Sábado, 21 Marzo 2020 06:31

Sobre el colapso

Sobre el colapso

Me permito resumir aquí, con vocación fundamentalmente pedagógica, algunas de las tesis que defiendo en Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata). Lo hago, por lo demás, desde la certeza de que el debate relativo a un eventual colapso general del sistema que padecemos falta llamativamente tanto en los medios de incomunicación como entre los responsables políticos. Dicho esto, agrego que no estoy en condiciones de afirmar taxativamente que se va a producir ese colapso general, y menos lo estoy de adelantar una fecha al respecto. Me limito a señalar que ese colapso es probable. No sólo eso: que los datos que van llegando invitan a concluir que es cada vez más probable, algo que, por sí solo, invitaría a asumir una estrategia de reflexión, de prudencia y, claro, de acción.

¿Qué es el colapso?


El colapso es un proceso, o un momento, del que se derivan varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos -acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores-, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.

Importa subrayar, de cualquier modo, que algunos de los rasgos que se atribuyen al colapso no tienen necesariamente una condición negativa. Tal es el caso de los que se refieren a la rerruralización, a las ganancias en materia de autonomía local o a un general retroceso de los flujos jerárquicos. Esto al margen, es razonable adelantar que el concepto de colapso tiene cierta dimensión etnocéntrica: es muy difícil –o muy fácil- explicar qué es el colapso a un niño nacido en la franja de Gaza; no lo es tanto, por el contrario, hacerlo entre nosotros.

¿Cuáles son las previsibles causas de un colapso general del sistema?


Conforme a una visión muy extendida, y controvertida, habría que identificar dos causas principales del colapso, en el buen entendido de que en la trastienda operarían otras que llegado el caso podrían adquirir un papel prominente u oficiar como multiplicadores de tensión. Las dos causas mayores son el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos.

En lo que al cambio climático se refiere, parece inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles anteriores a la era industrial. Cuando se alcance ese momento nadie sabe lo que vendrá después, más allá de la certeza de que no será precisamente saludable. Conocidas son, por otra parte, las consecuencias esperables del cambio climático: además de un incremento general de las temperaturas se harán valer –se hacen valer ya- una subida del nivel del mar, un progresivo deshielo de los polos, la desaparición de muchas especies, la extensión de la desertización y de la deforestación, y, en fin, problemas crecientes en el despliegue de la agricultura y la ganadería.
    

Por lo que respecta al agotamiento de las materias primas energéticas, lo primero que hay que subrayar es nuestra dramática dependencia en relación con los combustibles fósiles. Si renunciamos al petróleo, al gas natural y al carbón, no quedará nada de nuestra civilización termoindustrial. Según una estimación, sin esos combustibles un 67% de la población del planeta perecería. Antonio Turiel sostiene que el pico conjunto de las fuentes no renovables se producirá en 2018, de tal suerte que inequívocamente la producción de aquéllas se reducirá y los precios se acrecentarán en un escenario en el que habrá que aportar cada vez más energía para obtener cada vez menos energía. Aunque se pueden imaginar cambios en la combinación de fuentes que hoy empleamos, con un mayor peso asignado, por ejemplo, a las renovables y al carbón, no hay sustitutos de corto y medio plazo para las fuentes presentes. Cualquier cambio reclamará, inequívocamente, transformaciones onerosísimas.

Entre los elementos acompañantes del colapso que podrían adquirir, en su caso, un relieve principal no está de más que mencione los que siguen: (a) la crisis demográfica; (b) una delicadísima situación social, con más 3.000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de 2 dólares diarios;(c) la esperable extensión del hambre, acompañada, en muchos casos, de una escasez de agua; (d) la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y de reaparición de dolencias como la tuberculosis;(e) un entorno invivible para las mujeres –son el 70% de los pobres y desarrollan el 67% del trabajo, para recibir sólo un 10% de la renta-;(f) el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas en forma de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre;(g) la quiebra de muchos Estados, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte;(h) las secuelas de la subordinación de la tecnología a los intereses privados;(i) una huella ecológica disparada –el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición-, y (j) una inquietante idolatría del crecimiento económico.

¿Cuáles son los rasgos previsibles del escenario posterior al colapso?


Cualquier respuesta a esta pregunta tiene que ser por fuerza especulativa. Para que no fuese así deberíamos conocer las causas mayores del colapso, si éste tiene un carácter repentino o no, sus eventuales variaciones geográficas o la naturaleza de las reacciones suscitadas. Aunque tampoco es posible fijar el momento del colapso, no está de más que señale que muchos analistas se refieren al respecto a los años que separan 2020 y 2050.

Aun con ello, y si se trata de identificar los rasgos generales de la sociedad poscolapsista, bien pueden ser éstos: (a) una escasez general de energía, con efectos visibles en materia de transporte, suministros y turismo, y al amparo de una general desglobalización; (b) graves problemas para la preservación de muchas de las estructuras de poder y dominación, y en particular para las más centralizadas y tecnologizadas; (c) una aguda confrontación entre flujos centralizadores, hipercontroladores e hiperrepresivos, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarizantes, por el otro; (d) inquietantes confusiones entre lo público y lo privado, con una manifiesta extensión de la violencia de la que serán víctimas principales las mujeres; (e) una trama económica general marcada por la reducción del crecimiento, el cierre masivo de empresas, la extensión del desempleo, la desintegración de los llamados Estados del bienestar, la subida de los precios de los productos básicos, la quiebra del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y retrocesos visibles en sanidad y educación; (f) un general deterioro de las ciudades, con pérdida de habitantes y desigualdades crecientes; (g) un escenario delicado en el mundo rural, resultado de la mala gestión de los suelos, del monocultivo, de la mecanización y de la mercantilización, y (h) una reducción de la población planetaria.

En el caso preciso de la península Ibérica, los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, el despilfarro y la escasa eficiencia energética, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria y por las autopistas, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda. El cambio climático se traducirá ante todo en una subida notable de las temperaturas en la mitad meridional de la península, con efectos graves sobre la agricultura y una insorteable crisis de la industria turística. Esto al margen, se harán valer fenómenos planetarios como los vinculados con la quiebra de empresas, la explotación laboral, el empobrecimiento, la crisis financiera, la desnutrición, el deterioro de la sanidad y el descrédito de las instituciones.

4. ¿Qué proponen, como alternativa, los movimientos por la transición ecosocial?


En sustancia lo que proponen no es otra cosa que una recuperación del viejo proyecto libertario de la sociedad autoorganizada desde abajo, desde la autogestión, desde la democracia y la acción directas, y desde el apoyo mutuo.

Si se trata de identificar, de cualquier modo, algunos de los rasgos de esa transición ecosocial, y del escenario final acompañante, bien pueden ser los que siguen: (a) la reaparición, en el terreno energético, de viejas tecnologías y hábitos, en un escenario de menor movilidad y de retroceso visible del automóvil en provecho del transporte público; (b) el despliegue de un sinfín de economías locales descentralizadas; (c) el asentamiento de formas de trabajo más duro, pero en un entorno mejor, sin desplazamientos, con ritmos más pausados, con el deseo de garantizar la autosuficiencia, y sin empresarios ni explotación; (d) la progresiva remisión de la sociedad patriarcal, en un escenario de reparto de los trabajos y de retroceso de la pobreza femenina; (e) una reducción de la oferta de bienes, y en particular de la de los productos importados, en un marco de sobriedad y sencillez voluntarias; (f) la recuperación de la vida social y de las prácticas de apoyo mutuo; (g) una sanidad descentralizada basada en la prevención, en la atención primaria y en la salud pública, con un menor uso de medicamentos; (h) el despliegue de fórmulas de educación/deseducación extremadamente descentralizadas; (i) una vida política marcada por la autogestión y la democracia directa; (j) una general desurbanización, con reducción de la población de las ciudades, expansión de la vida de los barrios y progresiva desaparición de la separación entre el medio urbano y el rural, y (k) una activa rerruralización, con crecimiento de la población del campo en un escenario definido por las pequeñas explotaciones y las cooperativas, la recuperación de las tierras comunales y la desaparición de las grandes empresas. Cinco verbos resumen, acaso, el sentido de fondo de muchas de estas transformaciones: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar ydescomplejizar.

¿Qué es el ecofascismo?


