Miércoles, 15 Mayo 2019 05:32

Empecemos por la comunicación

Empecemos por la comunicación

Carlos Valle sostiene que la situación política y social actual requiere fortalecer espacios en la esfera pública para que se puedan escuchar las historias y los reclamos del pueblo, a fin de crear un ambiente de convivencia y respeto que permita el impulso de una atmósfera democrática.

En muchas culturas se comprende el universo como una unidad integral. Todos los seres humanos desde nuestro nacimiento somos dependientes de los demás. El líder sudafricano contra el aparheid, Biko, solía decir que no hay mayorías o minorías, sino solo pueblo. Reconocer la igualdad de los seres humanos no debe ocultar las enormes desigualdades que persisten en el mundo. Basta mencionar la cantidad de seres humanos cuyas posibilidades de sobrevivir y llegar a ser personas son muy remotas. El problema se presenta cuando algunos sectores se sienten con más derechos sobre los bienes de la tierra y las personas. La injusticia humana nos acompaña desde tiempos inmemoriales. Realidades desiguales requerirán tratamientos desiguales, si se procurara lograr la igualdad.


¿Cómo enfrentar esta lamentable realidad? Un camino es el de la comunicación, porque los seres humanos hemos sido creados para comunicarnos entre todos y con la creación, porque hace a la esencia de la vida. Pero cuando tratamos de comprender la situación actual, percibimos que nuestro mundo se ha ido moviendo hasta llegar a establecer un modo de vida donde los que se han adueñado de los bienes definen como debe funcionar la vida de la comunidad. El enorme desarrollo tecnológico dominado por una economía liberal de mercado ha permitido acrecentar las brechas entre ricos y pobres. Los conglomerados de comunicación, que se han ido constituyendo, han reforzado los postulados establecidos acrecentando las injusticias, estimulando la promoción del individualismo, cancelando de esta manera toda posibilidad de cambio. De allí que los criterios de la información que promueven se definen en función de la preservación de esos postulados y de la obtención de beneficios para sus dueños. Sus armas son la negación del diálogo como la apertura y la inclusión, con la amenaza constate de la desinformación, por medio de una desvergonzada censura acompañada por la diseminación del odio y la mentira.


Si nos empeñamos en recrear una auténtica democracia, hay que crear espacios para la formación y desarrollo de las capacidades de comunicación, donde nadie se sienta marginado, que permita proteger la cultura local producida por el pueblo y no sea avasallado por los intereses comerciales, o de las grandes potencias. Es el derecho de los individuos y de las comunidades ser sujetos y no objetos de la comunicación, de participar en la producción y distribución de sus mensajes. Hay que sacar a la luz a los invisibilizados y excluidos de la sociedad. Porque no es posible comunicar sin escuchar, no se debería pretender interpretar el sentir y las necesidades de la gente si no se aprende antes a escucharla y comprenderla. La comunicación es un proceso de compartir, de dar y de recibir, de sorprender y ser sorprendido.


La situación política y social actual requiere fortalecer espacios en la esfera pública para que se puedan escuchar las historias y los reclamos del pueblo, a fin de crear un ambiente de convivencia y respeto que permita el impulso de una atmósfera democrática, donde se discuta y planee cómo compartir la vida comunitaria en toda su diversidad.


En un mundo dominado por la concentración del dominio de la información hay que abrir espacios allí donde no los hay por la denuncia y el anuncio a fin de crear nuevos tiempos. Hay un derecho inalienable al acceso a recibir y dar información como elemento esencial para el desarrollo de una comunidad democrática.


Por Carlos A. Valle, comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas.

Publicado enSociedad
Psicoanálisis, feminismo y posfeminismo

La autora expone una posición crítica frente al debate feminismo-posfeminismo y sus implicancias en el momento actual. Y propone construir modelos de subjetividades que pongan en foco la vulnerabilidad y la mutua dependencia de los seres humanos.

En el contexto de los avances propuestos por diversos movimientos respecto a lo que hemos llamado las condiciones de vida de las mujeres –que se manifiestan en particular en las condiciones de su sexualidad, de la maternidad, del trabajo, de la salud, de la legislación, y otras, descriptas como de subordinación, opresivas, discriminatorias– en el marco de una sociedad patriarcal, el feminismo ha ocupado un lugar preponderante. En las últimas décadas ha puesto de relieve la capacidad de análisis y de debate de tales condiciones, y ha propuesto alternativas y resoluciones para que éstas cambien. Quienes venimos del campo del psicoanálisis no hemos quedado ajenas a estos debates. En realidad, hace ya tiempo que tanto en Argentina como en otros países americanos y europeos hemos acusado el impacto de las teorías y prácticas feministas en nuestros modos de teorizar y de operar en la clínica con pacientes. Hemos puesto en discusión clásicos supuestos psicoanalíticos acerca de la sexualidad –femenina y masculina–, del ejercicio de la maternidad –y de las paternidades–, del trabajo de las mujeres –y de los varones que habían sido considerados proveedores económicos de la familia como garantes de su posición como esposos y padres–, todo ello en un marco de discusiones, de críticas y de incertidumbre acerca de la pertinencia de la inclusión de estos conceptos al interior del psicoanálisis. Hemos padecido descalificaciones de variada índole, siendo una de las más frecuentes aquella que señalaba que nuestras propuestas eran “extraterritoriales” en relación con el psicoanálisis. Parecía entonces que el campo del psicoanálisis debía encerrarse dentro de rígidas y claras fronteras que delimitaban su campo de pensamiento y de acción, en tanto quienes procurábamos articular nuestros conocimientos psicoanalíticos con otras disciplinas provenientes de las ciencias sociales o humanas, éramos consideradas como “extraanalíticas”, “un poco sociólogas o politólogas”. No faltaron las personas e instituciones psicoanalíticas que, cual gendarmes de fronteras, nos alejaban, levantando muros para que no contamináramos su campo de especialización. 

Afortunadamente esto ha cambiado en las últimas décadas, y las teorías de género –herederas de aquellas teorías y prácticas feministas anteriores– no sólo se incorporaron al campo académico sino que también están siendo cada vez más bienvenidas en las instituciones psicoanalíticas y en la formación de psicoanalistas. Cada vez más se levantan voces, se publican libros y artículos, se difunden investigaciones, en los cuales la articulación de los conocimientos psicoanalíticos con aquellos provenientes de otras disciplinas es considerada como un modo singular de fertilización para la creación de nuevas hipótesis explicativas del malestar de quienes nos consultan. Antiguos malos entendidos respecto de los significados y alcances de las hipótesis feministas se han dilucidado, dando lugar a contextos muy variados de producción de conocimientos, en los cuales “feminismo” ya no es una mala palabra sino un motivo de curiosidad y de ampliación de los modos de comprensión acerca de la construcción de la subjetividad femenina, masculina, y de todos aquellos sujetos que desean ubicarse en alguna posición de género.


Sin embargo, así como se han logrado estos avances en las últimas décadas, también se han producido torsiones y extravíos en relación con ciertos conceptos feministas, que merecen una lectura no complaciente de algunas ideas clave, que nos llevarían a denunciar la construcción de nuevas formas de androcentrismo reforzadoras de un patriarcado que nunca desapareció, difícil de develar bajo sus modernos disfraces. En esta línea se encuentra el criterio clásico del feminismo acerca de la necesidad de empoderamiento del género femenino, un género que ha padecido a lo largo de siglos de patriarcado condiciones de descalificación, discriminación y exclusión en la vida pública, en tanto fue glorificada su presencia al interior de las familias, “en el reino del amor”, como madres, esposas, amas de casa. El fundamento de estas condiciones estuvo en la división sexual del trabajo, según el cual los hombres adquirían bienes materiales –dinero, poder, prestigio, autoridad, que garantizaban su masculinidad– en tanto las mujeres producían bienes subjetivos –amorosidad, generosidad, intimidad en los vínculos familiares, en particular en los vínculos materno-filiales– que refrendaban su feminidad. Según este modelo de subjetivación, el género masculino se afirmaba sobre el ideal de autonomía y autosuficiencia, en tanto el género femenino cultivaba los rasgos que implicaban variados modos de dependencia (emocional, económica y otros). Bajo estas circunstancias, un feminismo de corte igualitarista proponía que el empoderamiento de las mujeres habría de realizarse asemejándose a las condiciones masculinas de habitar el ámbito público, en tanto una corriente feminista diferencialista aseguraba que son las cualidades “esencialmente femeninas” las que consistían en reales fuentes de poder de las mujeres, por ejemplo, su sensualidad, su generosidad amorosa, su disposición para la intimidad y los cuidados. El modelo igualitarista así planteado implicaba que la igualación debía realizarse siguiendo un estereotipo masculino tradicional, con sus particulares ideales y valores, mientras que el modelo diferencialista desconocía las relaciones de poder entre los géneros, puesto que la femineidad clásica otorgaba a las mujeres influencia pero no poder. Según estos criterios, el género femenino adquiriría habilidad para incidir afectivamente en los modos de sentir y pensar de los otros, pero sin contar con los recursos suficientes para decidir sobre lo que los otros pueden hacer, recursos que se encuentran en el ámbito público (por ejemplo, económicos, legales, etc.).


Esto ha llevado a debates significativos en torno al criterio de autonomía, un criterio que, desde una perspectiva androcéntrica basada sobre el ideal de autosuficiencia, ha formado parte de los modos de subjetivación masculinos, desconsiderando la experiencia de las mujeres fundada más en la interdependencia que en la autonomía. Las tensiones se producen entre los criterios de dependencia-interdependencia-autonomía, y no sólo entre dependencia-independencia-autonomía. La problematización de la categoría de análisis autonomía encuentra uno de sus máximos exponentes cuando se la utiliza para analizar la cuestión de los cuerpos de las mujeres, de su disponibilidad y de los escenarios en donde se produce esta disponibilidad. En la actualidad, uno de los escenarios más debatido es el del trabajo del cuidado de las personas dependientes, habitualmente los niños, los enfermos, los ancianos. El otro escenario que ha cobrado vigencia es acerca del comercio sexual, en referencia a aquellas mujeres que encuentran que la disponibilidad de su capital erótico ha de ser utilizada como mercancía para obtener beneficios económicos, ya sea a través del matrimonio o bien de la prostitución. En ambos casos, se tensan al máximo las relaciones de poder entre los géneros, dado que el recurso de las mujeres de “poner el cuerpo” seguiría siendo su principal dispositivo de poder.


Según la clásica división sexual del trabajo, el trabajo de cuidado de las mujeres queda naturalizado –ya sea que se realice en forma gratuita, debido a las condiciones de disponibilidad amorosa supuesta como rasgo estereotipado para el género femenino– o bien que se realice en forma pagada, bajo la forma de servicios que prestan típicamente las mujeres. Las consideraciones actuales acerca del trabajo de cuidado reconocen que no se trata solamente de atender a las necesidades de las personas dependientes, sino en reconocer la vulnerabilidad que nos constituye como sujetos. El eufemismo de caracterizar este trabajo de las mujeres como “trabajo reproductivo” oculta el verdadero sentido del hecho de que se les atribuya la responsabilidad de amar y de cuidar, para el beneficio de aquellos que gozan de privilegios que los excluyen de esta forma de trabajo.


