Lunes, 25 Junio 2018 17:10

El alma nacional al desnudo

El alma nacional al desnudo

El presente artículo examina el comportamiento del voto en la segunda y última vuelta para elegir presidente en Colombia, y los factores que determinan los resultados agregados. Intenta explicar la profunda fractura y antagonismo intergeneracional, clasista, ideológico, axiológico, étnico y territorial que se manifestó en estos comicios. Con base en el análisis de las relaciones entre los datos sobre la composición social y los conjuntos de abstención y votos válidos, se busca establecer la relación entre características sociales y comportamiento electoral individual.

 

Como una prolongación de una constante histórica, el proclamado derecho de la soberanía popular dio la victoria, una vez más, a las nefandas coaliciones políticas de derecha y extrema derecha, representantes del “establishment” (élite dueña del poder o clase dominante). El total del potencial electoral sumó 36,8 millones: 19 millones mujeres y 17,8 millones hombres. Iván Duque y Martha Lucía Ramírez obtuvieron 10,3 millones de votos, esto es, el 53,98 por ciento de los sufragios válidos. La alianza entre el centro y la izquierda, representados por Gustavo Petro y Ángela María Robledo, obtuvieron 8 millones de votos, 41,81 por ciento de las decisiones de los electores por candidatos. La mitad del potencial electoral no se comprometió con ninguna de las opciones políticas: abstención 47 por ciento, voto en blanco 2,2 por ciento y votos nulos o no marcados 0,8 por ciento.
Los resultados se muestran en el gráfico 1.

 

 

Marco del análisis

 

Los estudios del comportamiento electoral se fundamentan en dos métodos y dos enfoques. Los métodos son el ecológico (correlaciones entre la fuerza de los partidos en zonas geográficas limitadas y las características demográficas, culturales, ambientales y económicas de las mismas zonas), y el de encuestas o muestras representativas de individuos particulares con un amplio número de atributos sociales, ideológicos, laborales y cosmovisiones de los mismos sujetos.

Al considerar la orientación y el énfasis puesto en el estudio del comportamiento electoral se cuenta con dos enfoques: sociológico (causas de la opción de voto en la condición existencial de la persona: grupos, estratos, clases, raza, etnias, entorno geopolítico, cultura y religión) e individuales o de características personales (genéticas, psicológico-cognitivas y carácter, etaria, familia, sexo, educación y profesión).

Modelo analítico. Elinor Ostrom (1933-2012), primera mujer en recibir el Premio Nobel de Economía 2009, estudió la complejidad e incertidumbre de la realidad social a partir de la comprensión de la naturaleza y evolución de las instituciones. Con este fin, construyó el programa de Análisis y desarrollo institucional (ADI).

Las instituciones son prescripciones que los seres humanos usamos para organizar todas las formas de interacciones repetidas y estructuradas. Ostrom construyó el concepto de “situación de acción”, integrado por las siguientes variables: el grupo de participantes; las posiciones que ocupan los participantes; los resultados potenciales; el conjunto de acciones posibles; el grado de control; la información de que disponen, y los costos y beneficios que se asignan a acciones y resultados. Las normas de comportamiento reflejan las valoraciones que los individuos otorgan a acciones o estrategias. Entre los rasgos de una comunidad que influyen en los campos de acción, Ostrom resalta los valores de comportamiento aceptados en la comunidad, el nivel de entendimiento común que los participantes potenciales comparten (o no comparten y los conduce a la unidad de lo antagónico) sobre la estructura de un campo de acción particular, en qué medida existe la homogeneidad en las preferencias de quienes viven en una comunidad, el tamaño y estratificación socio-económica de la comunidad en cuestión y la profundidad de las desigualdades respecto a activos, bienes y servicios básicos entre las personas afectadas. El marco ADI ayuda a organizar las capacidades de diagnóstico, análisis y prescripción (Figura 1).

 

Análisis del voto

 

Historia. La sociedad colombiana es jerárquica, autoritaria, excluyente y tradicional. Una clase y minoría étnica sustenta y legitima su supremacía económica, política e ideológica por descender de los invasores europeos. Esta forma de violencia institucionalizada no fue quebrada con la proclamación de la independencia de Colombia del Imperio Español en 1810. Por el contrario, durante los siglos XIX y XX, llegando hasta nuestros días, la marginación racista o étnica, la opresión y explotación clasista y la criminalidad del Estado contra la población registran una presencia central como criterio de dominación económica, política, jurídica, cultural y territorial. El modelo económico se caracteriza por la expoliación de los recursos naturales, la abusiva concentración del ingreso y la riqueza, la reproducción intergeneracional de las condiciones de pobreza extrema en amplios sectores populares (mediante el control político disfrazado de subsidios al consumo) y por una situación laboral indigna e inestable y de abyecta explotación de la fuerza de trabajo (Gráficos 2 y 3).

 

       

 

Durante la Colonia y el período Republicano el poder del clero y del ejército se mantiene intacto. Las fuerzas armadas operan como “guardia pretoriana” de la clase dominante y del gran capital criollo y transnacional, fungen, en complemento, como un ejército de ocupación interna y de control del territorio nacional; constituyen, además, un poder político de facto. La iglesia católica y las sectas cristianas y evangélicas han estimulado la sumisión de la población colombiana, profundizando ésta mediante el mandamiento de la obediencia, una actitud de sacrificio, tendencias a la resignación y promoviendo personalidades sectarias, dogmáticas, reaccionarias y llenas de odio hacia el diferente o quienes cuestionen la tradición. En 2018, como prolongación de un periodo que se suponía ya superado, las variopintas ideologías religiosas se aliaron con la caterva de partidos políticos de la extrema derecha, expresión de la oligarquía lumpen, corrupta y clientelista, y les aportaron 2,5 millones de votos canalizados a través de sus propias organizaciones políticas y bases electorales.

Es una historia de rígidos controles sociales y manipulación clientelista, con el uso de la violencia más extrema, de ser necesario. “Matar comunistas no es pecado; matar comunistas es legal”, consigna oficializada por el establishment y las jerarquías de la iglesia. En ello, el principio: un ciudadano o ciudadana un voto es de reciente conquista en Colombia, consecuencia de una larga lucha social y política. En aplicación de la reforma de 1910, en 1914 fue la primera vez, desde 1860 cuando se crearon formalmente los partidos políticos, que se eligió al Presidente de la República (1914-1918) mediante sufragio directo. Sólo podían ejercer el sufragio los varones mayores de 21 años, letrados y adinerados de los grupos de poder. Ganó en aquella elección el candidato conservador José Vicente Concha; el número de votantes sumó 337.469. En 1938 fue la primera elección presidencial en la que los votantes varones no requirieron de condiciones de renta o ilustración para ejercer el sufragio, en cumplimiento de la reforma constitucional impulsada en 1936. En 1958, después de nueve años de no efectuarse comicios presidenciales en Colombia, por primera vez las mujeres participaron en la elección de Presidente de la República, gracias al derecho a sufragar mediante el Acto Legislativo Nº 3 de 1954.

En esta misma historia institucional de la política colombiana, durante el último siglo, el promedio de la abstención ha sido de 52 por ciento respecto al potencial electoral, y el voto por los candidatos de izquierda de 13 por ciento. En 2018, la cantidad de colombianos que se manifestaron en las urnas superó por vez primera al abstencionismo. El espíritu democrático y la responsabilidad cívica se fortalecieron; la participación política alcanzó 53 por ciento del potencial electoral. El fin parcial del conflicto armado contribuyó a esta evolución ciudadana. El abstencionismo cayó 12,3 puntos porcentuales respecto a las elecciones presidenciales anteriores (2014: 59,3% versus 2018: 47%).

La abstención refleja dos actitudes diferentes de la ciudadanía: una consciente y otra ocasionada por una alienación política difusa. Para la primera, el voto no pasa de ser un instrumento de legitimación del sistema y de enmascaramiento de los antagonismos reales y de los conflictos existentes en la sociedad; de hecho, las instituciones democráticas, que se encuentran en forma embrionaria, han sufrido continuas violaciones por parte de la clase dominante, fraudes y reveses.

La alienación política difusa expresa el desinterés por los problemas políticos y sociales, la gente se considera incompetente y estima inútil intervenir, existe una orientación pasiva frente a la autoridad, la identificación partidista es escasa y el sentido de eficacia política es muy limitado. Esta caracterización puede aplicarse a los grupos sociales más implicados en el abstencionismo: los más jóvenes y los más ancianos, las mujeres dedicadas a los oficios del hogar, los más pobres y los desempleados, los trabajadores informales y del sector terciario, los que viven en zonas rurales, en los cinturones de miseria de las grandes ciudades, en áreas no politizadas y en espacios sometidos a la violencia, al crimen político, al despojo y el desplazamiento forzado, y los que tienen un nivel educativo bajo.

En Colombia, la izquierda ha sido agredida y sometida a la ilegalidad, el ostracismo, el vituperio y a la exclusión de los procesos políticos. En las ocasiones en que la hegemonía dueña del poder le ha permitido participar en elecciones sólo ha obtenido una votación favorable y significativa cuando se presenta en alianza o coaliciones con partidos o movimientos de centro o liberales de izquierda: en 1922 cuando apoyó al general de la Guerra de los Mil Días, Benjamín Herrera (La victoria la obtuvo Pedro Nel Ospina, hijo del expresidente Mariano Ospina Rodríguez); en 1946 con la candidatura de Jorge Eliécer Gaitán, representante de facción socialista del partido liberal (triunfó Mariano Ospina Pérez, sobrino y nieto de expresidentes); en 1962 con el apoyo a la Anapo; en 2006 con el Polo Democrático Alternativo y en 2018 con la alianza entre los movimientos y partidos de centro e izquierda: Colombia Humana, Verde, UP y un sector del Polo. En 2018, por primera vez en la historia política, la izquierda colombiana fue opción de gobierno; por ello todas las fuerzas políticas del establishment, las más corruptas, clientelistas y mafiosas, se unieron para impedirlo.

 

Sujetos de la política

 

Los individuos están insertados en un tejido de fuerzas sociales, histórico y espacial (status racial, económico, educación, religión, familiar, residencia, etc.) y poseen caracteres (sexo y edad) que orientan hacia la participación política o apartan de la misma. El voto expresa orientaciones de valor más que un conocimiento real del proceso político y del modo como éste condiciona o afecta los intereses particulares. El comportamiento electoral refleja preferencias por partidos más que por programas.

