Lunes, 31 Marzo 2014 07:26

Las mujeres marcan el ritmo en Cuba

Las mujeres marcan el ritmo en Cuba


Cabezas de familia en la mitad de los hogares, representan el 66% de los trabajadores del país y el 50% de los profesionales de la salud. Con unos avanzados permisos de maternidad, cobran lo mismo que los hombres por igual empleo y ocupan el 48% de los escaños del Parlamento.

 

En casi la mitad de hogares cubanos, quienes están al frente de la familia son mujeres. Según se desprende del último censo de población, ellas son cabeza de familia en el 44,9% de los núcleos, lo cual representa un importante crecimiento teniendo en cuenta que en 1981 comandaban menos del 30%. Las causas del empoderamiento de las mujeres cubanas son múltiples, pero influye sobremanera su incorporación masiva al trabajo y al estudio: el 66% de los profesionales y técnicos de Cuba son féminas, al igual que el 50% de los trabajadores de la salud. Esta realidad les permite mantener económicamente a sus hijos con las mismas posibilidades. Además, las mujeres cubanas ganan los mismos salarios que los hombres por igual trabajo, una realidad no muy común en el mundo.


La alta tasa de divorcios también contribuye al mayor protagonismo femenino en el hogar. Separarse legalmente en Cuba es un proceso muy rápido y barato, en el que basta la voluntad de uno solo de los cónyugues para poner fin de inmediato a la unión matrimonial. "Así debe ser porque si yo no quiero seguir con mi pareja nadie puede obligarme a ello", responde a Público Loannia Marimón, una joven cubana de 32 años ya divorciada de primeras nupcias. Mientras que Manuel Toledo, de 33 años, pregunta asombrado: "¿Es que no se así en todo el mundo?".


"Vives en una sociedad matriarcal, incluso antes de la creación de la Federación de Mujeres Cubanas, las mujeres mandaban, de manera discreta, por debajo del tapete, pero lo hacían", dice Margarita Alarcón, trabajadora de una sede diplomática. "Si a eso le sumas que ahora las mujeres en la isla son cultas y preparadas, y muchas son las que ponen la plata gorda sobre la mesa, pues ya. En el fondo a los hombres cubanos les encanta que los siga dominando mamá", agrega.


Su participación política es notoria, el 48% de los diputados son mujeres, según explica la embajadora de Cuba en la UNESCO, María de los Ángeles Flórez. Hoy incluso hay una política de priorizar a las féminas en los cargos públicos, pero lo cierto es que su protagonismo fue anterior a la Revolución. Según la intelectual Graciela Pogolotti, algunos de sus derechos "se los ganaron con su participación como combatientes en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado". Eso explica por qué, desde mucho antes de que las cubanas pelearan en la Sierra Maestra y en la clandestinidad, el aborto y el divorcio eran ya derechos reconocidos.
Las leyes


En la actualidad las leyes protegen especialmente la maternidad, los hijos de madres trabajadoras y solteras tienen prioridad en los círculos infantiles. El permiso es de seis meses con salario pleno y se extiende otros seis meses con un 60% del sueldo, además de brindar la opción de que sea tomado por la madre o el padre. Ninguna cubana puede ser despedida a causa de su embarazo ni perder su cargo tras el permiso.


Se ha introducido el delito de ultraje sexual, que incluye el acoso, y el ser cónyuge se convierte en un agravante para el agresor. Aun así, el asunto de la violencia de género sigue siendo un problema, en 1999 se detectaron casi 2.000 mujeres heridas y 344 violadas. Se han abierto decenas de casas de la Federación de Mujeres para recibir quejas de maltrato dado que todavía algunos policías lo consideran un problema interno de la familia.


El ejercicio de la prostitución no está castigado, pero existen leyes muy severas contra quienes la explotan: el proxenetismo y la trata depersonas pueden ser penados con hasta 30 años de prisión. Servir de intermediario, facilitar el transporte o alquilar la casa para clientes y prostitutas puede terminar con condenas de cárcel y decomiso de vehículos y viviendas. Cuba es especialmente dura con aquellos que prostituyen niños, varios extranjeros están en prisión por haber mantenido relaciones con chicas de 13 y 14 años.


La vida sexual de las cubanas empieza más temprano, termina más tarde y es más abierta que las de sus congéneres de la región. Se inician desde la adolescencia y en los círculos de abuelos se siguen formando parejas de setentones. Es el país con mayor tasa de divorcios de América Latina y una mujer de 50 años puede acumular tres rupturas sin que ello resulte traumático. Tiene que ver con todo lo antes referido y también con la profesión de una fe religiosa, la "santería"afrocubana, en la que el sexo no tiene la carga pecaminosa del catolicismo.

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Sábado, 01 Marzo 2014 09:25

José Mujica, bosquejo para un retrato

José Mujica, bosquejo para un retrato

En diciembre de 2013, la revista británica The Economist -de tinta liberal- sorprendió a sus lectores con una publicación insólita. Por primera vez en su historia decidió conceder un título de "país del año", y no al analizar el comportamiento de los indicadores económicos convencionales, sino el impacto de medidas transgresoras en la felicidad. El elegido resultó ser Uruguay. Un fragmento de tierra inserto en el costado atlántico de Suramérica, que visto desde cualquier mapa parece un paréntesis entre Brasil y Argentina, unos cuantos versos apretujados en prosa elocuente. Una república que se proclama oriental, donde habitan cerca de 3.4 millones de ciudadanos y pastorea casi el cuádruple de reses y el triple de ovejas. Un referente internacional que, para no pocos internautas, alegoriza la Utopía descrita por el renacentista Tomás Moro, pues también el año pasado la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) indicó que el país registra la mejor distribución de ingresos en la región y es el segundo con más bajo índice de pobreza, y Naciones Unidas lo ubicó en la posición 51 del ranking global de desarrollo humano entre 187 evaluados.

 

Pero si en la actualidad los medios de comunicación han catapultado a Uruguay a la cúspide de sus agendas, mientras que una década atrás apenas detenían sus lentes en ese añico geográfico del planeta, no se debe a promisorias estadísticas, ni a la implementación de un Star system autóctono, ni a las recientes evidencias que afirman la nacionalidad uruguaya de Carlos Gardel. El interés se debe, específicamente, a su sui géneris gobernante.


José Mujica, un ex guerrillero tupamaro con los 79 años casi tocándole la puerta, es quien preside Uruguay desde hace casi cuatro años. La "changuita de presidente" -como suele denominar su trabajo para extirparle las rimbombancias inherentes- la ganó en las elecciones de 2009, en representación del Frente Amplio, una alianza política con diversas tonalidades de izquierda que timonea la nación desde 2005. Porque José Mujica siguió siendo Pepe tras ese nombramiento. No mudó la vida que comparte con la senadora Lucía Topolansky a la residencia oficial, ni suplantó a su perra Manuela por otra con pedigrí, ni compró un automóvil fastuoso, ni sacó sus manos campesinas de la tierra, ni ocultó en los bolsillos las palabras que lo igualan a la gente de pueblo.


Mujica permaneció bajo el mismo techo de su chacra de 45 metros cuadrados, ubicada en una zona rural llamada Rincón del Cerro, a 13 kilómetros de Montevideo. Conservó su viejo Volkswagen de dos puertas, del modelo escarabajo que los hippies veneran. Continuó cultivando hortalizas, haciendo florecer su pedazo de campo y criando animales. Salvó la naturalidad de su carácter de la plasticidad de protocolos apelando a que él se equivoca "como cualquier hijo de vecino". Incluso, perpetró un delito contra la moral contemporánea mucho más desconcertante: renunció al 90 por ciento del salario que venía con "la changuita", para destinarlo a obras sociales.


¿Extravagancia? Depende. En una época en que la felicidad se concibe primordialmente como la acumulación de capital para el consumo constante de cosas publicitadas, cualquier intento de construir la felicidad en lo opuesto podría considerarse una extravagancia. No obstante, esta no sería una extravagancia inocua, pues expresa una cosmovisión que cuestiona la razón con que palpita el orden capitalista y se legitima en la realidad. Si a Mujica lo respetan tantas juventudes del mundo, no es por predicar la filosofía de vivir con lo indispensable, sino por testimoniar cotidianamente esa filosofía. Es con la coherencia entre discurso y praxis como suscita respeto en su pueblo y allende los márgenes uruguayos. Definitivamente, ante la apoteosis de frivolidad que la industria cultural fabrica, es una suerte contar hoy con una figura pública que no sea admirada por su blanca dentadura o formas hiperbolizadas con silicona. Y que esa figura pública sea un presidente y ese presidente cite la poesía de Antonio Machado para definir su estilo "ligero de equipaje", o el estoicismo de Séneca para explicar que no es pobre, porque "pobres son los que precisan mucho".


Sin embargo, en ocasiones su gestión gubernamental se torna objeto de escabrosas polémicas en los escenarios políticos. Con gran acierto, el periodista Ricardo Scagliola, al introducir una entrevista con el mandatario en Tevé Ciudad, recurre a una metáfora elaborada por un antropólogo amigo de Pepe Mujica, que lo calibra como "un Quijote vestido de Sancho", apuntando así ese dualismo contrastante, mas no incompatible, que resulta imprescindible para comprender a tal personaje. Ahora, cuándo el líder ve gigantes y cuándo ve molinos de viento, no son cuestiones que se puedan descifrar cabalmente. Scagliola opina que Sancho es la cabeza del Gobierno, por el pragmatismo que tipifica las decisiones del líder. Pero, en virtud de la legendaria novela hispana, convendría preguntarse cuánto se entretejen ambas identidades en sus peripecias.


Fue con ese hombre multidimensional, que se sabe individuo, partido, Estado y nación, con quien ocurrió este diálogo en el contexto de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), efectuada en La Habana a finales de enero. Sin embargo, no fue posible bosquejar justamente a Sancho y a Don Quijote por razones de tiempo, o quizás por un cuestionario demasiado ambicioso -o utópico-, que no consideró el mate ni la parsimonia con que suele hablar Mujica, como si su voz procediera de las entrañas de una gruta.


-Presidente, ¿qué le ha parecido esta visita a Cuba? Le vi participando en la Marcha de las Antorchas. ¿Qué vivió en la marcha?
-Naturalmente, esa marcha es un acto tradicional de recuerdo de Cuba. En alguna medida, de buena parte de sus gentes más jóvenes, un pedazo de la génesis de ese hombre tan singular que fue Martí para Cuba y para todos los latinoamericanos. Me pareció una recolección muy digna de calor y de contenido, y como tal es una fiesta de afirmación de la nacionalidad, en el sentido más amplio. Me sentí muy congratulado de conocerla y participar.


-Usted ya había estado en Cuba cuando era joven, mucho antes de ser presidente.
-Sí. Obvio.


-¿Qué edad tenía cuando vino por primera vez?
-Ay, mi hija, tú estabas muy lejos de haber nacido. La primera vez que vine fue en 1960. Han pasado algunos añitos.


-Ya había triunfado la Revolución Cubana. ¿Qué impacto le causó el triunfo?
-Aquel fue un sacudimiento para la política general de América Latina, en el contexto de un mundo muy distinto en el que vivíamos, un sacudón para nuestra formación política de gente joven, que velaba, que luchaba, que soñaba con encontrar relaciones más justas en el mundo en el que nos tocaba vivir. Desde ese punto de vista, fue una especie de llamarada intelectual, que sacudió al continente y a otras partes del mundo. Imposible de transmitir a las nuevas generaciones el impacto emocional, psicopolítico, ideológico, que significó la Revolución Cubana.


