Sábado, 08 Mayo 2021 05:48

El gasto militar y el hambre mundial

El gasto militar y el hambre mundial

La más baja reducción desde la Segunda Guerra Mundial del Producto Interno Bruto (PIB) global ocurrida en 2020 y la continuidad de esa tendencia en 2021 debido a la pandemia de coronavirus, se contrapone a los enormes gastos dedicados a la carrera armamentista que en ese período alcanzaron cifras récord.

La Covid-19 ha puesto en vilo a la economía del orbe al perderse millones de puestos de trabajo; quiebras de empresas y negocios; enormes gastos para atender la salud de los contagiados; caída del comercio y la proliferación de la miseria y la pobreza en gran parte de la población sobre todo en los países en desarrollo.

Los expertos catalogan la situación de catastrófica en la que muy pocos países han salido incólumes ante tamaña enfermedad que ha demostrado la incapacidad del sistema capitalista neoliberal para enfrentar y proteger a la mayoría de sus poblaciones de los graves efectos del flagelo. 

El Instituto Internacional de Finanzas (IIF por su siglas en inglés) en un reciente informe indicó que la deuda de hogares, empresas, bancos y gobiernos de todo el planeta sumaba al cierre del tercer trimestre de 2020, 272 billones de dólares y a finales del año llegó a un máximo histórico de 277 billones de dólares, que representan el 365 % del PIB mundial.

Pese a esta gran problemática, el gasto militar continuó incrementándose, pues según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (CEPRI), la crisis generada por la pandemia no ha impedido que el capital colocado en la defensa siga en alza.

Por quinto año consecutivo afirma, subió hasta los 1,98 billones de dólares, 74 000 millones más que en 2019, es decir, 2,6 % interanual, mientras que el PIB mundial cayó un 4,4 %. El hecho de que el gasto militar aumente en un año de recesión económica, significa que la proporción de este tipo de inversiones en el PIB total también creció.

De acuerdo al CEPRI, solo cinco países ostentan el 62 % del gasto militar: Estados Unidos ascendió a 4,4 % en 2020 hasta los 778 000 millones de dólares, o sea, 39 % del total; China 1,9 % en el año para 252 000 millones; India, 2,1 % para 72 000 millones; Rusia 2,5 % hasta 61 700 millones; Reino Unidos, 2,9 %, o sea, 59 200 millones.

Con respecto a los países integrantes de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) se elevó a 1,1 billones, lo que representa el 56 % global.

Pero analicemos otros datos, como el del Banco Mundial, donde indica que en 2020 cayeron en la pobreza extrema entre 88 millones y 115 millones más por lo que las personas que sobreviven con solo 1,98 dólares al día ha aumentado entre 703 millones y 729 millones. La tasa de pobreza extrema sería entre 9,1 y 9,4 % lo que equivale a un retroceso de tres años pues se volvió a los niveles que se registraron en 2017.

Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990, el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, señaló en múltiples foros internacionales la necesidad de poner coto a los monumentales gastos en que incurrían las naciones más poderosas con el objetivo de mantener la carrera armamentista.

En uno de sus discursos, pronunciado el 12 de octubre de 1979 ante el XXXIV período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, Fidel denunció:

«El ruido de las armas, del lenguaje amenazante, de la prepotencia en la escena internacional debe cesar. Basta ya de la ilusión de que los problemas del mundo se puedan resolver con armas nucleares. Las bombas podrán matar a los hambrientos, a los enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar el hambre, las enfermedades, la ignorancia».

Expertos de Naciones Unidas aseguran que solo se necesitan 160 dólares por persona al año para minimizar la extrema pobreza. Si se multiplica por los 729 millones que están en esa frágil categoría, la cifra llegaría a 116 640 millones de dólares, cantidad suficiente para minimizarla.

Pero la ONU va más lejos al asegurar que se necesitan 1,5 billones para erradicar la pobreza humana para siempre y para que los más necesitados pueden tener a su alcance programas de alimentación, salud y educación.

Aunque la cifra parece grande, la cantidad solo equivale al 1 % del PIB global anual o 23 meses de gasto militar de Estados Unidos. Si en los últimos años la inversión social hubiera crecido en vez de la carrera armamentista, el mundo estaría mejor, con menos desigual, más próspero y humano.

Las políticas realizadas en los últimos tiempos por la anterior administración estadounidense de Donald Trump y al parecer, continuada por la actual de Joe Biden al impulsar una nueva guerra fría, esta vez contra China y Rusia,  indiscutiblemente que incrementará aun más el hambre y la pobreza mundial. Esperemos que esta situación no se prolongue por el bien de la humanidad.

Por Hedelberto López Blanch | 08/05/2021  

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Jueves, 06 Mayo 2021 06:19

Crisis capitalista y control social

Crisis capitalista y control social

La decisión del presidente Joe Biden, el pasado 15 de abril, de expulsar a 10 diplomáticos del Kremlin y de imponer nuevas sanciones contra Rusia por su alegada injerencia en las elecciones presidenciales estadunidenses de 2020 –a lo cual ya contestó Rusia– se produjo pocos días después de que el Pentágono realizara ejercicios navales frente a costas de China. Las dos acciones representan una escalada de las agresiones con el afán de Washington de intensificar la "nueva guerra fría" en contra de Rusia y China, llevando al mundo cada vez más hacia la conflagración político-militar internacional.

La mayoría de los observadores atribuyen esta guerra, instigada por Estados Unidos, a la rivalidad y la competencia sobre la hegemonía y el control económico internacional. No obstante, estos factores sólo explican en parte esta guerra. Hay un cuadro más amplio –que ha sido pasado por alto– que impulsa este proceso: la crisis del capitalismo global.

Esta crisis es económica, de estancamiento crónico en la economía global. Pero también es política, una crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. En Estados Unidos, los grupos dominantes se esfuerzan por desviar la inseguridad generalizada producida de la crisis hacia chivos expiatorios, como los inmigrantes o enemigos externos como China y Rusia. Las crecientes tensiones internacionales legitiman el aumento en presupuestos militares y de seguridad y abren nuevas oportunidades lucrativas mediante los conflictos y la extensión de los sistemas trasnacionales de control social y represión.

Los niveles de polarización social global y la desigualdad registrados en la actualidad están en niveles sin precedente. En 2018, el uno por ciento más rico de la humanidad controló más que la mitad de la riqueza del mundo mientras el 80 por ciento más pobre tuvo que conformarse con apenas 5 por ciento. Estas desigualdades socavan la estabilidad del sistema, mientras crece la brecha entre lo que el sistema produce o podría producir y lo que el mercado puede absorber.

Las corporaciones trasnacionales registraron niveles récord de ganancias entre 2010 y 2019, al mismo tiempo que las inversiones corporativas disminuyeron. El monto total de dinero en reservas de las 2 mil corporaciones no financieras más grandes en el mundo pasó de 6.6 billones de dólares a 14.2 billones entre 2010 y 2020 –cantidad por encima del valor total de todas las reservas en divisas de los gobiernos centrales del planeta– al mismo tiempo que la economía global se quedó estancada.

La economía mundial ha llegado a depender cada vez más del desarrollo y despliegue de los sistemas de guerra, de control social trasnacional, y de represión, simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando el capital de cara al crónico estancamiento y la saturación de los mercados globales. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de una era de guerra global permanente en que la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, el monitoreo y rastreo, y hasta el personal militar son cada vez más el dominio privado del capital trasnacional.