Aunque el prefijo “eco-“ se suele identificar con realidades saludables, no está de más que señale que en el partido nazi, el partido de Hitler, operaba un poderoso grupo de presión de carácter ecologista, defensor de la vida rural y receloso ante las consecuencias de la industrialización y de la tecnologización. Cierto es que este proyecto se volcaba en favor de una raza elegida que debía imponerse, sin pararse en los medios, a todos los demás...

Carl Amery ha subrayado que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos emplaza, antes bien, a estudiar esas políticas por cuanto bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas ahora por ultramarginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina y cada vez más decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos en virtud de un proyecto de darwinismo social militarizado, esto es, de ecofascismo. Este último, que en una de sus dimensiones principales responde a presuntas exigencias demográficas, reivindicaría la marginación, en su caso el exterminio, de buena parte de la población mundial y tendría ya manifestaciones preclaras en la renovada lógica imperial que abrazan las potencias occidentales. Cierto es que el escenario general de crisis energética puede debilitar sensiblemente los activos al servicio de un proyecto ecofascista.

¿Qué es lo que la gente común piensa del colapso?


El colapso suscita reacciones varias. Una de ellas se asienta, sin más, en la ignorancia, visiblemente inducida por el negacionismo que proponen las grandes empresas con respecto al cambio climático o al agotamiento del petróleo. Una segunda reacción bebe de un optimismo sin freno, traducido en una fe ciega en que aquello que deseamos se hará realidad, en la intuición de que los cambios serán lentos, predecibles y manejables, en la certeza de que todavía tenemos tiempo o, en fin, en la confianza en los gobernantes. Una tercera posición es la de quienes estiman que inexorablemente aparecerán tecnologías que permitirán resolver todos los problemas. No faltan, en un cuarto estadio, quienes prefieren acogerse al carpe diem y, al efecto, consideran que sólo debe preocuparnos lo más inmediato y lo que está más cerca. Hay quien se acoge, en suma, al concepto de culpa y aduce, bien que no tiene obligación alguna de resolver los problemas que crearon otros, bien que la especie humana se ha hecho merecedora, por su conducta, de un castigo severísimo.
     

En este mismo orden de cosas, Elisabeth Kubler-Ross ha identificado cinco etapas en el procesamiento del colapso: la negación, la angustia, la adaptación, la depresión y la aceptación. Por detrás de muchas de las reacciones mencionadas se aprecia, de cualquier modo, el designio, en buena parte de la población del Norte opulento, de no renunciar a su modo de vida presente, y de preservar los niveles actuales de consumo y de status social. Y se aprecia también una firme negativa a pensar en las generaciones venideras y en las demás especies que nos acompañan en la Tierra.

¿Esquivar el colapso?


El capitalismo es un sistema que ha demostrado históricamente una formidable capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la relativa a si, llevado de un impulso incontenible encaminado a acumular espectaculares beneficios en un período de tiempo muy breve, no estará cavando su propia tumba, con el agravante, claro, de que dentro de la tumba estamos nosotros.

Ante el riesgo de un colapso próximo, en el mundo alternativo las respuestas son, en sustancia, dos. Mientras la primera entiende que no queda otro horizonte que el de aguardar a que llegue ese colapso -será el único camino que permita que la mayoría de los seres humanos se percaten de sus deberes-, la segunda considera que hay que salir con urgencia del capitalismo y que al respecto, y a título provisional, lo que se halla a nuestro alcance es abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados, propiciar su federación y acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Si unos interpretan que estos espacios nos servirán para esquivar el colapso, otros creen que es preferible concebirlos como escuelas que nos prepararán para sobrevivir en el escenario posterior a aquél. Lo más probable, de cualquier modo, es que no consigamos evitar el colapso: lo que está a nuestro alcance es, antes bien, postergar un poco su manifestación y, tal vez, mitigar algunas de sus dimensiones más negativas.
     

Parece claro, de cualquier modo, que no hay ningún motivo serio para depositar nuestra esperanza en unas instituciones, las del sistema, sometidas a los intereses privados, jerarquizadas, militarizadas y aberrantemente cortoplacistas. Una de las estratagemas mayores del capitalismo contemporáneo se beneficia de la enorme habilidad que el sistema muestra a la hora de evitar que nos hagamos las preguntas importantes.Y es que un empeño principal del capitalismo de estas horas consiste en buscar desesperadamente materias primas y tecnologías que nos permitan conservar aquello de lo que hoy disponemos, sin permitir que nos preguntemos por lo principal: ¿realmente nos interesa conservar esto con lo que hoy contamos, o con lo que cuentan, mejor dicho, unos pocos?

 

Libro relacionado

Ante el colapso. Por la autogestión y el apoyo mutuo

Edición 2019

Publicado enSociedad
Ecosocialismo: un horizonte para un cambio de época

En tiempos de Trump, Bolsonaro y otros representantes del neofascismo, puede que algunos lectores recuerden la frase atribuida a Fredric Jameson según la cual parece más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo; una sentencia que, a la vista de lo que muestra el escenario ecológico actual, parece tomar forma de amenaza cierta. En tiempos de avance de una derecha (extrema) neoliberal y autoritaria en Asia, Europa y América y en los que la izquierda se encuentra sumida en una profunda crisis de identidad y proyecto, absorta en pequeñas e inocuas maniobras institucionales con escaso resultado práctico para combatir la desigualdad y la crisis climática, se hace más necesario que nunca dar por enterradas las viejas respuestas e iniciar la elaboración de horizontes estratégicos que logren la síntesis del binomio sociedad justa y biosfera intacta.


En efecto, el capitalismo se encuentra en una dinámica destructiva y parece evidente que no dejará de explotar cualquier recurso en la huida hacia delante que emprendió, en su última fase, a partir de la crisis de 2008. Evidentemente, no se trata sólo de una cuestión temporal que responde a la crisis, sino de la propia naturaleza del capitalismo, que responde exclusivamente a la generación de beneficios, y por lo tanto necesita apropiarse tanto del trabajo como de la naturaleza con tanta intensidad como sea necesaria para su supervivencia. Por eso, no es de extrañar que los diversos movimientos de ultraderecha ataquen tanto las condiciones de trabajo como las luchas ecológicas, o que las Cumbres de Cambio Climático sean cada vez más inoperantes.
Detrás de los desastres hay causas

Pero… ¿Por qué hemos llegado a semejante situación? ¿Cómo es posible que la supervivencia del sistema socio económico esté amenazando la vida de las personas que lo alimentan y de su entorno? Hay muchas líneas de explicación, y tanto la sociología como la economía o la historia pueden aportar enfoques de interés, pero en tanto que buscamos un marco global de interpretación, necesitamos una explicación política, esto es, una explicación que dé cuenta de las fuerzas e idearios sociales que han acabado llevándonos a este punto. Políticamente, esto sólo se puede entender desde una derrota histórica, la que sufren los proyectos alternativos ante un capitalismo que se reconfigura desde los años 80 del pasado siglo y muta para adoptar el neoliberalismo como forma actualizada. Con el neoliberalismo, el capital se desvincula casi totalmente de los límites materiales, avanza en la extensión de su modelo social (individualismo, consumismo, descrédito de lo público y lo colectivo, mercantilización del conjunto de la sociedad) y desplaza a los imaginarios colectivos políticos alternativos. La famosa expresión de Margaret Tatcher, “no hay alternativa”, podría ser el mejor ejemplo de las profecías autocumplidas: no hay alternativas porque el neoliberalismo alcanzó el poder en todos los ámbitos y eliminó la posibilidad de una alternativa. Por eso, hoy, todavía puede parecer que es más fácil que se acabe el mundo a que se acabe el capitalismo.


Sin embargo, es evidente que existen alternativas. El dictumtatcheriano sólo es cierto en la medida en la que se impone contra la voluntad de las clases populares y de los movimientos sociales que, estos sí, son conscientes de la deriva suicida del capitalismo. El ecologismo ha tenido muchas versiones y, al menos en la orientación de ecologismo social ha sabido ir mostrando una serie de posibilidades al margen del neoliberalismo. La izquierda política, sin embargo, ha tardado en ver esto, pero hoy empieza a asumir que una transformación radical necesita de la cuestión ecológica, y no como un añadido externo, sino como un eje central de su propuesta política. Hoy no sólo está claro que el ecosocialismo es capaz de plantear una propuesta ecológica que incluya lo laboral, lo productivo y lo reproductivo, sino que hacerlo desde otros lugares llevará forzosamente a un proyecto fallido.