Del potencial electoral conformado por 36,8 millones de personas de 18 y más años, el 51,7 por ciento son mujeres y el 48,3 por ciento hombres. La alienación política difusa es más alta en las mujeres que en los hombres, de acuerdo con la encuesta de Cultura Política desarrollada por el Dane en 2017. El 27 por ciento de las mujeres registra un desinterés o ignorancia en temas políticos, en esta condición se encuentra el 22,5 por ciento de los hombres. En promedio y de forma similar, el 42,5 por ciento de hombres y mujeres declaran una preferencia por las opciones políticas de centro; el 11 por ciento por la izquierda y el 20 por ciento se identifican con las opciones ideológicas de derecha. Por la fuerte relación entre sentimiento religioso y opinión política, las mujeres tienden a ser más conservadoras que los hombres. Los hombres votan a partidos de izquierda en mayor proporción que las mujeres, y lo mismo a movimientos alternativos. La diferencia de voto entre hombres y mujeres puede explicarla la diversidad de género (a diferencia del sexo que viene determinado por la naturaleza, el género se aprende, puede ser educado, cambiado y manipulado).

Por grupos etarios, aquellos en edades entre 18 y 40 años se caracterizan por el predominio de un clima de izquierda. Los jóvenes son uno de los grupos que más se abstienen de votar y registran una gran fluidez en el sufragio, esto es, la tendencia a no ligarse demasiado al sistema de partidos y a ser psicológicamente libres de desplazar su voto de un partido a otro. Los mayores de 40 años tienden a registrar una mayor identificación con las ideologías de derecha en la medida en que se hacen más viejos. En las presidenciales de 2018-2022, se manifestó una profunda grieta y conflicto ideológico intergeneracional en Colombia. En el grupo etario de 18 a 25 años se encuentra el 17,4 por ciento del potencial electoral; de 26 a 40 años el 32,6 por ciento; de 41 a 64 años el 38,3 por ciento y de 65 y más años el 11,7 restante.

Existe una relación entre posición de clase y comportamiento del voto. Este concepto clasista del voto se encuentra asociado a la idea de los partidos como expresión de las clases sociales y a la imagen de las elecciones como traducción democrática de la lucha de clases. La fuerza de trabajo en Colombia se caracteriza por la alta informalidad, bajo nivel organizativo y de conciencia de clase, insuficientes ingresos, precariedad e inestabilidad laboral. De acuerdo con el Censo Sindical 2017, realizado por el Ministerio de Trabajo, la clase trabajadora organizada en sindicatos suma 1’424.048 afiliados (55% hombres y 45% mujeres), equivalente al 6,5 por ciento del total de la fuerza de trabajo (la cifra de la población ocupada en el país es de 22,1 millones y 2,3 millones se encuentran desempleados). El 95 de los sindicalistas expresó su compromiso de voto por la alianza de centro e izquierda; en consecuencia, si todos votaron entonces contribuyeron con 1,4 millones de votos a la candidatura Petro-Ángela María Robledo.

Los más pobres de la clase trabajadora conceden sus preferencias políticas a las fuerzas políticas que controlan el poder, el presupuesto público y los programas de subsidios sociales. Esto se explica por la existencia de un subproletariado que no se encuentra todavía en condiciones de madurar una conciencia de clase. La lucha por la supervivencia se reduce en parte a la competencia por las dádivas presidenciales (reales y simbólicas), lo cual guarda un efecto nocivo para la autoestima e identidad de las personas. Resulta poco frecuente que estos sujetos o las comunidades pobres que giran alrededor de la supervivencia logren arribar al ámbito político o desarrollen proyectos emancipadores. En general son susceptibles de vender el voto y de alimentar, de esta manera, el poder de facto clientelista y de cacicazgo local; engranaje de la maquinaria política.

En el lado opuesto, el interés principal de los empresarios es proteger el capital, pagar pocos impuestos, obtener dádivas del Estado, reprimir a los trabajadores y derrotar la resistencia popular, además de poder contar con ventajas comparativas para acrecentar las ganancias. En consecuencia, votan por programas autoritarios, conservadores, represivos y excluyentes: su fidelidad es con los partidos de derecha.

En las presidenciales de 2018, el Consejo Gremial Nacional (compuesto por los diferentes gremios más representativos de los sectores: industrial, servicios, agropecuario, financiero y comercial) garantizó su apoyo político y económico a la candidatura Duque-Ramírez. Además, de forma agresiva e intolerante los medios de comunicación de masas, pertenecientes a los grandes grupos económicos y financieros, dieron el respaldo a la alianza política de extrema derecha y arremetieron en contra de los candidatos de la alianza centro-izquierda. Los grandes empresarios, en alimón con los economistas áulicos del capital y el poder, no ahorraron energías para pintar un futuro apocalíptico y de crisis económica si ganaban los comicios presidenciales las fuerzas de centro e izquierda. Además, en las pequeñas y medianas empresas, en donde el control personal del empresario es más estricto, amenazando con el fantasma del despido, los dueños obligaron a “sus trabajadores” a que votaran por el candidato de la extrema derecha. En consecuencia, las fuerzas y partidos políticos configuran sistemas estructurales que traducen o convierten directamente los intereses sociales y económicos en poder político.

 

Territorios de la política

 

En Colombia, la localización geográfica del voto es factor determinante de las fuerzas de los partidos (Ver mapa). En las presidenciales de 2018-2022, la izquierda ganó en 8 departamentos y la derecha en 24. La izquierda triunfó en las ciudades de la Costa Caribe, el Occidente y el Sur en la frontera con Ecuador, el Valle y en la Capital. Bogotá fue fundamental para el resultado electoral de Petro-Ángela María Robledo, alcanzó casi 1’900.000 (53%). En la Costa Caribe, ganó en Atlántico con el 440.103 (54%) votos, de los cuales 242.473 los consiguió en Barranquilla; también se impuso en Sucre, con 440.103 (54%). Otro de los fortines electorales de la Colombia Humana fue la región Pacífico. En Valle del Cauca, Cauca, Nariño y Putumayo, Petro y Ángela María recibieron el apoyo mayoritario de las comunidades; en el Valle el exalcalde de Bogotá obtuvo 885.289 (51%), de los cuales 446.477 los consiguió en Cali. En Nariño la alianza Centro-Izquierda también logró un apoyo mayoritario: 366.673 (63%); en Pasto el candidato de la Colombia Humana logró 115.459 (68%). El Cauca fue uno de los departamentos donde Petro sacó mayor diferencia de Duque: obtuvo 323.443 votos (65%). En la mayoría de estos territorios existe historia y memoria de luchas sociales por la tierra, por el trabajo digno, la autodeterminación, por servicios públicos y derechos humanos, y por el mismo derecho a la ciudad. En regiones de la llamada Colombia profunda, como Chocó y Vaupés, la izquierda también hizo mayoría.

El territorio colombiano registra las fracturas y antagonismos de clase, etnia y raza. La estructura agraria colombiana está estructurada por cuatro modos de producción y tipos de finca: i) latifundios ganaderos; ii) agro comerciales; iii) cafeteras, iv) minifundio. A esta estructura le corresponden las siguientes clases sociales: i) oligarquía terrateniente; ii) burguesía agro comercial; iii) clase media rural cafetera; iv) campesinado pobre, semiproletariado y pueblos originarios (indígenas y negros). Los últimos ocupan los territorios del andén pacífico, el Sur, la Amazonía y la Orinoquía. La oligarquía terrateniente, la burguesía agrocomercial y la clase media rural cafetera tienen una identidad ideológica, clasista y racial con los partidos de derecha y extrema derecha.


Bajo el principio “Paisa vota paisa”, las regiones de Antioquia y el Eje Cafetero son cuna de la hegemonía de la derecha y la extrema derecha: la influencia de las ideologías religiosas, el racismo, el individualismo capitalista, el culto al dinero y a la acumulación como sentido de vida, unido a la cultura patriarcal, provinciana y tradicional, explican esta identidad y solidaridad crónica. Otras regiones, como la frontera con Venezuela y el centro de Colombia, apoyaron significativamente la candidatura de Duque-Ramírez; en particular la xenofobia promovida por la derecha en contra del pueblo venezolano hizo mella en las zonas de frontera.

En Antioquia, Iván Duque logró 1’844.027 votos, 3,3 veces más que la alianza Centro-Izquierda; escenario similar al de la capital, Medellín, en la que obtuvo el 72,25% de los sufragios. En el Eje Cafetero, región compuesta por los departamentos de Risaralda, Caldas y Quindío, también la derecha arrasó en las urnas: en el primero, Duque obtuvo 257.267 votos, mientras que Petro consiguió 136.646; en Caldas, 283.920 votos, frente a los 121.476 de la Colombia Humana; en Quindío, 156.973, el doble de los 78.071 de Petro. El centro del país también favoreció a Duque-Ramírez: entre Tolima y Cundinamarca, el presidente electo recogió 1’037.978 votos. En Santander, Norte de Santander y Arauca, zonas fronterizas con Venezuela, tuvo a su vez gran acogida el discurso de la extrema derecha, teniendo en cuenta la cruenta presencia de la guerrilla y que durante la campaña la derecha llevó a cuestas una bandera que amenazó con que Colombia “se podía convertir” en la nación que hoy lidera Nicolás Maduro.

El mapa político también expresa el contubernio entre la avanzada de los ejércitos paramilitares, el modelo de gran hacienda, y el control de territorios por parte de los bastiones territoriales de las fuerzas políticas de derecha. En estas regiones confluyen dinámicas económicas, políticas e ideológicas, amalgamadas con el asesinato de líderes sociales y políticos de la oposición, el desplazamiento forzoso y la acumulación de tierras mediante el despojo.

 

 

En los consulados, el candidato de la derecha obtuvo el triunfo en los países norteamericanos. En los del sur (Brasil, Argentina, Cuba y Uruguay) la izquierda. En Europa y Rusia, también ganó la dupla Petro-Ángela María. En general, en el extranjero, la derecha obtuvo el 70 por ciento de los votos emitidos. La abstención de los nacionales que habitan en el extranjero alcanzó el 81 por ciento.

 

Derecha populista

 

El populismo hace parte de las ideologías de Estado en América Latina. Un rasgo esencial del populismo es su retórica dirigida a obtener el apoyo de los sectores desfavorecidos, a la par de su carácter manipulador para controlar a grupos de las clases media y popular. Pone gran énfasis en una sociedad “estado céntrica”. Sin embargo, gira esencialmente en torno a un estilo de política basado en el atractivo de personal de un líder y en la lealtad personal hacia éste, apuntalado en un elaborado sistema corporativista, clientelista y corrupto. La ideología populista es moralista, reaccionaria, conservadora y tradicional. La noción de conflicto de clases no forma parte del discurso populista. Glorifica más bien el papel del líder como protector de las masas. Tal estrategia política es mejor descrita como personalismo que como populismo. Bajo esta forma, tiene afinidades y conexiones con el fascismo. Esta es la caracterización del sistema político colombiano durante los últimos cinco períodos presidenciales; candidatos victoriosos, seleccionados, animados y controladas por el Centro Democrático bajo el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez.