-Cuando eso usted todavía no formaba parte del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. ¿Influyó su vivencia aquí o la Revolución Cubana misma en su decisión de incorporarse al movimiento?
-Tal vez se venía gestando ya. Pero... sí. Todos los fenómenos interactúan. No quiero señalar que haya sido determinante, pero seguramente que la Revolución Cubana influyó muchísimo.


-En esos años fue cuando conoció a su compañera, a la senadora Lucía Topolansky. ¿Cómo fue que se conocieron, que se enamoraron?
-Nos conocimos cuando éramos militantes clandestinos y éramos perseguidos. Ya habían sobrevenido sobre el Uruguay las condiciones que determinaron la presencia de una dictadura militar. En ese marco nos conocimos. Y nunca debe extrañar que quienes viven en peligro busquen el amor.


-Después estuvo unos 15 años en prisión, la mayoría completamente aislado. En el documental sobre su vida -de la serie Presidentes de Latinoamérica-, cuenta que ahí aprendió que las hormigas gritan y las ratas se domestican. ¿Cómo fue esa relación? ¿Contribuyeron las hormigas y las ratas a hacer menos grande su soledad?
-No sé. El tiempo parece infranqueable. Las horas se estiran. La soledad y la noche se agrandan. Nunca hay que olvidar que los antiguos, después de la pena de muerte, consideraban que la expulsión de la sociedad era uno de los castigos más duros que se le podía inferir a un ser humano. La cárcel, en las condiciones que nos tocó vivir a nosotros, alejados de todo, y solos, suponía una aventura muy peligrosa para la estabilidad emocional y psíquica. Y uno se refugia para resistir a veces en cosas mínimas.


En lo personal, siempre he tenido una pasión muy grande por la biología, en todos los aspectos. No debe sorprender que, en esas condiciones, haya experimentado con las hormigas. Vuelvo a repetir que las hormigas son capaces de gritar, para quien sabe escuchar. Basta agarrarla con los dedos, ponérsela acá –dice, colocando los dedos cerca del oído-, y se verá que el bichito grita.


-¿Grita de dolor porque la está aguantando?
-No sé si grita de dolor, de miedo o de qué. Pero puedo garantizar que grita. Y claro: para esas cosas hay que tener mucho tiempo.


-¿Cómo transcurría el tiempo ahí? ¿En qué se convirtió para usted el paso del tiempo en esos años?
-Tal vez en una pesadilla. Pero bueno, la noche quedó atrás.


-Hoy en América Latina se está hablando mucho de la necesidad de construir la paz. Ahora en La Habana se están desarrollando las negociaciones entre el Gobierno colombiano y representantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) para alcanzar una solución política del conflicto armado, y también en esta segunda cumbre de la Celac se declaró a América Latina y el Caribe zona de paz. ¿Qué entiende que es la paz, y de qué cree que dependa en América Latina y el Caribe la construcción de la paz?
-La paz es la existencia de un equilibrio razonable, de respeto mutuo entre los hombres que tienen diferencias, y con la existencia de mínimas garantías, para que esas diferencias no le hagan a cada cual perder la esperanza, de que el mundo y la realidad puedan evolucionar en el sentido de lo que uno piensa, o sueña, o anhela.


La paz supone siempre la posibilidad de convivir. Y convivir con diferencias. Porque en definitiva quienes están de acuerdo, quienes no tienen conflictos, obviamente que no van a poner en peligro la paz. La paz siempre la van a poner en peligro aquellos que discrepan. Por lo tanto, es muy sabio organizar una sociedad que dé cabida, de una forma u otra, a formas de pensar que puedan tener diferencias. Pero no es sencillo esto, porque en esos fenómenos intervienen, dentro de un país, fuerzas auténticas, internas, e intervienen también fuerzas externas.
Desgraciadamente, no hemos podido aprender en la humanidad todavía que no hay que meterse en la casa de otro para multiplicar los problemas que pueda tener, y pretender que el otro haga lo que nosotros pensamos. No vivimos en un mundo con esa capacidad de respeto a las diferencias. De ahí que los antagonismos y las diferencias se nos suelen hacer explosivos. Y se arman llamaradas y nos llevan a conflictos, y a veces a conflictos armados.


Hace unos años podíamos especular con la existencia de guerras justas o injustas. Contemporáneamente, hoy, no ayer o anteayer, hoy, todo parece indicar que todas las guerras terminan siendo injustas, porque los que pagan el plato son siempre los más débiles. En cualquier sociedad. Y entonces, la guerra se transforma tácitamente en una condena a los más débiles. A veces quedan exentos de los horrores de la guerra quienes más responsabilidad tienen en la existencia de la guerra. Por eso, uno se vuelve pacifista. Por lo menos tome lo de pacifista entre comillas, más bien contemplando los resultados de distintas realidades.


Anhelamos que Colombia encuentre su camino de negociación política. Es mucho mejor hasta una mala negociación a la continuidad de una guerra que condena a sacrificios a muchísima gente, sin la perspectiva de una salida clara. Antiguamente decíamos que si la guerra se hace por una paz, mejor. Pero en los últimos veinte, veinticinco años, hemos visto muchas guerras, y después, una paz peor. Entonces, nos volvemos pacifistas.


-Los medios anunciaban que usted se iba a reunir durante su visita con representantes de las FARC y también con el presidente Juan Manuel Santos. ¿Hay algo que pueda compartir de ese encuentro que tuvo?
-Con Santos hablé palabras de salutación, comunes y corrientes. No me parecía prudente hablar con él, sino más bien escucharlo. Santos hizo un largo discurso y dijo muchas cosas con respecto a la intención política y a la esperanza que guarda con estas negociaciones, y para mí fueron suficientes. Y hablé con alguna gente de la que representa a las FARC, intercambiando sobre las dificultades que tienen y los anhelos que encierran, reconociendo que no es un problema sencillo.


No me corresponde a mí inmiscuirme en los fenómenos de Colombia. Mas tampoco se puede prescindir, honradamente, de manifestar y apoyar los esfuerzos de paz que están haciendo los colombianos. Porque, entre otras cosas, la guerra de Colombia es una puerta de entrada para el conflicto en todo el continente, y los latinoamericanos lo que menos necesitamos son guerras. O en todo caso, la guerra que tenemos que emprender es contra la pobreza y la miseria que todavía existe en nuestro continente.


No tiene nada que ver la guerra militar. Es otra cosa. Entonces, estamos, estaremos siempre a la expectativa y a la orden. Si algún día nos convocan a ayudar, trataremos de ayudar, pero sabiendo que las decisiones básicas las tienen que tomar los colombianos.
-Igual hay mucha gente que piensa que ese problema es exclusivamente de Colombia; sin embargo, como usted decía, el conflicto se ha convertido en un punto de tensión. ¿Cómo cree que se pueda convertir el proceso de construcción de paz en Colombia en un proceso de construcción de paz que sea regional?


-Yo creo que obviamente es de Colombia. Es en primer término una responsabilidad de los colombianos, pero no podemos ser neutrales frente al sentimiento de concordia y encuentro que necesitan los colombianos. Es un proceso muy largo, muy doloroso, y los colombianos son parte de esta América, una parte central. En última instancia, los problemas de los colombianos son también nuestros problemas. Una cosa es la soberanía y la independencia que tiene que tener un pueblo, y muy otra, el no tener claro el deber de solidaridad con los avatares de ese pueblo.
Creo que una cosa no quita lo otro. El respeto a la soberanía, a la independencia, no quita el fervoroso deseo, y el apoyo militante, que uno le pueda dar a un proceso de paz. No estamos para meter nazca en la hoguera. Más bien, todo lo contrario. Pero naturalmente las responsabilidades son en primer término de los colombianos.


-Siguiendo la perspectiva de la paz, hay otro tema en relación con su país sobre el que quisiera preguntarle. Uruguay tiene acuerdos estratégicos de cooperación con el Departamento de Defensa de Estados Unidos desde 1953, y recientemente se ha discutido en el Parlamento la posibilidad de renovarlos. ¿Cuál es su posición ante esos vínculos?
-Nosotros tenemos vínculos con el mundo entero, y procuramos multiplicarlos, en todo lo posible. Nosotros no podemos ignorar la realidad de Estados Unidos, pero pertenecemos a una región, y tratamos de movernos religiosamente en el marco de los acuerdos globales que tenemos en la región. Nuestras relaciones en la materia con Argentina y con Brasil son la primera frontera que tenemos en nuestros paradigmas internacionales.


Por otro lado, los acuerdos que vienen desde la década del 40 de nuestro país no fueron instrumentados por nosotros, sino que son hijos de la historia política del país, y las reservas que nos pueden ofrecer nosotros las compensamos con una actitud muy independiente en la conducta con la cual nos movemos. El tener acuerdos no significa estar subordinados, sino significa darse cuenta de que uno tiene ciertas responsabilidades con el lugar donde la historia quiso que viviéramos.


Nosotros estamos en la boca del Río de la Plata. Es una esquina importante. Por allí pasa mucho. Lo que entra en el corazón de América del Sur de carga pesada suele entrar muy cerca de nuestra costa y también salir. Cualquier accidente que haya con un barco, nosotros tenemos que ver. Desde el accidente, la atención de la salud de la gente que anda en el mar. Tenemos que ver con las políticas, con la soberanía de un territorio de mar, una superficie de mar casi igual a la superficie de tierra que tenemos, donde sabemos que se encierran cuantiosos recursos para las generaciones que vienen. Entonces nuestra política en materia de convenios, de tratados y de diplomacia tiene que tener en juego todos esos factores. Para ser soberanamente independientes, tenemos que ser sabiamente interdependientes.


Nuestro país fue definido como un algodón entre dos cristales por su origen. Nacimos de un desgarrón, de una parte del imperio español y de una crisis muy fuerte de soberanía en la región, con ocupación militar, etcétera. Bueno, para defender la libertad que tenemos en ese pedacito, tenemos que respetar mucho los juegos de la región y tener amigos lejos.


-¿Esos amigos serían los Estados Unidos?
-La mejor manera de estar sujeto con Estados Unidos es andar bien con los vecinos que tenemos, la mejor manera para que los vecinos nos consideren, sepan que somos amigos, no subordinados. Porque tenemos que luchar por nuestros propios derechos.


La convención de paz que nos dio origen en el año 28 tiene la garantía de Gran Bretaña, que en aquel tiempo era la potencia de los mares. Gran Bretaña no anda muy bien con los países de la región. Como ve hay un juego, estamos al lado de Brasil, que va a ser una superpotencia de carácter continental, que tiene formidables intereses en el Atlántico sur, que los va a cultivar, que mira hacia África, que es 35 o 40 veces más grande que nosotros. Tenemos que tener una visión estratégica de todo eso.


Para colmo, además de todo eso, tenemos que sumar esto: el principal comprador que hay para Uruguay, para Argentina, para Brasil y para Paraguay, se llama hoy República Popular China. Es decir, estamos en una situación diabólica de fuerzas distintas. Por eso, queremos tener muchos amigos, pero no tanto para que nos vean como subordinados.


-Casualmente, hace unos días estaba leyendo sobre unas declaraciones del Ministro de Defensa del Uruguay, que han suscitado varios reclamos, porque hablan de la posibilidad de construir en la frontera con Argentina una base fluvial. ¿Qué posibilidades hay de que se realice eso?
-Nosotros estamos interesados en la construcción de un puerto de aguas profundas en el Río de la Plata, por la sencilla razón de que los canales más profundos son caprichosos y se arriman hacia la costa uruguaya. ¿Por qué un puerto de aguas profundas? Por el rendimiento de los grandes barcos, que van a bajar el costo de transporte marítimo, y que necesitan cuarenta o cincuenta kilómetros para dar vueltas. El llamado Río de la Plata en realidad no es un río; es un estuario. Tiene una navegabilidad caprichosa y peligrosa. Ha sido un cementerio eterno de barcos.


