Comuna de París y pueda pasearse por él.

Por Marco D'Eramo

15 jul 2020 09:48

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Jueves, 16 Julio 2020 05:45

Las voces de una obra de arte

Las voces de una obra de arte

El lazo que reúne al artista con el espectador de su trabajo

 

¿De dónde provienen las diferentes lenguas que reúne una obra y la vuelve polifónica, sea esta plástica, musical o literaria?

Lo que me habla en el Moisés, se preguntaba Freud, ¿es lo que Miguel Ángel decidió inscribir en su obra? Hay algo de lengua extranjera en el arte. No armonizable con la propia. Saludable tensión cuando se la puede apreciar y disfrutar.

Tal vez la obra artística se encuentre en un espacio distinto al de la comunicación corriente. Lo que nos impacta no es ni enteramente objetivo ni subjetivo, nos llega desde una zona diferente. En ese sentido el acercamiento es múltiple. No se sabe nunca quien encuentra a quien.

Como intuyó Bingswanger, lo que hace artista al artista es su capacidad de construir, sobre la base de materiales de percepción sensible, contenidos de percepción nuevos, no sensibles, y volver a transmitir estos sobre la base y con las herramientas de datos sensibles.

Probablemente esos contenidos de percepción nuevos que el artista introduce en su obra son los que resuenan en el que la contempla y le provocan una fuerte emoción. Lo mostrable en una imagen iría más allá de lo representable de la misma. Sería la representación más lo que el artista consigue hacer con ella y lo que siempre faltará en ella. Toda representación es una presentación que retorna luego de haberse perdido en los laberintos de la memoria.

Valorar lo imaginario, en tanto lo que las imágenes vehiculizan de novedoso, abre nuevas perspectivas para abordar lo real. El montaje y colisión de las imágenes entre ellas crean entonces algo inédito e impensado.

Tal vez así lo performativo de la obra artística sea la subjetividad que ésta tramita, la producción de lo nuevo en cada momento en que se la contempla. Cada vez es una experiencia ignorada y un abrirse a lo misterioso.

Entre el artista y el espectador de su obra se crea en ciertas oportunidades un lazo profundo que los reúne. No es la obra en sí, sino la representación inconsciente que comparten. El objeto artístico oficia de medium entre lo actual y una vivencia pasada que es inconsciente. De ahí que el sentimiento que nos produce una obra provenga del afecto que se enlaza a alguna vivencia que se volvió inconsciente o que siempre lo ha sido y que el hecho artístico vuelve simbólicamentea hacer presente. Pequeñas y gratas manifestaciones de lo inesperado. El hilo que anuda la obra con el símbolo es el mismo que reúne un inconsciente con otro, se trata de un hilo invisible que en psicoanálisis llamamos transferencial.

Cuando ante una escultura o ante una melodía uno se conmueve hasta el tuétano, lo que retorna ¿no es acaso la evocación de algo que se volvió olvido y que se presiente en eso que se experimenta? A eso llamo el lazo entre el símbolo y el objeto. Una experiencia del proceder del inconsciente.

Aby Warburg, fundador de la iconología, denominó imágenes sobrevivientes, nachleben en alemán, a ciertos elementos erráticos que viajan de obra en obra y que persisten en el tiempo y en el espacio. Luego pueden advenir en representaciones valiosas para alguien.

Esos "sobrevivientes" resuenan de alguna manera en nuestro espíritu y los captamos mayormente de manera inconsciente. Son esos momentos fulgurantes donde la obra sale del museo, adquiere vida y nos conmueve.

El concepto freudiano de pulsión de muerte, si lo alejamos del orden biológico, nos puede aportar algo al respecto. Estimo que la muerte de la que se trata bajo este concepto no es de la propia sino que refiere a la muerte de las generaciones pasadas que se inscriben como deuda en el psiquismo. Una manera de pensar que la existencia no se regula solo por la autoconservación y el principio de placer como ocurre en otras especies animales, sino que interviene en ella potencias de lo sobreviviente de las que el sujeto debe hacerse cargo. La pulsión no se dirige hacia adelante sino hacia atrás, busca activar lo anterior. Esta fuerza retrógrada de la pulsión de muerte convierte al sujeto en portador del virus del pasado desde su nacimiento, las generaciones que lo precedieron forjan demandas inconscientes a las siguientes que se manifiestan en forma de conciencia moral o como denominamos psicoanalíticamente superyo. Y el sujeto así en gran parte de su vida se ocupará no solamente de buscar el placer sino de hacer algo con esa herencia. El camino del arte es uno de sus posibles rumbos. Como se ve no se ubicaría al arte dentro del dominio del principio de placer sino que más allá de este.

El que los hechos siempre nos exigen una interpretación prueba que estamos atrapados bajo esa fuerza pulsional que nos empuja a darles un sentido histórico a nuestros procederes.

Decíamos que una polifonía de voces se enmascara en las obras de arte. Digo ahora, voces de memorias inconscientes donde vivos y muertos se reúnen, como testigos y sobrevivientes, en cada manifestación cultural. Poder escuchar esas voces es algo que, la mejor de las veces, reúnen al artista, su obra y a un observador ocasional. Ocasión que dejará su marca de acontecimiento. No nos basta con sobrevivir en esta vida.

Nos cuenta Valeria Luiselli en su libro Desierto sonoro que en Papua Nueva Guinea, a finales de los años setenta, un tal Feld había grabado por primera vez los lamentos funerarios y las canciones ceremoniales del pueblo bosavi, y más tarde se dio cuenta de que las canciones y lamentos que había compilado eran, en realidad, mapas vocalizados de los paisajes circundantes, cantados desde el punto de vista, mutable y pasajero, de los pájaros que sobrevolaban esos espacios, así que empezó a grabar a los pájaros. Después de escucharlos durante algunos años, se dio cuenta de que los bosavi concebían a los pájaros como reverberaciones pasadas: una ausencia convertida en presencia; y, al mismo tiempo, una presencia que hacía audible una ausencia. Los bosavi imitaban los sonidos de los pájaros en sus ritos funerarios porque los pájaros eran la única materialización en el mundo que reflejaba una ausencia. Los sonidos de los pájaros eran, de acuerdo con los bosavi, y en palabras de Feld, " la voz de la memoria y la resonancia del linaje”.

La fecunda idea de Aby Warburg fue imaginar un saber montaje, donde las imágenes son un campo turbulento y centrifugo de olvidos y reencuentros.

En la conferencia que dio en 1923 en la clínica de Binswanger donde estaba internado, se refirió al ritual de la serpiente de los indios Hopi de Arizona. Donde estuvo 27 años antes y fue una experiencia heurística que le permitió elaborar su teoría de las imágenes supervivientes (nachleben) que a través de desplazamientos, fragmentaciones y superposiciones se repiten en la historia cultural. Imágenes de acción más que de contemplación.

En ese sentido, poder interpelar las imágenes artísticas y culturales con las herramientas de la Traumdeutung freudiana (desplazamientos, condensaciones, asociaciones simbólicas y figurabilidad) es abrirse a una labor diferente al comentario y a la explicación de las obras. Implica hacer jugar las resonancias propias como también las transferencias que estas motoricen. Encontrar el modo de hacer oír las voces de las memorias y las resonancias del linaje. Las obras de arte permanecen mudas a la espera de cada choque fulgurante que ilumine nuevas perspectivas de hacerse oír y apreciar. Compartirlas es parte de lo que nos hace humanos.

