"Hay que 'desdiabolizar' a Chávez para entender su obra"

En una de las conversaciones que Ignacio Ramonet mantuvo con Hugo Chávez, le preguntó cuánto tiempo duraba un discurso de un presidente francés. Ramonet responde que, en ocasiones extraordinarias como en una campaña electoral, podía durar hasta una hora. "Yo necesito al menos cuatro horas sólo para arrancar", respondió el Presidente venezolano. Del gusto por el monólogo sacaron más de 100 horas de conversación, a partir de las cuales Ramonet escribió Hugo Chávez. Mi primera vida, el libro que ahora publica en España la editorial Debate.

 

Chávez, el presidente que juró "trascender el capitalismo por la vía del socialismo y más allá, en democracia", se ha convertido en todo un símbolo de los procesos de cambio que están aconteciendo en América Latina. Pero Ramonet no le trata en su obra como dirigente de la Revolución Bolivariana que impulsó cuando llegó al Gobierno en 1998. En su lugar, prefiere explicar quién era Chávez antes de convertirse en un símbolo universalmente conocido, qué infancia tuvo, cómo se formó el líder que, después de fracasar en una rebelión militar, no paró de ganar elecciones hasta que murió el 5 de marzo de 2013.

 

En su libro ha retratado a Hugo Chávez en su primera vida, hasta que gana las elecciones de diciembre de 1998 y forma el primer gobierno. ¿Cuáles son las claves de su biografía que le permitieron llegar a ser presidente?

Chávez es un enigma, un líder muy excepcional. No hace falta ser politólogo para darse cuenta de que se sale de la norma de todos los líderes latinoamericanos. Desde Fidel Castro no ha habido un dirigente capaz de replantear la problemática latinoamericana como lo ha hecho Chávez. El objetivo del libro es ir a buscar las fuentes que explican esto, la explicación de la fábrica Chávez.

 

Cuatro rasgos de su niñez explican este fenómeno. En primer lugar, y como poca gente sabe, Chávez tuvo una infancia pobre. Fue un niño campesino y vendedor de dulces por las calles. Para él la pobreza es un estado al que no tiene miedo y que, a la vez, la entiende como una profunda injusticia en un país tan rico. La segunda clave es que él, desde niño, tiene el deseo de ser un artista, quiere ser pintor y poeta, es creativo. Tercero, es un buen alumno, un "empollón". Siempre fue el primero en la escuela primaria, en la secundaria y en la academia militar. Obviamente, es un niño que tiene un cociente intelectual fuera de la norma. La otra clave es su pasión por el deporte y la cultura del esfuerzo que aprende con él.

 

Hasta los 18 años no entra en contacto con la política, que la descubre en la Academia Militar. En realidad, lo que él conoce bien desde pequeño es la historia popular de Venezuela contada por su abuela, que tiene una importancia capital en su vida. Ante todo, ha sido siempre un autodidacta. Tiene formación académica y al mismo tiempo sabe hacer de todo con sus manos, debido a su pasado campesino y su carrera militar. Puede cultivar maíz y reparar un tanque. Cuando empieza a interesarse por la política su línea principal es el nacionalismo, la idea de que Venezuela ha sido un gran país, el libertador de América Latina. De ahí que él se apegue a la figura de Simón Bolívar. En cierta medida, Chávez se ve como el Bolívar del siglo XXI, el que va hacer la segunda liberación de América Latina.

 

Chávez rompe con las formas clásicas de la izquierda en América Latina.

Chávez no viene de la tradición de los partidos, surge precisamente cuando se hunden los partidos tradicionales. Su movimiento V República nace en torno a los movimientos sociales y populares. Es un militar que se somete a las elecciones y llega al Gobierno con un proyecto de regeneración política. Cuando gana las elecciones aún no se define como socialista y no lo hará hasta 2003 o 2004, después del golpe de Estado de la oligarquía. En un principio, se define como alguien que quiere poner a Venezuela de pie, que quiere un Estado más justo, una regeneración política. Aunque pasa a acuerdos con los partidos políticos de izquierda tradicionales, no viene de ellos, viene del movimiento social, como vinieron Evo Morales, Rafael Correa y Lula en cierta medida.

 

¿Cómo consigue levantar el entusiasmo y el reconocimiento de las clases populares venezolanas?

Se hace popular de la noche a la mañana. Pasa de ser absolutamente desconocido a ser totalmente popular en unos segundos. Esto ocurre cuando lidera la rebelión militar y sale a la televisión, hablando en directo. Hace una intervención para decirles a sus compañeros que siguen combatiendo que se rindan. En esa intervención, que todo el país está mirando, él dice dos cosas que impactaron a todos los venezolanos. La primera, es que él asume personalmente la responsabilidad de la rebelión. En ese tiempo, ningún político asumía la responsabilidad de sus desmanes, todos echaban las culpas a los demás. Así, aparece como un hombre honesto. El segundo elemento es el "por ahora" que pronuncia, que indica que tiene la intención de volver a intentarlo.

Cuando ya está en la cárcel surgen por todo el país pintadas en las paredes de "Viva Chávez". En el carnaval que llegó pocas semanas después, muchas familias visten a sus niños con el uniforme militar y la boina roja que le caracterizaban. Se hace popular por su aspecto, pues se parece a un venezolano, cosa que nunca le había ocurrido a ningún dirigente del país. Él es mezclado de indio, de negro y de europeo, las tres raíces venezolanas. Habla como un venezolano, con franqueza y sencillez. La gente vio en él un reflejo de lo que podríamos imaginar como el pueblo ideal de Venezuela.

 

Retrata en el libro una faceta poco conocida de Chávez, la del intelectual que nunca paró de leer y formarse teórica y políticamente. ¿Qué clase de intelectual era?

Chávez es ante todo una persona a la que le gusta leer y también un autodidacta. Mientras se forma en la Academia Militar prepara un doctorado que nunca presentó, pero escribe una tesis sobre las transiciones, en la que presta especial atención a la española. Evidentemente, como muchos autodidactas, tiene una formación un poco caótica: lee en función de los libros que encuentra. Entre ellos están las obras de Marx, de Lenin, del Che Guevara o de teóricos de la Revolución Cristiana. Además, tiene la suerte de tener unos profesores de gran calidad. Se forma con ellos y pasa a ser profesor en la universidad de teoría y práctica militar. Poco a poco, va conformando una concepción bien precisa de lo que debe ser un gobierno que esté al servicio del país.

 

Mientras está preso después de la rebelión militar, transformó la cárcel en una especie de universidad. Trajo profesores para que impartieran cursos de lectura, exposiciones sobre los libros... Utilizan la cárcel como una facultad complementaria. Siempre iba con dos o tres libros bajo el brazo y varios lápices. Sorprendentemente, le gustaba mucho Nietzsche, siempre citaba el Zaratustra.

 

Le han acusado de haber dado un excesivo papel a los militares en el Gobierno.

Es verdad. Él viene del Ejército, es un hombre que conoce muy bien las Fuerzas Armadas. Para él la Academia Militar es la principal escuela de su vida, de su formación política y como líder. Evidentemente, él considera que el Ejército venezolano es corrupto, vendido, alienado, al servicio del imperialismo, mandado por oficiales norteamericanos instalados en el Estado Mayor. Pero en ese mismo Ejército es donde él va construyendo diversas estructuras de apoyo para la rebelión militar.

 

Después de salir de la cárcel, Chávez decide ir a las elecciones, contra el criterio de muchos de sus compañeros que seguían apostando por la vía militar. Entra en el juego democrático pero apoyándose en el Ejército, que lo pone al servicio del pueblo, utilizando todos sus recursos e infraestructuras para las políticas sociales. En los países del Sur, donde una gran parte de las administraciones públicas no funcionan, el Ejército es una institución eficaz. Se apoya en ellos, sí, pero cuando va a constituir su primer gobierno lo hace en base a los partidos de izquierda existentes, los que le habían apoyado y los que no. No hay miliares prácticamente en ese tiempo en el ejecutivo. Además, es el mismo Ejército el que le da un golpe de Estado en 2002.

 

Vemos su lucidez revolucionaria y democrática cuando designa a su sucesor, Nicolás Maduro. Podría haber elegido a un militar, que era lo más sencillo. Pero él elige la vía más difícil, elige a un civil y a uno que no tiene ni siquiera una gran responsabilidad en el partido. Porque sabe que la continuidad de la Revolución pasa porque los militares obedezcan a un civil.

 

Los medios de comunicación han jugado un importante papel en la oposición a Hugo Chávez, tanto en Venezuela como en el resto del mundo. Todas las grandes empresas y conglomerados de la comunicación han intentado desprestigiarle. ¿Cómo explica este fenómeno?

Ocurre lo mismo en otros países con procesos semejantes, los medios también están atacando a Correa, a Evo Morales, a Cristina Fernández y a Lula y Dilma. Venezuela, al ser el primer país, se convirtió en el ejemplo de "el Gobierno quiere controlar a los medios".

 

Cuando Chávez triunfa en 1998 los dos partidos que han gobernado alternativamente en Venezuela desde hace 40 años se derrumban. Tras perder los comicios con resultados catastróficos, los conservadores de Copei y los socialdemócratas de Acción Democrática pierden todo el prestigio. Entonces, la función de la oposición es asumida por los medios de comunicación, los grandes periódicos y televisiones.

 

Son los medios los que impulsan el golpe de Estado contra Chávez en 2002. La televisión manipula las imágenes indicando que tiradores chavistas disparan contra la manifestación de la oposición. Esto hace que muchos militares digan "¡No podemos permitir que Chávez dispare al pueblo!" y se unan al golpe de Estado. Más tarde se demostró que los tiradores eran mercenarios a sueldo de los golpistas. En ese momento, asume el poder una junta civil con todos los grandes empresarios del país, se nombra presidente el jefe de la patronal y todos los dueños de los medios están de por medio y son felicitados por los golpitas. 48 horas después Chávez vuelve al poder. Y, aunque estos medios son los que han fomentado el golpe, no los cierra. Como demócrata convencido, les deja seguir con su labor. Estos medios han continuado conspirando hasta hoy. Son todos violentamente antichavistas. Lo que ha hecho Chávez ha sido desarrollar alternativas, como la televisión pública o los medios comunitarios.

