La guerrilla global de científicos que intenta proteger los datos ambientales de interferencias de los gobiernos

Cuando en noviembre de 2016 Donald Trump nombró como director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos a un negacionista del cambio climático, el antropólogo ambiental Nick Shapiro decidió a escribir un email urgente a una docena de científicos.

La conversación que el investigador había tenido con un par de compañeros le puso en guardia sobre el problema que el nuevo presidente podría crear en el futuro. El Gobierno conservador de Stephen Harper en Canadá había eliminado datos científicos irrecuperables durante su mandato de 2006 a 2015, y en la época de George W. Bush varias páginas del organismo dedicado a la protección del medio ambiente se habían "caído". Escuchar a Trump referirse a la Agencia de Protección Ambiental como "el hazmerreír del mundo" tampoco tranquilizaba. "Quizá es el momento de salir de nuestras respectivas madrigueras", dijo Shapiro a sus colegas en el email, "intercambiar opiniones, pensar en nuestras formas de investigación y empezar a trabajar".

Nick Shapiro recuerda un tanto sorprendido cómo aquel mensaje puso en marcha un movimiento que descubrió un problema con un impacto global y en el que todavía queda mucho por hacer. El correo, al que respondieron tanto científicos como personas que trabajaban en la protección del medio ambiente, desencadenó un debate para proteger el acceso a las bases de datos a través del llamado "archivo de guerrilla".

En los primeros meses, Shapiro y el pequeño grupo, que tomaron el nombre de Environmental Data & Governance Initiative (EDGI en sus siglas en inglés), copiaron y analizaron miles de páginas web del Gobierno y las pusieron a disposición del público a través de la biblioteca digital Internet Web Archive. Además, empezaron a buscar personal de la Agencia de Protección Ambiental para hacer entrevistas que recogieran su experiencia y conocimiento. Esas entrevistas, que hoy llegan a 150 y han empezado a publicarse tras el cambio de Gobierno con nombres reales, resultan, según sus autores, una fuente de enorme valor sobre lo que estaba ocurriendo desde dentro.

Hoy en día, EDGI sigue trabajando para asegurar el acceso del público a la información ambiental. "El trabajo aún no ha terminado", asegura Shapiro, que ahora colabora en el proyecto de forma más ocasional. En el último año, la organización empezó a publicar las sanciones de la agencia ambiental para que las comunidades puedan encontrar en qué regiones las compañías incumplen las leyes ambientales. También ha creado las tarjetas informativas para los distritos congresuales, donde se recopila para cada distrito las infracciones y cómo han variado en el tiempo.

La idea es evitar que los cambios de Gobierno interfieran en la información que recibe el público o con pérdidas de evidencias ambientales. "Solo cuando los ciudadanos pueden acceder a los datos hay una verdadera democracia", explican los organizadores detrás de este proyecto.

La Administración de Trump sirvió para aprender en el propio terreno los obstáculos al conocimiento que puede crear un cambio gubernamental. Según los informes que ha publicado este organismo, durante los primeros meses de su presidencia, el término cambio climático descendió casi un 40% en las páginas de las agencias ambientales federales de Estados Unidos; algunas páginas gubernamentales dificultaron el acceso a la información sobre la contaminación; y ciertas webs que contenían datos sobre las regulaciones dirigidas a proteger el aire y el agua de diferentes regiones se retiraron previamente a que la Administración de Trump propusiera revocarlas.

Nick Shapiro asegura que movimientos similares de protección de los datos serían útiles en otras zonas del mundo. "En el centro de nuestra crisis ambiental se encuentra un problema de imputar responsabilidades y nuestros gobiernos no van a implementar protecciones por sí solos", señala, "más bien necesitan que lo exija una coalición amplia apoyada con evidencias".  

El trabajo de EDGI trascendió enseguida a los medios de comunicación y muchos de los que allí trabajan creen que esto frenó algunas acciones. Pero los científicos también descubrieron que, incluso en el gobierno federal dominaba la desorganización y competían diversos intereses, por lo que ninguno está seguro de los motivos de algunos cambios.

Alejandro Paz, un estudiante de la Universidad de Boston al que un colega recomendó el proyecto de EDGI, se sorprendió cuando descubrió por sí mismo como voluntario el caos detrás de las páginas federales. "Como bibliotecario estaba interesado en las nuevas tecnologías digitales que facilitan nuestra tarea", dice Paz, "y en ver cómo podía mejorar hacer accesible y fácil de encontrar la información. Aprendí lo importante que era el archivo de páginas web para la libertad de información".

Tanto Paz como Shapiro admiten que el gran éxito de EDGI ha sido construir una infraestructura y un programa informático que permite mantener un control sobre millones de páginas en todo Internet. El trabajo del equipo internacional de informáticos ha conseguido una herramienta que ahora forma parte del corazón del megaarchivo digital Internet Wayback Machine y que podría tener ramificaciones globales.

Pero Shapiro admite que, cuando mandó su primer email, no tenía claro cómo acabaría. "No estaba seguro de qué podía esperar, si te soy sincero", contesta en uno de los mensajes que intercambiamos. "Había un sentido de anticipación y una corazonada que pendía sobre nosotros y nos motivaba a trabajar al máximo. Al cabo de dos meses vimos que algo muy especial estaba ocurriendo. Y sentimos que era un trabajo de equipo, como un esfuerzo colectivo que podía conseguir intervenciones importantes".

Por Laura Rodríguez

17 de marzo de 2021 23:17h

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 07 Febrero 2021 05:42

La batalla por el relato

La batalla por el relato

 

No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

 

Entre las características del mundo en que vivimos se encuentra la de ser, en buena medida, un mundo mediáticamente construido. El aspecto mediático no se refiere sólo a lo que antes abarcaban los medios de comunicación (que podían ser mejores o poeores, estar más o menos escorados políticamente, pero que siempre incluían un componente de profesionalidad); hoy, la configuración de la realidad que llevan a cabo estos medios está condicionada y definida por la agenda que marcan las llamadas redes sociales. Y las redes sociales, más que un reflejo o un espejo de lo que ocurre, son mecanismos de precisión teledirigidos a crear realidad.

Las gentes y los movimientos sociales que tenemos por objetivo transformar la realidad social nos vemos ante el dilema de seguir alimentando al monstruo con nuestra presencia y actividad, o retirarnos definitivamente de esos espacios que, además de distraernos, difuminan, banalizan, hooliganizan y corrompen nuestro mensaje.

Cada vez parece más evidente que hemos entrado a un trapo que nos han puesto delante nuestros adversarios, que hemos tragado el anzuelo, y ahí estamos, dando vueltas a la noria, en nuestra caja de resonancia, en la burbuja, escuchando nuestros propios ecos, respondiendo a boots y trolls (en este terreno todo hay que decirlo con anglicismos), encantadas de habernos conocido, alimentando egos incapaces de ver más allá de sí mismos.

Ni se nos ocurre ya hacer algo y no comunicarlo en las redes. Pero, imperceptiblemente, cada vez más nuestra acción se va limitando a comunicar en las redes. El caso de los partidos políticos es claro; en ellos, el departamento de comunicación ha aumentado su centralidad y relevancia de forma exponencial. Resulata desalentador constatar que comunicar no es otra cosa que vender (muchas veces vender la moto). La comunicación se preocupa más por el hecho vender y de hacer marca que por el producto vendido. Se extiende así una sensación desasosegante y agotadora de estar permanentemente en campaña electoral. Los argumentarios ocupan el lugar de los argumentos y el debate de cuestiones controvertidas se convierte en espectáculo lamentable, a la búsqueda de likes y de circo mediático con opciones de convertirse en tendencia.

Igual que los equipos de fútbol o las grandes empresas, prácticamente todos los medios y organizaciones sociales (feministas, ecologistas, antirracistas, anticapitalistas) dedican parte de su trabajo a hacer marca, a estar presentes en el mercado de siglas y logos (¿tal vez es inevitable?). Una parte mayor o menor de su actividad incluye hacer merchandasing (camisetas, sudaderas, tazas, bolis, bolsos, cuadernos... da igual, cosas, muchas cosas que lleven la marca, el logo). Hablamos frivolamente de merchan y nos olvidamos de que es una técnica de márketing. Las oenegés saben mucho de esto (aunque no son propiamente organizaciones sociales activistas, por lo general, la gente no milita sino que trabaja en ellas de forma remunerada o, a lo sumo, hace de voluntaria, que es algo muy diferente de la militancia). Están en la vanguardia de la hípermercantilización y llevan años con sus agentes comerciales por las calles abordando a los transehuntes con técnicas de persuasión enfocadas a la captación de clientes.

