Biopolítica del consumidor: de cómo la democracia verdadera acabó convirtiéndose en una fábula

 El consumismo moderno tiene su origen en estrategias de persuasión, propaganda y domesticación de las mentes. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, supo utilizar las herramientas del psicoanálisis para vendernos todo tipo de objetos innecesarios y para hacernos creer que en el acto de comprar radica la clave de la satisfacción de nuestros deseos más inconfesables.

¿El mundo consumista no es el Mundo Feliz, el totalitarismo perfecto que ha logrado hacernos amar aquello de lo que no era necesario que pudiéramos escapar? Grupo Marcuse


Tras el final de la Primera Guerra Mundial, y como en cualquier periodo posbélico, comenzaron a ponerse en marcha toda una serie de dispositivos simbólico-materiales destinados a la reconfiguración del ordenamiento mundial. La guerra había dejado menguada la economía de muchas de las grandes potencias de entonces, avecinándose tiempos de pauperización, miseria y pobreza. Las crisis, como bien sabemos, suelen traer en sus entrañas a polizontes y oportunistas de toda calaña, dispuestos a hacer su agosto allí donde el terreno ha quedado arrasado por la tragedia. Es posible que podamos interpretar hoy este intermezzo pesimista que separó una guerra de otra como un laboratorio de pruebas en el que distintas estrategias de poder pujaban por quedarse con la tajada más grande del pastel. En Europa, legiones de jóvenes nazis y fascistas canturreaban los cánticos mesiánicos del Angelus novus, como preludio de la gran catástrofe que se agazapaba entre sus alas. En Estados Unidos, sin embargo, una nueva religión comenzaba a gestarse, de manera mucho más silenciosa y latente, mucho más sutil y estudiada. La gran era del consumismo de masas iniciaba, tímidamente, sus primeros pasos. Y para ello, se apoyó en las novedosas herramientas e instrumentos de cierta corriente científico-filosófica, procedente de Austria. Dicha corriente no es otra que el psicoanálisis, el cual iba a otorgar un innovador marco conceptual para la gestión de emociones y deseos.


Son escasos los manuales de marketing o de publicidad que recojan las enseñanzas de uno de sus más discretos fundadores. Nos referimos a Edward Bernays, austríaco de nacimiento, pero radicado en América, sobrino de Sigmund Freud y fundador de las llamadas Relaciones públicas. Siendo muy joven, Bernays iniciaría sus investigaciones en persuasión y técnicas de propaganda para el control y manipulación de la opinión pública. Viendo las consecuencias que tuvo la Primera Guerra Mundial, Bernays se preguntaría por la posibilidad de resignificar muchas de las técnicas propagandísticas utilizadas durante la misma, para así aplicarlas en períodos de paz. En una vuelta de tuerca clausewitziana, Bernays sentaría las bases del consumismo moderno apoyándose en estrategias bélicas de resolución de conflictos, manipulación, propaganda y domesticación de las mentes. Si somos capaces, se preguntaría Bernays, de convencer a la opinión pública americana de la necesidad de una guerra, mucho más sencillo será animarles a comprar todo tipo de productos y objetos innecesarios. ¿Por qué no utilizar la propaganda para el mero hecho de vender? De este modo, la economía se reactivaba, inoculando en el ciudadano la falsa premisa de la participación política a través del consumo. Incluso, podrían investirse algunos productos con determinadas categorías simbólicas, para producir en el consumidor la ilusión fetichizante de acceder a ciertos valores a través de la compra. Con estas técnicas de manual de psicoanálisis básico, debemos a Bernays la ocurrente perversión de empoderar con un discurso feminista a los cigarrillos de Philip Morris o de dar un aura de masculinidad a la industria automovilística. Los deseos más ocultos de la masa comenzaron a estimularse, gracias a las arrulladoras voces de los anuncios publicitarios y sus mundos de fantasía. Con pocas consignas, el consumo se transformó, para el americano medio, en casi una exigencia moral, dado que, solo participando del mismo, el ciudadano era capaz, de manera cuasi heroica, de apuntalar la maltrecha economía americana. De este modo, el consumidor se crea, se produce, se moldea, al mismo tiempo que el espacio democrático se reduce y banaliza, limitándolo al mero acto de la compra. El mundo deviene mercancía y la polis se transforma en un centro comercial.


Con un giro more copernicano, Bernays inaugura una modalidad de la publicidad entendida como dispositivo disciplinario, anatómico-político o biopolítico, en el que los cuerpos y las mentes son reducidas al único papel del consumidor. En su célebre manual de 1928, titulado Propaganda, no duda en recalcar que “la nueva propaganda no sólo se ocupa del individuo o de la mente colectiva, sino también y especialmente de la anatomía de la sociedad”. La finalidad, nos dice Bernays, no es otra que crear, dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. ¿Para qué vender coches con el lema “cómpreme usted este coche”, cuando podemos conseguir, a través de la persuasión, que miles de ingenuos nos reclamen y exijan “véndame, por favor, ese coche”?


La propaganda del dócil consumidor funciona con las mismas estrategias del poder, tal y como fue descrito por Foucault. Se trata de una suerte de dispositivo, viscoso e imperceptible, de tela de araña tan transparente como certera a la hora de cazar a su presa. Estamos ante una red de relaciones, de gestos, discursos y enunciados destinados a atravesar los cuerpos y los comportamientos. La “propaganda” está destinada a trabajar sobre la opinión pública a diversos niveles: tanto para vendernos una pasta de dientes, como para fomentar una actitud cívica por parte del ciudadano. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”, nos dirá Bernays. Para éste, puesto que la mente del grupo no piensa, es preciso dirigirse a sus impulsos, sus deseos y sus emociones más básicas para, desde allí, modificar sus hábitos. Y, si conocemos los motivos que mueven la mente del grupo, “¿no sería posible controlar y sojuzgar a las masas con arreglo a nuestra voluntad sin que éstas se dieran cuenta?”. Sobemos, pues, el lomo de la Gran Bestia. Alimentemos sus instintos y deseos más básicos a base de gadchets inservibles, automóviles, cremas antiarrugas y experiencias prefabricadas de emociones baratas. El éxito está asegurado y las colas para comprar el nuevo Iphone comenzarán a formarse días antes de que este salga a la venta.

La democracia del consumidor o, como la definió Chomsky, del “rebaño desconcertado”, se asienta en estas siniestras premisas pseudofreudianas de Bernays, para quien no sólo era posible la modificación consciente y la manipulación de las opiniones y costumbres de las masas, sino que dicha manipulación era la condición necesaria para el desarrollo de las actuales democracias. Se trata de organizar el caos. De esta manera, un estado ideal sería aquel en el que las decisiones estuvieran en manos de unos pocos, de un “gobierno invisible” lo suficientemente capaz como para gestionar a esa mayoría estupidizada e infantiloide, inmersa en universos de estimulación constante de deseos. Tales fueron las ideas que tanto Walter Lippman como Bernays defendieron en el famoso Coloquio Lippman, celebrado en plena guerra mundial, en París, y que ha sido considerado el pistoletazo de salida del neoliberalismo. No es de extrañar que Hitler se sintiera atraído por las tesis de Bernays y solicitara sus servicios, propuesta que, al parecer, este rechazó. Huxley ya nos advertía que el nuevo totalitarismo no funcionaría de manera negativa, reprimiendo, prohibiendo, obstaculizando, privando, sino de forma positiva: constituyendo verdad. “Un estado totalitario eficaz —afirmaba Huxley—sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirlos a amarla es tarea asignada […] a los ministerios de propaganda”.