Luis Vicente Miguelez es psicoanalista.

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Sábado, 27 Junio 2020 06:47

Los últimos nueve segundos

Los últimos nueve segundos

La nueva normalidad es la entrada a un laberinto. Las multinacionales de internet determinan un porvenir político en el que la aceleración se impone a la reflexión. Las redes sociales construyen ese presente continuo en el que las emociones prevalecen y dificultan la organización colectiva. 

 

El autor de este artículo se levantará el sábado 27 de junio poco después de las nueve de la mañana. Antes de desayunar mirará por primera vez cómo está funcionando su texto. Primero, en la red social Twitter; casi inmediatamente después, en las estadísticas de Google. A lo largo del día, con alguna variación, hará el mismo recorrido unas 50 veces. Si, como es previsible, el artículo no despega en las redes sociales, al final del día se extenderá sobre el autor cierta decepción. Una comezón que sabe irracional y que tiene un trastorno asociado. Se llama atazagorafobia. Lo explica Bruno Patino en La civilización de la memoria de pez (Alianza, 2020). Es el miedo a ser olvidado por sus pares, algo que no ocurre solo en el contexto de las redes sociales pero que se ha visto multiplicado por la absoluta dependencia de los medios de comunicación y sus trabajadores respecto a ellas.

Este trastorno se ha convertido en compañero de viaje de periodistas y comunicadores, pero no solo. Afecta a los usuarios de las redes, populares, poderosos o anónimos. “Como una sombra, el atazagorafóbico consulta su teléfono con la esperanza de obtener un corazón, un like, un retuit, una mención que pueda desmentir su convencimiento de ser un individuo de segunda categoría que merece el olvido en el que le ha sumido su grupo”, explica Patino. 

El listón está bajo. Todo lo que sea acaparar la atención de la audiencia durante más de nueve segundos supera la capacidad de concentración de los cientos de miles de personas que pasan los días con el móvil pegado a la palma de sus manos. Pasados esos nueve segundos, el cerebro se desengancha. Las manos, a sus órdenes, buscan otro estímulo, otra notificación, otra aplicación.

Lo importante, como es evidente, no es si el autor encuentra satisfacción, un fav o un retuit más de los que esperaba. Eso apenas cuenta para esta historia. Este artículo es solo un pretexto para hablar de la dependencia de la dopamina que genera el enganche digital y cómo eso funciona a escala colectiva y se extiende y determina todas las ramas de la política, el periodismo y la sociedad. Lo fundamental es que no es una excepción sino que es algo perfectamente consecuente con el tiempo que nos ha tocado vivir. Es antes que nada un negocio. Ni siquiera la adicción a las estadísticas o los favs es una rareza, sino que está determinada por el diseño de unas aplicaciones que, como recuerda la periodista Marta Peirano, han sido diseñadas con la misma estructura de estímulos y recompensas que las máquinas tragaperras.

Los hábitos del autor son la introducción para explicar por qué las teorías desquiciadas de Miguel Bosé son un acontecimiento, mientras que las estadísticas sobre costes laborales del Instituto Nacional de Estadística no le importan a nadie. En menos de tres clics de Youtube podemos pasar del directo del pleno del Congreso a las teorías más bizarras sobre el origen extraterrestre del virus sars-covd2. La verdad es irrelevante en la competición permanente en la que vivimos, que, por el contrario, tiende a favorecer lo exagerado, lo hiperbólico o lo más extremo. “Cuanto menos sabemos más afirmamos, y cuanto más afirmamos más visibles somos en la estructura asimétrica de las redes sociales”, concluye Patino. 

Un hombre derrotado

Donald Trump recorre la pista de aterrizaje de la Casa Blanca tras un mitin fallido en la ciudad estadounidense de Tulsa. Trump recorre esos metros despeinado, deshecho el nudo de la corbata. Es el joker o bufón que ha influido decisivamente en la política en la era de las redes sociales. En su escala megalómana parece encarnar el mismo sentimiento de haber sido abandonado por sus pares que atenaza a un usuario cualquiera de Facebook o Instagram. Esta misma semana, Twitter ha decidido sancionar como noticias falsas algunos de los tuits del presidente de Estados Unidos. 


Se sabe, por el escándalo de Cambridge Analytica en las elecciones de EE UU y el referéndum del Brexit, que las técnicas de pastoreo digital y manipulación son hoy determinantes para determinar el signo de una votación. Las redes sociales son el vehículo principal del llamado “relato” necesario para dominar la comunicación política. La adhesión ha sustituido al compromiso, la emoción a la coherencia. 

A partir de los fragmentos sueltos en las redes sociales, mejor cuanto más chocantes, se obtiene la atención de una audiencia de miles de millones de personas. No es necesario organizar un programa político, solo surfear una tras otra la ola de lo popular, lo llamativo, lo ostentoso. Los medios de comunicación convencionales solo siguen esa inercia fragmentada, en una carrera desquiciada por generar clics, por captar a una audiencia de memoria frágil, compuesta, en un porcentaje significativo, por bots. Los “zascas” son infinitamente más rentables que los reportajes.

Nuestros relatos

Hace cuatro meses, este iba a ser un año como cualquier otro. Las redes sociales nos enseñarían zapatos, abrigos y nuevos ordenadores porque nos conocen y nos leen (o, mejor dicho, nos perfilan). Y porque con ello ganan mucho dinero. En términos generales, la sociedad se iba a mover bajo el viejo relato de un nuevo Gobierno: reducir la desigualdad, reducir en mayor medida la pobreza infantil. Bajo los fuegos artificiales de la comunicación política, el ala tecnocrática del Gobierno se había propuesto que no se modificara la estructura de poder y de rentas. Había una promesa tácita de dejar la búsqueda de la justicia social “para más adelante”, algo que equivale a nunca.

Los hechos, sin embargo, han interrumpido ese ritmo de mecedora. Ya no ha sido posible hablar de confianza y estabilidad sino que el concepto clave es la reconstrucción. Parece una ocurrencia hablar de reconstrucción cuando aún no ha terminado el primer golpe del coronavirus, en medio del temor al rebrote y ante una situación en la que el Gobierno ha asumido los salarios de un 13% de la fuerza de trabajo, pero ese empeño de situar un marco de reconstrucción es más bien una obligación en los tiempos de la memoria de pez. Es la promesa de un futuro menos incierto de lo que realmente es, de un futuro en el que no seremos adictos a la novedad y al shock. La promesa de estabilidad remite a ese otro tiempo en el que, teóricamente, las estadísticas de gasto sanitario tenían más importancia, y más espacio en el debate público, que las chifladuras de Miguel Bosé. 

Porque, paradójicamente, a medida que nos introducimos por nuestro propio pie en el mundo acelerado, a medida que nos dejamos caer en los brazos de los algoritmos, aumenta la necesidad de pertenencia y de pausa. Esa tendencia fue entendida por Dominic Cummings, el ideólogo de la campaña del Brexit. El lema que consiguió imponer en 2016 fue “recuperar el control”. La realidad es que, cuatro años después, Reino Unido está descontrolado. Todo parece posible en un país que ha vivido bajo el mandato delirante de que nada cambie al mismo tiempo que la sociedad pasa a estar dominada por la economía de la atención, por Google, Amazon y Facebook. Por la sentimentalización radical de la política y la supresión de su capacidad para proporcionar formas de organización colectiva. 