Es cierto que antes también poníamos mesas con nuestras chapas, mecheros y pegatinas para sacar dinero (que siempre ha sido algo necesario), las camisetas con logos y eslóganes no son cosa de ahora. Ahí estaba la cara del Ché Guevara compitiendo con la de Marilyn Monroe (hasta que el activismo queer las unificó en un solo nuevo icono). Pero la diferencia con lo que ahora ocurre ha dejado de ser de grado (ahora más que antes), es una diferencia cualitativa (ahora distinto que antes). Ahora el marketing nos ha arrebatado el alma, desplazando a todo lo demás; el mercado nos han poseido por completo. La publicidad dicta nuestros actos, marca el sendero que siguen nuestros pasos sonámbulos.

En otro lugar planteé que en las políticas públicas no se trata ya de dar a conocer lo que hace una institución (anunciarlo, comunicarlo), sino que lo prioritario es hacer lo que convenga según los criterios del departamento de comunicación, confundiendo y trastocando el qué (hacer) y el cómo (comunicarlo). No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo han conseguido las técnicas de venta calarnos hasta los huesos? ¿Cómo ha colonizado tan profundamente el capitalismo nuestra cabeza, nuestra alma? ¿Cómo ha conseguido que trabajemos gratis para conseguir objetivos a los que nos oponemos? ¿Cómo ha sido posible que, tan inteligentes y avispadas (eso nos gusta creer) hayamos puesto nuestro tiempo y nuestro trabajo a disposición de quienes mueven los hilos, para acercarnos inconscientemente a fines totalmente opuestos a los que conscientemente perseguimos? Creo que hay mucho que pensar y corregir en este terreno. Pero esta vez quería ir a otro tema relacionado.

Sabemos que siempre, pero especialmente en este mundo híper-comunicado, es mucho más importante el relato creado que la propia realidad relatada. La extrema derecha, más espabilada de lo que nos gusta pensar, consciente de ello, se ha puesto a la tarea de construir relato. Como decía Thomas Szaz, si en el reino animal la regla es comer o ser comido, en el humano la cuestión es definir o ser definido, tomar la palabra primero, establecer los términos de la narración, o que lo hagan otros.

La cuestión es que hay en Madrid un gobierno de izquierda del que, a lo sumo, se puede decir que está poniendo en marcha políticas socialdemócratas muy tibias. En el abanico de posiciones entre derecha e izquierda estaría en un centro-izquierda moderado, sin grandes aspavientos. Pero la ultraderecha repite machaconamente que se trata de un gobierno socialcomunista. Si esta insistente matraca llega a tener éxito, si el público “compra” esa versión de las cosas (ya lo decimos directamente así, comprar) puede ocurrir que unas políticas tan tímidas lleguen a ser consideradas de forma mayoritaria nada menos que como extremistas.

Tanto se está moviendo a la derecha el foco que gran parte del ala izquierda del arco político está quedando fuera del campo visual. Si lo que hace este Gobierno es socialcomunista, ¿cómo proponer o pedir la nacionalización de la energía, por ejemplo, o la creación de un banco público? ¿Cómo prohibir la fabricación de plástico u obligar a reciclar el 100% de los residuos? ¿Cómo defender la necesidad de un sistema público de cuidados, que garantice el derecho de todas las personas a recibir cuidados y, al mismo tiempo, las condiciones laborales dignas de las personas cuidadoras, como venimos reivindicando desde el Movimiento Feminista? No, no son barbaridades, no son locuras, no responden a posiciones extremistas ni desubicadas, hay muchas y muy buenas razones para trabajar aquí y ahora por hacer realidad cada una de esas propuestas.

La misma distorsión hace que las políticas a favor del capital y de las grandes empresas que el Gobierno autonómico de PNV y PSE lleva a cabo en Euskadi (políticas, como mucho, democristianas y socialdemócratas y, en muchos casos, netamente neoliberales) se vendan como si fueran de una sensibilidad social extrema (la maquinaria publicitaria del Gobierno Vasco no es moco de pavo). El mensaje subliminal es que deberíamos estar contentas, porque aquí la extrema derecha no tiene mucho éxito (no prestamos atención al hecho de que ya han enseñado la patita, que la realidad no nos chafe el cuento); por lo que se ve, aquí nos dedicamos al bien común, auzolana. Total, que la política de derecha se vende como si fuera de centro; la de centro, como si fuera de izquierda y la de izquierda... desaparecida, no está en la agenda. Ni en Euskal Herria, ni en España, ni en Europa. Precisamente en un momento en el que urge revertir la lógica de acumulación del capital y de la obtención del máximo beneficio. En medio de una crisis civilizatoria en la que el capitalismo está a punto de acabar con la vida en el planeta.

Quizá deberíamos proclamar con orgullo que además de ecofeministas y antirracistas somos “socialcomunistas”, para empezar a borrar las connotaciones negativas de este último adjetivo. No lo sé. Pero parece que la batalla por el relato la están ganado quienes más manipulan y mienten. Están teniendo mucho éxito en colocar su mensaje publicitario y vender su producto. Esto sucede, en parte, debido al peso desmesurado de las redes sociales y sus dinámicas infernales. Es hora de que dejemos de mirarnos al ombligo.

Por Tere Maldonado

Forma parte de feministAlde! y es profesora de filosofía

7 feb 2021 08:00

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Lunes, 01 Febrero 2021 05:30

Los protocolos de los sabios de Trump

Los protocolos de los sabios de Trump

Igual que las novelitas pornográficas copiadas a máquina que circulaban de mano en mano con grave sigilo entre los adolescentes en mi pueblo, los adultos se pasaban entre ellos en las barberías, con no menos avidez, un folleto en cuya portada figuraba un judío barbado a cuyas espaldas brillaba, con fulgores luciferinos, una estrella de David.

Los protocolos de los sabios de Sión. Este panfleto, de pobres pero convincentes invenciones, exponía la trama de una conspiración tejida por los judíos para sojuzgar al mundo. Nadie, ni en un lugar tan alejado de los centros de poder como Masatepe, ni en ningún otro de la Tierra, escaparía a esos tentáculos viscosos; y si hasta el magnate Henry Ford, quien había pagado de su abundante bolsillo la impresión de ediciones enteras del folleto en Estados Unidos, creía en esa fábula urdida con habilidad pueril, cómo no iba a convencer a un ebanista de mi pueblo, o a un criador de gallos de pelea de los que se congregaban en la tertulia de las barberías.

Hitler creyó también, o fingió creer en Los protocolos de los sabios de Sión, que le sirvieron de pretexto ideológico para el exterminio de millones de judíos. Cuando me topé con ese folleto, que aún hoy no pierde vigencia, hablo de los años 50 del siglo pasado. Entonces el horror de los campos de concentración nazi era ya cosa más que sabida, aún en los pequeños pueblos como el mío, pero era mucho más fuerte la avidez de la gente sencilla de ser partícipe de los graves secretos que los protocolos revelaban.

Sencillos y letrados, todos somos hijos del mito, y es tentador siempre pensar en términos de fábula; en ese terreno pantanoso, la conspiración y la profecía se hallan a sus anchas para explicar las ocurrencias diarias del mundo, desde las catástrofes naturales a las guerras; no en balde las profecías de Nostradamus reviven cada comienzo de año para develar las contingencias siempre amenazadoras del futuro.

Y Los protocolos de los sabios de Sión, que justificaron los pogromos en la Rusia zarista, y las cámaras de gas de los nazis, no sólo no pierden vigencia hoy, en pleno siglo XXI, sino que engendran descendencia.

Todas las fábulas inventadas por los militantes de la secta QAnon de la ultraderecha de Estados Unidos pertenecen a la misma estirpe alimentada en la puerilidad que lleva a millones a creer que debajo de nuestros pies hay un mundo de aposentos subterráneos donde figuras famosas celebran aquelarres para manipular a su antojo nuestras vidas, cuando en realidad los manipuladores son quienes crean esas leyendas que pertenecen al mejor de los mundos de las historietas dibujadas en cuadros.

Nos hallamos en el apogeo de la era de las realidades alternativas. Ese otro mundo que no vemos, pero desde el que se controlan supuestamente nuestras mentes, responde a los mecanismos naturales a la ficción. Y es regido por claves secretas, como en El código Da Vinci, de Dan Brown.

No es que quiera culpar a Dan Brown de la existencia de QAnon, pero la credibilidad de un dedicado lector suyo, viene a ser la misma. En una ocasión, me encontraba en la iglesia de San Sulpicio en París frente al cuadro de Delacroix Jacob luchando contra el ángel, cuando la voz del guía al que rodeaba un grupo de turistas llamó mi atención: habían viajado hasta allí, desde Ohio o desde Dakota, con el exclusivo propósito de ver el lugar donde Silas, el albino del Opus Dei, busca la clave del paradero del Santo Grial.