El presupuesto del Pentágono creció 91 por ciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras a escala mundial, el conjunto de los presupuestos militares estatales creció 50 por ciento entre 2006 y 2015, de 1.4 billones de dólares, a 2.03 billones. Durante este lapso, las ganancias del complejo militar-industrial se cuadruplicaron.

Los múltiples conflictos y campañas del control social en el mundo entrañan la fusión de la acumulación privada con la militarización estatal. En esta relación, el Estado facilita la expansión de las oportunidades para que el capital privado acumule ganancias, como facilitación de la venta global de armamentos por parte de compañías del complejo militar-industrial-seguridad. Las ventas globales de armamentos por parte de los 100 fabricantes más grandes aumentaron 38 por ciento entre 2002 y 2016.

En 2018, el entonces presidente estadunidense, Donald Trump, anunció la creación de un sexto servicio de sus fuerzas armadas, la llamada "Fuerza Espacial", con el pretexto de que era necesario para que Estados Unidos enfrentara crecientes amenazas internacionales. Pero tras bastidores, un pequeño grupo de ex funcionarios gubernamentales con fuertes lazos con la industria aeroespacial hicieron cabildeo para su creación con el fin de ampliar el gasto militar en satélites y otros sistemas espaciales.

En febrero pasado, la Federación de Científicos Estadunidenses denunció que detrás de la decisión de Washington de invertir no menos de 100 mil millones de dólares en una renovación del arsenal nuclear, se dio un constante cabildeo por parte de las compañías que producen y mantienen dicho arsenal. La administración Biden anunció con fanfarrias a principios de abril que iba a retirar todas las tropas estadunidenses en Afganistán. Sin embargo, sus 2 mil 500 soldados en ese país palidecen en comparación con los más de 18 mil contratistas de auxilio privados desplegados por Estados Unidos, entre ellos al menos 5 mil soldados bajo la planilla de las corporaciones militares privadas.

Pero si bien la ganancia de capital trasnacional y no la amenaza externa es la explicación para la expansión de la maquinaria estadunidense de guerra estatal y corporativa, esta expansión necesita ser justificada por la propaganda oficial del Estado y la nueva guerra fría cumple con esa finalidad.

El afán del Estado capitalista de externalizar las consecuencias políticas de la crisis incrementa el peligro de que las tensiones internacionales conduzcan a la guerra. Los presidentes estadunidenses históricamente registran el índice de aprobación más alto cuando lanzan las guerras. El de George W. Bush alcanzó el máximo histórico de 90 por ciento en 2001, en el momento en que su administración se alistaba para invadir a Afganistán, en tanto el de la administración de su padre, George H. W. Bush, alcanzó un índice de 89 por ciento en 1991, a raíz de su declaración de que concluyó exitosamente la (primera) invasión a Irak y la "liberación de Kuwait".

Por, William I. Robinson* Profesor de sociología y estudios globales de la Universidad de California, en Santa Bárbara. Siglo XXI recién publicó su libro El capitalismo global y la crisis de la humanidad

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EE.UU. aprueba un multimillonario proyecto de armas nucleares pero insta a Irán a reducir su propio programa nuclear

Se construirán al menos 30 núcleos de plutonio por año para "satisfacer las necesidades de seguridad nacional", según un comunicado de la agencia federal a cargo.

La Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA), la agencia federal de EE.UU. responsable del desarrollo y producción de armas nucleares, aprobó la primera fase de diseño de un nuevo proyecto.

Según un comunicado de la institución emitido este miércoles, se construirán al menos 30 núcleos de plutonio por año para "satisfacer las necesidades de seguridad nacional".

El proyecto, que se lleva a cabo en el Laboratorio Nacional de Los Álamos (Nuevo México), costará entre 2.700 y 3.900 millones de dólares y podría finalizar entre 2027 y 2028.

Los núcleos de plutonio, también conocidos como pozos, tienen el tamaño y la forma de una bola de boliche y son un componente crucial en las ojivas nucleares que actúa como disparador de armas termonucleares.

La medida para incrementar la producción de plutonio fue propuesta por la Administración de Joe Biden para compensar el déficit de casi tres décadas en la cantidad de material que, según la NNSA, se requiere para el arsenal nuclear de EE.UU.

Además de trazar los planes para aumentar sus propios activos nucleares, el Gobierno estadounidense ha pedido repetidamente a Irán que restrinja su programa nuclear y retome los términos del pacto de 2015.

Las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán para relanzar el acuerdo, oficialmente conocido como el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), se han llevado a cabo en Viena durante las últimas tres semanas.

Según el pacto, Irán acordó frenar su programa nuclear a cambio del levantamiento de una serie de sanciones en su contra, pero en 2018, el expresidente de EE.UU. Donald Trump abandonó el acuerdo y volvió a imponer sanciones a la República Islámica, desatando el incumplimiento de los compromisos.

Biden ha expresado que EE.UU. está dispuesto a retomar el acuerdo nuclear pero bajo la condición de que Irán reduzca la cantidad y pureza de uranio que produce y almacena. Teherán, por su parte, ha afirmado que no lo hará hasta que Washington levante las sanciones.

Publicado: 30 abr 2021 08:36 GMT

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El comerciante de armas búlgaro Emilian Gebrev, que fue envenenado dos veces en 2015, habla con la prensa en Sofia en 2019.DIMITAR KYOSEMARLIEV / Reuters

La Fiscalía sospecha de seis ciudadanos rusos, “muy probablemente” espías, y relaciona el caso con otra detonación en República Checa y el envenenamiento de un comerciante de armas búlgaro

La Fiscalía búlgara investiga una serie de explosiones en cuatro depósitos de armas y municiones entre 2011 y 2020 y la posible implicación de Rusia. Los almacenes guardaban material de defensa que iba a exportarse a Georgia y Ucrania, según el Ministerio Público, que ha anunciado este miércoles que investiga a seis ciudadanos rusos “muy probablemente” miembros del servicio de inteligencia militar ruso (GRU), que estaban en Bulgaria en el momento de las detonaciones.

Las autoridades búlgaras creen que el caso de las explosiones está relacionado con los dos intentos de envenenamiento del comerciante de armas búlgaro Emilian Gebrev en 2015, su hijo y uno de sus empleados, en los que ya habían implicado al GRU, y también con la detonación en un depósito de armas en 2014 en República Checa del que Praga acusó hace 10 días al espionaje ruso. Un incidente que las autoridades checas vinculan con el GRU, y más en concreto con su unidad de élite 29155 —la misma implicada en el envenenamiento del ex espía ruso Serguéi Skripal en 2018—, en el que murieron dos empleados del arsenal y que en las últimas dos semanas ha tensado todavía más las relaciones entre Rusia y Occidente y derivado en una oleada de expulsiones diplomáticas. Moscú niega todas las acusaciones, ha definido los casos como “absurdos” y ha acusado a la Unión Europea de descontrol en los depósitos de armas privados.

