Foto ▲ "En el país más rico del mundo, los ciudadanos originarios aún son marginados", denunció Jonathan Nez, presidente de la nación navajo (en imagen de hace unos días), una de las regiones más afectadas por la pandemia del coronavirus, ya que no cuenta con instalaciones médicas para cuidados intensivos.Foto Afp

Nueva York. Los multimillonarios estadunidenses incrementaron sus fortunas por 434 mil millones de dólares durante la cuarentena parcial nacional entre mediados de marzo y mediados de mayo, según un nuevo informe. Al mismo tiempo, 38.6 millones de trabajadores perdieron su empleo, el nivel de insuficiencia alimentaria se incrementó y Doctores sin Fronteras desplegó, por primera vez en su historia, un equipo de emergencia al país más rico del mundo.

Según el nuevo informe del Institute for Policy Studies y Americans for Tax Fairness, el valor neto de los poco más de 600 multimillonarios estadunidenses se incrementó en 15 por ciento en ese plazo, llegando a un total de 3.382 billones de dólares, con los cinco multimillonarios más ricos: Jeff Bezos, de Amazon; Bill Gates, de Microsoft; Mark Zuckerberg, de Facebook; Warren Buffett y Larry Ellison con los mayores incrementos ( https://ips-dc.org/us-billionaire-wealth-surges-434-billion-as-unemployment-filers-top-38-million/ ).

Aunque el virus no discrimina entre clases y fronteras, sus efectos tanto de salud como económicos se padecen de manera muy diferente entre los ricos y todos los demás.

El desempleo como resultado del manejo político de la pandemia ha devastado a todos los sectores de la economía, pero los más afectados son los que están en las situaciones más precarias, entre ellos jornaleros, trabajadores de restaurantes, hoteles y otros servicios; sectores donde se concentra la mano de obra inmigrante. En los sitios de trabajo, algunos propiedad de los multimillonarios, trabajadores denuncian falta de equipo de protección y medidas sanitarias, y son amenazados si protestan, y más si se atreven a buscar la sindicalización.

En Nueva Orleans, donde trabajadores de recolección de basura están en su tercera semana de huelga en demanda de equipo de protección personal y pago extra por trabajo peligroso, la empresa que provee ese servicio a la ciudad contrató a reos como esquiroles, a quienes se les paga menos del salario mínimo.

A la vez, aun en medio de una crisis de salud pública, la llamada "industria de salud" no ha sido inmune a la crisis económica: más de 1.4 millones han perdido su empleo en ese sector.

Al mismo tiempo, Médicos sin Fronteras, por primera vez en la historia de la organización, está enviando equipos de emergencia al país más rico del mundo. Un equipo está en Immokalee, Florida, centro de la industria agraria y donde la Coalicion de Trabajadores de Immokalee busca proteger a los jornaleros en uno de los focos rurales más graves de la pandemia. Otro equipo de doctores se dirige a la nación navajo, de más de 170 mil habitantes, en el suroeste de Estados Unidos, donde el nivel de contagio per cápita es tal vez ahora el mayor del país.

La reservación, que ocupa partes de Arizona, Nuevo México y Utah, sólo cuenta con unos pocos doctores y no tiene instalaciones para casos que requieren de cuidado intensivo. “Aquí mismo, en medio del país más poderoso… los ciudadanos originarios siguen siendo marginados”, comentó Jonathan Nez, presidente de la Nación Navajo, en entrevista para CNN.

"La verdad horrorosa es que los americanos nativos, latinos y afroestadunidenses se están muriendo a tasas muchos más altas que los blancos", señala el analista académico y ex secretario de Trabajo Robert Reich. Explicó que eso tiene que ver con una larga historia de discriminación y desigualdad económica que incluye negar el acceso a servicios de salud y empleos con salarios dignos, incluyendo ahora a los llamados trabajadores "esenciales" que arriesgan sus vidas por ir a trabajar, gran parte de los cuales son de minorías raciales. "Todos estamos enfrentando la misma tormenta, pero no todos estamos en el mismo barco. La desigualdad económica en Estados Unidos ha producido dos pandemias muy diferentes: en una, los multimillonarios se están aislando en sus yates en el Caribe, y las familias ricas pueden pasar la cuarentena en mansiones multimillonarias. En el otro barco está la gente que arriesga su vida por su empleo y personas sin ingresos que están pasando hambre", escribió.

El senador Bernie Sanders comentó que "una nación no es sostenible cuando tan pocos tienen tanto mientras tantos tienen tan poco".

Partidarios del presidente estadunidense, Donald Trump, asistieron ayer al desfile de barcos Make America Great Again, en el lujoso e histórico barrio de la batería, en el centro de Charleston, Carolina del Sur. Por increíble que parezca, algunos consideran que pese al mal manejo de la pandemia del coronavirus, el magnate tiene grandes posibilidades de relegirse en noviembre.Foto Afp

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“La desigualdad de la propiedad crea una enorme desigualdad de oportunidades en la vida”

Thomas Piketty (Clichy, Francia, 1971) propone un pago estatal para todos los ciudadanos, la modificación de la estructura de la riqueza para cambiar el poder de negociación de los actores, discute las consecuencias políticas de la desigualdad. En esta entrevista, el economista expone los puntos más salientes de un posible programa de izquierdas para salir del actual atolladero histórico.

 

Uno de los principales argumentos de su libro Capital e ideología es que “la desigualdad es una ideología”. La desigualdad no es un proceso natural, sino que se funda en decisiones políticas. ¿Cómo llegó a esa conclusión?

 

En mi libro, el término “ideología” no tiene una connotación negativa. Todas las sociedades necesitan la ideología para justificar su nivel de desigualdad o una determinada visión de lo que es bueno para ellas. No existe ninguna sociedad en la historia donde los ricos digan “somos ricos, ustedes son pobres, fin del asunto”. No funcionaría. La sociedad se derrumbaría inmediatamente.

Los grupos dominantes siempre necesitan inventar narrativas más sofisticadas que dicen “somos más ricos que ustedes, pero en realidad eso es bueno para la organización de la sociedad en su conjunto, porque les traemos orden y estabilidad”, “les brindamos una guía espiritual”, en el caso del clero o del Antiguo Régimen, o “aportamos más innovación, productividad y crecimiento”. Por supuesto, estos argumentos no siempre resultan del todo convincentes. A veces son claramente interesados. Guardan algo de hipocresía, pero al menos este tipo de discurso tiene algo de verosimilitud. Si fueran completamente falsos, no funcionarían.

En el libro, investigo la historia de lo que llamo regímenes de desigualdad, que son sistemas de justificación de distintos niveles de desigualdad. Lo que demuestro es que en realidad hay un aprendizaje de la justicia. Hay una cierta reducción de la desigualdad a largo plazo. Hemos aprendido a organizar la igualdad a través del acceso más igualitario a la educación y de un sistema impositivo más progresivo, por dar algunos ejemplos.

Pero este progreso y el conflicto ideológico continuarán. En la práctica, el cambio histórico proviene de las ideas e ideologías en pugna y no solo del conflicto de clases. Existe esta vieja concepción marxista de que la posición de clase determina por completo nuestra visión del mundo, nuestra ideología y el sistema económico que deseamos, aunque en verdad es mucho más complejo que eso, porque para una posición de clase dada existen distintas formas de organizar el sistema de las relaciones de propiedad, el sistema educativo y el régimen impositivo. Existe cierta autonomía en la evolución de la ideología y de las ideas.

 

Aun así, en las democracias el pueblo decide colectivamente a través del voto vivir en ese tipo de sociedades desiguales. ¿Por qué?

 

En primer lugar, es difícil determinar el nivel exacto de igualdad o desigualdad. La desigualdad no siempre es mala. La gente puede tener objetivos muy diferentes en su vida. Algunos valoran mucho el éxito material, mientras que otros tienen otro tipo de metas. Alcanzar el nivel adecuado de igualdad no es algo sencillo.

Cuando digo que los factores determinantes de la desigualdad son ideológicos y políticos no quiero decir que deban desaparecer y que mañana tengamos una igualdad completa. Me parece que encontrar el equilibrio adecuado entre las instituciones es una tarea muy complicada para las sociedades pese a que, insisto, en el largo plazo la desigualdad se ha reducido un poco. Creo que deberíamos tener un acceso más igualitario a la propiedad y a la educación y que deberíamos continuar en esa dirección.

Hemos aprendido que la historia es un proceso no lineal. Con el tiempo avanzamos hacia una mayor igualdad y esto es lo que también ha creado una mayor prosperidad económica en el siglo XX. Sin embargo, también ha habido reveses. Por ejemplo, el colapso del comunismo produjo una desilusión sobre la posibilidad de establecer un sistema económico alternativo al capitalismo, y esto explica en gran medida el aumento de la desigualdad desde finales de la década de 1980.

Pero hoy día, 30 años más tarde, comenzamos a darnos cuenta de que tal vez hemos ido demasiado lejos en aquella dirección. Entonces, comenzamos a repensar cómo cambiar el sistema económico. El nuevo desafío introducido por el cambio climático y la crisis medioambiental también ha puesto el foco en la necesidad de cambiar el sistema económico. Se trata de un complejo proceso en el que las sociedades intentan aprender de sus experiencias.

