Dos cámaras de vigilancia frente a la entrada del gobierno municipal de Hong Kong (Roy Liu / Bloomberg L.P. Limited Partnership)

Facebook, Twitter o Google dejan de entregar datos de sus usuarios a la policía

 

Las grandes tecnológicas recelan de la nueva ley de seguridad nacional impuesta por Pekín en Hong Kong. Uno tras otro, gigantes como Facebook, Twitter, Google, Zoom o Telegram confirmaron que han suspendido temporalmente la entrega de datos de sus usuarios a las autoridades de la excolonia mientras analizan el alcance de la nueva normativa. La famosa aplicación de vídeos cortos TikTok fue un paso más allá, y anunció su intención de abandonar la región “en unos días”. Todas las miradas están puestas ahora sobre Apple.

El sorprendente consenso entre multinacionales rivales supone un inusual cuestionamiento público de la política china. También ilustra los dilemas a los que se enfrentan estas empresas frente a la nueva ley, que castiga con severas penas delitos como el de subversión, secesión o terrorismo y les obliga a cooperar con las autoridades locales .

El lunes por la noche, Hong Kong publicó nuevas reglas que otorgan a la policía local poderes para eliminar publicaciones en internet que contravengan la nueva ley, así como castigar a las empresas que no cumplan con sus requerimientos.

De hecho, el texto incluye explícitamente la capacidad de encarcelar a los empleados de las tecnológicas que no cumplan con las solicitudes de entrega de datos de sus usuarios o de imponerles multas de hasta 11.500 euros. Debido a que la nueva ley se aplica en todo el mundo, existe la posibilidad de que las empresas tengan que elegir entre divulgar información sobre una persona que escribe desde un tercer país o enfrentarse a una sentencia de prisión de varios meses para uno de sus empleados.

La aplicación de conversación Telegram, cuyo cuartel general está en Londres, fue la primera en comunicar sus planes de poner “en pausa” la cooperación. “Entendemos el derecho a la privacidad de nuestros usuarios de Hong Kong. En consecuencia, no tenemos intención de procesar ninguna solicitud de datos relacionada con los usuarios en Hong Kong hasta que se llegue a un consenso internacional en relación con los cambios políticos en curso en la ciudad”, anunció.

Le siguió Facebook, que detuvo las solicitudes “en espera de una evaluación adicional” sobre las implicaciones de la norma. “La libertad de expresión es un derecho fundamental y apoyamos el derecho de las personas a expresarse sin temor a su seguridad u otras repercusiones”, dijo la firma, también propietaria de WhatsApp e Instagram. En términos similares se expresaron Twitter, Google, Linkedin o Zoom, que el mes pasado fue muy criticada tras suspender varias cuentas de activistas chinos que planeaban mantener eventos en recuerdo de la masacre de Tiananmen.

Tras la puesta en pausa de la colaboración con las autoridades, lo que decidan estas compañías está llamado a trazar el rumbo del futuro de las libertades en internet en la excolonia. Hasta ahora, la red goza en esta región de una libertad y falta de censura incomparable con la de la vecina China continental, donde los servicios de Google, Facebook o Twitter –por citar solo algunos– están bloqueados. Aún así, estas mismas firmas cuentan con grandes negocios de publicidad en el gigante asiático, por lo que lo que hagan en Hong Kong podría afectar a sus intereses económicos.

La decisión de TikTok de salir en breve de Hong Kong –un mercado pequeño para su negocio– responde a su estrategia por tratar de captar a una audiencia más global. Esta aplicación pertenece a la firma china ByteDance, por lo que muchos sospechan de que opera bajo el control de las autoridades chinas. La marca siempre lo ha negado, y una salida de Hong Kong para no tener que responder a la norma dictada por Pekín reforzaría esa sensación. Sin embargo, puede que ese paso no sea suficiente, más aún después de que el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, dijera el lunes que Washington está analizando prohibir las redes sociales chinas, “especialmente TikTok”.

Mientras, la jefa del Ejecutivo hongkonés, Carrie Lam, siguió ayer con su defensa de la ley de Seguridad. Volvió a negar que erosione las libertades de la ciudad y condenó las “falacias” dichas sobre su impacto. “Con el paso del tiempo, la confianza crecerá”, añadió.

Por Ismael Arana | Hong Kong, China. Corresponsal

08/07/2020 02:37 | Actualizado a 08/07/2020 10:40

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Sábado, 04 Julio 2020 06:12

Que la crisis la paguen los ricos

Que la crisis la paguen los ricos

Después de la crisis económica de 2008, hubo un sector que no sólo se recuperó rápido, sino que siguió creciendo exponencialmente, el de los artículos de lujo. Mientras una buena parte de la población veía recortados sus derechos sociales y laborales, la ocupación de hoteles de 5 estrellas, la venta de inmuebles de firmas de lujo como Engel & Völkers, o la compra de productos como relojes caros, joyería o arte, aumentó por encima de 10 por ciento anual.

Este obsceno indicador sintetiza muy bien lo que significó la crisis de 2008 para la humanidad. La salida a la crisis la pagaron las mayorías sociales en beneficio de una élite. Se socializaron las pérdidas, mediante la compra de la deuda de los bancos privados con el objetivo de que no colapsara el sistema financiero internacional, y se privatizaron las ganancias. Se rescataron otras grandes empresas como General Electric o General Motors, sin que el Estado después de salvar a estas empresas, impusiera ninguna cláusula de recuperación de empleos. Y cuando una parte de esos trabajos se recuperaron, fue con unas condiciones salariales infinitamente peores que antes de la crisis.

Hoy día, cuando parece que ya ha pasado lo peor de la pandemia y la crisis de salud, nos encontramos a las puertas de una crisis económica mundial, probablemente más fuerte y profunda que la de 2008.

La Organización Mundial del Comercio ha estimado que la economía mundial podría contraerse hasta en 18.5 por ciento, y el informe de abril del Fondo Monetario Internacional calcula que el PIB regional podría descender 5.2 por ciento, porcentaje mayor a 5 por ciento de los años 30 posteriores al crack de la bolsa de Nueva York de 1929 y desde luego más grande que el 2 por ciento posterior a 2008.

En América Latina y el Caribe, una región exportadora de materias primas y productos manufacturados, la OIT calcula que más de 10 millones de personas perderán sus empleos por la pandemia, y la Cepal en su informe "El desafío social en tiempos del Covid-19" calcula un aumento de la pobreza de 4.4 puntos porcentuales que se traducen en 28.7 millones adicionales de personas pobres (para alcanzar 214.7 millones de personas) y un aumento de la extrema pobreza de 2.6 puntos porcentuales, que eleva el total a 83.4 millones de personas en la región.

A todo lo anterior hay que sumarle la crisis petrolera, con una rebaja de la producción de 10 millones de barriles y el desplome de los precios que aunque ya en recuperación, no volverán a alcanzar a finales de 2020 los de 2019, según la Agencia Internacional de la Energía.