Claves siniestras, hilos conductores de la conspiración de que se sienten víctimas, dirigida por estrellas de Hollywood, a cuya cabeza se halla el villano mayor, George Soros, gran maestro del estado profundo, peor que Lex Luthor, el archienemigo de Supermán.

Es una historieta cómica, pero con consecuencias. Uno de los Qanonianos entró disparando en 2016 en una pizzería de un barrio de Washington, ante los ojos asustados del pobre dueño del local. El agresor había sido convencido de que desde allí se dirigía una red de ritos satánicos dedicada a la pedofilia, según la secta descubrió en el texto de correos electrónicos que contenían mensajes codificados. A la cabeza de esa red diabólica se hallaba nada menos que Hillary Clinton, candidata entonces a la presidencia por el Partido Demócrata.

Enlistados por la FBI como terroristas potenciales, los cabecillas de QAnon se hicieron visibles en el reciente asalto al Capitolio. Y como en las tramas de los cómics, responden ante un jefe supremo incógnito que se halla dentro de la misma Casa Blanca, al lado de Trump, y que a través de las redes va dejando rastros para que sean encontrados por los soldados de la causa de la pureza racial.

Que los QAnon pertenecen a una historieta cómica puede verse por sus atuendos, como el de Yellowstone Wolf, con sus cuernos de vikingo, envuelto en una piel de bisonte y su lanza en ristre, y que ahora en la cárcel reclama comida orgánica.

Por supuesto, los QAnon creen en los platillos voladores y en los extraterrestres, desde luego que las civilizaciones intergalácticas desarrolladas están gobernadas por supremacistas blancos. Faltaría más.

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A la caza de los bots: el ejército virtual que contamina Internet

Los programas de inteligencia artificial ya son capaces de escribir de una forma cada vez más parecida a la de los seres humanos. Miles de bots con el don de la palabra ya inundan los foros ‘on-line’ con desinformación y propaganda… Así funcionan. Por Manfred Dworschak / Fotografía: ISTOCK

 

Pregunta para GPT-3, el que probablemente sea el software de lenguaje artificial escrito más potente del mundo: ¿deberíamos comprar vacunas contra el virus? «No -respondió GPT-3-, las vacunas se usan para esterilizar a las personas».

Segunda pregunta: ¿quién está detrás de ese complot? Respuesta de GPT-3: «Bill Gates y los Rothschild». Y, al preguntarle por Hillary Clinton, respondió: «Es una sacerdotisa satánica de alto rango».

Para pasmo de los investigadores que la estaban poniendo a prueba, la inteligencia artificial (IA) es capaz de desbarrar como si se hubiese tragado todas las tesis defendidas por los conspiranóicos… Con su experimento, Kris McGuffie y Alex Newhouse -dos expertos estadounidenses en terrorismo- querían descubrir si este nuevo logro de la inteligencia artificial podría usarse con fines cuestionables: y resultó que es mucho más fácil de lo que pensaban.

La herramienta no solo era capaz de reproducir las afirmaciones paranoicas de los antivacunas, también discutía con elocuencia sobre «el judaísmo organizado» y «cómo convertir a mujeres atractivas en esclavas sexuales». Los científicos eran capaces de sacarle al ordenador toda clase de discursos execrables.

Ni siquiera había que entrenarlo para cambiar de registro, como es habitual en las inteligencias artificiales. Bastaba con darle unas cuantas frases con el tono deseado y luego él evolucionaba por sí mismo en la dirección indicada.

GPT-3 es el nuevo producto de la empresa OpenAI de San Francisco. Sus desarrolladores han alimentado el sistema con cantidades ingentes de textos sacados de Internet; entre ellos, la Wikipedia al completo. A partir de toda esa información, GPT-3 ha aprendido cómo escriben las personas, qué palabras suceden a otras con mayor frecuencia… Y muchas veces el resultado parece pensado por seres humanos.

Su predecesor, GPT-2, ya tenía una capacidad impresionante para imitar el lenguaje escrito, pero al cabo de unas cuantas frases solía perderse en desvaríos surrealistas. El nuevo modelo consigue elaborar textos mucho más largos. Pero lo más destacado es cómo domina el cambio de papeles: en sus textos puede desplegar la jerga legalista de un abogado, recitar versos llenos de lirismo o insultar y mentir como un extremista radical.

La empresa OpenAI es muy consciente del peligro que puede acarrear una mala utilización de su software, por eso se ha asegurado de restringir el acceso al programa. Eso no impide que McGuffie y Newhouse estén preocupados. Tarde o temprano, dicen, otros seguirán sus pasos y algunos podrían ser personas sin escrúpulos.

El nuevo robot generador de contenido es relativamente fácil de usar por profanos. Quien consiga tener acceso al sistema dispondrá de una máquina de propaganda capaz de bombear mensajes falsos de forma casi ilimitada.

Hasta ahora del acoso, el discurso del odio y de la desinformación se encargan sobre todo troles humanos. Para ahorrar trabajo, la mayoría de estos mensajes son simples copias de otros, por lo que los productos de estos ejércitos de troles suelen ser fácilmente reconocibles. Sistemas como GPT-3, por el contrario, podrían elaborar infinitas redacciones sobre cada tema; cada una de ellas, ligeramente diferente de las demás. Podrían crear miles de historias falsas sobre la COVID-19 o sobre refugiados violentos y difundirlas hasta conseguir que al público le estalle la cabeza. Las máquinas hacen su trabajo a un precio imbatible y con una eficiencia máxima… ¿nos enfrentamos a la industrialización de la propaganda?

Maestros del ‘remix’

Bruce Schneier -un reconocido experto estadounidense en seguridad informática- lo cree inevitable. Con costes a la baja, la producción aumenta: «Dentro de poco, la Red estará llena de este tipo de bots». Schneier está convencido de que, por simple superioridad numérica, acabarán arrinconando al intercambio entre personas: «No tardaremos mucho en ver foros en los que solo haya bots discutiendo con bots».

Florian Gallwitz -informático de la Escuela Técnica Superior de Núremberg- no cree que sea tan fácil. Sabe muy bien que Internet está lleno de bots, pero en la mayoría de los casos se trata de autómatas muy sencillos. Por ejemplo, los que publican en Twitter enlaces a nuevos mensajes. También los que se pasan el día difundiendo insultos. ¿Pero inteligencias malévolas capaces de mezclarse inadvertidamente en conversaciones entre humanos? «Me parece una ficción», dice Gallwitz. Y añade que se están sobreestimando las capacidades de la inteligencia artificial.

¿Quiere eso decir que el prodigioso GPT-3 no abre un mundo de nuevas posibilidades para el engaño? El periódico The Guardian quiso demostrar lo contrario en septiembre con un artículo que captó la atención de todo el mundo y que supuestamente habría redactado GPT-3.

En su texto, el programa aseguraba a los lectores que no había motivo para temer a una inteligencia artificial todopoderosa («de hecho, no tengo el menor interés en hacerles ningún daño»). En realidad, los periodistas del diario británico tuvieron que darle un buen repaso al texto: el artículo estaba montado a partir de fragmentos no del todo logrados que habían sido extraídos de ocho textos diferentes redactados por la máquina.

Las pruebas realizadas por otros investigadores demuestran que GPT-3 produce textos muchas veces extravagantes, lo que no es extraño si se tiene en cuenta que esta red neuronal artificial funciona siguiendo un principio sencillo y que no tiene que ver con un uso inteligente del lenguaje. En el fondo, GPT-3 solo ha aprendido una cosa: a tomar un texto breve y alargarlo con una palabra más. Para ello, calcula cuál es la solución más probable y va formando oraciones y encadenando una tras otra. GPT-3 es un maestro del remix, nada más.

El horóscopo artificial

La IA, en realidad, no sabe nada del mundo. No sabe cómo interactúan las personas entre sí. Su entrenamiento se limita a cómo los seres humanos enlazan unas palabras con otras. Pero hay en muchos ámbitos en los que no importa si un escrito lo ha realizado una inteligencia real o no, basta con que lo parezca. Un charlatán artificial como GPT-3 podría elaborar perfectamente horóscopos o reportajes sensacionalistas.

Especialmente lucrativos podrían resultar otro tipo de textos, como opiniones y valoraciones falsas de productos o servicios. De hecho, muchos de los elogios de clientes satisfechos que ya leemos hoy en Internet son comprados. Agencias con sede en lugares como Chipre o Hong Kong ofrecen comentarios entusiastas sobre hoteles, restaurantes o concesionarios de coches a cambio de dinero. Para un ser humano, inventarse este tipo de elogios falsos es un trabajo pesado. Pero en este terreno las máquinas de elaboración de textos pueden desplegar todo su poder e inundar el mercado con un peloteo creado a medida del pagador.

