MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Domingo, 07 Febrero 2021 05:42

La batalla por el relato

La batalla por el relato

 

No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

 

Entre las características del mundo en que vivimos se encuentra la de ser, en buena medida, un mundo mediáticamente construido. El aspecto mediático no se refiere sólo a lo que antes abarcaban los medios de comunicación (que podían ser mejores o poeores, estar más o menos escorados políticamente, pero que siempre incluían un componente de profesionalidad); hoy, la configuración de la realidad que llevan a cabo estos medios está condicionada y definida por la agenda que marcan las llamadas redes sociales. Y las redes sociales, más que un reflejo o un espejo de lo que ocurre, son mecanismos de precisión teledirigidos a crear realidad.

Las gentes y los movimientos sociales que tenemos por objetivo transformar la realidad social nos vemos ante el dilema de seguir alimentando al monstruo con nuestra presencia y actividad, o retirarnos definitivamente de esos espacios que, además de distraernos, difuminan, banalizan, hooliganizan y corrompen nuestro mensaje.

Cada vez parece más evidente que hemos entrado a un trapo que nos han puesto delante nuestros adversarios, que hemos tragado el anzuelo, y ahí estamos, dando vueltas a la noria, en nuestra caja de resonancia, en la burbuja, escuchando nuestros propios ecos, respondiendo a boots y trolls (en este terreno todo hay que decirlo con anglicismos), encantadas de habernos conocido, alimentando egos incapaces de ver más allá de sí mismos.

Ni se nos ocurre ya hacer algo y no comunicarlo en las redes. Pero, imperceptiblemente, cada vez más nuestra acción se va limitando a comunicar en las redes. El caso de los partidos políticos es claro; en ellos, el departamento de comunicación ha aumentado su centralidad y relevancia de forma exponencial. Resulata desalentador constatar que comunicar no es otra cosa que vender (muchas veces vender la moto). La comunicación se preocupa más por el hecho vender y de hacer marca que por el producto vendido. Se extiende así una sensación desasosegante y agotadora de estar permanentemente en campaña electoral. Los argumentarios ocupan el lugar de los argumentos y el debate de cuestiones controvertidas se convierte en espectáculo lamentable, a la búsqueda de likes y de circo mediático con opciones de convertirse en tendencia.

Igual que los equipos de fútbol o las grandes empresas, prácticamente todos los medios y organizaciones sociales (feministas, ecologistas, antirracistas, anticapitalistas) dedican parte de su trabajo a hacer marca, a estar presentes en el mercado de siglas y logos (¿tal vez es inevitable?). Una parte mayor o menor de su actividad incluye hacer merchandasing (camisetas, sudaderas, tazas, bolis, bolsos, cuadernos... da igual, cosas, muchas cosas que lleven la marca, el logo). Hablamos frivolamente de merchan y nos olvidamos de que es una técnica de márketing. Las oenegés saben mucho de esto (aunque no son propiamente organizaciones sociales activistas, por lo general, la gente no milita sino que trabaja en ellas de forma remunerada o, a lo sumo, hace de voluntaria, que es algo muy diferente de la militancia). Están en la vanguardia de la hípermercantilización y llevan años con sus agentes comerciales por las calles abordando a los transehuntes con técnicas de persuasión enfocadas a la captación de clientes.

Es cierto que antes también poníamos mesas con nuestras chapas, mecheros y pegatinas para sacar dinero (que siempre ha sido algo necesario), las camisetas con logos y eslóganes no son cosa de ahora. Ahí estaba la cara del Ché Guevara compitiendo con la de Marilyn Monroe (hasta que el activismo queer las unificó en un solo nuevo icono). Pero la diferencia con lo que ahora ocurre ha dejado de ser de grado (ahora más que antes), es una diferencia cualitativa (ahora distinto que antes). Ahora el marketing nos ha arrebatado el alma, desplazando a todo lo demás; el mercado nos han poseido por completo. La publicidad dicta nuestros actos, marca el sendero que siguen nuestros pasos sonámbulos.