Si a todo lo anterior le sumamos la crisis estructural en forma de cambio climático que vivimos, con un aumento de las emisiones anuales de dióxido de carbono por encima de los 50 gigatones (cada gigatón equivale a mil millones de toneladas), el resultado es devastador: deshielo acelerado de los polos al mismo tiempo que se eleva el nivel del mar, y aumento de la temperatura media global de entre 1.2 y 1.3 °C en los próximos cinco años, que nos acerca al temido límite de más 2 °C de temperatura media del planeta por encima del periodo preindustrial.

Por todo lo anterior se hace cada vez más urgente el debate sobre el modo de producción capitalista, pero sin posiciones maniqueas como las que estamos acostumbrados a leer en todo lo que tiene que ver con el modelo de desarrollo. Los países del sur no sólo tienen el derecho, sino la obligación de sacar a centenares de millones de personas de la pobreza, haciéndolo eso sí, en un equilibrio entre ese crecimiento al que tuvieron acceso los países del norte, y los derechos de la naturaleza en un planeta finito que no da mucho más de sí.

La pandemia global de coronavirus ha venido a acelerar una crisis que ya se atisbaba en el horizonte, el de un modo de producción insostenible, sobre todo de los países del norte, que además no quieren hacer una transferencia de tecnología, como pago parcial de la deuda ecológica que tienen con el sur por la explotación de sus pueblos, personas, y recursos naturales durante siglos. Si además le agregamos a la ecuación la variable de la financiarización de la economía, con cada vez menos producción de bienes tangibles, y mayor especulación económica, la combinación es explosiva, y sobre todo, insostenible.

Pero si algo bueno deja esta pandemia es el retorno del Estado, la ruptura entre amplias capas de la clase media del consenso cultural instalado por el neoliberalismo de que el Estado no era necesario, y de que a menos Estado, más eficiencia. Va a ser muy difícil para los defensores de la globalización neoliberal en crisis defender que los bienes comunes, especialmente la salud, no deben estar en manos del Estado para garantizar el acceso universal y en las mejores condiciones posibles a su población.

Ahí está la grieta para romper el consenso neoliberal, todavía hegemónico desde el punto de vista cultural. La necesidad del retorno del Estado. Y después de instalar ese nuevo consenso, es necesario dar un nuevo paso: que la crisis no la paguen las y los de siempre, los de abajo, los más humildes. Que la crisis económica que está llegando la paguen los de arriba. Que la crisis la paguen los ricos.

Por  Katu Arkonada. politólogo vasco-boliviano, especialista en América Latina

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Domingo, 28 Junio 2020 07:38

La sico-segmentación maniquea de EU

La elección en Estados Unidos podría agudizar aún más la confrontación entre los partidos políticos. En la imagen, apoyo a Joe Biden en New Hampshire.Foto Ap

Se discute si la revuelta de 40 ciudades en EU es una revolución cultural, un levantamiento de masas, una guerra racista o una guerra civil, en medio de su proto-balcanización (https://bit.ly/2BEXPyz).

A mi juicio, se trata de la “segunda guerra civil (https://bit.ly/31kzM2z)”, que engloba los anteriores componentes citados y desnuda al mediodía lo que parece su irreversible sico-segmentación maniquea, como postula persuasivamente el británico Alastair Crooke (AC), quien fue espía del MI6 y luego asesor principal del español Javier Solana, quien fuera el encargado de las relaciones exteriores de la Unión Europea.

Hoy, AC despacha en Beirut, centro importante del espionaje británico medio-oriental, desde su muy solvente portal Conflicts Forum.

Según AC, "el balance de fuerzas a nivel doméstico es tal que ningún partido puede, como deseara, forzar la sumisión del otro a su cosmogonía, ninguno puede prevalecer en forma decisiva" cuando "ni siquiera la elección de noviembre arreglará las cosas en una forma final" y, al contrario, "podría agudizar aún más la confrontación".

Formula dos vectores para tal escisión: 1. No existen más “hechos ( facts)”, sino que se han convertido en una "ideología que ha separado a dos campos irreconciliables", y 2. No existe ninguna "autoridad o fuente" para validar un “hecho ( fact)” cuando lo que prevalece es la "emocionalidad síquica (filósofo escocés Alasdair Macintyre dixit)". ¡Se extinguieron, cuando no mataron, a los árbitros en EU!

AC cita al historiador Michael Vlahos (MV), quien define el momento como una “nueva guerra civil (https://bit.ly/31iVGDc)” y aduce que “EU se ha dividido en dos diferentes naciones y se ha separado en dos sectas religiosas ( sic) incompatibles”: 1. El partido en el poder, que visualiza la identidad nacional arraigada en "una Era dorada temprana que preserva la propiedad, el comercio y la libertad", de tónica protestante calvinista, y 2. Una visión progresista del futuro, de tono apocalíptico, que vislumbra la perfección y la pureza por delante.

MV concluye que "en la definición del bien (sic) y el mal (sic), no existe lugar para un compromiso".

AC extrapola las "dos imágenes síquicas en conflicto a la geopolítica global", cuando "los estadunidenses se agitan fácilmente y se exasperan con las nociones de que China o Rusia pueden acuñar el vacío".

A juicio de AC, en Israel –país consubstancialmente supremacista/racista/Apartheid/paria, donde urge también un "Palestinian Lives Matter (PLM: Las Vidas de los Palestinos Importan)"– "se encuentran aterrados (sic) por el discurso liberal de BLM (Las Vidas de los Afro Importan), por la lucha venidera contra el racismo y la opresión".

Asiste la razón a AC si vislumbramos los resultados electorales de las primarias del Partido Demócrata en Nueva York –conglomerado urbano más importante de israelíes en el mundo y sede de Wall Street– donde la "ola insurgente" apoyó al afro Jamal Bowman –gran defensor de los derechos palestinos (https://bit.ly/3dwW4R6)–, respaldado por la reluciente estrella ascendente Alexandria Ocasio-Cortez, desbancó al legislador israelí-estadunidense Eliot L. Engel –zelote del irredentismo de Israel que preside el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara– quien representó a su distrito Bronx/Westchester County durante más de 30 años (https://nyti.ms/3g2Mp6C), lo cual repite el éxito de 2008 de los rebeldes del ala "izquierda" del Partido Demócrata: aliada al judío-progresista "socialista" Bernie Sanders, quien ha sido dos veces defraudado por el establishment del antidemocrático Partido Demócrata.

A mi juicio, se trata de un clásico epifenómeno de las transiciones que denotan la mentalidad maniquea del tercer siglo a. C., cuando una de las partes se autoarroga el derecho inmanente de la verdad absoluta y divina que exige la extinción de su contraparte y no da pie para los compromisos de colores diferentes al blanco y al negro. Así, el "otro", quien fuere, es linchado con todo un diluvio de epítetos peyorativos gracias a la ayuda de quien controle mejor los multimedia.

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Sandra Cartasso

Valeria Carbone, especialista en estudios sobre la sociedad norteamericana

La historiadora explica las causas detrás del asesinato de George Floyd, repasa los acontecimientos que le sucedieron y analiza las contradicciones de la supuesta democracia norteamericana. El racismo estructural y sus desigualdades.

