El duro relato del gobernador de California por los incendios forestales

"No tengo ninguna paciencia con los negacionistas del cambio climático", alertó Gavin Newsom

El debate se metió de lleno en la campaña presidencial: Donald Trump insiste con una mejor "gestión forestal", mientras que Joe Biden criticó la postura del Presidente norteamericano.

 

Tras semanas de incendios que devastaron más de dos millones de hectáreas y provocaron 27 muertes en el oeste de Estados Unidos, el debate sobre el cambio climático y la gestión ambiental del Gobierno de Donald Trump se instalaron en el centro de la campaña presidencial, a 50 días de las elecciones.

Los estados más afectados por las devastadoras llamas han sido Washington, Oregón y, por lejos, California. Precisamente, a este último fue donde viajó este lunes el presidente y candidato a la reelección, Donald Trump, para reunirse en Sacramento con un grupo de bomberos y autoridades locales. Ni bien llegó a California, el mandatario habló con la prensa, evitó las preguntas sobre el cambio climático y dejó claro que el eje de la gestión debe ser "una mejor gestión forestal".

"Tenemos que hacer mucho sobre gestión forestal. Cuando se caen los árboles, después de 18 meses, se vuelven muy secos, como un fósforo, y pueden simplemente explotar. También pasa con las hojas cuando hay años de hojas secas en el piso. Y, además, hay que podar para evitar que se expanda después el fuego", aseguró Trump desde la pista de aterrizaje.

"Hace tres años que pido una mejor gestión forestal y espero que empecemos a trabajar sobre eso", agregó.

Mientras tanto, su principal opositor Joe Biden dio un discurso centrado en el cambio climático y fue muy crítico del accionar de Trump. "El presidente está por viajar a California y sabemos que no se va a reunir con los científicos ni va a tratar esta crisis con la seriedad que amerita. El Oeste está literalmente en llamas y él está culpando a las familias a las que se les está incendiando las casas", aseguró Biden, en referencia al foco del mandatario sobre la mala gestión forestal en esa región.

Además, hizo un paralelismo entre el discurso alarmista del mandatario sobre la inseguridad y el crecimiento de la criminalidad -intensificado con la campaña- y su gestión ambiental. "Trump habla de la amenaza criminal a nuestras ciudades y pueblos, pero la verdadera amenaza son los incendios, las inundaciones y las súper tormentas", sentenció. Y calificó al cambio climático como "la crisis existencial que definirá el futuro del país”.

"Esta crisis requiere acción, no negación", agregó el candidato demócrata, en referencia a las repetidas ocasiones en que Trump o miembros de su Gobierno negaron los fundamentos científicos que sostienen el calentamiento global causado por el ser humano.

"El impacto del cambio climático no es un fenómeno partidario, es ciencia, y, por eso, nuestra respuesta debe ser científica, no puede ser partidaria", enfatizó Biden, y volvió a prometer que, de ganar las elecciones, retornará al Acuerdo de París, el mayor esfuerzo multilateral actual en materia ambiental.

En esa misma línea, el gobernador de California, Gavin Newsom, aseguró: “No tengo ninguna paciencia con los negacionistas del cambio climático”. Y agregó: “El debate sobre el cambio climático ha terminado. Simplemente, vengan a California. Véanlo con sus propios ojos. No es un debate intelectual. Ni siquiera es un debate. Es una maldita emergencia climática. Esto es real”. Las declaraciones del funcionario tuvieron lugar luego de su visita a una de las zonas quemadas, al norte de Sacramento.

Por su parte, Kate Brown, gobernadora de Oregón, otra de las zonas más afectadas por los incendios, donde se han quemado en la última semana el doble de hectáreas que la media anual de la última década, dijo que “esto no va a ser un evento aislado, desgraciadamente es un aviso del futuro”. “Estamos viendo el impacto del cambio climático”, sentenció Brown.

En las últimas semanas, además, la fórmula demócrata Biden-Harris recibió apoyos de científicos ganadores del premio Nobel, ya que entre las promesas de campaña figuran basar su política ambiental en la ciencia y las posibilidades económicas y laborales que generan las energías sustentables. Al mismo tiempo, manifestaron su apoyo al New Deal Verde que impulsa el sector más progresista del Partido Demócrata, con la congresista Alexandria Ocasio-Cortez.

Publicado enMedio Ambiente
Megaincendios en la costa oeste de EEUU: “Si no creen en el cambio climático, vengan a California”

El humo proveniente de incendios forestales es visible en Pasadena, California, este sábado 12 de septiembre de 2020. Foto: AP.Varios megaincendios incineran más de un millón de hectáreas. Millones de residentes están asfixiados por el aire tóxico. Apagones continuos y olas de calor con temperaturas altísimas. El cambio climático, en palabras de un científico, le está dando una bofetada a California.

La crisis que enfrenta el estado más poblado de Estados Unidos es algo más que una mera acumulación de catástrofes individuales. También es un ejemplo de algo que les ha preocupado a los expertos del clima desde hace mucho, pero que pocos esperaban ver tan pronto: un efecto en cascada en el que una serie de desastres coinciden y se detonan o amplifican entre sí.

“Se están cayendo las piezas de dominó como los estadounidenses nunca se habían imaginado”, dijo Roy Wright, quien dirigió programas de resiliencia en la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) hasta 2018 y creció en Vacaville, California, cerca de uno de los incendios más grandes de este año. “Es apocalíptico”.

Lo mismo se podría decir de toda la costa oeste del país esta semana, hasta Washington y Oregón, donde los pueblos se vieron diezmados por el fuego mientras los bomberos combatían al límite de sus capacidades.

Las crisis simultáneas de California son un ejemplo de cómo funciona la reacción en cadena. Un verano sofocante derivó en condiciones de sequía que jamás se habían experimentado. La aridez ayudó a que los incendios forestales de la temporada fueran los más grandes que se hayan registrado. Seis de los 20 incendios forestales más grandes en la historia moderna de California han sucedido este año.

Si el cambio climático era un concepto abstracto hace una década, en la actualidad es demasiado real para los californianos. Los intensos incendios forestales no solo están desplazando a miles de personas de sus hogares, sino que están provocando que químicos peligrosos se filtren en el agua potable. Las advertencias sobre el calor excesivo y el aire asfixiante lleno de humo han amenazado la salud de personas que ya están batallando durante la pandemia.

Además, la amenaza de más incendios forestales ha hecho que las aseguradoras cancelen las pólizas de los propietarios de las viviendas y que los principales proveedores de servicios públicos del estado corten el suministro de electricidad para decenas de miles de personas con fines preventivos.

“Si no creen en el cambio climático, vengan a California”, dijo el gobernador Gavin Newsom el mes pasado.

Los funcionarios se han preocupado por los eventuales desastres en cascada. Pero no pensaron que comenzarían tan pronto.

“Solíamos preocuparnos por un peligro natural a la vez”, dijo Alice Hill, investigadora principal del Consejo de Relaciones Exteriores que supervisó la planificación de la resiliencia en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Obama. “Pero la aceleración de los impactos climáticos ha sucedido más rápido de lo que esperábamos”.

Los climatólogos argumentan que el mecanismo detrás de la crisis de incendios forestales es simple: el comportamiento humano, sobre todo la quema de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo, ha liberado gases de efecto invernadero que elevan las temperaturas, lo cual seca los bosques y los predispone a incendiarse.

Mark Harvey, quien fue director sénior de resiliencia en el Consejo de Seguridad Nacional hasta enero, dijo que al gobierno se le ha dificultado prepararse para situaciones como las que se están viviendo en California.

“El gobierno tiene un desempeño muy muy deficiente en cuanto a los efectos en cadena”, afirmó Harvey. “La mayoría de nuestros sistemas están diseñados para lidiar con un problema a la vez”.

De cierto modo, los incendios forestales que han sucedido en California durante este año llevan décadas gestándose. Una sequía prolongada que terminó en 2017 fue una de las principales causas de muerte de 163 millones de árboles en los bosques de California en la última década, según el Servicio Forestal de Estados Unidos. Uno de los incendios que se propagó con más velocidad este año devastó los bosques que tenían la concentración más alta de árboles muertos, al sur del Parque Nacional de Yosemite.

Más al norte, el Bear Fire (incendio del oso) se convirtió en el décimo incendio más grande en la historia de California, pues arrasó con la impactante cantidad de 93.077 hectáreas en un periodo de 24 horas.

“Es realmente impresionante ver la cantidad de incendios enormes y destructivos que se propagan con tanta rapidez y suceden al mismo tiempo”, dijo Daniel Swain, climatólogo del Instituto del Medioambiente y Sustentabilidad en la Universidad de California en Los Ángeles. “He hablado con casi treinta expertos en incendios y climatología en las últimas 48 horas, y casi todos se han quedado sin palabras. Sin duda, no se ha vivido algo de esta magnitud en los últimos tiempos”.

Mientras las autoridades estatales se movilizan para lidiar con las amenazas inmediatas, los incendios también dejarán a California con problemas difíciles y costosos a largo plazo, desde los efectos de inhalar humo hasta el daño a los sistemas de agua potable.

El humo proveniente de un incendio forestal puede ser mortal, en el peor de los casos, sobre todo para las personas mayores. Hay estudios que demuestran que cuando llegan las olas de calor, la tasa de hospitalizaciones se eleva, y los pacientes experimentan problemas respiratorios, paros cardiacos y derrames cerebrales.

La pandemia de coronavirus añade una nueva capa de riesgo a una situación que de por sí es peligrosa. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) han emitido comunicados que advierten que las personas con COVID-19 corren mayor riesgo de resultar afectadas por el humo de los incendios forestales durante la pandemia.

“Cuanto más tiempo dure el aire contaminado en California, más preocupaciones tendremos por los efectos adversos en la salud”, comentó John Balmes, vocero de la Asociación Americana del Pulmón y profesor de Medicina en la Universidad de California, campus San Francisco.

