El 10% de los trabajadores del planeta concentra casi el 50% del dinero que se paga en sueldos

La OIT estudia la distribución salarial y denuncia que el 20% de los trabajadores con menos ingresos perciben menos del 1% de los ingresos laborales globales

 

 

La desigualdad en el mundo no solo llega por el patrimonio o la riqueza heredada. También la distribución de sueldos es muy poco equitativa en todo el mundo, según el último informe presentado este jueves por la Organización Mundial del Trabajo (OIT). El 10% de los trabajadores del planeta perciben 48,9% de la remuneración mundial. Al otro lado se sitúa el 20% de los trabajadores con ingresos más bajos –cerca 650 millones de personas– que perciben menos del 1% de la bolsa mundial de ingresos laborales, "una cifra que apenas ha cambiado a lo largo de los últimos 13 años", según el estudio. A nivel mundial, además, si se distribuyen los asalariados en tres grandes grupos (salarios bajos, medios y altos), solo el grupo de los sueldos elevados mejora su situación entre 2004 y 2017, mientras que la clase media y baja ven recortados sus ingresos salariales.

El organismo destaca en su extenso análisis que existen algunos datos positivos, pero que en muchos casos son efecto de nuevos tipos de brechas: mientras la distancia media entre países ricos y pobres baja por el avance de economías como la china, la brecha de las remuneraciones dentro de un mismo país crece porque se polarizan los sueldos.

El estudio, señala la OIT, "muestra que en general la desigualdad de los ingresos laborales a escala mundial ha disminuido desde 2004". "Sin embargo, esto no se debe a una reducción de la desigualdad en los países; en realidad la desigualdad de remuneración a nivel nacional está aumentando. Más bien, es consecuencia de la creciente prosperidad en las economías emergentes, específicamente China e India. En general, señalan las conclusiones, la desigualdad del ingreso sigue siendo un problema extendido en el mundo del trabajo", denuncia.

El informe que elabora la OIT (bajo el título The Labour Income Share and Distribution) contiene datos de 189 países y se basa en la mayor colección mundial de datos armonizados procedentes de estudios sobre la fuerza de trabajo. Según la organización, permite por primera vez analizar cifras comparables a escala internacional del porcentaje del PIB que va a los trabajadores y su posterior distribución por países y regiones.

Menos masa salarial para la clase media

"El informe constata que a nivel mundial la proporción del ingreso nacional que va a los trabajadores está disminuyendo, pasando de 53,7% en 2004 a 51,4% en 2017", señala la OIT. Al analizar la distribución del salario medio entre los países, asegura que la parte recibida por la clase media (el grupo conformado por el 60% de los trabajadores de nivel medio) descendió entre 2004 y 2017, pasando de recibir el 44,8% al 43% del dinero. Al mismo tiempo, la proporción recibida por el 20% de las personas mejor remuneradas aumentó, de 51,3% a 53,5%.  

Cuando se baja al detalle por países, las desigualdades llegan a dispararse a niveles astronómicos. El caso más destacado es el de Níger: el 10% de los trabajadores mejor pagados de ese país se llevan el 89% de los que se genera en sueldos. Mientras, el 10% más pobre se reparte el 0,04%. Le siguen Liberia (82,2% para los ricos y 0,05% para los pobres) y República Centroafricana (78,6% y 0,04%). En el lado contrario se sitúa Eslovaquia: el 10% más rico acapara el 23% de los ingresos salariales. Allí el 10% más pobre se reparte el 3,88%. Le siguen Eslovenia (23,2% para los ricos y 3,12% para los pobres) y Finlandia (23,4% y 2,89%).

"Los datos muestran que en términos relativos, el incremento de los salarios laborales más altos está asociado con pérdidas para todos los demás. Ambos, los trabajadores de la clase media y los que perciben los ingresos más bajos, están viendo disminuir parte de sus ingresos", asegura Steven Kapsos, jefe de la unidad de producción y análisis de datos de la OIT. "Sin embargo, cuando la parte de los ingresos laborales de los trabajadores de ingresos medios y bajos aumenta, las ganancias tienden a ser distribuidas de manera más amplia, beneficiando a todos los trabajadores, a excepción de los que reciben los salarios más altos", añade.

Trabajar tres siglos para tener un salario de rico

La OIT también concluye con su análisis de datos que los países más pobres tienden a registrar niveles de desigualdad salarial mucho más altos, "lo cual exacerba las dificultades de las poblaciones más vulnerables". En el África subsahariana, el 50% de los trabajadores en el nivel más bajo de la escala reciben solo 3,3% de los ingresos laborales, mientras que en la Unión Europea reciben 22,9% del ingreso total pagado a los trabajadores, según destaca.

"La mayoría de los trabajadores del mundo subsiste con un salario notablemente bajo y para muchos tener un empleo no significa ganar lo suficiente para vivir. A nivel mundial, el salario promedio de los trabajadores en la mitad inferior de la distribución de los ingresos es de apenas 198 dólares mensuales (175,45 euros) y el 10% más pobre tendría que trabajar tres siglos para ganar lo mismo que gana el 10% más rico en un año", destaca a modo de ejemplo Roger Gomis, economista del Departamento de Estadística de la OIT. 

Por Cristina Delgado

Madrid 4 JUL 2019 - 14:48 COT

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Pregunta siempre vigente. ¿Qué hacer?

I

Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo enfocar la lucha revolucionaria; así, parafraseando el título de la novela de su compatriota Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 117 años después, la misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer?

Es decir: qué hacer para cambiar el actual estado de cosas. Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores” sino del restante 80% de la población planetaria, la situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al hambre como principal causa de muerte; mundo en el que el negocio más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que arriba mencionábamos come más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo que está buscando agua en el planeta Marte mientras la niega a la gran mayoría de la población mundial en esta Tierra. Mundo en el que es más importante seguir acumulando dinero, aunque el planeta se torne invivible por la contaminación ambiental que esa misma acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser cambiado, transformado, porque así, no va más, porque es el colmo de la irracionalidad, de la injusticia, de la asimetría.

Entonces, una vez más surge la pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras reacciones al sistema capitalista dieron como resultado, ya en el siglo XX, algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente, fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia del socialismo quedó sepultada. En la Rusia actual, por ejemplo, ahora que abrazó el capitalismo, mayoritariamente la población desea retornar a la era soviética, donde las condiciones de vida eran muy superiores. No se puede decir que ahí el socialismo fracasó; fueron los primeros pasos, simplemente. Pasos que dieron resultado, por cierto. “Hay 200 millones de niños de la calle en todo el mundo. Ninguno de ellos vive en Cuba”, pudo afirmar orgulloso Fidel Castro. Quizá habría que considerar esas experiencias del siglo XX (Rusia, China, Cuba) como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían siglos después.

Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez, en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó que… “aún era muy prematuro para opinar”. Más allá de la posible humorada, hay ahí una verdad: los procesos sociales van lentos, exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del presente pasaron varias centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas. Las primeras experiencias socialistas –la rusa, la china, la cubana– son apenas pequeños movimientos en la historia. Apenas ha pasado un siglo de la Revolución Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos (debemos) seguir planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello significa que la historia continúa aún. El sistema capitalista, más allá de su derroche consumista y su continuo bombardeo ideológico-propagandístico anticomunista, no puede solucionar problemas ancestrales de la humanidad: hambre, enfermedades previsibles, dignidad de vida para todos, seguridad.

II

El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder, demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas: caída la experiencia de socialismo soviético y revertida (¿apaciguada?) la revolución china con su tránsito al capitalismo (o socialismo de mercado), los referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado. ¿Es acaso China el modelo a seguir? Ese país puede experimentar esa rara combinación: mercado capitalista y planificación socialista, con un Partido Comunista férreo que ya tiene planes para el siglo XXII, haciendo que las cosas le marchen viento en popa. Pero China tiene 1,500 millones de habitantes y 4,000 años de historia. ¿Podrá un país como Cuba, por ejemplo, seguir ese modelo? La pregunta está abierta y es parte del debate en torno a ese ¿qué hacer?

Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios “democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto” vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”. La idea de transformación radical, de revolución político-social, no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de vida no mejoran para las grandes mayorías; aunque cada vez hay más ingenios tecnológicos pululando por el mundo, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la Guerra Fría, siguen siendo el pan nuestro de cada día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en vez de disminuir, crece. No está de más agregar que las guerras pasaron a constituir uno de los más redituables negocios del sistema capitalista. De hecho, la inversión en armamentos es el rubro comercial más desarrollado y que más ganancias otorga en este momento (se gastan 35,000 dólares por segundo en la industria bélica, lo cual favorece solo a un minúsculo grupo. Las mayorías siguen postergadas, hambrientas… ¡y muriendo en esas guerras!).

Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín y el retroceso sufrido en las condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas, sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen a partir del pensamiento labrado por Marx y Engels, puntales infaltables en el pensamiento revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son, pero la ideología dominante así lo presenta.

Hoy es más fácil movilizar a grandes masas por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por hoy, no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano, que se creyó el germen transformador por excelencia –de acuerdo a la apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX cuando el auge de la revolución industrial– hoy está en retirada (la robotización lo va supliendo). Los nuevos sujetos contestatarios –movimientos sociales varios, campesinos, etnias, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá– no terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista parecen hoy piezas de museo. ¿Quién levantaría la lucha armada en la actualidad como vía para el cambio social?

En medio de esa nebulosa, sin embargo, siguen surgiendo protestas, voces críticas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso?

III

Es más fácil decir qué no hacer que proponer cuestiones concretas. En otros términos: es más fácil destruir que construir. Pero sabido eso, y asumiendo que no resulta nada fácil marcar un camino seguro (por el contrario ¡es tremendamente difícil!) se puede señalar, en todo caso, por dónde no ir. Eso, al menos, ya nos recorta un poco el panorama, y nos dice lo que no debemos hacer. Luego, quizá, surja la hoy día ausente propuesta concreta de qué hacer, por dónde ir.

Hoy, dada las circunstancias históricas, de ningún modo es posible:

Impulsar la lucha armada. Las condiciones nacionales de ningún país, e incluso la coyuntura internacional, tornan imposible levantar esa propuesta en este momento. El agotamiento de esta opción, la respuesta absolutamente desmedida de que fueron objeto por parte del Estado con su estrategia contrainsurgente los distintos sitios donde aparecieron focos guerrilleros, el descrédito y el miedo que dejaron estas luchas en el grueso de la población, hacen imposible, en la actual coyuntura, volver a levantar esa iniciativa. La cuestión técnica, es decir: la enorme diferencia de poderío que se ha establecido entre las fuerzas regulares de cualquier Estado y las fuerzas insurgentes, no es el principal obstáculo para proponer esta salida. Los ideales, está probado, pueden ser más efectivos que el más impresionante dispositivo técnico. De todos modos, llegado el caso, esa diferencia de potencial bélico hoy es tan grande que habría que replantear formas de lucha. Por ejemplo: ¿puede llegar a plantearse seriamente como una opción que desestabilice al sistema una “guerrilla informática”, los hackers? Quizá eso no serviría como propuesta de transformación, y debería pensarse en otras opciones, como guerra popular prolongada con una vanguardia armada. Lo cierto es que hoy, dado la reciente historia, ésta no se vislumbra como una vía posible.

Participar como partido político buscando la presidencia en elecciones generales para, desde allí, generar cambios. Sin descartar completamente la opción de la vía electoral, la opción transformadora no pasa por ocupar la administración del Estado capitalista. La experiencia lo ha demostrado infinidad de veces, a veces de manera trágica, que tomar el gobierno no es, en modo alguno, tomar el poder. Los factores de poder pueden admitir, a lo sumo, que un gobierno con tinte socialdemócrata realice algunos cambios no sustanciales en la estructura; si se quiere ir más allá, al no contarse con todo el poder real (las fuerzas armadas, el aparato de Estado en su conjunto, la movilización popular efectiva que representa un movimiento de masas siendo quien en verdad insufla la energía transformadora), al no haberse producido un cambio en las correlaciones de fuerzas reales en la sociedad, las posibilidades de cambio son nulas. Quizá pueda ser útil, sólo como un momento de la lucha revolucionaria, optar por ocupar poderes locales (alcaldías por ejemplo) o algunas bancas en el Poder Legislativo, para hacer oposición, para organizar, para constituirse en un referente alternativo. Pero en todo caso no hay que olvidar nunca jamás que esas instancias de la institucionalidad capitalista son muy limitadas: no están hechas para la democracia genuina, de base, revolucionaria. Son, en definitiva, instrumentos de dominación de clase, por eso no puede apuntarse a trabajar en ellas con la “ingenuidad” de creer poder transformar algo con instrumentos destinados a no cambiar.

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Sin tener claro por dónde, podemos ver algunos elementos interesantes, que deben llamar al análisis pormenorizado. En ese sentido, lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (en general movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales.

Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico), estos movimientos constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe “Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global”, del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: “A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas”. [1] Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington y afectando sus intereses, el gobierno estadounidense tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente, la “Guerra de Red Social” (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica.

Hoy, como dijo algún tiempo atrás el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular, pero aplicable al contexto latinoamericano en general, “la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como sistema] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas”. [2] Anida allí, entonces, una cuota de esperanza. ¿Quién dijo que todo está perdido?

IV

No hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de trabajadores y capitalistas (empresarios industriales, terratenientes, banqueros), más allá que ahora se hayan “puesto de moda” los Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos: MARC’s. Es decir: Marc’s en vez de Marx. Esa contradicción –que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la historia, amén de otras contradicciones paralelas sin dudas muy importantes: asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo, homofobia, etc.– pone como actores principales del escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola, trabajadores clase-media de la esfera de servicios, amas de casa, intelectuales, personal calificado y gerencial de la iniciativa privada, subocupados varios, campesinos. Lo cierto es que, con la derrota histórica de este round de la lucha y el retroceso que, como trabajadores, hemos sufrido a nivel mundial con el capitalismo salvaje de estos años, eufemísticamente llamado “neoliberalismo” (precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de conquistas históricas, retroceso en la organización sindical, tercerización, etc., etc.), los trabajadores estamos desorganizados, vencidos, quizá desmoralizados.

De ahí que estos movimientos campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente de vitalidad revolucionaria sumamente importante.

La pregunta era: ¿por dónde ir? Sin dudas, la organización popular sigue siendo vital. Ningún cambio puede darse si no es con poblaciones organizadas, conscientes de su realidad, dispuestas a cambiar las cosas. Las élites esclarecidas no sirven para modificar una sociedad; más allá de su lucidez, la verdadera mecha del cambio está en la fuerza de la gente, no en el trabajo intelectual de una vanguardia (sin desmerecer lo intelectual en lo más mínimo, por supuesto). Evidentemente la potencialidad de este descontento que en muchos países latinoamericanos se expresa en toda la movilización popular anti industria extractivista (minería, hidroeléctricas, monocultivos destinados a la agroexportación) puede marcar un camino. Hoy día, en que pareciera que no hay ninguna claridad respecto a las sendas a transitar para lograr cambios reales, profundos y sostenibles, hoy día en que el sistema global parece tan monolítico y sin ningún resquicio por donde atacarlo, tal vez sea oportuno recordar al poeta (¿y quién dijo que el arte no puede ser infinitamente revolucionario?): “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.

 

Por Marcelo Colussi

Rebelión


Notas

[1] En Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”. Versión digital disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463

[2] Boaventura Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible en https://www.uclouvain.be/en-369088.html

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Personas pobres afectadas por las disputas de tierra en Cambodia se han visto obligadas a vivir en un cementerio en Phnom Penh.Foto Afp

Al llamar a redoblar los esfuerzos para erradicar la pobreza extrema, especialmente la rural, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señaló que se calcula que 10 por ciento de la población mundial se encuentra en esa condición.

