Francia Márquez-Mina

 

 

Aquello que es político, en el mundo contemporáneo, no se puede seguir dando por sentado. Esta afirmación es ya, sin lugar a dudas, una posición política que se disputa el concepto en cuanto tal, pero también es una constatación: a partir de la segunda mitad del siglo xx la política ha sufrido toda clase de mutaciones heterogéneas, las cuales van del mundo de lo físico, técnico y orgánico al de lo que, a veces demasiado apresuradamente, se denomina “la cultura”. En campos como los Estudios sociales de la ciencia se alude a la politicidad y socialidad de máquinas y objetos (no solo a su “construcción social” o a que reflejen las intrincadas relaciones humanas); en los Estudios críticos animales se problematizan las relaciones de poder humano-animal y la dicotomía misma; en los Estudios feministas y de género se dice que existe todo un conjunto de políticas sexuales que atraviesan los más diversos ámbitos de la existencia... Y podríamos continuar la lista añadiendo ítems prácticamente interminables. De otro lado, la proliferación de luchas políticas alrededor del globo no deja de sorprender: emergen por todos lados luchas barriales, estudiantiles, feministas, decoloniales, ecologistas, animalistas, etc.

Este contexto nos ayuda a entender que hoy la política: 1) no tiene un lugar definido de antemano (como otrora lo fueron el Estado y los partidos) y 2) atraviesa una recomposición a nivel epistemológico/ontológico. Así, la política ha pasado de ser esa esfera común que, cual barco, debe ser gobernada o dirigida a buen puerto -clásica definición occidental que pone en el centro el problema del gobierno estatal y sus diferentes regímenes (democracia, oligarquía, aristocracia, monarquía, etc.)- para pasar a ser todo lo concerniente a las relaciones de poder y los respectivos órdenes tecno-bio-físico-sociales que éstas re/constituyen y deshacen continuamente. Órdenes que ciertamente pasan por el Estado, pero también por el “régimen heterosexual” y el “patriarcado”, el “especismo antropocéntrico”, el “mundo moderno/colonial” o la “colonialidad del poder”, etc. Probablemente este quiebre epistemológico/ontológico de la política fue impulsado por las y los socialistas/comunistas/anarquistas de antaño, así como por los potentes movimientos comunitarios (negros, indígenas, campesinos, etc.) que proliferan particularmente a lo largo y ancho de “América Latina”. Los primeros no han dejado de afirmar la importancia de un conjunto de relaciones de fuerza concernientes a la clase y a complejos órdenes que tienen que ver con la producción y reproducción de la vida (como el capitalismo), mientras los segundos nunca han dejado de considerar que su lucha es una lucha vital, una lucha de la vida comunitaria anclada espacialmente y no necesariamente antropocentrada.

Ejemplo contundente de la reconfiguración del concepto mismo de política es Francia Márquez-Mina. No obstante, los medios de comunicación, aquellos medios que han guardado un poco de decencia como para visibilizar a Francia, la han presentado simplemente como una defensora de los derechos humanos y de las comunidades afrodescendientes del norte del Cauca; más aún ahora que ha decidido incursionar en la esfera de la democracia representativa con su candidatura a la Cámara de Representantes por las comunidades negras. Pero volvamos a la cuestión que intento plantear.Si el anterior perfil, mediáticamente reproducido, se queda corto ante lo que encarna Francia esbásicamente en razón de que su hacer vital, es decir, su vida misma, “performa” o realiza un quiebre, tanto epistemológico como ontológico, de la política. En otras palabras, después de la irrupción de acontecimientos como Francia la política no puede seguir siendo lo mismo que antes, ni teniendo la misma racionalidad. Por supuesto, no se trata meramente de lo que ella ha provocado como individuo, sino de todo lo que se condensa en su nombre.

Quizá el primer gran quiebre de Francia es el hecho de concebir su candidatura como una manera de “hacer ruido” en la esfera público-estatal, de “ennegrecerla” un poco,pues para ella el Estado es una construcción históricamente occidental y colonial, que no solo ha tendido hacia el colonialismo externo, sino también hacia el interno. El Estado, así como el derecho, constituyen configuraciones blanco-mestizas, estructuralmente condicionadas por las relaciones de poder que se establecieron en la época de la colonización. Antes que un aliado, el Estado ha sido concebido por las comunidades afrodescendientes como un enemigo. Enemigo que primero fue la “herramienta” perfecta de las cruzadas civilizatorias y, posteriormente, de las desarrollistas y neodesarrollistas. Francia no se cansa de mostrar cómo, por ejemplo, losingenios azucareros, rostros del supuesto desarrollo actualmente avalado por el Estado, están en manos de quienes, genealógicamente, eran los antiguos esclavistas.De hecho, antes que hablar de un “desarrollo alternativo” prefiere referirse a las posibles “alternativas al desarrollo”. La pregunta que enseguida podría formularse sería entonces: ¿cómo es posible que alguien con una concepción tal del ámbito estatal se presente a las elecciones para ocupar un espacio en la Cámara de Representantes? La respuesta es relativamente sencilla. Francia no sueña con la “toma del poder” estatal, sino con generar ciertas interrupciones en su lógica que posibiliten la vida en los territorios que defiende, y eso hace toda la diferencia frente a la política profesional clásica.

Lo anterior me conduce al segundo quiebre. Esas interrupciones en la lógica estatal imperante se conectan con la resistencia y re-existencia territorial afrodescendiente del norte del Cauca, pero a su vez con otros movimientos, tanto latinoamericanos como globales. No es gratuita su cercanía con el famoso Black livesmatterestadounidense o con el movimiento de mujeres negras de Brasil.El quiebre radica en que ella sabe bien que el poder no es un fetiche, no es algo que se pueda tomar simplemente conquistando el Estado, sino que existen múltiples relaciones de poder serpenteantes que se cruzan y estratifican en diversos órdenes. Uno de ellos es, por supuesto, el Estado, pero también habla sin ambages del patriarcado, el racismo estructural y el capitalismo. Frente a esos grandes órdenes, su propuesta política consiste en: 1) generar resistencias, interrupciones, allí donde se pueda (en las universidades, las prácticas culinarias, la maternidad, la movilización en las calles, etc.) y 2) contribuir paralelamente a fraguar formas de vida (otros mundos o universos) con base en la recuperación creativa de todo aquello que históricamente ha sido aplastado. Y claro, las resistencias muchas veces coagulan en re-existencias, y viceversa.

Tercer quiebre: Pensar en términos de una relación fluida entre resistencias y re-existencias hace que la política no sea una política antropocentrada y mucho menos androcéntrica. Su defensa del territorio es, en realidad, la defensa de un conjunto de relaciones entre humanos y no humanos en movimiento constante. El territorio es la Vida misma que, en su “impersonalidad”, nos vive. Es el agua, la técnica, el sonido, los animales, las plantas, la comida y demás elementos en continua co-modificación. Francia tiene claro que los desplazamientos forzados, como al que ella fue sometida, y la violencia ejercida por diversos grupos armados, en particular por los paramilitares y las fuerzas del Estado, son maneras de desarmar esos complejos ensamblajes con el fin de instaurar y apuntalar los órdenes dominantes. Una vez desmembradas las formas de vida, que son al tiempo sistemas de apoyo mutuo y cuidado, a las pocas personas que quedan en los espacios la única alternativa inmediata que les parece viable consiste en regalarle su trabajo, su vida, al monocultivo, la guerra o la minería. Si en otras épocas los conquistadores destrozaban las formas de vida afro y las empleaban como fuerza de trabajo “bruta” para la extracción de oro, hoy la retórica del desarrollo es defendida por el Estado y sus ejércitos i/legales, quienes protegen a empresas como AngloGold Ashanti cuyo objetivo continúa siendo la extracción de oro con “mano de obra” semiesclava, a costa, una vez más, de las comunidades, en concreto, para este caso, de las del norte del Cauca. Francia Márquez denuncia todo esto y reconoce que lo que se está librando es toda una guerra entre formas de vida y mundos en movimiento. La violencia no es casual ni puramente irracional. En ese contexto, no duda en tomar distancia del modelo patriarcal y antropocentrado de familia occidental al defender necesidad de fortalecer vínculos de parentesco no sanguíneos. Reconoce, por ejemplo, al río Ovejas como una madre/padre, por lo que le duele que hoy esté envenenado con el mercurio usado para extraer oro, de la misma forma que otros 80 ríos se hallan envenenados en todo el país.

Aquí, por supuesto, tenemos otro quiebre:el auto-reconocimiento de Francia como afrodescendiente no tiene nada de esencialista, por el contrario, se basa en un tipo de memoria que intenta re-crear formas de vida alternativas a las hegemónicas. Su política no es ni identitaria ni anti-identitaria, sino que reta el mundo de las identidades al afirmarlas. Las itera o desplaza al repetirlas. Si el Estado necesita identidades asibles para gobernar, Francia corre más rápido. Se resiste tanto a la total indefinición, que históricamente se ha traducido en inexistencia, como a la definición externa del Estado y de ciertos antropólogos occidentales. También se resiste a ver los aspectos que caracterizan su devenir afro, su historia, como meramente culturales/artísticos y particularistas, pues, como ya dijimos, sabe que un tambor arrastra toda una forma de vida, y que esa forma de vida está constantemente asediada y en tensión. Los tambores, el canto, las historias personales, etc., no son accesorios en la política de Francia, son la política misma. Con esto llegamos al último quiebre: para ella, el ritmo de la política es el ritmo de la vida, en toda su complejidad. Cuando va a hablar de los temas que la apasionan, no duda en traer a colación su experiencia como madre o la experiencia de su propia madre. Explica cómo, ante la ausencia de los servicios de salud público-estatales, su madre ejerció sus conocimientos de partera, esa misma madre que no tiene huellas en los dedos por trabajar en la mina, que tuvo seis hijos y que trabajó también en “casas de familia” para sobrevivir. Como sabe que el ritmo de la política debe ser el ritmo mismo de la vida, se articula con otras fuerzas colectivas no con base en una identidad afro común presupuesta, sino en la medida en que comparte lugares vitales: el baile, la música, la comida, la partería, etc. Así llegó a conocer mujeres indígenas, blanco-mestizas y campesinas. Eso sí, siempre recordando que no todo elmundo está en posiciones de poder equivalentes y que eso condiciona cualquier eventual articulación.

Ciertamente lo mejor de la teoría política contemporánea ha sido escrito por una mujer del norte del Cauca, y todo con la tinta de su propio devenir vital.