Por Carolina Meloni González
Profesora de Ética y Pensamiento Político. Universidad Europea de Madrid
2018-05-22 18:36:00

Publicado enSociedad
BlacKkKlansman Spike Lee: "La llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda"

El director de cine aprovecha su paso por Cannes para mostrarse duro con su país: "Ha sido construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud".

 

CANNES (FRANCIA)


Spike Lee se mostró hoy en Cannes muy duro con Estados Unidos, un país "construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud", y aseguró que "la llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda".


"Tenemos a un tipo en la Casa Blanca, no voy a decir su maldito nombre, que definió ese momento no solo para los estadounidenses, sino para el mundo, y que ese hijo de puta tuvo la oportunidad de decir que nos referimos al amor, no al odio", dijo el realizador en referencia a la muerte de la joven Heather Heyer.
El pasado mes de agosto Heyer murió atropellada por un joven neonazi blanco en Charlottesville (Virginia) y otras 20 personas resultaron heridas. Este hecho cierra el filme de Lee, basado en la historia real del primer policía negro de Colorado Springs y que le sirve al realizador para apuntar a la complicada situación actual.


"Ese hijo de puta no denunció al hijo de puta Klan, a la derecha alternativa ni a esos nazis hijos de puta. Fue un momento decisivo, y podría haberle dicho al mundo, no solo a los Estados Unidos, que éramos mejores que eso", afirmó con vehemencia el director, que posteriormente se disculpó por su lenguaje.


El "asesinato" de la joven fue el elemento clave de una película, BlacKkKlansman, que comienza con una escena de la Guerra de Secesión de "Lo que el viento se llevó" y acaba con imágenes reales de Trump y del atropello en Charlottesville.


"Esperamos que los jefes de Estado muestren un cierto valor moral, esperamos que tomen las buenas decisiones, pero hay grupos que reaccionan con odio y que surgen por todas partes", dijo el realizador que hizo hincapié en que no se trata de un problema exclusivo de Estados Unidos.


Es algo que ocurre en todo el mundo. "Tenemos que despertar, no podemos estar callados. No es un problema negro, blanco o marrón. Todos vivimos en este planeta, y este tipo en la Casa Blanca tiene el código nuclear", dijo Lee, que también mencionó a los presidentes de Corea del Norte y Rusia antes de preguntarse: "¿qué coño está pasando?".


Una "llamada de atención"


Por eso considera su película como una "llamada de atención" sobre lo que está sucediendo, sobre las mentiras proclamadas como verdades. "No me importa lo que digan los críticos ni nadie más, sé que estamos en el lado correcto de la historia con esta película", agregó.


Un filme que se sitúa en los años setenta, protagonizado por un magnífico John David Washington -hijo de Denzel- que interpreta a Ron Stallworth, el policía que escribió un libro con sus experiencias como primer agente negro en Colorado Springs.


Está acompañado por Adam Driver, como un judío que se infiltra en el Ku Klux Klan, o Topher Grace, como el máximo responsable de ese grupo extremista, en una alocada comedia que se sirve del humor más salvaje para poner en tela de juicio la discriminación sufrida por la población negra en Estados Unidos.


Una historia que le permite al realizador de "Do the Right thing" ("Haz lo que debas", 1989) conectar con el momento actual de su país, una época terrible que se asemeja a una guerra civil, señaló Lee.


Aunque también consideró que su filme "abre la vía a la esperanza".


"No estoy ciego. Este problema de la extrema derecha existe en todos los países del mundo y espero que mi película se vea en todas partes, que levante las conciencias, que sacuda a la gente, que los despierte. Creo que en ese aspecto es un filme importante", señaló.


En su opinión, la obligación de un filme no es aportar soluciones sino plantear preguntas y, en este caso, "provocar una discusión sobre el problema del racismo".
"Hay mucha gente que se pasea sin ser consciente de lo que pasa en la sociedad (...) que se queda en un lado, que no sabe gestionar la situación, que se siente perdida. Yo les digo que no hay que quedarse callados, sin reaccionar", afirmó el director.


Y ante una pregunta de un periodista africano, insistió: "hay que liberarse de los restos del colonialismo en África (...) Hay que trabajar juntos para resolverlo, hay que hacer triunfar la libertad en el mundo y acabar con las injusticias".


No solo en Estados Unidos. "Viajo mucho y se habla mucho de lo que pasa en mi país pero hay que ver en otros países cómo tratan a los inmigrantes, a la gente que ha venido de África. Ustedes tienen sus propios problemas, no es solo EEUU".


Una rueda de prensa monopolizada por el mensaje político de Lee, que estaba acompañado por Washington, Driver, Grace y Laura Harrier, un equipo "magnífico" en palabras del realizador, encantado a sus 61 años de rodearse de gente nueva.

Por ALICIA GARCÍA DE FRANCISCO ( EFE)

15/05/2018 19:23 Actualizado: 15/05/2018 19:23

Publicado enCultura
El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

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El soterrado gusto del centro por los polos… Y de los polos y el centro por el capital

En Colombia está de moda el centrismo. Quizá sea una moda que introdujo de manera fuerte la llamada “ola verde” y que ahora tiene como emisarios oficiales a Fajardo y De la Calle. Nadie quiere parecer “radical”, ni la derecha ni la izquierda. Aparentemente, todo el mundo se encuentra cansado de la “polarización”. El centro se presenta entonces como el lugar de lo común, donde lo mejor de ambas partes es recogido sin caer en extremismos fatuos (Petro y Uribe-Duque-Lleras serían acá los referentes de prepotencia, engreimiento y falta de apertura). Sin embargo, por pura lógica básica occidental, esa que tanto nos dicen que debemos usar en tiempos electorales, no es posible afirmar un centro en ausencia de extremos. Si eso es cierto, el centro es el primer motor de la “polarización”, ya que, si la derecha construye un enemigo de izquierda (el “castrochavismo”, la “dictadura gay”, los “anti-empresa”, etc.) y la izquierda uno de derecha (la “oligarquía”, la “aristocracia”, los “anti-pueblo”, etc.), el centro construye dos enemigos de manera indirecta para afirmarse a sí mismo.

En pocas palabras, el centro tiene un perfil psicológico pasivo-agresivo: se muestra conciliador, tolerante y abierto, pero en lugar de construir un enemigo construye dos, y además niega el conflicto que contribuye a instigar. Pura santurronería típicamente clasemediera. El centro se comporta como la clase media, niega ocupar un lugar extremo, ni rica ni pobre. Con sudor, compra artículos de empresas que maltratan a sus empleados, a los consumidores y a la naturaleza, pero se siente bien con las compras porque son empresas que emprenden campañas para mostrarse éticamente comprometidas y responsables (“amigables con el medio ambiente”, por ejemplo). Por no querer estar ni aquí ni allá, se trata de una clase que atiza un infinito ciclo de explotación que, al tiempo, la explota a ella misma y del cual saca una paupérrima tajada: ir al cine, al centro comercial, darse unas vacaciones en cualquier hotel de tres o cuatro estrellas, etcétera. Esos “pequeños placeres de la vida”, que en realidad para la clase media son la máxima expresión de vivir bien, legitiman someterse a la propia explotación y al ciclo de explotación en general. O, dicho de otro modo, la clase media necesita tanto del (sometimiento del) trabajo como del (imperio del) capital y, en un extraño malabarismo, niega la existencia de ambos y los suplanta por un mundo de libertad e igualdad, uno donde todos somos potenciales “amiguis” y vivimos sin conflictos estructurales.