Por otra parte, encontramos un achatamiento de los vínculos intersubjetivos para lograr autonomía mediante la independencia económica –según el clásico modelo masculino–, por ejemplo, en la utilización propiciada por algunas autoras que se denominan feministas, del capital erótico de las mujeres. Uno de los aspectos sobre los cuales existe un amplio debate en la actualidad se refiere a la utilización de los cuerpos femeninos como recurso de capital erótico, como si fuera un bien de consumo más, que ha de ser explotado para aumentar los recursos de independencia económica de las mujeres. Se trataría de un bien de consumo puesto al servicio de la obtención de recursos materiales económicos, como si fuera un producto más a consumir. En relación a los cuerpos de las mujeres tratados como capital erótico, una socióloga británica (Hakim, 2015) realiza algunos deslizamientos conceptuales según los cuales los cuerpos femeninos quedan equiparados como bienes tanto para el ejercicio de la prostitución, como para el así llamado “mercado matrimonial”. En ambos casos, la propuesta es invertir en ellos mediante cirugías, maquillajes, vestimenta y otros recursos para su embellecimiento, de modo que puedan rendir ganancias mediante el ejercicio de la prostitución, o bien, según lo plantea la autora, para lograr en el “mercado matrimonial” un marido adinerado que esté dispuesto a pagar para obtener los beneficios del disfrute erótico de esos cuerpos femeninos. Como se puede observar, se produce de este modo una equiparación lógico-simbólica según la cual el rasgo dominante es la mercantilización de los cuerpos de las mujeres. Sin embargo, nuestra formación como psicoanalistas, y nuestra práctica en el consultorio, nos enseñan que los cuerpos no son una mercancía más, ya que su erogeneidad forma parte de la subjetivación temprana de todos los sujetos. Nuestros cuerpos se constituyen como cuerpos erógenos desde el momento mismo del nacimiento, y, a medida que nos vamos construyendo como sujetos, vamos inscribiendo en él nuestra experiencia intersubjetiva, social, cultural, y nuestros contactos con el mundo en términos de fantasías y de realidades, que nos llevan a percibir nuestros cuerpos con erogeneidades diversas. Se trata de modos de erogenización que no podrían reducir nuestros cuerpos a meros instrumentos de intercambio comercial sin que esto deje profundas marcas en nuestra subjetividad. La construcción y desarrollo de las zonas erógenas constituye uno de los factores determinantes de la subjetividad humana, de modo que en la utilización del cuerpo como mercancía se incluyen requisitos tales como ciertos rasgos de belleza, la sensualidad, el sex appeal, para sostener la mirada deseante masculina. El logro de estos atributos debería ser incorporado al trabajo clínico que como psicoanalistas hacemos con las mujeres, desde una perspectiva que incluya el criterio de la subordinación de género a la mirada androcéntrica. De lo contrario, si sostenemos el supuesto de naturalidad acerca de los requisitos de belleza y de cuerpos como capital erótico del género femenino –y de este supuesto patriarcal podemos ser portadoras tanto mujeres como varones–, estaríamos contribuyendo al sostén, desde nuestro trabajo como psicoanalistas, de un patriarcado que sería contradictorio con las propuestas teóricas que lo critican y que aspiran a derrotarlo. ¿Cómo encarar la tensión que se produce en nuestros consultorios cuando problematizamos la naturalización de que las mujeres dispongamos de nuestros cuerpos al servicio de otros, ya sea bajo la premisa de que lo hacemos “por amor” –como cuando se apela al criterio del amor romántico– o por dinero– en la apelación a la así llamada “autonomía” de las mujeres con sus cuerpos? Entiendo que esto es parte de nuestros debates como psicoanalistas, y aunque podríamos operar con una ceguera de género que nos distraiga de este tipo de problemáticas y que resulte complaciente con los requerimientos patriarcales, no seríamos coherentes con aquella revolución silenciosa que emprendimos esperanzadas hace ya varias décadas, y que ahora tenemos la oportunidad histórica de desplegar, tanto en las calles como también en nuestros consultorios psicoanalíticos.


Cabe preguntarse si junto con la conciencia pública actual acerca de la necesidad de denunciar y condenar los abusos y violaciones sobre los cuerpos de las mujeres, ¿no deberíamos interrogarnos también sobre el modo en que estas conductas han sido incorporadas de tal modo por las propias mujeres, que ellas mismas toman sus cuerpos como objetos,

reciclándolos y poniéndoles precio? Se trataría de una reflexión que también correspondería hacerla al interior de nuestro trabajo como psicoanalistas. No es sólo una cuestión acerca de los vínculos de intimidad, ni sólo del patriarcado, sino también de una asociación entre el patriarcado y formas del capitalismo que pone precio caro/barato a lo que considera un capital posible para comprar/vender. El resultado son nuevas formas de violencia contra las mujeres, internalizadas por las propias mujeres como algo “natural”, construidas como deseos propios. Se tensionan al máximo los valores que responden a los vínculos intersubjetivos de confiar en el prójimo, la reciprocidad, la solidaridad y aquellos valores del consumo en que se afirman.


El análisis de la construcción del repertorio deseante de las mujeres, desde la perspectiva del género, nos permitió comprender mejor los actuales debates sobre el aborto en Argentina. La incorporación al debate sobre las relaciones de poder llevadas al análisis de los criterios posfeministas sobre el capital erótico de las mujeres puede conducirnos a nuevos criterios sobre la construcción de los deseos en las mujeres, si le aplicamos el prisma de género. Podríamos así ampliar la comprensión del modo en que construimos nuestros deseos en el contexto de las normas patriarcales, en la glorificación del “éxito” individual, realizando una investidura libidinal sobre la relación costo-beneficio de lo que se considera un capital y la acumulación de bienes, transformando los bienes subjetivos en objetivos. Se sacrifican así aquellos bienes subjetivos, tales como la construcción de nuestros cuerpos erógenos, reciclándolos bajo la forma de instrumentos al servicio de una modalidad patriarcal denominada “capital erótico” por estas nuevas elucubraciones posfeministas. De este modo se consolida una alianza entre el patriarcado tradicional con un ejercicio neoliberal de distribución en las relaciones de poder: el control de los cuerpos de las mujeres –ahora internalizado desde la propia subjetividad de un amplio grupo dentro del colectivo de mujeres– como recurso estratégico para mantener una ilusoria igualdad en las relaciones de poder entre los géneros


En este nuevo debate feminismo-posfeminismo se niega la vulnerabilidad y dependencia mutua de los sujetos, tras la ficción de la autonomía y la autosuficiencia presentada por la fachada del individuo liberal de la modernidad, y su reciclaje bajo la forma neoliberal del actual período posmoderno del “self made man”. Se trata de una política de construcción de subjetividades que pretende asemejar toda experiencia de vida al ideal del hombre de sectores medios urbanos enriquecidos gracias a la explotación y expropiación de los bienes materiales y subjetivos de otros sujetos, ya sea en términos de superioridad de género, de clase, de raza y de todos aquellos aspectos que nos diferencian, pero en los cuales la clave de interpretación de las diferencias se realiza en términos de relaciones jerárquicas y de poder. El debate crítico se refiere a la noción liberal de autonomía, que no permite reconocer la vulnerabilidad y la necesariedad de interdependencia humana, tal como lo plantea Judith Butler (2006).


Es necesario construir modelos de subjetividades que pongan en foco la vulnerabilidad y la mutua dependencia de los seres humanos, modelos que dispongan de la solidaridad como la principal estrategia para el desarrollo de una sociedad basada en vínculos justos y libres, para todos los géneros. Mientras tanto, podremos sostener al posfeminismo el día que nuestra sociedad sea pospatriarcal.


Por Mabel Burin, Doctora en Psicología, directora del Programa de Estudios de Género y Subjetividad en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales-UCES, Buenos Aires.


Referencias


Hakim, C. (2012): Capital erótico: el poder de fascinar a los demás. Barcelona. Debate.
Butler, J. (2006): Deshacer el género. Paidos, Barcelona

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“Nadie debería dar por sentada la sexualidad”

En lo que va del siglo, de todos los nominados al Oscar por personajes gay ninguno tenía esa elección sexual. La discusión abunda en matices, pero hay una coincidencia general en que Hollywood debería empezar a prestar más atención a las minorías.

 

Desde el comienzo del nuevo siglo, no menos de 25 actores y actrices han sido nominados al Oscar por interpretar roles Lgbtt. Entre ellos, Jake Gyllenhaal y Heath Ledger por su romance entre cowboys de Secreto en la montaña (2005); Charlize Theron por Monster (2003), la biopic de Aileen Wurnos; Sean Penn por el drama político Milk (2008); Benedict Cumberbatch como el programador de computadoras Alan Turing en El código enigma (2014), y Timothée Chalamet por Llámame por tu nombre, el drama dirigido por Luca Guadagnino en 2017. De esos 25 intérpretes, ni uno solo era gay.

En los últimos tiempos, el debate sobre si eso importa o no viene ganando presión en los medios. Cuando Jack Whitehall fue elegido para el elenco de Jungle Cruise, la primera película de la productora Disney con un personaje “abiertamente gay”, en las noticias y análisis pudo leerse una celebración y una crítica a partes iguales. Mientras tanto, actrices como Rachel Weisz –quien el año pasado interpretó dos papeles queer de manera excelente, en Disobedience y La favorita– están afrontando un escrutinio mucho mayor al que hubieran soportado una década atrás. De todas maneras, es un debate que no tiene una respuesta clara. Darren Criss, quien ganó hace pocos días el Globo de Oro por su personaje de Andrew Cunanan en The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, recientemente prometió no aceptar más roles de ese tenor en el futuro, por miedo a ser “otro pibe hetero tomando el personaje de un hombre gay”. Pero Ben Whishaw no está de acuerdo con esa visión. “Realmente creo que los actores pueden encarnar y retratar cualquier cosa”, dijo el actor británico, que es gay. “No deberíamos estar definidos por lo que somos”.


Es un argumento que a través del tiempo ha sido utilizado una y otra vez. “Yo considero que mi tarea no es contar la historia que viví”, le dijo Weisz hace poco a Gay Star News. “Cuando interpreto a Blanche DuBois en el teatro no soy una alcohólica. ¡Y no estoy interesada en acostarme con pibes adolescentes! Para mí, el arte de la narración consiste en convertirme en una persona que no soy.” Cate Blanchett, que interpretó a la protagonista en Carol, la hermosa película de Todd Haynes que sitúa en los años cincuenta un romance lésbico, coincide con ese punto de vista. “Pelearé hasta la muerte por el derecho a suspender la incredulidad e interpretar personajes más allá de mi experiencia”, señaló.