13 septiembre 2020 

(Tomado de The New York Times)

Publicado enMedio Ambiente
Crítica anticapitalista y fetichismo tecnológico

¿Puerta de salida puramente tecnológica del capitalismo gracias a la “nueva revolución industrial”, sin importar lo que ocurra con la lucha de clases? Es esto lo que imaginan, con matices, algunas de las corrientes y autores que recorremos en esta nota.

Si hay una idea que ronda las discusiones sobre la tecnología y el mundo del trabajo es que estamos ante la inminencia de una “automatización” plena, o casi, de todos los procesos laborales. De la mano sobre todo de la inteligencia artificial y el machine learning (aprendizaje de las máquinas), que hoy están a la avanzada de toda una serie de desarrollos que configuran la “nueva revolución industrial”, parece que sería inminente un reemplazo en masa de numerosos puestos de trabajo por la tarea de las máquinas y aplicaciones. La noción de esta inminencia del “fin del trabajo” ya circuló fuerte en los años 1980 y 1990. Pero por esos años lo que ocurrió fue una relocalización de empleo en gran escala, no una reducción. Si miramos la manufactura, sector predilecto en el que se apoyaban estas tesis en ese momento, entre 1991 y 2016 en términos absolutos el empleo manufacturero no cayó: aumentó en el mundo de 322 millones de puestos a 361 millones, aunque sí disminuyó en los países ricos. Los empleos no caían víctima de la automatización –al menos no exclusivamente– sino que estaba teniendo lugar una gigantesca relocalización de la producción de las firmas imperialistas mientras se “duplicaba” la fuerza de trabajo global disponible para las empresas multinacionales.

Por la magnitud de los desarrollos recientes y la aceleración que estaría mostrando la aplicación del aprendizaje de las máquinas en ámbitos de lo más variados, gana fuerza la idea de que esta vez sí, la cosa va en serio, y deberemos hacernos a la idea de que un cambio abrupto del panorama del empleo tendrá lugar en los próximos 15 o 20 años.

Son debates que, aunque parezcan lejanos o ajenos, también tenemos por estos pagos.

Como señala Paula Bach, autora de numerosos estudios sobre la nueva revolución industrial, los debates entre las corrientes mainstream al respecto y sus consecuencias para el capitalismo, para la clase capitalista hablar del “fin del trabajo” tiene una clara utilidad ideológica. Sirve para, mostrando un futuro ominoso para el empleo, actuar en el presente: hacer énfasis en todo lo que la clase trabajadora puede perder como consecuencia de las transformaciones de la técnica permite reforzar la idea de que es necesario un “aggiornamiento” de las reglamentaciones referidas a las condiciones en que los empresarios explotan a la fuerza de trabajo. Con estas amenazas se empuja el avance de las “flexibilizaciones” que no son otra cosa que precarizaciones, son barridos los sistemas previsionales y se extiende la edad mínima requerida para acceder a una pensión o jubilación –cuyo monto tiende a degradarse como proporción del salario de la fuerza de trabajo activa–. Reverbera otra vez el argumento de “no hay alternativa” (there is no alternative) que pronunciaba Margaret Thatcher para imponer las políticas neoliberales en Gran Bretaña en los años 1980, pero ahora con una presunta base técnica incuestinable. La “paradoja” (aunque solo lo es si olvidamos que estamos hablando del capitalismo) es que, en nombre del “fin del trabajo” los patrones y sus representantes políticos –con la colaboración de los burócratas sindicales– impusieron condiciones en las que, quienes tienen trabajo, hoy trabajan más, y no menos, que hace 50 años, a pesar de las posibilidades técnicas para reducir la jornada y repartir las horas de trabajo. Al mismo tiempo, esto convive con sectores crecientes de desempleados y subempleados.

Partiendo del diagnóstico de que los cambios técnicos nos ubican en un punto de inflexión, varias corrientes críticas toman esto como punto de partida para imaginar una sociedad más allá del capitalismo sin asignar un rol significativo en ello a la lucha de clases.

La tesis del “capitalismo cognitivo”

Una línea de interpretación sostiene que el capitalismo se ha transformado en otra cosa, que continúa siendo capitalista pero se rige por otros términos. Bajo el rótulo de “capitalismo cognitivo” se encierra la idea de que el conocimiento es “el principal factor productivo” [1]. Es decir que desplaza, o directamente reemplaza según el autor, al capital y al trabajo como “factores”. En las ramas más dinámicas de la economía capitalista actual (informática, máquinas herramienta complejas, biotecnología, nanotecnología, etc.) la relevancia creciente de la aplicación de conocimiento habría desplazado a la explotación de la fuerza de trabajo como fuente de valorización fundamental del capital. La importancia adquirida por la investigación y desarrollo aplicados a la producción se ve expresada en la manera en que los desarrolladores de innovaciones son los que captan la mayor proporción de la plusvalía [2].

Para Yann Moulier-Boutang, uno de los principales exponentes de esta corriente, hemos pasado a un régimen de acumulación “en el cual el objeto de la acumulación está principalmente constituido por el conocimiento que se convierte en el recurso principal del valor” [3]. Más aún, “se disuelve la tradicional frontera entre capital y trabajo” [4]. Es ahora el [general intellect] –categoría formulada por Marx en los Grundrisse [5]– el que “hace ahora las veces de los viejos medios de producción” [6]. La sustitución de lo material por lo “inmaterial” sería fundamental en todo esto: “lo inmaterial, no considerado hasta ahora, tiende por su extensión cuantitativa y cualitativa a poner de nuevo en tela de juicio al conjunto de las categorías de la economía capitalista y en particular a las nociones de productividad y propiedad”, sostiene Olivier Blondeau [7]. “¿Quién detenta la propiedad de los medios de producción?”, se pregunta, y concluye que “el intercambio de trabajo abstracto e intercambiable por un salario” ha dado paso a una nueva relación, en la que el asalariado “no puede ser plenamente expoliado” [8]. El trabajo no sería la fuente excluyente ni más relevante del valor, ni por tanto del plusvalor. La ganancia se habría emancipado así de la necesidad de explotación de la fuerza de trabajo.

En otra oportunidad debatimos extensamente estos argumentos, y las conclusiones –equivocadas– que extraen respecto de la (no) actualidad de la teoría del valor planteada por Marx en El capital [9].

Según esta corriente, el trabajo cognitivo, al ser inmaterial, no se ajustaría a las leyes del valor que Marx desentraña en El capital, que perderían así su vigencia. Hay acá una falsa identificación entre la materialidad del producto y creación del valor [10]. El trabajo, así realice productos “mentales”, es siempre material, porque involucra “gasto de cerebro, nervio, músculo, órgano sensorio, etc., humanos” [11], independientemente de que su resultado no sea un valor de uso como un auto o un paquete de galletas sino la secuencia para la ejecución de un programa informático. La determinación bifácetica del trabajo en el capitalismo, productor de valores de uso al mismo tiempo que productor de valor, característica de la producción capitalista de mercancías, la encontramos también en el trabajo cognitivo. Reducido a la “substancia social”, al trabajo abstracto, “resulta completamente mensurable el valor generado por el trabajo productor de conocimiento. Y también el plusvalor, que surge de la diferencia entre el valor producido por la fuerza de trabajo durante la jornada, y el valor que el capital debe desembolsar por ella” [12].

Tampoco se verifica el supuesto “empoderamiento” para la fuerza de trabajo cognitiva que sería resultado de que el conocimiento sería EL “medio de producción”. Por un lado, numerosos mecanismos de patentes y ciberseguridad preservan la propiedad intelectual para las firmas, y por lo tanto no es cierto que los trabajadores cognitivos lleven consigo todos sus “medios de producción”. Sin duda, hay efectos del trabajo en red que el capital se apropia pero no controla, pero mirar solo esto es quedarse con una dimensión trivial. La complejidad de las actuales investigaciones en sectores como la nanotecnología, inteligencia artificial o biotecnología, exige recursos de capital gigantescos. Estos solo son otorgados a las firmas capitalistas que puedan presentar perspectivas de rentabilidad. Por eso, aunque el trabajo complejo que desarrollan los ingenieros y científicos reciba una remuneración que es un múltiplo elevado de la de los asalariados promedio, está también sometido a las condiciones de la valorización capitalista. Es decir que sigue vigente en esta relación la condición que se impone siempre para que el capital contrate y ponga a trabajar a la fuerza de trabajo: que en su producción genere plusvalor.

Al mismo tiempo que esta corriente desarrollaba sus planteos durante las últimas décadas, la proliferación de los sectores de alta tecnología en los que esta concentró su atención convivieron con un desarrollo igual de notable de las cadenas de valor, basadas en la búsqueda del aprovechamiento por parte del capital trasnacional de la fuerza de trabajo barata de los países dependientes. Esto muestra la importancia que mantiene el trabajo y la explotación de la fuerza de trabajo, a contramano de las tesis del capitalismo cognitivo.

¿Poscapitalismo?

Tributario en muchos aspectos del planteo del capitalismo cognitivo, encontramos otra serie de autores, con muchos puntos de encuentro entre sí aunque no coincidan en todo, que plantean que hemos ingresado o estamos a las puertas de un postcapitalismo. Dos libros recientes que llevan el término en su título corresponden a quienes probablemente están entre sus principales exponentes: Paul Mason [13] y Nick Srnicek [14].