A veces se olvidan del pasado lejano, reaccionan de manera exagerada y avanzan demasiado lejos en una dirección. Pero me parece que si ponemos la experiencia histórica sobre la mesa –y ese es el objetivo del libro– podemos entender mejor las lecciones y experiencias positivas del pasado.

 

Usted dice que la desigualdad deriva en nacionalismos y populismos. En Alemania y en otros países, los partidos de derecha están en alza. ¿Por qué la derecha suele tener más éxito que la izquierda?

 

La izquierda no se ha esforzado por proponer alternativas. Después de la caída del comunismo, la izquierda ha atravesado un largo periodo de desilusión y desánimo que no le ha permitido presentar alternativas para modificar el sistema económico. El Partido Socialista en Francia o el Partido Socialdemócrata en Alemania no han intentado realmente cambiar las reglas del juego en Europa tanto como debieran haberlo hecho.

En algún momento aceptaron la idea de que el libre flujo de capital, la libre circulación de bienes y servicios y la competencia por los mercados entre países eran suficientes para lograr la prosperidad y que todos nos beneficiemos de ella. Pero, en cambio, lo que hemos visto es que esto ha beneficiado principalmente a los sectores con un elevado capital humano y financiero y a los grupos económicos con mayor movilidad. Los sectores bajos y medios se sintieron abandonados.

También hubo partidos nacionalistas y xenófobos que propusieron un mensaje muy simple: vamos a protegerlos con las fronteras del Estado-nación, vamos a expulsar a los migrantes, vamos a proteger su identidad como europeos blancos, etc. Por supuesto, al final esto no va a funcionar. No se reducirá la desigualdad ni se resolverá el problema del calentamiento global. Pero dado que no existe un discurso alternativo, una gran parte del electorado se desplazó hacia estos partidos.

Aun así, una gran parte incluso más grande del electorado decidió quedarse en casa. Simplemente no votan, no debemos olvidar eso. Si los grupos socioeconómicos más bajos demostraran entusiasmo por Marine Le Pen o por Alternativa por Alemania, la tasa de participación ascendería a 90%. Eso no es lo que está ocurriendo. Tenemos un nivel muy reducido de participación, especialmente entre los grupos socioeconómicos más bajos, los cuales están a la espera de una plataforma política o una propuesta concreta que realmente pueda cambiar sus vidas.

 

Usted propone un pago estatal único (“herencia para todos”) de 120.000 euros para todos los ciudadanos cuando alcancen la edad de 25 años. ¿Qué se conseguiría con eso?

 

En primer lugar, este sistema de “herencia para todos” sería un paso más de un sistema de acceso universal a bienes y servicios públicos fundamentales, incluidos la educación, la salud, las pensiones y un ingreso ciudadano. El objetivo no es reemplazar estos beneficios, sino sumar esta herramienta a las ya existentes. ¿Para qué serviría?

Si uno tiene una buena educación, una buena salud, un buen empleo y un buen salario, pero necesita destinar la mitad de su salario a pagar un alquiler a los hijos de propietarios que reciben ingresos por alquileres durante toda su vida, creo que hay un problema. La desigualdad de la propiedad crea una enorme desigualdad de oportunidades en la vida. Algunos tienen que alquilar toda su vida. Otros reciben rentas durante toda su vida. Algunos pueden crear empresas o recibir una herencia de la empresa familiar. Otros nunca llegan a tener empresas porque no tienen siquiera un mínimo de capital inicial para empezar. Más que nada, es importante darse cuenta de que la distribución de la riqueza se ha mantenido muy concentrada en pocas manos en nuestra sociedad.

La mitad de los alemanes tiene menos del 3% de la riqueza total del país y, de hecho, la distribución empeoró desde la reunificación de Alemania. ¿Es esto lo mejor que podemos hacer? ¿Qué proponemos para cambiarlo? Esperar que llegue el crecimiento económico y el acceso a la educación sin hacer nada no es una opción. Eso es lo que hemos estado haciendo durante un siglo y la mitad inferior de la escala de distribución de los ingresos todavía no posee nada.

Cambiar la estructura de la riqueza en la sociedad implica cambiar la estructura del poder de negociación. Quienes no tienen riqueza están en una posición de negociación muy débil. Se necesita encontrar un empleo para pagar el alquiler y las cuentas cada mes, y se debe aceptar lo que se ofrece. Es muy distinto tener 100.000 o 200.000 euros en lugar de 0 o 10.000. La gente que tiene millones tal vez no se da cuenta, pero para aquellos que no tienen nada o que a veces solo tienen deudas, significa una gran diferencia.

 

En su país natal, Francia, el impuesto al carbono derivó en la protesta de los chalecos amarillos. ¿Cuál fue en este caso el error de cálculo político?

 

Para que los impuestos sobre el carbono sean aceptables, deben ir acompañados de la justicia tributaria y fiscal. En Francia, el impuesto al carbono solía ser bien aceptado y se aumentaba año tras año. El problema es que el gobierno de Emmanuel Macron utilizó los ingresos fiscales del impuesto sobre el carbono para hacer un enorme recorte de impuestos para el 1% más rico de Francia, suprimiendo el impuesto sobre la riqueza y la tributación progresiva sobre las rentas del capital, los intereses y los dividendos.

Esto enervó a la gente porque se le dijo que la medida era para la lucha contra el cambio climático pero, de hecho, fue solo para hacer un recorte impositivo a aquellos que financiaron su campaña política. Así es como se destruye la idea de los impuestos sobre el carbono. Uno debe ser muy cuidadoso en Alemania porque también puede haber muchos sentimientos negativos, especialmente en los grupos socioeconómicos más bajos. Para que un impuesto al carbono funcione, tiene que incluir los costos sociales y debe ser aceptado por el conjunto de la sociedad.

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Por Thomas Piketty es director de investigación en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, profesor en la Paris School of Economics y codirector de la World Inequality Database. Es autor de los libros El capital en el siglo XXI y de Capital e Ideología.

Este artículo se publicó anteriormente en Nueva Sociedad

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Elon Musk, cofundador, entre otras, de PayPal y Tesla. - REUTERS

Este aumento de riqueza se produjo entre el 18 de marzo hasta el 10 de abril coincidiendo con el primer repunte acusado de contagios por covid-19 y cuando 22 millones de estadounidenses perdieron sus trabajos.

 

Las grandes fortunas son inmunes a la crisis económica desatada por la covid-19. En Estados Unidos hay, según la revista Forbes, 607 milmillonarios, personas cuyas fortunas personales superan los mil millones de dólares es decir, 925 millones de euros. La crisis económica desatada por la pandemia, lejos de estar minando su riqueza, la está propulsando. Según un informe del Institute for Policy Studies, una organización progresista con sede en Washington DC, los milmillonarios de Estados Unidos aumentaron su riqueza en 282.000 millones de dólares (261.000 millones de euros) en sólo 23 días, los que van desde el 18 de marzo hasta el 10 de abril.

No es un margen de fechas cualquiera. Se trató del primer repunte pronunciado de la epidemia de covid-19 en el país. El presidente Donald Trump, de hecho, declaró la emergencia nacional el 13 de marzo y los contagios diarios subieron como la espuma hasta alcanzar su primer pico en la primera semana de abril. En esos 23 días entre el 18 de marzo y el 10 de abril, los ricos de Estados Unidos añadían ceros a sus fortunas mientras que los casos y los muertos se multiplicaban y mientras 22 millones de personas perdían sus trabajos, casi a millón diario.

Entre ellos destaca el fundador de Amazon, Jeff Bezos. Según resalta el informe, entre el 1 de enero y el 10 de abril ha incrementado su fortuna en 10.000 millones de dólares (9.255 millones de euros), aproximadamente el presupuesto de Galicia para 2020.

"El incremento de la riqueza de Bezos no tiene precedentes en la historia financiera moderna y varía enormemente de un día para otro", asegura el informe. "Para el 15 de abril su fortuna se había incrementado en 25.000 millones de dólares respecto al 1 de enero". Esta cifra equivale al presupuesto de la Comunidad de Madrid de 2019.

Pero ¿cómo puede esto estar sucediendo en medio de una crisis financiera y con la actividad económica paralizada? El informe es rotundo: "El cierre de cientos de miles de pequeñas empresas está dando a Amazon la oportunidad de aumentar su cuota de mercado, fortalecer su lugar en la cadena de suministro y ganar más poder de precios sobre los consumidores", destaca.

El documento critica que, "a pesar del dominio del comercio electrónico de Amazon, Bezos ha sido incapaz de proteger su la mano de obra de la covid-19: trabajadores de diez almacenes diferentes dieron positivo a finales de marzo", lo que ha generado denuncias de los sindicatos y otras organizaciones.

Bezos es, según el informe del Institute for Policy Studies, uno de los ocho milmillonarios de Estados Unidos que en ese período de tiempo –del 1 de enero al 10 de abril– han incrementado sus fortunas en más de mil millones de dólares.