Los resultados de las elecciones presidenciales registra esta confrontación entre el ahondamiento del status quo y las nuevas fuerzas libres que se manifestaron en el campo de batalla político. El resultado de la elección del presidente de la República de Colombia (2018-2022) expresó el antagonismo entre dos cosmovisiones y proyectos de país: de una parte, la defensa del status quo, esto es, la sociedad tradicional, herencia de la conquista y el pasado colonial que se reproduce de manera violenta y excluyente hasta nuestros días; de otra, el país que aspira a integrarse la postmodernidad del siglo XXI, respetuosa de la dignidad humana, la decencia, la pluralidad y la convivencia pacífica, la libertad y la democracia, incluyente y promotora de la armonía economía-naturaleza y del conocimiento creativo asociado a la cuarta revolución industrial.

 

* Economista político, filósofo humanista y analista existencial. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia y desdeabajo.

 

Publicado enEdición Nº247
Es tarde para enmendar las causas del "Voto contra Petro"

♫…el plástico se derrite si le da de lleno el sol♪ y no solamente el voto

Esta vez, son las 2:00 p.m. del 17 de junio. Para esta fecha, la situación y su perspectiva no sólo es “Duque versus Petro”, como tituló la revista Semana. Los números de la primera vuelta, más allá del contenido emocional de los discursos electorales; son la foto «real» de la correlación política y de opinión, que aún domina en Colombia –con fracturas en la derecha, en el campo popular y su vértebra de izquierda –frente al ciudadano– que están por identificar a fondo. En esta Colombia, los resultados en las dos vueltas no tienen una sola forma de leerlos. De verlos, con una tradicional ‘polarización’ de salón, que todavía no está cotidiana en la calle, arrancando los derechos.

Con una auto-revisión de tres notas ante los hechos, al artículo anterior: PETRO… REPONE UNA MEMORIA Y UN ENTUSIASMO, arriesgamos una interpretación con una jerarquía y un orden diferentes a los oficiales de las campañas y los medios, para leer las cifras de los candidatos y de este modo, entrever las exigencias inmediatas: De autocrítica, de rectificación y de compromiso de tareas para no solo contar votos en un día –cada cuatro años– sino, para alcanzar cuerpo con cabellos largos, de organización autónoma, de oposición y resistencia en los diversos territorios urbanos y rurales.

Aun con el reconocimiento de la «aceleración política» que Gustavo Petro tiene el mérito de introducir en la situación política, duele admitirlo, que con decenas de “plazas llenas” y su multiplicación de fotos en campaña, sin una construcción anticipada de tejido social y de mandato en territorios; el candidato Petro con el eje de memoria y acumulados de izquierda que tocó sus cercanías, solamente alcanzó un loable 25,09 por ciento para el anhelo electoral de un país distinto. Loable, dadas las cifras marginales de la oposición democrática y de la izquierda en justas anteriores.

Con la realidad oculta o disimulada, en la inercia y la mercadotecnia electoral que acostumbran los titulares de prensa y los discursos ‘polarizantes’ o triunfantes de diferente signo, las cifras se leyeron y se leen de arriba abajo: 7.616.857 de Duque, 4.855.069 Petro, 4.588.299 Fajardo, 1.407.495 Vargas Lleras, 399.100 de la Calle. En contrario y en la brega por un país distinto, cabe leer el país electoral en otro orden, para encontrar el rechazo y el correctivo a los discursos tradicionales:


▪ Resulta determinante explicarnos, ¿cómo leer que el negociador de los Acuerdos de La Habana y su imagen de paz apenas obtenga menos de 400.000 votos.
▪ ¿Cómo leer que el candidato del poder, de la maquinaria, del presidente Santos sume un 7.28 por ciento, y que tal reflejo y magnitud de deslegitimación oficial, hermana con la incapacidad de Duque para un 50.1 por ciento en la primera vuelta; no abunde ni el 30 por ciento de los votos de Petro?
▪ ¡Sorpresa! Sin llenar la Plaza de Bolívar “en forma apoteósica” como hizo la Colombia Humana (¿…?), Fajardo le ganó en Bogotá a Petro y a Duque?
( Enunciados para las notas al Texto de referencia)

 

En avance ojalá del tramo pronto y definitivo, hoy 17 de junio alrededor de las 5:31 de la tarde con los resultados, con los números que vienen de la esperanza de las mayorías fragmentada, sin una conducción legítima integral y colectiva ni un plan en la conquista estratégica de ser gobierno y ser poder, desde el primer minuto, sin los acercamientos necesarios; los componentes del presente-futuro, i) el tejido social que sobrevive a la exclusión, ii) una franja del abstencionismo, iii) los votantes en blanco con antecedentes próximos, iv) el voto del Petrismo, v) y vi) las próximas víctimas en los social y lo político, tenemos la ventana abierta.

 


Texto de referencia (Con tres notas al final)

 


♫ Ojalá pase algo (…) a tu viejo gobierno de difuntos y flores ♪

 

PETRO (DESMOVILIZADO EN 1991) REPONE UNA MEMORIA Y UN ENTUSIASMO

 

…toda realización podría ser exitosa con base en el pronóstico y se quedaría a mitad del camino si no hubiera pronóstico. Confucio

 

Es la 1:00 p.m. de este domingo 27 de mayo. Las elecciones 2018-2022 pasarán a los análisis, marcadas por el «fenómeno Petro». Una denominación del estado de ánimo y de la mirada de los activismos políticos, sociales y de solidaridad. Elecciones con el “desenlace del conflicto armado” presente en la polémica y en el mapa nacional de la opinión, por efecto electoral y de acumulados de memoria, en la situación política del país sube la temperatura. Las cifras totales vistas en la reciente elección del 11 de marzo, inclinan la balanza a la derecha. Sin poner la emoción al mando, es amarga la probabilidad de un resultado con mayoría más uno en primera vuelta, a favor de la Coalición Conservadora que encabeza Iván Duque. Así las cosas, la existente vecindad popular de los votantes por Petro y por Fajardo, pondrá en pregunta: ¿Su acercamiento, cuánto pudiera haber cambiado el resultado?

 

Por Omar Roberto Rodríguez

 

La realidad política y la realidad imaginada por la izquierda tiene hoy una cita a duelo. Aún sin un seguro de victoria a través de Petro, las luchas de las recientes décadas están vivas, en espera, sin olvido. Esas luchas de todo orden que guardan memoria, con bautizo y esencia de campo popular, luchas con testigos que en buena proporción desde sus lugares salieron a la plaza, durante la campaña por la primera vuelta presidencial que juega este 27 de mayo. Son un acumulado del anhelo, la retentiva y gente que aparece seccionado –¿hasta cuándo?– bajo los impulsos mayor y menor de dos campañas: Petro y Fajardo, y, en forma lateral también, por la presencia de una abstención que no es activa.

Aun con el sangriento paso de los últimos veintiséis años, el poder y el terror oficial –junto al entrechoco entre los proyectos revolucionarios y la izquierda– no pudieron enterrar los ecos y el perfil distinto, moral y ético que ofreció la desmovilización (1889-1991-…). Un contorno no total que hoy levanta Petro. Y no, porque el poder institucional admite los tirones electorales, pero impide la acumulación continua, constante, que con raíz en la reivindicación histórica del pueblo; florezca en la identidad y tamaño de un sujeto popular que pueda cubrir los distintos territorios.

En el marco y tránsito a una mayor contradicción política y social, gane quien gane en la cita electoral, mañana mismo, la movilización social queda a la orden del día: Bien sea para contrarrestar la prepotencia de un triunfo oligárquica o para dar margen y salvaguardar una conquista de gobierno. Sin el descuido y la puesta en segundo lugar de la mejora en la capacidad de movilizar por las reivindicaciones, es el seguro.

Para ser gobierno …no basta con ganar una elección. Ir a votar un día. Es la creencia extendida, unilateral, que predomina como paradigma de la vía para el cambio de una sociedad. Suposición desligada de una diaria y continua construcción de un tejido de identidad en las comunidades, con raíz y capacidad de decisión, de poder popular y alterno en territorios. Para seguir el rumbo, en triunfo o pérdida, los solos números no bastan.

 

Mirando la situación y la perspectiva

 

La “paz” no está ya en un segundo plano de la preocupación y la agenda política del momento y de la pugna electoral. Por el contrario, sigue como telón de fondo acerca del «desenlace» del conflicto armado y la polarización que genera con respecto al cumplimiento honrado de los Acuerdos de La Habana por cada una de las partes. Acuerdo que una vez firmado con participación social limitada, proyectó en papel determinante a la opinión pública y al conjunto social, con sorpresas como la victoria del NO en el referendo. Asimismo, la de un semáforo que prendió a la vez, en las elecciones al Congreso: el verde de un voto-castigo y el rojo-alarma de 52.539 votos por la Fuerza Alternativa del Común, frente a más de 6 millones obtenidos en la consulta que emprendió la coalición conservadora.

A este respecto, dentro de su ventaja en la iniciativa ante la opinión pública, el poder tradicional de la oligarquía y su clase dirigente, con desgaste, no pasan indemnes. En efecto, en los largos años de esperanza, lucha social y popular, de resistencias, de oposiciones con distinto vértice y, de un intento insurgente colmado de excesos, errores, equivocaciones; en todo caso, ha habido siembra. Todavía sin cosecha de victoria sólida.

En este marco, el resultado numérico de la elección del 11 de marzo, con reducción del tradicional guarismo de la abstención, avanzó unos grados en el giro de la situación política general. Por supuesto, con vacíos, sin la ayuda en la trepada, de todos los instrumentos necesarios para superar la circunstancia de una “larga defensiva”, como son entre otros: i) el liderazgo colectivo con articulación política y profundidad en los territorios, ii) la autonomía y ascenso de un movimiento y un visible sujeto protagónico, iii) la disputa diaria y constante de la opinión, iv) la elaboración con participación incluyente y no sólo de escucha y aplausos de un programa de la reivindicación popular fundamental, en tránsito y legitimación de un programa revolucionario fruto del acercamiento, la suma y coordinación de los compromisos con decisión de lucha en multiplicación territorial, frente a la exclusión capitalista.

 

2018-espejo de la correlación de fuerza con gobierno o sin gobierno y 2019-desenlace

 

Con sorpresa y habilidad, la candidatura presidencial de Gustavo Petro penetró rápidamente un espacio de afirmación y lenguaje antioligárquico que la coalición con caras de Fajardo-Robledo-Claudia López y la adhesión de Clara López a Humberto de la Calle dejaron vacío. Petro sin la profundidad electoral que tuvo Rojas Pinilla en su momento, caló dentro de una capa amplia de la conciencia con eje en las memorias de activismo y solidaridades, un poquito más allá de la influencia de izquierda.