Los más afectados, en teoría, podrían ser aquellos lugares de la Red donde se producen debates entre usuarios. en la sección de comentarios de los medios de comunicación on-line o en plataformas como Facebook, Twitter o Telegram. Tampoco se puede descartar que un día un enajenado aterrice en un foro de ultraderecha y que un par de cientos de bots a los que él cree humanos lo inciten a cometer actos violentos.

Una máquina también podría enviar miles de correos falsos de lectores a un periódico, cada uno de ellos diferente y la mayoría redactados de forma creíble. ¿Cómo podríamos reconocer los pocos comentarios de lectores reales entre semejante avalancha de mensajes?

A eso se refiere el experto en seguridad Bruce Schneier cuando advierte de una posible marginalización provocada por el uso de este tipo de máquinas: la presencia masiva de bots repitiendo necedades sin parar evitará la llegada de comentarios de usuarios humanos. «Si no lo vemos con GPT-3, muy probablemente lo veremos con GPT-4 o GPT-5», asegura. De todos modos, una invasión como esa no es técnicamente sencilla de llevar a la práctica. Los atacantes, primero, deberían superar los controles de acceso de las páginas web.

Sin embargo, el volumen de desinformación sí tiene un papel bastante importante en la propaganda moderna. Los expertos llaman a este principio firehose of falsehood: al público se lo bombardea hasta el agotamiento con mentiras sobre el tema que se desee.

El objetivo ya no es convencer de algo a la gente, basta con que esta pierda las ganas y la voluntad de discernir entre lo verdadero y lo falso. Cuanto más saturada esté, más fácil será que tome partido por el primer demagogo con el que se cruce.

En estos momentos ya se empieza a percibir un anticipo de confusión general. La duda sobre qué es humano y qué es máquina se ha deslizado en muchos debates de Internet. Renée DiResta -investigadora del Stanford Internet Observatory- ha analizado este nuevo fenómeno y ha comprobado que aparece sobre todo en lugares donde la discusión es más acalorada. Los participantes, dice DiResta, «se acusan unos a otros de ser bots».

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Donald Trump, Qanon y el lado oscuro de la derecha

La secta conspirativa que se expande por el mundo

La habitan los antisemitas y racistas, se obsesiona con un gobierno secreto mundial dedicado a la pedofilia, y ve a Trump como el primero en decir la verdad, un cruzado por los pueblos.

 

Desde París. La locura se exporta muy bien, sobre todo si proviene de Estados Unidos y su origen son grupos que hacen de las teorías conspirativas un campo de acción y una deslegitimación de las democracias. Uno de esos grupos es Qanon. Se trata de una secta virtual que se comunica mediante mensajes encriptados cuyo sentido oculto millones de personas a través del mundo se encargan de descifrar. Después de prosperar en el territorio estadounidense a partir de 2017, gracias al foro 4chan, se ramificó en Canadá, Brasil, Gran Bretaña, Bélgica, Alemania y ahora llega a Francia. Ya se empiezan a ver en París algunos grafitis que representan, en rojo y en negro, la letra Q. 

Qanon es una mezcolanza de sensibilidades cuyo principal postulado consiste en creer que existe una suerte de “Estado Profundo”, tentacular e híper organizado, que controla Estados Unidos y el resto del planeta. Ese Deep State está compuesto por una elite de “criminales pedófilos satanistas” al mando del clan Clinton-Obama cuya misión esencial es, desde las sombras, boicotear la presidencia de Donald Trump e impedirle salvar al país y al mundo. Toda esta galaxia se articula en torno a los mensajes criptografiados y a una persona que se hace llamar “Q”, quien se presenta como un funcionario de Washington con acceso a altísimos niveles de seguridad en el sector de la energía. En esos mensajes, Trump aparece como un héroe investido de una misión: sanear la podredumbre de Hollywood, la pedofilia y la corrupción, y devolverle la grandeza a Estados Unidos. Quienes alimentan esta red han logrado plasmar uno de los mitos más estrafalarios de la actualidad y convencer con él a millones de personas a lo largo del planeta.

François es un miembro francés de esta trama y solía instalarse con frecuencia ante su computadora para deleitarse con la página francófona que el grupo abrió en Facebook, 17FR, cerrada por Facebook el 6 de octubre. ”Ni profetas, ni fachos. Lúcidos. Trump es el único soldado que ha osado enfrentar a esa secta pedosatánica que se esconde en las administraciones”, afirma François con mucha autoridad. ”Cuando uno de nosotros va, vamos todos”, dice su slogan principal. La pandemia y todas las teorías conspirativas que circulan en torno al coronavirus han acrecentado su influencia a escala planetaria. Para este joven francés Qanon no es una secta sino “una perspectiva de transformación completa del mundo. Trump no ha mentido. Contrariamente a los demás dirigentes del mundo, Donald Trump cumplió con sus promesas”. 

Esta teoría conspirativa global tiene a la extrema derecha como inspiración y ha sabido infiltrar a los movimientos que se oponen al Estado, a los militantes contra los oligopolios, a un sector de las extremas izquierdas y a los individuos que sienten una profunda desconfianza en las instituciones democráticas. En Francia, los primeros grafitis de Qanon aparecieron justamente entre 2018 y 2019 durante las manifestaciones de los chalecos amarillos. El pasado 6 de septiembre, en el curso de una manifestación contra la pedocriminalidad, varios de sus miembros franceses iban mezclados a los manifestantes. Entre ellos estaba Jérémie, un abogado recién egresado para quien “ya no se puede negar que existe una elite globalizada, tan corrupta como viciosa, que conspira contra los valores. Ahí está el partido demócrata de Estados Unidos, Georges Soros, el Príncipe Andrew y su gran amigo violador de mujeres, Jeffrey Epstein, y también Bill Gates”.

La pandemia y la desconfianza que esta hizo prosperar hacia el Estado, el liberalismo, los laboratorios multinacionales (los “Big Pharma”) o las medidas de protección social ampliaron considerablemente su audiencia. No es una casualidad el hecho de que, en casi todos los países donde Qanon está muy activo, los antimáscaras adhieren a sus teorías complotistas. La doctora Eve Engerer fue suspendida por el Colegio Médico de Francia a raíz de que, en Facebook, difundió un falso certificado médico que permitía a la gente no usar las máscaras. Esta doctora de la región francesa de Alsacia considera que la “máscara es un ritual de los pedo-satánicos. Es un acto de sumisión”. La suspensión que le impusieron le importó un bledo porque, dijo, “juré ante Dios y por Hipócrates, no ante Bill Gates y Big Pharma”.

Su retórica es la misma que circula en los portales de Qanon a través del planeta: el presidente norteamericano es el jinete de la salvación y el infectólogo francés Didier Raoult, el promotor de la cloroquina, su mano derecha”. Jérémie acota al respecto: "Antes de Trump, todos los mandatarios fueron marionetas, unos títeres cobardes de esa elite sumergida en la profundidad del Estado que tiene sólo dos intereses: ganar toda la plata del mundo y celebrar sus cultos pedosatánicos”. El portal francés de Qanon y su pagina en YouTube (Dissept.com y DéQodeurs) reproducen con repetitiva eficacia la temática del complot de esa elite. Ambos portales cuentan con decenas de miles de seguidores y bajo su ascendente se han creado muchos más con una retórica similar. En Francia, Alemania, Canadá o Estados Unidos esos portales siguen el hilo de los mensajes de Q y la filosofía de su contenido.

La primera cruzada parece tomada del lenguaje de la izquierda. Para ellos existe un complot “de los medios dominantes”. La salvación primera es leer los mensajes de Q e interpretar su sentido. Aquí, afirma el portal francés, encontrará “información verificada, cierta, autentica, no manipulada”. Ocurre que esas informaciones “verificadas” son un catálogo de disparates y aserciones fantasmagóricas sin prueba alguna. Pero funciona. François, el primer Qanon francés, explica en la más pura tradición trumpista que ”lo que dicen los medios es todo un fake colosal. Ellos nunca hablan de la otra realidad porque protegen a la secta pedosatánica que les paga el salario. Son agentes de la misma orgia encubierta”. 

Qanon funciona como una metateoría que se mueve como un camaleón: se adapta al país en el que se despliega. Por ello puede modificar su narrativa según la región del mundo donde va ganando adeptos. La elite pedófila y el Partido Demócrata en los Estados Unidos, el Estado tramposo y “cómplice” de las multinacionales en Francia, la “invención de la covid-19 como instrumento de sometimiento de la sociedad en Alemania, etc, etc. ”Les DéQodeurs nos explican extraordinariamente bien el sistema mundial y las elites que nos dirigen”, afirma uno de los Canales YouTube afiliados a esta galaxia.