A partir del libro de Paul Mason hemos discutido varios de los argumentos poscapitalistas. El punto de partida común es considerar la transformación tecnológica en curso como un parteaguas. Por un lado, el capitalismo está produciendo una ruptura sin precedentes que empuja hacia la automatización de la producción; por otro lado, el capitalismo es incapaz de llevarla hasta el final, porque entra en contradicción con sus propias bases. Esta dialéctica en la que el capital se erige como principal barrera contra sus tendencias inmanentes ya fue reconocida por Marx y podría ser compartida por la mayor parte de la izquierda anticapitalista. Pero lo específico de la mayor parte de los poscapitalistas es que observan que de la misma está surgiendo, como resultado de las trasformaciones técnicas de cuyos resultados el capital no se puede apropiar de forma rentable, este mundo “pos”. “Una economía basada en la información, por su tendencia misma a los productos de coste cero y a la debilidad de los derechos de propiedad, no puede ser una economía capitalista”, nos dice Paul Mason [15]. Pero Mason parte de decirnos que el capitalismo está casi desapareciendo ante nuestros ojos para ofrecernos una hoja de ruta inmediata que pasa por pelear por una serie de reformas, más bien limitadas, que nunca queda bien claro cómo cimentarían ese poscapitalismo. Mason apela a un determinismo tecnológico para dar por superadas las sesudas reflexiones del marxismo sobre sujetos, revoluciones, economías de transición. Y parece no poder –ni querer– desprenderse de algunos de los fetiches del mundo de la mercancía: se muestra encandilado por el consumismo cada vez más exacerbado al que fuerza el capitalismo, como si fuera un modo universal de “disfrute” de los valores de uso. Durante todo el libro Mason remarca el poder de las redes y las infotecnologías, pero ante la amenaza de que el capitalismo pueda conducirnos a una catástrofe ambiental antes de que podamos alcanzar el paraíso prometido del poscapitalismo, demanda que el “viejo” Estado vuelva por su fueros para salvarnos aquí y ahora. Debemos, nos dice, aprender a “construir alternativas dentro del sistema, a usar el poder gubernamental de un modo radical que lo desnaturalice incluso” [16]. No hace falta prepararse para revoluciones, ni enfrentar el poder del Estado que –¡afortunadamente!– parece más que dispuesto en la lectura de Mason en cooperar para su reformulación hacia un “wiki Estado” [17]. Podemos contentarnos con armar cooperativas, hacer más cosas como Linux o Wikipedia, impulsar una renta básica universal, a lo sumo socializar el sistema financiero, y concentrar energías en “desatar” la red. Con esto, y otras iniciativas por el estilo, el camino hacia el fin del capitalismo tendría buenos augurios. El resto, las máquinas “en red” lo harán por nosotros.

Srnicek y Williams articulan un planteo más complejo. Nunca llegan a afirmar que estamos adentrándonos en un poscapitalismo de manera irreversible. El capitalismo ha entrado en contradicción con las posibilidades técnicas que ha creado, cayendo cada vez más en una especie de punto muerto. “Los sueños de vuelos espaciales, descarbonización de la economía, automatización del trabajo rutinario, extensión de la vida humana, etcétera, son todos proyectos tecnológicos importantes que se ven entorpecidos de varias maneras por el capitalismo”, sostienen [18]. En su caso el poscapitalismo es un estadio a alcanzar, que requiere una acción política. Parte de esa acción incluye hacer propio el imperativo de la innovación, volverlo contra el capital: “el desarrollo tecnológico tiene que acelerarse precisamente porque la tecnología es necesaria para ganar los conflictos sociales”, sostienen en el Manifiesto por una política aceleracionista (2013). Es decir, que el arsenal de la lucha contra el capitalismo incluiría, para debilitarlo, encontrar aquellas “posiciones estratégicas” que empujer el desarrollo tecnológico en el capitalismo.

En Inventar el futuro desarrollan más ampliamente la “hoja de ruta” para alcanzar la perspectiva postcapitalista. Esta incluye la automatización completa de la producción, que podría alcanzarse como resultado de liberar la innovación de las restricciones capitalistas, y la renta básica universal para asegurar un ingreso para toda la población. Pero en una sociedad que ha liberado las relaciones de producción de su forma capitalista, es decir, que ha terminado con la propiedad privada de los medios de producción para organizarlos colectivamente de manera asociada en función de las necesidades sociales, pierde sentido cualquier renta universal. No se puede escapar a la sensación, leyendo a Srnicek y Williams, de que se confunden permanentemente la instancia de lucha contra el capital que domina, y el inicio de una sociedad de transición que surja de expropiar a los expropiadores capitalistas.

El objeto principal de la crítica de Inventar… es lo que definen como políticas “folk”: se trata de aquellas limitadas a la protesta, por las más variadas reivindicaciones, que pueden ser justas en sí mismas pero que se llevan a cabo sin horizonte estratégico. En la opinión de los autores, para salir del impasse y construir lo que definen como una “contrahegemonía” al neoliberalismo, se necesitan tres cosas: “un movimiento populista de masas, un ecosistema de organizaciones sano y un análisis de los puntos de ventaja” [19]. Con menciones a Laclau y Pablo Iglesias de Podemos, el “populismo” por el que bregan Srnicek y Williams se ubica explícitamente en la constelación de toda una serie de movimientos políticos de la última década, que van desde Syriza y Podemos hasta el DSA en EE. UU. [20].

Vemos entonces un abismo insondable entre el horizonte de futuro que nos invitan a abrazar y las tareas el presente inmediato. Partimos de una mirada radical sobre las posibilidades inscriptas en la disrupción que ya está en marcha. Pero el camino hacia allí estaría en retomar las remanidas estrategias que vienen ensayando, con éxito dispar en materia electoral y una palpable adaptación al régimen burgués, las fuerzas como Syriza en Grecia (que prometió terminar con la austeridad, terminó aplicando los planes de ajuste del FMI y la Unión Europea, y finalmente abrió paso al regreso de la derecha al gobierno), Podemos en el Estado español (hoy parte de la coalición de gobierno con el PSOE), DSA en los EE. UU. apoyando la candidatura “socialista” de Bernie Sanders, o Momentum en Gran Bretaña, que apoyó al laborista Jeremy Corbyn, derrotado por Boris Johnson. Estos proyectos están construidos en base a una especie de “ilusión política” que tiende a separar el terreno de la intervención en este plano de la intervención en la lucha de clases tendiente a organizar la fuerza para derrocar al sistema. Entre el poscapitalismo y el presente, la única hoja de ruta clara pasa por revivir políticas del Estado benefactor, con algunas innovaciones como impulsar una renta básica universal y otras medidas similares, pero sin desafiar el poder del capital. Una “invención” del futuro que termina siendo bastante nostálgica.

Al mismo tiempo, Srnicek y Williams hacen suya la opinión, que circula en ámbitos de izquierda desde hace un tiempo, de que la construcción de esta “contrahegemonía” debería aprender de la laboriosa tarea realizada por los Hayek, Friedman y toda la heterogénea cofradía que encontró base común para trabajar desde la sociedad Sociedad Mont Pelerin. Esta sociedad fue creada en 1947 para batallar por la hegemonía de las ideas neoliberales, aspiración que empezó a materializarse tres décadas después. Para Srnicek y Williams, la “demanda de un Mont Pelerin de izquierda es, en última instancia, un llamado a construir de nuevo la hegemonía de la izquierda” [21]. La “aceleración” frenética de los cambios técnicos que nos narran –por cuya profundización apuestan– no podrían ser más contrastantes con los tiempos “largos” de esta política “contrahegemónica”.

Fines y medios

Sin el desarrollo tecnológico sería impensable la emancipación de la necesidad de trabajar, que hoy es una posibilidad real aunque el capitalismo, por el contrario, utiliza las amenazas del fin del trabajo para redoblar la explotación. Por eso, compartimos con muchas de las corrientes y autores la importancia de apropiarse de la técnica, realizando al mismo tiempo una “crítica” de todos los desarrollos de la misma que no son neutrales sino que tienen un marcado carácter de clase. Pero esto solo será posible si quienes hoy son “objeto” de innovaciones que se desarrollan para arrebatar más trabajo, para intensificar los ritmos laborales y reducir al mínimo los tiempos muertos en las jornadas laborales –incluso allí donde la jornada no existe como en los trabajo de las “apps”– le imponen al capital su fuerza social.

Por eso la importancia del planteo de reparto de las horas de trabajo como parte de un programa para que la clase trabajadora pueda disputar el poder de la clase capitalista y tomar el poder del Estado –iniciando así el camino para la abolición de las clases y del propio Estado–. Es decir, para el comunismo, que es mucho más que “poscapitalismo” o simplemente automatización del trabajo: es una asociación de productores libres que organizan colectivamente el trabajo social con el objetivo de reducirlo al mínimo indispensable, o directamente automatizarlo, y conquistar el mayor tiempo libre para el disfrute. Por ese fin político peleamos, y para alcanzarlo sigue siendo tan ineludible “expropiar a los expropiadores” hoy, en tiempos de robots e inteligencia artificial (puestos por la burguesía en función de precarizar el trabajo) como lo era cuando escribía Marx. No hay atajos poscapitalistas para la construcción de partidos revolucionarios de la clase trabajadora que permitan disputar el poder a los capitalistas. Solo conquistando un gobierno de los trabajadores, en ruptura con este sistema basado en la explotación, y socializando los medios de producción, podremos iniciar una verdadera transición hacia una sociedad sin explotadores ni explotados.

Notas:

[1] AA. VV., Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva, Madrid, Traficantes de Sueños, 2004, p. 18.

[2] Kenneth L. Kraemer, Greg Linden y Jason Dedrick, “Capturing Value in Global Networks: Apple’s iPad and iPhone”, http://www.sciencespo.fr, julio 2011.

[3] Yann MoulierBoutang, “Nouvelles frontières de l’économie politique du capitalism cognitif”, éc/artS 3, 2002.

[4] Yann Moulier-Boutang, Cognitive Capitalism, Nueva York, John Wiley & Sons, 2011.

[5] Marx utiliza este concepto en el fragmento sobre las máquinas que forma parte de los manuscritos económicos de 1857-58, publicados póstumamente como Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (1857-1858). Grundrisse, vol. 2, México DF, Siglo XXI, 1976, pp. 216- 230. Marx señalaba la creciente aplicación de la ciencia al proceso productivo, objetivada en el sistema de máquinas, de tal forma que “el conocimiento o el knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata”.

[6] Emmanuel Rodríguez y Raúl Sánchez, “Prólogo”, en AA. VV., ob. cit., p. 18

[7] Olivier Blondeau, “Génesis y subversión del capitalismo informacional”, en AA. VV., ob. cit., p. 32.

[8] Ibídem, pp. 35-6.

[9] Esteban Mercatante, “El valor de El capital de Karl Marx en el siglo XXI”, Ideas de Izquierda 18, abril 2015.

