MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Miércoles, 03 Marzo 2021 05:46

Los medios y la pederastia clerical

Los medios y la pederastia clerical

Las perversiones sexuales de los personajes públicos son resultado de las relaciones de poder que guardan los individuos con el establishment. Michel Foucault, en su Historia de la sexualidad, encuentra un estrecho vínculo del poder como factor represivo y la sexualidad como una dimensión construida por este poder. Hombres poderosos como Salgado Macedonio se saben protegidos por el poder. Dicha impunidad no guarda mucha diferencia con los sacerdotes pederastas. Bajo el predominio de una cultura patriarcal, políticos y pederastas clericales se sienten por encima de la sociedad. Conductores y dueños de las conciencias de los individuos y, por tanto, también de sus cuerpos. Políticos desenfrenados y sacerdotes encuentran refugio en el Estado, unos, y otros en la estructura eclesiástica. Así, la patología de los abusos sexuales va de la mano de la corrupción.

Los medios de comunicación han jugado un papel determinante para evidenciar ante la sociedad los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Los medios de comunicación en el planeta pasaron de un trato privilegiado a un tratamiento implacable hacia la Iglesia. A partir de las investigaciones periodísticas de The Boston Globe en 2002, los medios han jugado un rol de denuncia que ha tenido alto impacto en las audiencias. Incluso se creó una especie de género sobre la pederastia clerical, con películas premiadas, series de televisión, documentales, telenovelas, mesas de análisis y grandes reportajes de investigación. En muchos casos la pederastia clerical se convirtió en mercancía rentable. También es cierto que han favorecido romper la cultura del silencio imperante en la institución eclesiástica. Han presionado a la Iglesia para abrirse. Los medios evidenciaron la reinante opacidad y el mutismo cómplice de la Iglesia. En cierta medida, desnudaron el artificio de la hipocresía institucional y doble moral. La institución despreció, en un inicio pensó que la sociedad tomaría las denuncias mediáticas como calumnias momentáneas. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Por todos los rincones del planeta surgían dolorosos relatos y testimonios verídicos cargados de dramatismo. La denuncia no sólo se centró en los abusos, sino en la inaceptable complicidad de las estructuras eclesiásticas.

En México, los medios llegaron tarde. Y tuvieron un comportamiento dual. Periódicos como El Norte no sólo guardaron silencio, sino que salieron a la defensa abigarrada de Marcial Maciel. Grandes consorcios mediáticos aliados del cardenal Norberto Rivera disimularon su complicidad en el encubrimiento de los depredadores sagrados como Nicolás Aguilar. Pese a ello, la incidencia internacional fue abriendo nuevos cauces para evidenciar los inevitables crímenes eclesiásticos. Periodistas como Carmen Aristegui, Javier Solorzano, Sanjuana Martínez y aquel lejano Ciro Gómez Leyva fueron pioneros, atrevidos, en colocar sobre la agenda pública, el corrompido comportamiento de la Iglesia. En México recordemos el papel de CNI Canal 40, la revista Proceso y La Jornada, que se distinguieron por dar cabida y voz a las víctimas, desde los 90, para denunciar a los depredadores. Ha sido un camino farragoso posicionar el abuso infantil clerical como un grave problema social y un flagelo encubierto por la institución. Un obstáculo no menos importante, en el caso de México, ha sido la tibieza o confabulación del gobierno. Desde Zedillo hasta AMLO, el Estado ha sido negligente. Su actuar ha sido medroso, porque no se atreve a tocar las poderosas estructuras eclesiásticas. Los diversos gobiernos han calibrado los costos políticos que representa afectar intereses eclesiásticos y han optado por jugar un rol pasivo, finalmente cómplice, de cara a los crímenes perpetrados por sacerdotes y encubrimientos de obispos.

A más de 20 años de denuncias y continuos escándalos, la tarea no parece tener término. A pesar de que la Iglesia ha mostrado mayor sensibilidad, aún está lejos de responder las expectativas de una opinión pública crítica y expectante. En los años recientes, la novedad, es la intervención creciente de los gobiernos en las investigaciones y denuncias. Si en 2002, el epicentro estalla en Boston con las investigaciones periodísticas de The Boston Globe, ahora diferentes gobiernos empiezan atraer los casos y realizar diligencias e investigaciones oficiales. En la actualidad se han sumado estructuras gubernamentales como fiscalías, ministerios, comisiones especializadas. Es decir, son investigaciones de Estado sobre la pederastia cuyo alcance es mucho mayor. Tales son los casos de las pesquisas en Irlanda, Australia, Chile y Estados Unidos (Pensilvania). Utilizan la documentación confiscada de los archivos de la propia Iglesia. En Chile, ante la cerrazón de la Iglesia, el gobierno procedió mediante un allanamiento de los archivos ­eclesiásticos.

Analizando el comportamiento de diferentes países, otro elemento central emerge. El comportamiento de la sociedad civil organizada. En Estados Unidos las víctimas se unieron y conformaron frentes de denuncia social y legal contra la Iglesia católica. La Red de Sobrevivientes de Abuso de Sacerdotes (SNAP, por sus siglas en inglés) jugó un papel central en por lo menos tres frentes: el mediático, el lobby legislativo y negociaciones legales con la jerarquía eclesiástica en nombre de las víctimas. Chile es otro caso emblemático, que cuenta con una tradición civilista. Ante la cerrazón de la alta jerarquía, se desata un fenómeno social que permitió que se levantaran con fuerza voces de organizaciones de víctimas y sobrevivientes, tales como los Laicos de Osorno, Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico en Chile, Red Nacional de Laicos y Voces Católicas. No basta la denuncia mediática y lamentablemente en México estamos aún muy lejos de contar con una sociedad civil dinámica y un gobierno sensible. Vivimos aún en el reino de Maciel y de Salgado Macedonio.

Por Bernardo Barranco

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“Nadie debería dar por sentada la sexualidad”

En lo que va del siglo, de todos los nominados al Oscar por personajes gay ninguno tenía esa elección sexual. La discusión abunda en matices, pero hay una coincidencia general en que Hollywood debería empezar a prestar más atención a las minorías.

