Viernes, 08 Febrero 2013 08:36

Política de alianzas o hermanamiento

Política de alianzas o hermanamiento

Itacumbú, en 1962, fue el primer campamento de los cortadores de caña de azúcar (cañeros) en Bella Unión, departamento de Artigas, norte de Uruguay. El campamento fue, por un lado, un espacio de convivencia, debate y elaboración colectiva de respuestas de un grupo de cañeros ante el acoso policial y patronal que sufrían. En ese sentido los campamentos contribuyeron a soldar potentes lazos de solidaridad entre oprimidos, condición elemental para afrontar los duros combates que les esperaban.

 

En segundo lugar, a los campamentos llegaron personas de todo el país para apoyarlos en una lucha tan desigual contra las grandes empresas que implementaban formas de trabajo cercanas a la esclavitud. Acudieron estudiantes, obreros, cooperativistas, profesionales, sacerdotes franceses y comunidades católicas, que convivían en el campamento y en casas de familias de la localidad. Trabajaron junto a los cañeros levantando la policlínica, tarea que demandó tres años de trabajo colectivo, y realizaban tareas culturales, recreativas y cursos de formación.

 

Los campamentos de los cañeros, agrupados en el sindicato de nombre UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas), deben mucho a la inspiración de su líder, Raúl Sendic Antonaccio, aunque la forma-campamento ya era y seguirá siendo un modo de acción de los oprimidos en muchos lugares del mundo. La experiencia vivida por centenares de jóvenes, y no tanto, en los campamentos cañeros fue decisiva en la conformación de un vasto movimiento de liberación nacional que detonaría años después. Fueron escuelas de autoformación popular, antes de que naciera la educación popular y muchísimo antes de que ésta fuera codificada como "método" de trabajo por las ONG afines a las políticas de "combate de la pobreza" en línea con el Banco Mundial.

 

Lo sucedido hace medio siglo entre cañeros y jóvenes citadinos no fue algo excepcional aunque, debe reconocerse, no sucede todos los días. Algo similar está sucediendo en Chile entre los sectores más activos y autónomos del pueblo mapuche y los estudiantes organizados en torno a la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES). Decenas y luego cientos de estudiantes liceales comenzaron a poblar las marchas mapuches y crearon en el seno de la asamblea "una comisión especial para trabajar en forma directa con los mapuches", como explican algunos de sus integrantes.

 

Los estudiantes mapuches están también organizados y ambos colectivos apoyan a las comunidades militarizadas en el sur chileno. Los vínculos entre los dos movimientos más importantes del país se profundizan de forma capilar, participando en acciones y en algunos casos acudiendo en pequeños grupos a las comunidades para, simplemente, estar, acompañar, aprender, apoyar. No creo apropiado denominar a este tipo de vínculos "solidaridad", ya que se trata de una relación sujeto-objeto en el que una parte decide, cuando y como le parece, apoyar, del modo que considere adecuado, a otros y otras a mayor o menor distancia. Pero sin moverse del lugar material y simbólico que ocupa.

 

Lo que sucede en el Chile actual y sucedió hace medio siglo en Uruguay, y tantas y tantas veces en tantos abajos, es otra cosa. Prefiero llamarle "hermanamiento". Es un vínculo entre iguales, entre dos sujetos que construyen una nueva realidad, material y simbólica, moviéndose ambos del lugar que ocupaban. Eso supone autoaprendizaje colectivo sin alguien que enseñe y otro que aprende, sino algo mucho más fuerte: la construcción de algo nuevo entre todos y todas los que participan en la experiencia de vida, algo que no pertenecerá a unos y otras porque es un resultado colectivo.

 

Esto no pasa por llevar cosas a quienes se supone que las necesitan porque tienen alguna "carencia". La fuerza motriz de este hermanamiento no es ayudar, algo que nunca se sabe bien qué es, sino crear. No es ni dar ni recibir. Históricamente, ha sido el camino de los de abajo para construir movimientos rebeldes, no para ganar elecciones, sino para crear un mundo nuevo, algo que pasa inevitablemente por la destrucción del sistema capitalista y militarista actual.

 

En Chile, los estudiantes secundarios han transitado un camino empinado en dos años de masivas movilizaciones. Comenzaron con demandas a favor de una educación gratuita y de calidad para poner en pie, ante las elecciones municipales de octubre, la campaña Yo no presto el voto, llamando a la abstención. El 60 por ciento se ausentó de las urnas, mostrando el alto grado de desprestigio del sistema político. La combatividad y radicalidad de los estudiantes, la valentía demostrada al enfrentar a los Carabineros en la calle y al conjunto del sistema de partidos, su creatividad y persistencia en el tiempo, los han convertido en un actor central en el escenario chileno.

 

El movimiento mapuche, como señala Gabriel Salazar en su reciente Movimientos sociales en Chile, hace un tipo de política que "no se rige por la Constitución (...) ni se constituye como partido político; ni acopla su ritmo al calendario de elecciones, ni pretende devenir en poder parlamentario". Tampoco disputa "la conquista de un 'cargo' (fetiche de poder) en el Estado". La política para los mapuches es "el cuidado de un 'pueblo' sobre sí mismo. De la 'vida' sobre sí misma...Y todo eso es, sin duda, una tarea de toda la comunidad, no de uno que otro individuo. Por eso es política, y a la vez, soberanía". En suma, "viven luchando y luchan viviendo".

 

Llamar "política de alianzas" al vínculo entre dos sujetos parece no sólo insuficiente, sino pretende nombrar con palabras del arriba las relaciones entre los abajos. La política de los primeros se rige por la "correlación de fuerzas", concepto que no puede disimular su hechura con base en cálculos mezquinos de intereses inmediatos. Hablemos entonces de hermanarnos, de hacernos carne y sangre, y barro. Para hermanarnos, nos juntamos, nos mezclamos, nos enredamos, nos mestizamos; dejamos de ser para seguir siendo en, y con, otros.

 

Raúl Zibechi

Publicado enInternacional
Una nota sobre la organización del conocimiento como organización de la vida

Razón tiene Gonzalo Arcila: es importante incentivar el diálogo, tanto más cuanto que se trata del conocimiento, que es, como sabemos, la vida misma. Ello, desde luego, no va en desmedro de la posibilidad –y en ocasiones del hecho– de que puede haber –y ojalá los haya– desacuerdos y disensos. Lejos de todos nosotros las mayorías y los unanimismos, propios de las iglesias y las ideologías de todos los tonos. Concuerdo en la importancia del diálogo como forma de vida, que ha sido siempre, en todas las geografías y culturas, la señal misma del desarrollo y el carácter civilizado de la existencia. Sólo que ahora, por el contenido mismo de su texto, Gonzalo abre el diálogo (por lo pronto, decimos los optimistas) a tres...

 

Es hermoso el título de la propuesta del profesor Arcila: "La experiencia de la infinitud". La razón tiene que ver con el concepto mismo de infinitud. Ya tendré la ocasión de volver sobre el nombre mismo.

 

Quisiera destacar cuatro temas en el texto de G. Arcila para justificar este diálogo. El primero tiene que ver con lo que denomina "el diálogo conceptual como forma de vida y la tarea de transformación de la realidad planetaria". Un segundo motivo es el diálogo con Pablo Dávalos acerca de las reticencias de éste último para asumir "las teorías de la complejidad en las ciencias sociales y humanas". Específicamente, se trata de la "episteme de la physis" como estrategia política que hay que develar. Gonzalo cree que esta episteme "abre un tema para la investigación, de amplias implicaciones, en la historia del pensamiento de Marx y Engels respecto a los intercambios entre naturaleza y sociedad capitalista". Justamente, aquí aparece el tercer tema: se trata, para decirlo con sus palabras, de "la realidad del tiempo infinito y creador y de la experiencia humana que da cuenta de esa realidad. En esa emergente experiencia, el destino de la naturaleza y la humanidad no es la muerte, tampoco el abandono en un valle de lágrimas, ni la culpa por un pecado que nos privó sin esperanza del paraíso". Finalmente, el cuarto motivo es el interés de Gonzalo por la universidad y por tanto por la gestión del conocimiento. De hecho éste constituye el verdadero motivo de la nota suya, pues dirige u orienta todos sus otros comentarios, aclaraciones e interpelaciones tanto a Pablo D. como a mí hacia este tema.

 

***

 

Existe, a todas luces, un serio problema. Una vez que, por obra de la internacionalización, globalización o mundialización (en realidad, tres maneras distintas de denominar un mismo proceso), los problemas se han vuelto efectivamente planetarios, el más difícil de los problemas tiene que ver con la acción. Entender y explicar los procesos y dinámicas, los retos y los peligros, los agentes y las consecuencias de la globalización es ya hoy en día prácticamente un lugar común. La dificultad enorme surge del lado de la acción –praxis. En efecto, la vieja aserción de los años 1980 –"pensar globalmente y actuar localmente"– es hoy en día no solamente una proposición conservadora, sino, además y por ello mismo, una idea inocua, poco eficiente.

 

El tema, más bien es, ¿cómo actuar globalmente en contextos de mundialización? El término, bien intencionado acuñado por N. García Canclini (y otros) de lo glocal es afortunado, pero limitado frente al interrogante. La acción es siempre local, no cabe la menor duda. Pero ya hoy en día no puede ser única o exclusivamente local. Dadas las dinámicas, estructuras y procesos globalizantes, los procesos de transformación –en el orden que se quiera, en el plano que se proponga, en fin, con la intención que se sugiera– debe ser, correspondientemente global. Pero, precisamente por ello, la antropología y la etnografía, por ejemplo resultan fundamentales: existen numerosas prácticas locales que son desconocidas a escalas meso y macro.

