Miércoles, 04 Abril 2018 06:26

Martin Luther King Jr, legado que resurge

Martin Luther King Jr, legado que resurge

El reverendo Martin Luther King Jr., al morir el 4 de abril de 1968, se había convertido en un hombre mucho más peligroso del que dio su histórico discurso Tengo un sueño, en 1963: se había atrevido a cuestionar los fundamentos del sistema político y económico del país y llamó a una revolución moral contra los trillizos gigantescos del racismo, el materialismo extremo y el militarismo.

En su último año de vida, King Jr. declaró que el movimiento de derechos civiles que había encabezado necesitaba transformarse en un movimiento de derechos humanos y condenó no sólo la violencia y explotación dentro del país, sino también la política imperial. Se proclamó contra la guerra en Vietnam y la explotación del tercer mundo, afirmando que, como campeón de la no violencia –expresada en el histórico (y casi nunca citado por las élites) discurso en la iglesia Riverside, de Nueva York, que ofreció justo un año antes de su asesinato–, sabía que nunca más podría elevar mi voz contra la violencia de los oprimidos en los guetos sin antes haber hablado claramente sobre el más grande proveedor de la violencia en el mundo actual: mi propio gobierno.

Fue repudiado no sólo por opositores, sino por muchos de sus colegas que le aconsejaban no salirse del guion de los derechos civiles, y enfrentó la reprobación de la opinión pública, con dos tercios expresando desacuerdo con sus nuevas posiciones y una mayoría de los afroestadunidenses. Medios que lo habían elogiado, como el New York Times, el Washington Post o la revista Time, criticaron su nueva posición. La Oficina Federal de Investigaciones (FBI), que lo había espiado por considerarlo un peligro para la nación, ahora buscaba cómo destruirlo políticamente por órdenes personales de su director, J. Edgar Hoover. El presidente Lyndon Johnson jamás lo perdonó. A la vez, se intensificaron las amenazas de muerte ya comunes durante muchos años y varios políticos y hasta colegas de lucha que lo habían elogiado cuando su mensaje se había limitado sólo al tema del racismo lo abandonaron.

Él había anunciado una nueva Campaña de los Pobres (Poor people’s campaign) enfocada en la desigualdad económica y la explotación de los trabajadores. Viajó a Memphis, Tenesí, para brindar su apoyo a una huelga de trabajadores municipales de limpieza, y mientras se preparaba para ir a cenar, al salir al balcón del motel Lorraine una bala segó su vida.

La noticia sacudió al país, y estallaron furiosos disturbios en decenas de ciudades alrededor del país, y en la capital –donde había ofrecido un discurso cinco días antes– se contaron más de 800 incendios y 13 muertes en los cuatro días de explosiones de ira.

Su imagen oficial post mortem fue cuidadosamente maquillada para que se quedara en 1963, con el sueño de igualdad racial, y hasta la fecha, en todo festejo oficial en escuelas o en los pasillos del poder en Washington, está congelado ahí, y casi nunca hay referencia al King del último año, uno que convocaba una transformación radical de su país.

“Lo amaban como un mártir después de que fue asesinado, pero lo rechazaron como manifestante cuando estaba vivo”, comentó recientemente a The Guardian Jesse Jackson, quien estaba con él ese día trágico.

Su último discurso –en un acto en Memphis donde no estaba programado– pareció pronosticar su muerte, declarando que Dios “me permitió subir la montaña. Y vi al otro lado, y he visto la tierra prometida. Yo podría no llegar ahí con ustedes, pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como un pueblo, llegaremos a la tierra prometida”.

Los ecos de sus mensajes, entregados con esa inconfundible voz sonora, retumban por este país medio siglo después. Sus críticas y condenas al sistema estadunidense al enlazar el tema del racismo con el de la injusticia económica y el militarismo se podrían aplicar a la coyuntura actual. A la vez, sus ecos están en las movilizaciones por un salario digno en estos momentos expresado por decenas de miles de maestros de educación pública en West Virginia, Kentucky, Oklahoma y Arizona; están en el nuevo movimiento estudiantil contra la violencia de las armas, donde en la masiva Marcha por nuestras vidas, hace unos días, apareció entre los cientos de miles de jóvenes Yolanda Renee, de nueve años de edad, nieta de King; está en el movimiento de Black Lives Matter, y también con el de los jóvenes inmigrantes dreamers, está en luchas en los campos y en los centros urbanos.

Esta primavera, King estará presente en el renacimiento de su último proyecto, La campaña de los pobres: un llamado nacional por la renovación moral, convocada por el reverendo William Barber (quien algunos consideran potencialmente como un nuevo King) organizado desde abajo con la idea de detonar seis semanas de desobediencia civil no violenta con el objetivo de “salvar el alma de Estados Unidos” [https://poorpeoplescampaign.org].

Barber, como también Jesse Jackson y el representante John Lewis, entre otros veteranos del movimiento encabezado por King, estará en Memphis junto con otros en una serie de actos ahí, como otros en Atlanta donde está el monumento y centro de King (dirigido por su hija, Bernice King), para marcar los 50 años de su muerte –y habrá todo tipo de eventos en todo el país para conmemorar al gran líder moral. Pero la disputa sigue sobre a cuál King se recuerda, si sólo el del mensaje de amor y reconciliación, festejado por políticos, iglesias, empresarios y funcionarios, o el hombre de las palabras peligrosas que permanecen más vigentes que nunca en este país.

“Cuando nuestros días se vuelven grises con las nubes bajas de la desesperanza, y cuando nuestra noches se vuelven más oscuras que mil medianoches, recordemos que hay una fuerza creativa en este universo trabajando para bajar las gigantescas montañas del mal, un poder que es capaz de hacer un camino donde no existe camino y transformar los ayeres oscuros en brillantes mañanas. Que nos demos cuenta de que el arco del universo moral es largo, pero que se inclina hacia la justicia”, declaró Martin Luther King Jr. en 1967 al animar a sus seguidores a confrontar la injusticia fundamental del sistema estadunidense.

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Martes, 03 Abril 2018 06:28

El colonialismo insidioso

El colonialismo insidioso

Para Marielle Franco, in memoriam


El término alemán Zeitgeist se utiliza actualmente en diferentes lenguas para designar el clima cultural, intelectual y moral de una determinada época, literalmente, el espíritu del tiempo, el conjunto de ideas y creencias que componen la especificidad de un periodo histórico. En la Edad Moderna, dada la persistencia de la idea del progreso, una de las mayores dificultades para captar el espíritu de una determinada época reside en identificar las continuidades con respecto a épocas anteriores, casi siempre disfrazadas de discontinuidades, innovaciones y rupturas.


Para complicar aún más el análisis, lo que permanece de períodos anteriores siempre se metamorfosea en algo que simultáneamente lo denuncia y disimula y, por eso, permanece siempre como algo diferente de lo que fue, sin dejar de ser lo mismo. Las categorías que usamos para caracterizar una determinada época son demasiado toscas para captar esta complejidad, porque ellas mismas forman parte del mismo espíritu del tiempo que supuestamente deben caracterizar desde fuera. Corren siempre el riesgo de ser anacrónicas, por el peso de la inercia, o utópicas, por la ligereza de la anticipación.


Vengo defendiendo que vivimos en sociedades capitalistas, coloniales y patriarcales, en referencia a los tres principales modos de dominación de la modernidad occidental: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado o, más precisamente, el heteropatriarcado. Ninguna de estas categorías es tan controvertida entre los movimientos sociales y la comunidad científica como la de colonialismo. Hemos sido tan socializados en la idea de que las luchas de liberación anticolonial del siglo XX pusieron fin al colonialismo, que casi resulta una herejía pensar que al final el colonialismo no acabó, sino que apenas cambió de forma o ropaje. Nuestra dificultad radica sobre todo en nombrar adecuadamente este complejo proceso de continuidad y cambio. Es cierto que los analistas y los políticos más perspicaces de los últimos 50 años tuvieron la aguda percepción de esta complejidad, pero sus voces no fueron lo suficientemente fuertes como para cuestionar la idea convencional de que el colonialismo propiamente dicho acabara, con la excepción de algunos pocos casos, siendo los más dramáticos posiblemente el Sáhara Occidental, la colonia hispano-marroquí que continúa subyugando al pueblo saharaui, así como la ocupación de Palestina por Israel. Entre esas voces cabe destacar la del gran sociólogo mexicano Pablo González Casanova con su concepto de “colonialismo interno” para caracterizar la permanencia de estructuras de poder colonial en las sociedades que emergieron en el siglo XIX de las luchas de independencia de las antiguas colonias americanas de España.


Y también la voz del gran líder africano Kwame Nkrumah, primer presidente de la República de Ghana, con su concepto de “neocolonialismo” para caracterizar el dominio que las antiguas potencias coloniales seguían ejerciendo sobre sus antiguas colonias, convertidas en países supuestamente independientes. Una reflexión más profunda sobre los últimos 60 años me lleva a concluir que lo que casi terminó con los procesos de independencia del siglo XX fue una forma específica de colonialismo, y no el colonialismo como modo de dominación. La forma que casi terminó fue lo que se puede designar como colonialismo histórico, caracterizado por la ocupación territorial extranjera. Sin embargo, el modo de dominación colonial continuó bajo otras formas. Si las consideramos de esta forma, el colonialismo es tal vez hoy tan vigente y violento como en el pasado.


Para justificar esta afirmación es necesario especificar en qué consiste el colonialismo como forma de dominación. El colonialismo es todo aquel modo de dominación basado en la degradación ontológica de las poblaciones dominadas por razones etnorraciales. A las poblaciones y a los cuerpos racializados no se les reconoce la misma dignidad humana que se atribuye a quienes los dominan. Son poblaciones y cuerpos que, a pesar de todas las declaraciones universales de los derechos humanos, son existencialmente considerados como subhumanos, seres inferiores en la escala del ser. Sus vidas tienen poco valor para quien los oprime, siendo, por tanto, fácilmente desechables. Originalmente se los concibió como parte del paisaje de las tierras “descubiertas” por los conquistadores, tierras que, a pesar de ser habitadas por poblaciones indígenas desde tiempos inmemoriales, fueron consideradas como tierras de nadie, terra nullius. También se consideraron como objetos de propiedad individual, de los que la esclavitud es prueba histórica. Y hoy continúan siendo poblaciones y cuerpos víctimas del racismo, de la xenofobia, de la expulsión de sus tierras para abrir el camino a los megaproyectos mineros y agroindustriales y a la especulación inmobiliaria, de la violencia policial y las milicias paramilitares, del trabajo esclavo llamado eufemísticamente “trabajo análogo al trabajo esclavo” para satisfacer la hipocresía biempensante de las relaciones internacionales, de la conversión de sus comunidades de ríos cristalinos y bosques idílicos en infiernos tóxicos de degradación ambiental. Viven en zonas de sacrificio, en todo momento en riesgo de convertirse en zonas de no ser.


Las nuevas formas de colonialismo son más insidiosas porque se producen en el núcleo de relaciones sociales, económicas y políticas dominadas por las ideologías del antirracismo, de los derechos humanos universales, de la igualdad de todos ante la ley, de la no discriminación, de la igual dignidad de los hijos e hijas de cualquier dios o diosa. El colonialismo insidioso es gaseoso y evanescente, tan invasivo como evasivo, en suma, astuto. Pero ni así engaña o aminora el sufrimiento de quienes son sus víctimas en la vida cotidiana. Florece en apartheids sociales no institucionales, aunque sistemáticos. Sucede tanto en las calles como en las casas, en las prisiones y en las universidades, en los supermercados y en las estaciones de policía. Se disfraza fácilmente de otras formas de dominación tales como diferencias de clase y de sexo o sexualidad, incluso siendo siempre un componente de ellas. Verdaderamente, el colonialismo insidioso solo es captable en close-ups, instantáneas del día a día. En algunas de ellas surge como nostalgia del colonialismo, como si fuese una especie en extinción que debe ser protegida y multiplicada. He aquí algunas de tales instantáneas.


