Domingo, 07 Julio 2019 05:51

El gran naufragio

El gran naufragio

La economía brasileña en problemas: antecedentes, debilidades y fortalezas

 

Prever uno o más futuros posibles para Brasil es hoy particularmente difícil por dos razones: una de ellas se debe al contexto internacional, actualmente en desplazamiento; la otra se debe al choque político que el país atraviesa desde la elección de un presidente que desea romper con el pasado de una forma particularmente brutal y muchas veces incoherente.

El contexto internacional es cada vez más inestable, marcado por el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos, los cambios brutales en las “reglas de juego” que hasta hace poco gobernaron la globalización del comercio, la desaceleración del crecimiento del comercio internacional y la adopción de medidas proteccionistas, la transformación de la tecnología y el surgimiento de la inteligencia artificial y de la automatización, y la probabilidad significativa de una crisis financiera internacional.

A medida que pasan los meses, la política económica propuesta por el nuevo gobierno se enfrenta a un rechazo cada vez mayor, ya sea de parte del Congreso o del propio pueblo brasileño. Por momentos, esta política económica se muestra incoherente debido a declaraciones intempestivas –tanto del núcleo cercano al presidente (familia, consejeros) como de ministros incompetentes– que contradicen lo dicho por el ministro de Economía o el vicepresidente. Así, sufre de un déficit de racionalidad, esto es, una incapacidad manifiesta para implementar un programa económico controvertido, liberal pero cojo. De hecho, las líneas generales hasta ahora conocidas muestran los gérmenes de múltiples dilemas entre soberanía, liberalismo e intervencionismo, capaces tanto de revivir oposiciones entre aquellos que apoyaron la llegada de Bolsonaro a la presidencia como de animar a los movimientos sociales.

UNA ECONOMÍA PREDOMINANTEMENTE RENTISTA.

Así anunciado, este subtítulo puede sorprender o incluso chocar. No hace mucho tiempo, en 2007, Brasil era presentado no sólo como una de las economías más poderosas del mundo, sino como una especie de El Dorado para los inversores extranjeros. Contrariamente a lo que se pueda haber escrito en el pasado, Brasil no es una economía emergente. A largo plazo, su Pbi per cápita no se está aproximando al de los países avanzados; creció ligeramente en el período entre 2004 y 2013 bajo las dos presidencias de Lula y la primera de Rousseff. El Pbi per cápita con relación al de Estados Unidos fue aproximadamente el mismo en 1960 y en 2016, mientras que el de Corea del Sur, que parte de un nivel inferior, supera al de Brasil en 1990 y alcanza el 50 por ciento del de Estados Unidos en 2016, de acuerdo al Banco Mundial.

Hay que destacar que en Brasil el comportamiento de los empresarios es fundamentalmente rentista, con algunas excepciones. Prefieren, en principio, consumir, invertir en productos financieros o incluso en la producción de materias primas, en lugar de hacerlo en la industria, en la innovación y en los llamados servicios dinámicos.

Las consecuencias son:

  1. Una tasa de inversión muy baja.
  2. Un nivel de productividad del trabajo en la industria brasileña también bajo (véase tabla 1).
  3. Una tendencia al estancamiento económico del Pbi per cápita desde los años noventa.

 

Con un crecimiento tan bajo, la movilidad social se muestra reducida: la probabilidad de que el hijo de una persona pobre sea pobre cuando alcance la edad adulta es muy alta, a menos que una política voluntaria de redistribución de la renta sea puesta en práctica por el gobierno: aumento del salario mínimo mayor al crecimiento de la productividad del trabajo, políticas diversas de asistencia a los más pobres como Bolsa Familia, pago de pensiones indexadas a los campesinos pobres y a los discapacitados –incluso cuando no hayan contribuido.

En gran parte gracias a las políticas sociales, hasta 2014 ocurrió una ligera caída en las desigualdades a nivel de los ingresos de la fuerza de trabajo. Con la crisis económica y la política de austeridad decidida por el segundo gobierno de Rousseff, seguida por la de Temer a partir de 2016, esas desigualdades pasaron a subir nuevamente.

El declive de la desigualdad en la renta de trabajo durante las dos presidencias de Lula y la primera de Dilma fue acompañado por un aumento en la desigualdad de la renta personal, al contrario de lo que afirmaron los discursos oficiales. Esto fue demostrado por economistas que usaron no sólo los datos proporcionados por la Encuesta Nacional por Muestra de Hogares (Pnad por sus siglas en portugués), sino además las informaciones del impuesto a la renta de las personas (Irpf) para los deciles más ricos. Así, de acuerdo con los cálculos de Morgan,1 el coeficiente de Gini no sufrió la caída anunciada.

Por otro lado, la disminución de la pobreza entre 2002 y 2004 fue considerable. Entre 2002 y 2013, el número de hogares pobres disminuyó de forma pronunciada en relación con el total de hogares y el de hogares en la indigencia disminuyó del 10 al 5,3 por ciento. La metodología para medir la pobreza cambió en noviembre de 2015. De acuerdo a las estimaciones de la investigadora brasileña Sonia Rocha, la pobreza aumentó de 13,8 por ciento en 2014 a 16 por ciento en 2015 y la indigencia, de 3,4 a 4,2 por ciento. Ese aumento continuó en 2016 y en 2017 según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

DE LA DESINDUSTRIALIZACIÓN… 

La desindustrialización de Brasil es prematura. En América Latina, este fenómeno llegó mucho antes que en los países avanzados; de ahí el uso del adjetivo “precoz”, utilizado cuando el ingreso per cápita corresponde a la mitad del de los países avanzados al iniciarse el proceso de desindustrialización.

El Pbi real per cápita de la industria de Brasil no alcanzó el nivel de 1980, pero en Estados Unidos aumentó en más de un 60 por ciento en el mismo período. El peso relativo de la industria manufacturera en el Pbi pasó de 24 por ciento en 1980 a 13 por ciento en 2014 y 10 por ciento en 2017.2 La participación de la industria manufacturera brasileña en la industria manufacturera mundial (en términos de valor agregado) fue de 2,7 por ciento en 1980, de 3,1 por ciento en 2005 y de 1,8 por ciento en 2016, según el Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial brasileño.3 En China, esta proporción pasó de 11,7 por ciento en 2005 a 24,4 por ciento en 2016. Por lo tanto, mientras disminuye relativamente en Brasil, aumenta considerablemente en China.

Las exportaciones de manufacturas están en caída en términos relativos en Brasil, pasando de representar el 53 por ciento del valor de las exportaciones en 2005 al 35 por ciento en 2012, en favor de las exportaciones de materias primas agrícolas y mineras. Recién en febrero de 2016 pudieron crecer debido a una fuerte desvalorización del real en 2015 y a la baja en el precio de los productos. El peso de su valor en las exportaciones mundiales de productos industriales pasó de 0,8 por ciento a 0,61 entre 2005 y 2017.

… A LA CRISIS.

La desindustrialización precoz se debe a la falta de una política cambiaria destinada a contrarrestar la apreciación de la moneda y al aumento de los salarios por encima de la productividad del trabajo –que, de hecho, ha sido muy débil–, así como a la relativa ausencia de una política industrial que se oponga a ciertos efectos perniciosos sobre la competitividad.

El aumento de los precios de las commodities en los últimos años, la suba significativa del volumen de exportaciones y la entrada de capital extranjero en Brasil tuvieron como efecto la apreciación de la moneda brasileña en términos reales en comparación con el dólar (véase tabla 2). Esta apreciación fue más o menos combatida en la primera presidencia de Dilma. Además, ocurrió una depreciación acentuada en 2015. La valorización de la moneda nacional tiene efectos perversos, que los economistas generalmente denominan “enfermedad holandesa” o “dutch disease”. Las políticas de esterilización de liquidez causadas por este tipo de bonanza pueden combatirla, pero no fueron aplicadas sistemáticamente, excepto de forma irregular en la primera presidencia de Rousseff.

La valorización de la tasa de cambio a mediano plazo, intercalada con devaluaciones más o menos significativas, no fue compensada por esfuerzos en pos de aumentar la productividad laboral. No sólo el aumento de la productividad del trabajo en la industria manufacturera fue muy modesto (y desigual, dependiendo de los sectores, de la dimensión de las empresas y de su nacionalidad), sino que fue acompañado de fuertes aumentos salariales por lo menos en las escalas más bajas. A causa de la enorme desigualdad de renta, esos aumentos son justificados desde un punto de vista ético. Pero si no son acompañados por una política industrial destinada a aumentar la productividad y ocurren junto con una apreciación de la moneda nacional, sobreviene una caída de la competitividad del tejido industrial. La abundancia de divisas provenientes de la venta de materias primas permitió que parte de la demanda fuera satisfecha por el crecimiento de las importaciones.

La competitividad de la industria manufacturera, el sector más expuesto a la competencia internacional, se deterioró durante este período. A pesar del menor costo en moneda local de las importaciones de bienes de capital y de los productos intermedios, el aumento en el costo unitario del trabajo amputó la rentabilidad. El impacto total sobre los precios los hizo más rígidos, debido al aumento de la competencia internacional en los sectores expuestos. En consecuencia, el impacto en la rentabilidad de las empresas (véase tabla 3) anunció la crisis de 2014 y, especialmente, de 2015 y 2016.

En resumen, la apreciación de la moneda nacional debilitó el tejido industrial, redujo la rentabilidad de las empresas de la industria manufacturera y promovió la inversión en actividades rentistas, lo que explica así el bajo nivel de inversión en actividades productivas en el mediano plazo, especialmente si se lo compara con el de los países asiáticos. Esta fue la levadura de la crisis.

CRECIMIENTO SIN ALIENTO Y DÉFICIT DE RACIONALIDAD.

El nuevo presidente hereda una situación económica contradictoria: por un lado, buenos puntos de partida, pero, por otro, una situación social muy deteriorada, una inserción internacional problemática y cierta incapacidad de recuperación luego de la crisis de 2015-2016.