 

El 25 de mayo último George Floyd fue asesinado en el vecindario de Powderhorn, en la ciudad de Mineápolis, Minesota, Estados Unidos, a manos de un agente policial. En diálogo con Página/12, Valeria Carbone --historiadora, secretaria de redacción de la revista “Huellas de Estados Unidos: Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” y autora de “Una historia del movimiento negro estadounidense en la era posderechos civiles (1968-1988)”--, analiza los últimos hechos en un país desigual, signado por la violencia institucional.

--En estos días fue George Floyd en Mineápolis, Minesota, como en 2014 fue Michael Brown en Ferguson, Missouri, y la lista sigue. ¿Cuánto de estructural y cíclico hay en estos sucesos de violencia policial?

--Lo que estamos viendo es bronca; no es solamente un reclamo, es bronca y frustración contenida. Es darse cuenta de que a pesar de que se salga a la calle, hay cosas que no van a cambiar. Creo que se combinan un montón de cuestiones diferentes; no hay cuestiones monocausales. Hay aspectos que tienen que ver con la sociedad norteamericana, que tiene un problema de racismo estructural innegable y un problema enorme de brutalidad y violencia policial. Ésta se ha visto acentuada en las últimas dos décadas, producto también de cuestiones contextuales que tienen que ver los ataques terroristas a las Torres Gemelas del 11 de septiembre. Ahí vimos una innegable militarización de las fuerzas de seguridad. Vemos a la policía en las calles con un nivel de militarización que no se condice con las protestas domésticas. Luego, si uno se remite a las protestas de la década del ‘60 y piensa en la reacción de la policía en ese momento, claramente la cosa no cambió. Hay un comportamiento estructural que tiene que ver con que la protesta social es en sí misma una manifestación en contra de cómo funciona un sistema. En estos momentos particulares vemos una suerte de conjunción o de convergencia de un episodio de violencia policial, con un alto componente de racismo, en un contexto de crisis económica y pandemia en donde además la gente que se manifiesta por cuestiones clasistas.

--¿Por qué clasistas?

--Porque lo de George Floyd no es solamente un problema racial. Se origina por la detención de un hombre que además de tener una determinada identidad racial tenía una determinada identidad de clase. Todo empieza porque supuestamente él trato de hacer pasar un billete de veinte dólares falso en un comercio. Y entonces surgen un montón de preguntas. Primero, si lo hizo sabiendo, pudo haber sido porque probablemente fuera el único dinero que tenía; segundo, la reacción del comerciante de llamar a la policía en vez de pedirle otro billete... Lo mismo sucede con la percepción de los saqueos y la violencia, que suceden en un contexto de crisis económica y de pandemia en la cual la gente no tiene trabajo, en donde los índices de desempleo aumentaron el doble en un mes, y en donde además la gente que se ve más afectada por el desempleo es al mismo tiempo la gente que ha estado más expuesta a la pandemia. Son los mismos colectivos de siempre, los afroestadounidenses y los latinos, que son los que siguen sosteniendo la economía. Entonces se genera un caldo de cultivo en el que estas protestas son cíclicas, porque esto pasa también cíclicamente, y explotó en un momento en el cual los episodios de violencia policial hacia los afroestadounidenses se venían sucediendo y viralizando.

--El Departamento de Seguridad Pública de Minnesota calificó a las protestas como una situación de “guerra urbana”. ¿Hay una intención de militarizar la crisis? ¿Es una manera de justificar políticas represivas y al mismo tiempo apuntalar a Donald Trump, a tan poco de las elecciones generales?

--Esto también es histórico. Si uno observa la década del ’60 --la referencia más clásica y que está surgiendo mucho en los medios--, esta forma de estigmatizar la protesta social cuando se torna violenta no es solamente en este caso particular. Es un clásico. Es una excusa para reprimir, por eso también el gobierno apela mucho a esta caracterización de la violencia. En este caso lo que se está viendo --sobre todo los últimos días, y acá es muy interesante también el rol que juegan las redes sociales--, es una narrativa particular. Ciertos medios masivos de comunicación ponen la lente en un solo lugar. Y cuando analizamos quién origina esa violencia vemos que es más complicado. Lo que se observa es que hay momentos en los cuales las protestas se tornan muy violentas pero, ¿por qué? Porque la policía lo incita, porque también las instituciones necesitan de esa narrativa.

--De alguna manera la política plantea y recurre a un círculo vicioso...

--Si el motivo de las protestas es la violencia policial, y la policía sigue respondiendo con represión, si los políticos se paran desde un lugar en el que aparentemente no pueden solucionar nada, a pesar de que son quienes dan las órdenes a la policía, ¿cómo se frena esto? Si en el contexto de protestas contra la violencia institucional y brutalidad policial las instituciones responden con violencia y brutalidad policial estamos en un círculo del que no podemos salir. A todo esto se suma un presidente como Donald Trump, que tiene un discurso incendiario, violento, y que apunta a que la respuesta a la protesta por represión y brutalidad policial sea más violencia y brutalidad policial.

--¿Cambió algo a partir de la presidencia de Barack Obama?

--Más allá de lo que uno pueda analizar del gobierno de Obama en cuestiones económicas y política exterior, la presidencia de Obama tuvo un impacto cultural como no había tenido ninguna otra presidencia por lo menos del siglo xx, del siglo XXI incluso, pero también me parece que pone la solución de un problema en un lugar complicado. Le estamos poniendo el problema de la solución del racismo a la víctima y no al victimario; ¿por qué pensamos que un presidente negro va a llegar a la Casa Blanca y que eso ya me va a implicar una solución, cuando los 43 presidentes anteriores no hicieron sino reforzar ese problema de racismo estructural? Algo semejante sucede ahora. Estamos poniendo el problema de la solución en los activistas o los militantes, suponiendo que tienen que ser pacíficos, en lugar de ver de dónde surge la violencia original. Es un clásico tornar el victimario en víctima y la víctima en victimario. Andrew Mark Cuomo, el gobernador de Nueva York y la estrella más reciente de la política norteamericana, días atrás decía que él estaba de acuerdo con las protestas, que el movimiento Black Lives Matter y que la gente que se está manifestando tienen razón en protestar.

--¿Pero?

--Pero quien tiene la prerrogativa para para hacer algo en función de las protestas y de lo que pasa a nivel de racismo estructural y de la militarización de las calles es el gobernador del Estado. Incluso, en el caso puntual de Nueva York, de resolver, en lugar de reforzar, lo que ha sucedido con el sistema del denominado complejo industrial carcelario, en el cual los afroestadounidenses y latinos tienen una proporción muchísimo mayor de terminar presos que otros sectores por el mismo delito. ¿Entonces, qué rol tienen los políticos, que hoy parece que se ponen por arriba? Y esto atraviesa a demócratas y republicanos. Parece que aceptan que hay un problema estructural pero la posición mayoritaria es que la situación es muy difícil de modificar. En este sentido, ¿qué puede hacer el colectivo afroestadounidense? Dicen que ya intentaron todo, que intentaron arrodillarse en los partidos de fútbol americano, intentaron componiendo canciones de rap, se pusieron remeras con hashtags, protestaron en forma pacífica... ¿Qué queda por hacer?

--¿Por qué habla de “racismo estructural”?

