Hay algo de fuerte y de desvalido en Juan Marsé, como si aún fuera Juanito; y como si su biografía, de la que aquí habla, lo estuviera inclinando siempre hacia la infancia. Su rostro ya muestra esa edificación barroca que las personas alcanzan cuando son lo mismo por dentro que por fuera; aunque en la mirada de Marsé, en algunos de sus gestos menudos, uno vislumbra al adolescente que fue o al joven que aparece en muchos de sus libros, disfrazado con otras identidades. Un hombre de 75 años al que sus amigos mayores (muchos de ellos ya muertos) siempre llamaron Juanito. Su nieto Guille, que tiene nueve años, le llama abuelito, y comparte con él al menos una preocupación: la vestimenta que ambos usarán en Alcalá de Henares cuando el rey le entregue al autor de Ultimas tardes con Teresa el Premio Cervantes.

Qué raro, una entrevista a Marsé en Andorra. Ser de un país como éste no estaría mal. “Nosotros vivimos en un país raro. Raro y que parece que aún no acaba de encontrar su estabilidad democrática. Hay todavía muchos resabios y sombras de nuestro pasado inmediato, concretamente de los cuarenta años del franquismo. Cuentas pendientes con muchas cosas. Con la Iglesia Católica, por ejemplo –dice Marsé–. Durante el primer gobierno socialista se podrían haber resuelto algunas cosas en relación con la Iglesia. Pero los pactos sobre el Concordato fueron más de lo mismo. Y bajo el gobierno de Aznar tampoco se hizo nada. Ahora tampoco se está haciendo nada de nada al respecto. Así que salta la chispa cuando menos te lo esperas. Hoy es un crucifijo, mañana es una monja. Esto es una lata... No es el problema más importante que tiene el país, pero lo digo porque refleja una cierta dejadez del gobierno en materia de educación.”

–El gobierno introdujo Educación para la Ciudadanía, y las reacciones dieron la impresión de que la asignatura la dictaba el diablo. Es un ejemplo.

–Todavía parece como si fuésemos aprendices en el terreno democrático. Si no fuera porque es dramático, como escritor me moriría de risa con lo que ha pasado con la Educación para la Ciudadanía y con la memoria histórica. La memoria es el instrumento más importante que tiene un escritor. “Que no remuevas las cosas”, dicen; eso es grotesco; es como si te negaran, en el caso de un escritor, el derecho a trabajar.

–En su caso, la memoria es lo fundamental. O es memoria o no es nada. Ya sé que se refieren a la memoria colectiva. Pero llega un momento en que esa apelación a que no se remuevan las cosas también afecta a la memoria personal.

–La jerarquía católica no siempre fue igual. En la transición tuvimos a Tarancón. La Iglesia de Roma es al final lo que pesa, la jerarquía eclesiástica es la que manda. Tarancón fue único. Y a él le costó mucho; le gritaban y lo insultaban por la calle... Algo habremos avanzado, por supuesto. De alguna manera, la Ley de la Memoria Histórica y la Educación para la Ciudadanía están en marcha, guste o no guste. Y otras cosas que tienen que ver con la vida civil, cuestiones sobre el aborto, aún no resueltas del todo...

–De “nación” no hemos hablado.

–¿Cómo que no? No en el sentido nacionalista, ya veo que no. Pero ahí sí que no tengo ningún empacho en decir que yo no soy nacionalista. Ni de Cataluña, ni de España, ni de China, ni de Andorra. No tengo ningún problema identitario. ¿Qué problema identitario voy a tener si además soy adoptivo...? Tuve que rastrear mi identidad desde que cumplí los 10 años; supe entonces que había otra familia, que mis apellidos eran otros. Durante unos años estuve como que no sabía de dónde había venido. No sé hasta qué punto eso pudo haber influido en mi personalidad, no me gusta especular sobre estas cosas. Pero hoy puedo afirmarte que no estoy dispuesto a dejarme desafiar por asuntos de identidad, ni de banderas, ni de patrias.

–Se evita usted discusiones enfermizas. Nunca he entendido ese énfasis: “Yo soy así y soy de aquí”. Y se creen que por eso ya uno es mejor que otro.

–Yo jamás he escrito una línea para defender la lengua española; creo que se defiende sola. Hay, sí, alguna problemática en Cataluña en relación con el español, algunos excesos, alguna cuestión que no acaba de ajustarse bien, y creo que se ajustará. Y te puedo asegurar que mi nieto Guille es un ejemplo. El habla perfectamente catalán y español. Su padre es uruguayo, su madre es catalana. Y en mi casa pasó otro tanto. Se ha exagerado la problemática por intereses estrictamente políticos, y eso me revienta. Uso la lengua para comunicarme, no para defender ideas políticas. Y tal como dije entonces, cuando se anunció el Cervantes, cuando se utiliza la lengua como una bandera, me pongo la mano en la cartera porque sé que de algún lado me van a sacar los cuartos.

–Fue su premio una gran alegría para mucha gente.

–Es que ahora me dan el Cervantes, y he sido candidato desde hace un par de años; y, quieras que no, eso te agita, aunque sepa que no voy a ganar. Y yo contentísimo, ¿por qué negarlo? Contentísimo.

–O sea, que ya tiene los dos grandes premios de la literatura en español, el Rulfo y el Cervantes.

–El Rulfo me hizo mucha ilusión también porque yo tuve la suerte de conocer a Juan Rulfo en 1973, cuando me dieron en México un premio por Si te dicen que caí, que no pudo publicarse en España entonces, y se publicó después de la muerte de Franco. Ese premio mexicano me llegó muy hondo, y es muy importante para mí también.

