Jueves, 18 Agosto 2016 06:05

Un bicho sin bozal

Un bicho sin bozal

Les debo confesar que los homenajes me dan miedo. Cuando arrecian, da la impresión de que hay algo, en fin, no sé, un premio a la duración o algo parecido.


Pero la principal razón de mi miedo, es porque se corre el riesgo de tomarlos demasiado en serio y que el personaje se coma a la persona.


La vida es en gran medida una dramaturgia: se nos exigen roles y los asumimos, porque si no lo hacemos los demás se enojan.


Al final nos preguntamos: ¿Pero quién soy, los roles que debo cumplir o yo? Y eso es peligroso, muy peligroso, me da miedo.


Alguna vez me preguntaron ¿Vos sos juez? Y respondí un poco molesto: “No, yo trabajo de juez, pero soy Raúl”.
Les confieso que me da miedo el personaje y más en el último tiempo.


Unos me felicitan, me llaman “maestro” y quieren sacarse fotos, otros me tienen bronca, me miran de reojo y me inventan un prontuario. Pero en definitiva, ambos lo hacen porque respondo a los roles, que unos los consideran positivos y otros negativos.


Pero fíjense que si hiciera algo diferente a lo que esperan de mí los que me tienen bronca, seguro que dirían que lo hago por cualquier motivo disvalioso.


Nunca pensé que el derecho penal me podía llevar a esto. Es muy raro, pero trato de entenderlo. Francamente, es muy posible que sea tonto o loco, pero les aseguro que todas las tonterías y locuras me salen, no son de ninguna manera respuestas a demandas de roles. Más aún: cuando tengo tiempo para pensar lo que debo hacer –no siempre–, me cuido de no caer en la simple respuesta.


Tengo miedo de dejar de ser el de siempre, el del barrio, el que hace muchos años tomaba el 124 para ir a la Facultad, el que estudiaba y era empleado municipal. No cambié ni quiero cambiar, aunque hoy haya reemplazado el 124 por los aviones y la parada de la esquina de Flores en Gaona y Donato Alvarez por los aeropuertos.


Muchas veces en aquellos años soñaba con algo parecido a este cambio mientras miraba por la ventanilla del 124. Pero nada es gratis en la vida: al final, uno tiene el destino que eligió y lo tiene que aguantar.


Cuando uno tiene curriculum largo es porque tiene vida larga, y por eso también siento la presencia de muchos que ya no están: maestros, amigos, colegas que se han ido en el curso del tiempo.


Pero esto no me entristece, no me quita vigor ni ganas de hacer cosas. No me quedo atrapado en la nostalgia porque veo la continuidad: los que se fueron, los que están y los que llegan. Y frente a eso quiero seguir siendo el mismo, sólo que desde diferente altura de ese misterio que es el tiempo.


Algunos me preguntan qué busco con algunas de las locuras que hago. ¿Qué quiero? ¿A qué aspiro? Es que, a decir verdad, muchas veces me encontré con responsabilidades que no había buscado y a las que ni siquiera aspiraba. Y fue una suerte.


Creo que llegaron porque seguí siendo quien soy. Y creo que por eso a algunos de vez en cuando se les ocurre decir “llamen al loco”. Así fue que me encontré en posiciones que nunca había imaginado. Y creo no haberlo hecho del todo mal. Por lo menos puse siempre mi mayor voluntad en tratar de hacer las cosas lo mejor posible.


Es normal, es perfectamente ético y válido, que en este mundo se hagan muchas cosas para alcanzar éxitos personales.
Por eso es raro que un bicho sin bozal diga lo que piensa y haga cosas sin ninguna aspiración personal, sólo por querer ser quien es y con mucho miedo a dejar de serlo.


Pero también es cierto que cuando se es consciente de que la biología tiene límites, con la caída las hojas del almanaque el bozal se afloja y se cae, porque se piensa “por lo que queda, ya importa menos lo que pueda pasar”.


Y la verdad es que me siento tremendamente cómodo hablando y actuando sin bozal. Lo confieso y me entusiasma, incluso a riesgo de que no falten los que quieran dejar de llamarme “el loco” para llamarme el “viejo demente”.


Es que nuestra época, el actual momento del mundo, no es para usar bozal y menos cuando uno transita el derecho. Más que nunca me doy cuenta de que el derecho no es neutro ni incoloro, es siempre partisano.
El derecho es lucha, como decía Jhering.


Es lucha a brazo partido por la dignidad humana. Es lucha por los más desfavorecidos, por los más débiles


Y vivimos en un mundo donde los más débiles son dos tercios de la Humanidad, donde cada día se concentra más la riqueza, donde cada día se inventan nuevos instrumentos para reducir la libertad, donde quienes se aferran a las frágiles sogas que les arrojan desde las capas más altas de privilegiados, de inmediato desprecian a los que se quedaron en la ciénaga de la pobreza, de la miseria, del hambre, de la violencia.


Vivimos un mundo que ya no es de explotación, sino de exclusión.


¿Cómo puede el derecho ser neutral en este mundo? ¿Cómo puede no ser partisano? La neutralidad no existe: el ser humano siempre es parcial porque es parte de una sociedad, no puede vivir fuera de ella, es gregario.


Fíjense que los perros también son gregarios: viven en manada, pero a pesar de sus diferencias tan marcadas entre sus razas, se reconocen entre ellos como de la misma especie. Se olfatean.


Nosotros no nos olfateamos. Necesitamos muchas desgracias, millones de muertos para que un día, tímidamente, nuestros jefes de manada declarasen que “todo ser humano es persona”.


Y celebramos que se haya declarado esa obviedad hace menos de setenta años, claro, pero lo cierto es que no la vivenciamos del todo y el poder mundial está lejos de llevarla a la realidad.


Este es el mundo en que debemos teorizar y practicar el derecho, formar a nuestros estudiantes, formatearles la cabeza de modo diferente al que sufrimos nosotros en universidades con discursos elitistas. Ante la acuciante realidad de la crueldad del poder planetario, tuvimos que mirar otros horizontes y estudiar otras fuentes, vivir otras realidades, para tratar de poner orden en el caos que nos habían creado los discursos perversos.


Esto es lo que me mueve cuando hablo y actúo sin bozal, para que esta continuidad de los que no están, de los que están y de los que llegan, no se corte, que la lucha del derecho sea cada día más fuerte, más potente.


No se puede aflojar, porque cuando el derecho deja de ser lucha, deja de ser útil a los pueblos, que lo arrojan lejos, como una herramienta inservible, un martillo sin mango, un cuchillo sin hoja, y cuando eso pasa el lugar del derecho lo ocupa la violencia, en la que siempre, aunque ganen, pierden los más débiles.


Gracias a quien es ejemplo de esta lucha continua y que se ha empeñado el organizar esta cena, al inquebrantable amigo Beinusz Smukler, a los compañeros de la Asociación Americana de Juristas y a todos ustedes por compartir esta mesa. Gracias por la fe de todos en la lucha del derecho por la dignidad de la persona.


Me sigue dando miedo, pero pese a este homenaje, les prometo que haré todo lo posible por seguir siendo quien soy.


* Discurso en el homenaje que le rindió la Asociación Americana de Juristas el 11 de agosto, pronunciado después de las palabras del presidente del consejo consultivo argentino de la AAJ, Beinusz Szmukler, del juez Luis Niño y de Matías Bailone en nombre sus discípulos.

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La popularidad de Santos llega a sus niveles más bajos

El líder colombiano tiene una aprobación del 21% frente al 24% de hace tres meses.

 

La popularidad del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, parece ir en caída libre. Así lo muestran los resultados de la encuesta Gallup, que cada tres meses mide el pulso al país. La imagen de Santos pasó del 24% al 21% en cuanto a su aprobación, mientras que la opinión desfavorable aumentó del 69% a un 72%.


Pero no solo al presidente le va mal. Las tendencias negativas también alcanzan a todo su Gabinete y al proceso de paz que adelanta con la guerrilla de las FARC. La encuesta, que se realizó en las principales ciudades del país entre el 22 de abril y el pasado primero de mayo, puso de manifiesto que uno de los temas que más le preocupa a los colombianos es el momento por el que atraviesan los diálogos con las FARC.


El 66% dice creer que va por mal camino, mientras el 27% considera que se desarrolla de forma adecuada. Al comparar con la misma encuesta hace tres meses, el sondeo muestra que el escepticismo creció. Sin embargo, no todo es malo cuando se trata de la paz. A la pregunta de si, de darse la firma con la guerrilla, votarían para avalar lo acordado en La Habana, el 66% respondió que sí.