De todos modos esa perspectiva, a pesar de ser válida, pierde de vista algunos matices. Por un lado, ser queer implica una identidad de una manera que difícilmente sea aplicable a ser alcohólico o gustar de acostarse con adolescentes. No se trata de una experiencia que alguien puede haber tenido o no, sino una faceta esencial de la identidad; no hay ningún esfuerzo de investigación que pueda verdaderamente encapsular eso. A veces se espera que la creación de un personaje gay espeje de algún modo la experiencia de quien lo interprete. Hace poco, en declaraciones a la revista Vice, Peppermint –la primera mujer trans que se encargó de un personaje principal en un musical de Broadway, Head Over Heels– señaló que “realmente pienso que, idealmente, cualquiera debería poder interpretar el personaje perfecto para sí. Pero en este momento, las personas gay, trans y queer necesitan participar a la hora de contar sus propias historias. Hollywood tiene un terrible historial en eso de crear películas y hacer dinero explotando las experiencias de gente marginalizada, sin siquiera dejarlos tener alguna influencia en el proceso creativo. La mayor parte del tiempo, Hollywood produce estas historias sobre personas de las minorías queer y trans y lo hace mal: hay material ofensivo, historias trágicas, personajes unidimensionales y estereotipados, con muy poca profundidad”.


Lo que es peor, los intérpretes abiertamente Lgbtt no siempre tienen las mismas oportunidades que sus pares heterosexuales. Cuando la semana pasada Emma Stone gritó “¡Lo siento!” en los Globos de Oro, por interpretar a un personaje en parte asiático en Aloha (2015), no se trataba solo de un reconocimiento de que se había metido en una identidad que no tenía –y que nunca tendrá– nada que ver con ella, sino también de que había tomado una oportunidad que podría haber aprovechado alguien más adecuado. Alguien que, a causa de su identidad, muy difícilmente podría asumir alguno de los muchos otros roles que están al alcance de Stone. Muchos actores y actrices Lgbtt enfrentan el mismo prejuicio que limita sus posibilidades, son ignorados para roles queer y señalados como inadecuados para los personajes hetero. “Honestamente, no le recomendaría a ningún actor que salga del armario, si realmente se preocupa por su carrera”, dijo Rupert Everett, quien está seguro de que sus oportunidades de trabajo se marchitaron luego de que declarara públicamente su identidad gay, en 2009.


Un estudio reciente descubrió que más de la mitad de intérpretes Lgbtt han escuchado comentarios anti gay en el set de filmación, mientras que casi la mitad de los gay y lesbianas entrevistadas creen que los productores y ejecutivos de los estudios cinematográficos los consideran más difíciles de “vender”. También les cuesta conseguir agente que los represente. En otra entrevista de Vice, el actor Giovanni Bienne –representante del Comité de Igualdad Lgbtt– recordó haber ido a castings de personajes hetero y que le recomendaran “mantenerlo” durante la charla posterior. “Sean Penn no hizo audiciones para Milk”, señaló Bienne, “pero si lo hubiera hecho, después de impactar al equipo de casting nadie le hubiera dicho que se ‘mantuviera gay’ luego de la prueba”.


Pero la idea de que los actores y actrices queer deberían quedarse bien guardados en el armario es por lo menos problemática. “Seas hetero o gay, la gente no debería saber nada de tu sexualidad”, dijo 2015 Matt Damon, quien está casado con una mujer. Es claro que hay un doble estándar. Cuando Ellen Page firmó contrato para interpretar a Stacie Andree –una mujer gay que pelea por el derecho a recibir la pensión de su pareja moribunda– en Freeheld (2015), estaba, en sus propias palabras, “muy, muy dentro del armario”. Pero a medida que se acercaba el momento de la filmación, se dijo a sí misma: “No hay manera de que no seas una persona gay activa si hacés esta película”. Así, en 2014 aprovechó un discurso una campaña por los Derechos Humanos para declararse públicamente gay. “Se trata de salir a la luz, interpretar a un personaje gay, e interpretar a un personaje que me resulta tan inspirador”, le dijo Page a la revista Time. “Fue una experiencia asombrosa”. Desde entonces ha interpretado personajes hetero en películas como Tallulah (2016), pero también abrazó su rol como alguien capaz de abrir caminos en una industria que aún tiene poca representación para voces como la de ella. “Honestamente, si tuviera que tomar personajes gay por el resto de mi carrera, estaría encantada”, dijo.


En todo el debate, ¿dónde encaja la cuestión de la fluidez sexual? ¿Y qué pasa con los actores y actrices que aún no están listos para discutir su propia identidad? En una entrevista del año pasado sobre The Miseducation of Cameron Post, un drama psicológico sobre la conversión gay, la actriz Chloe Grace Moretz se mostró disconforme cuando se le mencionó un artículo en la que se la citaba como alguien hetero interpretando un rol gay. “Bueno, creo que lo importante es no dar por sentada la sexualidad de nadie”, dijo. “Quiero decir, no asumas nada”. Pocos meses después fue fotografiada besándose con la modelo Kate Harrison en las calles de Malibú. Para Desiree Akhavan, quien dirigió a Moretz en Cameron Post y protagoniza la brillante serie The Bisexual (ver aparte), lo más importante es que “hay una mano queer en el volante”. “Si seleccionan a alguien hetero y tienen un montón de gente queer en el equipo y le da dignidad al personaje, creo que está bien”, dijo.


No hay una solución fácil ni recetas mágicas para la cuestión. Lo que queda abundantemente claro es que las voces queer necesitan ser escuchadas. Y no solo cuando hablan a través de la boca del mundo hetero.

Por Alexandra Pollard
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para PáginaI12.

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Martes, 04 Diciembre 2018 05:48

Los marxistas en su laberinto del siglo XXI

Los marxistas en su laberinto del siglo XXI

Diría Francisco, no el Papa de Roma, sino mi recién fallecido padre ¡que terquedad la tuya, intentar debatir lo que nadie parecer querer cambiar! Y es que es el pragmatismo se viene imponiendo como razón política en las propias izquierdas. Solo los más osados se atreven a plantear uno u otro tema teórico que muestre algún nivel de atasco en su implementación en la praxis. Lo hacen a sabiendas que desde múltiples lugares se le acusará de revisionistas, renegados, intelectuales pequeño burgueses o, hasta de ser parte de la nómina de algún servicio secreto internacional, hecho del cual los acusados no se habían enterado hasta la fecha. A pesar de ello, tomo aire para buscar aliento y me decido a hacer las veces de secretario de multitudes diversas y, en consecuencia, procedo a tomar nota de los planteamientos y dudas que en tono de murmullos se escuchan cada vez con mayor insistencia en distintos lugares de lucha de nuestraamérica. La única intención de este escriba –aunque sospecho que dirán que tengo ocultas e innobles intenciones– es la de intentar contribuir a la construcción de una agenda compartida sobre los desafíos epistémicos, conceptuales y de acción de los socialistas libertarios a finales de la segunda década del siglo XXI.

Por supuesto me refiero al socialismo científico sistematizado por Karl, el nacido en Tréveris. Fíjense que digo que él “sistematizó” y en ningún momento que creó, porque Marx fue un científico social y no un religioso, ni un infalible gurú. Y allí dos problemas iniciales, sobre los cuales volveré más ampliamente en otros artículos. El primero de ellos reside en el hecho que a través del tiempo ha surgido una especie de ortodoxia marxista que se siente facultada para establecer los cánones del marxismo, la legalidad y legitimidad del pensar la transformación, que ha convertido el pensamiento crítico en estático alejado del dinamismo dialéctico, para el cual categorías como imperialismo, obrero fabril, partido revolucionario, trabajadores, ideología, alienación, entre otras, no han sufrido cambios en el terreno concreto de la lucha de clases a más de un siglo de haberlas definido inicialmente. Marx siempre estuvo atento a la influencia de las realidades históricas concretas en la teoría, entendiendo que la dialéctica no era una externalidad analítica, sino que tocaba al propio pensamiento socialista. El segundo de ellos, es la creciente invisibilización del hecho que Carlos Marx se reclamó socialista científico, algo que ahora pasan por alto muchos apologistas neo metafísicos que atacan sin cesar cualquier apelación a la mentalidad científica. La transformación estructural de las sociedades capitalistas para abrir paso al socialismo no es un acto solo de voluntad –que la requiere- sino también de pensamiento estructurado, de conocimiento en profundidad de las ciencias puestas al servicio de la liberación del hombre por el hombre. En consecuencia, el marxismo es el pensamiento científico transdisciplinario que reflexiona, estudia y propone ideas para el cambio estructural de las sociedades a partir del estudio de cada coyuntura histórica, nunca en abstracto, ni desde el inmovilismo cognitivo.


Marx fue un hombre de su tiempo histórico. Como pocos comprendió el impacto del desarrollo científico y tecnológico en el modo de producción capitalista. Carlos Marx fue un enamorado de las posibilidades que encerraban la primera y segunda revolución industrial para romper las profundas y estructurales desigualdades acumuladas por siglos. Por ello interpretó de manera acertada el impacto de la relación del trabajo colectivo de los obreros industriales y fabriles alrededor de las máquinas y las innovaciones, en los procesos de producción de mercancías. Construyó una interpretación única y singular respecto a la conciencia de esa clase social, constituida en el corazón del modo de producción, a la cuál caracterizó como el motor de la nueva historia de la lucha de clases y de las posibilidades de construcción de la vida colectiva del común, el socialismo.


Marx construyó una teoría que hemos denominado marxismo, no como un nuevo relato teológico, sino como un método para actualizar de manera permanente el presente y el devenir de las luchas. Karl, el gigante revolucionario no podía prever –ni era su tarea histórica– que precisamente el desarrollo tecnológico que ocurriría 150 años después de la elaboración del Manifiesto Comunista (1848) conocería una tercera y cuarta revolución industrial (1960-2019/ 2020- ) que ahora no solo deja de agrupar a los trabajadores en fábricas para la producción de mercancías, sino que comienza a expulsarlos de ellas, impactando la idea de lo colectivo en la producción, reconfigurando también el papel de otras clases sociales consideradas en algún momento subalternas al proyecto socialista.


El problema es que la reflexión sobre estas dinámicas es muy precaria aún en América Latina y el Caribe y ahora, para colmo, se nos anuncian las consecuencias inmediatas de la primera ola del desembarco (década de los 20 del siglo XXI) de una cuarta revolución industrial (fábricas 4.0, expulsión en masa de amplios sectores de la clase obrera de las fábricas, crisis humanitaria laboral en los países altamente industrializados, ALC como simple campo de extractivismo de materias primas de viejo y nuevo cuño), así como de la llamada era de la singularidad (fusión de tecnología con vida humana), en medio de una crisis ecológica planetaria sin precedentes.