La situación actual, marcada por el covid-19 y por la crisis climática impide un regreso al tiempo en el que todo era “normal”. La distancia social, además ha exacerbado la tendencia a la creación de burbujas y al individualismo promovido por las multinacionales de Silicon Valley. La propia idea de la “nueva normalidad” nos hace adentrarnos en un laberinto que, en buena medida, está diseñado por los algoritmos que, al mismo tiempo, controlan la información y la intoxicación informativa. Retirarles esa potestad para intervenir sobre nuestras vidas debe ser una prioridad. También gravar sus beneficios en relación al valor que obtienen de nuestros datos. Es imprescindible, por último, organizarse fuera de esas burbujas, aprovechando las facilidades que da internet pero sin la servidumbre de hacer más grande las burbujas dentro de las redes sociales.

Como muestra el caso extremo de Trump, estos ya no trabajan para sí mismos, ni trabajan para sus votantes, sino que están metidos en la misma rueda en la que estamos todos, generando valor para los grandes monopolios de la atención. Poderosos y mierdecillas, moviéndonos cada vez más rápido para permanecer exactamente en un mismo punto. Sin posibilidad de avanzar.

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Sábado, 06 Junio 2020 06:33

Sam Mendes, duro con Netflix

“Las artes performáticas deben ser salvadas, y debe ser ahora”, escribió el realizador.

El director pide salvar a las artes

 

En un artículo del Financial Times, el realizador señaló que "me gustaría que quienes están haciendo millones con la pandemia ven a las artes como algo más que 'proveedores de contenido', y ayuden a quienes están mortalmente heridos".

 

Sam Mendes escribió una apasionada carta abierta en la que ataca a los servicios de streaming por “hacer millones” durante la pandemia de coronavirus mientras aquellos que trabajan para el teatro son afectados de manera tan adversa por la cuarentena.

En un artículo publicado por el diario Financial Times titulado “Cómo podemos salvar nuestro teatro”, el director de Belleza americana y la saga de James Bond llamó a los funcionarios del área cultural del gobierno británico a realizar inversiones y no actos de caridad. Allí relata que ha diseñado un “paquete de rescate” para la industria que incluye mantener los puestos de trabajo de personal estable y crear un sistema de sustento para empleados freelance e independientes.

“Las artes performáticas deben ser salvadas, y debe ser ahora”, escribió el realizador. “No la semana próxima, o el mes que viene. Si mueren, un ecosistema así de intrincado no puede ser reconstruido desde la nada. Si deja de respirar no puede ser resucitado. Es el producto de décadas de proyectos capitales, audiencias leales y comunidades grandes y pequeñas”.

Apuntando al modo en que compañías como Netflix han obtenido beneficios del hecho de que la gente deba quedarse en casa durante la pandemia, Mendes escribió: “Mientras un gran porcentaje de los trabajadores han sufrido en los últimos tres meses, también hay muchos a quienes la Covid-19 ha hecho ricos. Sería profundamente irónico que los servicios de streaming –Netflix, Amazon y otros- estuvieran haciendo millones de nuestras mejores actuaciones, producciones, guiones y trabajos de dirección, mientras se deja morir a la cultura artística que nutrió a ese sector creativo.”

“¿Hay alguien entre toda esa gente dispuesto a usar una fracción de sus beneficios Covid-19 para ayudar a quienes están mortalmente heridos?”, pregunta el director. “Si es así, espero que esté leyendo esto, y que sea capaz de pensar en el panorama de las artes como algo más que un ‘proveedor de contenidos’, sino como un ecosistema que nos sostiene a todos”.

En abril, Netflix anunció un impactante aumento en las suscripciones, con casi 16 millones de personas sumándose al servicio en todo el mundo en marzo, cuando comenzó la cuarentena en muchos países. Los espacios de performance artística, en tanto, han cerrado sus puertas y son menos capaces que otros espacios de entretenimiento, como los cines, de mantenenerse a flote con las medidas de distanciamiento social.

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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Después del covid: ¿la era posthumanista?

Estos tiempos de pandemia nos invitan a superar el Humanismo construido sobre la deshumanización de la mayoría y la explotación de la naturaleza. Exploramos cómo debería ser una era posthumanista.

 

Abrumados por la peor pandemia de la historia contemporánea, urge priorizar las reflexiones sobre la fragilidad conceptual y el proselitismo que han venido caracterizando nuestra comprensión del Humanismo. Retomando la propuesta de Ngugi Wa Thiong’o acerca “de romper las fronteras mentales, para distribuir los centros de poder del mundo y descomponer la hegemonía cultural”, este texto propone “reforzar los cimientos” de lo relacional en la humanidad. El triunfo del capitalismo ha fulminado las tibias asunciones de los tan cuestionables valores del “universalismo de sobrevuelo” cuyo éxito ha engendrado una desconexión entre los seres humanos y la naturaleza.

Ya se ha esfumado la esperanza de alcanzar el ideal de “Superhombre” que Nietzsche profetizó. Puede que “hayamos matado a Dios” pero la ambición de ocupar su lugar nos ha vuelto seres esquizofrénicos y autodestructivos. Es desolador constatar cómo el ser humano sigue agarrándose a esa fe en una humanidad arraigada a una divinidad sin Dios. Nuestro planeta está poblado por hombres y mujeres “libres”, con moral esclava, que exigen una superioridad racional incrustada en el dualismo platónico. ¿Podemos argumentar que Nietzsche se equivocó? Sea como fuere, ese “nuevo hombre” se construye en los laboratorios biotecnológicos antes de convertirse en un producto de los think-tank de las empresas bursátiles.

La pandemia está sacudiendo a la humanidad, inundando de pánico hasta nuestros sueños, algo obvio por otra parte. Pero, debemos reconocerlo, hace tiempo que vivimos corriendo como “pollos sin cabeza”. Quizás ahora acabemos percatándonos de nuestra vulnerabilidad. Pero, mientras eso sucede, nuestra vulnerabilidad ya está siendo rentabilizada a través del sometimiento masivo a experimentos psicosociales de monitoreo de nuestras actitudes conductuales, los cuales se convertirán en usuales. La privación o la limitación de las libertades será una condición necesaria para el éxito de las futuras políticas públicas y las dinámicas productivas. El confinamiento es solo un protocolo más en la homologación de la optimización y del “uso racionalizado” de la materia prima en la que se ha convertido el ser humano. Engullidos por el fetichismo tecnológico ¿podemos pensar que estamos viviendo la última fase del proceso de cosificación del hombre?

La tecnología es, hoy en día, una de las mejores garantías para cualquier operación de formateo en masa de la población mundial. Somos manipulables en masa, maltratables en masa y la mera presencia de una cola de cometa puede perturbar nuestra conducta. Nuestra vulnerabilidad es, y será, de ahora en adelante, el principal foco de los planes estratégicos para el control de la humanidad. Ahora que sabemos que podemos morir de cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier forma y en cualquier lugar, no es necesario intervenir para matar a unos para que otros vivan mejor. La “autorregulación de la muerte” es una realidad de los nuevos tiempos. Aquello que mata a un chino, mata a un estadounidense, a un italiano, a un español, a un senegalés o a un burkinés. Ya no vale la “hipermasculinidad” ni el narcisismo nacionalista de los dirigentes del primer, segundo o tercer mundo.