Desde las últimas décadas, y especialmente desde principios de siglo, la crisis ecológica empieza a mostrarse con una evidencia fuerte. Los niveles de contaminación ambiental, el cambio climático, la frecuencia creciente de disturbios y catástrofes ambientales o la inhumana y dañina forma de producir carne son elementos especialmente visibles que ya no pasan desapercibidos a un conjunto social cada vez más amplio. Es momento de que la izquierda asuma definitivamente el análisis ecologista y le dé dimensión política para construir un proyecto que vaya más allá de unas elecciones y más allá de un programa; hay bases para construir un horizonte alternativo con base organizativa fuerte, y eso implica un proyecto de las clases populares porque sólo ellas configuran la mayoría. Recuperar esta idea de clase ha podido parecer difícil en los años de éxito del neoliberalismo, pero es una necesidad, un punto sin el cual no articularemos un proyecto de todas y para todas.

 

Existen alternativas. El ecosocialismo forma parte de la solución

 

Este trabajo de recuperación de elementos de la izquierda revolucionaria que aspiraba a la sociedad de mujeres y hombres libres e iguales sin explotación humana y de aquellos que vienen de la tradición ecologista forjada en centenares de luchas en defensa de la biosfera y que ha sido capaz de dar explicaciones y alternativas tiene su mejor apuesta en el ecosocialismo. Y para ello los espacios de trabajo como el que tuvo lugar el pasado mes en Lisboa son fundamentales (http://alterecosoc.org/). La IV edición de los Encuentros Ecosocialistas fue organizada con participación de muchas organizaciones y activistas portuguesas, dando así continuidad a una serie de encuentros que son referencia para un trabajo ambicioso de articulación político social. Si es tiempo de construir imaginarios colectivos distintos, espacios como este son el lugar donde pueden surgir.


En estos momentos en los que se perpetúa la crisis constante del neoliberalismo como sistema socioeconómico, la necesidad de un proyecto alternativo es tan alta como su posibilidad. Pero esto no debería hacernos pensar que la crisis del capitalismo llevará a su destrucción y a una transición a un modelo sostenible. Por el contrario, tratará de mantenerse a costa de lo que haga falta. Merece la pena recordar aquí a Rosa Luxemburgo, autora de aquella expresión histórica, “socialismo o barbarie”, de la que nos reivindicamos muchos ecosocialistas. No se trataba de un lema de agitación, sino que se dirigía a una discusión importante en vida de Luxemburgo, entre aquellos que creían en un marxismo mecanicista según el cual la revolución vendría por el colapso del propio capital, y los que defendían que mediaría una lucha social y que el resultado de esa lucha podría tanto ser el socialismo como una forma de fascismo. Esa es la lucha que el ecosocialismo está en condiciones de abrir y que tiene que abrir, como vía para sacar a la izquierda de su derrota histórica y, lo que es más importante, para salir del fracaso ecológico global, creando un horizonte compartido.

 

*Economista y militante de Anticapitalistas. Activista social y militante de Anticapitalistas (respectivamente)

Publicado enEconomía
Diez rasgos para un ecosocialismo feminista y revolucionario

Llamamos ecosocialismo al razonamiento que consiste en vincular personas explotadas y oprimidas. Este razonamiento prepara la llegada de una sociedad socialista democrática, no productivista, sin dominación ni explotación, respetuosa y prudente respecto al resto de la naturaleza.

Concepto abierto, el ecosocialismo implica un cierto número de interpretaciones diferentes. Los francófonos probablemente conocen el ecosocialismo de JL. Mélenchon, que es de tendencia más bien estatista y soberanista. En algunos países, una socialdemocracia de gestión o de los partidos verdes muy mainstream afirman actuar con una perspectiva ecosocialista. No se puede por lo tanto hablar en general del ecosocialismo. Los diez rasgos propuestos más abajo resumen las concepciones ecosocialistas de la corriente marxista-revolucionaria internacional a la que pertenezco.

1. Nuestro ecosocialismo deriva de cuatro declaraciones:


-La necesidad de un programa de transición anticapitalista que ya considere las limitaciones ecológicas y aporte respuestas a la destrucción ecológica. Por lo tanto divergimos de las corrientes políticas que aplazan la protección y la restauración del entorno al “día de mañana” del postcapitalismo;
-la necesidad de una estrategia basada en la acción directa, democrática y auto-organizada de las personas explotadas y oprimidas, en una perspectiva internacionalista y en el respeto a la autonomía de los movimientos sociales así como en el derecho a la auto-organización de las mujeres y en general, de las capas oprimidas;

-la profundísima crisis de sentidos y valores que mina la sociedad capitalista. La dominación del valor abstracto y el patriarcado capitalista son la base de una inversión entre las necesidades y la producción, entre trabajo vivo y trabajo muerto, entre el planeta y el capital. El capital aliena así al ser humano de su naturaleza de animal social pensante, produciendo consciente y colectivamente su existencia;
-el balance ecológico catastrófico de los países del “socialismo real”, simbolizado por la catástrofe de Chernobil, de la desecación del Mar de Aral y de la campaña maoista para la eliminación de gorriones en China, por dar algún ejemplo.


Nuestro ecosocialismo es por lo tanto radicalmente anticapitalista, humanista, internacionalista, feminista y autogestionario. A la vez, es estrategia de lucha, programa de reivindicaciones y proyecto de sociedad.


2. Nuestro ecosocialismo tiene una fuerte dimensión ética que entronca en la perspectiva de una civilización humana digna de tal nombre


Seguirnos las huellas de Marx quien consideraba que “la naturaleza es el cuerpo inorgánico de la humanidad”. La destrucción de la naturaleza de la que formamos parte es nuestra propia destrucción y la de nuestros hijos. La expresión “crisis ecológica” es por eso muy limitada. La situación a que nos enfrentamos es mucho más que una crisis del funcionamiento de los ecosistemas debida a la lógica del beneficio: es una crisis sistémica de la civilización humana agudizada principalmente por una crisis de las relaciones entre la humanidad y el resto de la naturaleza.


Sustituir la producción de valor por la producción de valores de uso determinados democráticamente es una condición necesaria para ponerle fin; pero solo es una condición necesaria. Las destrucciones ecológicas, como la opresión de las mujeres, han existido mucho antes que el capitalismo, aunque fuese bajo otras formas y a escala local más que global. Por otro lado, como se ha dicho, el “socialismo real” burocrático ha sido también tan destructor del entorno como el productivismo capitalista.


Juntas, estas dos realidades, subrayan la necesidad de un proceso de revolución cultural a proseguir mucho más allá de la abolición del capitalismo. Se trata de romper con las visiones dominantes y utilitaristas, para inventar una relación con el entorno basada en el cuidado, la prudencia y el respeto.


3. El balance ecológicamente destructivo de la URSS, China y los países del Este se debe ante todo a la degeneración estalinista burocrática de la revolución


Esto ha implicado a la vez la renuncia a la revolución mundial y al abandono de las experiencias y concepciones ecológicas más avanzadas que se han desarrollado durante los primeros años del poder soviético. Pero el estalinismo no lo explica todo: a finales del XIX y principios del XX, el movimiento obrero y su ala revolucionaria estaban mayoritariamente impregnados por una visión de la naturaleza como materia a dominar, a modelar sin límites según la voluntad humana. Esta visión estaba presente y dominaba también a los oponentes de izquierda al estalinismo.


4. La emancipación de las mujeres requiere un movimiento autónomo y la construcción en su seno de una tendencia socialista. Por lo mismo, parar la destrucción ecológica exige la construcción en el seno de la izquierda de una corriente ecosocialista que intervenga, por así decirlo, en nombre del resto de la naturaleza en una perspectiva anticapitalista, internacionalista y anti-burocrática


Rechazamos la idea de que esta corriente esté condenada a predicar en el desierto por el hecho de que el Homo sapiens sea destructor e insensible por naturaleza. La humanidad ha causado muchas destrucciones ecológicas, pero no hay ninguna razón para pensar que la inteligencia y la sensibilidad humanas sean insuficientes para reaprender lo que hemos olvidado, cuidarnos del entorno, reconstruir los que se pueda, inventar una nueva relación con la vida en general.