Cuando se termine el canal de Panamá, la nueva obra, los barcos de transporte más económicos van a ser unos mastodontes, que van a bajar el costo del transporte por toneladas. Esto después tiene una repercusión brutal en la economía. Nosotros creemos que en esa zona se puede resolver un puerto de aguas profundas, porque nos permite a nosotros participar en el esfuerzo de logística. Pero un puerto que pertenezca a la región, al Mercosur (Mercado Común del Sur). Más que todo, una obra de infraestructura que sirva para apoyar la economía de la región.


Tenemos el acuerdo con Brasil. De momento, le puedo decir que lo más probable es que sea un puerto en colaboración con Brasil, porque Brasil tiene interés en que Brasil sur central pueda aprovechar la vía del Paraná, para salir por el Río de la Plata, que le sale mucho más económico que salir al Atlántico. Siempre es más barato navegar aguas abajo que andar por una carretera. Entonces incomparablemente hay una diferencia de costos muy grande. A Brasil le puede interesar, y tal vez a Paraguay. Nosotros apostamos por que sea un puerto que le sirva a Paraguay y a Bolivia, que tiene una salida también, y sea una cara atlántica.


Así como el advenimiento de los grandes camiones no significó que desaparecieran las camionetas, el Río Paraná, el Río Uruguay, pueden ser fuentes para mover muchísimas barcazas, que contribuyan a un puerto que recoge los volúmenes y después se transforman más lejos. La región es formidablemente exportadora. La Argentina tiene más de 30 millones de hectáreas de soya, Paraguay se ha transformado en un importantísimo productor de soya. Están los minerales, etcétera. Entonces, esto es interpretar un poco lo que va a venir. Y estamos empeñados en ese esfuerzo.


-Sobre esto que usted mencionaba de ofrecer una salida al mar a Paraguay y a Bolivia sí había leído varias noticias, pero no vi la relación de ese proyecto con estas otras declaraciones.
-Sí. Sí, sí, eso tiene una visión de ese punto. Nosotros lo tenemos hablado con Brasil. Parte de la financiación de ese proyecto puede ser a través de un fondo de compensación de las asimetrías que existe dentro del Mercosur, que ya tiene antecedentes. Uruguay ha utilizado ese tipo de fondos, Paraguay también, y, bueno, estamos en la multitud de detalles de carácter técnico que tienen estas cosas.
En general, tenemos fijado el lugar donde podría ser y estamos tratando de vertebrar el proyecto técnico, pero no es sencillo esto. Hay que averiguar las características del fondo marino, calcular el nivel de dragado que hay que hacer, etcétera. Hay una cantidad de cuestiones técnicas, de trabajo de ingeniería, que estamos procurando tener más claro para terminar un proyecto que vamos a discutir después con Brasil.


-¿Cuál es el rol de un país tan pequeño como Uruguay en el proceso de integración que vive la región?
-El rol es que no se lo traguen. Sencillamente. Por eso todo lo que le dije hace un ratito. Nosotros no podemos renunciar a la región; sería una torpeza de nuestra parte. Pero la diplomacia internacional colaboró para que existiéramos tal vez, tal vez con una idea: aprovechar las contradicciones que había en la región, contradicciones de carácter político muy fuerte. Siempre hubo una rivalidad de puerto muy fuerte entre Montevideo y Buenos Aires, aun en la época de la colonia.


Sin embargo, nosotros somáticamente nacimos en la misma placenta del pueblo argentino. Somos un pedazo de ese pueblo. Se nos llamaba los orientales porque vivíamos al oriente del Río Uruguay. Hay una corriente política que se llamó el federalismo, cuyo fundador fue un uruguayo, que es nuestro héroe nacional, pero que en realidad tenía una visión de organización de todo el Río de la Plata, desde el punto de vista federal, que significa con estados federales y autónomos, que manejaban una política exterior en común y ciertas decisiones en común.
No tengo más remedio que resumir. Fue un largo conflicto que significó muchas guerras, que entre sus consecuencias tuvo una ocupación por el reino de Portugal, y luego una negociación política con la garantía de Gran Bretaña, de la cual emergió la acumulación política del Uruguay. Aunque seguramente los gérmenes de la nacionalidad ya se habían gestado en ese proceso.


Más allá del origen, ahora somos una realidad, y esa realidad la tenemos que defender. Tenemos nuestra tradición, nuestra cultura, nuestro modo de ser. Somos un país que nos gustan los fines de semana muy largos. Los más formidables comedores de carne que hay en el mundo. Somos un país más que todo ganadero, exportador de alimentos, bastante tolerante.


-¿Cuáles cree que sean hoy las claves del proceso de integración en Latinoamérica, de un proceso de integración que sea genuinamente emancipador para los pueblos?
-La emancipación es un concepto mucho más complejo que la ilusión que teníamos hace unos cuantos años. Significa obviamente que es soberanía política e independencia. Pero significa buena capacidad intelectual y material para que nuestra gente pueda vivir en un ascenso constante, y eso significa mucha inversión pública y mucha inversión de capital productivo, que nos asegure que la riqueza continúa multiplicándose. Porque nos toca vivir una época donde la gente quiere cada vez consumir más, y ya no se resigna a vivir como vivían nuestros abuelos. Necesita un cúmulo de cuestiones materiales, que nos va dando la civilización moderna, y eso significa que la soberanía hay que respaldarla con mucha eficiencia económica y capacidad de repartir.


Y hemos vivido tiempos donde a veces se logra generar mucha riqueza pero se reparte mal. Entonces en la sociedad hay gente que es cada vez más rica, y en el otro extremo la gente vive a veces cada vez más pobre, lo que nos dice que la idea de desarrollo e integración es mucho más compleja y difícil de lo que parecía. Por eso nos sentimos parte de los pueblos latinoamericanos y tenemos clara la necesidad de construir economías complementarias. El verdadero mercado que nos puede ayudar a desarrollarnos está dentro de nosotros mismos, y son los millones de pobres que hoy no tienen poder adquisitivo, y nuestro deber es que lo tengan. No creo que ningún país pueda resolver esto solo. Es más fácil si somos capaces de integrarnos.


Pero la vida de una generación es corta. Por eso se necesita la política, la alta política, para que estos mensajes continúen construyendo en el tiempo. La criatura humana es como el olivo. Le cuesta mucho tiempo dar frutos. Y no hay ningún triunfo a la vuelta de la esquina. Entonces hay que trabajar mucho sistemáticamente para ir acumulando cosas que hagan posible un futuro que lo tenemos que construir entre todos.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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"Lo más importante que estamos haciendo es la revolución educativa"

"El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma", diría Juan Rulfo. Después de tanta oscuridad el amanecer se manifestó único, hace unos siete años, sobre ese paraje diverso cruzado por el paralelo cero, y la luz que irradia un hombre llamado Rafael Correa Delgado se hizo esperanza. Fue un Cotopaxi -uno de los volcanes más activos del mundo- frente al trazado de colonización heredado. Era su destino ser presidente y fundar una Revolución Ciudadana, que cual Chimborazo descuella en todo el planeta y se sostiene con el mismo grado de persistencia que la fauna endémica de las Islas Galápagos; conserva la esencia sociocultural de modelo autóctono hecho al andar -el hombre por encima del capital-, para que, como en el espejo de agua del río Napo, las generaciones del mañana puedan mirarse agradecidas.


Tras la muerte de Hugo Chávez, aliados y adversarios estiman que emergió como el nuevo líder de la región. Aunque la oligarquía mediática lo tacha de nuevo caudillo, no persigue el liderazgo; "buscamos -me dice- ser útiles para nuestra patria y la Patria Grande, ni siquiera ser necesarios. Si eso requiere liderar algo, ahí estaremos, para denunciar un orden que considero no solo injusto, sino inmoral".


Para muchos, Correa sintetiza el carisma y las fortalezas históricas de Eloy Alfaro, Velasco Ibarra y Jaime Roldós. Porta en sí mismo las identidades de las cinco regiones del Ecuador. Sus más cercanos colaboradores reconocen en él esa voluntad indomable y un pragmatismo que no eclipsa el idealismo que lo define como un estadista de este tiempo. Tal vez, asumen algunos, el ejercicio del poder ha hecho mella en la cautivadora ironía que sedujo a tantos mientras se desempeñaba como ministro de Economía, el más joven que ha dado su país. Fue cuando empezó a revelarse contra el modelo artesano de tanta pobreza y exclusión. Entonces el mundo comenzó a escuchar sus ideas a prueba de balas. Lo creían, como ahora, capaz de enfrentarse al sistema, y ganarle.

-Usted goza de un respaldo ciudadano que lo privilegia por encima de una veintena de jefes de Estado en la región. ¿A qué debe esta confianza?


-A la autenticidad. Hemos cometido errores pero el pueblo ecuatoriano sabe que somos gente trabajadora, sacrificada, como ellos, que podemos equivocarnos, pero jamás traicionar. Precisamente por ese inmenso apoyo popular, por el éxito de nuestras políticas, somos más peligrosos, porque creen que una política que desafía al sistema no puede tener éxito.
-¿Cuán difíciles han sido estos siete años de gobierno?


-Siempre liderar un país como Ecuador, ser presidente, es más difícil que gobernar EE.UU., que hasta con un Bush funciona solito. Nosotros trabajamos siete días de la semana, 16 horas diarias, con un extraordinario equipo -no somos tan inútiles- y no alcanzamos. Son procesos y problemas más complejos. Han sido años duros, con desilusiones muy grandes, pero con la inmensa satisfacción de servir a nuestro pueblo, y tal vez dejarle a las futuras generaciones un país mejor del que encontramos.


-¿Sobre qué se sustenta esa esperanza que afirma se ha recuperado en estos años de Revolución Ciudadana?


-Sí, lo dije el 24 de mayo, al asumir mi último mandato, tras la reelección en febrero. Encontré un país destrozado. En diez años habíamos tenido siete presidentes. En el 99 tuvimos probablemente la peor crisis de la historia. No éramos un país con gran tradición migratoria y salieron cerca de dos millones de personas en cuatro o cinco años. Es fácil hablar en números, pero en la provincia de Chimborazo más del 50 por ciento de los niños se crían sin sus padres. Empezó el suicidio infantil porque papá y mamá estaban en España y no podían regresar porque no estaban legalizados. Fue una tragedia nacional. Servicios públicos de pésima calidad, falta de educación, de salud, de carreteras. Nos habían convencido de que así tenía que ser, porque éramos inútiles, ¿no? En estos siete años hemos demostrado que puede ser diferente. El pueblo se ha despertado, ha recuperado la fe en ellos mismos, la esperanza, la cohesión social. Hay un proyecto nacional. Ese cambio de actitud es más importante que toda la obra física.


-Ha depositado mucha confianza en los jóvenes...


-Tal vez por mi trayectoria como educador. Cuando fui presidente de la federación (de estudiantes), en una universidad de derecha, una de las cosas que me criticaron fue que no había dejado relevo. Siempre se me quedó grabada esa crítica. Hemos sido muy cuidadosos, no en designar un relevo, pero sí en crear cuadros que puedan tomar la punta. Estoy muy esperanzado, veo jóvenes brillantes que pueden hacer las cosas mucho mejor que nosotros.