[10] Para una crítica de esta identificación, ver Paula Bach, “El sector servicios y la circulación del capital: una hipótesis”. Del hecho de que un trabajo no se traduzca en un producto materialmente palpable no se puede concluir que sea “inmaterial”. Como sostiene Guglielmo Carchedi, numerosas áreas cada vez más importantes de la producción social realizan labores que son plenamente “materiales” aunque su resultado sean “valores de uso mentales”[[Gugliemo Carchedi, Behind the Crisis. Marx’s Dialectics of Value and Knowledge, Chicago, Haymarket, 2012, pp. 221-225.

[11] Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, Tomo I Vol I, México, Siglo XXI, 1976, p. 41.

[12] Esteban Mercatante, “El valor de El capital de Karl Marx en el siglo XXI”, ob. cit.

[13] Paul Mason, Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, Buenos Aires, Paidós, 2016.

[14] Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo, Barcelona, Malpaso, 2017.

[15] Paul Mason, ob. cit., p. 236.

[16] Ibídem, p. 314.

[17] Ibídem, p. 351.

[18] Nick Srnicek y Alex Williams, ob. cit., p. 228.

[19] Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar…, ob. cit., p. 196.

[20] Similar inclinación al “populismo del 99 %” encontramos en Aaron Bastani, Fully Automated Luxury Communism. A manifesto (Comunismo de lujo plenamente automatizado), Londres, Verso, 2019, reseñada acá.

[21] Ibídem, p. 87.

Por Esteban Mercatante. @EMercatante. Nacido en Buenos Aires en 1980. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor de los libros Salir del Fondo. La economía argentina en estado de emergencia y las alternativas ante la crisis (Ediciones IPS, 2019) y La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS, 2018).

Publicado enEconomía
Gran parte de emisiones de CO2 proviene de las cadenas de suministro de multinacionales

Análisis muestra el impacto de esas empresas al elegir países proveedores que sean más eficientes en carbono

 

Una quinta parte de las emisiones de dióxido de carbono proviene de las cadenas de suministro globales de las empresas multinacionales, según un nuevo estudio dirigido por el Colegio Universitario de Londres (CUL) y la Universidad de Tianjin, en China, que muestra el alcance de la influencia de esas compañías en el cambio climático.

El estudio, publicado en Nature Climate Change, mapea las emisiones generadas por los activos y proveedores de multinacionales en el exterior, y encuentra que el flujo de inversión es típicamente de países desarrollados a las naciones en desarrollo, lo que significa que las emisiones se subcontratan de hecho a las partes más pobres del mundo.

Muestra el impacto que pueden tener las multinacionales al fomentar una mayor eficiencia energética entre los proveedores o al elegir los que sean más eficientes en carbono. Los autores proponen que las emisiones se asignen a los países de donde proviene la inversión, en lugar de donde se generan.

Dabo Guan, de la Escuela Bartlett de Construcción y Gestión de Proyectos del CUL, explica que “las empresas multinacionales tienen una enorme influencia que se extiende mucho más allá de las fronteras nacionales. Si las principales compañías del mundo ejercieran su liderazgo en materia de cambio climático, por ejemplo exigiendo eficiencia energética en sus cadenas de suministro, podrían tener un efecto transformador en los esfuerzos globales para reducir las emisiones”, asegura.

“Sin embargo, las políticas de cambio climático de esas empresas a menudo tienen poco efecto cuando se trata de grandes decisiones de inversión, como dónde construir cadenas de suministro. Asignar emisiones al país inversor significa que las multinacionales son más responsables de las emisiones que generan como resultado de esas determinaciones”, prosiguió.

El estudio encontró que las emisiones de carbono de la inversión extranjera de las multinacionales cayeron de un pico de 22 por ciento de todas las emisiones en 2011 al 18.7 en 2016. Los investigadores señalan que es el resultado de una tendencia de “desglobalización”, con el volumen de reducción de la inversión directa, así como nuevas tecnologías y procesos que hacen que las industrias sean más eficientes en carbono.

Al trazar un mapa del flujo global de inversión, los investigadores encontraron aumentos constantes en la inversión de los países desarrollados a las naciones en desarrollo.

El autor principal, Zengkai Zhang, de la Universidad de Tianjin, señala que “las multinacionales transfieren cada vez más inversiones a las naciones en desarrollo, lo que reduce las emisiones de los países ricos y coloca mayor carga en los más pobres. Al mismo tiempo, es probable que genere mayores emisiones en general”.

Publicado enMedio Ambiente
Un hombre sostiene una foto que muestra una estructura antes de que se sumergiera bajo el agua debido a las inundaciones. REUTERS/Baz Ratner

Andrew Wheeler, dirigente de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos, afirmó que la regulación climática va en contra de los más vulnerables. Sin embargo, la ciencia señala que los efectos del cambio climático serán más severos para las clases más desfavorecidas y los países en desarrollo.

 

En el 50 aniversario de la EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos), su actual dirigente, Andrew Wheeler, opinaba que las políticas dirigidas a luchar contra la crisis climática basadas en medidas regulatorias suponen un ataque a los intereses de los pobres y los colectivos más vulnerables. Se trata de un mantra del negacionismo que parecía olvidado y que durante el mandato de Trump ha resurgido con fuerza.

De esta forma, el administrador del organismo federal –designado por Trump en 2017– cargaba contra las políticas demócratas del mandato Obama y vinculando la desregulación ambiental con los intereses de las clases trabajadoras. "Algunos miembros de administraciones anteriores y progresistas en el Congreso han elevado la defensa de un solo tema, en muchos casos centrados solo en el cambio climático, y por encima de los intereses de las comunidades dentro de su propio país", comentaba este jueves Wheeler, haciendo ver que una hipotética reelección del presidente republicano supondrá el portazo definitivo a la lucha contra el cambio climático.

No en vano, la afirmación del dirigente de la EPA pretende difuminar las evidencias científicas que confirman que los efectos de la crisis climática son (y serán) más severos para las clases trabajadoras y los países pobres del sur global. Se trata de un mensaje tradicional de la derecha republicana que señala con el dedo a las políticas de protección ambiental por lastrar los intereses económico y las vincula con un supuesto interés de la izquierda de querer controlar las vidas cotidianas de los ciudadanos de a pie. En un ejemplo claro, Wheeler hizo referencia a la restricción de los combustibles fósiles, argumentando que no van tanto en contra de los intereses de las compañías de petróleo y las marcas de automóviles, como de las necesidades de las clases trabajadoras para moverse en automóvil. De hecho, según informa Reuters, el dirigente de la Administración Trump vinculó escenarios de apagones en California con las políticas demócratas de transición verde basadas en energías renovables como la eólica o la solar.

El rechazo de Wheeler a la regulación y protección ambiental es un fiel reflejo de la forma en la que se aborda desde la Casa Blanca el reto climático. Más allá del incremento de contaminación y el aumento de concesión de licencias para macroproyectos con impacto ambiental, el hecho de que desde la EPA se considere que la lucha contra la crisis ecológica va en detrimento de los más vulnerables va en contra del grueso de las publicaciones científicas. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC), sin ir más lejos, advirtió en su último informe que el incremento del nivel del mar como consecuencia del calentamiento global será devastador para los países más pobres y para las estados insulares, que serán engullidos por el agua. No sólo eso, sino que la absorción del océano de cerca del 30% del CO2 emitido por el ser humano desde los años ochenta del siglo XX afectará en mayor medida a las comunidades rurales que viven de la pesca debido a una gran pérdida de biodiversidad marina.

"Las personas más expuestas y vulnerables son a menudo aquellas que cuentan con menor capacidad de respuesta", dijo el presidente del IPCC, Hoesung Lee, en relación al informe y alertando de que las demandas de la ciencia ya no pueden ir destinadas a luchar contra el cambio climático, sino a mitigar en la medida de lo posible sus consecuencias sobre los colectivos más desfavorecidos.

Cómo todo fenómeno, la crisis climática está teniendo consecuencias en función de la clase social. Así lo evidencia una investigación exhaustiva realizada por The New York Times , que detalla como los barrios negros y obreros de grandes urbes norteamericanas como Nueva York, Baltimore, Richmond, Dallas o Portland sufren ya temperaturas más cálidas que los distritos blancos y con mayor nivel de renta.

El oleoducto de Keystone que pretende transportar crudo desde EEUU es un buen ejemplo de cómo la desregulación normativa afecta directamente a los intereses de determinados colectivos. Este proyecto fue bloqueado durante el mandato de Obama, después de numerosas denuncias por parte de grupos ecologistas y comunidades indígenas canadienses y estadounidenses que iban a ver como sus territorios tradicionales iban a ser atravesados por esta infraestructura destinada al transporte de combustibles fósiles. Pese a ello, la Administración Trump decidió, en el mes de abril, reactivar el plan unos días después de que la EPA emitiera un comunicado donde anunciaba que todas las normas de protección ambiental quedaban suprimidas, al menos hasta que se ponga fin a la pandemia del coronavirus

La desregulación, al servicio de las grandes empresas

 

El mandato de Trump en materia ambiental ha estado articulado por un menosprecio a la ciencia y a todo lo relacionado con la crisis climática y la protección ambiental. Tanto es así, que su llegada a la Casa Blanca supuso la salida de los EEUU del Acuerdo de París, el tratado internacional firmado por 195 países que buscaba limitar las emisiones de CO2 mundiales y evitar que la temperatura del planeta ascendiera más de dos grados centígrados antes de que finalice el siglo XXI.

Tal y como recoge la revista Climática, durante sus cuatro años de Gobierno, el presidente republicano ha reducido o eliminado más de 150 medidas relacionadas con el medioambiente, ha incrementado la perforación del Ártico y ha afirmado que el cambio climático no tiene que ver con las acciones del ser humano en la Tierra. Todo ello, lejos de ir en beneficio de las clases proletarias como afirmaba dejaba ver el pasado jueves el dirigente de la EPA, ha ido destinado a favorecer los intereses de las grandes compañías petroleras.