5. Nuestro ecosocialismo es radicalmente anticapitalista y en consecuencia marxista


Encontramos en Marx no solo una crítica irreemplazable de la lógica del capital sino también ideas preciosas y a menudo desconocidas que nutren directamente nuestra reflexión ecosocialista. Las principales son las siguientes:


-La naturaleza y el trabajo son las únicas fuentes de toda riqueza, la naturaleza es la fuente principal de los valores de uso;


-La única agricultura racional es la basada en los agricultores independientes o en la propiedad comunitaria del suelo (¡a distinguir de la propiedad estatal de los koljoses!). La única explotación forestal racional es la que huye de la búsqueda del lucro “cortoplacista”;


-La búsqueda de rentas (superbeneficio) estimula continuamente el pillaje de los recursos naturales, minerales y orgánicos, sobre todo la tendencia a una agroindustria cada vez más intensiva que agota los suelos, practica el monocultivo y privilegia la producción de carne;


-El capitalismo se basa en la desposesión. No hay capitalismo sin crecimiento y por lo tanto, sin reproducción ampliada constante, con un doble movimiento: por una parte, apropiación/explotación de la fuerza de trabajo contra un salario, y por otra, apropiación/pillaje de recursos naturales.


-El capital no es una cosa sino una relación social de explotación del trabajo que exige inputs en recursos naturales y orientado a la producción de plusvalor. “El único límite del capital, es el propio capital”, decía Marx: enigmática a simple vista, la frase significa simplemente que el capital proseguirá su obra de destrucción tanto tiempo como disponga de fuerza de trabajo y de otros recursos naturales para explotar. Por ello, el capital no puede fallar hasta haber franqueado los límites. Ningún mecanismo endógeno le permite considerar las fronteras de la sostenibilidad (“boundaries”).


-En consecuencia, la producción de plusvalía implica necesariamente la ruptura de los equilibrios en el intercambio material entre la humanidad y el resto de la naturaleza (“metabolic rift”). La acumulación capitalista agota a la vez la tierra y a la clase trabajadora. Parar el pillaje de recursos (la “gestión racional del intercambio material” sociedad-naturaleza) exige la abolición de la explotación de la fuerza de trabajo y la reducción del tiempo de trabajo.


6. Sin embargo, la obra de Marx y Engels está en tensión


Primero, está marcada en cierto grado por las ilusiones del progreso y la perspectiva de un “crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas”; Segundo, su pensamiento debe pasar la criba de los análisis (eco)feministas sobre el patriarcado.


Para Marx, como hemos visto, “el capital agota las dos únicas fuentes de toda riqueza, la tierra y el trabajador”. En esta cita, “el trabajador” incluye la trabajadora. Por lo tanto el trabajo está feminizado. Las mujeres asumen gratuitamente la mayoría de los trabajos de reproducción en el marco de la familia, y este trabajo esta “invisibilizado” en la sociedad capitalista. Marx dijo también, que “la apropiación privada de la Tierra, parecerá un día tan bárbara como la apropiación privada de un ser humano por otro”. Y por tanto, el capitalismo ha integrado el patriarcado preexistente que constituye una forma de apropiación de un ser humano por otro. Engels, lo había señalado: “en la familia, el hombre es el burgués, la mujer el proletario”.


Nuestro ecosocialismo desarrolla por tanto la frase de Marx para integrar explícitamente el trabajo de reproducción. La lógica capitalista que aumenta la explotación del trabajo asalariado y de los recursos tiende también a aumentar la opresión patriarcal de las mujeres. La apropiación del cuerpo de las mujeres, el trabajo doméstico que prestan gratuitamente y su discriminación en la esfera productiva, constituyen una forma específica de apropiación de riqueza por el capitalismo. Esta forma debe evidenciarse para que la crítica de este modo de producción sea completa.


7. Nuestro ecosocialismo trata de integrar todos estos aspectos


La opresión de las mujeres se combina con la explotación del trabajo asalariado y el pillaje de recursos, con la ruina de los campesinos independientes y la destrucción de comunidades indígenas.
Las luchas de las mujeres forman parte de la lucha de clases, sin limitarse a eso, porque la opresión patriarcal es una de las bases del capitalismo. Las luchas ambientales forman parte de la lucha de clases, sin limitarse a eso, porque el apetito insaciable del capital para consumir recursos es la inclinación de su dependencia del trabajo vivo que, por una parte, transforma esos recursos en valor, y por otra, reproduce en el ámbito doméstico, la fuerza de trabajo,


Las luchas campesinas y de los pueblos indígenas, forman parte de la lucha de clase, sin limitarse a eso, porque la bulimia capitalista implica la apropiación de todos los recursos y la mercantilización de todas las relaciones y en consecuencia también la proletarización generalizada.


Nuestro ecosocialismo es por lo tanto, no únicamente alianza antiproductivista de lo social y lo ambiental; es decir, alianza social-obrero-campesina-pueblos indígenas, sino que también tiene en cuenta el feminismo en lo social y lo ambiental. Es decir, eco feminismo socialista. Esta visión es la base de nuestra estrategia eco socialista de convergencia de las luchas.


John Bellamy Foster estima que hay una “ecología de Marx”. Su libro en este aspecto es claro y pone el reloj en hora respecto al pretendido productivismo marxista. Pero rechazamos la apología. “La ecología de Marx”, en nuestra opinión, es una obra inacabada. Nuestro ecosocialismo comporta rematar la construcción, superando los límites y, acaso, las contradicciones. Esta visión sin anteojeras es indispensable para considerar las nuevas cuestiones como los “derechos de la Madre Tierra”, el sufrimiento animal, etc.


8. Es una ilusión creer que un modo de producción basado en la apropiación del cuerpo de las mujeres y en la explotación de la fuerza de trabajo humana como recurso natural podría engendrar en la mayoría de la población una conciencia social respetuosa con los recursos naturales y con la naturaleza en general


En un sistema de producción generalizado de mercancías, es decir, de “cosificación” generalizada. La ideología dominante frente a la “naturaleza” forzosamente es una ideología del mercado, que considera el entorno como una reserva de recursos gratuitos. Las luchas ecológicas deben vincularse y acompasarse con las económicas y feministas, para transformarse en fuerza social de transformación del orden existente, Las cuestiones del trabajo, de la producción, de la reproducción y del desarrollo están en el centro de nuestro ecosocialismo. La naturaleza del Homo sapiens es producir socialmente su existencia mediante la expresión del trabajo, relación ineludible entre humanidad y naturaleza,


Pero la naturaleza humana solo existe en concreto mediante sus formas históricas. La respuesta a la crisis ecológica no consiste en “salir del trabajo” en “salir del desarrollo”, en “salir del consumo”, en “salir del crecimiento”, etc., que son abstracciones a- históricas. Consiste en salir del trabajo abstracto productor de valor, por tanto salir del modo de desarrollo capitalista centrado en el crecimiento del beneficio y del modo de distribución/consumo que de él se deriva.


9. Rechazamos la idea de que “la naturaleza” sufre a la humanidad como una enfermedad


La humanidad forma parte de la naturaleza que transforma. Otras especies han transformado la naturaleza en profundidad. Pero la transformación del Homo sapiens es distinta: lejos de ser “natural”, está determinada históricamente por las relaciones sociales de producción. Así, no hay “capacidad de carga” específica de la especie humana. En función de la productividad del trabajo, la “capacidad de carga” humana ha variado, por ejemplo, desde 8 humanos/km², para la agricultura de “tala y quema”; 25 humanos/km² para los primeros agricultores sedentarios; 100 humanos/km² en la agricultura de regadío del Antiguo Egipto,..


Por otro lado la historia presenta varios casos en que el progreso de la productividad del trabajo ha sido ecológicamente positiva (por ejemplo, en Europa Occidental el descubrimiento del papel de las leguminosas como “abono verde” ha frenado la deforestación). Actualmente, las tecnologías energéticas renovables suponen un progreso de la productividad cuya extensión generalizada se impone de manera urgente para evitar el cambio climático hacia un “planeta invernadero”. Pero en el marco capitalista productivista y “adorador del crecimiento”, tales tecnologías se añaden a las energía fósiles en vez de reemplazarlas, y se despliegan al servicio del beneficio. Razón por la que no detienen la destrucción medioambiental.