 

El capitalismo se caracteriza por ser un sistema social y cultural –en el sentido más amplio y al mismo tiempo incluyente de la palabra– que se caracteriza por la improvisación, el cortoplacismo y la inmediatez. No en vano, las dos o tres ciencias que fungen como dínamos del capitalismo poco y nada saben de densidad temporal: el derecho, la economía y la administración (y dentro de la segunda, las finanzas). Razón tiene Wallerstein: se trata de ciencias del presente, ciencias (o disciplinas, da igual) que poco y nada saben del pasado o del futuro como longue durée (una expresión que se debe en realidad a Braudel).

 

Una acotación: En el derecho, la economía o la administración temas como: historia del derecho, historia de la economía o historia de la administración son perfectamente episódicas, pues un administrador, un economista o un abogado (o jurista, según el caso) deben ante todo saber de eficiencia y eficacia.

 

Contrario a estas, la termodinámica de los sistemas alejados del equilibrio o física del devenir tiene en el tiempo un organizador intrínseco. El tiempo es, al cabo, un factor creador y no destructor; factor de aprendizaje antes que de olvido; en fin, el tiempo posibilita y abre, antes que uniformiza, equilibra y aplana todo –como decía, Platón al final de la República (Politeia), en la aguas de lethe, que es el olvido.

 

La termodinámica del no-equilibrio es la primera ciencia en la historia de la humanidad que plantea, de manera abierta y directa que el tiempo desempeña un papel creador. Durante toda la historia de la civilización occidental, particularmente debido a las tres religiones monoteístas fundacionales de la misma, el tiempo era asumido como una maldición, un factor destructivo, un mal necesario. Las cosas importantes, valederas, suceden a pesar del tiempo y, en realidad, después del tiempo.

 

Para reafirmar esta argumentación: La física newtoniana, ahora calificada de clásica, fue en su momento una ciencia revolucionaria. De hecho, en la historia de la ciencia, el estudio del cielo –planetas, sol, estrellas, etcétera– fue un tema que, nutriéndose originariamente desde el Renacimiento, define el rasgo mismo de la Modernidad. Pues bien, la astronomía fue una ciencia de continuos cambios y mejoramientos: empíricos (observacionales y de medición), filosóficos y científicos. Esta historia produjo la muerte de la numerología y el nacimiento del álgebra; la separación de la astrología y la astronomía; en fin, la escisión entre la teología y la ciencia propiamente dicha. En esta historia contribuyen figuras tan fundamentales desde John de Sacrobosco a Giordano Bruno, de Nicolás de Cusa a Galileo, en fin, de Kepler y Copérnico a Newton. La astronomía representaba un campo cuya inestabilidad era altamente atractiva para las mejores mentes de la época. Al cabo del tiempo, ella daría lugar a la necesidad de que naciera el cálculo –gracias, simultáneamente, a Leibniz y a Newton. Esa historia produjo herejes como G. Bruno y juicios inquisitoriales como a Galileo Galilei. Se trata, en fin, de una historia que no tuvo lugar de manera pacífica y desapercibida, sino que, literalmente, cambió la forma de ver el universo y la realidad predominante durante diez siglos de Edad Media, por lo menos.

 

La dificultad –la enorme dificultad– radicó en que el movimiento que fue por primera vez descubierto y explicado tuvo lugar a la manera de explicaciones mecánicas, que para la época eran innovadoras, pero que, como sucede en el caso de Newton terminan, al cabo, por convertirse en saber oficial.

 

La ciencia moderna nace como ciencia "desde abajo" en contraste con la teología que era la ciencia de la Edad Media y que trabajaba "desde arriba". En consecuencia, la ciencia moderna descree de la autoridad y la tradición, se funda en la observación y la descripción, crea nuevos métodos, técnicas y herramientas, acuña nuevos conceptos y lenguajes, se organiza ella misma en prestigiosas instituciones (la Royal Academy, la Académie Française des Sciences, la Preussische Akademie der Wissenschaften – cada una con sus respectivos capítulo, estatutos, canales y formalismos). "Desde arriba" hace referencia a la escolástica, la ontología racional, la psicología racional y la cosmología racional, el peso de la teología y con ella, de ese capítulo medular que es la dogmática, el peso de la autoridad, en fin el acatamiento y el temor, todo lo cual se expresaba en fórmulas como el nihil obstat y el imprimatur. La ciencia Moderna fue, a todas luces, una revolución.

 

Pues bien, la Modernidad nace pensando el mundo y el espacio del ser humano. Por ello su interés por la física. Pero con ella, el cuidado, la observación, la descripción de la naturaleza. La naturaleza como fuente de verdad y como criterio del juicio, en marcado contraste con el peso de la Iglesia, y con ella del Vaticano, el Papa, y Rey de que se tratara en cada caso.

 

Como quiera que sea, en los nuevos tiempos la naturaleza no es un enemigo a vencer y esclavizar. Por el contrario, es nuestra amiga –muchas dirán incluso, nuestra madre (la Pachamama, acaso)–, y cualquier disputa o pelea con ella, con absoluta seguridad la perderá el ser humano. Éste, en términos abstractos; y en términos concretos cualquier sistema económico y de valores, religioso y político, social y de principios que sitúe a la naturaleza simplemente como medio para los fines, intereses, beneficios y utilidad de dicho sistema.

 

Desde los orígenes de la Modernidad hasta nuestros días, asistimos, literalmente, a un creciente movimiento de naturalización de la epistemología, y con ella, de naturalización de la ciencia y la filosofía. Una de las últimas expresiones de esta tendencia son las ciencias de la complejidad.

 

Estamos, manifiestamente, apenas en los inicios del nuevo modo de organizar el diálogo humanidad-naturaleza. Podemos aprender, como de hecho se está comenzando a hacer, de otras culturas y civilizaciones llamados eufemísticamente como no-occidentales, o bien como no-tradicionales, o incluso como alternativas. La relación entre el ser humano y la naturaleza es en realidad el aprendizaje de dos ritmos y densidades temporales radicalmente distintos. Uno, el de los tiempos humanos, bastante limitados; otro, el tiempo de la naturaleza, que, por ejemplo, como bien lo enseña la geología, comienza a contar a partir del millón de años, pues tiempos y escalas inferiores son bastantes limitados. Pues bien, el encuentro o el diálogo entre ambos tipos de temporalidad corresponde en realidad al aprendizaje, por parte de los seres humanos, de que la lógica de la naturaleza es exactamente como el de la vida: se trata de un (doble) juego que se juega a largo plazo.

 

La complejidad –esto es, las ciencias de la complejidad– nacen a partir de fenómenos intrínsecamente inestables e imprevisibles. De un lado, como respuesta a Oscar II, rey de Suecia, quien quería saber si el universo era estable a largo plazo. La respuesta, como es sabido, la aporta H. Poincaré con una demostración de imposibilidad. Y de otra parte, con el estudio de la meteorología por parte de E. Lorenz, nace el estudio de los sistemas caóticos: ciencia del caos. Al mismo tiempo, el estudio de fenómenos y comportamientos alejados del equilibrio (reacciones Belousov-Zhabotinski), y las células de Bénard permitirán a la postre el nacimiento de la termodinámica del no-equilibrio. El resto es historia –cuyo recuento, sin embargo, no cabe en el espacio de este blog. La complejidad está caracterizada como la pasión por fenómenos, comportamientos y sistemas esencialmente inestables, fluctuantes, impredecibles, irreversibles y súbitos. Nunca en la historia de la humanidad se había tomado tan en serio el tema del devenir. La historia (oficial! Cfr. La historia oficial, Director Luis Puenzo, 1985) de Occidente es la historia de(l) ser .

 

***

 

Ahora bien, el tema se orienta, más pronto que tarde, a la organización del nuevo conocimiento. Dicho literalmente, se trata de la gestión de la revolución, al mismo tiempo que se trabaja en ella –una circunstancia apasionante, y que como tal nunca se había manifestado en la historia anteriormente.

 

En este panorama, se trata de la crisis de la universidad en su sentido tradicional. La innovación, de hecho, en el mundo de hoy, no se lleva a cabo fundamentalmente al interior de la universidad, sino, por el contrario, mayoritariamente por fuera de ella. No en vano el llamado a la alianza Universidad-empresa, de un lado, y de otra parte, a la función social de la universidad: Universidad-sociedad. Mediando, siempre, el papel del Estado. Ya sea como reglador o bien, idealmente, como garantista –lo cual conduce la mirada en otras direcciones.

 

Las ciencias de la complejidad son ciencia de punta. A pesar de ser aún pequeño el espacio para su desarrollo, es pujante y creciente su desarrollo y vitalidad. Basta con echar una mirada a la cantidad –¡y calidad!- de eventos revistas, colecciones editoriales, y demás en el país y en el mundo.

 

De manera atávica, las revoluciones han comenzado en intersticios y comisuras; en pliegues y márgenes. Sólo, paulatinamente, se van ganando valles y montañas. Pues bien, lo mismo sucede en el plano de la investigación tanto como de la educación. Se trata, si cabe, de una estrategia evolutiva.

 

Antes que elaborar una reflexión de tipo universal, cabe mirar la situación en nuestros países. Los administradores de las universidades no son, de manera tradicional académicos o científicos. Son políticos o economistas, administradores o abogados, ingenieros o financistas, mayoritariamente. Y sin embargo, ese no es el verdadero problema. La verdadera dificultad estriba en el hecho de una fuerte asimetría entre las instancias administrativas de la universidad y las académicas y científicas. Esta asimetría ha sido generalmente en favor de las primeras, y en desmedro de las segundas. Un ejemplo puntual de contraste: ¡en los países anglosajones y europeos los administradores (o administrativos) jamás les dicen a lo académicos y científicos lo que deben enseñar o investigar!

 

Deben fortalecerse, manifiestamente los puentes entre la educación básica y la media, y entre ambas y la universitaria. Pero, como con razón sostiene M. Cereijido, América Latina no produce ciencia ni tecnología, sino, en el mejor de los casos, científicos e ingenieros. Y más generalmente, nuestras universidades usualmente producen cohortes. (Los programas de pregrado y de postgrado, así como los doctorados habitualmente se presentan a sí mismos, como produciendo la cohorte número x).

