Lunes, 25 Febrero 2019 08:30

¿Habitamos o destruimos el mundo?

Los udeges han vivido en la jungla boreal durante siglos. La cultura de los cazadores en la región rusa del Lejano Oriente está llena de creencias animalistas y chamánicas. Los lugareños creen que si alguien ataca al tigre siberiano sin motivos, este se vengará y lo matará. Las fotografías de Álvaro Laiz de este rincón del planeta son espeluznantes, fabulosas y sorprendentes. Todo a la vez.

¿Quiénes somos los habitantes del mundo? ¿Lo ocupamos o lo destruimos? ¿Dónde están las grandes aglomeraciones? ¿Por qué vivimos aislados o amontonados? 

 

PONTE CITY: EL RASCACIELOS DE LAS PROFECÍAS DE JOHANNESBURGO

Pasó de ser un símbolo del lujo para blancos a un templo de la degeneración. Conocido como la Torre Oscura, en Ponte City (Johannesburgo, Sudáfrica) viven alrededor de 2.300 personas, la mayoría inmigrantes. El edificio residencial más alto de África trata de superar su pasado violento mientras sigue anunciando el futuro: en este caso, en forma de gentrificación. 

Texto: Alba Muñoz / Fotografía: Guillem Sartorio

 

PARTERAS

En zonas rurales que dominaban las FARC, la partería es una tradición ancestral que lucha por sobrevivir al olvido. Su reconocimiento como patrimonio cultural de Colombia ayuda a conseguirlo, pero el principal reto recae sobre estas mujeres que heredan y transmiten el poder de sus manos. Marta Arias y Anna Surinyach, que llevan años documentando la partería en varias partes del mundo, explican cómo se da a luz en algunos de los rincones más olvidados de Colombia.

Texto: Marta Arias  / Fotografía: Anna Surinyach

 

REFUGIOS EUROPEOS

Millones de sirios han huido de la guerra. Algunos —una minoría— han encontrado refugio en Europa. Este ensayo fotográfico presenta tres historias de mujeres y hombres que han llegado a Suecia, Alemania y Dinamarca, pero que no saben si se podrán adaptar a su nuevo hogar. Su memoria está llena de dolor. Su futuro, de esperanza.

Fotografía: Carole Alfarah

 

VERTEDEROS, MONTAÑAS Y PÁJAROS

Los pájaros anuncian que estamos cerca. Son cientos, miles, volando en un cielo opaco. Debajo, entre la neblina, los atrae como un imán la montaña. Es una gigantesca elevación marrón sin árboles, sin hierba, sin flores: repleta de plásticos desgarrados, pedazos de metal, cristales, desechos orgánicos y un hedor que lo invade todo. Este es uno de los mayores vertederos de la India, y no para de crecer. ¿Se puede vivir rodeado de basura?

Texto: Maribel Izcue / Fotografía: Santi Palacios

 

LA LUCHA POR EL ESPACIO EN BANGLADESH

El país más densamente poblado del mundo, ciudades-Estado aparte, es Bangladesh. Pocos periodistas conocen el país como Igor G. Barbero, que explica dónde se hallan las grandes aglomeraciones y reflexiona sobre las consecuencias del cambio climático en este rincón olvidado del planeta.

Texto: Igor G. Barbero / Fotografía: KM Asad

 

SOLO LOS MUERTOS REGRESAN A YARMUK

Yarmuk, en las afueras de Damasco, es un símbolo de la guerra siria. El régimen de Bashar al Asad lo bombardeó sin piedad y los grupos de la oposición armada aguantaron hasta el final. Ahora que las armas han callado, Yarmuk es puro talco. ¿Será algún día posible que una de las heridas más profundas de Siria vuelva a ser habitada?

Texto: Mikel Ayestaran / Fotografía: Guillem Trius

 

NÓMADAS DEL NILO

No duermen en tierra firme. Nacieron, viven y trabajan en una barca en el Nilo. Son cientos de familias que, desde hace cuatro generaciones, a la sombra de los puentes de la capital egipcia, han construido su vida en torno al río. Una vida que discurre al ritmo que marca la corriente. 

Texto: Nuria Tesón / Fotografía: Roger Anis

 

EL CAZADOR RUSO

Los udeges han vivido en la jungla boreal durante siglos. La cultura de los cazadores en la región rusa del Lejano Oriente está llena de creencias animalistas y chamánicas. Los lugareños creen que si alguien ataca al tigre siberiano sin motivos, este se vengará y lo matará. Las fotografías de Álvaro Laiz de este rincón del planeta son espeluznantes, fabulosas y sorprendentes. Todo a la vez.

Fotografía: Álvaro Laiz.

 

 

PERSONAS BLANCAS EN EL AGUJERO

En 1915 corrió la voz. Cientos de personas marcharon hasta el corazón del desierto de Australia y excavaron sus viviendas con pico y pala. Así fundaron el pueblo subterráneo de Coober Pedy. Bajamos al laberinto con Vash Farid, uno de los mineros que siguen extrayendo ópalo, la piedra preciosa con la que empezó todo.

Texto: Ander Izagirre / Fotografía: Tamara Merino

 

MENINO DAS SOMBRAS

Las guerras de Mozambique dejaron un país en la miseria y lleno de familias rotas. La herida de aquellos días sigue abierta: actualmente hay 1,8 millones de huérfanos. José Albino, de quince años, lleva cuatro viviendo en las calles de Beira, la segunda ciudad de Mozambique. Y tiene un sueño: ser piloto.

Texto: Xavier Aldekoa / Fotografía: Alfons Rodríguez

 

LOS DESAHUCIOS EN ESPAÑA

Están asociados a los años más duros de la crisis económica, pero los desahucios —y la voracidad de los bancos— no han desaparecido. Desde 2011 ha habido cientos de miles de ejecuciones hipotecarias, siniestro término que define la resaca de la España que se zambulló en la burbuja inmobiliaria. La luz la puso la lucha contra los desahucios, uno de los movimientos sociales más importantes de la última década en España. Olmo Calvo descubre todos esos aspectos en un ensayo fotográfico.

Fotografía: Olmo Calvo

Publicado enSociedad
"La inteligencia artificial puede repetir los sesgos, o incluso amplificarlos"

¿Qué podemos esperar de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático? ¿Queremos que las máquinas tomen decisiones por nosotros? Según el tecnólogo y filósofo David Weinberger, "dejaremos que la inteligencia artificial 'decida' por nosotros cuando los resultados sean mejores que los surgidos de las decisiones humanas".


La necesidad de abordar la tecnología y su impacto en nuestras vidas necesita ser abordada desde todos los puntos de vista que ppodamos imaginar. David Weinberger, tecnólogo y doctor en Filosofía por la Universidad de Toronto (Canadá), reflexiona sobre lo que podemos esperar de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático.


De visita en el MediaLab de Madrid (en el marco de la Semana de la Ciencia y la Innovación), Weinberger —coautor del célebre Manifiesto Cluetrain, de 1999, sobre cómo funcionaría la conversación en internet— ahora investiga en el Berkman Klein Center for Internet & Society de la Facultad de Derecho de Harvard.


A continuación será ponente en el Foro de la Cultura de Burgos (del 9 al 11 de noviembre), en donde tratará de abordar la cuestión de si seremos capaces de controlar la inteligencia artificial. Weinberger responde para los lectores de Público a una serie de cuestiones acerca de la creciente automatización de nuestro entorno.


¿Realmente queremos que las máquinas tomen decisiones por nosotros?


La inteligencia artificial es capaz de hacer evaluaciones probabilísticas de cómo clasificar las cosas, por tanto puede hacer predicciones probabilísticas. Dependerá de la situación concreta si queremos que realice esas evaluaciones sin intervención humana.


Solemos usar simples ordenadores de esta forma todo el rato. Hay un millón de ejemplos, como convertir la escritura a mano en letras. Ahora, la inteligencia artificial en forma de aprendizaje automático está haciendo lo mismo. La diferencia es que hasta ahora los humanos tenían que decirles a las máquinas qué buscar para identificar la escritura a mano: si ve una línea vertical con un punto encima, esa es una "i", etc.