Así se ve bien, que el problema no es el progreso general, sino lo que Michael Löwy llama el “progreso destructivo” del modo capitalista de producción. Ese “progreso” produce bajo nuestros ojos y cada vez más rápido una naturaleza transformada y empobrecida. Está a punto de destruir millones de formas de vida, amenaza la existencia de cientos de millones de pobres, crea el riesgo de una caída de la humanidad en la barbarie, e incluso podría, eventualmente, a fin de cuentas, amenazar a la especie humana en su conjunto.


10. La “auténtica naturaleza” virgen no existe


Aquellos que piensan que la “auténtica naturaleza es la naturaleza sin Homo sapiens”, no tienen ninguna solución para la crisis sistémica. Su única alternativa lógica consistiría en desear la desaparición de los humanos (¡en tal caso, que nos muestren el ejemplo!)...Frente a estas concepciones misántropas, la cosmogonía de los pueblos indígenas (la Madre Tierra) constituye una fuente de inspiración. Pero no nos equivoquemos: esta cosmogonía no implica “defender los bienes comunes” que lo serian por naturaleza. En efecto, esta noción de los bienes comunes implica en cambio que ciertos bienes no serían, naturalmente, comunes. Muy al contrario, se trata de afirmar la legitimidad de un proceso de construcción social DEL COMÚN.


Ese proceso de definición democrática de lo que queremos instituir como común no está limitado a priori por ninguna naturaleza de las cosas. Una sociedad eco-comunista, sin clases, recuerda en ciertos aspectos a las llamadas sociedades “primitivas”. Ella instituiría LO común, Sin embargo será muy diferente, visto el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Esta sociedad elaborará un concepto de las relaciones humanidad-naturaleza que probablemente recordará en ciertos aspectos a la de los pueblos indígenas, pero también será diferente. Un concepto en el cual las nociones éticas de precaución, de respeto y de responsabilidad, así como maravillarse ante la belleza del mundo, se nutrirán permanentemente de la aprehensión científica a la vez más sutil y al mismo tiempo claramente incompleta. Pues a mayor progreso de la ciencia, más crece la conciencia de lo que no explica…


El texto que presentamos fue la intervención de Daniel Tanuro en la escuela de ecología del Center for Alternative Researches and Studies (CARES), recientemente inagurado en Senlis-sur -mer, Isla Mauricio.

Por Daniel Tanuro, ingeniero agrícola, ecologista y activista socialista valón, es dirigente de la LCR-SAP del Reino de Bélgica.
09/11/2018

 

 

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“El patriarcado destruirá el planeta si no lo frenamos”

Tengo 63 años. Soy de Dehradun (India). Soy filósofa de la ciencia y ciudadana profesional de la Tierra. Tengo un hijo de 33 años. ¿ Política? ¡Democracia planetaria verdadera! ¿ Creencias? Las diosas-madre antiguas, el Principio Femenino. El ecofeminismo traerá la biocivilización

 

Qué es el ecofeminismo?


La mejor respuesta a la crisis civilizatoria que padecemos. La formulé hace veinte años: cada día es más vigente y necesaria.


¿Ecología más feminismo?


Sí, porque tanto la crisis medioambiental como la socioeconómica son de raíz sexo¬genérica.


¿El varón es culpable?


No simplifique: el sistema patriarcal capitalista. Un orden de valores que desvaloriza, esclaviza y explota a las mujeres, cuyo trabajo en casa y en el campo ha sido siempre el verdadero sostén de la humanidad.


¿Desde cuándo sometemos a la mujer?


Hablo de era antropocénica, intrínsecamente destructiva de la naturaleza y de la feminidad, ligada a la violencia y la guerra. No siempre fue así: en la remota antigüedad venerábamos a diosas, representación del respeto a la Tierra Madre.


¿El capitalismo expresa el patriarcado?


Obviamente, es fruto de la prolongada ¬explotación masculina, acumulativa y destructiva, con violencia contra las mujeres, los niños, los débiles, las semillas...


¿Las semillas?


Las variedades semillas de los cereales y hortalizas han sido seleccionadas por las mujeres generación tras generación, durante miles de años. Las mujeres son las parteras de la agricultura. Y ahora resulta que nos piratean las semillas...


¿Piratean? ¿Quién?


Grandes corporaciones de agroingeniería alimentaria como Monsanto: modifican algún gen de una variedad de semilla ¡y la patentan, como si no fueran de la vida, como si fuesen suyas! Eso se llama biopiratería.


¿Tan grave es la cosa?


¡Nuestra libertad está en juego! Perdemos variedades de semillas, empobreciendo este patrimonio de la humanidad. Si viniese una plaga, la falta de variedad arrasaría todo, o acabaríamos en manos de una corporación. El 1% de la humanidad domina al otro 99%.


¿Podemos enderezar esto?


Luchando juntos, sí. En India hemos conseguido nuevas leyes que protejan a los campesinos de abusos, y también a las mujeres.


¿Ha mejorado el trato a las mujeres desde su niñez?


Recuerdo a las mujeres en las minas: se enfrentaron a una mafia armada, bloqueando la mina. ¡Las mujeres son valientes! Cada vez que flaqueo, pienso en aquellas mujeres y me vuelven las fuerzas. ¿Y sabe de dónde viene esa fuerza?


¿De dónde?


De la hierba que pisan, de la tierra misma. El poder de la naturaleza está en nosotras.


¿Y no en el varón?


También..., si renuncia al patriarcado, sistema de explotación destructiva de la tierra, de sus minerales, vegetales y animales. Tres aspectos expresan el patriarcado: la colonización, el maquinismo industrial...


Las máquinas nos han reportado prosperidad.


Sólo para los que mandan. No hay progreso con maltrato a la naturaleza, si la agredimos como a un objeto inanimado, eso es esquilmarla, un atraso. Y la tercera expresión patriarcal es el atropello a la sabiduría de la mujer, culminada por el capitalismo


¿Qué puede hacer el ecofeminismo?


Eco viene del griego oikos: casa. De ahí economía: ¡sin el trabajo doméstico femenino, no hay riqueza! Es un trabajo creativo. El capitalismo es extractivo, destruye.


Un ejemplo.


Desde 1995, en India se han suicidado 300.000 campesinos, extorsionados económicamente por los amos de semillas y pesticidas. Es un crimen contra la Tierra y la humanidad. Incluyo los transgénicos.


¿Qué les pasa?


Causan patologías: si hay más niños autistas que nunca, se debe a los transgénicos.


Es una afirmación arriesgada...


La sostengo. Están afectando al desarrollo neuronal de los bebés y propician cánceres en la población. ¡Hay que frenarlos!
Debe de ser usted una bestia negra para muchos.


Me llaman ludita, reaccionaria, incendiaria... Pero no me callarán. De las mujeres vendrá la salvación, seguiremos luchando. Igual que fuimos lectoras de semillas, ahora somos lectoras del presente y predictoras de la biovicilización.


¿Qué es la biocivilización?


Hacernos conscientes de que los humanos formamos parte de la Tierra, que no somos un ente separado. Cambiemos de modelo y diluiremos las miserias del patriarcado: cambio climático, desigualdad, insolidaridad, guerra.


¿Ecofeminismo al poder?


Frenaría el proyecto tóxico de dominación sobre la naturaleza y la mujer, insalubre e irresponsable. La naturaleza viviría, sería sostenible.


Y si no... nos iremos a otro planeta.


Un concepto muy patriarcal: seguir conquistando y destruyendo... No, respetemos los recursos de la tierra y vivamos a gusto en este planeta: el ecofeminismo es el camino de la biocivilización planetaria.

 


Biocivilización. Shiva recibió en 1993 el premio Nobel Alternativo de la Paz, y Zapatero la tuvo como asesora en un grupo de pensadores durante su mandato. Es una mujer fogosa, combativa y vehemente que se crece ante los poderes de los bancos y corporaciones como Monsanto. Doctora en Ciencias Físicas, es una de las ecologistas, feministas y filósofas de la ciencia más prestigiosas a escala internacional, beligerante contra el neoliberalismo y defensora de los derechos de los pueblos. Publicó Ecofeminismo (Icaria) y ha participado en el IV Seminario Internacional de Convivencia Plane¬taria: Construimos Biocivilización, organizado por la Associació Imago en Barcelona.