Hemos dejado atrás las gripes “regionales”. La muerte se ha impuesto en el pulso contra la “mano invisible” de las teorías del libre mercado. No hay contención por muy altos que sean los muros construidos para protegerse de amenazas externas. La vida y la muerte son meras variables en un empirismo excesivo al servicio del control de la humanidad. ¿Podemos decir que el humanismo universalista se ha cumplido, por fin? Antes de formular cualquier respuesta, debemos reconocer la necesidad de superar el proselitismo ideológico que ha agotado toda posibilidad de explorar la complejidad de las relaciones humanas y la salvación de nuestra especie.

Sin embargo, no hemos resuelto aún el enigma sobre la idea y el significado de la humanidad. De modo que podemos preguntarnos si somos todos igual de humanos o algunos lo son menos que otros. Esta pregunta persistirá mientras se nos siga planteando la realidad de nuestras relaciones como problemática. ¿No es esta percepción absurda del ser humano y del mundo que nos ha enjaulado en una burbuja de competición? La mera idea del peligro de la muerte es suficiente para infundirnos miedo, condicionando así nuestros hábitos comunicacionales y nuestra red relacional. Rechazar la alteridad es hoy más eficaz a la hora de fomentar la producción y la acumulación del capital. Sentimos que somos más humanos porque poseemos más que los otros, porque podemos imponer nuestra visión del mundo y nuestra moral a los otros. Aun así, la desgracia de la humanidad va emparejada al ideal del progreso y la acumulación. No basta solo con producir y seguir acumulando sino que debemos ser los primeros.

Por doquier se nos dice que tenemos que correr más y volar cada vez más alto para progresar. Los más avispados en esta interminable carrera inventan artimañas de todo tipo para apropiarse de la naturaleza y revindicar su derecho de propiedad sobre la tierra, el aire, el agua y el fuego. Todo se resume a un juego de suma cero y la elección racional: “donde tú ganas, yo pierdo”. Es la disrupción total y radical de la interacción entre los humanos. Hombres y mujeres, estamos todos atrapados en la máquina de hilar de la dictadura del capital. Mercado libre o globalización son algunos de los conceptos acuñados con aparente magnanimidad para justificar la “desechabilidad” de las personas, derivada de su improductividad.

¿El Humanismo está agotado? Una respuesta afirmativa sería una señal de avance. No obstante, debemos preguntarnos sobre las asunciones de nuestro ideal de humano en un mundo globalizado. La globalización consistió en la normalización de las formas más violentas de apropiación y las desigualdades generadas por la mercantilización de las interacciones y de la naturaleza. Puesto que el ser humano se ha proclamado dueño de la naturaleza, era lógico que el Estado tomara posesión de la vida y de la muerte del mismo. La biopolítica de Michel Foucault combinada con la necropolítica de Achille Mbembe conforman las dos caras de la misma moneda. El estado de excepción o de alarma es el poder difuso e inmaculado que se vuelve evidente, palpable y aceptado.

Pandemia y posthumanismo

¿Y si el fin próximo de la pandemia anuncia la era del posthumanismo? Superar la hiperobotización de nuestras vidas y la asunción de la condición material de las personas requiere repensar la posibilidad del posthumanismo. La disertación de Rosi Braidotti en The Posthuman nos proporciona sólidos argumentos para rechazar o al menos dudar del humanismo universalista, resultante del todopoderoso pensamiento occidental. Desde el ideal del humano introducido por Protágoras, el modelo y la representación del ser humano invitado por Leonardo Da Vinci, la idea del humano idealizado por la Ilustración, hasta la narrativa del romanticismo italiano, Braidotti realiza una importante y profunda revisión bibliográfica para argumentar que la icónica representación de lo humano se articula alrededor de la doctrina biológica y discursiva de la moralidad encapsulada en el ordenamiento de la moral judeo-cristiana y la superioridad racional del hombre occidental.

Hasta los pensadores europeos “más objetivos” han magnificado la ecuanimidad humana que justifica, según ellos, la centralidad de Occidente. En Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Edmond Husserl no dudó en afirmar que Europa no era solo una localización geográfica, sino un atributo universal de lo humano que se podía expandir y cuya cualidad se podía exportar al resto del mundo. En realidad, el humanismo de Husserl no se diferencia mucho del supremacismo de pensadores europeos como Athur de Gobineau (s. XIX) o Francisco de Vitoria (s. XV). En Ensayo sobre las desigualdades de las razas, Gobineau afirma que la desigualdad racial es un mecanismo estabilizador de una sociedad antes de concluir que la raza área es superior a las otras razas humanas. Mientras que Francisco de Vitoria, al introducir su ius gentium, argumentaba que la superioridad de los españoles sobre los indios implicaba una obligación moral de los primeros a “civilizar” y “socorrer” a los segundos, es decir, a colonizarlos.

Siguiendo la teoría de Edward Said en Orientalismo podemos afirmar que el humanismo universal hegemónico construye una humanidad excluyente que no contempla la humanidad de los otros pueblos en condiciones de igualdad. Es la crítica de esta dicotomía humanista eurocéntrica que conduce a Braidotti a señalar que la “humanidad no occidental” ha sido víctima de “exclusiones letales y de fatales descalificaciones”. Contra esta concepción disruptiva de las relaciones humanas y del mundo, Jacques Derrida nos ofreció su excelente propuesta de “deconstrucción”.

Un breve recorrido por los recientes acontecimientos nos desvela que la humanidad sigue estando atravesada por la construcción eurocéntrica de la humanidad del hombre blanco. Admitamos que son considerados humanos los defensores de ideas descabelladas como la de aniquilar a parte de la población del mundo (en especial la de los países pobres) a beneficio de la sostenibilidad de los privilegios del “primer mundo”. Reconozcamos que son humanos los partidarios de ensayar vacunas a costa de las muertes africanas. Asumamos que son humanos los verdugos de las poblaciones colonizadas en nombre de las ideologías supremacistas y racistas. Por todo ello, no deberíamos de tener temor al expresar nuestra repugnancia por un humanismo universalista decimonónico y eurocéntrico.

Es necesario e imperioso apostar por la renovación conceptual del significado de la vida de los seres humanos. En base a las relaciones que construimos debemos ser capaces de superar la fragilidad conceptual y el proselitismo que ha deformado nuestro ideal sobre “ser y estar en el mundo”. Apegado al pensamiento de tres influyentes filósofos: el francés Henri Bergson, el pakistaní Muhammad Iqbal y el senegalés Leopold Sedar Senghor, Souleymane Bachir Diagne nos propone desconectar de sus orígenes a las culturas, las religiones, las lenguas y el pensamiento que los engloban, para renovar nuestras miradas del mundo y crear nuevos espacios para una nueva civilización, una nueva humanidad: ¿el posthumanismo?

