La mitad de las mujeres de 57 países en vías de desarrollo no puede decidir sobre su cuerpo, según la ONU

Las cifras varían entre regiones, pues mientras que en Latinoamérica un 75% de mujeres ven respetado su derecho a la autonomía corporal, en África Central y Occidental son menos del 40%.

 

Tomar decisiones sobre su propio cuerpo (desde con quien tienen relaciones sexuales a si usan anticonceptivos o si quieren ver a un médico) sigue siendo una quimera para cientos de millones de mujeres en todo el mundo, según denunció este miércoles el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA).

En su informe anual, la agencia de la ONU encargada de la salud sexual y reproductiva analiza por primera vez en profundidad la situación del derecho a la autonomía corporal y concluye que, en buena parte del planeta, casi la mitad de las mujeres siguen sin poder ejercerlo. "En todo el mundo hay mujeres y niñas a las que no se permite asumir el control de sus cuerpos y de sus vidas", señaló en una conferencia de prensa la directora ejecutiva del Fondo, Natalia Kanem.

El derecho a la autonomía corporal se ve violado cuando se practica a una niña la mutilación genital, cuando se fuerza a una mujer a abortar, cuando un hombre la deja embarazada en contra de su voluntad, cuando es violada o cuando se le hace una llamada prueba de virginidad, enumeró Kanem como parte de una larga lista de abusos que son habituales.

57 países con su población femenina sometida sexualmente

El estudio del UNFPA  analiza principalmente tres cuestiones: si la mujer puede decir que no a relaciones sexuales, si puede decidir sobre anticonceptivos y si puede decidir sobre atención médica.

Según el informe, que se basa en datos de 57 países en vías de desarrollo (que representan una cuarta parte de la población mundial), únicamente el 55 % de las mujeres están plenamente empoderadas para tomar sus propias decisiones en esos tres ámbitos.

Esos porcentajes, sin embargo, varían de forma importante entre regiones, pues mientras que en Latinoamérica y el Caribe y en el Este y Sudeste de Asia alrededor de un 75% de mujeres ven respetado su derecho a la autonomía corporal, en África Central y Occidental son menos de un 40%.

En tres países del África Subsahariana (Mali, Níger y Senegal) menos de un 10% de las mujeres pueden tomar todo tipo de decisiones autónomas sobre su cuerpo, según el estudio.

En algunos países, como Mali, el informe muestra que una clara mayoría de mujeres decide sobre anticonceptivos, pero apenas un 22% puede hacerlo a la hora de buscar cuidados médicos y solo una de cada tres puede rechazar relaciones sexuales, lo que hace que quienes ven respetados sus derechos en las tres áreas sean muy pocas.

El UNFPA, en todo caso, reconoce que los datos recopilados son muy básicos y tienen carencias, por lo que pueden no reflejar con total exactitud la realidad, aunque sí ofrecen una aproximación.

Para la doctora sudanesa Nahid Toubia, activista contra la mutilación genital femenina, se trata, en todo caso, de un informe "histórico" y "revolucionario" que pone una nueva mirada sobre problemas que la mujer sufre desde siempre. "La pregunta es, al comienzo de la tercera década del siglo XXI, año 2021, ¿cómo podemos aceptar que un ser humano pueda ser propiedad de otro ser humano? Creíamos que esa idea se había quedado en el siglo XIX (...), sin embargo cuando se trata de mujeres (...) pueden ser de otros", denunció Toubia.

La situación, según el UNFPA, ha empeorado además durante la pandemia de la covid-19 debido a los confinamientos y a las dificultades para acceder a servicios de salud y de planificación familiar.

La ley ampara el machismo

El informe analiza además las políticas en vigor en estos países y destaca que un 25% de ellos no asegura legalmente acceso igualitario a anticonceptivos o que un 20% no tiene normas para apoyar la salud sexual.

Además, pone sobre la mesa legislaciones que siguen infringiendo los derechos de la mujer, entre ellas las llamadas leyes conocidas como "casarse con su violador", en vigor en veinte países o territorios y que establecen que un hombre puede evitar ser perseguido por una violación si se casa con la víctima.

También recuerda que hay 43 países que no tienen legislación contra las violaciones dentro del matrimonio y que hay más de treinta Estados que restringen la libertad de las mujeres de moverse fuera del hogar.

"Todas las sociedades tienen que hacer más para lograr la igualdad de género. Ningún país está ahí todavía. Los gobiernos tienen que tener un papel de liderazgo cumpliendo con sus obligaciones bajo los tratados de derechos humanos. Los gobiernos pueden alterar las estructuras sociales, políticas, institucionales y económicas que refuerzan normas desiguales por género", defendió Kanem en ese sentido.

madrid

16/04/2021 11:11 Actualizado: 16/04/2021 11:13

EFE

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América Latina: Lo antipatriarcal y su importancia en la construcción de un proyecto revolucionario

Patriarcado & Pacto de la masculinidad hegemónica

Cuando la filósofa feminista valenciana, Celia Amorós, definió el pacto patriarcal, en su libro Feminismo: Igualdad y Diferencia (1994), como el pacto interclasista entre varones para apropiarse el cuerpo de las mujeres como propiedad privada, probablemente no imaginó que su concepto se convertiría en un hashtag que inundaría las redes sociales.

 

El concepto “pacto patriarcal” se volvió parte integral de un grito de lucha de mujeres de todo el país, que demandan al presidente Andrés Manuel López Obrador que rompa el pacto de complicidad patriarcal que ha permitido que Félix Salgado Macedonio sea candidato a la gubernatura de Guerrero. La indignación se ha hecho viral ante la posibilidad de que un hombre acusado de violación y acoso sexual sea gobernador de uno de los estados con mayores índices de violencia hacia las mujeres. La popularización de la demanda feminista nos habla de la fuerza que ha tomado un movimiento amplio de mujeres, que desde distintos espacios públicos han denunciado la continuidad de la violencia patriarcal confrontando las prácticas y discursos del poder que la posibilitan.

Lamentablemente, el uso en el debate público del concepto feminista por parte actores sociales de todo el espectro político, ha tenido también como consecuencia la trivialización de la crítica feminista, centrando toda la atención en la figura presidencial. El llamado a romper este pacto, debe de interpelar a todos aquellos hombres y mujeres, que con sus discursos y sus silencios posibilitan la reproducción de las violencias patriarcales: cotidianas, extremas, estructurales. Estamos ante las paradojas de un clima cultural que populariza el discurso feminista, llegando a sectores que nunca antes se hubieran identificado como feministas, pero a la vez silencia la radicalidad política de nuestras demandas. Como bien señala nuestra compañera Guiomar Rovira: “La popularización del feminismo genera entonces un doble filo, por un lado jamás ha habido tantas mujeres exigiendo derechos y denunciando las violencias. Por otro, las mujeres son llamadas a construir sus aspiraciones dentro del sistema de méritos capitalista y patriarcal, reforzando el privilegio de raza, de clase y heteronormado, prestándose incluso a agendas neoconservadoras y xenófobas.”[1]

Es por eso importante recordar que el llamado a romper el pacto patriarcal se viene haciendo en México desde hace décadas en diferentes espacios de lucha, con otras palabras, otras metáforas, pero señalando la importancia de desmantelar una estructura patriarcal que se ha imbricado con una estructura colonial y racista, que despoja, viola, y ocupa cuerpos y territorios. En este sentido, las mujeres de la Red Mexicana de [email protected] por la Minería (REMA) han señalado: “El pacto patriarcal que las mujeres de México y del mundo exigimos que el Estado, las instituciones, nuestros compañeros y comunidades rompan, es el pacto que promueve la violencia directa e indirecta contra la mujer, aquel que silencia a sus víctimas y que permite que se cuestione más a las denunciantes que a los denunciados. El pacto patriarcal que exigimos romper es también el que alimenta al modelo extractivista, por lo que romper con él significa romper con la minería y otros proyectos de muerte que nos exterminan.”[2]

La lucha por desmantelar estas estructuras patriarcales, es una lucha mexicana, latinoamericana, global, no se trata de una “ideología importada”, como lo ha denunciado el presidente. Los argumentos del presidente López Obrador no son nuevos en el pensamiento de las izquierdas latinoamericanas, sino que han marcado históricamente la tensa relación entre las feministas y las organizaciones de izquierda. Hemos sido acusadas de “extranjerizantes”, de “dividir al movimiento”, “de traicionar a nuestra cultura” y ahora de “manipuladas y conservadoras”.

Paradójicamente, en México, como en muchos otros países de América Latina, las organizaciones feministas surgieron en el seno de los movimientos de izquierda, por lo que la lucha contra la desigualdad económica ha sido central en los feminismos mexicanos. Las jóvenes que tomaron las calles el 8 de marzo, las que el año pasado paralizaron la universidad nacional denunciando la violencia y el hostigamiento sexual, y las que al interior de Morena exigieron la renuncia de Salgado Macedonio, con sus diversidades y contradicciones, abrevan de un feminismo que surgió de las izquierdas. Acusarlas a ellas de conservadoras es tan absurdo como sostener que los valores familiares nos salvarán de las violencias patriarcales.

La radicalización de una nueva generación de jóvenes feministas -que están dispuestas a romperlo todo para hacerse escuchar y que no demandan un “cuarto propio”, sino que lo ocupan, lo hacen suyo, lo rediseñan y quieren transformarlo todo- es resultado del hartazgo de tratar de construir conjuntamente con una izquierda misógina, machista y patriarcal, que no está dispuesta a cuestionar sus privilegios, ni a dar paso a las visiones y propuestas de las mujeres. Son esas izquierdas, tanto la institucional, como la antisistémica y revolucionaria, con las que algunas de nosotras tenemos toda una vida negociando.

En una de sus conferencias matutinas, López Obrador se refirió a las demandas de los grupos feministas y medioambientalistas como “demanda justas, pero no centrales”; lo importante para él es la “lucha contra la pobreza” y, por supuesto, avanzar con la agenda de su gobierno, a cualquier costo. Escucharlo me hizo recordar los viejos discursos de las organizaciones de izquierda revolucionaria en las que milité en mi juventud, cuando nos decían que lo importante era “el triunfo revolucionario” y que los otros cambios vendrían como consecuencia. Se argumentaba que la contradicción principal era entre capital y trabajo (perspectiva que por cierto no comparte AMLO) y que la prioridad era derrocar a los Estados burgueses, por lo que las demandas feministas eran vistas como distracciones de la lucha central, y en el peor de los casos, como divisorias de las luchas del pueblo. Desde la década de los cincuentas (con el triunfo de la Revolución Cubana), hasta los noventa (cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional dio a conocer su Ley Revolucionaria de Mujeres), ningún movimiento revolucionario incluyó en su agenda política las demandas específicas de las mujeres. Sin embargo, las mujeres pusimos nuestros cuerpos y muchas dejaron sus vidas en las luchas de liberación nacional de Centroamérica, y antidictatoriales del Cono Sur, solo para darnos cuenta de que ese “después” en el que nuestras demandas específicas serían prioritarias, no llegaría nunca. Libros como el de Lucía Rayas Velasco, Armadas. Un Análisis de Género desde el Cuerpo de las Mujeres Combatientes, y Mujeres en la Alborada de Yolanda Colom, dan cuenta de las resistencias y desencantos de esta época.