Ahora bien, la política consiste, entre otras cuestiones, en tomar posición en y sobre una serie de órdenes e instituciones entrelazadas y cambiantes, sea el mercado, el Estado, la escuela, la familia, el cuerpo, la naturaleza, etcétera. A partir de esas posiciones se articulan alianzas, negociaciones, conflictos y procesos de emancipación. Aquí no hay nada tan evidente como izquierda, centro o derecha, ¿está en la izquierda o en la derecha una maestra feminista que denuncia a su exmarido abusador pero ejerce un irrestricto control sobre sus estudiantes?, ¿está en la izquierda o en la derecha un ecologista que daría su vida por un río pero que legitima el consumo de carne?, ¿está en la izquierda o en la derecha el sindicalista que lucha contra el capitalismo pero que es un tirano con su esposa e hijos? Izquierda, centro y derecha, como muchas otras identidades, no son otra cosa que simplificaciones típicas de la espectacularización mercantil de la política en tiempos donde todo resulta consumible y donde, además, el deseo debe ser orientado hacia un producto fácil de digerir. De ahí que las teorías del populismo y del storytelling sean tan famosas hoy en día. La primera, venida de ciertos intelectuales que se reconocen como pertenecientes a una tradición de izquierda (vg. Ernesto Laclau y sus “encarnaciones”, como Podemos en España), asegura que la forma-populismo es neutral, que existe populismo de derecha y de izquierda, lo que hay que hacer es construir un populismo de izquierda a través de la delimitación de un enemigo adecuado (la “casta”) y alrededor de una figura carismática decente (Pablo Iglesias) apoyada por el pueblo (la “patria” española). La segunda, proveniente de los expertos en marketing político, asegura que el proceso electoral implica confeccionar una historia o narración que, como los cuentos, tenga su príncipe salvador, su villano y su doncella rescatada, y que se ajuste al perfil psicológico de cada elector/consumidor (sabemos ya que, en parte, gracias a esto Trump es presidente de los Estados Unidos).

¿Es posible hablar de izquierda, derecha y centro cuando todas las alternativas políticas asumen, sin ambages, esta estructura mercantil de la política?, ¿es posible creer en proyectos diversos cuando, de entrada, todos someten la política al juego del espectáculo capitalista, de ese gobierno que no se disputa nunca y que, con seguridad, gobernará sobre quien gane las elecciones? El centro tiene un soterrado gusto por los polos, es cierto, y es una mala noticia, pero la peor noticia es que los polos y el centro tienen un gusto común por el mercado, ¿no será por ello que ahora el Polo Democrático está en el centro y la derecha se llama Centro Democrático?, ¿no es el centro la apoteosis del gobierno del Capital?, ¿no es la cara de la absoluta claudicación y la bienvenida a la más cruel de todas las dictaduras?

Publicado enEdición Nº245
Entrevista a Lucía Topolansky: "El tema de las nacionalidades en España me recuerda a Isabel la Católica a sangre y fuego"

La vicepresidenta de Uruguay, militante tupamara y pareja del ex presidente José Mujica, Lucía Topolansky, se muestra contraria a la existencia de monarquías y reivindica el derecho de autodeterminación. Asegura además que la izquierda de su país alcanzó el gobierno, pero no el poder.

Dice el calendario que es abril, pero sobre el pavimento de Montevideo parece enero. El sol cae con fuerza sobre General Flores, una avenida que conduce directamente al Palacio Legislativo, el Congreso uruguayo. Justo enfrente está la Plaza de los Mártires de Chicago, bautizada así en homenaje a los anarquistas estadounidenses que fueron fusilados en 1887 por pelear por sus derechos. Cada Primero de Mayo, este mismo parque sirve de escenario para la celebración del Día Internacional de la Clase Trabajadora.


Un siglo después, en los convulsos años setenta del siglo XX, otras y otros rebeldes se sumaron a la pelea por un mundo nuevo. Muchas y muchos cogieron las armas. En Uruguay lo hicieron bajo las siglas del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). La muerte fue el destino de muchos de ellos.


Otros cayeron en manos de la dictadura cívico-militar (1973-1985) y permanecieron largos años en cautiverio. El mítico José Mujica, quien alcanzaría fama mundial tras ser investido presidente del país en 2010, fue uno de ellos. Su pareja, una montevideana llamada Lucía Topolansky, también.


Caluroso abril uruguayo, 9.30 de la mañana. Los autobuses, allí conocidos como “ómnibus”, van cargados hasta las orejas. Dentro del Palacio Legislativo, atravesando el majestuoso Salón de los Pasos Perdidos, está el despacho de Topolansky. Ahora es vicepresidenta del país. Tras ser elegida senadora en las últimas elecciones, esta mujer de pelo blanco y hablar pausado tuvo que asumir el cargo que quedó vacante a raíz de la renuncia del anterior número dos del gobierno del Frente Amplio (coalición de izquierdas), Raúl Sendic. Así, sin preverlo, se convirtió en la primera mujer que alcanza la vicepresidencia de este país de tres millones y medio de habitantes.


La conversación de Topolansky con Público duró una hora. Sobre su escritorio había una agenda con varias anotaciones, algunas carpetas prolijamente apiladas y un vaso de agua. No hacía falta más.


¿Alguna vez imaginó que iba a estar sentada en este despacho?

La verdad, no. Yo no tengo la cabeza de algunos políticos tradicionales que dicen “voy a ser concejal, diputado, senador, ministro…”. La política no es para mí una carrera, sino un compromiso militante.


Por una serie de circunstancias estoy hoy aquí, y para mí es un puesto de militancia como cualquier otro.


¿El Uruguay de 2018 se asemeja en algo a aquel Uruguay por el que usted empezó a luchar?


No, para nada. No se asemeja el Uruguay, ni tampoco el mundo. Hoy estamos en un momento de cambio de época. Aparecen factores completamente nuevos, como internet o las redes sociales, que inciden en la política. Ahora hay libros que hablan de la “tecnopolítica”, pero yo ya no pertenezco a ese mundo. Por mi edad, he transitado otros caminos. Ahora parece que alguien contrata a alguien, saca una plataforma, le trabaja la cabeza a los electores y obtiene resultados. Esto es algo que habría que pensar mucho.


El Frente Amplio (FA) lleva 13 años gobernando en Uruguay. ¿Qué cambios ha logrado la izquierda?


En primer lugar, hay que tener en cuenta que el mundo ha ido cambiando. Actualmente hay transnacionales que tienen un PIB mayor que el de Uruguay. En otras palabras, es el capital financiero el que gobierna en el mundo. Pero como la única lucha que se pierde es la que se abandona, nosotros seguimos luchando.
Este pequeño escalón no es la llegada al poder, sino al gobierno, que es una cosa diferente. Estos tres gobiernos del FA han dejado un antes y un después para el Uruguay. Hoy se trata de un país con menos diferencias sociales, se ha reducido la pobreza y la indigencia, se desarrolla la educación pública gratuita y laica… Del mismo modo, nuestro país depende mucho del mundo exterior, y todos sabemos cómo se complicó todo: el libre comercio es una cosa que no existe.


El mundo es salvaje, cambiante… Ahora mismo podemos ver lo que está haciendo el presidente de EEUU y la guerra comercial que ha desatado. Uruguay es un pequeño barco en ese mar de aguas procelosas, y lo que tiene que intentar es manejar la vela de tal modo que la suerte de sus connacionales sea lo mejor posible. Eso es lo que ha hecho el FA, y esa es la gran diferencia con los gobiernos anteriores. Esperamos seguir gobernando para continuar subiendo escalones en la escalera de la igualdad y de la pública felicidad.


Es muy interesante esa diferencia entre “ser gobierno” y “ser poder” de la que usted habla.