Entonces, más que de la sensación o imaginación del activismo político-social-de solidaridad, el resultado de hoy depende de tres factores marcados en la percepción de los ciudadanos de a pie. Con excepción de las pocas zonas donde la resistencia tiene memoria y los lugares metropolitanos y municipales donde tiene lugar el Voto de Opinión, prima en las intenciones de voto que rodean a los candidatos Duque y Vargas Lleras:


– El distanciamiento con grados de deslegitimación y deuda de un perfil ético y moral, por los abusos y
comisión de delitos por parte del actor guerrillero que resultó con una escasa cifra electoral.
– El efecto de la situación que cruza al país hermano Venezuela.
– La imagen con respecto a la paz que rechaza aspectos del Acuerdo con las FARC, que obtuvo una
cifra perdedora en el referendo del 2 de octubre 2016, con ratificación reciente en el número de
votantes que tuvo la consulta en marzo que definió la candidatura de la derecha.

 

Con estos antecedentes, y dado el aumento en el número de votantes, con efecto en el guarismo que alcanzó Petro –con sólo 4 senadores, una representación menor que el Polo y que los Verdes– el resultado del pasado 11 de marzo, no sobra repetir, deja campante hasta hoy la cifra del NO en el referendo. Tal repetición en cifra, no anula la posibilidad, el riesgo y accidente de un vencedor suficiente en la primera vuelta. Un resultado en cabeza de la coalición con iniciativa en la opinión, del Centro Democrático (CD), Partido Conservador (PC) y Ordóñez, más las adhesiones abiertas y secretas que este espacio allega. No sobra decir, que esta variante contaría con el voto oculto de Vargas Lleristas ante las encuestas, en tanto, este candidato con apoyo del Presidente Santos, no obtiene posición como garante de la paz.

De este modo, queda configurado un escenario con el siguiente orden de atracción: 1. Coalición conservadora. 2. Vargas Lleras: Cambio Radical (CR) que casi dobló sus efectivos en el Congreso, Presidente Santos, un sector del partido de la U (U), congresistas conservadores, Partido liberal. 3. Sorpresa de la campaña de Petro en un paso a la segunda vuelta. 4. Si las campañas de Petro y Fajardo “arañan” un tercer lugar, es un avance no tradicional con atracción más ancha, en la imagen y en la correlación política de opinión.

Este orden en el resultado electoral tiene un enorme desafío para el conjunto y para cada una de las formaciones dc izquierda. El compromiso y paso en una autocrítica profunda junto con la proposición de una alternativa para ser gobierno y ser poder. Rectificación que debe alzar al primer lugar en el entorno del «campo popular» y su activismo, la preparación de una respuesta desde el 8 de agosto, por parte de la totalidad de los tejidos sociales: Los de Resistencia, Movilización y Pliegos regionales de reivindicación.

No estamos donde queremos llegar/Y no estamos donde vamos a llegar/Pero ya estamos lejos de donde estuvimos./ ( Visiones Alternativas de la Transición. Pág. 5. Editorial Sombrero Azul.) Versos con dedicación y referencia a Martín Luther King. Ningún agrupamiento grande con trayectoria y mucho menos uno pequeño, está en condiciones a corto o largo plazo de ganar comunicación con el país. …pretendo poner los cimientos cuando todavía no he quitado los escombros …el rostro peligroso y colectivo no está en la calle. (El cumpleaños de Juan Angel. Mario Benedetti)

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Felipe Arango

Es cuerpo y es silueta; oscuridad y destello, pero también es sombra e ilusión. Parece ser pero no lo es, aunque sí lo es. Juego de palabras, sí y no: así es el cuerpo del país nacional.

 

Así es su proyección, sin tener aún carrilera o un navío en marcha. Reflejo de una realidad marcada por la disputa de la opinión pública con desventaja para el anhelo protagónico con identidad de los diversos territorios y comunidades. Disputa por estos días, sombreada con los trazos de las recientes elecciones para la presidencia del país, período 2018-2022. Con las características de un golpe de hacha, el 17 de junio viene la segunda vuelta. Los hechos de campaña y el resultado de la primera vuelta dan punto y forma al perfil del país nacional.

Con un volcán callado, silueta de abismos y bruscos promontorios que levanta y arma el Centro Democrático, al envite de sus 7.569.693 votos (39,14 por ciento). Montaña que no borra la suave línea de colinas con 4.851.254 votos (25,08 por ciento) y 4.589.696 (23,73 por ciento) de la Colombia Humana y la Coalición Colombia, respectivamente. Cifras que indican un país que, si bien permanece bloqueado por unas alturas que parecen infranqueables, dar un rodeo en los movimientos para reunir y concentrar fuerzas; para liberarlas en el momento indicado, sin dejarse ganar por una supuesta superioridad pasajera, permitiría vencerlas, aunque difícil en el inmediato plazo. Es una ilusión de la cual sólo se puede derivar la tristeza de la derrota y la desmovilización que la misma propicia.

Ilusión, derrota y recomposición de rutinas, fuerza y liderazgo, así ha sucedido en el ejercicio político en todos los países donde la participación directa de la sociedad alcanza algún espacio, real y no de forma. En las sociedades donde el entusiasmo que brota en las circunstancias del despertar luego de una dictadura, de una época de terror, largo letargo, puede llevar a una mirada superficial: a un exceso de confianza, nacido de la revalorización de las capacidades propias y del voluntarismo, con la consecuencia de poner a estas novísimas fuerzas a exponer su cuerpo sin la previsión organizativa y de promoción colectiva y real de un ‘nosotros’. Un contenido contrario al retrato y las mercadotecnias del yo con busto, de los principales candidatos. Así parece que está ocurriendo en Colombia.

Los resultados de los comicios del pasado 27 de mayo dan cuenta del renacer de la esperanza y la vitalidad de conglomerados sociales que se consideraban abatidos por el accionar paramilitar que subsiste y ha aterrorizado sus territorios, en un recorrido con decenas de muertos y cientos/miles de desplazados. Un renacer de fuerzas y apertura germinal que resalta en la derrota del candidato de Juan Manuel Santos –Germán Vargas Lleras–, quien, pese a toda la maquinaria oficial, al voto amarrado, a la presión clientelista que campea y repta por las oficinas de ministerios y despachos públicos departamentales y municipales, que con apenas 1.401.532 votos (7,28 por ciento) dejó de ser una cima para escasamente conformar un peñasco. Renacer de fuerzas que concreta con su voto un claro rechazo ciudadano al agónico gobierno de Juan Manuel Santos y su agenda económica neoliberal que ha llevado a las mayorías a vivir al día, y al país sometido a las potencias, cercanas o lejanas.

Voto esta vez que también dio cuenta del candidato del Partido Liberal, a pesar de su ejecutoria en la firma del acuerdo de paz con las Farc. Acuerdo sin resonancia en su debida forma dentro de las opiniones urbanas, a causa de la deuda moral y ética que carga esta insurgencia con el conjunto nacional, ante las mayorías que se supone que tendrían que desear la paz a cualquier precio. Caída del Partido Liberal que, con escasos 399.180 sufragios (2,06 por ciento), ni siquiera reunió el umbral necesario, pese al monopolio de despachos y oficinas públicas que controlan sus congresistas y los amarres de clientelas.


De este modo, el partido que en 1990 abrió las puertas del país para que el modelo neoliberal entrara en el arrase de lo público, armando la legalidad requerida para el cambio del rol del Estado, y creando la formalidad necesaria para la multiplicación de negocios del sector privado, con el efecto de potenciar la concentración de la riqueza y la ampliación de la desigualdad social que de manera más marcada que tres décadas atrás azota en el país, ahora llega a su decrepitud, la cual, como es conocido en política electoral, puede ser un suceso transitorio. Así, de la cúspide al abismo ha sido el recorrido del Partido Liberal. Asimismo Cambio Radical, el partido de Vargas Lleras, y el del Partido de la U, el partido de Santos. Pese a lo aparente, como una ilusión del país que parece ser pero realmente no es, no tiene otra opción que jugar al reacomodo durante los próximos cuatro años en el Congreso, tanto en Senado como en Cámara.


En fin, son las sombras de un cuerpo llamado Colombia que obliga a interrogarnos de manera prioritaria ¿por qué la clase política no pudo, no tuvo la capacidad para imponer al candidato ungido en la Casa de Nariño? ¿Por qué, pese a que el candidato Vargas manejó por años muchos millones para hacer campaña por todo el país, inaugurando casas, autopistas y otros cientos de realizaciones, por qué –repetimos–, a pesar de controlar ministerios y otros despachos públicos, todos ellos con miles de empleados, no consiguió coronar la segunda vuelta, ungido como estuvo para continuar el proyecto que inició Santos?


¿Cuáles son las contradicciones entre esa misma clase y sus limitantes, que les impidieron el acuerdo para cumplir su cometido? Sin duda, pesa la disputa entre un segmento del capital financiero que propende por “consolidar el proceso de paz y generar condiciones de bienestar para los colombianos que han estado excluidos, (además de que) no puede descuidar el posconflicto” (1), y un tradicional sector agrario, comercial e industrial al que no le preocupa la paz soportada sobre la justicia y el bienestar social; sectores burgueses unos y oligarcas otros, con presencia y poder sobre los partidos ahora desprestigiados.


Estamos ante el reflejo de una Colombia real, aunque con sombras que plasman figuras que parecen reflejar otros cuerpos, dificultando su interpretación o reduciéndola a lo más sencillo: la crisis y la ilegitimidad de los partidos, que es real pero que no alcanza a explicar por qué, teniendo todos los recursos para imponer una fórmula de continuidad, no pueden hacerlo. Suceso de debilidad política en un instrumento del establecimiento con tal tamaño que cabe preguntar por qué Gustavo Petro, favorecido por esta circunstancia y con el entorno social de su ‘fenómeno’, no logró reunir la fuerza requerida para trepar al primer lugar. Es más: favorecido además por la salida a flote de los fenómenos de la improvisación y la ambición del negocio capitalista que tiene al límite del desastre y en riesgo de la vida a miles de familias que habitan los terrenos adjuntos a Hidroituango.


El fenómeno de la contienda, Gustavo Petro, retomó uno de los sentidos connaturales de la política, como acontecer público, como suceso de las gentes, algo poco visto en las últimas campañas electorales, reducidas en gran proporción a los salones cerrados y las redes sociales. De esta manera, a través de una convocatoria con aspectos distintos de la tradición de izquierda –¿todavía insuficientes?–, sintonizó un deseo de cambio que, siendo patente en la gente, sólo convoca activismo en el círculo no mayoritario de los sectores de izquierda o cercanos a la misma, sin sobrepasarlos en profundidad.


Así, con las plazas abarrotadas de gente y energía, y una utilización dinámica de las nuevas tecnologías de la comunicación, a la par del favor y la filtración de información por parte de funcionarios que integran distintas oficinas gubernamentales como cuotas de las minorías, quien fue acorralado y maltratado por los gremios económicos y los medios de comunicación oficiosos durante su mandato como alcalde de la capital del país superó a los partidos tradicionales e impuso un ritmo y un debate que sólo logró confrontar y neutralizar la aspiración al 51 por ciento en los guarismos del Centro Democrático.