¿Cuál es el impacto de estas nuevas realidades en el plano teórico general del socialismo, en las organizaciones revolucionarias y en el propio programa de acción de las luchas socialistas? Sobre esto seguiremos escribiendo, como simples secretarios de múltiples voces que reclaman un espacio y una agenda emergente para mantener viva y con posibilidades de disputa del poder la idea socialista por parte de quienes vivimos del trabajo en el siglo XXI.

 

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Sábado, 17 Noviembre 2018 06:02

A la libertad por la universidad

A la libertad por la universidad

En la imaginaria Ciudad del Sol de Campanella, rodeada de siete murallas, hay una casa con tantos maestros como ciencias: “el astrólogo, el cosmógrafo, el geómetra, el lógico, el retórico, el gramático, el médico, el físico, el político, el moralista… y un solo libro que contiene la totalidad del saber humano, que debe conocer todo el pueblo”.


Esta visión renacentista es el mejor símil de la universidad, un todo armónico resultante de la diversidad de sus partes, articulado hacia adentro, pero que irradia hacia afuera, inserto en la propia sociedad a la que no puede ser ajena porque perdería su razón de ser.


Lo aprendí cuando en 1959 entré a estudiar derecho en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la única que existía entonces, con sede en la ciudad de León, y que tenía apenas mil estudiantes. Las clases se extendían fuera del aula y uno podía visitar a los profesores en sus casas, prestar libros de sus bibliotecas y aun sentarse con ellos a las mesas de los bares. Una intimidad académica y de por medio mucha curiosidad juvenil.


El rector de la universidad era Mariano Fiallos Gil, quien había luchado por conquistar la autonomía universitaria. Fuimos sus discípulos y formamos lo que se llamó la generación de la autonomía.


Creó el lema A la libertad por la universidad, que proclamaba un humanismo beligerante, la universidad fuera del claustro, y así salíamos a la calle a enfrentarnos con la realidad de que el país se hallaba bajo la férula de una dictadura familiar.


Solía repetir a Terencio: Soy un hombre, nada humano me es ajeno. Y nada de lo humano es ajeno a la universidad, inmersa en un entorno que en América Latina es injusto con tanta desmesura. Si a la universidad se le arrebata el humanismo y se burla su autonomía, nada queda de ella.


Es lo que hace un siglo enunciaba el Manifiesto de la Federación Universitaria de Córdoba: “Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y –lo que es peor aún– el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara”.
Las universidades fueron en América Latina fortalezas éticas que criticaban a los gobiernos autoritarios y denunciaban los abusos de poder. Por eso fueron blanco no pocas veces de las dictaduras militares, que mandaban ocuparlas con tropas y tanques de guerra.


Ahora, cuando en las encuestas de opinión se pregunta sobre las instituciones de mayor prestigio, las que ejercen influencia sobre los ciudadanos, se olvida a las universidades, como si se hubieran ausentado de la vida pública.


La excelencia académica es un reto. Pero también las universidades tienen otro papel que cumplir más allá de las aulas. Deben volver a ser la conciencia de la nación, ahora que el sistema democrático corre tantos riesgos frente a las trampas de la demagogia, el populismo, y el fanatismo ideológico.


Hay nuevas formas de populismo y de caudillismo, y las universidades no se libran de la férula ideológica, alineadas al poder político como ocurre hoy en Nicaragua, donde se ha perdido todo vestigio de autonomía en las universidades públicas y la autoridad académica se subordina a la de los comisarios políticos. Son universidades intervenidas.


Los profesores que no responden a las líneas políticas oficiales son despedidos y decenas de estudiantes han sido expulsados o se hallan en la cárcel acusados de actos de terrorismo. La lealtad política sustituye al rendimiento académico, y por tanto la calidad de la enseñanza se empobrece hasta el ridículo.


La democracia es una herramienta ineludible e insustituible, sin la que no son posibles ni la paz social ni la institucionalidad ni la transformación social ni el progreso económico. ¿Tienen que ver las universidades con la defensa de la democracia? Deben estar a la cabeza. La democracia necesita ser defendida con las herramientas del pensamiento elaborado de manera crítica en los recintos académicos. En el ejercicio pleno de su autonomía y en libre debate de las ideas, las universidades deben ser ellas mismas escuelas de democracia.
No se ha roto el molde del dogma. Un dogma vuelve siempre a sustituir a otro y el antídoto sólo está en poner en cuestión la verdad absoluta, rasgar su coraza y hacer que surja el pensamiento libre. Y crear pensamiento libre de manera incesante es tarea de las universidades.


La primera prédica de la universidad, que por su naturaleza y su misión encarna la diversidad, es en beneficio de la libertad para cerrar así el paso a la intolerancia de quienes no admiten el pensamiento ajeno y buscan anularlo. Quienes expulsan de las universidades toda forma diferente de pensar son quienes terminan levantando los cadalsos e inflamando las hogueras donde se empieza quemando libros y se terminan quemando personas, según las palabras de Heine, que nunca debemos olvidar.


Madrid, noviembre de 2018
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Carteles en la calle parodiando a Theresa May. Matt Brown

La democracia global de redes, flujos y gobernanza multinivel que plantean las propuestas dominantes no tiene nada que ver con la democracia local. Y sin democracia local, nunca habrá democracia global.

 Mi intención con este artículo es abrir un diálogo público en torno a una idea que hace unos días Izaskun Bilbao publicó, parafraseando a Daniel Innerarity: 

“Pasamos demasiado tiempo discutiendo sobre términos como Estado, soberanía, territorio, que ya prácticamente no significan nada”


Primero, si la gente discute mucho sobre algo, entonces, es que tiene significado. Porque el significado de las palabras está en su uso (Wittgenstein), no en una esencia transcendental accesible solo para algunos. Si la gente usa esas palabras, entonces tienen significado.


Segundo, despreciar o ignorar (diciendo que no significan nada) los debates que se están dando en todo el mundo, o al menos en Latinoamérica, África, India y Europa en torno al Estado, el territorio y la soberanía, empezando por el movimiento feminista (no sólo occidental) pasando por las propuestas económicas alternativas (de la economía circular, a la sostenible, desde el cooperativismo anticapitalista hasta la municipalización y la nacionalización de empresas y corporaciones), hasta los procesos de soberanía en Escocia, en Reino Unido con el Brexit, en Cataluña, Grecia e Italia, no es nada estratégico para una gobernante y nada honesto intelectualmente. Desde Italia, hasta Alemania, desde Rusia hasta Guatemala, se habla de soberanía y de territorio. Pero, como en el tema del nacionalismo, donde un 92% de la población europea tiene como identidad política principal la nación, todo aquello de lo que habla el pueblo, a la elite ilustrada tiende a resultarle primitivo, reduccionista e inconsecuente.


Las propuestas liberales, patriarcales y moralistas (es muy importante poner adjetivos, ya que no es lo mismo hablar de democracia socialista, de democracia liberal o de democracia patriarcal), como digo, las propuestas dominantes para resolver los déficits democráticos tanto globales como europeos se basan en la premisa de que la democracia puede funcionar sin comunidades políticas soberanas y sin la capacidad política (capacidad institucional y territorial) que hace posible que una comunidad política se autogobierne; de hecho, la mayoría de los pensadores liberales y neoliberales (incluidos los partidos del 155 y una gran parte del PNV, así como Podemos y ramificaciones varias) rechazan la soberanía nacional, popular y estatal como un mecanismo para democratizar el mundo (excepto si se trata del Estado español, de su soberanía y de su territorio).


En cambio, cualquier análisis político y económico, realizado fuera de las manos de los partidos y los lobbies neoliberales, muestra que el conjunto de estructuras públicas que llamamos Estado, junto con la teoría y las prácticas de soberanía popular y estatal, son fundamentales para la democratización, entre otras cosas, porque cuanto menos poder institucional y territorial tiene una comunidad política, menos soberanía, es decir, menos capacidad política podrá adquirir y, por lo tanto, menos poder tendrá para reproducirse a través del tiempo y el espacio como una democracia: ya que una comunidad sin capacidades políticas (soberanía material) y un lugar indiscutible de autoridad (soberanía formal) no puede gobernarse de acuerdo con sus propias decisiones políticas. En breve, la democracia en la actualidad no puede funcionar sin el Estado, entendido como conjunto de estrategias y estructuras públicas territorializadas que una comunidad desarrolla para autogobernarse.


Las propuestas en contra del Estado, la soberanía y el territorio, son todas propuestas a favor o del mercado libre y el capitalismo global o bien se sustentan en una Estado-fobia proveniente de la moral cristiana y patriarcal. Si no es así, por favor que ofrezcan textos y prácticas que lo desmientan.


Desde los movimientos sociales, los sindicatos y los partidos o asociaciones de izquierdas, se lleva años reformulando el concepto de soberanía popular, y en mi opinión, lo más acertado es repensarla como la capacidad institucional y territorializada del pueblo para gobernar de acuerdo con sus propias decisiones. Por lo tanto, en las reformulaciones no patriarcales ni liberales de la soberanía, el Estado y el territorio, no puede haber democratización, en el sentido de empoderamiento público-colectivo para el autogobierno, sin territorializar y/o institucionalizar el poder político. El territorio, desde las propuestas feministas, socialistas, decoloniales y ecologistas, es uno de los elementos básicos de la democratización porque el bienestar no es solo colectivo, sino también territorial: escuelas primarias y secundarias, hogares y hospitales del sistema de salud, transporte público, ferrocarriles y servicios sociales como guarderías, saneamiento, canalización de agua potable, reciclaje, producción, recogida y distribución de alimentos, agricultura y materias primas, industrialización, tecnologización, etc.: todo ello es territorial (a ver si alguien cree que Google “vive y se enriquece” en un espacio global tendido del cosmos).


Si un territorio tiene bienestar (tiene capacidad política/económica pública e institucionalizada, es decir, soberanía material para el autogobierno), entonces, la población que habita ese territorio tiene bienestar. Confundir el territorio y el Estado con fronteras arbitrarias (como si el Estado fuera más arbitrario que ser hombre o ser rico) sugiere una confusión mental importante, ya que las fronteras se imponen mediante el sueldo, la sexualización, la racialización, la no-diversidad funcional, el flujo de capitales, la mercantilización, la financiarización, el matrimonio, la religión, internet, los medios, el sistema de justicia, la educación liberal, la Unión Europea, la familia, los bancos, las corporaciones, etc. todos ellos implican fronteras, límites y exclusión. No entiendo tanta insistencia en la desaparición del Estado, el territorio y la soberanía y tan poca insistencia en la desaparición de los sueldos, la familia, la religión, el patriarcado y el capitalismo.


Para que pueda haber democratización, es decir, empoderamiento colectivo para el autogobierno, el poder se tiene que territorializar e institucionalizar (en sentido de publificar estructuralmente). Esta definición de democracia es nuestra. No vuestra. Y es tan particular como la vuestra, a ver si por un despiste histórico vais a creer que lo vuestro es universal y racional, y lo nuestro un vómito emocional y coyuntural.