La llegada de las “izquierdas institucionales” al poder en distintas regiones de América Latina, fue posible gracias al apoyo de amplios sectores de las organizaciones feministas y de mujeres, que siguieron apostándole a los gobiernos “progresistas” como aliados para avanzar sus agendas. Pero la historia se sigue repitiendo. Por lo menos los gobiernos de Rafael Correa, en Ecuador (2007-2017); de Evo Morales (2006-2019), en Bolivia; y en menor medida, de Hugo Chávez, en Venezuela (1999-2013), no solo no incorporaron las demandas específicas de las mujeres a sus planes de gobierno, sino que se convirtieron en enemigos abiertos de las organizaciones feministas, alineándose con los valores más conservadores de la iglesia católica o usando el discurso “culturalista indígena” para perpetuar las exclusiones patriarcales.

El discurso antineoliberal de estos políticos despertó muchas expectativas en los feminismos de izquierda, que tenían claro que la lucha feminista es anticapitalista. En el caso de Ecuador, la llegada al poder de Rafael Correa en el 2006 movilizó las esperanzas de algunas feministas en torno a las posibilidades de ampliar los derechos de las mujeres en el marco del proceso constituyente. Se produjeron articulaciones feministas, con mujeres de sectores populares, para empujar una agenda antipatriarcal y antiracista. Sin embargo, la reforma institucional del Estado y la modernización capitalista que promovió el régimen correísta desmanteló la institucionalidad de género y apostó por un desarrollismo neoextractivista que afectó de manera profunda a las mujeres indígenas y campesinas. Las demandas de las organizaciones feministas por la despenalización del aborto, por un sistema integral de prevención y erradicación de las violencias machistas contra las mujeres, las luchas territoriales contra el extractivismo, la defensa de la soberanía alimentaria y del agua, no solo no fueron incluidas en la agenda de gobierno, sino que en algunos casos fueron frontalmente atacadas por la “Revolución ciudadana”. Al igual que en México, las feministas se convirtieron en enemigas públicas del régimen.

En Bolivia, Evo Morales llegó al poder en el 2006 con un amplio respaldo de las mujeres de la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia – Bartolina Sisa, cuyas lideresas participaron en la Asamblea Constituyente, llevando las demandas de las mujeres indígenas a la nueva Constitución plurinacional de Bolivia. Muchas feministas, como Julieta Paredes, le apostaron al gobierno de Morales, llevando la retórica de la despatriarcalización a las políticas públicas. Bolivia se convirtió en el primer país del continente en tener un Ministerio de Cultura, Descolonización y Despatriarcalización. Pero de nuevo las promesas quedaron en palabras y las alianzas se rompieron, en algunos casos de manera violenta y dolorosa. La retórica machista del presidente Evo Morales contó con la complicidad del pacto patriarcal de los hombres de su partido, cuando señaló por ejemplo que al terminar su mandato sus planes eran retirarse con “mi cato de coca, mi quinceañera y mi charango”, o cuando compartió ante la Federación del Trópico que para celebrar “le llevaran una mujer de cada sindicato”. Al igual que Correa, justificó el despojo territorial de hombres y mujeres indígenas a nombre del “progreso”, cuando construyó la autopista del TIPNIS partiendo en dos la selva, afectando la reserva ecológica y encarcelando a indígenas que se opusieron al proyecto. Con respecto a la oposición de la mujeres amazónicas a su proyecto, se explayó en su retórica machista en uno de sus discursos argumentando: “Si yo tuviera tiempo, iría a enamorar a las compañeras yuracarés y convencerlas de que no se opongan a la ruta sobre el TIPNIS, así que jóvenes, tienen instrucciones del Presidente de conquistar a las compañeras yuracarés trinitarias para que no se opongan a la construcción del camino”. [3] Estos discursos fueron el pan de cada día para las feministas bolivianas, quienes eventualmente se alejaron de su gobierno, convirtiéndose algunas en sus más acérrimas enemigas.

En Venezuela, Hugo Chávez contó con un amplio apoyo de las mujeres de sectores populares, que se vieron beneficiadas por sus políticas de redistribución económica y programas focalizados contra la pobreza. De nuevo, los primeros años de su gobierno se caracterizaron por contar con el apoyo de las organizaciones feministas que lograron en 1999 la primera Constitución de América Latina que tiene un lenguaje incluyente no sexista y la inclusión del artículo 88 que considera el trabajo doméstico como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social, reivindicando el derecho de las amas de casa a la seguridad social. Sin embargo, la despenalización del aborto o el establecimiento del matrimonio homosexual fueron abiertamente rechazados por el discurso católico de Hugo Chávez, quien en diversas ocasiones uso expresiones homofóbicas en sus discursos. Las denuncias de hostigamiento sexual y violencia de género, inclusive por parte de su exesposa, Marisabel Rodríguez, contaron con el silencio del pacto patriarcal de los hombres de su partido.

Podríamos continuar el recorrido por América Latina, con casos extremos de violadores de “seudoizquierda” como Daniel Ortega en Nicaragua, o los feminicidios cometidos por comandantes guerrilleros guatemaltecos contra mujeres combatientes de sus propias organizaciones acusándolas de “traición”. Evidentemente, la violencia patriarcal no es solo una característica de los “hombres de izquierda”; el machismo, la misoginia y la violencia en sus múltiples manifestaciones, es especialmente evidente entre los políticos de derecha, pero ellos nunca han pretendido ser aliados de las feministas.

El EZLN es el primer movimiento político militar que ha integrado a su agenda de lucha las demandas de las mujeres con la Ley Revolucionaria de Mujeres. Las mujeres zapatistas han trabajado arduamente por que las regiones autónomas sean espacios libres de violencia patriarcal. No es una tarea fácil, esto ha implicado reconstruir los espacios de justicia para incluir en ellos las demandas de las mujeres, confrontando muchas veces perspectivas y valores tradicionales heredados de quinientos años de colonización. Se trata de una lucha que se da diariamente, frente al fogón, en las escuelitas zapatistas o en los encuentros intergalácticos contra el neoliberalismo. Pero la izquierda antisistémica que se ha acuerpado alrededor del zapatismo, no está exenta de estos pactos patriarcales. Personalmente, me ha tocado enfrentar estos micromachismos y rechazar los pactos de silencio a los que se nos ha convocado en casos de denuncias de hostigamiento sexual por parte de “compañeros de lucha”.

En la coyuntura actual, muchos hombres que hasta ahora no se habían manifestado abiertamente en apoyo al feminismo, se empiezan a pronunciar contra el “pacto patriarcal”. Preparando este artículo, no pude dejar de sorprenderme ante la cantidad de hombres que han escrito sobre el tema: Mario Patrón, el padre Miguel Concha, Juan Gómez, Herman Bellinghausen, Omar Paramo, Carlos Martínez, Víctor M. Quintana, Edgar Cortez, Jorge Zepeda Patterson, Michael Chamberlain, por nombrar a aquellos que reconozco. Entre las perspectivas más creativas y lúcidas sobre el tema está el rap de Danger AK “Rompa el Pacto” ( De Buena Fe – T7P9-1 – Danger AK – Rompa el Pacto | Facebook). Me surgen muchas dudas cuando leo estos textos antipatriarcales, ¿hay realmente una crítica profunda a sus culturas patriarcales? ¿O es solo una forma más de pelearse entre hombres apropiándose de los discursos de las mujeres? Serán las prácticas concretas de estos compañeros en la vida cotidiana las que nos digan más que sus textos.

Las nuevas generaciones, que ahora gritan en las calles “el patriarcado no va a caer, lo vamos a tirar”, no están dispuestas a hacer las concesiones y negociaciones que algunas de nosotras, desde un feminismo antirracista y anticapitalista, hemos hecho con nuestros aliados hombres. No tienen la paciencia de esperar a que cuestionen sus masculinidades, deconstruyan sus introyectos patriarcales y rompan el pacto de complicidad. Yo personalmente no comparto muchas de sus tácticas, pero no puedo dejar de reconocer que fueron ellas las que nos han obligado a todos y todas a discutir de manera urgente ¿qué es eso que llamamos violencia patriarcal y por qué urge pararla?.

Por Rosalva Aída Hernández Castillo | 30/03/2021

 

Fuente: https://sergiomedinaviveros.blogspot.com/2021/03/america-latina-lo-antipatriarcal-y-su.html

** NOTAS **

[1] https://www.elsaltodiario.com/atenea_cyborg/internet-redes-sociales-cuarta-ola-feminismos-en-red-contra-poder-mundos-vida

[2] https://desinformemonos.org/romper-el-pacto-patriarcal-es-romper-el-extractismo-mujeres-de-la-red-mexicana-de-afectados-por-la-mineria/

[3] https://cedib.org/post_type_titulares/exigen-a-evo-disculpa-publica-por-falta-de-respeto-a-mujeres-indigenas-el-deber-05082011/

Fuente: https://www.rompeviento.tv/las-izquierdas-y-los-pactos-patriarcales/

*Sobre la autora: Rosalva Aída Hernández Castillo , nació en Ensenada, Baja California, México. Antropóloga mexicana, distinguida con el premio LASA/Oxfam Martin Diskin Memorial Award y reconocida por su trabajo por la defensa de los derechos de las mujeres y los pueblos indígenas en América Latina.

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Un alegato en favor de la política identitaria feminista

Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales pudiera definirse a sí mismo. O para decirlo de otra manera: ¿por quién lucha realmente el feminismo? Y viceversa: ¿quiénes están (o se sienten) excluidos?

 

 «Nadie soporta a las feministas», se dice en la serie Mrs. America, que muestra la lucha política por la Enmienda para la Igualdad de Derechos (Equal Rights Amendment) en la década de 1970, una enmienda constitucional que supuestamente garantizaría la igualdad de derechos para las mujeres en Estados Unidos. La frase lo sintetiza bastante bien, ya que no solo hay tradicionalmente resistencia a las demandas feministas en los reaccionarios de derecha: mucha gente de izquierda también insta una y otra vez a recordar que la demanda central es de igualdad social y justicia social, y a no dejarse dividir por los supuestos «intereses particulares» de movimientos individuales como el feminismo o Black Lives Matter. En especial desde la derrota de Hillary Clinton en las elecciones por la Presidencia en 2016, se ha generalizado el argumento de que últimamente los liberales de izquierda solo se han centrado en reclamos de minorías. Se dice que en la lucha contra la discriminación se han dejado de lado la desigualdad social y la lucha contra ella. Finalmente, se aduce también que este proceso ha promovido asimismo el triunfo global de la derecha populista y la ultraderecha, si no es que ha sido el culpable de tal triunfo.