La opinión sobre los diálogos con la guerrilla del ELN también fue analizada. El 56% aseguró estar de acuerdo con que el Gobierno inicie una negociación formal con esta guerrilla. Esta posición se hace pública justo en un momento en el que las conversaciones con el ELN se encuentran estancadas, ante la advertencia del Gobierno, que insiste en que mientras no cesen los secuestros por parte de esta guerrilla, no habrá un proceso de paz.


El pesimismo de los colombianos también pasa por el tema económico. El 82% de los encuestados cree que la economía del país está peor y el 90% asegura que el costo de vida ha desmejorado, mientras el 85% considera que la corrupción es una de las máximas preocupaciones en Colombia.


En contraste con la imagen de Santos que se desmorona y la de su vicepresidente, German Vargas Lleras, que también cae del 74% al 55%, el procurador Alejandro Ordóñez, uno de los opositores del Gobierno, es bien visto por los colombianos. Tiene un 24% de aprobación y tan solo un 18% de desaprobación.


El expresidente Álvaro Uribe, otro de los críticos del Gobierno, se mantiene estable frente a la encuesta pasada. Uribe tiene una aprobación del 56% y una desaprobación del 38%.

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“Estados Unidos nunca perdonará al PT”

Para el alto representante del Mercosur Florisvaldo Fier ya es hora de convocar al bloque como forma de frenar el avance golpista contra la presidenta Dilma Rousseff, un proceso comparable al que derrocó a Fernando Lugo hace cuatro años en Paraguay. “La actual coyuntura brasileña debería ser analizada por los miembros del Mercosur a la luz de las cláusulas democráticas previstas en los protocolos Ushuaia I y Ushuaia II para garantizar la continuidad del orden democrático en el país.” Dichas cláusulas fueron aplicadas al gobierno Federico Franco, el vicepresidente que saltó a jefe de Estado luego de derrocar a Lugo. En Brasil se repiten los papeles de la saga paraguaya: aquí el rol de vicepresidente conspirador lo ejerce Michel Temer. En esta entrevista con Página/12 Fier sitúa la crisis brasileña dentro del cuadro de “regresión” política que domina la región una década después del ascenso que significó impedir la implementación del ALCA (tratado de libre comercio continental) en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata. El ex diputado petista Fier es diplomático en sus respuestas, salvo cuando refiere a la “segura injerencia de Estados Unidos en la desestabilización contra Dilma”.

–¿Qué grupos de interés de EE.UU. forman parte de la desestabilización?


–Uno es del de las petroleras, ellos no aceptaron nunca que Petrobras sea el eje de la explotación de los pozos inmensos en la zona de “pre-sal” (aguas ultraprofundas). No tengo dudas de que esos intereses están jugando fuerte para sacar a Dilma del gobierno, coincido con el análisis del profesor Luiz Alberto Moniz Bandeira sobre la injerencia norteamericana en el plan desestabilizador, donde hay petroleras y el poder de Wall Street. No me pida pruebas porque no las tengo, pero hay muchos intereses norteamericanos afectados por los gobiernos de Lula y de Dilma.


–¿Washington presiona para enterrar la actual política externa?


–La actual y la que aplicaron los gobiernos del PT desde 2003. Por eso los grupos conservadores que están impulsando el quiebre institucional ya avisaron que retornarán al proyecto de apertura indiscriminada neoliberal, a buscar acuerdos como el Alca, aunque ya no sea posible recrear totalmente el Alca que fue derrotado por los presidente Lula, Kirchner, Chávez y otros aliados. Si llega la derecha va a terminar con la política solidaria hacia Cuba, con la que nunca simpatizó Estados Unidos. Como dijo el ex presidente (uruguayo) José Mujica los norteamericanos no van a perdonar nunca a los gobiernos del PT su política hacia Cuba, que se haya construido con apoyo brasileño el puerto de Mariel. Washington busca un cambio de rumbo geopolítico y la derecha será obediente si llega al poder.


–¿Vislumbra cambios geopolíticos si se impone la derecha golpista?


–Una cosa va de la mano con la otra, nuevo sistema de gobierno, nueva diplomacia y nueva configuración geopolítica. Recuerde que en 2007 cuando se anunció que teníamos reservas enormes en nuestro mar territorial los norteamericanos reactivaron la IV Flota. En 2013, cuando la presidenta suspende una visita de Estado a Estados Unidos fue en repudio a que la agencia NSA (Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU.) había robado documentos de Petrobras. Para Estados Unidos, o para grupos muy poderosos estadounidenses es conveniente que toda esta crisis política siga creciendo. Para ellos también es favorable este escándalo del “Petrolao”, porque así se debilita más a Petrobras. A ellos no les importa que se sancione a los corruptos, quieren manchar la imagen de Petrobras, perjudicando su valor de mercado, obligándola a achicar su plan de inversiones. No tenemos nada contra el combate a la corrupción. También se está atacando a empresas constructoras que son muy fuertes dentro y fuera del país, porque hay intereses en que desembarquen compañías de afuera.


–¿El golpe es irreversible?


–No lo veo inevitable, los movimientos populares, el PT, muchos grupos están movilizándose porque no van a aceptar que se altere la normalidad institucional, que se quite del gobierno a una presidenta legítima.


–¿Qué significa la presencia de Lula en el gobierno?


–Una gran conquista. Cuando hablamos de Lula estamos hablando de un líder popular extraordinario que se comunica mejor que nadie con las bases y con los dirigentes de todos los partidos. Con Lula renace la esperanza de que podamos construir nuevos consensos para superar la crisis política. Con su regreso al gobierno, tendremos a un gabinete jerarquizado con alguien que tiene una indudable proyección internacional, lo que nos ayudará a trabajar mejor en nuestra región, para convocar a las fuerzas democráticas. Porque si al final de este proceso venciera el golpe, esto perjudicará a toda América Latina, Brasil tiene un tamaño y una importancia económica que contagiará a los países hermanos. Corremos el riesgo de que Brasil termine siendo gobernado por salvador de la patria, algún oportunista visto como un héroe por esa parte de la sociedad que odia la política, y tiene sed de venganza contra los gobiernos de izquierda, populares, democráticos del PT.


–¿Se fijó fecha para una reunión del Mercosur?


–Eso está siendo conversado, espero que se siga avanzando, no puedo afirmar nada por ahora, sólo que estamos en el tema.

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Viernes, 04 Marzo 2016 07:01

El caudillismo es cultura de derecha

El caudillismo es cultura de derecha

En los últimos años se ha impuesto, por una amplia camada de profesionales del pensamiento, la idea de que la historia la hacen los líderes, cuya capacidad de dirigir resulta determinante. Un segundo lugar lo ocuparían los medios de comunicación, con su notable capacidad de ocultar o de sobrexponer hechos, según convenga. El protagonismo popular, sin embargo, es sistemáticamente ocultado, como si no jugara el menor papel en la historia reciente.


Lo que más llama la atención es que semejante modo de mirar el mundo está siendo defendido por personas que se dicen de izquierdas y hasta muestran simpatía por las ideas de Marx. Para quienes nos inspiramos en este autor, son los colectivos humanos (clases sociales, pueblos, grupos étnicos, géneros y generaciones) los que hacen la historia, pero no de cualquier modo: es a través del conflicto, de la organización y la lucha, como se transforman a sí mismos y transforman el mundo.


Los dirigentes son importantes, sin duda. Pero los cambios, la historia, los hacen los pueblos. Por eso resulta un retroceso en el pensamiento crítico que se oculte la acción popular y se ensalce exclusivamente el papel de los líderes. Días después de la derrota de la re-relección en el referendo, el vicepresidente de Bolivia dijo: Si se va, ¿quién va a protegernos?, ¿quién va a cuidarnos? Vamos a quedar como huérfanos si se va Evo. Sin padre, sin madre, así vamos a quedar si se va Evo (Página Siete, 28/2/16).


La frase fue pronunciada en una pequeña localidad del departamento de Oruro, durante la entrega de viviendas a pobladores aymaras. Podría haber dicho que fue gracias a la lucha histórica de los indígenas que se pudieron construir viviendas dignas y que Evo forma parte de esa tradición de resistencia y lucha. Lo que hizo fue lo contrario: presentar a los pueblos como niños huérfanos, objetos sin otra capacidad que seguir al sujeto/líder. Desde el punto de vista de la emancipación, un verdadero desatino.


Un siglo atrás, el socialdemócrata ruso Georgi Plejánov escribió un ensayo titulado El papel del individuo en la historia, en el que abordaba precisamente el papel de los grandes dirigentes. Reconocía la existencia de personalidades influyentes que pueden hacer variar aspectos de los acontecimientos, pero no la orientación general de una sociedad, que está determinada por un conjunto de fuerzas y relaciones sociales.


