Crisis ecológica, pandemias y tratados de comercio e inversión

A estas alturas de siglo, no hay duda alguna de que afrontamos una crisis ecológica sin precedentes. Otra cosa es que se quiera reconocer a pesar de las múltiples evidencias existentes, bien estudiadas por el mundo científico y suficientemente documentadas y difundidas por organismos internacionales de los que forman parte la mayor parte de los países del planeta. Algo realmente contradictorio cuando desde Naciones Unidas alertan del momento crucial en el que vivimos en los campos del clima, de la biodiversidad o de la extensión de las pandemias y los países responden con medidas tibias o insuficientes cuando no mirando para otro lado directamente cuando al frente de ellos se encuentran los negacionistas.

Es incontestable la grave crisis biológica en la que estamos inmersos con una extinción masiva de especies como no deja de recordarnos la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) de forma recurrente:  un millón       de especies de  animales y plantas, de los 8 existentes, están en peligro de extinción, entre las que cabe referirse a que más del 40% de las especies de anfibios, casi el 33% de los corales y más de un tercio de todos los mamíferos marinos están amenazados.

En este mismo sentido, el último informe de WWF de 2020 (Índice Planeta Vivo-IPV) constata una disminución media del 68% de las poblaciones estudiadas de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces entre 1970 y 2016, lo que supone un aumento del 8% con respecto al estudio anterior de 2018.

Por su parte el Convenio para la Diversidad Biológica (CDB) viene indicando reiteradamente que los tiempos se agotan y que el bajo cumplimiento (en algunos países nulo) de las Metas de Aichi nos conducirá a una senda sin retorno a menos que se modifiquen radicalmente las políticas económicas basadas en la explotación sin límites de la biosfera y en la continuación del uso de combustibles fósiles que agravan el cambio climático, dos de las causas principales de pérdida de biodiversidad, juntamente con la destrucción de hábitats de las especies, la contaminación ambiental y la introducción de especies exóticas invasoras.

Tanto el informe IPBES como el IPV y el CBD señalan como responsable de este desastre ambiental a las actividades humanas sin control en un contexto global de explotación insostenible de los recursos naturales.

En relación con el calentamiento global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) también viene avisando desde su informe de 2018 (sobre los impactos del calentamiento global de 1,5ºC con respecto a los niveles preindustriales) de las serias consecuencias para las personas y sus medios de subsistencia que supondrá no alcanzar los objetivos de aumento de 1,5ºC del Acuerdo de París. Si en aquel informe se insistía en la necesidad de implementar las medidas para reducir drásticamente las emisiones de CO2 derivadas de la quema de combustibles fósiles, el informe de agosto de 2019 (Informe especial sobre el cambio climático, la desertificación, la degradación de las tierras, la gestión sostenible de las tierras, la seguridad alimentaria y los flujos de gases de efecto invernadero en los ecosistemas terrestres) habla ya de que esto no basta y que hay que trabajar en todos los sectores, como la producción de alimentos y la gestión de los suelos. En el de septiembre de ese mismo año (Informe especial sobre el océano y la criosfera) el IPCC nos advierte del peligro de un océano hoy más caliente, más ácido y menos productivo por sus inquietantes derivaciones en cuanto a recursos pesqueros y cambios en las dinámicas climáticas regionales y locales.

En relación con las pandemias, más allá de enfrentar una de sus manifestaciones actuales, la Covid19, es necesario señalar que, si bien no son algo nuevo como podemos verificar mediante un rápido repaso histórico, su incidencia se ha triplicado en los últimos 50 años, habiéndose producido al menos 10 de distinta envergadura, entre ellas algunas conocidas como el ébola, el SARS, la gripe aviar, el VIH o el MERS. Todas estas pandemias son de origen zoonótico, saltando de alguna especie hospedante al ser humano.  Los principales reservorios de patógenos susceptibles de convertirse en pandemias se encuentran en mamíferos y algunas aves, además de en el ganado, como cerdos, camellos y aves de corral. La pregunta es por qué ahora hay más incidencia que hace medio siglo y encontramos la respuesta en la propia especie humana que coloniza cada vez más territorio, desplazando especies o eliminándolas directamente, destruyendo hábitats y modificando sustancialmente la dinámica ecológica de los ecosistemas. El equilibrio en los ecosistemas regula la presencia de bacterias y virus que, en si mismos, no son responsables de las pandemias ya que estos organismos forman parte del entramado de la vida.

El informe "Prevenir la próxima pandemia: Zoonosis y cómo romper la cadena de transmisión" del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte que "Es muy probable que los 7 siguientes factores de intervención humana estén fomentando la aparición de zoonosis: el incremento de la demanda de proteínas animales; la intensificación insostenible de la agricultura; el aumento del uso y la explotación de las especies silvestres; la utilización insostenible de los recursos naturales, acelerada por la urbanización, el cambio del uso del suelo y la industria extractiva; el aumento de los desplazamientos y el transporte; alteraciones en el suministro de alimentos, y el cambio climático".

El IPBES, que organizó en otoño un taller sobre sobre la relación entre la degradación de la naturaleza y el aumento del riesgo de pandemias, ve también que las actividades humanas son las que generan ese riesgo debido al impacto exponencial que está causando en el medioambiente el cambio climático y a la pérdida de biodiversidad.

Con esta información puede deducirse sin lugar a duda que tres grandes problemas que asolan a la humanidad tienen su origen en la propia humanidad. El declive de la biodiversidad, los efectos del cambio climático y los riesgos pandémicos no son fruto de ningún castigo divino como durante siglos se creía ante cualquier eventualidad que modificara lo que se consideraba la normalidad cotidiana. Afortunadamente, hoy día los avances científicos nos colocan ante el espejo de nuestra realidad para que, entendiendo lo que sucede, seamos dueños de nuestros destinos, pero incomprensiblemente no queremos mirar la imagen reflejada y seguimos actuando como si nada pasara. No hay mejor ejemplo que la reciente y presente pandemia del coronavirus, que debería haber abierto profundos debates sobre el momento complejo en el que vivimos, el modelo socioeconómico dominante o la crisis sanitaria y ambiental que puede convertirse en sistémica. Hacerse preguntas y cuestionar el sistema en el que vivimos parece un principio para buscar nuevas fórmulas que nos saquen del atolladero ambiental en el que vivimos. Como nos recuerda Delia Grace, del Instituto Internacional de Investigaciones Pecuarias (ILRI), "se están tratando los síntomas de esta enfermedad, pero no sus causas".

Pero ¿por qué, si están evaluadas las causas y las conocemos, por tanto, no aplicamos medidas -o solo las aplicamos parcialmente- que haga menos inquietante el futuro sombrío, ambiental y socialmente, que, según todos los indicios, se avecina? Tanto el CBD en su Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020, como el Acuerdo de París, nacido de la Conferencia sobre el Clima de París (COP21) de 2015, han establecido medidas en teoría consensuadas en sus respectivos encuentros sobre biodiversidad y clima. Pero el grado de ambición de los países firmantes no parece suficiente para arrostrar un problema que los científicos ven cada vez con mayor preocupación.

Así, el PNUMA, en un informe de finales de 2019, advertía de que solo reduciendo las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en un 7,6% cada año entre 2020 y 2030, el mundo alcanzaría el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5° C por encima de los niveles preindustriales establecido en el Acuerdo de París. Por su parte la Organización Meteorológica Mundial alertaba de que vamos hacia un calentamiento de 3 a 5 grados Celsius para fines de este siglo en lugar de 1,5 a 2 contemplados en el Acuerdo. Es vergonzoso que los países más ricos, los del G20, que representan en su conjunto el 78% de las emisiones globales, no hacen un esfuerzo colectivo en su reducción ya que solo cinco de ellos -entre ellos la UE- se han comprometido con un objetivo a largo plazo de cero emisiones.

En el quinto informe de la Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica (GBO5), el CBD señala que no se han logrado plenamente ninguna de las 20 Metas de Aichi, que eran las medidas previstas para el periodo 2011-2020. Aunque se han cumplido parcialmente algunos de estos objetivos, el resultado final de la década no permite grandes alegrías, porque su incumplimiento no solo afecta a la pérdida de biodiversidad silvestre sino también a campos tan esenciales para el bienestar de la población mundial como la seguridad alimentaria, la mejora de la nutrición o el suministro de agua limpia, todos ellos contemplados asimismo en los objetivos de desarrollo sostenible (ODS).