A fines de 2018 algunos puntos de partida parecían positivos, había un pequeño déficit en el saldo de cuenta corriente: –0,7 por ciento del Pbi; un saldo primario de presupuesto (o sea, sin contar los pagos por concepto de deuda pública) de –2,3 por ciento del Pbi. Aquí la crisis enmascara, sin embargo, un déficit nominal todavía muy elevado: –7,3 por ciento del Pbi debido al peso de los pagos de la deuda, una tasa moderada de inflación (3,75 por ciento al año para el Ipc); elevadas reservas internacionales (375.000 millones de dólares) formadas principalmente por los ingresos de capital, especialmente de la inversión extranjera directa (79.000 millones en 2018).

Previamente, la restricción externa fue levantada gracias a la bonanza proporcionada por la venta de materias primas y la entrada de inversión extranjera directa. El aumento del poder de compra fue satisfecho a través de las importaciones, en detrimento de la producción doméstica. Esta se mostró incapaz de superar las restricciones competitivas impuestas por la globalización comercial, además de estar sujeta al deterioro de sus costos unitarios de trabajo. La reprimarización de la economía con el ascenso de las actividades rentistas contuvo tres aspectos: uno positivo, ya que hizo posible un aumento en el poder de compra; otro negativo, porque rompió el tejido industrial en sus ramos más dinámicos y preparó así la crisis futura; finalmente, el tercer aspecto también fue negativo, porque la riqueza capitalista pasó a venir de la renta y no de la explotación de la fuerza de trabajo. La reprimarización, una ilusión de riqueza, crea un tipo de capitalismo cada vez más dependiente del precio de las materias primas, un capitalismo incapaz de revolucionar las prácticas de producción.

CONCLUSIÓN.

América Latina nunca conoció un milagro económico. La reprimarización de sus economías, así como su consecuente desindustrialización precoz, acarreó consigo más vulnerabilidad. La pobreza disminuyó, pero la renta relativa de los estratos medio-bajo y medio se redujo, lo que eventualmente generó frustración. Después de declinar en el sur y en el centro del país, con los dos primeros gobiernos de Lula y el primero de Dilma, la violencia volvió a aumentar significativamente. Los sectores más ricos se enriquecieron y, cuando vino la crisis, los partidos progresistas fueron fácilmente usados como chivo expiatorio. Se dijo entonces que eran ellos los responsables de impedir el enriquecimiento de los más ricos y de haber permitido el empobrecimiento relativo de una gran parte de las clases medias. Además, fueron acusados, tal como lo habían sido los otros partidos, de haber permitido y participado de la gangrena de la corrupción.

Es posible que las reformas planificadas no puedan ser implementadas y que los conflictos de intereses conduzcan a reformas profundamente edulcoradas. Los gritos de alarma ya pululan en las revistas financieras. El crecimiento sólo vendrá de esas reformas, dicen. Sin ellas, el país se va a hundir en la crisis. El problema es que muchas de esas reformas liberales ya fueron emprendidas, como la del mercado de trabajo. Y sin embargo, la tasa de crecimiento continúa muy baja y cada día que pasa se hace una previsión aun más baja del crecimiento futuro.

En realidad, Brasil paga un precio muy caro por los errores de la política económica de Lula y de Dilma Rousseff, por el liberalismo sin contenido social de Temer y ahora de Bolsonaro. El peso de este último, sin embargo, es de orden completamente diferente en relación con los errores anteriormente señalados. Brasil paga un precio alto debido a la manipulación de las instituciones, debilitadas por años de dictadura, por expulsar a Rousseff de la presidencia y por la imposición actual de una política más dura de liberalización económica. Subsiste la esperanza de evitar los efectos insalubres de los escándalos de corrupción, pero este punto está lejos de ser alcanzado.

El déficit de racionalidad aumenta. ¿Hasta dónde irá? ¿Qué vendrá después? ¿Un impeachment del vicepresidente apoyado por los militares? ¿La salida del presidente apoyado por las sectas religiosas? ¿El retorno de la izquierda?

 

1. Marc Morgan, 2018, “Falling inequality beneath extreme and persistent concentration: new evidence for Brazil combining national account, survey and fiscal data”, Wid, Working paper, número 12 , págs 1-78.

2. Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial, 2018, “Indústria e o Brasil no futuro”, pág 22.

3. Ídem, pág 25.

 

Por Pierre Salama. Economista, profesor emérito de la Universidad de París XIII e investigador de las economías latinoamericanas.

Artículo publicado originalmente en Outras Palavras, Brecha lo reproduce con autorización.

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Jueves, 04 Julio 2019 06:20

La Cuba de Trump

La Cuba de Trump

Si el proyecto de Obama en el país caribeño era terminar la Guerra Fría construyendo entendimientos, el de Trump es hacerlo aplastando al enemigo

 

 

Los habaneros acostumbran asomarse sin camisa o en corpiños por los balcones para tender la ropa húmeda, tomar el fresco, comentar con sus vecinos los detalles de las vidas privadas o distraerse mirando a los turistas que pasan y, por estos días, también para quejarse del calor insoportable. Son las arenas del Sahara, repiten, las que acentúan la sensación de calor, disminuyen la humedad y bajan las probabilidades de lluvia. Según el Granma “alrededor de 90 millones de toneladas de polvo provenientes del desierto del Sahara llegan cada año a la región del Caribe durante la primavera y el verano”.

Hacía poco más de un año que no visitaba La Habana, y lo que encontré fue una población abatida no solo por el calor. Toda la energía que se vivió desde que Barack Obama y Raúl Castro acordaran restablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE.UU se ha transformado en decaimiento. La Embajada norteamericana que entonces fue reabierta, Trump se encargó de cerrarla; las restricciones que por ley impiden viajar a los estadounidenses como turistas y que Obama procuró relajar, él volvió a rigidizarlas; prohibió toda relación comercial con el conglomerado militar que controla el 60% de la economía isleña, bloqueando así los negocios que entre ambos países recién empezaban a germinar, y, de paso, frenó las inversiones provenientes del resto del mundo. La confianza que contagiaba ver a los EE UU interactuando en distintos planos con Cuba se convirtió una vez más en incertidumbre y sospechas.

“Desde que estamos en Cuba, hace más de 30 años”, me dijeron unos empresarios españoles, “nunca habíamos sentido con tanta fuerza el apriete de las medidas norteamericanas”. Me contaron, además, que la desconfianza instalada entre los empresarios extranjeros y las autoridades locales pasaba por un momento álgido, que cualquier palabra de más ponía en riesgo los pagos atrasados a veces en casi dos años y siempre en más de uno, lo que de suceder simplemente los arruinaba. Una vez a la semana se reunían entre ellos para desahogarse a puertas cerradas.

Obama dijo en su visita a La Habana el año 2016: "Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas". Su apuesta era que incorporando a Cuba al mundo y permitiéndole abrirse a los mercados internacionales, el solo intercambio cultural y de personas traerían el cambio político que décadas de hostilidad no habían conseguido. Por eso bogaba por el fin del embargo, que no consiguió por faltarle los votos necesarios en el Congreso, pero que era el obvio paso siguiente en este proceso que concluiría Hillary Clinton durante su mandato.

Pero ganó Trump y desmoronó todo este proyecto amistoso y democratizante. No solo mantuvo el bloqueo, sino que reactivó con más fuerza la ley Helmes Burton, de modo que los dueños de propiedades confiscadas por la Revolución pudieran reclamarlas nuevamente. “EE UU no permitirá las visitas a Cuba a través de embarcaciones de pasajeros y embarcaciones recreativas, incluidos cruceros y yates, así como aviones privados y corporativos”, señaló en un comunicado el Departamento de Estado de EE UU. Si hasta el año pasado se hablaba de la construcción de seis nuevos terminales para cruceros en La Habana, hoy estos balnearios flotantes que habían ayudado a dinamizar la vida económica de la ciudad con sus cerca de 4000 visitantes diarios desaparecieron. La Habana Vieja se ve mucho más vacía y los dueños de sus restaurantes y otros pequeños negocios no escatiman lamentos cuando se les pregunta por la fuga de estos barcos.

Si el proyecto de Obama era terminar la Guerra Fría construyendo entendimientos  —“debemos aprender el arte de convivir de forma civilizada, con nuestras diferencias”, propuso durante su estadía en la isla—, el de Trump es hacerlo aplastando al enemigo. Ha de saber que el aspaventoso lenguaje guerrero emociona más fácilmente a la población de su país cuando tiene por objetivo central su reelección presidencial. Y es cierto que su enemigo —el “socialismo” corrompido y decadente de Venezuela, Nicaragua y Cuba— está más frágil que nunca.

Mientras tanto, en La Habana escasea incluso el pollo y los huevos, dos elementos centrales de la dieta cubana, además del arroz. Ante la frontalidad bélica de Donald Trump, recuperaron el micrófono las voces más retrógradas del oficialismo y la “ética” de la resistencia encontró nuevamente un lugar allí donde comenzaba a pasar de moda el discurso antiimperialista. Las ansias de control se dejan sentir de maneras al mismo tiempo crueles y absurdas: una amiga que vivía cómodamente en Europa y que regresó hace dos años con su marido italiano para invertir en esta nueva etapa que debía comenzar en su país, me contó que tras la marcha LGTBI reprimida el 11 de mayo fueron a buscar a uno de los mozos de su restaurante simplemente por ser homosexual. Lo ofendieron gritándole burlas soeces, le preguntaban si era activo o pasivo, y luego recorrieron las casas de su barrio para informar a los vecinos aquello que todos sabían. Fueron varios los casos como el suyo en los días que siguieron a la marcha, y Mariela Castro, la hija de Raúl que por años representó la causa de la diversidad sexual, apoyó esa represión perdiendo de golpe todo el prestigio libertario ganado con anterioridad.