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La Iniciativa Yasuní-ITT, una propuesta de la sociedad civil ecuatoriana retomada por el gobierno, nos induce a preguntarnos sobre múltiples problemáticas como la economía postpetrolera, la deuda ecológica e histórica de los países ricos, un nuevo modelo de desarrollo, etc. Este proyecto consiste en dejar bajo tierra unos 920 millones de barriles de petróleo con el fin de evitar la emisión de 410 millones de toneladas de CO2 y la desaparición de una importante fauna y flora, considerando que esta es la región con más biodiversidad en el mundo. A cambio, como co-responsabilidad común, el Ecuador pide una contribución financiera a los países que más contaminan, como un reconocimiento de su deuda ecológica histórica.

Esta propuesta se inscribe totalmente en lo que podríamos llamar el ecosocialismo[1] que retoma dos conceptos políticos, el ecologismo y el socialismo, para crear un nuevo modelo de civilización que permitiría que se articulen la justicia social y la urgencia ecológica. Esa última solo podrá resolverse cuestionando radicalmente la sociedad capitalista en la cual vivimos, ya que las crisis económicas, financieras, energéticas y climáticas están estrechamente ligadas. El crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo y este ya no debe ser entendido como mera acumulación de riquezas; acumulación que se hace frecuentemente en detrimento de la naturaleza. La satisfacción de nuestras necesidades ya no debe pasar por el consumo de bienes materiales. La riqueza ya no puede ser ligada a la abundancia. El crecimiento material desenfrenado nos conduce a graves riesgos ecológicos y sociales. Hoy, entendemos cada vez más que el modo de desarrollo dominante, capitalista, ya no es globalmente viable.

Sí, el socialismo puede ser ecologista mediante la transición hacia una economía postpetrolera, el cambio radical de la matriz energética y productiva (reduciendo la utilización de combustibles fósiles sustituyéndolos por formas renovables de energía hidráulica, geotérmica, eólica o solar), el fin de la deforestación y la reforestación con el apoyo de las comunidades locales, etc. Sí, el socialismo puede ser democrático (al contrario de los viejos socialismos burocráticos de la URSS, China, Corea del Norte o aún Cuba) con la participación de la población en la definición de sus necesidades reales, en la toma de decisión y en la implementación de los diferentes proyectos que la conciernen: educación, salud, vivienda, medio ambiente, etc. Debe respetar la elección de dos pueblos indígenas, los Tagaeri y los Taromenane, de vivir en aislamiento voluntario, pues su territorio está, en parte, en la zona del ITT. El Ecuador quiere hacer del proyecto ITT un pilar del nuevo modelo de desarrollo que debe seguir el país. Dicho modelo no estaría ya basado exclusivamente en la explotación del rico patrimonio natural nacional sino en el desarrollo de otros sectores de la economía en armonía con la naturaleza. Hay que esperar que el Presidente ecuatoriano, Rafael Correa, no ceda ante las fuertes presiones de los lobbies petroleros pero que tampoco inscriba el proyecto en las modalidades propias del ambientalismo neoliberal (mercado de carbono o mecanismos de desarrollo limpios). Cabe esperar además que la iniciativa ITT no sea pieza de cambio en relación a la aceptación de una acuerdo comercial tipo TLC con la Unión europea (algo por lo que la derecha está presionando) y que la sociedad civil ecuatoriana se apropie efectivamente de este proyecto y participe en él (al igual que la sociedad civil internacional) para que aquello que emergió inicialmente como una utopía se vuelva realidad. Ello constituiría un paso en firme hacia el Socialismo del siglo XXI. Durante los años 1990, los neoliberales celebraban su victoria ideológica y al mismo tiempo el fin de la historia. Otros se lamentaban, con la caída del muro de Berlín, del fin de las ideologías. Eso era verdad para los grandes partidos de izquierda actuando en coaliciones gubernamentales, alineados todos con la economía de mercado (aunque algunos propusieron ciertas reformas sociales, más bien periféricas, para “humanizar” al neoliberalismo). Sin embargo, no se puede decir esto de todas las izquierdas y sobre todo no del movimiento altermundialista cuyos debates, múltiples y diversos, demuestran, como su lema lo indica, que “otro mundo es posible”. Basta también examinar las numerosas experiencias en las sociedades latinoamericanas (particularmente en lo que concierne la gestión participativa de los gobiernos locales conducidos por alcaldes progresistas o a los procesos de autogestión y movilización colectiva) para demostrar lo contrario. Es en este conjunto que se inscribe la Iniciativa Yasuní-ITT, y es en las luchas de las sociedades civiles nacional e internacional que este proyecto podrá demostrar no solo su viabilidad sino, también, su potencial para construir un verdadero movimiento eco-socialista a escala mundial.

Por Matthieu Le Quang, autor es Doctorante en ciencia política al Instituto de Estudios Politícos de Aix-en-Provence. Investigador invitado a la FLACSO-Ecuador.

[1] Ver la entrevista de Mauricio Becerra con Franck Gaudichaud, “Crear un movimiento eco-socialista mundial desde ‘abajo’”, El Ciudadano, 03/02/2010, http://www.rebelion.org/noticias/2010/2/99665.pdf
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Luego de que en la Cumbre de Copenhague se impusiera por parte de los países ricos un acuerdo al servicio de los intereses corporativos del Norte, el consenso entre ecologistas y anticapitalistas se hizo evidente. Se trata de superar el capitalismo del desastre. El Ciudadano conversó con Franck Gaudichaud, analista, miembro de Rebelion.org y activista del Nuevo Partido Anticapitalista francés, para quien “frente a la urgencia climática, sólo nos queda autoorganizarnos”.

Gaudichaud ha indagado en las experiencias del movimiento obrero chileno durante la Unidad Popular, que cuajó en el libro ‘Poder popular y Cordones Industriales. Testimonios sobre el movimiento popular urbano 1970-1973’ y hoy es docente titular en Civilización hispano-americana en la Universidad Grenoble 3, Francia. Gaudichaud llama a desarrollar el Ecosocialismo para hacer frente a la barbarie neoliberal.

¿Qué diferencia podemos hallar entre el movimiento que emergió en Seattle hace 10 años con la experiencia del Klimaforum en Copenhague de este año?

- Hay que entender lo que se inició en Seattle hace 10 años atrás para pensar el movimiento actual en Copenhague. Las luchas colectivas de Seattle fueron un primer gran éxito ya que llevaron a esta cumbre al fracaso después de los años de hegemonía política, económica e ideológica del neoliberalismo. La dominación del “consenso de Washington”, de las privatizaciones-flexibilizaciones del FMI, de la OMC y de las multinacionales han sido cuestionadas en Seattle por lo que aparece como el inicio de un “movimiento de movimientos” mundial que busca rearticular y organizar el campo popular después de la caída del muro de Berlín y el fin de los “socialismos reales” de Europa del este (socialismos burocráticos autoritarios). De hecho, se considera muy a menudo que esta dinámica novedosa comenzó unos años antes en Chiapas, en la selva lacandona, cuando el grupo de los neozapatistas (y del subcomandante Marcos) dijeron “!Ya Basta!” al neoliberalismo y al acuerdo de libre-cambio del TLCAN.


¿Qué importancia le otorgas a este alzamiento?


- Marcó simbólicamente el inicio de ese ciclo internacional de protesta frente al “nuevo orden mundial” capitalista proclamado por Bush padre en 1991 y surgido de la reorganización del mundo posterior a la desintegración de la URSS y a la primera guerra del Golfo en 1991. Los zapatistas fueron pioneros porque supieron poner de realce un discurso universal de crítica situando su lucha especifica en un cuadro global: gritaron con los pueblos del mundo  “si a la humanidad, no al neoliberalismo” proponiendo crear “un mundo donde quepan todos los mundos”(1). Estas ideas se reafirmaron con la convocatoria del primer “Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo” en la Selva Lacandona, en 1996. Lo que el filósofo marxista Daniel Bensaïd denomina “internacionalismo de las resistencias” o “nuevo internacionalismo” se prolonga con las protestas de Seattle contra la OMC en noviembre de 1999 y sobre todo surge, con todo su fuerza, durante el Foro Social Mundial de 2001 en Porto Alegre - Brasil (2001)  (2). Para entender este proceso, hay que leer el último libro de Ester Vivas y Josep Maria Antentas: Resistencias globales. De Seattle a la crisis de Wall Street (Editorial Popular, Madrid, 2009).