No parece que a la elite liberal (elite económica y política) y gran parte de la academia, le interese la pregunta de ¿Qué necesita el pueblo o la comunidad política, en esta era de capitalismo global, para sobrevivir como una democracia? Entre otras cosas porque a dicha élite parecen no interesarle los conceptos no patriarcales ni liberales de soberanía, Estado y territorio. Nosotras leemos sus textos. Leen ellxs los nuestros?


Decir a la gente que más se moviliza (sean huelgas de trabajadorxs, sean pensionistas, sea el movimiento feminista, o sean las manifestaciones por el derecho a decidir) que su discurso está vacío y que no se corresponde con la realidad, cuando son las movilizaciones populares más grandes de este país (y mirad Cataluña!), es el síntoma más visible de hasta qué punto no interesan las demandas de soberanía material de la ciudadanía ni los mecanismos que hacen posible el autogobierno del pueblo. Causa por cierto directamente relacionada con la subida de la ultraderecha en toda Europa.


El objetivo y la idea de gobierno democrático y de soberanía popular siempre ha sido garantizar que las comunidades políticas se reproduzcan a sí mismas como ellas decidan (llamar al sujeto y objeto de la democracia pueblo, nación, demos, sociedad, comuna o comunidad no cambia este hecho). Si no se relaciona el objetivo de la democracia con el empoderamiento de las comunidades políticas para poder autogobernarse, y si no se relaciona el autogobierno con la capacidad territorial e institucional que una comunidad política tiene, es decir, con la soberanía material necesaria para poder decidir y llevar a cabo las decisiones que toma la población, entonces ¿a qué llaman democracia?


Este proceso de globalización que de una forma u otra avalan la mayoría de partidos (también los de izquierda) con las propuestas que hacen sobre una democracia cosmopolita o global no es más que la guía de cómo hacer desaparecer la democracia local. Y ¿cómo se hace esto? Quitándole a las comunidades políticas su territorio, su Estado (es decir, sus estructuras públicas) y su soberanía, o, dicho de otra forma, privatizando el territorio nacional (TTIP, CETA, Banco Central Europeo, etc.), la soberanía popular y las estructuras públicas (educación pública, sanidad pública, servicios públicos, etc.) que llamamos Estado. La Unión Europea es uno de los dispositivos clave de este proceso de privatización global llevado a cabo mediante la privatización de lo local.


Todo el mundo sabe que la globalización capitalista ha sido impulsada por los propios ejecutivos estatales, transfiriendo elementos clave de los Estados-nación a la esfera privada, a manos y corporaciones privadas. Este proceso es constitutivo de lo que llamamos la privatización de la democracia. La transferencia de las capacidades estatales y, por lo tanto, las capacidades públicas y políticas (desde la toma de decisiones, la elaboración de leyes y la implementación hasta la evaluación, re-regulación, producción y distribución) a manos privadas, ya sean expertos, lobbies, grupos de interés, actores ejecutivos o corporaciones: es lo que caracteriza la privatización de la democracia, y esa privatización de la democracia se hace privatizando el Estado, el territorio y la soberanía popular.


Según Sassen, la globalización es un proceso de desensamblaje de las lógicas organizativas y capacidades autoritativas del Estado-nación y su reensamblaje en lógicas económicas, judiciales y financieras a escala global; y estas capacidades y lógicas organizacionales conducen a la desnacionalización del territorio. Sin embargo, a menos que dicho reensamblaje global tenga estructuras públicas y políticas globales elegidas por el pueblo, la palabra "desnacionalización" no es más que un eufemismo. Sin estructuras públicas globales elegidas por el pueblo y responsables ante ellas, la “desnacionalización” es solo otra palabra para decir privatización de la democracia o desdemocratización.


Esto no se ataja con redes fluidas y gobernanzas multidimensionales, eso se ataja teniendo estructuras y capacidad política, económica y social local, es decir, teniendo comunidades políticas con soberanía material territorializada y públicamente institucionalizada y controlada.


La democracia global de redes, flujos y gobernanza multinivel que plantean las propuestas dominantes no tiene nada que ver con la democracia local. Y sin democracia local, nunca habrá democracia global.


* Para un desarrollo más amplio ver Privatizar la democracia: capitalismo global, política europea y Estado español (Icaria, 2018).

 

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Jueves, 30 Agosto 2018 07:38

Invitación a silenciar el silencio

Viviana Gutiérrez, Mujeres de los paraísos pérdidos III,  lápiz, carboncillo, pastel y acuarela sobre papel (Cortesía de la autora)

Con ocasión de la publicación en este medio el pasado mes de junio del "Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor", un lector de Le Monde diplomatique expresó a su autor sus inquietudes en torno a divulgar en sus círculos de influencia este tipo de escritos.

 

¡Lázaro, levántate y anda!
Juan 11:43.

Apreciado amigo: muchas gracias por su misiva del pasado 9 de julio, la he leído con atención y confieso que me ha dado pie para reflexionar, en especial en lo relativo a las tribulaciones que tan generosamente comparte conmigo. Cuando remití a su buzón la nota que apareció en este periódico sobre el espinoso tema que nos tiene tan impresionados a muchos, no pensé que fuera a provocar un malestar tan profundo como el que se ha atrevido a manifestar.


Sí, la verdad es que nuestro país vive momentos de zozobra, de incertidumbre; no sabemos qué deparará los siguientes años que pintan, desde ya, tan parecidos a los nefastos años de fines del siglo pasado y comienzos del actual. La forma como, mientras escribimos y leemos estas líneas, se amenaza, diezma, silencia y elimina, impunemente, a líderes sociales, periodistas, artistas, intelectuales, pensadores, es decir a gentes del saber y a gentes del actuar, es escalofriante.


Hay razones para callar; hay motivos para silenciar y mirar a un lado. Es más seguro, es menos riesgoso. También es más cobarde y no por eso lo acuso de cobardía, ni mucho menos. Lo que sí quiero es invitarlo a que reflexionemos juntos sobre estos difíciles asuntos de tener que vivir en nuestra sociedad; una sociedad que parece no querer liberarse del odio, de la guerra perpetua, de la revancha sin fin y que se resiste (al menos en la mayoría que se expresa en las urnas) a abrazar un proceso de paz, así sea imperfecto, pero finalmente un proceso que quiere y pretende alcanzar una paz estable y duradera.


Usted dice, en su misiva: no tengo el suficiente valor para enviárselo (mi artículo) a los miembros de … (omito aquí el nombre del círculo de jóvenes que usted dirige hace años), pues, de hacerlo, correría el riesgo de perder mi trabajo” ¡Ay! Qué cierto y qué doloroso lo que usted dice. Qué desgracia también leer esto en una época en la que la información supuestamente fluye de manera rápida y sin barreras; una época donde los mensajes que se comparten en redes sociales se convierten en “virales” y llegan a miles, millones de personas, en cuestión de minutos y horas. Y si usted pierde su trabajo, entonces, ¿de qué va a vivir?


Esa pregunta ronda a todo pensador crítico, usted no es el único a quien acosa esa incertidumbre. Baste recordar que Cervantes, a la par de su oficio por el que lo recordamos hoy día, desempeñó múltiples trabajos: paje de obispo, trabuquero en la batalla de Lepanto, prisionero-esclavo de los turcos, organizador profesional de huidas frustradas, estafador profesional, jugador empedernido, administrador (con dudosos resultados) de fortunas ajenas, alto comisario para el abastecimiento y reclutamiento de la «Armada invencible». ¿Será que hoy existe escasez de ocupaciones?
Claro, vuelvo a lo anterior, lo que circula en las redes es generalmente anónimo y lo que hace cada cual no es más que replicar lo que le llegó sin saber quién originó la cadena, de esa forma se salva la responsabilidad y se repliega a la función de servir de elemental eslabón de una cadena infinita. Cosa diferente es compartir un artículo firmado, como el mío, y replicarlo, en su círculo íntimo, con las consecuencias que usted anticipa y reconoce.


Usted, amigo, quiéralo o no, hace parte de un grupo mayor de personas agrupadas bajo una palabra que a fuerza de usarla se ha tornado, lastimosamente, en peyorativa. Llamarse o reconocerse como intelectual (quizá mejor usar hoy “pensador crítico”) suena demodé, un anacronismo, como si se hubiera jubilado el acto de pensar, de pensar críticamente y de expresar y propagar el propio pensamiento. Los términos intelectual, inteligencias, intelectualismo tienen un gustillo, en ciertos círculos de poder, a subversivo, a propiciador de motines, a agitador profesional. Y, con todo, estoy dispuesto a defender esa acepción, y me acojo a lo dicho por el reconocido escritor palestino-británico Edward W. Said, que defiende en Representaciones del intelectual, la tesis de que este es “un francotirador […] y perturbador del statu quo” (1).


Nada más cierto. Ser intelectual es renunciar a ser turiferario incensario, a negarse a ser altavoz de un sistema político, social o cultural enquistado en el poder; ser intelectual es oponerse a dejarse cooptar por el poder corruptor del capital aceptando cargos, nombramientos y lisonjas que lo que consiguen es silenciar la opinión independiente; ser intelectual es tener, al decir, vuelvo a citar aquí a Said, el coraje para que “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humana [deban] defenderse independientemente del partido en que milite un intelectual, de su procedencia nacional y de sus lealtades primigenias” (2).


Usted, que es un agudo observador de la sociedad de la que hace parte, confiesa que las actividades llevadas a cabo por la [institución a la que pertenece] se enmarcan dentro de la estrategia neoliberal de sustituir al Estado en su función de garante de los derechos sociales y que, por lo tanto, los servicios que ofrece –entre ellos el [círculo que usted orienta]– poco o nada aportan al bienestar de la comunidad, mucho menos a su emancipación. Sí, estoy de acuerdo. Es la forma como el capital acude a dispositivos de biopolítica –como diría Foucault–, para doblegar al ciudadano, alienándolo, haciéndole creer que está jugando un rol activo en la sociedad, que hace parte de una democracia participativa, que tiene voz y voto en el derrotero de una comunidad, o en el barrio, o en las juntas (de acción comunal o administradoras locales), o en una biblioteca pública, en un círculo de lectura, o lo que sea.


Muchos de estos programas de política cultural que ostentosamente pregonan a los cuatro vientos los municipios más grandes del país (usted vive en una de las cuatro ciudades más grandes de Colombia) son, en verdad, mecanismos para “encausar” a los ciudadanos en una vocación de rebaño bajo la falsa premisa de que se está apoyando la libre manifestación de la personalidad bajo las banderas de la inclusión, la diversidad cultural y los derechos culturales; todo por supuesto en el marco de un programa político ideológico, que salvo contadas excepciones en los últimos veinte años (por ejemplo, durante las alcaldías progresistas en Bogotá) ha correspondido a alcaldías detentadas por representantes de las clases tradicionales del poder. Por consiguiente, toda política cultural emanada de un gobierno de estos está encaminada a apuntalar, sutil o expresamente, el statu quo de un sistema que clama a gritos ser renovado por sistemas más democráticos y de clara orientación social.