Primera instantánea: Uno de los últimos números de 2017 de la respetable revista científica Third World Quarterly, dedicada a los estudios poscoloniales, incluía un artículo de autoría de Bruce Gilley, de la Universidad Estatal de Portland, titulado “En defensa del colonialismo”. Este el resumen del artículo: “En los últimos cien años, el colonialismo occidental ha sido muy maltratado. Ha llegado la hora de rebatir esta ortodoxia. Considerando de manera realista los respectivos conceptos, el colonialismo occidental fue, en regla, tanto objetivamente benéfico como subjetivamente legítimo en la mayor parte de los lugares donde ocurrió. En general, los países que abrazaron su herencia colonial tuvieron más éxito que aquellos que la despreciaron. La ideología anticolonial impuso graves perjuicios a los pueblos sujetos a ella. Y continúa impidiendo, en muchos lugares, un desarrollo sustentado y un encuentro productivo con la modernidad. Hay tres formas en las que estados fallidos de nuestro tiempo pueden recuperar hoy el colonialismo: reclamando modos de gobernanza colonial, recolonizando algunas áreas y creando nuevas colonias occidentales”.


El artículo causó una indignación general y quince miembros del consejo editorial de la revista dimitieron. La presión fue tan grande que el autor terminó por retirar el artículo de la versión electrónica de la revista, aunque permaneció en la versión impresa. ¿Fue una señal de los tiempos? Al final, el artículo fue sujeto a revisión anónima por pares. La controversia mostró que la defensa del colonialismo estaba lejos de ser un acto aislado de un autor desvariado.


Segunda instantánea: Wall Street Journal del 22 de marzo pasado publicó un reportaje titulado: “La búsqueda de semen norteamericano se disparó en Brasil”. Según la periodista, la importación de semen norteamericano por mujeres solteras y parejas lésbicas brasileñas ricas aumentó extraordinariamente en los últimos siete años y los perfiles de los donantes seleccionados muestran la preferencia por bebés blancos y con ojos azules. Y añade: “La preferencia por donantes blancos refleja una persistente preocupación por la raza en un país en que la clase social y el color de piel coinciden con gran rigor. Más del 50 por ciento de los brasileños son negros o mestizos, una herencia resultante del hecho que Brasil importó diez veces más esclavos africanos que los Estados Unidos; y fue el último país en abolir la esclavitud, en 1888. Los descendientes de colonos y migrantes blancos –muchos de los cuales fueron atraídos al Brasil a fines del siglo XIX y principio del siglo XX, cuando las élites de gobierno buscaban explícitamente ‘blanquear’ a la población– controlan la mayor parte del poder político y de la riqueza del país. En una sociedad tan racialmente dividida, tener descendencia de piel clara es visto muchas veces como un modo de brindar a los niños mejores perspectivas, sea un salario más elevado o un tratamiento policial más justo”.


Tercera instantánea: El 24 de marzo pasado, el diario más influyente de Africa del Sur, Mail & Guardian, publicó un reportaje titulado “Genocidio blanco: cómo la gran mentira se propagó en los Estados Unidos y otros países”. Según el periodista, “los Suidlanders (foto), un grupo sudafricano de extrema derecha, han venido estableciendo contacto con otros grupos extremistas en Estados Unidos y en Australia, fabricando una teoría de conspiración sobre el genocidio blanco, con el objetivo de conseguir apoyo internacional para los sudafricanos blancos. El grupo, que se autodescribe como ‘una iniciativa-plan de emergencia’ para preparar una minoría sudafricana de cristianos protestantes para una supuesta revolución violenta, se ha relacionado con varios grupos extremistas (alt-right) y sus influyentes contactos mediáticos en Estados Unidos para instalar una oposición global a la alegada persecución de blancos en África del Sur. La semana pasada, el ministro australiano de Asuntos Internos dijo a Daily Telegraph que estaba considerando la otorgación de visas rápidas para agricultores sudafricanos blancos, los cuales –argüía el ministro– necesitaban “huir de circunstancias atroces” para “un país civilizado”. Según el ministro, tales agricultores “merecen atención especial” debido a la ocupación de tierras y la violencia… Estos agricultores sudafricanos blancos también han recibido atención en Europa, donde políticos de extrema derecha con contactos en la extrema derecha estadounidense han solicitado al Parlamento Europeo que intervenga en Africa del Sur. Agentes políticos contra los refugiados en el Reino Unido están igualmente ligados a la causa”.


La gran trampa del colonialismo insidioso es dar la impresión de un regreso, cuando en realidad lo que “regresa” nunca dejó de existir.


Por Boaventura de Sousa Santos, Doctor en Sociología del Derecho. Profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y de Winsconsin-Madison (EE.UU.).


Traducción: Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.

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Tarcila Rivera: “Las mujeres indígenas tenemos que construir nuestro propio concepto de feminismo”

Tarcila Rivera Zea, fundadora del Enlace Continental de Mujeres Indígenas de las Américas y del Foro Internacional de Mujeres Indígenas, y presidenta de Chirapaq, es hoy un referente en las luchas del feminismo indígena.

Nació rebelde, dice. Por influencia de su abuelo, Santos Zea, el gran salvaje, que amenazó al hacendado con la hoz en el pescuezo y le dijo que él solo trabajaba gratis para Dios. O de su madre, mujer libre, trabajadora, que también gozaba de las fiestas. Tarcila Rivera Zea es quechua, de Ayacucho, de una comunidad heredera de la civilización chanca, que a pedradas expulsó a los incas de su territorio. “La historia nos presentó como los salvajes. Pero yo creo que solo estábamos defendiendo nuestros derechos”. Lo tiene claro.

Nos recibe en las oficinas de Chirapaq, la asociación que formó hace 30 años para trabajar por la cultura y la identidad de los pueblos originarios. Recibe una llamada telefónica desde Bolivia. Son días ajetreados, tiene que preparar su inminente viaje a las Naciones Unidas en Nueva York, donde es la voz de la experiencia de los pueblos indígenas. Subimos a su apartamento en el mismo edificio del céntrico barrio limeño de Jesús María. Luminoso, como ella, y con paredes y estanterías repletas de arte tradicional peruano. Su mirada es la de una sabia y así la han reconocido varios organismos.


Inspirada por el movimiento indígena y el feminismo, Tarcila Rivera Zea es hoy un referente en la lucha por los derechos de los más de 45 millones de indígenas que residen en Latinoamérica. Siete millones en Perú, su país. Nos habla de feminismo indígena y de alternativas de resistencia en un Perú cada vez más globalizado y aún conmovido por el reciente indulto al exdictador Alberto Fujimori.


“Los indios no tienen derecho a tener derechos”, afirmaste un tiempo atrás. ¿Los tienen ahora?

Ahora somos más conscientes de nuestros derechos. En los 90, nos veían como algo muy folclórico, pero ahora los pueblos indígenas nos hemos convertido en un peligro para el sistema. Les hablo aquí con toda transparencia y tranquilidad, pero recién a los 42 años fue cuando pude hablar en público y reconocer que era indígena y quechua-hablante.

¿Por qué?

Por mi condición étnica, de género y cultural. A las mujeres indígenas nos consideran menos, nos ven como atrasadas, nuestra cultura no vale. Nos han dañado totalmente la autoestima. Por eso, en 2001 las mujeres indígenas definimos que la peor forma de violencia era el racismo.

¿Fue esa discriminación en tu país la que te llevó a defender los derechos de los pueblos indígenas?

Sí. Las mujeres andinas, aimaras, quechuas o amazónicas nos hemos socializado con la cultura de fuera a través del servicio doméstico. Ese fue mi caso. De niña mi familia me mandó a Lima a trabajar, pero yo quería estudiar más que ganar dinero. Un día, la señora de la casa me arrinconó en la pared y me preguntó: “¿Por qué quieres seguir estudiando? Estudies o no, siempre serás una indiecita”. Le dije: “Sí, pero una indiecita que sabe”. Terminé la secundaria y entré a trabajar en el Instituto Nacional de Cultura, donde se marcó mi identidad. En los 80 hubo un encuentro en Perú de pueblos indígenas y como no había ninguna otra india, me mandaron a mí. Fue ahí donde me enrolé al movimiento indio. Pero como mujer tuve mis problemas: los hombres querían que me fuese, me querían obligar a renunciar.

En esa época, hablar de igualdad de género en el movimiento indio sería aún más revolucionario.

En aquellos años me decían que era una feminista. Eso no gustaba a los líderes varones indígenas, porque decían que no había problemas de género en el movimiento, que todo eso era occidental. Yo como mujer siempre estaba en un espacio. Como indígena, en otro. Pero al mismo tiempo iba juntando mi rol como indígena y como mujer hasta desarrollar, ahora lo puedo decir, una visión más amplia del ser mujer que lucha por los derechos humanos, sin dejar de lado el desequilibrio que hay en las relaciones dentro del mundo indígena entre hombres y mujeres, niñas y niños. Que las mujeres indígenas participásemos del movimiento mixto nos permitió tomar mayor conciencia de nuestra posición, capacidad y problemas.

¿Cómo entiendes el feminismo desde la cosmovisión andina?

Una vez yo dije en una reunión en España: yo no sé si soy feminista o no, porque cuando yo digo una cosa, ustedes dicen que eso no es correcto. Nos ha costado a las mujeres indígenas entender el feminismo desde las otras y entender si nosotras somos o no feministas. Entonces llegamos a la conclusión de que tenemos que construir nuestro propio concepto de feminismo, desde nuestras propias referencias. Aprendí de un anciano de Ollantaytambo que en nuestro pueblo y en nuestra vida las cosas valen cuando están en su punto de equilibrio. El desequilibrio es el equivalente a los problemas de género en nuestro mundo. Nuestra prioridad son los derechos colectivos, los derechos de territorio como pueblo y luego los derechos individuales. Hace poco una feminista que fue miembro del CEDAW (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) me dijo: tú hablas de derechos colectivos, pero eso no es para todas. Y yo le dije: claro que sí, porque tus derechos colectivos son tener un ambiente sano que respirar en tu colectividad, ese es un derecho colectivo. Se quedó muda.

Bueno, hay muchos feminismos.

Hay mucha necesidad de escucharse mutuamente y nosotras de perder el miedo a hablar y sostener nuestros puntos de vista. Mi inspiración no solo está en las indígenas, también en otras feministas.

¿Cuál es el papel de la mujer en el movimiento de los pueblos indígenas?

En Guatemala, Perú y Colombia, las mujeres han estado delante en la defensa ante toma de tierras o por recuperación de tierras invadidas, expropiadas. Las indígenas tenemos esa cosa tan fuerte relacionada con la vida colectiva que olvidamos nuestro ser individual. Puede ser porque nos criaron diciendo que tenemos que parir, que somos la expresión de la madre tierra y que generamos vida y que por lo tanto cuidamos y amamos la vida. Este concepto nos lleva a otra diferencia con el feminismo occidental, la maternidad y el derecho al aborto en sí, donde estamos más por la educación y la prevención. Ahora las mujeres de nuestras comunidades permiten que sus hijas reciban información para no tener los ocho hijos que antes se tenían.

A casi 30 años de la Plataforma de Acción de Beijing, donde participaste, ¿qué opinas sobre la evolución en materia de derechos de mujeres indígenas?