¿El Klimaforum se inscribe dentro de este proceso?

- Sin lugar a dudas, la contra-cumbre del “Klimaforum” se inscribe en esta trayectoria del movimiento altermundialista nacido durante los 90. Se trata de un movimiento no lineal y por supuesto plural, cruzado de múltiples contradicciones políticas pero también de mucha riqueza gracias a su diversidad, un movimiento de movimientos que ha vivido altibajos durante su corta existencia. Como lo escriben Vivas y Atentas: “Desde mitad de los noventa una serie de campañas internacionales, movilizaciones y encuentros, en interrelación con luchas significativas a escala estatal, fueron dibujando un entramado de redes, organizaciones, y experiencias cuya solidez y consistencia iría en aumento. […] La explosión del movimiento Seattle inauguró un periodo de rápido crecimiento del movimiento, hasta las movilizaciones contra el G8 en Génova en julio de 2001 y los atentados del 11 de septiembre (11S) en New York. Ésta fue una fase de desarrollo lineal, semi-espontáneo y “automático” del movimiento”. Pero después del 11S y con la nueva ofensiva imperialista de Bush, el movimiento perdió centralidad y peso político. De nuevo, siguiendo al gran movimiento antiguerra de 2003 contra la invasión en Irak, conoció una fase creciente de dispersión y fragmentación. El “movimiento alter” ha mostrado importantes limites también en términos de propuesta programática concreta y de construcción de agenda de luchas globales, cuando el capitalismo sigue devastando el planeta y que la crisis mundial la están pagando los pueblos, del Sur en particular. Si hacemos un balance, el movimiento ha tenido pocos éxitos concretos y no ha sido capaz de revertir el “orden de la cosas”, es decir enfrentar el capital y poner en jaque sus estados. Pero en el ámbito simbólico e ideológico ha jugado un papel clave de “rearme” del pensamiento crítico mundial y de intercambio de ideas y experiencias colectivas. Este aspecto es sumamente importante después de la noche neoliberal y de su pensamiento hegemónico único. Y en Copenhague (como en Belem en el Foro social mundial) hemos visto de nuevo militantes y organizaciones sociales de todo el mundo criticando frontalmente el orden mundial y, al mismo tiempo, haciendo numerosas propuestas radicales de desarrollo alternativo, no productivistas y presionando a los gobiernos para que tomen medidas concretas urgentes. En este sentido, estoy de acuerdo con el análisis de Cédric Durand (economista de la revista Contretemps) (3): a diez años de Seattle, las movilizaciones y los debates marcan un nuevo impulso para el movimiento altermundialista y una transformación del espacio de las convergencias de luchas internacionales. Así, Copenhague se inscribe en une continuidad de resistencias desde Seattle, por ejemplo con la acción de masa titulada “Reclaim Power” (4) que proponía interrumpir la rutina de las negociaciones para la organización de una “Asamblea de los Pueblos” invadiendo el lugar mismo donde se hallaban las selectas negociaciones institucionales gubernamentales. Al mismo tiempo, Copenhague va más allá de Seattle por el tamaño de la protesta: Cien mil personas desfilaron el 12 de diciembre 2009 contra un poco más de 20 mil en Seattle, su dimensión política y sus propuestas alternativas concretas.

¿Podemos decir que hoy existe una confluencia, que no había en la década de los ‘90, entre los movimientos ecologistas y los anticapitalistas al coincidir ambos en que el enemigo es el capitalismo del desastre?

- Hay que aclarar algo esencial: no se puede poner en el mismo plano el movimiento altermundialista o “antiglobalización” con el anticapitalismo. Dentro del primero militan activista anticapitalistas, pero el movimiento altermundialista es mucho más variado y son muchos los altermundialistas que siguen pensando que se puede regular el capital, crear una “economía mundial social de mercado”, que el tiempo de las revoluciones o de las rupturas anticapitalistas terminó, que el Estado de bienestar puede ser reconstruido o sea una visión socialdemócrata, reformista o antiliberal moderada. El movimiento está conformado de muchas ONG’s, parcial o totalmente institucionalizadas, de sindicatos, de colectivos múltiples como por militantes de orientación variada como libertarios, comunistas, cristianos sociales, ecologistas, etc. Es cierto que durante los últimos años muchos activistas “moderados” se han radicalizado frente a la regresión neoliberal y a la fuerza del imperialismo militar. Y por eso, más que nunca tenemos que explicar que la única alternativa posible es anticapitalista. Como lo plantea Michael Löwy, “¿Cuál es la raíz de la dominación totalitaria de los bancos y de los monopolios, de la dictadura de los mercados financieros, de las guerras imperialistas, si no el sistema capitalista mismo? Por supuesto, todos los componentes del movimiento altermundialista no están dispuestos a sacar esta conclusión: algunos sueñan todavía con un retorno al neokeynesianismo, al crecimiento de los “treinta gloriosos” o al capitalismo regulado, con un rostro humano. Estos “moderados” tienen su lugar en el movimiento, pero es innegable que una tendencia más radical tiende a predominar. La mayor parte de los documentos generados por el movimiento ponen en cuestión no solamente las políticas neoliberales y belicistas, sino el poder del capital en sí mismo” (5).
¿Qué efectos permite esta confluencia en la articulación del movimiento social y en las luchas futuras?

- Es un hecho no menor de las movilizaciones de Copenhague: hoy existe un puente entre el movimiento por la justicia social global y el movimiento por la justicia climática global. Eso, creo, es la esperanza fundamental del Klimaforum, de la coalición “Climate Justice Now” y de todos los militantes que estuvieron compartiendo este evento. Los militantes del Klimaforum, donde participaron 522 organizaciones provenientes de 67  países como los activistas “autónomos” de “Climate Justice Action” quisieron oponerse, cado uno a su manera, al slogan de los países industriales y de los grandes monopolios que siguen diciendo “Business as usual”, pase lo que pase “después de mi el diluvio”. Desde 1999, los lemas del altermundialismo han sido: “El mundo no está en venta”, “Globalicemos las resistencias” u “Otro mundo es posible”, ahora podemos añadir: “El planeta, no el lucro”, “Justicia climática ahora”, “Cambiemos de sistema, no de clima”, “¡No existe un Planeta B!”. Todo lo que se pudo leer en los muros de Copenhague ya hace parte del patrimonio de la resistencia global. Todo esto va en la misma dirección: la de una critica a un mundo dominado por el mercantilismo, la privatización y el capital transnacional. Así de Chiapas en 1994 a Copenhague en 2009, los pueblos movilizados están diciendo, de alguna manera, a las clases dominantes de este mundo que la historia no ha terminado (como lo proclamó apresuradamente Francis Fukuyama) y que no es el planeta que hay que destruir sino el capitalismo…. Y más aún cuando se ve el vergonzoso resultado de las negociaciones en Copenhague que desembocó en un acuerdo final al servicio de los intereses corporativos del Norte: 193 estuvieron en la cumbre, representados, en su mayoría, por sus jefes de Estado y Obama (y su pequeño grupo de “países amigos”) pasaron por alto el procedimiento colectivo de la ONU, lo que tuvo como consecuencia un documento no vinculante, que fue presentado bajo la premisa “tómalo o déjalo”. Frente a este fracaso irresponsable y anunciado, el foro alternativo ha sido la “semilla de esperanza”: como lo dice Amy Goodman, “la cumbre sobre cambio climático de Copenhague no logró alcanzar un acuerdo justo, ambicioso y vinculante, pero inspiró a una nueva generación de activistas a sumarse a lo que se reveló como un movimiento mundial por la justicia climática maduro y sólido” (6).

Una crítica a estos encuentros es que confluyen en momentos de reuniones o cumbres de los agentes del poder mundial ¿Cómo salir de la lógica del evento o de contra cumbres y desarrollar una agenda propia?