 

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Martes, 09 Enero 2018 06:23

¿Por qué los nacionalismos ahora?

¿Por qué los nacionalismos ahora?

 Las actuales olas nacionalistas tienen, al menos, dos características: primero, no se trata de los nacionalismos que llevaron a la descolonización de África o a la rebelión en el resto del tercer mundo durante los 50 y 60. En aquellos casos eran nacionalismos de izquierda, casi una contradicción, por otras dos razones (porque estaban inspirados en pensamientos socialistas, internacionalistas, y porque se trataba de revindicar y levantar el espíritu del oprimido, del sirviente deshumanizado). No es casualidad que algunos de los inspiradores de estas corrientes, nacionalistas como instrumento, no como objetivo, fuesen rebeldes como Frantz Fanon (psiquiatra y pensador latinoamericano radicado en Argelia, autor de Pieles negras, máscaras blancas, 1952) o Ernesto Che Guevara, ambos con ideas como “el hombre nuevo”, ese proyecto quijotesco de un ser descolonizado, descosificado y liberado de la ambición que lleva a unos hombres a explotar a otros por dinero. Ambos, no por casualidad, acusados de violentos o inspiradores de la violencia. Por entonces las potencias europeas y estadounidense eran la versión de la madre Teresa militarizada, masacrando millones alrededor del mundo en nombre de la libertad y la democracia. La Unión Soviética hacía más o menos lo mismo en nombre de la igualdad, aunque sus tentáculos globales eran de menor alcance, histórico y geográfico. Sólo en ese sentido se entiende la firma habitual del Che, “Patria o muerte, venceremos”.

Obviamente, este tipo de patriotismo no se debe confundir con el patriotismo de las potencias coloniales: los colonizados saludaban la bandera del opresor como a un dios que les recordaba su propia inferioridad, razón por la cual ocupaban el lugar natural del servidor, del feo, del vicioso, del retardado. Incluso, aún hoy el colonizado suele emocionarse al reconocer esta superioridad del colono haciendo hasta lo imposible por parecerse y asimilarse al poderoso, al vencedor. El colonizado, sea inmigrante o acomodado en su propia patria, se pondrá discursos, camisas y pantalones con la bandera del poderoso y hasta dejará correr una lágrima cuando encuentre una buena razón para defender y justificar la arrogancia del vencedor, cual patético síndrome de Estocolmo. Esa lágrima que se le escapa al desposeído cuando descubre la buena persona que es por defender al poderoso que, tarde o temprano, lo recompensará por el servicio moral.

Pero el nacionalismo del colonizado y el del colonizador son tan diferentes como el feminismo y el machismo. Parecen iguales, pero son lo opuesto en su dimensión ética y política.

En segundo lugar, los actuales nacionalismos, como los del siglo XX, son nacionalismos de derecha y se dan, fundamentalmente, en el mundo rico o desarrollado. Eventualmente se pueden expandir al resto del mundo, como todo lo que surge aquí. También Europa y Estados Unidos fueron los primeros en difundir ideas como el Fin de la historia y el triunfo definitivo del neoliberalismo y las democracias liberales a partir de la disolución final de la parodia soviética. De ahí partió la idea de globalización como la liberación definitiva de los capitales. La idea de la disolución de las fronteras sólo se dio en Europa con la ampliación de la Unión Europea y el establecimiento del Euro, y en América del Norte, con tratados como el NAFTA. Era una globalización de los capitales, del poder, no de los trabajadores, que malinterpretaron las buenas intenciones convirtiéndose en inmigrantes ilegales.

Entonces, ¿cómo es posible que sea justo en esa misma área geomonetaria donde los discursos nacionalistas, proteccionistas y los cuestionamientos a las democracias liberales se están dando con más fuerza?

La respuesta la venimos repitiendo desde hace algunos años: se trata de la percepción, no declarada, del declive. No es que Europa y Estados Unidos se encuentren ya en la pobreza, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que sus habitantes ya perciben el declive relativo de sus privilegios hegemónicos. La próxima etapa es la rebelión de los de abajo en este mundo rico, desarrollado.

Este es un componente psicológico, pero existe un modelo histórico anterior de base ideoeconómica. Se trata de la historia del proteccionismo contra la ideología del libre mercado. A principios de la Revolución industrial, Inglaterra era uno de los países que más brutalmente penalizaba el libre mercado de productos en desarrollo, como los manufacturados. Hasta que sus industrias fueron lo suficientemente fuertes como para “competir” con India, América latina e, incluso con los subdesarrollados Estados Unidos del siglo XIX. América Latina adoptó fácilmente este cuento y abrió sus fronteras (la destrucción del Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza fue una de sus jugadas maestras). Por el mismo tiempo, Estados Unidos tenía las cosas más claras, como muchas otras veces en lo que se refiere a competencia y beneficios económicos. Los presidentes Cleveland y McKinley lo pusieron más o menos así: nosotros seremos los campeones del libre mercado cuando nuestras industrias sean lo suficientemente fuertes para competir con las británicas. No ahora.

Cuando Estados Unidos desarrolló sus industrias a un nivel que lo alejaba de cualquier competidor, de repente se cumplió la profecía: promovió el libre mercado, por las buenas y por las malas. Práctica, por supuesto, que nunca tuvo mucho de libertad debido a recurrencias como el dumping (aniquilación de la competencia por venta a precios debajo del coste) y las frecuentes intervenciones del ejército y los diplomáticos estadounidenses (algo así como los ad hocs del capitalismo para convertirlo en lo que realmente era: imperialismo revestido de nombres como libertad, justicia y democracia). Por no hablar de la inundación de dólares sobre las dictaduras amigas y luego la manipulación de las tasas de interés por parte de la FED que creó astronómicas deudas externas en el tercer mundo.

Por supuesto que, durante todo ese período, el nacionalismo sólo era un cuento para alentar a los soldados, pero no a los capitalistas, que de nacionalistas no tenían un pelo. El nacionalismo ajeno era tan malo que casi no se promovía el propio para no dar el mal ejemplo.

Ahora que Europa y Estados Unidos han perdido la abrumadora hegemonía (económica) de décadas atrás, surgen las rabietas nacionalistas entre sus habitantes. Estados Unidos reacciona con discursos proteccionistas y egocéntricos, añorando un pasado que fue varias veces más pobre y racista que el presente, pero por entonces dictaba como un dios brutal, bondadoso y temible. Inglaterra, todavía un centro importante de las finanzas, se sabe débil y decadente. Provincias como Cataluña reclaman su pasado y una riqueza que es relativamente mayor al resto de España, la que a su vez responde con su propio nacionalismo en nombre de la unidad, llegando, no en pocos casos, a un revival del falangismo y a una xenofobia que va desde el disimulo a la exaltación del racismo. Y así podíamos seguir con el resto del hasta hace poco eufórico mundo rico que quería disolver las fronteras y globalizar los Derechos Humanos.

Así vemos cómo el efecto de la percepción de ya no ser los referentes económicos y morales produce el renacimiento de sus propios monstruos y la pérdida de sus mejores logros, como los valores humanistas, de la ilustración y hasta de la confianza en las ciencias.

Claro que todo vuelve y todo termina. Lo importante es saber cuánto se destruirá hasta que el más arrogante y ciego nacionalismo vuelva al sótano donde se guardan las vergüenzas de la historia.

 

Por Jorge Majfud, escritor uruguayo estadounidense, autor de Crisis y otras novelas.

ALAI AMLATINA, 08/01/2018.-

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Jueves, 28 Diciembre 2017 05:18

Dos relatos, pilares del ideario ultra

Dos relatos, pilares del ideario ultra

La novela El Campamento de los Santos y el ensayo El Gran Reemplazo son referencias ilustradas de las restauradas extremas derechas de Donald Trump y Marine Le Pen, así como de grupúsculos racistas y neonazis contemporáneos.


Las ideas son ríos profundos que irrigan las tierras de la historia. Jean Raspail nunca sospechó que las suyas iban a convertirse en uno de los pilares del pensamiento reaccionario contemporáneo. Desde las extremas derechas europeas con el partido Frente Nacional a la cabeza, pasando por Donald Trump o los supremacistas blancos, este escritor francés, con una novela escrita en los años 70, se volvió el oráculo del ex consejero del amo de la Casa Blanca, Steve Bannon, de las teorías raciales de la Alt Right norteamericana, de los neonazis, del Klu Klux Klan y, junto a otro escritor francés, Renaud Camus, la fuente de la idea según la cual “ellos”, entiéndase los extranjeros y en particular los musulmanes, van a reemplazar a los occidentales invadiendo sus culturas. En 1973, Jean Raspail escribió El Campamento de los Santos. La novela es hoy la referencia ilustrada de las restauradas extremas derechas pero ya había tocado el corazón de los ultra conservadores en los años siguientes a su publicación. En la década de los 80 el ex presidente norteamericano Ronald Reagan le profesaba una admiración pública y diez años más tarde el politólogo Samuel Huntington la citaba en su libro El choque de las civilizaciones.


En los tiempos actuales, El Campamento de los Santos se izó como el manual ideológico de Marine Le Pen, de Donald Trump y su entorno más radical y de los grupúsculos racistas como Vanguard America o The Daily Stormer. Las referencias de Steve Bannon a ese libro han sido constantes en los últimos años, tanto en los medios tradicionales como en su portal Breitbart News: “el problema de Europa es la inmigración. Hoy es un problema mundial, una suerte de Campamentos de los Santos generalizado”, dijo en 2015. Un par de semanas más tarde volvió a citar la novela en el mismo contexto: “no estamos ante un movimiento migratorio. Es una verdadera invasión: Yo llamo a esto El Campamento de los Santos”.


Jean Raspail y Renaud Camus son los hombres que, según los reaccionarios, se adelantaron a la “catástrofe migratoria”, una suerte de pareja de profetas que anticipó el declive de Occidente bajo el “peso de los invasores” de otras civilizaciones. Renaud Camus es el autor de un ensayo cimiento de estas ideologías excluyentes: El Gran Reemplazo. En este libro, el autor francés alega que los flujos migratorios están reemplazando a las culturas originales del Occidente Blanco. Camus escribe: “es muy simple; usted tiene un pueblo y, de golpe, en una sola generación, en lugar de ese pueblo hay uno o varios pueblos”. Estas teorías están hoy en la calle y han servido para construir mayorías gobernantes en los Estados Unidos, facilitar el acceso de la extrema derecha al parlamento alemán, ubicar a la candidata de la ultra derecha francesa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 o aunar una mayoría suficiente como para votar a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el famoso Brexit.