En otro lugar planteé que en las políticas públicas no se trata ya de dar a conocer lo que hace una institución (anunciarlo, comunicarlo), sino que lo prioritario es hacer lo que convenga según los criterios del departamento de comunicación, confundiendo y trastocando el qué (hacer) y el cómo (comunicarlo). No es que primero haya que hacer las cosas bien y luego comunicarlas, sino que hay que hacer cosas que se puedan comunicar bien. En realidad, aunque lo llamamos comunicación no es otra cosa que publicidad y propaganda. El imperialismo del marketing lo ahoga y lo contamina todo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo han conseguido las técnicas de venta calarnos hasta los huesos? ¿Cómo ha colonizado tan profundamente el capitalismo nuestra cabeza, nuestra alma? ¿Cómo ha conseguido que trabajemos gratis para conseguir objetivos a los que nos oponemos? ¿Cómo ha sido posible que, tan inteligentes y avispadas (eso nos gusta creer) hayamos puesto nuestro tiempo y nuestro trabajo a disposición de quienes mueven los hilos, para acercarnos inconscientemente a fines totalmente opuestos a los que conscientemente perseguimos? Creo que hay mucho que pensar y corregir en este terreno. Pero esta vez quería ir a otro tema relacionado.

Sabemos que siempre, pero especialmente en este mundo híper-comunicado, es mucho más importante el relato creado que la propia realidad relatada. La extrema derecha, más espabilada de lo que nos gusta pensar, consciente de ello, se ha puesto a la tarea de construir relato. Como decía Thomas Szaz, si en el reino animal la regla es comer o ser comido, en el humano la cuestión es definir o ser definido, tomar la palabra primero, establecer los términos de la narración, o que lo hagan otros.

La cuestión es que hay en Madrid un gobierno de izquierda del que, a lo sumo, se puede decir que está poniendo en marcha políticas socialdemócratas muy tibias. En el abanico de posiciones entre derecha e izquierda estaría en un centro-izquierda moderado, sin grandes aspavientos. Pero la ultraderecha repite machaconamente que se trata de un gobierno socialcomunista. Si esta insistente matraca llega a tener éxito, si el público “compra” esa versión de las cosas (ya lo decimos directamente así, comprar) puede ocurrir que unas políticas tan tímidas lleguen a ser consideradas de forma mayoritaria nada menos que como extremistas.

Tanto se está moviendo a la derecha el foco que gran parte del ala izquierda del arco político está quedando fuera del campo visual. Si lo que hace este Gobierno es socialcomunista, ¿cómo proponer o pedir la nacionalización de la energía, por ejemplo, o la creación de un banco público? ¿Cómo prohibir la fabricación de plástico u obligar a reciclar el 100% de los residuos? ¿Cómo defender la necesidad de un sistema público de cuidados, que garantice el derecho de todas las personas a recibir cuidados y, al mismo tiempo, las condiciones laborales dignas de las personas cuidadoras, como venimos reivindicando desde el Movimiento Feminista? No, no son barbaridades, no son locuras, no responden a posiciones extremistas ni desubicadas, hay muchas y muy buenas razones para trabajar aquí y ahora por hacer realidad cada una de esas propuestas.

La misma distorsión hace que las políticas a favor del capital y de las grandes empresas que el Gobierno autonómico de PNV y PSE lleva a cabo en Euskadi (políticas, como mucho, democristianas y socialdemócratas y, en muchos casos, netamente neoliberales) se vendan como si fueran de una sensibilidad social extrema (la maquinaria publicitaria del Gobierno Vasco no es moco de pavo). El mensaje subliminal es que deberíamos estar contentas, porque aquí la extrema derecha no tiene mucho éxito (no prestamos atención al hecho de que ya han enseñado la patita, que la realidad no nos chafe el cuento); por lo que se ve, aquí nos dedicamos al bien común, auzolana. Total, que la política de derecha se vende como si fuera de centro; la de centro, como si fuera de izquierda y la de izquierda... desaparecida, no está en la agenda. Ni en Euskal Herria, ni en España, ni en Europa. Precisamente en un momento en el que urge revertir la lógica de acumulación del capital y de la obtención del máximo beneficio. En medio de una crisis civilizatoria en la que el capitalismo está a punto de acabar con la vida en el planeta.

Quizá deberíamos proclamar con orgullo que además de ecofeministas y antirracistas somos “socialcomunistas”, para empezar a borrar las connotaciones negativas de este último adjetivo. No lo sé. Pero parece que la batalla por el relato la están ganado quienes más manipulan y mienten. Están teniendo mucho éxito en colocar su mensaje publicitario y vender su producto. Esto sucede, en parte, debido al peso desmesurado de las redes sociales y sus dinámicas infernales. Es hora de que dejemos de mirarnos al ombligo.