Tras el fundador de Amazon le sigue Elon Musk, cofundador, entre otras, de PayPal y Tesla, con un incremento en su riqueza de 5.000 millones de dólares (4.627 millones de euros). Tras él se encuentran McKenzie Bezos, exmujer del fundador de Amazon, con 3.500 millones de dólares (3.239 millones de euros); Eric Yuan, de Zoom, 2.580 millones (2.388 millones de euros); Steve Ballmer, de Microsoft, 2.200 millones (2.036 millones de euros); John Albert Sobrato, dueño de la firma Sobrato de bienes raíces y comerciales, 2.070 millones (1.916 millones de euros); Joshua Harris, de la firma de inversión Apollo, 1.720 millones (1.592 millones de euros); y Rocco Commisso, de la compañía de televisión por cable Mediacom, 1.090 millones (1.009 millones de euros).

En total, el aumento de la fortuna de estos ocho milmillonarios ha sido de 28.160 millones de dólares en los primeros 101 días del año. "Estos números demuestran que la riqueza multimillonaria tiende a recuperarse de los colapsos de los mercados", señala el informe, que, a modo de prueba, añade: "Inmediatamente después de la crisis económica mundial de 2008, los entonces 400 milmillonarios norteamericanos de la lista Forbes vieron cómo su riqueza caía y pasaba de 1,57 billones en 2008 a 1,27 billones en 2009. Pero en los 30 meses siguientes a la caída de septiembre de 2008, la mayoría de estas fortunas se recuperaron y en 2012 la riqueza multimillonaria había alcanzado ya 1,7 billones de dólares. Entre 2010 y 2020, la riqueza de la clase milmillonaria de los Estados Unidos aumentó en un asombroso 80,6%, de 1,6 billones de dólares a 2,9 billones de dólares".

El estudio del Institute for Policy Study alerta de la guerra que los multimillonarios le han declarado al pago de impuestos. Los miles de millones de dólares que evaden, añaden sus autores, "están deshilachando la red de seguridad social. Y para completar el insulto, los americanos de la clase trabajadora pagan ahora mayor porcentaje de sus ingresos en impuestos que los multimillonarios".

"Milmillonarios y multimillonarios están financiando toda una industria de defensa de la riqueza con profesionales como abogados de impuestos, contables, administradores de patrimonio, que ayudan a ocultar sus megafortunas en paraísos fiscales en el extranjero y fideicomisos", denuncia el informe.

Por este motivo, sus autores reclaman al gobierno de Donald Trump varias medidas para combatir esto, entre ellas, el establecimiento de una comisión para supervisar los beneficios económicos en la pandemia y establecer un impuesto del 10% a esa gran riqueza. En cuanto a la primera medida, el informe reclama seguir el modelo "de la Comisión Truman durante la Segunda Guerra Mundial, tanto para supervisar el paquete de estímulos como para erradicar la corrupción y la especulación en la sociedad en su conjunto".

En cuanto al impuesto a las grandes fortunas, el documento señala que "aunque sólo afectaría al 0,2 por ciento más rico de los estadounidenses, una sobretasa millonaria recaudaría unos 635.000 millones de dólares en diez años y afectaría a los muy ricos que obtienen ingresos sustanciales de las ganancias de capital".

Chuck Collins, uno de los autores del estudio y director del Programa sobre Desigualdad del Institute for Policy Study, alerta de que con la pandemia "se corre el riesgo de que se aumenten todavía más las desigualdades sociales existentes a menos que el gobierno intervenga con medidas audaces para gravar con impuestos a los multimillonarios. Si se sigue actuando como hasta ahora, sólo se acentuará la polarización económica".

Collins es muy crítico con los cuatro paquetes de ayudas aprobados hasta ahora por el Senado y el Congreso norteamericanos y firmados por la administración Trump. De hecho, el último paquete de ayudas, la llamada Ley CARE, dotada con 2,2 billones de dólares –unos 2 millones de euros–, lo califica Collins como de "huesos lanzados a la clase trabajadora frente a los miles de millones que la norma les regala a los millonarios".

"Demasiadas pequeñas empresas y contribuyentes de la clase obrera están esperando que aparezcan las ayudas. Entretanto", asegura, "se están viendo obligados a elegir entre su salud y su supervivencia económica".

Collins sostiene que esta situación no es exclusiva de Estados Unidos. Los multimillonarios del mundo también están haciendo su agosto en medio de la pandemia. El informe del Institute for Policy Study estima que en el mundo hay 21 billones de dólares ocultos en paraísos fiscales.

"Es lo que estarían ocultando al fisco los ricos con más 30 millones de dólares. No podremos tener éxito en la imposición de impuestos a los ricos a menos que cerremos la industria de la riqueza oculta, comenzando especialmente en Estados Unidos y Reino Unido", concluye Collins.

Washington

12/05/2020 08:42 Actualizado: 12/05/2020 09:57

Por Manuel Ruiz Rico

@ManuelRuizRico

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La renta básica deja de ser una utopía

La pandemia lleva a diversos países a ensayar planes de transferencias directas no universales para compensar la reducción en los ingresos de sus ciudadanos

En su punto álgido, todas las crisis parecen llamadas a cambiar el mundo. La Gran Recesión de 2008 iba a ser la de la refundación del capitalismo. La de deuda soberana del sur de Europa, la que sentaría las bases de una nueva Unión más solidaria. Y esta, la del coronavirus, “escribirá un nuevo mundo con otras reglas”, según apuntaba la semana pasada el comisario europeo de Mercado Interior, Thierry Breton. Lo más probable es que, como en las dos ocasiones anteriores, ese axioma se lo acabará llevando el viento y el giro de timón se quedará en apenas buenas palabras.

Sin embargo, lejos de los discursos altisonantes y fuera de los grandes focos, algunas ideas hasta ahora consideradas de nicho comienzan a enraizar: la renta básica (universal o no), una suerte de garantía de ingresos a los ciudadanos por el mero hecho de serlo, ha sumado más adeptos en apenas unos días que en años, dando un salto exponencial en el debate público y presentando una sólida candidatura en el menú de posibles soluciones para salir del atolladero económico y social de la pandemia. Y, algo aún más importante, empieza a calar en el terreno de los hechos, con distintos Gobiernos poniendo en marcha sus versiones propias de esta herramienta para combatir una recesión que ya es, en palabras de la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, “tan mala o peor como la de 2009”.

Estados Unidos, un país en el que el debate sobre la renta básica quedaba recluido a ámbitos académicos relativamente estancos y a propuestas electorales minoritarias, como la del excandidato demócrata a la nominación presidencial Andrew Yang, ha dado un primer y decisivo paso en esa dirección: dará a sus ciudadanos 1.200 dólares (unos 1.100 euros) de una tacada, una cuantía que se reduce gradualmente para quienes ganan más de 75.000 dólares al año y que solo deja fuera a aquellos que ingresan 99.000 dólares o más. El objetivo, según la Casa Blanca, es tratar de paliar la merma de ingresos y asegurar lo esencial. “Los fundamentos son idénticos [a lo que propongo]: es una transferencia directa a individuos y hogares”, ha reconocido Yang en declaraciones a la radio pública NPR. “La gran diferencia es que yo sugiero que sea a perpetuidad, como un derecho básico de ciudadanía para cubrir las necesidades básicas y el paquete de estímulos está diseñado para durar solo unos meses”.

En paralelo, Brasil acaba de anunciar un esquema de pagos —en este caso, mucho más lejos de la universalidad— de casi 115 euros mensuales (la mitad del salario mínimo) durante un trimestre para 60 millones de trabajadores informales. Y España ultima estos días una renta mínima que, parece, estará en el entorno de los 440 euros al mes, en línea con la ayuda aprobada la semana pasada para los trabajadores temporales que se queden sin empleo por el parón económico desatado por el virus y con lo que propuso la autoridad fiscal (la Airef) el verano pasado. El objetivo será, de nuevo, proteger a los colectivos más vulnerables. En otros países europeos, como el Reino Unido, el “ingreso universal de emergencia” también ha irrumpido en la Cámara de los Lores y en la de los Comunes, pero aún no ha permeado en el tan conservador como heterodoxo primer ministro, Boris Johnson.

¿Por qué una renta básica y por qué ahora? Sus cada vez más numerosos defensores ven en ella una herramienta útil para contener la emergencia social que sufren quienes de la noche a la mañana se han quedado sin ingresos. Y, añaden los paladines de la idea, sería también una herramienta útil para reactivar la demanda cuando se puedan ir levantando las cuarentenas.

Hasta ahora, en el Viejo Continente la contingencia se ha abordado con ayudas por colectivos y, como en Italia, hasta con bonos alimentarios para tratar de rebajar la creciente tensión social en el sur del país. Pero en América Latina y en el resto del bloque emergente, donde la informalidad (personas que trabajan, pero son totalmente invisibles para el Estado) alcanza cotas infinitamente más altas que en Occidente, la gestión de la crisis está siendo y será mucho más complicada.