 

El organismo expuso que "desde 1990 el progreso mundial para reducir la pobreza no tiene parangón". Sin embargo, "alrededor de 736 millones de personas siguen padeciendo" esta condición y es muy posible que las cifras aumenten. “Se espera que una desaceleración continua del crecimiento económico mundial impida –o incluso invierta– el progreso hacia la reducción de la pobreza, en particular en las zonas rurales de los países más pobres”.

 

De acuerdo con el Banco Mundial, de 1990 a 2015 la tasa de pobreza extrema se redujo, en promedio, un punto porcentual por año (de casi 36 por ciento a 10), pero sólo bajó un punto entre 2013 y 2015.

 

En ese lapso, mil millones de personas salieron de ese rango, pero una desaceleración económica mundial podría poner en riesgo el Objetivo de Desarrollo Sostenible de eliminar la pobreza en 2030.

 

Sostuvo que se debe hacer más evidente el vínculo entre pobreza y hambre, "promoviendo la coherencia de las políticas entre los sectores de la protección social, la seguridad alimentaria y la nutrición y facilitando programas que aglutinen la asistencia social, el acceso a la educación nutricional, la atención sanitaria y una agricultura que tenga en cuenta la nutrición". Llamó a la inclusión económica de las personas en extrema pobreza en las zonas rurales, con la promoción de inversiones agrícolas y para la alimentación y de las oportunidades de empleo.

 

Señaló que es esencial promover medios de vida ambientalmente sostenibles y resilientes, incluyendo la reducción de la pobreza en las medidas relativas al cambio climático. "Teniendo en cuenta estas tendencias, la FAO considera que es necesario un mayor esfuerzo para llegar a las personas extremadamente pobres, que viven predominantemente en las zonas rurales".

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Martes, 11 Junio 2019 06:31

Desmontar el mandato de masculinidad

Desmontar el mandato de masculinidad

 

Rita Segato relata que el concepto de mandato de masculinidad lo formuló en Buenaventura, puerto de la costa del Pacífico de Colombia, cuando mujeres negras le preguntaron cómo se hace para poner fin a la guerra y la violencia. “Desmontando el mandato de masculinidad”, fue su respuesta.

La última semana de mayo tuvimos la oportunidad de compartir y debatir en el marco del “Congreso Resiste” convocado por la Universidad Iberoamericana y la revista Concilium, en Ciudad de México, para luego hacerlo en el Cideci, en San Cristóbal de las Casas, y en los espacios La Reci y la librería La Cosecha de esa ciudad.

Los debates fueron intensos y convocaron cientos de personas, participaron ponentes de varios continentes, incluyendo miembros del Congreso Nacional Indígena y del Concejo Indígena de Gobierno. En uno de los debates, además de Rita y quien escribe, participó el madrileño Amador Fernández-Savater, quien afirmó que en la izquierda (se refería al español Podemos), se registra un “deseo monoteísta” que se concreta en los objetivos de capturar del poder y uniformizar los movimientos.

Aunque me resulta imposible sintetizar en un par de cuartillas la riqueza de los debates, quisiera recoger la importancia de la participación de las mujeres, que mostraron un profundo espíritu crítico y autocrítico, que incluye al propio movimiento feminista.

Así, Elsa y Rebeca de la Asamblea Nos Queremos Vivas Neza, del estado de México, explicaron cómo se vive en “una sociedad atravesada por la violencia”, en la que no se aplican las políticas públicas porque el Estado no funciona y es, apenas, “una estructura patriarcal”. Dibujando un puente con los pueblos originarios, explicaron que “no partimos de un feminismo ortodoxo que impone cosas, sino del autocuidado de las mujeres”.

María Macario del CIG enfatizó en la necesidad del trabajo conjunto de varones y mujeres en estrecho contacto con el medio natural, al punto que de destacar que “la tierra se siembra en nosotras”. Explicando sus sentimientos al comprobar los desastres que el capitalismo genera en la madre tierra, dijo: “Estoy dejando de ser mujer porque el arroyo se está acabando”.

Siobhan Guerrero, filósofa de la ciencia, licenciada en biología y activista trans en temas de género, analizó el papel de las iglesias evangélicas en América Latina y cómo la ideología de género de las nuevas derechas se inserta en un discurso de derechos humanos, lo que las potencia. Destacó la complementariedad varones-mujeres y llamó a desarrollar formas de conciencia no mediadas por el Estado. “Es un problema que el movimiento de mujeres se piense en términos de derechos liberales”, concluyó.

Los intercambios con Rita giraron en torno a su concepto mandato de masculinidad y mostró sintonía con los debates que propone el zapatismo al criticar una política centrada en el enemigo, a la que considera fascista, “porque en ese caso es el enemigo el que nos mancomuna”.

En los intercambios pudimos constatar varias confluencias. La primera fue que el mandato de masculinidad no se desmonta desde el Estado, con leyes y procesos institucionales, sino en el trabajo directo con las personas, varones y mujeres, que pasa por cambios personales y de personalidad, por el modo como se establecen los vínculos en los espacios de la vida cotidiana.

En este aspecto, adivino dos procesos simultáneos: la organización de las mujeres que potencie movimientos y acciones, y a cada una de ellas; y los necesarios cambios entre nosotros, los varones, que pasan por perder los privilegios que tenemos, algo que es imposible procesar sin atravesar una crisis profunda porque se trata de cambiar nuestro lugar en el mundo. En lo personal, puedo decir que no se trata de “una” crisis puntual y acotada en el tiempo, sino un proceso ininterrumpido y continuo, sin final o con final abierto, para ir asumiendo, en la mejor hipótesis, una configuración interna otra que permita relacionarnos desde un lugar de sencillez y humildad naturales.

La segunda es que el mandato de masculinidad se desmonta en plazos muy largos, lo que requiere pensar y actuar en términos de larga duración. La persistencia y la permanencia permiten no sólo cambios en las relaciones, sino comprender a las y los otros, sus dolores y frustraciones, esas rabias y heridas que el patriarcado y el machismo han cincelado en el alma y en el cuerpo de las mujeres, pero también de los varones.

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Las niñas prostitutas de la autopista a Medellín

La directora Mabel Lozano cuenta en este texto su experiencia con un colectivo de estudiantes universitarias que lucha contra la trata en Colombia

 
Estos últimos años he estado un par de veces en Medellín (Colombia), en ambas ocasiones para hablar de trata y prostitución, y fue allí donde tuve la oportunidad de conocer al colectivo Todas con las Mujeres, que trabajan contra estas prácticas como una de las caras mas perversas de la violencia de género. Son crímenes contra las mujeres por el hecho de serlo.


Con este colectivo me unen muchas cosas, por ejemplo que utilizan el cine como herramienta de transformación social. Un porcentaje grande de sus integrantes son jóvenes estudiantes de cine de las universidades de Bogotá y Medellín, pero también de otras carreras como Derecho o Trabajo Social. Conozco y admiro el trabajo de este colectivo que en un 80% está integrado por mujeres jóvenes y estudiantes. Desde hace meses ruedan un nuevo documental sobre los llamados ángeles azules, las niñas prostitutas de la autopista de Medellín a Bogotá, llamadas así porque, a pesar de su gran belleza, tienen el color de su piel azul pálido, debido a la mala alimentación, el trasnochar y la adición a las drogas.


Me trasladan los testimonios de varias de estas niñas a las que han seguido durante meses. No quieren ni pueden salir de sus vidas ni abandonarlas a su suerte, una suerte que no está de su lado. Niñas como Patricia, de 14 años, con facciones casi perfectas, sonrisa angelical y extrema delgadez que la hacen parecer mucho menor. Patricia desertó del colegio hace ahora dos años.


"Yo entré a bachillerato con 11 años. Venía muy bien, mi mamá nos mantenía a mis dos hermanos menores y a mí de la venta de perritos calientes y pinchos, en un puesto en la calle. Mi papá se fue cuando yo tenía ocho años a trabajar al Guaviare, raspando coca, y nunca volvió. Yo acompañaba en las noches a mi mamá en la venta, al principio nos iba bien, hasta me compró un celular, pero luego se puso pesado y mi mamá recurrió a los gota a gota para que le prestaran para pagar el arriendo y comprar las salchichas y el pan. Tocaba pagarles a diario con intereses. Después de unos días no se pudo cumplir, entonces a mi mamá le pegaron y amenazaron con violar a mi hermanita, tocó entregarles el carro donde vendía la comida por la deuda… todo se juntó", cuenta. "En la escuela no dieron más desayuno ni almuerzo, no hubo más transporte escolar, yo no quise volver porque estudiar con hambre es muy hijoputa, además solo había para un pan y agua panela en la casa, y prefería que se lo dieran a mis hermanitos".