Beijing para nosotras es un hito. Nosotras veíamos el feminismo como un movimiento solo de académicas o de mujeres de clase alta. Para las indígenas fue muy difícil ser escuchadas, en cambio ahora están estudiándonos, están mirándonos. Justamente en el Beijing +5 fue la primera vez que hicimos una mesa con mujeres indígenas y feministas para hablar sobre la diferencia entre derechos individuales y colectivos. Tuvimos que aprender lo que significaban los derechos individuales y ahora podemos decir que, junto con los colectivos, se complementan y son inseparables. En estos años, hemos ido avanzando en el plano local y al mismo tiempo inspirando otras posibilidades a nivel internacional. Formamos el Enlace Continental de Mujeres Indígenas y, a partir de ahí, de cara al nuevo milenio, el Foro Internacional de Mujeres Indígenas.

¿Cuáles son las prioridades del feminismo indígena?

La primera es el cumplimiento del derecho colectivo a la tierra, al territorio y a los recursos naturales, porque es el espacio desde donde nos desarrollamos. La segunda tiene que ver con los derechos a no ser violentadas: ni en el territorio, porque estamos contra las guerras, expropiaciones y avasallamientos, ni en nuestros cuerpos.
Nosotras ya no hablamos de violencia, hablamos de violencias. Otras prioridades son el desarrollo económico, la educación, la salud y la participación política, desde la comunidad y hacia arriba. Y muy importante, todo lo vemos de forma intergeneracional.

¿Desde el conflicto armado interno del Perú, donde recopiló testimonios de víctimas de violación, el estado peruano ha brindado verdad, justicia y reparación para las víctimas?

No como se debe. En el 84, cuando todo el mundo estaba con la boca cerrada, era en el movimiento indio donde recibíamos testimonios de gente terriblemente masacrada, de mujeres que habían sido violadas en la cárcel y habían tenido hijos. Nos los mandaban en casetes grabados en quechua, yo los traducía y los reproducía con pseudónimo. Ahora, cuando hablan de reparación y justicia, la ley obliga a demostrar dónde está tu familia desaparecida. Si no encuentras la tumba, no tienes justicia ni reparación. No hay programa que cure las heridas de todo lo que vivieron las comunidades que sufrieron la violencia de los terroristas por un lado o de los militares por otro.

Tras el indulto de Fujimori el pasado diciembre, renunciaste al Consejo del Ministerio de Cultura. ¿Qué supone este indulto para la lucha por los derechos humanos en Perú?

Fue una decisión totalmente equivocada del presidente. Cada vez que pienso que el indulto significa que le perdonaron todo, me da más indignación. No le puedes perdonar todo. Lo humanitario tiene también sus límites. Yo le hubiera dado cadena perpetua domiciliaria porque si no cualquiera puede hacer cualquier cosa. ¿Dónde está la justicia?

En el contexto actual de globalización y desarrollo económico neoliberal, ¿qué alternativas de resistencia le quedan a los pueblos indígenas en Latinoamérica?

El movimiento indígena tiene que afrontar el desafío de no ser un movimiento aislado, tiene que convocar a la sociedad civil. Aislados corremos el riesgo de no llegar a ningún lado. El problema es el sistema. La lucha por el agua no podría ser solo la lucha de una comunidad que está cerca del río, tendría que ser una lucha de la sociedad porque de ahí viene el agua. Los indígenas tenemos que mirar más allá y compartir, y los otros tienen que comprender que sus derechos específicos tienen relación con los derechos de los demás. Tenemos bastante avanzado en instrumentos y herramientas de derecho internacional que no se implementan en el plano local. En los países tenemos muchas leyes que no se respetan. Hay que buscar una alternativa de desarrollo sostenible. Acabo de regresar de Bolivia, que tiene el gran desafío de demostrar que se puede desarrollar economía desde adentro sin tener que competir con las grandes potencias. Una economía que permita la vida de las siguientes generaciones.

¿Y en Perú?

En Perú, las tierras se han puesto al libre mercado, se están entregando a los grandes agronegocios. Nos falta bastante porque no tenemos partidos políticos que representen ideologías, aspiraciones reales de los peruanos. Hay una necesidad de diálogo entre las empresas, los derechos humanos y los derechos de los pueblos indígenas. Se deben poner condiciones y estándares de respeto de los derechos humanos a las transnacionales que invierten aquí, se deben pedir todas las garantías para que luego no haya conflictos sociales por la inversión. Pero nuestro problema es que tenemos gobernantes corruptos que en el momento de la negociación no defienden los derechos de su pueblo. Por ejemplo, uno de los grandes problemas en Perú es la biopiratería, se llevan todos nuestros recursos genéticos sin pagar. El Estado no los protege. Todo esto tiene que ver con la ética en el ejercicio del poder y la ética en el ejercicio de la empresa. Y el Estado peruano es el primero que tendría que poner condiciones. Que vengan los que acepten.

¿Qué es lo que debería aprenderse de los pueblos indígenas?

Hay gobernantes que toman la filosofía indígena en sus discursos, pero eso es peligroso porque no la cumplen. ¿A dónde vamos como humanidad? Lo primero es definir qué significa garantizar la vida de la humanidad, de qué va a vivir esa humanidad y en qué condiciones. Los pueblos indígenas pervivieron a través de los siglos con una filosofía de respeto entre ellos y de respeto con lo que se tiene en el entorno. Por ejemplo, la inversión de Occidente en investigación científica tendría que servir para mejorar la calidad de vida, para cuidar la vida de los alimentos. La competencia por quien acumula más es lo que nos va a matar, y Occidente está en ese plan.

2018-03-20 07:49:00

 

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La tecnología, ¿herramienta de dominación o mecanismo de liberación?

“En una sociedad tan intensamente industrializada,

la gente está condicionada para obtener las cosas más que para hacerlas;
se le entrena para valorar lo que puede comprarse más que lo que ella misma puede crear.
Quiere ser enseñada, transportada, tratada o guiada
en lugar de aprender, moverse, curar y hallar su propio camino.
Se asignan funciones personales a las instituciones impersonales.”. Ivan Illich 


Sin negar cuán importantes son los veloces avances tecnológicos -tanto los de las últimas décadas como aquellos por venir- cabe notar que éstos no siempre benefician a toda la Humanidad. Por ejemplo, hay segmentos enormes de la población mundial que no acceden por igual a la informática. Aún hoy, en pleno siglo XXI, cientos de millones de personas no han tenido contacto con Internet (de hecho, a enero de 2018 se estima que 3.572 millones de personas no tienen acceso a la red ) . Y muchos que, si lo tienen, son verdaderos analfabetos tecnológicos: están presos de una tecnología que no conocen, ni pueden usar a plenitud, al tiempo que devienen cada vez más en adictos sumisos, pasivos y dominados de estas nuevas tecnologías.


Además, tanto avance tecnológico no es indispensable para resolver los graves problemas sociales que afectan a la Humanidad, por ejemplo, el hambre. Producimos alimentos en el planeta que cubrirían las necesidades de 10 u 11 mil millones de personas, más que suficiente para los actuales 7,5 mil millones de humanos; pero diariamente se van a su casa con hambre entre 800 millones y mil millones de personas. De hecho, las soluciones frente a la urgencia de asegurar los mínimos nutricionales para todos los habitantes del planeta, “no son respuestas de más tecnología alimentaria, ni de más productividad”, apunta con claridad el catalán Gustavo Duch . Basta ver que, cada año, alrededor de un tercio de todos los alimentos producidos en el mundo se desperdician . Más allá de distribuir con mayor equidad los alimentos y de producirlos según la demanda alimenticia humana -y no la especulación o el hambre del automóvil-, urge hacer realidad la soberanía alimentaria que implica el control por parte del campesinado de su agricultura y de toda su alimentación, es decir todo manejado desde los pueblos, no desde las corporaciones.


Así, afloran varias preguntas: ¿Es socialmente neutra la tecnología? ¿Puede el incesante progreso tecnológico resolver los enormes problemas sociales existentes? ¿Cuáles son los límites de las tecnologías? Tales dudas no implican un conservadurismo ante el progreso tecnológico, sino una crítica sobre su sentido. Guste o no, la tecnología moderna está cada vez más subsumida a la auto-valorización del capital, volviéndose nociva en muchos aspectos. Es más, el avance tecnológico tiende a acelerarse en aquellas actividades que benefician a la acumulación (un ejemplo cruel es el avance tecnológico militar), mientras que en otras el avance es lento y hasta llega al estancamiento, o peor aún a la marginación: un ejemplo es el encarcelamiento tecnológico del mercado de las patentes ( cuya supuesto “incentivo a la innovación” es más que cuestionable ), como sucede con muchas medicinas que podrían paliar problemas de salud en el mundo.


Por tanto, la tecnología -el instrumento o la fuerza que permite hacer algo, diferente pero complementaria de la técnica: conocimiento o habilidad de usar la tecnología- no es socialmente neutra. Con frecuencia se desarrollan nuevas tecnologías según las demandas de acumulación capitalista. No olvidemos que toda tecnología tiene inscrita una “forma social”, es decir, una forma de relacionamiento entre unos y otros y de construirnos a nosotros mismos; basta mirar la sociedad que “produce” el automóvil y el tipo de energía que demanda: individualismo y consumo de combustibles fósiles vienen en gran medida de la mano..

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¿Cuál forma social está implícita en los avances tecnológicos -presuntamente democratizadores- a los que deberíamos enrolarnos todos?


Por ejemplo, en la cotidianidad muchos “avances” tecnológicos sustituyen a la fuerza de trabajo -sea física o intelectual- volviendo caducos a varios trabajadores , así como excluyendo o desplazando a quienes no pueden acceder a la tecnología; todo esto redefine al trabajo mismo, normalmente contribuyendo a su flexibilización, casi siempre sinónimo de más explotación. Lo humano termina siendo mera herramienta para la máquina, cuando la relación debería ser inversa (aunque siempre dentro de determinados límites pues, como señaló Polanyi, sabemos mucho más de lo que podemos explicar y quizá ese conocimiento es el que nos distingue de las máquinas , idea similar que se recoge en la llamada “paradoja de Moravec ”). Desde esa perspectiva, para que exista otra técnica, que incluya a las personas al trabajo en vez de excluirlas, es necesario transformar las condiciones y relaciones sociales de producción. El objetivo es que la técnica potencia a las fuerzas humanas, no que las reemplace.


Más grave aún es ver cómo los avances tecnológicos recientes han devenido en “una herramienta capaz de controlar multitudes con la misma eficacia que el control individualizado. Las tecnologías que se han desarrollado en los últimos años, muy en particular la inteligencia artificial, van en esa dirección… se desarrollan prioritariamente aquellas que son más adecuadas para el control de grandes masas,” explica Raúl Zibechi . Un ejemplo es el monitoreo absoluto chino: el sistema de vigilancia del país más poblado del mundo llegó a la identificación facial -logro de ciencia-ficción- en donde ya han instalado 176 millones de cámaras de vigilancia, y hasta el 2020 esperan haber colocado otras 200 millones .


Nadie puede dudar que vivimos en una época de dominación tecnológica, que como anota el mismo Zibechi: “es parte de la brutal concentración de poder y riqueza en los estados, que son controlados por el 1 por ciento más rico”.


Las redes sociales, que parecían liberalizadoras, incluso democratizadoras (recordar la primavera árabe), son cuestionadas. George Soros , el gran especulador global, en el reciente Foro del 1% más rico, en Davos - leído en Diario El País de España -, afirmó que mientras petroleras y mineras explotan el medioambiente, las redes sociales explotan el ambiente: influyen en cómo la gente piensa y actúa, implicando un riesgo para la democracia (volviéndose hasta un problema de salud pública). Facebook, propietaria de Instagram y Whatsapp, registra a más de 2.130 millones de personas como parte de su comunidad; 332 millones en Twitter. El 67% de adultos norteamericanos declaran informarse vía redes sociales. Estas redes sociales no necesariamente crean la información, pero si la priorizan según las necesidades de los negocios involucrados, es decir de la acumulación de sus capitales.


