Lunes, 02 Julio 2018 10:13

¿Por qué nos odian?

¿Por qué nos odian?

Platicando sobre la persecución de inmigrantes indocumentados, la separación de sus hijos para colocarlos en jaulas y otras atrocidades oficiales con Kevin, un afroestadunidense que trabaja de portero en un edificio de Nueva York y que es de las personas más informadas de este país, concluye: "antes era la J, ahora es la M".

Se refería a cuando los nazis colocaban la letra J en la ropa, en las puertas de casas o negocios de judíos para identificarlos y finalmente detenerlos, separando familias y enviándolos a campos de concentración. La M, obviamente, son los perseguidos de los que platicábamos: los migrantes.

De hecho, las comparaciones entre los nazis y otros regímenes fascistas del siglo pasado con el estadunidense actual es cada vez más frecuente. "Yo fui separado de mis padres por los nazis cuando mi familia fue enviada y aniquilada en un campo de concentración. No permitiré que se repita aquí ahora", decía una pancarta cargada por un hombre en una de las manifestaciones contra las políticas de separación y encarcelamiento de familias inmigrantes que se realizaron por todo el país el sábado.

Por ahora, un Trump en la Casa Blanca no implica que este "país de inmigrantes" se haya vuelto antimigrante, y aún no ha logrado convencer a las mayorías. Según el Centro Pew, siete de cada 10 estadunidenses simpatizan con inmigrantes indocumentados; mayorías no se oponen a darles una ruta a la legalización, no creen que los inmigrantes cometan más delitos serios que quienes son ciudadanos, no les molesta que hablen otro idioma y no creen que se roben las chambas de los estadunidenses.

Pero esas mayorías permitieron que llegara a la Casa Blanca y aún no han impedido su asalto contra el sector más vulnerable del país. La política antimigrante impulsada por Trump no es del todo nueva, pero sí su intención de generar máximo temor entre la comunidad inmigrante –o lo que llaman efecto "disuasivo"– como el ataque abierto del propio presidente a los indocumentados ("violadores", "animales", "invasores", etcétera) y la justificación oficial de que se está "defendiendo" al país de una invasión de inmigrantes criminales violentos.

Pero no hay una invasión ni mayor crimen. La tasa de criminalidad oficial está en unos de sus puntos más bajos en décadas y, por cierto, los lugares con mayores concentraciones de inmigrantes se registran menos crímenes; a la vez, en términos relativos, durante los últimos años ha bajado por mucho el nivel de ingreso de inmigrantes a este país.

Paul Krugman, el economista Premio Nobel, señaló que “hemos visto esta película antes, en la historia del antisemitismo... nunca fue sobre algo que los judíos realmente hicieron… sino sobre mitos espeluznantes, frecuentemente basados en fabricaciones deliberadas que eran difundidas para sistemáticamente engendrar odio”. Concluye, en su columna en el New York Times, que “las atrocidades que nuestra nación está cometiendo ahora en la frontera no representan una sobrerreacción o una respuesta mal implementada a un problema real que se necesita solucionar. No existe una crisis de inmigración; no hay una crisis de crimen inmigrante. No, la crisis real es un recrudecimiento del odio… Y cualquiera que esté ofreciendo pretextos para ese odio… es, en efecto, un apologista de crímenes de lesa humanidad”.

Ese odio y temor "al otro" ayudaron a que Trump llegara a la Casa Blanca, y son parte integral de la estrategia para consolidar su poder. Esto, en un país que está enfrentando un cambio demográfico sísmico, nutrido por la inmigración, donde en 25 años los blancos se volverán en otra minoría. Algunos creen que el odio/temor antimigrante es un último grito histérico de los que sienten –incluyendo mucho en el poder ahora–, que está llegando el fin de su mundo (tienen razón).

Es temor al futuro, a la transformación del país mas poderoso del planeta por los más vulnerables y atrevidos del mundo.

Publicado enSociedad
Arrestaron al culpable, pero el asesino sigue suelto

La masacre de nueve feligreses afroestadounidenses en la Iglesia Metodista Africana Emanuel de Charleston, Carolina del Sur, ha causado conmoción en todo el país y bien podría haber sacudido las bases de la Confederación. Dylann Storm Roof ha sido acusado de asesinar de manera premeditada a los miembros de la congregación, tras haber recargado al menos dos veces su pistola Glock. Según una persona que habló con una de las tres sobrevivientes de la masacre, Roof dejó a una víctima con vida para que pudiera contarle al mundo lo sucedido. Este terrible asesinato en masa fue un acto de terrorismo abiertamente racista.