«Política identitaria» es el tan trillado eslogan que supuestamente explica la atomización y la falta de alianzas dentro de los movimientos de izquierda. Este término parecería reemplazar como nuevo eslogan la reaccionaria expresión de batalla «corrección política», muy popular desde hace varias décadas. Pero en ambos casos se trata de un intento –y esta es la tesis central del presente texto– de desacreditar y deslegitimar políticas emancipatorias que difícilmente podrían ser mayoritarias en la puja democrática.

Por cierto, la crítica a la política identitaria no es nueva. El feminismo ha trabajado incansablemente durante casi 150 años en la famosa «contradicción fundamental», es decir, la explotación capitalista, con cuya eliminación todas las demás formas de opresión desaparecerían naturalmente. Incluso los primeros socialistas exigían que las compañeras hicieran el favor de cesar sus quejas feministas y cerraran filas. Una vez establecido el socialismo –se decía–, la opresión de las mujeres también se resolvería por sí sola porque era tan solo una «contradicción secundaria». Un pronóstico que, como es sabido, no se ha cumplido.

Más bien, fueron precisamente esos movimientos que habían sido despreciados por ser «política identitaria» los que se opusieron a esa opresión. Porque sin política identitaria habría una alta probabilidad, por ejemplo, de que siguieran vigentes las leyes Jim Crow, que rigieron en el sur de Estados Unidos durante el periodo comprendido entre la abolición de la esclavitud en 1865 y el final (oficial) de la segregación racial a mediados de la década de 1960: entre otras cosas, las mujeres seguirían sin poder votar y la homosexualidad sería aún una conducta punible.

Y estas luchas elementales contra la discriminación y por la igualdad de derechos tampoco deben, contrariamente a las críticas, separarse de las luchas por la igualdad social y la justicia social. A diferencia de la política identitaria de derecha, que trata de asegurar privilegios y la exclusión de minorías, la política identitaria de izquierda lucha por la participación y la inclusión. Tampoco es una forma de protesta que una haya elegido, sino esencialmente una reacción ante la discriminación. Reacciona al hecho de que determinadas características (no todas necesariamente negativas) son asociadas a un supuesto colectivo. Esto significa, por ejemplo, que las mujeres son consideradas irracionales, pero al mismo tiempo son asociadas a una mayor emocionalidad y empatía. Estas atribuciones colectivas son históricamente contingentes, pueden cambiar y, a veces, incluso directamente contradecirse. Las personas son reunidas así, en un grupo que supuestamente forma una «unidad» propia: «identidad» proviene del latín idem, que significa «lo mismo». Esta unidad es algo que fija la sociedad. Las personas que se encuentran en ella no son realmente «las mismas». Así, fue el racismo el que creó el constructo race y no al revés, tal como escribe Ta-Nehisi Coates en el prefacio de El origen de los otros, de Toni Morrison. Por lo tanto, se trata a las personas como colectivos sin que estas hayan decidido pertenecer a tal colectivo.

Esta atribución colectiva tiene consecuencias enormes que el individuo debe soportar pero que solo surgen por la pertenencia atribuida: una determinada mujer experimenta el «techo de cristal» no porque haya hecho algo mal al planificar su carrera individual, sino porque, como parte del colectivo «mujeres», está expuesta a la discriminación estructural; si bien los fascistas dan golpizas a personas concretas individuales, estas experimentan esa violencia porque con anterioridad fueron colectivizadas racialmente. Entonces, si la discriminación y la opresión funcionan siempre y exclusivamente de manera colectiva, es lógico defenderse también contra ellas de manera colectiva.

El Combahee River Collective acuñó la expresión «política identitaria» en 1977. En una declaración programática, esta asociación de lesbianas negras anunció: «Creemos que la postura política más profunda y tal vez la más radical surge directamente de nuestra propia identidad». Esto significaba que la opresión específica que experimentaban en concreto como lesbianas negras se podía combatir mejor a partir de su situación específica como lesbianas negras, y que la podían combatir conjuntamente. Estas mujeres no se reconocían en una política de izquierda que tenía principalmente al trabajador industrial masculino como figura modélica del proletariado. Porque la realidad de la vida de este trabajador no se correspondía con la situación vital de ellas ni con sus vivencias de explotación.

La palabra «colectivo», que probablemente no por casualidad forma parte del nombre del Combahee River Collective, es central. Pero reaccionar como un colectivo a la opresión experimentada por un conjunto requiere, en primer lugar, la aceptación de esta atribución y esta pertenencia determinadas desde afuera. Esta obligada aceptación va acompañada de una autodefinición y una redefinición de la identidad colectiva asignada. La subordinación experimentada, junto con los atributos despectivos, debería convertirse ahora en una entidad colectiva con connotaciones positivas, autoelegida y autoempoderante: las mujeres ya no son el «sexo débil», sino fuertes y autodeterminadas, negro ya no es peor que blanco, sino que «Black is beautiful», el «orgullo gay» hace que «homosexual» deje de ser un improperio, etc.

Sin embargo, el dilema central de cualquier política identitaria de izquierda sigue siendo tener que referirse positivamente a categorías que en realidad son la causa de la discriminación. Por lo tanto, la política identitaria se caracteriza por una ambivalencia fundamental entre el rechazo y la afirmación de la identidad. La afirmación conlleva un gran peligro de la política identitaria: el de la esencialización. Pues las asociaciones sexistas y racistas, por ejemplo, a menudo son ambivalentes y peyorativas: las mujeres son vistas como empáticas y cariñosas, los varones negros como fuertes y potentes. Por lo tanto, es grande la tentación de incluir estas atribuciones contingentes que se hacen desde afuera en el propio diseño de la identidad y de esencializarlas, es decir, declararlas como características esenciales. Lo afro asumido con seguridad en una misma es tan indisolublemente parte de la negritud como el elogiado útero es parte de ser mujer. A la inversa, esto significa que quedan excluidas aquellas que no tienen la estructura capilar necesaria o, como las mujeres trans, carecen del órgano requerido. La identidad colectiva asumida deja de ser entonces un constructo auxiliar que finalmente surge de la legítima defensa. Más bien postula y vuelve a manifestar diferencias esenciales donde en realidad no las hay.

El ejemplo de los movimientos feministas, que fueron y son movimientos centrales en las políticas identitarias, muestra de manera particularmente vívida lo arduo que es buscar una esencia identitaria. «¡¿No soy una mujer?!», preguntaba la ex-esclava Sojourner Truth en 1851. Con su famoso discurso «And ain’t I a woman?!", denunció, durante una convención sobre los derechos de la mujer en Ohio, que el movimiento feminista estadounidense, que acababa de nacer, no incluía en su demanda de emancipación a las negras ni a las mujeres esclavizadas, incluso pese a que el movimiento feminista estadounidense se había inspirado, sobre todo, en la lucha de los hombres y las mujeres abolicionistas por la supresión de la esclavitud.

La crítica de Sojourner Truth marcó así el comienzo de un argumento que recorre como un hilo rojo la historia del feminismo: ¿por quién lucha realmente el feminismo? ¿Quiénes eran exactamente «las mujeres» cuyos derechos defendía? O formulando la pregunta al revés: ¿quién era excluida? Desde un principio, el movimiento feminista se enfrentó al desafío fundamental de definir el sujeto político mujer y proclamar características en común a través de las cuales ese colectivo pudiera definirse a sí mismo. Al igual que con Sojourner Truth, esta identificación fracasó (y sigue fracasando) no solo por el color de la piel: el fracaso reconoce las más diversas razones a lo largo de la historia del feminismo. Las trabajadoras se sentían excluidas del feminismo burgués y las feministas del Sur global se sentían excluidas del feminismo occidental, las lesbianas rechazan el feminismo de las feministas heterosexuales por ser excluyente, etc.

Un conflicto básico central del Primer Movimiento Feminista, que surgió en la segunda mitad del siglo XIX, fue inicialmente el antagonismo entre trabajadoras y feministas burguesas. Desde entonces se ha intentado combinar la cuestión social con la «cuestión de la mujer», es decir, la política de clases con la política identitaria. Porque a pesar de todos los antagonismos y conflictos de intereses, hay innumerables ejemplos que muestran que las políticas identitarias, tanto en la teoría como en la práctica política, no se oponían en modo alguno a la política de clases.

Los movimientos feministas siempre han denunciado la pobreza femenina y han formulado una elaborada crítica a la economía con la que, entre otras cosas, exigieron el reconocimiento del trabajo reproductivo y una redistribución radical del trabajo remunerado y no remunerado. En una entrevista con el periódico ak - analyse & kritik en 2017, la feminista marxista Silvia Federici criticó lo anticuada que es la idea de esta contradicción (política identitaria versus lucha de clases): «La idea de que hay cultura por un lado y lo real por el otro es parte de una concepción muy paleomarxista, paleolítica, de lo que es explotación y acumulación. Básicamente, esta concepción todavía ve la acumulación principalmente en la fábrica y todo lo demás es 'cultural'».

El deseo de formar alianzas en vista de una izquierda dividida y fragmentada es comprensible y generalizado. El malestar por la multiplicación indiferenciada de categorías de discriminación inquieta a muchos críticos y críticas de izquierda de las políticas identitarias. Pero los llamamientos a la unidad y a dejar estratégicamente atrás las diferencias son desacertados, pues estas diferencias existen y son enormes. Por lo tanto, la solución para una política identitaria de izquierda implica no negar estas diferencias ni evaluarlas necesariamente como divisivas y disolventes. Como toda política identitaria, también debe reconocer que la propia homogeneidad es solo una ficción auxiliar y debe afirmar la diferencia como característica constitutiva e incluso constructiva.

Este reconocimiento trae consigo una gran oportunidad: a fin de cuentas, la crítica de la política identitaria de las minorías es precisamente la fuerza y no la debilidad de los movimientos de izquierda. La política identitaria de izquierda quiere superar las marginaciones para trabajar en forma mancomunada por una mayor justicia para cada vez más personas. Y en vista de las actuales invectivas, es extremadamente importante tener en cuenta este logro histórico. Así, el objetivo de la política identitaria de izquierda no es la división, sino más bien lo que supuestamente se impide: la solidaridad.

Fuente: Neue Gesellschaft-Frankfurter Hefte

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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En un mundo machista los hombres no son los enemigos.

Hombres que cuidan, protegen, quieren, expresan sus emociones, desprecian sus privilegios, profanan los roles que se les otorga socialmente, apoyan y resisten ante una sociedad patriarcal y machista son hombres aliados de la feminidad. Esta tesis es un llamamiento a no perder de foco que el machismo más que una cuestión de géneros es una patología estructural que carcome las entrañas mismas de las instituciones sociales, políticas y económicas que por acción u omisión sostiene la exclusión y la invisibilización de lxs cuerpxs feminizadxs como el principal foco del trabajo enajenante y explotador, fundamento del Estado, a saber: el trabajo reproductivo (maquila de cuerpxs) y sus derivados es decir, trabajos de cuidado, trabajos domésticos, trabajos donde exigen “el instinto maternal”, el “carisma”, “la ternura” y “la docilidad” sean características propias de las trabajadoras.