Esta afirmación obviamente repercute en la economía global, pues las redes sociales y sus desarrollos tecnológicos son monopolizados por pocas grandes transnacionales, que combinan el control de la información con la especulación financiera, en un ejercicio de acumulación global inaudito.


El mundo que anticipó Orwell , gracias a grandes avances tecnológicos, comienza a ser una realidad cotidiana en China, Rusia, EEUU, Australia…En los EEUU se discute sobre la influencia que pudieron tener internautas rusos en las elecciones en las que salió como vencedor Donald Trump:habría alcanzado a 150 mil ciudadanos norteamericanos, una cifra que supera la de 126 millones de votantes, en un resultado donde cien mil votos fueron decisivos . En Alemania también se han denunciado acciones desde grupos de la derecha extrema para beneficiar al partido Alternativa para Alemania (AfD) en las pasadas elecciones del Parlamento Alem á n . Incluso en países más pequeños y pobres, como Ecuador en donde durante el gobierno del caudillo del siglo XXI (Rafael Correa) se instauró un sistema de control policial -que rebasó el ámbito criminal- para perseguir a movimientos sociales y a opositores del régimen. Y todo indica que esta potencial amenaza a la democracia recién empieza…


No es menos angustioso el impacto que están produciendo las tecnologías de la comunicación en la niñez y la juventud. El 48% de los jóvenes que pasan más de cinco horas al día conectados al móvil ha sufrido depresión, aislamiento o tendencias suicidas , resultado de “un modelo empresarial basado en engatusar a los niños desde pequeños”, como anotó en los Estados Unidos un senador demócrata. Semejante situación se combina con la violencia exacerbada facilitada por el avance tecnológico, por ejemplo, en el empleo de armas sofisticadas en tiroteos masivos(que mes a mes causan cientos de muertes en EEUU ).


Conocer tal realidad implica revitalizar la discusión política, ofuscada por la fe tecnológica. Al endiosar a la tecnología se tiende a abandonar los aspectos sociales cruciales para mejorar la vida humana. Por ejemplo, creer que los problemas ambientales globales se resolverán con mejora tecnológica es un error muy caro; se ha demostrado que las normas y regulaciones (aún insuficientes) han sido más efectivas que los avances tecnológicos y mucho más que las simplonas salidas de mercado (camufladas como “economía verde”). Aplaudidos logros, al contrario, pueden ser perversos: un ejemplo son los automóviles eléctricos que, si bien reducen el consumo de combustibles fósiles por unidad de transporte, demandan más y más minerales de todo tipo (desangrando aún más a continentes altamente explotados como África o América Latina), ocasionando hasta un aumento del número de vehículos demandados: “efecto rebote”.


Un reto clave recae en ver cómo se controlan conocimientos y tecnologías. En realidad, muchas nuevas tecnología provocan renovadas formas de desigualdad y de explotación, así como de enajenación, dominación y de hegemonía: la dominación tecnológica se vuelve “normal”, es aceptada voluntariamente y hasta deviene en deseable para los dominados (por ejemplo, personas desesperadas comprando teléfonos dondevoluntariamente registran hasta su información facial ). Por lo tanto, se debe impedir que las máquinas dominen a las personas, como recomendaba Iván Illich, cuyo pensamiento, junto al de André Gorz, cobra creciente vigencia cada día que pasa.


Hay que valorar la capacidad de reparar las máquinas para controlarlas. Hay que aumentar la durabilidad de los bienes materiales proscribiendo cualquier obsolescencia programada. Hay que pasar progresivamente de una economía productora de bienes materiales a una de bienes inmateriales no contaminantes. Hay que revalorizar las miles de respuestas pequeñas en todas partes del planeta para asegurar la soberanía alimentaria desde abajo, desde el campesinado y desde los huertos urbanos (donde no solo importa el consumo -que puede exacerbarse con la sobreproducción tecnificada- sino también las condiciones de producción). Hay que liberarnos de la economía del crecimiento permanente y de la acumulación de bienes interminable, dinámicas que son la esencia misma de la sociedad capitalista.


En estas condiciones se construyen respuestas desde abajo, en contra corriente. Así, cual círculos concéntricos provocados por una piedra lanza en un lago, se expanden inclusive en ciudades grandes, muchos ejercicios alentadores en donde los actores sociales intercambian mutuamente conocimiento artesanal; cambian tierras baldías y levantan con autogestión nuevos espacios abiertos para todas y todos; y a través de estas prácticas amplían también sus márgenes de acción, como nos cuenta Christa Müller de la Fundación Anstiftung .


Las tecnologías, sobre todo las que ahorran fuerza de trabajo (física o mental), deberían liberar al ser humano del trabajo orientado a acumular capital, permitiendo instaurar jornadas laborales menos extenuantes, tal como se consigue en varios países industrializados: en Alemania los trabajadores acaban de conseguir que se pueda establecer una semana de 28 horas de trabajo, para amplia el tiempo en familia . Y eso puede lograrse, por ejemplo, también liberando el conocimiento científico e impulsando un diálogo respetuoso con los saberes ancestrales, mientras las estructuras de producción y consumo se transforman para construir sociedades donde la explotación a la Humanidad y a la Naturaleza sea inviable.


Afrontamos complejidades múltiples inexplicables desde la monocausalidad. Y menos aún con simples respuestas escapistas. Precisamos respuestas múltiples, diversas, pequeñas y grandes (si fuera posible). Sin desestimar las acciones gubernamentales y la construcción de alternativas estratégicas de largo plazo, estando el control sobre los cuerpos en la mira del poder -como plantea Zibechi- esos cuerpos son y serán los campos de batalla. La lucha, una vez más, será desde abajo, multiplicando rebeldías, resistencias y desobediencias ciudadanas tanto frente a los grandes como a los pequeños y cotidianos usos tecnológicos que terminan construyendo hegemonía.


Urge identificar y -de ser posible- transformar las herramientas de dominación, como las redes sociales, en instrumentos de comunicación y organización liberadora. Esta acción que, en ningún momento debe restringir la libertad de expresión e información, debe estar guiada por las luchas de aquellos grupos históricamente oprimidos -desde enfoques feministas hasta indígenas, incorporando las visiones ecologistas y socialistas-, así como de propuestas comunitarias de quienes viven -o al menos imaginan- un mundo de libertades plenas, viable en la medida que confluyan la justicia social y la justicia ecológica. En definitiva, necesitamos un ejercicio de contra-hegemonía tecnológica.-

Por Alberto Acosta, economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ex-candidato a la Presidencia de la República del Ecuador

Walter Benjamin. La narración como artesanía de la comunicación

Walter Benjamin Schönflies, nació en Berlín el 15 de julio de 1892 y murió en Portbou en septiembre de 1940 (probablemente el 26 o 27 de ese mes). ¿Suicidio, sobredosis involuntaria de morfina, asesinato? Su muerte sigue siendo un misterio, como lo es el contenido de la famosa maleta con la que cruzaba los Pirineos. ¿Tendría el manuscrito de Tesis sobre la historia...? Tal vez nunca lo sepamos, pero podemos arriesgar que esa valija llevaba parte de los sueños del pensamiento utópico y adelantado a su tiempo de un autor necesario y actual, de un narrador excepcional.


Tan adelantado, certero y crítico que en El narrador (1936) ya observaba que “Con el dominio de la burguesía –uno de cuyos mejores instrumentos en el alto capitalismo es sin duda la prensa–, surge una forma de comunicación la cual, por más remoto que sea su origen, nunca había influido de manera tan determinante sobre la forma épica como tal. Pero ahora lo hace claramente. Y así queda claro que esta nueva forma de comunicación no es menos ajena a la narración que a la propia novela, siendo más peligrosa para la primera mientras provoca la crisis de la segunda. Esta nueva forma de comunicación es lo que se llama información.”


Si tuviéramos que elegir entre los grandes pensadores de la historia, Benjamin estaría entre los más destacados. Socio “rebelde” de la Escuela de Fráncfort, la obra del filósofo alemán supera su figura, que influye en gran parte de la teoría crítica del siglo XX en adelante. En su pensamiento, las preguntas son una parte fundamental en la búsqueda de una explicación para intentar comprender el mundo, cuestionarse la existencia y su presencia en él.


En su obra, la narración ocupa un lugar destacado. Una manera de contar para dejar constancia, para que no se acabe el arte de relatar. Dicen que el poder de su palabra viene de los cuentos que su madre, Pauline Schönflies, le leía de pequeño. De ahí su trabajo sobre el poder de la narración y de la palabra sobre el cuerpo.
Narrar frente a novelar, la existencia colectiva contada al mundo frente al punto de vista de la privacidad. Benjamin no escribió novelas, compuso narraciones. “El narrador pertenece al grupo que forman los maestros y los sabios”, decía.


Para él, “La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores. Y los grandes de entre los que registraron historias por escrito, son aquellos que menos se apartan en sus textos, del contar de los numerosos narradores anónimos.”


En la emisión “El Berlín demoníaco”, al aire por Radio Berlín el 25 de febrero de 1930, Benjamin se preguntaba ¿por qué escribe un autor? Y se respondía “Por mil motivos. Porque le gusta imaginar cosas: o porque esas ideas o imágenes se adueñan de tal modo de él, que solo puede descansar cuando las ha dejado escritas; o porque le mortifican ciertas cuestiones y dudas para las que encuentra alguna solución en los destinas de personas imaginarias: o simplemente porque ha aprendido a escribir; o bien, y este es desgraciadamente un caso muy frecuente, porque no ha aprendido nada en absoluto.”


En ese mismo programa radial, se cuestionaba sobre el para qué escribía Hoffmann, autor prusiano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y contestaba asumiendo que tal vez no tuviera una finalidad consciente, pero que pretendía “ofrecer una fisiognómica: mostrar que su Berlín prosaico, sobrio, instruido y sensato está plagado de cosas excitantes para un narrador –no solo en sus rincones medievales y en sus calles solitarias y casas deshabitadas, sino también en sus ocupados habitantes de todas las clases sociales y todos los barrios-, que solo pueden detectarse a fuerza de observación.”


Observar la realidad y narrarla, para hacer visibles las historias de las gentes del común, las que están en la plaza o en el parque, las que conforman esa otra realidad, tantas veces invisible, que nos rodea y en la que nos movemos.
En El narrador, escribe “El arte de narrar está acabado. Es

cada vez más raro encontrar a personas que resulten capaces de contar algo bien. Y es cada vez más habitual que la propuesta de contar historias cause embarazo entre los presentes. Como si nos hubieran arrancado una facultad que nos parecía inalienable [...]: la facultad concreta de intercambiarnos experiencias.”


Un día de septiembre del año 1940, Benjamin moría en el pueblo gerundense de Portbou. Tal vez se quitó la vida ante la imposibilidad de huir de la expansión del nazismo. Este año se cumplen ciento veinticinco años de su nacimiento y setenta y siete de su muerte, y no parece haber tenido, en mi opinión, la suficiente repercusión en los medios. Una lástima, porque Benjamin es probablemente, o al menos es mi impresión, el más destacado autor de la famosa escuela alemana de pensamiento crítico. Su obra aborda numerosas temáticas, y sobre todas ellas reflexiona y profundiza para intentar entenderlas, explicarlas y acercarlas a lo cotidiano.


Uno de los pocos recordatorios de los que he tenido conocimiento ha sido la exposición “La maleta de Walter Benjamin. Dispositivos migratorios”, que ha estado en Portbou, Madrid y Barcelona, y en la que se han reunido maletas creadas por diversos artistas a partir de la interpretación de cada uno de Tesis sobre la Historia.