 

El País tituló en España el día en que derrocaron a Chávez "La caída de un caudillo". La palabra caudillo tiene en España un sentido muy concreto. ¿Cómo se puede calificar de caudillo a Chávez? ¡Es absurdo! Precisamente en este país, donde los militares hicieron caer la República.

 

Una vez que ha muerto, ¿qué Venezuela ha dejado Chávez?

Es una Venezuela muy diferente a la que le vio llegar al poder. Es una Venezuela en la que 10 millones de ciudadanos han salido de la pobreza y que ya no tiene analfabetismo. Es una Venezuela que tiene el mayor número de estudiantes en las aulas de las escuelas y universidades de todos los países latinoamericanos. Es el país que ha creado un sistema público de salud, que no existía. Es un país que gracias a las misiones ha repartido bienestar entre toda la población. Es un país que este año va a distribuir 325.000 viviendas a las familias más humildes. Un país que ha creado un sistema de pensiones para aquéllos que no han podido cotizar durante años, como los trabajadores informales y las amas de casa. Es un país lleno de obras de infraestructuras: están construyendo ferrocarriles, metros y aeropuertos. Es un país que construye un Estado del Bienestar y paga su deuda social, utilizando los recursos del petróleo para tratar de elevar a la sociedad a un nivel de ciudadanía que corresponde a una potencia, como quería Chávez. Este es el país que deja Chávez.

 

¿Es un país sin problemas? Pues no, eso no existe. Aunque la prensa dé siempre una imagen caótica de Venezuela, sus ciudadanos nunca han vivido mejor que ahora. De hecho, mucho de los beneficiarios de estas medidas sociales hoy ya se ven como clase media y la clase media ya no vota de la misma manera que las clases populares. Electoralmente, vamos a ver cómo cambian las cosas.

 

¿Por qué su figura es tan difícil de comprender desde Europa, aún para las personas progresistas?

¿Quién es Chávez? Es el hombre que le ha dado un golpe de Estado al presidente de la Internacional Socialista, Carlos Andrés Pérez. Evidentemente, toda la socialdemocracia se ha solidarizado con él. Cuando gobernó Venezuela fue depuesto en su segundo mandato al tener que ser juzgado por corrupción. Una parte de su dinero sirvió para ayudar a muchos partidos socialistas, entre ellos el PSOE.

 

¿Carlos Andrés Pérez era un socialista? Probablemente tanto como Mubarak, que también era presidente de la Internacional Socialista. O tan socialista como Ben Alí, que fue vicepresidente. Un socialista que ha sido uno de los dirigentes más corruptos de la historia de Venezuela, un hombre que condujo una represión brutal contra la izquierda venezolana siendo ministro de Interior con Rómulo Betancourt. Era un socialista que no tenía nada de socialista. El problema de Chávez ha sido explicarle a los socialdemócratas europeos que el verdadero progresista era él y no este dirigente corrupto que sólo servía a la oligarquía y que fue quien introdujo el paquete neoliberal que llevó a la insurrección de 1989, el Caracazo. Para mucha gente Chávez no puede ser de izquierda porque se opuso a un socialdemócrata.

 

El agotamiento del modelo bipartidista salido de la transición que vino después de la caída de la dictadura militar, escándalos de corrupción en los partidos, crisis económica, el aumento de la brecha entre pobres y ricos producida por políticas neoliberales, un país ahogado por la deuda y unos gobiernos obedientes al FMI. Esto es Venezuela a principios de los 90. Un escenario similar, salvando enormes distancias, al que hay en algunos países del sur de Europa. ¿Es posible que en Europa irrumpan también nuevas fuerzas políticas que rompan con el modelo como lo hicieron en América Latina?

 

Hay algunas organizaciones políticas de izquierda, críticas con la situación que hay en Europa, que están empezando a mirar los modelos latinoamericanos. Alexis Tsipras, el líder de la Syriza griega, es un hombre que no esconde su admiración por Chávez y lo ha citado en varias ocasiones. En Francia, Melenchon dirige el Frente de Izquierdas y no esconde que admira a Hugo Chávez. Evidentemente no se trata de imitar a Chávez, porque las realidades son muy diferentes. Pero hay cada vez más similitudes.

 

La crisis es el pretexto para desmantelar el Estado del Bienestar. Chávez es la demostración de que se puede reconstruir este Estado del Bienestar, que se puede creer en ello. No se trata de imitar lo que se hace en América Latina, pero sí inspirarse en algunas soluciones a las que se ha llegado allí. ¿Para qué estamos votando a presidentes si cuando salen elegidos se limitan a levantar el teléfono y preguntar a Bruselas qué hay que hacer? Allí también sufrieron esta crisis de democracia. Una de las funciones del libro es desdiabolizar a Chávez para entender su obra.

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Lunes, 01 Julio 2013 06:56

Elogio de Nelson Mandela

Elogio de Nelson Mandela

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.
 


Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.


 
En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.

 


Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.


 
En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica del apartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.


 
Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.


Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.


 
Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios del apartheid: Botha y De Klerk.
 


Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.


 
Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

 

Por Mario Vargas Llosa 30 JUN 2013 - 00:00 CET

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Hollande inicia segundo año de gobierno con elevada impopularidad y descontento social

El presidente francés, François Hollande, acaba de iniciar el segundo año de su mandato con una impopularidad de más de 75 por ciento, es decir, de las más altas que haya alcanzado un mandatario, acompañada de un descontento generalizado que llega a las filas de su Partido Socialista (PS).

 

Cierra su primer año con desempleo de 3 millones 224 personas, que sigue al alza a pesar de la promesa de revertirlo a finales de 2013, con una nueva e impopular reforma de las jubilaciones en marcha, con el aumento de los impuestos, con el ejército francés en una guerra en Mali y con sólo dos leyes importantes aprobadas en un año.

 

La ley del matrimonio se esperaba, pero su promulgacion y aplicacion no resolverán nada en cuanto a la crisis política y economica del país. La ley sobre seguridad del empleo, diseñada para satisfacer a los empresarios y votada globalmente –sin el tradicional debate artículo por artículo– en el Senado en estos días, que considera el trabajo, no como la riqueza producida por los trabajadores, sino como costo, el cual ha de reducirse como sea, agravará la precaridad del empleo hasta en los sectores educativo y de salud, favorecerá el trabajo parcial y provocará baja de salario.

 

La segunda conferencia de prensa del presidente, el pasado jueves, ocurrió en el momento en que se confirmaba que Francia había entrado en recesión con dos trimestres seguidos de retroceso del PIB y con el poder adquisitivo de los franceses en baja histórica de casi uno por ciento en 2012. Pese a esos indicadores catastróficos, Hollande ha confirmado su voluntad de seguir aplicando las políticas neoliberales de austeridad impuestas por la Comisión Europea y Alemania.

 

Para él, Francia es y será el motor del cambio europeo cuando la zona euro, y obviamente Francia, está completamente paralizada por políticas de austeridad dictadas por la obsesión liberal de reducir el déficit presupuestal publico, medida reclamada por los mercados financieros. Cuando Hollande propone, para solucionar la crisis (que, al mismo tiempo, afirma que ésta ya quedó atrás), crear “un gobierno économico europeo” con poderes, sólo olvida mencionar que la idea no es nueva y la lanzó Angela Merkel en 2011.

 

Cabe recordar que, pese a lo que afirmó al principio de su mandato, no consiguió modificar una sola palabra del tratado europeo firmado por Sarkozy y Merkel. Intentó presentar todo lo que le impone Alemania y la Comisión Europea (que acaba de otorgar a Francia dos años más para reducir su déficit presupuestal a 3 por ciento; es decir, para terminar las privatizaciones y reformas estructurales, acabar con el código del trabajo y agravar las condiciones para las jublilaciones) como iniciativas propias y decisiones de su gobierno. El Medef, que reagrupa a empresarios, ha manifestado satisfacción considerando que las declaraciones de Hollande “corresponden a su visión”.

 

Frente al ejercicio de malabarismo gubernamental, cuyo objetivo era intentar convencer a los franceses que todo va a cambiar sin cambiar de política, el escepticismo va creciendo y la mayor preocupación de la población sigue siendo el empleo. Según el ministro del Trabajo, Michel Sapin, todo está listo para revertir la curva del desempleo este año y las medidas serán presentadas en la conferencia social del 20 y el 21 de junio con los sindicatos. La medida estrella del gobierno Hollande son los “empleos para el futuro”, dirigidos a los jóvenes sin calificaciones de los suburbios obreros o del campo. Pero, a mediados del año, los cien mil empleos prometidos apenas llegan a 10 mil.

 


El gobierno acaba de ampliar la medida al sector privado y al turismo. Tampoco los 500 mil empleos que deben generarse, en cinco años, con los “contratos de generación” –se contrata a un joven y se mantiene a un senior a cambio de exoneración de cargos sociales– ha encontrado éxito en las filas del sector privado. Todas esas medidas técnicas tendrán, quizá en un tiempo, efecto positivo en las cifras del desempleo pero no son la solución. Bien se sabe que, para solucionar la cuestión de los fondos de jubilaciones y mantener la jubilación por reparto a su nivel actual, habría que crear masivamente empleos y subir el salario minimo a mil 700 euros brutos para reactivar el consumo.