“Ningún gran hombre puede imponer a la sociedad relaciones que ya no corresponden al estado de dichas fuerzas o que todavía no corresponden a él (...) sería inútil que adelantara las agujas de su reloj: no aceleraría la marcha del tiempo ni lo haría retroceder” (Obras escogidas, t. I, Quetzal, Buenos Aires, 1964, p. 458).


En suma, los dirigentes ocupan el lugar que ocupan porque fueron llevados a ese sitio por fuerzas sociales poderosas, no por habilidades personales, aunque éstas jueguen un papel importante. Fue la clase obrera argentina la que, el 17 de octubre de 1945, derrotó a la oligarquía, y ella misma ungió a Perón como su dirigente al negarse a abandonar la Plaza de Mayo hasta no escuchar al entonces coronel. Es evidente que el papel de Perón (como otros dirigentes) fue importante –aunque no tanto como el de Evita en los corazones de la clase–, pero lo fue en tanto encarnaba sentimientos, ideas y actitudes de millones.


El problema con el caudillismo es que se trata de una cultura de derecha, funcional a quienes promueven la sustitución del protagonismo de los de abajo por el de los de arriba. También es cierto, todo hay que decirlo, que la cultura de los sectores populares está impregnada por valores de las élites y en casi todos los casos conocidos tienden a revestir a los dirigentes de características sobrehumanas. Para eso existe el pensamiento crítico: para poner las cosas en su lugar, o sea para destacar los protagonismos colectivos.


No hacerlo contribuye a despolitizar, a que los de abajo crean que son objetos y no sujetos de la historia. El capitalismo sólo puede sobrevivir si la gente está persuadida de que lo que ellos hacen y saben son asuntos ínfimos privados, sin importancia, y que las cosas importantes son monopolio de los señores importantes y de los especialistas de los diversos campos, escribió Cornelius Castoriadis en Proletariado y organización (Tusquets, Barcelona, 1974, p. 187).


Sería tranquilizador pensar que la frase del vicepresidente García fue apenas un mal momento, una concesión para mostrar la importancia del presidente y alertar sobre las dificultades que pueden sobrevenir. Sin embargo, todo indica lo contrario. Vamos comprendiendo que los gobernantes realmente existentes, incluso los que dicen ser de izquierda, se sienten superiores a la gente común. ¿Recuerdan que Lenin prohibió que se le erigieran monumentos?


El problema es que al desconsiderar como sujetos a los de abajo, se busca consolidar el poder de los de arriba, elevarlos por encima de las clases y de las luchas que los llevaron al lugar que ocupan. Es una operación política y cultural de legitimación, a costa de vaciar de contenido a los actores colectivos. Es una política conservadora, elitista, que reproduce la opresión en lugar de hacer por superarla.


Castoriadis reflexiona, en general, sobre la realidad particular que encuentra en la división del trabajo en los talleres: Gestionar, dirigir el trabajo de los otros: he ahí el punto de partida y de llegada de todo el ciclo de la explotación (idem, p. 309).


Este es el punto central. O trabajamos para que la gente común se autogobierne, para que sea sujeto de sus vidas, o lo hacemos para dirigirlas, o sea para reproducir la opresión. Insisto: no se trata de negar el papel del dirigente ni del militante, ambos necesarios. El tema es otro. Entroparme con los comuneros, decía Arguedas en uno de sus primeros cuentos (Agua) para explicar su compromiso con los de abajo. Hacerse tropa con otros; no colocarse encima de nadie, nunca. Así funciona el pensamiento crítico.

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En su último informe, Obama elogia sus siete años de gobierno

En su último informe presidencial, que marca el principio del fin de su presidencia, que ocurrirá justo en un año, Barack Obama ofreció un elogio de sus logros durante sus siete años y, con su gran talento retórico, llamó a un futuro más seguro y la necesidad esencial del liderazgo estadunidense para enfrentar los desafíos económicos, políticos y de seguridad internos e internacionales.


Pero el mensaje, sobre todo, tenía la intención explícita de expresar optimismo frente a la retórica política pesimista de los republicanos.


En el informe anual –el llamado discurso sobre el estado de la Unión, presentado ante el Congreso y con la presencia de la Suprema Corte y el estado mayor–, Obama recordó que durante su presidencia se logró rescatar al país de la peor crisis económica desde la gran depresión, poner fin a dos guerras, evitar otra con Irán, se reinventó el sector energético, se promulgó la reforma de salud, se promovieron los derechos de las mujeres y la comunidad gay y se impulsó una nueva diplomacia internacional.


Reconoció que este año electoral y con un Congreso dominado por el Partido Republicano, que se ha destacado por frenar casi todas sus propuestas durante la mayoría de su estancia en la Casa Blanca, no anunció nuevas iniciativas de ley ni programas a impulsar con la gran excepción del Acuerdo Transpacífico (ATP) que goza de apoyo republicano y la cúpula empresarial, pero genera feroces divisiones dentro de su propio partido y amplia oposición entre algunos de los sectores claves en sus elecciones.


Afirmó que seguirá trabajando para promover cambios en varios rubros, entre ellos mejorar un sistema migratorio descompuesto (no mencionó las redadas que le han ganado el repudio de un amplio sector de sus aliados), instó al Congreso a levantar el embargo a Cuba, y reiteró su intención de continuar el cierre del campo de detención en Guantánamo.


Hay, dijo, cuatro grandes preguntas para el futuro: dar a cada persona la oportunidad y seguridad en una nueva economía, cómo hacer que la tecnología funcione para nosotros, incluso para resolver el cambio climático, cómo mantener seguro a Estados Unidos y ser líder del mundo sin volvernos su policía, y cuarto, cómo hacer que el ámbito político refleje lo mejor y no lo peor del país.


Obama rechazó que el país se esté debilitando en términos económicos y en su liderazgo internacional, como repiten los republicanos (sin mencionarlos por nombre). Estados Unidos es el país más poderoso de la Tierra, Punto, afirmó, y señaló que los peligros no son resultado de una disminución del poder estadunidense, sino de una serie de cambios en varias regiones que requieren de un nuevo sistema internacional.


Las prioridades para ese sistema incluyen la lucha antiterrorista, pero advirtió contra exagerar la amenaza de un Estado Islámico, ya que no amenazan nuestra existencia nacional. Pero esa amenaza, argumentó, no es la única, ya que se espera que continúe la inestabilidad en varias partes del mundo durante décadas. Advirtió: no podemos tomar el control y reconstruir cada país que cae en crisis. Eso no es liderazgo; esa es una receta para el atolladero, derramar sangre y tesoro estadunidenses, que finalmente nos debilita. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya la deberíamos haber aprendido.


Por lo tanto, reiteró la importancia de los esfuerzos multilaterales para abordar estos desafíos mundiales, y enumeró como triunfos en este sentido el caso de Irán, la negociación exitosa del ATP, y los acuerdos alcanzados en París sobre el cambio climático.


Como ejemplo de una nueva era diplomática, señaló que los 50 años de aislar a Cuba no lograron promover la democracia y por eso restauramos relaciones diplomáticas, abrimos la puerta a viajes y comercio y nos posicionamos para mejorar las vidas del pueblo cubano. Instó al Congreso: "reconozcan que la guerra fría se acabó. Levanten el embargo".
Esta fue la única mención de América Latina esta noche.


En otro frente, reprobó todo ataque político por motivos de raza o religión, en clara referencia a políticos como Donald Trump y otros republicanos. "Cuando políticos insultan a musulmanes.... No nos hace más seguros...traiciona lo que somos como país".


Declaró que lo más importante es recuperar la vida cívica y política del país, buscando consensos y respetando diferencias. Más que nada, nuestra democracia se desmorona cuando la persona promedio siente que su voz no importa; que el sistema está amañado a favor de los ricos, o los poderosos, o algún interés reducido. Insistió en mayor participación, reducir la influencia del dinero en nuestra política y facilitar –no entorpecer– el proceso del voto.


Sin cambios como estos, aquellos con dinero y poder captarán más control sobre las decisiones que podrían enviar a un joven soldado a la guerra, o permitir otro desastre económico, y reducir los derechos de igualdad y de voto por los cuales generaciones de estadunidenses lucharon hasta la muerte.


Concluyó –con gran efecto retórico– que son los ciudadanos comunes y su trabajo constante, su esfuerzo, manifestantes en protestas, policías honestos, trabajadores, inmigrantes, enfermeras, maestros y más, todos los que se mantienen activos en la vida pública, quienes lo hacen confiar en el futuro del país.