–Era una tradición que la censura se ocupara de usted. Una estudiante americana que preparaba una tesis sobre la censura en España se metió en los archivos y encontró cosas muy curiosas. Al final del informe sobre Si te dicen que caí, el censor decía algo así como: “Si quitamos que salen maricones y gente de malvivir y prostitutas, si quitamos todo eso, todavía sería una porquería la novela”. Para que quedara claro, ¿no?

–Qué España más oscura... Sí, en 1966, con Ultimas tardes con Teresa, el régimen se estaba tratando de lavar la cara, se acababa de promulgar la Ley de Prensa de Fraga. Con Si te dicen que caí, en 1973, las cosas estaban peor. Es fácil de comprender: eran los últimos coletazos del franquismo.

–Han pasado más de cuarenta años de Ultimas tardes con Teresa, 35 de Si te dicen que caí, y usted ha seguido publicando. “Yo no me olvido” sería una divisa de todo lo que ha escrito.

–Sí, si hubiera que buscar un asunto que lo englobara todo, probablemente sería ése: “Yo no me olvido”. Bueno, es lo que te decía antes: el escritor es memoria o no es nada. En mi caso, yo prefiero que la memoria esté implícita porque, si no, hubiera sido un historiador o un sociólogo. Cuando uno se dedica a la literatura de ficción se supone que es para crear un mundo. También un mundo que tenga algo que ver con éste, naturalmente. Con sus propias leyes internas, de armonía, de estructura, de ecos y de resonancias. En el trasfondo hay algo personal. Hay, por ejemplo, una constante en mis novelas: la del padre ausente; o está en el exilio, o está oculto, o está muerto. El padre ausente. Eso probablemente tiene que ver con mi biografía.

–Si uno lee sus libros y los subraya, puede concluir una biografía suya.

–Alguien está muy interesado ahora en mi biografía y la está haciendo: Josep Maria Cuenca. Se lleva un trabajo tremendo, porque se encuentra dos familias. Rastrear mi familia biológica es un trabajo inmenso porque no queda casi nadie y hay una serie de puntos muy oscuros. A mí lo que me gusta decir es que mi biografía, la que yo conozco de mis padres adoptivos, está ya en mis novelas. En algunas está enmascarada, a veces está más explícita, pero está ahí.

–Y además hizo usted un descubrimiento: lo que a usted le había contado su madre no era enteramente cierto.

–Mi madre adoptiva había tenido un bebé muerto, y el médico le había dicho que no podía tener más hijos. Y mi madre había muerto. Mi padre me dio en adopción a esa señora. Ella salía con su marido de la clínica, pararon un taxi, y ahí iba mi padre, que la oyó llorar. Supo la historia, y les dijo: “A mí me ha pasado lo contrario. Perdí a mi esposa y tengo un niño de días. Y no sé qué hacer, porque además tengo otra niña de cinco años”. Esa historia, según mi hermanastra Regina, no es cierta, mi madre se la inventó. Siempre he estado a favor de esa historia, me gusta porque parece sacada de una novela de Dickens. Pero Cuenca no ha encontrado en ninguna clínica, ni en el Registro Civil, constancia de ese niño muerto. Podían ser fantasías de mi madre, y mi madre adoptiva, Berta, tenía una fantasía extraordinaria.

–Cualquier descubrimiento que uno haga a partir de una incertidumbre así tiene que producir una emoción enorme.

–A estas alturas me espero cualquier cosa. Cuenca me ha preguntado sobre cuándo lo supe y en qué circunstancias. Yo tendría nueve años. Ibamos por la calle y una vecina le dijo a mi abuela paterna: “¡Qué niño más guapo! Se ve que no es un Marsé, porque no se parece en nada ni a su padre ni a su madre!”. Le pregunté a la abuela y ella empezó a contarme; decía “que había otros padres míos, pero que eso me lo comentaría mi madre, porque ella prometió decírtelo cuando tuvieras 10 años”. Eso precipitó la confesión de mi madre. Pero entonces yo me acoracé, no quería tener más padres, ya estaba bien con los que tenía. Y después tomé una actitud de indiferencia, de que aquello me resbalaba. Y mi padre adoptivo nunca me comentó nada. Cuando fui ya mayorcito, Regina empezó a contarme cosas de mi padre biológico. Pero yo estaba tan bien con aquellos padres que decidí que aquéllos eran mis padres y punto.

–Lo cierto es que su literatura y su autobiografía se juntan en su obra.

–A mí me gusta decir que hay mucha inventiva, que yo escribo novelas porque me gusta imaginar otras vidas. Cuando uno está leyendo una buena novela no está pensando en rastrear aquellos hechos que pueden tener que ver con el que la ha escrito. Eso es irrelevante en la lectura. Después, el interés por el autor te puede llevar a establecer relación entre él y la obra. Lo importante es que una novela te hipnotice. ¿Qué más da si ésa es una historia inventada o no?

–Cuando le dieron el Planeta (en 1978, por La muchacha de las bragas de oro) fue de sport, y el presidente Tarradellas se lo reprochó. Y ahora afronta esta solemnidad.

–Yo acababa de llegar del pueblo, iba con un pantalón de pana y una especie de cazadora amarilla, y no hubo tiempo para vestirme de otra manera cuando me avisaron para ir a la ceremonia. Al saludar a Tarradellas, éste me miró de arriba abajo, no me dijo nada, pero su mirada fue de reprobación. Tiempo después coincidimos en un concierto. Y al saludarnos se echó a reír. Haré ahora lo que pueda para llevar el esmoquin con toda dignidad, y nada más.

 Por Juan Cruz *

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.
 

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