A principios de diciembre, la revista New Yorker publicó una amplia investigación firmada por el periodista Thomas Chatterton Williams sobre la influencia de Renaud Camus en los círculo de extremistas norteamericanos, desde la alt-right pasando por el Klu Klux Klan hasta los partidarios de Trump. Williams cuenta, entre otras cosas, cómo durante las manifestaciones de estos núcleos sus militantes suelen gritar: “ustedes no nos van a reemplazar”. En una entrevista con el vespertino Le Monde, el periodista del New Yorker comenta la influencia de la french theory:”los franceses nos dieron primero el posestructuralismo y hoy tenemos el “reemplazismo”. Son desde luego cosas muy diferentes. Pero antes fue la izquierda norteamericana quien miraba hacia París. Ahora es la extrema derecha quien difunde en los Estados Unidos las ideas aparecidas en Francia”.


Raspail y Camus no son los únicos ensayistas franceses que que han ejercido una enorme influencia en los populismos oscuros de hoy. También están Alain de Benoist y Guillaume Faye. El primero es el ideólogo de la llamada “Nueva Derecha” mientras que el segundo pasó de esa Nueva Derecha a convertirse en uno de los ejes teóricos de la galaxia obsesionada por la identidad o de los adeptos a la idea según la cual nos dirigimos ineluctablemente hacia una guerra entre el Islam y Occidente. Faye es el inventor del concepto de “Etnomasoquismo” con el cual designa el hundimiento de los “valores occidentales”. Ambos viajaron a los Estados Unidos en 2013 y 2015 invitados por el National policy institute, un think tank dirigido por Richard Spencer, una de las grandes figuras de la alt-righ norteamericana. Sin embargo, el concepto original remite siempre a Jean Raspail y su novela El Campamento de los Santos. El libro fue publicado en Francia en 1973 y reeditado en 2011. Scribner lo publicó en 1975 en los Estados Unidos y Cordelia Scaife May, la hermana del filántropo de ultraderecha Richard Mellon Scaife, financió su reedición en 1983. En 1995 y 2001, la novela conoció dos nuevas reediciones a cargo de Social Contract Press, la editorial de John Tanton, el ex militante ecologista norteamericano que se convirtió luego en una de las figuras más importantes del movimiento contra la inmigración. El Campamento de los Santos sintetiza todo el envoltorio retórico de las extremas derechas modernas. No sólo funciona como una suerte de himno al Occidente blanco, también constituye un llamado al Occidente cristiano a imitar las Cruzadas y prepararse para un conflicto a sangre y fuego contra los miserables de piel oscura y los traidores que, dentro de las sociedades occidentales, bajo el manto del progresismo y de la defensa de la diversidad, no hacen sino debilitar al propio Occidente. La novela cuenta una historia aparentemente simple y alejada de las preocupaciones de la década de los 70. El Campamento de los Santos plantea lo que podría ocurrir si un millón de miserables desamparados desembarcara en las costas de Francia. Raspail pone el ojo en dos temáticas: la de la invasión y en lo que él va a calificar como “los cobardes”, entiéndase, aquellos que al defender a los invasores van a sacrificar en el altar de la solidaridad y el humanismo los valores de un occidente que se “vacía de sus ideales”.


Hoy, Jean Raspail ve en la figura del papa Francisco la quinta esencia de ese mal que el narra en la novela y que describe así: “la incompatibilidad de las razas cuando comparten un mismo medio ambiente”. Curiosamente, Raspail no es uno de esos conservadores de sillón. Ha sido, como novelista, un viajero incansable que recorrió el mundo y particularmente la Argentina (Tierra del Fuego-Alaska, 1952). En 1976 publicó El Juego del Rey, la novela que narra la historia de de Antoine de Tounens, el aventurero francés que fundó el “reino” de Araucaria y Patagonia hasta proclamarse rey de la Patagonia. En 1981, con “Yo, Antoine de Tounens”, volvió a adentrarse en la figura de ese aventurero pretencioso. En 1981, Raspail regresó a sus amores patagónicos con el relato “Adiós Tierra del Fuego”. Escritor de fuentes católicas, viajero, con una elegancia de aristócrata renacido, Raspail pasa a la historia como el inspirador de las corrientes populistas de la extrema derecha, como el restaurador de la idea de frontera como protección contra los otros, el teórico de la invasión y, a su manera paradójica, ofrece un manual contra la izquierda apegada al multiculturalismo contemporáneo. Ellos nos invaden, nosotros los eliminamos de una u otra forma es el credo que tantos votos le aporta a las ultraderechas mundiales.


Las purgas de Trump contra los mexicanos o todo lo que no es auténticamente blanco, las diatribas de Marine Le Pen contra los extranjeros tóxicos o el Brexit están adelantados por la novela de Raspail y posteriormente teorizados por Renaud Camus, Alain de Benoist y Guillaume Faye. En 2015, a través de Twitter, Marine Le Pen aconsejaba a la gente leer ese libro: “hoy estamos en una sumersión migratoria. Invito a los franceses a leer o a releer El Campamento de los Santos”. De uno al otro lado del Atlántico, la ficción alimentó a los lobos de la realidad. Thomas Chatterton Williams, el periodista del New Yorker que publicó la investigación acerca de la influencia de esta french theory entre los ultras estadounidenses, explicó a Le Monde cómo esas conjeturas van a constituir la espina dorsal del trumpismo (muro en la frontera mexicana, prohibición de ingresar al país a los ciudadanos de ciertos países musulmanes, etc, etc): “esos proyectos forman un programa político y también ideológico. Sirven para afirmar que una sociedad multicultural es fundamentalmente una sociedad anti blanca (...) La extrema derecha norteamericana, como la europea, mezcla la teoría del gran reemplazo con sus propios fantasmas, especialmente el de un marxismo cultural”. La literatura parece presidir nuestros destinos actuales. La novela 1984 de George Orwell retrató el Big Brother que nos somete a cada instante. La de Jean Raspail anticipó las formas más exitosas del racismo, la xenofobia, la indolencia y el odio que poco a poco van tiñendo de sombras las retóricas políticas de Occidente.
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En España, ni democracia ni estado social de derecho

Resulta alarmante ver cómo la élite política y la mayoría de sus publicistas académicos, amén de acólitos de la monarquía, se rasgan las vestiduras señalando que en España se vive en democracia.


El argumento para tal afirmación es pedestre. Aluden a la existencia de un ordenamiento jurídico donde impera la ley. El eslogan es conocido: La ley es igual para todos. El rey Felipe VI, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera, diputados y senadores se llenan la boca con dicha afirmación. Pero si las leyes son arbitrarias, generan impunidad y se aplican de forma torticera, la democracia es una quimera.


La existencia de códigos civiles, mercantiles, penales, procesales o de trabajo constituyen un marco desde el cual administrar derecho, pero su articulado puede no ser democrático. La existencia de leyes no garantiza que exista democracia. Las mismas pueden no serlo. Por ejemplo, la de partidos políticos en España, hecha a la medida para que la izquierda abertzale no se pueda presentar en las elecciones o para imputar, encarcelar y restar derechos cívicos a personas físicas y jurídicas, cuando el poder político lo considere y los jueces lo consientan. Periodistas, actores, dirigentes sindicales, representantes estudiantiles, cualquiera puede hoy ser objeto de imputación bajo el cartel de sedicioso, terrorista, subversivo, alborotador, antisistema, etcétera. La ley es la ley. Algunos ejemplos nos ayudan. Sin ir más lejos, la incautación y cierre del periódico vasco Egin, durante el gobierno de Aznar, llevado a cabo por el juez Baltasar Garzón. Más tarde la clausura de la revista Ardi Beltza y la detención de su director, Pepe Rei. El resultado: prisión para la plana mayor de ambas publicaciones durante más de un lustro. Curiosamente, el Tribunal Supremo, en un fallo de 2010, concluyó que su actividad no podía ser considerada ilícita, las publicaciones clausuradas y sus responsables encarcelados. La anulación de la sentencia llegó tarde, de manera deliberada. Al momento de su cierre, vendía 52 mil ejemplares diarios y tenía 210 trabajadores, todos al paro. Tampoco olvidemos el caso del joven Alfonso Fernández, Alfon, detenido en la puerta de su casa el 14 de noviembre de 2012, bajo la falsa acusación de portar una mochila con artefactos explosivos caseros. Hoy cumple una condena de cuatro años. Es bueno recordar el caso de Arnaldo Otegui. Han sido muchos, estos años, los casos en que el concepto de preso político cobra toda su dimensión al interior de la monarquía parlamentaria y de economía de mercado. Salvo que se quiera señalar que la democracia es la del mercado. ¿Será por eso que se rescatan los bancos, se privatiza la educación, la sanidad y se desahucia a quienes no pueden pagar su hipoteca, venden las viviendas sociales a los fondos buitres y crean leyes para el despido libre y la devaluación de las pensiones? ¿Democracia, estado social de derecho? España vive en una mentira que ha transformando a sus ciudadanos en loritos repetidores, dogmáticos y convencidos de vivir en la mejor de las democracias posibles.


Pocos quieren reconocer la existencia de cientos de cadáveres de republicanos, gente asesinada por la dictadura en cunetas, fosas comunes y personas que no pueden ser enterradas dignamente. Ningún detenido, no digo imputado y menos condenado, por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el franquismo y protegidos por la monarquía. Una ley de amnistía bastarda los protege. ¿Democracia?


¿Hay presos políticos en España? Sin duda. Lo difícil es denunciarlo y decirlo en voz alta. Las consecuencias no se hacen esperar. Difamación, aislamiento, amenazas y el san Benito de terrorista disfrazado, antisistema y pro etarra. La sociedad española ha decidido mirar hacia otro lado, justificar detenciones ilegales, torturas y persecución política. Parece no querer enterarse, vivir en un mundo feliz. ¿Cómo? ¿Presos políticos? No.


España, se dice, es una democracia consolidada, un país respetable y respetado, donde la ley es igual para todos. Pero si las leyes son arbitrarias y responden a un control ideológico en su aplicación, entonces la democracia no existe. En democracia las leyes deben cumplir tres condiciones: ser justas, buenas y aplicables por igual. Eso se llama justicia, y hoy brilla por su ausencia en España. Hay leyes, se aplican, pero no hay justicia. Jueces sumisos prosperan a la palestra de los partidos que gobiernan. El tribunal constitucional ha perdido su carácter de árbitro para someterse a las presiones del poder político, circunstancia que propició la renuncia a su presidencia del más destacado constitucionalista de España: Manuel García Pelayo. Hastiado de sufrir indirectas, presiones de Felipe González y el PSOE para amañar sentencias en una u otra dirección, prefirió el autoexilio y murió en Caracas en 1991.