Con el llamado "machine learning" no necesitas introducir en el ordenador ese tipo de reglas, sino que se alimenta de miles de ejemplos de escritura a mano y descubre los patrones que se corresponden, estadística y probabilísticamente, a las letras. Resulta que, en muchos casos, el aprendizaje automático funciona mejor que la forma antigua de programar estas reglas. No hay ningún problema ético en particular con esto, ¿verdad? Tampoco veo que exista ninguna decisión en sentido literal.


Del mismo modo, si un sistema de aprendizaje automático le dice a su médico que usted tiene un 63% de probabilidades de desarrollar diabetes, la máquina no está tomando una decisión: nos está alertando de una probabilidad estadística. Usted —más bien, su médico— decidirá qué quiere hacer al respecto, tal como lo haría si hubiera notado un aumento en el nivel de azúcar en la sangre, que podría indicar una susceptibilidad a padecer diabetes.


Existe, por supuesto, una amplia gama de casos. Para el análisis de escritura a mano, las preguntas son relativamente fáciles.También para la inteligencia artificial que traza las rutas para que un automóvil llegue a un destino. Pero también es posible la inteligencia artificial para actuar sin intervención humana. Los ordenadores —ojo, no la inteligencia artificial, que yo sepa— aterrizan aviones con bastante frecuencia; los pilotos a veces no intervienen porque las máquinas suelen ser mejores que los humanos para esa tarea. Ése es un caso en el que habitualmente permitimos que una computadora "decida" un asunto. Digo "decidir" entre comillas porque las computadoras no son conscientes y, por lo tanto, no pueden decidir nada.
Del mismo modo, permitiremos que la inteligencia artificial conduzca nuestros coches si la inteligencia artificial lo hace mejor que los humanos; por ejemplo, los vehículos sin conductor pueden actuar sobre de datos recogidos en un rango de 360 grados y su tiempo de reacción es mucho mejor que el de los humanos. Así pues, permitiremos que existan los coches sin conductor si en las pruebas y en un despliegue cuidadosamente monitoreado resultan ser más seguros que los vehículos con conductor humano.


¿Queremos, por ejemplo, que la inteligencia artificial determine las sentencias judiciales?


Bueno, podemos decidir no hacerlo porque creamos que disminuirá la confianza en el sistema judicial. Por otro lado, los jueces humanos son propensos a sesgos —al fin y al cabo, como todos— y, por tanto, podría ser que la inteligencia artificial sea más justa en ciertas sentencias. Personalmente, creo que vamos a tener problemas para aceptar un sistema de inteligencia artificial en el ámbito de la jusricia; su uso en el sistema judicial de los Estados Unidos es problemático, por decirlo de alguna manera.


Mi punto de vista es que dejaremos que la inteligencia artificial tome "decisiones" por nosotros cuando los resultados sean mejores que los surgidos de las decisiones humanas, y somos los humanos los que podremos decidir qué consideramos como "mejores decisiones". Esto no es nada inusual en la historia de la computación. Variará según el entorno y la aplicación, y dependerá de muchos factores.


Puedo ver que las compañías y los expertos nos "venden" algoritmos como algo "blanco", inofensivo, pero en general el mundo del software es oscuro, no transparente. ¿Qué piensa sobre esto? ¿Cómo puede alguien decidir si algún sistema de inteligencia artificial es preciso o no antes de los resultados de su comportamiento?


Existe una controversia entre los científicos informáticos sobre si la inteligencia artificial tiene que ser opaca, y hay mucha investigación sobre cómo hacerla más transparente. Pero, por el momento, supongo (y no soy científico informático) que al menos algunos sistemas van a generar resultados a través de procesos que son simplemente demasiado complejos para que la mente humana los comprenda. Puede haber aplicaciones en las que queramos insistir en que sean transparentes, incluso si eso significa que sus resultados sean menos precisos.


Imaginemos, por un momento, que los coches sin conductor son controlados por la "caja negra" de inteligencia artificial, es decir, por unos modelos que los humanos no pueden entender. Pensemos, además, a raíz de ello las muertes en el tráfico disminuyen en un 90% (una estimación común que podría estar muy equivocada). Ahora, imaginemos que hacer que la inteligencia artificial sea "comprensible" se traduce en una reducción de las muertes sólo en un 50%. Eso significaría que miles de vidas que se hubieran salvado se pierden. ¿Querríamos, como sociedad, hacer ese intercambio entre transparencia y salvar vidas? Creo que no lo haría, pero esta es una pregunta que tendremos que responder.
Sin embargo, insistir en la transparencia de los algoritmos no es la única forma de controlar la inteligencia artificial. Por ejemplo, en algunos casos, podríamos controlarla insistiendo en la transparencia sobre los datos que se utilizan para entrenar el sistema; podríamos exigir, por ejemplo, que esos datos no estén sesgados, que representen el rango de personas afectadas, que los marginados y vulnerables no hayan sido excluidos, etc.


O bien, podríamos insistir en que los resultados sean transparentes. En el caso de la "caja negra" de inteligencia artificial para coches sin conductor, esto significaría transparencia sobre los resultados que deseamos: menos muertes, más ahorro ecológico, tiempos de transporte más cortos, viajes más cómodos, etc. También se puede exigir transparencia sobre cómo cumple su función la máquina: si los vehículos no cumplen con sus objetivos declarados públicamente, podríamos requerir que los fabricantes los ajusten para que lo hagan. Este tipo de control no requeriría la transparencia de los algoritmos.


La transparencia no es en sí misma un bien. Por eso tenemos cortinas para nuestras ventanas, o un derecho al olvido en Europa. La transparencia es una herramienta que es útil en algunas circunstancias. En mi opinión, deberíamos acordar como sociedad lo que queremos o esperamos de determinados sistemas de inteligencia artificial, y luego encontrar los mejores mecanismos para garantizar que se obtienen los resultados deseados. A veces, la transparencia de los algoritmos será el enfoque correcto, pero no siempre. Entonces, relacionado con esto, ¿por qué deberíamos confiar en inteligencia artificial?


Deberíamos confiar en una aplicación de inteligencia artificial cuando tengamos pruebas convincentes de que funciona. Dependiendo de la aplicación, esto podría requerir pruebas y más pruebas, algunas exhaustivas y en algunos casos, no tanto.


En su opinión, ¿puede la inteligencia artificial amplificar nuestros defectos?


Sin lugar a dudas. La inteligencia artificial aprende de los datos que le damos. Es decir, analiza esos datos ampliamente, y encuentra correlaciones complejas y patrones estadísticos y probabilísticos. Los datos reflejan prácticas y creencias humanas. Por lo tanto, la inteligencia artificial puede repetir los sesgos que existen en los datos, o incluso amplificarlos.
Por ejemplo, si las mujeres están subrepresentadas en la alta gerencia empresarial, los datos reflejarán eso, y la inteligencia artificial puede aprender de esa información que existe una correlación negativa entre ser mujer y ser una alta directiva. La consecuencia, por ejemplo, es que quizá el sistema termine por no recomendar a las mujeres para tales trabajos. El problema, por supuesto, puede ser mucho más sutil que eso. Ésta es una cuestión bien conocida y seria.


En su opinión, ¿existen los algoritmos 'sesgados'? ¿Cómo podemos detectarlos?


Sí, como ya he explicado. Hay una gran cantidad de investigación sobre cómo detectar sesgos en la inteligencia artificial y sobre cómo eliminarlos o, al menos, minimizarlos. No soy un científico informático, pero estimo que una forma de detectar sesgos es observar los resultados. Si un sistema de inteligencia artificial para clasificar las solicitudes de empleo rara vez recomienda a mujeres solicitantes, es evidente que existen razones para pensar que está sesgado. Pero insisto, el asunto puede ser mucho más sutil que eso.


Una forma de detectar el sesgo es examinar directamente el modelo que inteligencia artificial utiliza para tomar "decisiones". Eso requiere entender el modelo, y algunos pueden ser demasiado complejos para los humanos. Otra forma, que sugieren algunos investigadores de las universidades de Harvard y Oxford, es enviar la misma información al sistema, pero con ligeras variaciones en los datos: si cambiar un punto en esos datos altera el resultado de alguna manera significativa, es una señal de que ese punto de datos es importante. Si ese punto de datos es, por ejemplo, el género o la raza de la persona, eso es una prueba de que el sistema está sesgado. Claro que esto que explico es una gran simplificación ya que, como dije antes, no soy un científico informático.