--Porque en Estados Unidos el racismo estructural es una forma de organización social. Ser negro en Estados Unidos está dado por un conjunto de estructuras sociales y económicas de subordinación racionalizadas y justificadas por una ideología de supremacía de la raza blanca. Históricamente, el significado de la realidad concreta de la raza fue un producto de la dominación de clase; al mismo tiempo que se inventa la raza blanca dominante se inventa la raza negra dominada; una no puede existir sin la otra. Pero al mismo tiempo, retomando una frase de un historiador norteamericano, para los afroestadounidenses la raza pasó a ser un lugar de resistencia. Creo que la sociedad se piensa en términos raciales, donde hay una raza blanca y una negra, y que fue eso lo que estructuró la sociedad no solamente en el período de la esclavitud sino en el período de la segregación racial, de una época de la que no estamos muy lejos. El período de la esclavitud fue seguido de un período de segregación racial. Entonces lo que vemos es que el sistema se reinventó a sí mismo, porque la idea es sostener esto, es que sobreviva a pesar de los cambios del sistema, porque probablemente las leyes no pueden fácilmente modificar comportamientos que están arraigados desde lo cultural. Después del fin legal de la segregación racial, mucha gente, e incluso muchos liberales y progresistas, se preguntaban en relación a la población afroestadounidense: “¿y ahora qué más quieren? Si ya tienen el derecho al voto, bueno, vayan y voten”. ¿Pero esto se solucionar con una votación?

--Y más a la luz de los candidatos presidenciales en vísperas de las elecciones de noviembre próximo...

--Joe Biden, el candidato demócrata, no necesariamente se ha caracterizado por ser una persona progresista. En la década del ‘60 se opuso a la integración educativa y a la integración racial en las escuelas. El mismo que hace unos días declaró que había que tirarles a las piernas... Además de todo esto, desde 1913 se están sancionando leyes que expresamente dificultan el ejercicio del derecho al voto y cuyas disposiciones atentan mayormente contra colectivos de minorías étnicas, raciales y de clase. Para votar en Texas, por ejemplo, antes alcanzaba con presentar el registro de conducir. Ahora es necesario sacar una tarjeta de identificación especial para votar; pero esa tarjeta se tramita en una ciudad que está a cinco horas de tu casa porque no hay otro centro para hacerlo; como si fuera poco, para sacarla hay pagar 200 dólares. Sí, votar podés, pero te meten estas disposiciones y entonces se entrecruza todo. Es un sistema que te da y te quita al mismo tiempo.

--Una de las hijas de George Floyd publicó en redes sociales que su padre había cambiado el mundo. ¿Cree que algo se modificará a partir de ahora?

--Estos hechos son cíclicos y recurrentes pero eso no significa que la protesta social no pueda cambiar las cosas. De hecho me parece que la situación en la que estamos ahora y el estallido también tienen que ver con eso. Esto es un detonante; no es otra cosa. Es un detonante de una cuestión cíclica, histórica, que tiene cuestiones estructurales detrás. Y creo que son estos momentos de quiebres en la historia los que marcan un cambio, que van a marcar un cambio. No creo que las cosas vayan a cambiar radicalmente pero hubo otros momentos en los cuales procesos de movilización extensos han cambiado las cosas. El Movimiento por los Derechos Civiles, por ejemplo. Entonces me parece que la protesta social es lo que hace cambiar el proceso histórico, más que las instituciones, porque es la gente la que demanda un cambio institucional en este caso. Y me parece que las cosas van a cambiar en tanto y en cuanto sigamos aceptando la validez de estas protestas. Me parece que los movimientos sociales existen para controlar a las instituciones y para exigirles a esas mismas instituciones que sigan sus procesos de cambio y de expansión de derechos. La historia de los negros en los Estados Unidos es una historia de lucha y resistencia; si no fuese por la lucha sostenida de este colectivo nada hubiese cambiado.

--En Estados Unidos, al igual que en muchos otros países, las minorías sufren el coronavirus de forma particular: tienen más probabilidades de perder su trabajo, más probabilidades de infectarse y un desarrollo más grave de la enfermedad. ¿Por qué?

--De alguna manera estamos hablando de lo mismo. Tenemos el dato y sabemos que son los más afectados por la pandemia y por la crisis económica. Ahora, ¿por qué? No es que se enfermen o se mueran más porque sean más biológicamente proclives sino que hay una cuestión de clase en el medio que los hace más proclives, porque son los que siguieron sosteniendo la economía, porque son las personas más empleadas en el sector servicios --y acá no solamente hablo de los afroestadounidenses sino también de los latinos en Estados Unidos, que son también los primeros en ser despedidos en cualquier escala jerárquica laboral. Y ahí me parece que hay una cuestión de clase y hay que empezar a preguntarse cómo se entrecruza todo esto. Hay que empezar a pensar el rol de las mujeres afroestadounidenses, que son las más afectadas en todo esto. Las mujeres afroestadounidenses representan uno de los sectores más empleados en el sector salud; un componente enorme de las enfermeras que trabajan en el sector salud pertenece a este grupo poblacional. Son los que están más expuestos porque son los que siguieron trabajando, porque los sectores en los cuales desempeñan sus funciones fueron los más afectados por la cuarentena y la pandemia. Y además tenemos estos polos explosivos de enfermedad, que son las cárceles, en donde los afroestadounidenses y los latinos son una amplia mayoría en relación a los índices poblacionales en general. Lo que hace de Floyd un caso particular es que, además, compendiaba un montón de estos problemas. Hace poco, cuando le hicieron la autopsia, se conoció que él además se había infectado de coronavirus antes de ser asesinado. Floyd es un símbolo de todo esto; una persona con problemas de empleo, que le había pasado algo particular por su situación de clase, que además había estado enferma, y que sufrió lo que sufren muchos afroestadounidenses en la calle. Y que los afroestadounidenses de clase baja también son más proclives a tener estos problemas, pero no quita que haya afroestadounidenses de otras clases sociales que no les pase esto. Creo que lo que está pasando ahora en Estados Unidos es que están explotando otra vez todas las contradicciones de la supuesta democracia norteamericana.

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La canciller alemana, Angela Merkel, con una maqueta de un A380, en la sede de Lufthansa el 18 de noviembre de 2015.

Compañías como Lufthansa y el grupo turístico TUI han anunciado despidos de miles de trabajadores tras recibir ayudas públicas millonarias. "Un consorcio que en este tiempo recibe miles de millones de euros del estado como apoyo tiene ante la sociedad una responsabilidad social", ha recordado el sindicato Ver.di

 

La crisis económica que han generado las medidas para hacer frente al SARS-CoV-2, el virus de la COVID-19, será la peor que se recuerda en generaciones. Esto parece estar fuera de toda duda. Sí parece más cuestionable, sin embargo, el comportamiento de algunas grandes empresas que, en Alemania, han recibido ayudas por valor de miles de millones de euros y que, pese a ello, ahora quieren despedir a miles de empleados.

Alemania pasa por ser uno de los países que primero se ha movido para proteger su tejido empresarial. La semana pasada se planteaban a las empresas ayudas en forma de rebajas fiscales, algo que se suma a los miles de millones en ayudas o créditos garantizados por el estado que ya han recibido grandes y pequeñas compañías necesitadas de liquidez en pleno parón económico por culpa del coronavirus.