“En estos países, que todavía están en una fase inicial de la pandemia, la renta básica debe aplicarse tan rápidamente como sea posible: no puedes comprar jabón ni tener agua limpia sin el dinero necesario para ello, y es más sencillo transferirlo directamente a la gente que organizar un esquema complejo de subsidios”, apunta Guy Standing, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres y autor de La renta básica: un derecho para todos y para siempre (Editorial Pasado y Presente).

Todos los esquemas diseñados o puestos en marcha desde el inicio de la pandemia están, sin embargo, pensados para desaparecer tan pronto baje la marea, como destaca Philippe van Parijs, profesor de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). “Tienen un propósito útil y pueden ser la mejor herramienta disponible, pero son intrínsecamente temporales”, recalca el quizá mayor embajador global del concepto.

“Muchos de los que la criticaban, ahora la defienden”

La renta básica no ha dejado de ganar enteros con el paso de los años ante el avance de la desigualdad y la merma del Estado de bienestar. Pero no es, ni mucho menos, una idea nueva: empezó a sonar, aunque en círculos muy reducidos, en el siglo XVIII y en su travesía ha logrado reunir en torno a sí a economistas de extracción ideológica tan diversa como John Kenneth Galbraith, Milton Friedman o James Meade, entre otros. Y ha cautivado a pensadores separados por dos siglos como Thomas Paine (1737-1809) y Bertrand Russell (1872-1970). Nunca, sin embargo, ha estado tan cerca de convertirse en realidad como hoy. “Creo en el utopismo oportunista. Las crisis pueden proporcionar oportunidades para grandes avances y debemos aprovechar el impulso”, anima Van Parijs, coautor de Ingreso básico. Una propuesta radical para una sociedad libre y una economía sensata (Editorial Grano de Sal).

La vertiente universal del ingreso básico —la más interesante, pero también la más compleja por los costes que lleva asociados— está atrayendo un interés mayor en un momento de indefinición económica, como reconoce Louise Haagh, del departamento de Ciencias Políticas la Universidad de York (Reino Unido). “Está quedando patente el fallo de nuestro sistema tanto para responder específicamente a esta crisis como, más en general, para ofrecer una seguridad económica real”, apunta por correo electrónico. “Es solo una pieza del puzle, pero al menos sería un intento serio de reconocer los derechos y el estatus económico de todos”. También Standing ve un cambio de patrón: “Muchos políticos, economistas y medios de comunicación, que en el pasado han sido hostiles a la idea, ahora la defienden”.

El coste de un ingreso básico permanente y no únicamente de emergencia varía, y mucho, entre latitudes. La renta mínima propuesta en España por el hoy ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, cuando estaba al frente de la Airef costaría 3.500 millones de euros si se descuentan los solapamientos con otros programas sociales y reduciría la pobreza en entre un 46% y un 60%. Una solución más ambiciosa, como una renta básica auténticamente universal y permanente de algo más 620 euros al mes por residente, supondría una carga de casi 190.000 millones anuales, algo menos del 18% del PIB, según calculó en 2017 el servicio de estudios del BBVA. Para ponerla en marcha, tanto en países europeos como emergentes, habría que empezar por librar “un combate frontal contra la evasión y la competencia fiscal [entre territorios], y repensar el objetivo de la austeridad”, incide Haagh, presidenta de la Red Global de Renta Básica (BIEN, por sus siglas en inglés).

En Latinoamérica, una región atravesada por la desigualdad y la pobreza, y donde, por tanto, su sentido se multiplica, entregar a todos los hogares el equivalente al umbral de pobreza tendría un coste para el erario equivalente al 4,7% del PIB, según un reciente estudio de la Cepal, el brazo de la ONU para el desarrollo económico del subcontinente. “No costaría tanto y daría seguridad económica en un momento de enorme incertidumbre”, remarca la secretaria ejecutiva del organismo, Alicia Bárcena. “Esta crisis nos invita a repensar la economía, la globalización y el capitalismo. Se requieren soluciones innovadoras y la renta básica es una de ellas”. La utopía está más cerca que nunca de convertirse en realidad.

 

Por Ignacio Fariza

Madrid - 06 abr 2020 - 02:49 COT

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Sábado, 29 Febrero 2020 05:03

Refundar el capitalismo (otra vez)

Ilustración de Pep Boatella.

Una década larga después de que los políticos avanzasen la idea, son los economistas, filósofos y sociólogos los que pretenden suprimir los excesos y abusos del mercado para que éste sobreviva

 

Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.

Se superó aquel momento crítico en el que todo parecía posible, incluida la quiebra del sistema. El sector financiero, a trancas y barrancas, salió de la crisis mediante paladas y paladas de ayudas públicas (en forma de dinero, avales, garantías, compras de activos malos, liquidez casi infinita a precios muy bajos, etcétera), y aquellos verbos que se conjugaron voluntariosamente una y otra vez —refundar el capitalismo, reformar el capitalismo, regular el capitalismo, embridar el capitalismo, etcétera— se olvidaron. De la Gran Recesión se pasó a una época de “estancamiento secular” (Larry Summers), que es la que estamos viviendo. De la primera, la mayor parte de los ciudadanos salió más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida y con dos características políticas que explican en buena parte lo que se está afianzando ante nuestros ojos: más desconfiados (en los Gobiernos, los partidos, los Parlamentos, las empresas, los bancos, las agencias de calificación de riesgos…) y menos demócratas. El resultado ha sido la explosión de los populismos de extrema derecha y la descomposición del sistema binario de partidos políticos que salió de la segunda posguerra mundial, y una concepción instrumental —no finalista— de la democracia: apoyaré la democracia mientras resuelva mis problemas; si no, me es indiferente.

Después de ese paréntesis de casi una década, cuando ya empieza a existir la distancia temporal suficiente para analizar los efectos de la Gran Recesión como una secuencia de acontecimientos que han llevado a una gigantesca redistribución negativa de la renta y la riqueza a la inversa en el seno de los países (el llamado efecto Mateo: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”), son los académicos y no los políticos los que multiplican las teorías sobre las características del capitalismo del primer cuarto del siglo XXI y protagonizan un gran debate extremo entre ellos: si el capitalismo está tocado de muerte porque no funciona; o, por el contrario, si una vez más en la historia está mutando de naturaleza y esa transformación lo llevará a ser de nuevo el sistema político-económico más fuerte y único. Hay dos coincidencias en la mayor parte de los libros publicados: el capitalismo se ha propagado a todos los escenarios geográficos del planeta y direcciones (no tiene alternativas), y anida en cualquier actividad y mercado, incluida la política.

El capitalismo es ahora el único sistema socioeconómico del planeta (antes se llamaba a esto imperialismo) y apenas quedan rastros del comunismo como una posibilidad sustitutiva, como ocurrió en la primera mitad del siglo XX. A esta característica central se le añade el reequilibrio del poder económico entre EE UU y Europa por un lado y Asia por otro debido al auge experimentado por los principales países de esta última región. El dominio planetario ejercido por el capitalismo se ha logrado a través de sus diferentes variantes. Algunos autores distinguen entre el capitalismo meritocrático liberal, que ha venido desarrollándose gradualmente en Occidente a lo largo de los últimos 200 años, y el capitalismo político o autoritario ejemplificado por China, pero que también existe en otros países de Asia (Singapur, Vietnam…) y algunos de Europa y África (Rusia y los caucásicos, Asia Central, Etiopía, Argelia, Ruanda…).

En los últimos tiempos se ha hecho popular otra tipología, que ha tenido su momento de gloria en el Foro Económico Mundial celebrado en Davos en el mes de enero de este año. El Manifiesto de Davos 2020 desarrolla básicamente tres tipos de capitalismo: el de accionistas, para el cual el principal objetivo de las empresas es la maximización del beneficio; el capitalismo de Estado, que confía en el sector público para manejar la dirección de la economía, y el stakeholder capitalism, o capitalismo de las partes interesadas, en el que las empresas son las administradoras de la sociedad, y para ello deben cumplir una serie de condiciones como pagar un porcentaje justo de impuestos, tolerancia cero frente a la corrupción, respeto a los derechos humanos en su cadena de suministros globales o defensa de la competencia en igualdad de condiciones, también cuando operan dentro de la “economía de plataformas”.

Hasta ahora, el capitalismo de accionistas ha sido ampliamente hegemónico. Recibió un apoyo teórico muy fuerte a principios de los años sesenta, cuando el principal ideólogo de la Escuela de Chicago, el premio Nobel Milton Friedman, escribió su libro Capitalismo y libertad, en el que sentenció: “La principal responsabilidad de las empresas es generar beneficios”. Friedman sacralizó esta regla del juego a través de diversos ar­tículos que trataron de corregir algunas veleidades nacidas en EE UU acerca de la extensión de los objetivos empresariales a la llamada “responsabilidad social corporativa”. En el capitalismo de accionistas, el predominio es del corto plazo y de la cotización en Bolsa, lo que en última instancia llevó a la “financiarización” de la economía.