Su bibliografía, todavía hoy, parece seguir dispersa y no ha sido bien catalogada. Sus trabajos abarcaron la crítica social y literaria, la traducción, el ensayo, la filosofía y la radio. Para Mariana Dimópulos, experta en la labor “dialéctica lenta” de Benjamin, sus obras son un carrusel. Afirma que para leer y entender al autor hay que hacer reconversiones de sus obras, para no quedarnos solamente con una de las múltiples facetas intelectuales que abordó en su vida, que fueron muchas y muy prolíficas para una vida tan corta.
La afición y profesión de Benjamin por el medio radiofónico es tal vez una de las menos conocida y difundida. Hace dos años, la editorial akal publicó Radio Benjamin, un texto traducido de la obra homónima en inglés del año 2014. Según la editora, los trabajos sobre la radio de Benjamin nunca se habían traducido al inglés, tampoco al castellano, por lo que esta obra recopila toda una serie de textos inéditos del autor.


Clasificada en cuatro secciones, Radio Benjamin nos presenta gran parte de las entre ochenta y noventa conferencias que escribió para este medio. Una primera sección recoge sus alocuciones radiales englobadas en “La hora de la juventud: historias radiofónicas para niños”; en la segunda se encuentran las “dos comedias radiofónicas para niños”; “charlas, comedias, diálogos y modos de audición” conforman la tercera, y cierra con un epígrafe que incluye sus “escritos sobre la radio no radiados.”


Para la editora, en las piezas para la radio la mirada de Benjamin “se detiene a menudo en rastros de desapariciones y vestigios de formas sociales obsoletas.” Mientras que para Adorno, los trabajos de Benjamin para la radio tienen algo que hace que “Bajo la mirada de sus palabras se transforma todo como si se hiciera radiactivo.”
En el “país de la voz”, el territorio de la radio , ese “marco para el espacio incierto y las fronteras invisibles de la transmisión radiofónica”, según Lecia Rosenthal, pide Benjamin que hay que “desentenderse de los aspectos materiales del cuerpo.”


Su producción son puros fragmentos, por la manera en que escribía y por lo disperso todavía hoy de su producción, concepto que él consideraba “el material más noble de la creación barroca”. En el Libro de los pasajes, obra publicada en 1983 en Alemania, se recogen algunas de esas fracciones, nobles pedazos de sus pasadizos intelectuales.
Pasajes se llama precisamente la obra escultórica que el artista israelí Dany Karavan construyó en la ciudad donde Benjamin falleció. Esta especie de museo instalado en PortBou es una joya de la arquitectura paisajística dedicada a la memoria del ensayista bávaro. Son una serie de escalones que se introducen como pedazos de vida en la tierra para terminar dando al mar. Una escalera de la que se entra y se sale como si fuera un laberinto de ideas y sentimientos. Como sus pasajes, que son su idea de la filosofía de la historia establecida de manera no definitiva, trozos unidos en libros como entradas y salidas.


Todo eso constituye, como lo recoge el Círculo de Bellas Artes (CBA) de Madrid en la web que le tiene dedicada, un verdadero atlas. Un mapa lleno de referencias y citas, esas que él mismo denominaba como “salteadores de caminos que irrumpen armados y despojan de su convicción al ocioso paseante.”


Según César Rendueles y Ana Useros, en las “instrucciones de uso” del libro Constelaciones, editado por el CBA con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Benjamin “se ha convertido en el intérprete privilegiado de las transformaciones más características de nuestra contemporaneidad: la mercantilización generalizada, las nuevas formas cognitivas, la crisis de la experiencia histórica tradicional o las propuestas estéticas en un contexto tecnológico avanzado.”


Si hay un representante de la historia crítica, esa que es analítica y que sirve como sustento intelectual para luchar contra la historia oficial, al margen de Marx, es Walter Benjamin. Su Tesis sobre la historia, nombrada inicialmente por su primer editor, Theodor W. Adorno, como Sobre el concepto de historia, es toda una apuesta por construir otro discurso, más reflexivo y crítico. En palabras del propio autor, confesadas por carta a su amiga Gretel Adorno, es, más que “un conjunto de tesis”, un puñado de ideas, “un manojo de hierbas juntado en paseos pensativos.”


Para Bolívar Echevarría, introductor de la versión de esa obra publicada por ediciones desde abajo, sus reflexiones “pertenecen a ese género escaso de los escritos de náufragos, borroneados para ser metidos en una botella y entregados al correo aleatorio del mar.”


Indignación frente a la derrota política, dolor histórico, indefensión, naufragio. Todo lo social que se vive en la antesala de la II Guerra Mundial es aplicable a Benjamin como sujeto, como ciudadano que ha cruzar sus propias fronteras para no caer en las manos del nazismo. Como le dedicó Brecht “adelantándote a los verdugos, has levantado la mano contra ti mismo (...) empujado finalmente a una frontera incruzable, has cruzado, me dicen, otra que sí es cruzable. Imperios se derrumban. Los jefes de pandilla se pasean como hombres de Estado. Los pueblos se han vuelto invisibles bajo sus armamentos. Así el futuro está en tinieblas, y débiles las fuerzas del bien. Tú veías todo esto cuando destruiste el cuerpo destinado a la tortura.”


Walter Benjamin, como Freire, es otro de los pensadores incómodos, cuyas reflexiones tienen hoy más pertinencia y actualidad frente al capitalismo excluyente y colonizador que expande el pensamiento único.

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Feminismo comunitario-Bolivia. Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra, pero por supuesto hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico.

 

El feminismo comunitario fue parido en Bolivia dentro del proceso de cambio llevado adelante por un pueblo que quiere vivir con dignidad, un pueblo que está cuestionando al sistema patriarcal, capitalista, neoliberal, colonial, transnacional, un pueblo comprometido con la despatriarcalización, la descolonización y la autonomía. El feminismo comunitario no es una teoría, es una acción política que se nombra pero, por supuesto, hemos aprendido que además de luchar por el territorio, además de luchar en las calles, hay que luchar en el territorio de las palabras, hay que disputar la hegemonía de los sentidos y significados del pensamiento eurocéntrico. Consecuentes con esa lucha, nos llamamos feministas y construimos nuestros propios conceptos como un acto de autonomía epistemológica.

El feminismo comunitario hoy es un movimiento en Abya Yala que articula a hermanas de Argentina, Chile, Bolivia y México; es entonces una herramienta de articulación y lucha. Desde este feminismo que construimos cada día, creemos que sería injusto hablar de un movimiento feminista en América Latina y el Caribe, sí podemos hablar de colectivos y organizaciones, también de académicas y “estudiosas” que, en conjunto, no han logrado articularse pues siguen construyendo desde un feminismo colonizado y colonizante, sobre categorías insuficientes y fragmentadas, haciendo luchas temáticas, por los derechos, por la diversidad, por la inclusión, alejándose de la lucha contra el sistema. Hablamos de un feminismo que, al dejar de nombrar y de ver al patriarcado, o al reducirlo a la relación de los hombres hacia las mujeres, ha perdido la perspectiva revolucionaria y se ha vuelto funcional a éste.

Establecemos que, en la actualidad, no hay un movimiento feminista, hecho que hemos constatado en el XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe EFLAC, realizado en Perú en noviembre de 2014 desde la institucionalidad de las ONGs. Encuentro al cual asistimos evidenciando la carencia no sólo de propuestas sino de rebeldía y capacidad de soñar. Creemos que es posible identificar algunos de los desafíos que hoy convocan a las feministas que decidan asumir la responsabilidad política de luchar contra el sistema patriarcal. Descolonizar el feminismo Para el feminismo comunitario el feminismo es la lucha de cualquier mujer, en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo de la historia, que lucha, se rebela y propone ante un patriarcado que la oprime o que pretende oprimirla.

Entonces, descolonizar el feminismo es dejar de pensar, únicamente, desde los parámetros y categorías del feminismo eurocéntrico o de fechas como la revolución Francesa, porque han demostrado ser insuficientes y se han encerrado en un sistema de derechos que, en realidad, encubre los privilegios de unas y unos pocos frente a las opresiones de las mayorías. Descolonizar el feminismo es dejar de pensar desde la dicotomía del colonizador y el colonizado, es dejar de asumir el tiempo como lineal y el pensamiento como superador de las luchas, la clase como explicación suficiente y la posmodernidad como proyecto político.

Descolonizar el feminismo es volver a mirar al patriarcado en su complejidad. Para el feminismo comunitario el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, no es un sistema más, es el sistema que oprime a la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y a la naturaleza, construido históricamente y todos los días sobre el cuerpo de las mujeres. Descolonizar el feminismo ha sido, para nosotras, pensarnos frente al patriarcado recuperando la memoria larga de nuestros pueblos aymaras, huicholes, quechuas, mapuches, tzotziles, tzeltales, para construir un proyecto político de sociedad y de mundo, la comunidad y la comunidad de comunidades. Un desafío para el feminismo es dejar de dar solamente cuenta de las opresiones.

No basta un feminismo de las explicaciones, hay que proponer y construir un proyecto político, esto implica reconocer que ser negra, ser lesbiana, ser joven, ser indígena, es una posición política pero no un proyecto político de mundo, que es lo que los pueblos en lucha demandamos hoy. Superar sus categorías y las formas sectarias de sus luchas No podemos seguir asumiendo que el feminismo se reduce a la equidad de género, a la igualdad, a la diferencia o a la lucha por los derechos, cuando los pueblos en América Latina y el Caribe luchan por otra forma de vida, en Bolivia por el Vivir bien.

Superar las categorías del feminismo que ven la realidad segmentada y nos asumen a las mujeres como un tema entre tantos temas, un sector entre tantos sectores, que quiere incluirse en el sistema, es otro desafío. Esto implica, entonces, superar la visión de gueto, de superioridad, de lucha feminista desarticulada de la lucha de los pueblos. Sólo en la lucha con nuestros pueblos podemos aportar a visibilizar al patriarcado como el sistema de opresiones, hay que poner el cuerpo y no conformarnos con el colectivo, el performance o la academia.

 
Un feminismo útil para la lucha de los pueblos

 

Todo esto tiene que ver con el desafío mayor, construir un feminismo útil para la lucha de pueblos de los que somos parte, que reposiciona la discusión sobre el aborto en el campo de la autonomía y la descolonización del cuerpo y la sexualidad; que desmonta la maternidad en esclavitud y soledad con la crianza comunitaria como responsabilidad con la vida; un feminismo que, reconociendo en el trabajo impagado de las mujeres en el hogar la constitución misma del capitalismo, construya un modelo económico que no redite la explotación de nadie ni de la naturaleza. Un feminismo que construya modelos de recuperación de los recursos, circulación de los productos y convivencia con la naturaleza para Vivir bien.

El feminismo comunitario ha encarado estos desafíos, hablamos desde un feminismo descolonizado, hemos construido conceptos, categorías y acciones útiles para desmontar el patriarcado y tenemos como propuesta la comunidad como forma de vida que se construye cada día y que es, a la vez, la forma de garantizar que el patriarcado no se recicle. Desde este camino, y sabiendo que es necesario hacer un movimiento feminista regional y mundial, convocamos al Primer Encuentro de Feminismo desde los Pueblos que se realizará en Bolivia el 2016, porque no hemos dejado de soñar y porque sabemos que los sueños se construyen cada día en comunidad.

 

Fuente: http://conlaa.com/feminismo-comunitario-bolivia-feminismo-util-para-la-lucha-de-los-pueblos/

 

Sobre la autora:

Adriana Guzmán Arroyo. Transgresora, rebelde, intensamente luchadora contra el patriarcado y la heterónoma. Es sin duda creadora de vida y sueños utopías. No calla las hipocresías del sistema ni tampoco sus ideas contundentes y revolucionarias. Desde las organizaciones sociales es reconocida por sus estudios y su experiencia política en Educación Popular, Ciencias de la Educación y Feminismo, herramientas que fortalecen la energía del Feminismo Comunitario. Nació en La Paz, Bolivia, hija de Amparo, nieta de Teresa y Elena, y creadora de Diana y Julia. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia. Fue parte de los movimientos sociales que enfrentaron la masacre del gas el 2003.