Hoy, la detención de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, acusados de sedición, dirigentes de la Asamblea Nacional Catalana y Omiun Cultural, organizaciones de la sociedad civil catalana, con un ideario independentista y republicano, se adjetiva como política. La tensión se acrecienta y eso destapa la olla de las esencias del nacional-catolicismo, cuya aparición se convierte en reclamo de una población educada en la desafección democrática y el autoritarismo. Por eso pide la intervención en Cataluña y, si es posible, que los metan a todos a la cárcel, cuando no los fusilen. La ley es la ley.

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Viernes, 06 Octubre 2017 06:05

Tres despachos sobre la juventud

Tres despachos sobre la juventud

La diagnosis. “Dado que la crisis inequívocamente favorece las orientaciones proto-fascistas no extraña que muchos jóvenes –estudiantes y/o trabajadores precarios– están convencidos que la única alternativa al presente son el identitarismo, el nacionalismo, el racismo o la religión”, apunta Alain Badiou (goo.gl/mk4t2b). El panorama parece bastante desalentador. Su telón de fondo es la degeneración general de la política, su acotación a un "consenso parlamentario", la dominación del capital, de los bancos, de la propiedad privada –"resguardada" por el sistema judicial y el aparato policiaco-militar–, y de los "cuasi-valores" (la competencia, el "éxito", el enriquecimiento personal). Sobre todo desde los 80 [desde la consolidación del neoliberalismo y el advenimiento de la "generación Y/millennial"] con "el cerrar del horizonte de las posibilidades" –continua Badiou– a los jóvenes les resulta más y más difícil acoplarse al mundo y encontrarse un lugar en él. “Las viejas tradiciones son destruidas y no aparecen nuevas. Hay nuevos placeres ( jouissances), pero no hay nuevos valores. Todo se disuelve en la fascinación con la mercancía y en lo que Marx llama ‘las aguas heladas del cálculo egoísta’. La juventud está atrapada entre un mortificador espectro del ‘retorno a la tradición’ y la necesidad de ‘competir’ con tal de sólo no perder” (goo.gl/szdp4k). La situación es además paradójica (si no absurda): por un lado reina el culto de la "juventud" (políticos, celebridades), por otro la juventud real –sobre todo la que no sueña con poner un start up o ganar el dinero en la bolsa– es tratada con sospecha, incluso con "sospecha policiaca" (goo.gl/SnFuQm). Badiou –a contrapelo de estas tendencias– llama, como una vez Platón, a "corromper a la juventud" alentándola a buscar "sus propios modos" [vide: la "vida verdadera" de Rimbaud] y "no quedar en manos del capital ni de la tecnología" ( La vraie vie. Appel à la corruption de la jeunesse, 2016, p. 11).

El temblor. "Aparecieron los mexicanos más jóvenes, los más generosos, más rápidos, más eficaces que el gobierno, y con una entereza contagiosa nos convencieron de que no estábamos solos. Verlos pasarse una a una piedras en una larga y fuerte cadena (...) nos aseguró que salvarían vidas entre los escombros", apunta Elena Poniatowska (goo.gl/JxtbMB). La marea ciudadana que toma las calles tras el sismo del 19 de septiembre para (auto)organizar el rescate y la ayuda está –sobre todo en CDMX– saturada de los millennials. La juventud imaginada por muchos como "apática y alienada", "inmersa sólo en la tecnología" y "ensimismada", "egoísta" y "poco solidaria" está dando –y con creces– muestras de lo contrario (goo.gl/QqeqqA). "Somos una generación que está buscando su sentido", declaran. "Tenemos mucha fuerza, pero poca organización. Igual comparando con la generación del 68 estamos un poco perdidos, individualistas...", dicen. Pero algunas cosas las tienen claras: "El Estado no está respondiendo (...) somos nosotros que damos la cara". En su mayoría son estudiantes, pero también jóvenes profesionistas, trabajadores precarios que ganan 50 pesos diarios (goo.gl/CW6j62). Su convergencia es la peor pesadilla de los de arriba. Así que cuando (finalmente) aparecen los agentes del aparato policiaco-militar –de por sí partes de un orden que no salva vidas, sino de uno que las tiene bajo una amenaza permanente– más que a ayudar, vienen a "vigilar y controlar" a los ya castigados por la naturaleza. A dispersar la energía juvenil. La antinomia "la solidaridad-el Estado" (goo.gl/DyoA3Z) no puede ser más clara que en el caso de los jóvenes de Ayotzinapa –compañeros de los 43 normalistas rurales víctimas de una desaparición forzada– que organizan una caravana de ayuda a las comunidades más abandonadas de Puebla.

La prescripción. Por supuesto –y por fortuna– no todos los jóvenes creen que el identitarismo o la religión son "la única opción". En su momento el Nuit Debout (ND) francés es la mejor muestra de esto, aunque –al final– su energía se disipa (algo que le pasa también al #YoSoy132 mexicano). Jacques Rancière desde el principio pide "de no pedirle mucho a este movimiento" ("dada su espontaneidad y la manera caótica en que evolucionan los jóvenes"), pero –a la vez– lo aplaude "como una importante transformación de una juventud de luto a una juventud de lucha" (goo.gl/jSeFHf). El ND irrumpe en un escenario postatentados terroristas superponiendo los símbolos de la lucha colectiva a las expresiones de dolor. Los ideólogos en Francia están disgustados ("¡hay que seguir de luto, no buscar alternativas!"). En México postsismo el proceso descrito por Rancière ocurre simultáneamente. La juventud sacudida por el temblor sale del luto y pasa a la lucha mediante su propia praxis: la (auto)organización callejera. La ayuda, el rescate son a la vez protesta y búsqueda de alternativas. Los ideólogos están disgustados. Aplauden –o dicen aplaudir– "la heroicidad de los jóvenes", pero urgen que ya todo regrese a la normalidad ("¡el luto sí, la lucha no!") y "los estudiantes a las aulas" (goo.gl/bnrhCS). A la vez sugieren canalizar su energía en "algún proyecto" y "que la juventud decida" (aunque seguramente dentro del dominante "horizonte de las posibilidades"). Son de hecho los mismos "intelectuales" que –desde hace meses– claman por "un Macron mexicano" –recordemos– el candidato instant de la oligarquía, el joven glamour, ex banquero millonario (goo.gl/4fL9Ad), promotor de los start ups y la "uberización económica" que empieza su gestión recortándoles subsidios a los estudiantes (goo.gl/4KjXuK) y cuyas "reformas de trabajo" significan más precariedad para los jóvenes (goo.gl/x9T6Cy).

Coda. El sistema que se sostiene en el Estado, en los cuerpos uniformados y en la destrucción de la organización desde abajo no tiene nada que ofrecerle a la juventud "dejada sin un compás por el liberalismo" (Badiou dixit) aparte de:

a) la fascinación con la mercancía, los falsos valores y los falsos profetas del capital (Macron et al.) o la reacción/radicalización político-religiosa;

b) explotación, contratos precarios, infrasalarios, pauperización y/o migración;

c) estigmatización, criminalización e incluso el exterminio (los 43).

La solidaridad, la lucha, la organización y la generosidad no están en el guión ideológico que los de arriba les escriben a los jóvenes; y sin embargo brotan.

Maciek Wisniewski*, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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Totó La Momposina: “Intento entregar la verdad de una música ancestral”

La cantante acaba de cumplir 77 años, en tierras argentinas, donde volvió a traer su contagioso arte, basado en la cumbia y los géneros que surgen de la costa caribeña colombiana. Las entradas para su concierto están agotadas, pero se podrá seguir por streaming.


“Siempre he tenido la filosofía de que lo nuevo es lo viejo y lo viejo es lo nuevo”, dice Totó La Momposina.


“Y aquí me tiene: ¡soy toda una tinéiger!”. Totó la Momposina se ríe fuerte cuando se le pregunta por la edad, tras el cumpleaños que acaba de pasar en tierras argentinas. La risotada invita a sumarse, entusiasma. Lo cierto es que esta adolescente de 77 años porta una vitalidad y una alegría que contagian. Cuando está sobre el escenario logra lo mismo, portando un arte que ella define como “música ancestral”. Una de sus banderas es el ritmo y la danza de la cumbia, poderosamente hipnótico, potentemente percusivo. Y también todos los genera esa mezcla cultural tan particular que surge en la costa caribeña de Colombia: la gaita, el porro, la chalupa, el sexteto, el mapalé. Tras presentarse en Córdoba y Montevideo, hoy mostrará esta música en el Centro Cultural Kirchner, y aunque las entradas están agotadas hace ya rato (“tocará volver”, guiña un ojo ella), se podrá seguir el concierto por internet (ver aparte). El martes, la colombiana viajará a Mendoza para presentarse en el Teatro Independencia.

 
Pronto Totó define lo que es la “tónica y dominante” de la “música ancestral”. De eso va a hablar, antes que música a secas, o de arte, o de cualquier forma del espectáculo o del show. Porque a eso, explica, ha dedicado su vida, y allí cobra sentido cada una de sus presentaciones. “¿Qué vine a traer ahora? Mire, lo que yo llevo y traigo siempre es música ancestral. Y lo que intento entregar es la verdad de esa música ancestral. Que es su sentido de pertenencia. Por eso todos los espectáculos de la música ancestral van a ser diferentes, siempre. Porque yo estoy mostrando las raíces pero a su vez lo que se puede hacer con ellas desde el lugar de cada uno, con las diferentes influencias que nosotros tenemos en toda la América latina”, explica. “Siempre he tenido la filosofía de que lo nuevo es lo viejo y lo viejo es lo nuevo. Así ha ido avanzando siempre la música: la cumbia, sin ir más lejos, vino arreglada de una manera elegante, hasta que aquí comenzaron a hacerla con los sentimientos de pertenencia. Eso mismo, tomando siempre las raíces, es lo que los intérpretes seguimos haciendo”, asegura.