El Ministerio Fiscal búlgaro investiga ahora a los seis ciudadanos rusos por “crimen grave”, según ha explicado en una rueda de prensa este miércoles la portavoz de la Fiscalía, Siyka Mileva. “De las pruebas reunidas hasta ahora, se puede concluir con un alto grado de fiabilidad que el propósito de las acciones de los ciudadanos rusos era cortar el suministro de productos especiales a Georgia y Ucrania”, ha remarcado Mileva, que ha señalado que están en contacto con las autoridades de República Checa para trazar la vinculación entre ambos casos en lo que puede ser otra pieza más del gran puzle de las operaciones del espionaje ruso en Europa. Tras las declaraciones de la Fiscalía, el ministro de Exteriores búlgaro ha convocado al embajador ruso este jueves.

Las autoridades búlgaras señalan que una de las explosiones se produjo en un depósito de armas de la empresa EMCO, propiedad del comerciante Emilian Gebrev, en 2011; dos en la empresa estatal de armas VMZ, en 2015; y una cuarta en la empresa Arsenal, el año pasado. Ninguna de las detonaciones, que se activaron de forma remota y aparentemente programada para que no hubiese personal en los almacenes, tenía causas técnicas obvias, ha precisado la portavoz de la Fiscalía búlgara. “En las cuatro explosiones se destruyó la producción destinada a la exportación a Georgia y Ucrania”, dijo. Rusia ha mantenido tensiones con el primero de los países después de la guerra del 2008. Y apoya militar y políticamente a los separatistas prorrusos en la guerra del Donbás desde 2014.

EMCO, la empresa de Gebrev, ha asegurado este miércoles que las municiones destruidas en las explosiones no estaban destinadas a la exportación “a ninguna parte, incluido Georgia”. Sin embargo, el comerciante Gebrev, que siempre se había mostrado reacio a hablar del tema, incluso sobre sus dos intentos de asesinato, admitió este fin de semana a The New York Times que había hecho tratos con Ucrania.

El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, ha cargado contra Bulgaria por divulgar sus acusaciones solo ahora y de tratar de “superar a los checos”. El ministro ruso ha insinuado también que la Unión Europea no supervisa el cumplimiento de los tratados de comercio de armas de sus miembros.

La escalada de tensiones diplomáticas se ha agudizado este miércoles cuando Rusia ha expulsado a otros siete enviados más de embajadas europeas en Moscú, en represalia por las expulsiones de diplomáticos rusos iniciadas por Praga la semana pasada y a la que se han ido sumando Eslovaquia y los países bálticos. Rusia ha acusado a Letonia, Letonia y Lituania de seguir “un curso abiertamente hostil” hacia Moscú y de esconderse “detrás de la pseudo solidaridad con República Checa y sus acciones indiscriminadas hacia Rusia.

Por  María R. Sahuquillo

Moscú - 28 abr 2021 - 22:40 COT

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Casi 30 mil desplazados en Colombia en el primer trimestre: Defensoría

Bogotá. Unas 27 mil 435 personas fueron desplazadas en Colombia durante el primer trimestre de 2021, lo que significó un aumento de 177 por ciento respecto del mismo periodo de 2020, empujadas por un rebrote de violencia en el país, informó ayer la Defensoría del Pueblo.

Entre el 1º de enero y el 31 de marzo de 2021 hubo 65 "desplazamientos masivos", casi el doble de los 35 reportados en los primeros tres meses del año anterior, añadió la Defensoría.

Las principales causas que explican la huida de miles de personas en el país son amenazas, homicidios, reclutamiento forzado, colocación de artefactos explosivos, enfrentamientos entre grupos armados y combates entre el ejército y grupos ilegales.

Desgarrado por casi seis décadas de lucha interna, Colombia creía haber pasado su peor página de la guerra con el desarme de los paramilitares en 2006, y el de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) en 2017, tras la firma de un histórico acuerdo de paz en 2016.

Pero un nuevo ciclo violento afecta el país con una explosión de grupos que se adelantaron al Estado en la reconquista de zonas dejadas por los antiguos rebeldes.

La Organización de Naciones Unidas rechazó ayer la violencia ejercida contra comunidades, defensores de derechos humanos, líderes sociales y comunitarios, así como ex combatientes de las antiguas FARC-EP, situación que se ha agravado en las últimas semanas.

De acuerdo con el organismo mundial, siete ex guerrilleros fueron asesinados en una semana.

El partido de izquierda Comunes, que sustituyó a las desarticuladas FARC tras el acuerdo de paz, asegura que en total han matado a 271 firmantes del pacto suscrito en 2016.

Según el observatorio Indepaz, en lo que va de 2021 Colombia registra 31 matanzas (o asesinatos de mínimo tres personas en la misma acción) con 116 víctimas. El año pasado el mismo organismo dio cuenta de 91 matanzas.

Sólo el domingo pasado cinco personas fueron asesinadas a tiros en una hacienda cafetera del departamento de Antioquia.

Aunque el pacto de paz alivió la violencia política, Colombia vive un conflicto que en casi seis décadas ha enfrentado a guerrillas, paramilitares, agentes estatales y narcos, dejando más de 9 millones de víctimas, en su mayoría desplazados.

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El gasto militar mundial aumenta pese a la pandemia

Casi dos tercios del gasto total corresponden a cinco países: Estados Unidos, China, India, Rusia y Reino Unido.

A pesar de las crisis económicas y la pandemia de covid-19, el gasto militar total aumentó en 2020, según un estudio realizado por el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigación para la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés).

En total, el gasto militar global aumentó en 2020 a 1,9 billones de dólares el año pasado, lo que supone un aumento del 2,6 % respecto al 2019.

Los cinco países que más gastaron en 2020 —y juntos representan el 62 % del gasto militar mundial— fueron Estados Unidos, China, India, Rusia y Reino Unido. El gasto militar de China creció por vigésimo sexto año consecutivo al marcar 252.000 millones de dólares en 2020.

Sin embargo, algunos países, como Chile y Corea del Sur, reasignaron parte de su gasto militar ya planificado a la respuesta a la pandemia, indica SIPRI.

Otros, como Brasil y Rusia (pese a un aumento del 2,5 %, en el caso del país euroasiático), gastaron considerablemente menos de lo que sus presupuestos militares marcaban inicialmente para 2020. 

Casi todos los miembros de la OTAN aumentaron sus gastos militares en 2020. Así, 12 miembros de la OTAN gastaron el 2 % o más de su PIB en sus fuerzas armadas, el objetivo de gasto de la alianza, en comparación con los 9 miembros que llegaron a ese porcentaje en 2019.

"Podemos decir con cierta certeza que la pandemia no tuvo un impacto significativo en el gasto militar mundial en 2020", resumió Diego Lopes da Silva, investigador del Programa de Armas y Gasto Militar del SIPRI.

Publicado: 27 abr 2021 09:26 GMT

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En imagen de marzo pasado, venezolanos desembarcan en el río Arauca, frontera natural entre Venezuela y Colombia, en su huida a Arauquita en busca de refugio ante los enfrentamientos entre el ejército de su país y un grupo armado colombiano.Foto Ap

Habla de bajas en ambos bandos

Ministro de Defensa denuncia que los terroristas están ligados al narco y buscan desestabilizar

 

Caracas. Varios militares venezolanos fallecieron en enfrentamientos con grupos irregulares armados colombianos que sufrieron importantes bajas, indicaron ayer autoridades venezolanas, aunque no dieron cifras.