Como siempre, los invitados por la Casa Blanca para sentarse junto a Michelle Obama simbolizaban algunos de los temas principales del informe. Entre ellos estaba el mexicano Óscar Vázquez, un dreamer (hijos de inmigrantes indocumentados que llegaron de niños y que han encabezado algunas de las luchas por la legalización) que a pesar de ser un estudiante estelar en ciencias no podía ir a la universidad por ser indocumentado y que se regresó a México para solicitar una visa y con el apoyo de políticos estadunidenses pudo regresar, se enlistó en el ejército y fue enviado a Afganistán, y ahora es empleado en una empresa ferrocarrilera.


Entre los invitados también estaban un refugiado de Siria, la primera mujer en convertirse en un ranger del ejército, los soldados de élite, varios veteranos de guerras, y se dejó un asiento vacío en honor a los muertos por la violencia de armas de fuego en este país.


De lo que no se habló de manera directa –aunque hubo referencias implícitas– fue de la guerra contra las drogas (ni aparecieron El Chapo o Sean Penn), ni de las redadas de inmigrantes, ni el gran movimiento nacional detonado por la violencia policiaca contra afroestadunidenses, ni la venta récord de armas estadunidenses al mundo, entre otros asuntos.
Y aunque habló de la desigualdad económica como algo que se tenía que abordar para un futuro próspero y más democrático, no mencionó que la concentración de la riqueza aumentó durante su presidencia.


Tampoco hubo lágrimas.

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"Los gobiernos progresistas han generado sociedades más demandantes"

Enclavado en medio de dos gigantes, Uruguay es percibido como un territorio atado a la suerte de Argentina y Brasil. En estas líneas, Caetano subraya los retos estratégicos de Uruguay a largo plazo, el presente de su sistema político y las difíciles relaciones con sus socios del Mercosur.


–¿Qué diferencias hay entre José Mujica y Tabaré Vázquez?


–En primer lugar, son dos figuras que manejan el centro presidencial de manera antagónica. Vázquez es un planificador, Mujica entiende la política como un ensayo y error. Vázquez es más cauteloso, Mujica mucho más audaz. Vázquez tiene un perfil de mayor moderación. Mujica también es un pragmático neto, pero Vázquez tiene una mayor capacidad de ejecución. A Mujica no le gusta ejecutar, no le gusta mandar. Vázquez tiene una vocación presidencial y Mujica, en realidad, llenó el lugar presidencial de política, porque le gusta hacer política. A Vázquez no. Pero lo que marca la diferencia es que el país, el mundo y el Frente Amplio son muy distintos en relación a 2005, cuando Vázquez asumió su primer gobierno. El Frente Amplio gobernó diez años con bonanza, como casi toda Sudamérica. Estamos en el decimotercer año de crecimiento económico ininterrumpido, pero hasta 2014 con un promedio cercano al seis por ciento. Ahora empieza una desaceleración que tiene que ver con el contexto internacional, y las previsiones son de entre un 2,5 y un 2,8, de acuerdo a la Cepal. Entonces el Frente Amplio debe demostrar que tiene el libreto para épocas que no son de abundancia. Este segundo gobierno de Vázquez comienza a desplegarse. Pero las señales que ha dado son contradictorias. Las pautas salariales para el sector privado fueron muy rechazadas por el movimiento sindical, que le ha hecho un paro muy importante. Las pautas salariales para el sector público han sido mucho más aceptables. Uno advierte que este gobierno no se ha instalado, que conviven dos enfoques. Uno cauteloso, liderado por el equipo económico, que busca una adaptación al nuevo contexto de desaceleración, y otro más neodesarrollista, que intenta responder a esa desaceleración con la profundización de algunas reformas. Pero Vázquez cuenta con un libreto, que estuvo presente durante la campaña y que es exigente. El incremento del presupuesto educativo de un 4,5 a un 6 por ciento es un salto importante, aun cuando la transformación educativa va más allá de la inversión. Se ha anunciado un mega plan de inversiones públicas con fuerte orientación a la infraestructura superior a los 12 mil millones de dólares, que representa un quinto del PBI del Uruguay. Hay un planteo de aumentar la inversión en ciencia y tecnología al uno por ciento del producto, con el objetivo de cambiar la matriz productiva. Hay libreto, el tema es ver cómo se financia y cómo se orienta la perspectiva.

–Uruguay viene sosteniendo que se ve perjudicado dentro del Mercosur. Incluso Tabaré Vázquez coqueteó con la idea de un tratado de libre comercio con Estados Unidos. ¿Por qué piensa que el Mercosur está fallando para Uruguay?


–El Mercosur tuvo una etapa comercialista en donde creció en comercio e inversiones en los 90. Pero con la crisis de la convertibilidad no tenía muchas posibilidades de dar respuestas a esa crisis. Parecía atisbarse otro Mercosur, más integral, que discutiera otros temas además del comercio, como el financiamiento intrazona, políticas públicas regionales, complementación productiva. Esto está en los grandes planes de 2013, en el Acta de Copacabana y en el Acta de Buenos Aires. En el Plan 2004-2006 de la Cumbre de Asunción de 2003. Lo cierto es que los gobiernos progresistas no consolidaron ese otro Mercosur. Y más aún, profundizaron su nivel de incumplimiento. Para el Uruguay eso es particularmente perjudicial, porque necesita ampliar mercados. No tiene estrategia mercado internista. Uruguay necesita que el Mercosur sea un bloque que pelee espacios en un contexto internacional complejo.


–¿Qué debería cambiar entonces?


–La agenda del Mercosur es paupérrima. Ha sabido decir que no cuando era necesario. Le dijo no al ALCA y fue muy importante. Pero no pudo construir una alternativa en términos de expansión comercial. En un mundo de mega concertaciones comerciales, donde Estados Unidos impulsa un acuerdo transpacífico y transatlántico, y China hace lo suyo en el sudeste asiático, tiene el peligro de quedar aislado. En ese sentido, Uruguay y Paraguay necesitan un Mercosur mucho más dinámico. El problema es que Argentina y Brasil tienen políticas muy proteccionistas, y han mantenido una dinámica del mercado interno y del mercado regional con preferencias arancelarias que Uruguay no puede tener. Entonces reclama más vigor. Ahora Brasil se suma a ese reclamo, porque la era de las commodities se ha acabado. La iniciativa norteamericana de un TLC con Uruguay en 2006 tenía como único objetivo poner una cuña en el Mercosur. En términos comerciales, Uruguay no es nada para Estados Unidos. Sin embargo, aquello parecía la tormenta perfecta, porque Uruguay tenía el contencioso con Argentina, que no eran solamente las pasteras. Eran los puertos, las políticas cambiarias, el turismo, el dragado de los ríos.


–¿Cómo ve la relación entre Argentina y Uruguay, que se muestra muchas veces como de amor-odio?

–Durante el período de Mujica se dio una situación rara. Mujica ha sido el presidente más filoargentino de la historia del país. Entre otras cosas porque la filosofía histórica que genuinamente tiene construye una historia rioplatense. Esa idea de una nación y dos estados. Cuando Mujica dice que Argentina y Uruguay no son hermanos, sino gemelos que nacieron de la misma placenta, dice de manera muy gráfica su visión de la historia del Río de la Plata. Esa visión no es mayoritaria en el Uruguay. Argentina, y sobre todo Buenos Aires, es el Otro del Uruguay. Eso no le daba votos a Mujica, y sin embargo apostó todos los boletos a construir una relación privilegiada con Argentina. La verdad es que no encontró el eco que esperaba. Cuesta no ver una responsabilidad importante en el gobierno argentino, cuando del otro lado tuvo un interlocutor como Mujica, obsesionado por reconstruir el vínculo entre los dos países. Ahora es más difícil, porque Vázquez tiene otra visión. Perdimos una gran oportunidad. Pero insisto en que más allá de los vínculos de amorodio, Argentina y Uruguay tienen muchos vínculos virtuosos como para estar condenados al enfrentamiento. Uruguay y Argentina son mucho más que sus gobiernos.


–¿Y cómo evalúa la relación entre Uruguay y su otro gran socio, Brasil?