Esta filosofía dominante ha durado prácticamente hasta la actualidad. Hace poco tiempo, la British Academy hizo público un informe sobre la empresa del siglo XXI, fruto de la iniciativa colectiva de una treintena de científicos sociales bajo la batuta del profesor de Oxford Colin Mayer, que hablaba de “redefinir las empresas del siglo XXI y construir confianza entre las empresas y la sociedad”. Y la norteamericana Business Roundtable, una asociación creada a principios de la década de los años setenta del siglo pasado en la que se sientan los principales directivos de 180 grandes empresas de todos los sectores, publicó un comunicado en el que revocaba, de facto, el solitario criterio de la maximización de los beneficios en la toma de decisiones empresariales, sustituyéndolo por otro más inclusivo que además tuviera en cuenta el bienestar de todos los grupos de interés: “La atención a los trabajadores, a sus clientes, proveedores y a las comunidades en las que están presentes”. Pronto, las principales biblias periodísticas del capitalismo, Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, comenzaron a analizar este cambio que no se debe a la benevolencia y la compasión de los ejecutivos de las grandes compañías, sino al temor a la demonización del capitalismo actual y de las empresas, por sus excesos: financiarización desmedida, globalización mal gestionada, poder creciente de los mercados, multiplicación de las desigualdades. El capitalismo ha ido demasiado lejos y no da respuesta a problemas como estas últimas o la emergencia climática. Recientemente, un sondeo elaborado por Gallup y publicado en The Economist revelaba que casi la mitad de los jóvenes estadounidenses prefieren algún tipo de “socialismo” al capitalismo rampante. Quizá ello explique lo que está sucediendo alrededor de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata.

El capitalismo de hoy es un capitalismo tóxico y está en crisis al menos desde que comenzó la Gran Recesión en el año 2007. En términos tendenciales, el capitalismo ha fomentado un rápido crecimiento; en relación con la renta per capita, ha enriquecido al mundo de modo casi constante (con picos de sierra) y la esperanza de vida actual prácticamente duplica la de, por ejemplo, hace dos siglos. Ha sido el psicólogo americano Steven Pinker uno de los que más han desarrollado estas tendencias positivas: “Si creía que el mundo estaba llegando a su fin, esto le interesa: vivimos más años y la salud nos acompaña, somos más libres y, en definitiva, más felices; y aunque los problemas a los que nos enfrentamos son extraordinarios, las soluciones residen en el ideal de la Ilustración: el uso de la razón y la ciencia” (En defensa de la Ilustración; Paidós). Haciendo uso de las cifras, Pinker muestra que la vida, la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz, el conocimiento y la felicidad han ido en aumento no sólo en Occidente, sino en todo el mundo.

¿Por qué muchos científicos sostienen que el capitalismo no funciona, a pesar de las descripciones de Pinker? Esencialmente porque las distintas desigualdades no paran de crecer, polarizan las sociedades y ponen en peligro la calidad de la democracia. En algunos de los textos se defiende que el capitalismo realmente existente es incompatible con la democracia: aumenta el sentimiento ciudadano de que la civilización tal como la conocemos, basada en la democracia y el debate, se encuentra amenazada. Lo que hace que la situación actual sea particularmente preocupante es que el espacio para ese debate se está reduciendo; parece haber una “tribalización” de las opiniones no sólo sobre la política, sino sobre cuáles son los principales problemas sociales y qué hacer con ellos.

La principal credencial del capitalismo —­mejorar el nivel de vida de todos de manera ininterrumpida— está en entredicho. Para quienes se quedan por el camino, el capitalismo no está funcionando bien. Por ejemplo, la mitad de la generación nacida en la década de los ochenta está rotundamente peor que la generación de sus padres a la misma edad. La ansiedad, la ira y la desesperación de esas cohortes de edad (y la de los mayores de 45 años que se queda sin trabajo) hacen trizas las lealtades políticas de antaño, sean del signo ideológico que sean. El síndrome del declive personal comienza con la pérdida de un empleo satisfactorio. La apoteosis del capitalismo actual se debería, en buena medida, a la debilidad creciente del poder de la fuerza de trabajo (los asalariados y los sindicatos). Desde antes de la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX no había vuelto a suceder, en una escala tan grande, que el segmento más acaudalado de la sociedad se quedara con una porción más grande de los ingresos. Joseph Stiglitz dice, refiriéndose a EE UU pero con validez casi universal, que “evolucionamos de manera resuelta hacia una economía y una democracia del 1%, por el 1% y para el 1%”. Es por ello por lo que el Nobel de Economía abomina de la política de Donald Trump y piensa que las políticas públicas activas que deberían practicarse son la antítesis de las existentes, una especie de mezcla contemporánea de Teddy Roosevelt (presidente republicano) y Franklin Delano Roosevelt (presidente demócrata). Las brechas que escinden a la sociedad son tan profundas (entre el campo y la ciudad, las élites cualificadas y aquellos que no han tenido acceso a una educación superior, los ricos de los pobres, hombres y mujeres, y la brecha de expectativas que albergan las clases medias…) que cree que el gradualismo para cerrarlas es inadecuado porque ésta es una época de cambios fundamentales en la que se precisan transformaciones drásticas en el seno de una democracia sólida que refrene el poder político de la riqueza concentrada en pocas manos. Se debe abandonar la confianza ciega y errónea en la “economía del goteo” que predica que, al final, todo el mundo se beneficia del goteo. La experiencia empírica dice que los beneficios del crecimiento muchas veces no llegan a todos.

Del conjunto de los libros analizados se desprende una idea fuerza: un alegato contra el capitalismo abusivo de nuestros días, que gobierna para las élites. Existe el poder de reconstruir los cimientos del capitalismo, pero no posee una alternativa viable, y las que se han intentado poner en práctica han resultado peores y, en algunos casos, mucho peores. Hay que huir de lo que Paul Krugman denomina las “ideas zombis”, ideas que van dando tumbos, arrastrando los pies y devorando el cerebro de la gente pese a haber sido refutadas por las pruebas. Por ejemplo, la idea insistente (e ideológica) de que gravar a los ricos es sumamente destructivo para la economía en su conjunto, o que las rebajas fiscales a las rentas altas generarán un crecimiento económico milagroso. O la de quienes se oponen a que los Gobiernos desempeñen un papel mayor en la gestión de la economía, argumentando que dicho papel no solo es inmoral, sino también contraproducente e incluso tumoral. Y si los datos no avalan su opinión, atacan tanto a los datos como a quienes los presentan.
Krugman no es optimista pues entiende que, en nuestros días, aceptar lo que dicen los datos sobre una cuestión económica es visto, en muchos casos, como un acto partidista; incluso formular determinadas preguntas se considera también un acto partidista. Se apoya en el sociólogo David Patrick Moynihan, cuando escribió que “todo el mundo tiene derecho a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos”.

Leer tanta literatura sobre la saga y fuga del capitalismo actual permite establecer una analogía entre “el fin de la historia” de Fukuyama, de principios de los años noventa, y el “fin del capitalismo” de los años veinte del siglo XXI. Aquella seguridad que daría la victoria del liberalismo sobre el autoritarismo ha devenido en una inseguridad global y multiplicación de la vulnerabilidad individual. No se puede separar la economía de la política si se pretende avanzar en un examen certero de las circunstancias. La economía es demasiado importante para dejársela solo a los economistas.

28 FEB 2020 - 12:50 COT

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Imagen de la represión policial en el contexto de las protestas en Chile EFE

La organización publica este jueves su Informe Anual sobre las Américas, en el que hace balance de la situación de los derechos humanos en el continente

Desde Venezuela en enero hasta Chile en octubre, 2019 ha sido un año en el que la ola de protestas que ha recorrido América –en especial América Latina– se ha saldado con represión institucional por parte de gobiernos de distinto signo político, incapaces de generar diálogo con sus ciudadanos. Así lo cree Carolina Jiménez, directora adjunta de investigación de Amnistía Internacional para las Américas, que afirma que el continente "sufre, pero también se despierta".

En su Informe Anual sobre las Américas, la organización cifra en al menos 210 las personas que murieron violentamente en el contexto de protestas en el continente: 83 en Haití, 47 en Venezuela, 35 en Bolivia, 31 en Chile, ocho en Ecuador y seis en Honduras. "Es un balance negativo, un saldo demasiado alto", asevera Jiménez. Incluso en Chile, donde se ha abierto un proceso constituyente como resultado de los reclamos de los manifestantes, "nos preocupa el costo, en otros países se han dado estos procesos sin la necesidad de más de 400 personas con lesiones oculares".

Para Jiménez, es difícil comparar los niveles de gravedad entre un país y otro, pues cada uno tiene "sus propios retos" en cuanto a derechos humanos. Aunque apunta a Venezuela como país donde la organización puede establecer "un patrón sistemático de represión", pues, a diferencia de otros Estados, las protestas de principios de 2019 fueron "una ola más". "No se trata de hechos aislados, sino de la política sistemática de un Gobierno que no admite la disidencia", afirma, ante una represión que podría constituir crímenes de lesa humanidad,  según denunció la organización a mediados de año.

Sin embargo, un punto común entre las diferentes movilizaciones ha sido la incapacidad de los gobiernos para dialogar con quienes reclamaban más derechos sociales, civiles y políticos. "Hubiesen podido responder con propuestas o con, al menos, la construcción de un espacio cívico para el diálogo, y en vez de eso en casi todos los lugares se respondió con violencia estatal", lamenta.