 

Desde el comienzo del nuevo siglo, no menos de 25 actores y actrices han sido nominados al Oscar por interpretar roles Lgbtt. Entre ellos, Jake Gyllenhaal y Heath Ledger por su romance entre cowboys de Secreto en la montaña (2005); Charlize Theron por Monster (2003), la biopic de Aileen Wurnos; Sean Penn por el drama político Milk (2008); Benedict Cumberbatch como el programador de computadoras Alan Turing en El código enigma (2014), y Timothée Chalamet por Llámame por tu nombre, el drama dirigido por Luca Guadagnino en 2017. De esos 25 intérpretes, ni uno solo era gay.

En los últimos tiempos, el debate sobre si eso importa o no viene ganando presión en los medios. Cuando Jack Whitehall fue elegido para el elenco de Jungle Cruise, la primera película de la productora Disney con un personaje “abiertamente gay”, en las noticias y análisis pudo leerse una celebración y una crítica a partes iguales. Mientras tanto, actrices como Rachel Weisz –quien el año pasado interpretó dos papeles queer de manera excelente, en Disobedience y La favorita– están afrontando un escrutinio mucho mayor al que hubieran soportado una década atrás. De todas maneras, es un debate que no tiene una respuesta clara. Darren Criss, quien ganó hace pocos días el Globo de Oro por su personaje de Andrew Cunanan en The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, recientemente prometió no aceptar más roles de ese tenor en el futuro, por miedo a ser “otro pibe hetero tomando el personaje de un hombre gay”. Pero Ben Whishaw no está de acuerdo con esa visión. “Realmente creo que los actores pueden encarnar y retratar cualquier cosa”, dijo el actor británico, que es gay. “No deberíamos estar definidos por lo que somos”.


Es un argumento que a través del tiempo ha sido utilizado una y otra vez. “Yo considero que mi tarea no es contar la historia que viví”, le dijo Weisz hace poco a Gay Star News. “Cuando interpreto a Blanche DuBois en el teatro no soy una alcohólica. ¡Y no estoy interesada en acostarme con pibes adolescentes! Para mí, el arte de la narración consiste en convertirme en una persona que no soy.” Cate Blanchett, que interpretó a la protagonista en Carol, la hermosa película de Todd Haynes que sitúa en los años cincuenta un romance lésbico, coincide con ese punto de vista. “Pelearé hasta la muerte por el derecho a suspender la incredulidad e interpretar personajes más allá de mi experiencia”, señaló.


De todos modos esa perspectiva, a pesar de ser válida, pierde de vista algunos matices. Por un lado, ser queer implica una identidad de una manera que difícilmente sea aplicable a ser alcohólico o gustar de acostarse con adolescentes. No se trata de una experiencia que alguien puede haber tenido o no, sino una faceta esencial de la identidad; no hay ningún esfuerzo de investigación que pueda verdaderamente encapsular eso. A veces se espera que la creación de un personaje gay espeje de algún modo la experiencia de quien lo interprete. Hace poco, en declaraciones a la revista Vice, Peppermint –la primera mujer trans que se encargó de un personaje principal en un musical de Broadway, Head Over Heels– señaló que “realmente pienso que, idealmente, cualquiera debería poder interpretar el personaje perfecto para sí. Pero en este momento, las personas gay, trans y queer necesitan participar a la hora de contar sus propias historias. Hollywood tiene un terrible historial en eso de crear películas y hacer dinero explotando las experiencias de gente marginalizada, sin siquiera dejarlos tener alguna influencia en el proceso creativo. La mayor parte del tiempo, Hollywood produce estas historias sobre personas de las minorías queer y trans y lo hace mal: hay material ofensivo, historias trágicas, personajes unidimensionales y estereotipados, con muy poca profundidad”.


Lo que es peor, los intérpretes abiertamente Lgbtt no siempre tienen las mismas oportunidades que sus pares heterosexuales. Cuando la semana pasada Emma Stone gritó “¡Lo siento!” en los Globos de Oro, por interpretar a un personaje en parte asiático en Aloha (2015), no se trataba solo de un reconocimiento de que se había metido en una identidad que no tenía –y que nunca tendrá– nada que ver con ella, sino también de que había tomado una oportunidad que podría haber aprovechado alguien más adecuado. Alguien que, a causa de su identidad, muy difícilmente podría asumir alguno de los muchos otros roles que están al alcance de Stone. Muchos actores y actrices Lgbtt enfrentan el mismo prejuicio que limita sus posibilidades, son ignorados para roles queer y señalados como inadecuados para los personajes hetero. “Honestamente, no le recomendaría a ningún actor que salga del armario, si realmente se preocupa por su carrera”, dijo Rupert Everett, quien está seguro de que sus oportunidades de trabajo se marchitaron luego de que declarara públicamente su identidad gay, en 2009.


Un estudio reciente descubrió que más de la mitad de intérpretes Lgbtt han escuchado comentarios anti gay en el set de filmación, mientras que casi la mitad de los gay y lesbianas entrevistadas creen que los productores y ejecutivos de los estudios cinematográficos los consideran más difíciles de “vender”. También les cuesta conseguir agente que los represente. En otra entrevista de Vice, el actor Giovanni Bienne –representante del Comité de Igualdad Lgbtt– recordó haber ido a castings de personajes hetero y que le recomendaran “mantenerlo” durante la charla posterior. “Sean Penn no hizo audiciones para Milk”, señaló Bienne, “pero si lo hubiera hecho, después de impactar al equipo de casting nadie le hubiera dicho que se ‘mantuviera gay’ luego de la prueba”.