En las últimas 72 horas "se han reportado cruentos combates con grupos irregulares armados colombianos, sobre todo en sectores despoblados al oeste de La Victoria, municipio Páez, en el estado Apure", limítrofe con Colombia, indicó en un comunicado el ministro venezolano de Defensa, Vladimir Padrino López.

Los enfrentamientos han dejado "un importante número de bajas" en los grupos irregulares colombianos y fueron "capturados varios individuos que están aportando valiosa información respecto de próximas acciones", destacó el escrito. "Lamentablemente, también fallecieron algunos de nuestros efectivos cuyos cuerpos están siendo identificados", y otros resultaron heridos. Estos últimos reciben atención médica en la red sanitaria militar y civil, agregó el jefe castrense, sin dar más detalles.

Se desconoce si los incidentes son parte de una operación militar o si los uniformados fueron emboscados en las inmediaciones del poblado fronterizo de La Victoria, unos 770 kilómetros al suroeste de Caracas.

Desde el 21 de marzo, como parte de la Operación Escudo Bolivariano, las fuerzas armadas venezolanas ejecutan acciones contra "grupos irregulares armados colombianos". Hasta el 5 de abril se había reportado el fallecimiento de ocho militares, algunos de ellos tras la explosión de una mina terrestre, además de nueve "terroristas".

Human Rights Watch aseguró que el grupo combatiente es el Frente 10, surgido de las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

De acuerdo con el gobierno venezolano, durante los operativos también se desmantelaron al menos media docena de campamentos, donde se incautaron armas, granadas, explosivos, prendas de vestir militares, vehículos, drogas y equipo tecnológico.

Padrino sostuvo que los grupos irregulares estarían "conectados con el narcotráfico" y que supuestamente sería parte de una estrategia de los gobiernos de Washington y Bogotá para actuar contra Venezuela.

“Estas organizaciones criminales y terroristas actúan con el apoyo de la poderosa estructura de financiamiento con que cuenta la oligarquía colombiana, que tiene el infame propósito de exportar su modelo narcoparamilitar a nuestro país” con el supuesto propósito de "crear un territorio difuso que les sirva como base para desestabilizar", concluyó.

Miles huyen de la violencia

Miles de personas huyeron de sus casas en Venezuela por los enfrentamientos; muchos de ellos denunciaron maltratos. El gobierno del presidente Nicolás Maduro rechazó las acusaciones y afirmó que la mayoría de los pobladores emprendieron el regreso a casa poco después.

Estaba previsto que altos funcionarios estadunidenses, incluida la subsecretaria de Estado, Wendy Sherman, se reunieran ayer como parte de su revisión continua de la política hacia Venezuela, según dos personas familiarizadas con los planes, pero al cierre de esta edición aún no había información acerca de este encuentro.

Se esperaba que la reunión interinstitucional se centrara en si Estados Unidos debe adoptar medidas para apoyar un intento de diálogo entre el gobierno de Maduro y sus oponentes.

"Todos estos movimientos recientes apuntan a que Maduro está tratando de llamar la atención de Washington", sostuvo Geoffrey Ramsey, observador de Venezuela en la organización Washington Office on Latin America.

"La pregunta es si la Casa Blanca está dispuesta a comprometerse con una estrategia de negociaciones o si seguirá jugando a lo seguro y mantendrá la política en un segundo plano", añadió.

El canciller venezolano, Jorge Arreaza, y Jorge Rodríguez, jefe de la Asamblea Nacional, la cual apoya a Maduro, no hicieron comentarios cuando se les preguntó sobre los recientes movimientos de Maduro.

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¿Que hay detrás de la «nueva guerra fría»?

Crisis capitalista y control social

 

La decisión del presidente norteamericano Joe Biden el pasado 15 de abril de expulsar a 10 diplomáticos del Kremlin y de imponer nuevas sanciones contra Rusia por su alegada injerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 – al cual ya reciprocó Rusia – se produjo pocos días después de que el Pentágono realizara ejercicios navales frente a la costa de China. Las dos acciones representan una escalada de las agresiones con el afán de Washington de intensificar la «nueva guerra fría» en contra de Rusia y China, llevando al mundo cada vez mas hacia la conflagración político-militar internacional. La mayoría de los observadores atribuyen esta guerra instigada por Estados Unidos a la rivalidad y la competencia sobre la hegemonía y el control económico internacional. No obstante, estos factores solo explican en parte esta guerra. Hay un cuadro mas amplio – que ha sido pasado por alto – que impulsa este proceso; la crisis del capitalismo global.

Esta crisis es económica, o estructural, de estancamiento crónico en la economía global. Pero también es política, una crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Mientras el sistema se hunde en una crisis general del dominio de capital, miles de millones de personas alrededor del mundo enfrentan luchas por una supervivencia incierta y cuestionan un sistema que ya no consideran legítimo. En Estados Unidos, los grupos dominantes se esfuerzan por desviar la inseguridad generalizada producida de la crisis hacia chivos expiatorios, tales como los inmigrantes o los asiáticos culpados por la pandemia, y hacia enemigos externos como China y Rusia. A la vez, las crecientes tensiones internacionales legitiman el aumento de los presupuestos miliares y de seguridad y abren nuevas oportunidades lucrativas mediante las guerras, los conflictos, y la extensión de los sistemas transnacionales de control social y represión de cara al estancamiento en la economía civil.

Económicamente el capitalismo global enfrenta lo que se llama en términos técnicos la sobreacumulación. El capitalismo, por su misma naturaleza, produce una abundancia de riqueza, pero polariza esa riqueza y genera niveles cada vez mayores de desigualdad social en ausencia de políticas redistributivas. La sobreacumulación se refiere a una situación en la cual la economía ha producido – o que tiene la capacidad de producir – grandes cantidades de riqueza, pero el mercado no puede absorber la producción como resultado de las desigualdades. Los niveles de polarización social global y la desigualdad registrados en la actualidad están sin precedente. En 2018, el uno porciento mas rico de la humanidad controló mas que la mitad de la riqueza del mundo mientras el 80 porciento mas pobre tuvo que conformarse con apenas el cinco porciento, de acuerdo con las cifras de la agencia de desarrollo internacional Oxfam.

Estas desigualdades terminan socavando la estabilidad del sistema mientras crece la brecha entre lo que el sistema produce o podría producir, y lo que el mercado puede absorber. La extrema concentración de la riqueza en manos de muy pocos al lado del empobrecimiento acelerado de la mayoría significa que la clase capitalista transnacional, o CCT, enfrenta cada vez mayores dificultades en encontrar salidas productivas para descargar las enormes cantidades del excedente que ha acumulado. Entra mas se ensanchan las desigualdades globales, mas se vuelve constreñido, y por ende saturado, el mercado mundial, y cada vez mas el sistema enfrenta una crisis estructural de la sobreacumulación. En la ausencia de medidas compensatorias – es decir, una redistribución hacia debajo de la riqueza – la creciente polarización social resulta en crisis – en estancamiento, recesiones, depresiones, levantamientos sociales y guerras.

Contrario a narraciones prevalecientes, la pandemia de coronavirus no causó la crisis del capitalismo global, ya que esta ya estaba a las puertas. En vísperas de la pandemia, la tasa de crecimiento en los países de la Unión Europea ya había llegado a cero, en tanto la mayor parte de América Latina y de África Subsahariana ya estuvo en recesión, las tasas de crecimiento en Asia experimentaban un declive notable, y Norteamérica enfrentaba una ralentización económica constante. La situación estaba clara: el mundo tambaleaba hacia crisis. El contagio fue nada mas que la chispa que encendió el combustible de una economía global que nunca logró una plena recuperación del colapso financiero de 2008.