Los defensores de DDHH y el derecho al asilo, en riesgo

En marzo se cumplen cuatro años del asesinato de la hondureña Berta Cáceres, defensora de los derechos medioambientales e indígenas, y dos del de Marielle Franco, concejala afrofeminista de Río de Janeiro. "Es un mes que nos causa mucha tristeza", dice la investigadora, porque quienes defienden los derechos humanos continúan viviendo "situaciones de impunidad". Con 208 homicidios, Latinoamérica y el Caribe fue la región más mortífera del mundo para los defensores; allí tuvieron lugar un 68% del total mundial de 304 homicidios. Colombia fue el país más letal, con 106 homicidios.

Jiménez destaca la vulnerabilidad de las personas que defienden el medioambiente y el acceso a la tierra, a menudo desprotegidas en comunidades aisladas. Y también de aquellas que, aunque no hayan sido víctimas de homicidio, han sido silenciadas o expulsadas, como es el caso de Nicaragua, de donde han huido más de 70.000 personas tras la crisis de 2018. "Son diferentes niveles de violencia, pero todos dañan a la sociedad", apunta. "Cada vez que censuran, callan, asesinan a un defensor, perdemos una oportunidad para avanzar los derechos de todas las personas".

Amnistía también ha visto "con mucha preocupación" el endurecimiento de las políticas migratorias por parte de Estados Unidos y México. "Vimos cómo se movió la frontera de México-Estados Unidos a México-Guatemala", explica Jiménez. "Trump logró externalizar sus fronteras, y México está haciendo el trabajo sucio conteniendo migrantes, deportando personas sin importar que muchas necesiten protección internacional". Entre otras medidas, el Gobierno de López Obrador retuvo a más de 51.999 menores en centros para inmigrantes, lo cual es contrario a la legislación de México, y envió un cuerpo militar para detener una caravana de migrantes centroamericanos

"Si algo ha demostrado la Administración de Donald Trump, es que es la xenofobia se puede institucionalizar", observa Jiménez, preocupada por la coyuntura de las siguientes elecciones en Estados Unidos. "Poco a poco ha ido erosionando el sistema de asilo, y eso ha sido en casi cuatro años. No queremos imaginarnos qué podría pasar en cuatro años más", enfatiza, ante la implementación de políticas como la devolución inmediata en la frontera y la separación familiar.

Mujeres y jóvenes lideran los movimientos sociales

2019 también ha alumbrado algunas luces esperanzadoras en el continente. Al terminar el año, 22 países habían firmado el Acuerdo de Escazú, un tratado regional pionero sobre los derechos medioambientales. En febrero de 2020, Ecuador se convirtió en el octavo país en ratificar el Acuerdo, lo que implica que solo necesita tres ratificaciones más para que entre en vigor. "Esperamos que se traduzca en políticas a favor de la Amazonía y del ecosistema que hace que América Latina sea  tan rica en recursos naturales", asevera Jiménez.

Pese a la degradación medioambiental y los incendios que arrasaron el Amazonas, el cambio climático también supone "una oportunidad", opina la investigadora. "Estamos muy esperanzados porque la población más joven de las Américas ha hecho del climático una razón de lucha, y puede que se traduzca eventualmente en política". Una lucha social que se ha revitalizado en el continente "gracias a la juventud y a las mujeres", apunta.

La marea verde a favor del aborto en Argentina, la ola morada contra los feminicidios en México y el himno feminista del colectivo chileno Lastesis, erigido como un símbolo global, son tres ejemplos de lucha contra la violencia estructural hacia las mujeres "que van a quedarse". "Países como Argentina nos enseñaron con su marea verde que no van a permitir que se controlen los cuerpos de las mujeres, y que la exigencia de autonomía es algo regional", dice Jiménez, ante la restricción de derechos reproductivos que continúa en países como el Salvador y Paraguay.

"Hemos visto un resurgimiento de la creatividad de la gente joven, de las mujeres, una revitalización de la protesta. Cuando ves cómo se conjuga toda esa gama de luchas es cuando sientes que puedes hacer cambios", señala. "Ya no es un sufrimiento en silencio". Aunque la impunidad y la violencia continúen atravesando el continente, "se pueden lograr cambios contra actores que parecen invencibles", concluye.

Por Clara Giménez Lorenzo

27/02/2020 - 07:00h

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Manifestación contra el desmantelamiento de Obamacare en Los Ángeles en 2017 Flickr | Molly Adams

Un 60% de los ciudadanos culpa al Gobierno como responsable por no ofrecer una sanidad gratuita o de bajo coste para aquellos que lo necesitan

Ocho millones de estadounidenses han tenido que abrir alguna campaña de crowdfunding para ellos mismos o algún miembro de su familia para poder pagar tratamientos o facturas médicas y otros 12 millones dicen haber iniciado campañas para terceras personas. Son los datos que se desprenden de la última encuesta del Centro Nacional de Investigaciones y Opinión de la Universidad de Chicago.

La encuesta, realizada en noviembre del año pasado, refleja también que uno de cada cinco estadounidenses reconoce que ellos o algún miembro de su familia han contribuido a alguna campaña de recaudación de fondos para afrontar gastos médicos.

En relación a la persona a la que va dirigido el dinero que donan, un 46% reconoce hacerlo con amigos, un 24% para familiares, un 23% decide ayudar a conocidos y un 14%, a compañeros de trabajo. Además, más de un tercio de los estadounidenses ha enviado dinero a personas que no conocía personalmente.

Preguntados por el nivel de responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos para ofrecer una sanidad gratuita o de bajo coste para aquellos que lo necesiten, tres de cada cinco cree que es gran o muy responsable por ello, seguido de los hospitales y clínicas médicas (47%), organizaciones benéficas (44%) y médicos (38%). Por el contrario, el 14% de los estadounidenses opina que la Administración tiene poca o ninguna responsabilidad. Además, cuatro de cada diez encuestados atribuyen alguna responsabilidad a los familiares y amigos.

Según un estudio publicado en febrero de 2019, anualmente alrededor de 530.000 personas se declaran insolventes por las deudas médicas. El estudio muestra que incluso la Affordable Care Act (ley de asistencia sanitaria asequible) –un hito de la Administración Obama conocido como Obamacare– que tenía como objetivo conseguir precios asequibles en materia sanitaria tampoco ha logrado reducir esas deudas.

Otros informes han contabilizado que uno de cada seis estadounidenses dice contar con una factura médica sin pagar en su historial. En 2017, esa deuda ascendió hasta los 81.000 millones de dólares, y un 47% de la misma supone cantidades superiores a 600 dólares por persona, de acuerdo con el estudio publicado por Urban Institute.

Según estos mismos estudios, tener un seguro médico de cobertura baja aparece citado como uno de los principales motivos de esas quiebras. Un problema que ni republicanos ni demócratas se ponen de acuerdo para solucionar. Además, Donald Trump siempre ha tenido entre sus planes al frente de la Administración debilitar el Obamacare facilitando que los estados puedan desvincularse de algunos requisitos de la ley y dejar de ofrecer seguros médicos más baratos, lo que podría empeorar la situación de la sanidad estadounidense. Aunque ha pospuesto su derogación para después de las elecciones de noviembre.

Y es que la cuestión de los seguros médicos también ha entrado de lleno en la campaña electoral de cara a las presidenciales. Los demócratas tienen cada uno un plan diferente para solucionar el problema: mientras que los más progresistas, Bernie Sanders y Elizabeth Warren prometen crear un sistema de salud público y universal, Joe Biden, exvicepresidente en la era Obama, y más conservador, pretende reformas parciales de la actual normativa.

Por Álvaro García Hernández

23/02/2020 - 21:09h

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Sotomayor, Messi y ciclistas colombianos, ¿a quién preguntarán por la pobreza en su país?

¿Han leído alguna entrevista al futbolista argentino Leonel Messi (1), en la que se le pregunte por la situación social de su país, donde existe un 30 % de pobreza (2), un 13 % de niñas y niños que pasan hambre y cerca de un millón de personas indigentes (3)?

¿O alguna entrevista al futbolista francés Ousmane Dembelé (4), en la que se le pida opinión sobre las protestas de los chalecos amarillos y la represión policial en Francia (5)?

No encontrarán ninguna. Pero si el deportista es cubano… la cosa cambia. El diario catalán «La Vanguardia» publicaba una entrevista al ex atleta y campeón olímpico Javier Sotomayor (6), en la que casi un tercio del texto abordaba la situación política y económica de su país. El motivo de la presencia del saltador en Barcelona -la recepción del premio «Mito del Deporte»- ni se mencionaba (7).

El periodista reconocía que, tras «una hora larga» de conversación, insistió una y otra vez con la misma pregunta: ¿cuándo Cuba se sacudirá la pobreza (8)?