Caracoli es el sitio donde por las noches se reúnen mujeres de diferentes edades, travestis y niñas, a ejercer la prostitución. "Yo para ayudar a mi mamá comencé a ir a Caracoli (un municipio cercano). Me llevó una amiga, ella se rebuscaba buena plata con los camioneros. No había que darles besos —¡qué asco!— ni dejarse penetrar, solo mamárselo y le pagaban a una hasta 20.000 pesos (5 euros). En un rato se podía hacer unos más de doscientos. Comencé a ir algunas noches, luego todos los días, mi mamá se las olió, me siguió y me pilló, pero fue mejor porque ahora ella está pendiente de mí y anota la placa del carro donde me subo, por seguridad”.


Patricia es parte de los ángeles azules rebautizadas así por mis amigos de Todas con las Mujeres, porque antes les llamaban las zombis. Hasta el nombre estaba lleno de crueldad. Después vieron que el nombre era lo de menos y así lo han comprobado durante los nueve meses que han acompañado a seis de ellas documentando su día a día. Han entrado en sus hogares, con sus familias, en barrios como La Polonia, El Refugio y La Ratonera. Han sido testigos silenciosos de momentos trágicos, como cuando a alguna de ellas las golpeaban y arrojaban de los coches y camiones en marcha por solicitar que se les pagara primero el servicio sexual. De los intentos de suicidio de Ángela, con tan solo 15 años, de las eternas depresiones de Camilla después de pasarse tres días seguidos consumiendo basuco, el sobrante del raspado de la cocaína, altamente adictivo y degenerativo. De la tragedia de María, la chiquis, que entró en su casa y encontró a su hermano ahorcándose y no llegó a tiempo para sostenerle los pies para que no muriera. De Gina, que accedió a colaborar en el documental si se escuchaba alguna de sus composiciones de reguetón: “Cuéntame el cuento de las niñas azules que vagan en las noches para sobrevivir / Dime si es cierto que juraron estar juntas hasta perecer / Dime si es cierto que el pacto fue roto y están esparcidas pagando castigo hasta el amanecer / Dime si es cierto que solo después de esta vida tendrán ya sus alas y recuperarán su niñez / Nos dicen azules por el color de la piel, azules mis sueños, azules mis venas, mis lágrimas también”.


Los ángeles azules son un caso único, además, porque, a diferencia de las prostitutas de la zona, ellas no tienen ni madames ni proxenetas. No hay hoteles de lujo ni turistas extranjeros. Solo hay pobreza. Los servicios sexuales los ofrecen en las cabinas de los camiones y muy raras veces van a moteles de carretera. El precio por el servicio sexual es una miseria.


Más de la mitad de estas niñas empujadas a prostituirse abandonaron sus estudios porque en las escuelas antes podían alimentarse y tenían transporte gratuito para llegar al colegio, además de asistencia. Existen culpables directos: la clase dirigente y política que ha hecho mal uso de los recursos, del dinero. Miles de millones de pesos sustraídos descaradamente del programa escolar PAE, robando así a las niñas la educación, la infancia y condenándolas a vagar por las noches como zombis, vendiendo sus pequeños cuerpos.


En los últimos años han salido ya a la luz los casos más aberrantes de esta corrupción. Hoy, son muy pocos los arrestados por estos delitos, y los que lo son, no son castigados. Se les envía a sus casas porque no son considerados peligrosos para la sociedad.


El Fiscal General de la Niñez, Mario Gómez, es el encargado de llevar esta investigación, que se ha tomado muy en serio. Hace unos días hablaba por teléfono con él desde Madrid y me confesaba la impotencia que le provoca la situación privilegiada de los culpables, pero sobre todo el dolor de ver a esas niñas cada noche en la carretera, ahora además acompañadas de muchas otras menores de origen venezolano.


Es una verdad que todo el mundo sabe, pero de la que nadie habla por miedo en este territorio de paramilitares, ahora dominado por los prestamistas.
El mensaje es alto y claro, robar los dineros destinados para los niños y las niñas, además de un delito muy lucrativo, no tiene la mínima posibilidad de ser castigado.
Mabel Lozano es directora y guionista de cine social.

Por Mabel Lozano
26 MAR 2019 - 18:01 COT

 

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“El feminismo es la respuesta a esta crisis del capitalismo”

La filósofa y teórica feminista Nancy Fraser habla sobre un cambio en el sistema político y económico a través de un movimiento feminista para el 99% de la población


Cuando Nancy Fraser (Baltimore, 1947) recuerda el pasado 8 de marzo, visualiza calles y plazas repletas en ciudades de todo el mundo, pero también una oportunidad para establecer una coordinación entre organizaciones de mujeres de diferentes países. Eso, apunta la filósofa y teórica feminista, es algo relativamente nuevo, “el comienzo de una base para internacionalizar el feminismo, desde abajo”. Alega que el movimiento está experimentando un renacimiento y es una alternativa a este “capitalismo en crisis”. Pero no de cualquier forma. El pasado 5 de marzo, la editorial Herder publicó Feminismo para el 99%, que Fraser firma junto a Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya y en el que repasan dos visiones del feminismo. Una liberal que ve “el feminismo como una criada del capitalismo”, encarnada por mujeres como Sheryl Sandberg [la número dos de Facebook] o Hillary Clinton. La otra apunta “a un mundo justo, cuya riqueza y cuyos recursos naturales sean compartidos por todos, en el que la igualdad y la libertad sean condiciones de vida reales, no solo aspiraciones”.

La profesora de Filosofía en The New School de Nueva York —que estuvo el pasado fin de semana en Madrid en una visita organizada por el Museo Reina Sofía y Medialab-Prado en coordinación con el Grupo de Estudios Críticos— habla sobre el momento "realmente extraordinario" para el feminismo y la política, sobre la necesaria ruptura con la corriente anterior, el neofeminismo liberal, y sobre los ingredientes de la reconversión del movimiento: anticapitalista, antirracista, ecologista, conectado con los derechos de la clase trabajadora y los emigrantes. Y que ha de poner fin a la jugada clave del capitalismo, una valoración perversa de la reproducción social: separar la producción de seres humanos de la producción de beneficios, asignando la primera tarea a las mujeres y subordinándolas a la segunda.


Los dos últimos 8 de marzo han reflejado el crecimiento del feminismo, algo que no siempre se traduce en cambios en el sistema. ¿Cuál debería ser el siguiente paso del movimiento?


Este feminismo está intentando dibujar un nuevo camino, reconociendo que los modelos políticos establecidos no nos ayudarán, que han alcanzado ya un límite, que han llevado a un terrible deterioro de nuestras condiciones de vida. Se trata de superar el feminismo corporativo de élite hacia uno que habla por la mayoría abrumadora de mujeres, recogiendo las preocupaciones de los pobres, la clase trabajadora, las mujeres racializadas, queer, trans, lesbianas, trabajadoras sexuales, amas de casa, mujeres con trabajos precarios... Estamos hablando de grupos sociales mucho más amplios, con muchas más inquietudes que exceden a aquellas del feminismo liberal, por lo que se podría llamar a esto una forma de feminismo de las clases trabajadoras, siempre que se defina esta idea de una manera mucho más amplia.


¿Hará eso que nos enfrentemos por otro lado a un crecimiento de ese feminismo de élite?