Toda profesión de cuidado o trato con la otredad exige del devenir mujer un carácter materno de manera implícita, ejemplo de ello son el trabajo de las profesoras, de las enfermeras, de las vendedoras, de las empleadas domésticas. También se pide de otras labores la fuerza, el liderazgo y el autoritarismo que suelen asignarles a los hombres.Así, estructuralmente el patriarcado se traslapa tras roles y modelos de conducta esperados en las mujeres y los hombres que asumen determinados trabajos y, en personas que se espera los exijan. En consecuencia, a todxs nos afecta esta estructura machista toda vez que demanda actitudes de nosotrxs que oprimen nuestro ser auténtico en el mundo. Por tanto, el machismo no es cuestión de géneros y poco o nada ayuda a la erradicación del mismo una encarnada “guerra de géneros”.

Cada persona tiene maneras propias y únicas de asumir su vida que son invisibilizadas cuando somos reducidos a ser “una cuestión de género” y a sentir rechazo por otrxs a partir de esta categoría. Sin embargo, más acá del género hay que fortalecer la tesis de que el problema del machismo no son los hombres cis*sinosu estructura ampliamente represora de toda persona que no asuma la dicotomía machista de su estela de “géneros binarios” y su consiguiente caracterización.

He visto mujeres llorar por “hombres” golpeadores,misóginos y defenderlos. He visto como mujeres se sienten incompletas sino tienen el cariño de un “hombre”. Esas mismas mujeres cuyos deseos corresponden a una sobre codificación de la máquina capitalista (Deleuze y Guattarri, 1998), patriarcal y misógina son las que señalan que una mujer soltera no es una mujer plena como tampoco lo podrían ser aquellas que no quieren ser madres o no son cisgénero.

Esas mujeres, las mismas que dicen que hay que soportar todo tipo de maltratos por razones sexo-afectivas son víctimas-aliadas del machismo al llevarlo en sus ovarios y posesionarse desde allí como mujer cisdeterminadas en su ser por la estela patriarcal.Es cierto que hay grados de alienación en las víctimas que reproducen el machismo de manera inconsciente que no les permite ver que ningún maltrato es soportable en una relación. No obstante, también hay mujeres deliberadamente conscientes de ser aliadas del machismo. Mujeres con cargos políticos pueden ser verdugas absolutas de políticas del cuidado, de la reivindicación del derecho a una maternidad libre, de otras formas de ser mujer no cis, por ejemplo, y que, a lo sumo, lo que exigen es la conservación de la familia heteropatriarcal como la primera y más retrógrada institución base de la sociedad machista.

A las mujeres aliadas del machismohay que hablarles desde el cuidado y sobre la deconstrucción de la mujer patriarcal y la fuerza del devenir mujer para que ellas mismas comprendan desde su ser/cuerpx que toda fuerza reactiva que aplica el sufrimiento, la humillación, el maltrato y la opresión sobre las propias carnes violenta el propio ser y lejos está del amor que potencia, amplía y fortalece la libertad.

El feminismo como resistencia práctica contra la opresión femenina no puede ser un soso discurso de clase. Tampoco una pueril exigencia sobre derechos ante el Estado.Cabe decir aquí que el feminismo de Estado es insuficiente porque olvida que la emancipación de la mujer tiene que ser económica, cultural, educativa y no solo política.

Se reconoce el feminismo de Estado como toda tendencia que aboga por la eliminación de las desigualdades entre hombres y mujeres fundando instituciones cuyo principal objetivo es mejorar las condiciones de las mujeres como colectivo político. Dice Celia Valiente, a propósito de El Feminismo de Estado en España (2006), que este también es conocido como “feminismo institucional”, “feminismo oficial” y a las mujeres que están en estas instituciones se les reconoce como “feministas de Estado”.

Asumo que esta categoría puede desconocer los diferentes matices existentes en el feminismo. Sin embargo, también logra mostrar el quid por el cuál muchas mujeres pueden sentir cierto rechazo, apatía o indiferencia por el feminismo al privilegiar el mejoramiento de las condiciones sociales para un colectivo y no para toda la comunidad (pueblo, oprimidxs, explotadxs, locxs, lxs nadie, etc.) que, también sufren la crueldad de las desigualdades sociales.

De hecho, según Dora Barrancos, anarquista y feminista argentina, las mujeres anarquistas, por ejemplo, en la Argentina de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, no abrazaron tan precozmente el feminismo como las mujeres de la alta sociedad. Las anarquistas, la mayoría de ellas obreras o cercanas a la causa obrera, exigieron su independencia, su emancipación, su libertad al amar más acá de los convencionalismos sociales; de aquí su grito de “Ni Dios, ni patrón, ni marido” proclamado por la icónica y valerosa Virginia Bolten.

Dora Barrancos menciona que la relación entre feminismo yanarquismo ha estado presente desde el origen de éste último y sus anales teóricos en el siglo XIX al pugnar por relaciones basadas en la libertad –como autodeterminación– de cada persona que se expande solo en una comunidad que cesa de instaurarse a partir de la explotación y la dominación[1].

En este sentido, para algunas mujeres desde el Estado no se puede establecer relaciones de igualdad entre hombres, mujeres, niñxs, sexualidades disidentes y agentes sociales en general, toda vez que él es el fundamento y garantía del sostenimiento de las desigualdades entre las personas. En consecuencia, el Estado no puede sino reducir, a lo sumo, las relaciones de desigualdad a partir de la aceptación de unos derechos (libertades otorgadas por el establecimiento), pero no establecer relaciones completamente libres (libertad como facultad individual) e iguales (fortaleciendo unas condiciones económicas generosas para todxs).

El feminismo como práctica que reivindica la emancipación y la liberación de lxs cuerpxs feminizadxs (de aquí que el feminismo abiertamente cis es un discurso excluyente que desconoce las diferentes maneras de ser mujer) tiene que ser la realización del devenir mujer libre de toda violencia coercitiva en todos los escenarios sociales y, en cuyo origen la materialización de una comunidad libre de opresión es necesaria.

Sin que se trate de coherencia, pero sí de cohesión, el feminismo en su práctica tendría que tender a la negación de toda institución social. La realización de la corporalidad asumida como mujer exige el aniquilamiento de las relaciones de opresión y dominación que gesta el Estado bajo la concepción del derecho y su abstracción de base y fundamentalista: la propiedad privada como factor determinante de la pobreza y la mercantilización de la reproducción.

Cuando las mismas instituciones crean “espacios” para la mujer se circunscriben en un plano amplio de una democracia pluralista. Sin embargo, ni la democracia ni un contexto ético pueden potenciar el rol de la mujer dentro del Estado sino es a costa de la supervivencia del propio patriarcado. El origen del argumento radica en una contradicción entre lo que se “debe” hacer y lo que “se puede” realizar.

Por supuesto es un “deber” la inclusión de todos los agentes sociales en una sociedad idealmente democrática. En cualquier caso, el deber con toda y su retórica de la obligación no es vinculante porque las condiciones de posibilidad que le preceden tanto económicas como jurídicas son mendigantes ¿es viable la inclusión de lxs cuerpxs feminizados en el Estado coautor de la pobreza,principal factor determinante de los embarazos adolescentes?, ¿es posible la inclusión de las mujeres en el Estado que niega el derecho a una maternidad escogida?, ¿es permisible la inclusión en el Estado que precariza la vida de las mujeres en diferentes esferas social es al reducirlas a un rol y objeto puramente sexual-reproductivo?

Hay que decir que no se asiste en este texto aopiniones comunes como que son los victimarios y no las víctimas los responsables directos de las relaciones de abuso, no. Tampoco es una mera crítica al machismo en ciertos feminismos y una salvaguarda a los hombres traidores del patriarcado, ni una invitación a que los hombres “defiendan”la feminidad porque no necesita de defensores sino de agentes críticos contra el patriarcado.Este escrito es un intento por llevar la discusión a un nivel estructural donde la violencia machista no es solo cuestión de géneros sino, ante todo, un problema afincado en el mismo origen de las instituciones de la sociedad que estableció el trabajo doméstico y reproductivo como fenómeno normalmente violento, enajenante y explotador de todx cuerpx feminizadx.

No se trata de ser o no feminista. Lo que se trata es de no seguir siendo o dejar de ser machista, cómplice de la institucionalidad patriarcal. No se puede exigir desde un discurso del privilegio que se hagan instituciones de cuidado solo para las mujeres cuando tantos otrxs cuerpxs ni siquiera se lo pueden pensar. También cabe hacer autocrítica a ciertos feminismos que reivindican el autoritarismo al subordinar y disminuir la importancia de corporalidades disidentes y/o animales ciñendo su discurso al biopoder y sus ya famosas formas de exclusión-excepción desde la nuda vida[2].

El acabamiento del machismo pasa por el acabamiento de toda institución autoritaria (disculpen el pleonasmo), de todo Estado, de todo modelo político-económico-social que requiera la explotación de lxs cuerpxs para su beneficio porque ninguna institucionalidad ha mostrado que puede acabar con el trabajo reproductivo (sea para la producción de obrerxs o de carne para su consumo) como el principal foco del capitalismo, partiendo así del desconocimiento de que la construcción de una comunidad femenina surca espacios que van más allá del género.

Pero no solo esto.Las corrientes feministas contemporáneas tendrían que fortalecer la articulación de sus propuestas con movimientos antiespecifistas, ácratas, ecologistas, ambientalistas, en definitiva, con todxs aquellxs que sientan el problema de lxs cuerpxs que sufren como origen de su resistencia vital.

Me llama la atención la reflexión que realiza Silvia Rivera Cusicanqui sobre “la mujer tejedora”, en la cual menciona que nosotras como mujeres tendríamos que experimentar en nuestro ser la respuesta a la pregunta ¿qué significa ser mujer?, específicamente ¿qué significa ser mujer en el mundo andino? Estos cuestionamientos tocan el punto más sensible de esta reflexión porque el ser mujer no tiene que reducirse a asumir un rol políticamente asignado, biopolíticamente administrado y socialmente exigido, todo lo contrario. Ser mujer es una experiencia que comulga con nuestro estar en el territorio, con nuestro ser para el mundo en un experenciar el cuerpx en las originarias relaciones con las otredades. Tampoco el ser hombre comulga necesariamente con el machismo sino en cuanto se asume en su ser social, político y económico como sujeto del privilegio. De aquí que algunas masculinidades no pueden ser tenidas como machistas por su mero devenir hombre.

La invitación es a cuestionar la significación del género como un papel subsiguiente a los propios modos de expresión en los cuales asumir la lucha de un mundo sin dominación es un llamado que nos convoca a todes y ante el cual somos aliades, cómplices creadorxs de relaciones vitales,cuidadoras, solidarias, amorosas, en un mundo donde el machismo funge como herramienta de opresión de lxs cuerpxs que en su vulnerabilidad, unicidad y devenir animal/corporalidades-disidentes/mujer/hombre/ individuo/singularidad/ han de ser cuidadxs de la mano dura del patriarcado.