Se asume, por tanto, que el Gobierno de 'gran coalición' de la canciller Angela Merkel ha actuado rápido. Sin embargo, parece que, con la celeridad, se han dejado lagunas. Una cuestión fundamental que genera debate ahora mismo es la de mantener puestos de trabajo en empresas que han recibido ayudas multimillonarias.

De esto son claros ejemplos la compañía aérea Lufthansa y el grupo turístico TUI. Ambas son empresas acostumbradas a mover volúmenes de negocio de miles de millones de euros. Pero la crisis del coronavirus les ha golpeado de lleno.

Frente al coronavirus, la aerolínea germana, la mayor de Europa, ha recibido ayudas por valor de 9.000 millones de euros. Esa ayuda ha supuesto la entrada del estado en el capital de la empresa, pero eso no es garantía para mantener empleos a salvo en un consorcio con algo más de de 138.000 trabajadores. De hecho, esta semana  la compañía ha anunciado que pretende realizar despidos masivos. Hasta 22.000 empleos están ahora en entredicho.

"Sin una reducción significativa de los costes de personal durante la crisis corremos el riesgo de perder la oportunidad de recomenzar bien tras la crisis y de que el Grupo Lufthansa salga claramente debilitado de la crisis", justifican desde la compañía aérea. Pero habiendo dinero público de por medio, un salvamento de Lufthansa en el que miles de empleados acaben en la calle despierta críticas.

El Gobierno podría haberlo evitado

Bernd Riexinger, presidente de Die Linke, el partido más izquierdista de la oposición que hay en el Bundestag, ha señalado que los 9.000 millones de euros de dinero público inyectados en Lufthansa "no pueden ser un cheque en blanco para realizar despidos". "El Gobierno federal había tenido en su poder el evitar este escenario de antemano y haber garantizado la ayuda pública con garantías", según Riexinger. Por su parte, los sindicatos de los trabajadores de Lufthansa reprochan a la empresa estar utilizando las ayudas públicas para llevar a cabo despidos.

No es la primera vez que hay críticas a la actuación del Ejecutivo de Merkel ante grandes grupos empresariales tocados o casi hundidos que han salido rescatados en la pandemia. El grupo turístico TUI fue de las primeras grandes compañías en recibir ayudas multimillonarias para hacer frente al temporal levantado por la COVID-19. A principios de abril, hasta 1.800 millones de euros recibía esta empresa en forma de créditos garantizados por el estado a través del Instituto de Crédito para la Reconstrucción (KfW, por sus siglas alemanas), una entidad de titularidad pública. Poco después la empresa hizo público su deseo de deshacerse de 8.000 de sus cerca de 70.000 empleados.

En vista de esos planes, el salvamento de TUI levantó ampollas hasta en el sector más neoliberal alemán. Así, en el diario económico Handelsblatt hubo editoriales el pasado mes de mayo que señalaban en titulares que "las ayudas del estado para TUI fueron un error".

"El dinero [para salvar a TUI] habría sido suficiente para mantener a flote a las 10.000 agencias de viajes y sus 100.000 empleados", señalaban en este diario. En lugar de eso, salvar a TUI supone hacer un favor a grandes oligarcas, como el ruso "Alexei Mordashov, propietario de un cuarto de TUI", recordaban en ese periódico.

La COVID-19: dos crisis en una

En la empresa se defienden asegurando que la compañía "tiene que cambiar", según los términos de Friedrich Joussen, presidente de TUI. "No hemos recibido un regalo, sino deudas", según ha definido él los 1.800 millones de euros en créditos del KfW. En Ver.di, el principal sindicato del sector servicios, reclaman a la compañía "responsabilidad social".

"Un consorcio que en este tiempo recibe miles de millones de euros del estado como apoyo tiene ante la sociedad una responsabilidad social", han manifestado en Ver.di.

En realidad, la crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto que son dos crisis en una. Una primera crisis se ha producido debido al parón. Junto a esta crisis hay otra de "adaptación" de las empresas que peor ha dejado la COVID-19.

"Hay empresas que están sufriendo una crisis de adaptación, que tiene hacerse más pequeñas y reducir costes. Por ejemplo, para Lufthansa, en el futuro habrá menos vuelos y ahora mismo la empresa está sobrecapacitada y tiene que reaccionar", dice a eldiario.es Hubertus Bardt, responsable en el Instituto de la Economía Alemana, un centro de estudios con sede en Colonia (oeste germano). A su entender, sin las ayudas recibidas, "Lufthansa no estaría ahí, ni siquiera los puestos de trabajo que se van a mantener".

Si bien Merkel y compañía han sido de los primeros – sino el primer Ejecutivo – en tomar iniciativas serias para ayudar a empresas y relanzar la economía frente a la crisis que ha supuesto el coronavirus, en Berlín no hay discurso ni medidas para paliar las traumáticas "adaptaciones" de Lufthansa o TUI. Al menos, de momento.

Por Aldo Mas

12/06/2020 - 21:40h

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Sábado, 13 Junio 2020 06:44

Mejor verlo por tv

Mejor verlo por tv

Quedarse en casa y ver por televisión los conciertos por el Día de Rusia, fiesta nacional que se celebró ayer viernes, y el pospuesto magno desfile militar para conmemorar el 75 aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi, que tendrá lugar el 24 de este mes, recomendó a los moscovitas su alcalde, Serguei Sobianin.

Entonces, ¿para qué levantar, unos días antes y de forma repentina, el confinamiento, los pases electrónicos y otras restricciones para evitar la propagación del Covid-19? Es una pregunta que se hacen muchos moscovitas, más aún que el número de contagios diarios es muy superior al que había cuando Sobianin impuso las severas medidas de la cuarentena.

La respuesta la dio la misma alcaldía al anunciar, con bombo y platillo, que se rifarán 2 millones de bonos y certificados por un valor de 10 mil millones de rublos entre quienes acudan a las urnas el primero de julio siguiente, fecha que decretó el presidente Vladimir Putin para legitimar la nueva Constitución de Rusia, que en principio le permite relegirse hasta 2036, mediante una votación popular o consulta ciudadana o como quiera llamársele, pues no existe en el propio texto de la Carta Magna esa figura para expresar la voluntad del pueblo, a diferencia del referendo/plebiscito estrictamente reglamentados.

Con la presión encima de muchos allegados de Putin que quisieran ver fracasar a Sobianin en materia de emergencia sanitaria y ofrecerse para administrar la mina de oro que es Moscú, en términos de la magnitud de su presupuesto, las contradicciones de su alcalde –ir de un extremo a otro y viceversa– obedecen a su instinto de supervivencia política.

Y si Sobianin no pudo mantener su estrategia de desescalada pausada y gradual sin ser destituido es de suponer que dio marcha atrás al subordinarse a una orden que sólo pudo haberle dado quien ocupa la cima de la pirámide de poder en Rusia, a sugerencia de los integrantes de su entorno más cercano, quienes creen que no se puede aplazar la entrada en vigor de la reforma constitucional.