- Como lo escribió hace poco Naomi Klein, el movimiento de los movimientos parece haber logrado pasar a la “edad adulta” y alcanzado madurez política, desde 1999 (7). Pero es que ¡la urgencia también es inmensa y estamos al borde del abismo ecocida y de la barbarie de la autodestrucción de la humanidad! En Copenhague se trató de protestar y oponerse y al mismo tiempo de proponer un modelo de transición eco-social frente a la crisis climática: una estrategia de transición de justicia climática plasmada en la “declaración de los pueblos” del Klimaforum (8), que propone abandonar completamente los combustibles fósiles en los próximos 30 años; reconocer, pagar y compensar la deuda climática (80% de los recursos del planeta están consumidos por 20% de personas – esencialmente de los países del norte); rechazar las falsas y peligrosas soluciones orientadas al mercado y centradas en la tecnología y poner en marcha soluciones reales basadas en: Soberanía alimentaría y agricultura ecológica; Soberanía energética; Planificación ecológica de las zonas urbanas y rurales; Instituciones educativas, científicas y culturales; Fin al militarismo y a las guerras y, punto central: Apropiación democrática, control de la economía y “formas más democráticas de gestión”. Todos estos puntos, por supuesto, hay que afinarlos y debatirlos pero para poner en practica todo esto el documento avanza una serie de medidas inmediatas que hicieron consenso a pesar de las grandes diferencias políticas existentes. Pero más allá de este consenso, las grandes opciones estratégicas siguen abiertas. El movimiento por la Justicia climática conoce su enemigo: el capitalismo y sus instituciones y denuncia la dominación mundial por las transnacionales como las falsas soluciones inspiradas del “Capitalismo verde”. Pero como construir políticamente estas alternativas: ¿Qué relaciones con los partidos de izquierda, con la noción de “toma del poder”, con las clases populares? ¿Qué posición en el debate entre (de)creciminento radical, “simplicidad voluntaria” y “desarrollo verde”?, ¿Qué balance y lecciones después de los socialismos reales, productivistas e insostenibles?, ¿qué estrategias de ruptura del sistema capitalista?, etc.

¿Cuáles son los próximos pasos a seguir por el movimiento anticapitalista?

- Yo no puedo pretender hablar en nombre del « movimiento anticapitalista ». Lo que si puedo es responder como militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA – Francia - www.npa2009.org): saludamos las convergencias de luchas que hubo en Copenhague y denunciamos el fracaso organizado por Obama y la Unión Europea (incluyendo a Sarkozy), entre otros. Vamos a seguir movilizándonos, de manera amplia y unitaria, para articular Justicia social y Urgencia climática en la perspectiva de la construcción de una « alternativa solidaria » Norte-Sur anticapitalista, internacionalista y antiproductivista. La propuesta de Evo Morales de un tribunal de justicia climática me parece interesante como su llamado a una cumbre alternativa en Bolivia en abril 2010. También es necesario apoyar la original iniciativa ecuatoriana de “dejar el petróleo en la tierra” a través del “proyecto ITT”: se trata de no explotar unos 850 millones de barriles de petróleo situados en el Parque Yasuní, que constituye una reserva natural con una de las biodiversidades más importantes en el mundo. La explotación de este petróleo pesado podría significar para el Estado un ingreso que fluctuaría entre 5.000 y 6.000 millones de dólares (con un precio cercano a 70 dólares el barril). Para nosotros, el desafío fundamental es el combate colectivo hacia una clara perspectiva ecosocialista como ha sido defendida -entre otros- por Michael Löwy en Copenhague.

¿Podrías definirnos que es ‘Ecosocialismo’?

Dicho término propone unir dos conceptos -“ecología” y “socialismo”- para crear un nuevo significado, un concepto de civilización radicalmente diferente, un proyecto de sociedad y de relación con la naturaleza, con la “madre tierra”, cargado de respeto, justicia, humanismo, libertad, participación y utopía. El Ecosocialismo es un intento de proporcionar una alternativa integral, basada en los argumentos del movimiento ecologista y en la crítica marxista de la economía política. Se trata de ligar el combate histórico, social del movimiento obrero con  las reivindicaciones del movimiento ecologista y, en este camino, el elemento más importante para una transformación ecosocialista es y será la autoorganización colectiva de los de “abajo”: “¿Qué es entonces el ecosocialismo? Se trata de una corriente de pensamiento y de acción ecológica que integra los aportes fundamentales del marxismo, liberándose de las escorias productivistas; una corriente que entendió que la lógica del mercado capitalista y de la ganancia –así como la del autoritarismo tecnoburocrático de las difuntas “democracias populares”– son incompatibles con la defensa del medio ambiente. En fin, una corriente que, criticando la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, sabe que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza esencial para toda transformación radical del sistema.”  (9) La humanidad se enfrenta hoy a una dura opción: ecosocialismo o barbarie. Como lo anuncia la declaración ecosocialista presentada en el último Foro social mundial de Belem (Brasil): “El movimiento ecosocialista tiene como objetivo detener y revertir el desastroso proceso de calentamiento global en particular y el ecocidio capitalista en general, y construir una alternativa radical a la práctica y el sistema capitalista. El ecosocialismo se basa en una economía basada en los valores no monetarios de la justicia social y el equilibrio ecológico. Critica tanto “la ecología de mercado” como el socialismo productivista, que ignoraba el equilibrio de la tierra y sus límites. Redefine la ruta y el objetivo del socialismo dentro de un marco ecológico y democrático. El ecosocialismo implica una transformación social revolucionaria, que conllevará la limitación del crecimiento y la transformación de las necesidades por un profundo desplazamiento de los criterios económicos cuantitativos a los cualitativos, el énfasis en el valor de uso en lugar del valor de cambio. Estos objetivos exigen la adopción de decisiones democráticas en la esfera económica, permitiendo a la sociedad definir colectivamente sus metas de inversión y producción, y la colectivización de los principales medios de producción. […] El rechazo del productivismo y el abandono de los criterios cuantitativos por los cualitativos implican un replanteamiento de la naturaleza y los objetivos de la producción y la actividad económica en general” (10). Frente a la urgencia climática, sólo nos queda (auto)organizarnos e innovar en una perspectiva internacionalista, anticapitalista y democrática, pensando como Gramsci que el pesimismo de la razón tiene que alimentar nuestro optimismo de la voluntad (colectiva).

Por Mauricio Becerra R.
El Ciudadano

Fuente: www.elciudadano.cl/2010/01/25/despues-del-fracaso-anunciado-de-copenhague-crear-un-movimiento-eco-socialista-mundial-desde-“abajo”/

VEA ADEMÁS LA DECLARACIÓN FINAL DEL KLIMAFORUM

NOTAS:


1- Ver Michael Löwy, “Negatividad y utopía del movimiento altermundialista”, Laberinto, nº 23, 2007, http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-42/negatividad-y-utopia-en-el-movimiento-altermundialista y Josep Maria Antentas, Esther Vivas, “Chiapas, 15 años después”, http://puntodevistainternacional.org/spip.php?article246.
2- Daniel Bensaïd, Le nouvel internationalisme, Paris, Textuel, 2003.
3- Cédric Durand, « Ce que veut le mouvement pour la Justice Climatique », Contretemps, http://www.contretemps.eu/interventions/ce-que-veut-mouvement-justice-climatique.
4- http://www.climate-justice-action.org/.
5- Michael Löwy, “Negatividad y utopía del movimiento altermundialista”, Op. Cit.
6- Ver: Amy Goodman, “Discordia climática: de la esperanza al fracaso en Copenhague”,  www.rebelion.org/noticia.php?id=97645&titular=discordia-clim%E1tica:-de-la-esperanza-al-fracaso-en-copenhague- y  Giorgio Trucchi, “El Sur en Copenhague: “¡No existe un Planeta B!”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=97639&titular=el-sur-en-copenhague:-%E2%80%9C%C2%A1no-existe-un-planeta-b!%E2%80%9D- .
7- http://www.mouvements.info/Le-passage-a-l-age-adulte-des.html .
8- www.klimaforum09.dk/IMG/pdf/Declaracion_de_los_pueblos_en_Klimaforum09.pdf 
9 -Ver : Sébastien Godinot, “Contre les fausses solutions, la justice environnementale et sociale”. En http://www.contretemps.eu/interviews/contre-fausses-solutions-justice-environnementale-sociale y Michel Husson, “Un capitalisme vert est-il possible ?”, http://www.contretemps.eu/archives/capitalisme-vert-est-il-possible%C2%A0.
10- Declaración Ecosocialista de Belem, www.nodo50.org/codoacodo/abril2009/belem.htm. Consultar también: www.ecosocialistnetwork.org
 
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