Finalmente, ¿hasta qué punto puede ser peligroso (o no) un sistema de inteligencia artificial diseñado para realizar predicciones?


La inteligencia artificial puede hacer falsas predicciones. De hecho, todas sus predicciones conllevan un nivel de confianza, de la misma forma que los meteorólogos afirman que hay un 60% de probabilidad de lluvia. Los errores pueden ser peligrosos si las falsas predicciones son peligrosas: decir que mañana estará despejado cuando en realidad llueva por la tarde no es peligroso generalmente pero, por otro lado, un mal diagnóstico médico puede ser fatal. Al igual que con cualquier otra cosa, dependeremos de la inteligencia artificial en tanto en cuanto constatemos su precisión en casos anteriores y midamos la gravedad de las consecuencias de estar equivocado.


En cambio, uno podría preguntar si usar la inteligencia artificial para alguna tarea en particular es más peligroso que confiar en los métodos anteriores. Si la inteligencia artificial está haciendo predicciones más precisas que las realizadas hasta la fecha, entonces, aun existiendo un riesgo, las consecuencias serán menos peligrosas que las arrojadas por el método que reemplaza. En tal caso, podemos preferir la inteligencia artificial.

Por Pablo Romero
@pabloromero

El sistema ha creado el ‘principio de autodestrucción’: Leonardo Boff

El doctor Leonardo Boff, ecólogo, fue una de las personalidades en materia de defensa del medioambiente que el pasado 20 de agosto acudió a la Universidad Iberoamericana Ciudad de México para ser testigo de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de esta casa de estudios.

Antes de su participación como panelista en el coloquio ‘Universidad y Sustentabilidad en México’, que la Vicerrectoría Académica de la IBERO llevó a cabo para anunciar las aperturas, Boff, filósofo y uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, accedió a dar varias entrevistas; he aquí lo que respondió en una de ellas.

—En un mundo donde el capitalismo es el sistema económico y político hegemónico ¿es posible mitigar los daños al medio ambiente, a la Madre Tierra?

—Yo creo que dentro del sistema es imposible, porque el sistema en sí mismo es altamente destructivo de la naturaleza, la explota y no se siente parte de la naturaleza, sino que se siente su señor y dueño, y dispone de ella a su antojo.

Eso ha creado toda la cultura moderna, ha cambiado al planeta Tierra y simultáneamente ha creado el ‘principio de autodestrucción’, sea con armas químicas, nucleares o biológicas; sea también por las reacciones que la Tierra está teniendo de cara a la agresión sistemática que está sufriendo y que aparece bajo el nombre de calentamiento global.

Calentamiento global que se manifiesta a través de efectos extremos: grandes sequías, grandes inviernos, volcanes que se han activado, huracanes y grandes inundaciones; los que dejan ver que la Tierra perdió su equilibrio y su centro. Eso es consecuencia de un tipo de relación que tenemos con la naturaleza, que no es una relación de cooperación y de respeto, sino de dominación y de explotación.

De seguir ese rumbo vamos al encuentro de lo peor. A mi juicio, y lo que otros tantos ecólogos dicen, puede ser una tragedia ecológica-social que puede diezmar gran parte de la biósfera y hacer desaparecer también a gran parte de la humanidad.

—¿Cómo proteger a la ‘Pacha Mama’ (la Madre Tierra) y a las comunidades originarias que viven en las grandes reservas ecológicas, de la depredación de los grandes capitales, por ejemplo, de la extracción minera y petrolera, la industria turística, etcétera?

—En Brasil tenemos el problema del agronegocio que está avanzando terriblemente sobre la Amazonia, la Amazonia que es importante para el equilibrio de los climas mundiales y para la biodiversidad.

Yo creo que la mejor manera de defender esa riqueza natural es por medio de los habitantes que ahí viven: pueblos originarios, personas que trabajan en la pesca, en la foresta, en la extracción de los bienes, pero preservando los árboles y las fuentes de su riqueza; ellos los saben proteger y conocen la forma de manejar esa realidad sin dañarla. La figura más emblemática en esto fue Chico Mendes, quien ideó cómo sacar los bienes de la foresta, sean frutas o medicinas, pero preservando la foresta.

Asimismo, se necesita de un proceso de educación colectiva de toda la humanidad, que parte de dos razones. Una, del miedo; a que cuando el ser humano se da cuenta que puede desaparecer, porque la Tierra está manifestando el agotamiento de los bienes y servicios, y el ser humano puede desaparecer dentro de una catástrofe ecológica-social, entonces cambia, porque el instinto de vida es más fuerte que el instinto de muerte.

Segunda, hay que reeducar a los seres humanos: en la forma de producir, respetando los bienes de la naturaleza; en la forma de consumir; tener un sentido de solidaridad con todos y compartir los bienes de la naturaleza y los bienes industriales. Es un equilibrio difícil pero tenemos que llegar a eso, a un consumo consciente y generoso, y a mantener un equilibrio en relación con las leyes de la naturaleza.
Ese es un trabajo que debe atravesar todas las sociedades, que todos se den cuenta de que somos responsables del futuro del sistema vida, del sistema Tierra y de nuestra civilización. Si no hacemos eso, podemos ir al encuentro de lo peor.

—Dentro del actual mundo desigual, donde los menos concentran la mayor parte de la riqueza, ¿cómo promover el desarrollo económico y social de todos, principalmente de los más pobres, sobre todo los que viven en zonas rurales?

—El sistema como totalidad es insostenible, porque a donde llega crea dos fenómenos. Primero, una profunda desigualdad entre aquellos que tienen y acumulan, y al lado y como consecuencia, genera una pobreza muy grande. Por otra parte, también crea una injusticia ecológica, que es la súper explotación del medioambiente, de los bienes y servicios de la naturaleza. Es un sistema dañino para la vida, que acumula en una parte y genera una inmensa pobreza en otra; y eso es insuperable, es la lógica del sistema.

Por eso tenemos que generar alternativas, que a mi juicio empiezan trabajando el territorio, lo que en ecología se llama biorregionalismo, porque ahí se puede crear la sustentabilidad, con la región, con los recursos que tiene, de agua, de bienes de la naturaleza, con la cultura de la población. Un biorregionalismo definido no por las divisiones artificiales nuestras, en estados y municipios, sino como la naturaleza se dividió, con ríos y montañas.

Crear ahí una totalidad que puede ser sostenible, con pequeñas empresas, un sentido comunitario de producción y distribución, incluyendo toda la parte cultural, de las fiestas, tradiciones, celebraciones de sus héroes, de sus personas significativas. Esa totalidad puede ser sostenible; pero en pequeño.

Pero el sistema, como sistema global, no es sostenible; porque es una amenaza que ha llevado a una guerra total contra la Tierra, sea en el aire, sea en el suelo, sea en el mar. Y esa guerra el ser humano no tiene ningún chance de ganarla, porque la Tierra es más fuerte. Nosotros necesitamos a la Tierra, pero la Tierra no nos necesita, ella puede seguir adelante sin nosotros.

—¿En el presente contexto de crisis ecológica, económica y social valdría la pena tener una segunda oleada de la teología de la liberación, que ponga en los medios de comunicación e imaginario colectivo estos problemas y la necesidad de optar por los pobres?

—Sí. El eje central de la teología de la liberación es la opción por los pobres, luchar contra la pobreza, en favor de la justicia social y la liberación. Y dentro de los pobres, hay que poner al gran pobre, que es la Tierra. Hay que tratarla de tal manera que se protejan los bienes y servicios necesarios para la vida; ese es el sentido de la carta encíclica del Papa Francisco, Laudato Si´, cómo cuidar de la Casa Común (la Tierra).
Aquí la palabra clave es cuidar. Cuidar es una relación amigable, amorosa, protectora de la realidad. Si no hacemos eso, vamos atropellando, destruyendo y creando las condiciones para tener una gran crisis ecológica-social que puede damnificar a gran parte de la biósfera y a la misma especie humana.

—¿Cómo pueden las universidades, como la Iberoamericana, ayudar a promover la sustentabilidad, el cuidado de la Tierra?