Hemos pensado en la clase de una manera demasiado estrecha en el pasado, porque la hemos identificado con el trabajador varón blanco, que pertenece a una nacionalidad mayoritaria, con los trabajadores de las grandes fábricas industriales. Esa ha sido nuestra imagen de la clase trabajadora durante el siglo XX. Pero hay que entender la importancia vital de la reproducción social para el sistema capitalista. El capital se basa en la reproducción social del trabajo no asalariado, algo que realizan las mujeres: la crianza, la creación de lazos y vínculos sociales y afectivos, los cuidados, la educación de niños y niñas que sustentan la fuerza del trabajo. Así que las relaciones de clase no se forman solo en la fábrica, se forman en y a través de los espacios de este trabajo reproductivo social. Eso significa que las mujeres son parte integrante de lo que llamamos la clase trabajadora, que no reciban un salario por ello no significa que no estén trabajando. Están trabajando en lo absolutamente esencial, sin lo que no se puede pensar en la idea estándar del trabajador asalariado o el capitalismo.Hablando de la reproducción social desde el feminismo para el 99% estamos desarrollando una imagen más amplia de lo que significa ser parte de la clase trabajadora.

¿Cómo puede el feminismo lograr su objetivo en un mundo en el que las desigualdades no desaparecen?


Esas fuerzas del capitalismo financiarizado que destruyen las vidas de las mujeres, que promueven la violencia, el cambio climático o empobrecen con la austeridad no son realmente manejables a nivel nacional. Tienen que ser abordadas en última instancia a nivel transnacional e incluso global. Es obviamente el caso del cambio climático o la especulación financiera y el aumento de la deuda, que están engullendo la capacidad de los gobiernos para resolver los problemas de su propia ciudadanía.


¿Tiene el movimiento la oportunidad o la responsabilidad de luchar por la erradicación de todas las desigualdades?


Las luchas nos son impuestas por la situación en la que vivimos. No se eligen. Creo que el feminismo del 99% debe enfrentarse a las desigualdades actuales producidas por el neoliberalismo y la actual forma de capitalismo financiarizado mediante un proceso de aprendizaje a través de la experiencia de las nuevas luchas feministas para que lo que parece estar separado en la superficie se perciba como realmente conectado a través del sistema social capitalista y patriarcal en el que vivimos y, por consiguiente, se convierte en objeto de disputa política.


¿Cómo puede encajar el feminismo en este capitalismo?


El contexto en el que emerge es en el de una crisis de este capitalismo neoliberal, agresiva, que está agotando nuestras energías y nuestro tiempo para hacer el trabajo social reproductivo necesario, que está consumiendo y destruyendo sus propias condiciones de fondo, la naturaleza, la capacidad de nuestros gobiernos para defendernos, para resolver nuestros problemas; están quemados por la deuda, que utilizan como una excusa para decir que no se pueden implantar determinadas políticas sociales urgentes, para liberalizar la economía y detener el gasto social. La gente siente que los partidos y la narrativa política dominante les ha fallado y nos han traído esta situación. Este feminismo del 99% es la respuesta a esa crisis, su objetivo es identificar claramente quién es el enemigo —y es esta forma de capitalismo—, y es el movimiento más ambicioso, comprometido a reimaginar una nueva sociedad que se construirá sobre bases totalmente nuevas.


Que incluyan discursos y necesidades plurales...


Este feminismo tiene una agenda muy amplia, cubre todos estos temas de la reproducción social, la violencia contra las mujeres, la situación de las trabajadoras sexuales o el acoso, que se ha convertido en un tema candente en parte gracias al estallido del movimiento MeToo. Creo que la gente olvida que el MeToo es, en efecto, un movimiento de clase, una lucha por un lugar de trabajo libre de acoso, de agresión sexual, libre de coacción por parte de superiores a sus subordinados. Aunque los medios de comunicación ponen la atención sobre las actrices glamurosas de Hollywood, el problema que el movimiento aborda está muy extendido y es muy agudo entre las trabajadoras agrícolas, las de los hoteles o las empleadas domésticas en casas privadas donde nadie está mirando y los jefes pueden hacer lo que quieran e imponen relaciones abusivas de poder sobre sus trabajadoras. Todo esto está relacionado con problemas de clase, poder y capitalismo. Podríamos hablar del alquiler de vientres y también estaríamos hablando de mercantilización y trabajo sexual. Ambas historias se refieren a la ausencia de buenas opciones para las mujeres pobres de las clases trabajadoras que tienen que alimentar a sus familias y tienen pocas opciones y pocos recursos para hacerlo por otros medios.


¿El movimiento es lo suficientemente fuerte como para luchar contra las adversidades externas y al mismo tiempo lidiar con las internas?


No tenemos más opción que atender a ambas. Aquí estamos, el momento de crisis que ha hecho posible nuestro propio crecimiento y nuestra propia radicalización, es el mismo que ha hecho posible el crecimiento y la radicalización de la derecha. Estamos ofreciendo nuestro movimiento como alternativa. Tenemos un vacío de liderazgo político, ya que los principales partidos están colapsando, la gente está buscando un cambio, hay muchos actores que saltan a este vacío y ofrecen diferentes propuestas. Estamos y debemos estar ahí, ofreciendo las nuestras. Por supuesto tendremos que luchar contra quienes tienen otras, pero somos fuertes y estamos creciendo. No veo por qué no deberíamos tener una buena oportunidad de prevalecer.


¿Cómo percibe la evolución política de esa derecha (y ultraderecha) y la composición social de la situación electoral del momento en España?


No debería hablar sobre Vox porque no lo conozco mucho. Pero podría decir mucho acerca de [Donald] Trump y lo que hizo posible su victoria: el neoliberalismo progresista. Es la alianza del capitalismo simbólico —Wall Street, Silicon Valley y Hollywood—, con parte de los nuevos movimientos sociales y fuerzas progresistas, que ahora quieren afianzar de nuevo el proyecto neoliberal agitando el miedo ante un fascismo inminente y amenazador, que en sentido estricto no es todavía real. El capital financiero de esta unión precarizó el trabajo, destruyó los sindicatos y redujo los salarios, destruyendo los estándares de vida de la clase trabajadora. La gente dijo que no quería más ese modelo. En 2016, en Estados Unidos solo hubo dos opciones: eligieron a Trump. No fue una buena opción. Pero Hillary Clinton tampoco lo era, representaba la continuidad con las fuerzas neoliberales progresistas, las mismas que habían desencadenado el actual escenario de profunda crisis social.


La estrategia, ahora, es tratar de recuperar a estratos importantes de las clases trabajadoras que ahora se sienten atraídas por Trump en Estados Unidos o por Vox aquí en España, o cualquier otro partido de derecha o extrema derecha. No creo que debamos descartarlos y decir que se han perdido para siempre, tienen que ser parte de una masa antisistema, un movimiento anticapitalista que incluya al feminismo para el 99%, a los movimientos obreros, ecologistas, antirracistas, en defensa de los emigrantes, la reproducción social y las clases trabajadoras. Si no tenemos una alternativa por supuesto que parte de estos grupos sociales van a virar políticamente hacia la derecha, pero ¿por qué deberíamos ceder a la derecha el monopolio sobre las grandes ideas para el cambio?


¿Un movimiento feminista podría producir una ruptura en este panorama político?


No creo que el feminismo pueda hacerlo por sí mismo, pero creo que, por razones coyunturales, es la fuerza más visible, creciente y radical que vemos. Pero tiene que aliarse con las corrientes antisistema de otros movimientos sociales y con los partidos de izquierda que están en escena y abiertos a ampliar su idea de la lucha de la clase trabajadora, a rechazar el dogmatismo sectario y a poner a las mujeres en el centro.

Por Isabel Valdés
Madrid 28 MAR 2019 - 02:27 COT

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“El liderazgo es una suerte de trampa para las mujeres”

“Si una mujer muestra atributos considerados femeninos, se la ve como una líder débil. Pero si presenta atributos ‘a lo Angela Merkel’, que son vistos como masculinos, se la tilda de desagradable o poco femenina”, define esta especialista en opinión pública, que repasa los obstáculos estructurales que las mujeres afrontan en la vida política.