Por eso no es sorprendente, que sobre su hombro sienta la presencia intrusa, permanente, de ojos supervisores que vigilan la actividad que usted orienta, y lo que allí manifiesta y comparte, de tal forma que el circulo intelectual que usted dirige, nunca se desvíe de lo ¨correcto”, de lo esperado para una persona profesional como usted –que vive dignamente de los dineros oficiales y de las empresas privadas o semiprivadas que subvencionan las actividades culturales en las que está inmerso.


Usted, querido amigo, tiene las cosas claras. No otra cosa puedo pensar cuando manifiesta: Sé también que el modelo de desarrollo que promueve [la entidad matriz] es un modelo insostenible y, como [usted] lo muestra […], criminal, y que la [institución a la que pertenezco], al depender financieramente de esta empresa, no es más que un [organismo] de bolsillo cuyo objetivo, en el fondo, no es más que construir a ultranza una imagen favorable de dicho modelo.


No puede ser mas elocuente. El problema, en definitiva, no radica en desenmascarar el modelo que se repite una y otra vez a largo de toda la geografía nacional, en las grandes y medianas ciudades, en las pequeñas poblaciones, en los barrios y en los centros culturales del país. El quid del asunto es ¿qué hacer frente a esa realidad, qué postura hay que asumir ante lo evidente? Y de nuevo, usted lo reconoce: Sé muy bien todo esto, pero ignoro qué podría hacer al respecto y, en todo caso, he perdido el valor para intentar algo.


Cuánto duele leer esta confesión, tan íntima como desgarradora, tan sencilla como brutal. Creo que allí se resume la problemática que lo tiene atrapado en esta aparente sin salida. Cuando dice que ha perdido el valor de intentar algo siento un profundo dolor en mi condición de colega suyo. No puedo evitar evocaciones de mi propia vida en las que yo también fui presa de ese mismo temor, de esa misma congoja, de ese sentir los brazos caídos y no tener siquiera la fuerza de levantarlos para decir aquí estoy y quiero decir algo. ¿Quién acaso puede decir que, teniendo las ganas de actuar, no ha perdido el ímpetu para hacerlo?


No se trata de abrazarnos y llorar juntos por la encrucijada en la que está. Todo lo contrario, si algo puedo hacer y está a mi alcance es pararme a su lado y acompañarlo a dar el primer paso cuando usted esté listo. No se trata de empujarlo, ni de jalarlo para que salga de esa especie de somnolencia en la que ha caído. Tampoco de hacerlo escuchar discursos estentóreos sobre la función el intelectual, y recitarla parrafadas completas de Gramsci o de Fidel o de otros pensadores que se han dirigido específicamente a los intelectuales de la sociedad. Cada cual es dueño de sus propios miedos, de sus propios fantasmas, de los esqueletos que guarda en su armario.


Sabrá usted, en su sabiduría interior, el camino para superar todo lo que lo inmoviliza en este momento. Sabrá el momento apropiado, el discurso correcto; el cómo salir airoso de tan difícil trance sin quedar chamuscado en el proceso. Reconozco que no es poco el tiempo que ha tenido las barbas en remojo. Dice:


Desde que ingresé [aquí], hace diez años, y en la medida en que me fui haciendo consciente de la situación en la que me encontraba, empecé a sentir la responsabilidad de promover algún cambio, expresando mis opiniones ante las directivas siempre que tenía la oportunidad e introduciendo, en las actividades que han estado a mi cargo, una perspectiva crítica.


¿Dónde ha quedado ese ímpetu, usted, que apenas debe rozar, si mucho, los treinta años (pero no muchos más) que lo iluminó durante esa primera parte de su jornada? ¿Dónde ese espíritu travieso, dónde ese aliento rebelde, dónde ese ideario anárquico? No soy quien tenga que recordar que el intelectual es aquel portador de un pensamiento indócil, “más bien a menudo subversivo, que contribuye a poner en crisis los valores fundamentales de los dogmas, creencias y culturas de pertenencia” (3). Es la heterodoxia, al decir de Maldonado, lo que caracteriza, entre otros aspectos, al intelectual: aquella capacidad o voluntad de actuar “en contraposición a los dogmas, a los cuerpos doctrinales, a los modelos de comportamientos, a los ordenamientos simbólicos, y también a los asertos de poder existentes” (4). Sin embargo, a mi inquietud, usted aclara:


Con el tiempo, y debido a los choques y fracasos que llegué a experimentar en ese proceso, aquel sentimiento de responsabilidad por promover algún cambio terminó convirtiéndose en un sentimiento de vergüenza y de culpa por no ser capaz de hacer nada realmente eficaz, ni siquiera lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. ¿Me equivoco si aventuro que usted tocó fondo y es imposible seguirse hundiendo en su inacción? ¿Qué tiene que suceder en su vida para que llegue un sacudón mayor y lo arroje de manera brutal contra el pavimento de la existencia? ¿Qué más debe presenciar que sucede a su alrededor, en su ciudad, tan hermosa, tan ejemplar, tan pujante, y a la vez tan llena de desigualdades e injusticias, para que usted encuentre mil y una formas de expresar todo lo que bulle en usted y necesita hacer para generar ese cambio que reconoce tan necesario?


No se trata de actos heroicos; de poner el pecho a los fusiles que silencian todos los días, y cada vez más, a tantos y tantos colombianos ante la imperturbabilidad de las autoridades, de los gobernantes, de las fuerzas del orden. No. Se trata de preguntarse ¿qué está en mis manos hacer para poner en acción el pensamiento crítico que bulle en mí?


Cada cual hace lo que está a su alcance, y así lo reconoce: Espero, pues, que entienda lo importante y admirable que es para mí su denuncia: tanto más en cuanto que yo no soy capaz de hacer algo semejante. La sociedad necesita, como dice Said, de “un ser aparte, alguien capaz de decirle la verdad al poder, un individuo duro, elocuente, inmensamente valiente y aguerrido para quien ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención” (5). Entonces, ¿cuál es el ejemplo que quiere dar a ese círculo de jóvenes que lo siguen semana a semana, con una fidelidad asombrosa, que viajan kilómetros y kilómetros para escucharlo y dejarse guiar en sus lecturas, pensamientos, y actividades por su voz de orientador, de acompañante de caminos?


No es necesario que se siga envileciendo con el autocastigo: Soy un muy buen ejemplo del modo como el sistema-mundo capitalista envilece a las personas, y no lo digo con ironía ni cinismo, lo digo, repito, con vergüenza y con culpa. Basta ya de tanto autoflagelo; tome las decisiones que tiene que tomar y pase de la reflexión a la acción; de la autoconmiseración, de jugar al rol de víctima a asumir la potestad por su vida.


Por supuesto, hay riesgos, algunos extremos, especialmente en este país, en esta época. El pensador crítico puede morir en la hoguera, verse obligado al exilio, al ostracismo, a ser más que silenciado, ignorado, separado del mainstream, como se dice hoy. Foucault acuñó el concepto de “microfísica del poder” para aludir a una nueva forma de doblegamiento, más refinada que la antigua que tenía el soberano del privilegio de apoderarse de la vida de los súbditos para suprimirla. La microfísica del poder es aquella, sofisticada y moderna, del poder disciplinario mediante “funciones de incitación, de reforzamiento, de control, de vigilancia, de aumento y organización de las fuerzas que somete” (6). El objetivo es “producir fuerzas, a hacerlas crecer y ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o destruirlas” (7) . Es evidente que en la Colombia del siglo veintiuno nos hemos quedado con lo peor de lo peor, es decir, con ambas formas de poder: la microfísica del poder no ha reemplazado el poder original del soberano –léase aquí las fuerzas oscuras detrás del poder que eliminan cada día, uno a uno, a los líderes sociales de tantas regiones en el país– de suprimir la vida y se reserva la otra, la sutil forma de alienar a sus ciudadanos con los dispositivos disciplinarios mencionados.


Cabe a cada cual tomar decisiones. Usted cierra su nota con un esperanzador: Espero, también, poder contarle algún día que finalmente sí fui capaz de hacer algo, aunque sólo sea lo más elemental: renunciar y buscar otro trabajo. Creo, con todo respeto, que su aspiración se queda corta, y no lo culpo, atrapado en esa maraña en la que se encuentra. Quizá el horizonte es otro. Quizá a dónde apuntar el foco es más alto. En lo profundo de su conciencia reposa exactamente lo que debe hacer, el viaje que debe emprender. Buen viento y mares intranquilos, colega.

 

1. Said, Edward W., Representaciones del intelectual, Paidós Studio, Barcelona, 1996, p. 12
2. Ibíd., p. 14.
3. Maldonado, Tomas, ¿Qué es un intelectual? Aventuras y desventuras de un rol, Paidós Studio, Barcelona, 1998, p.27
4. Ibid., p. 28
5. Said, p. 27
6. Foucault, M., Historia de la sexualidad. 1 La voluntad de poder. Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 165
7. Ibíd., p. 169.
* Escritor. Su más reciente novela Y adentro, la caldera, Ediciones Desde Abajo, junio 2018. Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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Cuba: ¿Iguales de qué? La carta magna, el racismo y la no discriminación

El Anteproyecto de nueva Constitución que hoy se debate en Cuba a nivel popular, amplía la formulación legal del principio de igualdad. Este es un hecho de gran importancia.

El texto de 1976 proscribió la discriminación por motivo de raza, color, sexo u origen nacional. La reforma de 1992 prohibió además discriminar por creencias religiosas o “por cualquier otra razón lesiva a la dignidad humana”.


El nuevo proyecto recoge las anteriores y agrega “la no discriminación por género, identidad de género, orientación sexual, origen étnico y discapacidad.”


En este artículo comentaré solo un tema relacionado con la igualdad: discriminación racial. La razón es la siguiente: la forma de interpretar una discriminación, y de imaginar sus soluciones, ofrece luz sobre las causas y remedios de otras discriminaciones.


Existen varias estrategias para oponerse al racismo, pero quizás la primera de ellas sea reconocer su existencia e identificar sus mecanismos de reproducción.


En Cuba existen señales contradictorias sobre el tema.


La Revolución de 1959 combatió a fondo el racismo estructural e institucional. Sus principales líderes han tenido el antirracismo como tema recurrente. En su proceso proscribió la segregación, la discriminación y logró movilidad social, aumento de estándares de vida y acceso universal a bienes y servicios. Sin distinciones, los no blancos fueron beneficiados. Un activista negro lo ha dicho de este modo: “Fue entonces que para mí la Revolución cobró un sentido”.