En esto momentos, una vez pasada esta última década, que se inició con una crisis económica y terminó con otra sanitaria, la comunidad científica internacional es escéptica con los parcos resultados conseguidos hasta ahora en materia de clima y biodiversidad, valorando que los compromisos de los países hasta ahora son insuficientes para frenar el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

En un contexto de crisis sanitaria global, de consecuencias duras y aún no bien evaluadas, resulta decepcionante que en vez de abordar las causas de lo que se sucede y proponer alternativas que tengan en cuenta las distintas variables que intervienen en la ecuación de la vida, se propongan las mismas medidas para seguir adelante, sustentadas únicamente en un crecimiento económico que se ha convertido en una huida hacia adelante, sin garantías de salidas solidarias para las personas y de preservación mínima de las condiciones ambientales que las permitan.

En vez de esto y como ejemplo de estas medidas obsoletas, siempre pensadas además para favorecer únicamente a los grandes conglomerados empresariales y los fondos de inversión globales, se siguen aprobando tratados de comercio e inversión que inciden en los tres aspectos tratados en este artículo. Como muestra podemos citar el tratado UE-Mercosur, que ha tenido presencia mediática indirecta por los pavorosos incendios de la Amazonía en 2019, presentado como un acuerdo que favorecerá el intercambio comercial entre ambas regiones y posibilitará la mejora de sus economías y de su empleo. Pero las consecuencias de tal acuerdo serían en realidad tan inaceptables como desastrosas en los campos citados. La deforestación de los bosques ecuatoriales y tropicales, esenciales para la estabilización del clima, para aumentar la superficie para pastos para el ganado y para monocultivos de soja y maíz transgénicos para piensos, así como de caña de azúcar, también transgénica en algunos casos, para la producción de etanol, provocará degradación y contaminación del suelo y pérdida de biodiversidad acelerada y aumento de gases de efecto invernadero. El transporte de mercancías a uno y otro lado del Atlántico aumentará la emisión de CO2 en forma exponencial. Se seguirá usurpando los derechos territoriales y ambientales de las poblaciones indígenas. La seguridad alimentaria se verá afectada por la presencia tanto en productos ganaderos como agrícolas latinoamericanos de sustancias químicas prohibidas en la Unión Europea, dejando de lado uno de los principales principios europeos, el de precaución. Se verán mermados los derechos de los trabajadores y sus empleos en los países del Mercosur por la presión de los mercados solo preocupados por bajar los costes de producción. Los pequeños productores agrícolas y ganaderos de ambos lados del Atlántico verán reducidos sus márgenes de beneficio al no poder competir en igualdad de condiciones con la agroindustria, que es la principal receptora de las inversiones de estos acuerdos comerciales. Hay que señalar finalmente que este acuerdo no incluye entre sus "elementos esenciales", cuya violación supondría la suspensión del tratado entre ambas partes, ninguna cláusula ambiental, por lo que cada país puede intervenir en esta materia a su antojo. En suma, este tratado sitúa a Mercosur como proveedor de materias primas y productos agropecuarios mientras que la UE exporta bienes industriales y tecnológicos, singularmente coches, atacando el tejido industrial americano y el sector primario europeo del pequeño campesinado, comunidades rurales y comercio de proximidad asociado.

Hemos de tener en cuenta además que el sistema alimentario industrial contribuye poderosamente al agravamiento de la crisis climática, en el que el acuerdo UE-Mercosur no es un caso aislado. También están en marcha, entre otros, el de la UE con México con problemas similares y los futuros con Australia y Nueva Zelanda. En el horizonte el recién anunciado acuerdo entre China y la UE, aún por concretar, pero que se muestra como un éxito para los inversores. Esta afirmación, que es toda una declaración de principios, deja claro cuáles son los objetivos de este tratado, garantizar las mejores condiciones para estos grupos financieros globales sin importar las consecuencias ambientales y sociales que puedan generar sus actuaciones.

Como indicaba recientemente la campaña francesa contra los TCI, es "urgente salir de la lógica de este tipo de acuerdos, que apunta a producir siempre más, siempre más rápido, más barato y en cualquier lugar, con menos trabajo y menos limitaciones ambientales y que hace del dumping social, fiscal y ecológico una regla de oro, de la que solo las multinacionales obtienen beneficios".

Y, llegados a este punto, plantear alternativas. Alternativas que pasan por incluir la sílaba RE delante de unos cuantos sustantivos del que se han apropiado los causantes de este desastre ecológico. Es necesario recapacitar, es decir, volver, siguiendo a la RAE, a considerar con detenimiento algo. Volver a considerar si el modelo socioeconómico en el que se estructura hoy día la vida la garantiza. Es necesario revisar los fundamentos de un sistema basado en el despilfarro, en la negación ecológica y en la consideración del ser humano como una mercancía. Es fundamental reordenar nuestras prioridades, poniendo en primer lugar las personas y su bienestar por una parte y por otra el sistema ecológico en el que nos insertamos, sin el cual no es posible lograr lo anterior. Por ello, ante una globalización suicida, hemos de cambiar el esquema mental impuesto y resulta indispensable cambiar, reformular nuestras perspectivas personales y colectivas. Es necesario emprender una relocalización ecológica y solidaria, apoyándose en una firme solidaridad internacional que apoye los desarrollos de los sistemas alimentarios e industriales sostenibles de los países del sur global. No se trata de renunciar a los intercambios comerciales entre distintas regiones, se trata de establecer nuevos mecanismos económicos, sociales y ambientales basados en las necesidades de la población y en el equilibrio ecosistémico. No se trata de repatriar sin más las empresas nacionales, se trata de producir cerca, en condiciones sociales y ambientales óptimas, que satisfaga las necesidades sociales no superfluas, renunciando al consumo desaforado sin sentido. Ello supondría una reindustralización y rediversificación económica de muchas regiones hoy día abandonadas a su suerte, con un descenso notable de las emisiones globales debido a la reducción del transporte marítimo y aéreo, dos de los principales contaminantes. También llevaría a una reinterpretación de los modelos productivos en los que intervendrían todas las variables existentes en los procesos de uso y/o transformación de los recursos naturales entre los cuales se contarían la preservación de la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático. Se trataría también de reutilizar y recuperar objetos varios en desuso o retornar envases y contenedores en vez de quemarlos o verterlos en la tierra o el mar, reduciendo sustancialmente los residuos y la contaminación que suponen. Asimismo, iríamos a una revalorización de los sistemas alimentarios locales controlados por las comunidades rurales, a través del control de los recursos, de los circuitos cortos de comercialización y de la extensión de los mercados locales.

Ahora que estamos aún inmersos en una pandemia que se va a llevar por delante a cientos de miles de vidas humanas, puede que millones, una pandemia que sabemos que tiene mucho que ver con la crisis ecológica propiciada por el ser humana, es el momento de replantear o resetear el sistema, un sistema capitalista de producción y consumo insostenible y así, de esta forma, reafirmar nuestra convicción de que otro mundo es posible y nuestra apuesta por la vida.

Por Pablo Jiménez

18 enero, 2021

Publicado enMedio Ambiente
Lunes, 18 Enero 2021 05:56

Miénteme y di que no hay 5G malo

Miénteme y di que no hay 5G malo

Las locas conspiraciones en torno a la nueva generación de redes digitales son música para los oídos de las multinacionales encargadas de implantarlas, porque ridiculizan los fundamentados discursos sobre la agonía ambiental a golpe de clic.

 

La ignorancia es atrevida. De ello saca ventaja la conspiración, que puede formular infinitas hipótesis respecto a la ciencia, limitada por las pruebas finitas de la realidad. Miguel Bosé juntó los dos temas de moda entre el conspiracionismo, el coronavirus y el 5G, y los medios de comunicación no tardaron en hacerse eco de la anécdota, que pasó a ser noticia. En estos casos, el problema viene cuando se sobreinforma y parece que la proliferación de teorías absurdas entre la sociedad es mucho mayor que la que en realidad existe. Así lo cree el geólogo y profesor de la Universidad de Zaragoza Antonio Aretxabala, que explica el empeño exagerado e innecesario en rebatir este tipo de hipótesis sin fundamento como “una estrategia de ridiculización” hacia las voces ecologistas críticas con el 5G. Es, al fin y al cabo, “una técnica de distracción”, señala.

El grupo ecologista Petrocenitales, al que pertenece Aretxabala, se esfuerza por desprenderse de ese estigma y llenar el vacío informativo. En la asociación participan 74 reputados científicos de todo el Estado, entre otros el ingeniero Ferran Puig o la física Estitxu Villamor. Les une su “preocupación por el peak oil” —o pico petrolero, referido al agotamiento del crudo—, además de su relación con “todos aquellos factores que conducen al colapso civilizatorio”, que se aceleraría aún más con el 5G. La falta de concienciación social sobre este problema se debe, según Aretxabala, a la creencia popular de que lo virtual es por naturaleza una alternativa ecológica a lo material. Para desenmascarar esta falacia, menciona el siguiente ejemplo: “En una compra por internet, los datos consumen más energía que el combustible utilizado para transportar el producto”.