Una periodista joven me dijo —qué ganas de poner sus nombres, pero no se puede —: “todos los de mi edad nos queremos ir”. No hay proyecto a la vista, el sueño revolucionario terminó hace rato y quienes ostentan el poder parecen preocupados principalmente de una cosa, mantenerlo. No tengo ninguna información confiable que lo avale, porque en Cuba el periodismo no puede atravesar las puertas del Palacio de la Revolución, pero es de suponer que sin Fidel y con Raúl muy viejo, distintos grupos comiencen a disputarlo. El liderazgo de los Castro nunca tuvo contraparte, pero Díaz-Canel —“un hombre sin mucha gracia”, comentan— hay muchos. Y cuando la lucha por el poder se abre, cunde la suspicacia y aumentan las ansias de control.

Los cubanos han aprendido a vivir la desesperanza sin desesperación. Muchas veces en estas seis décadas han imaginado que la Historia los retomaría para llevarlos a algún sitio inexplorado y no seguir detenidos en la misma estación, pero una y otra vez volvieron a despertar  en el mismo sitio. Yo pude presenciar con cuánta dificultad, en esos tiempos de Obama, muchos volvían a creer en el cambio, cómo los hijos les discutían a sus padres que ahora sí, ante sus sonrisas incrédulas. Por eso es triste verlos hoy, una vez más, con esa mirada rendida que apenas llega al día siguiente, como si hubieran envejecido de golpe. “He llegado a esa edad en que la vida es una derrota aceptada”, decía Adriano en el libro de Margarite Yourcenar.

Y sin embargo, mientras cunde esta sensación sombría, los cubanos no alcanzan a percibir la profundidad de los cambios en curso. Meses atrás hubo un plebiscito para aprobar la nueva Constitución, y si bien se aprobó por una amplia mayoría, no fue por unanimidad, como hasta entonces se acostumbraba. Los votos en contra más los blancos y los nulos sumaron un 15%. Si bien a través de medios precarios y de modo furtivo, por primera vez hubo quienes se atrevieron a hacer campaña en contra de la postura oficial. Poco después tuvieron acceso a los datos móviles en sus teléfonos celulares, y si bien tenerlos resulta muy caro, son muchísimos los que se las han arreglado para contar con ellos. A través de WhatsApp se han organizado varias campañas ciudadanas al margen del poder político: para ayudar a las víctimas del ciclón que azotó sectores de La Habana en enero, para convocar a una marcha en contra del maltrato animal en abril, para comentar la represión a la marcha gay en mayo… Por otra parte, hay zonas de la isla donde han vuelto los apagones. Buena parte de la energía eléctrica es generada con petroleo venezolano, y así como van las cosas… La desaparición del pollo y los huevos avivó todavía más el recuerdo de los años 90, cuando tras el fin de la URSS no tenían qué comer. Raúl quiso tranquilizar a la población asegurando que no había peligro de un nuevo “periodo especial”, y todos entendieron que esa amenaza estaba ad portas. Sin un líder como Fidel, con el socialismo desprestigiado alrededor y las redes sociales en manos de la población, no será fácil mantener el statu quo si la crisis empeora.

En los muros húmedos y descuidados de los edificios continúan creciendo árboles y plantas que cuelgan como tumores, como brazos, como brotes selváticos en medio de una civilización dormida. Las mujeres todavía se llaman Dulce, Caridad, Paciencia, o como cualquier otra virtud cardinal, y por las calles aún pasan hombres cargando jaulas con pájaros o pedaleando en triciclos forrados en trenzas de ajos o tiras de cebollas. Quizás nos encontremos ante un caso de gatopardismo al revés: que parezca que nada cambie, para que nada siga igual.

Por Patricio Fernández

La Habana 3 JUL 2019 - 14:28 COT

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Un regalito de China, más paciencia de EE.UU.

El presidente chino llegó a Osaka con la oferta de comprar “muchos” productos agropecuarios. Trump aceptó y la suba de tarifas se pospone.

 

 Los presidentes de China y Estados Unidos le bajaron un poco la temperatura al enfrentamiento comercial entre sus países. Xi Jinping trajo a la reunión del Grupo de los Veinte una prenda de paz que Donald Trump aceptó con entusiasmo, y ambos presidentes parecieron conformes con quedarse con el Plan B de la situación: las tarifas norteamericanas siguen en pie, pero no van a empeorar. En su despedida de Japón anoche y antes de salir para Seúl, Corea del Sur, Trump sorprendió avisando que va a visitar la zona desmilitarizada que separa a su aliado de Corea del Norte y que había invitado a Kim Jong Un a reunirse en la frontera.

En su encuentro en Osaka, chinos y norteamericanos se pusieron de acuerdo para volver a la mesa de negociaciones después de siete semanas, dando una señal de calma a mercados muy nerviosos. Xi y Trump pasaron cuatro horas hablando y la conclusiones de la muy larga discusión mostraron que no hubo un acuerdo de fondo, apenas una tregua. “La reunión fue muy, muy buena” dijo Trump con su habitual uso de doble adjetivos. “Diría que hasta mejor de lo que esperábamos”.

El lado americano aceptó postergar un aumento de las tarifas de importación, que subirían al 25 por ciento para un paquete de productos por 300.000 millones de dólares. También se aceptó darle un poco de aire a la empresa Huawei, la empresa de teléfonos celulares que está en el centro de una tormenta de acusaciones de robo de tecnología y espionaje.

A cambio, Trump aceptó un “tremendo” aumento en las exportaciones de alimentos norteamericanos a China. El norteamericano no reveló la cifra final que los chinos ofrecieron, pero dijo que le iba a pasar una lista de productos alimentarios y agropecuarios que él quería que compren.

Trump se hizo tiempo, entre tanto encuentro, para hacer un poco de diplomacia vía su canal favorito, Twitter. Así fue que se le ocurrió invitar al dictador norcoreano Kim Jong Un a un encuentro improvisado en la frontera entre las dos Coreas. Según el mismo Trump, la idea fue bien recibida por Kim y ambos países trabajaban contrarreloj para armar el encuentro. 

“Si ocurre, no va a ser una cumbre, va a ser un apretón de manos”, dijo Trump. Y cuando le preguntaron si cruzaría la frontera y entraría al norte para darle la mano a Kim, contestó que “seguro lo haría. Sin problema.” Si eso ocurre, Trump sería el primer presidente norteamericano en actividad en pisar suelo norcoreano.

Mientras se resolvía este encuentro, dramático como le gustan a Trump, el presidente le regaló un último problema a su anfitrión, el premier japonés Shinzo Abe. Lo hizo al decir en público que le había avisado que los tratados de defensa mutua entre ambos países eran “inaceptables” y que había que cambiarlos después de 68 años. Trump muchas veces criticó a Japón por negarse a mandar tropas al exterior, la última esta semana y ya en camino a Osaka, cuando twiteó que si los japoneses eran atacados “nosotros vamos a ir a ayudarlos, pero si nosotros somos atacados ellos no van a venir”.

El comentario demuestra una completa ignorancia del status que Estados Unidos le impuso a Japón después de derrotarlo en la segunda guerra mundial. Los norteamericanos ocuparon el archipiélago, dejaron al emperador Hirohito pero abolieron el imperio japonés, con lo que Japón no es ni reino ni república, apenas Japón a secas. También le impusieron una reforma legal y una constitución escrita en Washington, que entre otras cosas le prohibía terminantemente a las fuerzas armadas japonesas salir del país.

La prohibición es tan absoluta que hizo falta reformar la constitución para que Japón pudiera participar en operativos de la ONU, cosa que recién ocurrió en 1993. En el ejemplo de Trump, los japoneses no podrían auxiliar a los norteamericanos si son atacados porque los norteamericanos lo prohibieron absolutamente en la constitución y el tratado de 1951. En ese momento es que Japón se transformó en la gran base americana del Pacífico, central para la guerra fría con la URSS y las calientes con Corea y Vietnam.

Pero todos los tratados pueden cambiar y azuzar a los japoneses a armarse puede ser una manera de presionar a China. Una fuerte preocupación en Pekín es que al no resolverse el tema de las tarifas, las empresas que producen sus componentes o productos terminados en fábricas chinas comiencen a buscar otras bases industriales menos comprometidas políticamente. Si esto ocurre, sea porque Trump es reelecto o porque un futuro presidente demócrata elige sostener esta política, el resultado puede ser una “naturalización” de los costos más altos de producir en China y una fuga de inversiones a otros países más baratos.

Por eso no extraña que hasta un mandatario tan orgulloso como Xi se presente ante el norteamericano con un obsequio que sea apetecible, un pago por adelantado de futuros negocios. Para los chinos, la guerra comercial tiene implicancias a futuro que pueden ser históricas.


 

 Recuadro. 

 

Trump anuncia que restaurará las relaciones comerciales con Huawei

 Por, El diario.es

 

Estados Unidos permitirá a las empresas del país que vendan productos al fabricante chino Huawei, según ha anunciado este sábado el presidente estadounidense, Donald Trump.

Trump ha hecho el anuncio al referirse a lo convenido en la reunión que poco antes tuvo con el presidente chino, Xi Jinping, con el fin de avanzar para contener la guerra comercial que enfrenta a ambos países desde el año pasado.

"Hemos acordado que las empresas estadounidenses puedan vender productos a Huawei", ha agregado Trump, que se encuentra en la ciudad japonesa de Osaka para participar en la cumbre del G20 que comenzó este viernes y se cerró este sábado. "Vendemos a Huawei una tremenda cantidad de productos. He dicho que eso está bien. Es un tema complejo, por cierto".

Trump, sin embargo, no ha querido precisar si como parte de esa revisión en el caso del fabricante chino la compañía será sacada de lista del Tesoro de Estados Unidos donde están incluidas empresas vetadas de hacer negocios con firmas estadounidenses. "No hemos hablado de eso. Tenemos una reunión mañana o el martes", agregó Trump, y cuando se le volvió a insistir sobre si él creía que Huawei saldría de esa lista, recalcó que no quería hablar de ello.

Además, el presidente de EEUU ha confirmado que su Gobierno no impondrá nuevos aranceles a las importaciones desde China y ha señalado que seguirán las negociaciones entre Washington y Pekín para cerrar un acuerdo comercial.