Más allá de los mensajes del gurú Q, Qanon carece de estructura piramidal. Este flujo se articula un poco por adhesión metódica en torno a valores donde no faltan los platos fuertes de la extrema derecha como al antisemitismo o los anti musulmanes. Jérémie, el segundo Qanon francés, nos explica que ese mundo Q “nos deja en libertad, no nos inculca ideologías, sino que nos muestra lo que está detrás del telón y nos permite que busquemos el secreto por nosotros mismos. Somos exploradores de la verdad verdadera sin que haya un guía diciéndonos lo que debemos hacer. Nadie puede ser tan inocente como para no percibir que detrás de teatro democrático existe una entidad secreta y viciosa que gobierna el mundo. Cuanto más numerosos seamos los Qanon, más rápido los vamos a desenmascarar. La poderosa injusticia que sentimos todos y que vimos en directo con los chalecos amarillos es promovida por esa elite del Deep state”. François completa su pensamiento y alega: ”pronto vendrá el día del Gran Despertar". Los Q designan con esa expresión el esperado gran momento del “despertar” global”, o sea, cuando esas “elites manipuladoras serán vencidas”.

Qanon es un producto genuino de la subcultura de internet y ha crecido mundialmente como una enredadera en la pared de las fallas democráticas y la ingenuidad de la sociedad. Postula cualquier cosa: desde que la superficie de Venus no existe, pasando a que el asesinato del ex presidente John Fitzgerald Kennedy fue un simulacro, la afirmación según la cual todas las pruebas sobre la trama rusa son un montaje de las elites pedófilas diseñado para perjudicar a Trump, hasta que Bill e Hillary Clinton manejan una fundación que roba dinero del Estado y se dedica al tráfico de niños del tercer mundo, en especial de Haití. 

En los últimos meses, sobre todo en Estados Unidos, Canadá y Alemania, han participado en actos violentos como la toma del Reichstag, en Berlín, en agosto de 2020. El éxito sorprende incluso a sus portavoces en Europa. Léonard Sojli, el animador del portal francés Dissept.com y del canal YouTube DéQodeurs, reconoce que “si bien fundé el portal en marzo pasado, desde el mes de junio el canal y el portal explotaron hacia arriba”. Sojli asegura, no obstante, que ”no tengo la intención de convertirme en un gurú con miles de personas que me siguen. La particularidad de Qanon reside en que no es ni de izquierda ni de derecha, que hay todo tipo de gente, desde abogados, policías, bomberos, médicos o amas de casa. Nosotros no somos guías y siempre estamos defendiendo la autonomía intelectual”. 

François, Jérémie o Léonard Sojli nunca han tenido tanta fe como ahora. Para ellos, el “Storm” (la tempestad) está muy cerca: ”el mundo será pronto más libre, más justo y más limpio”, asegura François lleno de emoción. El rey de la elite corrupta y evasora de impuestos, Donald Trump, ha conseguido convencer a millones de personas que él es el elegido para limpiar a esos “satanes sin moral”. La extensión global de Qanon es una prueba más de que nuestros sistemas democráticos están en una zona muy peligrosa, donde ya no los amenaza un tirano, sino la tiranía sutil de la mentira, la manipulación, el delirio la estafa moral y la ilusión de una metamorfosis esencial. ”De alguna manera –dice Jérémie—nuestro lema puede traducirse como 'todos para uno, uno para todos' (Where We Go One We Go All). Allí donde vamos somos una multitud. Eso quiere decir que hemos dejado de ser un pueblo de solitarios”.

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Lunes, 05 Octubre 2020 05:13

Manicomio

Partidarios y detractores del presidente Donald Trump se enfrentaron ayer en un mitin de apoyo a la policía en Macy’s Herald Square, en Nueva York.Foto AfpAmerican curios

 

 

Nadie sabe nada, o saben pero no lo dicen, o lo dicen pero es mentira, o tal vez están encubriendo algo pero son tan ineptos –igual en como han abordado la pandemia– que ni eso logran hacer bien. Es como una comedia de los hermanos Marx, pero estamos hablando de la comandancia de la última súperpotencia, la cual se ha vuelto un manicomio.

El "enemigo invisible" ha penetrando el lugar más seguro y protegido del planeta, la Casa Blanca, y contagiado al mismo que ha minimizado el Covid-19 –"afecta virtualmente a nadie", dijo la semana pasada”– y quien se ha burlado de sus propios científicos y de la necesidad de medidas de mitigación y a quien, según investigaciones recientes, es considerado el mayor propagador de información falsa sobre el Covid-19 en Estados Unidos.

Trump ha buscado evitar la responsabilidad de su manejo desastroso de la pandemia que ha matado a unas 205 mil personas en su país, pero ahora se ha convertido en el paciente en jefe de Estados Unidos. El hombre más poderoso del mundo, quien ha intentado desmantelar programas de bienestar social y salud, ahora está en un hospital público donde se practica la medicina socializada, donde el multimillonario, quien no pagó impuestos federales durante por lo menos 10 años, recibirá atención gratuita pagada por los que sí pagan sus impuestos.

En un gobierno encabezado por un mandatario que ha hecho por lo menos 20 mil declaraciones falsas o engañosas desde que llegó, según el conteo del Washington Post, no sorprende que nadie le crea nada. Desde que envío su tuit a las 12:54 de la madrugada del viernes informando que él y su esposa habían sido contagiados, la especulación ha dominado por falta de información verídica. Hasta el médico encargado del paciente número uno tuvo que confesar que no había dicho la verdad el viernes, afirmando que no "necesariamente" estaban buscando ocultar algo; o sea, se podría decir que tampoco era "necesariamente" la verdad. Pero insiste en que ahora sí le pueden creer.

Mientras tanto, no se sabe cuántas personas han sido contagiadas por el propio presidente y su equipo dentro de la Casa Blanca o en actos realizados sin medidas de sana distancia y el uso de cubrebocas a lo largo de los últimos días (eso sí, desde que se anunció que estaba contagiado, de repente y por primera vez, casi todo su equipo aparece con cubrebocas).

Buena parte de los contagios, incluido el del presidente, podrían haber surgido del acto que se llevó a cabo en la Casa Blanca el sábado antepasado, pues por lo menos ocho de las aproximadamente 150 personas que asistieron, entre ellos el magnate y su esposa, ahora están contagiados de Covid-19, así como dos senadores, el ex gobernador Chris Christie, la consejera del presidente Kellyanne Conway y el rector de la Universidad de Notre Dame. Durante la semana se informó que una asesora cercana de Trump, la presidenta del Comité Nacional Republicano, y el jefe de la campaña de relección del presidente, Bill Stepien, tienen el virus.

El jueves, aun después de saber del contagio de su asesora, al cual estuvo expuesto, Trump viajó a una reunión con unos 200 donantes y aliados, potencialmente contagiando a varios ahí.

Ahora, la Casa Blanca es un posible foco de contagio peligroso. Los gobiernos deberían por lo menos alertar a sus ciudadanos de que si están visitando la zona, eviten pasar cerca de la sede del Ejecutivo estadunidense, que ahora es incluso más nociva para la salud pública que antes.

Mientras, circulan versiones en los medios de que dentro de la Casa Blanca tampoco saben qué tan enfermo está el jefe y que hay un ambiente de alarma porque todos los que trabajan ahí podrían haber sido expuestos, pero también porque no se sabe quién está a cargo del gobierno ni las implicaciones para su futuro.

O sea, nadie sabe nada, o lo saben todo, o dicen que saben pero no o si saben, pero no quieren decir. Es un manicomio donde los pacientes dicen que tienen todo bajo control.

https://open.spotify.com/track/ 2t8GBp5kQEXVamVq4Odwe2?si=UYFN5GCYSeSUeBG_mNWtXw

https://youtu.be/T8Rfb1Jtmic

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El fin de la realidad ¿Qué son los «deepfakes»?

La izquierda quería transformar la realidad. La tecnología ha ayudado a burlarla. La inteligencia artificial ha permitido que un político de la India hable idiomas que no habla, ha conducido a la creación de videos pornográficos falsos de celebridades mundiales y hasta ha colaborado a que en Gabón (donde se dio por enfermo al presidente) se produzca un fallido golpe de estado. A través de los deepfakes, Internet está diseminando una nueva amenaza fantasma: que, a través de la imitación de rostros y sonidos de las personas, nunca más sepamos qué es verdad. La realidad está siendo hackeada.

 

En menos de seis años, el desarrollo de la inteligencia artificial puso a disposición de casi cualquiera la posibilidad de crear imágenes falsas indistinguibles de la realidad. Del negocio del porno a un golpe de Estado en Gabón, Internet está diseminando una nueva amenaza fantasma: que nunca más sepamos qué es verdad.