*Es un neologismo que intenta presentar a lxs individuxs cuya identidad de género coincide con su sexo biopolíticamente dado.

 

 

Referencias bibliográficas:

-Barrancos, Dora, “Mujeres de “Nuestra Tribuna”: el difícil oficio de la diferencia”, Mora, nº 2/noviembre, 1996, 125-143.

------------(1990) Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo. Buenos Aires: Contrapunto.

-------------(2005) entrevista. Recuperado 02-2021 de https://www.lai.fu-berlin.de/es/e-learning/projekte/frauen_konzepte/projektseiten/frauenbereich/barrancos/transcrip/transcrip2/index.html

-Deleuze, G., & Guattari, F. (1998). El antiedipo. Barcelona: Paidós

-Quintana Porras, Laura (2006)De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder. En: Dossier: Lógicas del poder. Miradas críticas. (Méx.) vol.19 no.52 México sep./dic. Recuperado: 02-2020 de: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952006000300003

-Rivera Cusicanqui, Silvia (2018) Un mundo ch'ixi es posible: ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta limón.

---------------------------------(2019) entrevista. Recuperado el 02-2021 de: https://www.elsaltodiario.com/feminismo-poscolonial/silvia-rivera-cusicanqui-producir-pensamiento-cotidiano-pensamiento-indigena

-Rouco Buela, Juana(1924) Mis proclamas, Santiago de Chile: editorial Lux. Recuperado el 02-2021 dehttp://ideasfem.wordpress.com/textos/e/e09/.

-Valiente, Celia (2006) El feminismo de Estado en España:el Instituto de la Mujer (1983-2003)España: Universitat de València.

 

[1] La exigencia de la libre asociación política y la eliminación de todas las relaciones de explotación y dominación fueron las consignas de las mujeres anarquistas del siglo XIX, incluso, dentro de los mismos movimientos sindicales o libertarios, sin sujetarse a una postura feminista, pero sí como anarquistas, como mujeres anarquistas. A este hecho lo llama Dora Barrancos: contra-feminismo del feminismo anarquista.

[2]La nuda vida es un concepto utilizado por Agamben para mencionar que hay vidas que las formas de poder totalitario reducen a su condición orgánica siendo despojadas de todo reconocimiento político. Es la vida limitada a ser pura vida separada de todo contexto y no atendida como forma de vida, así se puede disponer de la misma para excluirla. Para ampliar este concepto recomiendo el artículo de Laura Quintana De la Nuda Vida a la 'Forma–de–vida'. Pensar la política con Agamben desde y más allá del paradigma del biopoder (2006).

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Jueves, 17 Diciembre 2020 09:04

Unidad y diferencias entre feminismos

Unidad y diferencias entre feminismos

Las tres principales tendencias feministas actuales se constituyen respecto de los tres ejes de la acción feminista de esta cuarta ola: por la igualdad social y relacional, frente a la violencia machista y por la libertad sexual y de género. La pugna interpretativa, argumentativa y representativa de sus élites respectivas expresa una fragmentación organizativa y una debilidad de liderazgo y teórica. Se enfrentan a la tarea democrática de adquirir autoridad y posiciones de prestigio y estatus, con actitudes diferenciadas en esos tres ejes, aunque con ideas básicas comunes que facilitan la expresión masiva de las grandes movilizaciones feministas. Lo analizo desde la sociología crítica.

El problema de fondo que subyace es el descontento popular feminista por la falta de igualdad sustantiva en las relaciones sociales, laborales e institucionales, interpelada, interpretada, representada y orientada desde esa trayectoria igualitaria y transformadora, hoy oscurecida en el ámbito mediático. Las tres sensibilidades, socioliberal, posmoderna y crítica o transformadora, conforman un impacto heterogéneo por abajo, en el conjunto de las bases feministas, entre las que no hay una articulación organizativa estable, ni una referencia cultural unificada ni una cohesión ideológica. En el amplio conglomerado llamado movimiento feminista, predomina el eclecticismo o posiciones mixtas e intermedias respecto de esos diferentes posicionamientos de las élites o personas más activistas.

El activismo discursivo, mediático y en redes sociales, busca la legitimidad en los procesos de formación de liderazgos de las personas y grupos de referencia. Pero, a veces, el exceso de confrontación con estilo descalificador debilita el interés común. Sus efectos son la desactivación de la acción colectiva (e individual) por la igualdad real de la mayoría de las mujeres (y capas subalternas), así como la polarización extrema sobre los otros dos ejes sin avanzar en su transformación preventiva y real: medidas necesarias para acabar con la violencia machista, dando respuesta a la situación de las mujeres víctimas, y favorecer la libertad de opciones sexuales y de género.

Los tres ejes temáticos constituyen la experiencia sustantiva de las actuales movilizaciones feministas ante la persistencia y gravedad de sus desventajas. Es el fundamento que sostiene su carácter transformador y unitario. Pero hay algunas élites, con distintas justificaciones, que priorizan su interés corporativo por ocupar posiciones de privilegio o situar su marco interpretativo particular como el dominante.

Insuficiencias de los feminismos socioliberal y postmoderno

El feminismo elitista, socioliberal y determinista, con su guerra cultural, elige el campo que les parece más fácil y adecuado (prostitución, trans…) para desacreditar a sus oponentes, tachadas incluso de antifeministas. Trata de imponer un marco discursivo y jurídico (punitivista y excluyente) con el que, como objetivo implícito fundamental, aísla y margina también al feminismo transformador, o sea, las demandas de la mayoría feminista de cambio real en esos tres ejes. Por tanto, es un pretexto para defender sus privilegios y desacreditar la alternativa real del movimiento feminista reciente, precisamente por el desborde de los límites transformadores de su estrategia formalista y retórica, su puritanismo y punitivismo y su gestión institucional corporativa.

Aparece con acritud esa pugna por la credibilidad o autoridad del feminismo sin abordar lo sustancial, es decir, apartándose de la dinámica principal del movimiento real y sus amplios apoyos sociales e identificadores y haciéndose eco de las tendencias conservadoras. Es una dinámica destructiva de la capacidad relacional y transformadora progresista del conjunto del feminismo.

De todo ello apenas se habla desde sectores del feminismo postmoderno, en el que me voy a centrar por su mayor complejidad y ambivalencia. Dentro de la diversidad que proclama formalmente no existe el suficiente reconocimiento e inclusión de lo principal de la nueva realidad: la problemática de la mayoría de las mujeres, su situación de discriminación y desventajas y sus demandas y movilizaciones igualitarias y emancipadoras.

En particular, algunas de sus élites infravaloran el gran objetivo de la igualdad relacional y socioeconómica y sus derechos, fundamento básico del feminismo transformador en todas sus olas. Supone abandonar del campo de la ‘distribución’ material o social, y abordar el campo del ‘reconocimiento’ solo desde el ámbito cultural o simbólico para esas élites y no desde la mejora de su estatus relacional y socioeconómico. Así, desconsideran las transformaciones estructurales y sociopolíticas que afiancen la posición social del conjunto de las mujeres y su reconocimiento público y en las relaciones interpersonales. En ese sentido, para ciertas nuevas élites postestructuralistas, su feminismo cultural aunque sea positivo y transgresor en diferentes campos de la normatividad sexual y de género, no es suficientemente radical (no va a todas las raíces) sino que en diferentes ámbitos es superficial y poco transformador.

El feminismo cultural, posmoderno o diverso, ha crecido y se ha polarizado frente al feminismo esencialista, pero difumina al amplio feminismo social, igualitario y crítico, auténticamente plural e inclusivo de lo sustancial de la realidad femenina y las demandas feministas, así como de su subjetividad integradora y complementaria de lo racional y lo emocional.

Para salir del atasco habría que, por un lado, profundizar las críticas a las insuficiencias del feminismo institucional y la impotencia transformadora del feminismo postmoderno-cultural y, por otro lado, reforzar el feminismo crítico e igualitario. Pero eso es lo que se ventila en la pugna por el liderazgo, por su apropiación e instrumentalización de la amplia y sugerente capacidad relacional y movilizadora de la actual ola feminista. La reactivación feminista de estos años es una dinámica alternativa y diferenciada, conectada con lo mejor de las tres olas anteriores, dentro de una orientación unitaria y transformadora progresista global, que esas élites postmodernas y socioliberales no están en condiciones de abordar claramente.

En definitiva, en algunos discursos posestructuralistas, la calificación de feminismo ‘inclusivo’ (de las trans o LGTBI) esconde otra función hegemonista con dos variantes complementarias. Una, absorber y representar esa dinámica transformadora generalizada; otra, excluir o subordinar sus representantes, especialmente, las nuevas élites asociativas emergentes. En ese sentido, convergen con representantes del feminismo socioliberal en infravalorar un feminismo popular transformador.

Un feminismo crítico por la igualdad y la emancipación

Se ha producido el desplazamiento del marco discursivo de las otras dos corrientes para marginar los procesos reales y discursivos del feminismo crítico y transformador sustentando en la mayoría de la amplia identificación feminista. En ese sentido, la corriente posmoderna (o queer) se asimila a lo diferente (diverso, anómalo, raro o retorcido -literalmente-), sin destacar su carácter constructivista radical que reafirma J. Butler y otras, o sea, idealista por su sobrevaloración de la construcción discursiva de la identidad y el sujeto social.

Frente al determinismo (económico, biológico, étnico, institucional de poder…), es mejor un constructivismo ‘moderado’, relacional y sociohistórico, basado en la experiencia prolongada de prácticas, funciones, estatus y subjetividades. Es distinto al constructivismo idealista radical o posestructuralista, que infravalora la existencia de la realidad social o estructural, la llamada (clásica) ‘sustancia’ que niegan bajo la acusación de esencialismo. Según esa posición postmoderna, la realidad está construida por la (convencional) ‘forma’: apariencias, emociones o discursos.

Así, es importante la subjetividad y lo simbólico. No hay que infravalorarlos. Pero, en un efecto pendular frente a los excesos del estructuralismo más mecanicista, esa posición posmoderna desconsidera los fundamentos de la realidad social, de la situación de desigualdad y dominación existentes. Salen perdiendo las capas populares y subalternas, incluidas la mayoría de las mujeres y LGTBI, con una realidad desventajosa, material, cultural y de subordinación.

Pero esa interpretación de la preponderancia de lo diverso sobre lo unitario, a veces, no es sinónimo de pluralismo democrático e integrador, sino de imposición de una cosmovisión, junto con su representación social o política, frente a otra; es decir, puede conllevar hegemonismo prepotente según nos enseña la experiencia histórica y reciente.