"Si podemos llegar a un acuerdo será un evento histórico", ha afirmado Trump, que ha recordado también que Estados Unidos estaba analizando la posibilidad de imponer aranceles a importaciones chinas por valor de más de 300.000 millones de dólares. "Vamos a suspender esos aranceles y ellos van a comprar nuevos productos agrícolas", ha añadido en la rueda de prensa ofrecida poco después de que se cerrara la cumbre de dos días que celebró el G20 en Osaka.

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EE UU encadena el mayor periodo de crecimiento de su historia

La economía estadounidense suma 121 meses de expansión desde la recesión de 2008, pero la recuperación es más lenta y más desigual

 

 

 La expansión económica en Estados Unidos cumple su décimo aniversario y en julio superará el récord de longevidad de 120 meses seguidos de crecimiento. El anterior gran periodo de expansión se produjo tras la crisis de las puntocom en 2001 y se prolongó durante la presidencia de Bill Clinton. Los frutos de la actual recuperación son patentes: la tasa de paro es la más baja en medio siglo, suben los salarios, la vivienda vale más que antes de la Gran Recesión, la inflación es baja y la confianza se mantiene sólida. Los nombres de Barack Obama y Donald Trump quedarán así unidos para siempre en la historia económica. Pero este periodo de recuperación, el más largo de la historia de EE UU, se caracteriza también por ser más lenta y desigual.

La Oficina de Investigaciones económicas de EE UU (National Bureau of Economic Research, en sus siglas en inglés) contabiliza 33 ciclos de crecimiento desde 1854. Estos periodos de expansión duraron entre 10 y 120 meses. Solo en dos épocas se superaron los 100 meses seguidos de crecimiento. Alan Blinder, economista de la Universidad de Princeton, señala que las expansiones no mueren por la edad sino porque algo acaba con ellas. Los expertos suelen señalar a la Reserva Federal (Fed) como principal culpable del fin de los ciclos, por su empeño en combatir la inflación.

Pero también se suele atribuir el fin de los periodos de bonanza a una espiral en el precio del petróleo o a un desplome de Wall Street, aunque en este último caso el estrés en los mercados financieros suele ir en paralelo a otras calamidades. Pero la principal espita que desencadena una crisis suele ser la caída del consumo y la pérdida de confianza.

El presidente de la Fed, Jerome Powell, descarta una recesión inminente, pero suele mostrarse cauto por los nubarrones desatados por Trump con su desafío comercial a China.

Hace una década, en plena crisis financiera, en lo único que se pensaba en Washington era en cómo evitar que el terremoto que siguió al derrumbe de Lehman Brothers arrastrara a toda la economía hacia el precipicio. Cerca de nueve millones de personas perdieron sus empleos y el paro llegó al 10%, algo casi inaudito en EE UU, con tasas de desempleo históricamente bajas. Desde los primeros años de Ronald Reagan, a principios de los 80, no se veía un nivel de desempleo similar. Pero una década después la situación ha cambiado radicalmente.

Pleno empleo

El mercado laboral es donde se observan los mayores progresos. El sector privado creó más de 21 millones de puestos de trabajo durante la recuperación, tras encadenar 110 meses consecutivos de contratación. La ocupación es ahora un 9% más alta que antes de la recesión. El paro bajó en abril al 3,6% y desde hace tres años se vive una situación de pleno empleo. El gran problema que ahora se encuentran las empresas es dar con la mano de obra cualificada que necesitan para cubrir 7,5 millones de vacantes.

Es otro ejemplo de los grandes progresos alcanzados desde la Gran Recesión. Cuando Obama tomó las riendas de la Casa Blanca, se destruían 700.000 empleos al mes. La pérdida de empleo se redujo drásticamente gracias a los programas de estímulo fiscal que se activaron y a la acción agresiva de la Fed. La mayor parte de la recuperación se produjo bajo la presidencia de Obama y la mejora continúa con Trump.

Pero aunque el paro esté en mínimos y la recuperación sea la más duradera, también es más tibia si se compara con los ciclos de los años dorados que siguieron al periodo posterior de la Segunda Guerra Mundial hasta 1972. En ese periodo, el crecimiento aportó una sustancial mejora en la calidad de vida, algo muy diferente a lo que sucede actualmente. Entonces, el incremento de los sueldos fue mucho mayor.

Los salarios también suben desde 2010, pero la mejora se concentra en las rentas más altas, lo que está elevando la desigualdad. Si se tiene en cuenta la inflación, los sueldos en dólares reales apenas mejoraron, como señala Pew Research. “El poder de compra es el mismo que hace cuatro décadas”, apuntan. Antes de la crisis, los salarios crecían un 4% de media al año. En esta expansión, no llega al 3%. Los economistas señalan que con una tasa de paro tan baja como la actual, los sueldos deberían crecer mucho más.

La expansión económica durante la última década también se caracteriza por haber estado por debajo del potencial previo a la crisis. Desde junio de 2009, cuando se inicia la recuperación, EE UU crece a un ritmo medio anual del 2,3%. Aceleró al 3,1% en el primer trimestre de 2019, pero la previsión es que se suavizará. No es solo que el rendimiento sea más débil. También más desigual.

La última crisis fue la más profunda desde la Gran Depresión y provocó un gran agujero del que costó mucho salir. El detonante fue una burbuja inmobiliaria, que estalló en el verano de 2006. La caída de precios duró hasta 2012 y los inmuebles se depreciaron un 30%. El desplome pegó así un mordisco a la renta de las familias y millones de hogares perdieron sus casas. Eso afectó al consumo. Pero los precios están ahora un 15% por encima del máximo previo a la crisis.

Los economistas de BMO Capital creen que la combinación de crecimiento sostenido, incremento del empleo, inflación contenida en el 1,8% y bajos tipos de interés es “lo más cerca que se puede estar del nirvana”. Por ese cóctel Trump dice que EE UU es la envidia de todo el mundo. “Es la mejor economía en la historia de América”, proclama.

El republicano atribuye el crecimiento actual a sus políticas económicas, en particular al recorte de impuestos, la desregulación y el proteccionismo comercial. El PIB se expande pero no al ritmo del 4% que prometió como candidato ni por encima del 3% de su plan presupuestario. Lo achaca al alza de tipos de interés. “Tenemos el potencial de subir como un cohete”, aseguraba hace un mes.

Pero las cosas no pintan tan bien. La economía muestra sintomas de debilidad por la escasa mejora de la productividad y los efectos de la eclosión de las plataformas digitales en los negocios tradicionales. Los analistas de Cumberland Advisors señalan que Trump y Powell tienen poco margen para cometer errores con sus decisiones de política económica. Los de Deutsche Bank opinan que el actual es el mejor rendimiento que puede tener la economía de EE UU y “el riesgo es mayor”. “Ya no es suficiente con decir que las cosas van bien”, concluyen.

Por Sandro Pozzi

Nueva York 15 JUN 2019 - 17:57 COT

Publicado enEconomía
Imagen: Guadalupe Lombardo

A pocos días de la huelga general convocada para el 14 de junio en Brasil, la investigadora señala las condiciones que llevaron a Bolsonaro al poder y su dificultad para sostenerlas.

 

Mientras Jair Bolsonaro disfrutaba de una cena romántica con su esposa en el emblemático “Señor Tango”, los ciudadanos del gigante sudamericano se mantenían en estado de alerta, a días de haberse manifestado masivamente contra los recortes en educación y en defensa de las jubilaciones, vulneradas por una inminente reforma que aparentemente no será resistida en la arena parlamentaria. Las expectativas de gran parte de la sociedad y de la oposición al actual gobierno de Brasil están puestas en la huelga general (greve geral) anunciada por las centrales sindicales para el próximo 14 de junio, que busca generar un efecto demostración volcando a las calles una multitud similar a la que adhirió a la huelga de abril de 2017, durante el gobierno de Michel Temer. La semana pasada confirmaron su adhesión a la medida las centrales del transporte y de la educación pública, entre otras.

En su visita a Buenos Aires invitada por el Iade, Rosa Marques, profesora de la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, dialogó con PáginaI12 sobre las condiciones de posibilidad que llevaron a Bolsonaro a la presidencia de Brasil y acerca de los peligros para la democracia que implica el creciente autoritarismo de su gobierno.

 

–¿Cómo pudo ganar las elecciones en Brasil un candidato como Jair Bolsonaro, que se presenta como un outsider, aunque viene desde adentro de la estructura partidaria? 

 

–Hubo un proceso de desgaste interno muy grande en Brasil. Tuvimos tres años de un gobierno pequeño, el de Michel Temer, con fuertes cambios en las políticas sociales y de distribución de ingresos que, al mismo tiempo, apoyó fuertemente a algunas empresas “campeonas”. Se creó un vacío con Lula preso, un descontento muy grande en una parte de la población. Bolsonaro catalizó esa situación siendo, efectivamente, un “outsider” que estuvo durante dieciocho años en el Parlamento pero perteneció al “bajo clero”. No convive con las clases dominantes, es un “bandido”, aunque sí haya logrado ubicarse entre las milicias.

 

–¿Qué rol jugó el votante de clase media en el resultado de las elecciones? 

 

–La clase media poco a poco fue mostrando su descontento en sucesivas elecciones. Al observar el mapa electoral, notamos que Bolsonaro obtuvo más votos en los estados de ingresos medios y altos que no soportan que se hayan desestructurado las bases de la sociedad brasileña, que siempre ha sido desigual y racista. Desde fines de los ochenta, en Brasil los cambios estuvieron asociados a la democracia y a la posibilidad de convivir con el diferente. Cuando llegaron Lula y Dilma, este cambio estaba en alza. En ese contexto político cultural, los gobiernos del PT aprobaron leyes que beneficiaban a esas minorías. Y buena parte de la clase media no lo soportó. La gente puede ser muy buena, pero cuando una empleada doméstica tiene un hijo en la universidad y tu hijo no entró, se genera un resentimiento. Actualmente, en la universidad hay dos tipos de cupos: uno es para los negros y otro, para sectores de bajos ingresos que estudiaron en escuelas públicas.