-Quizás por eso apuesta por una sociedad del conocimiento como clave del futuro, respaldada con una gran inversión.


-Lo más importante que estamos haciendo es la revolución educativa. Sin educación, Cuba bien lo sabe, no hay presente ni futuro. Además, es un objetivo estratégico. Sabemos que los recursos naturales se agotan. No vamos a caer en el infantilismo de la izquierda boba de creer que superar el extractivismo es no explotar el petróleo. Volveríamos a la economía recolectora. Superar la economía extractivista es movilizar los recursos para desarrollar otros sectores, sobre todo la economía del conocimiento, del talento humano, de las ideas, la única que se basa en recursos ilimitados. Enfatizamos desde la educación inicial hasta maestrías. Tenemos más de siete mil jóvenes becados alrededor del mundo.

-Nuestra América está urgida de un modelo de desarrollo alternativo al neoliberalismo. ¿Cuáles son esas nuevas nociones que ensaya el "socialismo del buen vivir"?

-Es un nuevo concepto de desarrollo. El mundo en el siglo XXI vive el imperio del capital, los ciudadanos de EE.UU. piensan que esto se evidenció en la crisis, perdían los ciudadanos pero no perdían los bancos, las transnacionales. El año pasado el creador de Facebook ganó más de dos mil millones de dólares. El socialismo del siglo XXI defiende la supremacía del ser humano por encima del capital, y donde el poder no es de una élite sino de las mayorías. Uno de los errores del socialismo tradicional fue negar el mercado. Una cosa es el mercado gobernando sociedades, y otra, las sociedades gobernando el mercado; ese es el socialismo del siglo XXI: una vía alternativa, que no la acumulación por acumular. Se necesitan condiciones materiales para el buen vivir, dignidad, libertad, armonía con otros seres humanos, con otras culturas.

-A pesar de los avances constitucionales, ¿cuánto queda por hacer respecto a la violencia de género?


- Mucho, pero eso no se resuelve solamente con leyes y decretos, sino con educación, con ejemplo. Hay atavismos culturales centenarios que debemos superar rápido: inequidad de género, violencia intrafamiliar. Los avances son enormes. Hay espacios que los están ocupando las mujeres. En nuestra Asamblea tenemos la presidenta más joven de Latinoamérica y hasta del mundo. Tenemos la única corte nacional de justicia con estricta equidad de género. A nivel de gabinete mantenemos 40 por ciento de participación de la mujer. Son cosas emblemáticas que implican un cambio cultural.


- Su gobierno enfrenta el desafío de la pobreza y diversificación de la matriz productiva. En ese desvelo el Parque Nacional Yasuní alberga la llave para el desarrollo. La decisión de explotar la zona fue, dijo, una de las más difíciles de su mandato. También lo es para los pueblos que han padecido la explotación extractivista y exigen la consulta popular. ¿Ha valorado la posibilidad del diálogo con las organizaciones sociales involucradas?


-No. Porque del ciento por ciento, el diez serán auténticos, los demás son los oportunistas de siempre que se han opuesto a todo, a la reforma educativa, de salud, y ni siquiera conocen el Yasuní. Apenas han reunido la tercera parte de las firmas que necesitan. Probablemente la decisión del Yasuní haya sido la más dura de mi vida, (pero) no estoy para contentar a todo el mundo sino para cumplir con mi responsabilidad, y no podemos ser tontos útiles. Los países hegemónicos sí nos venden hasta el conocimiento y quieren que nos muramos de hambre pero no toquemos nuestra selva. ¿Cuánta selva virgen tiene EE.UU.? Que no exijan al resto lo que ellos nunca hicieron. En todo caso la intervención del Yasuní será menos del uno por mil. No es que nos da la clave para salir de la pobreza, pero sí importantes recursos para superarla, pues la pobreza también afecta al medioambiente. La principal fuente de contaminación de nuestra agua dulce no es el petróleo, ni la minería; son las aguas servidas de la ciudad, y para resolver eso necesitamos miles de millones de dólares que nos puede dar la explotación responsable del Yasuní.


- Ecuador se ha revelado abiertamente contra las transnacionales. Si bien la mano sucia de Chevron es una verdad irrefutable, ¿cree posible juzgar al capital?


-Es casi imposible. El juicio moral lo hemos ganado. En la Haya probablemente nos destrocen, tenemos la verdad de nuestro lado pero eso es un detalle irrelevante en estos tribunales que no fueron creados para defender a los Estados, todo está en función del gran capital. Es una de las cosas de las que tiene que liberarse América Latina. Hacerlo individualmente sería un suicidio, pero en conjunto seremos nosotros quienes pongamos las condiciones. Es una de las labores urgentes de la integración.


- Organizaciones sociales muestran preocupación de que el país pierda su soberanía productiva, cognitiva, alimentaria, económica y política, a partir de un acuerdo comercial con la Unión Europea. ¿Cómo negociar para que el acuerdo propenda a un comercio justo y no a un libre comercio?


-Como los estamos haciendo: poniendo líneas rojas que no estamos dispuestos a traspasar. Hasta ahora no hemos comprometido nada. Ha habido flexibilidad de la Unión Europea, veremos el resultado final; si nos conviene, firmamos. No estamos negociando un tratado de libre comercio. También las acciones dependen no solo de lo que uno hace, sino de lo que hagan los vecinos. La principal producción no petrolera del Ecuador es el banano, y con la firma de libre comercio entre Colombia y la Unión Europea el banano colombiano entra más barato que el nuestro.


-¿Qué lectura se desprende de la renuncia al Tratado de Preferencias Arancelarias (ATPDEA) con EE.UU., su principal socio comercial? ¿Cuál fue el costo económico?


-Ecuador a estas alturas no va a aceptar chantajes de nadie. El ATPDEA significaba 50 millones anuales, que puede cubrir el país. En el inicio fue una compensación por la lucha antidroga, como siempre en el camino se pervirtió y derivó en un instrumento de chantaje: te portas bien o te quito las preferencias arancelarias. Ecuador no es limosnero de nadie. Es más, rehusamos el ATPDEA cuando nos amenazaron si le dábamos asilo a Snowden, que es nuestro derecho soberano. Dijimos: quédense con sus 50 millones, y si quieren le damos esa cifra para capacitarlos en decencia, derechos humanos y derecho internacional

.
- La injerencia en el país quedó manifiesta con el financiamiento por la National Endowment for Democracy de una agencia de noticias. Entre las modalidades desestabilizadoras le ha tocado lidiar contra el poder mediático que se pronuncia en nombre de la libertad de expresión...


-Para ellos la libertad de expresión es CNN. Estas máquinas de destrucción masiva llamadas medios de comunicación son una extensión del imperio del capital. Lo de la National Endowment for Democracy es una prueba más de todas las infiltraciones que tenemos. Miren qué insulto recibir cooperación, léase para oponerse a los gobiernos progresistas y mantener el status quo. ¿Cómo actuaba la USAID? Asesoraban a la Asamblea para crear leyes. ¿Qué se creen? Nosotros también le vamos a mandar programas para fortalecer la democracia en EE.UU., que es un sistema terriblemente imperfecto, unipartidista. ¿En qué se diferencia el partido demócrata del republicano? Estos son los peligros que enfrentamos los que queremos una América libre, soberana y no inclinamos la cabeza.


-¿Cómo podrían los medios contribuir al desarrollo?


-Muchísimo. Ellos conforman la opinión pública; eso define la concepción de sociedad, la cohesión, el apoyo a un gobierno. Igual pueden destruir reputaciones, vidas, sociedades. Lo mejor que puede tener una sociedad es una buena prensa que cumpla con su labor de comunicación. Imagínese la contradicción: negocios proveyendo un derecho a la información sin que nadie lo controle, porque sería atentar contra la libertad de expresión. La sociedad tiene el derecho de controlar todo poder, más el mediático. El problema de base está en la propiedad privada de esos medios. Debe haber otras formas: propiedad comunitaria, pública, etc.


-Su país acomete una modernización militar al margen de la Casa Blanca. ¿A qué responde este rearme?


-Cuidado, no es rearme. Ha aumentado el gasto militar y es motivo de preocupación, pero sobre todo por sueldos, salarios, mejores condiciones de vida para nuestros soldados. Hemos hecho estudios y creemos que podemos garantizar la defensa nacional con menos efectivos. Se han recuperado cosas que no teníamos, no funcionaban los radares, por eso Uribe nos pudo bombardear impunemente con la CIA en marzo de 2008.
-Me refería específicamente al dron de alto valor tecnológico y estratégico que acaban de adquirir.


-Eso es parte de una política integral, de desarrollo de ciencia y tecnología y diversificación de la matriz productiva. Cuando llegué al gobierno había un solo helicóptero que volaba. ¿Se imagina? El 40 por ciento del territorio nacional es selva y no existía fuerza aérea. Ya se han comprado y arreglado helicópteros, tenemos un escuadrón de 18 Super Tucano, aviación supersónica contra el narcotráfico, compramos doce Cheetah de segunda mano a Sudáfrica; esas han sido las inversiones gruesas.


-¿Cómo materializar hoy la declaración de América Latina "Zona de Paz" aprobaba por la CELAC?


-Muy contundente la declaración. Es un gran paso, pero no nos equivoquemos. La paz no es solo ausencia de guerra, imposición de la fuerza militar. Otras fuerzas se imponen día a día: las de las élites, los sistemas perversos y excluyentes. También es violencia la intolerable contradicción entre ricos y pobres. Debemos entender la paz como presencia de justicia, equidad, dignidad, y ahí nos falta mucho por trabajar. No se va a resolver con una declaración, sino con el trabajo cotidiano y la integración latinoamericana.


-¿Cuáles son a su juicio los errores de la izquierda latinoamericana y el rol de los movimientos sociales?


-Yo diría la supuesta izquierda, la que pervierte todo. Ahora ser de izquierda es ser proaborto. O sea que si el Che Guevara, que era médico, estaba contra el aborto, ¿era de derecha? Es absurdo. En las urgencias de América Latina nos desgastamos en lo del aborto, el matrimonio gay, cuestiones morales, o el ecologismo infantil. Quieren que la gente se muera de hambre para mantener intactos nuestros recursos y no se dan cuenta de que así no somos funcionales. Los bienes ambientales son públicos. El aire puro que produce la selva amazónica lo disfruta todo el planeta y lo consumen los contaminadores globales que destruyen esos bienes. Ellos producen conocimiento, que también es un bien público, de muy fácil acceso, pero si quiero un software debo pagarlo porque hasta puedo ir preso. Ponen barreras institucionales, pero no se comprometen con nada, y hay gente que los apoya ingenuamente. Mucha de esa izquierda infantil colabora con este onegecismo financiado desde el exterior que nos impone: no talen, muéranse de hambre, cuando ellos destruyen la naturaleza sin compensarnos en nada. Imagínese que sea la izquierda la que le exija a los gobiernos no aprovechar los recursos; es condenarnos al fracaso y de paso ser funcionales a la derecha.


Respecto a los movimientos sociales, un término muy general, los hay absolutamente auténticos, pero ahora cualquiera que pierde una elección arma una fundación financiada desde el extranjero, y ya es un movimiento social, representante de la sociedad en sí mismo, hace política, pero sin escrutinio popular. No hay control sobre sus fondos. Hay que separar a esos verdaderos movimientos sociales de luchas históricas del onegecismo neocolonialista que está inundando nuestros países. La derecha hace rato infiltró y creó nuevos movimientos en función del gran capital, del colonialismo cultural.