Así lo explica en una de las entradas de su blog: “En el mundo virtual podemos pasar del byte al gigabyte o al terabyte, y del vatio al gigavatio con el movimiento de un dedo, pero en el mundo material no podemos saltar del gramo a la gigatonelada o del metro cuadrado al kilómetro cuadrado con la facilidad de un clic, simplemente porque en este mundo rigen leyes de masa, peso, rozamiento, espacio y tiempo. En el trasfondo están los altísimos costes energéticos”.

Del móvil al internet de las cosas

Ese trasfondo no es otro que la infraestructura que permite el funcionamiento de la telefonía móvil, que conoce muy bien el profesor Francisco Javier Falcone, director de Telecomunicación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Este experto recuerda que el 1G, la primera generación de redes inalámbricas, se inventó “en los años 80 para evitar tirar cableado en lugares donde era muy complicado, como en los países nórdicos a causa del hielo”.

En la siguiente década, los ingenieros diseñaron el 2G, un sistema “digital de extremo a extremo” que permite “transmitir mensajes de voz con cierta calidad de sonido y algunos datos poco pesados a modo de SMS”. Y, simultáneamente, “se desarrollaron en todo el mundo las redes fijas de cables y surge la necesidad de poder usar servicios ligados al internet emergente de aquel entonces; el correo electrónico, por ejemplo”, explica Falcone. A finales de siglo, “ya es posible una navegación muy sencilla a través del 2,5G, una generación móvil entre el 2G y el 3G”.

Esta última llega a principios del nuevo milenio, y trae consigo dos hitos, destacados por parte del ingeniero: “Por una parte, el multiservicio, con tráfico de datos multimedia, videollamadas incluidas, y navegación de internet algo lenta. Por otra parte, la irrupción del IPhone, el primer teléfono táctil, que facilitó la navegación por internet, entre otras cosas”. Las compañías que implantan el 3G "se marcan por objetivo competir con el ADSL, lo que revoluciona el mercado”, analiza. Así llega el 3,5G, que permite “un tráfico de datos más rápido”. Esta última evolución ya utiliza la red de ondas HDSPA, “la que a día de hoy usamos porque tiene un caudal de velocidad suficiente como para ver Netflix en nuestros dispositivos 4G”, concreta.

La cuarta generación se consolida en 2010, aunque no empieza a instalarse en el Estado español hasta 2015, cuenta Falcone. Esta “ya no es que sea digital, sino puro tráfico de internet”. Además, “permite conectar dispositivos con el llamado ‘internet de las cosas’ e incrementa la velocidad hasta un gigabit por segundo”.

Más banda, menos onda

Así es como llegamos al 5G, que, según el profesor, traería consigo cuatro grandes mejoras. En primer lugar, incrementaría la velocidad de manera sustancial. En segundo lugar, reduciría el retardo entre la orden y la respuesta del dispositivo a unos escasos milisegundos. En tercer lugar, permitiría el uso de equipamiento tan convencional como un móvil o un ordenador para funciones muy concretas, determinadas por la propia red y no por el dispositivo. Y, por último, posibilitaría la capacidad computacional al borde de la red. Es decir, “si nuestro dispositivo no puede procesar una serie de datos, estos podrían descargarse en las estaciones base o antenas 5G a modo de nube y reproducirse en el mismo dispositivo”, expone Falcone.

No obstante, precisamente para que todas estas funciones puedan llevarse a cabo con una cobertura equiparable a la del actual 4G, “habría que multiplicar las estaciones base por 100”, lamenta Aretxabala. Esto se debe, según Falcone, a que “cuanto mayor es el ancho de banda, menor es la penetración y el alcance de las ondas”. Es decir, que el 5G permitiría descargar vídeos en 8k, pero sus radiofrecuencias tendrían dificultades para atravesar paredes o ventanas y la solución pasaría inevitablemente por aumentar hasta un 10.000% el número de emisores y receptores, a modo de antenas, routers y dispositivos móviles.

Además, Aretxabala señala que la computación en la nube “ya utiliza el 2% de la electricidad del mundo, mientras que la estructura digital en su globalidad alcanza el 10%”. Hay una comparación que podría tomarse como medida del coste energético de cada antena: “El funcionamiento de la red de los centros de datos en los que se basa la computación en la nube requiere 100 veces más electricidad que el rascacielos de Iberdrola de Bilbao”. De hecho, el Departamento de Energía de Estados Unidos ha calculado que la energía empleada para mantener los centros de datos en el país supera la de toda su industria química. Otro dato, mencionado por Aretxabala: el uso de la energía destinada a lo digital creció un 90% de 2000 a 2005; y un 24% entre 2005 y 2010, cuando se estabilizó; de cara al futuro y teniendo en cuenta las expectativas sobre implantación del 5G, el crecimiento respecto al consumo actual sería de entre el 300% y el 1.000%, en función de “la ambición sobre la circulación de datos”, matiza.

La paradoja de Jevons

Con toda esta información, sorprende que la concesión por parte de la Unión Europea de los fondos para la recuperación de la crisis económica derivada del coronavirus esté condicionada a que cada país miembro lleve a cabo una “transición digital y ecológica”. La intención es desligar por primera vez en la historia el uso de recursos energéticos del crecimiento económico, como repite Bruselas desde julio. De hecho, los proyectos digitales y ecológicos acaparan el 70% de las ayudas y préstamos. Según Aretxabala, “la disociación entre el PIB y los recursos” es un completo engaño basado en la vieja paradoja de William Jevons, que el científico que le da nombre ya formuló en 1860. Este observó que, a lo largo de la historia, cada hallazgo que aumenta la eficiencia en la extracción de un recurso lo abarata de tal modo que termina aumentando la demanda y, por ende, el consumo, en lugar de reducirlo.

Es decir, rigen exclusivamente las leyes capitalistas, que, a la larga, no solo aceleran la contaminación y el agotamiento de recursos, sino que también los terminan volviendo ineficientes. Véase el caso del petróleo, explicado por Aretxabala: “En los años 50, estaba tan en la superficie que con el empleo de la energía equivalente a un barril de crudo se podían extraer 100, ahora solo 15”. Esta proporción de 15:1 la marca la tasa de retorno energético (TRE). Lo que ocurre es que tanto el mundo digital como todas las renovables solo se mantienen gracias a sus infraestructuras creadas con combustibles fósiles, porque tienen una TRE media de 3:1, bajísima en comparación con el 150:1 del gas o el 44:1 del carbón. Crecen las renovables, pero lejos de sustituir a las fósiles, las impulsan. En conclusión, “no existe ningún tipo de disociación entre el consumo de minerales y el crecimiento del PIB y, por tanto, de las emisiones de gases de efecto invernadero”, en palabras de Aretxabala. La única reversión posible es “reducir paulatinamente el consumo energético” hasta un 20% o 30%, calculan los científicos que han estudiado la crisis de los recursos a escala planetaria.

El 5G, desde luego, no va encaminado en esa dirección, pero es el último nicho del marketing del ocaso de los recursos. En palabras de Aretxabala: “Las grandes corporaciones digitales como Amazon, Apple o Google afirman que una revolución industrial verde es posible. Hace tiempo que Google declara utilizar solo energía verde, aunque sea mentira. Porque sus aerogeneradores y placas solares se han construido, se mantienen, se optimizan o se desmantelan con un camión, una grúa, excavadoras, asfaltadoras, altos hornos. Todos ellos funcionan con gasoil, gas, carbón o energía nuclear”.

La vista gorda de los medios

Una vez borrada la pintura verde de esta publicidad engañosa cabe preguntarse si necesitamos una comercialización del 5G con cobertura universal más allá de una localización acotada al máximo por razones de peso como teleoperaciones o casos excepcionales de verdadera eficiencia energética. La cuestión, a pesar de su gravedad, no está presente en la agenda mediática. Solo hay dos explicaciones posibles: negligencia o estrategia.