–Lo de Brasil es lo más preocupante en estos momentos en América latina. Aunque suene descabellado, hay una hipótesis golpista. La democracia está en peligro. No creo que prospere, pero el hecho de que estemos hablado de un movimiento pro impeachment contra Dilma Rousseff, de una corrupción generalizada que afecta al gobierno y al PT, es muy grave. Porque la región ya tiene focos de crisis política que erosionan la solidez de las democracias. Pero Brasil es el país más importante de América latina. Allí una desestabilización, más allá de la caída del PT, sería un golpe mortal para los gobiernos progresistas de la región. La corrupción no es de derecha ni de izquierda. Pero el impacto de un hecho de corrupción en un gobierno de derecha es una cosa, y en un gobierno de izquierda es otra. Para la izquierda es algo devastador, porque pierde toda legitimidad. A esto se suma una crisis económica importante. En el corto plazo implica una recesión muy fuerte para este año. Los gobiernos progresistas han generado sociedades más demandantes. Ahí está su éxito, pero también representa un compromiso.


–Usted ha escrito sobre la partidocracia y su papel en la construcción del Estado uruguayo. ¿Cree que luego de diez años de gobiernos del Frente Amplio los partidos tradicionales están algo desorientados?


–A nivel internacional, el concepto de partidocracia no tiene buena prensa, aunque en realidad es la idea de un sistema político en el que los partidos serían los actores centrales. Creo que ese ha sido y sigue siendo, en buena medida, una de las virtudes de la democracia uruguaya. Esto es, que los partidos sean fuertes, que no se fragmenten y que tengan solidez. De todas maneras, no cabe duda alguna de que hay uno de esos partidos tradicionales que hoy está siendo muy desafiado, que es el Partido Colorado, históricamente un partido de gobierno en el Uruguay. Después de la crisis de 2002 ha caído en un pozo político y electoral muy hondo del cual no está pudiendo salir. En la elección del 2004 sacó un diez por ciento, en la de 2009 un 17 por ciento y en la del año pasado un 13 por ciento. Para un partido cuya peor performance histórica había sido del 30 por ciento, y que tenía vocación de gobierno, es una situación muy grave. El Partido Nacional (Blanco) ha estado entre guarismos muy bajos de 22 por ciento, pero por lo general está en un 30 o más, mientras que el Frente Amplio está entre un 48 y un 50. El desafío de supervivencia lo tiene el Partido Colorado.

–Hace unos años, usted afirmó que el Frente Amplio había hecho una "renovación política sin renovación ideológica". ¿A qué se refería?

–Esto tiene que ver en buena medida con el desafío de las izquierdas y de los progresismos en América latina. Las izquierdas no han tenido renovación ideológica. Aquello que decía Marco Aurélio Garcia: antes teníamos muchas ideas y pocos votos y ahora tenemos muchos votos y pocas ideas. El pragmatismo es una parte de la renovación ideológica, pero no es todo. Por ejemplo, Uruguay se encuentra ante desafíos importantes, como la revolución en el sector agropecuario, con un incremento muy vigoroso en la tasa de inversión. Pero la tasa de inversión ha crecido básicamente por la inversión extranjera directa. Y la revolución productiva en el sector agropecuario requiere de una diversificación de la matriz productiva. Si se quiere dar un salto en el desarrollo, la intensificación productiva sustentable no basta. Para esa cuestión el Frente Amplio todavía no avizora grandes cosas. Y lo que necesita es financiar la continuidad de la era progresista. Pero por otro lado se ha autocercenado la posibilidad de discutir impuestos. Hay un reforma fiscal importante que ha dejado al gran capital por fuera, entre otras cosas porque el país necesita inversión extranjera. Pero eso supone demandas importantes.


–También podría pensarse que las demandas de la sociedad son más fuertes.


–Hay una sociedad que se ha vuelto mucho más demandante, y ese es uno de los éxitos del Frente Amplio. Cuando llegó al gobierno en 2005, el movimiento sindical tenía 100 mil trabajadores afiliados. Hoy tiene 400 mil. Hay una vieja dialéctica en el Uruguay, que es impulso y freno. Y un movimiento transformador que se detiene a mitad de la jornada termina anquilosándose. Esta falta de renovación ideológica tiene que ver también con debates como el del nuevo modelo de inserción internacional, sobre todo con la participación de Uruguay en el TISA, que es la negociación plurilateral impulsada por Estados Unidos y la Unión Europea para definir reglas en términos de servicios. Ahí hay un debate muy fuerte, sobre todo dentro del Frente Amplio. Hay además un debate respecto a temas cruciales como la intensificación de la producción con cuidado medioambiental. El tema de la megaminería durante el gobierno de Mujica fue crucial y este gobierno dejó afuera ese proyecto. Pero a la demanda de renovación ideológica se le suma una demanda ineludible: la tríada de liderazgo que orientó al Frente Amplio para este crecimiento electoral y para el ejercicio del gobierno está viviendo su último partido. Mujica tiene 80 años y Vázquez y Danilo Astori tienen 75.


–Pero hay toda una nueva generación de dirigentes dentro del Frente, como Constanza Moreira, Mónica Xavier, Sendic hijo y Daniel Martínez, muchos de los cuales ocupan cargos importantes.


–Liderar el Frente Amplio no es una tarea fácil. Son nombres que están lejos de concitar los apoyos necesarios como para liderar una fuerza política que es tan extraña. Nació como una coalición y un movimiento en el 71, se ha convertido en un partido de coalición, tiene tensiones importantes y hasta ahora las ha administrado bastante bien. Pero las ha administrado con liderazgos fuertes. ¿Quién sustituye a Mujica en términos de la construcción política permanente, en la captación electoral? ¿Quién sustituye a Vázquez en el ejercicio del gobierno, en esa capacidad de decisión? ¿Quién sustituye a Astori en ese rol complicado y poco amable de marcar los equilibrios en términos de una política macroeconómica sólida? No es sencillo y falta poco tiempo. Las próximas elecciones son en 2019, y hay por delante un gobierno en donde el Frente tiene que demostrar que puede gobernar en un ciclo económico no tan favorable.


–En su último libro, La provocación del futuro. Retos del desarrollo en el Uruguay de hoy, habla de "reforma permanente" y del espíritu de transformación. ¿Cuáles son los cambios estructurales que debe atender Uruguay en el presente?


–El Uruguay ha tenido una década muy buena. El último informe del Banco Mundial pone al Uruguay entre los países de renta alta. Ha bajado la pobreza de un 40 por ciento en 2004 a un 9,7 por ciento el año pasado. Sin embargo, tiene retos estructurales que si no son enfrentados con éxito hará perder al país la capacidad de seguir avanzando desde la perspectiva del desarrollo. El primer reto es la transformación educativa con sentido igualitario. Es un país de escala pequeña, con 3,4 millones de habitantes, que siempre se quiso hijo de la educación. Pero la educación ya no es el instrumento de integración social que era, sino que por el contrario se ha vuelto un instrumento de desintegración. Los hijos de los ricos tienen rutas de incremento del conocimiento y de la formación muy buenas, y los hijos de los pobres tienen rutas contrarias. Ni los gobiernos anteriores a la izquierda ni la izquierda lo han logrado revertir. El segundo desafío es cambiar la matriz productiva. Uruguay sigue dependiendo de sus exportaciones del sector agropecuario en un porcentaje gigantesco. Tiene poca agregación de valor en términos de industrialización y complejos productivos y en términos de incorporación de ciencia y tecnología. Si eso no se consolida, Uruguay va a seguir dependiendo de las oscilaciones de los precios. Hace diez años no se plantaba prácticamente soja. Hoy hay océanos de soja en el territorio uruguayo. Hace diez años no teníamos un rodeo con trazabilidad. Hoy lo hay. Si no hay transformación en ese plano, es difícil imaginar que el Uruguay vaya a soportar ciclos económicos adversos sin generar impacto. Tercero: el modelo productivo rural ha estallado y existe una situación de infraestructura y de logística muy deteriorada. En cuarto lugar hay un reto en lo que tiene que ver con políticas sociales de nuevo tipo para profundizar la cohesión social. Ha bajado la pobreza pero tenemos todavía un sector importante de la población con vulnerabilidad importante.


–¿Dónde más observa esos problemas de inequidad?


–Uruguay es un país con perfil igualitario, pero tiene una injusticia de género terrible, que se ve en unos indicadores de violencia doméstica impresionantes. La participación política de la mujer en lugares clave de poder es muy baja. En el Congreso y en los sindicatos es bajísimo.

–El primer reto que enumera es la educación pública, un tema sobre el que usted tiene una postura muy crítica. ¿Piensa que la educación en Uruguay está en crisis?