-La alta participación de mandatarios en la II Cumbre de la CELAC demostró el fracaso de EE.UU. en su política de "divide y vencerás". ¿Cómo mantener esa correlación de fuerzas?


-No nos engañemos con expectativas más allá de la realidad. La hegemonía de EE.UU. se ha debilitado, pero sigue siendo muy poderosa. Crear la CELAC fue un claro ejemplo de que América Latina busca su liberación, de que esa hegemonía no puede controlarlo todo, pero todavía habrá que ver los frutos que da. La diversidad es buena, pero puede haber países que se sientan más identificados con el Norte. CELAC es un foro multilateral, mientras UNASUR es ejecución de políticas e infraestructuras, consejos de defensa, aunque se ha desacelerado un poco; hemos tenido grandes pérdidas: Hugo Chávez, Néstor Kirchner. También está la Alianza del Pacífico para contrarrestar a UNASUR y MERCOSUR. Hay reacción de los sectores de siempre para neutralizar estos procesos de integración. Se ha avanzado, pero falta mucho por recorrer y se puede perder lo avanzado.


-Cuba y Fidel, ¿qué le inspiran?


-Muchísimo. Fidel es una leyenda viviente, un constante aprendizaje para las nuevas generaciones.
-¿Cómo le gustaría que lo recordaran?


-Como un buen tipo. Un buen padre de familia, un buen amigo, un buen ciudadano, un buen patriota que dio todo lo que pudo por tener una patria grande mejor.

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Sábado, 14 Diciembre 2013 06:57

El enigma Lula

El enigma Lula

El éxito de Lula como líder político de proyección mundial generó una especie de consenso a escala internacional. Hubo países –como Argentina o Perú– en los que todos los sectores políticos reivindicaban al líder brasileño. Cada uno haciendo su lectura de lo que habría sido el gobierno de Lula, reivindicándolo en contra de otras fuerzas políticas de gobierno o de oposición.


La prioridad de las políticas sociales en el gobierno Lula es lo que ha permitido que Brasil, el país del continente más desigual del mundo, por primera vez haya tenido grandes avances en la lucha en contra de la desigualdad, la pobreza y la miseria. Sin mayores análisis de algunos de las condiciones que han permitido esos progresos.


En Brasil, Lula sufrió fuerte oposición de la derecha y de la ultraizquierda. La derecha no pudo asimilar el éxito, interno y externo, de Lula. Aún más después del fracaso del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Primero intentaron desconocer las transformaciones que Brasil ha vivido. Enseguida se trató de atribuir los éxitos a una situación internacional favorable. Pero cuando ésta cambió radicalmente para un escenario negativo, ya no quedó más sino intentar definir que el modelo ya se habría agotado. La economía ya no lograba crecer como antes, sería el final de un ciclo.


La ultraizquierda creyó que Lula había traicionado a la izquierda, que daba continuidad al gobierno de Cardoso, que pronto sería repudiado por el pueblo y derrotado. Nada de eso ocurrió. Rápidamente, el gobierno de Lula pudo superar la ofensiva de las oposiciones para derrumbarlo. En 2005 se religió, en 2006 eligió sucesora. Salió del gobierno con 83 por ciento de apoyo y 3 por ciento de rechazo, a pesar de tener el monopolio de la prensa privada en contra de él.


Cuando surgieron las manifestaciones de junio de este año, el coro –de la derecha y de la ultraizquierda– volvió a subir de tono. El encanto Lula habría terminado. El gobierno del PT, después de más de 10 años, se derrumbaría frente a manifestaciones populares. Todo habría sido una ilusión pasajera –de 10 años–, pero finalmente todo se tumbaba: Brasil, Lula, Dilma, el PT.


No logran entender y dar cuenta entonces por qué Dilma es más favorita que antes de las manifestaciones de junio y Lula es todavía más popular.


Quien no logra descifrar el enigma Lula termina devorado por él. Pasó así con la derecha brasileña y con la ultraizquierda brasileña. Ahora con sus críticos internacionales.


Dilma es ampliamente favorita para ser relecta –incluso en primera vuelta– y Lula tiene todavía más popularidad que ella. Las previsiones negativas respecto de Brasil no han descifrado el enigma Lula y son devoradas por él.


Es que Lula supo, mejor que nadie, dar la partida en la lucha por la superación del modelo neoliberal. De partida, su obsesión por la prioridad de las políticas sociales, el lado más frágil del neoliberalismo. En segundo lugar, la primera medida de su política internacional fue la inviabilización del ALCA, de que Brasil y EU habían acordado dar los arreglos finales. Fue ese bloqueo de Brasil lo que frenó el proyecto del ALCA y abrió los espacios para la prioridad de los proyectos de integración regional, centrales en los gobiernos progresistas de América Latina.


Para complementar, Lula supo reaccionar fuertemente a la crisis recesiva internacional empezada en 2008 haciendo que el Estado brasileño tuviera un accionar claramente anticíclico, valiéndose de los bancos públicos de Brasil.


Con eso y el éxito de la política internacional brasileña, Lula se ha proyectado como el más importante líder popular contemporáneo –como ha reconocido Perry Anderson, quien lo puso al lado de Nelson Mandela en esa posición. Uno en el combate al racismo, el otro en el combate al hambre.


¿Por qué el éxito de Lula incomoda? Ala derecha, porque su referencia esencial, Fernando Henrique Cardoso, fracasó donde Lula tiene éxito. Todas las fuerzas de los países quieren identificarse con Lula, quien a su vez se proclama de izquierda y apoya a los candidatos de izquierda.
Incomoda a la ultraizquierda porque Lula logró viabilizar un gobierno de inmenso apoyo popular, de amplias alianzas, que ha logrado lo que ningún otro gobierno en términos de políticas sociales y de reconocimiento del pueblo.


Hoy, Lula desarrolla intensas actividades a partir del Instituto Lula, tanto hacia América Latina como hacia África, ademas de todo el trabajo que hace por Brasil. En reunión reciente, realizada en Santiago de Chile, se han elaborado y discutido propuestas de integración latinoamericana en coordinación con el BID, la Cepal y la CAF.


Al mismo tiempo, en el Instituto Lula se elabora un documento que se denomina Informe Lula, que incorpora los discursos que el ex presidente brasileño desarrolla en sus constantes reuniones con intelectuales, dirigentes políticos y sociales de varios países y continentes. Asimismo, con organismos internacionales y cuando recibe los incontables doctorados honoris causa. El documento pretende hacer desembocar los análisis en propuestas de integración regional en varios planes. Es un documento que debe ser lanzado en 2014, con grandes eventos y debates constantes en varios países.


En un mundo donde han desaparecido los grandes estadistas, donde cada uno parece dedicarse a defender los intereses inmediatos de su país, el liderazgo de Lula se proyecta con más fuerza todavía. Porque él representa la visión y las propuestas del sur del mundo, de América Latina en particular –la prioridad del combate al hambre, el repunte que África debe tener en el mundo, la posibilidad real de contornar las dificultades producidas por el neoliberalismo y construir alternativas reales y posibles de un mundo más justo, menos desigual, más humano. De ahí su liderazgo, aun cuando ya no es presidente. Por lo que encarna de necesidades urgentes del mundo de hoy.

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Sábado, 07 Diciembre 2013 08:30

El subversivo

El subversivo

El viejito que sonríe en la foto fue un duro guerrillero que soportó torturas y 27 años de cárcel. Ese hombre negro apacible y encanecido fue de los duros que rechazó la libertad cuando le pusieron como condición que se declarara en contra de la lucha armada del Congreso Nacional Africano. Nelson Mandela creció como líder de las luchas de su pueblo en Sudáfrica desplazando a los dirigentes más conciliadores con el régimen brutal del apartheid.

 

Eran los años '50 y '60 y en los Estados Unidos la segregación racial estaba instalada por ley. Sin embargo, era considerado el emblema de la democracia en el mundo. Si Estados Unidos era mostrado como el país más democrático del mundo a pesar de la segregación en la educación, los trabajos, el transporte y hasta en los baños, ¿por qué no habría de serlo también Su-dáfrica con su apartheid? Para los cánones de esos años, Estados Unidos y Sudáfrica eran países democráticos, igual que los raquíticos gobiernos latinoamericanos acogotados por sus fuerzas armadas.


Se repiten los discursos de Mandela sobre el sueño de una gran nación sudafricana donde todos los hombres fueran iguales sin importar el color de su piel. Pero cuando Mandela decía esa frase en aquellos años, no estaba pensando en la democracia real de esa época, en la supuesta democracia norteamericana o en la sudafricana. Estaba pensando en otras formas políticas que se relacionaban con procesos similares al argelino o al cubano u otros procesos emancipadores de la época, ya fueran "democracias populares", "repúblicas democráticas" o socialismo africano.


Nadie pensaba que la democracia de los países escandinavos podía ser operativa en países que arrastraban una larga historia de colonialismo, marginación y explotación. Sin embargo, había una diferencia entre el proceso sudafricano y otros que se desarrollaban en Africa, donde la mayoría trataba de liberarse del yugo colonial. Allí, en cambio, se luchaba contra la dominación blanca. Pero todos pensaban que los cambios solamente vendrían con procesos revolucionarios.


Eran las ideas y las herramientas de ese momento histórico, las que surgían de esa circunstancia. No se podía confiar en la democracia de los blancos o de los militares o en que los poderosos entregaran mansamente sus privilegios. Mandela, Oliver Tambo, Walter Sisulu y otros jóvenes de la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano desplazaron a principios de los '60 a los dirigentes que proponían formas pacíficas de lucha, en las que ellos también habían participado, y fundaron Lanza de la Nación, que era la formación guerrillera del CNA.


Sudáfrica también era diferente a los demás procesos africanos en otros aspectos. La lucha armada no fue centralmente de guerrilla en la selva. El CNA era un movimiento popular de masas con mucha concentración urbana. La lucha armada consistió centralmente en atentados explosivos en las ciudades o en infraestructura, articulados con huelgas e insurrecciones. Mandela y Sisulu estuvieron presos la mayor parte del tiempo y Oliver Tambo exiliado.


El CNA no era africanista, por eso se repite mucho la frase de Mandela cuando dijo que "siempre luché contra la dominación blanca y siempre luché también contra la dominación negra". No era africanista porque, a pesar de que centralmente la lucha era contra el apartheid, tenía un fuerte componente ideológico. El CNA tenía influencias marxistas soviéticas y chinas, al igual que todos los líderes anticolonialistas africanos de esa época, desde Patrice Lumumba en el Congo hasta Samora Machel en Mozambique.


Machel era un marxista ortodoxo, dirigente del Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo) y llegó al poder aliado a los soviéticos en 1974 después de la Revolución de los Claveles en Portugal. Fue asesinado en un atentado y su viuda, Graca Machel, se convirtió varios años después, en 1998, en la última esposa de Mandela. Otro aspecto particular del CNA era que Mandela había integrado también a blancos y a indios. Paradójicamente, mientras el gobierno de Israel apoyaba al gobierno racista blanco y le vendía armas, varios judíos sudafricanos, entre ellos Denis Goldberg, Lionel Berstein y Harold Wolpe, lucharon junto a Mandela en Lanza de la Nación.


Los poderes y las fuerzas que representan los principales líderes del mundo que el jueves hicieron conocer sus condolencias por la muerte de Mandela y lo elevaron al rango de ejemplo para la humanidad, durante su lucha lo consideraron subversivo y terrorista. No era para nada políticamente correcto. Muchas de esas fuerzas y poderes fueron cómplices de su encarcelamiento y tortura.