 

El problema ciertamente es de presupuesto y apoyo a la universidad pública tanto como de crecimiento y sensibilización social de parte de la universidad privada. Pero mientras las élites políticas se comporten indolentes ante el conocimiento, la situación difícilmente puede mejorar de manera significativa.

 

En el caso colombiano, por ejemplo, ningún presidente ha tenido ni siquiera título de Maestría –un notable ejemplo es, en Ecuador, Rafael Correa. Varios presidentes aparecen con "cursos de postgrado", simplemente. A excepción de los últimos ministros, particularmente de Hacienda, ningún ministro ha tenido título de Doctorado (Ph.D.). La excepción se explica por el hecho de que varios provienen de una prestigiosa universidad privada que ha hecho un fortín de ese ministerio y del Departamento Nacional de Planeación; por tanto, se trata de académicos fuertemente vinculados al sector privado, y a través suyo, al sector público. No existe tampoco ningún embajador que haya tenido una formación del más alto nivel académico. La razón proviene desde el siglo XVII cuando se hablaba de la mita y la encomienda: un país inmensamente rico por naturaleza, tenía la "indiamenta" y la "negramenta" (sic) para trabajar por y para las élites nacionales. Quizás el último miembro de las élites tradicionales que tuvo un acercamiento sincero por la ciencia, la investigación y el conocimiento, fue Federico Lleras Acosta, padre de la vacuna contra la viruela en Colombia.

 

Gonzalo Arcila hace el llamado –o la reflexión– de una nueva universidad acorde con los desarrollos de las ciencias de la complejidad. Compartimos ese sueño: pero miramos hacia delante, en el tiempo.

 

***

[1] Formulado originariamente por Heráclito, el devenir nunca fue un motivo serio de estudio en la civilización occidental. Ni siquiera el marxismo se tomará nunca en serio el trabajo del joven Marx sobre el Demócrito y Epicuro –los dos nombres que suceden en esta línea de pensamiento a Heráclito-.

 

 

Martes, 20 Noviembre 2012 11:17

El oscuro objeto del deseo

Encuetas y opinión pública. ¿Cómo se ven así mismos y a la sociedad los dirigentes sociales? ¿Cómo romper la constante antisindical gubernamental y patronal?



Si hiciéramos el ejercicio de preguntarle a varias personas en diferentes partes de nuestro país sobre lo que imaginan cuando escuchan la expresión “encuesta de opinión”, seguramente nos responderían que son preguntas que los medios de comunicación hacen sobre temas relacionados con las elecciones y aspectos importantes del momento. Podemos seguir preguntando sobre los posibles temas que les interesen a los medios de comunicación y las empresas encuestadoras para sondear la opinión pública, y a lo mejor el sindicalismo, como tema, no estaría entre los elegidos. Así que no deja de ser extraño que estemos hablando de una encuesta de opinión a los sindicalistas; hasta pudiera ser una noticia internacional el hecho de que los grandes medios de comunicación colombianos estuvieran dando a conocer las opiniones del sindicalismo. Pero no se trata de eso: se trata de una encuesta de opinión sin medios masivos de comunicación.

 

 

¿Encuesta de opinión sin medios masivos?

 

Sí, se trata de una encuesta de opinión realizada por el sindicalismo y no por el poder. El objetivo de esta encuesta es conocer las tendencias generales de la opinión de la dirigencia sindical sobre las instituciones y los problemas que afectan la vida del país en lo social: económicos, laborales y del movimiento sindical. Esta es la segunda encuesta de opinión realizada a la dirigencia sindical colombiana. La primera se realizó en el 2010, al final del anterior gobierno y principios del actual. Ambos sondeos han sido liderados por la Escuela Nacional Sindical (ENS), con el apoyo financiero de la Federación Holandesa de Sindicatos (FNV) y realizados por la empresa Invamer-Gallup.

 

En días pasados se presentaron en Bogotá los resultados de esta segunda encuesta, que fue realizada en los meses de agosto y septiembre. Para su desarrollo, se entrevistaron 104 dirigentes, entre miembros de comités ejecutivos de las centrales obreras, presidentes de sindicatos con 500 o más trabajadores(as) afiliados y miembros de federaciones sindicales internacionales presentes en Colombia.

 

Algunas pistas

 

A continuación, algunos datos que muestran las tendencias generales que arrojó la encuesta: pobre la calificación de los dirigentes sindicales a las políticas del Gobierno, unánime sensación de desunión en el movimiento sindical. Se percibe agravamiento de los problemas laborales. El Congreso y los órganos de inteligencia obtienen la más baja confianza, hay merma de credibilidad en la rama judicial, la actividad sindical se sigue percibiendo como bastante insegura. Otros datos sobre los encuestados son dicientes del sector sindical: el 87 por ciento de los líderes sindicales son mayores de 45 años y las mujeres sólo representan el 21 por ciento de la dirigencia sindical. La tendencia general con respecto al actual gobierno es que no sale bien librado, y en algunos casos tiene menor calificación que la anterior administración, como se pudo constatar al comparar la encuesta de 2010 con la actual*.

 

La composición organizativa y política permite contar con la opinión del sindicalismo y de algunos sectores políticos. Entre los encuestados tenemos: el 47 por ciento pertenece al sector público, el 40 al sector privado y el resto a ambos. Por afiliación a centrales obreras, el 59 por ciento pertenece a la CUT, el 19 a la CGT, el 10 a la CTC y el 13 no está confederado. Y en cuanto a la filiación partidista, la mayoría, 29 por ciento, es del Polo Democrático, el 27 no tiene partido, el 17 pertenece al partido liberal, el 12 a Progresistas, el 9 a independientes y un 1 a la Marcha Patriótica.

 

La injusticia no da confianza

 

El hecho de que la encuesta señale un panorama crítico no es producto de opiniones sesgadas y anacrónicas, como bien pudiera señalar el Gobierno, sino de una serie de factores estructurales que han alimentado la injusticia social. Con respecto a la seguridad para el ejercicio de la actividad sindical, los encuestados respondieron en escala de 1 a 6 que ésta sólo alcanza el 1,72 con respecto a la autoría de la violencia contra los sindicalistas; el 39 por ciento de los encuestados considera que ésta proviene del Estado, y el 38 que del paramilitarismo. Tales hechos no están desligados del desconocimiento de las empresas al sindicato como representante de sus trabajadores, el cual apenas alcanza 2,99 en el escala de 1 a 6.

 

Un caso emblemático del no reconocimiento del sindicato por parte de la empresa se presentó el año anterior en Puerto Gaitán (Meta), donde la Unión Sindical Obrera (USO) lideró una lucha por varios meses sin ser reconocida por la empresa Pacific Rubiales. Cuando los trabajadores lograron parar el principal centro de producción y obtener la solidaridad de la población, la empresa, en complicidad con el Gobierno, reconoció a regañadientes al sindicato y suscribió un acuerdo que nunca se cumplió. Luego de estos hechos vinieron una campaña mediática nacional de desprestigio contra la USO, el despido de algunos trabajadores, el impedimento de la actividad sindical y la creación de un sindicato patronal.

 

En nuestro país, la constante histórica ha sido el asesinato y la persecución a los sindicalistas, según el senador Alexander López en un reciente debate en el Congreso sobre la situación de los sindicalistas. López expresó: “Este es un país donde no existen garantías para el ejercicio de la actividad sindical, no existe respeto a la vida ni a la integralidad de los dirigentes y activistas, sólo en el año 2012 han sido asesinados 16 sindicalistas y están amenazados de muerte 25”.

 

El modelo económico tampoco da confianza

 

Sobre el impacto de la inversión extranjera, el 69 por ciento de los encuestados dijo que ésta NO aumenta el empleo; el 88, que NO aumenta la riqueza nacional; el 91, que SÍ sobreexplota los recursos naturales; el 91, que SÍ precariza el empleo; y el 69, que SÍ disminuye las libertades sindicales. Estas opiniones representan una descripción del modelo extractivista que agudiza la situación de los trabajadores, de los cuales la tasa se sindicalización sólo alcanza un 4 por ciento, mientras que la gran mayoría trabaja en condiciones de tercerización o trabajo informal, o es desempleado.

 

Este gobierno se ha querido presentar como modelo progresista. Así lo manifestó reciénteme Humberto de la Calle en la instalación de los diálogos en Oslo (Noruega), pero en realidad su agenda económica dice todo lo contrario; tanto es así, que ha incumplido el acuerdo conocido como Plan de Acción Laboral que suscribió con Barack Obama, en que se suponía que la actividad sindical iba a tener mejores condiciones para su concreción, entre otras promesas.

 

¿Está unido el sindicalismo colombiano?
 

El 92 por ciento dijo que no. Entre las razones para esta desunión, se señalan: filiación partidista, 21 por ciento; intereses comunes, el 2; distintos intereses, el 50; prácticas antisindicales, 22; espacios de encuentro, el 5 por ciento.

 

El mecanismo de las encuestas es una de las iniciativas necesarias para la reflexión y el debate sobre la situación y los retos del sindicalismo, debate que no se debe centrar únicamente en las críticas al poder sino igualmente en asumir la autocrítica en un diálogo abierto con los sectores sociales. Una nueva relación entre el sindicalismo y la sociedad pudiera sintetizarse en la idea de societato, poder que debiera ser motor social y fuente de opinión importante en las encuestas de trascendencia nacional.

 

*    Ver: http://ens.org.co/apc-aa-files/4e7bc24bf4203c2a12902f078ba45224/PRESENTACION__EOS_ENS___1_.ppsx.

Publicado enEdición N°186
Miércoles, 22 Agosto 2012 15:07

Unidad, tan deseada, tan esquiva

Unidad, tan deseada, tan esquiva




Tres sucesos de la semana del 6 al 12 de agosto, todos relacionados con el favor o el entorpecimiento de la unidad de los sectores sociales alternativos en Colombia, preocupan y llaman la atención.