 

–En las últimas semanas se han observado muchas movilizaciones en rechazo al recorte en educación y, en general, al ajuste que pretende implementar el gobierno de Bolsonaro. ¿Qué impacto cree que puedan tener esas manifestaciones en vistas de la nueva huelga general convocada para el 14 de junio? 

 

–La educación es el sector que sufrió los mayores niveles de ajuste, lo cual afecta la situación de los estudiantes y de los profesores. Espero que esas movilizaciones hayan sido un paso importante para la huelga general del 14 de junio. Creo que la huelga tendrá un impacto político importante, pero, al mismo tiempo, tenemos que esperar para ver si las centrales sindicales cierran filas con los partidos de la oposición. Se está dando el primer paso para esa construcción y, en ese sentido, que la gente salga a la calle es muy significativo.  

 

–¿En qué sentido las políticas educativas del PT afectaron a la clase media? 

 

–En la dimensión subjetiva. La clase media pensaba que había perdido ingresos, lo cual no es verdad. Lo que ocurrió es que crecieron los ingresos de los sectores más bajos y se acercaron a los de la clase media. La reducción de la brecha en materia de ingresos se dio entre la clase baja y la clase media, pero los verdaderamente ricos, como dice Lula, nunca ganaron tanto.

 

–¿Los verdaderamente ricos apoyaron al PT? 

 

–En un primer momento, sí. 

 

–¿Y por qué se perdió ese apoyo? 

 

–La pérdida de apoyo comenzó después de 2008. En primer lugar, producto de la crisis internacional, que inicialmente no afectó mucho la economía brasileña, aunque después sí tuvo un impacto negativo. Y en segundo lugar, por la baja en el precio de los commodities. Dilma hizo algo que Lula nunca había pensado hacer: bajar la tasa de interés en una economía donde el sector financiero está imbricado con la industria, por lo que comenzaron a aflorar las contradicciones. La situación internacional era mala, encima cayó el comercio internacional y, por ende, la exportación de las commodities, que, además, disminuyeron su precio. Bolsonaro inició su campaña para presidente hacia 2014, muy cerca de las elecciones de ese año. 

 

–Bolsonaro inició su campaña en el momento en que las movilizaciones en Brasil –iniciadas como una crítica al aumento del boleto– fueron cooptadas por grupos de derecha, como el Movimiento Brasil Libre. ¿En qué medida esa derechización de las protestas contribuyó para concretar la destitución de Dilma Roussef?  

 

–Es imposible pensar ambas dinámicas en forma separada. El proceso empezó en 2013, como algo contradictorio, y terminó de otra manera. El gobierno de Dilma intentó aumentar el control sobre la economía. En Brasil hubo una gran ola privatizadora que comenzó con Fernando Collor, pero las mayores privatizaciones las hizo Fernando Henrique Cardoso. Hay quienes sostienen que Lula las continuó, pero fue algo muy chico. Muchos recursos siguen siendo estatales, como Petrobras, el Banco do Brasil, Caixa Económica, Electrobras. Las privatizaciones, sin embargo, son un cambio de propiedad, que no necesariamente transforman la relación entre capital y trabajo. 

 

–No es lo mismo Petrobras en manos del Estado que en manos privadas y extranjeras.

 

–Es cierto, pero el Estado brasileño es fuerte, incluso así. El tema es que tanto los industriales como la clase dominante en general, interna y externa, pedían una reforma laboral. Brasil, como otros países de América del Sur, tiene una fuerza laboral muy despareja: una parte está formalizada y la otra, completamente precarizada. Con Lula, el mercado formal aumentó como nunca antes, sobre todo en los sectores de bajos ingresos. 

 

–¿Ese aumento se debió a la valorización del salario mínimo o fue producto de otro tipo de regulaciones?

–No solo de la valorización del salario, la formalización también trajo beneficios en términos de protección social y de otros derechos. Precisamente, el problema para la industria y para el capital extranjero eran los trabajadores que estaban en la formalidad, porque tenía un salario comparativamente alto. Temer, incluso antes que Bolsonaro, cambió esa situación en el mercado de trabajo.

–¿Cuáles fueron los principales cambios que hizo Temer en el ámbito laboral?

–Lo más importante es que cambió la relación entre patrón y trabajador. La empresa puede proponer un acuerdo que estará por encima de lo que marca la ley y, con eso, se abre una variedad de formas de contratación. 

–¿Qué continuidad dio Bolsonaro a esas iniciativas de precarización laboral?

 

–La precarización laboral ya era un hecho, no era necesario nada más. Bolsonaro hizo cambios en la política de salario mínimo. Dilma aplicaba una fórmula de valorización del salario que incluía la inflación pasada y el aumento de la productividad. Durante los dos gobiernos de Lula y el primero de Dilma, esa valorización llegó al 74 %. El segundo gobierno de Dilma fue muy diferente.

 

–Con el triunfo de Bolsonaro, el resultado de las elecciones en Brasil significó una recomposición en el Congreso y en la propia conformación de los partidos tradicionales. ¿Qué efectos tuvo esa reconfiguración en términos de gobernabilidad?

 

–Bolsonaro no es un político como cualquier otro, su racionalidad es distinta. Desde que se recuperó la democracia en Brasil ha habido un presidencialismo de coalición, lo que llamamos “Nueva República”. Cuando Lula ganó la elección no estaba solo, los ministerios tenían la representación de distintos partidos. Cuando Bolsonaro asumió el gobierno, conformó sus ministerios sin ninguna coalición. 

 

–El gobierno está impulsando la reestructuración de ministerios, una medida que tomó por decreto y debería aprobar el Congreso. ¿Cree que la actual composición parlamentaria permitirá su aprobación? 

 

–Las medidas provisorias son un problema porque el gobierno es muy diferente, casi diría “loco”. Sin embargo, las instituciones no cambiaron, hay un Congreso y hay jueces, aunque los jueces se compren. Por eso es que no puede haber decretos-ley como durante la dictadura. Las medidas provisorias, en algún momento, deben pasar por el Congreso. Con estas elecciones, desaparecieron partidos tradicionales como el de Fernando Henrique Cardoso. Eso no garantiza que todo marche bien para Bolsonaro, tampoco significa necesariamente una derrota para él. La pregunta que uno se puede hacer es: ¿envía todo al Congreso para que pase algo de ese paquete? ¿Cuál es el verdadero objetivo? El Congreso está funcionando y hay una oposición parlamentaria. Hay una tendencia al autoritarismo en Bolsonaro, pero tampoco es que haya cerrado el Congreso. De todas formas, hay propuestas del gobierno que van a pasar más fácilmente, como la reforma jubilatoria, que consiste en aumentar la edad para jubilarse y los años de aportes. La propuesta de un sistema de capitalización puede venir después, no es lo más importante en este momento.

 

–Se empiezan a ver algunos desacuerdos entre los sectores militares y el sector que responde a Olavo de Carvalho. ¿Cree que eso repercutirá en la relación del propio Bolsonaro con los militares?

 

–Olavo es su ideólogo. Donde los militares están más presentes es en el Ministerio de Educación. Hubo un cambio de ministro y se dio un conflicto entre los militares y los olavistas. Yo tengo una interpretación maquiavélica: un tiempo antes, Bolsonaro había hablado en la conmemoración de un acontecimiento militar, el alzamiento del 31 de marzo de 1964. Hubo un gran rechazo de la oposición, principalmente de la izquierda. Muchos periodistas hipotetizaron que esa había sido una movida para que se manifestara el conflicto.

 

–La previsión de crecimiento que había para este año se revirtió. Ahora estaría cerca del 1 por ciento o incluso menos, lo que continuaría con el ciclo recesivo de Brasil. ¿Qué factores o decisiones de este gobierno contribuyen a esa tendencia? 

 

–El nivel de desempleo en Brasil es casi del 13 por ciento, lo que equivale a 13 millones de desempleados. Es una situación grave. Más aun cuando en ese porcentaje no se incluyen las personas que ya no buscan empleo o que trabajan esporádicamente. La tasa de inversión está en el nivel más bajo y la capacidad ociosa es muy alta. Había instituciones financieras estatales orientadas a otorgar crédito al sector industrial. Por eso la inversión estatal fue siempre muy importante, pero ha venido disminuyendo hasta casi desaparecer. Cuando la economía empezó a mostrar problemas más graves, durante el gobierno de Temer, hubo un cambio en el régimen fiscal, permitido por enmienda constitucional, para controlar el nivel del gasto del gobierno federal. En diciembre de 2016, Temer anunció la intención de volver al superávit para garantizar el pago de la deuda estatal, que es mayormente interna. 

 

–¿Eso empeoró el rendimiento de la economía en Brasil? 

 

–El primer presupuesto que no cambió respecto del año anterior fue el de 2017, al año siguiente el aumento fue solo nominal, pero no varió en términos reales. Cuando Bolsonaro inició su gobierno las expectativas eran distintas, pero ahora, tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial sostienen que el crecimiento será casi nulo. Y la crisis argentina también afecta a Brasil. En este escenario, la perspectiva de crecimiento es revisada todos los días. Incluso hay pronósticos de crecimiento negativo, con lo cual la recaudación impositiva cae y, por eso, se aplica un procedimiento de contingencia para suspender la ejecución del gasto hasta que se alcance el nivel necesario de ingresos fiscales. En algunos estados las consecuencias de la recesión son muy graves, a tal punto que hay demoras en el pago de los salarios. Es una situación de quiebra. El gobierno federal ayudó un poco a paliar la situación, pero se trata de una situación dramática generalizada. 

 

–¿Cuál es el sector de la economía más afectado por la crisis argentina? 

 

–Principalmente, la industria automotriz. 

 

–En la agenda bilateral, el aspecto importante tanto para Macri como para Bolsonaro es avanzar en los acuerdos con la Unión Europea. De hecho, ya se habían iniciado conversaciones entre ambos gobiernos antes de la visita de Bolsonaro a la Argentina. En el estado actual del Mercosur, ¿cómo se encara una negociación comercial con la Unión Europea?