 

Hollande tiene pocas alternativas. En junio, la conferencia social le va a reclamar una nueva orientación de la politica económica y social, lo que descarta totalmente. En entrevista a una revista francesa hace unas semanas, había repetido que este año su equipo de trabajo debe tener resultados en desempleo, vivienda, educación, consumo y la presencia de Francia en el mundo. Pero de ninguna manera se espera que escuche la voz de los que votaron por él hace un año y le dieron cuatro millones de votos. El presidente ha dicho que no considera a “la izquierda de la izquierda” parte de su mayoría y su rechazo personal a la ley de amnistía social para trabajadores despedidos y que, en su desesperanza, destruyeron material en oficinas es preocupante. La violencia de los despidos de hombres y mujeres que trabajaron años en una empresa no se puede comparar a ninguna otra.

 

La ley de amnistía permite reconocer esa intolerable violencia social hacia familias enteras. Preocupante también la manera en que Hollande se vanagloria de hacer lo que no hizo Nicolas Sarkozy: reforma del sector laboral, reducción del gasto público, reforma de las jubilaciones (incluso repitió la frase –que en su tiempo criticó– de Sarkozy “ya que vivimos más tiempo, tenemos que trabajar mas tiempo”.

 

La “izquierda de la izquierda” dio sus votos sin ilusiones pero el rechazo de Hollande a “hacer otra política” como se lo pidieron el 5 de mayo pasado decenas de miles de manifestantes que gritaban ‘resistencia’ en las calles de París, no deja de ser grave. La actitud del presidente, que está traicionando incluso los textos votados por su partido, ha venido a confirmar que el cambio no es ahora como lo pretendía la propanganda socialista.

 

El próximo año, hay comicios municipales y europeos y la extrema derecha se prepara a recoger los frutos podridos de la abstención electoral, consecuencia de una esperanza perdida.

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Lula se confiesa: llama a su partido a “reinventarse”

Lula da Silva ha hecho unas confesiones inesperadas en una publicación que está por salir a la luz. El expresidente asegura que su partido necesita “reinventarse” y que le costó sudores que los suyos aceptasen a su candidata a la Presidencia de la República, Dilma Rousseff, en 2010. Lula critica, además, a los partidos que, según él, “se convierten en negocios”.

 

Estas y otras confesiones aparecen en la obra “10 años de gobiernos pos-neoliberales en el Brasil de Lula y Dilma”, que lanza la editora Boitempo el próximo día 13.

 

Las afirmaciones del expresidente fueron recogidas en febrero pasado por Paolo Gentile y Emir Sader, organizador éste último del libro en tono de defensa abierta del Partido de los Trabajadores y con duras críticas a las condenas del Supremo en el proceso del mensalão.

 

Quizás por ello llamen más la atención las confesiones de Lula, un político acostumbrado a sorprender, en las que afirma que la parte del “PT electoralista” necesita reinventarse, es decir “volver a creer en los valores en los que creía la gente y que fueron banalizados con motivo de la disputa electoral”.

 

Distingue, Lula, entre el “PT de base”, del que afirma que sigue teniendo las mismas características de los años 80 y que es “exigente y solidario”, y el “PT electoralista”: cuando un partido “se convierte en un negocio, cuando en realidad debería ser extremadamente importante para la sociedad”.

 

Más aún, el partido necesita reconvertirse para que la política “no se pervierta más de lo que ya lo fue en algún momento” y para que sea capaz de hacer alianzas sin que ello suponga una “relación de promiscuidad”.

 

Algunos han querido ver en estas confesiones de Lula un eco al proceso del mensaláo en el que han acabado condenados a cárcel varios altos dirigentes del PT que le habían llevado al poder, entre ellos su exministro y brazo derecho José Dirceu. Y admite que su gobierno y su partido “tuvieron tropiezos; muchos tropiezos. El 2005 fue un año muy complicado”.

 

Se refiere a cuando saltó a la luz el escándalo del soborno a políticos y partidos aliados por parte de miembros de su partido. Fue entonces cuando Lula pidió perdón a la nación y aseguró que “había sido traicionado por los suyos”.

 

Revela además que fue muy difícil en 2010 convencer a sus amigos del partido para que aceptaran el nombre de Dilma como candidata a su sucesión en la Presidencia. “Sólo yo sé lo que aguanté de mis amigos, no de mis adversarios, que me decían: ‘Lula, eso no puede ser. Ella no tiene experiencia. Ella no es del ramo’”. Recuerda ahora que les convenció sobre la necesidad de “sorprender a la nación con una novedad”: sería la primera mujer que llegaría al Planalto. Ganó la apuesta.

 

Lula, que es apellidado en el libro de “enigma”, hace también una confesión que podrá sorprender a muchos. Afirma que él estuvo en contra de la famosa “Carta al pueblo brasileño”, con la que él convenció entonces al mundo de la empresa y de las finanzas así como a la clase media de que continuaría la política neoliberal de Fernando Henrique Cardoso, controlando la inflación y manteniendo el equilibrio fiscal. “En ella se decían cosas que yo no hubiese querido afirmar, pero hoy reconozco que la carta fue importante”.

 

Acaba el expresidente recordando las tres recetas de éxito de sus dos gobiernos: “probar que era posible aumentar los sueldos sin dañar la inflación”; “crecer distribuyendo renta sin esperar crecer para distribuir” y “aumentar el comercio exterior y el mercado interno sin crear un conflicto”.

 

Ahora que Dilma lucha desesperadamente para contener una inflación que se le ha disparado y para hacer crecer al país con una industria en crisis, suenan los nostálgicos que piden la “vuelta de Lula”.

 

Él ya se ha comprometido a no presentarse. Todo su trabajo ahora es conseguir la reelección de su pupila. Lula que maneja muy bien la política ya ha lanzado un mensaje: “Elegiremos a Dilma en la primera vuelta”. ¿Acertará de nuevo?


Por Juan Arias Río de Janeiro 4 MAY 2013 - 18:51 CET

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Venezuela: prioridades en la carrera contra el tiempo

La mayoría electoral chavista debe ser ganada o reconquistada cada día, sobre todo cuando los efectos de la inflación y de la devaluación reducen los salarios reales, la delincuencia crea insatisfacción e inseguridad y la corrupción e ineficiencia del aparato estatal no han sido corregidas y, particularmente, cuando todo –economía y sociedad– depende del precio, siempre inestable, del petróleo. Por eso se está librando una carrera contra el tiempo entre, por una parte, la acción del gobierno chavista para reforzar su base social y, por la otra, el desgaste provocado por los problemas sociales y políticos (y por la acción contrarrevolucionaria) que reduce progresivamente la base electoral del chavismo.

 

Por lo tanto, el gobierno de Nicolás Maduro enfrenta al golpismo nacional fomentado por Washington y, al mismo tiempo, debe evolucionar sobre una capa de hielo peligrosamente frágil mientras busca afirmarse sobre bases más estables.

 

Ya adoptó justas medidas de emergencia, como la intervención por 90 días en toda la red eléctrica para tratar de evitar los sabotajes, ya que los cortes de luz desorganizan la producción y dañan e irritan a la población más pobre, a la que el chavismo se dirige.

 

Pero tiene ante sí otras prioridades, como la represión a la delincuencia, la cual se alimenta con la influencia de los narcos colombianos y con las maniobras de Estados Unidos pero tiene su base en el carácter rentista de la economía venezolana. No serán las fuerzas armadas o la policía las que limpien este establo de Augías: sólo la fuerza popular organizada puede barrer la delincuencia. Si en las comunidades mexicanas se eligen en asambleas policías comunitarias sostenidas por la población, que puede revocar a sus comandantes, es posible formar también en Venezuela en cada distrito milicias voluntarias, armadas por el Estado, respaldadas, garantizadas y controladas por los vecinos, que detecten a los delincuentes, los disuadan o repriman y los desarmen. La garantía de la independencia de tales policías comunitarias la dará la autonomía en cada lugar y el control asambleario sobre sus integrantes que, a la vez, les otorgará fuerza moral y política. Los comités de Defensa de la Revolución cubana se convirtieron en organismos de control del Estado y de su partido único, cosa que las policías comunitarias deben evitar a toda costa gracias al control democrático de sus comunidades y al pluralismo político en su composición (pues hay decenas de miles de venezolanos que no están de acuerdo con tal o cual política del gobierno chavista pero no son por eso agentes imperialistas ni contrarrevolucionarios).

 

También es tarea del gobierno la lucha contra la ineficiencia en las empresas y contra la posible corrupción de sus dirigentes pero el mejor instrumento para evitar los robos y despilfarros es el control sobre los gastos y el rendimiento de sus fuentes de trabajo por los trabajadores y técnicos organizados en comités ad hoc elegidos sobre base rotativa, independientemente de cual sea la opinión política o sindical de los integrantes de los mismos.

 


Por otra parte, ya Hugo Chávez encaró un ambicioso plan de construcción de viviendas populares, que se está cumpliendo en cantidad y calidad pero que aún no basta para resolver la grave carencia que existe en este campo. Pero, a diferencia de Cuba, donde se intentó remediar el problema mediante la autoconstrucción, pero con escasos resultados dada la carencia de materiales, Venezuela puede reforzar la participación popular en esta campaña, uniendo un esfuerzo económico y un fuerte apoyo técnico a la utilización de la mano de obra de los futuros beneficiarios.

 

En cuanto al cambio de las bases de la economía venezolana, requiere planes a mediano y largo plazo, pues la dependencia de la exportación de petróleo a Estados Unidos es una espada de Damocles que pende sobre el proceso revolucionario. Venezuela debe crear una base al menos para su seguridad alimentaria y producir en el país los alimentos y bienes básicos mediante un plan de sustitución de importaciones y de estímulo a la creatividad en el campo de la innovación tecnológica y de la reducción de gastos inútiles, acompañado por medidas selectivas en el otorgamiento de los permisos de importación. La boliburguesía protestará si no tiene wiski, champaña y autos caros pero la gente común protestará menos cuando encuentre todos los días la leche, los pañales, el jabón y los bienes de primera necesidad que escasean cruelmente.