La respuesta de Sotomayor -«No me diga que Cuba es pobre»- era convertida en el titular. Con un mensaje evidente: alguien que defiende -y representa- a la Revolución cubana niega lo evidente, que en Cuba exista «pobreza». Una pobreza, por supuesto, entendida desde el prisma del Primer Mundo, como sinónimo de escasez material, bajo consumo y falta de recursos. Sin embargo, el deportista apuntaba a la pobreza entendida desde el Sur, como insatisfacción de las necesidades básicas. En Cuba «no hay analfabetos, ni niños sin cobertura médica», ni «gente desnutrida», era su explicación. Incluso con bloqueo, la Isla destaca -añadía- «en deporte, ciencia y educación».

En los últimos meses, este mismo diario, «La Vanguardia», ha publicado tres entrevistas con ciclistas de Colombia, un país donde sí existe el analfabetismo (9) o la desnutrición (10) que, como avalan los informes de la UNESCO (11) y la FAO (12), son problemas ajenos a Cuba.

¿Cuándo se sacudirá Colombia la muerte por hambre, cada año, de casi 300 niños y niñas (13)? ¿Y del asesinato de más de 250 líderes sociales (14)? En las entrevistas a los ciclistas colombianos Nairo Quintana (15), Einer Rubio (16) y Juan Diego (17) habrían sido preguntas estridentes e inoportunas. Tanto como preguntar a la leyenda del atletismo Javier Sotomayor por la supuesta «pobreza» en Cuba.

 20/02/2020

Fuentes: Cubainformación

 

Notas:

(1) https://www.lavanguardia.com/deportes/fc-barcelona/20191009/47879250657/entrevista-integra-leo-messi-rac1-jordi-baste-roger-saperas-barca-video-seo-ext.html

(2) https://elpais.com/elpais/2019/10/23/planeta_futuro/1571832217_800023.html

(3) https://www.lavaca.org/notas/pobreza-y-hambre-la-crisis-adelante-de-los-datos/

(4) https://www.lavanguardia.com/deportes/fc-barcelona/20191124/471832392408/ousmane-dembele-barca-borussia-dotmund.html

(5) https://www.publico.es/internacional/paris-camelia-manifestante-espanola-simboliza-represion-chalecos-amarillos.html

(6) https://www.lavanguardia.com/deportes/otros-deportes/20200202/473222009184/javier-sotomayor-salto-de-altura-2-45-m-atletismo.html

(7) http://cubasi.cu/cubasi-noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/104037-javier-sotomayor-recibe-premio-mito-del-deporte-en-espana

(8) https://www.periodicocubano.com/javier-sotomayor-afirma-que-cuba-no-es-pobre/

(9) https://www.elcampesino.co/aprender-a-leer-y-escribir-la-ilusion-de-mas-de-dos-millones-de-colombianos/

(10) https://caracol.com.co/radio/2019/10/16/nacional/1571254544_814084.html

(11) https://es.unesco.org/news/america-latina-y-caribe-solo-cuba-alcanzo-objetivos-globales-educacion-todos-periodo-2000-2015

(12) http://www.fao.org/3/a-i4030s.pdf

(13) https://www.eltiempo.com/salud/muertes-por-desnutricion-infantil-en-colombia-en-el-2019-441120

(14) https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/cifra-de-lideres-sociales-asesinados-en-el-2019-447954

(15) https://www.lavanguardia.com/deportes/20190131/46134282116/nairo-quintana-en-colombia-el-ciclismo-corre-por-las-venas-de-la-gente.html

(16) https://www.lavanguardia.com/deportes/20191219/472360423055/einer-rubio-me-sorprendio-llegar-al-movistar-team.html

(17) https://www.lavanguardia.com/deportes/20191219/472360555120/juan-diego-alba-feliz-de-ser-el-nuevo-escarabajo-del-movistar-team.html

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Los supermercados se abastecen de productos importados y cobran en dólares o su equivalente.

Dolarización informal para sectores altos y ayuda social para el resto de la población 

La transformación económica ha creado una estabilización de una franja social alta con viejos y nuevos integrantes, anaqueles llenos, y una desigualdad que la revolución había reducido.

El regreso de Juan Guaidó encendió titulares que pronto se apagaron. Su llegada no trajo anuncios sino promesas de próximas acciones sin fecha ni formato, las movilizaciones que debían darse no tuvieron lugar, y se regresó a un estado similar de cosas en la superficie del conflicto político.

La crisis de la oposición para movilizar a su base social tiene varios elementos, como la falta de credibilidad de los dirigentes, hojas de ruta casi idénticas sin resultados, y un hastío por las lógicas del conflicto. Ya no se cree, y se hace lo que les permite el nuevo escenario a los estratos acomodados: vivir las burbujas de vida y consumo en dólares que se han multiplicado en Caracas.

Se trata de una situación que se expandió y consolidó en el 2019 con un punto de quiebre en el apagón del mes de marzo, cuando emergieron los dólares ante la falta de medios de pago electrónicos y de bolívares en efectivo debido a la escasez de circulante. Los comerciantes comenzaron a cobrar y dar vuelto en dólares de forma abierta e informalmente autorizada.

El fenómeno se multiplicó desde una tienda de repuestos de motos en un barrio popular del oeste hasta en un centro comercial del este acomodado caraqueño. Precios marcados en dólares o al cambio en bolívares para ese día.

Las diferencias se edificaron alrededor de la tenencia de la moneda extranjera. La sociedad se compuso en tres sectores que, como tipos ideales, pueden sintetizarse en: quienes viven y piensan en dólares con cuentas generalmente en el extranjero, quienes trabajan para las franjas dolarizadas o reciben, por ejemplo, remesas, y quienes quedaron por fuera. Estos últimos son la mayoría.

Un sector de la base social opositora, históricamente de clases medias y altas, encontró su nuevo espacio de vida con nuevas comodidades: métodos de pago, como Zelle, entre cuentas en Estados Unidos para no tener que manejar efectivo en dólares, bodegones con productos importados como Nutella, Pringles y Kit Kat, nuevas tiendas de marcas de ropa extranjera.


Es la capital descrita por corresponsales extranjeros, el festejo del retorno al capitalismo promocionado por el portal Bloomberg o narrado con expectativa crítica -hablar de demasiada estabilidad sería darle crédito al gobierno- por el diario The New York Times.

Se trata del sector que protagonizó las convocatorias de la oposición en años anteriores. La combinación de burbujas dolarizadas junto con la crisis prolongada de resultados de la estrategia golpista generó una inmovilidad. Ni siquiera la fotografía con Donald Trump influyó una voluntad de protesta en quienes ven cómo, de a poco, regresa un antiguo orden de cosas donde tienen privilegios exclusivos sin sentirse amenazados.

Nicolás Maduro se refirió al fenómeno comúnmente llamado dolarización como una “autorregulación de una economía de resistencia” que, en los hechos, fue acompañada por medidas para favorecerla. ¿Por táctica? ¿Por estrategia? ¿Por necesidad? Existen diferentes valoraciones al respecto en el cuadro de un país sometido a un bloqueo económico y financiero.

La realidad es otra para la mayoría de la población que no se dolarizó o, en el caso de las zonas de frontera, no adoptó la moneda del país vecino. Es donde se encuentra el núcleo central del chavismo, estimado en alrededor de un 25 por cienbo, que se explica por factores como la identidad, la lealtad, la organización, el análisis, la no renuncia, y la naturaleza del antichavismo y su amenaza.

La cotidianeidad por esas calles es un enfrentarse a diario para conseguir transporte público, dinero en efectivo, los productos menos golpeados por la inflación. La política social del gobierno tiene su epicentro ahí, con alimentos subsidiados vía Comités Locales de Abastecimiento y Producción, bonos sectoriales, la política de viviendas o el beneficio general de la casi gratuidad de precios del agua, la luz, la electricidad y la gasolina.

Esa metamorfosis económica ha creado una estabilización de una franja social alta con viejos y nuevos integrantes, anaqueles llenos, una desigualdad que la revolución había reducido, en un país atravesado por desencantos políticos extendidos y trincheras de pasiones políticas.

La oposición, en ese contexto, atraviesa además una crisis de sus estructuras partidarias y una división entre dos bloques: aquel que se mantiene alineado a la estrategia norteamericana, con Guaidó como figura, y el que se alejó de esa apuesta.

Ese segundo sector ha crecido en volumen de actores políticos. Se opone al bloqueo económico y dialoga con el gobierno en el marco de las elecciones legislativas que tendrán lugar este año. De allí deberá nacer un nuevo Consejo Nacional Electoral y la convocatoria a la contienda.

Esa elección, aún sin fecha, será el nuevo parteaguas político. El chavismo apuesta a ampliar la cantidad de factores que participen y ganar la mayoría: es la única fuerza que cuenta con una organización partidaria nacional, con presencia en los sectores populares a través de diferentes formas de organización y cuenta con la posición de fuerza que le da ser gobierno.

Estados Unidos ya ha dicho que no reconocerá esas elecciones. Eso, en términos del conflicto venezolano, significará, seguramente, un intento de operación violenta encubierta para buscar el derrocamiento o cambiar el curso de las tendencias y la correlación. Ante eso el gobierno desplegó este sábado el ejercicio militar llamado Escudo Bolivariano 2020.