El fin de las restricciones a las fugas de metano, una de las últimas medidas aprobadas por el Ejecutivo demócrata de Obama, ha sido una de las últimas decisiones de Trump más criticadas por la oposición y los grupos ecologistas, ya que libera a las compañías de la obligación de detectar y reparar cualquier escape de este gas nocivo, según informa The New York Times. La medida, como muchas otras, producirá beneficios económicos de hasta 100 millones de dólares al año hasta 2030 y conllevará 850.000 toneladas de metano durante esa década. La EPA justifica esta reciente medida y argumenta que "las cargas regulatorias impuestas por la administración Obama-Biden recayeron en gran medida sobre las pequeñas y medianas empresas de energía".

"Las acciones del presidente Trump con frecuencia han tomado la forma de ordenes ejecutivas que describen políticas nacionales, como priorizar la producción y distribución de combustibles fósiles, enfatizar el uso económico de los recursos naturales, acelerar las revisiones ambientales federales para proyectos de infraestructuras, y disminuir las restricciones de emisiones y estándares de eficiencia en todos los ámbitos", resumen desde el Centro Sabin para la Ley de Cambio Climático de la Universidad de Columbia, que cifra en en 159 el número de medidas de desregulación climática llevadas a cabo por el Ejecutivo republicano durante los últimos cuatro años de legislatura. 

05/09/2020 10:14

Publicado enMedio Ambiente
Reunión del iuFOR para trabajar en el desarrollo del Plan Estratégico, https://www.flickr.com/photos/147451313@N04/

El proyecto de acuerdo del Plan de Desarrollo Distrital (PDD) Económico, Social, Ambiental y de Obras Públicas del Distrito Capital 2020-2024 “Un Nuevo Contrato Social y Ambiental para la Bogotá del siglo XXI” ha contado con varios cambios, la primera versión presentada al Consejo Territorial de Planeación Distrital –Ctpd– el 28 de febrero de 2020 contaba con 5 propósitos, 30 logros, 17 programas estratégicos, 70 programas generales, indicadores y metas; en la revisión de 11 de marzo se tuvo una reducción a 65 programas generales, 79 indicadores, 539 metas de sector. En el entregado al Concejo de Bogotá se reducen los programas generales a 58 y las metas de sector a 513.

El PDD de Bogotá se basa en los objetivos de desarrollo sostenible (1) de los cuales el número 14 no se puede desarrollar, en este sentido no es claro cómo y en qué porcentaje se pretende cumplir con los objetivos, y aunque es un contrato social cabe resaltar que el mismo le da peso al mercado, así queda reflejado en el Título II, capítulo I, artículo 8, pág. 62. En la primera versión del 28 de febrero y del 11 de marzo era más evidente en el artículo (2) “El nuevo Contrato Social y Ambiental es un esfuerzo deliberado y conjunto entre la ciudadanía, las empresas y el Estado (3)”.

Frente a temas ambientales, en el contrato social se menciona el POT y la recuperación de la Estructura Ecológica Principal –EEP–, aunque es importante que se mencione si quedan dudas sobre cómo se está pensando o cuáles son las bases para el nuevo POT, ya que se propone tenerlo listo en noviembre, y uno de los grandes debates al POT de Peñalosa fue la falta de participación de la gente, la construcción de grandes propuestas inmobiliarias como Ciudad Río, Lagos de Tunjuelo, Ciudad Usme, Lagos de Torca, y en esta crisis de salud el tema de participación ha sido y es bien limitada.

Así mismo, dentro del PDD no se refleja la manera cómo se fortalecerá la EEP, ya que la crisis ambiental no se mira de forma profunda, la emergencia climática no cuenta con políticas ni presupuesto para mitigar esta problemática, ejemplo de lo cual es que a principios de año Bogotá tenía alerta amarilla y naranja en varias localidades (4), pero el PDD plantea fortalecer el sector movilidad con $36.919.236 (5) frente al sector ambiente con $1.345.877

El PDD se basa en 5 propósitos, los cuales serán su eje en estos cuatro años, los mismos que se han tenido que modificar frente a la actual crisis por el covid-19, la que nos ha llevado a cambiar modos de vida, la virtualidad nos ha mostrado nuestras fortalezas y debilidades. Valga resaltar que dentro de las fortalezas están las organizaciones sociales, las primeras en responder en los barrios populares con jornadas de recolección de alimentos e identificando sectores vulnerables, también las iniciativas por volver a las ollas comunitarias; organizaciones que también han sido las primeras en informar de abusos de la fuerza pública tanto en desalojos como en los plantones donde se reclamaba ser escuchados por la administración, sin encontrar eco.

Los 5 propósitos del PDD son: 1. Hacer un nuevo contrato social con igualdad para la inclusión social, productiva y política, este cuenta con 12 logros de ciudad; 2. Cambiar nuestros hábitos de vida para reverdecer a Bogotá y adaptarnos y mitigar la crisis climática, con 8 logros de ciudad; 3. Inspirar confianza y legitimidad para vivir sin miedo y ser epicentro de cultura, paz y reconciliación, con 5 logros de ciudad; 4. Hacer de Bogotá-Región un modelo de movilidad, incluyente y sostenible, con un logro de ciudad; 5. Construir Bogotá-Región con gobierno abierto, transparente y ciudadanía consciente, con cuatro logros de ciudad.

Si bien los propósitos 4 y 5 del PDD apuntan a una Bogotá-Región, es llamativo que el presupuesto para el sector de Planeación –que es el que debería asumir esos dos propósitos– no cuenta con la reserva para desarrollarlo. También se ve que el sector Cultura y el sector Ambiente son de los más perjudicados perdiendo aproximadamente un 50 por cieneto de sus recursos y es el sector Cultura uno de los más afectados en esta época de pandemia ya que fueron los primeros en cerrar sus salas y serán los últimos en reactivar su economía.

El tema de movilidad sigue como el que cuenta con mayor recurso, para invertir en un metro elevado que no cuenta con estudios técnicos; se plantea adelantar el metro cable en San Cristóbal –que tiene estudios de factibilidad hace cuatro años–, pero se sigue invirtiendo en Transmilenio el cual no ha podido resolver problemas como frecuencia de los buses rojos, hacinamiento en los articulados, y en tiempos de pandemia puede ser un foco potencial de contagio.

Aquí un debate desde las organizaciones sociales, que proponemos que la ciudad debe cambiar los contratos que dan legalidad a Transmilenio pues en ellos la ciudad solo recupera un 5 por ciento de lo invertido. De igual manera, revisar el tema SITP pues el mismo no llega a todos los rincones de la ciudad. Al mismo tiempo, se proyecta la ampliación de ciclovías, pero sin garantías para la movilidad –pintan de azul unos tramos de las rutas, y así creen que la movilidad queda resuelta, a pesar de los cruces con bicitaxis y transportes privados.

En temas de salud se continua con las APP y fortaleciendo un modelo de Ley 100 el cual debe cambiarse, y crear un modelo de salud que facilite a los ciudadanos su atención inmediata, sobre todo cuando el coronavirus no es algo que vaya a pasar de la noche a la mañana –se prevee que puede durar unos dos años, con varios picos de contagio si no se toman medidas a tiempo. No solo es la atención y prevención de los contagios, es trabajar la salud en todos sus niveles si bien la idea es quedarse en casa es indispensable la atención en el hogar por que la sociedad vive varios males y debe estar valorándose constantemente en todos los campos: salud mental, nutrición, odontología, etcétera. La idea no es estar encerrados y que las EPS se sigan enriqueciendo sin atender a sus usuarios.

En otro aspecto del PDD, es importante fortalecer la ETB y logran dar conectividad a la mayoría de la población, brindar fibra óptica para mejor conectividad ya que el propósito 5 habla sobre Gobierno Abierto –Gabo. Como es claro, tendremos que pasar por varias cuarentenas si no se controla el covid-19, y el teletrabajo y la educación en casa, que antes se veía lejano, ahora es un reto de ciudad, el cual no estaba contemplado y debemos asumirlo, para lo cual, además de la conectividad, se requieren herramientas tecnológicas, mucho más cuando no todos los hogares cuentan con equipos suficientes. En este sentido, el PDD debe ir caminando hacia una ciudad inteligente que, incluso a nivel nacional en su Plan Nacional de Desarrollo, debería pensar en nacionalizar la banca, y a nivel Distrital volver Trasnmilenio en una empresa del Distrito.

 


Asimismo, es importante en esta nueva etapa de la sociedad que el PDD aborde la soberanía y la seguridad alimentaria: en el presente y en el futuro el problema es de hambre, y es por ello que el abastecimiento de la ciudad debe constituirse en una prioridad creando alianzas públicos comunitarias que permitan crear redes de abastecimiento, redes de distribución y redes de consumo; la visión de Bogotá-Región nos debe garantizar crear mecanismos para abrir el camino del campo a la ciudad sin intermediarios, fortaleciendo la organización social. El PDD no debe proponerse salvar al sector privado del mercado y los constructores.

En temas de educación debe adelantarse con la gratuidad de la educación, en la ampliación de los cupos y programas universitarios; somos más de 7 millones de habitantes y la plusvalía que genera la ciudad debe redistribuirse entre los ciudadanos; los impuestos que se pagan se deben ver reflejados en una educación de calidad. No estábamos preparados para la virtualidad; las pruebas saber 11 se han aplazado, la Universidad Distrital debe brindarle oportunidades a la ciudad.

En igual sentido, PDD debe garantizar el derecho a la ciudad y el territorio, el derecho a pensarse la ciudad a vivirla y a disfrutarla, entendiendo que somos una urbe que tiene sus particularidades y que son muchas las formas de habilitarla. Así, reconociendo los 14 pueblos indígenas que habitan acá, más los afros, raizales y el pueblo Rom, debe incluirse un capítulo especial para todos ellos en el PDD.

Al mismo tiempo, es fundamental pensarse la ciudad para las personas en condición de discapacidad brindando oportunidades a las y los cuidadores en temas de estudio, vivienda, salud, lo mismo que con el sector Lgbti, el enfoque diferencial y de derechos debe seguir siendo parte de la política social.