Pero la idea de que los actores y actrices queer deberían quedarse bien guardados en el armario es por lo menos problemática. “Seas hetero o gay, la gente no debería saber nada de tu sexualidad”, dijo 2015 Matt Damon, quien está casado con una mujer. Es claro que hay un doble estándar. Cuando Ellen Page firmó contrato para interpretar a Stacie Andree –una mujer gay que pelea por el derecho a recibir la pensión de su pareja moribunda– en Freeheld (2015), estaba, en sus propias palabras, “muy, muy dentro del armario”. Pero a medida que se acercaba el momento de la filmación, se dijo a sí misma: “No hay manera de que no seas una persona gay activa si hacés esta película”. Así, en 2014 aprovechó un discurso una campaña por los Derechos Humanos para declararse públicamente gay. “Se trata de salir a la luz, interpretar a un personaje gay, e interpretar a un personaje que me resulta tan inspirador”, le dijo Page a la revista Time. “Fue una experiencia asombrosa”. Desde entonces ha interpretado personajes hetero en películas como Tallulah (2016), pero también abrazó su rol como alguien capaz de abrir caminos en una industria que aún tiene poca representación para voces como la de ella. “Honestamente, si tuviera que tomar personajes gay por el resto de mi carrera, estaría encantada”, dijo.


En todo el debate, ¿dónde encaja la cuestión de la fluidez sexual? ¿Y qué pasa con los actores y actrices que aún no están listos para discutir su propia identidad? En una entrevista del año pasado sobre The Miseducation of Cameron Post, un drama psicológico sobre la conversión gay, la actriz Chloe Grace Moretz se mostró disconforme cuando se le mencionó un artículo en la que se la citaba como alguien hetero interpretando un rol gay. “Bueno, creo que lo importante es no dar por sentada la sexualidad de nadie”, dijo. “Quiero decir, no asumas nada”. Pocos meses después fue fotografiada besándose con la modelo Kate Harrison en las calles de Malibú. Para Desiree Akhavan, quien dirigió a Moretz en Cameron Post y protagoniza la brillante serie The Bisexual (ver aparte), lo más importante es que “hay una mano queer en el volante”. “Si seleccionan a alguien hetero y tienen un montón de gente queer en el equipo y le da dignidad al personaje, creo que está bien”, dijo.


No hay una solución fácil ni recetas mágicas para la cuestión. Lo que queda abundantemente claro es que las voces queer necesitan ser escuchadas. Y no solo cuando hablan a través de la boca del mundo hetero.

Por Alexandra Pollard
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para PáginaI12.

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Sábado, 24 Septiembre 2016 06:51

Qué tipo de familia quieren

Qué tipo de familia quieren

El 2 de octubre los colombianos votarán por sí o por no a los acuerdos de paz de La Habana. Paralelamente, sectores organizados de la vida política y de la sociedad quieren convocar a los ciudadanos, por medio de otro referendo, para que establezcan cuál ha de ser la “familia colombiana”.


Los días 24 y 31 de agosto cerca de cien ciudadanos se acercaron al Senado para expresar su posición sobre la adopción por parejas homosexuales. Las audiencias públicas tuvieron lugar frente a la decena de senadores miembros de la comisión primera, que deben decidir si le dan paso o no a esta iniciativa.


La solicitud de abrir este debate fue hecha por la senadora Viviane Morales, liberal y cristiana. Ella es una figura pública y miembro de la poderosa Iglesia Casa sobre la Roca, que dirige un antiguo e influyente periodista anticomunista. En los años noventa Viviane Morales había logrado hacer adoptar por el Congreso la ley de libertad de cultos, que permite desarrollarse a las iglesias diferentes a la Católica. Hoy en día estas iglesias (pentecostales, cristianas, evangélicas) son una de las fuerzas mejor organizadas del país. En el Congreso tienen más diputados que la izquierda.


Viviane Morales llevó a cabo su campaña actual con la ayuda de su marido, Carlos A Lucio, un ex guerrillero del M 19, antiguo compañero de clase en el Liceo Francés de Bogotá de Ingrid Betancourt (en los ochenta había hablado de secuestrar a los niños de su ex colegio), que por los vaivenes de la política colombiana se convirtió en asesor de los paramilitares y, más recientemente, en ferviente evangélico.


Luego de las decisiones recientes de la Corte Constitucional de permitir a las parejas homosexuales casarse y adoptar, Viviane Morales inició una recolección de firmas contra la adopción de niños por estas parejas. Las más de 2 millones de firmas recogidas le permiten pedir que se haga un referendo sobre el tema.


Colombia es laica desde 1991, pero el nombre del dios de los cristianos figura en el preámbulo de la Constitución; muchísimas escuelas son administradas por órdenes religiosas; hay crucifijos en muchos edificios públicos, incluso en las altas cortes; por último, en este país donde las costumbres han cambiado mucho, es sin embargo difícil decirse ateo.
En las audiencias de agosto los ciudadanos fueron al Congreso para presentar sus argumentos. El “interés de los niños” fue invocado de manera sistemática, especialmente por quienes se oponían a esta adopción. Siguiendo la argumentación de la senadora, la decisión de la Corte considera la adopción como un derecho de las parejas homosexuales, en vez de tomar en cuenta el interés de los menores.


Su proyecto de ley busca una familia colombiana ideal para adoptar a los niños. Según el grupo que la respalda, esto se garantiza con un hombre y una mujer. Este criterio sería determinante para asegurar la calidad de la educación de los niños. El argumento es curioso, especialmente en un país donde los menores han padecido enormes violencias: según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, entre 2008 y 2016 cerca de 250 mil niños sufrieron agresiones, violencias, violaciones, maltrato y abandono. La mayoría de estas violencias fue ejercida por el entorno cercano de los menores: su familia heterosexual “normal”.


Pero los 32 senadores pertenecientes a todos los partidos (salvo el Polo Democrático Alternativo, de izquierda) que han anunciado su respaldo a Viviane Morales no parecen preocupados por este tipo de preguntas. Por lo demás, las violencias contra los niños son pocas veces discutidas en el espacio público. En cambio, el “interés de los niños” despierta fantasmas increíbles sobre los homosexuales.


NO SE PUEDE.