Las contribuciones de Bachir Diagne nos ayudan a superar la fragilidad conceptual, el dogmatismo y la debilidad de las ideologías nacionalistas que han dominado nuestra construcción del humano. Es el momento de “deconstruir” los esquemas mentales que fecundaron y empoderaron al humanismo universalista. Superar el “humanismo de trincheras” pasa, necesariamente, por mirar la alteridad con más respeto, empatía y reconocimiento de las diferencias. Ir más allá del humanismo del patriarcado blanco es posible si nos replanteamos seriamente la dualidad moral que caracteriza la condición humana hegemónica.

El salto hacia la condición posthumana empezará con la afirmación de nuestras particularidades para emprender el camino de vuelta hacia nuestros “microespacios” desde el globalizado y mercantilizado mundo. Lejos del ideal supermasculinizado de la humanidad, debemos reconocer los límites de nuestra capacidad racional, nuestra inteligencia (incluida la artificial) y, de ahí, asumir que la diversidad de nuestra especie es una realidad inherente a nuestras condiciones de vida. Solo así podremos respetar la naturaleza y crear las condiciones para alcanzar el posthumanismo.

Por Saiba Bayo

Politólogo y filósofo

2 jun 2020 10:00

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Martes, 02 Junio 2020 06:06

Cine Fake

Cine Fake

La cultura de las falacias es una pandemia... también

Abunda en la industria cinematográfica la tendencia “Fake”, no pocas veces disfrazada de “ficción” e incluso de “documental”. “Todos mienten” dice el Dr. House en la “teleserie” con el mismo nombre. Eso incluye a la catarata de “series televisivas” de moda. Si hubiese una auditoría ética para la producción cinematográfica, en la que primara el rigor de la verdad, basado en evidencias y documentos certificados, quedarían en pie muy pocas “realizaciones” industriales o “independientes”. No caben aquí los nombres de los productores y directores cómplices de esta pachanga. Manipulación simbólica en pantalla. Sálvense todas las excepciones, que las hay y muy honrosas.

Buena parte del negocio basado en hacer películas pertenece a la maquinaria de guerra  ideológica responsable de infestar audiencias con el “sentido común” de la mentalidad burguesa. A esa identidad pertenece casi toda la producción de cine bélico, las historias fílmicas de “vaqueros contra indios”, cierta retahíla de “biografías fílmicas” y, desde luego, el “american way of life” en comedias, relatos románticos o “trillers” con su siempre “Fake” de idolatría por la “justicia”, los tribunales, los detectives y la policía. Sin faltar la industria del “porno”.

No se cometerá aquí el improperio de reducir todo cine (o toda realización artística) a un amasijo de falsedades condenando la imaginación libre a una pataleta “conspiranoica”. Muy lejos de esa emboscada. Todo lo contrario, es necesaria una reivindicación emancipadora de las herramientas de producción creativa y de las relaciones de producción para la imaginación, sin la dictadura semántica de la ideología dominante. Tampoco se perpetrará aquí la insolencia de culpar a las víctimas que “consumen” la industria cinematográfica “Fake”, sin tener a mano los dispositivos críticos necesarios que la Educación Pública debe proveer y que hasta hoy, dicho con suavidad, es escandalosamente insuficiente.

Se trata de poner al desnudo el andamiaje ideológico, subordinado por la lógica mercantil, para adulterar toda relación con la realidad -desde los procesos del conocimiento hasta su enunciación- en los soportes de la “cultura de masas”. Y ahí reina la mentira. Hay que recordar siempre que el capitalismo es un sistema económico e ideológico basado en mentirle a los trabajadores sobre la producción de la riqueza. La plusvalía es una realidad pasteurizada por la lógica “Fake” del sistema. El reformismo es una “fake” sistematizada para esconder la lucha de clases que es “el motor de la historia” y la madre de todas las batallas.

Son unos cuantos los dueños de la industria cinematográfica dominante. (“…Algunos empresarios, como Adolf Zukor y Marcus Loew (fundadores de la Paramount), comenzaron su carrera explotando salas de exhibición, antes de volverse productores. Los que siguieron absorbieron simultáneamente las redes de distribución y de explotación. Esta combinación entre el star system y la integración vertical dio nacimiento a los grandes estudios de Hollywood (Metro Goldwyn Mayer, Warner Bros., 20th Century Fox, Paramount, United Artists, RKO, etc.).”[1] Añádase Netflix y sucedáneas. De sus “modelos de negocio”’ salen los “guiones” que filmarán escenas de todo género, adaptadas a los intereses del negocio y del “sistema”. Ahí se decide cómo se tratará el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza, la justicia y el delito. Ahí se eligen -e imponen- los estereotipos “raciales”, laborales, religiosos y sexuales. Quién gana y quién pierde. Ahí se estudian las “audiencias” o “target”, y también los ritmos de la circulación de la obra en las salas cinematográficas que están monopolizadas. Ahí se decide la “verdad” y la mentira. Sus disfraces y sus retruécanos. Mientras comemos “pop corn” o “nachos”. Un cantante mexicano, paladín de la cursilería, de quien aquí no se hará publicidad, compungía la voz para decir melodiosamente: “miénteme más que me hace tu maldad feliz”.

No diremos que la “pandemia” de “Fake” ocurrió sin darnos cuenta. Ha sido un proceso largo. Hace tiempo que se ensayan los mecanismos de infiltración y se han desarrollado todas las estrategias, que el talento opresor ha tenido, para sembrarnos en la cabeza falacias que se hicieron “verdades” a fuerza de repetirlas e invisibilizarlas. Muchas de ellas llegaron a nuestras vidas en forma de “entretenimiento”. Aceptamos los dichos de las “autoridades” (religiosas, gubernamentales, militares y académicas) como verdades; aceptamos que nadie somos para poner en duda el relato hegemónico y que más nos vale ser dóciles ante el discurso del poder si queremos llevar “la fiesta en paz”. Entramos a la era de la “pos-verdad” arriados por los perros pastores mediáticos. Entramos al campo del disfrute por el engaño porque interpelar a “la voz del amo” exige esfuerzos, compromisos e incomodidades ajenas, sensiblemente, al confort del rebaño. Y nos derrotaron, a punta de falacias, también. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza[2] dijo Simón Bolivar. 

Llegamos al punto, necesario, de tener que generar un movimiento planetario para frenar a pandemia de falsedades generadas por la industria de las mentiras. En todas sus modalidades. Pero lo asimétrica que es la batalla contra las “Fake” no impide advertir sobre su necesidad en los terrenos más patentes y más latentes. En lo que se ve y en lo que no se ve. En las superficies y en las profundidades. En la diversidad de todo engaño y en la abundancia de técnicas desplegadas para eso. La lucha no es sólo contra casos aislados, la lucha es contra una sistema de mentiras diseñado para dominar la economía y la ideología. En su tratado de Semiótica General, Umberto Eco la define como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir” pero necesitamos, además de estudiar las falacias, combatirlas. No podemos dedicarnos sólo a desactivar casos específicos, hay que ir a las fuentes teóricas y prácticas de los fabricantes de “Fakes”. Y no hay punto de reposo. De verdad.

[1]https://www.insumisos.com/diplo/NODE/686.HTM

[2]http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9987

Por Fernando Buen Abad Domínguez | 02/06/2020

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Las motivaciones de los anticuarentena

Una mirada desde el psicoanálisis

Cuando se oponen contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, plantea el autor, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. Hay una profunda imposibilidad de creer y confiar.