Las decisiones de Sobianin no contribuyen a la calma: permite, por ejemplo, pasear con cubrebocas y guantes en los parques, pero prohíbe sentarse en cualquier banca por peligroso. Ante incongruencias así, ciertamente mejor ver por televisión los festejos previos al día de la votación.

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Los científicos que alertaron sobre una pandemia de coronavirus pero se quedaron sin financiación

"La presencia de una gran reserva de virus en murciélagos, junto con la cultura de comer animales exóticos en el sur de China, es una bomba de tiempo".

Con estas palabras terminaba un artículo publicado en 2007 por un equipo de virólogos de la Universidad de Hong Kong en la revista científica Clinical Microbiology Reviews.

No serían los únicos en dar la alerta.

Entre los años 2002 y 2003, una enfermedad causada por un coronavirus (el llamado virus del SARS), había matado a más de 700 personas.

En aquella ocasión se detectó y aisló a todos los infectados. Así, se consiguió erradicar del todo el virus y se evitó una pandemia como la que ahora vivimos.

En el año 2012 apareció otro coronavirus en humanos: el virus del MERS. Murieron más de 800 personas, pero la transmisión humano-humano era muy limitada y el asunto desapareció pronto de los titulares.

Pasaba el tiempo y los investigadores en coronavirus contemplaban alarmados cómo los gobiernos del mundo no eran conscientes del riesgo de una pandemia.

Esta era la conclusión de un artículo publicado en la revista Nature en 2013:

"Nuestros resultados proporcionan la evidencia más sólida hasta la fecha de que los murciélagos de herradura chinos son huéspedes naturales de coronavirus como el SARS-CoV, y que los hospedadores intermedios pueden no ser necesarios para la infección humana directa.

Queremos resaltar la importancia de los programas de investigación de patógenos en grupos de animales salvajes en regiones críticas de enfermedades emergentes como estrategia de preparación ante una pandemia."

El título de este otro artículo científico publicado en 2015, era aún más directo:

"El [coronavirus] WIV1-CoV está preparado para saltar a los seres humanos".

O este otro publicado en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU en 2016:

"Los coronavirus que circulan entre los murciélagos muestran su potencial para saltar a los humanos".

En septiembre de 2019, el gobierno de EEUU decidió cortar la financiación al programa de vigilancia de enfermedades emergentes Predict. EcoHealth Alliance, dirigido por el Dr. Peter Daszak, era uno de los proyectos que se apoyaban en Predict.

Durante más de una década, EcoHealth Alliance había enviado equipos a China para atrapar murciélagos, recolectar muestras y buscar en ellas coronavirus. El proyecto había identificado cientos de coronavirus, incluido uno muy similar al que provoca el COVID-19.

Pero si lo que os he contado hasta ahora os resulta preocupante, esperad porque la situación actual es aún peor.

En una rueda de prensa el pasado 17 de abril, Donald Trump ordenó revisar y cancelar cualquier programa de investigación en el que científicos estadounidenses colaborasen con investigadores del Instituto de Virología de Wuhan. Trump justificó su decisión explicando que el virus podía haber salido de un laboratorio chino, una teoría rigurosamente desacreditada por los científicos.

En respuesta, el gobierno de China ha anunciado la cancelación de cualquier proyecto de investigación con EEUU para encontrar el origen del SARS-CoV-2.

Años de alertas por los científicos, falta de fondos y cuando más necesitamos la colaboración internacional, la geopolítica lo impide.

Por Alberto Sicilia

10 junio 2020

El gobierno alemán salva a Lufthansa y se queda con un 20 por ciento de la empresa 

Estado será el principal accionista de la aerolínea  

La compañía aérea Lufthansa y el gobierno alemán acordaron un plan de salvación de 9.000 millones de euros que convertirá al Estado en el principal accionista del grupo con el 20% del capital.

 

"Antes de la pandemia del nuevo coronavirus, la compañía tenía buena salud, era rentable y tenía buenas perspectivas de futuro", dijo el ministerio de Economía alemán en un comunicado en el que anunció la mezcla de inversiones del Estado y préstamos, mientras que Lufthansa aseguró que el Estado alemán se retirará como accionista a finales de 2023.

El gobierno aprobó el plan a través del fondo de estabilidad económica del gobierno federal (WSF), creado para amortiguar las repercusiones de la pandemia del coronavirus.

El acuerdo se produce tras largas negociaciones sobre ayudas en un momento en que la compañía, como el conjunto del sector del transporte aéreo, atraviesa una crisis sin precedentes.

Según el acuerdo, el Estado adquirirá el 20% del grupo por 300 millones de euros, es decir, 2,56 euros por acción, un precio muy inferior al del mercado, que le garantizará su presencia en la compañía como accionista principal.

También inyectará 4.700 millones de euros de fondos aunque sin derecho de voto en el marco de una "participación silenciosa", sobre la que Lufthansa pagará un interés progresivo que va del 4% en 2020 y 2021 al 7,5% en 2027, señala el grupo en un comunicado.

Quedan otros 1.000 millones de fondos adicionales, con los que Berlín puede aumentar su participación hasta el 25% y una acción, lo que significa una minoría de bloqueo según el derecho alemán. La convertibilidad podría hacerse "en caso de oferta pública de compra por un tercero" para hacerla fracasar.

El Estado obtiene igualmente dos asientos en el consejo de vigilancia de Lufthansa, pero renuncia a su derecho de voto en las asambleas generales "salvo en caso de oferta de compra".

A todo ello, se suma un crédito de 3.000 millones de euros por el grupo, que no podrá pagar dividendos a sus accionistas. Para el ejercicio 2019, Lufthansa ya había suspendido el pago de dividendos para mantener su solvencia.

El WSF debe vender sus participaciones al precio del mercado para el 31 de diciembre de 2023 si el grupo ha reembolsado los fondos inyectados, precisó la compañía aérea.

Actualmente, cerca de 700 de los 760 aviones del grupo están en tierra y en abril, Lufthansa transportó a unos 3.000 pasajeros frente a 350.000 de antes de la crisis. En el primer trimestre, la pérdida de explotación se elevó a 1.200 millones de euros y debería ser peor en el segundo trimestre.

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Lunes, 25 Mayo 2020 06:31

Covid: acelerador de cambios

Covid: acelerador de cambios

Las crisis son aceleradoras de cambios. La irrupción de los derechos sociales en las leyes laborales a nivel mundial no se entenderían sin la Primera Guerra Mundial, el Estado de bienestar y la concepción del gobierno como motor económico no sería igual sin la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción que devino. De manera más silenciosa, pero igual de relevante, está el listado de cambios sociales y políticos que se generaron tras la crisis financiera global de 2008: la crisis del modelo neoliberal, o del capitalismo de libre mercado, empezó con la caída de Lehman Brothers, la ruptura de la confianza, el absurdo del modelo de compra de derivados e hipotecas subprime, que le costaron al mundo el primer gran tropiezo desde la Gran Depresión. Recordar estos hitos me parece oportuno en el momento que estamos viviendo, y la pregunta parece obvia: ¿qué mundo, qué país, nos espera después del Covid-19?, ¿cuáles serán las características de esa "nueva normalidad" o modelo de convivencia social?, ¿quién gana y quién pierde en el reacomodo?