En los años previos a la pandemia se registró un constante aumento en la capacidad infrautilizada y una desaceleración de la actividad industrial alrededor del mundo. El excedente de capital sin salida aumentó rápidamente. Las corporaciones transnacionales registraron niveles récord de ganancias durante los años 2010-2019 al mismo tiempo que las inversiones corporativas se disminuyeron. El monto total de dinero en reservas de las 2,000 corporaciones no financieras mas grandes en el mundo pasó de $6.6 billones a $14.2 billones de dólares entre 2010 y 2020 – cantidad por encima del valor total de todas las reservas en divisas de los gobiernos centrales del mundo – al mismo tiempo que la economía global se quedó estancada. La frenética especulación financiera y el constante aumento de la deuda gubernamental, corporativa, y de los consumidores, impulsaron el crecimiento en las primeras dos décadas del siglo XXI. Pero estos dos mecanismos – la especulación y la deuda – constituyen soluciones temporales y no sostenibles frente al estancamiento de largo plazo.

La economía global de guerra

Como mostré en mi libro “El Estado Policiaco Global”, publicado en 2020, la economía global ha llegado a depender cada vez mas del desarrollo y despliegue de los sistemas de guerra, de control social transnacional, y de represión, simplemente como medio para sacar ganancia y seguir acumulando el capital de cara al crónico estancamiento y la saturación de los mercados globales. La acumulación militarizada se refiere a esta situación en la cual una economía global de guerra depende de las constantes guerras, conflictos, y campañas de control social y represión, organizadas por los Estados, y ahora impulsadas adelante por las nuevas tecnologías digitales, para sostener el cada vez mas tenue proceso de acumulación global de capitales.

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de una era de guerra global permanente en el cual la logística, la guerra, la inteligencia, la represión, el monitoreo y rastreo, y hasta el personal militar son cada vez mas el dominio privado del capital transnacional. El presupuesto del Pentágono se incrementó en un 91 porciento en términos reales entre 1998 y 2011, mientras a nivel mundial, el conjunto de los presupuestos militares estatales creció en un 50 porciento entre 2006 y 2015, desde $1.4 billones de dólares, a $2.03 billones, aunque esta cifra no incluye los centenares de miles de millones de dólares gastados en la inteligencia, las operaciones de contingencia, las operaciones policiales, las “guerras” contra las drogas y el terrorismo, y la seguridad interna. Durante este periodo, las ganancias del complejo militar-industrial se cuadruplicaron.

Pero un enfoque que se limita a analizar los presupuestos militares estatales nos da una visión demasiado parcial del cuadro de la economía global de guerra. Las numerosas guerras, los múltiples conflictos, y campañas del control social y de represión alrededor del mundo entrañan la fusión de la acumulación privada con la militarización estatal. En esta relación, el Estado facilita la expansión de las oportunidades para que el capital privado acumule mediante la militarización, tales como la facilitación de la venta global de armamentos por parte de las compañías del complejo militar-industrial-seguridad. Estas ventas han alcanzado niveles que no tienen precedente. Las ventas globales de armamentos por parte de los 100 fabricantes mas grandes se incrementaron en un 38 porciento entre 2002 y 2016.

Ya para 2018, las compañías militares con fines de lucro emplearon unos 15 millones de personas alrededor del mundo, mientras otros 20 millones de personas trabajaban para las compañías privadas de seguridad. El negocio de la seguridad privada (policía privada) es uno de los sectores económicos de crecimiento mas rápido en muchos países y ha llegado a empequeñecer a las fuerzas publicas alrededor del mundo. En monto gastado en la seguridad privada en 2003 – el año de la invasión norteamericana a Iraq – fue mayor en un 73 porciento que el gastado publico de seguridad, y tres veces mas personas trabajaban por compañías privadas militares y de seguridad que por las instancias estatales. Estos soldados y policías corporativos fueron desplegados para vigilar la propiedad corporativa, proporcionar personal de seguridad para los ejecutivos de la clase capitalista transnacional y sus familias, recompilar datos, llevar a cabo la contrainsurgencia, las operaciones paramilitares y de monitoreo y rastreo, realizar acciones de control de multitudes y represión de los manifestantes, administrar los cárceles y centros de interrogación, manejar centros privados de detención de los inmigrantes, y hasta participar directamente en las guerras al lado de las fuerzas estatales.

En 2018, el entonces presidente estadounidense Donald Trump anunció con mucha fanfarria la creación de un sexto servicio de las fuerzas armadas norteamericanas, la llamada “Fuerza Espacial”. Los medios de comunicación corporativos repitieron como papagayo la versión oficial para la creación de estas fuerzas – de que era necesario para que Estados Unidos enfrentara crecientes amenazas internacionales. Ignoraron casi por completo de que un pequeño grupo de exfuncionarios gubernamentales con fuertes lazos con la industria aeroespacial hicieron constante cabildeo entre bastidores para la creación de esta Fuerza con el objetivo de ampliar el gasto militar en concepto de satélites y otros sistemas espaciales.

En febrero del año en curso la Federación de Científicos Americanos denunció que detrás de la decisión del gobierno norteamericano de invertir no menos de $100 mil millones de dólares en una renovación del arsenal nuclear, se dio un constante cabildeo por parte de las compañías del complejo militar-industrial que producen y mantienen dicho arsenal. La administración Biden anunció con mucha fanfarria a principios de abril de este año de que iba a retirar todas las tropas norteamericanas en Afganistán. Sin embargo, los 2,500 soldados estadounidenses en ese país palidecen en comparación con los mas de 18,000 contratistas de auxilio privados desplegados por Estados Unidos, entre ellos al menos 5,000 soldados bajo la planilla de las corporaciones militares privadas.

Las mal-llamadas guerras contra las drogas y el terrorismo, las guerras no declaradas contra los inmigrantes y refugiados, la construcción de los muros fronterizos, los centros de detención de inmigrantes, los complejos industriales carcelarios, los sistemas de monitoreo y rastreo de masa, la extensión de las compañías privadas de seguridad y mercenarias – todos se han convertido en importantes fuentes de ganancia y se volverán mas importantes aun en la medida que la economía global siga enfrentando el estancamiento crónico. En resumidas cuentas, el Estado policiaco global se vuele gran negocio en momentos en que otras oportunidades de lucro para las grandes corporaciones transnacionales se ven limitadas.

Pero si bien la ganancia de capital transnacional y no la amenaza externa es la explicación para la expansión de la maquinaria norteamericana de guerra estatal y corporativa, esta expansión todavía necesita ser justificada por la propaganda oficial del Estado. La nueva guerra fría cumple con esta finalidad.

Conjurando enemigos externos

Hay otra dinámica en juego que explica la nueva guerra fría: la crisis de la legitimidad del Estado y de la hegemonía capitalista. Las tensiones internacionales derivan de una contradicción aguda en el capitalismo global: la globalización económica tiene lugar en un sistema de autoridad política basada en el Estado nación. Es decir, en términos mas técnicos, hay una contradicción entre la función de acumulación y la función de legitimidad de los Estados. Los Estados enfrentan una contradicción entre la necesidad de promover la acumulación transnacional de capital en sus respectivos territorios nacionales – en competencia con otros Estados – y la necesidad de lograr la legitimidad política y estabilizar el orden social interno.