—Es una tarea de todas las facultades, es decir, hay que ecologizar todas las ciencias. Cada ciencia tiene que dar su aporte, sea la física, sean las matemáticas, sea la pedagogía; todas juntas deben tener como centralidad crear comportamientos y conocimientos que favorezcan la vida y no solamente al mercado, que permitan la participación de todos y que no hayan excluidos, que tengamos una relación de pertenencia a la naturaleza, a la Tierra, y no de dominación sobre ella.

Una universidad puede crear una especie de cosmovisión que incorpore de forma sistemática en todos sus cursos esa preocupación por el futuro del sistema vida, del sistema humanidad. Porque si no nos preocupamos ahora no tendremos el tiempo ni la sabiduría suficiente para cambiar, será demasiado tarde e iremos al encuentro de una gran catástrofe ecológica-social.

—¿Qué opina de la apertura del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad y de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental de la IBERO?

—Yo lo entiendo como si fueran una semilla, algo que empieza como una semilla. Dentro de la semilla hay de todo, hay las raíces, hay el tronco, hay las hojas, hay las flores, hay los frutos.

Desde esas semillas se puede irradiar a las demás facultades. Crear una red donde cuestiones de sustentabilidad son discutidas juntos, y cómo cada ciencia puede aportar y cómo cada uno puede hacer las transformaciones, porque se habla de la gran transformación de la modernidad. Esa gran transformación tiene que empezar con la transformación de uno mismo, de tener un sentido de respeto a todo lo que vive, existe, de tener un consumo más solidario, de no ser consumista, de cuidar el agua, el aire.

Finalmente, del cuidado que recubre todas las dimensiones de lo humano, especialmente las relaciones, para que no sean agresivas, no lleguen a crear marginalidad. Hay gente en la humanidad que se da cuenta que solamente tenemos esta Casa Común (la Tierra) y no hay un plan B, o cuidamos de ésta o entonces vamos al encuentro de la destrucción.

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Martes, 28 Agosto 2018 07:18

Ambientalismo y neoliberalismo

Ambientalismo y neoliberalismo

rSu posicionamiento provocó un cambio radical y antisistema. La naturaleza, silenciada con el advenimiento del mundo moderno, industrial, capitalista y tecnocrático, que la deja convertida en una máquina bajo el yugo de la ciencia, vuelve a tener voz como la tuvo durante los 300 mil años anteriores, periodo por el que la especie humana vivió dentro del manto encantado de una ecología sagrada. El ambientalista brota acicateado por los conocimientos de una nueva disciplina científica –la ecología– que se atreve por fin a extender y a conectar sus resultados con el mundo de lo humano. Así surge el ambientalismo hacia finales del siglo XX, fundamentalmente en Europa, como nuevo movimiento social y poco después como partido político, y de ahí se extiende hacia las periferias del mundo. Fue tal su impacto que, hacia finales de la década de 1970, el filósofo alemán W. Harrich declaró que los ambientalistas serán en el siglo XXI lo que los comunistas fueron para el siglo XX. ¿Que ha sucedido en estas cinco o seis décadas? Ocurrieron dos fenómenos generales: por un lado el capital logró la más formidable de las concentraciones de riqueza de toda la historia (megamonopolios) mediante la consolidación del poder global de las corporaciones; y esto a su vez desencadenó en la misma escala una desigualdad social y una destrucción ecológica sin paralelo. Hoy el ambientalismo verdadero ya no lucha por consignas particulares (contaminación de suelos, aires, aguas o mares; destrucción de hábitats naturales, moratoria de centrales nucleares o alimentos transgénicos, etcétera), sino por la supervivencia misma de la vida en el planeta, incluidos los seres humanos. El desequilibrio del ecosistema global, por la rápida acumulación de irracionalidades, representado por el cambio climático, es hoy el indicador más dramático y preocupante. La gráfica difundida el mes pasado sobre el incremento del bióxido de carbono en la atmósfera (el principal gas que produce el calentamiento del planeta) entre junio de 1958 y junio de 2018 (ver) es el anuncio evidente de que la humanidad sigue el camino hacia el colapso.
Pero durante este periodo ocurrió otro proceso que explica también la situación actual: el ambientalismo fue cooptado, edulcorado y finalmente neutralizado por el despliegue del neoliberalismo. Esto comenzó con la consagración del discurso ambiental a escala internacional, un fenómeno que tomó unas cuatro décadas. Las posiciones avanzadas en el discurso global que se inició con el Informe del Club de Roma y la Conferencia de Estocolmo (ambos en 1972) comenzaron a declinar con el Informe Bruntland (1987) y se fueron gradualmente desvaneciendo durante las conferencias mundiales iniciadas en la Cumbre de Río de Janeiro en 1992. Hoy, casi sin excepción, las posiciones de gobiernos, empresas, academias y organismos internacionales giran en torno a que la solución a la crisis ecológica mundial, de la cual se ocultan sus causas profundas, es posible mediante el mercado, las tecnologías y los arreglos institucionales. La adopción oficial de la economía verde, que armoniza ecología y capital, por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) marca sin duda la entonación de la marcha fúnebre por el ambientalismo tal y como se conocía desde sus inicios. Como lo señalé hace más de tres décadas (Nexos), sólo un ecologismo transformándose en una verdadera ecología política logrará modificar las tendencias mundiales aquí señaladas. Esto es lo que justamente ha estado sucediendo en los países periféricos, especialmente en sus zonas rurales, con inusitada fuerza en la América Latina y particularmente en México.
El neoliberalismo es, ha sido y seguirá siendo, fundamentalmente, una guerra contra los seres humanos y contra la naturaleza, dirigido por un puñado de parásitos, que buscan por todos los medios ocultar y hacer invisible esa doble explotación. Hoy, los ciudadanos nos enfrentamos al dilema de aceptar el falso paradigma esgrimido por el neoliberalismo de que todo es solucionable por el mercado y la tecnología o de rechazarlo oponiéndole una alternativa posible. A la propuesta neoliberal, que busca una economía globalizada bajo el dominio de las corporaciones, los grandes bancos y los estados, donde los ciudadanos, las comunidades y las regiones se hacen cada vez más vulnerables a fuerzas distantes, es necesario oponer una nueva utopía. En una próxima colaboración mostraremos cómo en México durante las décadas recientes, el neoliberalismo logró engullirse al ambientalismo, hasta reducirlo a un conjunto de declaraciones y acciones neutras e inocuas. Y de cómo la llegada de un nuevo gobierno tiene la posibilidad, y también la obligación, de remontarlo.

Publicado enMedio Ambiente
La expansión humana más allá del planeta Tierra

En el Sistema Solar encontramos tres familias de planetas: gigantes gaseosos y fríos similares a Júpiter, compuestos por hidrógeno y helio; análogos a Neptuno, también fríos pero menos masivos y en donde se pueden encontrar distintos tipos de hielos; y rocosos, con densidades significativamente superiores al agua. Los dos primeros tipos se encuentran alejados del Sol, mientras que los similares a la Tierra están situados relativamente cerca.

La cantidad de energía que llega hasta Venus, nuestro planeta y Marte es la adecuada para posibilitar la presencia de agua líquida en la superficie, si otras condiciones fueran adecuadas. Sin embargo, un “efecto invernadero” ha provocado que la atmósfera de Venus tenga unas condiciones verdaderamente infernales, mientras que Marte, aunque contiene algo de agua en su superficie, carece de otras características que favorecen la sostenibilidad de actividad biológica, como puede ser la tectónica de placas o un campo magnético global. Júpiter y Saturno poseen cohortes de satélites con características muy variadas. Dos de ellos, Europa y Encelado, tienen envolturas de hielo y posiblemente inmensos océanos bajo la superficie.

En nuestra galaxia existen unos 200.000 millones de estrellas y creemos que una fracción muy relevante alberga planetas, que serían en su mayoría distintos a los del Sistema Solar. Desde el descubrimiento del primer exoplaneta en 1995 (por Michael Mayor y Didier Queloz) hemos descubierto varios millares y la diversidad de propiedades demuestra que las concepciones antropocentristas, que usan al Sistema Solar como símil, se han quedado cortas. Como ejemplos exóticos, conocemos planetas que orbitan alrededor de tres estrellas, que tienen atmósferas de compuestos metálicos e incluso que giran alrededor de una estrella de neutrones, el resto hiper-denso que permanece tras una explosión catastrófica.