Las lesbianas y los gays serían fundamentalmente inaptos para educar a los niños. Apoyándose en un informe financiado por organizaciones ultra conservadoras de Estados Unidos –un estudio que ha sido ampliamente criticado por académicos y médicos1–, el proyecto de ley del referendo sostiene que, en comparación con niños de otras parejas, “los hijos de parejas homosexuales tienen tasas más altas de de-sempleo; votan menos; son menos buenos en la escuela; han sufrido agresiones sexuales por sus padres o por otros adultos; han sido forzados a tener relaciones sexuales; tienen una mala percepción de su familia; consumen más marihuana y tabaco; han tenido más problemas con la ley; cuando son mujeres, han tenido un mayor número de compañeros sexuales”.


¿Cómo se articulan las posiciones frente a este tipo de razonamiento? Estuve presente en las audiencias y pude observar ciertos aspectos que resultan reveladores del proceso colombiano. Así, resulta interesante anotar que la mayoría de los ciudadanos presentes eran juristas (abogados, estudiantes de derecho...).


A menudo en Colombia este tipo de temas, que repercuten en el conjunto de la sociedad, se abordan desde el punto de vista legal. Pero las leyes nacionales son un laberinto, con lo que inscribirse estrictamente en este campo puede dar lugar a debates interminables. Así, mientras para algunos el contenido del referendo respeta el orden constitucional, ya que la Carta define a la familia colombiana, “núcleo fundamental de la sociedad”, como estando formada por un hombre y una mujer, para otros viola los tratados internacionales y la Constitución, pues los derechos de las minorías deben ser respetados. En la misma lectura estrictamente jurídica, algunos se interrogaban no sobre el contenido del referendo sino sobre la posibilidad de someter esta pregunta a la decisión del pueblo colombiano.


Un segundo aspecto interesante fue observar que las personas más favorables a la adopción fueron académicos, sobre todo provenientes de las facultades de Bogotá, madres solas con hijos a su cargo, y por último algunos militantes de los derechos Lgbt. Las madres solteras asistieron al debate porque el proyecto de ley considera que la única familia idónea para educar a un niño es la que está constituida por un hombre y una mujer. Estas madres recordaron al auditorio que tan sólo una tercera parte de los hogares en Colombia funciona así. Algunas hablaron como madres que se volvieron cabeza de hogar después de la partida del cónyuge (un caso frecuente en este país); otras, como madres por decisión (por inseminación). Si se aprobara el proyecto de ley, la adopción por una persona sola sería imposible.


Una fracción de los expositores provenía de los grupos Lgbt. Un hombre gay y cristiano, una madre lesbiana, y jóvenes que han crecido con padres homosexuales dieron sus testimonios. Sus argumentos mostraban la normalidad de sus vidas. Refirieron el no abuso por sus padres o los amigos de ellos, su excelencia académica e incluso su falta total de interés por las drogas o el alcohol.


Este proyecto debe ahora transitar por el Congreso y por la Corte Constitucional. Grosero en su concepción, es muy posible que no prospere. Sin embargo, los movimientos cristianos no darán su brazo a torcer. Varias batallas se avecinan, y prueba de ello son las grandes manifestaciones a que ha dado lugar la promulgación de manuales escolares con un enfoque de igualdad de género.


En suma, están llegando nuevos temas a la escena política y pública, como son estos relativos a la “cuestión” Lgbt, un tema más asociado a los derechos individuales, al tipo de vida urbano antes que al rural, y en consonancia con debates de la modernidad que también se dan en muchos otros países. Queda sin duda mucho camino para ampliar la democracia en esta nueva etapa colombiana del “posconflicto”.

 

Por Olga L González, socióloga.


Véase https://en.wikipedia.org/wiki/New_Family_Structures_Study . Para las críticas véanse Ryan Jaslow (12-VI-12): “Kids of gay pa-rents fare worse, study finds, but research draws fire from experts”, en Cbs News, recuperado el 21-X-14; “Letter to the Editors and Advisory Editors of Social Science Research” (Pdf), julio de 2012; “Amicus Brief in Golinski versus Office of Personnel Management”, pág 23 (Pdf); John Becker (28-II-13): “In Supreme Court Brief, American Sociological Association Obliterates Claim That Same-Sex Couples Are Inferior Parents”, en el Huffington Post.

 

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¿Es la familia el núcleo de la sociedad?

 

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Foro: ¿Es la familia el núcledo de la sociedad? Cápsula interactiva (entrevistas)

 

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“La incertidumbre parece ser el concepto dominante en nuestro tiempo”

En esta entrevista efectuada en México, Jeffrey Weeks, formado en el radical movimiento de liberación homosexual inglés, señala que es imposible escindir lo biológico de lo mental y de lo social, pero que la identidad es una construcción social.

 


–Hablando de sexualidad, ¿dónde termina la biología y dónde comienza la cultura?


–Es muy difícil marcar una línea. Obviamente, en cierto nivel, la sexualidad es biológica, pero también es mental. Y como lo he defendido por largo tiempo, es también social. Estos tres aspectos están inextricablemente vinculados entre sí. No se pueden disociar. Lo biológico sólo se vuelve algo operativo en la sociedad a partir de la interpretación social. No hay una interacción inmediata, automática, entre lo biológico y lo social. Le ofrezco un ejemplo, el de la homosexualidad. ¿Se trata de algo congénito, heredado o genético? Yo creo que es un poco las tres cosas, pero también es algo social. Lo que importa no es saber qué origina ciertas emociones, sentimientos o deseos, sino qué significados tienen esos deseos en la sociedad. Y lo que he señalado desde hace tiempo es que la identidad es una construcción social. Eso no quiere decir que la sociedad inventa esos sentimientos, lo interesante es ver cómo los interpretamos y como los posicionamos nosotros en nuestra relación con los demás. Eso es un fenómeno social. Eso es lo que quiero decir con la construcción de la homosexualidad. No es que ésta sea inventada, sino que son las ideas que tenemos sobre ella las que, en realidad, son inventadas.


–Usted afirma que vivimos en un mundo de incertidumbres. ¿Cómo se vive la sexualidad en esa era de incertidumbres?