 

Por último, una gran prioridad que sólo requiere voluntad política como insumo para enfrentarla, es la confianza en la capacidad de comprensión y organización de los trabajadores chavistas, desarrollando su autoorganización, dando el mayor margen posible a la democracia y el más amplio margen de independencia de sus organizaciones con respecto al aparato estatal (sea éste el gobierno o las fuerzas armadas) con el cual sin duda deben coordinarse pero sin subordinarse jamás al mismo.

 

Ese, por otra parte, es el verdadero significado de la idea de que hay que tratar de llenar el vacío dejado por la personalidad de Chávez por una dirección colegiada, pues ese concepto no puede conducir a un directorio de notables sino a la asunción de sus responsabilidades y de la decisión política por el pueblo chavista organizado en los múltiples instrumentos de poder popular. Éstos, así, serán instrumentos de este Estado actual en una fase difícil de transición y, sobre todo, gérmenes de otro Estado no capitalista para el futuro próximo.

 

Gramsci escribió que para que un obrero metalúrgico fuera socialista debía dejar de ser metalúrgico, o sea, debía dejar de diferenciarse como miembro de una corporación y de una clase. Para que del chavismo puedan nacer elementos socialistas debe reforzarse previamente la autoorganización socialista a costa de la actual dependencia vertical chavista del Estado.

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El presidente Hugo Chávez, de Venezuela, ha muerto. La prensa mundial y el Internet fueron inundados con evaluaciones de sus logros –y éstas van de la alabanza sin fin a la denuncia interminable. Ciertas personas expresan un grado de alabanza o denuncia más cuidado o restringido. La única cosa en que todos parecen coincidir es que Hugo Chávez era un líder carismático.

 

¿Qué es un líder carismático? Es alguien que tiene una muy fuerte personalidad, una visión política relativamente clara y una gran energía y persistencia en impulsar esta visión. Los líderes carismáticos atraen gran respaldo, primero que nada en su país. Pero los mismos rasgos de su persona que atraen respaldo son también los que movilizan una oposición profunda hacia sus políticas. Todo esto es cierto en el caso de Chávez.

 

La lista de líderes carismáticos a lo largo de la historia del mundo moderno no es tan larga. Piensen en Napoleón y De Gaulle, en Francia; Lincoln y F.D. Roosevelt, en Estados Unidos; Pedro El Grande y Lenin, en Rusia; Gandhi, en India; Mao Tse Tung, en China, y Mandela, en Sudáfrica. Y, por supuesto, Simón Bolívar. Tan pronto se consulta una lista así son evidentes varias cosas. Estas personas son líderes controvertidos durante sus vidas. La evaluación de sus méritos y fallas ha variado constantemente a lo largo el tiempo histórico. No parecen desaparecer de la visión histórica. Y, por último, no fueron para nada idénticos en cuanto a su política.

 

La muerte de un líder carismático siempre crea un vacío de incertidumbre, en el cual sus simpatizantes intentan garantizar la continuación de sus políticas institucionalizándolas. Max Weber llamaba a esto la "rutinización del carisma". Una vez rutinizadas, las políticas evolucionan en direcciones siempre difíciles de predecir. Para evaluar lo que podría pasar en el futuro inmediato uno tiene que comenzar, por supuesto, haciendo una evaluación de los logros de Chávez. Pero uno necesita también hacer la evaluación del rapport de las fuerzas internas y de los contextos culturales y políticos más grandes en los que Venezuela y América Latina se hallan hoy.

 

Sus logros parecen claros. Utilizó la enorme riqueza petrolera de Venezuela para mejorar significativamente las condiciones de vida de los estratos más pobres –expandiendo su acceso a las instalaciones de salud y educación–, lo que redujo la brecha entre ricos y pobres de modos muy notables. Además utilizó la enorme riqueza petrolera para subsidiar las exportaciones de crudo a un gran número de países, especialmente en el Caribe, lo que ha permitido que sobrevivan mínimamente.

 

Es más, contribuyó sustancialmente a construir instituciones latinoamericanas autónomas –no sólo la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba ), sino la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que agrupa a todos los países del continente americano, con excepción de Estados Unidos y Canadá, y el Mercosur (la estructura económica confederada que incluye a Brasil y Argentina, al que Chávez se unió. No estuvo solo en estos esfuerzos, sino jugó un papel particularmente dinámico. Fue un papel por el que lo felicitó constantemente el ex presidente Lula, de Brasil. El gran número de presidentes de otros países que asistieron a su funeral (unos 34), especialmente de América Latina, da fe de este aprecio. Al buscar la creación de estructuras latinoamericanas fuertes por supuesto jugó un papel antimperialista, uno esencialmente antiestadunidense, y como tal no fue nada querido en Washington.

 

Debemos resaltar, en particular, el aprecio positivo que el presidente conservador del vecino Colombia tuvo por Chávez. Esto se debió al importante y muy positivo papel que Chávez jugaba como mediador entre el gobierno colombiano y su enemigo: el movimiento guerrillero de largo tiempo, las FARC. Chávez era el único mediador aceptable por ambos bandos, y él buscaba una solución política para poner fin a los combates.

 

Sus detractores lo acusaron de fomentar un régimen corrupto, autoritario, incompetente económicamente. Sin duda hubo corrupción. Siempre la hay en cualquier régimen en el que hay dinero abundante. Pero cuando pienso en los escándalos de corrupción, en el pasado

medio siglo, en Estados Unidos, Francia o Alemania, donde hay aun más dinero, no puedo tomar estos argumentos demasiado en serio.

¿Fue autoritario su régimen? Ciertamente. Esto es lo que se obtiene con un líder carismático. Pero de nuevo, a como van los líderes autoritarios, es notable todo lo que Chávez se refrenó. No hubo purgas sangrientas o campos de concentración. En cambio, hubo elecciones, que la mayoría de observadores externos han considerado tan buenas como otras (piensen de nuevo en Estados Unidos o Italia, o... ), y Chávez ganó 14 de 15. No debemos olvidar tampoco que confrontó un serio intento de golpe de Estado, el cual tuvo respaldo de Estados Unidos, al que sobrevivió con dificultad. Sobrevivió debido al respaldo de la gente y del ejército.

 

Y en cuanto a la incompetencia económica, sí cometió errores. Y sí, el actual ingreso del gobierno venezolano es menor de lo que era antes. Pero recordemos que estamos en una depresión a escala mundial. Y casi todos los gobiernos en el mundo enfrentan dilemas financieros y hacen llamados a la austeridad. No resulta obvio que un gobierno en las manos de sus opositores hubiera podido hacerlo mejor en términos de optimizar las entradas económicas. Lo cierto es que un gobierno en las manos de sus opositores habría hecho menos por redistribuir internamente la riqueza entre los estratos más pobres.

 

La única área en la cual no brilló fue en su continuado apoyo hacia una política económica extractivista, pasando por encima de las protestas de los pueblos indígenas en torno al daño ecológico y a sus derechos en pos de un control autonómico de sus localidades. Pero compartió su falta con cada uno de los gobiernos del continente americano, sean de izquierda o de derecha.

 

¿Qué es lo que puede pasar ahora? Por el momento, tanto los chavistas como la oposición han cerrado filas, por lo menos hasta las próximas elecciones presidenciales. Casi todos los analistas parecen concordar en que el sucesor elegido por Chávez, Nicolás Maduro, ganará estas elecciones. La cuestión interesante es qué ocurrirá después, primero que nada en cuanto a las alineaciones internas. Ningún bando deja de tener divisiones internas. Sospecho que habrá algún barajar de cartas y habrá defecciones en todos los campos hacia el otro bando. En unos cuantos años veremos un despliegue muy diferente de las fuerzas.

 

¿Qué ocurrirá con el "socialismo del siglo XXI" –la visión que Chávez tenía de lo que Venezuela necesita hacer en América Latina y por todo el mundo? Hay dos términos en esta visión. Uno es "socialismo". Chávez buscó rescatar este término del oprobio en el que había caído, debido a las múltiples fallas incurridas tanto por el comunismo realmente existente como por la socialdemocracia posmarxista. El otro término es "siglo XXI". Éste fue el claro repudio de Chávez de la tercera y segunda internacionales, y fue un llamado en pos de repensar la estrategia.

 

En ambas tareas, Chávez apenas si estuvo solo. Pero su llamado resonó con gran fuerza. Para mí, este esfuerzo es parte de una tarea mayor que todos enfrentamos durante esta crisis estructural del capitalismo histórico y en la bifurcación de dos posibles resoluciones del caos en el que ha caído nuestro sistema-mundo. Necesitamos debatir cuál es la naturaleza del mundo mejor que nosotros, o algunos de nosotros, estamos buscando. Si no podemos clarificar más lo que queremos no es probable que ganemos la batalla ante aquellos que buscan crear un sistema no capitalista que, sin embargo, reproduzca los peores rasgos del capitalismo: las jerarquías, la explotación y la polarización.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

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Domingo, 24 Marzo 2013 07:05

Los riesgos del mito

Los riesgos del mito

El mito arraiga mucho mejor en las sociedades en que persiste un profundo sustrato rural, y es allí, en ese sustrato, donde también crece con renovado verdor la figura del caudillo. Rascacielos, carreteras de alta velocidad que se cruzan en complicados nudos, enjambres de antenas parabólicas, pero la sociedad rural sigue allí, trasladada a las colmenas bullentes que son las barriadas de los cerros de Caracas.

 

Mito y caudillo se encuentran en la muerte. “El cielo se puso rojo. Estaba haciendo calor, bajó la neblina y llovió. Dicen que fue justo cuando murió Chávez”, afirma una mujer que hace fila pacientemente bajo el Sol para ver por última vez a su líder benefactor. Un temblor de magnitud cuatro en la escala de Richter se ha sentido en Caracas el mismo día de los funerales de Estado, comenta otro de los que esperan ver cumplida la gracia de contemplar el rostro del caudillo tras el vidrio del féretro. “Está bello, ha rejuvenecido”, dirá otra mujer al salir de la capilla ardiente. “Parece que está a punto de hablar.” Un cometa ha dejado su estela en los cielos lejanos.