Si bien Bogotá Solidaria va a concentrar una parte importante de los recursos, es necesario que ponga en práctica las alianzas público-comunitarias con las organizaciones sociales que saben las problemáticas de la ciudad; desde el Distrito se debe avanzar la discusión de una Renta básica o mínimo vital, es un clamor ciudadano y la pandemia nos está dando el espacio para cambiar lo que está mal, es el momento de pensar en el desarrollo y el ordenamiento de las ciudades de cara a la gente, no es salvar a los bancos, es construyendo una nueva forma de habitar el territorio, de armonizar al ser humano con la naturaleza, de ordenar el territorio alrededor del agua, de fortalecer las redes de solidaridad.

Es tiempo de cambio. Han sido más de seis meses de gente en las calles buscando una transformación, el 21N permitió adelantar la discusión de hacia dónde marcar el rumbo de la ciudad, de no repetir errores del pasado y de avanzar en común-unidad, ¿sino es ahora cuándo?, ¿si no somos nosotros y nosotras, quiénes?

1 https://www.undp.org/content/undp/es/home/sustainable-development-goals.html
2 http://www.sdp.gov.co/sites/default/files/3._proyecto_de_articulado.pdf
3 Proyecto de Acuerdo Plan Distrital de Desarrollo 2020 - 2024
5 Cifras en millones de pesos

 

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

 

Publicado enEdición Nº268
Reunión del iuFOR para trabajar en el desarrollo del Plan Estratégico, https://www.flickr.com/photos/147451313@N04/

El proyecto de acuerdo del Plan de Desarrollo Distrital (PDD) Económico, Social, Ambiental y de Obras Públicas del Distrito Capital 2020-2024 “Un Nuevo Contrato Social y Ambiental para la Bogotá del siglo XXI” ha contado con varios cambios, la primera versión presentada al Consejo Territorial de Planeación Distrital –Ctpd– el 28 de febrero de 2020 contaba con 5 propósitos, 30 logros, 17 programas estratégicos, 70 programas generales, indicadores y metas; en la revisión de 11 de marzo se tuvo una reducción a 65 programas generales, 79 indicadores, 539 metas de sector. En el entregado al Concejo de Bogotá se reducen los programas generales a 58 y las metas de sector a 513.

El PDD de Bogotá se basa en los objetivos de desarrollo sostenible (1) de los cuales el número 14 no se puede desarrollar, en este sentido no es claro cómo y en qué porcentaje se pretende cumplir con los objetivos, y aunque es un contrato social cabe resaltar que el mismo le da peso al mercado, así queda reflejado en el Título II, capítulo I, artículo 8, pág. 62. En la primera versión del 28 de febrero y del 11 de marzo era más evidente en el artículo (2) “El nuevo Contrato Social y Ambiental es un esfuerzo deliberado y conjunto entre la ciudadanía, las empresas y el Estado (3)”.

Frente a temas ambientales, en el contrato social se menciona el POT y la recuperación de la Estructura Ecológica Principal –EEP–, aunque es importante que se mencione si quedan dudas sobre cómo se está pensando o cuáles son las bases para el nuevo POT, ya que se propone tenerlo listo en noviembre, y uno de los grandes debates al POT de Peñalosa fue la falta de participación de la gente, la construcción de grandes propuestas inmobiliarias como Ciudad Río, Lagos de Tunjuelo, Ciudad Usme, Lagos de Torca, y en esta crisis de salud el tema de participación ha sido y es bien limitada.

Así mismo, dentro del PDD no se refleja la manera cómo se fortalecerá la EEP, ya que la crisis ambiental no se mira de forma profunda, la emergencia climática no cuenta con políticas ni presupuesto para mitigar esta problemática, ejemplo de lo cual es que a principios de año Bogotá tenía alerta amarilla y naranja en varias localidades (4), pero el PDD plantea fortalecer el sector movilidad con $36.919.236 (5) frente al sector ambiente con $1.345.877

El PDD se basa en 5 propósitos, los cuales serán su eje en estos cuatro años, los mismos que se han tenido que modificar frente a la actual crisis por el covid-19, la que nos ha llevado a cambiar modos de vida, la virtualidad nos ha mostrado nuestras fortalezas y debilidades. Valga resaltar que dentro de las fortalezas están las organizaciones sociales, las primeras en responder en los barrios populares con jornadas de recolección de alimentos e identificando sectores vulnerables, también las iniciativas por volver a las ollas comunitarias; organizaciones que también han sido las primeras en informar de abusos de la fuerza pública tanto en desalojos como en los plantones donde se reclamaba ser escuchados por la administración, sin encontrar eco.

Los 5 propósitos del PDD son: 1. Hacer un nuevo contrato social con igualdad para la inclusión social, productiva y política, este cuenta con 12 logros de ciudad; 2. Cambiar nuestros hábitos de vida para reverdecer a Bogotá y adaptarnos y mitigar la crisis climática, con 8 logros de ciudad; 3. Inspirar confianza y legitimidad para vivir sin miedo y ser epicentro de cultura, paz y reconciliación, con 5 logros de ciudad; 4. Hacer de Bogotá-Región un modelo de movilidad, incluyente y sostenible, con un logro de ciudad; 5. Construir Bogotá-Región con gobierno abierto, transparente y ciudadanía consciente, con cuatro logros de ciudad.

Si bien los propósitos 4 y 5 del PDD apuntan a una Bogotá-Región, es llamativo que el presupuesto para el sector de Planeación –que es el que debería asumir esos dos propósitos– no cuenta con la reserva para desarrollarlo. También se ve que el sector Cultura y el sector Ambiente son de los más perjudicados perdiendo aproximadamente un 50 por cieneto de sus recursos y es el sector Cultura uno de los más afectados en esta época de pandemia ya que fueron los primeros en cerrar sus salas y serán los últimos en reactivar su economía.

El tema de movilidad sigue como el que cuenta con mayor recurso, para invertir en un metro elevado que no cuenta con estudios técnicos; se plantea adelantar el metro cable en San Cristóbal –que tiene estudios de factibilidad hace cuatro años–, pero se sigue invirtiendo en Transmilenio el cual no ha podido resolver problemas como frecuencia de los buses rojos, hacinamiento en los articulados, y en tiempos de pandemia puede ser un foco potencial de contagio.

Aquí un debate desde las organizaciones sociales, que proponemos que la ciudad debe cambiar los contratos que dan legalidad a Transmilenio pues en ellos la ciudad solo recupera un 5 por ciento de lo invertido. De igual manera, revisar el tema SITP pues el mismo no llega a todos los rincones de la ciudad. Al mismo tiempo, se proyecta la ampliación de ciclovías, pero sin garantías para la movilidad –pintan de azul unos tramos de las rutas, y así creen que la movilidad queda resuelta, a pesar de los cruces con bicitaxis y transportes privados.

En temas de salud se continua con las APP y fortaleciendo un modelo de Ley 100 el cual debe cambiarse, y crear un modelo de salud que facilite a los ciudadanos su atención inmediata, sobre todo cuando el coronavirus no es algo que vaya a pasar de la noche a la mañana –se prevee que puede durar unos dos años, con varios picos de contagio si no se toman medidas a tiempo. No solo es la atención y prevención de los contagios, es trabajar la salud en todos sus niveles si bien la idea es quedarse en casa es indispensable la atención en el hogar por que la sociedad vive varios males y debe estar valorándose constantemente en todos los campos: salud mental, nutrición, odontología, etcétera. La idea no es estar encerrados y que las EPS se sigan enriqueciendo sin atender a sus usuarios.

En otro aspecto del PDD, es importante fortalecer la ETB y logran dar conectividad a la mayoría de la población, brindar fibra óptica para mejor conectividad ya que el propósito 5 habla sobre Gobierno Abierto –Gabo. Como es claro, tendremos que pasar por varias cuarentenas si no se controla el covid-19, y el teletrabajo y la educación en casa, que antes se veía lejano, ahora es un reto de ciudad, el cual no estaba contemplado y debemos asumirlo, para lo cual, además de la conectividad, se requieren herramientas tecnológicas, mucho más cuando no todos los hogares cuentan con equipos suficientes. En este sentido, el PDD debe ir caminando hacia una ciudad inteligente que, incluso a nivel nacional en su Plan Nacional de Desarrollo, debería pensar en nacionalizar la banca, y a nivel Distrital volver Trasnmilenio en una empresa del Distrito.

 


Asimismo, es importante en esta nueva etapa de la sociedad que el PDD aborde la soberanía y la seguridad alimentaria: en el presente y en el futuro el problema es de hambre, y es por ello que el abastecimiento de la ciudad debe constituirse en una prioridad creando alianzas públicos comunitarias que permitan crear redes de abastecimiento, redes de distribución y redes de consumo; la visión de Bogotá-Región nos debe garantizar crear mecanismos para abrir el camino del campo a la ciudad sin intermediarios, fortaleciendo la organización social. El PDD no debe proponerse salvar al sector privado del mercado y los constructores.

En temas de educación debe adelantarse con la gratuidad de la educación, en la ampliación de los cupos y programas universitarios; somos más de 7 millones de habitantes y la plusvalía que genera la ciudad debe redistribuirse entre los ciudadanos; los impuestos que se pagan se deben ver reflejados en una educación de calidad. No estábamos preparados para la virtualidad; las pruebas saber 11 se han aplazado, la Universidad Distrital debe brindarle oportunidades a la ciudad.

En igual sentido, PDD debe garantizar el derecho a la ciudad y el territorio, el derecho a pensarse la ciudad a vivirla y a disfrutarla, entendiendo que somos una urbe que tiene sus particularidades y que son muchas las formas de habilitarla. Así, reconociendo los 14 pueblos indígenas que habitan acá, más los afros, raizales y el pueblo Rom, debe incluirse un capítulo especial para todos ellos en el PDD.

Al mismo tiempo, es fundamental pensarse la ciudad para las personas en condición de discapacidad brindando oportunidades a las y los cuidadores en temas de estudio, vivienda, salud, lo mismo que con el sector Lgbti, el enfoque diferencial y de derechos debe seguir siendo parte de la política social.