–Vivimos en un mundo incierto donde las cosas cambian con tanta velocidad que sería inaudito que no sintiéramos esa incertidumbre. Y en ese mundo tan cambiante algunas de las viejas certidumbres como la fe religiosa, el papel de la iglesia o el papel de la familia tradicional, se debilitan continuamente. Algunos lo viven con mayor rapidez que otros, pero se trata de un proceso global. La incertidumbre parece ser el concepto dominante en nuestro tiempo. Todos tenemos que negociar esa incertidumbre de mil maneras. Y muchos lo hacemos con la ayuda de ideas y conceptos nuevos. Pero cuando eres una persona joven ya no tienes un esquema, un guión preestablecido, que pueda guiarte, que puedas seguir. Esos guiones parecen ya no existir. Cuando yo era muy joven, hace unos cincuenta años, había un guión: los chicos debían crecer, hacer deportes, ser masculinos, casarse, tener hijos. Había, en aquel entonces, tabúes acerca del sexo fuera del matrimonio. Hoy han desaparecido. ¿Cómo procedemos entonces con las nuevas incertidumbres? Algunas personas eligen, por ejemplo, la fe y se vuelven más religiosos, incluso fundamentalistas. Todos tenemos que negociar y administrar esos dilemas, y muchos pueden hacerlo, pero hay también gente que no puede negociar, que son las víctimas de esa incertidumbre por no tener las capacidades para lidiar con ella o que temen por las consecuencias de tener que hacerlo.

Hay también otros factores de incertidumbre social que preocupan a los gobiernos: el número de embarazos en la adolescencia, de casos de infecciones sexualmente transmisibles, o crisis como la del sida que generan ansiedad, temores como los de los años ochenta de que a todos nos mataría la plaga. Y hay momentos en los que el pánico se apodera de todo, y en esos momentos todo puede salir mal, los gobiernos pueden actuar de un modo que en principio parece sensato pero que luego tienen consecuencias no previstas. Los gobiernos deben entonces actuar con cuidado sobre los riesgos que existen en nuestra cultura. Un ejemplo clásico en Gran Bretaña es el de la ansiedad relacionada con el abuso infantil. Hace veinte o treinta años era un tema totalmente ignorado. Había gente famosa que no era castigada por ese tipo de abuso. Pero hoy la sospecha está en todos lados y es más difícil actuar de modo racional. Algo característico de un período de incertidumbre es que entramos en pánico y nos volvemos temerosos, y llegamos a un estado anímico en el que ya es difícil tener políticas racionales.


–¿De qué manera están influyendo en nuestra vida sexual Internet y las redes sociales?


–Creo que estamos sólo al inicio de cambios extraordinarios en lo que se refiere a Internet. Llevamos en él apenas veinte años, lo cual es nada en el abanico de la Historia. Pero los efectos son ya notables: el ligue por Internet, por ejemplo es algo masivo. Está cambiando la forma en que nos conocemos, se alienta además la proliferación de identidades. Es más fácil salir del closet como gay cuando lo haces de manera anónima, y expresas mejor tus fantasías cuando lo haces desde el anonimato en línea. Se cambia la naturaleza de la interacción social. Hay lados positivos en ello, y también negativos.

Sabemos que hay una fácil explotación y abuso sexual en línea. Tu verdadera identidad, lo que en realidad eres, no está necesariamente ahí. También tiene el Internet enormes posibilidades comerciales. Lo que no se cambia es la naturaleza de la interacción sexual. Alienta la masturbación, puedes tener fantasías sexuales en línea, pero si quieres enamorarte, establecerte con alguien, tienes por fuerza que encontrarte con esa persona. Lo que ofrece es maneras nuevas de encontrar a alguien. No cambia la esencia de la intimidad. Debes entonces establecer la distinción entre lo que puede hacer y lo que no puede hacer.


–Usted afirma que vivimos una gran transición en términos de sexualidad. ¿Qué es lo que la caracteriza?


–Trato de juntar todos los elementos de esa idea en un solo concepto, que no es el de una revolución sexual. Trato de distanciarme de esa idea. La gente habla de esa revolución de los años sesenta, pero mirando atrás, hacia esa década, en tanto sociólogo e historiador, esa gran revolución no cambió en realidad la vida de mucha gente. Cambió la vida de una élite. Pudo haber cambiado los términos de un discurso, pero la vida de la mayoría de las personas transcurrió tal como había sido antes. Más que ver en la revolución sexual un gran bing-bang de los sesenta con diversas repercusiones en el mundo entero, lo que yo veo es un proceso continuo, una larga revolución inconclusa. La llamo una gran transición histórica, un intento por colocar las cosas en un marco histórico más amplio. Se habla de la transición demográfica en los siglos XVIII y XIX en Europa, donde con la industrialización pasamos gradualmente de un matrimonio temprano, con modelo de familia numerosa, con el aumento de población, a otro modelo, en el siglo XX, donde, con la disminución del índice de nacimientos, las familias se vuelven más pequeñas. Y así llegamos hasta la situación actual europea donde vamos hacia un declive poblacional. Y eso es la transición demográfica. Yo quería entonces un concepto similar para hablar de los cambios en las actitudes sexuales y las actitudes con respecto a la intimidad desde los años 50. Y de las principales características como el derrumbe de los valores tradicionales, el afianzamiento del individualismo, una confianza cada vez mayor en la moralidad personal, y las series de separaciones, como las llamo, entre la heterosexualidad y el matrimonio.


–El ejemplo clásico es el surgimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo.