Vamos a la web del diario líder en el Estado español, El País, y entramos en el buscador del menú. Si escribimos 5G, nos saldrán centenares de noticias relacionadas. Como son muchas, cogemos como muestra un periodo determinado, en este caso, 2020. Encontramos nueve artículos: uno señala conspiracionistas famosos y desmonta sus teorías contra la nueva generación de red digital, otro prueba que sus “campos electromagnéticos son inocuos”, dos giran exclusivamente en torno a sus ventajas, otros dos son anuncios publicitarios de dispositivos móviles concretos, pero publicados a modo de noticia, y tres hacen hincapié en el reto legal y tecnológico para garantizar la protección de datos de la nueva red. Ninguno cuestiona el 5G y no hay ni rastro del impacto ambiental. Por el contrario, hay varios artículos que exponen y desmienten los “disparates” de Miguel Bosé.

Cabe señalar también que, en la entrevista del 21 de julio de 2020 a Federico Ruiz, director del Observatorio Nacional 5G, el protagonista insiste en que el horizonte de la Unión Europea en materia de redes móviles es la “soberanía tecnológica”. El 17 de diciembre de 2019 el propio periódico ya había adelantado la línea a seguir al informar de que “Telefónica reducirá su dependencia de Huawei al desplegar la red 5G”. A partir de esa fecha, todas las noticias sobre los riesgos de seguridad de la nueva red centran el foco de las sospechas expresamente en la empresa móvil china.

Esta sustitución del servicio público por el servilismo ante los poderes económicos podría considerarse, aun y todo, una simple casualidad fruto de la dejación de funciones para las que fueron concebidos los medios. Pero la cuestión es que Telefónica posee el 9,4% de Prisa, el grupo de comunicación al que pertenece El País. La teleoperadora es líder en implantación del 5G en España, donde el Gobierno de Pedro Sánchez saca pecho de encabezar la red en Europa.

Tampoco es desdeñable que el pasado 15 de junio, en plena crisis del coronavirus, el Consejo de Administración de Prisa retirara de la dirección del periódico a Soledad Gallego-Díaz para recolocar a Javier Moreno Barber, que en su anterior etapa al frente del diario, entre 2006 y 2014, alardeaba de que en su grupo “manda Santander y paga Telefónica”. Cabe señalar que esta última compañía presume desde septiembre de “encender el 5G en España”, red con la que su director, José María Álvarez-Pallete, espera dar cobertura al “75% de la población en apenas un año” para aprovechar así “una oportunidad de oro” y poder liderar “la cuarta revolución industrial”. Por su parte, el Santander, que tiene más del 4% de la propiedad de Prisa, se jacta de ser “el primer banco con tecnología 5G” gracias a un acuerdo con Telefónica para que la entidad bancaria de Ana Botín impulse la implantación de esta red a lo largo y ancho del Estado.

Por Mikel Urabaien Otamendi

18 ene 2021 06:18

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 16 Enero 2021 06:29

Los oscuros orígenes del virus / I

Los oscuros orígenes del virus / I

Con más de 92 millones de personas contagiadas y 2 millones de muertes por Covid en el mundo, aún no se sabe a ciencia cierta el origen del virus que está causando esta debacle global.

Hay consenso científico en que el SARS-CoV2 es derivado de un virus de murciélago, pero a más de un año de haberlo identificado, no hay una investigación internacional independiente de intereses creados, que pueda darnos certeza sobre el verdadero origen de este virus.

El 4 de enero de 2021, el New York Magazine publicó los resultados de una amplia investigación de Nicholson Baker sobre las actividades de gobiernos y científicos de Estados Unidos y China, que aporta datos fundamentales para conocer las hipótesis al respecto (The lab-leak hypothesis, https://tinyurl.com/yxkj2j35).

Así resume sus conclusiones: "He llegado a creer que lo que pasó fue bastante simple. Fue un accidente. Un virus pasó un tiempo en un laboratorio, y finalmente salió. El SARS-CoV-2, el virus que causa el Covid-19, comenzó su existencia dentro de un murciélago, luego aprendió a infectar a la gente en una mina y luego se hizo más infeccioso en uno o más laboratorios, tal vez como parte del bien intencionado, pero arriesgado esfuerzo de científicos para crear una vacuna de amplio espectro. El SARS-2 no fue diseñado como un arma biológica. Pero sí fue diseñado, creo".

Es lo mismo que planteó Luc Montaigner, francés y premio Nobel de medicina, en su investigación sobre el VIH, virus del sida (https://tinyurl.com/ybjnfrlc).

Baker explica, con abundantes fuentes científicas, que no existen evidencias definitivas de que haya sido manipulado, pero tampoco las hay para afirmar que fue solamente zoonótico.

La hipótesis de que el virus haya sido diseñado para lograr un alto nivel de infectividad en seres humanos y haya sido un escape accidental, es un tema sobre el que los científicos implicados en Estados Unidos o China no quieren ni nombrar. Pero conociendo las condiciones, la hipótesis del escape es muy plausible y debería ser seriamente investigada.

Varios de los que manifiestan que no es necesario investigar el tema, como Anthony Fauci, director de uno de los Institutos Nacionales de Salud (INS) de Estados Unidos, y Peter Daszak, de la EcoHealth Alliance, han estado involucrados por varios años en la investigación del laboratorio de Shi Zhengli en el Instituto de Virología de Wuhan, China, en un proyecto financiada por el INS para aumentar la infectividad a humanos de un virus de SARS que es el antecedente más cercano que se conoce al SARS-CoV 2 (https://tinyurl.com/yxaw7b44).

La lógica de ese tipo de investigación explica Baker, tiene raíces en los programas del gobierno de Estados Unidos, especialmente después del 11 de septiembre. Poco después del 11/9 hubieron varias cartas-atentado con un polvo que contenía ántrax. Los atentados fueron la base para una enorme expansión de la investigación en armas biológicas y biodefensa, con el argumento de estar preparados con una vacuna u otros medios para prevenir ataques extranjeros. Más tarde se comprobó que las cartas fueron enviadas por un ciudadano estadunidense, uno de sus propios investigadores en bioarmas, que quería que el gobierno comprara su vacuna para el ántrax.

En 2003 el Congreso aprobó el programa BioShield para biodefensa, que en la administración de Obama continuó con el nombre Predict. El presupuesto del rubro se multiplicó por 15. Desde el comienzo, primero con Bush, luego con Obama y después con Trump, Anthony Fauci ha tenido posiciones de liderazgo en el sector. En la pandemia, ha sido la persona oficial de referencia. Desde 2003, Fauci lideró programas de biodefensa que manipulaban virus, incluso colectados en China y los defendió frente a la protesta de cientos de científicos que exigieron que esos fondos debían ser para enfermedades que afectaban mucho más a la población del país.

Hay una línea solamente virtual entre la investigación para biodefensa y la producción de armas biológicas. Para desarrollar antídotos primero desarrollan el virus u otros agentes infecciosos. Desde hace más de una década se han estado usando virus de SARS y MERS (otros coronavirus), recombinándolos en laboratorio, a menudo con sistemas de inteligencia artificial, para producir mayor infectividad en humanos, a ver hasta dónde podrían llegar. A esto se le llama "ganar funciones" para los virus ( gain-of-function). En 2012, la investigadora Lynn Klotz alertó en el Bulletin for Atomic Scientists que una pandemia producida por seres humanos podría suceder en un máximo de 12 años con 80 por ciento de probabilidades. En ese año, algunos experimentos que se hicieron para lograr que la gripe aviar infectara hurones (que antes no eran susceptibles a la enfermedad) indignó a una gran cantidad de científicos y en 2014 se suspendieron los programas para este tipo de investigación.

Esto precipitó que algunos de los que estaban en este tipo de investigación, como Ralph Baric y Peter Daszak, buscarán más colaboración con laboratorios en otros países, ya que no podían hacerlo en Estados Unidos. Desde entonces, la organización EcoHealth Alliance, que preside Daszak, ha estado canalizando fondos del gobierno de Estados Unidos a varios laboratorios, entre ellos el de Wuhan.

*Investigadora del Grupo ETC.

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Osos polares se alimentan en un basurero cerca de la aldea de Belushya Guba, en el remoto archipiélago del norte de Rusia Novaya Zemlya.Foto Afp

La pérdida de biodiversidad afectará la capacidad de la Tierra para sustentar una vida compleja // A ello se suma la falta de acciones

 

 Una evaluación exhaustiva pero concisa del estado de la civilización a cargo de un panel de científicos advierte de que el panorama es más terrible y peligroso de lo que generalmente se cree.

La pérdida de biodiversidad y el cambio climático acelerado en las próximas décadas, junto con la ignorancia y la inacción, amenazan la supervivencia de todas las especies, incluida la nuestra, según expertos de instituciones como las universidades de Stanford, de California en Los Ángeles, y la de Flinders.