El #8M vuelve a visibilizar la desigualdad de género, en particular, los techos de cristal que afrontan las mujeres en la vida cotidiana como en el ámbito político. Evidencia, sobre todo, la necesidad imperiosa de promover una agenda de género con un enfoque de derechos que no solo atienda de manera urgente la afectación que supone forzar a una niña violada a continuar con un embarazo en contra de su voluntad, sino además las desigualdades estructurales que arrastran las sociedades producto de una cultura patriarcal tan arraigada como imperceptible e invisibilizada. Después de años de asesorar a políticas mujeres en países de América Latina y de Europa, la consultora e investigadora del Conicet, Virginia García Beaudoux, pintó ante PáginaI12 la situación de las políticas mujeres en la región: los techos que impiden su desarrollo en términos de liderazgo, la falta de una paridad sustantiva en materia de participación política y la obligación social de procurar una igualdad real como principio constitucional.

–¿Cuáles son los obstáculos estructurales que las mujeres afrontan en la vida cotidiana y en la vida política?

–No había tomado conciencia de la magnitud que tiene la desigualdad de género hasta que empecé a trabajar con mujeres en la política, en consultoría con PNUD en Honduras, en El Salvador, en Guatemala. En mi recorrido por América Latina, entendí que la dimensión de la desigualdad es enorme y que, sin importar el país, todas las mujeres me hablaban de los mismos obstáculos dentro de los partidos y, sobre todo, en lo que hace a la confianza y el financiamiento de sus campañas electorales. Encontré un denominador común que iba más allá de la política. Me encontré con un estereotipo muy marcado: la creencia extendida, construida culturalmente, de que el liderazgo es masculino. Si preguntamos a una persona tres características de lo que consideramos masculino, dirá “fortaleza, asertividad, capacidad para tomar decisiones”. Entre esas respuestas, encontraremos una superposición casi perfecta entre la descripción de lo masculino y la de liderazgo. En cambio, casi nunca coincide lo que hemos establecido que es lo femenino y el liderazgo. Esto ha sido un gran obstáculo para las mujeres en todos los ámbitos de desarrollo. En la universidad de Oxford tomó 800 años nombrar a una rectora mujer. La Universidad de Buenos Aires no ha tenido una rectora mujer en toda su existencia, cuando la mayoría de las profesoras universitarias son mujeres...

–Pero no lo son la mayoría de los titulares de cátedras universitarias.

–Exactamente. Estos techos supuestamente invisibles –los llamamos techos de cristal– son tremendamente resistentes, por eso es muy difícil romperlos y atravesarlos. Solo el 5 por ciento de Premios Nobel se otorgó a mujeres. El Foro Económico de Davos de 2018 fue considerado un éxito rotundo porque el 21 por ciento de los asistentes fueron mujeres. Entonces, la idea de que los buenos líderes son hombres continúa siendo uno de los estereotipos que más complica el desarrollo de las mujeres.

–¿Cómo se traducen estos estereotipos en el plano cotidiano?

–Los estereotipos no solo describen, también prescriben. Si un estereotipo describe que las mujeres somos más sensibles que los hombres, la prescripción es que, frente a la enfermedad de un niño o un adulto mayor, es la mujer la que debe hacerse cargo porque es la sensible y la empática. Esas tareas de cuidado asignadas como naturales a las mujeres terminan dificultando su inserción en la cadena productiva en igualdad de condiciones. Entre las personas sin instrucción formal, al no poder tercerizarlas tareas de cuidado, deben aceptar trabajos de tiempo parcial con remuneraciones mucho más bajas, al punto de que la brecha salarial de género en ese sector llega al 35 por ciento.

–Es decir que las consecuencias del estereotipo de género no son homogéneas sino que afectan más a los sectores más pobres.

–Sí, claro. Pero al mismo tiempo nos afecta a todas y a todos. Me tocó entrevistar a un hombre en Holanda, donde el 70 por ciento de las mujeres trabajan tiempo parcial, trabajan cuatro días a la semana y uno de esos días lo dedican a sus hijos o a lo que ellas quieran. Los hombres pueden hacer lo mismo pero casi ningún hombre opta por trabajar tiempo parcial. Cuando este señor dijo en su lugar de trabajo que quería empezar a trabajar part time, la primera pregunta que le hicieron fue: “¿tu esposa está bien?” Y la segunda: “¿por qué querés trabajar part time, si no te divorciaste ni tu esposa tiene un problema de salud? Como este señor quería ser papá más allá de los fines de semana, interpretaron que no le gustaba tanto su profesión. Es decir que este estereotipo también perjudica a los hombres. Lo que ocurre es que estas consecuencias son mucho más marcadas entre las mujeres, en términos de desigualdad política y económica.

–¿Qué elementos de esta desigualdad de género observa en su trabajo con mujeres políticas en América latina?

–Cuanto más tradicionalista es un país, más difícil resulta atravesar los estereotipos. Y los países donde la religión tiene mucho peso, esto se vuelve más complicado. Está claro que tenemos diferencias sexuales, las mujeres podemos gestar y los hombres suelen tener más fuerza física. Pero una cosa es el sexo y otra cosa es el género como construcción cultural. En algunos países, donde las construcciones de género son mucho más binarias y donde hay una valoración de esa diferencia, vale más ser hombre que ser mujer. Pero también en países considerados paraísos de la igualdad, como Suecia o como Holanda, encontramos estas características estereotípicas en la distribución de roles. Hay algunas cuestiones interesantes para señalar en este sentido. En América Latina, el 52 por ciento de la militancia de los partidos políticos son mujeres, en cambio menos del 15 por ciento de los secretarios generales y los presidentes de los partidos políticos son mujeres. Ese es un claro techo de cristal en la política; no es natural que frente a un 52 por ciento de mujeres militantes las cúpulas no reflejen esas proporciones. En Guatemala pregunté: “¿cuántos partidos políticos tienen?” La respuesta fue: “35”. “¿Y cuántos liderados por mujeres?”, agregué. “Cuatro”, respondieron. Lo mismo en Suecia. “¿Cuántos partidos políticos liderados por mujeres hay?” “Ninguno”, dijeron. Y se corrigieron: “Sí, hay uno: el Partido Feminista”.

–¿Cuáles son los otros aspectos que mencionó como interesantes para analizar estas diferencias?

–La primera cuestión es tener cuidado en asimilar la igualdad numérica con la igualdad sustantiva. Hemos avanzado en lo relativo a la igualdad numérica, porque las leyes de paridad garantizan que las listas estén conformadas un 50 por ciento por hombres y un 50 por ciento por mujeres. Pero además de esta igualdad numérica, que es importante, se trata de construir posiciones de poder y de influencia política. La conformación de las comisiones parlamentarias es un espacio donde se reproducen estos estereotipos. Las mujeres están al frente de la comisión de Salud, la de Educación, la de Niñez, la de Mujer o Discapacidad, mientras que los hombres están en Presupuesto, Obra Pública, Trabajo. Entonces, hay que trabajar sobre las dimensiones del liderazgo para tender a una paridad sustantiva.

–¿Qué características encuentra entre las mandatarias mujeres? ¿Qué las distingue?

–Hay mucha diversidad en los estilos de liderazgo, el liderazgo es una suerte de trampa para las mujeres.

–¿En qué sentido?

–Si una mujer muestra atributos considerados femeninos, se la ve como una líder débil. Pero si presenta atributos “a lo Ángela Merkel”, que son vistos como masculinos, se la tilda de desagradable o poco femenina. Como el liderazgo está pensado desde categorías definidas como masculinas, es difícil para una mujer no ser criticada por su estilo de liderazgo. El año pasado había solamente 15 Jefas de Estado en el mundo, hay muy pocas mujeres al frente de los Ejecutivos.

–Siguiendo con este razonamiento, ¿cómo suelen ser representadas las mujeres en la política, en general, yen los medios, en particular?