Por Tere Maldonado

Forma parte de feministAlde! y es profesora de filosofía

7 feb 2021 08:00

Publicado enSociedad
"Quien tiene un porque para vivir, encontrará casi siempre el como"

Recientemente, este 10 de septiembre del 2018, al menos un vagón del metro que proximamente empezará a rodar en Quito fueron adornados con pinturas grafiteras. Un natural alboroto de las instituciones y sociedad se generó en relación al hecho, casi un acto de dimensiones terroristas supuso para algunos funcionarios públicos esta trasgresión.

Entre declaraciones y discusiones que no reparan en la cultura juvenil, en el sentido del arte callejero y en valores como la solidaridad, un elemento muy notorio fue desdeñado, incluso por los medios de comunicación: los nombres de Shuk, Skil y Suber estampados en el vagón que sirvió de lienzo, sin duda alguna, un eivdente homenaje por parte de los grafiteros quiteños para con sus compañeros de arte y sueños muertos en Medellín el pasado 19 de julio.

Estamos por tanto, ante un grafiti que semeja una bandera adornada con un mensaje sobre el cambio climático en lo alto de una colina puesta allí por un esforzado alpinista, un bello gesto, sin duda. Así, con esta pintura, sus artistas envían un mensaje al mundo, el mismo que hace décadas estampó un recordado escritor latinoamericano: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”.

 

Valorando la vida

 

Estas acciones hablan bien de la humanidad profunda de estos colectivos, pues además de dejar sus nombres estampados en lugares prohibidos, en lugares de difícil acceso, y de ponerse del lado contrario de lo establecido, enarbolan la bandera de sus amigos grafiteros para hacerlos presentes. De lo sucedido puede reflexionarse:

1. Resalta el respeto ganado por los compañeros muertos en Medellín, lo cual hizo eco en ellos a pesar de moverse en otro lugar, cultura y contexto social. La fraternidad forma parte de sus motivaciones, la que les inyecta toda la enrgía para que, aun en la situación de riesgo que les implicaba toda la maniobra de esta acción, decidan plasmar los nombres de los grafiteros colombianos.

2. Por supuesto, las normas y la institución criminalizan, y para esta lo importante es la estética, el “desarrollo”, como enfatizó constantemente el alcalde quiteño, para quien el ideal es una sociedad conforme y “bien adaptada”.

3. No es extraño ser joven y rebelde, estar en la búsqueda de ideas y acciones que den sentido y motivo a la vida para vivirla. Para muchos adultos, en cambio, esa necesidad se ha disipado, ya se adaptó, ya aceptó, ya no quiere cambiar ni su mundo ni el de los otros. Por eso ve con recelo, con enojo y desaprobación la energía transformadora de los jóvenes.

4. Una de las manifestaciones de jóvenes inconformes, con la sociedad, con su funcionamiento, es la resumida por los grafiteros. Gran cantidad de ellos expresan, entre arte y pinturas y en espacios prohibidos, su disconformidad con la actual sociedad. Justamente para quitarles ese carácter de protesta y rebeldía buscan institucionalizarlos, implicarlos constantemente en dinámicas oficiales, al tiempo que les “otorgan” espacios para su arte, indicándoles asimismo qué y cómo pintar.

5. El reconocido respeto que se expresan entre los grupos de grafiteros, aun a nivel internacional, presume coincidencia en sus visiones de vida, unos encuentros de fuerza y motivaciones que los lleva a correr riesgps de toda índole. Parafraseando a Víctor Frankl, son cosas que hace un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta que no tiene nada que perder excepto su ridícula vida desnuda.

6. Una visión probable, una posición ante la vida, por lo menos así lo demuestran las acciones de estos jóvenes que tal vez encontraron, como lo diria Nietzsche, un por qué para vivir, e hicieron del grafiti el cómo, aunque como demostraron Shuk, Skil y Suber, la vida se fuera en ello.

 

Artículos relacionados

 

"Yo soy éste"

4 de septiembre de 2018

Escribir con sangre

26 de julio de 2018

¿Qué ocurre en la Comuna 13?

13 de julio de 2018

 

Publicado enCultura