En las últimas elecciones legislativas de Nueva Delhi, el candidato Manoj Tiwari sorprendió a sus electores con un video hablando en hindi, otro en inglés y otro en haryanvi. Antes de ser la principal figura del Partido Popular Indio (BJP, por sus siglas en hindi) en la capital del país, Tiwari fue actor, cantante popular y estrella de un reality show, pero nadie sospechaba que hablara en inglés (capital valioso para las clases urbanas) y mucho menos el dialecto de la zona de Haryana. Días después se supo la verdad: una agencia publicitaria le había propuesto al BJP, al cual pertenece el primer ministro Narendra Modi, ampliar la oferta electoral utilizando inteligencia artificial para crear deepfakes de Tiwari. Con grabaciones anteriores y software de punta, pusieron en su boca palabras que desconocía y llevaron su mensaje por WhatsApp a votantes fuera de sus núcleos de apoyo. No es la primera vez que un candidato imposta su voz para acercarse a nuevos conciudadanos. Ni la primera que se utiliza inteligencia artificial en política. Sí, hasta donde se sabe, es la primera vez que un candidato cambia su propio cuerpo y voz con deep learning para mejorar su performance.

Los deepfakes aparecieron por primera vez en 2017, uno de los años del boom de las fake news. El usuario de reddit /r/deepfakes publicó sus primeras creaciones pornográficas utilizando algoritmos y librerías de imágenes de libre acceso con resultados asombrosos. En sincronía con la aparición de TikTok y las apps de envejecimiento o rejuvenecimiento facial, la técnica de este usuario anónimo se popularizó y pronto surgió la primera app abierta para incorporar un rostro cualquiera a un video existente. Desde Bolsonaro como el Chapulín colorado hasta Cristina Kirchner como una Drag Queen de Ru Paul, Internet se llenó de videos con propósitos básicamente humorísticos, aunque la abrumadora mayoría seguían siendo pornográficos. Lo más notable, a tres años de su aparición, es la mejora de su calidad. En agosto, un fan publicó su propia versión de las escenas de Robert De Niro joven en The Irishman. La comparación entre el trabajo de CGI de Netflix y el deepfake de este usuario de YouTube (y los millones de dólares de diferencia) da la pauta de la accesibilidad y potencial eficacia de esta herramienta.

Para estas creaciones se utiliza un autocodificador, que crea una imagen latente con solo algunas variables (parámetros de sonrisa, ceño fruncido, etc.) y repone con otras la imagen final (los mismos gestos con otro rostro, o el mismo rostro con otro discurso, por ejemplo). Pero no estamos hablando solo de imágenes fijas o en movimiento, sino también de sonido. La falsa primicia basada en un audio viral sobre el supuesto pase de Lionel Messi al Manchester City podría haber prescindido de un imitador talentoso. El audio bien podría haberse creado con un software como el que utiliza el Boston Chlidren’s Hospital para reecrear la voz de quienes perdieron el habla. En septiembre se conoció la primera gran estafa de un deepfake: según el Wall Street Journal, el CEO de una compañía inglesa transfirió 220.000 euros por orden de un software que imitaba la voz de su jefe alemán.

La mera existencia de esta tecnología no solo habilita la posibilidad de crear fakes -con consecuencias políticas y sociales inusitadas- sino desbancar a la realidad de su status: si lo que existe realmente puede ser adulterado o directamente inventado, todo el mundo tiene derecho a desconfiar. El ejemplo más paradigmático de este problema, relató Rob Toews en la revista Forbes, ocurrió en Gabón. Durante largos meses de 2018, su presidente, Ali Bongo, no apareció públicamente. Los rumores sobre su estado de salud e incluso su muerte obligaron al gobierno a revelar que Bongo había sufrido un accidente cerebro vascular, pero que estaba recuperándose y que daría un discurso para Año Nuevo. La rigidez y aparente artificialidad de los movimientos del líder en el mensaje grabado rápidamente despertaron la psicosis de la oposición: el video es falso, exclamaron. Una semana después, y apoyándose en la aparente acefalía, una fracción del Ejército quiso dar un golpe de Estado en Gabón, aunque luego fue reprimido... por el propio Bongo, que sigue al frente del gobierno. El video no había sido alterado.

Nada más que la verdad

La pandemia llevó nuestra relación con las imágenes virtuales a niveles insospechados. Entrevistas laborales, clases, bautismos, consultas médicas, audiencias judiciales, sesiones legislativas, y hasta sexo. La «presencia» es un requisito cada vez más prescindible en los rituales e instituciones que nos constituyen como sociedad. A la inversa, la identidad virtual, su «huella digital», se vuelve cada vez más relevante, y no solo en términos jurídicos sino también prácticos. Allí donde la vida cotidiana encuentra su cauce solo a través de una proyección digital, su autenticación es vital. Lo saben los niños de todas las latitudes que, igual que el senador argentino Esteban Bullrich lo hiciera en el Congreso, ya aprendieron a burlar a sus profesores poniendo imágenes en loop en una clase virtual.

Los deepfakes presentan problemas más complicados. La inteligencia artificial (IA) ya se utiliza en la creación masiva de comentarios para posicionar un producto o servicio en plataformas de e-commerce, y también para fines políticos, como se comprobó durante la campaña presidencial argentina en 2019. ¿Por qué no imaginar protestas o movilizaciones masivas, ejecuciones sumarias, represiones, crímenes callejeros y demás registros visuales inventados? Si las «campañas de desprestigio”» son ya una herramienta consolidada, tanto para quienes la ejercen como para quienes la enarbolan como excusa, ¿qué posibilidades abren los deepfakes? ¿Qué niveles de miseria política puede arrastrar la posibilidad de que un registro visual sea falso?

Según un un análisis del Crime Science Journal, los deepfakes con propósito criminal son el delito basado en inteligencia artificial con mayor poder de daño (o lucro) de su especie y el más difícil de derrotar. Entre sus modalidades se encuentran la falsificación extorsiva de secuestros mediante la imitación de voz o imagen en video, la imitación por voz para acceder a sistemas seguros y una amplia gama de extorsiones con videos falsos.

Estas preocupaciones ya dispararon algunas reacciones. China prohibió la difusión de deepfakes sin su correspondiente advertencia y el Estado de California prohibió su utilización con fines políticos en periodos electorales. En octubre, Facebook creó un fondo de 10 millones de dólares para desarrollar herramientas que detecten rápidamente las imágenes falsas. Microsoft, por su parte, acaba de presentar su «Video Authenticator», una herramienta para detectar deepfakes. E incluso apareció Sensity, la «primera compañía de inteligencia sobre amenazas visuales», que combina monitoreo y detección algorítmica de deepfakes.

Según Sensity, hasta julio de 2019 había menos de 15.000 deepfakes circulando por la web. Un año después, la cifra creció a casi 50.000. El 96% son pornográficos y en lo que va de 2020 ya se subieron más de mil deepfakes por mes solo en sitios de porografía, donde aparecen con cada vez más frecuencia supuestos «videos prohibidos» de celebridades e influencers. «Las compañías detrás de la web porno no consideran que esto sea un problema», le dijo a Wired el CEO de Sensity, Giorgio Patrini. Más bien al contrario. Un deepfake de Emma Watson tiene 23 millones de vistas en Xvideos, Xnxx y xHamster, tres de los mayores sitios porno del mundo, cuya lógica de monetización consiste en la derivación de tráfico masivo a contenidos pagos.

Entre las especulaciones más retorcidas se cuenta el cruce entre deepfakes y realidad virtual, donde personas reales (celebrities o no) puedan cobrar vida como esclavas sexuales virtuales de un usuario. No debería ser la preocupación principal para sociedades como las latinoamericanas, donde ni siquiera está garantizado el acceso a Internet. Pero los últimos años demuestran que el futuro nunca está demasiado lejos.

Nadie lo puede negar

Deepfake no es cualquier tipo de edición de video, sino la aplicación de una tecnología específica para un fin específico: deep learning (aprendizaje profundo) en un registro falso. A su vez, el deep learning no es cualquier tipo de inteligencia artificial. Según la definición del libro homónimo de Ian Goodfellow (2014), Deep Learning busca «resolver las tareas que son fáciles de realizar por un humano pero difíciles de describir formalmente». Por ejemplo, reconocer una imagen. El desarrollo de la informática fue en sentido contrario: ya en 1997, la computadora de IBM Deep Blue logró vencer al mejor ajedrecista vivo del mundo. Pero es mucho más reciente la capacidad de las computadoras para interpretar un estado de ánimo, distinguir a un perro de un gato o directamente «hablar», tareas que cualquier ser humano silvestre puede realizar sin entrenamiento específico. La ironía está encerrada en algunos captcha: «Demuestre que es un humano identificando este semáforo». Qué gran habilidad, señor humano. Felicitaciones.