Mandela es el duro luchador y al mismo tiempo es el gran pacifista que advirtió la prioridad de la integración enun país dominado salvajemente por una minoría blanca. Una cosa no se puede separar de la otra. Para hacer lo que hizo en el poder, antes tuvo que luchar como lo hizo. Es difícil unir esas dos facetas que se muestran como polos que se contradicen. Si en la primera etapa de su vida hubiera actuado como lo hizo en la segunda, hubiera sido cómplice de la explotación blanca. Si al salir de la cárcel hubiera mantenido la intransigencia que lo caracterizó en la lucha, hubiera llevado a Sudáfrica a una catástrofe.

 

Pero el cambio no se produjo porque llegó al poder, sino porque su llegada al poder fue parte de un reacomodo que se estaba produciendo en todo el mundo al finalizar la Guerra Fría y asentarse el proceso de globalización donde el mundo se convirtió en un solo mercado.


Uno de los grandes problemas de las revoluciones en Angola o en Mozambique había sido que provocaron el éxodo masivo de la población blanca, con lo cual se quedaron sin profesionales ni empresas. En Sudáfrica la economía estaba en manos de los blancos, que a su vez eran la inmensa mayoría de los profesionales. La población blanca y la población negra estaban condenadas a vivir en paz. Mandela fue concesivo en muchos aspectos, sobre todo con los juicios de la verdad, porque la emigración masiva de los blancos hubiera significado la bancarrota y el fracaso de la lucha contra el apartheid. En 1974 Mozambique fue rescatada por la URSS. En los años '90, cuando Mandela llegó al poder, la URSS ya no existía y los términos del comercio mundial estaban más o menos regidos por la OMC.


Robert Mugabe, otro gran líder africano, fue más rígido y en la actualidad Zimbabwe (ex Rodhesia del Sur, vecina a Sudáfrica) está aislada y con fuertes problemas económicos.


Mandela era un hombre mayor. Sabía que le quedaban pocos años útiles de vida y los usó para consolidar la salida del apartheid en una Sudáfrica multirracial. Sabía que dejaba un país con profundas desi-gualdades, pero se dio cuenta de que su tiempo estaba acotado a consolidar la monumental victoria que había logrado. Fue su legado a las nuevas generaciones, las que deberán ocupar su puesto en la lucha contra la miseria y las injusticias que aún subsisten. Así el antiguo terrorista y subversivo que no merecía más que una visita cada seis meses durante 27 años se convirtió en el héroe moral de la nueva era.


Mandela fue una expresión muy particular, difícil de equiparar por su dimensión humana, pero en general hay ciertos rasgos similares con los procesos que se generaron en América latina al comenzar el siglo. Miguel Brascó cuenta una anécdota de su visita a Johannesburgo en los '60. "El problema –le dijo a un sudafricano blanco– es que aquí no votan los negros." "Tengo entendido que en su país tampoco", le respondió el hombre un poco molesto. Se refería a que el peronismo estuvo proscripto durante 18 años.


Expresiones, reflejos, continuidades o rescoldos de lo que en determinado momento histórico fue condenado por subversivo y terrorista llegaron a los gobiernos por medios democráticos. Expresiones de los trabajadores combativos en Brasil o en Venezuela, de los pueblos originarios en Bolivia, de los tupamaros en Uruguay, de la Juventud Peronista en Argentina, de los curas tercermundistas en Paraguay o de los allendistas chilenos aparecieron con mayor o menor fuerza, con mayor o menor eficacia, como una opción de poder concreto para amplios sectores populares que habían sido marginados por la aplicación de las ideas hegemónicas del neoliberalismo. Cada una de esas experiencias históricas había dejado un reservorio de valores de lucha y resistencia que sirvieron para la construcción de nuevas opciones. Había restos vivos de lo que parecía perdido y arrasado por las represiones, las cárceles y los exilios.

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"Hay que 'desdiabolizar' a Chávez para entender su obra"

En una de las conversaciones que Ignacio Ramonet mantuvo con Hugo Chávez, le preguntó cuánto tiempo duraba un discurso de un presidente francés. Ramonet responde que, en ocasiones extraordinarias como en una campaña electoral, podía durar hasta una hora. "Yo necesito al menos cuatro horas sólo para arrancar", respondió el Presidente venezolano. Del gusto por el monólogo sacaron más de 100 horas de conversación, a partir de las cuales Ramonet escribió Hugo Chávez. Mi primera vida, el libro que ahora publica en España la editorial Debate.

 

Chávez, el presidente que juró "trascender el capitalismo por la vía del socialismo y más allá, en democracia", se ha convertido en todo un símbolo de los procesos de cambio que están aconteciendo en América Latina. Pero Ramonet no le trata en su obra como dirigente de la Revolución Bolivariana que impulsó cuando llegó al Gobierno en 1998. En su lugar, prefiere explicar quién era Chávez antes de convertirse en un símbolo universalmente conocido, qué infancia tuvo, cómo se formó el líder que, después de fracasar en una rebelión militar, no paró de ganar elecciones hasta que murió el 5 de marzo de 2013.

 

En su libro ha retratado a Hugo Chávez en su primera vida, hasta que gana las elecciones de diciembre de 1998 y forma el primer gobierno. ¿Cuáles son las claves de su biografía que le permitieron llegar a ser presidente?

Chávez es un enigma, un líder muy excepcional. No hace falta ser politólogo para darse cuenta de que se sale de la norma de todos los líderes latinoamericanos. Desde Fidel Castro no ha habido un dirigente capaz de replantear la problemática latinoamericana como lo ha hecho Chávez. El objetivo del libro es ir a buscar las fuentes que explican esto, la explicación de la fábrica Chávez.

 

Cuatro rasgos de su niñez explican este fenómeno. En primer lugar, y como poca gente sabe, Chávez tuvo una infancia pobre. Fue un niño campesino y vendedor de dulces por las calles. Para él la pobreza es un estado al que no tiene miedo y que, a la vez, la entiende como una profunda injusticia en un país tan rico. La segunda clave es que él, desde niño, tiene el deseo de ser un artista, quiere ser pintor y poeta, es creativo. Tercero, es un buen alumno, un "empollón". Siempre fue el primero en la escuela primaria, en la secundaria y en la academia militar. Obviamente, es un niño que tiene un cociente intelectual fuera de la norma. La otra clave es su pasión por el deporte y la cultura del esfuerzo que aprende con él.

 

Hasta los 18 años no entra en contacto con la política, que la descubre en la Academia Militar. En realidad, lo que él conoce bien desde pequeño es la historia popular de Venezuela contada por su abuela, que tiene una importancia capital en su vida. Ante todo, ha sido siempre un autodidacta. Tiene formación académica y al mismo tiempo sabe hacer de todo con sus manos, debido a su pasado campesino y su carrera militar. Puede cultivar maíz y reparar un tanque. Cuando empieza a interesarse por la política su línea principal es el nacionalismo, la idea de que Venezuela ha sido un gran país, el libertador de América Latina. De ahí que él se apegue a la figura de Simón Bolívar. En cierta medida, Chávez se ve como el Bolívar del siglo XXI, el que va hacer la segunda liberación de América Latina.

 

Chávez rompe con las formas clásicas de la izquierda en América Latina.

Chávez no viene de la tradición de los partidos, surge precisamente cuando se hunden los partidos tradicionales. Su movimiento V República nace en torno a los movimientos sociales y populares. Es un militar que se somete a las elecciones y llega al Gobierno con un proyecto de regeneración política. Cuando gana las elecciones aún no se define como socialista y no lo hará hasta 2003 o 2004, después del golpe de Estado de la oligarquía. En un principio, se define como alguien que quiere poner a Venezuela de pie, que quiere un Estado más justo, una regeneración política. Aunque pasa a acuerdos con los partidos políticos de izquierda tradicionales, no viene de ellos, viene del movimiento social, como vinieron Evo Morales, Rafael Correa y Lula en cierta medida.

 

¿Cómo consigue levantar el entusiasmo y el reconocimiento de las clases populares venezolanas?

Se hace popular de la noche a la mañana. Pasa de ser absolutamente desconocido a ser totalmente popular en unos segundos. Esto ocurre cuando lidera la rebelión militar y sale a la televisión, hablando en directo. Hace una intervención para decirles a sus compañeros que siguen combatiendo que se rindan. En esa intervención, que todo el país está mirando, él dice dos cosas que impactaron a todos los venezolanos. La primera, es que él asume personalmente la responsabilidad de la rebelión. En ese tiempo, ningún político asumía la responsabilidad de sus desmanes, todos echaban las culpas a los demás. Así, aparece como un hombre honesto. El segundo elemento es el "por ahora" que pronuncia, que indica que tiene la intención de volver a intentarlo.

Cuando ya está en la cárcel surgen por todo el país pintadas en las paredes de "Viva Chávez". En el carnaval que llegó pocas semanas después, muchas familias visten a sus niños con el uniforme militar y la boina roja que le caracterizaban. Se hace popular por su aspecto, pues se parece a un venezolano, cosa que nunca le había ocurrido a ningún dirigente del país. Él es mezclado de indio, de negro y de europeo, las tres raíces venezolanas. Habla como un venezolano, con franqueza y sencillez. La gente vio en él un reflejo de lo que podríamos imaginar como el pueblo ideal de Venezuela.

 

Retrata en el libro una faceta poco conocida de Chávez, la del intelectual que nunca paró de leer y formarse teórica y políticamente. ¿Qué clase de intelectual era?

Chávez es ante todo una persona a la que le gusta leer y también un autodidacta. Mientras se forma en la Academia Militar prepara un doctorado que nunca presentó, pero escribe una tesis sobre las transiciones, en la que presta especial atención a la española. Evidentemente, como muchos autodidactas, tiene una formación un poco caótica: lee en función de los libros que encuentra. Entre ellos están las obras de Marx, de Lenin, del Che Guevara o de teóricos de la Revolución Cristiana. Además, tiene la suerte de tener unos profesores de gran calidad. Se forma con ellos y pasa a ser profesor en la universidad de teoría y práctica militar. Poco a poco, va conformando una concepción bien precisa de lo que debe ser un gobierno que esté al servicio del país.

 

Mientras está preso después de la rebelión militar, transformó la cárcel en una especie de universidad. Trajo profesores para que impartieran cursos de lectura, exposiciones sobre los libros... Utilizan la cárcel como una facultad complementaria. Siempre iba con dos o tres libros bajo el brazo y varios lápices. Sorprendentemente, le gustaba mucho Nietzsche, siempre citaba el Zaratustra.

 

Le han acusado de haber dado un excesivo papel a los militares en el Gobierno.

Es verdad. Él viene del Ejército, es un hombre que conoce muy bien las Fuerzas Armadas. Para él la Academia Militar es la principal escuela de su vida, de su formación política y como líder. Evidentemente, él considera que el Ejército venezolano es corrupto, vendido, alienado, al servicio del imperialismo, mandado por oficiales norteamericanos instalados en el Estado Mayor. Pero en ese mismo Ejército es donde él va construyendo diversas estructuras de apoyo para la rebelión militar.

 

Después de salir de la cárcel, Chávez decide ir a las elecciones, contra el criterio de muchos de sus compañeros que seguían apostando por la vía militar. Entra en el juego democrático pero apoyándose en el Ejército, que lo pone al servicio del pueblo, utilizando todos sus recursos e infraestructuras para las políticas sociales. En los países del Sur, donde una gran parte de las administraciones públicas no funcionan, el Ejército es una institución eficaz. Se apoya en ellos, sí, pero cuando va a constituir su primer gobierno lo hace en base a los partidos de izquierda existentes, los que le habían apoyado y los que no. No hay miliares prácticamente en ese tiempo en el ejecutivo. Además, es el mismo Ejército el que le da un golpe de Estado en 2002.