Mientras esas tramas subterráneas se mueven, el país se reordena entre burbujas blindadas en dólares y batallas de cada día en bolívares.  

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Los activistas climáticos deben evitar "la enfermedad de Davos"  Jem Bendell

Cuando el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF) anunció el tema para Davos 2020, explicó que: “La gente se está rebelando contra las ‘élites’ económicas porque creen que les han traicionado…

Por si no te diste cuenta, el profesor Klaus Schwab no recibió bien la noticia. No estaba celebrando el levantamiento de la gente pidiendo un sistema económico diferente frente a las crisis climática y ecológica causadas por la sociedad industrial consumista. En su lugar, estaba alertando a los delegados de Davos de la amenaza al sistema que sustenta sus privilegios. Es importante entender esto, ya que enmarca cualquier respuesta potencial que el WEF y sus delegados puedan dar a los activistas climáticos que participan en la cumbre este año. Puede parecer razonable comprometer a las elites mundiales en la búsqueda de un cambio rápido, pero después de que yo mismo lo he estado intentado durante años, las pruebas que apoyan esta estrategia son escasas. Explicaré por qué, antes de abordar lo que los activistas podrían plantearse en su lugar.

Recuerdo cuando en 2013 el profesor Schwab me recibió en Davos como uno de los “jóvenes líderes mundiales”, diciéndonos que no había nada malo en ser elite. Recuerdo que pensé que depende de cuánta explotación, injusticia y degradación medioambiental nos mantiene en ese lujo y si tenemos la clase de influencia equivocada en el mundo. ¿Por qué alertaría a las elites de la reacción negativa actual? Es en parte una invitación a que intenten abordar los problemas mundiales con más intensidad. A medida que la ciencia y los efectos del cambio climático empeoran cada mes, el profesor Schwab dijo “...nuestros intentos de mantener el calentamiento global a 1,5º C se están quedando peligrosamente cortos”. Dibujó un escenario preocupante como contexto para lanzar un nuevo “Manifiesto de Davos” sobre el papel de las empresas en la sociedad. Échale un vistazo al texto y el manifiesto parece positivo al invitar a los ejecutivos de las empresas a centrarse más en los problemas globales como el cambio climático que en la maximización de beneficios. Sin embargo una lectura más profunda revela que el Foro y su estrategia hacia el desastre climático mundial no es inefectivo ni, lo que es peor, realmente antitransformador porque distrae de lo que se necesita realmente.

En el Manifiesto de Davos no se declara nada sobre cambiar el sistema que nos está llevando a una pesadilla ecológica. No hay nada en el Manifiesto sobre que las empresas no socaven la democracia o el papel del Estado para hacer las intervenciones necesarias en los mercados, para promover la justicia social, mientras reducen la desigualdad y la destrucción medioambiental. Por ello, el Manifiesto de Davos ignora la causa de los problemas a los que supuestamente está respondiendo. La sección final del manifiesto llama a que las corporaciones globales se impliquen de manera más positiva en los asuntos globales. Pero demuestra cómo sus autores no tuvieron en cuenta que creer en la representación política significa que hay un problema con que las empresas globales ejerzan más influencia global.

¿Puede cambiar algo si las elites se dan cuenta de que hace falta cambiar el sistema económico? Algunos lo pueden esperar. Podrían apuntar a cómo Davos está dando la bienvenida este año a algunos representantes de los movimientos de protesta. Los activistas primerizos pueden, por un momento, verse seducidos por la idea de que pueden salvar a la humanidad usando las palabras correctas a la hora del canapé. Sin embargo la WEF siempre ha dado la bienvenida a activistas y contrarios para ayudar a legitimar sus paneles sobre asuntos globales. Esos mismos paneles ofrecen a los jefes corporativos y a los economistas neoliberales otra plataforma más para hacer girar sus limitadas narrativas sobre cualquiera que sea la preocupación pública que acapare las noticias ese año.

Los activistas necesitan aprender de lo que no ha funcionado. Podrían hablar con activistas que durante décadas han intentado que las elites se comprometan. Cuándo fui esa vez a Davos el secretario general de Amnistía, Kumi Naidoo, me dijo que los activistas necesitan entender que el acceso no implica influencia. Los activistas también podrían mirar a los precedentes de si aquellos en el poder normalmente cambian o no cambian los sistemas que sustentan sus privilegios. En particular, los activistas climáticos necesitan aprender sobre economía y poder con la rapidez suficiente para encontrar caminos para el cambio que tienen más trayectoria que pedir a los jefes de grandes organizaciones que cambien lo que no tienen poder para cambiar. No tenemos tiempo para que los activistas climáticos cojan la “enfermedad de Davos” y piensen que pueden cambiar el mundo pidiéndoselo a las élites actuales.

Una vez dentro de los pasillos del poder, los activistas pueden escuchar lo que yo escuché a menudo en los eventos de Davos. “Oh, a los críticos les gusta quejarse, pero no tienen soluciones que ofrecer”. Esa es una mentira conveniente, mientras los delegados intentan asegurarse los unos a los otros que son personas decentes y capaces, a medida que el mundo en el que tuvieron éxito comienza a desmoronarse a su alrededor. Había muchas más soluciones políticas para los problemas mundiales de pobreza, desigualdad y conservación cuanto teníamos un clima estable. Mira cualquier manifiesto del Partido Verde de finales de los 80 y con esas políticas quizá no hubiésemos llegado ahora a esta crisis. En su lugar, organizaciones como el WEF y sus miembros apostaron por un Estado menos influyente, extendiendo los mercados y facilitando el capitalismo financiero global, con el mantra de que el crecimiento económico nos salvaría de todos los problemas. Recuerdo un evento de Davos en el que se nos dieron unas pequeñas tarjetas que nos preguntaban que reflexionásemos seriamente sobre una cosa que podríamos hacer “para contribuir al crecimiento económico”. Ahora que ha pasado el tiempo me puedo reír de esto, pero en ese momento la tarjeta me apuñaló el alma.

¿Cuáles son las soluciones ahora, a medida que el clima cambiante amenaza con desestabilizar nuestras sociedades? Es claramente más difícil después de décadas perdidas con la ideología neoliberal. Todavía necesitamos una transformación económica, pero no para detener el desastre, simplemente para ayudar a reducir los daños y comprar algo de tiempo extra para la humanidad. Expliqué en un blog de Extinction Rebellion (XR) algunas de las ideas sobre políticas para esa transformación. La clase de cambios para conseguir rápidamente unas emisiones de carbono cero son tan drásticos que tienen que venir acompañados de fuertes políticas de redistribución de riqueza si no queremos que deriven en revueltas generalizadas.

Sin embargo también necesitamos admitir que la amenaza de perturbaciones a las que ahora se enfrenta la humanidad no tiene precedentes. Se necesita un paradigma de debate político completamente nuevo, al que llamo Adaptación Profunda. ¿Podrían las elites en el poder unirse a ese proceso sin traer sus ideologías obsoletas de crecimiento, progreso, emprendimiento heroico y supremacía tecnológica? Después de haber debatido con ellos en cumbres durante las décadas pasadas lo dudo seriamente. Como escribí a los ejecutivos que expresaban su apoyo a XR, les dije que el mejor manifiesto de los lideres económicos debería comenzar con “hemos fracasado, estamos equivocados”.

Así que ¿por qué molestarse en hablar sobre Davos?

Creo que los debates en Davos ofrecen una prueba de fuego para ver qué harán las elites en el poder cuando despierten a la escala del desastre al que se enfrenta la humanidad. Los resultados iniciales sugieren que seguirán reinventando los mismos mensajes autoapaciguadores sobre cómo usar su poder con más empatía. Quizá mientras construyen un bunker en secreto, con la vana esperanza de que sus guardas de seguridad acudirán a trabajar si la sociedad comienza a desmoronarse.

Cualesquiera que sean las iniciativas verdes del WEF, nuestro creciente caos climático prueba que el modelo corporativo de dirigir el mundo ha fracasado. El único manifiesto que necesitamos de Davos es sacar el dinero de sus miembros de la política y de los medios y dejar que la gente ordinaria decida cómo responder a la crisis global que han presidido las elites actuales.

Si algún activista está leyendo esto ahora desde Davos le recomiendo que olvide cualquier esperanza de ver alguna medida significativa de los delegados actuando como una “clase” de personas que trabajan juntos para responder a tus preocupaciones. No sucumbas a esa “enfermedad de Davos”. En su lugar, busca desobedientes potenciales que podrían ayudarte a hacer lo que ya has decidido que es importante. Así que dirígete directamente a los billonarios y pídeles una donación totalmente desinteresada para tu activismo de base. Si ellos piden influenciar de alguna manera lo que estás haciendo, diles que vayan a masajear su ego con otros. Luego, después de eso, encuentra algún líder de alguna organización benéfica importante, de un sindicato o un líder espiritual que aparezca en Davos y debate sobre los pasos a seguir para una huelga general global que demande que todas las empresas coloquen la mitigación y la adaptación climática antes que el crecimiento de sus negocios y de la maximización de beneficios.

jembendell.com

Traducido por Eva Calleja

Publicado enMedio Ambiente
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