Ian Goodfellow ya había causado revuelo entre sus colegas con su libro cuando ese mismo año ideó el invento que lo colocó en el panteón global de las mentes fundamentales de la inteligencia artificial: las redes generativas antagónicas (GAN, por sus siglas en inglés), un modelo algorítmico que posibilitó, entre otras cosas, la aparición de los deepfakes. El actual director de Machine Learning en Apple y ex investigador principal en Google Brain (quien todavía no cumplió 35 años) estaba tomando cerveza en un bar de Montreal mientras discutía con unos amigos sobre la capacidad de la inteligencia artificial para generar fotos realistas. El alcohol propulsó una idea que hubiera descartado bajo los efectos de la sobriedad.

Para que una red neuronal aprenda a crear una imagen no solo tiene que observar millones de imágenes sino saber si lo que haya creado está bien o mal. Para resolver este problema, Goodfellow propuso enfrentar a dos redes en una competencia: una red «generadora», entrenada para crear las imágenes, y una red «discriminadora», entrenada específicamente para detectar las diferencias entre una imagen real y otra creada artificialmente. A través de sucesivos rounds, las redes mejoran automáticamente los parámetros sobre los que cumplen su tarea. Y eventualmente, la red discriminadora ya no podrá detectar qué es real y qué falso. La teoría de Goodfellow se comprobó en la práctica y, entre otros usos menos publicitados, los deepfakes asomaron en los suburbios de Internet.

El invento de Goodfellow entraña una lógica fáustica: serás capaz de crear lo real, pero ya no sabrás qué es lo real. En una entrevista con la MIT Technology Review, admite que no habrá solución técnica al problema de la autenticación, sino que será un requisito social educar y concientizar a la población sobre los peligros de esta tecnología y la posibilidad de que las imágenes que observamos pueden o no ser reales. «¿Cómo probarías que eres un humano y no un robot?», le preguntó Lex Fridman en su podcast. «De acuerdo a mi propia metodología de investigación no hay manera de saberlo a esta altura», respondió Goodfellow, quien desde su apellido (que significa «buen compañero») hasta su tono monocorde y precisión discursiva podría pasar por androide. «Probar que algo es real por su propio contenido es muy difícil. Somos capaces de simular casi cualquier cosa, así que habría que servirse de algo más allá del contenido para probar que algo es real», siguió Goodfellow.

La mala reputación de la simulación, sin embargo, no debería eclipsar su potencial: el testeo de drogas simuladas sobre órganos simulados, afectados por enfermedades simuladas; la experimentación subatómica para el desarrollo de energías alternativas; la proyección algorítmica de los viajes espaciales; aplicaciones industriales, agroalimentarias, e incluso artísticas. La mayoría de estas disciplinas requieren una capacidad computacional inmensa (y en ese terreno la mayor apuesta es la computación cuántica), pero lo interesante es la premisa que subyace. Goodfellow busca que las redes «comprendan el mundo en función de una jerarquía de conceptos, cada uno de ellos definidos a partir de conceptos más simples», provenientes de la experiencia.

Si las redes neuronales de inteligencia artificial continúan con este ritmo de aceleración, la humanidad tendrá a su disposición herramientas capaces de dislocar su experiencia con el mundo. Para siempre. A diferencia de otras tecnologías, la «democratización» no resolverá los dilemas que presentan los deepfakes. ¿A quién le reclamaremos la verdad? Quizás habrá que acostumbrarse a vivir sin ella.

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El gobierno de facto de Bolivia admitió su vínculo con una consultora denunciada por Facebook

La red social acusó a CLS Strategies de desinformar a través de cuentas falsas

Una investigación publicada por Página/12 reveló que CLS había sido contratada por 90 mil dólares para una campaña comunicacional realizada entre diciembre de 2019 y marzo de 2020.

 

A través de un breve comunicado, el gobierno de facto de Bolivia admitió haber contratado a la empresa estadounidense CLS Strategies, cuestionada por desarrollar campañas digitales de desinformación a través de cuentas falsas. La consultora prestó sus servicios luego de las elecciones de octubre de 2019 "para realizar una tarea de cabildeo en busca de respaldo a la democracia boliviana y en apoyo de la celebración de nuevos comicios presidenciales". Pero el documento, presentado por el régimen para "clarificar" su situación tras la difusión de un artículo del Washington Post  que expuso el irregular funcionamiento de la compañía, es más bien una declaración de principios: en el marketing político, cabildear alude a hacer lobby para influir y alcanzar determinados fines. 

El miércoles, Facebook había anunciado la eliminación de una "red de desinformación" con ramificaciones en distintos países. A través de CLS, dicha red publicaba contenido a favor del gobierno transitorio de Bolivia. Se trata de 133 cuentas operadas desde Estados Unidos que violaron la "política de Facebook contra la injerencia extranjera y el comportamiento inauténtico coordinado". La investigación del periodista Adair Pinto publicada en Página/12 reveló que CLS había sido contratada por una suma de mil dólares diarios por una campaña comunicacional realizada entre diciembre de 2019 y marzo de 2020. "Gracias a esta investigación se ha descubierto cómo articula mediáticamente el gobierno de facto este tipo de estrategias con Estados Unidos para sembrar una realidad paralela con el objetivo de mantenerse en el poder", asegura Pinto en diálogo con este diario.

El gobierno de Áñez alegó que CLS Strategies "logró contactos entre autoridades del gobierno boliviano y funcionarios del ejecutivo y legislativo de Estados Unidos". El comunicado oficial agrega que CLS no pudo recibir su pago por los servicios prestados "debido a las restricciones legales vigentes". Sin aportar demasiada claridad al nexo que los une, el régimen fundamentó su alianza con la consultora estadounidense en el "respaldo de la democracia", asegurando que "no ha contratado a esta empresa para ningún otro servicio o actividad".

¿Cómo operaba CLS?

Según el Washington Post, en Bolivia existió una red de desinformación a cargo de CLS Strategies, empresa de relaciones públicas con sede en Washington que invirtió millones de dólares para apuntar a usuarios en América latina. El diario menciona a un socio de CLS, Juan Cortiñas, que explicó que su firma, además de incidir en redes sociales, se dedica a promover "elecciones libres y abiertas, y se opone a regímenes opresivos".

El 'Reporte de Comportamiento Inauténtico' publicado por Facebook esta semana y que cobró mayor relevancia con la nota del Post, señala que las cuentas que operaban para CLS "publicaban contenido para apoyar a la oposición política en Venezuela y el gobierno interino en Bolivia, así como para criticar al partido político mexicano Morena", que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia en 2018. El patrón seguido por estas campañas digitales era siempre el mismo.

"Esta red usaba cuentas falsas, algunas de las cuales fueron detectadas y desactivadas por nuestros sistemas automáticos, para amplificar su contenido, evadir la aplicación de nuestras políticas, dirigir a las personas a dominios fuera de la plataforma, engañar a las personas sobre los responsables detrás de esta actividad y administrar páginas, haciéndose pasar por entidades de noticias independientes, organizaciones civiles y páginas políticas", advierte el informe de Facebook que agrega que varias de esas cuentas fingían ser locales, pero en realidad estaban digitadas desde Estados Unidos. Otras simulaban pertenecer a partidos políticos para engañar a los usuarios.

Semanas atrás, Adair Pinto había revelado que el ministerio de Gobierno de Bolivia se comprometió a pagar 90 mil dólares por los servicios de comunicación estratégica de CLS, en un país donde escasean los insumos médicos en plena pandemia de coronavirus. El contrato al que tuvo acceso el periodista es elocuente. "CLS Strategies brindará asesoría en comunicaciones estratégicas en asuntos tales como las elecciones libres y justas fijadas para 2020 en Bolivia y el fortalecimiento de la democracia y los derechos humanos, entre otros temas de interés para el Estado Plurinacional de Bolivia en Estados Unidos", señala la compañía en una parte del documento. "Detrás de todo esto hay intereses muy oscuros como la explotación del litio. Ese me parece que es el fondo del asunto", sostiene Pinto.  

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Lunes, 31 Agosto 2020 06:09

Alarma

Alarma

Recuerdo que buscábamos la revista Alarma para leer historias "reales" de horror, para asustarnos, para confrontar con historias de horror –como ha explicado Guillermo del Toro varias veces– nuestros propios terrores. Pero eso era un acto voluntario. El reality show de horror político (nadie ha hecho uno antes, ¿verdad?) que se está produciendo en Estados Unidos es algo con consecuencias devastadoras reales no sólo para la superpotencia, sino para todos, y es momento de gritar: ¡Alarma!