También se han detectado y estudiado decenas de planetas rocosos. Algunos poseerían atmósferas, otros estarían cubiertos completamente por inmensos océanos y algunos estarían en la denominada zona de habitabilidad, lo que en principio posibilitaría el desarrollo de actividad biológica.

De hecho, algunos de los planetas más interesantes se encuentran orbitando alrededor de estrellas frías y cercanas, tales como Trappist-1 o Próxima Centauri, nuestro primer vecino estelar. GJ1132 b es otro de estos sugestivos astros: su estrella se encuentra a 40 años-luz, es mucho más pequeña y fría que el Sol, el planeta orbita a su alrededor en solo 1,6 días frente a los más de 365 días del año terrestre, pero pesar de ello se ha detectado su cobertura gaseosa.

Esta variedad permite interrogarnos sobre la posibilidad de encontrar mellizos de la Tierra y vida más allá. También sobre la conveniencia de un éxodo.


En busca de nuestro posible próximo hogar

 

La humanidad ha estado, en cierta medida, en una continua migración. Desde el nacimiento de la especie Homo sapiens en África hace más de 100.000 años, se han producido diferentes episodios de colonización de nuevos medios, en algunos casos impulsados por un agotamiento de los recursos. Nuestro entorno es frágil, tanto por las consecuencias de nuestra actividad como por la hostilidad del universo. Los registros geológicos nos muestran que ha habido extinciones masivas debidas a eventos astronómicos y, por otra parte, la posibilidad de que causemos nuestra propia destrucción por un conflicto nuclear, voluntario o accidental, no es insignificante. Así, las primeras voces que piden la expansión fuera de nuestro planeta para asegurar la supervivencia de nuestra especie ya se han manifestado.

El conocido físico y divulgador Stephen Hawking, recientemente fallecido, afirmó: “La expansión en el espacio cambiará completamente el futuro de la humanidad… Nos estamos quedando sin espacio y los únicos sitios a los que se puede ir son otros mundos… La expansión es la única cosa que nos puede salvar de nosotros mismos. Estoy convencido de que los humanos necesitamos abandonar la Tierra… No tenemos otra opción”. Aunque la migración más allá no sería una solución para los miles de millones de seres humanos que habitan nuestro planeta, sí que representa un gran desafío desde el punto de vista tecnológico, científico, social y filosófico.


Naves del tamaño de una tarjeta de crédito

 

Los primeros pasos ya se están dando. El proyecto más ambicioso es Breakthrough Initiatives, impulsado por Yuri Milner, Mark Zuckerberg y Stephen Hawking. Su programa Starshot pretende desarrollar micronaves interestelares del tamaño de tarjetas de crédito, que se lanzarían en gran número y que serían aceleradas hasta un 20% de la velocidad de la luz por rayos láser emitidos desde la Tierra. En su breve paso por sistemas planetarios próximos nos proporcionarían información sobre su habitabilidad.

Tras esa primera etapa de detección de los primeros sistemas idóneos se debería producir la verdadera colonización. Los obstáculos son titánicos: hay problemas tecnológicos no resueltos y los recursos materiales, financieros y humanos requeridos son ingentes. La duración del propio viaje es una barrera difícilmente franqueable, ya que se trataría de éxodo que duraría centenares de años.

Sin embargo, las tecnologías emergentes permitirían la colonización. La modificación de nuestros genes para adaptarnos a nuevos entornos o la posibilidad de incorporar elementos mecánicos a nuestra parte biológica, convirtiéndonos en cíborgs, nos abren múltiples oportunidades, pero también peligros.

 

Una nueva generación de seres humanos

 

Existen alternativas. Eventualmente será técnicamente viable enviar nanorobots autoreplicadores que crearán toda la infraestructura necesaria en el planeta a colonizar, comenzando por un láser que desacelerará la segunda oleada de micronaves. Una vez que se establecieran todos los servicios necesarios, incluyendo terraformación, sería posible producir, a partir de la información de nuestro código genético y con compuestos inorgánicos, una nueva generación de seres humanos. Sería, por tanto, un verdadero nuevo comienzo ex nihilo.

¿Cuáles serían los cambios políticos necesarios para hacer viable esa expansión? ¿Qué elementos sociales se verían afectados de una manera irreversible? ¿Requerirá necesariamente la aceptación de implantes mecánicos que “aumentasen” nuestras capacidades fisiológicas o mentales? ¿Nos escindiremos en distintas especies separadas en un archipiélago estelar? ¿Merece la pena el esfuerzo y dejar de invertir estos recursos, por ejemplo, en la sostenibilidad de nuestras sociedades en la Tierra? Finalmente, ¿cuáles serán lo efectos para la gran mayoría, los que se quedarán atrás en nuestra frágil Tierra? Solo desde la responsabilidad y desde un análisis holístico que incluya todas las áreas del saber se podrá dar una respuesta adecuada a la que tal vez sea la aventura más importante de nuestra especie.

 

*Profesor de Investigación Astrofísica, Centro de Astrobiología INTA-CSIC

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

Jueves, 10 Mayo 2018 06:22

Marx frente a nuestro tiempo

Marx frente a nuestro tiempo

En el bicentenario del nacimiento de Marx numerosos comentaristas, políticos e intelectuales señalan que su pensamiento ha influido significativamente, de modo negativo o positivo, a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI. Quienes muestran una clara y variada animadversión hacia su persona, por primera vez en la historia se han visto obligados a reconocerle cierta capacidad teórica para leer la realidad capitalista (su previsión de la globalización, la crisis, la superpoblación, la pobreza creciente, etcétera), al margen de que no estén de acuerdo con sus recomendaciones para afrontar la violencia creciente del capitalismo. Por otra parte, quienes se reclaman seguidores de Marx en este aniversario también señalan de variadas formas múltiples aciertos críticos.

Nosotros consideramos indispensable subrayar la trascendencia de los estudios crítico materialistas de Marx (ni empiristas, ni racionalistas, ni idealistas) sobre el doble carácter que adquiere el trabajo en la sociedad mercantil (concreto y abstracto), sobre la degradación estructural que el mercado hace de los tejidos comunitarios por el aislamiento creciente con que encapsula a los individuos privatizados, por el caos competitivo que dispara entre ellos, por la cosificación de las relaciones sociales y de los procesos de desarrollo, así como por el fetichismo que caracteriza a sus diversos equivalentes generales e instituciones como son el dinero, las máquinas, los salarios, el Estado, las armas, los saberes, lo masculino, los científicos, etcétera. Marx es indispensable para denunciar y resistir a la masificación de los despojos, a la explotación, la superexplotación despiadada e incluso a la absurda reedición durante el neoliberalismo de la esclavitud literal de los trabajadores. Así como por el modo en que investiga cómo la dictadura del capital domina no sólo los procesos de producción, sino también los de reproducción y desarrollo.

Contra la ideología que convierte al capitalismo en la culminación insuperable de la civilización humana, Marx explica no sólo las razones de fondo de una automatización técnica creciente e imparable o la emergencia de la llamada economía del conocimiento. También explica cómo estos desarrollos, en vez de liberar del trabajo inmediato a los seres humanos transfigura sus "progresos" en sobrepoblación y sobretrabajo, ocasionando el crecimiento esquizofrénico de una riqueza y una miseria que nunca paran de crecer, polarizar a la sociedad y arrinconarla en situaciones catastróficas: pues el sacrificio creciente de la superpoblación no deja de predominar, mientras se escala sin fin alguno la medida de los capitales y su concentración monopólica que barre a cientos de millones de pequeños y medianos empresarios o a miles de millones de pequeños propietarios.

En medio de una prolongada depresión económica, los pensadores que abiertamente sirven a la dictadura del capital y su poder político, de mala manera le reconocen a Marx el haber formulado una teoría de las crisis cíclicas, la tendencia descendente de la tasa de ganancia, las grandes depresiones recurrentes, aunque casi nunca admiten la predominancia del capital industrial o el modo en que una sobreacumulación recurrente requiere de procesos de autodestrucción de capitales y de riqueza social, y con ello de todo tipo de guerras; así como la primacía de los complejos militares industriales, el despilfarro y la deliberada obsolescencia programada de la riqueza, no se diga de los chanchuyos de la super financiarización de la economía. Ni la manera en que estas malas artes definen e intensifican los modos imperiales y coloniales de la llamada globalización del mercado mundial. Pues tales hechos se los prefiere ver como accidentes o como eventos casuales y aislados.