 

 

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¿Ha valido alguna vez la vida de los negros?: Mumia Abu Jamal

Después de los horribles asesinatos de Alton Sterling, en Baton Rouge, Louisiana, y de Philando Castille, a las afueras de Saint Paul, Minnesota, por policías, uno después del otro, en julio de 2016, el escritor y activista político Mumía Abú-Jamal respondió con una frase que parecía como si el escritor se hubiera quedado sin palabras al terminar su corto lamento titulado, “Asesinados por Policías que Estaban ‘Simplemente Haciendo su Trabajo’ “, con la línea: “Y un muerto más... y otro... y otro más”.


Poco después, en el artículo, “¿Qué Pasa con un Sueño Postergado?,” sobre las muertes de Sterling, de Castile y de la masacre en Dallas, Texas, donde cinco policias y varios otros fueron heridos, Mumia invoca un poema de Langston Hughes:


Se ha llegado a una nueva etapa en la guerra más larga que los Estados Unidos de Norteamérica desata contra sí mismo.


Resumiendo la historia de las patrullas de los Blancos contra los esclavos Negros, su parecido a los actuales departamentos de policía y al sistema de justicia que da inmunidad a policías que matan, Abú-Jamal medita sobre como y porque hemos llegado a tan horible momento en la historia norteamericana:


La opresión puede volver loca a la gente. Puede convertir cerebros sensatos en mentes consumidas por cólera, furia y resentimiento.


Un año después, a consecuencia de los recientes actos terroristas alrededor del mundo, de los asesinatos en masa de costa a costa en los Estados Unidos, y del fallo totalmente no inesperado de no culpable a favor de Jerónimo Yáñez, el policía que mató a Castile, vale decir que la tiranía de nuestro estilo de libertad nos ha llevado a un nuevo período en la larga guerra contra nosotos mismos. En su espacio radial, Abú-Jamal cita a Alexis de Tocqueville y a Mao Tse-tung al hablar de la guerra civil que actualmente vive los Estados Unidos. En otro artículo titulado, La Segunda Muerte de Philando, Abú-Jamal concluye, “El jurado creyó otra vez que la vida de un Negro no tiene valor intrínsico y que se puede tratar al Negro como basura, quemarlo, y tirarlo como desperdicio, como se botan viejos pares de zapatos.”


En su última colección de ensayos, ¿Ha Valido Alguna Vez la Vida de los Negros? (Have Black Lives Ever Mattered?), publicado por, City Lights, Abú-Jamal no ofrece respuestas fáciles, excepto para aquello que no se puede negar: “Bueno, éstas parecen lo suficiente importantes como para suprimirlas y robarlas.” A lo largo del libro, Mumía irradia su luz sobre el grupo de vidas Negras sacificadas desde 1998– los casos que llegaron a la vista del pueblo– mientras subraya este hecho: Vivir como Negro en los Estados Unidos es en sí una experiencia traumática.


Entre siguiendo con su lucha diaria para mantener su salud a pesar de que en la prisión le niegan asistencia médica, y trabajando continuamente para anular la errónea convicción por el supuesto crimen de haber matado a un policía en 1981, Abú-Jamal escribe, escribe y escribe: nueve libros incluyendo la colección de ensayos ya publicada por City Lights, Graves Profesías (Writing on the Wall), numerosos ensayos y programas de radio, todo creado desde la prisión a lo largo de 30 años, (la mayor parte de esos años encerrado en una celda del Corredor de la Muerte), Abú-Jamal ha hecho sonar campanas de alarma, ha izado y hecho flamear banderas de libertad; y sus palabras hicieron sonar sirenas de alarma en su esfuerzo por detener la presente emergencia que vive Estados Unidos. Decir en términos simples lo que parece ser evidente es un arte, es obra de voces proféticas, y Mumía Abú-Jamal posée éso. La posibilidad de ver desde dentro de la prisión, le permite la precisión de una concentración certera para observar y decir verdades que no podemos ver ni decir quienes viajamos libremente por el mundo y usamos la Internet. Sin embargo, su posición, o falta de ella por estar preso, ha hecho que su obra sea puesta de lado y ha veces hasta rechazada por la sociedad en general. Quizás el volúmen de su obra en este momento es lo que intimida a gente indudablemente inteligente, y lo evita, o quizás es la anticuada “supremacía de los Blancos” lo que hace otra vez lo único que sabe hacer, esta vez tratando de no dar importancia a Mumía Abú-Jamal...


Existe una inexplicable resistencia en la llamada izquierda progresista de considerar a Mumía poeta y escritor de mérito, mucho menos de verlo como un profeta o como una valiosa voz de los sin voz. Aquellos que veneran los célebres escritos de prisión de Jean Genet, George Jackson, Martin Luther King, Jr. y Nelson Mandela, no han tenido tiempo de discutir vigorosamente el vasto catálogo de escritos de Mumía Abú-Jamal. Pero los que lo apoyan pueden estar tranquilos en la seguridad que cuando ya no estemos aquí, los escritos de Mumía van a permanecer como testimonios de un tiempo raro en la historia de los Estados Unidos; y los estudiosos del futuro probablemente no van a creer porqué no se puso más atención a su sabiduría profética y porqué no se consideraron seriamente sus palabras. En sus ensayos hay respuestas y herramientas valiosas para recobrar el alma que ha perdido Estados Unidos.


En el artículo de 2002 titulado, “Las Otras Violaciones de Central Park,” sobre los cinco jóvenes erróneamente acusados y presos por crímenes que no cometieron en 1989, Abú-Jamal denuncia a Donald J. Trump y a sus crueles avisos periodísticos a toda página en los que Trump proclamó que los cinco jóvenes debieron haber recibido la pena de muerte. (Los jóvenes fueron posteriormente declarados inocentes después de haber estado presos de 6-13 años de sus sentencias de 5-15 años). De ese error judicial, Abú-Jamal afirma que no es un incidente aislado: Que cinco jóvenes Negros sean victimizados por los sistemas de justicia y de prisiones, heridos para toda su vida por la mentalidad de esos sistemas de tratar todos los casos como de costumbre, es simplemente más evidencia que la vida de los Negros es desechada. En ese mismo artículo Mumía afirma que para este sistema los Negros, los cobrizos y los Latinos “no valen nada.”


El ensayo de 1998, “Somos Ciegos a Todo Menos al Color,” considera como las Cortes de Justicia tratan al pueblo: “...como la gente es acusada y sentenciada son reflejos directos de la raza y el grupo étnico a los que los acusados pertenecen y como esos rasgos son vistos por norteamericanos Blancos.” Mumía propuso un ejercicio experimental entre estudiantes de leyes en el que Blancos imaginaron volverse Negros y dijeron que éso era “una desventaja,” que valía millones de dólares en daños. “¿Porqué daños, a menos que el color sea importante?”, se pregunta Mumía.


De los 41 tiros que mataron a Amadou Diallo, en 1999, Abú-Jamal notó la “previsible absolución de sus asesinos, cuatro policías Blancos,” en 2002 y pidió la creación de un movimiento para parar la violencia. Unos 12 años después, siguiendo los asesinatos de Eric Garner y Michael Brown, se lanzó el movimiento, La Vida de los Negros Vale, aún cuando ese movimieno no reconoce ser inspirado por Abú-Jamal y tampoco busca su apoyo, pero cualquiera con ojos y oídos puede reconocer que él fue el primero en resisistir el terror policiaco y en nombrar a la supremacía de los blancos como la causa principal de los males en la aplicación de la ley.


Leídos uno por uno, como lectura diaria, los ensayos de Mumía, como sus comentarios por radio, son lo suficientemente fuertes como para pensarlos por horas. Leyendolos todos de una sola vez, la evidencia de los abusos mostrados por Abú-Jamal podrían potencialmente penetrar una mentalidad racista y cambiarla; sin embargo, liberales sensitivos se podrían enfermar de pena leyendo el innegable catálogo de sufrimientos que presenta Mumía, muchos de esos sufrimientos causados por los mismos liberales (que ésto sirva de advertencia). Sus críticas de los políticos no están reservadas solo para los derechistas: Mumía escribe sobre el papel de los Clintons en lo que él llama “la explosión de encarcelamientos en masa”, así como el legado de Obama en las vigilancias masivas y en el sistema de represión que creó y enforzó: “Obama dejó fundamentamente intactos los horrores de los encarcelamientos masivos y los puso en manos de un populista de la ultra derecha, que fue muy bién recibido por un conocido grupo terrorista Norteamericano, el Ku Klux Klán.”


Al prepararnos para el gran verano caliente de contradicciones y para el dia de fiesta más importante de Estados Unidos, el Cuatro de Julio, Mumía nos pide pensar en lo que el abolicionista Frederick Douglass y él se preguntan: ¿Qué significa esa fecha para un esclavo? Mientras seamos la nación con la más alta población de presos en el mundo, con más de dos millones de seres humanos en la cárcel, no solo somos un país-cárcel, si no también ningún norteamricao es libre. Una y otra vez, equivocadamente se encarcelan a seres inocentes; mientras los verdaderos asesinos de las libertades norteamericanas aún tienen que ser juzgados, convictos y encarcelados. “Hasta que llegue ese momento,” Mumía escribe,”El Cuatro de Julio es simplemente otro día.”


El Estado de Pensilvania se mantiene firme en tener preso a Abú-Jamal, a pesar del gran número de evidencias en favor de su inocencia. Ésto hace perfecto sentido en los ojos de un Estados Unidos racista y tímido; pero en un sistemas más perfecto, con más apego a la verdad y donde en realidad existe éso de Justicia para Todos, sería un crímen mantener prisionero por toda su vida a Mumía Abú-Jamal. Entre tanto, sus escritos son compañía en las tristes horas de la historia de Estados Unidos que continuamente afirma, una y otra vez, (aún cuando éso es mentira), que algunas vidas pueden ser sacrificadas

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La guerra de Macri contra el pueblo mapuche

"Esta es la nueva Campaña del Desierto, pero no con la espada sino con la educación", dijo Esteban Bullrich, entonces ministro de Educación y Deportes al inaugurar un hospital-escuela en septiembre del año pasado (goo.gl/JxD7Wl). Más allá de la brutalidad de las palabras del actual candidato a senador que compitió con Cristina Fernández en la provincia de Buenos Aires, la frase desnuda lo que piensan los de arriba de los pueblos originarios.

La Campaña o Conquista del Desierto fue un genocidio perpetrado por el Estado argentino entre 1878 y 1885, cuando arrebató grandes extensiones de territorio a los pueblos mapuche, ranquel y tehuelche. Los indígenas derrotados por las fuerzas comandadas por Julio Argentino Roca fueron deportados por la fuerza a campos de concentración, exhibidos en museos o trasladados para servir como mano de obra forzada.

El objetivo de fondo, ese que no se puede expresar en público pero es la fuerza motriz oscura de las acciones, fue la expropiación de sus territorios para incorporar tierras al mercado y expandir la república en zonas que, antes y ahora, son consideradas como "desierto", porque son espacios poco fértiles para la acumulación de capital.

Los Bullrich (el candidato macrista y su tía Patricia, actual ministra de Seguridad) forman parte de una distinguida familia de la oligarquía argentina, que jugó un papel directo en la Campaña del Desierto.

El historiador Osvaldo Bayer mostró, con base en documentos de la Sociedad Rural, que entre 1876 y 1903 se otorgaron casi 42 millones de hectáreas a mil 800 familiares y empresarios amigos del presidente Roca. Algunas familias, como la del ex ministro de Economía de la última dictadura, Martínez de Hoz, obtuvieron gratis 2.5 millones de hectáreas.