–Hay un doble estándar. Todo el tiempo vemos que las mujeres aparecen en su calidad de madres. Los medios suelen hacer hincapié en el vínculo que tienen con sus hijos o el tiempo que les ocupa la maternidad. Cuando Hillary Clinton fue abuela, diversos medios de comunicación en Estados Unidos preguntaron si, por haberse convertido en abuela, estaría en condiciones de ser presidenta. La revista Times publicó un artículo sobre los pros y los contras de una abuela presidenta. Entonces se me ocurrió mirar qué se había escrito de los hombres que eran abuelos y se habían presentado a la Presidencia de Estados Unidos. No se escribió una sola línea. Mitt Romney presentó 18 nietos en campaña, se sacó fotos con 18 nietos y nadie preguntó: “¿puede un abuelo ser presidente de los Estados Unidos?” Sabemos que es normal que tanto hombres como mujeres lleguen apadrinados a la política. Sin embargo, en el caso de las mujeres, el cuestionamiento mediático es mayor: “es la ahijada política de”, “es la esposa de o es la hija de”... Cuando una mujer asume una presidencia o una gobernación es más frecuente que se pregunte si estará realmente preparada para ese desafío. No ocurre lo mismo con un hombre. A eso se suman comentarios acerca de su vestuario, apariencia física, peinado, maquillaje. Como consecuencia, los votantes, en sus evaluaciones, empiezan a verlas como menos creíbles, menos confiables, menos fuertes, y disminuye la intención de voto hacia las mujeres. Este tipo de coberturas mediáticas las empujan más hacia lo doméstico que hacia lo político.

–En su experiencia con mujeres políticas en países de América Latina, ¿nota diferencias entre los países en el estilo patriarcal de hacer política? ¿Qué factores inciden en esas diferencias, si las hay?

–En los países con una población aborigen significativa o donde las mujeres viven una situación económica de mayor vulnerabilidad –lo que técnicamente llamamos “la doble minoría”–, por supuesto que el desafío es todavía mucho más grande que si se trata de una mujer blanca de clase medida. Efectivamente, las condiciones de etnia y la situación socioeconómica dentro del entramado social influyen en el grado de dificultad, de visibilidad y de consideración que le tienen a una mujer dentro de un partido político a la hora de sumarla a una lista electoral.

–En esos lugares con una doble minoría, ¿observa logros a partir del trabajo que se está llevando a cabo?

–En todos los países se ven muchos cambios y muy favorables, por todo el trabajo que se está haciendo. Aunque son más lentos de lo que desearíamos, porque tomará tiempo hacerlo. Claramente las mujeres están teniendo más voz, más acceso, están tomando conciencia de su rol y del espacio que tienen que reclamar por principio constitucional, pero acá hay espacios que habrá que pelear y la pelea no será fácil. En Honduras, una señora me contaba que cuando faltaban medicamentos en el dispensario era ella quien los conseguía, que cuando había problemas con el agua potable era ella quien lograba que llegara el camión cisterna, que cuando había que trasladar a alguien era ella quien sabía dónde buscar la ambulancia, pero que cada cuatro años venía un político varón y le pedía que le consiguiera votos de esa gente a la que ella asistía. Hasta que un día se preguntó por qué no podía ser ella la persona votada por esa población. Todos estos cambios van generando una mayor conciencia del valor político que esas mujeres tienen para sus comunidades.

–¿Esa conciencia es suficiente?

–No. Tampoco evita que luego de tomar conciencia te enfrentes a una sociedad que es patriarcal y a un sistema político machista.

–¿Cómo experimentan las mujeres políticas el financiamiento de sus campañas? ¿También en ese aspecto sus derechos se ven vulnerados?

–Normalmente las mujeres políticas llevan las de perder en materia de financiamiento: son enviadas a los distritos donde tienen más probabilidades de perder y, por ende, cuentan con menos financiamiento para sus campañas electorales. El dinero con el que se cuenta define una posición de poder, de allí que el reparto de los recursos simbólicos y económicos tenga un impacto significativo.


–¿Qué pasos concretos se están llevando a cabo?


–Por empezar se está trabajando mucho en el nivel de formación y de entrenamiento de habilidades para las mujeres del mundo público. Las mujeres venimos con demora en cuanto a la cantidad de redes que hemos construido en la política. A mí no me gusta hablar de “capacitaciones” porque creo que las mujeres estamos tremendamente capacitadas, lo que hacemos en realidad es entrenar habilidades que ya tenemos y que nunca hemos entrenado por no haber tenido la oportunidad de usarlas en la política. Habilidades de liderazgo, de negociación, de comunicación, de organización de una campaña electoral, de organización de un equipo de voluntarios para una campaña, de uso de las redes sociales. Distintos organismos, como Naciones Unidas o la OEA, están invirtiendo esfuerzos en toda América Latina para que las mujeres puedan poner a punto estas habilidades para las campañas electorales. Otra línea apunta a plantear que los partidos financien actividades para las mujeres y que ellas participen en el armado de las listas electorales, entrenar también a sus cuadros masculinos en temas de género porque si no las únicas que avanzan en temas de salud sexual y reproductiva, de cuidados o lo que fuere, son las mujeres.

–¿Y en relación con los estereotipos mediático?


–Se está trabajando con los medios de comunicación para que dejen de ser un obstáculo. Se realizan talleres con periodistas, editores y responsables de medios, donde se trabaja sobre los rasgos de la cobertura y, dentro de esta, los sesgos hacia las mujeres políticas. Y donde se piensa qué se puede hacer para mejorar esos tratamientos mediáticos. Ellos mismos comenzaron a generar ciertas pautas: no tomarle a una mujer una foto que no le tomarían a un hombre, no ponerle un micrófono cuando está a la salida de la escuela de sus hijos, establecer límites para que no existan diferencias entre unos y otras.


–¿A qué llaman transversalizar el enfoque de género?


–Apunta a cambiar el enfoque en materia de políticas públicas. Por ejemplo, en lo relativo a las licencias por maternidad se trata de pensar también un cambio en las licencias por paternidad para que las mujeres no sean las únicas que se hagan cargo de sus hijos. En el campo económico, requiere buscar la forma de que las mujeres se vean más favorecidas. Transversalizar el enfoque de género exige pensar que el escenario actual no es igual para hombres y mujeres y debemos pensar en cómo nivelarlo. Los sistemas de mentoreo son muy buenos. Se trata de que las mujeres que ya tienen experiencia en la política puedan orientar y ayudar a las que tienen menos experiencia.

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Reconocer derechos de mujeres, esencial para el desarrollo

Desde principios del siglo XX, marzo ha sido un mes clave para las luchas por los derechos de las mujeres, quienes, a pesar de los persistentes obstáculos, han alcanzado enormes logros en la búsqueda por garantizar su autonomía física, económica y en la toma de decisiones.

En América Latina y el Caribe las mujeres han sido capaces de sobrellevar obstáculos, organizarse y construir una mirada regional, a la vez que han participado activamente en los debates globales. A pesar de todos esos esfuerzos, la desigualdad de género continúa siendo un rasgo estructural de la región.


En nuestros países, la discriminación y la violencia contra las mujeres se mantiene como problemática que se manifiesta en los hogares, en los espacios públicos, en los lugares de estudio y de trabajo y que impacta de manera decisiva en sus posibilidades de generar ingresos propios, emprender, superar la pobreza y desarrollarse profesional y personalmente.
Hoy, en nuestro continente, la pobreza tiene aún rostro de mujer: por cada 100 hombres en esa condición hay 118 mujeres que no logran traspasar la línea de las privaciones. Un tercio de las latinoamericanas (29 por ciento) no logra generar ingresos y es económicamente dependiente. Además, cerca de la mitad no tiene vínculo con el mercado laboral.


No obstante, más allá de los esfuerzos por reducir la brecha salarial en décadas recientes, las mujeres perciben salarios 16.1 por ciento menores a los de los hombres en la misma condición.


Esta brecha se acentúa en las mujeres con mayores años de estudios.


En materia de autonomía física, el fenómeno extremo del feminicidio ha sido imposible de detener en la región y tampoco muestra señales de disminución, a pesar de los importantes avances normativos y de política pública.


Al menos 2 mil 795 mujeres fueron asesinadas en 2017 por razones de género en 23 países de la región, según datos oficiales recopilados por el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe de la Cepal.


La tasa de fecundidad en adolescentes es una de las más altas del mundo, solamente superada en países de África subsahariana. En general, las naciones latinoamericanas y caribeñas poseen una tasa de maternidad en adolescentes que está por encima de 12 por ciento, dato que tiende a ser más expresivo en el grupo de adolescentes de menores ingresos y menor nivel educativo.