 

Vemos su lucidez revolucionaria y democrática cuando designa a su sucesor, Nicolás Maduro. Podría haber elegido a un militar, que era lo más sencillo. Pero él elige la vía más difícil, elige a un civil y a uno que no tiene ni siquiera una gran responsabilidad en el partido. Porque sabe que la continuidad de la Revolución pasa porque los militares obedezcan a un civil.

 

Los medios de comunicación han jugado un importante papel en la oposición a Hugo Chávez, tanto en Venezuela como en el resto del mundo. Todas las grandes empresas y conglomerados de la comunicación han intentado desprestigiarle. ¿Cómo explica este fenómeno?

Ocurre lo mismo en otros países con procesos semejantes, los medios también están atacando a Correa, a Evo Morales, a Cristina Fernández y a Lula y Dilma. Venezuela, al ser el primer país, se convirtió en el ejemplo de "el Gobierno quiere controlar a los medios".

 

Cuando Chávez triunfa en 1998 los dos partidos que han gobernado alternativamente en Venezuela desde hace 40 años se derrumban. Tras perder los comicios con resultados catastróficos, los conservadores de Copei y los socialdemócratas de Acción Democrática pierden todo el prestigio. Entonces, la función de la oposición es asumida por los medios de comunicación, los grandes periódicos y televisiones.

 

Son los medios los que impulsan el golpe de Estado contra Chávez en 2002. La televisión manipula las imágenes indicando que tiradores chavistas disparan contra la manifestación de la oposición. Esto hace que muchos militares digan "¡No podemos permitir que Chávez dispare al pueblo!" y se unan al golpe de Estado. Más tarde se demostró que los tiradores eran mercenarios a sueldo de los golpistas. En ese momento, asume el poder una junta civil con todos los grandes empresarios del país, se nombra presidente el jefe de la patronal y todos los dueños de los medios están de por medio y son felicitados por los golpitas. 48 horas después Chávez vuelve al poder. Y, aunque estos medios son los que han fomentado el golpe, no los cierra. Como demócrata convencido, les deja seguir con su labor. Estos medios han continuado conspirando hasta hoy. Son todos violentamente antichavistas. Lo que ha hecho Chávez ha sido desarrollar alternativas, como la televisión pública o los medios comunitarios.

 

El País tituló en España el día en que derrocaron a Chávez "La caída de un caudillo". La palabra caudillo tiene en España un sentido muy concreto. ¿Cómo se puede calificar de caudillo a Chávez? ¡Es absurdo! Precisamente en este país, donde los militares hicieron caer la República.

 

Una vez que ha muerto, ¿qué Venezuela ha dejado Chávez?

Es una Venezuela muy diferente a la que le vio llegar al poder. Es una Venezuela en la que 10 millones de ciudadanos han salido de la pobreza y que ya no tiene analfabetismo. Es una Venezuela que tiene el mayor número de estudiantes en las aulas de las escuelas y universidades de todos los países latinoamericanos. Es el país que ha creado un sistema público de salud, que no existía. Es un país que gracias a las misiones ha repartido bienestar entre toda la población. Es un país que este año va a distribuir 325.000 viviendas a las familias más humildes. Un país que ha creado un sistema de pensiones para aquéllos que no han podido cotizar durante años, como los trabajadores informales y las amas de casa. Es un país lleno de obras de infraestructuras: están construyendo ferrocarriles, metros y aeropuertos. Es un país que construye un Estado del Bienestar y paga su deuda social, utilizando los recursos del petróleo para tratar de elevar a la sociedad a un nivel de ciudadanía que corresponde a una potencia, como quería Chávez. Este es el país que deja Chávez.

 

¿Es un país sin problemas? Pues no, eso no existe. Aunque la prensa dé siempre una imagen caótica de Venezuela, sus ciudadanos nunca han vivido mejor que ahora. De hecho, mucho de los beneficiarios de estas medidas sociales hoy ya se ven como clase media y la clase media ya no vota de la misma manera que las clases populares. Electoralmente, vamos a ver cómo cambian las cosas.

 

¿Por qué su figura es tan difícil de comprender desde Europa, aún para las personas progresistas?

¿Quién es Chávez? Es el hombre que le ha dado un golpe de Estado al presidente de la Internacional Socialista, Carlos Andrés Pérez. Evidentemente, toda la socialdemocracia se ha solidarizado con él. Cuando gobernó Venezuela fue depuesto en su segundo mandato al tener que ser juzgado por corrupción. Una parte de su dinero sirvió para ayudar a muchos partidos socialistas, entre ellos el PSOE.

 

¿Carlos Andrés Pérez era un socialista? Probablemente tanto como Mubarak, que también era presidente de la Internacional Socialista. O tan socialista como Ben Alí, que fue vicepresidente. Un socialista que ha sido uno de los dirigentes más corruptos de la historia de Venezuela, un hombre que condujo una represión brutal contra la izquierda venezolana siendo ministro de Interior con Rómulo Betancourt. Era un socialista que no tenía nada de socialista. El problema de Chávez ha sido explicarle a los socialdemócratas europeos que el verdadero progresista era él y no este dirigente corrupto que sólo servía a la oligarquía y que fue quien introdujo el paquete neoliberal que llevó a la insurrección de 1989, el Caracazo. Para mucha gente Chávez no puede ser de izquierda porque se opuso a un socialdemócrata.

 

El agotamiento del modelo bipartidista salido de la transición que vino después de la caída de la dictadura militar, escándalos de corrupción en los partidos, crisis económica, el aumento de la brecha entre pobres y ricos producida por políticas neoliberales, un país ahogado por la deuda y unos gobiernos obedientes al FMI. Esto es Venezuela a principios de los 90. Un escenario similar, salvando enormes distancias, al que hay en algunos países del sur de Europa. ¿Es posible que en Europa irrumpan también nuevas fuerzas políticas que rompan con el modelo como lo hicieron en América Latina?

 

Hay algunas organizaciones políticas de izquierda, críticas con la situación que hay en Europa, que están empezando a mirar los modelos latinoamericanos. Alexis Tsipras, el líder de la Syriza griega, es un hombre que no esconde su admiración por Chávez y lo ha citado en varias ocasiones. En Francia, Melenchon dirige el Frente de Izquierdas y no esconde que admira a Hugo Chávez. Evidentemente no se trata de imitar a Chávez, porque las realidades son muy diferentes. Pero hay cada vez más similitudes.

 

La crisis es el pretexto para desmantelar el Estado del Bienestar. Chávez es la demostración de que se puede reconstruir este Estado del Bienestar, que se puede creer en ello. No se trata de imitar lo que se hace en América Latina, pero sí inspirarse en algunas soluciones a las que se ha llegado allí. ¿Para qué estamos votando a presidentes si cuando salen elegidos se limitan a levantar el teléfono y preguntar a Bruselas qué hay que hacer? Allí también sufrieron esta crisis de democracia. Una de las funciones del libro es desdiabolizar a Chávez para entender su obra.

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Lunes, 01 Julio 2013 06:56

Elogio de Nelson Mandela

Elogio de Nelson Mandela

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.
 


Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.


 
En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.

 


Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.


 
En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica del apartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.


 
Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.


Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.


 
Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios del apartheid: Botha y De Klerk.
 


Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.


 
Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

 

Por Mario Vargas Llosa 30 JUN 2013 - 00:00 CET

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Hollande inicia segundo año de gobierno con elevada impopularidad y descontento social

El presidente francés, François Hollande, acaba de iniciar el segundo año de su mandato con una impopularidad de más de 75 por ciento, es decir, de las más altas que haya alcanzado un mandatario, acompañada de un descontento generalizado que llega a las filas de su Partido Socialista (PS).

 

Cierra su primer año con desempleo de 3 millones 224 personas, que sigue al alza a pesar de la promesa de revertirlo a finales de 2013, con una nueva e impopular reforma de las jubilaciones en marcha, con el aumento de los impuestos, con el ejército francés en una guerra en Mali y con sólo dos leyes importantes aprobadas en un año.

 

La ley del matrimonio se esperaba, pero su promulgacion y aplicacion no resolverán nada en cuanto a la crisis política y economica del país. La ley sobre seguridad del empleo, diseñada para satisfacer a los empresarios y votada globalmente –sin el tradicional debate artículo por artículo– en el Senado en estos días, que considera el trabajo, no como la riqueza producida por los trabajadores, sino como costo, el cual ha de reducirse como sea, agravará la precaridad del empleo hasta en los sectores educativo y de salud, favorecerá el trabajo parcial y provocará baja de salario.

 

La segunda conferencia de prensa del presidente, el pasado jueves, ocurrió en el momento en que se confirmaba que Francia había entrado en recesión con dos trimestres seguidos de retroceso del PIB y con el poder adquisitivo de los franceses en baja histórica de casi uno por ciento en 2012. Pese a esos indicadores catastróficos, Hollande ha confirmado su voluntad de seguir aplicando las políticas neoliberales de austeridad impuestas por la Comisión Europea y Alemania.

 

Para él, Francia es y será el motor del cambio europeo cuando la zona euro, y obviamente Francia, está completamente paralizada por políticas de austeridad dictadas por la obsesión liberal de reducir el déficit presupuestal publico, medida reclamada por los mercados financieros. Cuando Hollande propone, para solucionar la crisis (que, al mismo tiempo, afirma que ésta ya quedó atrás), crear “un gobierno économico europeo” con poderes, sólo olvida mencionar que la idea no es nueva y la lanzó Angela Merkel en 2011.

 

Cabe recordar que, pese a lo que afirmó al principio de su mandato, no consiguió modificar una sola palabra del tratado europeo firmado por Sarkozy y Merkel. Intentó presentar todo lo que le impone Alemania y la Comisión Europea (que acaba de otorgar a Francia dos años más para reducir su déficit presupuestal a 3 por ciento; es decir, para terminar las privatizaciones y reformas estructurales, acabar con el código del trabajo y agravar las condiciones para las jublilaciones) como iniciativas propias y decisiones de su gobierno. El Medef, que reagrupa a empresarios, ha manifestado satisfacción considerando que las declaraciones de Hollande “corresponden a su visión”.

 

Frente al ejercicio de malabarismo gubernamental, cuyo objetivo era intentar convencer a los franceses que todo va a cambiar sin cambiar de política, el escepticismo va creciendo y la mayor preocupación de la población sigue siendo el empleo. Según el ministro del Trabajo, Michel Sapin, todo está listo para revertir la curva del desempleo este año y las medidas serán presentadas en la conferencia social del 20 y el 21 de junio con los sindicatos. La medida estrella del gobierno Hollande son los “empleos para el futuro”, dirigidos a los jóvenes sin calificaciones de los suburbios obreros o del campo. Pero, a mediados del año, los cien mil empleos prometidos apenas llegan a 10 mil.

 


El gobierno acaba de ampliar la medida al sector privado y al turismo. Tampoco los 500 mil empleos que deben generarse, en cinco años, con los “contratos de generación” –se contrata a un joven y se mantiene a un senior a cambio de exoneración de cargos sociales– ha encontrado éxito en las filas del sector privado. Todas esas medidas técnicas tendrán, quizá en un tiempo, efecto positivo en las cifras del desempleo pero no son la solución. Bien se sabe que, para solucionar la cuestión de los fondos de jubilaciones y mantener la jubilación por reparto a su nivel actual, habría que crear masivamente empleos y subir el salario minimo a mil 700 euros brutos para reactivar el consumo.