 

La historia de la humanidad no se ahorró batallas, muchas de ellas muy cruentas y otras que supieron detenerse en el campo de las lidias verbales. Aquello que algunos figuran como un cronología cíclica, y que entre derrota y derrota despunta un período de ilusoria beatitud, no parece ser más que el lentísimo transcurrir que conduce hacia eso que Freud denominó progreso en la espiritualidad. En efecto, aun hoy no hemos descifrado del todo los enigmas que asolaban a Étienne de La Boétie, hace ya 500 años, sobre la servidumbre voluntaria.

Por qué alguien ostenta su poder, lo practica impiadosamente y se afana en una cada vez mayor impunidad, es una realidad sobre la que tenemos un vasto conocimiento, aunque parece ser inversamente proporcional a las expectativas que podemos tener sobre su transformación. Sin embargo, como La Boétie, nos esperanzamos en la elucidación del otro término de la ratio, el de quienes consienten en alucinar que la libertad se despliega como arbitrariedad de narcisismos dispersos y mortíferos. Sin ir más lejos, Bolsonaro, uno de los máximos exponentes del negacionismo sanitario, nos dice que “la libertad es más importante que la propia vida”, y así confirma nuestra hipótesis.

Son huestes heterogéneas en las que se mezclan lectores de ejercicios sobre cómo ayudarse a sí mismos, temerosos, fluorescentes, expulsivos, mediocres envidiosos de Borges y hasta oficiales de la penitenciaría sintáctica del lacanismo.

En ocasiones erramos el camino pues como acusan y denuncian supusimos que albergaban algún ideal de justicia y, luego, advertimos que nada de eso abrazan. De hecho, solo reclaman el abrazo cuando se impone la distancia física. Y entonces aprendimos que su desconfianza no es una querella contra el mal, sino la evidencia de su incapacidad para creer. Los que hasta hace un año alardeaban de volver a votar a Macri aunque se caguen de hambre, no eran los que pasaban hambre; y los que hoy dicen que prefieren morirse antes de hacerle caso al Presidente de la Nación, cuentan con gruesos recursos para no fallecer. Entonces no creen en lo que dicen, aunque intenten disimular su hipocresía, incluso, ante sus propios ojos. La severidad de esa instancia que Freud denominó autoobservación, la lente del superyó, debe estar lejos de ser ligera, aunque algún entrenamiento también los tornó diestros para desconocerla. Por si faltaran ilustraciones, ¿qué convicción podrían tener cuando arrojaron flyers por las redes para frenar al comunismo? Qué pesada carga debe ser combatir a un enemigo menos visible que la covid-19.

Debemos admitir que en cierta medida todos creemos contar con una lupa cuando, en rigor, estamos usando un espejo, y entonces imaginamos que si nos atraen los nexos causales, es decir, la historia, a otros también les sucederá lo mismo. Pero no es así, y se nos impone una revisión piagetiana para comprender por qué la cuarentena no es, para la muestra de La Boétie, una consecuencia de la pandemia, sino un acto aislado, sin un pasado próximo, una decisión caprichosa dislocada de toda secuencia explicativa. Esta misma carencia de hondura, la autosupresión de todo mapa conceptual, es el motor del alivio que les produjo, hace no mucho tiempo, escuchar que Macri aludía a tormentas o a que “pasaron cosas” para explicar la catástrofe que él mismo provocó.

Siempre me impactó aquel otro sintagma de Macri cuando les dijo a sus votantes: “Yo confío en ustedes, pero necesito que confíen en ustedes mismos”. Allí su yo se sustraía del lugar de quien se puede esperar algo, pues su interlocutor debía confiar solo en sí mismo. Se refuerza entonces la intuición que nos susurra que la gente no desconfía, sino que padece una ingobernable incapacidad para creer.

El sujeto hipnotizado concedió encerrarse en su paradoja sin resolución, la paradoja de un conflicto que solo es admitido en el interior de sí mismo y no como pulsión social. Cuando la debacle del gobierno anterior ya era inocultable, su votante no pudo objetar a su candidato, ya era tarde, pues solo le quedaba decepcionarse de sí. No obstante, el humano no admite sin defensa una herida narcisista, y siempre puede contar con el recurso a reforzar la desmentida para poder continuar creyendo en sí mismo.

Cuando ahora se oponen, gritan contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. No se trata de una batalla entre dos posiciones antagónicas sino entre una convicción y la imposibilidad de confiar.

Ese mismo kit de confianza self-service que les entregó el pack premium neoliberal, incluía otra app cuyo tutorial enseñaba que nadie puede decirte qué hacer, sos un emprendedor y como tal harás lo que tus propios deseos te manden. La parodia terminológica no causa gracia pues su desenlace es dramático. Si no hay un otro en quien confiar, y solo podré pugnar contra mí mismo, y no hay un otro antagónico pues me orienta mi deseo, cuando irremediablemente se despierte el conflicto no habrá alteridad para debatir, pues solo podré oponerme a mi deseo. Su corolario no es difícil de colegir: el desgano, la desvitalización. Ese es el estado al que conduce el neoliberalismo y, al mismo tiempo, cual un virus, es la célula de la que se alimenta.

Tal es la argamasa que encienden los ideólogos de la meritocracia (o, como hemos dicho en otra ocasión, de la morite-cracia). Ese es el caldo del individualismo, de la libertad sin civilización y de la incapacidad para creer. También es el más allá del odio, que si rascamos tras su verborragia xenófoba, estigmatizante y expulsiva, descubriremos un puñado de desvalidos que, imposibilitados de aceptar que esa es nuestra condición humana y que por eso importa un Estado presente, solo buscarán proyectar en otros su propia vulnerabilidad para así seguir pensando que es solo un asunto de otros.

Acaso así se comprenda otro de los motivos que tienen quienes padecen la incredulidad para gritar contra la cuarentena y, sobre todo, para desconocer que esta es solo la derivación de una pandemia. El coronavirus no es una enfermedad mía, o de una familia o de un sector social y, por lo tanto, nos impide el arrogante propósito de querer endilgar el patrimonio del desvalimiento a los otros.

Agregaré dos conjeturas más.

En primer lugar, cuando la mente neoliberal excluye de la escena al antecedente, la causa o el origen, también promueve cierto estado de anestesia e impide, por lo tanto, establecer hipótesis y anticipaciones. En lenguaje freudiano se dirá que adormece la angustia señal, aquella que nos permite defendernos a tiempo de un peligro, y abandona a los sujetos a la sola posibilidad de la llamada angustia automática. Esa angustia que resulta desbordante y ante la cual al sujeto solo le queda su propia parálisis. No muy lejos de ello se encuentra el pánico social, estado urgido que se cocina no tanto cuando hay un peligro, sino cuando un grupo siente que ya no tiene en quien confiar.

Por último, recordemos que Freud distinguió dos tipos de juicios, el de atribución y el de existencia. El juicio de atribución permite juzgar algo como bueno o malo, útil o perjudicial, en tanto el juicio de existencia decreta si aquello que tengo en mi mente coincide (o no) con la realidad. Si tal como señaló Freud, el juicio de atribución es anterior al juicio de existencia, no se trata únicamente de un dato del desarrollo evolutivo, sino que nos indica que un sujeto puede juzgar algo negativamente (o positivamente) sin preguntarse si aquello existe.