–Es una crisis de largo aliento y multicausal ante la cual todos los partidos fracasaron. La educación en el Uruguay tiene una gran relevancia. Es un país pequeño que siempre ha apostado por desarrollar sus recursos humanos. Uruguay tiene los niveles de igualdad en la inclusión digital más altos de toda América latina. Sin embargo, la traducción de esa inclusión digital en términos de transformación educativa de los jóvenes no ha sido lograda. Y esto particularmente en la educación pública, porque si bien no hay grandes diferencias entre los desempeños en enseñanza privada y pública, a la privada van los hijos de los ricos y a la pública los hijos de los trabajadores en un porcentaje muy grande. Los barrios con niveles socioeconómicos más bajos tienen los desempeños educativos más bajos. Si se mejoran las condiciones económicas, se lleva a cabo una política redistributiva y se desarrollan nuevas oportunidades en base a una economía más sólida, pero no se transforman las capacidades de los ciudadanos, uno encuentra las dos rutas: los hijos de los ricos que ingresan tardíamente al mercado laboral, pero con mejores condiciones y mayor formación, y también tardíamente a los roles de la adultez, mientras los hijos de los pobres ingresan muy tempranamente, aunque en condiciones de extrema debilidad, en el mercado laboral y desertan rápido del sistema educativo. Esto genera reproducción de marginalidad y de pobreza. Políticas educativas de nuevo tipo y mayor presencia del Estado son los ejes de la transformación.


–¿Cuáles son los pros y los contras de ser un país pequeño?


–La escala siempre es relativa. En términos geográficos, no es tan claro que el Uruguay sea un país pequeño. Si estuviera en Europa no sería visto como un país pequeño. Pero está entre Argentina y Brasil, dos países gigantescos. Entonces, geográficamente, se autopercibe como un país pequeño. Pero sobre todo, el tema de la escala tiene que ver con la población. Uruguay tiene la misma población desde los años 60. Tiene, por lo menos, 600 mil uruguayos fuera de fronteras, una diáspora importante, con la cual tiene niveles de conectividad diversos, algunos virtuosos y otros no tanto. Ser un país pequeño da muchas posibilidades. Por ejemplo, permite ser lo que Uruguay ha sabido ser: una república experimental. En un país pequeño se pueden experimentar políticas públicas audaces, cosas que en países gigantescos cuestan todavía más. Se puede construir una cultura política que puede dar a funcionar por la escala. Hay muchas ventajas.

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Martes, 22 Septiembre 2015 06:27

Espontaneidad sí, improvisación nunca

Espontaneidad sí, improvisación nunca

El papa Francisco transmite imagen de espontaneidad en cada uno de sus gestos. También se ufana de ello, como lo hizo ahora en Cuba especialmente durante el encuentro con los religiosos y religiosas y con los jóvenes. En las reuniones con las autoridades se lo ve distendido y alegre. Pero sería un error confundir todo lo anterior con improvisación. Bergoglio es un hombre sumamente inteligente que piensa cada movimiento como un hábil ajedrecista. Nada está librado al azar.

Tampoco los gestos, las palabras y hasta los silencios. A lo anterior le agrega, como parte fundamental de la estrategia, la discreción acerca de cada movimiento. Tal como lo admitió el cardenal cubano Jaime Ortega en una entrevista ofrecida a la televisión cubana, éste también es un ingrediente "que le permite alcanzar los objetivos" que se propone.


La visita que está realizando a Cuba tiene, tal como el propio Bergoglio lo señaló, un objetivo inocultablemente "pastoral". Es decir, terminar de reinstalar a la Iglesia Católica en la vida de los cubanos, tarea iniciada por sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI después de años de ostracismo durante la etapa más ortodoxa de la revolución. Pero las condiciones hoy son otras. Porque cambió el momento histórico para los cubanos y porque este papa cuenta con el prestigio y la legitimidad de haber colaborado efectivamente en el restablecimiento de las relaciones entre la isla caribeña y Estados Unidos. Este es un enorme saldo a favor que aumenta su crédito tanto ante el pueblo como frente a las autoridades cubanas. Así lo admiten todos los actores y hasta las críticas de los disidentes –que objetan que el Papa no los escuche– pierden significación en este contexto. Ayer en Holguín el Papa reconoció "el esfuerzo" de la Iglesia Católica cubana. Francisco quiere dejar como saldo de su visita una Iglesia fortalecida tanto en lo institucional como en cuanto a su feligresía.


Pero lo "pastoral" no excluye lo político. No todo lo que ocurre es lo que se ve y se transmite. Junto a las concentraciones multitudinarias hay también diálogos reservados que están ocurriendo en forma simultánea durante la visita y que apuntan a facilitar el fin del bloqueo. Y lo que resulta más curioso es que tanto las autoridades norteamericanas como las cubanas confían en que el Papa "convenza" a la otra parte de acceder a ciertas condiciones o facilitar determinadas cuestiones que harán más posible ir derribando todas las barreras existentes. En otras palabras: unos y otros aspiran a que Bergoglio se convierta en vocero y embajador de sus puntos de vista. Pero no menos cierto es que unos y otros también consideran que Francisco es el garante e impulsor del acercamiento y nadie se atrevería a imponerle una condición. Tampoco el Papa lo permitiría. Mientras tanto Francisco espera llegar en los próximos días a Estados Unidos con una carpeta llena de sus diálogos con los cubanos en la que se incluyen pedidos y también propuestas y concesiones. Con esos argumentos intentará, ante Obama y los suyos, dar un nuevo paso significativo hacia la total normalización de las relaciones entre los dos países.


Pero este propósito tampoco es una jugada aislada de su estrategia respecto de la búsqueda de paz en el mundo. En La Habana dijo que el proceso de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos es un "ejemplo de reconciliación para el mundo entero", en medio de la actual atmósfera "de tercera guerra mundial por etapas que estamos viviendo". Esta es la idea que el Papa tiene acerca de lo que está sucediendo en el mundo. Y está convencido de que la Iglesia Católica, en general, y él, de forma particular, tienen un aporte que hacer en ese sentido.


Por eso también insiste en que lo logrado entre Cuba y Estados Unidos después de tantos años de enfrentamientos es un ejemplo que puede servir para otros. "Es un signo de la victoria de la cultura del encuentro, del diálogo... por sobre el sistema, muerto para siempre, de dinastía y de grupos", dijo el Papa. Por ese mismo motivo también hizo una pedido en favor de los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), intercambios que se vienen realizando precisamente en La Habana. "No podemos permitirnos otro fracaso", dijo el Papa al respecto. El presidente colombiano Juan Manuel Santos se apresuró en agradecer las palabras de Francisco.
También dijo Francisco que "nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas".

Ese es el lugar donde quiere pararse. En una perspectiva humanista y al margen de las disputas políticas. No porque no las reconozca o porque no valore la política. Sí porque entiende que es el compromiso con el hombre el lugar desde el cual la Iglesia Católica y, en general, las religiones, pueden hacer sus mejores aportes al mundo. El cardenal Jaime Ortega, en la mencionada entrevista concedida a la televisión cubana poco antes del viaje de Francisco, sostuvo que "la Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos. La Iglesia está en el mundo para penetrar con el Evangelio el corazón de los hombres. Y los hombres cambiarán el mundo". La frase fue adjudicada por el propio Ortega al papa emérito Benedicto XVI pero, según relató, fue la idea que él transmitió a Bergoglio el mismo día en que fue proclamado como papa Francisco. Ortega asegura que Francisco hace suya esa perspectiva: una Iglesia que incide, que alienta, que ayuda pero, al mismo tiempo, deja las soluciones finales en manos de los dirigentes. Ese es el sentido de la estrategia político-institucional de Bergoglio.


El Papa que se da espacio para la espontaneidad, que se presenta como el hombre que no escatima franqueza y jovialidad, no deja nada librado a la improvisación. Cada paso está previsto, calculado y meditado. Tiene conciencia de que todos los ojos están puestos en él y que eso acrecienta las posibilidades de éxito en lo que se proponga. No está dispuesto a perder la oportunidad.

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Cuando el tiempo escurre como arena entre los dedos

A cada semana que pasa aumenta en Brasil la sensación de que el gobierno está a la deriva. A cada semana que pasa aparecen más ingredientes para la severa crisis política que sacude al país, con énfasis en las denuncias de corrupción que se multiplican.


A cada semana que pasa surgen nuevas noticias negativas. A cada semana que pasa se agudiza el desgaste del PT. A cada semana que pasa se detecta una nueva distancia en el ya creciente alejamiento entre el principal partido aliado, el PMDB, y el gobierno.


A cada semana que pasa se consolida la imagen de que Dilma Rousseff es una presidenta sin rumbo al frente de un gobierno sin norte. A cada semana que pasa se ofrecen nuevas muestras de torpeza política por parte de ese gobierno sin brújula. A cada semana que pasa se fortalece el malestar generalizado entre los brasileños.