Entre las víctimas mortales se encuentra el pastor de la histórica iglesia, el Reverendo Clementa Pinckney, de 41 años de edad, que también era senador del estado de Carolina del Sur y dirigía un grupo de estudios bíblicos los miércoles por la noche. La noche de la masacre, Roof participó durante una hora de las actividades del grupo antes de matarlos.


Algunos años atrás, el reverendo Clementa Pinckney describió a la Iglesia Metodista Africana Madre Emanuel: "[La iglesia] se encuentra en un lugar muy especial de Charleston. Es un lugar muy especial porque el lugar donde está ubicada, esta zona, ha sido vinculada con la historia de la vida de los afroestadounidenses desde principios de 1800. La iglesia fue construida en 1891. El reverendo Morris Brown creó la congregación en 1818. Brown se convertiría más tarde en el segundo obispo de la Iglesia Episcopal Metodista Africana. Quienes saben un poco sobre nuestro nombre, comenzamos en 1787 a través de nuestro fundador, Richard Allen, que se fue de la Iglesia Episcopal Meddeth de San Jorge debido a que le decían que tenía que rezar después de los miembros 'normales' de la iglesia. Y es así que comenzó nuestra denominación, en un acto de desobediencia civil y, por decirlo de algún modo, de búsqueda de justicia teológica".


Lo poco que se conoce sobre la motivación de Roof para supuestamente haber cometido el crimen ha sido extraído de un sitio web que se cree que él creó. En el sitio hay un manifiesto que reza: "Elegí Charleston porque es la ciudad más histórica de mi estado y en una época tenía la mayor proporción de negros con respecto a blancos en todo el país. No tenemos skinheads aquí, no hay un verdadero Ku Klux Klan, nadie está haciendo nada, solo hablan en Internet. Bueno, alguien debe tener la valentía de llevar esto al mundo real y supongo que tendré que ser yo". Una sobreviviente de la masacre afirmó que Roof le dijo a una de las víctimas que le suplicaba que parara: "El dijo: 'Debo hacerlo. Ustedes violan a nuestras mujeres y se están apoderando del país. Deben morir'".


El sitio web contiene fotografías de Roof con un arma, la Glock calibre .45 que probablemente sea la que utilizó en la masacre, y con la bandera confederada, lo que suscitó nuevas iniciativas de retirar ese símbolo de racismo y odio de los lugares públicos. Durante décadas, la bandera confederada ondeaba en lo alto del Parlamento de Carolina del Sur, junto a la bandera de Estados Unidos y a la del estado de Carolina del Sur. Después de que la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) comenzó a boicotear al estado en el año 2000, se alcanzó un acuerdo, por el cual se retiró la bandera de la cúpula del capitolio del estado y se la colocó en otra parte del predio, junto a un monumento a los caídos del ejército de la Confederación durante la Guerra de Secesión.


Uno de los primeros en hablar a favor de retirar la bandera tras la masacre ocurrida la semana pasada fue el legislador estatal de Carolina del Sur Doug Brannon, un republicano blanco. Brannon dijo en Democracy Now!: "El jueves por la mañana me desperté con la noticia de la muerte de estas nueve maravillosas personas y supe que había que hacer algo. Clementa Pinckney lo merece. Estas nueve personas lo merecen. Es necesario retirar la bandera de la Confederación del capitolio de nuestro estado".


El reverendo William J. Barber segundo es el presidente de la NAACP de Carolina del Norte. Se enteró de la matanza el miércoles por la noche, mientras estaba en la cárcel. Barber contó en Democracy Now!: "Habían arrestado a alrededor de 10 de nosotros en la Cámara de Representantes de Carolina del Norte por protestar contra los políticos extremistas que aprobaron la peor ley de restricción del derecho al voto del país". Barber ha encabezado el movimiento "Lunes de moral", que moviliza cada semana a cientos de miles de personas en contra de la agenda que promueve el gobierno republicano de Carolina del Norte. Está a favor de que se retire la bandera confederada, a la que denomina "vulgar", pero sugirió que promover medidas políticas sería un mejor homenaje a Clementa Pinckney y a las demás víctimas.