Entonces, está por determinarse la razón del porqué, de manera sorprendente, sin plazas llenas ni polarización en medios, la coalición del Partido Verde-Polo/Moir-Compromiso Ciudadano (Coalición Colombia) con su candidato, arañó el paso a la segunda vuelta, marcando con votos su dominio sobre Bogotá, donde alcanzó 1.240.000 sufragios, y donde Petro pudo comprobar que, más allá del discurso y los aplausos de una parte de la población, la deuda social que padecen las gentes y la política por el cambio exigen algo más. En todo caso, ¿para ponderar como logro máximo?, con su discurso y propuestas, el vocero de la Colombia Humana superó al centro, siempre con un margen de votación amplio en el país (2).


El reto abierto para este jefe político que ahora afianza posiciones en departamentos como La Guajira, Atlántico, Sucre, Chocó, Cauca, Nariño, Putumayo, Vaupés, es pasar a una configuración colectiva de presencia política y construcción de sendero en las aspiraciones cotidianas; pasar de la montonera al reposado diseño de espacios deliberativos, dándoles paso a la forma y la estructura para facilitar así la proyección y la acción mancomunada, que, más allá de un líder en trance de caudillo, potencie a una multitud de liderazgos que enlacen la suma y la multiplicación necesaria, para bajar y no subir, para obedecer y no simplemente para mandar, para construir y no destruir, para escuchar y no sólo hablar, de manera que lo aparente deje de serlo y el reflejo se torne en cuerpo.


Ser y no ser


El cómodo resultado del Centro Democrático, construido en años de campañas y gobiernos, nacionales, departamentales y municipales, con un imaginario de país profundizado a través de un anticomunismo acérrimo, arroja datos paradójicos: esos que nos permiten decir que el país es, pero no es. Por ejemplo, con las sombras que sobre el territorio nacional proyectan los miles de venezolanos ahora venidos para estas tierras, la prevención de un castro-chavismo que sin duda anima interrogantes y militancias, e inspira votos por doquier, de manera sorprendente tiene quiebre en Cúcuta –aunque no en el resto del departamento Santander del Norte–, ciudad que se supone debiera ser el punto nodal de esta reacción, donde la Colombia Humana logró 191.245 (60,35 por ciento), y el Centro Democrático apenas 20.587 (6,49 por ciento), paradoja también extendida a Riohacha, otro punto de la frontera común donde el primero sumó 21.925 sufragios (45,27 por ciento) y el segundo 17.677 (36,50 por ciento).


Paradojas extendidas con el dominio del Centro Democrático a lo largo y ancho de buena parte del territorio nacional, que, más allá de algunos departamentos de control histórico como Antioquia (53,10 por ciento) y Caldas (42,91 por ciento), y en su conjunto el centro del país, también extiende su cuerpo y su control a los departamentos que por años fueron refugio para las Farc, donde es de suponer que, de acuerdo a su pretensión de construir otro sistemas socio-económico y político para el país, su presencia con liderazgo debiera ser incuestionable. Sin embargo, sucede lo contrario: en Caquetá (52,23 por ciento), Tolima (49,59 por ciento), Huila (53,48 por ciento), Guaviare (46,13 por ciento), Meta (49,36 por ciento), su opuesto controla la opinión pública de manera notable en todo tipo de propósitos.


Matiné y vespertina de un país que, a la inversa de lo anotado, despierta del terror en varios de los departamentos de la Costa Atlántica, con un apoyo mayoritario para la propuesta de Gustavo Petro. Propuesta que, con igual resultado para la liderada por Sergio Fajardo, pierde en gran parte de las zonas rurales del país pero logra guarismos importantes en varias ciudades capitales. Este hecho permite interrogarse por la fricción, casi polarización o fractura entre la Colombia urbana y la rural, reflejo de un cuerpo que está abocado a un largo tránsito que selle las heridas dejadas por la guerra, la pasada y las vigentes. Una circunstancia que nos remite a calificar con diferenciación cuál grado de vínculo popular alcanzó o construyó el actor insurgente.
Así, entre posibles e imaginarios, en medio de la campaña electoral, mientras lo único que hablaba y escuchaba el país nacional eran las elecciones, el país político impuso otros dos acuerdos que nos marcarán ahora y en el futuro; el ingreso a la Ocde y asimismo a la Otan.


El 17 de junio… y más allá


¿Podrá Petro aumentar y dar consistencia al porcentaje de hito sellado el 27 de mayo? Los claroscuros que circundan la segunda vuelta no permiten confirmarlo. Casi imposible ante los números. Para que así sea, debe ‘extraer’ fuerzas y voluntades externas de un arco iris ‘antiuribista’ que no dispone de un gran margen. Para la reconstrucción de confianzas, voluntades y fuerzas que estimuló la Colombia Humana, ¿tendrá sentido desdibujar las nociones de identidad, principios y modelo socio-económico por construir para ganar una segunda vuelta al precio que sea? ¿Qué identidad puede tener el proyecto que ahora encabeza Gustavo Petro, con liberales de distinto pelambre –aunque dicen ser antiuribistas– (del partido de tal nombre, de Cambio Radical y de la U), cuna y casa todos ellos de políticos paramilitares y de políticos usurpadores de lo público?


La respuesta es clara y franca, sombra fidedigna de un cuerpo bien tallado. Por tanto, qué pesa más: ¿llegar al gobierno al precio que sea o impregnarle ética a la política, y de este modo sembrar una esperanza en el país de poner en la calle a una oposición que tranque los excesos triunfalistas de la derecha, y que posicione con aumento y mayoría el rumbo de cambio posible y necesario? El reto no es menor, como tampoco las ambiciones de figurar, pero en la resolución de este tipo de dilemas empieza a marcarse con total realce la diferencia entre lo nuevo y lo viejo, entre el accionar como individuo y el proyectarse como colectivo y país.


Perder para ganar. Si el candidato Petro se deja tentar por el afán de figurar, como el político que “rompe la historia electoral nacional”, no está haciendo más que servir de piñón en una engrasada maquinaria donde quedará como otra pieza del “más de lo mismo”. En este caso, contrario a lo necesario, y dicho por él mismo, el efecto de su decisión será contrario a una acumulación de raigambre popular y reivindicación que demandan los millones de personas que lo acompañaron con el voto.


Parece irreal pero es real. Petro está ante una ‘derrota’ para triunfar. Si de verdad desea gobernar con las mayorías, los números y los recostamientos que atrae el candidato Duque obligan a realizar el rodeo que demanda una confrontación de nuevo tipo. Pasar del discurso de plaza a estimular la organización y el liderazgo social, y de este modo y con este estilo incitar en el país nacional la necesidad de confrontar al gobierno que se posesione el próximo 7 de agosto desde el instante mismo de su investidura. Encabezando una respuesta y bloqueando la concreción de las reformas que tanto la banca multilateral y la Ocde, como los gremios del país, aconsejan: reforma pensional, tributaria, laboral y otras.


Liderazgo para la oposición social que pudiera configurar un gobierno en la sombra. Un reto inmenso, ni sencillo ni conocido. Una ventana para hacer país pero también para reflexionarlo, para experimentar nuevas formas de encuentro y democracia, asentándose como práctica cotidiana en todo espacio donde haya vida y deseos de cambio, para que Colombia deje de ser epicentro de muerte. De esta manera, con una posible escala en el 2019, pero sin limitarse ni que sea eje esa nueva coyuntura electoral-territorial, conjugar un factible encuentro entre los sectores que votaron por la Colombia Humana y aquellos otros que valoraron que un necesario avance, en pos de otro país, debe recorrer una acción directa, sin esperar condescendencia alguna del establecimiento; por un cambio en el régimen político que reclama otra democracia posible, radical: económica, cultural, ambiental, y no sólo política.


He aquí un reto, un sueño del aquí y el ahora que debe hacerse cuerpo, más que reflejo o sombra proyectada por un destello.

 

1. “Bancolombia. A recuperar la senda”. Semana, edición 1881, 20 de mayo de 2018, p. 59.
2. Periódico desdeabajo, edición mayo-junio de 2018, suplemento Economía y educación Nº 8.

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Biopolítica del consumidor: de cómo la democracia verdadera acabó convirtiéndose en una fábula

 El consumismo moderno tiene su origen en estrategias de persuasión, propaganda y domesticación de las mentes. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, supo utilizar las herramientas del psicoanálisis para vendernos todo tipo de objetos innecesarios y para hacernos creer que en el acto de comprar radica la clave de la satisfacción de nuestros deseos más inconfesables.

¿El mundo consumista no es el Mundo Feliz, el totalitarismo perfecto que ha logrado hacernos amar aquello de lo que no era necesario que pudiéramos escapar? Grupo Marcuse


Tras el final de la Primera Guerra Mundial, y como en cualquier periodo posbélico, comenzaron a ponerse en marcha toda una serie de dispositivos simbólico-materiales destinados a la reconfiguración del ordenamiento mundial. La guerra había dejado menguada la economía de muchas de las grandes potencias de entonces, avecinándose tiempos de pauperización, miseria y pobreza. Las crisis, como bien sabemos, suelen traer en sus entrañas a polizontes y oportunistas de toda calaña, dispuestos a hacer su agosto allí donde el terreno ha quedado arrasado por la tragedia. Es posible que podamos interpretar hoy este intermezzo pesimista que separó una guerra de otra como un laboratorio de pruebas en el que distintas estrategias de poder pujaban por quedarse con la tajada más grande del pastel. En Europa, legiones de jóvenes nazis y fascistas canturreaban los cánticos mesiánicos del Angelus novus, como preludio de la gran catástrofe que se agazapaba entre sus alas. En Estados Unidos, sin embargo, una nueva religión comenzaba a gestarse, de manera mucho más silenciosa y latente, mucho más sutil y estudiada. La gran era del consumismo de masas iniciaba, tímidamente, sus primeros pasos. Y para ello, se apoyó en las novedosas herramientas e instrumentos de cierta corriente científico-filosófica, procedente de Austria. Dicha corriente no es otra que el psicoanálisis, el cual iba a otorgar un innovador marco conceptual para la gestión de emociones y deseos.