En cuanto a la autonomía en la toma de decisiones, algunos procesos electorales en la región han permitido contar con una mayor presencia de mujeres en los parlamentos. No obstante, las mujeres siguen subrepresentadas en los espacios de toma de decisión.


Los datos más recientes muestran que ellas son solamente la cuarta parte entre los ministros de Estado y que su participación en los gabinetes suele concentrarse en carteras de carácter social y cultural, más que en las referidas a la materia económica.


Además, según los indicadores para el seguimiento y monitoreo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la región cuenta con 29.2 por ciento de concejalas electas en gobiernos a escala local.


En la Cepal tenemos la convicción de que la desigualdad de género, además de ser injusta, es profundamente ineficiente y es un obstáculo que conspira para alcanzar el desarrollo sostenible.


Por ello, en esta nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, insistimos en la urgencia de reconocer los derechos de las mujeres y la igualdad como elementos centrales y transversales de toda acción del Estado para fortalecer la democracia y para un desarrollo inclusivo y sostenible.

Por Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal

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El capitalismo y los hoyos negros de la modernidad

El mundo moderno está en crisis y todo apunta a que o se detiene y se remonta, o se transita hacia el colapso de la civilización industrial. Aquí sostengo que hoy existe suficiente evidencia científica, la mayor parte producida en la reciente década, que permite reconocer las causas profundas de esta crisis y que, en consecuencia, se pueden y deben desarrollar procesos políticos de emancipación o liberación dirigidos a anularlas. La causa de esta crisis global, que aparece como una crisis doble (social y ecológica) es, por supuesto, el capitalismo en su fase corporativa, es decir la élite formada por uno por ciento de la hu¬manidad, que hoy opera como una "clase dominante trasnacional" cuyo poder se encuentra protegido por un formidable complejo industrial, militar y de medios. Este uno por ciento actúa como sector depredador (de la naturaleza) y parasitario (de los otros seres humanos). El gran reto es encontrar los mecanismos para acabar con ese poderío descomunal, cuya célula o aparato identificable es la corporación ( El capitalismo caníbal, Joel Bakan, 2009), donde nuestra mayor fortaleza, casi la única, se encuentra en que somos 99 por ciento de la especie. Toda la gama de conflictos que aparecen en escalas menores, conflictividades secundarias, terciarias, etcétera son, para mi gusto, choques que distraen y terminan por ocultar la "batalla central", que es evitar o desarticular ese enorme poderío concentrado en una minoría de minorías rapaz. Los conflictos generados en el mundo a raíz de los "ismos", sean ideológicos, religiosos, nacionales, etcétera, pierden sentido si no se encuadran en el gran objetivo de terminar con esas gigantescas maquinarias de extracción de riqueza, la cual obtienen de una doble explotación: del trabajo de los hombres y del trabajo de la naturaleza.

Estas máquinas de explotación y muerte, recuerdan de inmediato el caso de los hoyos negros encontrados por los astrofísicos en el universo: sistemas que todo lo atraen, succionan y desaparecen. Hoy son las corporaciones como sistemas globales de dominación, los hoyos negros de la modernidad. Sólo un ejemplo, aterrador: las corporaciones biotecnológicas encabezadas por Monsanto se han devorado toda la biodiversidad de 54 millones de hectáreas (selvas, bosques, matorrales, etcétera) para sembrar extensos monocultivos de soya transgénica en Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia. Esa superficie equivale casi a la de Francia o cinco veces el tamaño de Guatemala (https://bit.ly/2NWJwWo). ¿Dónde están los ambientalistas del mundo denunciando este atentado?

Comencemos por mostrar, con datos duros derivados de investigaciones recientes, algo que muy pocos saben: que estamos viviendo ¡el periodo con la mayor concentración de riqueza de toda la historia humana! Unas cuantas decenas de corporaciones, y cada vez menos conforme avanza la megamonopolización, controlan y dominan el mundo, la mitad de las cuales proceden de Francia, Alemania, Holanda, Japón y Estados Unidos. Estas corporaciones poseen 90 por ciento de las tecnologías y patentes del mundo, controlan 70 por ciento del comercio mundial, y emplean a decenas de miles de científicos e ingenieros. Su mayor poder radica en la extracción de minerales, petróleo, gas, diésel y turbosina. Pero también poseen la mayoría de productoras de energía hidroeléctrica, nuclear, carbonífera y de papel, así como en la producción, procesamiento y distribución de alimentos. Igualmente manufacturan y venden la mayoría de los autos, aviones, satélites, computadoras, químicos, medicamentos y productos biotecnológicos que se consumen en el mundo. El planeta, corporativizado.

Estudios científicos y análisis estadísticos han mostrado procesos históricos de máxima concentración de capital y las mayores tasas de ganancia registradas. Por ejemplo, los máximos históricos del índice Dow Jones, o las ganancias récord de los hombres de negocios más ricos, las que aumentaron en 2017 en 20 por ciento hasta alcanzar 8.9 billones de dólares (UBS Billonaires 2018). Los 62 seres más ricos del mundo (sólo nueve mujeres entre ellos) poseen una riqueza igual a la de 3 mil 600 millones. Destaca el estudio de tres investigadores suizos. Tras el análisis de la base de datos Orbis 2007, donde figuran 37 millones de empresas, encontraron que un grupo de solamente mil 318 corporativos y bancos domina la mayor parte de la economía mundial (New Scientist, 19/11/11). Complementando lo anterior P. Phillips y K. Soeiro describieron la "punta de la pirámide": 25 corporaciones encabezadas por la minera Freeport-McMoRan y el banco Black Rock Inc. (https://bit.ly/2SpFYmP).

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Se acentuó la desigualdad en 2018: Oxfam

Poseen 26 millonarios más dinero que los 3 mil 800 millones en mayor pobreza

 

Davos. La concentración de la riqueza se acentuó a tal punto en 2018 en el mundo, que 26 multimillonarios poseen más dinero que las 3 mil 800 millones de personas más pobres del planeta, según el informe anual de Oxfam Internacional.

"El abismo que aumenta entre ricos y pobres penaliza la lucha contra la pobreza, perjudica la economía y alimenta la rabia en el planeta", afirmó Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, citada en un comunicado.

Según la organización no gubernamental (ONG), en 2017 la proporción era de 43 multimillonarios posedores de mayor riqueza que la mitad más pobre de la humanidad.

Los gobiernos "deben asegurarse de que las empresas y los más ricos paguen su parte de impuestos", subrayó.

Byanyima habló con motivo de la publicación del tradicional informe anual de Oxfam sobre las desigualdades antes del comienzo del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos.

Las cifras de la ONG se basan en datos publicados por la revista Forbes y el banco Crédit Suisse, metodología que ha sido cuestionada por algunos economistas.

De acuerdo con la ONG, la fortuna del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, dueño de Amazon, alcanzó el año pasado 112 mil millones de dólares. "El presupuesto de salud de Etiopía equivale a uno por ciento de su fortuna", enfatizó.

Crecen fortunas

En tanto, la riqueza de los multimillonarios del mundo aumentó 900 mil millones de dólares el año pasado, a un ritmo de 2 mil 500 millones de dólares por día. En contraste, los ingresos de la mitad más pobre de la población del planeta cayeron 11 por ciento.

Desde la crisis financiera de 2008 la cantidad de multimillonarios se ha duplicado, añadió.

Además, Oxfam destacó que “los ricos se benefician no sólo de una fortuna en plena expansión, sino de los niveles impositivos menos elevados desde hace décadas.

"Si la tendencia fuera contraria, la mayoría de los gobiernos tendrían suficientes recursos para financiar los servicios públicos", subrayó Oxfam, que estima que "la riqueza está particularmente subgravada".

Precisa que de un dólar de impuestos a los ingresos, sólo cuatro céntimos provienen del gravamen a la riqueza.

Oxfam estima que los más ricos esconden al fisco 7.6 billones de dólares. En ese sentido, en algunos países, como Brasil o Reino Unido, "el 10 por ciento de los más pobres paga impuestos más altos en proporción con sus ingresos que los más ricos".

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