I


El primero, de inmensas implicaciones para el presente y el futuro de lo que se denomina “campo popular”, tuvo como origen el Polo Democrático Alternativo (PDA). Su Comité Ejecutivo Nacional, en sesión del 9 de agosto, tomó la decisión de expulsar de esa organización política al Partido Comunista. El motivo que adujo: “la práctica de doble militancia”, la base argumentativa para semejante determinación, además de una lectura cuando menos polémica –si no leguleya– de los estatutos de la organización, “la Ley 1475 de 2011, reglamentaría de la actividad política en Colombia y la Sentencia C-490 de 2011 de la Corte Constitucional”.

Esta decisión deja libre el camino para la hegemonía dentro del empaque del PDA, para otros partidos. La decisión se toma en el marco de un enfrentamiento reinante dentro del PDA y los partidos que lo conforman, por el apoyo que brinda el PC a la organización de carácter político social Marcha Patriótica. Un primer choque por este apoyo tuvo sus roces durante la más reciente reunión del Foro de Sao Paulo (Caracas, 4-6 de julio), en la cual el PDA negó su aval para que la Marcha fuera aceptada como miembro pleno del Foro. Los ecos de tal negativa repercutieron en los debates de las organizaciones sociales y políticas del país, que exteriorizaron malestar por la conducción predominante en el PDA, alejada de las organizaciones de base, de origen territorial, e inclinada ante la agenda legislativa.

La decisión del PDA y su argumentación, apoyada de manera asombrosa e incomprensible en leyes oficiales y sentencias de la Corte Constitucional –sin reparar en un debate acerca de las prioridades de la política en la actual coyuntura, el método para profundizar la unidad social-popular y los retos para recuperar el dinamismo del propio partido–, no hacen más que refrendar que el PDA optó por una vía leguleya, exclusivamente parlamentaria. De discurso, de imagen permitida en los medios, que lo alejan crecientemente de las agendas sociales más sentidas por las mayorías nacionales.

El ambiente ya estaba tenso. Esta contradicción no dejó de notarse en el seminario ideológico que realizaron los polistas (27-29 de julio), cuando Carlos Gaviria aludió de manera polémica a la Marcha Patriótica, y en las discusiones de pasillo, donde ya se anunciaba –aunque en público se negara– la decisión que finalmente tomó el Comité Ejecutivo.

II


El segundo suceso tuvo como origen el Encuentro de la Unidad Popular, que sesionó en Bogotá entre el 11 y el 12 de agosto, y que, según sus organizadores, reunió no menos de 116 organizaciones y 300 delegados. Como es de suponer, el Encuentro con los propósitos de “unidad” cargó con el antecedente de la decisión ya mencionada del Comité Ejecutivo del PDA. Tal hecho tensionaba sus sesiones y redujo el propósito del evento mismo a decisiones de procedimiento, a coordinaciones para actos puntuales, minimizando los efectos positivos y el impacto que, como convicción de suma de voluntades y no de distancias del mismo, pudiera tener.

Llama la atención que dentro de las propias organizaciones convocantes del Encuentro, y de sus voceros, varias de ellas integran el PDA, así como algunos de sus voceros, que incluso son de su dirección nacional. La situación es incómoda para unas y otros, por supuesto, sin saber qué hacer ante una decisión que lanzó al carajo la palabra “unidad” con una reducción mayor del horizonte del PDA. Es una realidad amarga. Y lo es porque este tipo de encuentros ‘unitarios’ no se construyen desde una metodología en proceso, con claridad del reacomodo y la iniciativa que por largos años están en la acción contra las fuerzas sociales alternativas.

Aquella realidad es amarga porque no se consideran pasos mínimos pero sólidos que estimulen el abordaje, en el curso de varios meses, de los debates más acuciantes para una agenda teórica y práctica de carácter popular, con la cual dilucidar los interrogantes fundamentales para configurar una propuesta alternativa, social y política, además de construir una agenda de acciones comunes que permitan hacer pública, sustentada y atractiva, otra visión de país. Sin proceder de este modo, la ‘consigna’ o la tarea de “unidad” queda reducida a una palabra sin energía, sin sentimiento; a una rutina formal para mencionar la “unidad” que no rompe las fronteras que la ideología y las prácticas dispares de lo popular han sentado en el escenario político alternativo.

III


El tercer suceso acaeció el 8 de agosto en Medellín y tuvo como epicentro la reunión de personalidades, en su mayoría ex (magistrados, alcaldes, gobernadores, senadores), y algunos académicos e investigadores. Dada la pérdida de magnetismo político del PDA, sin constituir una alternativa coherente con las necesidades sociales, es una iniciativa que marca distancias con las necesidades oficiales y sus intentos por una plena cooptación de sectores académicos y de personalidades que tiene su pivote con Angelino Garzón. De acuerdo a la declaración que hizo circular el “colectivo de ciudadanos y ciudadanas demócratas”, que “piden la palabra”, “lo que necesita el país no es la reconciliación de personalismos sino la reconciliación de la política con las aspiraciones de la ciudadanía”.

En su pretensión política electoral, que aún no exteriorizan en su totalidad, aseguran que el “desafío es garantizar la inclusión e igualdad real y difundir los beneficios de la economía y de la sociedad del conocimiento a todos los colombianos y colombianas”.

Y “no se pueden aplazar más las soluciones al desarreglo institucional del Estado, permeado por el clientelismo y la corrupción. Para ello es indispensable elevar el nivel ético e intelectual de la política en todas las instituciones públicas, en primer lugar en el Congreso de la República”.

Por ello, y para ello, dicen: “Nos proponemos recorrer el país, incluir más voces y escuchar todos los ángulos. Consolidar una plataforma de diálogo y acción política ciudadana que persevere en traducir estos propósitos en acciones que influyan decisivamente en el rumbo de nuestra sociedad, nuestras instituciones y la política, a través de todos los caminos que contempla nuestra democracia”.

La declaración, que retoma expresiones como “indignados”, pretendiendo situarse en el ambiente de cambio del mundo actual, no deja de ser contradictoria, toda vez que reclama como objetivo principal de su acción “recuperar el sentido […] representativo de la política”, desconociendo con ello una de las demandas de los indignados y de los movimientos de nuevo espíritu que emergen por doquier: el gobierno directo, la autorepresentación, y, bajo este criterio, una crítica abierta o velada al pilar del Estado liberal, con su soporte en los tres poderes fundantes, parte sustancial de la crisis sistémica en curso.

A la vez, es llamativo que todos estos ex (magistrados, gobernadores, alcaldes, senadores) que tienen micrófono casi siempre que se lo proponen, que han tenido bajo su responsabilidad el destino de millones de personas, reclamen “pedir la palabra”. Para ser consecuentes con su aspiración, como mínimo tendrían que explicarle al país nacional para qué sirve el poder local y la participación en ministerios.

Una vez constituidos deberían aclarar hasta dónde es posible afectar el poder real desde esas instancias, en las cuales se termina actuando de manera cómplice con el poder real. Igualmente, hacer unas precisiones necesarias sobre el porqué, a pesar de la gestión de algunos de ellos en los destinos de las ciudades gobernadas, de los ministerios dirigidos y de los códigos que estuvieron bajo su vigilancia, sin embargo, tales instancias y enunciados quedaron intactos o no sufrieron cambios sustanciales. Por tanto, deben aportar en cómo proceder para romperle el pulso al poder real, al marco en que la gente, la que nunca tiene voz, pueda por fin no sólo llenar planillas de asistencia sino además tomar decisiones sustanciales sobre su presente y su futuro.

***


Con esta tríada de sucesos, es válido llamar la atención sobre el repetir de los personalismos y la marcada persistente de los aprendices de caudillos que estimulan las divisiones e impiden superar la atomización que por décadas ha caracterizado la acción política alternativa en Colombia. Un proceder así, además, no toma en cuenta la crisis que vive el capital en el nivel internacional, en las nuevas formas de lucha y de protesta que se abren campo en varios países, y en la posibilidad/y necesidad de coordinaciones para salir avante en la coyuntura que ahoga al poder tradicional.

Como decían nuestros antepasados, “el palo no está para cucharas”, y la mezquindad debe darles paso a la imaginación, a la renovación, a la política incluyente, a los grandes atrevimientos, y dejar a un lado el vanguardismo, que tiene olor a naftalina, que perjudica y desmotiva la irrupción con fuerza de nuevos luchas. No se puede proceder de otra manera: Los intereses de las pequeñas cúpulas no tienen por qué entorpecer la acción social y popular. El 99 por ciento de quienes abocan este compromiso no debe depender de un simple uno por ciento, ni siquiera si se dice su hermano. Por tal motivo, la base del Polo debe demostrar que el movimiento es de ellos y no de quienes se autodesignan como sus tutores.

Estos son los sucesos y los retos. Por tanto, con los hechos vistos, y con las agendas en curso, es un deber preguntar: ¿Es posible la unidad desde una agenda electoral? ¿Es factible desde una coordinación en el límite para concretar acciones de protesta que no van de menos a más? ¿Para qué el gobierno local si con su ejercicio y su responsabilidad ni se intenta ni se quiebra el modelo vigente, pero tampoco se abren unas compuertas hacia la movilización y el liderazgo social ni se aplica la máxima de “mandar obedeciendo”?

Luego de la experiencia que arroja en estos años de vida el PDA, de sus éxitos electorales, de sus errores, del cuestionamiento por parte de amplios núcleos al pragmatismo que antepone conveniencias de voto a identidades de sociedad deseada; que permite en su seno el cabalgar del clientelismo y la corrupción, y luego de estos años en cuyo tiempo se profundizó el divorcio entre el “arriba” y el “abajo”, es necesario reclamar un sentido debate que identifique los aspectos sustanciales de programa que hagan factible una unidad real. Urge abordar que en la izquierda no predomine el criterio o la máxima de obtener hegemonías particulares, ideológicas, y de partido y grupo, ¡antes que lograr la conquista de gobierno y de poder!