Son escasos los manuales de marketing o de publicidad que recojan las enseñanzas de uno de sus más discretos fundadores. Nos referimos a Edward Bernays, austríaco de nacimiento, pero radicado en América, sobrino de Sigmund Freud y fundador de las llamadas Relaciones públicas. Siendo muy joven, Bernays iniciaría sus investigaciones en persuasión y técnicas de propaganda para el control y manipulación de la opinión pública. Viendo las consecuencias que tuvo la Primera Guerra Mundial, Bernays se preguntaría por la posibilidad de resignificar muchas de las técnicas propagandísticas utilizadas durante la misma, para así aplicarlas en períodos de paz. En una vuelta de tuerca clausewitziana, Bernays sentaría las bases del consumismo moderno apoyándose en estrategias bélicas de resolución de conflictos, manipulación, propaganda y domesticación de las mentes. Si somos capaces, se preguntaría Bernays, de convencer a la opinión pública americana de la necesidad de una guerra, mucho más sencillo será animarles a comprar todo tipo de productos y objetos innecesarios. ¿Por qué no utilizar la propaganda para el mero hecho de vender? De este modo, la economía se reactivaba, inoculando en el ciudadano la falsa premisa de la participación política a través del consumo. Incluso, podrían investirse algunos productos con determinadas categorías simbólicas, para producir en el consumidor la ilusión fetichizante de acceder a ciertos valores a través de la compra. Con estas técnicas de manual de psicoanálisis básico, debemos a Bernays la ocurrente perversión de empoderar con un discurso feminista a los cigarrillos de Philip Morris o de dar un aura de masculinidad a la industria automovilística. Los deseos más ocultos de la masa comenzaron a estimularse, gracias a las arrulladoras voces de los anuncios publicitarios y sus mundos de fantasía. Con pocas consignas, el consumo se transformó, para el americano medio, en casi una exigencia moral, dado que, solo participando del mismo, el ciudadano era capaz, de manera cuasi heroica, de apuntalar la maltrecha economía americana. De este modo, el consumidor se crea, se produce, se moldea, al mismo tiempo que el espacio democrático se reduce y banaliza, limitándolo al mero acto de la compra. El mundo deviene mercancía y la polis se transforma en un centro comercial.


Con un giro more copernicano, Bernays inaugura una modalidad de la publicidad entendida como dispositivo disciplinario, anatómico-político o biopolítico, en el que los cuerpos y las mentes son reducidas al único papel del consumidor. En su célebre manual de 1928, titulado Propaganda, no duda en recalcar que “la nueva propaganda no sólo se ocupa del individuo o de la mente colectiva, sino también y especialmente de la anatomía de la sociedad”. La finalidad, nos dice Bernays, no es otra que crear, dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. ¿Para qué vender coches con el lema “cómpreme usted este coche”, cuando podemos conseguir, a través de la persuasión, que miles de ingenuos nos reclamen y exijan “véndame, por favor, ese coche”?


La propaganda del dócil consumidor funciona con las mismas estrategias del poder, tal y como fue descrito por Foucault. Se trata de una suerte de dispositivo, viscoso e imperceptible, de tela de araña tan transparente como certera a la hora de cazar a su presa. Estamos ante una red de relaciones, de gestos, discursos y enunciados destinados a atravesar los cuerpos y los comportamientos. La “propaganda” está destinada a trabajar sobre la opinión pública a diversos niveles: tanto para vendernos una pasta de dientes, como para fomentar una actitud cívica por parte del ciudadano. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”, nos dirá Bernays. Para éste, puesto que la mente del grupo no piensa, es preciso dirigirse a sus impulsos, sus deseos y sus emociones más básicas para, desde allí, modificar sus hábitos. Y, si conocemos los motivos que mueven la mente del grupo, “¿no sería posible controlar y sojuzgar a las masas con arreglo a nuestra voluntad sin que éstas se dieran cuenta?”. Sobemos, pues, el lomo de la Gran Bestia. Alimentemos sus instintos y deseos más básicos a base de gadchets inservibles, automóviles, cremas antiarrugas y experiencias prefabricadas de emociones baratas. El éxito está asegurado y las colas para comprar el nuevo Iphone comenzarán a formarse días antes de que este salga a la venta.

La democracia del consumidor o, como la definió Chomsky, del “rebaño desconcertado”, se asienta en estas siniestras premisas pseudofreudianas de Bernays, para quien no sólo era posible la modificación consciente y la manipulación de las opiniones y costumbres de las masas, sino que dicha manipulación era la condición necesaria para el desarrollo de las actuales democracias. Se trata de organizar el caos. De esta manera, un estado ideal sería aquel en el que las decisiones estuvieran en manos de unos pocos, de un “gobierno invisible” lo suficientemente capaz como para gestionar a esa mayoría estupidizada e infantiloide, inmersa en universos de estimulación constante de deseos. Tales fueron las ideas que tanto Walter Lippman como Bernays defendieron en el famoso Coloquio Lippman, celebrado en plena guerra mundial, en París, y que ha sido considerado el pistoletazo de salida del neoliberalismo. No es de extrañar que Hitler se sintiera atraído por las tesis de Bernays y solicitara sus servicios, propuesta que, al parecer, este rechazó. Huxley ya nos advertía que el nuevo totalitarismo no funcionaría de manera negativa, reprimiendo, prohibiendo, obstaculizando, privando, sino de forma positiva: constituyendo verdad. “Un estado totalitario eficaz —afirmaba Huxley—sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirlos a amarla es tarea asignada […] a los ministerios de propaganda”.


Por Carolina Meloni González
Profesora de Ética y Pensamiento Político. Universidad Europea de Madrid
2018-05-22 18:36:00

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BlacKkKlansman Spike Lee: "La llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda"

El director de cine aprovecha su paso por Cannes para mostrarse duro con su país: "Ha sido construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud".

 

CANNES (FRANCIA)


Spike Lee se mostró hoy en Cannes muy duro con Estados Unidos, un país "construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud", y aseguró que "la llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda".


"Tenemos a un tipo en la Casa Blanca, no voy a decir su maldito nombre, que definió ese momento no solo para los estadounidenses, sino para el mundo, y que ese hijo de puta tuvo la oportunidad de decir que nos referimos al amor, no al odio", dijo el realizador en referencia a la muerte de la joven Heather Heyer.
El pasado mes de agosto Heyer murió atropellada por un joven neonazi blanco en Charlottesville (Virginia) y otras 20 personas resultaron heridas. Este hecho cierra el filme de Lee, basado en la historia real del primer policía negro de Colorado Springs y que le sirve al realizador para apuntar a la complicada situación actual.


"Ese hijo de puta no denunció al hijo de puta Klan, a la derecha alternativa ni a esos nazis hijos de puta. Fue un momento decisivo, y podría haberle dicho al mundo, no solo a los Estados Unidos, que éramos mejores que eso", afirmó con vehemencia el director, que posteriormente se disculpó por su lenguaje.


El "asesinato" de la joven fue el elemento clave de una película, BlacKkKlansman, que comienza con una escena de la Guerra de Secesión de "Lo que el viento se llevó" y acaba con imágenes reales de Trump y del atropello en Charlottesville.


"Esperamos que los jefes de Estado muestren un cierto valor moral, esperamos que tomen las buenas decisiones, pero hay grupos que reaccionan con odio y que surgen por todas partes", dijo el realizador que hizo hincapié en que no se trata de un problema exclusivo de Estados Unidos.


Es algo que ocurre en todo el mundo. "Tenemos que despertar, no podemos estar callados. No es un problema negro, blanco o marrón. Todos vivimos en este planeta, y este tipo en la Casa Blanca tiene el código nuclear", dijo Lee, que también mencionó a los presidentes de Corea del Norte y Rusia antes de preguntarse: "¿qué coño está pasando?".


Una "llamada de atención"


Por eso considera su película como una "llamada de atención" sobre lo que está sucediendo, sobre las mentiras proclamadas como verdades. "No me importa lo que digan los críticos ni nadie más, sé que estamos en el lado correcto de la historia con esta película", agregó.


Un filme que se sitúa en los años setenta, protagonizado por un magnífico John David Washington -hijo de Denzel- que interpreta a Ron Stallworth, el policía que escribió un libro con sus experiencias como primer agente negro en Colorado Springs.


Está acompañado por Adam Driver, como un judío que se infiltra en el Ku Klux Klan, o Topher Grace, como el máximo responsable de ese grupo extremista, en una alocada comedia que se sirve del humor más salvaje para poner en tela de juicio la discriminación sufrida por la población negra en Estados Unidos.


Una historia que le permite al realizador de "Do the Right thing" ("Haz lo que debas", 1989) conectar con el momento actual de su país, una época terrible que se asemeja a una guerra civil, señaló Lee.


Aunque también consideró que su filme "abre la vía a la esperanza".


"No estoy ciego. Este problema de la extrema derecha existe en todos los países del mundo y espero que mi película se vea en todas partes, que levante las conciencias, que sacuda a la gente, que los despierte. Creo que en ese aspecto es un filme importante", señaló.


En su opinión, la obligación de un filme no es aportar soluciones sino plantear preguntas y, en este caso, "provocar una discusión sobre el problema del racismo".
"Hay mucha gente que se pasea sin ser consciente de lo que pasa en la sociedad (...) que se queda en un lado, que no sabe gestionar la situación, que se siente perdida. Yo les digo que no hay que quedarse callados, sin reaccionar", afirmó el director.


Y ante una pregunta de un periodista africano, insistió: "hay que liberarse de los restos del colonialismo en África (...) Hay que trabajar juntos para resolverlo, hay que hacer triunfar la libertad en el mundo y acabar con las injusticias".


No solo en Estados Unidos. "Viajo mucho y se habla mucho de lo que pasa en mi país pero hay que ver en otros países cómo tratan a los inmigrantes, a la gente que ha venido de África. Ustedes tienen sus propios problemas, no es solo EEUU".


Una rueda de prensa monopolizada por el mensaje político de Lee, que estaba acompañado por Washington, Driver, Grace y Laura Harrier, un equipo "magnífico" en palabras del realizador, encantado a sus 61 años de rodearse de gente nueva.

Por ALICIA GARCÍA DE FRANCISCO ( EFE)

15/05/2018 19:23 Actualizado: 15/05/2018 19:23

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

Publicado enEdición Nº245
Entrevista a Lucía Topolansky: "El tema de las nacionalidades en España me recuerda a Isabel la Católica a sangre y fuego"

La vicepresidenta de Uruguay, militante tupamara y pareja del ex presidente José Mujica, Lucía Topolansky, se muestra contraria a la existencia de monarquías y reivindica el derecho de autodeterminación. Asegura además que la izquierda de su país alcanzó el gobierno, pero no el poder.

Dice el calendario que es abril, pero sobre el pavimento de Montevideo parece enero. El sol cae con fuerza sobre General Flores, una avenida que conduce directamente al Palacio Legislativo, el Congreso uruguayo. Justo enfrente está la Plaza de los Mártires de Chicago, bautizada así en homenaje a los anarquistas estadounidenses que fueron fusilados en 1887 por pelear por sus derechos. Cada Primero de Mayo, este mismo parque sirve de escenario para la celebración del Día Internacional de la Clase Trabajadora.


Un siglo después, en los convulsos años setenta del siglo XX, otras y otros rebeldes se sumaron a la pelea por un mundo nuevo. Muchas y muchos cogieron las armas. En Uruguay lo hicieron bajo las siglas del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). La muerte fue el destino de muchos de ellos.