 

No en balde María Lionza sigue reinando desde los cielos en Venezuela, montada a pelo en el lomo de una danta, la deidad campesina dispensadora de bienes cuyo culto nació en Yaracuy para extenderse a la nación entera, campos y ciudades. Y sin duda el comandante Chávez, gracias a esa eternidad que sólo crea la magia de las mentes, entrará en el santoral al que pertenece el doctor José Gregorio Hernández, médico entregado a los pacientes pobres y muerto a una edad parecida, frente a cuyo retrato se encienden veladoras y se elevan plegarias porque, además, desde esa eternidad alimentada por la devoción se quedó haciendo milagros en beneficio de los suplicantes.

 

Para pasar a los altares populares habrá sido necesaria en vida el aura del carisma, que empieza por el magnetismo personal, por la memoria para recordar nombres, por el don de la oratoria que electriza porque polariza, mandando a la hoguera a los adversarios. No quedaría en el alma colectiva donde se engendra el mito alguien que pronunció en vida discursos aburridos y monocordes, que no cantó y bailó en las tarimas, que no sabía de memoria las tonadas llaneras, que no desafió gallardamente al gigante de siete leguas. Pero, sobre todo, al caudillo muerto se le recuerda como uno recordaría a su propio padre, bondadoso, dispuesto a extender la mano para colmar de dones a sus partidarios y, al mismo tiempo, decidido a castigar a los díscolos enviándolos a las llamas del infierno. Síganme los buenos.

 

A nadie se parece más el comandante Chávez que a Eva Perón. No a Juan Domingo Perón, su marido, quien murió de viejo, sino a ella. Santa Evita, elevada a los altares. Su foto sigue siendo iluminada por las velas en los hogares humildes más de medio siglo después de su muerte. Generosa para colmar de regalos a manos llenas a los más pobres a costas de las arcas del Estado que entonces parecían inagotables y arrancada igualmente del mundo de los vivos por un cáncer traicionero. Morir en la plenitud, como quiere Joseph Campbell, maestro de mitos, pues los héroes deben entrar en el panteón de la eternidad sin haber nunca envejecido a los ojos de sus feligreses.

 


Y una vez llegada la muerte, el mito pasa a alumbrar el cadáver, que se libra así del poder de los gusanos, que es el poder del olvido, y embalsamado queda expuesto a los ojos de los fieles. Ése era el destino de Eva Perón, que su cuerpo fuera exhibido dentro de una urna de cristal en un mausoleo de mármol y granito para que sus adoradores desfilaran rindiendo tributo generación tras generación a la bella durmiente. Pero el general Domingo Perón no tardó en irse al exilio tras un golpe de Estado y el cadáver, escondido de la vista pública por el nuevo gobierno militar, sufrió diversas peripecias.

 

Desde el tiempo de los faraones, un cuerpo embalsamado ha funcionado como símbolo de poder más allá de la muerte en sociedades políticamente inmóviles, y la venezolana está lejos de serlo. La mayoría de los cadáveres preservados para la contemplación pública indefinida han sido ya enterrados y sólo quedan unos pocos, entre ellos el de Kim Il Sung en el país más cerrado del mundo, donde no se mueve la hoja de un árbol sin el permiso del dinasta familiar en turno.

 

Alguna vez el comandante Hugo Chávez dijo que quería ser enterrado en su suelo natal de Sabaneta de Barinas, pero ahora la cúpula ha resuelto que sea exhibido en un museo. Y dijo más: “Exhibir cuerpos insepultos es un signo de la inmensa descomposición moral que sacude a este planeta”, opinó en el año 2009 acerca de la exposición ambulante de cuerpos momificados Body worlds.

 

Esta decisión extrema de quienes buscan usar su cadáver como seguro de vida de su propio poder expone al caudillo a ser devuelto un día a la Tierra por otras manos que no le guardarán la misma veneración o simplemente querrán quitarlo de la vista pública. La historia no es inmóvil, ni aún en Corea del Norte. El cuerpo de Evita, trabajado hasta el delirio por los expertos en momias, anduvo errante por el mundo hasta que fue inhumado piadosamente en el cementerio de la Recoleta.

 

En los días del funeral, el consejo que aceptó el presidente interino Nicolás Maduro, o él mismo lo decidió, fue el de meterse en los zapatos del comandante Chávez, vestir la misma ropa deportiva con los colores patrios, imitar su discurso exaltado, amenazar al adversario. No le lucía mucho. Pero ahora, al no hacer enterrar cristianamente a su padre espiritual y político, entrará necesariamente en una contradicción, porque tendrá siempre una imagen de cuerpo presente recordándole que Él no es él.

 

Masatepe, febrero 2013.

 

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Viernes, 22 Marzo 2013 08:04

Chavéz: la realidad de un mito

Chavéz: la realidad de un mito

Hace unos pocos meses, cuando todo el mundo especulaba sobre la enfermedad y el verdadero estado de salud de Hugo Chávez, el escritor colombiano William Ospina causó polémica al afirmar que el líder venezolano estaba a las puertas de la mitología. Desde luego, en el sentido de Ospina, y en el nuestro, el mito aquí no se refiere a esa etapa previa a la filosofía que ha impuesto las lecturas eurocéntricas, ni tampoco a las cosmovisiones de las miles de culturas del mundo que han estudiado los antropólogos. Nos referimos a una realidad, a un símbolo actuante, efectivo, a un aura, a una estela que se queda en el tiempo, etcétera., que crea una persona alrededor de sí, en su entorno, ya sea por su origen, por sus obras o por su legado. Y en el caso de Hugo Chávez, eso fue precisamente lo que ocurrió.

 

El pensador ruso Aleksei Losev (1998), parte de la base de que el mito es una categoría del pensamiento y de la vida, trascendentalmente necesario, "es la realidad auténtica y concreta al máximo". El mito, para quien lo vive, no es pues una falsa conciencia o una falsa representación de la realidad, es una realidad viviente, material, que se cala en la vida diaria de las personas, que alumbra el sentido del mundo, de la praxis, de los fines de la acción humana; el mito es algo que condiciona nuestras vidas, que se hace presente en ellas, es algo que llevamos puesto, como somatizado. El mito no es "el ser ideal sino la realidad material vitalmente sentida y creada".

 

Pero, ¿cómo se crea el mito?, ¿dónde tiene su origen, por ejemplo, Chávez como mito? El mito en este caso se crea en vida, toma forma por el personaje. Y es creado inconscientemente, pues nadie puede elegir convertirse en un mito o no, esto es algo que le sobreviene. Son los actos y las obras mismas las que van produciendo de manera paulatina su génesis. En el caso de Chávez, el mito empieza con una acción heroica cualificada: el intento de Golpe de Estado al gobierno de Carlos Andrés Pérez. No es una acción cualquiera sino que tiene una pretensión ética: la lucha por la dignidad, la justicia, la libertad, la autonomía nacional. Pero ésta acción heroica, moralmente cualificada, se va grabando en el pueblo, en las masas. Y así se da un segundo paso: un proceso de identificación con el héroe, pues este encarna, no una quimera, sino las necesidades vitales mismas del pueblo o de una parte de él; él héroe los representa. En tercer lugar, el proceso autopoiético (auto-productor del mito), cuando ha logrado la adhesión, la identificación, lleva a la conexión de la nueva realidad mítica con mitos del pasado: es una forma de legitimar el nuevo mito. Por eso Chávez legitimó su proyecto ético de sociedad con la identificación con héroes como Miranda, Bolívar, Martí, El Ché. Y esto hizo que el mito se cualificara más y adquiriera aval histórico. En este caso, los muertos se pusieron al servicio de los vivos, la historia legitima el presente, legitima el proyecto, legitima más el mito: los héroes del pasado inspiran al héroe de hoy: Bolívar y su proyecto de unidad latinoamericana legitima el proyecto del Alba.

 

En todo este proceso, el nuevo héroe, el nuevo mito, comienza a exaltar su nueva lucha, muestra sus fracasos como victorias, muestra que el proyecto tiene en sí mismo algo de providencial que ni aún un golpe de estado auspiciado con participación del Imperio puede impedir su realización, la concretización de la Revolución Bolivariana; muestra una especie de triunfo anticipado garantizado por la fuerza del mito mismo. Todo esto sucedió con Hugo Chávez. Él ya era un mito en vida para muchos, no porque él lo hubiera decidido, sino porque el mito había sobrevenido como acontecimiento, como resultado de un cúmulo de eventos. En este caso, lo que empezó como una acción heroica, con un momento fundacional, lo que se corroboró con 14 años de gobierno, consolidó un mito que se fortalece más con lo trágico. No se puede negar: lo trágico juega un papel fundamental en el mito. Es así en los mitos más conocidos de la antigua Grecia, pero también lo es la muerte de Bolívar, la de Martí, la de El Ché, la de Camilo Torres. La muerte trágica de Chávez lo convierte en un mártir, y ser mártir es casi una condición del héroe, de lo heroico, pues implica el sacrificio, el desprendimiento, el darlo todo por los ideales, por el pueblo, por las ideas consideradas justas.

 

Muchos se asombraron al ver los ríos de gentes que acompañaron al Comandante, en su último paseo por una populosa avenida caraqueña, gentes venidas de todo el país, muchos latinoamericanos y más de 30 Jefes de Estado, comparable a la despedida de líderes religiosos, principalmente, cuando no a la partida de los millonarios acumuladores de capital o estrellas del cine o del Jet Set.