Los investigadores afirman que los líderes mundiales necesitan una "ducha fría", respecto del estado del medio ambiente, para planificar y actuar con la finalidad de evitar un futuro espantoso.

Corey Bradshaw, autor principal del estudio y profesor de la Universidad de Flinders, afirmó que él y sus colegas resumieron el estado del mundo natural en forma clara para ayudar a esclarecer la gravedad de la situación humana.

“La humanidad está provocando una rápida pérdida de biodiversidad y, con ella, la capacidad de la Tierra para sustentar una vida compleja.

Sin embargo, "la corriente principal está teniendo dificultades para comprender la magnitud de esta pérdida, a pesar de la constante erosión del tejido de la civilización humana", destacó Bradshaw en un comunicado.

“De hecho, la escala de las amenazas a la biosfera y todas sus formas de vida es tan grande que es difícil de comprender incluso para los expertos bien informados.

"El problema se ve agravado por la ignorancia y el interés propio a corto plazo, con la búsqueda de la riqueza y los intereses políticos que obstaculizan la acción, crucial para la supervivencia", sostuvo.

Ningún sistema está preparado para el desastre

Paul Ehrlich, profesor de la Universidad de Stanford, afirmó que ningún sistema político o económico o liderazgo está preparado para manejar los desastres predichos ni siquiera es capaz de tal acción.

“Detener la pérdida de biodiversidad no está cerca de la cima de las prioridades de ningún país, muy por detrás de otras preocupaciones como el empleo, la atención médica, el crecimiento económico o la estabilidad monetaria.

“Si bien es una noticia positiva que el presidente electo Joe Biden tenga la intención de volver a involucrar a Estados Unidos en el acuerdo climático de París, es un gesto minúsculo dada la escala del desafío.

“La mayoría de las economías operan sobre la base de que la lucha ahora es demasiado costosa para ser políticamente aceptable.

"Combinada con campañas de desinformación para proteger las ganancias a corto plazo, es dudoso que la escala de cambios que necesitamos se realice a tiempo", aseguró Ehrlich.

Dan Blumstein, profesor de Universidad de California en Los Ángeles, dice que los científicos están eligiendo hablar con valentía y sin miedo porque la vida depende literalmente de ello.

“Lo que decimos puede que no sea popular; de hecho, es aterrador, pero tenemos que ser sinceros, precisos y honestos para que la humanidad comprenda la enormidad de los desafíos que enfrentamos para crear un futuro sostenible.

"Sin voluntad política respaldada por una acción tangible que se adapte a la enormidad de los problemas que enfrentamos, las tensiones adicionales a la salud, la riqueza y el bienestar humanos disminuirán perversamente nuestra capacidad política para mitigar la erosión del sistema de soporte vital de la Tierra del cual todos dependemos", concluyó Blumstein.

El estudio se publica en Frontiers in Conservation Science.

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Imagen de archivo de una zona boscosa con deforestación en la Sierra de Chiribiquete, Colombia, Abril 28, 2019. Cortesía de la Presidencia de Colombia/Distribuida vía RREUTERS. ATENCIÓN EDITORES, ESTA IMAGEN FUE CEDIDA POR UN TERCERO

WWF aseguró que las regiones colombianas de la Amazonía y el Chocó Darién están entre los lugares con más deforestación en el mundo. Recogió varias causas, además de lecciones y enfoques para enfrentarla.

 

Este 13 de enero, World Wildlife Fund Colombia (WWF), dio a conocer un informe en el que señala que actualmente existen en el mundo 24 lugares altamente amenazados por la deforestación, entre los que están la Amazonía colombiana y el Chocó Darién, de Colombia y Ecuador.

El reporte, denominado “Frentes de deforestación; impulsores y respuestas en un mundo cambiante” analiza estos lugares, que tienen una concentración significativa de puntos críticos donde grandes áreas de bosque remanente se encuentran amenazadas.

Lea también: Colombia “se rajó” en Derechos Humanos durante 2020

Según la información de WWF, nueve de estos 24 frentes de deforestación están en América Latina: seis en la Amazonía en Brasil, Colombia, Perú, Bolivia, Venezuela/Guyana; otro en el Gran Chaco (Paraguay/Argentina); uno en el Cerrado (en Brasil); uno en Chocó-Darién – Colombia/Ecuador; y otro en la Selva Maya (México/Guatemala).

De acuerdo con la organización, en estas zonas se identificaron 12 impulsores de deforestación, “entre los que la agricultura a gran escala se ubica como la mayor causa detrás de la pérdida de bosques alrededor del mundo, con áreas boscosas despejadas, para dejar espacio al ganado y los cultivos”.

La resolución de la problemática necesita cambios transformadores

El informe llama la atención sobre el papel de la deforestación y la degradación forestal, “como los principales impulsores de las enfermedades zoonóticas”. Según explica la organización, “cuando están sanos, los bosques son un amortiguador contra enfermedades como el covid-19. Pero cuando los bosques son atacados, sus salvaguardas se debilitan, ocasionando la propagación de enfermedades”.

Fran Raymond Price, líder global de la práctica de bosques de WWF, señaló la importancia de cambiar nuestra relación con la naturaleza. Según ella, “debemos abordar el consumo excesivo y dar más valor a la salud y la naturaleza en lugar del actual énfasis en el crecimiento económico y las ganancias financieras a toda costa. El riesgo de que surjan nuevas enfermedades es mayor en las regiones de bosques tropicales que están experimentando cambios en el uso de la tierra”.

Posibles caminos para enfrentar la deforestación

WWF recoge en su informe que, las respuestas a la deforestación “deben ir acompañadas de condiciones que aseguren su permanencia a largo plazo, como un apoyo político ambicioso y continuo”.

En el caso de Colombia, menciona que el país “está ante una oportunidad única en términos políticos para abordar esta problemática”, ya que señala que justamente el pasado 29 de diciembre, el Gobierno nacional presentó ante Naciones Unidas su Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC), como aporte para el cumplimiento del Acuerdo de París de Cambio Climático.

“Dentro de la ambiciosa meta de mitigación -reducir en 51% las emisiones de Gases de Efecto Invernadero proyectadas para 2030- el Gobierno contempla pasar a una tasa de 50.000 hectáreas deforestadas por año en 2030. En 2019, la tasa de deforestación en el país fue de 158.894 hectáreas, mientras que en 2018 el área deforestada sumó 197.159 hectáreas”, asegura WWF en su reporte, con cifras del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).

También señala la Política nacional para el control de la deforestación, aprobada recientemente por el Gobierno, así como también la gestión sostenible de los bosques, “en la que se identifican las acciones que este mismo debe desarrollar de manera articulada con los sectores, comunidades, entre otros actores, para controlar esta problemática, y promover la conservación y manejo sostenible de los bosques”.

De acuerdo con WWF, las medidas de esta política deben estar articuladas con otros instrumentos y compromisos regionales asumidos por Colombia como el Pacto de Leticia, y la NDC actualizada, entre otros.

“Para que el país logre sus cometidos será crucial reconocer la contribución de los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes, campesinas y locales al cumplimiento de la NDC -especialmente en el componente de medios de implementación- y otras políticas nacionales, a partir de los ejercicios propios y autónomos de manejo del territorio que hacen, teniendo en cuenta el rol que han tenido por décadas en la conservación de los bosques que habitan”, puntualizó la organización ambiental.

WWF también asegura que, los compromisos de deforestación cero por parte de las empresas, “son un paso clave, pero que la mayoría luchan por impulsar una agenda de conservación sin que haya marcos normativos y políticas nacionales que apoyen su esfuerzo”, por lo que advierte que, “cuando las políticas gubernamentales coinciden con las iniciativas privadas, pueden producirse importantes disminuciones en la pérdida del bosque, como fue el caso en ciertas partes de Indonesia y en la Amazonía brasileña, donde el gobierno apoyó la reducción de la deforestación e implementó la correspondiente legislación”.

En cuanto a las áreas protegidas en Colombia, WWF señala que, aunque enfrentan enormes presiones, “su rol contra la deforestación tiene aún más relevancia en este momento, ya que son la casa que salvaguarda nuestra biodiversidad, además que son claves en la lucha contra la deforestación que se creen y mejoren en lugares estratégicos, aspectos como su conectividad, así como la inclusión de las comunidades locales para la protección de sus territorios.

En Colombia, WWF trabaja para reducir la deforestación junto a comunidades campesinas e indígenas, realizando monitoreo forestal, capacitaciones en prevención de incendios forestales, manejo forestal sostenible, restauración de bosques, entre otras acciones. “Pero acá debe haber respuesta desde diferentes ángulos y el Estado también desempeña un papel importante en términos de los compromisos que han adquirido, como por ejemplo desde el Pacto de Leticia”, dijo Miguel Pacheco, coordinador Recursos Naturales y Medios de Vida en WWF Colombia.