–Hace 30 años eso habría sido inconcebible. Hay muchas cosas en conjunto: el surgimiento de una actitud más abierta hacia la homosexualidad, el cuestionamiento del género tradicional con la emergencia de voces transgénero. Y tal vez lo más importante de todo, el cambio en la situación de las mujeres, lo que no quiere decir que sea el fin de la opresión femenina, pero las mujeres ya no la toleran. Ahora la desafían. Hay así toda una serie de cambios que intento reunir en el concepto de la gran transición. Y eso significa transitar de una cultura basada en la tradición hacia otra en la que hay mayor individualidad, mayores opciones. Para ponerlo de manera más llana, ya no asumimos que todo mundo es heterosexual y se va a casar y a tener hijos en un ciclo muy claro. Hablamos más ahora en términos de la complejidad en la vida de las personas. La gente en efecto forma parejas y se casa y tiene hijos, pero luego se separan y se vuelven a casar, y hay ahora dos familias, y se vuelven a casar, y podrían ser ya tres o cuatro familias. Todo es ahora negociable. Y todos sus hijos no tendrán que volverse necesariamente heterosexuales, sino que podrían algunos ser gays o lesbianas, incluso transgéneros. Y todo eso ha sucedido de manera increíblemente rápida en términos históricos. Nos encaminamos hacia la aceptación de esa complejidad y de esa variedad de la vida íntima.


–¿Es por eso que hoy hablamos de diversidad sexual en lugar de homosexualidad?


–En efecto son dos cosas separadas. Lo que el discurso de la diversidad intenta hacer es reconocer que tenemos que trascender la división binaria entre homosexualidad y heterosexualidad. Mucha gente no es ni lo uno ni lo otro. Pueden moverse entre varios modos de vida, un hombre puede relacionarse con otro hombre, con un adolescente, o con una mujer. Puede redescubrir en la edad madura su propia homosexualidad, o puede hacer todas estas cosas de modo intercambiable. Algunas personas no consiguen acomodarse en la división binaria entre hombres y mujeres, y tenemos así la emergencia de las categorías transgénero. Esto siempre ha sido así. La historia está llena de ejemplos parecidos. Pero en el pasado –en los últimos doscientos años– hemos tratado de aglutinarlo todo con esta idea de que existe esa división binaria, donde una forma es natural y la otra es antinatural. Y es como una relación jerárquica. Ahora existen miles de voces nuevas que dicen, ¿qué hay de malo con mi sexualidad, con mis opciones de género?, y por ello no puedes ya dar por sentado la naturalidad de esas categorías.


–Usted participó en el movimiento de liberación gay de los setenta, cuando la idea del matrimonio estaba contrapuesta a las reivindicaciones libertarias del momento.


–El movimiento de liberación homosexual fue algo que en los setenta abrió para mí enormes posibilidades que desafiaban el sistema de creencias y prejuicios en el que crecí. Como muchas otras personas de mi generación, creí necesario desafiar a las instituciones tradicionales, entre ellas la más importante, el matrimonio, que era la que nos excluía, la que nos negaba, y que de hecho nos transformaba en ciudadanos de segunda clase. Por ello muchas feministas y muchos liberacionistas gay éramos, al respecto, muy críticos. Las cosas han cambiado mucho. Sigo respetando a la gente que no desea seguir las reglas institucionales, pero hay mucha gente que ha tenido problemas para validar su propia sexualidad, sus relaciones. La crisis del sida jugó un papel muy importante. Hubo decenas de miles de casos de personas que morían de sida y a cuyos amantes se les negaba todo reconocimiento, ya fuera dentro del hospital o después del sepelio. Eso dramatizó la ausencia de legitimación social. Y también está el caso de la falta de reconocimiento de derechos parentales, no sólo en el caso de madres lesbianas que veían negados sus derechos, sino también en el de muchos gays que deseaban ser padres. Todo eso acrecentó la necesidad de legitimar las relaciones y confluyó en la primera campaña por el matrimonio igualitario. Debo confesar que a mí me tomó por sorpresa la rapidez del movimiento a favor de dicho matrimonio. Yo era muy escéptico acerca de su pertinencia, y también de su posibilidad. En el proyecto sobre intimidades entre personas del mismo sexo que realicé hace veinte años entrevisté a muchas personas, entre las cuales algunos defendían el derecho a casarse como algo que contribuía a la igualdad, mientras la mayoría lo criticaban como algo que copiaba a las instituciones heterosexuales. El cambio ha sido enorme en estos últimos veinte años.


Mucha gente puede decidir no casarse o estar en uniones civiles, pero aceptan la necesidad de tener un reconocimiento total de ese derecho. Por eso es importante para la gente, les ofrece reconocimiento social. No crea, pero sí valida, lo que muchas parejas han venido conquistando con el tiempo, el derecho a formar relaciones sólidas, largas y estables. Eso es muy importante para quienes quieren hacerlo. No diría, sin embargo, que todo mundo debe hacerlo, o que se trata de la nueva normatividad. Es sólo una opción entre otras en un universo pluralista.


–¿Acaso es la crisis de la institución matrimonial la que está posibilitando el matrimonio entre personas del mismo sexo?


–En la medida en que el matrimonio tradicional heterosexual se está volviendo menos normativo e inevitable, es cada vez menos un problema para los gobiernos y la sociedad en general el reconocer el matrimonio igualitario. El matrimonio heterosexual no es ya la entrada necesaria a la vida adulta, como tradicionalmente sucedía. Ahora es una opción entre otras en el mundo heterosexual. Añadirle entonces el matrimonio homosexual no es un salto conceptual enorme. El matrimonio tiene que ver hoy más con el reconocimiento social y la validación que con situaciones institucionales. Es interesante ver que los países más católicos han sido los más lentos en adoptar esta situación. La tendencia era más favorable en países protestantes, donde durante siglos se han promovido nociones de tolerancia y convivialidad. Pero el cambio reciente más significativo se produce cuando la Irlanda católica vota mayoritariamente a favor del matrimonio igualitario. O cuando la Suprema Corte en Estados Unidos reconoce ese matrimonio. Eso subraya el hecho de que las fuerzas tradicionales del orden social y la moralidad tradicional, como las iglesias, se han debilitado bajo el impacto del cambio social. Y en el contexto de los escándalos de la iglesia católica, se da el caso de que Irlanda, considerado el país más católico de Europa, desobedece en un referéndum a la jerarquía y vota por el matrimonio igualitario. Quiero añadir que al mismo tiempo vemos el surgimiento de nuevos movimientos religiosos fundamentalistas, de cierto absolutismo. La religión no está muriendo, sino por el contrario, en muchos lados se está expandiendo aceleradamente. Vemos un cambio de la vieja tradición, altamente jerarquizada, de la iglesia católica, hacia algo más personal y más evangélico, con un acceso directo a Dios, lo cual, de una manera extraña, es una imagen espejo de este nuevo individualismo del que hablo, que en el fondo es el deseo de la gente secular de buscar su propia salvación al tratar de crearse una nueva vida.