Para abordar ese camino, ponemos un énfasis: la primera pregunta por afrontar en el debate es: ¿Para qué la política? O el método para hacer posible la construcción de una nueva sociedad. En dilucidarla, según las muchas experiencias –inclusive las revoluciones triunfantes–, descansa en gran medida el escenario real para asumir de manera colectiva y unitaria la lucha política con un nuevo contenido. Con un quehacer político y de dirección que no devenga en la utilización del poder que, está comprobado, en años o décadas resulta circunstancial, sin perdurabilidad cultural. En fin, abocamos por una práctica que no caiga en los caminos trillados que robustecen la naturaleza por la desigualdad de la institucionalidad existente, y que bajo las cortinas y afanes de poder y de lucro no potencie e imponga liderazgos ajenos a las mayorías.

 

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Miércoles, 22 Agosto 2012 10:07

Pensamiento complejo, organización y unidad

El concepto de “organización”, dado desde el Pensamiento Complejo, conduce a reflexiones nuevas acerca de la forma de entender la Unidad y la manera de lograrla. En las organizaciones sociales, políticas y de otro orden, convergen múltiples intereses individuales, grupales y sociales, y en ellas se presentan variadas relaciones. El afianzamiento de pensamientos hegemónicos impone los intereses de un grupo, hace florecer el autoritarismo y no deja surgir lo nuevo; hay que comprender lo que es la unidad en la diversidad.

Noción de pensamiento complejo

Es difícil hablar de un tema sin partir de algunas definiciones, explícitas o implícitas; pero éstas tienen siempre limitaciones porque no poseen una validez universal. Quien da una definición quiere establecer una verdad y, si el punto de partida está equivocado, por el riesgo de ser incompleto o de su carácter temporal, muchas de las reflexiones que se hagan desde ahí pueden ser desacertadas. No obstante, tienen una validez procedimental. Este es el sentido que se les quiere dar en estas notas.

Decir que el Pensamiento Complejo considera que todos los eventos, seres o cosas se relacionan en múltiples formas con el entorno que los rodea es apenas parte de su contenido; no es el todo pero tampoco una mutilación si se entiende esto como advertencia. No se quiere tomar al Pensamiento Complejo como tema central, pero sí lo de las múltiples relaciones como principal punto de partida.

Desde esa mirada de multiplicidad de relaciones, las personas, como seres sociales e integrales, tienen una parte fisiológica, histórica, cultural, psicológica, antropológica; poseen temores, intereses, odios, afectos, sueños, amores, recuerdos, personalidad; una forma de percibir, de sentir; se es hijo, hermano, padre, familiar, amigo, estudiante, empleado, vecino, ciudadano. El ser humano es entonces de por sí un ser complejo.

Concepto de organización

El homo sapiens es un sistema orgánico formado por sistemas organizados, relacionados: digestivo, respiratorio, circulatorio, reproductivo. Las células del hígado son diferentes de las pulmonares; pero el hígado en sí no es uniforme y ningún órgano lo es; tiene partes diferenciadas para poder funcionar. Sin embargo, el ADN es el mismo en todas las células del mismo ser. En la unidad, existen la diferencia y la similitud. El organismo cambia, las sustancias minerales ingresan y salen, pero muchos rasgos de la personalidad persisten.


En su diferencia orgánica, el ser humano existe como un todo; se mueve según el deseo, piensa, vive, disfruta, sufre y padece; es también un ser histórico y cultural; es cosa viva con partes que mueren a diario y otras que se renuevan. No sabemos qué estamos haciendo sobre un cascarón que gira con una velocidad de locos, a 29.500 metros por segundo alrededor del sol. Un punto en el Universo. Aún así, nos matamos por un metro cuadrado de tierra en el más completo salvajismo. ¿Qué sentido tienen los seres humanos oprimiendo a otros seres humanos, a otros seres vivos? ¿Por qué y para qué estamos aquí?

Estas analogías nos permiten ver que la sociedad, como comunidad de seres complejos, es, por tanto, igualmente compleja. En ella existen múltiples relaciones económicas, políticas, sociales, geográficas, interculturales. En esta nota sólo se habla de su existencia, no su carácter.

Buscar la unidad

Las organizaciones, como comunidad de personas, adquieren un nuevo carácter diferente de cada integrante, así como un ser humano no es el hígado o un pulmón; pero en cada uno existe la organización como similitud, tal como existe el ADN en cada órgano. En este punto se percibe el valor de las ideologías: ponen a funcionar en una misma dirección a personas diversas, enfocadas a un objetivo asumido como propio; en nuestro caso el humanismo. Creer que la unidad orgánica puede surgir sin que medie la acción unificadora de la ideología y de su aplicación práctica es soñar y esperar mucho de lo espontáneo o del azar.

No es posible quedarse en el sueño de una unidad homogénea, uniforme y constante, es decir, en todos los campos y durante todo el tiempo, porque en las organizaciones convergen muchos intereses, abiertos o sutiles; llevan en su interior la lucha entre lo nuevo y lo viejo. Tampoco existe un pensamiento que encarne la verdad para todos, más aun cuando se marcha en la búsqueda de algo nuevo y desconocido, como son las formas solidarias de producción, la democracia política, el respeto, el compromiso bio-ético y el sentido de vida; en una palabra: el humanismo.

No se puede lograr una unidad monolítica y homogénea sin imponer los intereses de un grupo, revestidos de un supuesto bienestar común. Siempre se corre el riesgo del resurgimiento del autoritarismo bajo el ropaje de la lucha por la libertad. Lo más grave es que, además de la interpretación parcializada de la realidad, con este proceder se mutilan las organizaciones al bloquear los aportes que puedan surgir desde otras visiones.

Una medida saludable es mantener presente que la emancipación no existe como ente general, y que tiene coherentes dimensiones económicas, políticas, sociales, culturales e individuales. Hay que tomar como guía permanente, desde ahora, el “mandar obedeciendo”. No se puede pretender que la democracia sea algo para aplicar al día siguiente de ser gobierno; aquélla, junto con la disciplina y el compromiso, se construyen y se aprenden en el día a día y son una condición del poder. La tarea y el reto de los líderes es buscar la identidad en la diversidad.

Podemos afirmar lo siguiente: en situaciones complejas, es decir, allí donde en un mismo espacio-tiempo no sólo hay orden sino también desorden; allí donde no sólo hay determinismos sino también azares; donde emerge la incertidumbre, es necesaria la actitud estratégica del sujeto frente a la ignorancia, el desconcierto, la perplejidad y la lucidez.

 
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Martes, 24 Julio 2012 07:19

Posmanifiestos

Posmanifiestos
La crisis, las primaveras, los movimientos estudiantiles, los ocupas, los indignados, plazas y calles llenas de gente, otros movimientos antisistémicos: la situación desde hace tiempo parece turbulenta, pero lejos de ser revolucionaria. ¿Hace falta algún manifiesto para aglutinar las diferentes luchas y darles un fervor necesario?


El Manifiesto del Partido Comunista, de Carlos Marx y Federico Engels, fue publicado en las vísperas de “la primavera de los pueblos” de 1848. Pero en vez de “hacer la diferencia” fue opacado por la dinámica de los hechos y el fracaso del ciclo revolucionario. La revolución burguesa no fue el camino a la revolución proletaria, sino al avance global capitalista. Quedó desapercibido y resurgió sólo décadas después como un importante documento que conservó su relevancia teórica y potencial político.


Es llamativo que nunca hubo un “manifiesto capitalista”, aunque Ayn Rand estuvo cerca de escribir uno y aunque un libro de Walter Rostow –Stages of economic growth (1960), una “biblia del desarrollo”– tiene por subtítulo A non-communist manifesto. Los capitalistas prefieren la práctica, sin teoría (“no saben lo que hacen, pero lo hacen”, es la definición de la ideología de Slavoj Zizek).


Theodor Adorno y Max Horkheimer –otra famosa pareja de intelectuales– pensaban en escribir una nueva versión del Manifiesto que tomaría en cuenta los cambios en trabajo, fuerzas productivas y tecnología, y que “haría justicia a la manera en que las cosas están hoy”. La discusión sobre el tema realizada en 1956 está contenida en un librito, Towards a new Manifesto (2011).


Su diálogo, a veces confuso y enigmático, más que de análisis, está lleno de aforismos. Entre divagaciones sobre la función social del trabajo, tiempo libre, la naturaleza del ser humano, destaca el llamado a la búsqueda de una nueva teoría que refleje la realidad (el propósito de Marx) y su relación con la práctica (para Adorno su separación es ideología). Pero salvo un indefinido llamado al restablecimiento de un “partido socialista”, la política está casi ausente y las referencias a los acontecimientos mundiales son vagas.


Desconfiando del proletariado, ambos lamentaban que, a diferencia de Marx y Engels, no tenían un agente a quién dirigirse y que la situación no sólo no era revolucionaria, sino “peor que nunca”, y que “por primera vez era imposible imaginarse que pudiera mejorar” (sic). Tal vez 1956 estuvo lejos del clima de 1848, pero este pesimismo tenía que ver también mucho con lo particular de la teoría crítica.


En medio de todo es curioso ver a Adorno reivindicando a Lenin, que en su opinión tenía más razón que Marx sobre el enfoque político hacia la sociedad. Su intención de hecho era preparar un “manifiesto estrictamente leninista” (sic).


Al final, quizás por suerte, la idea no prosperó. El pesimismo y la convicción de ambos de que el capitalismo carecía de alternativas podrían resultar en un documento que, en vez de “justicia”, traería más confusión.


En su momento El imperio (2000), de Michael Hardt y Antonio Negri –¡otro dúo!– fue debatido como una suerte del “manifiesto comunista para el siglo XXI”. Sin embargo, a parte de la izquierda le resultó un escrito problemático. Se criticó su negación de Lenin y la visión del imperio sin imperialismo (y colonialismo).


Estudiando las recientes movilizaciones en todo el mundo, los dos publicaron ahora un documento titulado Declaration (2012). Aunque aseguran que “Esto no es un manifiesto”, su lectura es como mirar el cuadro de Magritte Ceci n’est pas une pipe.