Esto plantea un problema: ¿cómo una crítica que fue pensada en el siglo XIX, sin saber lo que el capital y su modernidad decadente deparaban al mundo, continua vigente en medio de tantos cambios sorprendentes? Una posible respuesta se esboza si tenemos en cuenta la intensa contradictoriedad experimentada en dicho siglo, no sólo por la extrema barbarie que aplicó el capital, sino también por la inusitada y sostenida lucha económica, política y cultural que masivamente ofrecieron los trabajadores europeos y americanos del periodo, lo que ofrece unas condiciones de visibilidad histórica excepcionales que resultan muy superiores a los siglos precedentes o a los que se imponen posteriormente. Ciertamente, es asombroso que las críticas rigurosas de aquel periodo –las leyes generales y unitarias del desarrollo histórico o las leyes generales del desarrollo capitalista, como la ley general del valor, la ley del desarrollo de la subsunción formal y real del proceso de trabajo bajo el capital, la ley general de la acumulación del capital o la ley bifacética de la caída tendencial de la tasa de ganancia y el aumento de la masa de ganancia– mantengan hasta nuestros días un filo inusitado para calar hasta la esencia de nuestro tiempo. Pues tales instrumentos todavía permiten explicar articuladamente el modo catastrófico y suicida con que el capitalismo de hoy en día "avanza". Si bien resulta innegable que nuestro tiempo y nuestras luchas de resistencia exigen a gritos el desarrollo de la crítica mediante nuevas ideas que descifren la especificidad de las bizarras configuraciones presentes y el modo en que tales formas interactúan, complejizan, median, contrarrestan y exacerban dinámicas que ya han puesto a toda la humanidad al filo del abismo.

Publicado enCultura
Lunes, 05 Marzo 2018 11:46

El precio de la gente

El precio de la gente

El derecho ha llegado a llamar al pacto fáustico como fraude, peculado, cohecho, prevaricato y varios nombres más. Pero lo cierto es que el derecho se queda corto, en esta ocasión, con respecto a la literatura.


El nombre reciente es un eufemismo y se expresa como coima, soborno o corrupción. Pero la verdad es que la literatura tiene una mejor comprensión del fenómeno: el diablo se acerca en determinado momento a la gente y les compra su alma. Mefistófeles o Fausto. Y las fuentes pueden ir de Goethe a Th. Mann o a Klaus Mann, pero permea buena parte de la literatura ya desde la Edad Media y el Renacimiento.


El diablo dispone de todo el tiempo necesario; y también del dinero que se requiera. Sólo espera el momento preciso para su ataque y le pregunta a las gentes: “ponga un precio”. Para Mefisto el precio no es ningún problema. Lo que espera, desde luego, es una decisión inmediata para un juego a mediano o largo plazo. Hoy compra el alma de la gente, pero cobra el negocio posteriormente cuando el maligno así lo desea.


El maligno es un estudioso de las gentes: de sus gustos, sus debilidades, sus necesidades, sus redes de relaciones. Ayer tenía la inteligencia del diablo; hoy dispone de contactos y muchas bases de datos, que trabaja con base en analítica de datos: información que se puede acumular indefinidamente, que no ocupa espacio, que no pesa, pero que se puede utilizar cuando los espíritus del mal así lo desean.


Y es que el Fausto trabaja con dos cosas: los apetitos de las personas y la información que tiene sobre esos apetitos. Su juego es simple, en realidad, pero las ofertas son variadas. Se trata siempre de que la gente le venda su alma al diablo, pero las oportunidades son diversas: en unas ocasiones, se trata de dinero; en otras, de poder; en otras más, de favores que pueden cobrarse con el tiempo, y con intereses. Según los rumores de la política y la cultura, la gente vende su alma también por fama, o por virtuosismo, por ejemplo.


Hoy se vende el alma al diablo, pero el diablo cobra el pacto siempre después. El tiempo le pertenece a Belcebú. No ya a quienes han accedido al pacto fáustico.


El desespero juega un papel importante, pero es verdad que también el pacto se funda en el deseo insaciable de algunas personas. Mefistófeles no tiene afán: espera, acecha, casi siempre va a la fija, e induce a las gentes a firmar el acuerdo. Usualmente, se trata de una firma de sangre, no necesariamente en el sentido literal, pero sí debido a que se pactan los más profundos deseos y necesidades, los más recónditos sueños, la desesperanza más profunda e inagotable.


Fausto tiene muchos nombres y caras, y sus expresiones en el mundo son variadas: están los bancos, el sector financiero, los prestamistas de todo tipo. Están también los facilitadores, los “lobbyistas”, los intermediadores y los facilitadores de toda índole. Están igualmente los poderes de toda clase: los policivos y militares, los eclesiásticos a su manera, los políticos y los sociales con sus caras cambiantes y sus sonrisas prediseñadas.


La lógica del pacto es elemental: se vende hoy lo que se pagará o se cobrará mañana.


“Ponga el precio”, dice Mefisto. “Si me vende el alma yo accedo a la cantidad acordada”. El dinero no siempre interviene, pero es un componente importante; particularmente en el mundo de hoy.
Sólo tres condiciones evitan cualquier tentación del maligno:


• Hay que ser sumamente fuertes.
• Hay que ser sinceramente inocentes.
• Hay que ser verdaderamente libres.


Para no caer en las trampas de vender el alma. Sólo quienes son fuertes, inocentes o libres evitan caer en las tentaciones del diablo.


Y entonces no saben de coimas, sobornos o corrupción, no tienen, en absoluto, precio, o las evitan, a veces de maneras sutiles o abierta y directamente.


Lo cierto es que la mayoría de las gentes andan, incluso a veces a pesar suyo, con la cerviz agachada. Se agachan ante la autoridad o el poder, y entonces guardan silencio, ven las injusticias alrededor suyo pero evitan pronunciarse, y terminan por olvidar la acción colectiva. Viven llenos de miedo, de inseguridades, y terminan por aceptar “el estado de cosas” por temor a represalias, o a consecuencias peores. Y entonces han vendido el alma.


Y es que el pacto fáustico es justamente eso: un pacto individual, nunca colectivo. El maligno se acerca a cada uno y divide a quien de los demás. El alma es individual, se ha dicho siempre, y es el alma de cada quien lo que el diablo desea.


Sí, el mal se alimenta de los miedos, los temores y las inseguridades, y eso lo fortalece en cada acuerdo. En el lenguaje de la teoría de juegos, las decisiones del diablo son siempre decisiones paramétricas: porque conoce a la gente, a su gente, el diablo aísla a cada quien de los demás y le hace creer que sus necesidades, que sus deseos, que sus ambiciones son solamente suyas y no competen a los demás.


La corrupción parece ser el nombre de boga de los pactos de Mefisto. Y pareciera que la corrupción sucediera en el ámbito público tanto como en el privado. El derecho ha llegado a llamar al pacto fáustico como fraude, peculado, cohecho, prevaricato y varios nombres más. Pero lo cierto es que el derecho se queda corto, en esta ocasión, con respecto a la literatura.


Para entender el profundo malestar de la cultura, la crisis sistémica y sistemática, la corrupción galopante, pero también la pérdida de capacidad de la acción colectiva, por ejemplo, basta con ir al Fausto de Goethe. Fausto accede a los acuerdo de Mefistófeles en el marco de su amor por Gretchen (o Margarita). Una auténtica tragedia.


La gente tiene precio. Esa es la verdadera tragedia del mundo contemporáneo. Los poderes, las autoridades, los agentes del sector financiero y muchos más lo saben. Y actúan en consecuencia. Han obligado a cada quien a agachar la cabeza. Y vender lo mejor que jamás pudieron tener: su vida. Con lo cual se hacen profundamente débiles, pierden cualquier inocencia –por ejemplo, alegría, o tranquilidad– que alguna vez tuvieron, se convierten en esclavos.