 

–Bolsonaro tiene una posición ideológica clara e inocultable: no quiere saber nada con América latina y, particularmente, con países como Venezuela. En el mismo sentido, el gobierno brasilero cambió la relación con Estados Unidos. Sinceramente, no sé si un acuerdo con la Unión Europea pueda prosperar. Hay mucha retórica, pero no estoy segura de que haya condiciones para que esa iniciativa se concrete.  

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La economía cubana se resiente de la crisis venezolana

El impacto llega a la calle en forma de escasez de productos y las sanciones de Estados Unidos impiden una mejora a corto plazo. Un informe señala que la caída de Maduro tendría un fuerte impacto en la isla pero menos que con la URSS en los noventa



La estampa ya viene siendo habitual en las calles de La Habana desde hace meses. Han vuelto las colas a los supermercados. Cuesta encontrar algunos productos básicos como el pollo, el aceite y el picadillo y ya se ha limitado el número de bienes que se pueden adquirir para evitar el acaparamiento. La situación, sin embargo, está bajo control gracias a la paciencia infinita de los cubanos. Pero todo el mundo sabe que directa o indirectamente estos problemas están causados por la grave crisis que vive Venezuela y han vuelto los fantasmas del 'Periodo Especial', la profunda penuria económica que vivió la isla después del colapso de la URSS, de la cual era muy dependiente.


En un informe publicado por el Real Instituto el Cano, los economistas especializados en Cuba Carmelo Mesa-Lago y Pavel Vidal Alejandro sostienen que, aún con la salida de Nicolás Maduro, la isla sufriría, pero no tanto como en los noventa. Una de las pruebas según ellos es que la crisis venezolana se empieza a notar ahora pero en realidad ya lleva años desarrollándose. Entre 2013 y 2018, el otrora primer socio comercial de Cuba ha perdido el 50% de su PIB.


El intercambio económico entre ambos países se ha reducido un 74% hasta llegar a los 2.214 millones de dólares anuales y el peso de Venezuela en la economía cubana ha pasado de representar el 43,7% de su PIB en 2012 al 19% en 2017, último año con cifras. A efectos prácticos eso se traduce a la reducción de los envíos petroleros del "mejor amigo de Cuba" a la isla y la disminución de profesionales médicos que viajan al país bolivariano y que representaban la principal entrada de divisas para el país presidido por Miguel Díaz-Canel.


La isla ha conseguido limitar el impacto de estos datos gracias a que paralelamente surgieron unos "amortiguadores" que ayudaron a capear el temporal: el incremento de visitantes y la puesta en marcha de una política fiscal expansiva por parte de las autoridades cubanas aminoró la crisis a costa de incrementar el déficit público. El efecto de estos amortiguadores se está diluyendo ya que el ritmo de crecimiento de turistas está casi estacando y el Estado, con un desbalance cerca del 11% del PIB, no puede seguir aplicando políticas anticíclicas. De igual forma los economistas se sorprenden por el buen comportamiento de la economía cubana porque a pesar de la crisis en el socio estratégico sigue experimentando crecimientos positivos.


El impacto de las sanciones de Trump


El informe también pone atención al impacto en ambos países de las medidas punitivas impulsadas por Donald Trump que tienen un impacto directo en sus economías y en las posibles vías de salida para sus problemas.


De manera resumida, en Venezuela las sanciones norteamericanas están sirviendo para que el país no pueda rentabilizar el incremento del precio del petróleo a nivel mundial. Además, recientemente Estados Unidos está intentando evitar que el petróleo llegue a Cuba sancionando a los barcos encargados de transportarlo. Por el momento se está consiguiendo saltar esta restricción.


En Cuba, la política de Trump va encaminada a cerrar todas las rendijas que se abrieron con la administración Obama y a sembrar dudas sobre la seguridad de las inversiones en Cuba para distorsionar el clima inversor. La isla, necesitada de capital extranjero, intenta dar seguridad a las empresas europeas amenazadas por el título III de la ley Helms-Burton que permite denunciarlas en EEUU por hacer uso de bienes que fueron confiscados al inicio de la Revolución.


Desde Washington se asegura que se quiere evitar que las entidades vinculadas a las Fuerzas Armadas se beneficien del mayor flujo de turistas americanos, pero algunas medidas parecen encaminadas a golpear al incipiente sector privado de la isla. La limitación del monto de divisias que los cubanos pueden recibir de sus familiares de Miami tiene un fuerte impacto en la inversión de los pequeños negocios privados. La voluntad de querer evitar que los ciudadanos americanos puedan viajar para hacer turismo también es un factor importante ya que estos negocios se benefician indirectamente de estos visitantes. El informe subraya como trascendental el resultado de las elecciones presidenciales americanas del año que viene.


Lo novedoso de esta situación es que parece que Cuba no puede apoyarse en otro país como ha hecho tradicionalmente en el pasado con España, Estados Unidos, la URSS y Venezuela. Moscú y Pekín siguen siendo aliados importantes de La Habana pero difícilmente pueden implicarse todo lo que la Revolución querría.


La isla tiene bien poco que ofrecer a estos países. Las producciones de azúcar y níquel que podían interesar en el pasado se han reducido y los obstáculos culturales y de idioma dificultan que La Habana pueda poner en marcha programas médicos en estos países. Sería una relación básicamente subsidiaria.


El caso de China es algo diferente porque en los últimos años se han reforzado las relaciones comerciales con diversas inversiones en el país caribeño. Aún así, se trata de cifras minúsculas comparado con lo que Pekín está haciendo en la región en países que le interesan por sus materias primas.


Los economistas pronostican tiempos difíciles para la isla pero sin llegar al dramatismo de los 90 gracias a una mayor diversificación de la economía. El hecho de no contar con ningún nuevo "hermano mayor" puede convertirse en una oportunidad para que el país tire adelante por sus propios medios implementando reformas que no terminan de despegar.

06/06/2019 07:54 Actualizado: 06/06/2019 07:54
Por santi piñol
@SantiPinyol

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Domingo, 07 Abril 2019 05:51

Cambio y continuismo económico en Cuba

Cambio y continuismo económico en Cuba

Al cumplirse el 60 aniversario de la revolución cubana es oportuno examinar lo que ha cambiado y lo que permanece. La economía de mercado existente hasta 1958 fue transformada desde 1961 en un sistema de planificación centralizada, con enorme predominio de la empresa estatal y una agricultura colectivizada. El mercado quedó supeditado al plan. Este modelo ha fracasado en el mundo, pero su esencia continúa en Cuba resultando en una monumental ineficiencia económica que ha dañado el crecimiento.


La dependencia en la venta de azúcar—75% de la exportación total en 1958—se sustituyó por una dependencia del 80% en la venta de servicios profesionales y turismo. En 1958 Cuba no exportaba servicios profesionales y el número de turistas en 2018 se había multiplicado por 18 veces y por 53 veces el ingreso por esta actividad. La producción de petróleo ha crecido 79 veces y ahora Cuba produce gas natural. La dependencia en la importación energética se ha reducido desde el 99% al 50%. Los servicios sociales antes estabanprincipalmente limitados a las zonas urbanas y eran en parte privados, ahora son estatales y virtualmente universales y gratuitos. Por el contrario, la deuda externa de Cuba entre 1958 y 2017 saltó 190 veces, y ello después de lograr importantes condonaciones con acreedores del Club de París, Rusia y otros países. La tasa de crecimiento de la población en 1953 (último censo) era de 2,1% y se desplomó a -0,2% en 2017, debido al acelerado envejecimiento; la proporción de adultos mayores en la población subió del 9% al 20%. Cuba tiene la población más envejecida de la región lo que aumenta el coste de la salud y las pensiones.


Respecto a la continuidad, en los seis decenios transcurridos, la economía socialista cubana no ha conseguido eliminar o reducir la enorme concentración del comercio, inversión, ayuda y subsidios con otra nación. De la dependencia con los EE UU (un 52% de las exportaciones) se pasó a una con la URSS (72%) y desde comienzos del siglo XXI con Venezuela (44%). Entre 1960 y 1990, la URSS otorgó a Cuba 58.500 millones de euros y solo pagó 450 millones, el resto fueron subsidios de precios y ayuda no reembolsable. La desaparición del campo socialista en los años noventa provocó una gravísima crisis en Cuba. En su cima en 2012, la ayuda, subsidios e inversión venezolana equivalían a 11% de PIB cubano.


A pesar de esa ayuda substancial, debido a la ineficiencia del sistema, la economía se estancó a un promedio anual de 1,7% en 2014-2018 y la meta para 2019 es 1,5%, un cuarto del 6% oficialmente fijado para generar un crecimiento apropiado. En 2017, la mayoría de la producción manufacturera, minera (salvo petróleo), agropecuaria y pesquera estaba por debajo del nivel de 1989. Solo el turismo ha progresado de forma notable. El comercio externo ha sufrido déficit sistemático (6.760 millones en 2017) y el excedente que generaba la primera fuente de divisas, que son las exportaciones de servicios profesionales (médicos, enfermeras, etc.), menguó un 35% en 2012-2018, debido a la crisis económica de Venezuela que compraba el 75% de dichos servicios; además redujo su comercio del 44% al 17%, el suministro de petróleo a la mitad y paró la inversión.


Estos problemas forzaron un recorte de ocho puntos porcentuales en el gasto social en 2008-2017, con el consiguiente deterioro de los servicios de salud y educación; en 1989-2017, el valor de las pensiones cayó en 50%, la construcción de viviendas en un 80%, y el salario ajustado a la inflación en el 61%.


Se culpa al embargo estadounidense por estos problemas. Esto era cierto hace 25 años, pero Cuba tiene ahora comercio con al menos 80 países, incluyendo EE UU, así como inversiones de múltiples naciones. El embargo todavía causa daño, como las sanciones a los bancos internacionales que realizan transacciones con Cuba, pero la causa fundamental de los problemas ha sido la incapacidad para generar exportaciones que financien las importaciones esenciales; ambas han declinado en años recientes.