 

Lo curioso, es que si se repasa la vida del Coronel Hugo Chávez Frías, se entiende que poseía un carisma que hasta sus propios detractores admiraban y comentaban; desde la Escuela de Cadetes Chávez figuraba y sobresalía entre los demás, luego alcanza la presidencia constitucionalmente por 14 años, hasta que irrumpió la muerte. La curiosidad que despertó entre los contradictores la presencia de la multitud despidiendo a su líder, se entiende en la medida que no pudieron o no quisieron ver la realidad de un Chávez capaz de mantener a una audiencia por más de 9 horas, o de ver una Caracas vertida de púrpura cuando de acompañarlo se trataba. Cuando la intentona de Golpe, que pareció más un chiste montado por unos cuantos burgueses capaces de sobornar a unos cuantos, el país se conmocionó y sobrevino una crisis que fue contenida únicamente ante la voz del camarada que sabía como llegarle a su pueblo. Y aquí es necesario resaltar un cuarto aspecto. El mito Chávez no es posible sin su carisma. Entendido éste como nos lo recuerda Max Weber en Economía y sociedad: "la cualidad, que pasa por extraordinaria [...], de una personalidad, por cuya virtud se le considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, o por lo menos específicamente extra-cotidianas y no asequibles a cualquier otro, o como enviados de dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía, o líder". Eso era y es aún Chávez para la mayoría de las clases populares de Venezuela, así se lo representaron.

 

La realidad que funda el mito, el de Chávez, se refuerza con la muerte. Otra cosa es la venda que muchos se impusieron en sus ojos para no querer ver la realidad o el milagro que se estaba dando en Venezuela, que trascendió las fronteras y se extendió a Ecuador, Argentina, Bolivia, Nicaragua y a otras partes del mundo, pues el socialismo del siglo XXI no era sólo una propuesta latinoamericanista, también era tercermundista. Los medios, particularmente los colombianos, y los que el propio Chávez denominó los de los ejes del imperio, trataron de ocultar esa realidad, y entonces trataron de construir un comediante, un Jefe de Estado que improvisaba rancheras, que era callado por un rey que caza elefantes y que mantiene a su país en la peor crisis de los últimos tiempos, un personaje que se persignaba en el recinto de la ONU y que afirmaba que Bush había dejado una estela de azufre, un payaso que retaba a su entonces homólogo colombiano, el supuesto mesías, dando albergue a miembros de las farc-ep.

 

Pero siendo el mito una realidad, la imagen que quisieron construir las élites derrotadas, añejas en su propia podredumbre, los medios que sustentaban esas élites, los poderes avenidos del narco-capital, los títeres y conmilitones de un imperio que cada vez muestra más y mayores debilidades, esa imagen sucumbió y se impuso la que tienen millones de venezolanos, los desposeídos, el pueblo llano, los tradicionalmente excluidos, los de abajo, los subalternos, la que tienen los visionarios de una Latinoamérica co-construida bajo los preceptos de la solidaridad responsable, la cooperación entre las naciones, la imagen del mito padre, libertador e integrador, esa es la que se impuso, en la medida que concretiza la realidad de muchos, de millones de personas que realmente ven y vieron en Chávez un verdadero milagro. Sí, Chávez movilizaba, era como si supiera lo que alguna vez dijo Sorel, el teórico de la violencia: las masas se mueven no por la razón o la ciencia, sino por los mitos.

 

Los detractores del mito quisieron mostrar una Venezuela en crisis, anotando que Pdvsa dejó de producir petróleo, que la producción interna decayó notablemente, que los índices de importación de alimentos aumentaron de manera considerable, que la economía muestra altos índices de inflación, que no sembró el petróleo. que muchos venezolanos –generalmente los dueños de capital–, debieron salir de su país y asentarse, como los sin patria cubanos, en la cálida y fértil Miami.

 

Son simples palabras. La realidad se impone y el mito entonces aparece y se fortalece, cuando la propia ONU y la Unicef muestran que bajo el gobierno de Chávez los índices de escolarización alcanzaron un 93%, que más de dos millones de jóvenes estudian en la universidad, así como el aumento de atención y asistencia médica, que la tasa de natalidad disminuyó en un 50%, que la tasa de pobreza pasó de un 42,8% a un 26,5% y la tasa de extrema pobreza de un 16,6% en 1999 a un 7% en 2011. Esta es la realidad del mito que no se impone sólo con su muerte, sino que sobreviene gracias a un modelo económico, político y social fundado en la justicia social y la solidaridad, particularmente sobre aquellos que más lo necesitan. Los mitos son populares, duraderos, contienen y guardan anhelos y verdades, deseos, utopías: así como El Ché, Gaitán, Allende, por eso, y pesé al deseo de muchos, con Chávez simplemente se comprueba la identificación de millones de personas con un ser capaz de trascender a su propia realidad para volverse, desde mucho antes de su muerte, en un verdadero mito.

 

Sir. Francis Bacon, el filósofo inglés, padre de la filosofía experimental, decía que "La muerte nos abre el camino de la fama", pero habría que agregarle, no sólo de ella, sino también de la inmortalidad, y de hecho, mucho más, cuando esa muerte refuerza un mito, uno que es una realidad viviente y que puede ser el motor de la construcción de la utopía, del diseño y la configuración de nuevas realidades.

 

J. MAURICIO CHAVES-BUSTOS, Filósofo y escritor.

DAMIÁN PACHÓN SOTO, Profesor de Teorías y Filosofía Política, Universidad Santo Tomás y Nacional de Colombia


El decisionismo de los gestos

 

Por Alberto Verón


No sé que estarán pensando Slavoj Zizek, Toni Negri, Diego Maradona, Emir Kusturica, Sean Penn. Al menos para mí y algunos otros inadaptados de nuestra generación, la figura de Hugo Chávez representará la de un extraño personaje lleno de condecoraciones en el pecho, de timbre caribeño y voz marcial que ascendió al mundo de lo público acompañado por las cámaras de la televisión que mostraron, al principio de la década de los noventa, un joven militar que hablaba en términos políticos y que exhortaba al rescate de la palabra “patria” de las manos de las antiguas cúpulas políticas tradicionales latinoamericanas, representadas en el nombre de Carlos Andrés Pérez, a quien dio un golpe de estado despuntando la década de los años noventa.

 

Pero con el tiempo, ese mismo militar que despertaba la desconfianza de quienes lo asociaban en su rol con la de aquellos dictadores de los años setenta en el cono sur empezó a realizar unos gestos inéditos que recordaban a los de Fidel Castro en los sesenta o Perón en los cincuenta. Para quienes nacimos acostumbrados a una clase política cuyos gestos, eran los de unos gerentes que trataban a sus gobernados con la distancia y desconfianza que los jefes tratan a sus trabajadores, el de Chávez fue un lenguaje caliente, emotivo, cercano, y cuando uno observaba su rostro, se encontraba con el del mulato caribeño apasionado y no el del criollo blanco ansioso de ser reconocido por sus “pares blancos” del hemisferio norte. Chávez, poseedor de eso que Weber llamó el “carisma”, una mezcla de astucia innata popular y atrevimiento aventurero se empezó a ganar la simpatía de toda una generación que sentía una tristeza melancólica por los mitos revolucionarios de izquierda, de líderes mesiánicos, que en el ostracismo de una vida sometida a la visión de mundo individualista norteamericana, guardaba nostalgia por un discurso disidente.

 

Así de nuevo, bajo el nombre de “Chavismo” se construyó un sentimiento más emocional que filosófico, fundamentalmente anti-hegemónico, que puso en el centro del debate político a América Latina y que en respuesta al llamado “fin de la historia” o “fin del comunismo” de finales de los años ochenta puso en escena el “otro mundo es posible”, un sentimiento que no era precisamente el que representaba a los triunfantes Reagan, Thatcher, “Chicago boys” y “neoliberales” sino que contrariamente disentía y realizaba empatías con los proscritos del discurso reinante: el llanero, el afrodescentiente, el habitante de las periferias.

 

¿Fue decisionista Chávez? No sé. Se lo dejo a los estudiosos de la política. Pienso que tomó partido, habló a nombre de ese “pueblo” latinoamericano olvidado, de tez oscura o morena o indígena y se vistió de ellos, de los más pobres y se apalancó en ese lenguaje redentor y mesiánico de izquierda que se creía “muerto y enterrado” y lo volvió a sacar, y se lo tiró en el rostro al llamado “Imperio”, y atacó a las grandes y pequeñas burguesías y propietarios venezolanos y con esas acciones se ganó su odio. Fue esa su decisión. Pero con ella, con sus gestos, equivocados unos, acertados otros, nos puso a pensar, nos sacó del tedio de reverenciar lo impuesto e instituido e hizo del actuar político algo cercano y humano. Falta saber si como en V de Venganza, “V” seremos muchos.

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Publicado enEdición 189

El 5 de marzo, tras la noticia del fallecimiento de Hugo Chávez, aparecieron unos tuits –entre los más de 800 mil mandados en las primeras 24 horas de su muerte– que subrayaban que éste “moría el día del 60 aniversario de la muerte de Stalin”; visibles en las páginas web al lado de varios comentarios del mainstream sobre lo sucedido se fundían con ellos y volvían parte de la maquinaria mediática.


Estos mensajes no fueron los primeros ni los únicos en notar aquella coincidencia histórica, pero tomando en cuenta quienes tuiteaban y retuiteaban –miembros de la dictadura mediática global– más que una observación inocente, eran un reflejo de toda la estrategia de desinformación y demonización de Chávez –la sintetizó perfectamente Eduardo Galeano (Aporrea, 11/1/2013)– implementada por la mayoría de los medios (destacaban El País y la Sociedad Interamericana de la Prensa, SIP). Sus enemigos inmediatamente resaltaron aquel detalle, ya que raras veces veían otras comparaciones, igualándolo por años sin ningún rigor ni tregua con Stalin, Hitler o Mussolini: lo hacía sobre todo la prensa estadunidense (por ejemplo Newsweek, 11/2/2009), pero también los políticos como Rumsfeld (Ap, 3/2/2006) o los gerentes regionales del imperio como Uribe (Cables Wikileaks-embajada de Estados Unidos en Bogotá, 6/12/2007).