Según los autores, los manifiestos y los profetas crean sus propias visiones del mundo y sus propios sujetos, agentes del cambio. Pero los movimientos sociales de hoy ya han revertido este orden, rebasando a los manifiestos y a los profetas. Los agentes ya están en las calles ofreciendo visiones de un mundo nuevo más allá del capitalismo que buscan pasar de la declaración a la constitución.


Sus teorizaciones pretenden contribuir en ello. Hay puntos interesantes: Declaration identifica cuatro “figuras subjetivas” de la crisis: el endeudado, el mediatizado, el asegurado y el representado, subrayando la importancia de la acción colectiva y apuntando a la figura del comunero que contrarrestará el sistema dominante. Y hay aspectos debatibles: por ejemplo, el énfasis en el trabajo “inmaterial”, cuando el “material” no ha perdido su relevancia, al igual que el proletariado “viejo”.


Una curiosidad: tan hostiles al poder del Estado, Hardt y Negri parecen dar el “beneficio de la duda” a la interesante relación entre gobiernos progresistas y movimientos sociales en América Latina.


En fin: la lección de Adorno y Horkheimer es que fuera del contexto favorable, sin agentes y sin poder imaginarse las alternativas al capital, ni siquiera es posible producir un escrito revolucionario. En este sentido la situación de hoy es perfecta: hay agentes y hay imaginación.


Pero la lección del mismo Manifiesto comunista es que para el cambio no basta un documento (aunque la teoría es necesaria y aquí incluso la aportación de Hardt y Negri es bienvenida).


Lo que hace falta son las estrategias políticas sofisticadas, la construcción de alianzas de clase, disciplina y organización.


Ya lo decía Lenin.


Por Maciek Wisniewski*

*Periodista polaco

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Viernes, 18 Mayo 2012 16:56

Nace una esperanza

Nace una esperanza
Con gran fuerza social se presentó ante el país el pasado 23 de abril el Movimiento político y social Marcha Patriótica, luego de sesionar durante los días 21 y 22 en su Consejo Patriótico Nacional.

El lunes 23, desde las primeras horas de la mañana, diversos puntos de Bogotá se vieron copados por las delegaciones dispuestas a marchar hacia el centro de la ciudad. A medida que pasaban las horas, decenas de buses y camiones arribaban a la capital con miles de activistas, hasta juntar –según la Alcaldía de la ciudad– no menos de 35 mil personas (70 mil, según los organizadores), quienes colmaron la Plaza de Bolívar hasta bien entrada la tarde.

La movilización, integrada por delegaciones procedentes de los más diversos lugares del país, dejó claro ante propios y extraños que fuerzas sociales de base campesina, indígena y negra raizal, con importantes aliados urbanos, están convencidos de la necesidad de la paz negociada en Colombia: “Marcha Patriótica manifiesta su compromiso ético y político con la búsqueda de una solución política al conflicto social y armado. […] Aunar esfuerzos para transitar caminos que permitan hacer realidad los anhelos de paz de las gentes del común y del pueblo colombiano en general”.

Según sus organizadores, el nuevo movimiento está constituido por no menos de 1.700 organizaciones de base. Esta expresión de fuerza social les recuerda a todos los que habitan Colombia que en su territorio subsiste un conflicto armado sin resolución efectiva, a pesar de las décadas transcurridas en medio de operativos armados para liquidar a la insurgencia, en intentos reiterados y desesperados de los gobernantes por desconocer las causas que han propiciado el alzamiento de miles de personas.
Y esta misma fuerza social, movilizada en Bogotá, compuesta de rostros color de la tierra –como dijera el Subcomandante Marcos de los indígenas de Chiapas–, le recuerda a todo el país que es posible y necesario otro modelo social para que la justicia, la fraternidad, la igualdad y –como síntesis– la felicidad sean factibles en Colombia.

Contradicciones de la propuesta

Miles de pies se movilizaron al son del nuevo país. Pese a su convicción, la nueva fuerza política y social que ha visto la luz en este abril en Bogotá, bienvenida como la que más, pese a su fortaleza humana movilizada deja a lo largo de sus primeras declaraciones importantes vacíos y contradicciones que es necesario retomar, para bien de la propia fuerza como del conjunto social alternativo. Algunas de estas son:

1. ¿Llamamiento retórico?

“Marcha (…) llama a la más amplia unidad del pueblo colombiano y, en especial, a los diferentes procesos sociales y populares existentes […]. Y enfatiza: “Marcha Patriótica considera de vital importancia y de suma urgencia lograr acuerdos entre los diferentes procesos políticos y organizativos del campo popular”. La pregunta es fundamental si esta es la convicción: ¿Por qué no se propició la discusión plural y el proceso de coordinación o unidad durante los dos años que se han tomado sus impulsores para la constitución de la nueva fuerza? ¿Por qué esperar hasta ahora para proclamar tal disposición?

2. ¿Sin claridad de lo que se busca?

El objetivo sustancial del nuevo movimiento es “producir el cambio político que requiere nuestro país, superando la hegemonía impuesta por las clases dominantes; avanzar en la construcción de un proyecto alternativo de sociedad y al logro de la segunda y definitiva independencia”. Si bien el objetivo parece ser nítido, no lo es, ya que en ninguna parte de las primeras declaraciones dadas para la sociedad colombiana se expone la manera como esto se hará realidad. En ninguna parte se explica cómo funcionarán las fuerzas productivas, cuál será el papel del Estado y cómo se concretará, cuál es el papel de la sociedad, cómo hacer vigente la soberanía en momentos en que la misma se redibuja por doquier, cómo llevar a cabo la siempre reclamada y vigente reforma agraria, y cómo hacer realidad “la transformación estructural del Estado, de la economía y de la cultura”. Sobre estos propósitos se puede generalizar en el momento de foros o similares, pero una vez que se dice liderar una nueva propuesta de país es un deber pasar de lo general a lo concreto.

3. Un soporte para el activismo y para el país que no da cuenta de los tiempos que vivimos

El nuevo movimiento, como su nombre lo confirma, reivindica el patriotismo. En su declaración afirma: “En Marcha hemos llegado las y los patriotas para afirmar la existencia de sueños colectivos […]”, reivindicación contradictoria toda vez que, por un lado, desde la izquierda siempre se ha reivindicado la superación de fronteras –el internacionalismo–, consigna con mayor vigencia en la actualidad, cuando se han roto de facto las fronteras nacionales, cuando las multinacionales borran los Estados –dejándolos como simples legitimadores de sus operaciones–, lo que pone a la orden del día la necesidad de una sociedad cada vez más abierta e integrada, en que se reconstruya el concepto de país y de Estado, y, por tanto, en que la patria –y con ésta el patriotismo– pasa al cuarto del olvido. Podemos decir que la reivindicación mínima de país, de parte de alguien que se reivindica de izquierda, es la superación de fronteras, hermanándose como un solo pueblo con sus vecinos. El futuro, que se puede construir en el presente, es sin localismos. La soberanía es regional e incluso más extensa, como sin límites son los negocios de las multinacionales, verdaderos poderes de nuestro tiempo.

4. ¿Forma de lucha como principio?

Desde hace más de un año, en espacios como la Comosocol y otros, los impulsores del nuevo movimiento insisten en la necesidad de llevar a cabo en el país un Paro Cívico Nacional. La respuesta obtenida de parte de sectores sociales y políticos alternativos indica que no hay consenso sobre el particular. Pese a ello, no se desiste. Tanta es la insistencia en el tema, que pareciera que el nombre de la protesta fuera lo sustancial. Ahora se vuelve con lo mismo: “[…] se trata de juntar esfuerzos y de avanzar en la construcción de acumulados hacia la movilización como principal vía del accionar colectivo y tendientes a la realización de un gran Paro Cívico Nacional (PCN)”.

El énfasis en la forma de lucha obliga a preguntar –con el deseo de que algún día se aclare– ¿por qué un PCN? ¿Qué significa y cómo se concreta éste? ¿No hay otras formas de protesta y de tensión de fuerzas que puedan hacer realidad lo que se pretendería con el PCN? ¿Existe alguna explicación sobre por qué las diversas convocatorias que se hicieron en el país para la realización de un PCN (con excepción de aquel de 1977, liderado en buena medida por liberales y conservadores) han fracasado? Todos estos interrogantes son necesarios de aclarar si de verdad se aspira a que la sociedad colombiana se sacuda del yugo que la oprime.

5. La paz. Entre el deseo y la realidad

La paz es una necesidad para nuestra sociedad. Así lo declaran desde hace décadas los diversos actores políticos nacionales, pese a lo cual el tiempo pasa y la guerra continúa.

Conscientes de los tiempos que se viven y de las necesidades y los anhelos de las mayorías nacionales, para la Marcha la paz aparece como objetivo central de su esfuerzo: “[…] manifiesta su compromiso ético y político con la búsqueda de una solución política al conflicto social y armado. En consideración a que ésta debe ser apropiada socialmente, Marcha manifiesta su decisión de impulsar procesos constituyentes regionales y locales por la solución política y la paz con justicia social, tendientes a la realización de una Asamblea Nacional. Asimismo, les propone a todas las fuerzas políticas, económicas y sociales aunar esfuerzos para transitar caminos que permitan hacer realidad los anhelos de paz de las gentes del común y del pueblo colombiano en general”.

Hasta aquí el propósito, que está bien, pero hay signos de interrogación que es bueno resaltar. Por un lado, se identifica la realidad económico-política. Dicen los impulsores de Marcha en su declaración oficial:

“El gobierno de Santos ha venido profundizando el proceso de neoliberalización de la economía y de la sociedad, iniciado hace más de dos décadas.”. Es decir, nos encontramos ante un gobierno con claros intereses y acuerdos con los más importantes grupos económicos nacionales y sus aliados internacionales, los mismos que han impedido por décadas que la paz se cristalice en nuestro país. La pregunta obligada sería: ¿Cómo piensan actuar los impulsores de la Marcha –más allá del deseo– para romper esa llave (poder político-poder económico) y crear las condiciones para una negociación política real, que abarque, más allá de las armas, la transformación del modelo económico-político en auge?