Según un informe de la BBC, una buena parte de esas tierras pertenecen actualmente a Benetton, que posee casi un millón de hectáreas, siendo uno de los principales dueños de la Patagonia, en conflicto permanente con las comunidades mapuche, ya que la multinacional ocupa parte de sus territorios ancestrales (goo.gl/73JZTy).

El extractivismo es la continuación de la Campaña del Desierto. Según el periodista Darío Aranda, de los 40 proyectos mineros en estudios (en 2003), se avanzó hasta 800 proyectos (en 2015); de 12 millones de hectáreas con soya transgénica se pasó a 22 millones en el mismo periodo. "Amnistía Internacional contabilizó un piso de 250 casos conflictivos, entre los que detectó un punto en común: detrás siempre hay empresas (agropecuarias, petroleras y mineras, entre otras) que actúan en complicidad, por acción u omisión, de los gobiernos" (goo.gl/71ckCG).

Los medios hacen un trabajo sucio al vincular a los mapuche a las FARC, a grupos kurdos y a ETA, sin prueba alguna, sólo apoyados en declaraciones del gobernador de Chubut, al servicio del avance de la frontera extractiva. La ministra de Seguridad, Bullrich, dio un paso más al señalar que los mapuches son un problema para la seguridad nacional y acusarlos de "terroristas", a la vez que asegura que enarbolan un proyecto secesionista.

"No vamos a permitir una república autónoma y mapuche en el medio de la Argentina. Esa es la lógica que están planteando, el desconocimiento del Estado argentino, la lógica anarquista", dice quien en los setenta militaba en el entorno de la organización armada Montoneros (goo.gl/yp2hfU).

Detrás de todo este cacareo hay una realidad que es la que realmente molesta: en los últimos 15 años, luego de agotar la instancia administrativa y judicial, el pueblo mapuche recuperó 250 mil hectáreas que estaban en manos de grandes terratenientes, asegura Aranda. O sea, pese a la represión, la criminalización y la difamación, los mapuche están ganando.

El conflicto del Estado con la comunidad mapuche Pu Lof en Resistencia, en la localidad de Cushamen, provincia de Chubut, se intensificó en 2015 a raíz de la represión y criminalización de sus líderes. El lonko Facundo Jones Huala, autoridad mapuche de la comunidad, fue detenido el 28 de junio de este año, el mismo día en que se reunieron los presidentes Mauricio Macri y Michelle Bachelet, acusado por los gobiernos de terrorismo, incendios, robos, amenazas e, incluso, haberle "declarado la guerra a Chile y Argentina" (goo.gl/1khbBy).

El primero de agosto efectivos de la Gendarmería Nacional allanaron y quemaron instalaciones de la comunidad. En el marco de la represión desapareció el activista solidario Santiago Maldonado, cuando no pudo cruzar un río junto a sus compañeros perseguidos por los policías. Hasta ahora nada se sabe de su paradero, el gobierno se niega a responder mientras arrecian las marchas y concentraciones exigiendo su aparición con vida.

Hay tres hechos que desesperan a los de arriba y explican la brutalidad represiva.

Uno, el pueblo mapuche sigue vivo, no se rinde y recupera tierras, que es la base de su reconstrucción como nación.

Dos, la campaña nacional e internacional en su apoyo. Un centenar de organizaciones de pueblos originarios, Amnistía Internacional, el Servicio de Paz y Justicia y la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, emitieron un comunicado titulado La lucha indígena no es delito, donde dicen que "el Estado privilegia los intereses de las petroleras y criminaliza al pueblo mapuche".

Tres, que los mapuche han construido las más diversas organizaciones, entre ellas la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), dedicada a recuperar tierras. Daniel Loncon, integrante de la Cátedra Libre de Pueblos Originarios, dijo que entre los mapuche "algunos prefieren la vía diplomática, pero también hemos sido testigos de nuestros abuelos que se han muerto yendo de oficina en oficina buscando la legitimación de sus tierras. El RAM en ese sentido es una expresión del pueblo mapuche cansado de esta injusticia histórica, pero consciente de dónde está el poderío económico que maneja todo esto. Porque la recuperación no se hizo a un vecino, sino a una multinacional" (goo.gl/GEqKq9).

¡Marichiweu!

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Martes, 15 Agosto 2017 06:41

Contra la dominación

Contra la dominación

La dominación social, política y cultural siempre es el resultado de una distribución desigual del poder en cuyos términos quien no tiene poder o tiene menos poder ve sus expectativas de vida limitadas o destruidas por quien tiene más poder. Esta limitación o destrucción se manifiesta de diferentes maneras: desde la discriminación hasta la exclusión, desde la marginación hasta la liquidación física, psíquica o cultural, desde la demonización hasta la invisibilización. Todas estas formas pueden reducirse a una sola: la opresión. Cuanto más desigual es la distribución del poder, mayor es la opresión. Las sociedades con formas duraderas de poder desigual son sociedades divididas entre opresores y oprimidos. La contradicción entre estas dos categorías no es lógica, sino más bien dialéctica, ya que ambas forman parte de la misma unidad contradictoria.


Los factores que están en la base de la dominación varían de época a época. En la época moderna, digamos, desde el siglo XVI, los tres factores principales han sido: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. El primero es originario de la modernidad occidental, mientras que los otros dos existían antes pero fueron reconfigurados por el capitalismo. La dominación capitalista se basa en la explotación del trabajo asalariado por medio de relaciones entre seres humanos formalmente iguales. La dominación colonial se basa en la relación jerárquica entre grupos humanos por una razón supuestamente natural, ya sea la raza, la casta, la religión o la etnia. La dominación patriarcal implica otro tipo de relación de poder pero igualmente basada en la inferioridad natural de un sexo o de una orientación sexual.


Las relaciones entre los tres modos de dominación han variado a lo largo del tiempo y del espacio, pero el hecho de que la dominación moderna se asiente en los tres es una constante. Al contrario de lo que vulgarmente se piensa, la independencia política de las antiguas colonias europeas no significó el fin del colonialismo, significó la sustitución de un tipo de colonialismo (el colonialismo de ocupación territorial efectiva por una potencia extranjera) por otros tipos (colonialismo interno, neocolonialismo, imperialismo, racismo, xenofobia, etc.).


Vivimos en sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales. Para tener éxito, la resistencia contra la dominación moderna tiene que basarse en luchas simultáneamente anticapitalistas, anticoloniales y antipatriarcales. Todas las luchas tienen que tener como objetivo los tres factores de dominación, y no solo uno, aunque las coyunturas puedan aconsejar que incidan más en un factor que en otro.


El siglo XX fue de los siglos más violentos de la historia, pero también se caracterizó por muchas conquistas positivas: desde los derechos sociales y económicos de los trabajadores hasta la liberación e independencia de las colonias, desde los movimientos de los derechos colectivos de las poblaciones afrodescendientes en las Américas y de los pueblos indígenas hasta las luchas de las mujeres contra la discriminación sexual. Sin embargo, a pesar de los éxitos, los resultados no son brillantes. En las primeras décadas del siglo XXI atravesamos incluso un período de reflujo generalizado de muchas de las conquistas de esas luchas. El capitalismo concentra la riqueza más que nunca y agrava la desigualdad entre países y dentro de ellos; el racismo, el neocolonialismo y las guerras imperiales asumen formas particularmente excluyentes y violentas; el sexismo, a pesar de todos los éxitos de los movimientos feministas, sigue ejerciendo violencia contra las mujeres con una persistencia inquebrantable.


Un diagnóstico correcto es condición necesaria para salir de esta aparente estasis histórica. Sugiero varios componentes principales del diagnóstico. El primero reside en que, mientras que la dominación moderna articula siempre capitalismo con colonialismo y patriarcado, las organizaciones y movimientos que vienen luchando contra ella siempre han estado divididas, cada una privilegiando uno de los modos de dominación y descuidando, o incluso ignorando, el resto, y cada una defendiendo que su lucha y su forma de lucha es más importante. No sorprende, así, que muchos partidos socialistas y comunistas, que lucharon (cuando lucharon) contra la dominación capitalista, hayan sido durante mucho tiempo colonialistas, racistas y sexistas. Del mismo modo, no sorprende que movimientos nacionalistas, anticoloniales y antirracistas hayan sido capitalistas, procapitalistas y sexistas, y que movimientos feministas hayan sido conniventes con el racismo, el colonialismo y el capitalismo. De este hecho histórico resulta claro que los avances serán escasos si la dominación continúa unida y la oposición desunida.


El segundo componente tiene que ver con el modo en que se organizaron las resistencias anticapitalistas, anticolonialistas y antipatriarcales. Trabajadores, campesinos, mujeres, personas esclavizadas, pueblos colonizados, pueblos indígenas, pueblos afrodescendientes, poblaciones discriminadas por la discapacidad o por la condición u orientación sexual recurrieron a muchas formas de lucha, unas violentas, otras pacíficas, unas institucionales, otras extrainstitucionales. A lo largo del siglo pasado, esas múltiples formas se fueron condensando en partidos políticos, movimientos de liberación y movimientos sociales, y, salvo algunas excepciones, fueron dando preferencia a la lucha institucional y no violenta. El régimen político que se impuso como la mejor respuesta a estas opciones fue la democracia de origen liberal, la democracia actualmente existente. Ocurre que la potencialidad de este tipo de democracia para responder a las aspiraciones de las poblaciones oprimidas siempre fue muy limitada y las limitaciones se fueron agravando en tiempos más recientes. El modelo que más desarrolló esa potencialidad fue la socialdemocracia europea, y su mejor momento (conseguido, en buena medida, a costa del colonialismo y el neocolonialismo, o sea, de las relaciones económicas desiguales con las colonias y las excolonias), está hoy bajo ataque, no solo en Europa, sino también en todos los países que buscaron imitar su espíritu moderadamente redistributivo para reducir las enormes desigualdades sociales (Argentina, Brasil, Venezuela).


En todas partes, la democracia de baja intensidad está siendo cercada por fuerzas antidemocráticas y, en algunos países, va transitando hacia dictaduras atípicas, muchas veces basadas en la destrucción de la separación de poderes (desde Brasil a Polonia y Turquía) o en la manipulación de los sistemas mayoritarios (fraude electoral sistemático, como en México, sistemas electorales que no garantizan la victoria del candidato más votado, como Hillary Clinton en Estados Unidos). Sabíamos que la democracia se defiende mal de los antidemócratas pues, de otro modo, Hitler no habría ascendido al poder por vía de las elecciones. Y nótese que, si bien de modo fraudulento, su partido ostentaba la palabra “socialismo” en su nombre. Hoy, la democracia está siendo secuestrada por fuerzas económicas poderosas (bancos centrales, Fondo Monetario Internacional, agencias de calificación de crédito) no sujetas a ninguna deliberación democrática. Y las imposiciones pueden ser legales (¿y legítimas?): intereses de deuda pública, imposición de tratados de libre comercio, políticas de austeridad, rules of engagement de las multinacionales, control corporativo de los grandes medios de comunicación; e ilegales: corrupción, tráfico de influencias, abuso de poder, infiltración en las organizaciones democráticas, incitación a la violencia.


La democracia es hoy servidora de los intereses imperiales, cuando no directamente uno de sus instrumentos. Para imponerla se destruyen países enteros, sean ellos Irak, Libia, Siria o Yemen. Está bien documentada la intervención imperialista para desestabilizar procesos democráticos dotados de algún ánimo redistributivo y animados por algún posicionamiento nacionalista para protegerse del mercado internacional depredador de recursos estratégicos, sean ellos petróleo, minerales o, de modo creciente, tierra o agua. Esta desestabilización se nutre siempre de los errores, a veces graves, de los gobiernos nacionales (algunos considerados progresistas) y cuenta con la activa complicidad de las oligarquías que dominaron estos países. La descaracterización de la democracia es tal que ya se habla hoy de posdemocracia, un nuevo régimen político basado en la conversión de los conflictos políticos en conflictos mediáticos minuciosamente gestionados por técnicos de publicidad y comunicación, y últimamente apoyados por la posverdad mediática de las fake news.