Mucha tinta se ha derramado sobre el populismo de Chávez y de cómo logró “cautivar los mentes de sus seguidores”; poca sobre la sicología de los anti-chavistas que lo hicieron un bogeyman y veían en él la encarnación de todos los males. Lo pintaban de autoritario, dictador, déspota, tirano. El linchamiento mediático consistía también en que todo lo que aparecía sobre él era negativo, sus fallas exageradas, los logros ignorados, su posición y la de sus seguidores –“la chusma borracha de petróleo”– malinterpretada y menospreciada. Para los ricos y poderosos Chávez era un “zambo ignorante” y a la vez un “demonio”, medio negro, medio indio; difamándolo personificaban en realidad su miedo de los millones de pobres que estaban detrás de él, le daban una forma y lo convertían en un blanco de sus ataques.


La prensa opositora –como el caraqueño El Universal– nunca se pudo decidir si Chávez era “fascista” o “comunista”; lo fustigaba igual por sus “rasgos de Führer” y “tendencias estalinistas”. Los medios internacionales retomaban esta contradictoria campaña poniéndole a la vez una camisa roja y otra parda, llegando a menudo como el antichavismo venezolano a los niveles demenciales del odio. Esto ocurría incluso en los países como Polonia, donde se supone que somos más sensibles al significado de las historias detrás de los nombres de Stalin y Adolfo Hitler.
Estas comparaciones destruían el lenguaje del debate público, relativizaban las más grandes atrocidades de la humanidad, oscurecían la naturaleza de los conflictos en Venezuela y afectaban la política: si Chávez era igual que ellos, el mundo con mayor facilidad toleraba excesos antidemocráticos de la oposición e incluso alentaba el golpismo, “justificado” por el fin de contrarrestar el “totalitarismo chavista”.


Según la llamada “ley de Godwin” que se refiere a los debates en Internet, a medida de que la discusión se alarga, aumenta la probabilidad de que aparezca una comparación a Hitler o a los nazis; quien la use primero, pierde el debate (es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Godwin). Dicho enunciado que pretende evitar el uso de comparaciones inapropiadas –y que debería aplicar a cualquier debate– podría incluir también a Stalin; esa sería, ya más allá de Internet, la conclusión tras observar la “discusión” en torno al líder bolivariano.


Mientras más se alargaba (fueron 14 años), los “argumentos” de los antichavistas se concentraban más en las comparaciones generadas por fobias; también ahora la mayoría de las necrologías y editoriales –ni hablar de los comentarios en redes sociales y tuits– carecen de apego a la realidad (“Chávez deja un país sumergido en crisis, con la economía en escombros”) y menosprecian a sus seguidores (“narcotizados por su culto y desorientados”). Según algunos destacados antichavistas, “son las mismas muchedumbres que lloraban en los funerales de Franco o Stalin” (¡sic!).


Chávez también usaba un lenguaje brusco, pero, como apunta Horacio González, el sociólogo argentino, de manera mucho más graciosa y estricta logró combinar las historias del pasado con la contemporaneidad, desafiando a los dueños del poder mundial; también le gustaba “jugar con los grandes nombres de la historia”, dándole por ejemplo, una nueva vida a Bolívar ( Página/12, 6/3/2013).


Jacques Rancière, el filósofo francés, en uno de sus formidables ensayos – Los nombres de la historia ( The names of history, Minneapolis, 1994)–, preocupado por las “palabras” del pasado, apunta que una palabra como “Napoleón” nombra fenómenos más allá de la vida o carrera de un individuo. Detrás de ella están las vidas de los millones “sin nombre” que hicieron posible su carrera, crecieron con ella o que fueron aniquilados en su desarrollo; es un deber político y científico devolverles su legítimo lugar en la historia (resuena aquí un enfoque benjaminiano).


“Chávez” también –por sus propios méritos– se volvió un gran “nombre de la historia”; los millones de los “sin nombre” que hicieron posible su carrera, que pelearon por su gobierno y lo defendieron recobrando su dignidad, saben el verdadero orden y la adecuada compañía de otros nombres con quienes entra en la historia.


Él ya les devolvió su legítimo lugar; ahora ellos le darán una nueva vida.

 

Por Maciek Wisniewski, eriodista polaco

Publicado enInternacional
Viernes, 08 Marzo 2013 08:36

Chávez, el legado y los desafíos

Chávez, el legado y los desafíos

Murió el líder político democrático más carismático de las últimas décadas. Cuando esto sucede en democracia, el carisma crea entre gobernantes y gobernados una relación particularmente movilizadora, porque reúne a la legitimidad democrática con una identidad de pertenencia y un conjunto de objetivos compartidos que van mucho más allá de la representación política. Las clases populares, habituadas a ser golpeadas por un poder lejano y represor (las democracias de baja intensidad alimentan ese poder), viven momentos en los que la distancia entre representantes y representados casi se desvanece. Los opositores hablan de populismo y autoritarismo, pero raramente logran convencer a los votantes. Es que, en democracia, el carisma permite niveles de educación cívica difícilmente alcanzables en otras condiciones. La compleja química entre carisma y democracia profundiza ambos procesos, sobre todo cuando se traduce en medidas de redistribución social de la riqueza. El problema del carisma es que termina con el líder. Para continuar sin él, la democracia necesita ser reforzada con dos ingredientes cuya química es igualmente compleja, sobre todo en un inmediato período poscarismático: la institucionalidad y la participación popular.

 

Al gritar en las calles de Caracas "¡todos somos Chávez!", el pueblo es lúcidamente consciente de que Chávez hubo uno solo y que la Revolución Bolivariana tendrá enemigos internos y externos lo suficientemente fuertes como para poner en cuestión la intensa experiencia democrática de los últimos catorce años. En Brasil, el presidente Lula fue también un líder carismático. Después de él, la presidenta Dilma aprovechó la fuerte institucionalidad del Estado y de la democracia brasileñas, pero ha tenido dificultades para complementarla con la participación popular. En Venezuela, la fortaleza de las instituciones es mucho menor, mientras que el impulso de la participación popular es mucho mayor. Es en este contexto que debemos analizar el legado de Chávez y los desafíos en el horizonte.

 

El legado

 

  • - La redistribución de la riqueza. Chávez, al igual que otros líderes latinoamericanos, aprovechó el boom de los recursos naturales (en especial, el petróleo) para realizar un programa sin precedentes de políticas sociales, sobre todo en las áreas de educación, salud, vivienda e infraestructura, que mejoraron sustancialmente la vida de la inmensa mayoría de la población. La Venezuela saudita dio lugar a la Venezuela bolivariana.
  • - La integración regional. Chávez fue un artífice incansable de la integración del subcontinente latinoamericano. No se trató de un cálculo mezquino de supervivencia o hegemonía. Chávez creía como nadie en la idea de la Patria Grande de Simón Bolívar. Las diferencias políticas sustantivas entre los países de la región eran vistas por él como discusiones dentro de una gran familia. Cuando tuvo la oportunidad, procuró restaurar los lazos con el miembro de la familia más reticente y más pro estadounidense, Colombia. Procuró que las relaciones entre los países latinoamericanos fueran mucho más allá de los intercambios comerciales y que éstos se pautasen por una lógica de complementariedad y reciprocidad, y no por una lógica capitalista. Su solidaridad con Cuba es bien conocida, pero fue igualmente decisiva con la Argentina durante la crisis de 2001-2002 y con los pequeños países del Caribe.

 

Fue un entusiasta de todas las formas de integración regional que ayudaran al continente a dejar de ser el patio trasero de Estados Unidos. Encabezó el ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), luego ALBA-TCP (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América - Tratado de Comercio de los Pueblos), también quiso ser miembro del Mercosur. La Celac (Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe) y la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) son otras de las instituciones de integración a las que Chávez dio su impulso.

  • - Antiimperialismo. En los momentos más críticos de su gobierno (incluyendo la resistencia al golpe de Estado del que fue víctima en 2002), Chávez se enfrentó con el unilateralismo estadounidense más agresivo (George W. Bush), que llegó a su punto más destructivo con la invasión de Irak. Chávez tenía la convicción de que lo que estaba pasando en Medio Oriente pasaría un día en América latina, si la región no se preparaba para esa eventualidad. De ahí, su interés por la integración regional. Pero también estaba convencido de que la única manera de frenar a los Estados Unidos era alimentar el multilateralismo, fortaleciendo lo que quedaba de la Guerra Fría. De ahí, su acercamiento a Rusia, China e Irán. Sabía que los Estados Unidos (con el apoyo de la Unión Europea) continuarían "liberando" a todos los países que pudiesen desafiar a Israel o ser una amenaza para el acceso al petróleo. De ahí, la "liberación" de Libia, seguida por la de Siria y, en un futuro próximo, Irán. De ahí, también, el desinterés de los Estados Unidos y la Unión Europea por "liberar" el país gobernado por la dictadura más retrógrada, Arabia Saudita.
  • - El socialismo del siglo XXI. Chávez no consiguió construir el socialismo del siglo XXI, al que llamó socialismo bolivariano. ¿Cuál sería su modelo de socialismo, teniendo en cuenta que siempre mostró una reverencia por la experiencia cubana que muchos consideraron excesiva? Me consuela saber que en varias ocasiones Chávez se refirió con aprobación a mi definición de socialismo: "El socialismo es la democracia sin fin". Es cierto que eran discursos y que la práctica sería sin duda mucho más difícil y compleja. Quiso que el socialismo bolivariano fuera pacífico, pero armado para que no le ocurriera lo mismo que a Salvador Allende. Nacionalizó empresas, lo que causó la ira de los inversores extranjeros, que se vengaron con una impresionante campaña de demonización de Chávez, tanto en Europa (especialmente en España) como en los Estados Unidos. Desarticuló el capitalismo que existía, pero no lo sustituyó. De ahí, las crisis de abastecimiento e inversión, la inflación y la creciente dependencia de los ingresos petroleros. Polarizó la lucha de clases y puso en guardia a las viejas y a las nuevas clases capitalistas, que habían tenido durante mucho tiempo un monopolio casi total de la comunicación social y que siempre mantuvieron el control del capital financiero. La polarización llegó a la calle y muchos consideraron que el gran aumento de la delincuencia era su producto (¿dirán lo mismo del aumento del delito en San Pablo o Johannesburgo?).
  • - El Estado comunal. Chávez sabía que la máquina estatal construida por las oligarquías que siempre habían dominado el país haría todo lo posible para bloquear el nuevo proceso revolucionario que, a diferencia de los anteriores, nacía con la democracia y se alimentaba de ella. Buscó, por eso, crear estructuras paralelas. Primero fueron las misiones y las grandes misiones, un amplio programa de políticas públicas en diferentes sectores, cada una con un nombre sugestivo (por ejemplo, la Misión Barrio Adentro, para ofrecer servicios de salud a las clases populares), con participación social y ayuda de Cuba. Después fue la institucionalización del poder popular, un ordenamiento territorial paralelo al existente (estados y municipios), con la comuna como célula básica, la propiedad social como principio y la construcción del socialismo como objetivo principal. A diferencia de otras experiencias latinoamericanas que trataron de articular la democracia representativa con la democracia participativa (el caso del presupuesto participativo y los consejos populares sectoriales), el Estado comunal asume una relación de confrontación entre esas dos formas de la democracia. Tal vez ésa sea su gran debilidad.