Si bien Bogotá Solidaria va a concentrar una parte importante de los recursos, es necesario que ponga en práctica las alianzas público-comunitarias con las organizaciones sociales que saben las problemáticas de la ciudad; desde el Distrito se debe avanzar la discusión de una Renta básica o mínimo vital, es un clamor ciudadano y la pandemia nos está dando el espacio para cambiar lo que está mal, es el momento de pensar en el desarrollo y el ordenamiento de las ciudades de cara a la gente, no es salvar a los bancos, es construyendo una nueva forma de habitar el territorio, de armonizar al ser humano con la naturaleza, de ordenar el territorio alrededor del agua, de fortalecer las redes de solidaridad.

Es tiempo de cambio. Han sido más de seis meses de gente en las calles buscando una transformación, el 21N permitió adelantar la discusión de hacia dónde marcar el rumbo de la ciudad, de no repetir errores del pasado y de avanzar en común-unidad, ¿sino es ahora cuándo?, ¿si no somos nosotros y nosotras, quiénes?

1 https://www.undp.org/content/undp/es/home/sustainable-development-goals.html
2 http://www.sdp.gov.co/sites/default/files/3._proyecto_de_articulado.pdf
3 Proyecto de Acuerdo Plan Distrital de Desarrollo 2020 - 2024
5 Cifras en millones de pesos

Publicado enColombia
Jueves, 21 Mayo 2020 06:01

Una pandemia no esconde la otra

Una pandemia no esconde la otra

COVID-19 y el clima

Desde la ONU, Ginebra, Suiza

El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.

Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia

Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que “pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”  (https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/)

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120 millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.

Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5% con respecto a 2019 (https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de 90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU, Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.

Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las calles, las cifras son categóricas.

Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.

En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo. La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de contraer la enfermedad.

50 años de “poco o nada”

Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra. Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral. (https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica)

Desafíos monumentales

En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.

 “Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas, director de la Organización Meteorológica Mundial.  Agregando que “debemos aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas” (https://www.un.org/es/observances/earth-day/message)

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle

La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.

Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar, por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.

Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?  

Por Sergio Ferrari | 21/05/2020

Publicado enMedio Ambiente
El planeta de los humanos y los cuentos de hadas del crecimiento

Los documentales Planet of the Humans, de Jeff Gibbs y producido por Michael Moore, y Cuentos de hadas del crecimiento, de Pierre Smith Khanna, se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito.

 

Di toda la verdad pero dila sesgada

el éxito se encuentra en el rodeo

La verdad debe deslumbrar poco a poco

o ciegos quedarán todos los hombres

Emily Dickinson

En las últimas semanas dos documentales se han lanzado gratuitamente a la red con una temática similar: el decrecimiento inevitable en un mundo finito, que ya sobrepasa muchos de los límites que su finitud le impone. Es un buen momento ahora para ver dos piezas que pueden alimentar muchos debates interesantes y sobre todo necesarios. [Alerta, spoiler]

El primero que pude ver fue Planet of the Humans, de Jeff Gibbs, producido por Michael Moore. Una pieza en mi opinión con mucho interés, valiente, y quizá por ello, temeraria, con alguna inexactitud y crítica difícil de justificar. Digamos que hace un ataque frontal a los lobbies de las renovables y a muchos de sus defensores a ultranza con un material que ha envejecido un poco —parece ser que llevaban tiempo planeando el documental—, en cuanto a datos de eficiencia que se han quedado algo desfasados. Y hace sangre con algún ambientalista como Bill Mckibben, que no debería estar en el documental al mismo nivel que, por ejemplo, Al Gore.

Ahora bien, el diagnóstico, el cuadro general, es certero y apunta donde duele. Una pequeña lista de los criticados en el documental: Apple, Goldman Sachs, Banco Mundial, Naciones Unidas, los hermanos Koch, Bloomberg, Tesla, Google u organizaciones ecologistas como el Sierra Club. No teme generarse enemigos, vamos, y era previsible que le cayeran palos por todas partes.

Es un documental que rompe con un tabú en la izquierda norteamericana, denuncia claramente que las renovables se merecen ese nombre sobre todo porque cada cierto tiempo, hay que renovarlas. Fabricación, ensamblaje, mantenimiento, todo ese proceso se hace con combustibles fósiles y materiales escasos, así que bueno, renovables, renovables, no son. Ni lo serán. La intermitencia de los factores que generan la energía hace imprescindible tener baterías y alternativas menos pulcras para mantener el suministro, eso incrementa los costes sucios de esas energías supuestamente “limpias y verdes” y las empequeñece. Es bastante obvio que se está exagerando el potencial de esas fuentes por varias razones.

La primera: el crecimiento no se cuestiona. Decir que las futuras fuentes energéticas (a día de hoy) nos permitirían mantener un 30% o un 40% de la energía actual es igual a 99% de colapso del sistema. Si cae la fe en la Iglesia del Perpetuo Crecimiento, el sistema de dinero deuda se vería en un aprieto por la falta de confianza=fe, y con él casi todos los bancos=parroquias. Estamos como sociedad en esa fase de negación casi lógica ante un problema enorme que nos sobrepasa. Hay que descomplejizar las sociedades opulentas del norte sí o sí, y eso va contra el dios mercado y la religión neoliberal. Pero la entropía, la atmósfera sobrecargada, o la ley de rendimientos decrecientes no negocian y el tiempo para atajar la emergencia climática se está acabando.

Y el factor más peligroso: el gatopardismo verde. En esta fase de capitalismo en crisis que el covid-19 simplemente ha acelerado, lo que parece es que la transición a renovables la va a pilotar BlackRock. Esto es como poner a Ortega Cano a dirigir el tráfico. Mal vamos. No parece descabellado pensar que si la “oportunidad de negocio” es ahora la transición a green, a sostenible, a limpio, pues la mayor empresa del mundo en gestión de activos, que se dedica a invertir como nadie en combustibles fósiles o en armamento —y que por cierto posee una buena parte del IBEX 35— se quita la camiseta sucia de sangre y aceite, se pone una verde reluciente, y… os presento a BlackRock, capitán ecologista. O mejor dicho, Capitán Greenwashing. Con mucho negocio paralizado o en pendiente cuesta abajo, las inversiones de los Green New Deal norteamericano y europeo van a suponer muchos millones para quien ejecute esas transiciones.

Eso explica los ataques despiadados que está recibiendo el documental de Gibbs y Moore por parte de casi toda la prensa y hasta de referentes del ecologismo, que no creen que sea un buen momento para esa crítica cáustica, y puede que tengan razón en parte. En defensa de esos referentes, como por ejemplo Naomi Klein o George Monbiot, hay que decir que el documental cae a veces en un sentimentalismo quizá excesivo. El tema de la superpoblación, en fin, es otro tabú, y lo toca de una manera muy tosca y algo primermundista, y de las nucleares por ejemplo no dice ni mu. Eso sí, está hecho para el público norteamericano, que quizá está en una fase de negación aún más exagerada que la nuestra, prueba viviente es su presidente.

Otro factor a analizar es la dicotomía creciente en la sociedad norteamericana. Si haces una crítica a las renovables, ya te posicionan muchos medios del lado diestro que defiende a Trump y al lobby de las petroleras, eso está ocurriendo con algunos artículos contra Michael Moore y Jeff Gibbs, y hay que evitar caer en la trampa. Hay grises entre esas dos posturas. Ni el sector aparentemente progresista está limpio en su totalidad, ni todo es mentira en la crítica al sistema que se puede entrever en la alt-right estadounidense. De hecho, una parte de esa legítima crítica, la están copando Bannon y compañía por el buenismo a veces algo acrítico de ciertos sectores de la izquierda. Es un tema muy complejo en el que los matices son importantes. La transición a renovables es inevitable, pero también la crítica constructiva al “progreso” al que, como diría Benjamin, a veces hay que detener aún tirando del freno de emergencia.

Lo que me parece cuanto menos para reflexionar, es por qué al documental de Di Caprio, (Before The Flood) o al de la misma Naomi Klein (Esto lo Cambia Todo) no le zurraron tanto los grandes medios de comunicación  —financiados por muchas de esas empresas criticadas, que dependen en muchos casos de los bancos, y en los que nada más entrar a sus webs puedes ver banners relucientes de Iberdrola y la transición a renovables, guiño, guiño—. Igual es que no metían el dedo en la llaga: se acabó crecer y crecer y nada lo puede evitar. Para entender mejor el documental y los límites de las renovables recomiendo seguir lo que dicen https://crashoil.blogspot.com/2020/04/umans.html">Antonio Turiel y Antonio Aretxabala, dos científicos expertos en energía fósil y renovable de los que yo aprendo cada día, y que han publicado sus opiniones sobre el documental en sus respectivos blogs. 

Y entonces, cuando más cabreado estaba por las críticas a ese trabajo estimulante y más que digno, un humilde documental llamado Cuentos de hadas del crecimiento apareció por algoritmagia ante mis ojos. Es un documental hecho en Barcelona por Pierre Smith Khanna, miembro del colectivo Research and Degrowth, en el que se hace un recorrido menos sentimental y más histórico del problema ecológico-energético y que es más propositivo, habla más de soluciones. Eso me encanta. Creo que estamos saturados de críticas, necesitamos propuestas.

En realidad, es mejor documental, sobre todo para iniciarse en la problemática o comprenderla. Pero no recibirá ningún ataque. A nadie le va a molestar y —ojalá me equivoque—, poco debate habrá con él. Es una obra que hasta que sea evidente que daba en el clavo, pasará probablemente inadvertida. Igual pasan los años y es reverenciada, pero ahora mismo, como no busca polémica y no está avalada por una persona mainstream como el oscarizado Michael Moore, tiene difícil llegar a mucha gente.