–Frente a una crisis del sida que está lejos de resolverse, ¿cómo se explica la renuencia de algunos a practicar el sexo seguro y abandonarse a prácticas de riesgo?


–Me parece algo desconcertante. Creo que en el caso del bareback (sexo a pelo) hay varios aspectos que se deben considerar. En una primera generación hay por supuesto cierto cansancio con el deber de la cautela, la negativa a pasarse la vida entera siendo cauteloso. Es algo que personalmente no apruebo, pero que puedo comprender. También está el hecho de que el sexo seguro no significa necesariamente no correr ningún riesgo, sino controlar el riesgo. Se trata de calcular qué es verdaderamente riesgoso y qué no lo es. Y eso hace que alguna gente haga cosas arriesgadas. Pero algo importante es la transgresión, el deseo de los liberacionistas gay de ser transgresores. Hay un elemento fuerte en la comunidad queer que cree en la importancia de seguir siendo transgresores. Y se trata de una forma de transgresión que pone vidas en riesgo. Algunas personas creen que el riesgo es importante y que es lo que hace que la vida valga la pena. Pero lo que importa entender es que no se trata sólo de que la gente pueda ser estúpida (aunque puede darse el caso), sino que es algo que es parte de una compleja red de emociones y de identidades que cambian y del deseo de seguir desafiando al orden tradicional.


–Y frente a esa situación, ¿qué tan efectivas son las estrategias profilácticas en curso, como el tomar tratamiento para evitar infectarse en relaciones de riesgo?


–Existen, por supuesto, y lo notable es el auge de un repertorio de ayudas sexuales, como el viagra. La medicina interviene en la sexualidad no sólo para prevenir, sino también para procurar más placer. En este contexto cultural, no basta con decirle a la gente que no debe hacer ciertas cosas, sino en brindarles una mayor flexibilidad en sus prácticas. Esas medidas profilácticas no deben verse como salvaciones, pues aunque haya ahora tratamientos que pueden prevenir la reproducción del VIH, no quiere decir que prevengan la reproducción de otras infecciones de transmisión sexual, por lo que pueden disminuirse un conjunto de riesgos aumentando otros al mismo tiempo.


Por Por Alejandro Brito.

De La Jornada, de México. Especial para Página/12.

Publicado enSociedad
Viernes, 22 Febrero 2013 06:05

La hipótesis de la red gay en el Vaticano

La hipótesis de la red gay en el Vaticano

Tres cardenales, incluyendo al ex jefe de los servicios secretos del Vaticano, habrían informado al Papa de una presunta “red de amistades homosexuales y chantajes”. Los encuentros sexuales habrían ocurrido dentro del Vaticano.

 

El papa Benedicto XVI habría decidido renunciar luego de que una investigación interna le informara sobre el alcance de los escándalos sexuales y la corrupción dentro del Vaticano. Según informó ayer el diario italiano La Repubblica, tres cardenales, incluyendo al ex jefe de los servicios secretos del Vaticano, habrían sido consultados para corroborar las alegaciones sobre abusos financieros, favoritismos y corrupción planteadas en la publicación de documentos confidenciales papales, bautizado como Vatileaks.

 

El 17 de diciembre de 2012, los cardenales Julián Herranz, Salvatore De Giorgi y Josef Tomko habrían entregado al pontífice dos volúmenes, de alrededor de 300 páginas, en carpetas duras que contenían una imagen precisa del daño y los “peces podridos” en el interior de la Santa Sede, reportó el diario. Esa información se encontraría en la caja fuerte de Josef Ratzinger. “Fue en ese día, con esos papeles en su escritorio, que Benedicto XVI tomó la decisión una semana antes de Navidad sobre la que había meditado durante tanto tiempo”, indicó la publicación. La información que él presuntamente recibió de los cardenales “es sobre el incumplimiento del sexto y séptimo mandamiento”, reveló al diario una fuente descrita como “muy cercana” a las autoridades. Los mandamientos son “no cometerás adulterio” y “no robarás”. Los cardenales expresaron que descubrieron una red clandestina de homosexuales, cuyos miembros organizaban encuentros sexuales en numerosos lugares de Roma y de la Ciudad del Vaticano. Agregaron que los integrantes de esa red son propensos a chantajes a raíz de sus orientaciones sexuales. Precisaron situaciones remotas como aquellas vinculadas con monseñor Tommaso Stenico, suspendido después de una entrevista que fue transmitida en la que habló de los encuentros sexuales que tuvieron lugar en el Vaticano, hasta la historia de los coristas que rodeaban a Angelo Balducci, integrante del grupo exclusivo de la curia denominado Su Santidad, motivo de una investigación judicial. Sobre los lugares de reunión vinculados con este episodio, el informe detalla un sitio en las afueras de Roma, un sauna y un salón de belleza en el centro, como también las habitaciones dentro del Vaticano. Entre aquellos mencionados en el reporte se encuentra Marco Simeon, un directivo de la televisión estatal RAI cuyo nombre fue ligado tiempo atrás con una de las revelaciones clave de los Vatileaks: la conspiración para expulsar al arzobispo Carlo María Vigano de la presidencia de la gobernación de la Ciudad del Vaticano, después de sus intentos por introducir una mayor transparencia financiera. Simeon es considerado como alguien cercano al segundo oficial de mayor rango en el Vaticano, el secretario de Estado cardenal, Tarcisio Bertone.

 

El reporte secreto alertó, también, sobre vínculos sospechosos en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), el Banco del Vaticano, donde un nuevo presidente fue nombrado la semana pasada luego de una vacante de nueve meses, agregó La Repubblica, que no ofreció más detalles sobre la cuestión. El periódico aseguró que Benedicto, personalmente, le haría entrega de los volúmenes a su sucesor, con la esperanza de que será “fuerte, joven y santo”, espera, para hacer frente a la enorme tarea que le espera.