14 de Enero de 2021

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2021 es una año clave para combatir los efectos del cambio climático. Foto: Getty Images.

La lucha contra la pandemia del coronavirus seguirá siendo una prioridad en el año que comienza pero, al mismo tiempo, científicos de otras áreas trabajan para lograr hitos que pueden ser históricos.

Estos son algunos de los sucesos científicos más importantes que podemos esperar en 2021.

 

La cumbre del clima


La pandemia de coronavirus causó que la cumbre del clima de la Organización de las Naciones Unidas se aplazara para noviembre de 2021, en Glasgow, Escocia.

En la reunión, por primera vez desde el Acuerdo de París en 2015, los países mostrarán cómo pretenden recortar sus emisiones de gases que causan el efecto de invernadero.

De esa manera, se sabrá si sus compromisos son lo suficientemente ambiciosos para detener los efectos más severos del cambio climático.

Los expertos han advertido que es clave impulsar un futuro más verde y que el tiempo para actuar se está acabando.

En Estados Unidos, el presidente electo Joe Biden ha dicho que recuperará el liderazgo de su país en la lucha contra el cambio climático, incluyendo reintegrarse al Acuerdo de París que Trump había abandonado.

Por su parte, China y la Unión Europea tienen planes de ser neutrales en sus emisiones de carbono para 2060.

 

Rumbo a Marte

 

La misión Tianwen-1 debe llegar a Marte en febrero. Foto: Getty Images.

 

El planeta rojo será protagonista este año. Tres misiones, no tripuladas, planean visitarlo en los próximos meses.

Emiratos Árabes Unidos intentará ser la primera nación árabe en poner una nave orbitando alrededor de Marte.

China también quiere ingresar a una nueva era en su carrera espacial. Si todo sale bien, en febrero llegará a Marte la misión Tianwen-1, que incluye un vehículo equipado con cámaras, radares y analizadores de partículas que buscarán agua y posibles señales de vida.

Por su parte, la NASA quiere probar si un mini helicóptero es capaz de volar en el aire extremadamente delgado de Marte.

 

Una nueva nave privada

Starliner tiene la misión de llevar astronautas a la EEI. Foto: Boeing.

 

Este año está programado el lanzamiento de una nueva nave espacial privada, luego de que en mayo la NASA enviara a dos astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI) a bordo de una cápsula de la compañía SpaceX.

El turno ahora es para Boeing, que ha construido la cápsula Starliner, que también tiene la misión de llevar y traer de regreso astronautas a la EEI.

El lanzamiento conjunto con la NASA está programado para el 29 de marzo, desde Cabo Cañaveral en Florida, EE.UU.

Un vuelo de prueba de la Starliner tuvo problemas, así que hay expectativa acerca de si la compañía puede hacer los ajustes y emprender la misión.

 

Un nuevo ojo en el espacio

El telescopio espacial James Webb es considerado el más grande, complejo y poderoso que jamás se haya construido. Foto: NASA.

 

El 31 de octubre por fin podríamos ver el lanzamiento del telescopio espacial James Webb, considerado el más grande, complejo y poderoso que jamás se haya construido.

Su puesta en marcha se ha retrasado por más de una década y ha sobrepasado su presupuesto en miles de millones de dólares.

Si logra funcionar, el James Webb será un gran ojo que transformará nuestra visión del cosmos.

Una vez dispuesto, el telescopio desplegará un gigantesco espejo que deberá ser capaz de observar el resplandor de las primeras estrellas que brillaron en el universo.

 

Explorando los polos

El barco Sir David Attenborough está equipado para hacer investigaciones ambientales. Foto: Getty Images.

 

Un nuevo barco de investigaciones polares fabricado en Reino Unido tiene programado zarpar rumbo al Ártico y a la Antártida.

La embarcación se llama Sir David Attenborough, en homenaje al famoso naturalista y divulgador científico británico.

La primera misión de este barco laboratorio será medir si es capaz de operar en medio del hielo y de las duras condiciones polares en el Ártico.

Si supera esta prueba, su siguiente destino sería la Antártida a finales de año, donde investigará de qué manera el cambio climático está afectando al Polo Sur.

El barco está equipado con un laboratorio, grúas, un submarino y equipos para toma de muestras submarinas.

 

Protección de la biodiversidad

La explotación sostenible de la biodiversidad es un reto para el mundo. Foto: Getty Images.

 

En mayo China será la sede de la Convención de Biodiversidad de la ONU.

En esta cumbre, los países participantes apuntarán a que al menos el 30% de la tierra y los mares del planeta estén protegidos para 2030.

La conferencia será una oportunidad para revisar que las políticas de protección de la naturaleza y el uso sostenible de la biodiversidad sean parte de los planes de recuperación económica una vez se supere la pandemia de coronavirus.

 

(Con información de BBC Mundo)

La contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella Kissi-Debrah, fallecida en 2013. — THE ELLA ROBERTA FAMILY FOUNDATION

Un tribunal de Reino Unido ha dictaminado la primera muerte por contaminación del aire en el mundo a una niña de nueve años que vivía a 25 metros de una carretera con altos niveles de polución.

 

Después de tres años de sufrir convulsiones y tras 27 visitas al hospital por problemas respiratorios, Ella Kissi-Debrah, de tan solo nueve años de edad, fallecía en 2013 por una supuesta "insuficiencia respiratoria aguda y asma grave". Su madre, Rosamund Addo-Kissi-Debrah, y la pequeña vivían en Lewisham, un municipio al sureste de Londres, a tan solo 25 metros de una carretera muy concurrida. Este miércoles, la justicia británica ha reconocido que los altos niveles de contaminación de la zona son la causa de su fallecimiento, convirtiendo el caso en el primero en el mundo que señala la contaminación atmosférica como la causa de una muerte humana.

"Este veredicto es para ella y para otros niños que podrían sufrir ataques severos de asma. Creo que su legado podría ser traer una nueva Ley de Aire Limpio y no solo estoy hablando solo del Gobierno británico sino de los gobiernos de todo el mundo, para que se tomen este asunto en serio", declaró Adoo-Kissi-Debrah a los medios tras la sentencia del tribunal. Según informa Fundación para el Clima, el juez de instrucción, Philip Barlow, comprobó que los niveles de contaminación del aire de la vivienda de la niña superaban los límites legales establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tras la muerte de su hija, Rosamund Addo-Kissi-Debrah cofundó la fundación Ella Roberta Family, que lleva a cabo varias campañas para conseguir un mejor tratamiento del asma y en defensa del aire limpio, y considera este veredicto como un hecho "histórico". Finalmente, "después de siete años de lucha, la contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella", aplaude, a su pesar, Adoo-Kissi-Debrah.

 

MADRID

16/12/2020 22:07

VIVIANA CALERO GÓMEZ

 @vivi_calero

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China enciende su "sol artificial" en busca de energía de fusión nuclear

El aparato HL-2M Tokamak es capaz de operar a 150 millones de grados Celsius (270 millones de

Fahrenheit), una temperatura 10 veces más alta que la del sol.

Otro hito para China en su búsqueda de energía limpia a través de la fusión nuclear controlada China dio el viernes otro paso adelante en su búsqueda de energía limpia a través de la fusión nuclear controlada, ya que encargó su nuevo "sol artificial", una instalación de investigación de reactores de fusión nuclear de nueva generación que opera a una temperatura 10 veces más caliente que el sol.

Según la Corporación Nacional Nuclear de China (CNNC), el aparato HL-2M Tokamak puede funcionar a 150 millones de grados Celsius, casi tres veces más caliente que la versión anterior llamada HL-2A.

La capacidad de generar una temperatura tan alta es esencial para la investigación del proceso de fusión, replicando la forma en que el sol produce energía utilizando hidrógeno y gases de deuterio como combustibles. El sol solo opera a una temperatura de 15 millones de grados Celsius.

El Reactor Experimental Termonuclear Internacional (ITER), que se está construyendo en el sur de Francia, también está diseñado para operar a hasta 150 millones de grados Celsius (270 millones de Fahrenheit).

El Instituto Coreano de Energía de Fusión anunció hace aproximadamente una semana que su reactor había logrado operar a 100 millones de grados Celsius durante al menos 20 segundos. Yang Qingwei, ingeniero jefe del Instituto de Ciencia de Fusión de CNNC en el Instituto de Física del Suroeste, fue citado por Xinhua el viernes diciendo que el HL-2M puede lograr un tiempo de confinamiento de plasma magnético de hasta 10 segundos.