La diferencia entre ser gobierno y ser poder es que una multinacional que se instala en Uruguay, genera valor agregado para la materia prima local, paga impuestos, etcétera, si el día de mañana le conviene irse a Burkina Faso, levanta el negocio y se va. Le importa un bledo, no tiene responsabilidad social del desastre que deja atrás. Manejar el barquito en ese mundo y tener los indicadores que tiene Uruguay es una proeza. Es verdad que todavía faltan cuestiones de igualdad o de mejorar el acceso a la vivienda. También se nos ha metido el tema del narcotráfico, que es una plaga mundial que condiciona a todo el mundo.


Aunque no somos un país de destino, sí lo somos de paso, y eso genera problemas. Ese problema debería solucionarlo EEUU, porque los consumidores de droga viven en EEUU, y si se acaban los consumidores se acaba el narcotráfico. Pero parece que los EEUU no quieren acabar con el consumo de droga.


Ustedes han dado pasos en esa materia con la legalización de la marihuana.


Sí, dimos pasos, y hay que dar más todavía, pero eso no basta. Uruguay no mueve la aguja del mundo porque es muy pequeño. Lo que hacemos es poner una señal testigo.


¿Esos pasos pueden ayudar a luchar contra el narcotráfico?


Creemos que el plan de represión que implementó EEUU fracasó en Colombia, en México y en el mundo. En realidad, EEUU tendría que invertir ese dinero en eliminar a los consumidores, pero eso no lo va a hacer. Ante esa situación, lo que hicimos nosotros fue sacarle el mercado a los narcotraficantes. Es como la ley seca: el mal existe, el consumidor está, pero que por lo menos sea el Estado el que regula eso.


Esa política en torno a la marihuana le ha dado fama internacional a Uruguay. También ha tenido mucha repercusión a nivel mundial el estilo de su pareja, el ex presidente Pepe Mujica. Ustedes no se mudaron a la residencia oficial y siguieron viviendo igual que antes. ¿Os sentís unos bichos raros?


En realidad el Uruguay es un bicho raro. Por eso le decía antes que probablemente el concepto de socialdemocracia haya nacido aquí. Pepe no es el único presidente que ha vivido en su casa: el actual presidente también lo hace, al igual que en su momento lo hizo el ex presidente (Julio María) Sanguinetti.


Hay una concepción republicana que va más allá de Pepe y del Frente Amplio, es un valor intangible que los uruguayos debemos preservar. Que el presidente tenga solamente dos policías en la puerta de su casa habla del Uruguay. Que el presidente pueda ir a una actividad pública sin tener una corte de milicos y de seguridad también habla muy bien de nuestro país. El presidente es un ciudadano como cualquier otro, sólo que tiene la mayor de las responsabilidades, y es así porque se la han dado los ciudadanos. Lo que hace Pepe es darle visibilidad a todo esto. Tuvo la virtud, porque es un buen comunicador, de plantear cosas distintas en los foros internacionales


“España nos duele”. ¿Cómo son las relaciones con España?


Con España tenemos una fuerte pata cultural. Nos guste o no, la historia de la conquista eliminó los pueblos originarios en Uruguay. Nosotros no tenemos la realidad de los países andinos o centroamericanos, donde hubo fuertes culturas precolombinas que se desarrollaron y que hasta el día de hoy están presentes y pelean. De los pueblos originarios de Uruguay, los que no fueron muertos se mimetizaron para sobrevivir. Nuestro país conformó su población con una fuerte emigración española e italiana, principalmente.


Se puede decir que nosotros descendemos de los barcos, y de los barcos descendieron nuestros antepasados, nuestros apellidos, los oficios y las ideas. Por eso mismo, con España hay un gran vínculo: es difícil encontrar a algún uruguayo que no tenga algún familiar de origen español. Hay una cuestión afectiva, y nos duele España. Todo lo que ocurre allí nos resulta muy cercano.


En lo personal podemos no estar de acuerdo con la existencia de monarquías porque somos republicanos, pero eso es un lío de los españoles. También somos partidarios de la autodeterminación y de la soberanía, pero no nos vamos a meter en ese lío. Los españoles tienen el gobierno que eligieron.


¿Está al corriente de la situación en Cataluña?


Sí. No podemos olvidar que hay muchos uruguayos que viven en Cataluña. Cuando una ve el tema de las nacionalidades en España, porque no solo es Cataluña, también es el País Vasco, los valencianos… lo primero que se le viene a la cabeza es la imagen de Isabel la Católica a sangre y fuego, con la cruz y la inquisición.
Esa imagen es castellana, esa Castilla de Isabel la Católica está ahí, omnipresente. Hay que tener en cuenta que los pueblos catalán y vasco se sintieron muy agredidos durante los larguísimos años de dictadura. Esas luchas se entienden; es lógico que vascos, catalanes hayan salido a poner en valor su cultura, sus raíces. Si los catalanes tienen razón o no, yo no me voy a meter, porque me queda grande y no me gusta estar metiéndome en rancho ajeno.


Hace ahora tres años usted participó en un acto a favor del proceso de paz en el País Vasco que se realizó en Montevideo


Yo creo que los procesos de paz hay que acompañarlos. Cuando la organización armada ETA quiere desarmarse y quien tiene que recibir la contraparte mira para el costado, es muy embromado, porque entonces no hay ninguna intención de paz, sino de revancha, de venganza. Cuando los conflictos están estancados no se sale queriendo masacrar al otro, sino buscando entendimientos de paz que no son nada fáciles, pero que son posibles. Ahí está la reivindicación, tibia además, que plantean los vascos de traer a los presos al País Vasco, que es nada, porque ni siquiera están pidiendo las libertades… Dentro de poco va a venir a Uruguay el lehendakari (Iñigo Urkullu), y le vamos a recibir.


¿Los retos de la izquierda en España se asemejan en algo a los que tienen en América Latina?


En realidad, creo que los retos de la izquierda se asemejan en el mundo. Tuve la oportunidad de conocer en persona a Manuela Carmena (alcaldesa de Madrid), y me pareció una mujer tremendamente centrada, muy respetada y muy sencilla, con una carrera interesante en el Poder Judicial. Considero que fue un acierto de Podemos levantar esa figura. Del mismo modo, me parece que si Podemos y otros sectores de la izquierda, incluido el PSOE -si bien ha virado mucho hacia el centro hubiesen encontrado un pacto de entendimiento -y creo que Pedro Sánchez peleó por eso-, habrían impedido que Rajoy estuviera en el gobierno.


Asimismo, si los seis grupos de izquierda que hay en Chile hubieran comprendido el pacto de entendimiento, allí no estaba ahora Piñera. En Perú se acaba de dividir el Frente Amplio, en Ecuador ídem de ídem… Uruguay tiene ese diferencial, y es lo único que le puede ofrecer a la izquierda del mundo: la unidad. ¿Cuál es la fórmula uruguaya? Unidad en la diversidad. En el Frente Amplio están desde el Partido Demócrata Cristiano hasta el Partido Comunista, estamos personas que provenimos de la lucha armada… ¿Qué nos une? Que tenemos unas reglas de juego a las que nos avenimos, un programa común y un compromiso ético.


“Siempre hice lo que se me antojó”. ¿Hay alguna posibilidad de que usted sea candidata a presidenta en las próximas elecciones?


No, ninguna. Yo estaba con causal jubilatoria de este tipo de funciones, pero no de la militancia. De hecho, los años que viva voy a militar. Hay causas imprescindibles, pero no personas imprescindibles.


¿Tiene usted tiempo para disfrutar de la felicidad?


Como soy feliz abrazando la causa que abracé, mi tiempo es ese. A mí nadie me planteó que tenía que militar en política; yo me tiré en esta pecera porque quise, libremente e incluso contra la voluntad de mi familia. A mi modo, soy feliz. Estuve presa, clandestina, pero a mi modo fui feliz.