28 de mayo de 2020

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

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Miércoles, 20 Mayo 2020 06:08

El rostro del tapabocas

El rostro del tapabocas

Federico Nietzsche en las postrimerías del siglo XIX, se asumió como un médico de la cultura que denunciabala enfermedad que padecía la civilización, la decadencia de los instintos vitales, el desprecio por la vida. Para apurar el final de la enfermedad que agota al mundo moderno, todos contribuimos, entregando nuestro esfuerzo: borrando horizontes con homogéneas construcciones que alinean la necesidad de vivienda, exterminando el mundo marino, pretendiendo aislar los negocios realizados en la tierra, de la amenaza de un sol calcinante. La etapa actual de este viaje, evidencia que hacemos un trayecto a través de una nada infinita y que inevitablemente el sueño, el cansancio, la noche, llegan para la civilización que erigió una torre de babel.

Hemos hecho un tránsito por siglos, en medio de una aceleración que cubrió cada resquicio de la vida humana. El éxito social de esta idea fue el progreso, espejismo sobre el cual justificamos el dominio del mundo por medio de la tecné. La noción de progreso se remonta a los tiempos del motor a vapor hasta llegar a los días de la revolución digital, incorporada al psiquismo humano.Súbitamente y tal como lo denunciaron movimientos ambientalistas grupos políticos y comunidades étnicas el progreso tiene unos costos muy altos. Producto de una pandemia, en cuestión de tres meses, de la aceleración se pasó a una detención que afecta aquello por lo cual ha luchado el ser humano: viajes, turismo, moda, placer y sobrevivencia.

Un ejemplo de lo anterior lo representan las tiendas de ropa: quienes nos escriben a correos y redes, invitando a realizar compras online, ofreciendo descuentos casi nunca antes vistos. La magia de la religión del capitalismo es hacer presencia en el centro comercial como parte del ritual profano que consiste en escarbar los roperos, medirse innumerables prendas, buscar los mejores precios y finalmente la cúspide del ritual consistente en “estrenar” la última adquisición que sedujo nuestra vanidad. En las condiciones actuales, el misterio de la compra es vaciado, en la medida que cada objeto nuevo se encuentra bajo sospecha de ser un mensajero del virus.  En nombre de la salud se sacrifica el glamour consumista y se modifica por una tendencia higiénica que nos aleje del germen biológico.

Bajo esta circunstancia se imponen productos que protegen y transforman la estética corporal. Es el caso de tapa-boca que en otros momentos de la historia pertenecía a dos ámbitos:  el vestuario de los médicos en los hospitales y el ámbito de   la clandestinidad, evocación de un “Llanero solitario” como imagen cinematográfica, cubrirse el rostro para realizar una fechoría, así también es cubierto el rostro para protegerse de ser señalado y asesinado por reclamar derechos, denunciar injusticias, gritar lo que a muchos les molesta escuchar. ¡Quién lo diría ¡En los años previos a la pandemia, los sectores más reactivos hacia la protesta social han exigido la supresión de las capuchas y de las máscaras en las vías públicas, pero hoy, como una extraña paradoja la necesidad de cubrirnos el rostro se ha reivindicado.

 Con la actual pandemia, el tapa-boca salta al escenario de las calles de manera obligatoria, como una última trinchera de combate. Te pueden multar por no llevarlo puesto. Su aparición masiva ha mutilado la expresión de los rostros. Quedan ocultos al público los labios rosados y carnosos de una hermosa mujer, el movimiento provocador de una lengua pasando por ellos, la vanidad invertida en la estética dental. La boca como uno de los instrumentos comunicativos del pervertido, los labios que se muerden por las palabras no dichas. Queda encubierta la mueca del estudiante frente a sus compañeros, la sonrisa amable, el beso que se envía a distancia en la calle. Expresiones afectivas a las que se acostumbró la sociedad moderna. Los labios habían sido los protagonistas en la “Era de la Selfi” en los escenarios públicos. Pero esa pose auto-fotográfica no podrá ser tomada de la misma manera en espacios exteriores, las fotos de grupo han entrado en suspensión y sobreviven solo como evocación en el mundo de las redes sociales.

El virus, literalmente, afecta las raíces del capital, sus arterias comunicativas, pone en interdicción lo importante y subsidiario de la existencia humana. Mientras el daño ocurre, gobiernos y financistas corren de un lado a otro, desesperados, buscando poner fin a la hecatombe. En todo este panorama han sido los llamados trabajadores esenciales quienes han sostenido y sostendrán hasta el final de las cuarentas el capital herido. ¿Y quiénes son esos trabajadores esenciales? Transportadores de alimentos, aseadores, vigilantes, distribuidores de mercancía, mensajeros, policías y enfermeros. Incluso han llegado a tener gran protagonismo el sector de los trabajadores funerarios, solo por citar algunos ejemplosde aquellos empleos que realizan una produccion material de la vida, sometidos históricamente a la clasica plusvalia. Contrariamente la especulacion financiera no está experimentando las repercusiones que tenia antes de la pandemia.

Bajo el panorama de las tragedias civilizatorias modernas, la filósofa Hannah Arendt rebeló situaciones similares, en 1955 con una compilación de ensayos y artículos titulado “Men in dark times” (Hombres en tiempos de oscuridad) donde reflexiona sobre las vidas de pensadores que, como Rosa Luxemburgo, Karl Jaspers, Isak Dinessen, Hermann Broch, Walter Benjamin y Bertolt Brecht pasaron de los coches tirados por caballos a trenes de condenados a muerte que recorrían Europa central. Cada uno vivió y padeció tiempos de odio hacia los judíos, los comunistas, tiempos de revoluciones, fascismo, pandemia, uso de armas letales como los gases utilizados durante la Gran guerra. Refiriéndose a ese tiempo que vivió su generación, Arendt destaca una expresión de Benjamin acerca de ese momento: el tiempo del Juicio Final. La pensadora introduce una carta de Benjamin donde escribe: en este planeta un gran número de civilizaciones han perecido en sangre y horror. Naturalmente que uno debe desear que un día el planeta experimente una civilización que haya abandonado la sangre y el horror…”

Finalmente, no son buenos tiempos para el paseante. El tapa-boca que modifica la parte más expresiva del rostro, las caretas de vidrio sobre los ojos deberán ser entendidas como la prueba del fracaso de un modelo acumulador, ventajoso, egoísta, que se acentuó en los últimos cuarenta años y que hoy está herido; no sabemos si de muerte. Quienes habitamos el planeta hoy, tenemos la responsabilidad de contribuir a la reducción de tanta sangre y horror ¿Cómo? Si existiera un progreso certero este tendría que ubicar al ser humano por encima de la tecnología, de quien depende en el trecho actual, parte de la sobrevivencia del individuo y la sociedad. Frente a la detención en tierra de los aviones y la cultura de la prevención ante las multitudes humanas, dependerá nuestra posibilidad de seguir caminando por la historia. No se debe olvidar que este desastre debe superarse con la desinfección de los gérmenes de la desigualdad entre naciones, personas, géneros, etnias, territorios.

Abril de 2020

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Viernes, 08 Mayo 2020 06:27

El fluir infinito de la espera

El fluir infinito de la espera

El Quijote, como el virus, es el fluir infinito de la espera, no la creación de una obra momentánea. Como dice Heráclito: "El mundo a veces se incendia, a veces se constituye a partir del fuego, por ciertos periodos, en los cuales, con medidas y con medidas se apaga".