La tarea de atraer las inversiones corporativa y financiera al territorio nacional requiere que el Estado proporcione al capital todos los incentivos asociados con el neoliberalismo, como son la presión para abajo sobre los salarios, la represión sindical, la desregulación, las políticas impositivas regresivas, las privatizaciones, los subsidios al capital, la austeridad fiscal y recortes del gasto social, etcétera. El resultado de estas medidas es el incremento de la desigualdad, el empobrecimiento, y la inseguridad para las clases trabajadoras y populares, precisamente las condiciones que arrojan a los Estados hacia la crisis de la legitimidad, que desestabilizan los sistemas políticos nacionales, y que ponen en peligro el control elitista.

Las fricciones internacionales escalan en la medida que los Estados, en sus esfuerzos por retener la legitimidad, buscan sublimar las tensiones sociales y políticas y evitar que se fracture el orden social. En Estados Unidos, esta sublimación ha entrañado el esfuerzo por canalizar el descontento social hacia las comunidades convertidas en chivos expiatorios, tales como los inmigrantes. Se trata de una de las funciones mas importantes del racismo y fue parte integral de la estrategia política del gobierno de Trump. Pero también entraña la canalización de dicho descontento hacia enemigos externos tales como China y Rusia, lo cual parece ser una de las piedras angulares de la estrategia del gobierno de Biden.

Las clases dominantes chinas y rusas también deben enfrentar las consecuencias económicas y políticas de la crisis global, pero sus economías nacionales están menos dependientes de la acumulación militarizada y sus mecanismos de legitimidad son otras, es decir, no dependen del conflicto con Estados Unidos. Es Washington que conjura la nueva guerra fría, pero esta guerra no responde a una amenaza de China o de Rusia, mucho menos a la competencia económica entre los capitalistas en los tres países, pues las corporaciones transnacionales se han inter-penetrado inextricablemente mediante las inversiones mutuas tras-fronteras. Mas bien, esta guerra impulsada por Washington responde al imperativo de manejar y sublimar la crisis.

El afán del Estado capitalista de externalizar las consecuencias políticas de la crisis aumenta el peligro de que las tensiones internacionales conduzcan a la guerra. Históricamente las guerras han sacado al sistema capitalista de las crisis estructurales, en tanto fungen para desviar la atención desde las tensiones políticas y los problemas de la legitimidad. El llamado “dividendo de paz” – que supuestamente iba a conducir a la desmilitarización con el fin de la Guerra Fría original con el colapso de la Unión Soviética en 1991 – se esfumó de la noche a la mañana con los eventos del 11 de septiembre de 2001, los cuales legitimaron la farsa de la “guerra contra el terror” como nuevo pretexto para la militarización y el nacionalismo reaccionario. Los presidentes estadounidenses históricamente registren el índice de aprobación mas alto cuando lanzan las guerras. El índice de aprobación de George W. Bush alcanzo el máximo histórico de 90 porciento en 2001, en el momento en que su administración se alistara para invadir a Afganistán, en tanto el de la administración de su papa, George H. W. Bush, alcanzó un índice de 89 porciento en 1991, a raíz de su declaración de que concluyó exitosamente la (primera) invasión a Irak y la “liberación de Kuwait”.

La dictadura digitalizada de la clase capitalista transnacional

El capitalismo global experimenta en estos momentos un proceso de reestructuración y transformación radical, impulsado por una digitalización mucho mas avanzada de toda la economía y la sociedad global. Este proceso esta basado en las tecnologías de la llamada “cuarta revolución industrial”, incluyendo la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, los macrodatos, los vehículos terrestres, aéreos, y marítimos de conducción automática, la computación cuántica y en nube, el internet/red de las cosas (conocido como IoT por sus siglas en inglés), la bio y nanotecnología y 5G ancho de banda, entre otras.

Si la crisis es económica y política, también es existencial por la amenaza del colapso ecológico, así como por la de una guerra nuclear, a la cual tenemos que agregar también el peligro de futuras pandemias que podrían involucrar a microbios mucho mas letales que los coronavirus. Los encierros impuestos por los gobiernos por la pandemia sirvieron como pruebas para la forma en que la digitalización podría permitir a los grupos dominantes efectuar una aceleración en el tiempo y en el espacio de la reestructuración capitalista y ejercer un mayor control sobre la clase trabajadora global. El sistema ahora buscar una mayor expansión por la vía de la militarización, las guerras y los conflictos, una nueva ronda de despojos violento alrededor del mundo, y una extensión del pillaje del Estado.

Las clases dominantes están aprovechando de la emergencia sanitaria para legitimar un control mas apretado sobre las poblaciones descontentas. Este proceso se ve acelerado por el cambio de las condiciones producidas por la pandemia y sus consecuencias. Dichas condiciones han ayudado a un nuevo bloque de capital transnacional – liderado por las compañías gigantescas de alta tecnología, entrelazados como son con la finanza, la industria farmacéutica, y el complejo militar-industrial – a acumular cada vez mas poder y consolidar su control sobre los ejes dominantes de la economía global. La reestructuración en marcha acarrea consigo una mayor concentración de capital a nivel mundial, un agravamiento de la desigualdad social, y también una agudización de las tensiones internacionales y los peligros de la conflagración militar.

En 2018, solo 17 conglomerados financieros globales en su conjunto manejaron $41.1 billones (trillones en inglés), que representa mas que la mitad del producto global bruto del planeta entero. Ese mismo año, para reiterar, el uno porciento de la humanidad, encabezado por 36 millones de millonarios y 2,400 multimillonarios (billonarios en inglés), controló mas de la mitad de la riqueza del planeta, mientras el 80 porciento – casi seis mil millones de personas – tuvieron que conformarse con apenas el cinco por ciento de esa riqueza. El resultado es devastación para la mayoría pobre de la humanidad. El 50 porciento de la población mundial intenta sobrevivir con menos de $2.50 diarios y el 80 porciento sobrevive con menos de $10 diarios. Una de cada tres personas sufre de la desnutrición, casi mil millones de personas se acuestan cada noche con hambre, y otros dos mil millones sufren de la inseguridad alimentaria. El numero de personas convertidos en refugiados por la guerra, el cambio climático, la represión política y el colapso económico ya alcanza varios centenares de millones. La nueva guerra fría resultará en una agudización de la miseria de esta masa de la humanidad.

Las crisis capitalistas son momentos de intensas luchas de clase y sociales. Ha habido una rápida polarización en la sociedad global desde 2008 entre una ultra-derecha insurgente y una izquierda insurgente. La crisis en curso desata revueltas populares. Los trabajadores, campesinos y pobres han llevado a cabo una oleada de huelgas y protestas alrededor del mundo. Desde Sudan hasta Chile, desde Francia hasta Tailandia, Sudáfrica, y Estados Unidos, una “primavera popular” se estalla por doquier. Pero la crisis también anima a las fuerzas ultra-derechistas y neofascistas que han surgido en muchos países alrededor del mundo y que buscan aprovechar políticamente de la emergencia sanitaria y sus consecuencias. Los movimientos neofascistas y los regímenes autoritarios y dictatoriales se han proliferado alrededor del mundo en tanto se desintegra la democracia.