"HL-2M es el sol artificial más grande de China con los mejores parámetros", dijo Xu Min, director del instituto.

La nueva instalación también tiene tres veces el volumen de plasma y seis veces la intensidad de la corriente de plasma en comparación con HL-2A, y eso mejorará sustancialmente la investigación y el desarrollo de la tecnología del generador de fusión en China, según un comunicado de CNNC, que supervisa el proyecto.

Yang dijo que el proyecto se convertiría en "un pilar importante" para ITER, del cual China es miembro junto con Estados Unidos, India, Japón, Rusia y Corea del Sur.

China apunta a desarrollar su tecnología de fusión, ya que planea construir un reactor experimental el próximo año, construir un prototipo industrial para 2035 y entrar en uso comercial a gran escala para 2050.

Beijing publicó en noviembre un plan nacional de desarrollo tecnológico comprometiéndose a lograr avances en tecnologías clave y centrales, incluida la inteligencia artificial, la ciencia aeroespacial y la exploración de la Tierra profunda y los océanos.

Muy por encima de la atmósfera, su nave espacial Chang'e 5 el jueves había levantado 2 kg (4,4 libras) de polvo lunar y rocas de la Luna para traer de regreso a la Tierra, mientras que se espera que su nave espacial Tianwen-1 Mars sonda llegue a la Tierra, mientras que se espera que su nave espacial Tianwen-1 Mars sonda llegue al Planeta Rojo. dentro de los tres meses.

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La revolución del ‘fracking’ se convierte en un fiasco

"Has muerto todas mis ilusiones/Tienes lágrimas negras”, cantaba Compay Segundo. La industria petrolera de perforación hidráulica (el fracking), que fue llamada a ser la mayor revolución energética de este siglo, “uno de los cinco pilares que transformará la geopolítica”, en palabras de Erik Norland, director ejecutivo de CME Group, la panacea que iba a convertir Estados Unidos en un país independiente desde el punto de vista energético en el 2030, ha acabado en un fiasco económico, una ruina financiera, unas lágrimas negras.

El ensayista Bethany McLean, autor de un libro sobre el fracking, considera que lo ocurrido es como una “reminiscencia de la burbuja puntocom de finales de los noventa, cuando las compañías se valoraban más por el número de pupilas que atraían y no por los beneficios que tenían probabilidad de obtener”. Jim Chanos, legendario inversor de hedge funds y de los derivados en Wall Street, sostiene que “la industria del fracking tiene un largo historial de dinero que entra dentro y nunca sale fuera”. Los pozos han engullido una gran cantidad de dólares, sin conseguir la rentabilidad deseada.

EE.UU. En el futuro podría haber más de un centenar de quiebras

Solo en el tercer trimestre hubo 44 quiebras de estas empresas en Estados Unidos, según los cálculos de Haynes and Boone. Desde el año 2016, si se suman las compañías que hacen prospección y exploración, ya son 500. Entre las empresas más conocidas en sumarse a la insolvencia hay nombres como EP Energy, Chesapeake Energy, Ranch Energy, Bellatrix Exploration y Murray Energy. Para la consultora Rystad Energy, a finales de 2022 podrían añadirse a esta lista otras 150.

Ya no se perfora como antes y hay instalaciones que quedan abandonadas. El número de ­plataformas se ha reducido de ­forma drástica respecto a sus estándares habituales, de acuerdo con el contador de Baker and ­Hugues. En la actualidad, en el país hay unas 320 operativas, prácticamente quedan un cuarto de las que perforaban en 2019.

A la tormenta económica hay que sumarle la política. El presidente electo, Joe Biden, contrariamente a su predecesor, ha prometido una moratoria sobre las perforaciones en suelo y aguas norteamericanas, con lo que las perspectivas a corto y medio plazo son muy inciertas.

La pandemia ha dado la puntilla, tras el desplome de los precios y la caída de la demanda. Y el flujo de caja (es decir, la diferencia entre el dinero generado y sus gastos de capital) este año será negativo y se disparará hasta más de 3.000 millones de dólares.

Pero lo que preocupa son los números rojos acumulados. Las firmas del fracking han derrochado casi 30.000 millones de dólares desde 2017, según los datos proporcionados por el Institute for Energy Economics and Financial Analysis (Ieefa).

Cifras. En la última década se han derrochado más de 300.000 millones de dólares

Si se mira más atrás, la cifra se dispara todavía más: entre 2010 y 2019 cada año sin excepción el flujo de caja de estas empresas fue siempre negativo. “La revolución del fracking ha convertido a Estados Unidos en el mayor productor del globo, per en términos financieros este boom de la producción ha sido un burbuja financiera épica”, según comenta Ieefa.

Las plataformas estadounidenses de petróleo de esquisto han quemado en la última década unos 300.000 millones de dólares, según un estudio de Deloitte. Esto supone haber destruido el 70% del capital invertido desde 2008.

Para los bancos norteamericanos que financiaron esta industria, el cambio de ciclo pone en riesgo miles de millones de dólares de préstamos, que corren el riesgo de ser incobrables.

El 40% de este dinero procede de Wells Fargo y JP Morgan ellas solas, pero el resto de grandes nombres de las finanzas estadounidenses tienen un pie dentro... del pozo. Peor todavía, las cifras indican que las entidades han seguido financiando a esta industria deficitaria incluso después de la firma de los Acuerdos del Clima de París de 2016, que fijaban un plan de reducción de emisiones claramente incompatible con el régimen de producción de la industria petrolera.

Esta financiación un tanto a la ligera se llevó a cabo gracias a que Wall Street quería cobrar sus comisiones. Además hay un elemento inquietante: del monto de bonos corporativos emitidos por estas empresas de fracking para captar dinero, el 72% se situaba por debajo de los niveles mínimos de inversión, es decir, que eran puramente especulativos o “bonos basura”. Tal como recuerdan en el estudio Fracking Fiasco, editado por Oilchange Internacional, esta práctica “ha permitido una financiación insostenible y una expansión no rentable”. Entre los tenedores de esta deuda están los mayores fondos del mundo, como Blackrock, Vanguard Group o Prudential Financial.

En tiempos de dinero barato, muchos se lanzaron a un negocio que parecía no tener límite. “Los tipos de interés ultrabajos han sido los verdaderos catalizadores de la revolución del esquisto”, dijo Amir Aazar, académico del departamento de energía de la Universidad de Columbia. De alguna manera, el fracking ha acabado siendo víctima de su propio éxito.

Estas perforaciones son muy costosas. Ocupan mucho espacio y al cabo de dos años agotan el 80% de su producción. Además el petróleo no es de gran calidad. La caída de precios puso la realidad al desnudo, porque con un barril por debajo de los 50 dólares los números no salen. Antonio Turiel, investigador del CSIC, autor del libro Petrocalipsis, explica por qué se ha mantenido en vida un sector que estaba en pérdidas. “Cuando se empezó a potenciar esta industria en el 2008 no había alternativa, si se quería alargar el pico de la producción de petróleo unos años. Pero en el 2018 ya se llegó a este punto y la Administración Trump, mediante incentivos y menor regulación ambiental, alargó la agonía”. La retórica de querer convertir a EE.UU. en el primer productor mundial hizo el resto. Pero a un coste enorme.

Financiación. Los bancos se encuentran con miles de millones de créditos incobrables

El espectro de unas quiebras en cadena es ahora real. Según el citado estudio Fracking Fiasco, estas compañías tienen unos 120.000 millones de dólares de deuda que caducará entre el 2021 y el 2025. Habrá que reestructurar 50.000 millones de dólares en los próximos años, según Haynes and Boone, que eleva sus estimaciones de deuda hasta los 170.000 millones de dólares.

Para Ieefa, “incluso si el mercado global del petróleo y del gas se estabiliza, nos esperamos que los inversores prudentes continuarán viendo el sector del fracking como empresas de alto riesgo, con un historial financiero terrible, unos fundamentales débiles y un modelo de negocio sin pruebas y especulativo”. Antes de que terminara el verano, la producción estadounidense se había derrumbado en 3,4 millones de barriles diarios, lo que equivale a eliminar del mapa a un país de la talla de Emiratos Árabes Unidos.

Y es que el ciclo económico está cambiando. En la última década, el sector de la energía fue el que obtuvo peores resultados de todo el SP 500. Los inversores hoy en día se centran más en las renovables. En este índice bursátil el sector del petróleo y del gas tenía un peso del 12% en el 2012, pero hoy en día supone menos del 3% del valor de las 500 mayores empresas estadounidenses.