Dicho de otra forma. La modernidad ha creado monstruos (capitalismo, imperialismo colonialista… el universalismo totalizador antipluralista y eurocéntrico), aunque también (la ilustración, la razón, la ética y el Estado de derecho) ha permitido o generado procesos liberadores: la democracia, la igualdad, la libertad, el laicismo… el socialismo. Pero la postmodernidad, que hunde sus raíces en el irracionalismo (F. Nietzsche) y el idealismo (Carl Schmitt), ha generado o compartido el fascismo totalitario y el nacionalismo excluyente; el relativismo cultural no es más flexible o pluralista que cierto universalismo moderado, pluralista e integrador, por ejemplo con los valores de los derechos humanos o la ciudadanía social.

Por tanto, es positivo decir que los grupos oprimidos pueden ser la base para conformar un sujeto emancipador, con los correspondientes procesos, experiencias y mediaciones tras una finalidad ‘universalista igualitaria-emancipadora’. En ese sentido, tiene conexión con las minorías marginadas. Pero la palabra diversa (o diferente o queer) no conlleva necesariamente el rechazo de una relación jerarquizada de desigualdad u opresión. No se deduce, por tanto, un ideal emancipatorio-igualitario, sino simplemente una diferenciación individual o colectiva. Puede entroncar con la pulsión identitaria individualista, no necesariamente liberal, de la realización del yo, del ‘reconocimiento’ personal, haciendo abstracción de la ‘distribución’ de las condiciones sociales de desigualdad. Así, es compatible con la emotividad y la autorrealización, más o menos consumista, simbólica y estética, que estimula el neoliberalismo ‘progresista’, con sus sistemas publicitarios diferenciadores o individualizadores.

En consecuencia, hay un desdoblamiento. Por un lado, mucha diversidad e individualización; por otro lado, imposición homogeneizadora del beneficio privado y el poder establecido (capitalismo o desigualdad de clase, étnico-nacional y género), con procesos adaptativos y de subordinación. Son cuestiones que se expresan mal desde posiciones deterministas o esencialistas. Por ejemplo, su crítica a la trampa de la diversidad o a las identidades ‘asesinas’ frente a la realidad o el sujeto supuestamente universal está mal planteada. No obstante, esa posición postmoderna de la diversidad responde a la defensiva y no da armas suficientes para luchar contra las desigualdades reales, particularmente las de clase social, y frente a esa retórica esencialista.

En definitiva, ese feminismo postmoderno, bajo esa aparente transversalidad y ambigüedad sustantiva que relativiza la desigualdad social y de estatus, no integra todo lo diverso ni incluye a todo el mundo. Confunde identidad de género e identidad feminista, al infravalorar los procesos complejos y duraderos de identificación y prácticas relacionales. Relativiza la realidad material y relacional desigual de las propias mujeres, más allá de algunos rasgos culturales y sexuales. No incluye sus experiencias mayoritarias y los sujetos ‘externos’ a su acotada diversidad, solo las admite de forma subordinada bajo la elaboración elitista y controlada de un discurso articulador de las jerarquías y representaciones sociopolíticas. No es una buena referencia analítica ni ideológico-política para un feminismo crítico, transformador, igualitario y emancipador conectado con los amplios procesos identificadores feministas.

Por ANTONIO ANTÓN

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Identidades feministas y teoría crítica'. @antonioantonUAM

17/12/2020

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La madre, la hermana y el sobrino de Cristina Bautista en su resguardo indígena, Tacueyó, en el departamento del Cauca, Colombia BERTA CAMPRUBÍ

En el día internacional de las defensoras del territorio y los derechos humanos, mujeres defensoras de distintas latitudes de América Latina denuncian cómo el patriarcado también está al interior de sus procesos organizativos sin ser aun colectivamente diagnosticado.

 

El sistema capitalista es entendido y visto por la mayoría de organizaciones sociales, medioambientales, étnicas y culturales de los territorios de América Latina como el principal obstáculo o incluso enemigo de sus procesos organizativos en tanto que estos defienden la vida y el capitalismo la destruye. Ese es un diagnóstico construido desde hace décadas con un claro aporte de los movimientos marxistas del continente, pero al que también se ha llegado partiendo de las cosmovisiones de los pueblos campesinos, indígenas y afrodescendientes.

Aquellos que hacen un análisis más amplio, notan que el capitalismo llegó con y sigue formando parte del colonialismo y que este es el que instala otro pesado eje de opresión para estos pueblos, el racismo. El patriarcado, sin embargo, según denuncian defensoras desde Brasil, Honduras y Colombia, no está aún en la lista de estructuras por deconstruir.

Es por eso que miles de mujeres ejercen todos los días dos procesos de resistencia o más —según la perspectiva interseccional, tantas como ejes de opresión las atraviesen—, uno junto a toda su comunidad o movimiento social y otra con sus pares de género que ven necesaria esta lucha, aunque a veces también en solitario.

“Yo defiendo el derecho a defender derechos porque, por ahora, a las mujeres nos toca luchar por vivir una vida digna defendiendo nuestro territorio-tierra y nuestro territorio-cuerpo”, asegura Jesica Trinidad, defensora hondureña militante de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras. “Hoy, la defensa de la vida tiene cara de mujer a nivel de América Latina y a nivel del mundo”, asegura la lideresa del pueblo garífuna Miriam Miranda. Pero esa defensa de la vida, tiene doble cara.

“La resistencia dentro de la resistencia”

“Cómo mujeres dentro de la organización caminamos con paso firme por la unidad, la tierra, la cultura y la autonomía, ratificando que ninguno de estos principios son posibles con la violencia contra las mujeres en nuestros territorios, si las violencias contra nosotras caminan a la par del proceso, no será posible una resistencia real”, afirmaba el pronunciamiento del 25 de noviembre del Programa Mujer del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), una organización que agrupa a 10 pueblos indígenas de Colombia liderada actualmente por ocho consejeros y una consejera.

 “Aquí está instalado el patriarcado. El sistema imperante nos los ha impuesto en nuestros territorios y, hasta el momento, nuestra organización aún no lucha contra ese patriarcado”, asegura Claribel Musicué, defensora del territorio del pueblo nasa, desde el departamento del Cauca de Colombia. “Las mujeres somos la resistencia dentro de la resistencia. Porque, a pesar de que estamos luchando por un proceso organizativo colectivo que nos abraza como comunidad originaria, también está la lucha de las mujeres dentro de ese proceso organizativo para que se reconozca la voz y el rol de las mujeres”, asegura firme Musicué.

“Para el caso de las comunidades negras colombianas, la doble resistencia de las mujeres es un hecho. El liderazgo visible femenino está asumiendo dos frentes de luchas fuertemente activos”, explica Harrinson Cuero, miembro de Proceso de Comunidades Negras original de Guapi, Colombia. Según él, las mujeres enfrentan a la vez un “neoextractivismo que las golpea de manera específica” y “los efectos del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado” que han “moldeado las lógicas de poder de los hombres”. Desde Vallecito, en Honduras, Miriam Miranda reafirma que “las mujeres siempre hemos estado ahí, invisibilizadas, calladas pero constantes, lo que pasa es que los hombres muchas veces ponen la cara en los resultados de un trabajo colectivo que hemos hecho las mujeres”.

“Desde las violencias sexuales hasta el cuestionamiento de si somos buenas madres, a nosotras la defensa de derechos nos desprestigia. Un hombre que va a una movilización es un hombre que va a luchar por su país, una mujer que va a una movilización es una mujer que abandona a sus hijos”, expresa Trinidad. Mujeres que participaron de las últimas movilizaciones en Colombia experimentaron como al llevar los hijos a la movilización junto a ellas, también se las acusaba de “mala madre” por exponerlos al peligro de la represión policial.

Desde Brasil, Natasha Neri, antropóloga y directora del documental “Letal” sobre la organización de las mujeres ante el asesinato masivo de jóvenes negros de las favelas de Rio de Janeiro, cuenta que “el movimiento de familiares de víctimas de violencia de estado está formado en un 98% por mujeres, son pocos los hombres que salen para esa lucha”. Esas madres de jóvenes asesinados que emprenden un proceso judicial y una campaña social en busca de justicia, también se encuentran con una lucha interna en sus entornos familiares. “A menudo acaban sufriendo el machismo de sus compañeros y muchas veces se deshacen matrimonios, los compañeros las tratan como locas, como si no pararan de hablar de la misma cosa”, explica Neri.

La defensa del territorio-tierra

“A los grupos armados: esta es nuestra casa y como autoridades y desde los núcleos familiares, les decimos, no son bienvenidos”, así de claro habló la autoridad tradicional del pueblo nasa Cristina Bautista durante el funeral de dos kiwe thegnas —cuidadores del territorio en la lengua del pueblo nasa— asesinados por las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia el mes de agosto de 2019. En los primeros 10 días de ese mes habían sido asesinados cuatro kiwe thegnas o guardias indígenas en la región del Norte del Cauca.

“No son bienvenidos los que están reclutando a los menores: hay unos mandatos establecidos desde la comunidad: personal de afuera que esté desarmonizando el territorio se va”, aseveró Bautista. Dos meses después, el 29 de octubre de 2019, ella fue asesinada junto a cuatro guardias indígenas más por el mismo grupo armado.

“Cristina defendía el territorio porque, como ella decía, de aquí a mañana si nosotras no defendemos nuestro territorio estaremos en las ciudades pidiendo limosna”, recuerda su hermana, Amalfi Bautista. “A nivel intercontinental, atraviesa la Abya Yala una estrategia de despojo que es la implementación del desarrollo económico a través del proyecto neoliberal”, explica Camila Rodríguez, activista y defensora de los derechos colectivos, desde Bogotá.

 “Los proyectos extractivos están sobre el 80% de los territorios colectivos y eso evidentemente genera un grave conflicto”, apunta Rodríguez. Se trata de proyectos instalados dentro del marco de la legalidad —que no siempre de la legitimidad—, como represas hidroeléctricas, monocultivos extensivos, megaminería o extracción de hidrocarburos, pero también de proyectos que funcionan desde la ilegalidad como los cultivos de coca y marihuana para uso ilícito, la minería y la deforestación ilegales, el tráfico de drogas y armas, la trata de personas, etc.

“No es que directamente las empresas busquen los territorios colectivos, sino que ancestralmente Abya Yala es un territorio colectivo, siempre habitado por pueblos indígenas y a partir de la colonia también habitado y cuidado por comunidades negras y afrodescendientes”, explica Rodríguez.

Como el pueblo nasa de Colombia o el garífuna de Honduras, existen miles de comunidades en el mundo que enfrentan la llegada y la instalación de estos proyectos sea con herramientas que contemplan las distintas legislaciones como la consulta previa establecida por el Convenio 189 de la OIT o a través de acciones directas y movilización social. Comunidades como la Lumad de Filipinas o los Wetʼsuwetʼen de Canadá que resisten a gasoductos o grupos paramilitares son reportados en los informes de entidades como Global Witness o Front Line Defenders.