La mayoría de las gentes nacen libres, pero mueren esclavos, por el pacto fáustico.

04 MARZO 2018

 

Publicado enSociedad
La inteligencia artificial: el superyó del siglo 21

Sólo se habla de ella. Focaliza toda nuestra atención. Cada semana está en la tapa de las revistas. En pocos años se transformó en la nueva obsesión de la época. En realidad, esta criatura con atavios enloquecedores tiende a producir una suerte de mareo. Todos quieren apropiársela (las empresas, los responsables políticos, los centros de investigación...) puesto que permite vislumbrar perspectivas económicas ilimitadas así como también la emergencia de un mundo totalmente securizado, optimizado y fluido. Como ya lo habrán entendido los lectores, este nuevo ídolo de nuestro tiempo es la inteligencia artificial.


No dejamos de palabrear respecto a sus posibles consecuencias, pero sin intentar identificar su causa ni aprehenderla desde una visión de conjunto. Ahora bien, su origen puede ser identificado: es el de un cambio de estatus de las tecnologías digitales. Pues están cargadas de una función que, hasta hace poco, jamás hubiéramos pensado que las afectaría. De ahora en más, algunos sistemas informáticos tienen, mejor dicho nosotros les hemos otorgado, una vocación singular y perturbadora: enunciar la verdad.


Lo digital se erige como una potencia aleteica, destinada a revelar la alètheia, o sea la verdad, en el sentido definido por la filosofía griega antigua, vale decir como la manifestación de la realidad de los fenómenos, en oposición a sus apariencias. Se yergue como un órgano que permite evaluar lo real de manera más confiable que nosotros y revelarnos dimensiones hasta ahora ocultas a nuestra conciencia.


La inteligencia artificial está destinada a imponer su ley, orientando desde las alturas de su autoridad los asuntos humanos. No de manera homogénea, sino en grados diferentes desde el nivel de la incitación, en los asistentes digitales personales que, por ejemplo, aconsejan una dieta, pasando por un nivel prescriptivo en el caso del otorgamiento de un préstamo bancario hasta alcanzar niveles coercitivos, emblemáticos en el área laboral, cuando los sistemas dictan a las personas los gestos que deben ejecutar.


De ahora en adelante, una tecnología adquiere un “poder de conminación” que conlleva la erradicación progresiva de los principios jurídico-políticos que constituyen nuestra base, o sea el libre ejercicio de nuestra capacidad de juicio y de acción. Sustituidos estos últimos por protocolos destinados a modificar cada uno de nuestros actos, insuflando e incluso susurrándonos al oído la dirección correcta que hace falta seguir.


En cualquier situación incierta, tendemos a evaluar ventajas e inconvenientes. En este caso, se evocan habitualmente entre otros puntos, por un lado los supuestos progresos que experimentará el diagnóstico médico, y por otro la destrucción anunciada de muchas profesiones que exigen grandes conocimientos. Sin embargo, resulta extraño comprobar que se oculta sistemáticamente el fenómeno más notable, a saber, que la figura humana debe someterse a las ecuaciones de sus propios artefactos, y ello principalmente para responder a intereses privados e instaurar una administración supuestamente infalible de las cosas.


Pero mirando más de cerca lo que caracteriza a la inteligencia artificial, observamos que se trata de la extensión sin límites de un orden que hace de cada enunciación de la verdad, una oportunidad para iniciar acciones, el surgimiento de una “mano invisible automatizada”, de un mundo regido por el sistema del feedback, una “data driven society” en la que la menor ocurrencia de lo real se encuentra analizada con el fin de ser monetizada u orientada hacia fines utilitaristas.


La inteligencia artificial encarna de manera ejemplar las llamadas “tecnologías de lo exponencial”, diseñadas y colocadas en el mercado a velocidades que crecen en forma regular y que transforman sin cesar a sectores cada vez más numerosos de la sociedad. Esta cadencia frenética está validada, casi normalizada, mediante las nociones de “tecnologías de ruptura” y de “disrupción”, según el idioma (novlangue) iconoclasta de la industria de lo digital.


El ritmo cada vez más precipitado de los “ciclos de innovación” forma parte de una naturalización de la evolución técnico- económica llegando a asimilarla a un “tsunami”, vale decir a un fenómeno contra el cual es casi imposible oponerse dado que se trataría de una fuerza asimétrica que contribuye con esta analogía inapropiada, a imponer la doxa de lo ineludible. Pero lo propio de los artefactos es que no corresponden a ningún orden natural sino que son el producto de la acción humana e interfieren en los asuntos humanos.


Lo exponencial aniquila el tiempo humano de la comprensión y de la reflexión, firmando la sentencia de muerte de lo político, este último entendido como la elección de tomar decisiones en común a través de la contradicción, la deliberación y la concertación, de acuerdo a los principios que se ubican en la base de toda democracia.
Cuando se quiere mostrar vigilancia sobre estos desafíos, se convoca a la ética, como si enarbolar este estandarte pudiera representar la suprema defensa que nos protegería de los principales desvíos. Pero ¿cómo debemos entender esta noción? Probablemente, a través de algunos principios cardinales, como poder decidir libremente los propios actos, no reducir a la persona a un simple objeto mercantil y tampoco ser reducido a un cuerpo que actúa respondiendo a señales.


Generalmente, cuando se invoca la ética, ésta remite a un comodín que se usa de acuerdo a los tropismos de cada uno. Se impuso una forma muy particular, basada en una “libertad negativa” según los términos del filósofo Isaiah Berlin, entendida como protectora únicamente del derecho de los individuos frente a las pretensiones potencialmente abusivas del poder.


Se entiende mejor por qué, en cuanto se pretende ocuparse de la ética, se llega a preguntas infinitas con respecto a la protección de los datos personales y la “defensa de la vida privada”. Pero lo esencial de lo que está en juego escapa a este concepto, o sea, los modos de existencia y organización que emergen y que nunca se encuentran sometidos al prisma ético cuando deberían serlos, ya que representan una ofensa a la autonomía de nuestra capacidad de juicio.


Ya es hora de privilegiar la acción política, haciendo valer contradiscursos y contrapericias que testimonien de la realidad de las cosas así como del rechazo de algunos dispositivos cuando se estima que pisotean nuestra integridad y dignidad. Ello constituye la puesta en práctica de la acción humana que, como lo planteara Hannah Arendt, se hace posible por el uso obstinado de la razón: “La facultad de juicio, de la que se podría decir con justicia que es la más política de las aptitudes mentales del hombre. (...) Esto puede impedir catástrofes, en momentos cruciales”.


De suerte que, en este momento crucial, es urgente no dejar la palabra a los evangelistas de la automatización del mundo y darse cuenta de que del grado de ejercicio de nuestra capacidad de juicio en todas las esferas de la sociedad dependerá el surgimiento de una civilización, ya sea dirigida por sistemas normativos ya sea conducida por individuos libres de decidir el curso de sus destinos, en conciencia y en la pluralidad.


* Escritor y filósofo. Su última obra traducida al español: La Humanidad aumentada (Caja Negra Editora, 2017); en junio de 2018 se publicará, con el mismo sello editorial, La Siliconización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital.
Traducción: Alicia Bermolen y Guillaume Boccara.

La exitosa dispersión y conquista del planeta por parte del Homo sapiens empezó al menos 60.000 años de lo que se creía.

 

Los huesos, pertenecientes a un 'Homo sapiens' que vivió hace entre 200.000 y 175.000 años, indican que nuestra especie salió de África y empezó a conquistar el resto del mundo mucho antes de lo que se pensaba. En su estudio han participado varios investigadores españoles.

 

SINC


La cueva de Misliya en Israel, uno de los yacimientos prehistóricos localizados en el monte Carmelo, escondía los huesos humanos más antiguos hallados fuera de África. Los registros fósiles encontrados hasta el momento señalaban que los Homo sapiens se aventuraron fuera de África hace unos 100.000 años. Pero el nuevo hallazgo podría ayudar a entender una parte de la historia de la evolución humana.

Un gran equipo internacional de científicos, liderado por la Universidad de Tel Aviv en Israel, ha descubierto un fragmento de mandíbula superior junto a varios dientes que pertenecieron a uno de los primeros Homo sapiens que partieron de África. Según los tres métodos independientes de datación empleados, el fósil tiene una antigüedad de entre 200.000 y 175.000 años.