“Totó la Momposina y sus tambores” es como se presenta el show que viene a mostrar. Son los tambores, dice ella, los que abren la música en el mundo entero, y por allí empezó todo. Lo explica con didáctica vocación: “Tú cierra los ojos y ponte en la China. ¿Qué es lo que suena? Es el gong. Un tambor grandísimo. Si te vas para la India, allí también encuentras ese tambor grandísimo. Ahora vete pa´l Japón, encuentras lo mismo. Vete pa´l Africa, y encontrarás todas las formas y sonidos de cuanto tambor imagines. Todos esos instrumentos nos llegaron con los esclavos y sus sonidos se mezclaron con los que nos trajeron los colonizadores. Pero también con lo que sonaba ya aquí, porque los tambores también formaban parte del lenguaje: ‘¡Aquí hay guerra, vengan a ayudarnos!’. ¿Cómo lo avisaban? A través de los golpes. ‘¡Aquí se siembra, aquí se cosecha!’ Lo celebraban con los golpes. Es una pena que muchos se hayan creído ese cuentecico de que somos subdesarrollados... Cualquiera que se detiene a escuchar cuánto valor hay en este lenguaje de los tambores y en nuestra música toda se dará cuenta de que somos muy ricos”.

–¿Y qué cree que tiene su música, la música de la costa caribeña de Colombia, por qué fascina y emociona en otras partes del mundo, tal vez de culturas muy distintas?

–Porque el pescador está en todas partes. El campesino está en todas partes. El amor existe en todas partes y el sol sale y se pone en todas partes, como en todas partes van y vienen los mares. Luego viene el raciocinio, pero todo eso está de antes y la música ancestral le canta a eso. La música ancestral es la imitación de los pájaros, del sonido de las aguas, es también el sentido de pertenencia a través de la danza. Y cada quien lo baila como lo siente, aunque no haya estado nunca en el Caribe. Nosotros estamos en el mar y entonces nos movemos como las olas del mar, moviendo así las caderas, ¿lo ha notado? (risas). Y caminamos derechas y con los brazos arriba porque imitamos las palmeras que tenemos. El paisaje está en uno, pero yo he notado que la gente de diferentes partes del mundo le pone su paisaje a nuestra música cuando la baila. ¡Qué cosa bella!

–La música y la danza estuvieron desde siempre en su vida, por herencia familiar. Pero, ¿cuál fue su primera determinación de dedicarse profesionalmente a esto?

–Ah, no, eso sí que no lo podría decir. Porque ha venido conmigo, como bien dice. Mire, nosotros tenemos un dicho: pueblo que fueres, haz lo que vieres. Y es que los artistas y los músicos de por sí salen artistas y músicos, cuando se forman como núcleos familiares que están en el arte y en la música. Por lo general, esto va pasando de generación en generación. Así fue conmigo y así veo que es con los que vienen. Tengo nueve nietos. A una le gusta el ballet, a otra cocinar pero también escribir, el otro está con la música, el otro con el tambor, otra es mezzosoprano y otra soprano. Ha sido un núcleo familiar que los ha ido formando. Luego los padres van haciendo el trabajo de ir induciéndolos poco a poco porque, claro, no es que yo vengo de una familia de artistas entonces soy artista. No señor, uno les da la oportunidad, pero ellos mismos tienen que hacer su trabajo.

–¿Qué debería hacer, por ejemplo, alguna niña que quiera seguir su camino?

–Si quieren ser cantaoras, tienen que arremangarse e irse pa’l campo a cultivar la tierra, a saber de dónde viene cada pescado, cómo se siembra la yuca o el plátano. O qué pasa cuando uno tiene que hacerse un tambor, porque hay sitios especiales para sembrar un árbol de roble. Un tambor no es una cosa más, tiene toda una historia y un sentido de pertenencia. Eso hice yo: me he arremangao pa’ lo que sea.

–En todos estos años de carrera, ¿cuál recuerda como su mayor logro, el momento de mayor felicidad como artista?

–Cuando uno hace esta música con amor, todos los tiempos son felices. Hubo momentos difíciles, claro que sí, pero el recuerdo general es de felicidad. A mí me tocó ir a Francia por circunstancias de la vida, pero comencé a querer ese país con todas las dificultades. Porque allí canté en la calle, en restaurantes, en cualquier lado. Nos tomamos un bus y nos fuimos por el norte y el sur de Francia, a cantar donde pudiéramos. Entonces, cuando tú cantas en la calle, y esas calles se vuelven luego universidades, y luego pequeños teatros –teatrinos, como le dicen allí–, y luego grandes teatros... Bueno, una se siente feliz por cada paso, por haber cantado en la calle y por haber cantado en la Sorbona, porque todo eso tuvo el mismo sentido y siempre fue buscando la verdad de la música ancestral. Claro que cuando ya llegué a la Sorbona, y habiendo pasado por la calle y por tantos lugares, yo ya había aprendido todo lo que tiene que ver con el arte para poder ponerlo como debe ser en el escenario, sin quitarle su autenticidad.

–En 1982 acompañó como parte de la delegación colombiana a Gabriel García Márquez a Estocolmo, para actuar en la ceremonia de entrega del Premio Nobel. ¿Cómo recuerda aquel suceso?

–¡Ah, los García Márquez! En la costa, todos nos conocemos por los apellidos. Y luego coincidimos en Francia, él haciendo su trabajo y yo el mío, ambos refugiados. En verdad nosotros teníamos más relaciones con el hermano de Gabo, Eligio, también escritor y periodista. Y luego Gabo fue quien pidió que lo acompañáramos un grupo de artistas capaces de representar no sólo a la costa, sino a toda Colombia. Había que llevar las expresiones: bambucos, rajaleñas, cumbias, los señores de los llanos orientales, los señores del interior del país... Se escogió lo mejor y ahí hicimos lo que teníamos que hacer. Más nunca se ha vuelto a hacer un evento como ese en una ceremonia como esa. Ellos cayeron en la cuenta de que Gabo no contaba solamente de Colombia, sino del mundo entero.

–¿Qué sueño le queda por cumplir?

–Vea, señorita, yo no sueño en grande, yo sueño con seguir, que ya es grande. Y como soy esta tinéiger de 77 (más risas), yo misma me pregunto hasta cuándo. Pues, como dicen, hasta que la muerte nos separe... De mi parte, hago lo que está a mi alcance; una tiene que cuidarse mucho, no puede una estar emborrachándose, fumando o haciendo lo que no debe hacer. Y sigo muy atenta y reflexionando sobre el modo en que tengo que entregar la verdad de esta música ancestral, no sólo en el escenario, sino en todos mis actos.

–¿Cuál es finalmente esa verdad en la música?

–La música es un conducto regular para entregar la verdad. Y la verdad está en las siglas que todos deberíamos manejar naturalmente: la paz, el amor y la justicia. Pero como el mundo se empeña y se empeña en ir pa’l otro lado, tiene que recordárselo uno, a cada rato. La música nos lleva siempre de regreso al origen, a esa verdad.

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El campesinado colombiano. Superando la sombra

En febrero del 2017 el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) construyó un concepto técnico, que evalúa y delimita al campesinado como sujeto social antropológicamente diferenciado de otros pobladores rurales. Concepto que constituye un gran avance de la lucha popular si miramos la larga tradición de exclusión e invisibilización que ha marcado al campesinado. Triunfo parcial, pues aún queda mucho por hacer.

 

Luchar por la vida en todos los campos. Luego de ser protagonistas en las últimas movilizaciones agrarias y paros regionales, la Mesa Campesina del Cauca –conformada por el Comité de Integración del Macizo Colombiano (Cima) y el Proceso de Unidad del Suroccidente Colombiano (Pupsoc)– interpuso una tutela contra el Departamento Nacional de Estadística –Dane– por la falta de inclusión de la categoría de Campesino en el Censo Nacional Agropecuario. Esto llevó a la realización de reuniones con el gobierno nacional desde el mes de julio del 2016.

 

La exigencia pretendía que la categoría fuera incluida dentro de las preguntas del siguiente censo poblacional, por lo que se definió la necesidad de un concepto técnico sobre campesinado, como base para el trabajo desarrollado por el Dane. En la construcción del concepto participaron diferentes instituciones gubernamentales y procesos organizativos, y el Icanh hizo las veces de secretaria técnica, recogiendo etnografías, archivos y consultas con varios expertos; sin embargo según César William, líder social del Cima. Pese a lo definido el ministerio del interior se niega de nuevo a incluir dicha categoría en el censo para, supuestamente, “no generar falsas expectativas en las comunidades”.

 

Históricamente el campesinado constituye un sujeto social difuso y múltiple, su riqueza cultural y su protagonismo económico son sustanciales en la idiosincrasia y la soberanía alimentaria de nuestro país, pese a lo cual ha vivido desde siempre en el desconocimiento social e institucional para el ejercicio pleno de su ciudadanía.

 

Entonces, ¿Qué compone dicho concepto técnico? ¿Qué implicaciones puede traer su reconocimiento por un instituto estatal? y ¿Qué se viene adelantando como complementario a ello desde el campo popular?

 

Concepto técnico del campesinado

 

En el texto “Elementos para la conceptualización de lo ‘campesino’ en Colombia”, el Icanh concreta un valioso aporte en la caracterización de lo que se considera campesino en Colombia, valiéndose para ello de cuatro dimensiones: una sociológico-territorial, otra socio-cultural, una tercera económico-productiva y una última organizativo-política, así como una definición general que expresa lo siguiente:

 

“El campesino es un sujeto intercultural e histórico, con unas memorias, saberes y prácticas que constituyen formas de cultura campesina, establecidas sobre la vida familiar y vecinal para la producción de alimentos, bienes comunes y materias primas, con una vida comunitaria multiactiva vinculada con la tierra e integrada con la naturaleza y el territorio. El campesino es un sujeto situado en las zonas rurales y cabeceras municipales asociadas a éstas, con diversas formas de tenencia de la tierra y organización, que produce para el auto consumo y la producción de excedentes, con los cuales participa en el mercado a nivel local, regional y nacional”1.

 

Es de resaltar que en el documento se expresa que los campesinos no son todos los habitantes del campo y del mundo rural, pues tiene unas formas particulares de vida, diferentes a la de otros sujetos en su manera de pensar y de estar en lo rural, por ello muestra identidades y características culturales propias y, sobre todo, “se distingue de los sistemas agro industriales y latifundistas, así esté asociado por trabajo a ellos”2.