Casi mil defensores asesinados en cinco años

Según el informe de esta última ONG, 304 defensores del territorio y los derechos humanos fueron asesinados durante el año 2019 en el mundo y desde 2015 hasta ese año fueron 959. Un 68% de los que fueron asesinados en 2019 perdió la vida en América Latina y un 40% formaba parte de comunidades originarias —representando éstas solo un 5% de la población mundial—.

De 304, más de una tercera parte, 106, han perdido la vida en Colombia, y 43 en Filipinas, los dos países que encabezan el desangrante ránquing. Colombia, que este mes de noviembre cumple 4 años desde la firma de un acuerdo de paz considerado ampliamente fallido, ha registrado en este año 2020, 74 masacres y lleva más de mil líderes sociales, defensoras del territorio y excombatientes de las FARC asesinados desde esa firma. El segundo, Filipinas, desde la llegada al poder del presidente autoritario Rodrigo Duterte, ha alcanzado la cifra de 200 defensores asesinados, la mayoría por la policía o grupos paramilitares.

Lo que tienen en común la mayoría de personas perseguidas es que son parte del 44% de la población mundial que sigue viviendo en áreas rurales y que mayoritariamente sigue cultivando la tierra con métodos ancestrales. Con tan solo el aguante ante las dinámicas e inercias del éxodo rural y la urbanización de los estilos de vida, con tan solo su presencia en los territorios, éstas comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, logran poner a resguardado y no dejar a disposición de las multinacionales o el narcotráfico, selvas, pampas y montañas. “Sin embargo cada vez están más cerca”, se lamenta Camila Rodríguez.

“Las formas de gobierno y de economía que se han globalizado nos llevan a la destrucción de los territorios, de los pensamientos propios y de los pueblos y por eso hay que destruirlas”, asegura Roseli Finscue, coordinadora del Programa Mujeres del CRIC y cofundadora de la Red Nacional de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos de Colombia.

Rodríguez analiza también el “discurso legalista”, que no nace de las cosmovisiones propias, desde el que el mismo sistema hegemónico ha logrado que los defensores se protejan: “Se apropian de todo un discurso de defensa de derechos: los derechos humanos, los derechos territoriales y eso lo que hace también es visibilizar donde están y son los mismo ejércitos legales e ilegales que logran identificar donde están las luchas y las movilizaciones y generar impactos colectivos al asesinar líderes sociales y defensores de manera sistemática y selectiva”. Una estrategia de terror utilizada históricamente a lo ancho y largo del mundo.

Las múltiples violencias

De las 304 defensoras asesinadas en 2019, 40 eran mujeres. En Honduras, quinto país en el ranquing de defensoras asesinadas, la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos desarrolla hace una década una imprescindible tarea de registro y denuncia de las violencias más invisibilizadas. En su informe “La normalidad siempre ha sido el problema” —en referencia a la situación por el COVID-19—, exponen que durante el primer semestre de 2020 se han dado 530 agresiones a mujeres defensoras. Recalcan las agresiones con carácter de odio y discriminación racistas, y las seis mujeres transexuales asesinadas durante este periodo, y denuncian que la mayor parte de agresiones han sido perpetradas por la policía en primer lugar y por “actores vinculados a los movimientos sociales” en segundo lugar, por delante de las perpetradas por “actores vinculados a empresas y negocios”.

Efectivamente, las violencias para ellas vienen de afuera y de adentro: existen las que puedan sufrir por parte de actores armados públicos y privados y las que puedan sufrir por parte de miembros de su espacio de militancia, su comunidad o su familia. “Además de la violencia de la que fue víctima por parte de grupos armados, mi hermana también sufrió discriminación dentro de la organización por su defensa de los derechos de las mujeres”, asegura Amalfi Bautista.

La división de tareas por género que deja a la mujer en la esfera privada y al hombre en la pública, la falta de participación política y social, la invisibilidad de sus esfuerzos y la objetivación de sus cuerpos, son algunas de las grandes problemáticas que atraviesan las defensoras del territorio.En el caso de las comunidades negras, que en muchos casos podría ser extrapolable a otros colectivos, según Harrinson Cuero “los hombres negros aún no dimensionamos el grado de afectación que padecemos y aplazamos el debate justificados en el recrudecimiento de la violencia neocolonial”. Mientras tanto, “continuamos ejerciendo violencias contras nuestras hermanas y perpetuamos patológicos modelos de liderazgo”. Cuero comparte el punto de vista de la mayoría de mujeres consultadas: el próximo paso necesario para diagnosticar el patriarcado como un obstáculo e incluso como una amenaza para las organizaciones sociales y para el territorio es poner fin a “la resistencia de los compañeros hombres a reconocer el problema”.

 “No quiero que más mujeres del campo vivan en estas circunstancias. Las mujeres indígenas necesitamos oportunidades para participar en la vida política, económica, en la sociedad y en la cultura”, afirmó la defensora asesinada Cristina Bautista en un discurso ante las Naciones Unidas en 2017. “¿Porque hoy la defensa de los territorios tiene cuerpo de mujer? Pues es porque las mujeres como dadoras de vida entendemos la importancia de contar con los recursos que nos darán la vida en el futuro”, explica Miriam Miranda. Por esa defensa de la vida, la defensora Roseli Finscue concluye, “como más comunidad y más colectividad hagamos, más cerca estaremos de quitarle el poder que tienen al capitalismo, al colonialismo y al patriarcado”.

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Jueves, 13 Agosto 2020 05:52

¿Desigualdad de géneros?

¿Desigualdad de géneros?

El mito de Medea y el patriarcado

 

En la antigüedad, griegos y romanos reservaban para esposas y mujeres de la familia el segundo piso de sus hogares para evitar que fuesen vistas.

Las Hetairas eran mujeres “para estar adelante” lo que se corresponde con la etimología de prostituta: pro, adelante; stituta, stare.

Para ser vistas y escuchadas, intercambiar con hombres, asistir a los simposia, llevar una vida pública. Pagaban impuestos y en general eran extranjeras. Tenían una vida semejante a la de las mujeres intelectuales de la segunda mitad del siglo XX y XXI.

También había esclavas.

Los griegos tenían hijos legítimos, ciudadanos, con las esposas griegas, podían tener hijos con hetairas o esclavas, pero no eran ciudadanos, estos hijos existían en un “no lugar”.

La historia de Medea se inscribe en ese marco social, ella en Grecia era una extranjera y a ese no lugar se caía sin remedio si el ciudadano griego que la protegía la abandonaba.

Jasón había perdido su derecho al trono en Grecia, el tío que se lo arrebató lo envió a la Cólquida, a orillas del Mar Negro, a buscar el vellocino de oro. Así comienza la saga de los Argonautas y nace la historia de amor de Jasón y Medea. En la Cólquida, Medea era sacerdotisa, es decir virgen, hija del rey que enamorada de Jasón usó su magia para que consiguiera al vellocino, luego huyeron a Grecia donde vivieron muchos años juntos y tuvieron dos hijos.

Pasado el tiempo, Jasón comprendió que Medea era un obstáculo en el ascenso de su carrera política y decidió casarse con Glauce, la hija del rey.

A partir de esa boda, la vida de Medea y sus hijos sería la nada misma, perdieron todo. Medea mata a sus hijos y huye. Es aprehendida pero no puede ni siquiera ser condenada porque no es una ciudadana, es una mera extranjera.

El mito dice que una mujer por despecho mató a sus hijos como venganza porque fue abandonada.

Las ideas de Walter Benjamin nos permiten otra lectura que considera la nadificación social que padecen muchas mujeres extranjeras o pobres que son entregadas al desamparo más absoluto sin que socialmente se considere la participación que tuvo el hombre, esposo, padre, empleador en el desencadenamiento de la catástrofe.

El patriarcado es una organización social que aparentemente favorece al hombre y desfavorece a la mujer.

No se trata de que los hombres hagan cosas desvalorizadas que hacen las mujeres, ni las mujeres “brillantes actividades masculinas”.

Cosas de mujeres y cosas de varones es una división que desfavorece a ambos, porque todo dualismo conduce a aporías esterilizantes.

Cuando el pater familia romano podía levantar al recién nacido del suelo y darle vida o abandonarlo en un camino condenado a muerte, ¿era justo para él tener que tomar la decisión sólo?

O cuando tenía que ir a la guerra con permiso para matar y matando convertirse en héroe o, o, tantos infinitos o…

O ser el único responsable de mantener económicamente a la familia…

La exigencia de ser brutal frente a otros varones para confirmar su masculinidad.

La madre de los hermanos Graco cuando les dice: “Vuelvan de la guerra con el escudo o sobre él”, exigiendo triunfo o cadáver.

¿Por qué los varones tienen que ser los que llevan a cabo la circuncisión ritual o en un naufragio ser el joven el que debe ofrecer su salvavidas a una anciana?

¿Por qué el féretro del padre lo llevan los hijos varones y no las hijas?

¿Por qué es necesario ser fuerte, diestro, inteligente y exitoso para ser respetado mientras la mujer sólo tiene que demostrar que no es una “mujer pública” con toda la ambigüedad del término, para no ser adjetivada como puta o yegua?

Las desventajas son desiguales pero injustas para ambos, todos necesitamos “un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres” (Rosa de Luxemburgo).

Delia Torres Aryan es directora de la Diplomatura de Diversidad Sexual y Género de APdeBA (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires).

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El encierro dispara la violencia contra las mujeres en América Latina

 América Latina es el continente en el que está previsto un mayor incremento de contagios durante las próximas semanas. La cuarentena ha provocado también un incremento en las denuncias por violencia machista.

 

Una mujer se marcha de casa con sus tres hijos en el Estado de México. Tiene golpes y una herida de navaja en el costado. Antes de salir, marca al teléfono de la Red Nacional de Refugios. Le dirigen hacia una oficina de gobierno para que le atienda. La mujer ha aprovechado que su agresor no está en casa para escapar rápidamente. Sin embargo, al llegar a la sede oficial le dicen que no pueden atenderle, que no está la persona que debería levantar la denuncia. Así que la Red, una organización de la sociedad civil que protege a mujeres víctimas de la violencia machista, envía un coche particular a rescatarla. Primero la atienden de emergencia. Le curan las heridas, le dan de comer. De ahí la envían a un refugio. Ya está a salvo.

Esta escena es real y tuvo lugar la semana pasada, en plena emergencia por Covid19, en un municipio del Estado de México, uno de los territorios más castigados por la violencia feminicida desatada en el país norteamericano. Quien la relata es Wendy Figueroa, directora de la Red Nacional de Refugios. Se trata de uno de los 19 rescates urgentes que la organización ha tenido que lanzar desde que inició la emergencia por Covid19 en México.

La pandemia por Sars-Cov-2 se extiende por América Latina, el continente en el que está previsto un mayor incremento de contagios durante las próximas semanas. La cuarentena ha provocado también un incremento en las denuncias por violencia machista.