A cada semana que pasa se sigue preguntando la misma pregunta: ¿hasta cuándo una desgastada Dilma Rousseff logrará mantenerse aferrada al sillón presidencial para el cual fue reconducida por las urnas hace menos de 10 meses? ¿Cuánto tiempo logra sobrevivir una mandataria que cuenta con ínfimo 7 por ciento de aprobación popular? Y si no sobrevive, ¿hasta cuándo se mantendrán las importantes conquistas sociales logradas por el PT?


La última semana ha sido pródiga en noticias negativas. En el Congreso aumentó el número de diputados dispuestos a dar inicio a un proceso de juicio político que, supuestamente, podrá resultar en la destitución de la presidenta. Supuestamente porque no hay ninguna razón jurídica y legal para tanto, y también porque uno se anima a suponer que todavía les queda, a la mayoría de los diputados y senadores, un mínimo de sentido de responsabilidad.


El gobierno, por su parte, siguió dando muestras estruendosas de su increíble capacidad de producir desastres. Quizá el mejor ejemplo de eso haya sido el decreto del Ministerio de Defensa quitando a los comandantes de las tres armas (ejército, marina y fuerza aérea) la autonomía para tomar decisiones de ámbito puramente burocrático. La repercusión entre los militares ha sido inmediata, y bastante negativa. Como si todo el resto no bastara, una decisión idiota, tomada por una subalterna a espaldas del ministro, que se encontraba en el exterior, logró algo hasta ahora inexistente: un fuerte malestar castrense con el gobierno encabezado por una ex guerrillera.


La noticia de que la agencia calificadora Standard & Poor's le quitó a Brasil el sello de buen pagador, situándolo como destino especulativo para inversionistas, explotó como una bomba. No por la sorpresa, ya que todos esperaban eso, sino por el momento. El equipo económico de Dilma creía que el rebajamiento ocurriría a principios de 2016 y trataba de correr contra reloj para lograr imponer algunas medidas que lograrían convencer a la S & P de no adoptar la decisión.


De plan, no hubo consecuencias mayores en el escenario económico. Es que ya había tantos nubarrones en el cielo –la estampida del dólar frente al real, que en lo que va del año ya se devaluó poco más de 40 por ciento, las estratosféricas tasas de interés, la recesión proyectada para 3 por ciento del PIB en 2015– que faltó espacio, al menos en ese primer momento, para más tormenta.


Las consecuencias políticas, eso sí, fueron más visibles. ¿La reacción del gobierno? En términos prácticos y concretos, ninguna. Anunció que estudia medidas de corrección. ¿Cuáles? No se sabe.


Por donde se mire, lo que se ve no es nada animador. Y si se mira hacia adelante, menos aún.


Es verdad que el gobierno enfrenta una durísima campaña llevada a cabo por grupos que van de las élites que jamás se conformaron con los cambios sociales surgidos de los gobiernos del PT a lo largo de los últimos 12 años a los cínicos dueños del capital, que se beneficiaron a lo bestia pero siguen criticando sin tregua y especulando con euforia.


Es verdad que los medios hegemónicos de comunicación, dando renovadas muestras de carecer de vestigios elementales de ética, siguen machacando noticias negativas o directamente inventándolas sin pudor alguno.


Es verdad que la oposición no hace más que dar muestras exuberantes de un oportunismo voraz: como no tiene ningún proyecto alternativo, trata de lograr destituir a quien no logró derrotar en las urnas.


Nadie parece, en la oposición oportunista y en los aliados traidores, realmente preocupado con lo que pasará si logran tumbar al gobierno por la vía de un golpe en el Congreso.


Pero lo más alarmante es que igualmente nadie parece, en el gobierno o en el PT, lograr encontrar un camino viable y firme para superar esa crisis que engorda sin parar. Se nota, y eso es un nuevo y explosivo ingrediente, un alejamiento paulatino del PT y, peor, del mismo Lula da Silva en relación con el gobierno. El ex presidente no oculta sus críticas a la política de ajuste neoliberal que Dilma pretende imponer al país, negando todo lo que defendió en la campaña electoral del año pasado y a lo largo de toda su vida.


Nadie lo admite públicamente, pero hasta las mismas relaciones personales entre Lula y Dilma Rousseff viven días de turbulencia.


Y el gobierno sigue inerme. Y el gobierno sigue sin rumbo. Y a cada semana que pasa uno se pregunta, atónito y asustado, qué pasará la semana que viene.

 

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Viernes, 14 Agosto 2015 06:54

Churchill dixit

Churchill dixit

Winston Churchill (1874-1965), el ícono del conservadurismo, el dos veces primer ministro de Gran Bretaña que lleva a su país por el mar de guerra, era un gran orador, polemista y un prolífico escritor, incluso laureado con el Premio Nobel de Literatura (1953).


A la historia pasa también como autor de varios famosos dichos y bon mots.


Este ya lo escuchamos todos (sobre todo de la boca otros políticos liberales-conservadores): la democracia es la peor forma del gobierno, salvo todas las demás; o este otro: el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio.


O uno sobre el papel de los aviadores en la Batalla de Inglaterra (nunca antes tantos debieron tanto a...) y otro sobre la Cortina de Hierro (desde Szczecin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático...).


Allí está también la clásica puntada al rival político: se acercó un carro vacío y bajó el mayor Attlee (Clement Attlee, el laborista que sorpresivamente derrota a Churchill en las elecciones de 1945).


¿Pero quién conoce este?: los judíos-bolcheviques son enemigos del género humano, representantes de una barbarie animal (François Bédarida, Churchill, 1999, p. 177).


O más perlas de su (in)famoso artículo –Zionism vs communism: a struggle for the soul of the Jewish people (Illustrated Daily Herald, 8/2/20)– donde, aludiendo a... Protocolos de los sabios de Sion subraya que el elemento judío está detrás de cada movimiento subversivo en el siglo XIX y acusa a judíos internacionales –desde Marx hasta Trotsky, Luxemburgo, Kun y Goldman– de conspirar para abolir la civilización.


El judeo-bolchevismo (la teoría conspiratoria que explica la revolución rusa con un complot judío) bajo su pluma va en ambos sentidos: no duda en atribuirle los rasgos judíos a Lenin, recurriendo al peor imaginario antisemita.


Los bienpensantes dicen: ... Uyy, ¡¿seguro habla usted de Churchill y no de Goebbels?!


Para el 50 aniversario de su muerte, un diario liberal israelí recuerda sus 13 citas inolvidables (Haaretz, 24/1/15), entre otras esta tomada del... mismo texto: a algunos les gustan los judíos, a algunos no; pero nadie puede negar que son la más extraordinaria raza (¡sic!) del mundo, sin citar otras de sus joyas

.
Éstas, al parecer, sí son olvidables.


¿Meros lapsus o productos de un justificado anti-bolchevismo (dicen sus defensores)? Para nada: el antisemitismo y sus clichés (judíos+dinero, judíos+comunismo) hasta que el Holocausto poncha el absceso, son parte integral de la ideología dominante.


John M. Keynes en sus memorias de la Conferencia de Versalles (1919), recuerda cómo miembros de la delegación británica denigran unánimemente al ministro de finanzas francés Louis-Lucien Klotz por su origen judío.


Lloyd George mata dos pájaros de un tiro: imitando el gesto de judío abyecto agarrando un saco de dinero, lo acusa –por insistir en las reparaciones alemanas– de ayudar a propagar el bolchevismo en Europa (Enzo Traverso, El final de modernidad judía, 2013, p. 10).


Klotz al final de su vida hace unas malas inversiones, pierde su fortuna y acaba en la cárcel. Georges Clemenceau, en un perfecto tono de la época, espeta: mi ministro de Finanzas era el único judío de Europa que no sabía nada del dinero.
La pequeña tormenta que estalla en 2007, por un supuesto texto no publicado de Churchill (1937) –en realidad escrito por su ghost-writer– donde se acusa a judíos de ser responsables por sus persecuciones (Ynetnews, 15/3/07), resulta ilustrativa para la controversia lo que dijo o no dijo sobre los judíos.


Sus devotos, con un apócrifo en la mano, tratan de descartar en bloque todos los dichos antisemitas y alejar definitivamente cualquier acusación.


Aunque hay una buena fórmula absolutoria, rehúsan usarla; la fórmula reza: Churchill no era un antisemita (puro y duro), sólo era un racista (común).


Abrazarla lo pone bajo una mala luz (recuerda sus teorías de razas inferiores o las racialmente inducidas hambrunas en India en los 40), lo acerca a Hitler (que admira su orgullo supremacista, asegura que el este europeo es para los alemanes lo que la India para los británicos y acaba inscribiendo el Holocausto en la larga tradición de masacres coloniales), pero a la vez permite clarificar su posición (si bien con los nazis lo une la narrativa de judeo-bolchevismo, su enfoque no es biológico, sino político).