Cuando uno se compromete con una causa sabe que va a tener dificultades, porque nada es gratuito.


Siempre hice lo que se me antojó, tuve la libertad de ir por donde quise, en el acierto y en el error. Voy a cumplir 74 años, y puedo decirle que viví al mango (a tope). Lo que yo le pido a la juventud es que se comprometa con una causa, que la viva al mango, no por arribita.


¿Pepe Mujica podría volver a ser candidato?


Yo pienso que no debe serlo. Cuando termine este periodo va a tener 85 años. También hay que pensar en la vida y si no precisamos esa figura más allá de lo concreto, que esté en otra dimensión.


Quizás ya lo está.

 

Sí, yo creo que ya lo está.

 

montevideo

danilo albin
@danialbi…

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Domingo, 15 Abril 2018 05:42

El camino de la izquierda

El camino de la izquierda

La democracia parece asfixiar a la derecha latinoamericana. Mientras ésta solo disponga de un proyecto profundamente antisocial, no podrá someterse a la disputa democrática abierta, porque no tiene cómo conquistar a la mayoría de la población. 

A su vez, la izquierda está profundamente comprometida con la democracia, no tiene miedo a la disputa libre entre su proyecto y el de la derecha. La ofensiva conservadora en Latinoamérica revela, cada vez mas, cómo la derecha busca estrechar o incluso liquidar totalmente los espacios democráticos, sea para enquistarse en el poder, sea para llegar al poder por vías no democráticas.


Esa ofensiva solo confirma cómo la derecha latinoamericana no tiene compromiso con la democracia, mientras que es la izquierda la que nace, se desarrolla y gobierna por medios democráticos, y la que pelea democráticamente por seguir gobernando o por volver a hacerlo. Quien crea que la vía democrática se ha agotado es un iluso. Incluso porque la vía insurreccional sería camino a la derrota y la catástrofe para la izquierda, como el caso colombiano lo demuestra.


Lo que se agota es el compromiso de la derecha con la democracia. La estrategia híbrida, la nueva vía de acción del imperialismo, representa un sabotaje desde adentro de los sistemas democráticos. Valiéndose del monopolio de los medios, del financiamiento privado de campañas electorales, de un Judiciario adherido al affaire y a la judicialización de la política, se ha montado una estrategia de persecución judicial, policial y mediática de las fuerzas populares y de sus líderes, única vía posible de acceso o perpetuación de la derecha en el gobierno.


La pelea por la democratización está en la esencia de la estrategia de la izquierda. La izquierda solo puede llegar al gobierno por el convencimiento de la mayoría de la población. Solo puede gobernar contando con esa mayoría.


Aún cuando lo que se instala ya no es más un régimen de excepción, sino un Estado de excepción, que cierra todos los espacios legales, la izquierda no podría abandonar la lucha democrática. Tendría que aunar formas distintas de lucha, pero manteniendo el objetivo de abrir espacios democráticos, que son donde los movimientos populares pueden organizarse y desplegar todas sus formas de lucha.


El cambio radical en la correlación de fuerzas internacional con el fin del período de dos superpotencias, dando paso al período de una sola superpotencia, implicó también un cambio radical en la correlación de fuerzas en el plano militar. Por ello es que los movimientos guerrilleros en El Salvador y en Guatemala han reciclado sus formas de lucha para el plano legal e institucional, porque el triunfo por la vía miliar ya no sería posible.


El retraso de esa conversión en Colombia ha generado condiciones más desfavorables para los acuerdos de paz. Y una reconversión mucho más difícil para los movimientos guerrilleros.


Las condiciones de lucha se vuelven mas difíciles cuando la derecha se vale del sistema político para corromperlo desde adentro. Cuenta con errores de la izquierda, desde luego. Entre ellos, el no haberse planteado la democratización del Judiciario - tarea que Bolivia desarrolla con gran coraje. Así como el no haber sido capaz de democratizar a los medios.


Pero lo que ha afectado mas profundamente a la izquierda y la ha llevado, en algunos países, a derrotas graves, es el haber perdido la disputa por el dominio de la agenda nacional. Después de haber convencido a la mayoría de los países que la cuestión social, la de la desigualdad social, la de la exclusión social, la de del hambre y la de la miseria, son esenciales en el continente mas desigual del mundo, esa agenda ha sufrido un cambio, víctima de una campaña mediática monstruosa, que ha impuesto sus temas: la corrupción y los supuestos gastos excesivos del Estado. Fue ese viraje el que ha posibilitado a la derecha recuperar iniciativa, quebrar la hegemonía de la izquierda y retomar sus proyectos neoliberales.


Se ha valido de la falta de democracia: en los medios, en la judicatura, en el financiamiento de las campañas electorales. Le toca a la izquierda no abandonar la vía democrática, que es su oxígeno esencial, sino profundizar la pelea por la democracia, renovarla, ensancharla. Porque el camino de la izquierda es la democracia.

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Lunes, 09 Abril 2018 06:37

Un método perfeccionado

Un método perfeccionado

La prisión de Lula es el golpe final a la democracia en Brasil, con inocultables consecuencias que se expanden por la región. Pero es también la puesta en práctica de un método político autoritario y antidemocrático ahora perfeccionado y antes ensayado en otros países latinoamericanos (Honduras y Paraguay sirven como ejemplo). En Brasil tuvo su prolegómeno en la destitución de la ex presidenta Dilma Rousseff, tan viciada de ilegitimidad como la actuación que ahora lleva adelante el juez Sergio Moro. Poco se puede agregar a todo lo dicho y siempre se corre el riesgo de caer en las obviedades. Sin embargo, también es útil reflexionar sobre lo elemental, especialmente cuando los actores inmediatos preanunciaban desde hace mucho tiempo un final como el que ahora estamos observando sin que hayan sido capaces de articular una respuesta capaz de ponerle límite al atropello.

Lo ocurrido con Lula es un golpe contra la democracia llevado adelante con nuevos métodos por los mismos poderes que en momentos históricos no lejanos usaron a las fuerzas armadas de nuestros países para imponer a sangre y fuego sus intereses.


No hace tanto y tras largos años de resistencia y de lucha, los actores populares lograron revertir la situación y avanzaron en procesos de restitución de derechos, aún en el marco de una “institucionalidad” apoyada en normas construidas por los poderes fácticos y nunca favorables al interés popular. Aun así el voto popular le abrió paso a liderazgos también populares o emparentados con lo popular que avanzaron hacia la restitución de derechos. Incluso con distintas formas e intensidad se llegó a sancionar, usando las mismas normas de la “institucionalidad” coja, a quienes violaron los derechos humanos, demolieron y arrasaron la vida de miles de personas. Argentina ha sido un ejemplo en ese sentido. Fue una gesta de enorme envergadura en condiciones adversas.


Pero en la historia de la humanidad no existen triunfos definitivos, de una vez y para siempre. El enemigo de los pobres y de la democracia como sistema nunca se retiró del escenario. Se replegó, se mantuvo oculto pero constantemente operando. Algunas veces desde las sombras, otras a la luz pública. Persistentemente actuante, agazapado y sin abandonar sus intereses. Esos enemigos del pueblo y de la democracia perdieron batallas. Las mismas que el pueblo festejó en las calles y en las plazas de nuestras ciudades latinoamericanas. Fueron victorias importantes, significativas. Pero no definitivas.


Ahora el método se ha perfeccionado y esto incluye no dejar muertos ni construir héroes. No se mata con tiros, sino con el desprestigio y la descalificación ética de quienes lucharon por los derechos ciudadanos. No se tortura físicamente, se difama para destruir moral y psicológicamente. Ya no habrá “héroes” a los que ensalzar y reivindicar sino “corruptos” sin valores para acreditar. Es lo que pretenden.