El estudio, publicado este jueves en Science, sugiere así que los humanos comenzaron a conquistar el mundo unos 50.000 años antes de lo que se pensaba.

“En los textos clásicos sobre evolución humana se recoge que la historia de nuestra especie es una historia bastante reciente y exclusivamente africana. Sin embargo, el hallazgo de Misliya revela que la historia del origen de H. sapiens, y sobre todo, la de su exitosa dispersión y conquista del planeta empezó al menos 60.000 años antes”, indica a Sinc María Martiñón-Torres, coautora del trabajo y directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH).

Aunque los rasgos de la mandíbula pertenecen a humanos modernos, también aparecen características y patrones de otras especies humanas como neandertales u otros grupos. “Uno de los desafíos en este estudio fue identificar las características en Misliya que se encuentran únicamente en humanos modernos. Estos son los rasgos que proporcionan la señal más clara de qué especie representa el fósil de Misliya", apunta Rolf Quam, coautor e investigador en la Binghamton University (EE UU).

 

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Mandíbula fósil hallada en la cueva Misliya. / Israel Hershkovitz

 

El equipo, que ha contado también con la participación de Juan Luis Arsuaga del Centro UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humano y de José María Bermúdez de Castro del CENIEH, entre otros investigadores españoles, ha comparado de manera “detallada y exhaustiva” la anatomía del fósil con la de una amplia muestra de fósiles europeos, africanos y asiáticos desde los últimos dos millones de años hasta ahora.

“Esa comparación se ha realizado mediante el análisis de rasgos y medidas clásicas, pero también a través de análisis de forma tridimensional gracias a la aplicación de técnicas de imagen como la microtomografía axial computarizada. La conclusión es que la morfología del fósil hallado en Israel es claramente moderna, y está fuera de la variabilidad de neandertales y otros homininos arcaicos”, detalla Martiñón-Torres.

 

Cazadores saliendo de África


Además de los fósiles, los científicos hallaron herramientas de piedra cerca del yacimiento moldeadas según una técnica muy sofisticada denominada Levallois. Se trata de la primera asociación conocida de esta tecnología con fósiles de humanos modernos en esta región, por lo que los investigadores relacionan la aparición de esta técnica con la del Homo sapiens en esta zona.

El uso de estas herramientas indica que los habitantes de la cueva de Misliya eran hábiles cazadores de grandes presas, controlaban la producción de fuego y tenían en su poder un kit de herramientas de piedra del Paleolítico inferior, similar al encontrado con los primeros humanos modernos en África.

“Hace unos 180.000 años existía una población en Israel con una anatomía y cultura similar a la de los primeros humanos modernos de África. Se trata de una población de cazadores de grandes presas, como uros y gacelas, con herramientas sofisticadas y perfecto control del fuego”, recalca la directora del CENIEH.

 

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Localización de las herramientas y fósiles encontrados en Misliya (200.000-175.000 años de antigüedad) y Jebel Irhoud (315.000 años de antigüedad). / Rolf Quam-Binghamton University

 

Aunque los fósiles más antiguos de Homo sapiens se encontraron en el yacimiento de Jebel Irhoud (Marruecos), para los investigadores, las rutas migratorias que los humanos modernos usaron para salir de África y el momento en que lo hicieron son clave para comprender la evolución de nuestra especie.

En este sentido, la región de Oriente Próximo representa un corredor importante para las migraciones de homínidos durante el Pleistoceno. Esta zona ha sido ocupada en diferentes momentos tanto por humanos modernos como por neandertales.

 

Inteligencia artificial: el futuro de la especulación financiera

El tema de la inteligencia artificial despierta grandes inquietudes. Algunas están relacionadas con complicaciones reales, como el de la pérdida de empleos. Otras se vinculan con el problema de si las máquinas podrían adquirir consciencia de sí mismas en la medida en que alcancen mayores niveles de inteligencia. Ese día no está tan próximo como algunos aficionados del tema creen. Pero eso no quiere decir que no existen razones para preocuparse.


¿Cómo definir la inteligencia artificial (IA)? En términos muy sencillos, se puede definir como una tecnología basada en la recopilación de grandes cantidades de datos para usarlos en un proceso de toma de decisiones con una finalidad determinada. Los datos deben estar relacionados con un tema específico y los parámetros que rodean las decisiones deben estar más o menos bien determinados para alcanzar el objetivo buscado.


Las aplicaciones de la IA ya se dejan sentir en todos los sectores de la economía. Pero su penetración en los mercados financieros es particularmente alarmante. En este terreno la inestabilidad y los incentivos perversos de los mercados han mostrado tener un espectacular poder destructivo en los decenios pasados. Y si los reguladores ya tienen dificultades para supervisar el mercado, con la IA sus problemas se están intensificando.


Hasta hace poco tiempo los métodos utilizados por los especuladores en el sector financiero se basaban en el análisis tradicional sobre rendimientos pasados de algún activo y las perspectivas sobre las empresas o agentes que lo habían puesto en circulación. A pesar de la experiencia de los corredores y los operadores financieros, los sentimientos del mercado nunca fueron fáciles de apreciar y cuando ocurría un tropezón las pérdidas de sus clientes se acumulaban.


Hoy se supone que los nuevos equipos y programas de IA ayudarán a evitar errores y reducirán pérdidas para los inversionistas. La gran diferencia con las herramientas del análisis tradicional estriba en la cantidad de datos que esta tecnología permite procesar y en la velocidad a la que se puede analizar esa montaña de información. Mientras el análisis convencional permitía tomar en cuenta un número limitado de mercados simultáneamente, las herramientas de la IA hacen posible considerar al mismo tiempo un gran número de mercados financieros de diferente naturaleza en todo el mundo.


Lo más importante es que la inteligencia artificial hace posible a los operadores identificar oportunidades de arbitraje que el análisis convencional simplemente era incapaz de reconocer. Con la ayuda de la IA hoy las operaciones de arbitraje se pueden llevar a cabo no sólo al interior de un solo mercado y con productos de la misma naturaleza, sino entre todo tipo de mercados y activos heterogéneos. Así, por ejemplo, el especulador puede hoy identificar oportunidades de arbitrajes entre productos complejos en los mercados de futuros de materias primas y en el mercado mundial de divisas en cuestión de segundos. Las recomendaciones sobre la composición de carteras de inversión están basadas en este tipo de estimaciones, pero la fortaleza de estas sugerencias depende de la inestabilidad general de los mercados financieros.


Es cierto que con la IA las comparaciones de precios probables de múltiples productos y la evolución de variables como tipos de cambio y riesgo cambiario, tasas de interés o inflación se llevan a cabo a una velocidad relámpago. Pero quizá en eso reside el enorme riesgo que esta tecnología conlleva para la estabilidad de los mercados financieros.
Algunos analistas piensan que el uso generalizado de la IA conducirá a una mayor eficiencia y reducirá la volatilidad en los mercados financieros, porque la intervención humana se reducirá a un mínimo. Pero esa creencia no tiene bases sólidas. Lo cierto es que la IA no cambiará la naturaleza de la instabilidad intrínseca de los mercados financieros. De hecho, debido a la velocidad con que se realizan los cálculos y estimaciones al usarse esta tecnología, las fluctuaciones en este tipo de mercados financieros pueden amplificarse. Y, por otra parte, los incentivos perversos que muchas investigaciones han identificado en la dinámica de formación de precios de activos financieros tampoco desaparecen con la IA.


Las computadoras ya están diseñando computadoras cada vez más inteligentes. El matemático John von Neumann vaticinó en 1958 que ese proceso recursivo podría desembocar en una inteligencia superior a la humana y en lo que denominó un punto de singularidad: un punto más allá del cual no sería posible la continuidad de los acontecimientos humanos tal y como los conocemos. Todo eso es posible, aunque probablemente faltan varios miles de años para que las máquinas evolucionen de ese modo. Pero si se hacen más inteligentes, ¿por qué habrían de seguir empecinadas en buscar ganancias económicas en la especulación ciega, en lugar de solucionar los problemas de la humanidad en este planeta?


Twitter: @anadaloficial