Entre 2007 y 2018, Raúl Castro intentó resolver los problemas explicados con reformas estructurales orientadas al mercado, pero estas no tuvieron efectos tangibles debido a su extrema lentitud, desincentivos, impuestos y una reversión desde 2017. Tanto el nuevo presidente Miguel Díaz-Canel como la Constitución que se refrendó el 24 de febrero no cambian la esencia del modelo y el primero ha ratificado el continuismo. Una actitud absurda frente al colapso de la economía venezolana y el tambaleo de su régimen por la rebelión interna y la presión internacional. Una caída de Maduro agravaría aún más la actual crisis en Cuba.

Por Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Servicio Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh

5 ABR 2019 - 12:52 COT

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Lunes, 17 Diciembre 2018 05:53

La mala salud de hierro de Bolivia

La mala salud de hierro de Bolivia

El notable crecimiento del país andino lleva la contraria a los expertos que hablan de un modelo económico insostenible

Cada año los técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial que trabajan con las cifras bolivianas concluyen que “la economía está bien, pero no es sostenible a medio plazo”. Un ejercicio después se repite la misma historia: “La economía sigue bien, pero es insostenible a mediano plazo”. Así ha ocurrido durante mucho tiempo. Cada facción de economistas bolivianos — en función de si son más o menos próximos a las tesis del Gobierno de Evo Morales— se aferra a una u otra parte de la sentencia, pero lo cierto es que el país andino lleva casi una década creciendo por encima del 4% todos los años, ritmo que el propio FMI reconoce que se mantendrá también este año y el próximo.


“La economía boliviana sigue gozando de buena salud, pese al contexto adverso. El tirón de la demanda interna ha logrado reducir la pobreza y las desigualdades”, dice Luis Arce, ministro de Economía desde el inicio del mandato de Evo Morales, en 2006, hasta mediados del año pasado, y considerado el principal artífice de este buen comportamiento. Para Arce el secreto del “milagro boliviano” no es otro que el modelo económico, que contrasta con el “neoliberal” que aplican los otros gobiernos sudamericanos.


El patrón económico local considera la existencia de dos sectores: uno “generador de excedentes”, conformado por las industrias petrolera, minera y eléctrica, y otro “generador de ingresos y empleos”, integrado por las industrias manufacturera, agropecuaria, la de construcción o la turística. El modelo se basa en la toma del primer sector por parte del Estado, que así se convierte en el principal actor de la economía, y la posterior transferencia de los excedentes al segundo grupo por la vía del gasto público y la redistribución económica, es decir, de la ampliación de la demanda.


Gracias al boom de ingresos entre 2006 y 2014, mayoritariamente gracias a la venta de materias primas, muchos de ellos canalizados hacia el mercado interno, aumentó el consumo y las actividades destinadas a satisfacerlo. También el bienestar social, una variable a tener muy en cuenta en el país con menor renta per cápita de América Latina, tres veces menos que México y casi cuatro menos que Chile. La extrema pobreza —personas con ingresos inferiores a dos dólares diarios— cayó del 38% a 18%, y hoy es de solo el 10% en las ciudades. Tras una década con el quinto mayor crecimiento económico de América Latina, Bolivia se ha convertido en un país de ingresos medios: “Solo” el 30% de su población gana menos de cuatro dólares por día.


Este dinamismo también convirtió a las principales industrias de cerveza, gaseosa, cemento y telecomunicaciones en empresas más grandes, mayoritariamente en manos de grupos extranjeros. E impulsó a los bancos nacionales, cuyos activos se multiplicaron por 3,6 entre 2008 y 2017 y cuyos beneficios casi se triplicaron en el mismo periodo. Arce añade que, a cambio, los grandes actores del sector financiero tuvieron que hacer abundante el crédito productivo, al que el Gobierno ha fijado una cuota obligatoria; si en 2005 este ascendía a 1.100 millones de dólares, hoy supera los 10.000.


Puntos débiles


Pero no todo es positivo en Bolivia. El economista Napoleón Pacheco incide en que la economía local atraviesa ahora una fase de menor crecimiento por la caída del precio internacional de las materias primas. “En la medida en que esto pasa, vuelven los viejos males, alejados por la prosperidad anterior: déficit fiscal y déficit en cuentas externas, con efectos en el corto plazo, como un mayor endeudamiento y el aumento del crédito interno del Banco Central al Estado para financiar la inversión pública”. Este aumento del crédito interno no se convierte en inflación porque se respalda con las reservas de divisas extranjeras y “porque en parte se va afuera, por medio de las importaciones de bienes”, agrega. Ambos procesos deterioran el nivel de las reservas internacionales, que cayeron de 15.000 a 8.400 millones de dólares en los últimos tres años.


Las importaciones pasaron del 20% al 30% del PIB entre el comienzo de la bonanza económica (2004) y los mejores años de esta etapa (2011-2014). Hoy están a mitad de camino: en el 24%. La prevalencia de las compras en el exterior llevó a varios economistas a diagnosticar un principio de “enfermedad holandesa” en Bolivia: un súbito aumento de la capacidad de compra que los productores locales no se hallan en la capacidad de aprovechar. Solo se libran las ramas que no compiten con las importaciones, como la construcción —que en el país sudamericano alcanza tasas de crecimiento del 10% anual—. Otro síntoma de este mal, que toma su nombre de la destrucción del sector manufacturero de Países Bajos tras el descubrimiento de enormes yacimientos de gas en el mar del Norte a mediados del siglo pasado, es la apreciación de la moneda. Es el resultado de la entrada de una gran cantidad de dólares y de la supresión, desde 2011, de las microdevaluaciones que se realizaban para ajustar la relación entre la moneda local, el boliviano, y las divisas de los países vecinos, con los que más comercia.


El Gobierno de Morales no quiere devaluar su moneda ni un centavo para defender la “bolivianización” de las finanzas nacionales —una de sus banderas económicas— y para desalentar la fuga de capitales en un contexto internacional de alza del dólar. Para Juan Antonio Morales, presidente del banco central en la década de los noventa, la falta de flexibilidad del tipo de cambio es el peor error de política monetaria del Ejecutivo. “Desacostumbró a la población”, dice, “a ver cambios en el valor del dinero”, una variable que flota libremente en los grandes países de la región. Sin embargo, devaluar puede tornarse inevitable si el déficit comercial pone en jaque las reservas de divisa extranjera, clave para una economía en vías de desarrollo.


Arce señala que los economistas “neoliberales” son “anticuados” y no entienden que la economía boliviana ya no vive del comercio exterior, sino de la inversión y el consumo internos. El Gobierno alimenta la demanda interna con incrementos constantes de salarios y un alto nivel de gasto público (la tercera parte del PIB). Esta estrategia, insiste Pacheco, pasa por enfrentar el déficit comercial creando simultáneamente un déficit fiscal “gemelo” (que desde 2015 ha sido de un 7% del PIB). El economista Gonzalo Chávez la califica como una “huida hacia adelante”.


Baja deuda exterior


Los críticos con el modelo económico de Evo Morales creen que es insostenible seguir cebando la demanda interna sin incurrir en elevados déficits ni alimentar el fantasma inflacionistas. Sin embargo, el Gobierno tiene todavía un amplio espacio para mantener el dinamismo de la demanda interna, ya que debe al extranjero menos de 9.500 millones de dólares, apenas el 25% del PIB. Es una cifra bastante menor a la muchos países vecinos. Claroscuros de una economía, todavía, en expansión.

Por Fernando Molina
La Paz 15 DIC 2018 - 18:06 COT

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La economía de América Latina se desacelera en un contexto de “incertidumbre y volatilidad” global

La Cepal estima que la región crecerá este año un 1,5%, siete décimas menos de lo proyectado en abril, pese a que consumo e inversión mantienen el tipo. La expansión será, no obstante, mayor que en 2017

América Latina y el Caribe seguirán creciendo en 2018, pero a un ritmo notablemente más bajo de lo previsto. La economía de la región se expandirá un 1,5%, siete décimas menos de lo esperado hasta ahora por la Cepal pero tres más que en 2017, según el informe anual que ha presentado este jueves en la Ciudad de México. "Como el resto de organismos internacionales, fuimos demasiado optimistas", reconoce la jefa del ente de Naciones Unidas para el desarrollo económico del subcontinente americano, Alicia Bárcena. El año, en cambio, ha acabado marcado por la "alta incertidumbre y volatilidad" sobre la economía global y, muy especialmente, sobre el bloque emergente.


En una región joven, que parte de bajos niveles de ingreso per cápita, el aumento consumo interno logrará esquivar en 2018 buena parte del daño que ya está infligiendo la falta de certeza en el terreno comercial tras la deriva proteccionista estadounidense, la fortaleza del dólar frente a las principales monedas latinoamericanas y la firme decisión de la Reserva Federal de continuar con las alzas de tipos de interés diga lo que diga Donald Trump. El desempleo, por su parte, seguirá ligeramente a la baja durante el ejercicio en curso, aunque la tasa urbana permanecerá por encima del 9%: un nivel elevado para economías emergentes.


Como en años anteriores, el crecimiento sigue desacompasado entre las diferentes subregiones latinoamericanas. Mientras que el área que engloba a Centroamérica y México seguirá liderando holgadamente la tabla, con una expansión media prevista del 2,5% en 2018 y con tres de los 10 países más dinámicos de la región en su seno, las islas del Caribe crecerán a una tasa media del 1,7% y América del Sur quedará por debajo de la media regional con un incremento del PIB de solo el 1,2%, lastrado fundamentalmente por Venezuela, Argentina y Brasil.


En entrevista con EL PAÍS, la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, admite su "preocupación" por una divergencia interregional que amenaza con cronificarse. "Tiene que ver con los precios de las materias primas: si suben, como ahora, a América del Sur le debería ir mejor y a Centroamérica, peor. Pero lo que cambia todo son los problemas de [las dos mayores potencias sudamericanas] Argentina y Brasil. El primero es de visión de país y de consenso de Argentina y el segundo está en una situación muy compleja a la que se suma la incertidumbre política por las elecciones de octubre".
Los tres lastres de América del Sur


Las diferencias en el rumbo de crucero no solo son regionales, sino también subregionales. Sudamérica es la mejor prueba de ello: aunque la mayor parte de los países que la integran avanzan a buen ritmo, la media se ve golpeada por el mal desempeño de sus tres mayores economías. El principal lastre es, como en los cinco últimos ejercicios, Venezuela, un país sumido en una grave crisis económica e institucional en el que la recesión se ha convertido en el nuevo normal. La Cepal prevé que su PIB se contraiga este año otro 12% a pesar del alza del precio del petróleo, el gran activo del país. Desde 2013, la economía venezolana ha retrocedido un 43%.