Lo ocurrido ahora en Brasil deja en evidencia lo anterior. El sistema capitalista y sus artífices perfeccionaron el método. Ahora utilizan los mecanismos de la democracia formal, “la institucionalidad” democrática acomodada a su medida, para imponer sus condiciones. Se condena sin pruebas y en base a la “intima convicción” alimentada antes y sostenida después por las corporaciones mediáticas que expresan el poder real. Y la Justicia quedó restringida, dañada y sometida al Poder Judicial que ni siquiera se atiene a las leyes porque actúa por cuenta y orden del poder, sin que existan pruebas para condenar o leyes a las que sujetarse. En Brasil, pero también en la Argentina.


Hay condenas mediáticas que son resultado de operaciones que incluyen el uso intensivo de las tecnologías y que están comandadas por grupos concentrados de comunicación que operan bajo el mismo mandato, imponen sentidos ordenadores, formas de entender el mundo, manipulan información, silencian actores y, sobre todo, mienten sin restricciones y sin sanción alguna ni moral, ni ética ni política, ni penal.


El método ha sido perfeccionado. Se reemplazaron soldados por jueces y comunicadores funcionales al poder. No se abandonó la fuerza de las armas, pero estas llegan en un segundo momento para garantizar lo que ya ha sido demolido por el poder mediático sumado al poder judicial. Mientras ello ocurre los verdaderos operadores del poder, los dueños del capital nacional y transnacional, operan a control remoto, fuera de la línea de fuego, sin ensuciarse las manos y amparados en una “institucionalidad” aplicada a su antojo, acomodada su medida y usada en su beneficio.


Frente a semejante situación la pregunta, planteada casi desde la impotencia, sería ¿qué alternativa queda para la vigencia plena de derechos y para los sectores populares en el marco de esta institucionalidad presuntamente democrática pero vacía de democracia real? Porque parece evidente que quienes hoy ejercen el poder en la región y en el mundo han secuestrado a los intereses ciudadanos a través de la operatoria perversa de recursos comunicacionales y jurídicos ajustados a sus intereses y a sus proyectos.


En Brasil ya ocurrió un capítulo decisivo. En Argentina se corre el riesgo inminente de transitar por la misma vía. Habrá que colocar las barbas en remojo, aprender mirando lo ocurrido al vecino y poner toda la creatividad y la voluntad para no terminar en la misma fosa. Como bien ha dicho Lula “la lucha continúa”. Hay que evaluar la situación y revisar los métodos para que los sueños no terminen también en prisión.

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Lunes, 02 Abril 2018 08:00

Más que “cantos a la bandera”

Más que “cantos a la bandera”

Tal y como estaba programado, el pasado 11 de marzo quienes habitamos el territorio colombiano fuimos convocados para elegir un nuevo poder legislativo. Y como es ya recurrente, a tal llamado respondió menos del 50 por ciento de quienes estaban en capacidad de hacerlo: 17.818.185 ciudadanos, es decir, el 48.82 por ciento del censo electoral.

 

Una participación con algunos datos que es importante resaltar: 1´137.133 votos anulados por mal diligenciados (6.38% del total), 871.444 votos no marcados (4.89%), clara expresión de descontento con el régimen político vigente o con los llamados “padres de la patria”, y 835.445 votos marcados en blanco (4.68% del total), que expresan que no tienen identidad con ninguno de los candidatos en cuestión, y que están por otro tipo de régimen político.

 

La suma de estos tres “detalles” da un total de 2´844.022, es decir, el 15.96 por ciento del censo electoral, un porcentaje superior al obtenido por la mayoría de los participantes en esta cita electoral*

 

De igual manera, como estaba proyectado, los partidos tradicionales, es decir, la derecha de distinto matiz retuvo el control del legislativo. Supieron aprovechar la coyuntura electoral para tensar las fibras clientelares por tantos decenios tejidas, pero también para acercarse a las mayorías sociales, como es costumbre con una interpretación engañosa de los problemas sociales, manipulando las necesidades más sentidas de quienes viven más urgidas de algún favor o de algún ingreso para sobrellevar cada día. Tendremos, por tanto, por cuatro años más, la aprobación de leyes para mantener el modelo de acumulación y desigualdad imperante hasta hoy.

 

Aunque los resultados son contrarios a las necesidades de los marginados y excluidos del país, los diversos matices en que se organiza e identifica la izquierda y sectores progresistas, no solo conservaron la representación en el legislativo sino que la incrementaron. Las fuerzas de izquierda, sumaron 2.627.614 votos (17,56%), lo que les significa 19 senadores. A estos se suman los 5 a que tiene derecho las Farc por derecho propio. Si bien estamos ante un avance es inocultable que la izquierda no se perfila todavía como una corriente política de mayorías.

 

Por tanto, la alegría reinante en muchos sectores de la sociedad y del activismo refleja un triunfo parcial. Un triunfo que de no ser correspondido de manera adecuada ante sus bases por los elegidos, con una labor realmente alternativa fuera y dentro del Congreso, terminaran actuando, pese a su disciplina, constancia, propuestas, etcétera, en contra de los mismos sectores que los eligieron. De ahí que una primera explicación que le deben a sus bases es aquella donde les indiquen por qué su trabajo en el hemiciclo será limitado, sin resultados concretos, pese a sus deseos y proyectos por presentar en los meses venideros.

 

¿Por qué sucedería esto? Porque, más allá de su disciplina y consecuencia, son minoría y, por tanto, todos aquellos proyectos de ley que presenten y no le sirvan al establecimiento serán negados, es decir, simplemente estarán declamando “cantos a la bandera”, al tiempo que legitimando una instancia legal que de manera recurrente actúa de espaldas al país nacional.

 

Ante esto, sería urgente y necesario que la lógica de la política de los movimientos o grupos que lograron poner un representante en los muros del Congreso, trasciendan de los escenarios institucionales y vayan más allá de estos, propiciando espacios y discusiones frente a la democracia realmente existente, denunciando que la participación de la sociedad y las decisiones de la vida en su conjunto –educación, salud, vivienda, economía, naturaleza, etcétera– no pueden quedar talladas solamente en el voto de cada tantos años, sino que debe ser producto de una participación cotidiana y constante.

 

En igual sentido, estos representantes de la gente de a pie deben concretar una labor educativa constante para poder sustentar los sueños que sostienen la pugna por una nueva sociedad, una labor constante, donde las razones de sus actos y de sus luchas contra el poder estén siempre antecediendo y acompañando todos sus procederes. Al actuar así, estarán mostrando que no olvidaron que se deben a la gente, no solo cuando buscaron su voto, sino ahora que ya están ungidos, y que sin el apoyo de esas gentes, no son nada, a pesar de todo lo que los puedan inflar los medios de comunicación oficiosos.

 

Labor educativa y disputa de poder por encarar que también debe llevar a estos congresistas a convocar sesiones legislativas alternativas, sesiones en las cuales extiendan para su debate, ante la sociedad que concurra a su llamado, los proyectos de ley que pretenden tramitar, a la vez que retoman todas las iniciativas que esos mismos sectores les presenten, discutiendo con ellos formas alternas de hacerlos realidad si, como es predecible, no encuentran eco en la cava santanderista.

 

Un proceder de reflexión y debate, así como de organización, al cual debería asistir la mayor cantidad posible de senadores y representantes considerados así mismos como alternativos, como una muestra y evidencia de su conciencia de que su labor durante los próximos cuatro años será formal, cuando más.