Más urgente es esta respuesta cuando la caracterización que hacen del régimen identifica que éste se integra por “los sectores más guerreristas y ultraderechistas, ligados al narcoparamilitarismo (por lo cual) no se aprecia –más allá de la retórica– el surgimiento de nuevas condiciones que permitan afirmar que se está en camino de superar las estructuras autoritarias, criminales, mafiosas y corruptas que caracterizan el régimen político colombiano”.

El diagnóstico de Marcha es claro: la paz es un asunto social, por lo cual –pudiéramos pensar– no se reduce a un asunto de armas. Si así fuera, la posible negociación política por darse en nuestro país debiera romper tradiciones e historias al abrir una dinámica que centre en los actores sociales esa posible coyuntura, de la cual debiera surgir una nueva coyuntura político-económica que deje a un lado el reino del neoliberalismo, la concentración de la riqueza –entre ella la tierra–, los privilegios cada vez mayores otorgados a las multinacionales, etcétera.

Este reto es inmenso y novedoso ante el cual tienen la palabra los impulsores de la Marcha. ¿Romperán la dinámica histórica o se impondrán las constantes del poder dominante?

6. Las cárceles y quienes las padecen

Un imperativo que tienen ante sí las diversas organizaciones sociales colombianas es el cuestionamiento y la transformación del Código Penal y la visión represiva y carcelera que domina el pensamiento de los grupos de poder en el país. El resultado de tal concepción son los miles de prisioneros políticos, de conciencia y de guerra que abarrotan las cárceles nacionales, las cuales, pese a la construcción de nuevos centros de encierro y destrucción de seres humanos, no garantizan condiciones de dignidad para quienes las padecen, generalmente en hacinamiento.

Por ello, es necesario abrir un debate sobre el pensamiento que rige la ‘justicia’ en Colombia y, de su mano, la creencia de que todo se arregla incrementando penas y castigos. La cárcel no ha cumplido con la misión que la soporta; por tanto, y como un reto para las sociedades modernas y futuras, debe dejar de ser.

El telón da un respiro

Por ahora enfaticemos que Bogotá y Colombia vivieron este 23 de abril un día de esperanza. Para que la misma no se diluya en otro sinsabor, es necesario superar esquemas y acometer de verdad los objetivos propuestos con real vocación unitaria y sentido cabal de los tiempos que corren. Es necesario actuar así para que –por demás– el cambio económico, político y social propuesto y buscado no se quede en estatización –aunque le digan revolución–, como ahora sucede en distintos países de Suramérica.

Publicado enEdición 180
Sábado, 12 Mayo 2012 18:51

Caminante, no hay camino

Caminante, no hay camino
No hay forma de explicarlo. Las organizaciones sociales, desde los rumbosos médicos, pasando por los nada pobres transportistas, hasta los fabriles afiliados a la COB, están en huelga. El Vicepresidente ha dicho que se trata de la vitalidad de un proceso de cambio y que, el gobierno, tiene la suficiente solvencia para manejar la situación sin muchos sobresaltos. Ahí está el quid de la cuestión.
 
En el rostro de nuestras ciudadanas y nuestros ciudadanos, se perciben los sobresaltos que causa esta inestable situación. Es probable que muchos esperemos que haya un momento en el que se rectifiquen posiciones y vislumbremos, una vez más, el camino a seguir en este proceso de cambio. Pero hay que advertir que son muchos y muchas quienes descreen de tal rectificación. ¿Por qué? Unos por la rutina; se acostumbraron a vivir, aunque sea en la miseria, pero sin sobresaltos. Otras, porque apoyaron un proceso de cambio que soñaron como una avenida donde no había ningún obstáculo, ningún rompemuelles, ningún hueco ni siquiera desportilladura. Los hay, finalmente, quienes vemos la realidad: el camino está por hacerse porque, según decía el poeta, se hace camino al andar.
 
Claro que no se trata de andar en cualquier dirección, porque así podemos llegar a cualquier parte, menos a la meta que nos propusimos. No es simple hacer camino al andar, pues al menos debe seguirse determinada orientación. El proceso de cambio tiene una dirección: vivir bien como norma para todos los bolivianos y las bolivianas. Los que viven aquí, originarios o recién llegados. Los que habitan el campo y los que se alojan en la ciudad. Los pobres y los que nada tienen. Por supuesto, quienes están más necesitados precisan una atención inmediata y mayor. Todo esto en función de las posibilidades de nuestro país. Que esas posibilidades han mejorado, es muy cierto, como lo es que hay un visible mejoramiento en el vivir de la gente.
 
¡Falta! Claro que hace falta mucho más y no es precisamente lo que está haciendo nuestro gobierno. La carretera por el TIPNIS, ¿acaso no es un enfrentamiento grosero? Hay mucha gente dispuesta a apoyar la construcción de esa vía. Pero las disposiciones de la consulta previa fueron hechas para proteger la vida, los usos y costumbres de las minorías. Por eso no es una consulta general, sino una particular a los pueblos que viven allí. Seguramente, si se hubiese hecho a tiempo, antes de iniciar los trabajos, esta tempestad de reclamos no se hubiese producido.
 
No es posible que haya tal desentendimiento con la Central Obrera Boliviana. Seguir dando vueltas al tema salarial, puede llevarnos a medio año sin una solución. No es correcto. No lo es, mucho más si revisamos los balances presentados hace poco más de un mes, por los bancos y nos chocamos con sus sustanciosas ganancias, a las que debe agregarse el aumento de sus patrimonios. Se ha reducido la miseria, pero distamos mucho de haber logrado una redistribución regular de la riqueza. Ésta sigue estando en manos de los grandes empresarios.
 
Pedir 8.300 bolivianos como salario básico, es irracional. Lo saben los dirigentes de la COB. Pero tampoco es apropiado un simple resarcimiento de la inflación ocurrida el año pasado, según el conteo del INE. ¿Para qué mostramos ingresos que son, cada año, mayores? El pueblo quiere ver esos ingresos en sus manos. Gastamos en inversión; muy bien. Pero esa inversión debe sentirse en el bolsillo de las personas. Se ha ampliado la clase media; de acuerdo. Pero debemos dar un paso más hoy día. Nos estamos enfrentando a nuestra propia gente, a las organizaciones sociales que son la base sobre la que descansa nuestro gobierno.
 
Hemos dejado que, la exigencia de los médicos, se convierta en una reivindicación de la COB. ¿Cómo puede ocurrir esto? Los médicos no pertenecen al movimiento popular. Los trabajadores en salud, los universitarios, se comprometen en defensa de los médicos; no es entendible. Si estos profesionales logran su objetivo, no compartirán absolutamente nada con quienes los están apoyando: universitarios, trabajadores en salud, COB. La trama se hace más densa, más intrincada. Alguien ha perdido la orientación y no es precisamente ésta o aquella organización social ni tampoco los profesionales que saben cuáles son sus intereses y cómo lograrlos.
 
Debemos hacer el esfuerzo. Que la gente que está desorientada, aquélla que tiene susceptibilidades, la que ha sufrido desencantos y quienes, por último, dejaron de creer en el proceso de cambio, comiencen a tener la visión de lo que puede ser este proceso. No se trata solamente se saber manejar la situación. Hay mucho más que eso, está la gente a la que nos debemos.
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La “calle boliviana” y el nuevo Estado
Estado débil, sociedad fuerte. Evo Morales, pese a encabezar el Gobierno más sólido de los últimos años, no pudo escapar a esa maldición boliviana, o bendición, depende desde dónde se lo mire: la fuente crónica de revoluciones y al mismo tiempo de inestabilidad política.


Si al Gobierno le fue relativamente fácil derrotar a la “oligarquía cruceña” y hasta pudo echar al embajador de EEUU y nacionalizar el gas, demostrando su autoridad, el 64% de los votos con el que fue reelecto parece no alcanzar para evitar retroceder una vez más frente a los sindicatos y sectores sociales variopintos.


El gasolinazo de finales de 2010 marcó un punto de inflexión. Luego vino el seguir permitiendo la importación de ropa usada, autorizar legalización del contrabando de autos, acceder al pedido de no construir la carretera por el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure' en todos los casos la dinámica fue la misma. Primero, prueba de fuerza, decisión de avanzar “sí o sí” y dar una imagen de autoridad en favor del “Estado fuerte”. Poco después: anulación de las medidas y convocatoria a algún tipo de negociación o cumbre social.


En este caso, era claro que el aumento de seis a ocho horas en la jornada laboral de los médicos no era suficiente para cambiar el malogrado sistema de salud boliviano (había mucho voluntarismo en eso, así como mucho corporativismo en la respuesta de los médicos). La demanda provino de los campesinos, carentes de un sistema de salud adecuado. Luego el Gobierno avanzó, decreto en mano, con la finalidad de derrotar a la huelga médica. Pero 36 días de paro, huelga de hambre de unos 4.000 médicos (en ayunos mediáticos de dudoso cumplimiento), medidas simbólicas como las crucifixiones y hasta “tapiarse”, y especialmente bloqueos, le torcieron el brazo al Gobierno y este retroceso corrobora un mensaje incómodo: cualquiera de las poderosas corporaciones populares (y no tanto) sabe que basta tener capacidad de resistencia y de generación de desbordes públicos –de ser posible violencia mostrados por TV– para conseguir parar cualquier iniciativa oficial.


Obviamente, sería mejor que en muchos casos las cumbres se convoquen antes de decretar las medidas. Evo Morales, con su olfato sindical, sabe cuándo retroceder. Conoce la “calle boliviana”. Pero ello no quita que cada retroceso reavive la luz amarilla de que refundar Bolivia es más complicado de lo que esperaba. Junto con el riesgo de que la imagen de la “Bolivia ingobernable” reaparezca y erosione más la aun elevada popularidad de Evo. Estos conflictos –muchos de ellos no estrictamente económicos– coinciden con una buena situación macroeconómica. La mejor quizás de la historia.