 

Tampoco se limita a la producción agrícola sino que manifiesta una actividad económica altamente diversificada ajustada a los contextos locales y regionales, con diferentes formas de tenencia de la tierra, con lazos familiares, comunitarios y asociativos que constituyen un modo de producción campesino asentado en tradiciones singulares para el autoconsumo y la autoreproducción, pero también en relaciones particulares con el mercado, y en el cuidado los bienes comunes.

 

El texto avanza en resaltar el hecho de que, en la exigibilidad y la reivindicación de sus derechos, los campesinos han jugado parte fundamental en la vida política nacional. Su capacidad organizativa supone un acervo de capacidades colectivas notables por su adaptación a diferentes situaciones históricas, siendo un sujeto participativo, cosmopolita con formas de autoafirmación y de vida que persisten en sus diversos espacios de movilización y lucha.

 

Este concepto, a pesar de ser la síntesis axiológica de un sujeto social, complejo y difícil de encasillar, avanza en definir lo campesino no como una esencia, sino como un conjunto de procesos y prácticas colectivas que se transforman en el tiempo. El concepto técnico deja atrás posturas idealistas y folclóricas, dando cuenta de su complejidad concreta, pues más allá de una etnia –como los indígenas o los afros con características mucho más distinguibles–, definir este sujeto o sector social en especial significa un gran desafío.

 

Reconocimiento de papel y ¿en la realidad qué?

 

Ya La vía campesina3, movimiento de organizaciones campesinas a nivel internacional que agrupa a más de 160 organizaciones en 73 países, había avanzado desde el 2015, ante el Consejo de DD.HH. de la ONU, en una definición donde disputa una “Declaración de los Derechos de los Campesinos y otras personas que trabajan en el medio rural”.

 

Asimismo, el senador Alberto Castilla, del Polo Democrático Alternativo y su Unidad Técnico Legislativa adelantan trabajos en torno al tema. Desde el inicio de sus funciones impulsaron un acto legislativo por medio del cual reconocieran al campesinado en un rango constitucional, como lo hace con los afros y los indígenas, pues la carta magna en su artículo 64 apenas si habla de trabajadores rurales, como sujetos en función de su vocación productiva y como un sector productivo, más no propiamente como campesinos con una identidad y prácticas propias. No obstante, el acto legislativo fue archivado en el 2016, por lo que la nueva iniciativa legislativa será una propuesta de ley estatuaria a ser socializada en los próximos días.

 

Es triste ver como en nuestra sociedad es necesario aplicar rotulas institucionales y leyes especiales para el reconocimiento de ciertas formas de vida, todo ello por el solo hecho de ser distintas a las enarboladas por el modelo imperante, su falta de reconocimiento a niveles institucionales y de política pública, en contraste con el protagonismo que tienen terratenientes y empresarios, son evidencia incuestionable del carácter de clase del Estado colombiano. Como lo resaltamos al inicio del artículo, el ministerio del Interior se niega rotundamente a reconocer dicho concepto, a pesar de provenir de otra institución del mismo Estado, incumpliendo con los acuerdos de la mesa campesina del Cauca.

 

Contradicción dentro del poder, y realidad nacional que evidencia que aún falta mucho camino por recorrer para formalizar lo acá relacionado. Y mucho más para que la tierra, de verdad, sea para quien la trabaja, colocando en su justo lugar al capital, rentístico e industrial.

 

1 Icanh (2017) Elementos para la conceptualización de lo “campesino” en Colombia. Secretaría Técnica: Mesa interministerial y campesina de negociación del Cauca, p. 7.
2 Ibíd., p.3.
3 https://viacampesina.org/es/index.php/organizaciainmenu-44/iquisomos-mainmenu-45/3-ique-es-la-vcampesina

 

Bibliografía:

Castilla (2014) Reconocimiento político del campesinado: porque debe promoverse en la constitución Nacional.

 


Recuadro


El protagonismo no reconocido

 

Según la Red de información y comunicación del sector agropecuario colombiano (Agronet), en el último año se sembraron 3.163.280 hectáreas en cultivos predominantemente campesinos, de pequeña y mediana propiedad, con una producción a baja escala, diversificada y asentada en lazos familiares o comunitarios; y 1.637.635 que se rigen bajo el modelo de producción neoliberal, predominantemente capitalistas, es decir caracterizados por la agroindustria, el monocultivo y el latifundio sembrados con productos como soya, arroz, caña de azúcar, palma aceitera y banano, pertenecientes a grandes propietarios y empresas que contratan jornaleros con bajos salarios y prestaciones sociales casi nulas. Además, se estima que en Colombia existen 40 millones de hectáreas dedicadas a pastos y rastrojos, cuando solo deberían destinarse para este fin 15 millones, según Carlos Salgado de Planeta Paz (2014)1, por no añadir todo el tema en minería e hidrocarburos.

 

Como vemos, Colombia tiene un potencial de 22.5 millones de hectáreas para agricultura pero únicamente se usan 4.8 millones, de las cuales 1.6 millones están en cultivos predominantemente capitalistas. Si para el gobierno los empresarios son más eficientes ¿por qué no han podido proponer un debate abierto que permita disputarle a los terratenientes las 25 millones de hectáreas de sobreuso en pastos y rastrojos que están sin utilizar? País de paradojas, en nuestro supuesto “estado social de derecho”, el segundo en desplazamiento forzado interno en todo el mundo (con más de cinco millones de personas afectadas) y el abandono forzado de 6.5 millones de hectáreas en el campo a raíz del conflicto armado2.

 

1 Salgado C. (2014) Colombia: Estado actual del debate sobre desarrollo rural. Ediciones Desde Abajo, Bogotá ,2016. pp. 103.
2 Ibídem, pp. 104.

Publicado enEdición Nº237
Martes, 04 Julio 2017 06:19

Las paredes pintadas de Gabo

Las paredes pintadas de Gabo

En el cincuenta aniversario de cien años de soledad, un tríptico mural engalana las paredes del vestíbulo de la Biblioteca Nacional de Colombia en Bogotá.


Se ha cumplido, el pasado 30 de mayo, el primer medio siglo de una de las obras cumbre de la literatura universal. Para mí, junto con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, las dos más cercanas, por su narrativa y trascendencia, al “Quijote” de Cervantes.


Evidentemente, se ha escrito y se ha dicho mucho sobre este aniversario. Tanto que es difícil añadir algo nuevo u original. Medio siglo no es nada y puede serlo todo, para el realismo mágico colombiano es su vida entera. La imaginación de García Márquez creó un universo literario imaginario tan vívido y tan cercano que se ha convertido en realidad.


“Cien años de soledad”, publicada en 1967 por la editorial Sudamericana de Buenos Aires, es uno de los referentes de la producción del autor colombiano que fue reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1982.


En 2007, en su cuarenta aniversario, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (AALE) le rindieron un homenaje al autor, que cumplía ochenta años, y a su obra con una edición especial de la misma.


En este cincuenta aniversario, la editorial Penguin Random House lanza una nueva edición con ilustraciones de la artista chilena Luisa Rivera y con una fuente de letra, llamada Enrico, creada para la ocasión por Gonzalo García Barcha, hijo del nobel colombiano.


Y también se suma a celebrar esos cinco decenios de existencia la Biblioteca Nacional de Colombia con un homenaje particular encargado a dos artistas: el grafitero colombiano Guache y el estadounidense Gaia. Ambos han recreado a cuatro manos, sobre las paredes del hall de la primera biblioteca pública fundada en América, su personal mirada al universo quimérico de la obra.


Un mural en tres partes y sin palabras que nos narra mucho de lo que el mago de Aracataca escribió en su novela. Una intervención artística que han bautizado con el nombre de “espejismos de modernidad” y que fue inaugurada el pasado 29 de junio con la presencia en la sala de los dos artistas y de representantes de la propia institución pública, de la Embajada de Estados Unidos en Colombia, del Centro Colombo americano, del Ministerio de Educación de Colombia y del Instituto Distrital de las Artes de Bogotá.
La pintura es tal vez un espejismo, pero también es la plasmación de la realidad nacida de la imaginación de los muralistas a partir de lo simbólico creado por el literato. Constituye, tal como declararon los autores, una muestra de la conjunción del arte con la construcción de tejido social.


En palabras de Guache, alias de Óscar González, uno de los grafiteros más reconocidos de Colombia, el mural conmemorativo es “una propuesta dinámica y no literal”, con el que han querido hace una aproximación alegórica a la obra “liberando la palabra viva que está en la calle”. Un trabajo que recoge las mujeres, la guerra y el amor y la muerte, con alguno de esos espejismos de la modernidad representados en un militar de la época manejando un celular o en una de las mujeres sosteniendo un avión.


Para Gaia, el mural es una idea abstracta en la que han querido poner a hablar dos tesoros: la obra de García Márquez y la Biblioteca Nacional, interrogándose por la esperanza y la liberación con un interés en dialogar y cruzar fronteras como lo es el juntar a dos artistas tan disímiles. El artista norteamericano afirmó “Guache me ha devuelto la fe en el diálogo”.


Un vídeo del proceso de creación de tan magnífica obra, para quienes no puedan visitarla en vivo y en directo, lo encuentran en la web de la Biblioteca Nacional. Solamente dos peros; uno, no me gusta la licencia que se ha tomado el mismo artista para incluir en una de las paredes una imagen del antropólogo australiano Taussig, por mucho que este científico escribiera un diario de campo sobre la violencia paramilitar en Colombia. Creo que es un atrevimiento que no tiene mucho que ver con la imaginación de ese realismo mágico de la obra de Gabo.


El otro, cierta pedantería del grafitero yanqui al comentar, convencido, que el grafiti es una exportación de EE.UU. Que allá surgieran Taki 183 y otros precursores de estampar la firma no significa, en mi opinión, que el país norteamericano sea el inventor de este arte. Ya en el siglo XIX, en Centroeuropa, un austrohúngaro inició la labor de plasmar su firma (Kyselak) en cada sitio por el que pasaba en un recorrido que dicen fue resultado de una apuesta. También en el mayo francés de 1968, unos años antes que en Nueva York, se dieron numerosas pintadas que pasarán a la historia como precursoras de esta comunicación ciudadana. Y apurando, el gran fotógrafo Cartier Bresson tiene una imagen datada en Canadá a mediados de la década de los 50 del siglo pasado, presente en la muestra que por estos días se expone en Bogotá, en la sección “posguerra”, en la que en una pared tras unos niños se pueden apreciar pintadas de la época. Esas similares a las declaraciones de amor en las cortezas de los árboles, a los corazones y los logos de la paz en paredes de cualquier lugar o a las diatribas contra el profesorado en los baños de los colegios.