 

Los desafíos

 

  • - La unión cívico-militar. Chávez asentó su poder sobre dos bases: la adhesión democrática de las clases populares y la unión política entre el poder civil y las fuerzas armadas. Esta unión siempre ha sido problemática en el continente y, cuando existió, tuvo casi siempre orientación conservadora e, incluso, dictatorial. Chávez, él mismo un militar, consiguió una unión de sentido progresista que le dio estabilidad al régimen. Pero para eso tuvo que darles poder económico a los militares, lo que, además de ser una fuente de corrupción, mañana puede volverse en contra de la Revolución Bolivariana o, lo que es lo mismo, subvertir su espíritu transformador y democrático.
  • - El extractivismo. La Revolución Bolivariana profundizó la dependencia del petróleo y los recursos naturales en general, un fenómeno que, lejos de ser específico de Venezuela, está hoy presente en otros países administrados por gobiernos que consideramos progresistas, como Brasil, Argentina, Ecuador o Bolivia. La dependencia excesiva de los recursos naturales bloquea la diversificación de la economía, destruye el medioambiente y, sobre todo, constituye una agresión constante a las poblaciones indígenas y campesinas, en cuyos territorios se encuentran esos recursos, contaminando sus aguas, desconociendo sus derechos ancestrales, violando el derecho internacional que exige la consulta a las poblaciones, expulsándolas de sus tierras, asesinando a sus líderes comunitarios. Hace apenas unos días asesinaron a un gran líder indígena de la Sierra de Perijá (Venezuela), Sabino Romero, referente de una lucha con la que me solidarizo desde hace años. ¿Sabrán los sucesores de Chávez enfrentar este problema?
  • - El régimen político. Aun cuando es votado democráticamente, un régimen político hecho a medida de un líder carismático tiende a ser un problema para sus sucesores. Los desafíos son enormes en el caso de Venezuela. Por un lado, la debilidad general de las instituciones; por el otro, una institucionalidad paralela, el Estado comunal, dominado por el partido creado por Chávez, el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela). Si se instaura el vértigo del partido único, será el fin de la revolución bolivariana. El PSUV es un agregado de diversas tendencias y la convivencia entre ellas ha sido difícil. Desaparecida la figura aglutinante de Chávez, es necesario encontrar maneras de expresar la diversidad interna. Sólo un intenso ejercicio de democracia interna le permitirá al PSUV ser una de las expresiones nacionales de profundización democrática que bloqueen el avance de las fuerzas políticas interesadas en destruir, punto por punto, todo lo que fue conquistado por las clases populares en estos años. Si la corrupción no es controlada y si las diferencias internas son reprimidas por declaraciones de que todos son chavistas y que cada uno es más chavista que el otro, se abrirá el camino para los enemigos de la Revolución. Una cosa es cierta: si hay que seguir el ejemplo de Chávez, es crucial que no se repriman las críticas. Es necesario abandonar el autoritarismo que ha caracterizado a grandes sectores de la izquierda latinoamericana.

 

El gran desafío para las fuerzas progresistas del continente es saber distinguir entre el estilo polemizante de Chávez, ciertamente controvertido, y el sentido político sustantivo de su gobierno, inequívocamente a favor de las clases populares y de una integración solidaria de América latina. Las fuerzas conservadoras harán todo lo posible para confundirlos. Chávez contribuyó en forma decisiva a consolidar la democracia en el imaginario social. La consolidó donde es más difícil que sea traicionada, en el corazón de las clases populares. Y donde también la traición es más peligrosa. ¿Alguien imagina a las clases populares de tantos otros países derramando ante la muerte de un líder político democrático las lágrimas amargas con que los venezolanos inundan las pantallas de televisión del mundo? Este es un patrimonio precioso, tanto para los venezolanos como para todos los latinoamericanos. Sería un crimen desperdiciarlo.

 

Boaventura de Sousa Santos *

* Doctor en Sociología del Derecho, profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y Wisconsin (EE.UU.).

Traducción: Javier Lorca.

 


 

 

Valió la pena

 

Por Luiz Inácio Lula da Silva *


La muerte del compañero Chávez, para la política de América del Sur, para América latina y diría que para el mundo, es una pérdida irreparable. Chávez era un hombre 80 por ciento de corazón y 20 por ciento de razón, como creo que deben ser todos los grandes hombres del mundo. Chávez pensaba mucho en su pueblo y, sobre todo, en las personas más pobres. Tuve el placer de conversar con Chávez muchas veces. Lo conocí en los tiempos del Foro de San Pablo. Después tuve la oportunidad de conocerlo mejor cuando él ya era presidente y yo había sido electo también presidente, pero aún no había asumido, para atender un pedido de petróleo de Venezuela, en ocasión de una huelga de los trabajadores de Pdvsa. A partir de mi aporte establecimos una relación muy fuerte porque teníamos muchas afinidades. Si teníamos divergencias ideológicas, teníamos muchas afinidades políticas, coincidíamos en el papel que debía jugar la relación estratégica entre Brasil y Venezuela, compartíamos la relación estratégica que debíamos tener con los países de América latina y comprendíamos el papel de los países pobres, sobre todo los de América del Sur, en el enfrentamiento construido con los países del Norte, sobre todo en la cuestión comercial y política. Eso hizo que un día, en 2007, pasáramos a tener una relación, más que entre dos presidentes, entre dos compañeros. Es decir que para evitar que hubiese cualquier problema en la relación entre Brasil y Venezuela, acordamos con Chávez que podríamos organizar tres o cuatro reuniones bilaterales por año: un encuentro en Brasil, otro en Venezuela para que pudiésemos generar una asociación que permitiese equilibrar el comercio entre nuestros países. De ahí surgió la idea de instalar una refinería en Berlinda.

 

 

Mucha gente dice que Chávez era un hombre polémico y era bueno que él fuera así, porque Chávez hacía que las reuniones de Unasur y de los encuentros en los que hemos participado fueran siempre muy intensos, donde había mucho debate. El no permitía que las personas paralizaran una reunión. Incentivaba el debate con temas polémicos. Lo que importaba era que él estaba ahí presente, vivo, discutiendo los intereses de Venezuela y de América latina y, sobre todo, discutiendo los intereses de los pueblos más pobres. Pienso que no basta un siglo para producir un hombre de las cualidades de Chávez. No se ve todos los días a un país que elige a una persona que tiene un compromiso diferente con su pueblo. Chávez sabía que las razones para estar en el gobierno eran hacer que el pueblo de Venezuela se sintiese orgulloso, que pasase a tener derechos, trabajo, salud y la posibilidad de estudiar. Obviamente, enfrentó una oposición muy férrea, como todos enfrentamos en América latina. Todos los gobiernos progresistas se enfrentan a muchas adversidades. Pero creo que el paso del compañero Chávez por el gobierno de Venezuela valió la pena. Valió la pena no sólo por las conquistas; valió la pena por el símbolo de lo que hizo en defensa de su país: recuperó la autoestima de un pueblo, de los niños, y provocó que su pueblo pasase a creer que Venezuela era mucho más grande de lo que las elites intentaron hacerles creer. Creo que las ideas de Chávez, como las Bolívar, perdurarán por mucho tiempo, porque América latina vive un momento excepcional y Chávez tiene mucho que ver con eso, en la creación de la Unasur, la Celac, el Consejo de Defensa de la Unasur, el Banco del Sur y tantas otras ideas que volcábamos en un papel y debatíamos, cuestiones que hemos ido concretando de a poco. Espero que el pueblo venezolano comprenda que en este momento se necesitan mucha paz, madurez, tranquilidad y unidad porque Venezuela no puede retroceder. El pueblo de Venezuela aprendió a confiar en su gobierno, el pueblo de Venezuela aprendió a sentir orgullo de su país y eso representa un valor inestimable que no se puede olvidar. Hay divergencias políticas que continuarán existiendo, pero eso debe ser menor en la relación de los partidos políticos y de las fuerzas políticas para construir un clima de paz y mucha tranquilidad, porque Venezuela necesita continuar creciendo, generando trabajo, riqueza y mejorando la vida de su pueblo. ¡Que Dios cuide de Chávez como él lo merece! Tuve el placer de compartir con él ocho años de presidente y siento el orgullo de haber compartido con él la construcción de tantas cosas positivas. Y también guardo la tristeza de no haber hecho más. De cualquier forma, valió la pena. ¡Compañero Chávez: si usted no existiera, debería volver a nacer porque el mundo necesita dirigentes como usted! ¡Que Dios lo bendiga!

* Ex presidente de Brasil.

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