Pese al orientalismo con el que a menudo se lee la imagen de radicalidad y de “revolución permanente” de Bolivia que tanto atrae a los militantes radicales de todas las latitudes, en el país convive esta tendencia con fuertes inclinaciones conservadoras y corporativas. Todo esto es bastante comprensible dada la historia económica y social nacional. El problema es que la fuerza de veto de los “movimientos sociales” a menudo no va acompañada de acciones propositivas a favor de cambios sociopolíticos efectivos más allá de grandes líneas de acción como Asamblea Constituyente, Estado plurinacional, etc.


Pero si los médicos siguen trabajando seis horas, si no se hace la carretera del TIPNIS, si siguen entrando autos chutos, si, si, si' pueden convertirse en victorias contra iniciativas erradas' o en triunfos corporativos contra reformas necesarias. O en una mezcla de ambas cosas. Pero en todos esos casos significa la pervivencia del status quo anterior a esas luchas, no cambios hacia el futuro.


Ojalá la cumbre de la salud sea tomada en serio. Junto con la educación deberían ser el eje de esta etapa de la “revolución democrática cultural”. Y ojalá también muchos de nuestros intelectuales comiencen a citar menos a Deleuze o Zizek y a construir mediaciones más efectivas entre la utopía del cambio y los necesarios avances en las condiciones de vida de los bolivianos, la densidad estatal y un modelo económico más preciso que dé pistas de un perfil productivo para Bolivia más allá de grandes saltos industriales.


Página 7 - La Paz

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¿Qué es la horizontalidad en una organización?

Con el surgimiento del 15-M, la horizontalidad ha vuelto a ser un concepto motor en la construcción de nuevos movimientos sociales y políticos. Sin embargo, ¿qué entendemos por “horizontalidad”?
 

Al repasar algo de bibliografía, constato que se suele definir en negativo como oposición o rechazo a otros términos como la verticalidad o la jerarquía, puesto que, de forma consciente o no, entendemos mejor las implicaciones de tales conceptos que culturamente impregnan nuestras sociedades y nuestros cerebros. Asimismo, tanto en el espacio público (Estado, escuela, hospital, trabajo remunerado, etc.) como en el privado (como la familia), vivimos en un mundo principalmente jerarquizado donde en el mejor de los casos elegimos nuestra cadena vertical de mandos (la democracia representativa) o en el peor sufrimos una dominación no deseada (véase el parto medicalizado o el significado de la relación asalariada). Sin embargo, pocas veces encuentro definiciones en positivo de la horizontalidad. Con esta voluntad constructiva, definiré la horizontalidad de la manera siguiente: una profundización de la ética de la liberación, una actitud (y un camino) y un modelo organizativo.
 

La profundización de la ética de la liberación


André Gorz solía conceptualizar la ecología política como una ética de la liberación donde “la expansión de la autonomía [del sujeto] se halla en el centro de la exigencia ecologista. Ello supone una subversión de la relación de los individuos con sus herramientas, con su consumo, con su cuerpo, con la naturaleza” (1975). En esta óptica, desarrollada también por Illich y Castoriadis, la ecología política es una apuesta decidida por la autonomía del sujeto y por su capacidad de cooperar de forma voluntaria y en igualdad de condiciones con otros sujetos para oponerse a cualquier deriva liberticida e insostenible de las “mega-máquinas” mercantiles, estatales o tecnócratas y para construir alternativas concretas al productivismo actual.
 

De esta visión emancipadora nace la voluntad de poner en pie sociedades —u organizaciones— autónomas, hechas de individuos a su vez autónomos y cooperativos. Estas sociedades (u organizaciones) se convierten en ágora permanente sobre lo que es conveniente producir (y cómo), además siempre dentro de la capacidad de carga de los ecosistemas. Por esta razón, las empresas tendrían que ser controladas por sus personas empleadas, un partido o un sindicato por el conjunto de sus militantes y la esfera política por el conjunto de la ciudadanía. Es un llamamiento hacia organizaciones donde los sujetos autónomos no estén subordinados a ninguna estructura, ni órgano de ésta. En este tipo de horizontalidad también existen límites, pero no provienen de una autoridad superior (el Líder, el Órgano central, la Tradición, la Autoridad, etc.) sino que se basan en la deliberación y la decisión colectiva.
 

Una actitud (y un camino)


Encontramos en la educación horizontal una gran ayuda para conceptualizar la “actitud horizontal”. Esta rama educativa entiende la horizontalidad “como una disposición psíquica y social, interior y exterior al sujeto, en la cual ningún hombre y mujer anula la libre expresión de otro, de manera que todos pueden manifestarse sin hallar un obstáculo en el otro, sino más bien un apoyo para el propio crecimiento” (Santos, 2006). Así, primero, es una facultad del sujeto a vivir su libertad desde el encuentro positivo con la libertad de otras personas que a su vez, dentro una dinámica ganador-ganador, refuerza el propio desarrollo personal. Dicho de otro modo, “se puede concebir el aspecto interno (…) de la horizontalidad como una suerte de receptividad y apertura al otro.” Exactamente lo que los manuales de educación no violenta o de resolución pacífica de los conflictos aconsejan, respectivamente, a los padres y madres con su prole o a los negociadores con las partes en conflicto o con otros negociadores: respeto, escucha activa y empatía.
 

Además, en una organización social, política, sindical, etc. sus formas de proceder —es decir su actitud que la definirá y le dará credibilidad en el día a día— tienen que ser acordes en cualquier momento con los objetivos planteados. Obviamente no se puede llevar la paz o la emancipación con métodos violentos que sea aquí o en el Sur, no se puede enseñar a nuestros hijos el respeto desde la metodología de la bofetada, ni se puede pedir a las instituciones transparencia y participación sin aplicarlo internamente. Dicho de otro modo y parafraseando a Gandhi, podríamos decir que “no hay camino para la horizontalidad, la horizontaliidad es el camino”.
 

Un modelo organizativo


No se trata de un concepto totalmente nuevo: tiene mucho en común con —y hereda de— las teorías y las prácticas de la autogestión del sindicalismo de finales del siglo XIX, de los consejos obreros húngaros o de las experiencias post-68. Sin embargo, las posibilidades abiertas por las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) y, sobre todo, por las dinámicas cooperativas en torno al conocimiento, la cultura y el software libres o en las actuales dinámicas post-crecentistas (colectivos de decrecimiento, de ciudades en transición, de cooperativa integral, etc.) aportan a la horizontalidad su plena capacidad como modelo organizativo. En las brechas del sistema, la propia existencia y praxis diaria de una organización horizontal son pruebas de insumisión y gérmenes de alternativa a la megamaquina técnica, económica y política.
 

Dicho esto, destaco algunas características de una cooperativa política funcionando sobre el modelo de la horizontalidad:
 

Trabajo en red: “La red” es ante todo una mentalidad y una forma de trabajar adaptada al siglo XXI: prima la inteligencia colectiva y la propriedad común, como puede ser la lógica cooperativa del software libre. Es una búsqueda de sistemas organizativos basados en la igualdad, la participación activa de todo/as y la voluntad de consenso. En esta estructura líquida y partidaria de la adhocracia, todos los miembros pueden tener autoridad para tomar decisiones y llevar a cabo acciones. Asimismo la fuerza de las redes, físicas o virtuales, reside en su capacidad de mover y mezclar personas y organizaciones de diferentes intereses o círculos, con compromisos flexibles según objetivos y afinidades, desde lo territorial a lo sectorial. Dicho así, no hay que confundir el uso intensivo de Internet (o de comunidades virtuales) con alcanzar una estructura en red presencial y virtual.
Flujos de información y transparencia: la información es poder, y el poder es compartido entre todos los miembros en igualdad de condiciones. Lo que significa que la información tiene que fluir en cualquier momento hacia todos los miembros del a organización sin exclusión, dentro de un marco que hace de la transparencia un pilar de su desarrollo. No solo requiere un fácil acceso a las fuentes de información sino una política activa personal y colectiva de transmisión de la información a todas las partes de la organización-red sin que ellas las tengan que pedir. Es también la capacidad de poner en marcha la información peer to peer, donde cada neurona se convierte en un nudo de información seguro para otras neuronas. Con unas reglas de juego claras y sin necesidad de un órgano central, la red valida la veracidad y legitimidad de la información.


Confianza multidireccional y cooperativa: tal y como lo desarrollo más en detalle en el artículo Reflexiones sobre la confianza en un partido horizontal, no solo se trata de una confianza undireccional desde las personas asociadas hacia los cargos (y órganos) electos sino también de una “confianza de todas a todas”. Tanto las personas electas como cualquier persona asociada “depositan” en cada una de las personas de la organización o de la red, con o sin responsabilidad interna o externa, la misma confianza. De esta manera, damos un margen de confianza a la inteligencia colectiva que emana de la conexión de nuestras energías y reflexiones.


El conocimiento libre: más allá de tener transparencia e información disponible para todas las neuronas, la inteligencia colectiva —es decir el resultado del trabajo cooperativo y en red (que va más allá de la suma de las individuales de la organización)—, pertenece a todos y todas. Decimos que se trata de una propiedad común, cuyo código fuente y posibles mejoras están en la organización, en la red o en el espacio público a un coste nulo.


En resumen, una organización horizontal es un nodo más de una sociedad que pugna por la “democracia de lo común” (véase Subirats, 2011), es decir que favorece los bienes comunes, la lógica cooperativa y la capacidad de compartir.
 

Referencias:

Gorz, A. (1975): Ecologie et politique, Galilée.
Santos, M (2006): “De la verticalidad a la horizontalidad, reflexiones para una educación emancipadora”, Revista de ciencias sociales y humanidades, enero-marzo 2006.
Subirats, J. (2011): Otra sociedad, ¿otra política? Del “no nos representan” a la democracia de lo común, Icaria Asaco.

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