El Quijote, delirio infernal, no se rige con medida y no reparte sus "logos", la víscera mediadora. El delirio dejado a la deriva es puro infierno. El mundo que le empezó a flaquear al compás de su devenir y le mostró formas irreparables al ingresar a la vida. El mundo le mostró su condición deleznable, no en cuanto a su contenido, sino a su consistencia.

Por tanto, existe una imaginación que está allí, en los seres vivos, creación de algo que llamamos imágenes que corresponden en parte al impacto que reciben del exterior, escapan de nuestra conciencia, siguen el fluir del tiempo; imaginación en creación perpetua. Algo que nunca vio la filosofía tradicional, ni la sicología "científica".

El Quijote fantasma, visión de aquello que constituye la seguridad (y que Freud quebrantó al enunciar que el hombre no era el centro de nada), vislumbró que nada era seguro. En sus aventuras pierde la identificación en sus libros de caballería y en una labor finísima se va desajustando, trastocándolo todo, a pesar de la negación, en su incesante poderío de deterioro y de transformación que tanto sorprende como engaña. Desintegración tan inevitable como inmutable de lo que había sido el ser de las cosas: la imagen permanente del mundo.

El Quijote advierte que no es tanto el trayecto como el ser lo que importa, y que solemos confundir con la vida lo que nos rodea. Cuando don Quijote se incorpora como un personaje más del medio ambiente que le circundaba, el mundo se le conturba, y, a pesar de negar delirantemente, comienza a transparentarse, moverse, deslizarse, difuminarse, como una transgresión decepcionante y pavorosa, el espectro de lo vertiginoso, de lo inalcanzable: la verdadera faz del mundo, la inasibilidad, la "falta".

Las cosas en que había creído, justicia, libertad, al fragmentársele lo dejan impávido ante el vacío inexplicable en que se le convirtió lo viviente; engañado, buscaba una y otra vez la comparsa perdida.

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Lunes, 27 Abril 2020 15:26

Transformando enigmas en problemas

Transformando enigmas en problemas

La Candelaria edita este nuevo libro con sus últimas obras teatrales: El Quijote de Santiago García (1999), De Caos & Deca Cacaos creación colectiva (2002), Nayra creación colectiva (2004) y Antígona de Patricia Ariza (2007).

El grupo como resultado de su proceso creativo presenta 9 obras de creación colectiva y 13 obras con textos aportados por los miembros del grupo. Este conjunto de imágenes teatrales son la cristalización de un conocimiento, una voluntad y una imaginación organizada en laboratorio de creación teatral. Laboratorio de creación teatral que no existe por un destino abstracto e inefable sino por el esfuerzo colectivo del grupo y del movimiento teatral colombiano, latinoamericano e internacional.

Que exista ese movimiento teatral es un hecho con un significado muy especial. Tengamos en cuenta que uno de los tópicos más difíciles de pensar en el capitalismo, es el de su hostilidad frente a todo aquello que no pueda tasarse con arreglo al frío interés egoísta y al estéril cálculo mercantil. El arte y la ciencia básica se resisten a ser reducidos a esa lógica. La máxima económica de que no hay almuerzo gratis, es el modo burdo que tal lógica tiene de proclamarse.

En la perspectiva capitalista del afán de lucro escribir una novela como el Ulises de Joyce es un despropósito. El ingenio burlón de Borges le dio forma de ensayo a esa tesis en su Pierre Menard, autor del Quijote. El teatro también fue desahuciado. Asumidas esas premisas una obra teatral como el Quijote de la Candelaria sería un doble imposible. Pues bien, en eso ha consistido el esfuerzo del grupo, en realizar lo que parecía imposible.

¿Cuál es la clave para explicar esa especie de enigma profano? El trabajo creativo. En el teatro ese trabajo tiene como objeto nada menos que la experiencia humana. Es decir el enigma de los enigmas.

En la historia de las sociedades humanas siempre han existido quienes se han dedicado a procesar esa tarea. La tradición teatral da cuenta de uno de los modos alegres de enfrentarla. Es decir, abordar el enigma no como algo inefable ante lo cual hay que postrarse sino como un problema susceptible de solución, aunque la solución sea mágica. Esa tradición es la que recoge el grupo cuando monta Antígona para pensar el problema de nuestra tragedia y alumbrar el campo de sus posibles transformaciones.

Ahora bien, esas transformaciones tienen hoy premisas tecnocientíficas sin antecedentes en la historia. El extraordinario poder de la ciencia y la tecnología ha puesto a la mano soluciones a problemas que sólo los milagros divinos podían resolver. Pero ese mismo despliegue de potencia transformadora puesto al servicio de la pura ganancia, está poniendo en peligro la existencia misma del acontecimiento humano.

Esa situación paradójica ha desencadenado una extraordinaria polémica cultural. Hoy está en curso en el planeta, una puesta en común de las distintas experiencias cosmológicas imaginadas por la humanidad. Elaboraciones orientadas por premisas míticas, teológicas, mágicas, filosóficas, científicas se contraponen en un proceso de intercambio polifónico sobre nuestro destino común. Nayra es una magnífica imagen teatral de esa emergente preocupación por la existencia humana en el planeta. En el escenario se despliega el concierto de las múltiples voces y actos que se esfuerzan por buscar una salida a un estado de cosas simultáneamente insoportable y esperanzador.

Estos procesos complejos sin antecedentes, están transformando los modos de pensar en las artes y las ciencias. Las emergentes teorías sobre el caos y el orden en los sistemas complejos alejados del equilibro y el desarrollo de geometrías como las fractales para describir esos nuevos modos de existir en el planeta y el universo, han creado las bases para superar la tradicional separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias humanas. De Caos & Deca Caos al recrear las vicisitudes íntimas de la elite, se nutrió de esos aportes en el proceso de construcción de la imagen teatral.

La Candelaria con estas obras nos enriquece, nos alegra y al transformar enigmas en problemas nos incita a la acción. Así mismo nos coloca a la expectativa de las nuevas imágenes teatrales que saldrán de su laboratorio de creación teatral.

 


 

Santiago García tejedor de imágenes teatrales

 

Santiago García nos deja el recuerdo de un artesano, un tejedor de imágenes teatrales. En esa tarea creativa estaba él, La Candelaria y un movimiento de grupos que constituyen una red local y global.

Santiago fue actor, director, autor y teórico de la práctica teatral. En la realización de esta experiencia personal y colectiva tuvo que superar todo tipo de obstáculos y es un ejemplo del placer de crear más allá de las inevitables dificultades.

En el escenario Santiago y sus colegas nos regalaron el goce de reconocer las paradojas de una humanidad que ríe, llora, baila, muere, resucita y copula; de reconocer los conflictos históricos de personas como Guadalupe Salcedo, Quevedo y Lenin y de reconocer las viscisitudes dramáticas de personajes de ficción como don Quijote y Aldo Tarazona.

El arte teatral, ese modo que tenemos las personas de reconocer lo teatral de nuestra condición humana y así mismo lo humano presente en toda imagen teatral genuina, se enriqueció con el genio de Santiago García uno de los tejedores insignes de este arte universal, maravilloso, personal y colectivo.

Gracias don Santiago.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

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Publicado enEdición Nº267