Barber declaró: "El reverendo Pinckney, como colega de la iglesia, no solo se oponía a la bandera, se oponía a que se negara la ampliación de Medicaid. Sabemos que en este momento la mayoría de los estados se oponen a la ampliación de Medicaid. En muchos de ellos, 6 de cada 10 personas son negras. El reverendo Pinckney se oponía a la restricción del derecho al voto y a la identificación de votantes en Carolina del Sur. Se oponía a quienes celebraron el fin de la Ley de derecho al voto, la eliminación del artículo 4, que significa que Carolina del Sur ya no necesita autorización federal previa para cambiar las leyes de votación. Se oponía a la falta de financiamiento para la educación pública y defendía un aumento del salario mínimo". Barber dijo al representante estatal Doug Brannon en Democracy Now!: "Elaboremos un proyecto de ley general en nombre de los nueve mártires y de todas las cosas que defendía el reverendo Pinckney. Si decimos que lo amamos a él y a sus compañeros, pongamos todas estas cosas en un proyecto de ley general, aprobémoslo y llevémoslo el viernes al funeral".


Wal-Mart, Amazon y otras grandes empresas minoristas han retirado de la venta los productos que contienen la bandera confederada. Alabama ha retirado la bandera confederada de los edificios públicos y otros estados, entre ellos Carolina del Sur, están por hacer lo mismo. El símbolo de la rebelión y la secesión de los estados del sur, el símbolo que representa la decisión de librar una guerra para proteger la esclavitud, podrá estar menos visible, pero la lucha por la igualdad, librada hace 200 años por los propios fundadores de la Iglesia Emanuel de Charleston, continúa. Como afirma el reverendo Barber, se necesita un cambio sistémico: "Arrestaron al culpable, pero el asesino sigue suelto".

 

© 2015 Amy Goodman
Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enInternacional
Domingo, 16 Septiembre 2012 08:37

Reverendo

 Reverendo
Bombardear consulados y matar embajadores está mal. No importa el país, no importa la razón, asesinar está mal. Y hacerlo asaltando un consulado empeora las cosas, porque violar el principio de inmunidad diplomática degrada la convivencia entre los países. Eso ya lo sabemos. El tema es qué hacemos con el reverendo.

Prácticamente todo el mundo salió a condenar la muerte del embajador Chris Stevens durante un ataque con cohetes lanzagranadas al consulado estadounidense en la ciudad libia de Benghazi el martes pasado. También, la quema de la embajada alemana en Túnez y las agresiones varias a distintas sedes diplomáticas estadounidenses en distintos países con población musulmana esta semana a partir de un nuevo aniversario del derribo de las Torres Gemelas de Nueva York. Más allá del significado y la historia de la presencia estadounidense y europea en cada uno de esos países, el detonante de la ola de furia antioccidental habría sido la difusión por Internet de un video blasfemo e insultante que muestra al profeta Mahoma en diversas situaciones como mujeriego, homosexual y tonto. El video es la promoción de una película que casi nadie vio, dicen que muy bizarra, que propagandiza en contra de la religión musulmana y que habría llegado a estrenarse hace algunas semanas en algún cine de California sin que nadie lo notara demasiado. Hasta que llegó el reverendo.

El reverendo Terry Jones (foto) es un pastor anglicano de Gainesville, Florida, que odia a los musulmanes. Además es un especialista en llamar la atención. La iglesia de Jones casi no tiene feligreses. Empezó con unos treinta, pero ahora que se hizo famoso sólo le quedan “tal vez doce”, según confesó en la conferencia de prensa que dio en el patio de su iglesia el jueves pasado, el mismo día en que su embajador en Libia volvía al país en un cajón. No tendrá feligreses, pero lo que hace Jones es seguido por millones de personas en todo el mundo. Hace dos años tuvo la ocurrencia mediática de declarar el 9-11 “Día del juicio a Mahoma” y, para marcar el aniversario, anunciar una jornada de quemas del Corán. Los medios cayeron en masa sobre la iglesia para fotografiar al pastor con cara de malo y carteles llenos de insultos. Todo el mundo salió a pedirle que no queme los libros, hasta presidentes de varios países. Una ola de protestas y manifestaciones barrió Afganistán y se contaron once muertos. Finalmente, a horas del 9-11, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos llamó a Jones y le pidió que no quemara los coranes.

El reverendo aceptó, pero después cambió de idea. En marzo del 2011 le hizo un “juicio al Corán”, lo declaró culpable de crímenes de lesa humanidad, y procedió a quemar una copia del libro, todo debidamente filmado, reproducido y listo para consumir. Para entonces ya era el ídolo de todos los grupos neonazis del mundo y empezaba a formarse una red de Internet, contactos que reproducían las declaraciones inflamatorias del reverendo y las hacían llegar a los países musulmanes, disfrazadas de denuncia, para máximo impacto. El video de la quema del Corán le llegó al presidente afgano Hamid Karzai, y Karzai lo denunció en un discurso, desatando otra ola de protestas. En la ciudad de Mazar i Sharif fue asaltado un puesto de asistencia humanitaria de Naciones Unidas con un saldo de treinta muertos. El reverendo, como de costumbre, dijo que él no tiene nada que ver y que los musulmanes son muy violentos.