 

En sintonía, el semanario conservador Panorama informó ayer sobre un Vatileak que creció demasiado, pero sin especular sobre los motivos de la dimisión del pontífice alemán de 85 años. La revista señaló que la presunta “red de amistades homosexuales y chantajes” en la curia romana fue para Benedicto XVI la parte más sorprendente del informe sobre Vatileaks. Como también detalló que los autores del informe tienen más de 80 años, por lo tanto no son papables.

 

El Vaticano se rehusó a comentar la información. La Repubblica informó que el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, aseguró que no se van a comentar “todas las claves, fantasías y opiniones que haya sobre el tema” e indicó que los medios no pueden esperar comentarios, confirmaciones o desmentidos de lo que se dice sobre este tema. “No estamos corriendo detrás de todas las especulaciones y fantasías u opiniones que se expresan sobre el tema y no esperen que los tres cardenales den entrevistas porque la línea acordada es guardar silencio y no revelar información sobre este tema”, agregó. Además reflejó las inexactitudes que se detectan en la información que se brinda y pone de manifiesto “que aquellos que escriben no entienden de los temas vaticanistas”. Lo que figura en una información, añadió, es responsabilidad del autor. Sobre el inicio del cónclave de cardenales, que elegirá al sucesor de Benedicto XVI, el portavoz del Vaticano remarcó que la fecha será decidida por la congregación de cardenales una vez que el Papa haya renunciado. En un principio, el Vaticano había dicho que los cardenales se reunirían alrededor del 15 de marzo, pero luego admitió que el proceso podría adelantarse.

 

El Papa renunciará el 28 de febrero. Hasta el momento, el Vaticano insistió en que la decisión de Benedicto de convertirse en el primer Papa en dejar su cargo en los últimos 600 años tiene que ver con su edad avanzada y no con conspiraciones internas.

Publicado enInternacional
Lunes, 15 Diciembre 2008 08:53

Los peligros de la barricada

El titular apenas llamó mi atención. Cuando uno lee “Iglesia” y “homosexualidad” en la misma oración ya sabe cómo completar el resto: con alguna expresión ubicada en el arco que va del visceral “condenó” al sarpullido de “se manifestó disconforme con”. Esta vez decía “La Iglesia se opone a despenalizar la homosexualidad”. La noticia: Francia está a punto de presentar frente a la ONU, y en representación de la Unión Europea, una propuesta para que la homosexualidad sea despenalizada universalmente. La propuesta está lejos de ser simbólica: en 90 países del mundo la homosexualidad es castigada con multas, prisión, torturas y, en 9 países, con la pena de muerte.

La respuesta de la Iglesia es coherente con la política de barricada que sostiene en lo que se refiere a homosexualidad y a salud reproductiva: no pasarán. Casi un mandamiento, que alinea a la Iglesia con el fundamentalismo islámico. El representante del Vaticano en la ONU, frente a las reacciones, se apresuró a declarar que están a favor de “de evitar toda marca de injusta discriminación contra las personas homosexuales”. Después de todo: “Amar al pecador, odiar el pecado”, uno de los greatest hits del catolicismo en los ’80 y ’90 al referirse a la homosexualidad, suena más a cachetazo zen que a política sensata en el momento en el que el sida mataba a la gente como a moscas.

Si la propuesta de Francia fuera aceptada, agrega la Iglesia, se “pondría en la picota a los países que no consideran ‘matrimonio’ las uniones homosexuales”. Los gays buscan redefinir el matrimonio, piensa la Iglesia. Lo cierto es que son los heterosexuales los que lo han redefinido. El matrimonio hoy puede ser civil o religioso, incluir o no hijos, durar para siempre o hasta el divorcio, etc. Dentro de esta redefinición ha dejado de tener sentido excluir a las personas gays. Dicho de otro modo: el matrimonio facilita la administración financiera de la familia, crea un vínculo sólido entre cónyuges validado jurídicamente y celebrado socialmente y, sobre todo, designa un responsable principal del cuidado de una persona en momentos de debilidad. Nada define más cabalmente la validez de un matrimonio como el ir en socorro, el quedarse en vela y el sostener la mano del que convalece; nada sella su fin como el abandono en el momento de la intemperie. No es casual que el reclamo por el derecho al matrimonio aparezca poco tiempo después de la epidemia del sida, que la comunidad gay sobrevivió gracias al comportamiento responsable y al cuidado mutuo y luchando contra las leyes que los desguarecían en vez de protegerlos (los miles de casos de cónyuges a los que se les prohibió visitar a la pareja enferma en el hospital o que fueron desalojados de la vivienda compartida por la familia del muerto, etcétera).

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de la tradición del matrimonio? La palabra tradición es engañosa: sugiere un núcleo fijo, antiguo, sólido. Pero el matrimonio como institución es hasta cierto punto elástico: acompañó la creciente democratización y la ampliación de derechos de distintos grupos (las mujeres, las minorías raciales), y es por esa sincronía con los grandes movimientos tectónicos de la historia que sobrevive como institución central.

Cuando una institución como la Iglesia se piensa como conservadora, debería plantearse qué se pretende conservar. Si el matrimonio como institución hoy está perdiendo vitalidad no es porque los homosexuales pretendan tomarlo por asalto, sino porque muchos heterosexuales se divorcian o deciden no casarse (las uniones civiles, inicialmente pensadas para parejas del mismo sexo, terminan siendo usadas fundamentalmente por heterosexuales que buscan pactos más elásticos que el matrimonio). Agregar a una institución ya percibida como anticuada y rígida la marca de la exclusión es un despropósito.

La política de barricada genera los mismos peligros que una guerra: se empieza a veces por razones sensatas, pero pronto son reemplazadas por la necesidad de sostener la barricada a cualquier precio. O mejor dicho, un precio específico: el sacrificio de las razones originales, esas que hablaban de amor y respeto al prójimo.

Por Christian Rodríguez *
Publicado enInternacional