"Más allá de la hiperinflación, el problema de Venezuela es que su deuda cada vez es menos sostenible: más escasa y más cara. Y la producción de petróleo, que se destina al repago de la deuda, va a la baja. Es un panorama lúgubre", remarca Bárcena. "Algunas de las medidas que se han anunciado en los últimos días, como la normalización del precio de la gasolina, van en la dirección correcta. Pero son tímidas y tardías", añade Daniel Titelman, jefe de la división de Desarrollo Económico del organismo con sede en Santiago de Chile.


El segundo mayor lastre sudamericano es Argentina, que no ha logrado superar la tormenta cambiaria iniciada a finales de abril, que provocó una rápida devaluación del peso (del 65%) frente al dólar. Por primera vez un organismo internacional estima que el país austral cerrará 2018 en números rojos, con una caída del 0,3%. La senda de subida de los tipos de interés en Estados Unidos, que ha acelerado la retirada de fondos de los países emergentes, ha castigado con especial virulencia al país austral, muy necesitado de crédito para sufragar su déficit público. El Gobierno de Mauricio Macri acordó un rescate de 50.000 millones de dólares con el FMI en junio que garantizaba fondos hasta el fin del mandato, en 2019. Pero el respaldo financiero no ha sido suficiente para frenar la sangría.


Brasil, por su parte, se vio sacudido por una huelga de camioneros que paralizó al país en mayo. "Afectó muchísimo, más de lo que pudiéramos anticipar", destacan los técnicos de la Cepal. Sin embargo, el gigante suramericano se aleja de la recesión: según sus proyecciones, el gigante sudamericano avanzará un 1,6%. En el extremo opuesto, con un crecimiento previsto del 4,4%, Paraguay se mantiene como la economía más dinámica de Sudamérica seguida por Bolivia (4,3%) y Chile (3,9%). Este último recupera velocidad este año y crece al ritmo más rápido del último lustro, respaldado por el aumento de las exportaciones de cobre y también del consumo interno.


En América Central y el Caribe la tendencia es notablemente mejor que en el sur. México, el gran exponente de la zona, cerrará 2018 con una expansión del 2,2%. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, esta tasa queda bastante por debajo de lo que cabría esperar para un país con mimbres para crecer mucho más, pero es la cuarta más alta de entre las potencias latinoamericanas. Solo la superan Chile (3,9%), Perú (3,6%) y Colombia (2,7%), todas ellas impulsadas por el encarecimiento de las materias primas, en las que descansa buena parte de su crecimiento. Además, un país caribeño -República Dominicana- y otro centroamericano -Panamá- liderarán en 2018 el crecimiento latinoamericano con sendas expansiones del 5,4% y del 5,2%. Economías más pequeñas, como Costa Rica, Honduras, Antigua y Barbuda y Granada también se cuelan entre las 10 más dinámicas. América Latina crece, sí, pero poco y a muchas velocidades.


 "EL MODELO DE CRECIMIENTO BASADO EN EXPORTACIONES ESTÁ AGOTADO"


Tras varios años de niveles históricamente bajos de volatilidad financiera, con la liquidez en máximos, el repunte de las dudas afecta especialmente a los emergentes, con América Latina a la cabeza. En paralelo, los flujos de capitales hacia mercados emergentes, tras aumentar de forma sostenida el año pasado, caen en este 2018. "La combinación de un dólar fuerte, tasas de interés altas y menos liquidez es lo que ha disparado los niveles de incertidumbre". En consonancia, el riesgo soberano de las principales economías de la región ha repuntado a partir de febrero, sobre todo en Venezuela –"el caso más dramático"-, Argentina, tras el rescate del Fondo Monetario Internacional, y Ecuador, una economía plenamente dolarizada.


América Latina y el Caribe tampoco son ajenos a los movimientos proteccionistas de Washington. "La gran incertidumbre pasa por las tensiones comerciales. El conflicto arancelario entre EE UU y China está creando una tensión muy fuerte en todas las economías, también en las latinoamericanas y caribeñas", apunta Bárcena. "Es un cambio de época: la globalización está en cuestión en el sentido productivo y no solamente social del fenómeno; hay una desaceleración estructural y no solo coyuntural del comercio en el mundo. Y el modelo basado en las exportaciones, en el que se han basado casi todas las economías de la región, está agotado. No se puede exportar hasta el infinito", sentencia.


Ante este cambio de era en la economía mundial, la recomendación de la Cepal para la región pasa por enfocar los esfuerzos de la inversión y en el consumo interno, con un aumento sostenido de los salarios. "No todo es comercio. Hay países, como Uruguay, que sí se están dando cuenta de que estamos en un cambio de época. Que la siguiente frontera es la de la tecnología y la innovación. Pero no todos lo están haciendo", reflexiona Bárcena. "Es muy importante que la región tenga una mirada estratégica de la inversión pública y que revierta su caída".

 

Por IGNACIO FARIZA / MAR CENTENERA

México / Buenos Aires 23 AGO 2018 - 21:24 COT

 

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Miércoles, 08 Agosto 2018 07:45

Límites de la recuperación económica en EU

Límites de la recuperación económica en EU

La expansión de la economía estadunidense a partir de 2009 lleva ya acumulados 109 meses de crecimiento sin interrupción y se perfila para romper el récord de duración de una onda expansiva. Hoy esa marca corresponde a la del periodo 1991-2001. Pero todo esto no puede impedir la formulación de la pregunta clave: ¿cuánto durará la actual fase de expansión?


Donald Trump se jacta de haber sido el responsable de este buen desempeño de la economía. Pero sus engañosos discursos no mencionan que el ciclo de la recuperación comenzó antes de que llegara a la Casa Blanca. La fase ascendente del ciclo arrancó a finales de 2009 y se fortaleció con el estímulo fiscal puesto en marcha por la administración de Barack Obama. Ese paquete inyectó 720 mil millones de dólares en la economía al reducir impuestos, generar empleos directos y extender beneficios por desempleo en los sectores de salud y educación.


La política monetaria también tuvo impacto en la recuperación. Ya desde 2008 la Reserva Federal (Fed) redujo la tasa de interés de referencia a un nivel cercano a cero por ciento. Y en diciembre de 2008, después del colapso del banco de inversión Lehman Brothers, anunció el arranque de su programa de flexibilidad cuantitativa. Este programa de compra de activos emproblemado s en manos de los bancos inyectó más de 4 billones (castellanos) de dólares en el sistema bancario y financiero. Aunque no se tradujo en inversiones productivas y mucho del paquete terminó inflando una enorme burbuja en la bolsa de valores, la expansión económica recibió una inyección de adrenalina con esa política heterodoxa de la Fed. Así es que la recuperación se debe menos a las fuerzas competitivas del mercado que a la intervención del Estado, tanto por el lado fiscal como por el monetario.


Pero como todas las recuperaciones económicas después de una recesión, la actual onda expansiva llegará a su fin. Quizás el freno en la actividad económica se haga sentir justo cuando arranque la campaña electoral en la que Trump buscará la relección. La realidad es que el estímulo fiscal que acompañó la reducción de impuestos a los estratos más ricos tendrá efectos temporales y hacia finales de 2019 el impulso macroeconómico derivado de estas medidas se habrá agotado. Además, la normalización de la política monetaria (con sus alzas en tasas de interés y la reducción de la hoja de balance de la Fed) será un freno adicional para la actividad económica. Finalmente, la guerra comercial que Trump ha iniciado con China, la Unión Europea, Canadá y México no está ayudando a fomentar nuevas inversiones.


Quizás el hecho más importante que comienza a dejar sentir sus efectos es la normalización de la política monetaria. Esta normalización consiste en primer lugar en alejarse más del territorio de tasas de interés cercanas a cero. Por eso los aumentos en la tasa de interés van a seguir su curso mientras prosiga la expansión y la tasa de inflación se mantenga cercana a la meta de 2 por ciento definida por la Fed.


En días recientes Trump ha acusado a la Fed de sabotear sus esfuerzos para mejorar la economía. Esas acusaciones no tienen precedente en la historia de la Reserva Federal, pero no alterarán el calendario de incrementos en la tasa de interés. Uno de los efectos de esos aumentos seguirá siendo el fortalecimiento del dólar estadunidense, lo que tendrá repercusiones negativas sobre el sector exportador. Y si a todo esto añadimos las consecuencias de la guerra comercial, el panorama se antoja más complicado de lo que creen los economistas del equipo de Trump. El gasto de los consumidores sigue siendo el principal motor del crecimiento en Estados Unidos y se verá afectado por el efecto combinado de todos estos factores y el hecho de que los salarios siguen estancados. Finalmente, los precios de crudo y de materiales como el acero y el aluminio (afectados por los nuevos aranceles aplicados por la Casa Blanca) también pesarán negativamente en el sector productivo.


El impacto de los aumentos en la tasa de interés no debe subestimarse. El rescate mediante la flexibilización cuantitativa de la política monetaria generó uno de los episodios más intensos de inflación en los precios de activos financieros en la historia del sistema financiero estadunidense. Por eso los aumentos en la tasa de interés tendrán repercusiones profundas, incluso para la economía mundial. Las empresas estadunidenses deberán refinanciar el equivalente a 4 billones de dólares en bonos emitidos en los años recientes, y deberán hacerlo con tasas de interés mayores. Cualquier sacudida en este proceso conducirá a un número importante de quiebras y muchos bancos no tendrán más remedio que recortar el crédito. La economía volverá a entrar en recesión, y ya veremos a quién le echa la culpa el actual ocupante de la Casa Blanca. Por lo pronto, las consecuencias para el resto del mundo no serán buenas noticias.


Twitter: @anadaloficial

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