Y para eso está esta crítica, para decir que ambos trabajos valen mucho la pena. Juntos son unas dos horas. Dos capítulos de la serie de tu vida. Y, perdonadme, no hay ficción que supere a esta realidad donde Pablo Casado cita a Orwell sin pestañear, un tipo de barril de petróleo (los futuros de West Texas) se ha llegado a vender a - 37 dólares, es decir te pagan porque te lo lleves a casa, y Abascal hace de defensor de la causa LGTBI.

Por Juan Bordera

11 may 2020 04:37

Publicado enSociedad
Jueves, 26 Marzo 2020 06:55

¿A quién vamos a matar?

¿A quién vamos a matar?

Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Sin embargo, la desinformación o el desconcierto ante el covid19 ha dado relevancia a discursos teñidos de la peligrosa ideología del ecofascismo.

Un jabalí pasea tranquilamente por la calle Balmes, en Barcelona. Atraviesa una Diagonal desierta y silenciosa y sigue su camino. Alguien lo graba con el móvil y lo sube a las redes sociales. En pocos minutos, el vídeo acumula miles de reproducciones. La imagen es hermosa, pero también inquietante. Se parece demasiado a las escenas apocalípticas que hemos visto cientos de veces en el cine y la televisión. El vídeo se viraliza en unos minutos y comienza a extenderse por Twitter, por Facebook, por WhatsApp. No es el único de este tipo que ha circulado por las redes sociales en los últimos días. Hemos visto también pavos reales en las calles de Madrid, delfines en el puerto de Cagliari, peces en los canales de Venecia. Los vídeos aparecen acompañados de comentarios. Un buen número de ellos afirma que esas imágenes son la prueba de que la verdadera pandemia es el ser humano, que el verdadero virus somos nosotros.

No es la primera vez que leemos este tipo de afirmaciones desde la extensión del covid19. La reducción de los niveles de contaminación en Wuhan, el primer foco de extensión de la pandemia, también fue interpretada por un buen número de usuarios de las redes sociales como una prueba de que el planeta se defendía de la nocividad del ser humano creando una enfermedad para la que no teníamos cura. La Tierra se purgaba de la plaga humana. Gaia se vengaba de nosotros.

La mayoría de estos tuits y posts no tenían una reflexión estructurada detrás. Eran simples comentarios rápidos que mezclaban ecologismo mal entendido, culpa judeocristiana y cultura de la distopía. Sin embargo, aunque las personas que los lanzaban a las redes no fueran conscientes de ello, compartían un marco de pensamiento peligroso. No solo porque eran tremendamente insensibles con el sufrimiento de miles de personas que están viendo enfermar y morir a sus seres queridos, que están luchando ellos mismos contra el virus o que están afrontando despidos y pérdida de ingresos, sino también porque contribuían a extender el sustrato necesario para el desarrollo de una ideología peligrosa, el ecofascismo.

Las semillas del ecofascismo

Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. En este marco de pensamiento, lo que se identifica como causa de la crisis es el exceso de seres humanos, por lo que la muerte de una buena cantidad de ellos sería la única posibilidad de restaurar el equilibrio ecológico.

La pregunta entonces es ¿quién va a morir? Parece difícil creer que las personas que defienden este tipo de ideas estén pensando en organizar el suicidio colectivo de su familia o asesinar a sus amigos. Lo más probable es que piensen que eso no va a sucederles a ellos, que van a estar en el grupo de población que no se vea afectado por esa medida. ¿A quién vamos a considerar “desechable” entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? En una sociedad capitalista parece bastante plausible que se esgrimiesen criterios de productividad y meritocracia, que en realidad solo encubrirían una tremenda violencia de clase contra los de más abajo. Los “desechables” probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Otra posibilidad sería que, desde esta ideología ecofascista, se quisiese aplicar un criterio demográfico. En la actualidad, la zona del mundo que presenta una mayor tasa de crecimiento de población es el África subsahariana, así que parece bastante probable que los países occidentales quisieran externalizar el exterminio de población a esta zona. La historia de violencia colonial niega cualquier tentación de considerarlo exagerado.

Más allá del exterminio directo de la población, se podrían optar por medidas como la esterilización. De nuevo, surge la misma pregunta ¿las personas que piensan que el ser humano es una plaga están considerando esterilizar a sus amigos, a sus seres queridos? ¿A quién vamos a esterilizar? Las esterilizaciones masivas tampoco son nuevas en la historia, ni ajenas a las democracias liberales: el Perú de Fujimori esterilizó sin consentimiento a 300.000 personas, la mayoría mujeres indígenas, entre 1996 y 2001; Japón esterilizó a 25.000 personas con enfermedades hereditarias o diversidad funcional entre 1948 y 1996 gracias a la Ley de Protección de la Eugenesia que buscaba “un Japón mejor”; Estados Unidos esterilizó forzosamente a más de 60.000 personas en la primera mitad del siglo XX, gracias a leyes de eugenesia que daban potestad a los funcionarios públicos para esterilizar a personas consideradas “no aptas” para tener hijos, la mayoría mujeres negras, indias, latinas y con diversidad funcional. Y podríamos seguir con decenas de ejemplos más por todo el mundo.

Otra posibilidad sería establecer políticas de limitación del número de hijos, como la política del hijo único vigente en China durante varias décadas. Sin embargo, con una natalidad desplomada en Occidente, lo más probable es que de nuevo esto se aplicase, haciendo uso de un alto grado de violencia colonial, a las zonas del mundo que tienen una tasa de fecundidad superior a la tasa de reposición, como África subsahariana o Asia occidental.

Si seguimos el razonamiento de muchos de los comentarios en redes sociales, parece que es el propio planeta el que se va a hacer cargo de la “purga” de la población a través de pandemias y enfermedades. Esto va bien para descargarnos de la responsabilidad de tener que asesinar o esterilizar, pero lo cierto es que es bastante absurdo. El planeta no es un ente con capacidad de pensar, no hace planes, no se venga del daño que le han causado los humanos. Esta especie de ecofascismo místico que antropomorfiza al planeta no solo no resiste ningún tipo de razonamiento lógico, sino que además es bastante desconsiderado con el sufrimiento de enfermos y familiares. Tienes que ser una persona bastante terrible para decirle a alguien que acaba de perder a su madre que en realidad es un sacrificio de Gaia.

Desviar el foco

El marco ideológico del ecofascismo no es ajeno a algunos de los principales partidos de extrema derecha europeos. El Frente Nacional de Marine Le Pen o el Fidesz de Viktor Orban ya han hablado en varias ocasiones de la necesidad de endurecer el cierre de fronteras como medida de lucha contra el cambio climático. En una entrevista hace unos meses, Le Pen argumentaba que la preocupación por el clima es “inherentemente nacionalista” y que los “nómadas”, como llama a los migrantes, “no se preocupan por el medio ambiente porque no tienen patria”. De momento, las medidas que proponen no incluyen el exterminio o la esterilización forzosa de la población, pero parece irresponsable alimentar en redes el sustrato de este marco ideológico. Al fin y al cabo, solo hay un paso entre uno y otro, y la experiencia histórica ya nos advierte de lo sencillo que es recorrerlo.

Pero además de contribuir a extender las semillas del ecofascismo, los comentarios que señalan el exceso de población como causa de la crisis ecológica también desvían el foco del problema principal: el capitalismo. Las formas de producción, distribución y consumo propias del capitalismo son las que están generando la crisis climática, no el mero aumento de la población. Esta misma población, con otra forma de organización social, podría vivir de forma sostenible.

Un estudio publicado en la revista Nature en enero de este mismo año mostraba que el planeta sería capaz de alimentar a 10.000 millones de personas, casi 3.000 millones más que en la actualidad, sin sobrepasar los límites ecológicos. Para ello, claro, serían necesarios cambios en la producción y en la dieta, como el descenso en el consumo de carne, la sustitución de unos alimentos por otros o la reducción del regadío y la fertilización química en determinadas zonas del planeta. El informe partía de un escenario capitalista, por lo que es fácil imaginar lo que podríamos hacer en otro escenario.

Responsabilizar de la crisis climática al conjunto de la población por igual también supone desviar el foco del problema de clase. La realidad, sin embargo, es que el 10% de la población más rica del planeta genera la mitad de las emisiones derivadas de los hábitos de consumo. La mitad más pobre del planeta, en cambio, solo contribuye con un 10%. Las medidas destinadas a reducir la población parecen poco efectivas para hacer frente a una contaminación que es producida de forma mayoritaria por un conjunto bastante pequeño de la población mundial.

Si de verdad nos preocupa la crisis ecológica y esta no es una mera excusa para imponer políticas de cierre de fronteras y control de la población, deberíamos poner el foco en las relaciones de producción y consumo capitalistas y no en la cifra global de población. Y si nos preocupan las tasas de natalidad de algunas zonas del planeta ─según los datos de la ONU la global ya descendió hasta el 2,3 mujeres por hijo, muy cerca de la tasa de reposición de 2,1─ deberíamos hacernos fervientes feministas, porque si algo nos ha demostrado la experiencia histórica es que las tasas de natalidad descienden cuando las mujeres tienen el control sobre sus propios cuerpos y pueden acceder libremente a métodos anticonceptivos y a abortos seguros.

No necesitamos medidas de control de la población ni esterilizaciones masivas, y tampoco necesitamos pandemias que lo hagan por nosotros. Necesitamos acabar con un sistema de producción y consumo que está llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes y que ha supuesto ya el exterminio de cientos de miles de especies. Necesitamos entender que el capitalismo es un sistema fracasado que no es capaz de garantizar la supervivencia en el planeta y que debe ser sustituido por otra forma de organización social. Frente al riesgo de la extensión del ecofascismo, necesitamos articular un ecosocialismo que será necesariamente diferente del socialismo del siglo pasado, pero que nos permitirá garantizar la supervivencia de todos los habitantes del planeta ─humanos y no humanos─ y asegurar la mejor de las vidas posibles para todos, no solo para unos pocos. Quizá, como decía el filósofo Jason Read hace unos días, la elección del siglo XXI ya no es entre socialismo o barbarie, sino entre socialismo o extinción.

Por Layla Martínez

25 mar 2020 06:01

Publicado enSociedad
Página 1 de 28