Otros cayeron en manos de la dictadura cívico-militar (1973-1985) y permanecieron largos años en cautiverio. El mítico José Mujica, quien alcanzaría fama mundial tras ser investido presidente del país en 2010, fue uno de ellos. Su pareja, una montevideana llamada Lucía Topolansky, también.


Caluroso abril uruguayo, 9.30 de la mañana. Los autobuses, allí conocidos como “ómnibus”, van cargados hasta las orejas. Dentro del Palacio Legislativo, atravesando el majestuoso Salón de los Pasos Perdidos, está el despacho de Topolansky. Ahora es vicepresidenta del país. Tras ser elegida senadora en las últimas elecciones, esta mujer de pelo blanco y hablar pausado tuvo que asumir el cargo que quedó vacante a raíz de la renuncia del anterior número dos del gobierno del Frente Amplio (coalición de izquierdas), Raúl Sendic. Así, sin preverlo, se convirtió en la primera mujer que alcanza la vicepresidencia de este país de tres millones y medio de habitantes.


La conversación de Topolansky con Público duró una hora. Sobre su escritorio había una agenda con varias anotaciones, algunas carpetas prolijamente apiladas y un vaso de agua. No hacía falta más.


¿Alguna vez imaginó que iba a estar sentada en este despacho?

La verdad, no. Yo no tengo la cabeza de algunos políticos tradicionales que dicen “voy a ser concejal, diputado, senador, ministro…”. La política no es para mí una carrera, sino un compromiso militante.


Por una serie de circunstancias estoy hoy aquí, y para mí es un puesto de militancia como cualquier otro.


¿El Uruguay de 2018 se asemeja en algo a aquel Uruguay por el que usted empezó a luchar?


No, para nada. No se asemeja el Uruguay, ni tampoco el mundo. Hoy estamos en un momento de cambio de época. Aparecen factores completamente nuevos, como internet o las redes sociales, que inciden en la política. Ahora hay libros que hablan de la “tecnopolítica”, pero yo ya no pertenezco a ese mundo. Por mi edad, he transitado otros caminos. Ahora parece que alguien contrata a alguien, saca una plataforma, le trabaja la cabeza a los electores y obtiene resultados. Esto es algo que habría que pensar mucho.


El Frente Amplio (FA) lleva 13 años gobernando en Uruguay. ¿Qué cambios ha logrado la izquierda?


En primer lugar, hay que tener en cuenta que el mundo ha ido cambiando. Actualmente hay transnacionales que tienen un PIB mayor que el de Uruguay. En otras palabras, es el capital financiero el que gobierna en el mundo. Pero como la única lucha que se pierde es la que se abandona, nosotros seguimos luchando.
Este pequeño escalón no es la llegada al poder, sino al gobierno, que es una cosa diferente. Estos tres gobiernos del FA han dejado un antes y un después para el Uruguay. Hoy se trata de un país con menos diferencias sociales, se ha reducido la pobreza y la indigencia, se desarrolla la educación pública gratuita y laica… Del mismo modo, nuestro país depende mucho del mundo exterior, y todos sabemos cómo se complicó todo: el libre comercio es una cosa que no existe.


El mundo es salvaje, cambiante… Ahora mismo podemos ver lo que está haciendo el presidente de EEUU y la guerra comercial que ha desatado. Uruguay es un pequeño barco en ese mar de aguas procelosas, y lo que tiene que intentar es manejar la vela de tal modo que la suerte de sus connacionales sea lo mejor posible. Eso es lo que ha hecho el FA, y esa es la gran diferencia con los gobiernos anteriores. Esperamos seguir gobernando para continuar subiendo escalones en la escalera de la igualdad y de la pública felicidad.


Es muy interesante esa diferencia entre “ser gobierno” y “ser poder” de la que usted habla.


La diferencia entre ser gobierno y ser poder es que una multinacional que se instala en Uruguay, genera valor agregado para la materia prima local, paga impuestos, etcétera, si el día de mañana le conviene irse a Burkina Faso, levanta el negocio y se va. Le importa un bledo, no tiene responsabilidad social del desastre que deja atrás. Manejar el barquito en ese mundo y tener los indicadores que tiene Uruguay es una proeza. Es verdad que todavía faltan cuestiones de igualdad o de mejorar el acceso a la vivienda. También se nos ha metido el tema del narcotráfico, que es una plaga mundial que condiciona a todo el mundo.


Aunque no somos un país de destino, sí lo somos de paso, y eso genera problemas. Ese problema debería solucionarlo EEUU, porque los consumidores de droga viven en EEUU, y si se acaban los consumidores se acaba el narcotráfico. Pero parece que los EEUU no quieren acabar con el consumo de droga.


Ustedes han dado pasos en esa materia con la legalización de la marihuana.


Sí, dimos pasos, y hay que dar más todavía, pero eso no basta. Uruguay no mueve la aguja del mundo porque es muy pequeño. Lo que hacemos es poner una señal testigo.


¿Esos pasos pueden ayudar a luchar contra el narcotráfico?


Creemos que el plan de represión que implementó EEUU fracasó en Colombia, en México y en el mundo. En realidad, EEUU tendría que invertir ese dinero en eliminar a los consumidores, pero eso no lo va a hacer. Ante esa situación, lo que hicimos nosotros fue sacarle el mercado a los narcotraficantes. Es como la ley seca: el mal existe, el consumidor está, pero que por lo menos sea el Estado el que regula eso.


Esa política en torno a la marihuana le ha dado fama internacional a Uruguay. También ha tenido mucha repercusión a nivel mundial el estilo de su pareja, el ex presidente Pepe Mujica. Ustedes no se mudaron a la residencia oficial y siguieron viviendo igual que antes. ¿Os sentís unos bichos raros?


En realidad el Uruguay es un bicho raro. Por eso le decía antes que probablemente el concepto de socialdemocracia haya nacido aquí. Pepe no es el único presidente que ha vivido en su casa: el actual presidente también lo hace, al igual que en su momento lo hizo el ex presidente (Julio María) Sanguinetti.


Hay una concepción republicana que va más allá de Pepe y del Frente Amplio, es un valor intangible que los uruguayos debemos preservar. Que el presidente tenga solamente dos policías en la puerta de su casa habla del Uruguay. Que el presidente pueda ir a una actividad pública sin tener una corte de milicos y de seguridad también habla muy bien de nuestro país. El presidente es un ciudadano como cualquier otro, sólo que tiene la mayor de las responsabilidades, y es así porque se la han dado los ciudadanos. Lo que hace Pepe es darle visibilidad a todo esto. Tuvo la virtud, porque es un buen comunicador, de plantear cosas distintas en los foros internacionales


“España nos duele”. ¿Cómo son las relaciones con España?


Con España tenemos una fuerte pata cultural. Nos guste o no, la historia de la conquista eliminó los pueblos originarios en Uruguay. Nosotros no tenemos la realidad de los países andinos o centroamericanos, donde hubo fuertes culturas precolombinas que se desarrollaron y que hasta el día de hoy están presentes y pelean. De los pueblos originarios de Uruguay, los que no fueron muertos se mimetizaron para sobrevivir. Nuestro país conformó su población con una fuerte emigración española e italiana, principalmente.


Se puede decir que nosotros descendemos de los barcos, y de los barcos descendieron nuestros antepasados, nuestros apellidos, los oficios y las ideas. Por eso mismo, con España hay un gran vínculo: es difícil encontrar a algún uruguayo que no tenga algún familiar de origen español. Hay una cuestión afectiva, y nos duele España. Todo lo que ocurre allí nos resulta muy cercano.


En lo personal podemos no estar de acuerdo con la existencia de monarquías porque somos republicanos, pero eso es un lío de los españoles. También somos partidarios de la autodeterminación y de la soberanía, pero no nos vamos a meter en ese lío. Los españoles tienen el gobierno que eligieron.


¿Está al corriente de la situación en Cataluña?


Sí. No podemos olvidar que hay muchos uruguayos que viven en Cataluña. Cuando una ve el tema de las nacionalidades en España, porque no solo es Cataluña, también es el País Vasco, los valencianos… lo primero que se le viene a la cabeza es la imagen de Isabel la Católica a sangre y fuego, con la cruz y la inquisición.
Esa imagen es castellana, esa Castilla de Isabel la Católica está ahí, omnipresente. Hay que tener en cuenta que los pueblos catalán y vasco se sintieron muy agredidos durante los larguísimos años de dictadura. Esas luchas se entienden; es lógico que vascos, catalanes hayan salido a poner en valor su cultura, sus raíces. Si los catalanes tienen razón o no, yo no me voy a meter, porque me queda grande y no me gusta estar metiéndome en rancho ajeno.


Hace ahora tres años usted participó en un acto a favor del proceso de paz en el País Vasco que se realizó en Montevideo


Yo creo que los procesos de paz hay que acompañarlos. Cuando la organización armada ETA quiere desarmarse y quien tiene que recibir la contraparte mira para el costado, es muy embromado, porque entonces no hay ninguna intención de paz, sino de revancha, de venganza. Cuando los conflictos están estancados no se sale queriendo masacrar al otro, sino buscando entendimientos de paz que no son nada fáciles, pero que son posibles. Ahí está la reivindicación, tibia además, que plantean los vascos de traer a los presos al País Vasco, que es nada, porque ni siquiera están pidiendo las libertades… Dentro de poco va a venir a Uruguay el lehendakari (Iñigo Urkullu), y le vamos a recibir.


¿Los retos de la izquierda en España se asemejan en algo a los que tienen en América Latina?


En realidad, creo que los retos de la izquierda se asemejan en el mundo. Tuve la oportunidad de conocer en persona a Manuela Carmena (alcaldesa de Madrid), y me pareció una mujer tremendamente centrada, muy respetada y muy sencilla, con una carrera interesante en el Poder Judicial. Considero que fue un acierto de Podemos levantar esa figura. Del mismo modo, me parece que si Podemos y otros sectores de la izquierda, incluido el PSOE -si bien ha virado mucho hacia el centro hubiesen encontrado un pacto de entendimiento -y creo que Pedro Sánchez peleó por eso-, habrían impedido que Rajoy estuviera en el gobierno.


Asimismo, si los seis grupos de izquierda que hay en Chile hubieran comprendido el pacto de entendimiento, allí no estaba ahora Piñera. En Perú se acaba de dividir el Frente Amplio, en Ecuador ídem de ídem… Uruguay tiene ese diferencial, y es lo único que le puede ofrecer a la izquierda del mundo: la unidad. ¿Cuál es la fórmula uruguaya? Unidad en la diversidad. En el Frente Amplio están desde el Partido Demócrata Cristiano hasta el Partido Comunista, estamos personas que provenimos de la lucha armada… ¿Qué nos une? Que tenemos unas reglas de juego a las que nos avenimos, un programa común y un compromiso ético.