No obstante, dos enfoques conflictivos han estado presentes en el discurso oficial.


Primero, la presentación del racismo como “vestigio”, que el presente contribuye a erradicar y que no reproduce.


Esa postura no comprende la base material de la reproducción del racismo, ni deja ver sus usos diferenciadores en la Cuba de hoy en el acceso a la propiedad, el recibo de remesas, o la preferencia en zonas pujantes de la economía, o cómo predisponen las tasas de deserción escolar y población carcelaria.


Segundo, el mestizaje es presentado como la negación de toda desigualdad con origen en la “raza”.


Según esa idea, somos mestizos: ni blancos ni negros. Cuba es un país donde “todo está mezclado”, en el que quien no tiene de congo tiene de carabalí; pero que también experimenta las diferencias entre blancos, mestizos y negros presentes en países con formación histórica similar, como Brasil o Colombia.


En Cuba existe mezcla, y “cubano” es una palabra comprehensiva de lo que somos, pero el mestizaje no es salvoconducto para negar diferencias y desigualdades racializadas. Incluso porque ellas son, también, resultado del propio racismo. En su proceso, este siempre acumula diferencias: establece fronteras de exclusión entre blancos y negros y fomenta divisiones entre la misma “raza”, que han demostrado tener gran persistencia.


El más reciente informe cubano al comité de la ONU para la eliminación de la discriminación racial reprodujo ambos lugares comunes. El texto asegura que el término “afrodescendiente” –con consenso en el movimiento global antirracista, más aún después de Durban– “es ajeno a nuestra realidad”.


El criterio aparece también en los servicios de estadísticas nacionales. Tal actitud ignora la producción intelectual cubana sobre el tema, y no apoya la causa antirracista, en lo que supone reconocer legitimidad al autorreconocimiento.


La posibilidad que la libertad ofrece de crear el carácter y la identidad propia de los sujetos ha sido siempre uno de sus contenidos más deseables. La identidad solo puede crearse a través de la participación. El autorreconocimiento supone participar políticamente, asumir identidades y expresar opiniones políticas en consecuencia.


La opinión política es protegida frente a la discriminación por el artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, firmada –aunque aún no ratificada– por Cuba. Lamentablemente, el artículo 40 del Anteproyecto no incluye a la opinión política entre las materias que prohíbe discriminar. Tampoco pone en plural el concepto “identidad”, que limita las identidades a la nacional y a la de género. Esas ausencias no facilitan participar con demandas legítimas de identidad en el espacio público cubano.


En Cuba está prohibida la discriminación, pero sus canales procesales no han sido muy efectivos. El informe citado reconoció, junto a estadísticas de avance igualitario y casos “aislados” de discriminación en empleos y programas de televisión, un solo caso en 2017 de acto tipificable como Delito contra el Derecho de Igualdad.


En consecuencia, es útil sugerir la incorporación de acciones de protección, tutela o amparo constitucional frente a la violación de derechos, cuya forma y alcances no aparecen especificados en el Anteproyecto.


El instrumento de protección permite reclamar derechos con procedimientos sencillos, que propicien inmediatez en el resultado, pero también tutelar resultados jurídicos que abarcan al grupo de personas amparadas por el mismo derecho.


Otra cuestión útil es potenciar el uso directo de la Constitución en tribunales, en reclamo del principio constitucional de igualdad, ante la ausencia de una ley específica contra las discriminaciones.


En la misma dirección, sería conveniente habilitar al Estado, desde el texto constitucional, para desplegar una institucionalidad especializada en el tema.


Podría tratarse de un órgano para la Promoción de la Igualdad, con obligación de rendir informes públicos, alertar sobre comportamientos estatales y privados sospechosos de discriminación, contribuir a perfilar la variable racial en los métodos de recolección de datos en censos y encuestas de hogar, y elaborar políticas públicas en conjunto con las instancias estatales encargadas y el movimiento antirracista desde la sociedad civil.


En Cuba no parece existir consenso en torno a la acción afirmativa, otra de las maneras de combatir la discriminación. Desde el Estado, el propio Raúl Castro ha defendido la promoción de personas negras y mestizas a cargos decisorios, pero sin asignar cuotas ni inscribir tal intención en normas. El Anteproyecto no menciona dicha posibilidad.


Popularmente se dice “que me lo den por mis méritos, no por ser negro” como si la frase solo pudiese ser virtuosa. Sin embargo, es parte de un sentido común que confía a la meritocracia la clave del ascenso social. Considerar el mérito personal como único requisito de entrada, por ejemplo, a puestos de trabajo, es una virtud cuando se exige dentro de una cultura igualitaria muy potente, con muchas garantías sociales e institucionales, y con muy altos niveles de igualdad social y cultural. En otros casos, la meritocracia es la justificación razonada de la exclusión, un pretexto para legar desigualdades entre generaciones.


Según Naciones Unidas, la acción afirmativa “es un conjunto coherente de medidas de carácter temporal dirigidas a corregir la situación del grupo al que están destinadas en un aspecto o varios de su vida social para alcanzar la igualdad”.


No se concede tal política por ser “negro”, sino por pertenecer a un grupo social que ha sido históricamente discriminado, y porque tal hecho ha arrojado consecuencias no elegidas por sus miembros sobre su presente.


En el mundo actual, informes internacionales registran acciones afirmativas con resultados positivos en salud, educación, trabajo y cultura.


En Brasil un número importante de universidades públicas prevén reserva de plazas para afrodescendientes, e instituciones privadas de educación superior conceden becas totales y parciales. Asimismo, se ha legislado activamente el tema en empleo, servicio público, cultura y acceso a la justicia.


En Colombia, el asesinato selectivo de líderes sociales afrodescendientes pretende destruir la histórica movilización política en el Pacífico colombiano, y violar sus derechos de tierra, territorio, identidad y propiedad colectiva, que habían conseguido inscribir como políticas de acción afirmativa en leyes como la 70 de 1993, llamada “de negritudes”.


Cuba cuenta con historial de acciones afirmativas: las leyes de nacionalización del trabajo que garantizaron a partir de los años 30 el 50 por ciento del empleo para cubanos, o el artículo 74 de la Constitución de 1940, para el acceso al trabajo de negros y mestizos. La primera tuvo un éxito incomparable respecto a la segunda.


Pero si la ley no es suficiente para combatir la discriminación, tampoco lo es la acción afirmativa por sí sola. Otro recurso puede contribuir: la educación. La ley inhibe y reprime, la acción afirmativa redistribuye oportunidades y recursos, y la educación puede prevenir conductas discriminatorias y promover saberes que razonen la tolerancia.


La escuela, si se enfoca en ello, puede contribuir a revalorizar identidades discriminadas, promover el cambio cultural, socavar estereotipos raciales y sexuales, e impulsar la aceptación de las diferencias.


Un mandato a la política educacional, con enfoque étnico-racial, plasmado en la Constitución, sería una ganancia. Por ejemplo, señalando la necesidad de incluir en los currículos materias de Historia General de África y de sus procesos actuales, y la historia del negro cubano, cuya enseñanza actual es muy deficitaria.


Existen otras estrategias para combatir la discriminación, pero estas son útiles. Por supuesto, no carecen de problemas. El principio a seguir puede ser este: mientras más recursos estén disponibles contra la discriminación, mejor. Se trata de conseguir igualdad no solo ante la ley ni solo de oportunidades, sino también igualdad en los resultados que podamos alcanzar con esfuerzo y con libertad. Nada que ver con imponer ser “idénticos”.


La defensa de la igualdad es la verdadera celebración de la diversidad. La Constitución puede contribuir mucho a ese empeño.
Julio César Guanche


es un jurista y filósofo político cubano, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, muy representativo de una nueva y brillante generación de intelectuales cubanos partidarios de una visión republicano-democrática del socialismo.

Por Julio César Guanche
26/08/2018

 

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Martes, 28 Agosto 2018 06:49

Con un psicólogo alcanza

Con un psicólogo alcanza

Luego de que Francisco dijera que los padres deberían recurrir a psiquiatras cuando constataran tendencias homosexuales en sus hijos y que, en caso contrario, caerían en “un defecto de paternidad o maternidad”, el Vaticano borró del registro oficial la polémica frase que pronunció el jefe de Estado durante el vuelo de regreso de Irlanda a Roma, y le ordenó a un portavoz aclarar que aquella desafortunada afirmación no era lo que el Papa había querido decir. 

"Cuando eso se manifiesta desde la infancia, hay muchas cosas por hacer por medio de la psiquiatría, para ver cómo son las cosas. Otra cosa es cuando eso se manifiesta después de los 20 años", señaló Jorge Bergoglio el domingo pasado al ser consultado sobre los consejos que le daría a los padres que detecten orientaciones homosexuales en sus hijos. En la misma ocasión había destacado también que lo primero que debían hacer era recurrir a la fe. "Les diría, en primer lugar, que recen, que no condenen, que dialoguen, entiendan, que den espacio al hijo o a la hija", agregó.


Luego fue más allá y afirmó que quienes no actúen a tiempo serían malos padres. "Nunca diré que el silencio es un remedio. Ignorar a su hijo o hija con tendencias homosexuales es un defecto de paternidad o de maternidad", insistió.


Un día después, mientras se multiplicaban las críticas, el Vaticano retiró de la versión oficial de la conferencia de prensa la palabra “psiquiatría”, "para no alterar el pensamiento del Papa", según aclaró su portavoz. "Cuando el Papa se refiere a 'psiquiatría' está claro que quería dar un ejemplo sobre las diferentes opciones de lo que hay que hacer", explicó la española Paloma García Ovejero, quien precisó que Francisco “no quería decir que se tratara de una enfermedad psiquiátrica”.


Según la oficina de prensa del Vaticano, "con esa palabra no quiso decir que fuera una enfermedad psiquiátrica, sino algo psicológico". Esta no es la primera vez que el Vaticano modifica sus propias declaraciones a pedido del mismo Bergoglio. Según la agencia I.Media, el servicio de prensa de la Santa Sede retiró en 2013 una frase completa pronunciada por el Papa argentino, quien había declarado que el arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 mientras oficiaba una misa, merecía "ser beatificado", aunque se debía "considerar el contexto" en el que se había producido su asesinato.

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EL Mundial Rusia 2018: Y el balón rodando

El Mundial de Fútbol avanza, de acuerdo a lo progamado. El primer pitazó sonó el 14 de junio y el último dejará escuchar su silbido el 15 de julio. Es un ambiente que lo cubre todo: las pasiones, euforias, cávalas, pollas, debates sobre los favoritos a coronarse campeón están presentes en todas partes, el mundo futbolero está expectante, los colombianos ilusionados una vez más con su selección, euforia mundialista como la que se vive llenando el álbum del Mundial pero, ¿cómo se llegó a este momento estelar? Aquí se lo contamos.