 

Proceder alternativo para transformar la sociedad, toda vez que el voto no debe ser un simple acto formal, de elegir y ser elegido, sino el mandato para que una persona un día cualquiera deja de ser un empleador o trabajador por cuenta propia para asumir un nuevo rol: el de político profesional. Nuevo rol con una misión fundamental: llevar la voz de las mayorías allí donde el poder pretende seguir armándose de legalismo y enredos jurídicos para justificar su concentración de poder y la prolongación de privilegios.

 

Una misión, la de hacer que los sin voz la recuperen, que trasciende tal encomienda, debiendo llegar hasta lo organizativo, y más allá de esto, hasta la construcción con todas las manos dispuestas para ello de otra legalidad y de otra estructura estatal. Labor constante, persistente, en la cual a la par que desestructura lo existente se estructura lo que apenas muestra sus primeras formas.

 

No es una labor fácil ni con resultados inmediatos, pero sí impostergable, si de verdad se pretende que las elecciones dejen de ser el rito por medio del cual se legitima el poder realmente existente. Un rito, que como lo pudimos constatar en las que tuvieron como fecha el 11 de marzo, está carente de realismos y de una visión integral del poder.

 

Y así es porque algunos candidatos alternativos ofrecen proyectos como en bazar, sin asidero en la real geopolítica que nos circunda y el contexto económico que vivimos; mientras otros –tal vez todos– concitan a sus votantes sin tomar en cuenta la correlación de fuerzas y, por tanto, lo irreal de sus promesas, lo cual los acerca a la demagogia.

 

Entonces, comprensión y sensatez con la geopolítica, así como con el contexto económico y la correlación de fuerzas, pensando siempre en el país que requerimos para vivir en felicidad, demanda de otro modelo social, el cual va tomando forma en pequeñas, medianas y grandes acciones. La educación dicen que es una labor pequeña –tal vez porque sus frutos no son perceptibles en lo inmediato– pero en realidad su dimensión es inmensa. Desde el legislativo también es posible hacer magisterio, acompañado de organización, para que el voto popular no quede reducido a entonar “cantos a la bandera”.

 


 

* Registraduria Nacional del Estado Civil. Elecciones 2018. Boletín 52-Senado de la República. En registraduria.gov. Link: http://resultados2018.registraduria.gov.co/resultados/99SE/BXXXX/DSE99999.htm

 

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Domingo, 01 Abril 2018 06:06

Cuba en una encrucijada

Cuba en una encrucijada

El 29 de marzo, Rebelión publicó una entrevista con Rafael Hernández, director de la revista cubana Temas, que tiene el prometedor título de "Por un socialismo sin miedo" y hace importantes observaciones.

Dentro de pocos días, Raúl Castro renunciará a la presidencia de la República y quedará a cargo del partido. Se plantea, pues, cuál será la relación entre el Estado y el partido, hasta ahora entrelazados, pero con el partido subordinado al aparato estatal capitalista. También habrá que optar entre las diversas líneas –apenas esbozadas, lo cual aumenta la confusión– sobre qué debe entenderse como construcción del socialismo en una pequeña isla con escasos recursos, aunque gran capacidad y calidad humanas, situada en duraderas condiciones de asedio, escasez y de capitalismo de Estado.

En efecto, estamos al borde de una guerra nuclear o de una catástrofe ecológica, y en los próximos años no parece probable una revolución y un régimen anticapitalista en ningún país industrializado y los adversarios del imperialismo estadunidense, salvo Venezuela, no son generosos amigos de Cuba, sino países capitalistas que, como China y Rusia, sólo responden a los intereses de sus respectivas oligarquías.

Hernández nos recuerda que, para la juventud cubana, que creció en los recientes 40 años en la crisis económica, la escasez y la falta de perspectivas, la frase del Che Guevara sobre "los rezagos del pasado" no evoca el capitalismo, sino el "Periodo especial", de fuerte autoritarismo y burocratización. Hace notar también que Fidel Castro tenía razón cuando decía que "nadie sabe cómo se construye el socialismo" porque, fuera de la referencia de Carlos Marx a la Comuna de París (y, agrego, de las indicaciones de León Trotsky en 1936 en La Revolución Traicionada), eso no se encuentra en los libros, sino que tiene que ser resuelto por los pueblos por la vía de experimentación-error-corrección en su lucha por la liberación nacional y social y, además, según las condiciones en cada país, podría tener una respuesta distinta.

También hace notar que en Cuba hubo estalinistas, pero no estalinismo, como en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Europa Oriental o China. No sólo por las diferencias de Fidel Castro con los estalinistas cubanos ni por la historia de su movimiento obrero en la que anarquismo y trotskismo tuvieron un papel destacado, sino también por las características mismas del pueblo (los mambises independentistas y José Martí, la insurrección contra Gerardo Machado, Antonio Guiteras, la lucha contra Fulgencio Batista que unió católicos sociales, militares democráticos, estudiantes radicales, comunistas de izquierda, anarquistas y trotskistas) y, por último, porque la revolución se hizo a pesar y en contra del Kremlin y del Partido Socialista Popular (Nikita Jruschov creía incluso que Fidel Castro era agente de la CIA).

Por eso la solidaridad masiva está arraigada en los cubanos, el gobierno tiene amplio consenso en la defensa de la independencia nacional, no cesan las críticas a su política económica ni a la burocratización y los privilegios; además hay un ala socialista en sectores de la intelectualidad y en el mismo Partido Comunista cubano. Por eso también en Cuba no se llegó a una dinastía, como en Corea del Norte, a un déspota vitalicio, como en China, o a un zar con Iglesia ortodoxa y todo como Vladimir Putin y, en cambio, hay progresos importantes en la lucha por la igualdad de género, por las libertades sexuales y por la defensa del ambiente.

La juventud cubana es culta y critica el burocratismo, la falta de confianza en la capacidad de comprensión de los trabajadores y el pueblo en general, así como en la falta de participación de éstos en la definición de las necesidades y de las prioridades, que el partido-Estado sólo les presenta ya determinadas para su aprobación.

El socialismo es autogestión social generalizada, democracia, libre discusión y capacidad de decisión, crecimiento político de los trabajadores guiados por la defensa del interés comunitario, colectivo e impulsado por la tendencia al igualitarismo y por la solidaridad. Es un objetivo, una movilizadora utopía posible que no se puede alcanzar en un solo país, pero hacia la cual es posible avanzar apoyándose en lo adquirido a pesar de todos los errores. Cuba necesita por eso hacer un urgente balance de lo que fue el estalinismo y la URSS, y de la discusión en los años 20 y 30 en el seno del Partido bolchevique.

Cuba exporta conocimiento –médicos y educadores– a costa de su propio desarrollo y paga con médicos el petróleo venezolano. Pero esa exportación depende de la situación política en los países receptores porque un golpe, como el de Brasil o el que el imperialismo promueve en Venezuela, podría anularla en cualquier momento y hacer peligrar la vida misma de los internacionalistas cubanos. Para no depender de factores inestables, como la ayuda médica o el turismo, el país necesita dinamizar su economía que está trabada por el bloqueo y la amenaza de agresión imperialista, pero también por la pequeñez del mercado (que facilita la planificación, pero no permite economías de escala y encarece la producción). Necesita urgentemente elevar los salarios y establecer una escala racional que retribuya el valor de la fuerza de trabajo (hoy son privilegiados quienes reciben dólares o viven legal o ilegalmente del turismo). Esa escala debe ser discutida y fijada por los trabajadores y sindicatos independizados del partido y del Estado. La Unión Soviética se hundió por la planificación burocrática, el autoritarismo, los privilegios y la ceguera de dirigentes que vivían como capitalistas y aspiraban a serlo. Pero también por la baja productividad, ya que los trabajadores decían "fingen que nos pagan y fingimos que trabajamos".