Existe un aparente consenso respecto a que nada será igual. De alguna manera, hay un relativo consenso respecto a que ese cambio será positivo. Las imágenes de la naturaleza recuperando espacios, de los animales salvajes tomando las calles, de la solidaridad y la conciencia cívica para enfrentar la pandemia animan ese espíritu positivo en la opinión pública confinada. Vayamos borrando esa impresión optimista, o la decepción será mayúscula. No tenemos derecho a engañarnos. El mundo que viene, la normalidad pospandemia, será de una profunda crisis económica global, de un replanteamiento de las cadenas de suministro, de una sutil y cotidiana sicosis, y de un desempleo sin precedente; ver la cifra de 40 millones de personas que han perdido su trabajo en Estados Unidos, la economía más poderosa del mundo, nos debe dar una idea del problema.

Hay un dato de Google que se popularizó hace tiempo, en el que pronostica que la mitad de los empleos en la próxima década aún no existen, y la mitad de los que hoy tenemos, desaparecerán. La automatización de la mano de obra, la digitalización de procesos, la "economía de la distancia" han encontrado en el Covid-19 su mejor catalizador. Pongo un ejemplo a ras de piso: cuántos changarros, pequeños restaurantes y fondas se montaron en aplicaciones como Rappi en estos días, para poder pagar las cuentas y subsistir. Esa adaptación no tiene reversa.

Sin ser un juego de suma cero, es inevitable pensar que lo que ganen algunas industrias, lo perderán otras. El turismo, el entretenimiento en vivo, las aerolíneas, las escuelas y universidades enfrentarán la mayor presión financiera de que tengan registro: ¿quién quiere y puede viajar a China, a Italia, hoy?, ¿deben –como se preguntan cientos de miles de estudiantes a nivel mundial– las colegiaturas mantenerse intactas, cuando la educación es en línea?, ¿cuántos aviones estacionados, a medio llenar, hay y habrá en los próximos años? El dato de que Air France/KLM hayan decidido dejar de utilizar el Airbus 380 –el avión de mayor capacidad– es un signo inequívoco de lo que viene.

¿Nos espera un mundo más limpio, más libre, más democrático, más próspero?, ¿nos espera uno más tenso, más paranoico, más cerrado entre pueblos y países, alérgico a la globalización y propenso a enfermar? La larga noche de las guerras del siglo XX nos dan un indicador importante. El abuso en el Tratado de Versalles al fin de la Primera Guerra, que hincó y devastó a Alemania, fue el caldo de cultivo para el crecimiento del descontento, el nacionalsocialismo, la barbarie y la Segunda Guerra. El fin de la pandemia y el establecimiento de un nuevo orden en nuestro tiempo marcarán el siglo XXI para bien –como muchos esperan– o para mal.

Por ello, como lo he escrito en otros artículos, reitero: es momento de que con humildad y sin prepotencias de grupo busquemos acuerdos ante algo tan complejo que hoy vive toda la humanidad. Es tiempo de escucharnos todos, de ponderar, sí con el conocimiento técnico, pero sin creer ser poseedores de la verdad absoluta; tampoco es tiempo de manipular verdades a través del poder; es tiempo de madurar acuerdos entre todos, por más difícil que parezca, para que en esta realidad prevalezca la cordura de que impere el bien común sin avasallar al que piensa y, por tanto, actúa diferente. Si ante un fenómeno tan desgarrador, como lo ha sido esta pandemia, no somos capaces de actuar con sensatez y prudencia, habrá ganado el egoísmo protagónico que nos coloque en una enfermedad aún más grave que la propia pandemia.

Al final de esta terrible jornada de la pandemia los países, y por tanto el mundo entero, harán real registro de los tantos cambios que hoy se pronostican hacia el futuro, y al cabo de un tiempo relativamente cercano sabremos si como generación fuimos capaces de haber aprendido la lección y si ello derivó a ser mejores o no. Así serán, ni más ni menos, nuestros hijos y nietos, quienes en un futuro cercano nos juzguen

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Byung-Chul Han y el coronavirus: "La muerte no es democrática"

El filósofo coreano asegura que "viviremos como en un estado de guerra permanente"

 

Supervivencia, sacrificio del placer y pérdida del sentido de la buena vida. Así es el mundo que vaticina el filósofo coreano Byung-Chul Han después de la pandemia: “Sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente”.

Nacido en Seúl en 1959, Han estudió Filosofía, Literatura y Teología en Alemania, donde reside, y ahora es una de las mentes más innovadoras en la crítica de la sociedad actual. Según describe en una entrevista a EFE, nuestra vida está impregnada de hipertransparencia e hiperconsumismo, de un exceso de información y de una positividad que conduce de forma inevitable a la sociedad del cansancio.

El pensador coreano, global y viral en su fondo y forma, expresa su preocupación porque el coronavirus imponga regímenes de vigilancia y cuarentenas biopolíticas, pérdida de libertad, fin del buen vivir o una falta de humanidad generada por la histeria y el miedo colectivo.

"La muerte no es democrática", advierte este pensador. La Covid-19 ha dejado latentes las diferencias sociales, así como que “el principio de la globalización es maximizar las ganancias” y que “el capital es enemigo del ser humano”. A su juicio, “eso ha costado muchas vidas en Europa y en Estados Unidos” en plena pandemia.

Byung-Chul Han, que publicará en las próximas semanas en español su último libro, "La desaparición de los rituales" (Herder), está convencido de que la pandemia “hará que el poder mundial se desplace hacia Asia” frente a lo que se ha llamado históricamente el Occidente. Comienza una nueva era.

 

--¿La Covid-19 ha democratizado la vulnerabilidad humana?¿Ahora somos más frágiles?

 

--Está mostrando que la vulnerabilidad o mortalidad humanas no son democráticas, sino que dependen del estatus social. La muerte no es democrática. La Covid-19 no ha cambiado nada al respecto. La muerte nunca ha sido democrática. La pandemia, en particular, pone de relieve los problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad. Piense por ejemplo en Estados Unidos. Por la Covid-19 están muriendo sobre todo afroamericanos. La situación es similar en Francia. Como consecuencia del confinamiento, los trenes suburbanos que conectan París con los suburbios están abarrotados. Con la Covid-19 enferman y mueren los trabajadores pobres de origen inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades. Tienen que trabajar. El teletrabajo no se lo pueden permitir los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los que recogen la basura. Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas en el campo.

La pandemia no es solo un problema médico, sino social. Una razón por la que no han muerto tantas personas en Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en otros países europeos y Estados Unidos. Además el sistema sanitario es mucho mejor en Alemania que en los Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Italia.

Aún así, en Alemania, la Covid-19 resalta las diferencias sociales. También mueren antes aquellos socialmente débiles. En los autobuses y metros abarrotados viajan las personas con menos recursos que no se pueden permitir un vehículo propio. La Covid-19 muestra que vivimos en una sociedad de dos clases.

 

--¿Vamos a caer más fácilmente en manos de autoritarismos y populismos, somos más manipulables?

 

--El segundo problema es que la Covid-19 no sustenta a la democracia. Como es bien sabido, del miedo se alimentan los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes. El húngaro Viktor Orban se beneficia enormemente de ello, declara el estado de emergencia y lo convierte en una situación normal. Ese es el final de la democracia.