Volviendo a la obra, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía...” son doce palabras tan memorizadas y repetidas como ese mismo número de otro hito de la literatura universal, “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” La Mancha y Macondo, son lugares locales de fama global gracias a los autores que las pusieron en el mapa.


Colombia es Macondo, para lo bueno y para lo malo, para lo real y para lo imaginario, para lo deseado y lo aborrecido. Lo mítico y fantástico, lo trágico y lo favorable que están en el escenario soñado por García Márquez y en todo el país andino, como pueden estarlo en cualquier otro lugar del mundo.


Todos los territorios tienen su Macondo. La ficción más impensada se convierte en hechos que forman parte de la historia de Colombia. Un país de narraciones y cuenteros, una tierra de verdes de mil colores, un paraíso con más de una serpiente que sigue construyéndose a golpes mientras lo sobrevuelan mariposas amarillas.


Este medio siglo de cien años de soledad nos abre un panorama de sueños y esperanzas. Esperemos que ya no haya más pelotones de fusilamiento y que los fusiles, no sólo los de la guerrilla más antigua del continente, dejen paso a las palabras, palabras como las del nobel de Aracataca, como esas que dice Rodrigo Londoño que guiarán el futuro de otra apuesta política para construir un país más justo socialmente, un país soñado por tanta gente que le quiere apostar a que los cien años de soledad del Macondo garciamarquiano sean muchos siglos de paz.


“Cien años de soledad” es una obra viajera, ideada en Colombia, escrita en México, enviada a España para intentar ser publicada y finalmente editada en Argentina, como viajeras son las rutas de esas otras narraciones que Gabo “funda” en y con su realismo mágico colombiano. De la ciénaga a la sierra nevada, del caribe al pacífico, de sur a norte, todo el territorio está lleno de macondos y de historias mágicas, inventadas y reales.


En la edición especial del cuarenta aniversario publicada por la RAE y la AALE, Álvaro Mutis decía de la obra, “no puedo leerla sin cierto sordo pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla. Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra él.”


La obra nació de un llanto sin palabras que marcó al autor cuando, en su pueblo natal, su madre y la boticaria se abrazaban, de ahí surgió una novela llena a rebosar de palabras mágicas y reales. Esas que García Márquez no sólo nos dejó en esos cien años de soledad, más de tres ya sin su presencia, sino también en otro montón de maravillosas narraciones de las imposibles historias que se pueden vivir a diario en cualquiera de los coloridos rincones de Colombia.

03 Jul 2017
Por Ignacio *"Iñaki" *Chaves G.

Publicado enColombia
Ni calco ni copia. Mariátegui y la educación como praxis descolonizadora

En Nuestra América, uno de los precursores dentro de la tradición del marxismo crítico en concebir de manera prioritaria a los procesos formativos y a la educación popular, como ejes transversales de una praxis revolucionaria y descolonizadora, ha sido sin duda el peruano José Carlos Mariátegui. Nacido el 14 de junio de 1894 en Moquegua, al sur de la ciudad de Lima, siendo niño sufre un accidente que le lesiona la pierna izquierda y lo deja postrado durante años, con secuelas para el resto de su ajetreada vida. A raíz de esta inmovilidad, suspende sus estudios primarios y se vuelca de lleno hacia el hábito de la lectura y la formación autodidacta.


A los 15 años, ingresa a trabajar en La Prensa, diario donde luego de realizar diversas tareas manuales es designado como cronista y comienza a publicar artículos, bajo el seudónimo de Juan Croniqueur, por lo que sus principales maestros en su etapa juvenil fueron el periodismo y las agitadas calles de Lima, tomadas por las multitudes obreras y estudiantiles en ebullición, de las que junto con las rebeliones indígenas que irrumpieron con fuerza por esos años en el resto del Perú, aprende sus primeras armas intelectuales. Dedicado cada vez más a la producción periodística, participa de varias iniciativas literarias, entre ellas la revista Colónida, de la que dirá años después que constituyó una “insurrección contra el academicismo y sus oligarquías”.


En mayo de 1919 crea, junto con su amigo César Falcón, el periódico La Razón, que funge de caja de resonancia de las luchas obreras y del movimiento estudiantil en Perú. Debido al creciente malestar que genera esta publicación en el gobierno de Arturo Leguía, ambos serán enviados por éste a Europa, en una suerte de “exilio blando”. José Carlos vive allí de finales de 1919 a comienzos de 1923 y se nutre intelectual y políticamente del estrecho vínculo que entabla con las corrientes artístico-culturales y las organizaciones revolucionarias que proliferan como hongos, en particular en la Italia del “bienio rojo” que oficia de verdadera escuela a cielo abierto, y donde activa por aquel entonces el joven Antonio Gramsci. Este distanciamiento de su tierra natal, lejos de aplacar su voluntad transformadora, lo estimula a conocer en profundidad lo específico de la realidad peruana: “por los caminos de Europa descubrí el país de América en el que había vivido casi extraño y ausente”, reconocerá más tarde en tono autocrítico.


Luego de su regreso a Perú en marzo de 1923, se suma a la experiencia de las Universidades Populares “González Prada”, un espacio de formación y autoeducación impulsado por el movimiento estudiantil en Lima y Vitarte. Allí, primero asiste a una serie de clases y talleres en carácter de “estudiante” (tal era el requisito previo para poder participar como “educador”), y al poco tiempo dicta un conjunto de conferencias, a las que el mismo Mariátegui sugiere llamar “conversaciones”. Tras lamentarse por la carencia de maestros “capaces de apasionarse por las ideas de renovación que actualmente transforman el mundo y de liberarse de la influencia y de los prejuicios de una cultura y de una educación conservadoras y burguesas”, expresa que “la única cátedra de educación popular, con espíritu revolucionario, es esta cátedra en formación de la Universidad Popular”. En ella, durante varios meses de 1923 y comienzos de 1924, Mariátegui convida su original lectura de la crisis mundial, aunque no desde una actitud distante y erudita, sino teniendo en cuenta que aquél era “un curso popular”, por lo que se debía -según sus propias palabras- “emplear siempre un lenguaje sencillo y claro y no un lenguaje complicado y técnico”, de manera tal que cada exposición pudiese ser “accesible no sólo a los iniciados en ciencias sociales y ciencias económicas sino a todos los trabajadores de espíritu atento y estudioso”. Fiel a su vocación dialógica y de reconocimiento de la importancia de que las clases populares se formen y conozcan de manera rigurosa la realidad que pretenden transformar, Mariátegui afirma en la inauguración del conversatorio: “Nadie más que los grupos proletarios de vanguardia necesitan estudiar la crisis mundial. Yo no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre de una universidad libre a enseñarles la historia de esa crisis mundial, sino a estudiarla yo mismo con ellos. Yo no os enseño, compañeros, desde esta tribuna, la historia de la crisis mundial; yo la estudio con vosotros”.


Tras esta breve pero intensa experiencia en el seno de las Universidades Populares, a las que define como “escuelas de cultura revolucionaria” que “no viven adosadas a las academias oficiales ni alimentadas de limosnas del Estado”, sino “del calor y la savia populares”, serán variadas y complementarias las apuestas por el estudio y la formación política que dinamice Mariátegui, consciente de que “la burguesía es fuerte y opresora no sólo porque detenta el capital sino porque detenta la cultura”, por lo que ésta tiende a ser “el mejor gendarme del viejo régimen”. Desde periódicos y revistas militantes, como Claridad (laMariátegui imagen 2 cual inicialmente apuntaba a un público estudiantil, pero Mariátegui durante su breve dirección la reformula como punto de conexión y producción conjunta entre obreros/as e intelectuales) Labor (que bajo el subtítulo de “Quincenario de Información e Ideas” logra abarcar a un público más amplio que el del activismo gremial y político) y Amauta (que iba a llamarse en un principio “Vanguardia”, pero finalmente opta por este nombre de gran significación indígena, ya que equivale a “maestro” o “sabio” en lengua quechua), pasando por emprendimientos como la Editorial Minerva y la Oficina de Autoeducación Obrera en el marco de la flamante CGT peruana (de la que redacta sus Estatutos y Reglamentos), hasta las propias “tertulias” y reuniones culturales en su emblemática casa de la calle Washington, en las que se congregan una infinidad de personalidades y activistas de las más diversas tendencias (artistas, dirigentes sindicales y políticos, feministas, líderes indígenas y estudiantiles), para dialogar y socializar sus saberes y sentires mutuos.


Pensar con cabeza propia y de forma descolonizada, con la perspectiva de intervenir en la realidad creativamente, de manera tal que se pueda hacer del lema “Ni calco ni copia” un principio epistemológico y militante, tal fue el horizonte de estos proyectos pedagógico-políticos impulsados por Mariátegui (una verdadera red de producción y promoción de las diferentes y complementarias culturas emancipatorias), por lo que para él la formación y el estudio riguroso del marxismo no consistía en aprender un itinerario prefabricado en otras latitudes y tiempos históricos, sino en adquirir y poner en práctica una brújula para orientar la lectura y transformación radical de una realidad siempre refractaria a las recetas y esquemas de pizarrón. Quizás su mayor obra en este sentido haya sido los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado a finales de 1928 y considerado uno de los textos pioneros en la construcción de un marxismo enraizado en Nuestra América. Además de dedicar en él un capítulo entero a la problemática educativa, donde denuncia que la educación en Perú “tiene un espíritu colonial y colonizador” y postula sin medias tintas que “no es posible democratizar la enseñanza de un país sin democratizar su economía y su superestructura política”, insiste en la necesidad de entender y analizar a las sociedades a partir del principio epistemológico de la totalidad (que implica concebir al capitalismo como un sistema, evitando disociar, salvo en términos estrictamente analíticos, las diferentes y complementarias dimensiones que lo constituyen como tal, y contemplando de manera imbricada las relaciones de explotación, dominio y resistencia que lo dotan de sentido).