Después de jugar 871 partidos clasificatorios durante dos largos años, donde se enfrentaron 210 seleccionados de igual número de naciones, marcando un total de 2.469 goles quedaron clasificadas 32 selecciones, y en Rusia después de jugar 64 partidos protagonizados por 736 jugadores durante 31 días, en doce estadios, se sabrá quién será el nuevo dueño de la soñada Copa y sus réditos económicos que no serán pocos. Se jugará en ocho grupos, con un equipo cabeza de serie, en donde no podrán repetirse selecciones de ninguna Confederación salvo los de Uefa.

 

Este Mundial se está disputando en el formato de todos contra todos, en grupos de cuatro equipos, pasan a segunda ronda los dos primeros de cada grupo. Luego de esto, equipo que gana sigue y el perdedor queda eliminado.

 

Se jugará en once sedes o ciudades y en doce estadios. Como Rusia es el anfitrión va por derecho. El Mundial costará 678.000 millones de rublos, más de 15.800 millones de dólares (o su equivalente en pesos colombianos: 213.000 millones).

 

Las ciudades sede son: Moscú, San Petersburgo, Kazán, Samara, Sochi, Nizhny-Novgorod, Rostov del Don, Volgogrado, Ekaterimburgo, Kaliningrado y Saransk.

 

En el siguiente cuadro se muestra el proceso eliminatorio:

 

AFC-Asociación de Fútbol de Asia, CAF-Confederacion Africana de fútbol, Concacaf-Confederación de fútbol de América del Norte, Centro-América y el Caribe, Conmebol-Confederacion Suramericana de fútbol, OFC-Confederación de fútbol de Oceanía y Uefa-Unión de federaciones de fútbol de Europa.

 

ConfederacionesEquipos participantesEquipos
clasificados
EliminadosCupos
AFC465414,5
CAF545495
CONCACAF353323,5
CONMEBOL10554,5
OFC110110,5
UEFA54134113
TOTAL2103117931

 

Según este cuadro, los debates más álgidos se dan en relación a los cupos correspondientes a las confederaciones continentales, pues no son muy equitativos. Desde el punto de vista cuantitativo se favorece al fútbol europeo que se supone es el mejor del mundo, pero la eliminatoria más complicada, por lo dura y reñida, es la suramericana. Europa tiene 13 cupos + 1 que es Rusia, y Suramérica 4,5 cupos, o sea, cuatro más uno por repechaje, cuando tenía 5+1.

 

La Fifa aprobó que a partir del Mundial de Qatar en 2022, o desde 2026, serán 48 las selecciones participantes, reunidas en 16 grupos de a tres y con 80 partidos, o sea un Mundial de dos meses, algo muy rentable para la Fifa y sus sponsor, y los cupos se repartirían de la siguiente manera:

 

AFC, 8, CAF, 9, Concacaf, 6,5, Conmebol, 6,5, OFC, 1 y Uefa, 16 cupos además seis cupos por repechaje o repesca.

 

Pero también es mucha plata…

 

El Mundial de Fútbol no es solo arte, belleza y deporte, también es mucha pero mucha plata. Puede decir, en parte, que las selecciones se pelean las clasificaciones teniendo en mente lo que ganarán.


Esto quiere decir que los equipos que iniciaron el Mundial ya se ganaron 8 millones de dólares, como la selección Colombia, así que la pelea por esa “platica” también estará presente en las patadas a la redonda. A las “patadas” se ganarán un montón de plata.

 

Y los árbitros y jueces también harán su “platica” al final del certámen mundialista. Cada arbitro central recibirá por su trabajo 70.000 dólares y los jueces de línea 25.000 dólares, más premios adicionales.

 

 

Primer puesto,
campeón 
38
millones de dólares 
109 mil millones
de pesos 
Segundo puesto 28 80
Tercer puesto 24 66
Cuarto puesto 22 63
Cuartos 16 46
Octavos 12 34
Fase
de grupos
 8 23 mil millones
de pesos


 El país anfritrión

 

Rusia, o mejor dicho la Federación de Rusia, con 17.098.242 km2, es el país más extenso de la tierra; el 40 por ciento de ese territorio se ubica en Europa Oriental, y el restante 60 en Asia del norte donde está Siberia, por eso es clasificado como país euroasiático, con una diversidad étnica muy amplia pues abarca 160 grupos étnicos que hablan más o menos 100 idiomas, el ruso mayoritario y el tártaro, alemán, ucraniano, checheno, azerbaiyano, fines, entre algunos de los que se hablan a lo largo de su territorio. La Federación Rusa tiene una población de 142.258 millones de habitantes. Su moneda el rublo (un euro por 72 rublos). Idiomas: ruso oficial, además del alemán, checheno y ucraniano. Rusia no hace parte de la Unión Europea ni de la Zona Euro.

 

Moscú, la capital, tiene 12 millones de habitantes; San Petersburgo tiene cinco millones y las otras ciudades son más pequeñas.

 

La actual Federación Rusa, políticamente está compuesta por 21 repúblicas, 46 provincias u Oblast, 9 regiones o Krays, 4 distritos autónomos, dos ciudades federales, y una entidad autónoma. Su jefe de Estado es Vladimir Putin desde el 2012 y hasta el 2024. Tiene Rusia uno de los ejércitos más grandes y poderosos del mundo, con 2.500.000 integrantes activos y reservas, hombres y mujeres. Hace parte del acuerdo del Grupo de Shanghái, una contraparte a la Otan, y es integrante del Bric. El PIB de Rusia es de 3.751 billones de dólares y el per-cápita de 25.500 dólares (datos a 2017), con inmensos recursos naturales en petróleo, gas, carbón, minerales raros y maderables.

 

El fútbol de Rusia puede catalogarse de buena calidad, sin que su su liga sea de las mejores del mundo. Se juega en unas condiciones climáticas tremendas, como en invierno que impide jugarlo en enero y febrero. Este Mundial se realizará en el mes de junio, o sea en verano tipo ruso: tiempo cálido y mucho frio.

 

La liga está compuesta por 16 equipos que juegan 30 partidos de ida y vuelta. El campeón se gana el cupo a participar en la Uefa Chanpions Ligue, mientras que el subcampeón pasa a los play-off de la misma competencia, y los puestos 3, 4 y 5 se ganan cupos para la Uefa Europa Ligue. Los dos últimos en la liga descienden a la B, pero los que quedan en los puestos decimotercero y decimocuarto juegan la promoción con el tercero y cuarto del ascenso.

 

¿Enredado? Noo, lo que pasa es que en Rusia hay cuatro divisiones de fútbol, primera división de 16 equipos, segunda división de 19 equipos, tercera división de 72 equipos en 5 zonas, y cuarta división 10 ligas regionales. A esto se refiere los ascensos, descensos y promociones.

 

Según se dice, los estadios dejaron de llenarse después de la desaparición de la Unión Soviética en 1990, pues se consideraba a los estadios como el único sitio para expresar libertad y rebeldía; sin embargo a partir del año 2000 comienza a presenciarse un lento regreso de la gente a los estadios, así que será un reto para el gobierno llenarlos con rusos en el mundial.

 

El grupo de Colombia

 

La selección colombiana jugará en el grupo H junto a Japón, Polonia y Senegal. Colombia es favorita para ganar su grupo, seguida de Polonia, que cuenta con un goleador de la talla de Robert Lewandowky. Polonia tiene 38.476.269 millones de habitantes, distribuidos a lo largo de 312.685 km2 de extensión; su capital es Varsovia en Europa Oriental, su moneda el zloty.

 

El fútbol de Senegal es físico y rápido y hoy cuenta con su figura Sadio Mane, son peligrosos. Este país africano tiene una población de 14.668.522 habitantes y un territorio de 196.722 km2 de extensión; su capital es Dakar, su idioma francés y la moneda el franco de la CFA (Comunidad Financiera de África).

 

Japón tiene un juego rápido, táctico y enredador, está enproblemado pues llegará con técnico nuevo. Este país de Asia Insular cuenta con 126.451.398 millones de habitantes, y con una extensión de 377.915 km2, de los cuales más de 3.000 son islas; sus ciudades más importantes, además de Tokio –ubicada en la isla de Honshu–, la capital, son: Hokkaido, Honshu, Kyushu, y Shikoku; el yen es la moneda.

 

Y nosotros, con 49.8 millones de habitantes, y con una extensión de 1.141.748 km2, Bogotá como capital, y la moneda el peso colombiano, con una selección de fútbol de buen juego, fuerte, con jugadores de talla mundial como James, Falcao, Cuadrado, Ospina y demás.

 

Como quien dice, por población somos los segundos y nos ganan los japoneses; por extensión quedamos de primeras, por fútbol ganamos el grupo H.

 

Edad promedio de los futbolistas del mundial

 

La edad promedio de los futbolistas de las selecciones es de 24 años, los panameños de 29,4 años, los de Colombia de 27,3 años, Alemania de 25,7 años, Nigeria, 24,3 años.

 

Y la estatura…

 

Los de Serbia son 1,8 metros, los suecos 1,8, colombianos 1,8 los sauditas 1,76.


Selecciones que repiten mundial: de las 32 selecciones que llegron a Rusia, 20 ya estuvieron en Brasil 2014.

 

De Uefa, Alemania, Bélgica, Croacia, España, Francia, Inglaterra, Portugal, Rusia y Suiza, de la Conmebol, Argentina, Uruguay, Colombia, y Brasil.

 

De la Concacaf, México y Costa Rica. De la AFC, Australia, Corea del Sur, Irán y Japón, de la CAF, Nigeria.

 

Selecciones con más presencia en los mundiales

 

Desde 1934 se han jugado 21 mundiales y las selecciones que más han participado son Brasil 21 veces, Alemania 19 y Argentina 17.

 

Los recien llegados: Islandia y Panamá.

 

Los que regresan: Perú, que no participaba desde hace 36 años, Egipto después de 27 años, Polonia después de 12 años, Serbia después de ocho años, Senegal después de 16 años, Tunes desde hace 12 años, Marruecos desde hace 19 años y Suecia desde hace ocho años

 

Los ausentes: Italia, Holanda y los EE.UU.

 

Jugadores de selección y su país: El 65,5 por ciento de los jugadores de la selección de Marruecos no nacieron en el país, mientras que los jugadores de Colombia, Brasil, Irán, Arabia Saudita, Alemania, México y Corea del Sur, todos nacieron en sus países.

 

Los jugadores y las ligas de su país: Los jugadores de la selecciones de Croacia, Islandia y Suecia no juegan en las ligas de sus países sino en el extranjero, mientras que Colombia usa el 88,9 por ciento de sus jugadores de afuera y solo el 11,1 por ciento juegan en el país. Rusia, solo el 5,6 por ciento están afuera, y las selecciones de Inglaterra y Arabia Saudita no usan jugadores que estén afuera.

 

Como se está diciendo ahora, estamos en “modo mundial”. No hay alternativa posible: paciencia, ver partidos y gozar los goles.

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