Hace tres meses el reverendo volvió a las andanzas y se juntó con unos veinte secuaces para quemar copias del Corán en frente de su iglesia. No tuvo éxito. Los vecinos lo abuchearon, el departamento de bomberos de la ciudad de Gainesville le puso una multa de 271 dólares por provocar un incendio sin estar autorizado y, lo peor para él, la noticia no trascendió más allá de la prensa local. Entonces dobló la apuesta y en mayo generó un pequeño alboroto cuando armó una horca en el jardín de su iglesia y procedió a ahorcar una silueta de cartón de Obama, primer presidente negro de los Estados Unidos, como si fuera un linchamiento de los tiempos de Jim Crow. El golpe de efecto causó su buena cuota de indignación, pero la figura sigue colgando en el jardín del reverendo. Además, aunque el reverendo remarcó que había colgado simbólicamente a Obama por no denunciar a los musulmanes, la noticia no generó mucho interés fuera de los Estados Unidos. Entonces llegó el video.

El reverendo no paró de promoverlo y difundirlo por Internet toda la semana previa al 9-11 y aprovechó para pasarlo en su iglesia como parte de la conmemoración de su “Dia del juicio a Mahoma”. Así, el video llegó primero a la prensa egipcia y de ahí al mundo.

La ola de indignación no tardó en llegar. En algunos lugares prendió más, en otros menos, según las circunstancias y los intereses en juego. La gran mayoría de las protestas fueron pacíficas, pero algunas resultaron violentas y hasta mortíferas en ciudades arrasadas por la guerra como Benghazi o Khartoum. Las delegaciones diplomáticas fueron los blancos elegidos, sobre todo las estadounidenses, pero también algunas europeas. En Líbano fue atacado un McDonald’s y el Papa la pasó mal, en muchos otros lugares la cosa no pasó de la quema de banderas.

Según informó la Casa Blanca después del asalto al consulado en Libia, unas horas antes de que se produjera el ataque, el secretario de Defensa, León Panetta, había llamado al reverendo para pedirle que deje de promover el video. “No estoy haciendo otra cosa que expresar mi libertad de expresión,” le contestó Terry Jones el jueves en conferencia de prensa en su iglesia, armado como de costumbre con un revolver de calibre grueso en la cintura.

El tema es qué hacemos con el reverendo. Hasta ahora el único castigo que ha recibido, además de la multa de los bomberos, es que le quitaron los descuentos impositivos a su iglesia porque descubrieron que usaba el galpón del fondo para vender muebles usados por e-Bay. Es que el tipo vive en un país con una tradición muy fuerte de libertad de expresión, donde es muy difícil censurar actos y discursos, aun los que conllevan fuertes contenidos de violencia simbólica. En Estados Unidos desde hace décadas los jóvenes abogados negros y judíos de la Asociación de Libertades Civiles (ACLU) defienden de la censura estatal a miembros del Ku Klux Klan y del Partido Nazi, bajo la consigna “odio lo que dices, pero daría mi vida para que puedas decirlo”.

Claro que la libertad de expresión tiene límites y en Estados Unidos ese límite lo marcó un famoso fallo de 1919 de Oliver Wendell Holmes, donde dijo: “Si uno grita ¡fuego! en un cine, puede provocar una estampida”. O sea, el límite es un lenguaje falso y peligroso que puede provocar en lo inmediato una acción ilegal, como puede ser, en el caso del cine, una estampida. Con todas las idas y vueltas en la jurisprudencia a lo largo del siglo en lo que hace al secreto de Estado, doctrina de real malicia, Ley Patriota, etcétera, etcétera, la Justicia y la sociedad estadounidenses tienden a privilegiar el derecho a la libre expresión por sobre otros, como el derecho a la privacidad o a la seguridad.

Es difícil probar una relación directa entre el reverendo y la muerte del embajador. Es difícil acusar al reverendo de algo, obligarlo a que se calle la boca, con las leyes de Estados Unidos. Ya ni se trata de lo que dice, sino de lo que reproduce y promociona. Pero el reverendo está lleno de odio y no va a parar por las buenas. Si lo dejan hacer y le siguen dando bola, va a seguir provocando hasta que explote la próxima tragedia.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Publicado enInternacional