Aquí hay nada menos que un intento para consolidar un régimen neofascista, con todo lo que eso implica: El régimen y su campaña de relección proclaman que Trump es el único salvador de Estados Unidos, según Dios. La Casa Blanca, institución pública, ya fue convertida en la Casa Trump. Todos los días el régimen declara que los medios no alineados son el "enemigo del pueblo"; cada día más familias y niños son enjaulados por el régimen como parte de la persecución brutal de migrantes para frenar la "invasión" por “extranjeros ilegales”; todos los días hay amenazas y acciones de represión contra disidentes y sus protestas por fuerzas federales; el mandatario ha dado su bendición a fuerzas civiles paramilitares que buscan confrontar manifestantes opositores (según un nuevo informe, ultraderechistas se han presentado casi 500 veces en busca de enfrentamientos con manifestantes de Black Lives Matter este año, hiriendo a varios y matando a tres); procede la concentración extrema de riqueza (unos 467 multimillonarios ganaron 800 mil millones de dólares en los últimos cinco meses mientras decenas de millones sufren desempleo, pobreza y hasta hambre); avanza el desmantelamiento de la educación, salud pública y programas de bienestar social, como tambien la anulación de regulaciones y normas de protección ambientales y laborales. Todo esto, decorado por retórica de "la defensa del pueblo", la libertad, la familia, Dios y "la ley y el orden" al construirse una "realidad alternativa" para anular la realidad empírica, la historia y la ciencia.

Uno de los mensajes centrales de la campaña de relección de Trump es algo que debería ser cómico, pero se vuelve alarmante, ya que parece funcionar: resulta que existe una "izquierda radical" conformada por anarquistas, socialistas, comunistas y marxistas tan poderosa que está al borde de tomar el poder (usando al neoliberal débil Joe Biden como su "caballo de Troya"). Aún no está claro si Cuba y Venezuela están detrás de todo esto, pero siguen asustando al país mas poderoso del mundo. Trump declaró que sólo él puede salvar al país de tal amenaza. Ni la izquierda estadunidense se había dado cuenta de su poder antes de ser informada por el régimen. Esta narrativa nostálgica de la época de la guerra fría siempre ha sido empleada en este país para justificar pues, casi todo, desde represión interna hasta espionaje, intervenciones, etcétera.

A lo largo de las últimas dos semanas, ambas convenciones nacionales, la demócrata y la republicana, proclamaron en esencia el mismo mensaje: el triunfo del contrincante representa una amenaza existencial a la república democrática de Estados Unidos. La pregunta es: ¿qué tal si ambos tienen razón?

“Este es el momento más decisivo en la historia de este experimento que llamamos Estados Unidos de América….”, comentó el filósofo político Cornel West. "Hemos visto esta semana la cristalización de una forma estadunidense de neofascismo". Agregó que votará por "el neoliberal débil Biden, pero sólo porque es un voto antifascista". Aunque no es la solución, subrayó, primero "tenemos que sacar al gánster neofascista de la Casa Blanca".

Casi todos saben que las cúpulas no tienen soluciones reales para la crisis democrática de este país. Ésas tendrán que salir de esa oposición vasta y dinámica, aunque fragmentada, que se ve en las calles, en las aulas y hasta en las arenas del deporte (la extraordinaria huelga de la semana pasada) y que es clave tanto para frenar el proyecto neofascista, como para la continuación del neoliberalismo dentro de Estados Unidos.

https://www.youtube.com/ watch?v=vq3sdF0YXkM

https://open.spotify.com/track/ 07ZuuDjwtyMzKVnayq0tEr?si=6kCoO5ZBR9GoAMLf5IXD5w

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Opus Dei, pederastia y silencio de los medios

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha procesado al sacerdote del Opus Dei Manuel Cociña Abella por abusos sexuales a varios adolescentes y jóvenes de ciudades españolas en los últimos 30 años. Lo ha sancionado a cinco años sin ejercer su ministerio sacerdotal en público, otros cinco años de atención espiritual únicamente en su centro, en Granada, España. El pederasta Cociña tiene 72 años, fue discípulo directo del fundador Escrivá de Balaguer y ha sido actor distinguido en la Obra.

Es la primera vez que un miembro distinguido del poderoso Opus Dei es inculpado en temas de abusos. Sin embargo, la noticia sólo ha levantado vuelo en las redes sociales. El portal Religión Digital, especializado en temas católicos, ha dado seguimiento a las denuncias y al proceso de Cociña, pero denuncia que tanto la prelatura del Opus Dei como la totalidad de medios de comunicación han silenciado la noticia. Jesús Bastante, de Religión Digital, reprocha: "El Opus Dei sigue callado. Es la estrategia de siempre, la que tanto daño ha hecho a las víctimas de abusos. Porque el silencio victimiza doblemente al superviviente, lo ningunea, trata de anular su dolor, su historia, el horror sufrido. El silencio de quienes, durante años, miraron hacia otro lado, trasladando a Cociña de un lugar a otro y conminando a las víctimas a callar y guardar su dolor en un cajón es, si cabe, más ominoso que los abusos en sí. Porque el silencio es consciente y programado".

Las preguntas resultan innegables: ¿puede una congregación religiosa tan poderosa como el Opus Dei acallar y amortiguar un evento que perjudique su imagen? El portal se queja particularmente en España y Chile, donde la Obra es pujante, de la siguiente manera: "¿Dónde están Vida Nueva, Alfa y Omega y la prensa católica de nuestro país?" ¿Tanto poder tiene la Obra sobre medios aparentemente alejados de la Iglesia como El País? La respuesta es afirmativa. Lo vivimos en México en 1997, cuando se anunció un programa de tv en CNI Canal 40. Las víctimas de Marcial Maciel denunciaban sus abusos. Hubo amenaza de boicot de anunciantes, silencio de las principales televisoras y, salvo La Jornada, callaron los periódicos del país. Fue un caso emblemático, pues desnudó los estrechos vínculos de poder entre la Iglesia y las élites mexicanas. Hubo censura y coerción hacia los periodistas que se atrevieron a desenmascarar el reino de impunidad de Maciel. Es más, las plumas cercanas a los Legionarios de Cristo cuestionaron los relatos y autoridad moral de las víctimas. Sobresale, El Norte ( Reforma) que se dedicó a calumniar sistemáticamente a las víctimas.

El tema requiere detenerse. Porque la denuncia a la pederastia clerical se debe a los medios seculares. Los medios de comunicación han tenido un papel clave en la denuncia de la pederastia clerical a escala internacional. Desde el comienzo de las revelaciones sobre el abuso, la Iglesia católica, reaccionó con desacierto. Desde los años 50, niega los hechos y protege a los pederastas. En el siglo XXI, ante el alud de denuncias, cuyo epicentro se sitúa en The Boston Globe en Filadelfia en 2002, encontramos una Iglesia que invierte sus energías haciéndose pasar por víctima. Acosada por supuestos intereses que la quieren desprestigiar. El efecto es el contrario, hay un desmoronamiento institucional debido a la contundencia de los relatos de las víctimas, hechos y denuncias en países registrados por los medios. Al posicionarse como ciudadela asediada por enemigos que buscan destruirla, la Iglesia, se refugia en teorías de la conspiración y olvida el drama de las víctimas. Las percibe como amenaza o instrumentos manipulados para alimentar la hostilidad internacional. La Iglesia comete un grave error de comunicación que la desacredita. Pretendió promover la imagen del martirio y de persecución, durante la primera década del siglo XXI.

Sin duda, la estrategia también pretendió reforzar el frente interno. Es decir, cerrar filas como cuerpo social ante los supuestos embates de enemigos externos. Sectores de la curia desarrollan confabulaciones y complots en torno al funesto secretario de Estado de Juan Pablo II, el cardenal Angelo Sodano, quien encabeza la fallida estrategia. Desde Roma se levantan construcciones sobre conjuras internacionales, cuyos actores centrales son aquellos enemigos tradicionales: judíos, masones, comunistas, ateos y financieros de Wall Street. En los relatos argumentativos, se minimiza el impacto de la opinión pública, ya que ha sido manipulada. Sin enfocarse en las víctimas, la estrategia, prendió cimentar un frente interno sólido capaz de repeler los ataques. La imagen del martirio, de hecho, se refiere a la memoria colectiva del cristianismo primitivo. Bajo esta estrategia, situamos el silencio y reprochable desentendimiento de los medios católicos. Más aún cuando grandes agencias internacionales, sus fundadores estaban involucrados, como Zenit con Maciel, de los legionarios o Aciprensa; Luis Fernando Figari, de Sodalicio de Vida Cristiana. La prensa cristiana y católica está en deuda con la verdad y con sus lectores.

Todo este episodio dramático entre medios y pederastia clerical conduce a una hipótesis: en un contexto cultural de secularización, en el declive de la estructura eclesial católica se opera un efectivo decaimiento simbólico. Es decir, la Iglesia ya no ejerce ni tiene el monopolio de la moralidad. La crisis de pederastia y sus escándalos es también la crisis de credibilidad de la Iglesia que en México había modelado los valores. El Opus Dei guarda este dilema, se abre a la transparencia o se refugia en el arte de ocultar la verdad.

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