Las desigualdades salvajes explosivas desatan protestas en masa por parte de los oprimidos y llevan a los grupos dominantes a desplegar un Estado policiaco global cada vez mas omnipresente para contener la rebelión de las clases trabajadoras y populares. El capitalismo global emerge de la pandemia en una nueva y peligrosa fase. La batalla por el mundo post-pandémico ya esta siendo librada. Las contradicciones de un sistema en perpetua crisis han llegado al punto de quiebre, conduciendo al mundo hacia una situación peligrosa, hacia el borde de la guerra civil global. Los riesgos no podrían ser mayores. Parte integral de la batalla por el mundo post-pandémico es la revelación y la denuncia de la nueva guerra fría como artimaña de los grupos dominantes para desviar nuestra atención de la crisis en escalada del capitalismo global.

Por William I. Robinson | 26/04/2021

William I. Robinson es un distinguido profesor de sociología y estudios globales de la Universidad de California en Santa Bárbara. La casa editorial mexicana Siglo XXI acaba de publicar su libro El capitalismo global y la crisis de la humanidad.

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Viernes, 23 Abril 2021 06:21

Sombras sobre Apure

Sombras sobre Apure

El conflicto en la frontera Venezuela-Colombia

Militares venezolanos y guerrilleros colombianos vienen enfrentándose con un saldo de decenas de muertos y detenidos, al que se suman denuncias de crímenes graves contra la población civil. Por detrás de los combates, distintos grupos se disputan las ganancias de una floreciente economía ilegal.

 

Desde el 21 de marzo, la zona de frontera entre Colombia y Venezuela atravesada por el río Arauca, un área de algo menos de 300 quilómetros, es un teatro de guerra entre las Fuerzas Armadas venezolanas y uno de los grupos guerrilleros colombianos que se han resistido a dejar las armas y la economía negra con la que se financian. En el medio, una población que vive del trabajo en el campo y el comercio a hurtadillas entre ambos países atraviesa unos días terribles, forzada a desplazarse y bajo el riesgo de ser alcanzada por el fuego cruzado, detenida como cómplice o simplemente imposibilitada de trabajar en el clima de militarización y sospecha que predomina en la zona.

Este domingo 21, de acuerdo con la versión oficial en Caracas, un grupo armado irregular atacó al batallón del Ejército venezolano en La Victoria, una población de esa frontera llanera, ubicada aproximadamente 600 quilómetros al suroeste de Carcas y 400 quilómetros al noreste de Bogotá. En la acción perecieron dos oficiales de rango medio del Ejército de Venezuela, resultó herida una decena de soldados y, al parecer, murió uno de los atacantes. Luego se supo que los oficiales y varios soldados fueron víctimas, en realidad, de una mina antipersonal sembrada por el grupo irregular para proteger uno de sus campamentos. A la acción siguió la movilización en la zona de refuerzos militares y policiales venezolanos, incluido el desplazamiento de blindados y, sobre todo, helicópteros y aviones K-8 de fabricación china, para labores de reconocimiento y ataque aéreo. Fueron bombardeadas áreas consideradas campamentos de los irregulares en varias zonas de las afueras de La Victoria.

Centenares de lugareños huyeron hacia un lugar seguro, es decir, Colombia, cruzando el río Arauca, cuya anchura allí es de unas decenas de metros. Lo hicieron como se ha hecho por décadas, en los pequeños botes utilizados para transporte y pesca por los habitantes de ambas orillas, pues el puente que enlaza las carreteras está cerrado, como toda la frontera binacional a lo largo de sus 2.219 quilómetros, desde hace cuatro años, por la ruptura de relaciones entre ambos Estados. A Arauquita, municipio del lado colombiano, llegaron 5.737 personas en menos de dos semanas, según sus autoridades: algo más de 4 mil venezolanos, unos 400 que tienen ambas nacionalidades y el resto, colombianos que residen en el lado venezolano. De acuerdo con los medios locales, la gran mayoría ya regresó a Venezuela.

COMBATES Y DENUNCIAS

La aduana de La Victoria fue atacada con explosivos y destruida el 23 de marzo. En los días siguientes, hubo combates en los que un blindado venezolano fue inutilizado por un cohete e intervinieron comandos policiales en la búsqueda de guerrilleros y cómplices. El saldo al cierre del mes pasado era de ocho militares muertos, una treintena de heridos, nueve irregulares abatidos, al menos 32 detenidos y seis campamentos desmantelados.

Desde entonces el fuego ha amainado, pero la zona está militarizada, los desplazamientos de civiles son controlados en las carreteras y tanto Venezuela como Colombia despacharon refuerzos militares a esa frontera. Han surgido denuncias de serias violaciones de los derechos humanos, pues los activistas humanitarios sostienen que los contendientes han ocupado y saqueado viviendas, sacrificado ganado, hurtado o destruido otros bienes y, más grave aún, dado muerte a hombres y mujeres que no eran combatientes.

En la región, el veterano exparlamentario y exdiplomático venezolano Walter Márquez denunció que cuatro integrantes de una misma familia, incluida una mujer y un adolescente, fueron asesinados por uniformados y sus cadáveres, calzados con botas para hacerlos parecer guerrilleros. «Me han llegado denuncias de otros casos similares», declaró a la prensa. El Ministerio Público designó a unos fiscales para que, junto con las autoridades castrenses, investiguen las denuncias.

¿A QUIÉNES SE ENFRENTA VENEZUELA?

La respuesta breve es que los residuos del conflicto armado que ha padecido Colombia ingresaron a Venezuela y han llegado a una región ya saturada de irregularidades. El acuerdo de paz de 2016 entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) fue desconocido por varios de los frentes insurgentes en el sur y el oriente del país. La mayor disidencia fue la de los frentes 1 y 10, cuyo principal jefe es Miguel Botache, alias Gentil Duarte. Estas fuerzas ya sumarían hasta 2 mil combatientes en 16 grupos y han reconocido que se financian con impuestos que cobran a narcotraficantes y explotadores de minas ilegales.

Hace dos años, un grupo de exguerrilleros que firmaron los acuerdos de paz, encabezados por Iván Márquez y Jesús Santrich, se desentendieron del pacto y anunciaron que regresaban a la lucha armada, bajo la denominación Segunda Marquetalia (véase «Unaguerraviejaquesiguematando», Brecha, 6-VII-19). Se estima que tendrían unos cientos de seguidores y el gobierno colombiano sostiene que ambos jefes se refugian principalmente en Venezuela, al amparo de las autoridades. No obstante, los disidentes de Duarte se rehúsan a reconocerlos como jefes o aliados, pues los acusan de haberse vendido al entregar las armas y desmovilizar la guerrilla en la paz pactada previamente con el gobierno. Más de 200 excombatientes de las FARC han sido asesinados desde 2016.

Los frentes que siguen a Duarte instalados en el departamento colombiano de Arauca y su espejo venezolano, el estado de Apure, controlaban el contrabando de combustible y otras actividades de economía sumergida. Eso los llevó a chocar con el Ejército venezolano. Los ataques contundentes de la fuerza armada de Venezuela fueron lamentados en un video que circuló este domingo por Jonnier, tercero al mando en la guerrilla de Duarte, que los calificó de «trabajo sucio», que los militares venezolanos estarían haciendo para favorecer a la rival Segunda Marquetalia.