“Siempre hice lo que se me antojó”. ¿Hay alguna posibilidad de que usted sea candidata a presidenta en las próximas elecciones?


No, ninguna. Yo estaba con causal jubilatoria de este tipo de funciones, pero no de la militancia. De hecho, los años que viva voy a militar. Hay causas imprescindibles, pero no personas imprescindibles.


¿Tiene usted tiempo para disfrutar de la felicidad?


Como soy feliz abrazando la causa que abracé, mi tiempo es ese. A mí nadie me planteó que tenía que militar en política; yo me tiré en esta pecera porque quise, libremente e incluso contra la voluntad de mi familia. A mi modo, soy feliz. Estuve presa, clandestina, pero a mi modo fui feliz.


Cuando uno se compromete con una causa sabe que va a tener dificultades, porque nada es gratuito.


Siempre hice lo que se me antojó, tuve la libertad de ir por donde quise, en el acierto y en el error. Voy a cumplir 74 años, y puedo decirle que viví al mango (a tope). Lo que yo le pido a la juventud es que se comprometa con una causa, que la viva al mango, no por arribita.


¿Pepe Mujica podría volver a ser candidato?


Yo pienso que no debe serlo. Cuando termine este periodo va a tener 85 años. También hay que pensar en la vida y si no precisamos esa figura más allá de lo concreto, que esté en otra dimensión.


Quizás ya lo está.

 

Sí, yo creo que ya lo está.

 

montevideo

danilo albin
@danialbi…

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Domingo, 15 Abril 2018 05:42

El camino de la izquierda

El camino de la izquierda

La democracia parece asfixiar a la derecha latinoamericana. Mientras ésta solo disponga de un proyecto profundamente antisocial, no podrá someterse a la disputa democrática abierta, porque no tiene cómo conquistar a la mayoría de la población. 

A su vez, la izquierda está profundamente comprometida con la democracia, no tiene miedo a la disputa libre entre su proyecto y el de la derecha. La ofensiva conservadora en Latinoamérica revela, cada vez mas, cómo la derecha busca estrechar o incluso liquidar totalmente los espacios democráticos, sea para enquistarse en el poder, sea para llegar al poder por vías no democráticas.


Esa ofensiva solo confirma cómo la derecha latinoamericana no tiene compromiso con la democracia, mientras que es la izquierda la que nace, se desarrolla y gobierna por medios democráticos, y la que pelea democráticamente por seguir gobernando o por volver a hacerlo. Quien crea que la vía democrática se ha agotado es un iluso. Incluso porque la vía insurreccional sería camino a la derrota y la catástrofe para la izquierda, como el caso colombiano lo demuestra.


Lo que se agota es el compromiso de la derecha con la democracia. La estrategia híbrida, la nueva vía de acción del imperialismo, representa un sabotaje desde adentro de los sistemas democráticos. Valiéndose del monopolio de los medios, del financiamiento privado de campañas electorales, de un Judiciario adherido al affaire y a la judicialización de la política, se ha montado una estrategia de persecución judicial, policial y mediática de las fuerzas populares y de sus líderes, única vía posible de acceso o perpetuación de la derecha en el gobierno.


La pelea por la democratización está en la esencia de la estrategia de la izquierda. La izquierda solo puede llegar al gobierno por el convencimiento de la mayoría de la población. Solo puede gobernar contando con esa mayoría.


Aún cuando lo que se instala ya no es más un régimen de excepción, sino un Estado de excepción, que cierra todos los espacios legales, la izquierda no podría abandonar la lucha democrática. Tendría que aunar formas distintas de lucha, pero manteniendo el objetivo de abrir espacios democráticos, que son donde los movimientos populares pueden organizarse y desplegar todas sus formas de lucha.


El cambio radical en la correlación de fuerzas internacional con el fin del período de dos superpotencias, dando paso al período de una sola superpotencia, implicó también un cambio radical en la correlación de fuerzas en el plano militar. Por ello es que los movimientos guerrilleros en El Salvador y en Guatemala han reciclado sus formas de lucha para el plano legal e institucional, porque el triunfo por la vía miliar ya no sería posible.


El retraso de esa conversión en Colombia ha generado condiciones más desfavorables para los acuerdos de paz. Y una reconversión mucho más difícil para los movimientos guerrilleros.


Las condiciones de lucha se vuelven mas difíciles cuando la derecha se vale del sistema político para corromperlo desde adentro. Cuenta con errores de la izquierda, desde luego. Entre ellos, el no haberse planteado la democratización del Judiciario - tarea que Bolivia desarrolla con gran coraje. Así como el no haber sido capaz de democratizar a los medios.


Pero lo que ha afectado mas profundamente a la izquierda y la ha llevado, en algunos países, a derrotas graves, es el haber perdido la disputa por el dominio de la agenda nacional. Después de haber convencido a la mayoría de los países que la cuestión social, la de la desigualdad social, la de la exclusión social, la de del hambre y la de la miseria, son esenciales en el continente mas desigual del mundo, esa agenda ha sufrido un cambio, víctima de una campaña mediática monstruosa, que ha impuesto sus temas: la corrupción y los supuestos gastos excesivos del Estado. Fue ese viraje el que ha posibilitado a la derecha recuperar iniciativa, quebrar la hegemonía de la izquierda y retomar sus proyectos neoliberales.


Se ha valido de la falta de democracia: en los medios, en la judicatura, en el financiamiento de las campañas electorales. Le toca a la izquierda no abandonar la vía democrática, que es su oxígeno esencial, sino profundizar la pelea por la democracia, renovarla, ensancharla. Porque el camino de la izquierda es la democracia.

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Lunes, 09 Abril 2018 06:37

Un método perfeccionado

Un método perfeccionado

La prisión de Lula es el golpe final a la democracia en Brasil, con inocultables consecuencias que se expanden por la región. Pero es también la puesta en práctica de un método político autoritario y antidemocrático ahora perfeccionado y antes ensayado en otros países latinoamericanos (Honduras y Paraguay sirven como ejemplo). En Brasil tuvo su prolegómeno en la destitución de la ex presidenta Dilma Rousseff, tan viciada de ilegitimidad como la actuación que ahora lleva adelante el juez Sergio Moro. Poco se puede agregar a todo lo dicho y siempre se corre el riesgo de caer en las obviedades. Sin embargo, también es útil reflexionar sobre lo elemental, especialmente cuando los actores inmediatos preanunciaban desde hace mucho tiempo un final como el que ahora estamos observando sin que hayan sido capaces de articular una respuesta capaz de ponerle límite al atropello.

Lo ocurrido con Lula es un golpe contra la democracia llevado adelante con nuevos métodos por los mismos poderes que en momentos históricos no lejanos usaron a las fuerzas armadas de nuestros países para imponer a sangre y fuego sus intereses.


No hace tanto y tras largos años de resistencia y de lucha, los actores populares lograron revertir la situación y avanzaron en procesos de restitución de derechos, aún en el marco de una “institucionalidad” apoyada en normas construidas por los poderes fácticos y nunca favorables al interés popular. Aun así el voto popular le abrió paso a liderazgos también populares o emparentados con lo popular que avanzaron hacia la restitución de derechos. Incluso con distintas formas e intensidad se llegó a sancionar, usando las mismas normas de la “institucionalidad” coja, a quienes violaron los derechos humanos, demolieron y arrasaron la vida de miles de personas. Argentina ha sido un ejemplo en ese sentido. Fue una gesta de enorme envergadura en condiciones adversas.


Pero en la historia de la humanidad no existen triunfos definitivos, de una vez y para siempre. El enemigo de los pobres y de la democracia como sistema nunca se retiró del escenario. Se replegó, se mantuvo oculto pero constantemente operando. Algunas veces desde las sombras, otras a la luz pública. Persistentemente actuante, agazapado y sin abandonar sus intereses. Esos enemigos del pueblo y de la democracia perdieron batallas. Las mismas que el pueblo festejó en las calles y en las plazas de nuestras ciudades latinoamericanas. Fueron victorias importantes, significativas. Pero no definitivas.


Ahora el método se ha perfeccionado y esto incluye no dejar muertos ni construir héroes. No se mata con tiros, sino con el desprestigio y la descalificación ética de quienes lucharon por los derechos ciudadanos. No se tortura físicamente, se difama para destruir moral y psicológicamente. Ya no habrá “héroes” a los que ensalzar y reivindicar sino “corruptos” sin valores para acreditar. Es lo que pretenden.


Lo ocurrido ahora en Brasil deja en evidencia lo anterior. El sistema capitalista y sus artífices perfeccionaron el método. Ahora utilizan los mecanismos de la democracia formal, “la institucionalidad” democrática acomodada a su medida, para imponer sus condiciones. Se condena sin pruebas y en base a la “intima convicción” alimentada antes y sostenida después por las corporaciones mediáticas que expresan el poder real. Y la Justicia quedó restringida, dañada y sometida al Poder Judicial que ni siquiera se atiene a las leyes porque actúa por cuenta y orden del poder, sin que existan pruebas para condenar o leyes a las que sujetarse. En Brasil, pero también en la Argentina.


Hay condenas mediáticas que son resultado de operaciones que incluyen el uso intensivo de las tecnologías y que están comandadas por grupos concentrados de comunicación que operan bajo el mismo mandato, imponen sentidos ordenadores, formas de entender el mundo, manipulan información, silencian actores y, sobre todo, mienten sin restricciones y sin sanción alguna ni moral, ni ética ni política, ni penal.


El método ha sido perfeccionado. Se reemplazaron soldados por jueces y comunicadores funcionales al poder. No se abandonó la fuerza de las armas, pero estas llegan en un segundo momento para garantizar lo que ya ha sido demolido por el poder mediático sumado al poder judicial. Mientras ello ocurre los verdaderos operadores del poder, los dueños del capital nacional y transnacional, operan a control remoto, fuera de la línea de fuego, sin ensuciarse las manos y amparados en una “institucionalidad” aplicada a su antojo, acomodada su medida y usada en su beneficio.


Frente a semejante situación la pregunta, planteada casi desde la impotencia, sería ¿qué alternativa queda para la vigencia plena de derechos y para los sectores populares en el marco de esta institucionalidad presuntamente democrática pero vacía de democracia real? Porque parece evidente que quienes hoy ejercen el poder en la región y en el mundo han secuestrado a los intereses ciudadanos a través de la operatoria perversa de recursos comunicacionales y jurídicos ajustados a sus intereses y a sus proyectos.


En Brasil ya ocurrió un capítulo decisivo. En Argentina se corre el riesgo inminente de transitar por la misma vía. Habrá que colocar las barbas en remojo, aprender mirando lo ocurrido al vecino y poner toda la creatividad y la voluntad para no terminar en la misma fosa. Como bien ha dicho Lula “la lucha continúa”. Hay que evaluar la situación y revisar los métodos para que los sueños no terminen también en prisión.

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