 “No veo crecimiento hasta el 2023 y después puede que la industria del esquisto en Estados Unidos nunca más vuelva a crecer”, admitía Scott Sheffield, consejero de delegado de la firma Pioneer, una de las más grandes del país en este campo.

En el 2020 la demanda mundial de petróleo será unos 8,4 millones barriles por día más baja que en el 2019, según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía. Y en el 2021 tampoco se habrán recuperado los niveles del 2019, anteriores a la Covid. La Agencia Internacional de la Energía ya advirtió de que si la tendencia no cambia, la producción de petróleo podría reducirse a la mitad en el 2025.

Hay otro dato significativo, sintomático de las dificultades que vive esta industria en general. Este año se han descubierto unos 10.000 millones de barriles de petróleo equivalentes (boe) de nuevos yacimientos de gas y crudo, especialmente en Rusia y Surinam.

Pero según la consultora Rystad Energy menos de la mitad podrá explotarse económicamente en las próximas dos décadas. Las firmas energéticas están mirando con lupa los costes y las inversiones, ante las dificultades que están viviendo. Las presiones medioambientales también desaconsejan apostar por zonas como el Ártico o el río Amazonas, que tienen reservas que tal vez nunca vean la luz. El fracking: la revolución que nunca fue.

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Clima, salud vegetal y bienestar humano, más conectados que nunca

Más que nunca es imprescindible que entendamos que nuestra salud depende, en gran medida, de la salud de los ecosistemas.

 

Cuando pensamos en el impacto del cambio climático sobre la sociedad humana, es habitual imaginar ciudades inundadas por la subida del nivel del mar o glaciaciones que ocurren de la noche a la mañana. Es indudable que el cine ha marcado nuestro imaginario colectivo, especialmente ante situaciones que no hemos experimentado, con hipotéticas catástrofes naturales a escala global.

La realidad nos muestra que los cambios no son tan bruscos como en la ficción. Esto nos puede llevar a una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, la actual velocidad de los cambios ambientales provocados por la actividad humana tiene pocos precedentes en la historia de nuestro planeta. Sin duda, nos tocará vivir sus consecuencias más negativas si no actuamos con celeridad.

Es difícil comprender la magnitud de la catástrofe a la que nos enfrentamos. Requiere de un profundo esfuerzo por considerar las enrevesadas interrelaciones existentes entre los distintos componentes de nuestro ecosistema global. Todos hemos escuchado alguna vez que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

Este año hemos vivido en primera persona un ejemplo del llamado efecto mariposa: la pandemia de la covid-19 está relacionada con la pérdida de biodiversidad y la alteración de la naturaleza causada por la actividad humana.

Pérdida acelerada de los mejores cultivos

Las plantas no solo generan el 98 % del oxígeno que respiramos, sino que son el pilar fundamental de nuestra nutrición. Suponen el 80 % de los alimentos que consumimos.

La Organización de las Naciones Unidas ha declarado 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal para concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas para la conservación de la naturaleza y la erradicación del hambre y la pobreza. Más aún en un contexto de cambio climático.

Algunos estudios han cifrado en un 10 % la pérdida de rendimiento en las cosechas de cereal por cada grado de calentamiento. El cinturón mundial de cultivo natural de trigo se ha ido desplazando hacia los polos a razón de 260 km por década.

Podemos pensar que estas pérdidas de productividad se compensarán con la ganancia de nuevos terrenos de cultivo. Sin embargo, nos olvidamos de que los cultivos actuales se encuentran en los terrenos más fértiles. La velocidad a la que se desarrolla un suelo óptimo para cultivo dista en varias unidades de magnitud de la velocidad a la que se desplaza el óptimo climático debido al calentamiento.

El cambio climático es solo una arista de lo que conocemos como cambio global, cuyo resultado es una pérdida generalizada de biodiversidad y una homogenización cada vez mayor de los ecosistemas.

Pesticidas y plagas: mal remedio para la enfermedad

Todos estos procesos desembocan en las condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en las plantas. Es un claro paralelismo con las enfermedades infecciosas emergentes que afectan al ser humano.

La FAO estima que un 40 % de los cultivos a nivel mundial se pierden a causa de plagas y enfermedades. Esto provoca pérdidas de aproximadamente 180 000 millones de euros anuales. En muchos casos se producen en comunidades rurales de países en vías de desarrollo donde la agricultura es la principal, sino única, fuente de sustento.

La conservación de la biodiversidad y la protección de las plantas ante plagas y enfermedades es mucho más efectiva y rentable que utilizar productos fitosanitarios y pesticidas, que además de requerir más tiempo y dinero para mostrar su eficacia tienen un efecto perjudicial sobre la naturaleza. Sin embargo, no solo la producción agrícola está amenazada.

¿Repoblar con miles de árboles es la solución?

Si hiciéramos una encuesta a la ciudadanía sobre prioridades en materia de conservación de la naturaleza y mostráramos fotos de un pastizal, un matorral y un bosque, sin duda un alto porcentaje elegiría el bosque como área prioritaria a conservar.

Esto es, en parte, debido a la falsa idea generalizada de que pastizales y matorrales constituyen etapas degradadas de la sucesión ecológica. Pero también por razones justificadas. Los bosques son ecosistemas claves para el funcionamiento de nuestro planeta, albergan alrededor de 2/3 de la diversidad terrestre, proporcionan múltiples servicios ecosistémicos (madera, alimentos, regulación climática, etc…) y son esenciales para nuestra salud. Además, se estima que absorben un tercio de las emisiones antrópicas de CO₂ anuales.

Con esta carta de presentación no es de extrañar la puesta en marcha de numerosas iniciativas internacionales que promueven la plantación de billones de árboles para mitigar los efectos del cambio climático. La plantación, bien diseñada y ejecutada, de árboles y otras especies es de gran utilidad para la restauración de ecosistemas y para garantizar la regeneración de muchos de nuestros bosques.

Sin embargo, pensar que estos árboles jóvenes –suponiendo que todos ellos sobrevivan a la plantación– van a alcanzar la funcionalidad de un bosque y, sobre todo, compensar las emisiones de haber quemado el carbono que durante millones de años se ha almacenado en los organismos que habitaron nuestro planeta es, cuanto menos, utópico.

Alerta: efectos rebote

Por otro lado, muchos de estos árboles se plantarán en valiosos ecosistemas alterando su funcionamiento y los servicios ecosistémicos que nos proporcionan.

Además, ignoramos que el clima al que estarán sometidos estos árboles cuando alcancen la madurez será muy diferente al actual. Los escenarios climáticos prevén no solo un aumento de la temperatura, sino también de la aridez y de los eventos climáticos extremos como olas de calor y grandes sequías.

La vegetación estará pues sometida a un mayor estrés hídrico disminuyendo su tasa fotosintética mientras aumenta su respiración. Esto nos podría llevar a la paradoja de que los árboles que plantamos como medida de mitigación pasarán de ser sumideros a fuentes de CO₂.

De hecho, cada vez son más los estudios que muestran decaimiento y eventos de mortalidad masiva en masas forestales de todo el mundo.

A todo esto hay que añadir que las plantaciones dan lugar a masas forestales con una alta carga de combustible si no son gestionadas posteriormente. Esto las hace muy vulnerables a sufrir incendios que devolverían a la atmósfera el CO₂ que hayan podido capturar.

Plantamos aquí, pero abusamos del exterior

Existe otra paradoja en todo esto: la globalización y el abandono rural en países como el nuestro nos ha hecho dependientes de materias primas y alimentos del exterior.

Mientras la deforestación en la Amazonia es cada vez más preocupante, el área forestal de nuestro país ha aumentado, aunque el aprovechamiento forestal de los bosques ha desaparecido prácticamente. Esta falta de gestión ha hecho que los bosques sean más vulnerables a sequías, grandes incendios, plagas y enfermedades.

Al igual que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social son claves para combatir la covid-19 a la espera de una vacuna, debemos tomar medidas para proteger los ecosistemas mientras esperamos una cura milagrosa para el cambio climático.

Centremos nuestro esfuerzo en conservar y restaurar los ecosistemas, pero no olvidemos la importancia de la gestión humana para garantizar su salud y persistencia, a la vez que podemos utilizar localmente los productos que nos ofrecen. Así contribuiremos a la conservación de ecosistemas remotos, como los bosques tropicales, mientras disminuimos las emisiones. La salud de nuestros ecosistemas, y por tanto la nuestra, están en juego.

Por Enrique Andivia Muñoz* | 01/12/2020

*Investigador en el Departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución, Universidad Complutense de Madrid

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