En tanto, cuando se le preguntó al general Vladimir Padrino, ministro de Defensa de Venezuela, a qué grupo se enfrentaban sus tropas, se rehusó a señalarlo. «Sin importar cuál grupo sea, lo rechazaremos, pues nuestro deber es defender la soberanía», dijo en conferencia de prensa a fines de marzo. Acusó a los gobiernos de Bogotá y Washington de estar detrás de los grupos que hostigan a las fuerzas venezolanas. Por otra parte, Caracas pidió ayuda técnica a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para proceder a desmantelar las minas que hay junto a las áreas empleadas como campamentos por los grupos armados.

La tormenta ha amainado a lo largo de abril, después del inicio de la ofensiva venezolana y de que portavoces del grupo Duarte –«la legítima resistencia de las FARC», como se autoproclaman– se reunieran con activistas de grupos de izquierda en la zona, algunos críticos del presidente Nicolás Maduro. Pero la tensión se mantiene. Sesenta organizaciones no gubernamentales de Colombia y Venezuela, en su mayoría de derechos humanos, pidieron al secretario general de la ONU que designe un enviado especial para la frontera, donde temen que cualquier incidente en estas calurosas llanuras desate una escalada entre los gobiernos rivales y se desencadene un conflicto mayor.

Muchas armas

La región de frontera que atraviesa el río Arauca es, desde las últimas décadas del siglo pasado, un área donde florece la economía negra. En un comienzo fue por el abigeato y el contrabando –sobre todo, de combustible–, luego por el narcotráfico y después por la guerrilla colombiana, en particular el Ejército de Liberación Nacional (ELN, calificado de «guevarista»), tras el que llegaron grupos de las «autodefensas» (paramilitares de derecha). Han prosperado allí grupos que practican la extorsión (el cobro de «vacunas», principalmente a ganaderos) y el secuestro.

Durante la presidencia del fallecido Hugo Chávez (1999-2013) apareció un grupo llamado Fuerzas Bolivarianas de Liberación, nunca reconocido oficialmente, que, de acuerdo con los medios locales, es una creación del ELN. Como guinda del pastel, y de acuerdo con organizaciones de derechos humanos y ambientales, en todo el sur venezolano prospera la minería ilegal (oro, coltán, diamantes), que se trafica en estas áreas de frontera al amparo de grupos armados, bandas que usan el nombre de «sindicatos» y, presuntamente, también del ELN, que así ayuda a financiar sus actividades.

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Comando Estratégico de EE.UU. sobre China y Rusia: "Por primera vez avanzamos hacia una confrontación con dos adversarios con capacidades nucleares"

El comandante de la entidad no descartó que los conflictos actuales en la palestra internacional puedan degenerar rápidamente en una confrontación nuclear.

 

Por primera vez en la historia EE.UU. se enfrenta a la vez con China y Rusia, dos potencias con capacidades nucleares poderosas, expuso el jefe del Comando Estratégico estadounidense, Charles Richard, en su intervención ante el Comité de Servicios Armados del Senado este martes. 

En opinión de Richard, "China y Rusia desafían nuestra fuerza [de EE.UU.] a través de una amplia gama de actividades que requieren una respuesta concertada e integrada del Gobierno. Por primera vez en nuestra historia, la nación avanza hacia la confrontación con dos adversarios estratégicos que al mismo tiempo tienen capacidad nuclear, pero que deben ser disuadidos de manera diferente". Richard consideró como signo preocupante la cooperación estratégica en el ámbito militar entre los dos países, citando como ejemplo los ejercicios conjuntos Kavkaz-2020.

Los potenciales adversarios

Según Richard, China continúa avanzando en los programas de modernización de su arsenal nuclear, destinados a cumplir los objetivos de largo alcance para negar la proyección de poder de EE.UU. en el Indo-Pacífico, y suplantar a la nación norteamericana como el socio de seguridad preferido de los países de la región. "China ya es capaz de ejecutar cualquier estrategia de empleo de armas nucleares dentro de su región y pronto podrá hacerlo también con alcances intercontinentales", sostuvo el militar estadounidense, que además subrayó que el país asiático ya no es una amenaza inferior a la que representa Rusia.

En cuanto a Moscú, aseguró que las armas nucleares siguen siendo un elemento fundamental de la estrategia de seguridad de Rusia, que está finalizando su campaña de modernización de la tríada estratégica y los sistemas de doble uso. El comandante afirmó que el armamento nuclear puede ser aplicado en respuesta a un ataque convencional en caso de la presencia de una amenaza a su existencia. "Por lo tanto, nuestras fuerzas nucleares deben incluir una gama suficiente de capacidades y atributos para que Rusia nunca perciba erróneamente ninguna ventaja del uso de armas nucleares en ningún umbral de violencia", subrayó. 

"Si bien la extensión del tratado de Reducción de Armas Estratégicas proporciona ventajas útiles de mayor transparencia y previsibilidad para gran parte del arsenal estratégico de Rusia, persiste un considerable nivel de incertidumbre con respecto al alcance y la disposición del arsenal nuclear de Rusia, incluidas las armas nucleares no desplegadas y sus novedosos sistemas no previstos en el Tratado", comentó el militar. 

También Corea del Norte representa un desafío para la  seguridad de EE.UU., ya que Pionyang "continúa realizando actividades que amenazan la estabilidad regional y desafían las normas internacionales", dijo el militar. A su vez, Irán, que posee del mayor arsenal de misiles balísticos de Oriente Medio, "seguirá siendo una fuerza desestabilizadora en la región", a juicio del jefe del Comando Estratégico de EE.UU. 

Resumiendo, Richard dijo que "la particularidad del conflicto actual consiste en que no es lineal ni predecible". "Debemos tener en cuenta la posibilidad de que este conflicto cree unas condiciones que podrían llevar muy rápidamente a un adversario a considerar el uso de armas nucleares como la opción menos mala", añadió.

En este contexto, Richard concluyó que EE.UU. requiere unas fuerzas nucleares y una infraestructura de apoyo completamente modernizadas para garantizar la protección de su pueblo. "No podemos continuar extendiendo indefinidamente la vida de nuestras armas y sistemas sobrantes de la era de la Guerra Fría", puntualizó.

Rusia: "No buscamos ningún enfrentamiento"

A principios de abril, el ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, declaró que Washington se comporta como un "gamberro de patio". "Ahora se ha puesto de moda describir lo que pasa con ejemplos tomados de la vida. Todos jugamos en el patio en la infancia [...] y siempre había dos o tres gamberros principales" que "controlaban a todos" y "les quitaban dinero", explicó el diplomático. 

"Pero pasaron dos, tres, cuatro años, y estos pequeños niños crecieron y fueron capaces de responder. Ni siquiera necesitamos crecer. No buscamos ningún enfrentamiento", agregó Lavrov, al tiempo que enfatizó que el presidente ruso, Vladímir Putin, ha mostrado reiteradamente su disposición a trabajar con EE.UU. "en aras de los pueblos de ambos países y de la seguridad internacional".

"Nunca hemos representado y no representamos una amenaza para nadie. Pero, por supuesto, nunca permitiremos que nadie, incluido EE.UU., nos amenace, nos dicte algo e infrinja nuestros intereses", señaló, por su parte, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov.

Publicado: 20 abr 2021 23:22 GMT

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