De hecho es una extraña mezcla de anti y filo-semitismo reflejada en el texto de 1920 donde contrasta los judíos malos (cosmopolitas-comunistas) con los buenos (nacionales y sionistas-nacionalistas).


La creación del Estado judío en Palestina es para él un modo de salvar a los judíos de las ideas revoltosas (¡sic!) y debilitar al comunismo internacional, ya que el sionismo está en un contraste radical con él.


Aquí entra el clásico argumento –sostenido por Martin Gilbert, su biógrafo oficial, también historiador de Israel (no se sabe si oficial...) que tiene un libro aparte sobre el tema (Churchill and the jews: a lifelong friendship, 2008)– que va así: Churchill no era antisemita, porque era un gran amigo del sionismo.


Pasemos de la obviedad de que su amistad no era ideológica (sionista tal cual), sino instrumental (acorde a los intereses imperiales británicos); el problema está en aparentar que uno excluye al otro: a menudo las dos cosas van juntas.


El mismo Theodor Herzl, promoviendo su proyecto, está consciente de esto: sabe que los mejores amigos del sionismo pueden ser los... antisemitas (o sea, casi todo el establishment europeo de la época, que podría ver en él una solución a la cuestión judía); enfatiza un punto político: si lo apoyan, él les quita de encima también a los judíos revolucionarios (¡análisis de Churchill!).


La misma amistad es expresada hoy por la ultraderecha europea antisemita que fustiga a los judíos malos (izquierdistas y/o los que se quedaron), pero ama a Israel y sus judíos buenos, que además les dan duro a los musulmanes (la principal amenaza a la civilización).


Allí está también el secreto de la rencarnación de Churchill en Benjamin Netanyahu, que se compara sin cesar con él y repite hasta el hastío sus dichos. Desde luego, sólo aquellos inolvidables.

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Viernes, 17 Julio 2015 06:42

Stalin (el monumento)

Stalin (el monumento)

El giro ideológico de la URSS tras el 20 congreso del PCUS (1956) y el rechazo del culto a la personalidad (Jrushchov dixit) fue marcado entre otros por las desapariciones de monumentos a Stalin (y la aparición de los de Lenin).


En Simferopol, la capital de Crimea, Ucrania –digo, Rusia–... de donde en 1944 Stalin deportó a 200 mil tártaros a Asia central por haber colaborado con Hitler (la mitad murió en el traslado), la ciudad que se hizo famosa a principios de 2014 por los misteriosos hombres de verde (las fuerzas invasoras rusas de incógnito), frente a la estación de trenes había una estatua de Lenin y Stalin juntos, sentados en una banca; después de 1956 Stalin desapareció de manera subrepticia de muchas otras ciudades soviéticas (y países satélites) y Lenin se quedó solo.


Uno de los insospechados resultados de la anexión de Crimea es haber puesto a salvo este monumento de la epidemia de las caídas de Lenin en Ucrania post Euromaidan, y juzgando por el clima político-histórico en Moscú no extrañaría el pronto regreso de su viejo camarada: Stalin está otra vez en el centro de la narrativa nacionalista gran rusa; su rehabilitación y la glorificación de su estatismo y grandeza militar, e incluso la aparición de... nuevos monumentos a él (¡sic!), ya desde hace unos años marcan el giro ideológico de Rusia hacia el neoimperialismo.


Mientras de Lenin aún hay algo que aprender, ¿qué hacer con Stalin?


Desde luego: fue un tirano asesino. Pero su demonización y la tesis liberal de dos totalitarismos (Hitler=Stalin) tapan más que explican; igual el culto oficial en Rusia, que lo trata como un siguiente zar. Ni siquiera la izquierda tuvo una buena y sistematizada crítica de él ni del estalinismo (pensando en las expectativas, el vacío más grande lo dejaron aquí Theodor Adorno y la Escuela de Fráncfort).


¿No hay de otra que volver a Stalin para poder dejarlo? Aquí hay unos intentos que pueden servir de guía (y antiguía):


• Stalin... la contra-historia. Domenico Losurdo en su Stalin, historia y crítica de una leyenda negra (2011), proporciona una fresca mirada a su figura y los mitos en torno a él, desarmando magistralmente las diferentes narrativas desde el " reductio ad Hitlerum" –su máximo exponente es Timothy Snyder, para quien incluso el principal culpable es Stalin, y Hitler sólo lo copiaba (¡super-sic!): "Hitler vs. Stalin: who was worse?", en The New York Review of Books, 27/1/11– hasta las mismas denuncias/distorsiones jruschevianas, aunque hay al menos dos puntos donde parece ir demasiado lejos: cuando trata de exculparlo del antisemitismo (jmm...) o justificar el pacto Ribbentrop-Molotov (uff...).


• Stalin... la aproximación. En el reverso del proyecto de Slavoj Zizek de repetir a Lenin hay elementos para entender a Stalin. Contrariamente a lo que quiere el mainstream liberal, no era un cínico que sabía la verdad y tenía el pleno poder, ni sabía (creía en sus propias mentiras), ni tenía (durante las purgas reinaba el caos y aleatoriedad). Y al estalinismo: una contrarrevolución y vuelta a la normalidad/narrativa de las etapas después de los experimentos de Lenin, una degeneración que ya estuvo inscrita en la Revolución, aunque ésta haya sido un verdadero acto emancipatorio ( In defense of the lost causes, 2008).


• Stalin... play it again, Sam! Stephen Kotkin, a pesar de tantas biografías de él en el mainstream, se propuso retratarlo otra vez en un ambicioso proyecto en tres tomos; si bien aun la lectura por encima del primero – Stalin: paradoxes of power 1878-1928 (2014)– revela un magro entendimiento del marxismo o comunismo, hay cosas para rescatar.


• ... y finalmente Stalin ¡Error 404!, o sea cómo no hacerlo: aunque el blog de Roland Boer (www.stalinsmoustache.org), laureado con el prestigioso Deutscher Prize (sic), al parecer iba a ser un chiste, su contenido (la colectivización ha sido un enorme éxito, etcétera) y tono (serio y reivindicativo) no dan para reír. No extraña que una editorial rusa le haya encargado una biografía para mostrar a Stalin bajo una luz favorable (uff...).


¿Isaac Deutscher –autor de un bastante benévolo pero nada apologético clásico: Stalin, a political biography, 1949– se divertiría, o se revolvería en la tumba?


Sea como fuere, hay un punto que Deutscher y Boer sí tienen en común: es subrayar hasta el exceso las cualidades y habilidades de Stalin que le permitieron ganar la guerra y abatir al fascismo (algo que igual condensa bien la ambigüedad de su figura).


Sin embargo, la narrativa de su gran dominio militar, que huele al mito del líder infalible creado por la burocracia, parece no tomar en cuenta que la realidad es mucho más abierta y aleatoria, como lo fueron por ejemplo los sucesos de los 30.
El gran Vasili Grossman, cuya fe en el comunismo se vio quebrada por... el antisemitismo de Stalin (¿ve, don Domenico?), en su Vida y destino (1959) captó bien la complejidad de la Rusia soviética después del ataque de Hitler (1941), que paradójicamente trajo... un respiro y sentimiento de libertad tras las purgas y persecuciones delirantes. El momento crucial fue la batalla de – nomen omen– Stalingrado (1942-1943): frente al control de NKVD (y las órdenes de Stalin de no retirarse y de fusilar a cualquiera que lo hiciera), desde abajo surgió una suerte de autogestión soldadesca que empezó a ser tolerada –un papel jugó aquí Jruschov, comisario político de la ciudad–, porque de otra manera no se hubiera podido con los nazis. Los soviéticos empezaban a ganar, pero no por su gran líder, sino a pesar de él.


Entre tantos monumentos a Stalin que se fueron en silencio, hubo uno que se fue con un bum, y no era cualquiera: era la más grande estatua de Stalin en el mundo. Construida en Praga, pensada para su 70 cumpleaños (1949), tardó seis años en ser acabada, llegando después de su muerte y justo antes del 20 congreso, cuando Stalin ya se volvió incómodo. Demasiado grande para ser tirada abajo, acabó dinamitada con casi una tonelada de explosivos (Mariusz Szczygiel, Gottland, 2006).
Hoy las caídas de monumentos a Lenin en Ucrania son igualmente preocupantes que las apariciones de los de Stalin en Rusia; ambos sucesos marcan el vacío dejado por la izquierda.



Twitter: @periodistapl

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