En sintonía con estos planteos, Mariátegui también sugiere que es preciso corregir al filósofo René Descartes y pasar del “pienso, luego existo” al “combato, luego existo”, en la medida en que la conflictividad y la lucha constituyen un punto de partida clave para el conocimiento de nuestras sociedades, que permite a la vez hacer visibles a sujetos y movimientos que -por lo general- son “producidos como no existentes” por la ciencia colonial y las clases dominantes, debido a su carácter subversivo y anti-sistémico. Y de manera análoga a Gramsci, en su propuesta revolucionaria lo central no era definir al socialismo en función exclusivamente de su rigurosidad científica, sus coherencias lógicas y sus supuestas “leyes”, sino a partir sobre todo de su capacidad movilizadora y su estímulo para la intervención activa en la realidad. José Carlos supo referirse al mito no en los términos de una “mentira” o ficción imposible de concretar, sino en la clave de un conjunto de imágenes-fuerza que, arraigadas en las condiciones de vida concretas de los sectores populares y en su memoria colectiva, evocan sentimientos, cohesionan a las masas y las dotan de una subjetividad irreverente que empalma con los ideales de las luchas emancipatorias.


He aquí, según Mariátegui, otro elemento a destacar en todo proceso formativo, que remite a los factores espirituales, la imaginación creativa y la mística como catalizadores del proceso de concientización de los pueblos y clases subalternas en su camino de autoliberación, ya que según él la revolución “será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu”. En el caso específico del Perú (pero también en otras latitudes de Nuestra América), ese mito capaz de dinamizar la reconstitución de la nación desde una perspectiva plural, debía tener como punto de partida la defensa de los pueblos indígenas sojuzgados por siglos de racismo, explotación y despojo. Sin embargo, “no es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista”. De ahí que concluya proclamando que “nuestro socialismo no sería peruano, ni sería siquiera socialismo, si no se solidarizase primeramente con las reivindicaciones indígenas”.


Sus últimos años de vida los dedica a fomentar procesos organizativos de base, entre los que se destacan la creación del Partido Socialista Peruano y de la Confederación General de Trabajadores (concebidas ambas como verdaderas escuelas de formación en la construcción y ejercicio de un poder alternativo al del Estado y las clases dominantes), aunque sin descuidar la batalla de ideas en contra de aquellas lecturas dogmáticas que hacían del marxismo un conjunto de verdades irrefutables, o bien frente a quienes pretendían arrojarlo al basurero de la historia por considerarlo ajeno a las corrientes y movimientos de lucha gestados por fuera del campo de la izquierda tradicional. A contrapelo, para Mariátegui no debía concebirse como un sistema cerrado y escolástico a “aplicar”, sino en tanto teoría subversiva en constante enriquecimiento y complejización, basada en una dialéctica del cambio y en una producción siempre situada, ya que “no es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales”.


Asimismo, podríamos aventurar que para él la relevancia del marxismo como filosofía de la praxis no implica autosuficiencia ni endogamia, ya que “no es posible aprehender en una teoría el entero panorama del mundo contemporáneo y no es posible, sobre todo, fijar en una teoría su movimiento. Tenemos que explorarlo y conocerlo, episodio por episodio, faceta por faceta. Nuestro juicio y nuestra imaginación se sentirán siempre en retardo respecto de la totalidad del fenómeno”. Aún cuando asume al marxismo como una potente brújula, Mariátegui supo tender puentes y aprender a dialogar con un crisol de tradiciones políticas, procesos de lucha, vanguardias culturales y corrientes de pensamiento no emparentadas en sentido estricto con el marxismo, en pos de actualizar las armas de la crítica para combatir, con más fuerza aún, al capitalismo como sistema de dominación múltiple. Entre ellas, vale la pena destacar al feminismo, al que José Carlos considera “esencialmente revolucionario” debido a que, lejos de ser una “cuestión exótica” que “se injerta en la mentalidad peruana”, constituye una idea y una práctica humana “que encuentra un ambiente propicio a su desarrollo en las aulas universitarias y en los sindicatos obreros”. Por lo tanto, no sólo se trata de indigenizar al marxismo (tal como propone en sus Siete ensayos y en numerosos artículos periodísticos, en particular aquellos compilados bajo el título de Peruanicemos al Perú), sino también de despatriarcalizarlo. “Los que impugnan el feminismo y sus progresos -dirá- pretenden que la mujer debe ser educada sólo para el hogar. Pero, prácticamente, esto quiere decir que la mujer debe ser educada sólo para las funciones de hembra y de madre. La defensa de la poesía del hogar es, en realidad, una defensa de la servidumbre de la mujer. En vez de ennoblecer y dignificar el rol de la mujer, lo disminuye y lo rebaja”. En este punto, Mariátegui entiende que es el macho-varón quien debe ser “educado” y (trans)formado por esta causa de relevancia universal. Por ello concluye: “A este movimiento no deben ni pueden sentirse extraños ni indiferentes los hombres sensibles a las grandes emociones de la época. La cuestión femenina es una parte de la cuestión humana”.


El 16 de abril de 1930, con tan sólo 35 años, José Carlos fallece tempranamente en Lima, viéndose frustrado su proyecto de trasladarse a la Argentina con el objetivo de radicarse en Buenos Aires. Varias propuestas intelectuales y políticas quedarán truncas tras su partida. Entre ellas, la publicación de una revista de carácter continental y cuyo sugerente título iba a ser Nuestra América. Revitalizar el proyecto mariateguista de un socialismo no eurocéntrico ni burocratizado, rabiosamente anti-imperialista y anti-patriarcal, y que pueda forjarse a partir de las diversas tradiciones emancipatorias gestadas a lo largo y ancho del continente, resulta hoy una desafío urgente para quienes seguimos apostando, sin prisa pero sin pausa, a la creación heroica de los pueblos.

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La tierra es la paz de los campesinos en Paraguay

“Sin tierra no habrá paz”, fue el lema de la 24ª. Marcha Campesina que ocupó Asunción el 29 de marzo, en una nueva y multitudinaria movilización protagonizada por la Federación Nacional Campesina (FNC), que en esta ocasión contó con el apoyo activo de los estudiantes, movilizados contra la corrupción, y de los pobladores de los Bañados, que resisten los desalojos y la especulación inmobiliaria.


Mientras los campesinos se concentraban en las cabeceras departamentales, la derecha y la izquierda protagonizaban una vergonzosa pelea para instalar la reelección modificando la Constitución, que se saldó con el incendio parcial del parlamento, decenas de detenidos y un militante liberal muerto por la policía. Una pelea entre el actual presidente colorado neoliberal, Horacio Cartes, y el opositor Partido Liberal, en la que se involucró el “progresista” Frente Guazú que postula a Fernando Lugo a la presidencia.


El Frente Guasú apoya la reelección para hacer posible que Lugo, al que las encuestas lo dan ganador, pueda presentarse a las elecciones de 2018. El otro sector de la izquierda, Avanza País, pretende postular al actual alcalde de Asunción, Mario Ferreriro, a la presidencia, y acusa de “traidores” al Frente Guazú por hacer alianza con el neoliberal y corrupto presidente Cartes.


Ante esa realidad, la FNC tomó distancias de esa puja primaria por conseguir un lugar en el Estado paraguayo, uno de los más corruptos del continente. Para evitar que su marcha fuera instrumentalizada por alguno de los sectores, la secretaria general de la FNC, Teodolina Villalba, manifestó su rechazo a la participación electoral.


“El electoralismo está mal, porque la participación consiste solamente en votarles y durante cinco años no podés opinar siquiera”, dijo durante la marcha, asegurando que la participación real se produce cuando el pueblo organizado opina y debate. “Como organización no nos prestamos a eso, porque venimos por nuestro propio sacrificio, autofinanciado y en torno a aun objetivo de denunciar las injusticias que vivimos en el campo”.


La FNC se define autónoma y considera al campesinado organizado como “sujeto político capaz de dirigir su propia emancipación”. Como parte de sus prácticas autónomas, “el autofinanciamiento” es la guía de todas sus acciones y movilizaciones, como puede leerse en su página fnc.org.py/, lo que los diferencia de las organizaciones clientelares que para movilizarse dependen de los fondos del Estado o las ONGs.


La FNC surgió en 1991 recogiendo la rica historia de las Ligas Campesinas que fueron duramente reprimidas por la dictadura de Alfredo Stroessner en la década de 1970. En estos 26 años han realizado 24 marchas a Asnucnión, pero sobre todo recuperaron casi 300 mil hectáreas en base a la ocupación de latifundios. En esas tierras recuperadas crearon 40 asentamientos donde miles de familias campesinas producen sus alimentos naturales y reproducen la vida.
La FNC destaca el papel de las mujeres en la lucha campesina, que consiste en. “promover e impulsar la participación política de las compañeras desde todas las estructuras orgánicas, extendiendo la lucha contra el machismo, a través de la profundización del debate, a otras organizaciones”. Eso explica que sea una de las pocas organizaciones donde una mujer, Teodolina Villalba, sea la secretaria general.


“Tanto en las marchas campesinas como en las movilizaciones, las mujeres han crecido en protagonismo, pasando a ocupar responsabilidades que antes eran exclusivas de los hombres, como la seguridad y la dirección política. En ese proceso, también los hombres fueron asumiendo responsabilidades en la cocina y la guardería”, señalan sus documentos. Teodolina sostiene que las mujeres han jugado un rol estratégico en la construcción de la organización campesina.
Este año siguieron reclamando por la reforma agraria, rechazan la sojización del campo con grandes plantaciones que sobre utilizan agroquímicos como el glifosato, responsable de cientos de casos de intoxicaciones, y denuncian la violencia del Estado y de los hacendados contra los campesinos.


Agregaron una consigna que muestra la profundidad de su reflexión y de su lucha: “¡La Guerra Grande continúa!”. Así se le llama en Paraguay a la Guerra de Triple Alianza (1864-1870), cuando Argentina, Brasil y Uruguay empujados por el imperio británico, invadieron el país y asesinaron cientos de miles de paraguayos para poner fin al gobierno “no alineado” de Francisco Solano López. Paraguay sufrió un desastre demográfico: perdió más de la mitad de su población y probablemente el 90% de sus varones, además de sufrir la amputación de una parte de su territorio.


Cuando la FNC dice que la Guerra Grande continúa, nos está hablando en el mismo lenguaje que el EZLN cuando analiza que vivimos la “cuarta guerra mundial”, o sea la guerra del capital contra los pueblos. En Paraguay esa guerra se llama monocultivos de soya, que ocupan una parte fundamental de las tierras agrícolas del país que se usurpan a los campesinos, pero también de los ganaderos y los narcotraficantes, aliados entre sí contra la resistencia campesina.
Por último, destacar que la FNC es una de las pocas organizaciones que no se plegó al gobierno “progresista” de Lugo (2008-2012) y que mantuvo su autonomía. Eso le permitió emerger como la principal y más combativa organización del movimiento popular paraguayo.

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