El tercer componente del diagnóstico tiene que ver precisamente con los errores de los gobiernos nacionales. ¿Por qué se equivocan con tanta frecuencia, sobre todo cuando son considerados gobiernos progresistas? Son muchos los factores: no hay alternativas anticapitalistas creíbles y las conquistas contra el colonialismo, el racismo o el sexismo parecen depender de que no interfieran con la dominación capitalista; una vez obtenido el poder de gobierno, las fuerzas progresistas se comportan como si tuviesen, además de aquel, el poder económico, social y cultural que se reproduce en la sociedad en general, y con eso deja de reconocerse la gravedad o incluso la existencia de antagonismo de clases, razas y sexos; las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado son siempre concebidas como si se buscara eliminar los “excesos” de estos modos de dominación, y no su fuente. De tal “autocontención”, voluntaria o impuesta, devienen dos consecuencias fatales.


La primera es tolerar o incluso promover un sistema de educación que fomenta los valores y las subjetividades que sustentan el capitalismo y las relaciones coloniales, racistas y sexistas. La segunda es negarse a imaginar (o ignorar cuando ocurren) formas alternativas de organizar la economía, concebir la democracia, organizar el Estado, practicar la dignidad humana, dignificar la naturaleza, promover formas de sentir y de ser solidarias, sustituir cantidades y gustos infinitos por la proporcionalidad, dejar de lado euforias desarrollistas en beneficio de límites justos y fruiciones comedidas, promover la diferencia y la diversidad con la misma intensidad con la que se promueve la horizontalidad. Al presentarse como fatales, estas dos consecuencias son inhumanas. Por la simple razón de que ser humano es no ser plenamente humano. Es no tener que ser para siempre lo que se es en un determinado contexto, tiempo o lugar.

 

13 Ago 2017


(*) Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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“Muchas mujeres fueron violadas en la guerra como ‘mensaje’ a las poblaciones”

Entrevista a Adriana Benjumea, abogada feminista y directora de Humanas-Colombia

En el Registro Único de Víctimas del Gobierno de Colombia hay inscritas más de cuatro millones de mujeres como víctimas del conflicto armado, que se prolongó durante cinco décadas; constan como afectadas por delitos contra la libertad y la integridad sexual 18.544 mujeres. Entre los departamentos con mayor número de casos figuran Antioquía (3.019), Magdalena (1.929), Nariño (1.178) y Bolívar (1.020). Muchas de las mujeres que sufrieron agresiones (13.152) oscilan entre los 29 y los 60 años. Según la abogada feminista y directora de la corporación Humana, Adriana Benjumea, la violencia sexual en las guerras no constituyen casos excepcionales y aislados.


“Muchas veces se trata de mandar un mensaje a las poblaciones; hay mujeres a las que se viola para callarlas y despojarlas de las tierras”, afirma tras participar en un acto organizado en la Universitat de València por la ONG Atelier y la Mesa de Apoyo “Derechos Humanos de las Mujeres y Paz en Colombia”. Más allá de los años “duros” del conflicto, las agresiones continúan en el día a día. Entre primeros de enero y el pasado 30 de abril, de los 5.831 niños, niñas y adolescentes atendidos por el Instituto Nacional de Medicina Legal para valorar un presunto delito sexual, 4.961 fueron niñas. La mayoría de ellas tenían entre 10 y 14 años. En el mismo periodo el instituto público atendió 5.808 casos de mujeres mayores de 18 años.


-Después de 50 años de conflicto y cuatro de negociación entre el gobierno colombiano y las FARC, ¿qué logros alcanzó el movimiento feminista y de mujeres en la Mesa de Diálogo de La Habana?


El Movimiento de Mujeres en Colombia tuvo incidencia para que se constituyera la Subcomisión de Género, aproximadamente dos años y medio después que se iniciaran las conversaciones públicas, con el objetivo de que el enfoque de género se incluyera en todos los acuerdos. Por tanto, se logró que las mujeres de las FARC y del Gobierno conformaran la subcomisión, y ésta fuera el mecanismo de interlocución con el movimiento social. Hasta ese momento se escuchaba a los expertos y a las víctimas. Pero a partir de entonces se consiguió que en la Mesa también se abrieran espacios para conversar con expertas y organizaciones de mujeres. Hubo una cuarta visita con expertas en violencia sexual, a partir de la cual se lograron otras cosas; como la unidad especial de investigación sobre violencia sexual; y, sobre todo, que los delitos en esta materia no se consideraran a efectos de amnistía e indulto.


-¿Tuvieron que hacer grandes concesiones las víctimas de la violencia patriarcal y sus familias con el fin de que se firmaran los acuerdos de paz, en septiembre de 2016?


Creo que las dos partes fueron, en general, muy respetuosas con las víctimas. En 2014 anunciaron un decálogo de principios, en el que se comprometían a que las víctimas estuvieran en el centro. Así pues, no estoy segura de que la palabra “concesiones” sea la más correcta. Todo esto forma parte de la pedagogía de la paz. Claro que hubo muchos sectores que pidieron penas más altas... Sin embargo, la “concesión” más grande que hicieron las víctimas fue el no haber participado antes, durante, ni parece que después del proceso. Ni las víctimas ni sus asociaciones, eso es lo más grave. En todo lo demás, estuvieron dispuestas a ceder sin rencor, en todo cuanto tuvieron que ceder.


-¿Y en cuanto a las negociaciones de Quito entre el ejecutivo de Santos y el ELN?


Creo que el ELN tomó como punto de partida lo que ya se hizo con las FARC, para después introducir posibles críticas y agendas nuevas. El tema de la participación es una de las grandes banderas del ELN. Me parece que eso es bien interesante, ya que quieren mejorar los errores que se cometieron en La Habana. Por ejemplo en la cuestión del medio ambiente, los recursos naturales y otros asuntos que en la anterior negociación tuvieron menor alcance.


-Participaste en un trabajo de investigación, en 2009 y 2010, en la Sierra Nevada de Santa Marta....


Mi experiencia es que los paramilitares tenían el poder de comprar a la policía, mandar en la plaza de los mercados, pagar profesores y decidir sobre los cuerpos de las mujeres y las niñas. En la Costa Caribe los paramilitares tuvieron una presencia altísima. En los departamentos de Magdalena, Bolívar y Sucre... Jefes de escuadrones como “Jorge 40”, Salvatore Mancuso o Hernán Giraldo. Son nombres que causaron terror en las poblaciones. Hernán Giraldo estuvo en las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, controlando las rutas del narcotráfico. Lo llamaban el “taladro”.


Gran parte de su acción consistía en desvirgar niñas. Además, se trata de un paramilitar que cuando se desmovilizó fue acompañado por la comunidad. Al principio se le consideró un “buen hombre”, que apoyó económicamente a la ciudadanía. Los medios de comunicación lo definieron como un gran padre, que tuvo más de un centenar de hijos, y todos ellos reconocidos. Sin embargo, muchos de estos hijos fueron con mujeres menores de 14 años. Y en Colombia, cualquier trato sexual con una mujer menor de esa edad constituye un delito. También hubo sacerdotes que realizaron los bautismos y registradores que hicieron su trabajo, sin plantear ninguna denuncia. Existió, por tanto, connivencia con un paramilitar por los beneficios económicos comunitarios, sin pensar en las niñas de la región.


-El 25 de mayo la Defensoría del Pueblo informó que su Sistema de Alertas Tempranas había detectado “riesgo evidente” de violencia sexual contra mujeres y niñas en 85 municipios de 19 departamentos. Trabajas día a día con mujeres víctimas de la violencia sexual. ¿Qué conclusión extraes de las narraciones sobre el conflicto armado?
Lo que hemos escuchado y documentado en los distintos rincones del país es muy atroz. Hay mujeres que cuentan que han sido víctimas de hasta 30 paramilitares, otras con las glándulas mamarias destrozadas, además de afectaciones físicas y psicológicas muy fuertes. En regiones como Montes de María, entre Sucre y Bolívar; en el municipio de Tumaco (Nariño) o en el Norte de Santander, en la frontera con Venezuela, la estrategia paramilitar consistió en arrasar las poblaciones y a las mujeres, someterlas a punta de violencia sexual. Por eso, decía, fue tan importante que los acuerdos de La Habana no reconocieran la amnistía ni los indultos por los delitos sexuales.


-¿La violencia contra las mujeres durante el conflicto han de considerarse episodios aislados, de guerreros que perpetraban las violaciones por su cuenta, o respondieron a una planificación?


En ninguna guerra la violencia sexual constituye un caso aislado, y Colombia no resulta una excepción. Se cometieron estos actos con una finalidad, en contextos de ataque y control territorial o durante una privación de libertad. En muchos casos se trataba de mandar un mensaje a la población, y éste era que podía disponerse del cuerpo de las mujeres. Muchas fueron violadas para callarlas, castigarlas y arrebatarles las tierras. El fin va más allá del deseo erótico del guerrero. Incluso tropas militares se llevaban a mujeres, trabajadoras sexuales, para otorgar premios por haber realizado un buen trabajo, fuera una masacre o coronar un cargamento de coca.


-¿Confiesan los paramilitares sus delitos de violencia sexual con el fin de acceder a determinados “beneficios” penales?


No es un delito que se confiese de manera voluntaria. Algunos empezaron a hacerlo cuando las mujeres iban a los procesos a decir: “Sí, usted me violó” o “sus hombres me violaron”. Ahí es cuando empezaron a aceptarlo, siempre a posteriori. Pero no fueron de manera autónoma a narrar cómo se produjeron las violaciones.


-Según la sección colombiana de Naciones Unidas, los crímenes contra las mujeres “continúan siendo silenciados, lo que permite altos niveles de impunidad”.
Si la impunidad respecto a los delitos de los paramilitares es altísima, lo es más todavía cuando se trata de violencia sexual contra mujeres y niñas.


-¿Y en cuanto al día a día, una vez firmada la paz? En el primer cuatrimestre de 2017 se produjeron 204 casos de homicidios a mujeres en Colombia, según el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses; la mayor parte de los crímenes fueron obra de las parejas y exparejas.


Las mayores violencias sexuales y contra las mujeres en Colombia no ocurrieron en el marco del conflicto armado. Padres, padrastros, hermanos y tíos son los mayores violadores. ¿Miedo a la denuncia? Sí, porque no hay mecanismos de protección claros y que les permitan a las mujeres proteger su vida si se atreven a denunciar; ni protegerlas de sus exmaridos, examantes o exnovios. Hay una ley sobre violencia contra las mujeres en Colombia, con medidas de protección pero que no funcionan. Por ejemplo, obliga a que el agresor no se acerque a la casa o que no pueda chantajear a la esposa o compañera con los hijos. También se establecen medidas policiales, pero los policías dicen que con tal nivel de violencia no cuentan con suficientes medios. Pero muchas de estas medidas, cuando no se adoptan, se convierten después en feminicidios.


-Por último, ¿se está dando un trato diferencial a las fuerzas armadas respecto a los exguerrilleros de las FARC?


Por supuesto. En La Habana las dos partes llegaron a un acuerdo. La Ley de Amnistía e Indulto de 2016 tiene muy bien determinados los delitos por los que va a responder la guerrilla, y aquéllos por los que se va a recibir un indulto. Pero no ocurre lo mismo con los militares. Estos, además de la legislación de amnistía, tienen dos herramientas adicionales. Por un lado, la reforma constitucional de abril de 2017, en la que se han introducido beneficios, salvaguardias y perdones; y un decreto presidencial, el 706, por el que se conceden libertades anticipadas a las fuerzas públicas.

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