 

--Libertad versus Seguridad. ¿Cuál va a ser el precio que vamos a pagar por el control de la pandemia?

 

--Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud se convierten en objetos de vigilancia digital. Según Naomi Klein, el shock es un momento favorable para la instalación de un nuevo sistema de reglas. El choque pandémico hará que la biopolítica digital se consolide a nivel mundial, que con su control y su sistema de vigilancia se apodere de nuestro cuerpo, dará lugar a una sociedad disciplinaria biopolítica en la que también se monitorizará constantemente nuestro estado de salud. Occidente se verá obligado a abandonar sus principios liberales; y luego está la amenaza de una sociedad en cuarentena biopolítica en Occidente en la que quedaría limitada permanentemente nuestra libertad.

 

--¿Qué consecuencias van a tener el miedo y la incertidumbre en la vida de las personas?

 

--El virus es un espejo, muestra en qué sociedad vivimos. Y vivimos en una sociedad de supervivencia que se basa en última instancia en el miedo a la muerte. Ahora sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente. Todas las fuerzas vitales se emplearán para prolongar la vida. En una sociedad de la supervivencia se pierde todo sentido de la buena vida. El placer también se sacrificará al propósito más elevado de la propia salud.

El rigor de la prohibición de fumar es un ejemplo de la histeria de la supervivencia. Cuanto la vida sea más una supervivencia, más miedo se tendrá a la muerte. La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que habíamos suprimido y subcontratado cuidadosamente. La presencia de la muerte en los medios de comunicación está poniendo nerviosa a la gente. La histeria de la supervivencia hace que la sociedad sea tan inhumana.

A quien tenemos al lado es un potencial portador del virus y hay que mantenerse a distancia. Los mayores mueren solos en los asilos porque nadie puede visitarles por el riesgo de infección. ¿Esa vida prolongada unos meses es mejor que morir solo? En nuestra histeria por la supervivencia olvidamos por completo lo que es la buena vida.

Por sobrevivir, sacrificamos voluntariamente todo lo que hace que valga la pena vivir, la sociabilidad, el sentimiento de comunidad y la cercanía. Con la pandemia además se acepta sin cuestionamiento la limitación de los derechos fundamentales, incluso se prohíben los servicios religiosos.

Los sacerdotes también practican el distanciamiento social y usan máscaras protectoras. Sacrifican la creencia a la supervivencia. La caridad se manifiesta mediante el distanciamiento. La virología desempodera a la teología. Todos escuchan a los virólogos, que tienen soberanía absoluta de interpretación.

La narrativa de la resurrección da paso a la ideología de la salud y de supervivencia. Ante el virus, la creencia se convierte en una farsa. ¿Y nuestro papa? San Francisco abrazó a los leprosos...

El pánico ante el virus es exagerado. La edad promedio de quienes mueren en Alemania por Covid-19 es 80 u 81 años y la esperanza media de vida es de 80,5 años. Lo que muestra nuestra reacción de pánico ante el virus es que algo anda mal en nuestra sociedad.

 

--¿En la era postcoronavirus, nuestra sociedad será más respetuosa con la naturaleza, más justa; o nos hará más egoístas e individualistas?

 

Hay un cuento,“Simbad el Marino”. En un viaje, Simbad y su compañero llegan a una pequeña isla que parece un jardín paradisíaco, se dan un festín y disfrutan caminando. Encienden un fuego y celebran. Y de repente la isla se tambalea, los árboles se caen. La isla era en realidad el lomo de un pez gigante que había estado inmóvil durante tanto tiempo que se había acumulado arena encima y habían crecido árboles sobre él. El calor del fuego en su lomo es lo que saca al pez gigante de su sueño. Se zambulle en las profundidades y Simbad es arrojado al mar.

Este cuento es una parábola, enseña que el hombre tiene una ceguera fundamental, ni siquiera es capaz de reconocer sobre qué está de pie, así contribuye a su propia caída.

A la vista de su impulso destructivo, el escritor alemán Arthur Schnitzler compara la Humanidad con una enfermedad. Nos comportamos con la Tierra como bacterias o virus que se multiplican sin piedad y finalmente destruyen al propio huésped. Crecimiento y destrucción se unen.

Schnitzler cree que los humanos son solo capaces de reconocer rangos inferiores. Frente a rangos superiores es tan ciego como las bacterias.

La historia de la Humanidad es una lucha eterna contra lo divino, que resulta destruido necesariamente por lo humano. La pandemia es el resultado de la crueldad humana. Intervenimos sin piedad en el ecosistema sensible.

El paleontólogo Andrew Knoll nos enseña que el hombre es solo la guinda del pastel de la evolución. El pastel real está formado por bacterias y virus, que siempre están amenazando con romper esa superficie frágil y amenazan así con reconquistarlo.

Simbad el Marino es la metáfora de la ignorancia humana. El hombre cree que está a salvo, mientras que en cuestión de tiempo sucumbe al abismo por acción de las fuerzas elementales. La violencia que practica contra la naturaleza se la devuelve ésta con mayor fuerza. Esta es la dialéctica del Antropoceno. En esta era, el hombre está más amenazado que nunca.

 

--¿La Covid-19 es una herida a la globalización?

 

--El principio de la globalización es maximizar las ganancias. Por eso la producción de dispositivos médicos como máscaras protectoras o medicamentos se ha trasladado a Asia, y eso ha costado muchas vidas en Europa y en Estados Unidos.

El capital es enemigo del ser humano, no podemos dejar todo al capital. Ya no producimos para las personas, sino para el capital. Ya dijo Marx que el capital reduce al hombre a su órgano sexual, por medio del cual pare a críos vivos.

También la libertad individual, que hoy adquiere una importancia excesiva, no es más en último término que un exceso del mismo capital.

Nos explotamos a nosotros mismos en la creencia de que así nos realizamos, pero en realidad somos unos siervos. Kafka ya apuntó la lógica de la autoexplotación: el animal arranca el látigo al Señor y se azota a sí mismo para convertirse en el amo. En esta situación tan absurda están las personas en el régimen neoliberal. El ser humano tiene que recuperar su libertad.

 

--¿El coronavirus va a cambiar el orden mundial? ¿Quién va a ganar la batalla por el control y la hegemonía del poder global?

 

--La Covid-19 probablemente no sea un buen presagio para Europa y Estados Unidos. El virus es una prueba para el sistema.

Los países asiáticos, que creen poco en el liberalismo, han asumido con bastante rapidez el control de la pandemia, especialmente en el aspecto de la vigilancia digital y biopolítica, inimaginables para Occidente.

Europa y Estados Unidos están tropezando. Ante la pandemia están perdiendo su brillo. Zizek ha afirmado que el virus derribará al régimen de China. Zizek está equivocado. Eso no va a pasar. El virus no detiene el avance de China. China venderá su estado de vigilancia autocrática como modelo de éxito contra la epidemia. Exhibirá por todo el mundo aún con más orgullo la superioridad de su sistema. La Covid-19 hará que el poder mundial se desplace un poco más hacia Asia. Visto así, el virus marca un cambio de era. 

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