 

Hollande tiene pocas alternativas. En junio, la conferencia social le va a reclamar una nueva orientación de la politica económica y social, lo que descarta totalmente. En entrevista a una revista francesa hace unas semanas, había repetido que este año su equipo de trabajo debe tener resultados en desempleo, vivienda, educación, consumo y la presencia de Francia en el mundo. Pero de ninguna manera se espera que escuche la voz de los que votaron por él hace un año y le dieron cuatro millones de votos. El presidente ha dicho que no considera a “la izquierda de la izquierda” parte de su mayoría y su rechazo personal a la ley de amnistía social para trabajadores despedidos y que, en su desesperanza, destruyeron material en oficinas es preocupante. La violencia de los despidos de hombres y mujeres que trabajaron años en una empresa no se puede comparar a ninguna otra.

 

La ley de amnistía permite reconocer esa intolerable violencia social hacia familias enteras. Preocupante también la manera en que Hollande se vanagloria de hacer lo que no hizo Nicolas Sarkozy: reforma del sector laboral, reducción del gasto público, reforma de las jubilaciones (incluso repitió la frase –que en su tiempo criticó– de Sarkozy “ya que vivimos más tiempo, tenemos que trabajar mas tiempo”.

 

La “izquierda de la izquierda” dio sus votos sin ilusiones pero el rechazo de Hollande a “hacer otra política” como se lo pidieron el 5 de mayo pasado decenas de miles de manifestantes que gritaban ‘resistencia’ en las calles de París, no deja de ser grave. La actitud del presidente, que está traicionando incluso los textos votados por su partido, ha venido a confirmar que el cambio no es ahora como lo pretendía la propanganda socialista.

 

El próximo año, hay comicios municipales y europeos y la extrema derecha se prepara a recoger los frutos podridos de la abstención electoral, consecuencia de una esperanza perdida.

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Lula se confiesa: llama a su partido a “reinventarse”

Lula da Silva ha hecho unas confesiones inesperadas en una publicación que está por salir a la luz. El expresidente asegura que su partido necesita “reinventarse” y que le costó sudores que los suyos aceptasen a su candidata a la Presidencia de la República, Dilma Rousseff, en 2010. Lula critica, además, a los partidos que, según él, “se convierten en negocios”.

 

Estas y otras confesiones aparecen en la obra “10 años de gobiernos pos-neoliberales en el Brasil de Lula y Dilma”, que lanza la editora Boitempo el próximo día 13.

 

Las afirmaciones del expresidente fueron recogidas en febrero pasado por Paolo Gentile y Emir Sader, organizador éste último del libro en tono de defensa abierta del Partido de los Trabajadores y con duras críticas a las condenas del Supremo en el proceso del mensalão.

 

Quizás por ello llamen más la atención las confesiones de Lula, un político acostumbrado a sorprender, en las que afirma que la parte del “PT electoralista” necesita reinventarse, es decir “volver a creer en los valores en los que creía la gente y que fueron banalizados con motivo de la disputa electoral”.

 

Distingue, Lula, entre el “PT de base”, del que afirma que sigue teniendo las mismas características de los años 80 y que es “exigente y solidario”, y el “PT electoralista”: cuando un partido “se convierte en un negocio, cuando en realidad debería ser extremadamente importante para la sociedad”.

 

Más aún, el partido necesita reconvertirse para que la política “no se pervierta más de lo que ya lo fue en algún momento” y para que sea capaz de hacer alianzas sin que ello suponga una “relación de promiscuidad”.

 

Algunos han querido ver en estas confesiones de Lula un eco al proceso del mensaláo en el que han acabado condenados a cárcel varios altos dirigentes del PT que le habían llevado al poder, entre ellos su exministro y brazo derecho José Dirceu. Y admite que su gobierno y su partido “tuvieron tropiezos; muchos tropiezos. El 2005 fue un año muy complicado”.

 

Se refiere a cuando saltó a la luz el escándalo del soborno a políticos y partidos aliados por parte de miembros de su partido. Fue entonces cuando Lula pidió perdón a la nación y aseguró que “había sido traicionado por los suyos”.

 

Revela además que fue muy difícil en 2010 convencer a sus amigos del partido para que aceptaran el nombre de Dilma como candidata a su sucesión en la Presidencia. “Sólo yo sé lo que aguanté de mis amigos, no de mis adversarios, que me decían: ‘Lula, eso no puede ser. Ella no tiene experiencia. Ella no es del ramo’”. Recuerda ahora que les convenció sobre la necesidad de “sorprender a la nación con una novedad”: sería la primera mujer que llegaría al Planalto. Ganó la apuesta.

 

Lula, que es apellidado en el libro de “enigma”, hace también una confesión que podrá sorprender a muchos. Afirma que él estuvo en contra de la famosa “Carta al pueblo brasileño”, con la que él convenció entonces al mundo de la empresa y de las finanzas así como a la clase media de que continuaría la política neoliberal de Fernando Henrique Cardoso, controlando la inflación y manteniendo el equilibrio fiscal. “En ella se decían cosas que yo no hubiese querido afirmar, pero hoy reconozco que la carta fue importante”.

 

Acaba el expresidente recordando las tres recetas de éxito de sus dos gobiernos: “probar que era posible aumentar los sueldos sin dañar la inflación”; “crecer distribuyendo renta sin esperar crecer para distribuir” y “aumentar el comercio exterior y el mercado interno sin crear un conflicto”.

 

Ahora que Dilma lucha desesperadamente para contener una inflación que se le ha disparado y para hacer crecer al país con una industria en crisis, suenan los nostálgicos que piden la “vuelta de Lula”.

 

Él ya se ha comprometido a no presentarse. Todo su trabajo ahora es conseguir la reelección de su pupila. Lula que maneja muy bien la política ya ha lanzado un mensaje: “Elegiremos a Dilma en la primera vuelta”. ¿Acertará de nuevo?


Por Juan Arias Río de Janeiro 4 MAY 2013 - 18:51 CET

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Venezuela: prioridades en la carrera contra el tiempo

La mayoría electoral chavista debe ser ganada o reconquistada cada día, sobre todo cuando los efectos de la inflación y de la devaluación reducen los salarios reales, la delincuencia crea insatisfacción e inseguridad y la corrupción e ineficiencia del aparato estatal no han sido corregidas y, particularmente, cuando todo –economía y sociedad– depende del precio, siempre inestable, del petróleo. Por eso se está librando una carrera contra el tiempo entre, por una parte, la acción del gobierno chavista para reforzar su base social y, por la otra, el desgaste provocado por los problemas sociales y políticos (y por la acción contrarrevolucionaria) que reduce progresivamente la base electoral del chavismo.

 

Por lo tanto, el gobierno de Nicolás Maduro enfrenta al golpismo nacional fomentado por Washington y, al mismo tiempo, debe evolucionar sobre una capa de hielo peligrosamente frágil mientras busca afirmarse sobre bases más estables.

 

Ya adoptó justas medidas de emergencia, como la intervención por 90 días en toda la red eléctrica para tratar de evitar los sabotajes, ya que los cortes de luz desorganizan la producción y dañan e irritan a la población más pobre, a la que el chavismo se dirige.

 

Pero tiene ante sí otras prioridades, como la represión a la delincuencia, la cual se alimenta con la influencia de los narcos colombianos y con las maniobras de Estados Unidos pero tiene su base en el carácter rentista de la economía venezolana. No serán las fuerzas armadas o la policía las que limpien este establo de Augías: sólo la fuerza popular organizada puede barrer la delincuencia. Si en las comunidades mexicanas se eligen en asambleas policías comunitarias sostenidas por la población, que puede revocar a sus comandantes, es posible formar también en Venezuela en cada distrito milicias voluntarias, armadas por el Estado, respaldadas, garantizadas y controladas por los vecinos, que detecten a los delincuentes, los disuadan o repriman y los desarmen. La garantía de la independencia de tales policías comunitarias la dará la autonomía en cada lugar y el control asambleario sobre sus integrantes que, a la vez, les otorgará fuerza moral y política. Los comités de Defensa de la Revolución cubana se convirtieron en organismos de control del Estado y de su partido único, cosa que las policías comunitarias deben evitar a toda costa gracias al control democrático de sus comunidades y al pluralismo político en su composición (pues hay decenas de miles de venezolanos que no están de acuerdo con tal o cual política del gobierno chavista pero no son por eso agentes imperialistas ni contrarrevolucionarios).

 

También es tarea del gobierno la lucha contra la ineficiencia en las empresas y contra la posible corrupción de sus dirigentes pero el mejor instrumento para evitar los robos y despilfarros es el control sobre los gastos y el rendimiento de sus fuentes de trabajo por los trabajadores y técnicos organizados en comités ad hoc elegidos sobre base rotativa, independientemente de cual sea la opinión política o sindical de los integrantes de los mismos.

 


Por otra parte, ya Hugo Chávez encaró un ambicioso plan de construcción de viviendas populares, que se está cumpliendo en cantidad y calidad pero que aún no basta para resolver la grave carencia que existe en este campo. Pero, a diferencia de Cuba, donde se intentó remediar el problema mediante la autoconstrucción, pero con escasos resultados dada la carencia de materiales, Venezuela puede reforzar la participación popular en esta campaña, uniendo un esfuerzo económico y un fuerte apoyo técnico a la utilización de la mano de obra de los futuros beneficiarios.

 

En cuanto al cambio de las bases de la economía venezolana, requiere planes a mediano y largo plazo, pues la dependencia de la exportación de petróleo a Estados Unidos es una espada de Damocles que pende sobre el proceso revolucionario. Venezuela debe crear una base al menos para su seguridad alimentaria y producir en el país los alimentos y bienes básicos mediante un plan de sustitución de importaciones y de estímulo a la creatividad en el campo de la innovación tecnológica y de la reducción de gastos inútiles, acompañado por medidas selectivas en el otorgamiento de los permisos de importación. La boliburguesía protestará si no tiene wiski, champaña y autos caros pero la gente común protestará menos cuando encuentre todos los días la leche, los pañales, el jabón y los bienes de primera necesidad que escasean cruelmente.

 

Por último, una gran prioridad que sólo requiere voluntad política como insumo para enfrentarla, es la confianza en la capacidad de comprensión y organización de los trabajadores chavistas, desarrollando su autoorganización, dando el mayor margen posible a la democracia y el más amplio margen de independencia de sus organizaciones con respecto al aparato estatal (sea éste el gobierno o las fuerzas armadas) con el cual sin duda deben coordinarse pero sin subordinarse jamás al mismo.

 

Ese, por otra parte, es el verdadero significado de la idea de que hay que tratar de llenar el vacío dejado por la personalidad de Chávez por una dirección colegiada, pues ese concepto no puede conducir a un directorio de notables sino a la asunción de sus responsabilidades y de la decisión política por el pueblo chavista organizado en los múltiples instrumentos de poder popular. Éstos, así, serán instrumentos de este Estado actual en una fase difícil de transición y, sobre todo, gérmenes de otro Estado no capitalista para el futuro próximo.

 

Gramsci escribió que para que un obrero metalúrgico fuera socialista debía dejar de ser metalúrgico, o sea, debía dejar de diferenciarse como miembro de una corporación y de una clase. Para que del chavismo puedan nacer elementos socialistas debe reforzarse previamente la autoorganización socialista a costa de la actual dependencia vertical chavista del Estado.

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