Cuba también necesita urgentemente más salarios indirectos y, sobre todo, un urgente plan de vivienda trazado y decidido barrio por barrio en asamblea por los habitantes, pues éste daría trabajo e impulsaría la economía mejorando el territorio.

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Sábado, 31 Marzo 2018 10:51

Más que “cantos a la bandera”

Más que “cantos a la bandera”

Tal y como estaba programado, el pasado 11 de marzo quienes habitamos el territorio colombiano fuimos convocados para elegir un nuevo poder legislativo. Y como es ya recurrente, a tal llamado respondió menos del 50 por ciento de quienes estaban en capacidad de hacerlo: 17.818.185 ciudadanos, es decir, el 48.82 por ciento del censo electoral.

 

Una participación con algunos datos que es importante resaltar: 1´137.133 votos anulados por mal diligenciados (6.38% del total), 871.444 votos no marcados (4.89%), clara expresión de descontento con el régimen político vigente o con los llamados “padres de la patria”, y 835.445 votos marcados en blanco (4.68% del total), que expresan que no tienen identidad con ninguno de los candidatos en cuestión, y que están por otro tipo de régimen político.

 

La suma de estos tres “detalles” da un total de 2´844.022, es decir, el 15.96 por ciento del censo electoral, un porcentaje superior al obtenido por la mayoría de los participantes en esta cita electoral*

 

De igual manera, como estaba proyectado, los partidos tradicionales, es decir, la derecha de distinto matiz retuvo el control del legislativo. Supieron aprovechar la coyuntura electoral para tensar las fibras clientelares por tantos decenios tejidas, pero también para acercarse a las mayorías sociales, como es costumbre con una interpretación engañosa de los problemas sociales, manipulando las necesidades más sentidas de quienes viven más urgidas de algún favor o de algún ingreso para sobrellevar cada día. Tendremos, por tanto, por cuatro años más, la aprobación de leyes para mantener el modelo de acumulación y desigualdad imperante hasta hoy.

 

Aunque los resultados son contrarios a las necesidades de los marginados y excluidos del país, los diversos matices en que se organiza e identifica la izquierda y sectores progresistas, no solo conservaron la representación en el legislativo sino que la incrementaron. Las fuerzas de izquierda, sumaron 2.627.614 votos (17,56%), lo que les significa 19 senadores. A estos se suman los 5 a que tiene derecho las Farc por derecho propio. Si bien estamos ante un avance es inocultable que la izquierda no se perfila todavía como una corriente política de mayorías.

 

Por tanto, la alegría reinante en muchos sectores de la sociedad y del activismo refleja un triunfo parcial. Un triunfo que de no ser correspondido de manera adecuada ante sus bases por los elegidos, con una labor realmente alternativa fuera y dentro del Congreso, terminaran actuando, pese a su disciplina, constancia, propuestas, etcétera, en contra de los mismos sectores que los eligieron. De ahí que una primera explicación que le deben a sus bases es aquella donde les indiquen por qué su trabajo en el hemiciclo será limitado, sin resultados concretos, pese a sus deseos y proyectos por presentar en los meses venideros.

 

¿Por qué sucedería esto? Porque, más allá de su disciplina y consecuencia, son minoría y, por tanto, todos aquellos proyectos de ley que presenten y no le sirvan al establecimiento serán negados, es decir, simplemente estarán declamando “cantos a la bandera”, al tiempo que legitimando una instancia legal que de manera recurrente actúa de espaldas al país nacional.

 

Ante esto, sería urgente y necesario que la lógica de la política de los movimientos o grupos que lograron poner un representante en los muros del Congreso, trasciendan de los escenarios institucionales y vayan más allá de estos, propiciando espacios y discusiones frente a la democracia realmente existente, denunciando que la participación de la sociedad y las decisiones de la vida en su conjunto –educación, salud, vivienda, economía, naturaleza, etcétera– no pueden quedar talladas solamente en el voto de cada tantos años, sino que debe ser producto de una participación cotidiana y constante.

 

En igual sentido, estos representantes de la gente de a pie deben concretar una labor educativa constante para poder sustentar los sueños que sostienen la pugna por una nueva sociedad, una labor constante, donde las razones de sus actos y de sus luchas contra el poder estén siempre antecediendo y acompañando todos sus procederes. Al actuar así, estarán mostrando que no olvidaron que se deben a la gente, no solo cuando buscaron su voto, sino ahora que ya están ungidos, y que sin el apoyo de esas gentes, no son nada, a pesar de todo lo que los puedan inflar los medios de comunicación oficiosos.

 

Labor educativa y disputa de poder por encarar que también debe llevar a estos congresistas a convocar sesiones legislativas alternativas, sesiones en las cuales extiendan para su debate, ante la sociedad que concurra a su llamado, los proyectos de ley que pretenden tramitar, a la vez que retoman todas las iniciativas que esos mismos sectores les presenten, discutiendo con ellos formas alternas de hacerlos realidad si, como es predecible, no encuentran eco en la cava santanderista.

 

Un proceder de reflexión y debate, así como de organización, al cual debería asistir la mayor cantidad posible de senadores y representantes considerados así mismos como alternativos, como una muestra y evidencia de su conciencia de que su labor durante los próximos cuatro años será formal, cuando más.

 

Proceder alternativo para transformar la sociedad, toda vez que el voto no debe ser un simple acto formal, de elegir y ser elegido, sino el mandato para que una persona un día cualquiera deja de ser un empleador o trabajador por cuenta propia para asumir un nuevo rol: el de político profesional. Nuevo rol con una misión fundamental: llevar la voz de las mayorías allí donde el poder pretende seguir armándose de legalismo y enredos jurídicos para justificar su concentración de poder y la prolongación de privilegios.

 

Una misión, la de hacer que los sin voz la recuperen, que trasciende tal encomienda, debiendo llegar hasta lo organizativo, y más allá de esto, hasta la construcción con todas las manos dispuestas para ello de otra legalidad y de otra estructura estatal. Labor constante, persistente, en la cual a la par que desestructura lo existente se estructura lo que apenas muestra sus primeras formas.

 

No es una labor fácil ni con resultados inmediatos, pero sí impostergable, si de verdad se pretende que las elecciones dejen de ser el rito por medio del cual se legitima el poder realmente existente. Un rito, que como lo pudimos constatar en las que tuvieron como fecha el 11 de marzo, está carente de realismos y de una visión integral del poder.

 

Y así es porque algunos candidatos alternativos ofrecen proyectos como en bazar, sin asidero en la real geopolítica que nos circunda y el contexto económico que vivimos; mientras otros –tal vez todos– concitan a sus votantes sin tomar en cuenta la correlación de fuerzas y, por tanto, lo irreal de sus promesas, lo cual los acerca a la demagogia.

 

Entonces, comprensión y sensatez con la geopolítica, así como con el contexto económico y la correlación de fuerzas, pensando siempre en el país que requerimos para vivir en felicidad, demanda de otro modelo social, el cual va tomando forma en pequeñas, medianas y grandes acciones. La educación dicen que es una labor pequeña –tal vez porque sus frutos no son perceptibles en lo inmediato– pero en realidad su dimensión es inmensa. Desde el legislativo también es posible hacer magisterio, acompañado de organización, para que el voto popular no quede reducido a entonar “cantos a la bandera”.

 


 

* Registraduria Nacional del Estado Civil. Elecciones 2018. Boletín 52-Senado de la República. En registraduria.gov. Link: http://resultados2018.registraduria.gov.co/resultados/99SE/BXXXX/DSE99999.htm

 

Publicado enEdición Nº244