El primer caso en el continente se detectó el 26 de febrero en un hombre de 61 años en Brasil. En ese momento, América Latina estaba en ebullición: una ola feminista la atravesaba desde México hasta Argentina. Ahora, sin embargo, la pandemia agrava otra de las enfermedades crónicas de la región: la violencia contra las mujeres. El confinamiento es un riesgo en sí mismo porque obliga a las víctimas a estar en manos de los agresores. Además, a mayor contacto hay mayor control, lo que puede provocar a la larga un descenso en el número de denuncias, no porque no se registren agresiones, sino por la imposibilidad de avisar.

"Las medidas de prevención y mitigación de la propagación del Covid19, tales como la cuarentena, el aislamiento o el distanciamiento social, y las restricciones de movilidad, exacerbarán la violencia contra las mujeres y niñas que ocurre en los hogares", advierte un documento hecho público por ONU Mujeres.
Con algo más de un mes de confinamiento en la región, todavía no hay estudios definitivos. Pero las primeras cifras son alarmantes.

En México, donde 10 mujeres son asesinadas cada día, la Fiscalía Especializada en Feminicidios y Delitos contra las Mujeres reportó un aumento de más del 30% en las denuncias de violencia machista.

Desde principios de año, el país registra un auge de las movilizaciones feministas. Denuncian el altísimo índice de asesinatos de mujeres y cuestionan al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, al que acusan de no haberse tomado en serio los feminicidios.

El informe del mes de marzo de la secretaría de Seguridad Pública registra también que se han disparado los casos de "violencia familiar" y delitos sexuales.

"Tenemos datos alarmantes. 155 mujeres han pedido auxilio cada hora a través del 911. Esto significa que se ha incrementado la violencia contra las mujeres", explica Wendy Figueroa, de la Red Nacional de Refugios. Según explica, en el último año se han registrado 209 feminicidios.

"En nuestro caso se ha incrementado un 80% las solicitudes de auxilio, que se concentran mayoritariamente en la Ciudad de México y el Estado de México", dice, para añadir que una de cada cinco mujeres que buscó apoyo tras ser agredida ya había denunciado previamente ser víctima de violencia.

No es un fenómeno exclusivo de México

Este no es un fenómeno exclusivo de México. En Argentina, por ejemplo, el promedio diario de consultas a la línea 144, que es la que atiende la violencia de género, se incrementó un 39% la segunda mitad de marzo respecto a la primera. Esto implica que, desde el 21 de marzo, cuando comenzó la cuarentena obligatoria, se dispararon las denuncias.

"El COVID-19 está teniendo grandes impactos en las sociedades latinoamericanas, pero afecta de un modo desproporcionado a las mujeres. Un ejemplo de ello es la intensificación de las tareas de cuidado ante el cierre de escuelas y centros de atención (dando lugar a una doble, y en ocasiones triple jornada); así como el incremento de las situaciones de violencia contra las mujeres", dice Lucía Martelotte, coordinadora de programas de ONU Mujeres en Argentina.

Esta institución está apoyando en planes como promover la perspectiva de género en los comités de crisis lanzados por el gobierno de Alberto Fernández.
En Colombia, 12 mujeres fueron asesinadas entre el 20 de marzo y el 4 de abril. Además, según la Consejera Presidencial para la Equidad de la Mujer, durante los primeros días de la cuarentena se registró un aumento del 51% en la violencia intrafamiliar contra las mujeres.

Aquí se puso en marcha un mecanismo conocido como "pico y género" por el cual se limitaban las salidas de casa dependiendo del sexo. Es decir, había unas jornadas en el que podían salir las mujeres y otro los hombres. El objetivo era, según las autoridades, evitar las aglomeraciones.

Este plan fue aplicado también en dos países de la región, Perú y Panamá. En el país andino la medida se abandonó después de una semana, mientras que en el país centroamericano sigue vigente. Lunes, miércoles y viernes salen las mujeres. Martes, jueves y sábados, los hombres.

El sistema generó el rechazo de organizaciones feministas, así como LGTBI. Por ejemplo, en Panamá fue arrestada una activista trans por salir a la calle el día que correspondía a las mujeres.

En Brasil, solo en Río de Janeiro, se registró un incremento del 50% en las denuncias por violencia machista.

"Las familias están experimentando una situación sin precedentes. El encierro, junto con los problemas sociales, está causando otro tipo de relación familiar y conyugal, y en este nuevo modelo, las viejas prácticas están presentes. Las mujeres que ya sufrieron violencia doméstica continúan sufriéndola y las que no sufrieron, pueden comenzar a padecerla", asegura Valeria Alves, doctora en Antropología Social.

"Hay algunas encuestas que dicen que el número de quejas ha aumentado", dice Alves, que reconoce que todavía es pronto para disponer de datos absolutos. "Pero es innegable que las incertidumbres del trabajo, el salario, la comida, la falta de espacio dentro de las casas, el miedo a contraer el virus y no tener un lugar para tratar con dignidad, el aumento de las tensiones en los hogares con esto, es posible pensar que la violencia ha aumentado", afirma.

Recientemente se hicieron virales las imágenes de seguidores del presidente, Jair Bolsonaro, agrediendo a un grupo de mujeres descontentas con las (escasas) políticas del líder derechista en relación al coronavirus.

"La política adoptada por el presidente desde su campaña es la política del odio. No adoptará ninguna política que favorezca a las mujeres u otros grupos sociales que todavía se llaman minorías", dice Alves, que recuerda la política negacionista de Bolsonaro, que se ha manifestado incluso contrario a las medidas de distanciamiento social propuestas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Las consecuencias de la pandemia son, por ahora, imprevisibles y habrá que analizar su impacto sobre las mujeres en un continente que, hasta la llegada de la pandemia, se encontraba en plena ola feminista.

@albertopradilla

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Ana Güezmes, Representante de ONU Mujeres en Colombia

12 mujeres han sido asesinadas durante la cuarentena en Colombia. Ana Güezmes, Representante de ONU Mujeres en el país andino, habla sobre los impactos de la pandemia en las mujeres

Entre el 20 de marzo y el 4 de abril, 12 mujeres fueron asesinadas en Colombia. La cuarentena obligatoria para evitar la propagación del coronavirus no ha detenido la pandemia de los feminicidios. Mientras el país se estremece con el número creciente de fallecidos por Covid-19, no ocurre lo mismo con los asesinatos de mujeres y la violencia sexual que sufren. En lo que va del 2020, en el país andino han sido asesinadas 37 mujeres, pero durante los días de aislamiento, al tener a los victimarios en casa, las llamadas de auxilio se han incrementado un 79%. Durante el aislamiento obligatorio, la Fiscalía ha recibido 578 llamadas, de las cuales 132 han sido denuncias de violencia intrafamiliar y 55 de violencia sexual.

Ana Güezmes, médica, especialista en salud pública y Representante de ONU Mujeres en Colombia, habla de la violencia de género en la pandemia, de los aprendizajes que han dejado otras epidemias y de cómo las mujeres están en la primera línea de respuesta a la Covid-19.

Pregunta: ¿Cuáles son las principales implicaciones tiene la pandemia en las mujeres en Colombia?

Respuesta: Las epidemias de la historia siempre nos han señalado que hay impactos diferenciales y también fortalezas en relación con las mujeres. El gran aprendizaje de lo vivido con la del ébola, entre 2014 y 2016, o la del zika, entre 2015 y 2016, es que las respuestas a las epidemias tienen que incluir el enfoque de género desde el inicio. Esto porque los impactos de las epidemias acentúan las desigualdades de género y el riesgo de violencia se incrementa en espacios de aislamiento.

P: ¿Cómo afectará esta pandemia de forma particular a las mujeres?

R: Otra crisis, la del 2008, ya no sanitaria sino financiera, nos indicó que hay que tener protección reforzada para que los impactos económicos no generen aún más vulnerabilidad a las mujeres, que son las que se ubican mayormente en el sector informal de la economía o en el trabajo no pagado, en el ámbito doméstico o en sectores de la economía que se verán afectados por el confinamiento. En Colombia, tres de cada 10 mujeres no tienen ingreso propio en contraste con uno de cada 10 hombres. El llamado es a adoptar mecanismos de compensación para las mujeres y medidas de subsistencia. También, que se mantengan los presupuestos, que ya eran muy bajitos en materia de género.

P: ¿Y qué fortalezas tienen las mujeres en este contexto?

R: Las mujeres son imprescindibles en la lucha contra el brote. En América Latina representan el 74 por ciento de las empleadas en el sector social y sanitario. Sabemos que son las lideresas, defensoras comunitarias, las primeras líneas en servicios básicos, en los supermercados, farmacias, en el aseo, están en la primera línea de respuesta. Sin embargo, muy poco en los puestos de decisión. En el caso de Colombia hemos visto el liderazgo de las alcaldesas de Bogotá y de Santa Marta, el de la vicepresidenta, pero en cierto sentido en toda la región el liderazgo en la toma de decisiones está en manos de los hombres.

P: Entonces también están en la primera línea del riesgo…

R: No solo médicas y enfermeras, también el 90% de las personas que hacen limpieza en los hospitales son mujeres. Yo hago un llamado a que en los aplausos y reconocimientos las incluyamos también a ellas que están en la cadena más baja de la economía, ganan menos sueldo y muchas veces son las que tienen mayor riesgo laboral y social. Así como es importante que las comisarías y que los sistemas de investigación funcionen para atender la violencia de género en la pandemia, también que se les aseguren los equipos de protección a todas estas mujeres que están en primera línea. Por otro lado, ellas asumen una gran carga en costos físicos y emocionales. No olvidemos que muchas de ellas luego regresan a la casa a realizar el trabajo doméstico.

P: El confinamiento de millones de personas ha sido la particularidad de esta pandemia y aumenta el miedo de las mujeres.

R: El aislamiento tiene un efecto mayor para las mujeres. El último reporte de la línea de atención 155 mostró un incremento de un 50 % en las denuncias de violencia de género en Colombia y la experiencia de países que llevan varios meses de cuarentena como China es que se ha triplicado el número de denuncias de violencia por parte de la pareja. En Colombia tres de cada 10 mujeres reportan violencia por parte de su pareja. De otro lado, el 77% de la violencia sexual que se denuncia ocurre en la vivienda y normalmente el agresor es una persona cercana. El hogar no es un espacio seguro para las mujeres y las niñas.

P: ¿Qué medidas deberían tomar los Gobiernos para evitar que se exacerbe durante la cuarentena?

R: Es importante que los servicios de atención a la violencia sean considerados esenciales. En el caso de Colombia, el Ministerio de Justicia expidió el decreto 460 para garantizar que las comisarías de familia continúen trabajando; la Consejería para la Mujer ha preparado un memorándum para que haya prevención y atención en lo local; y se ha generado una línea de denuncia donde la fiscalía pone como prioridad el riesgo feminicida. Se busca que todo el plan de contingencia realmente dé una respuesta a la pandemia de la Covid-19 pero también a esta otra pandemia que es más silenciosa y con altos niveles de impunidad. También llamamos la atención sobre servicios esenciales vinculados a salud reproductiva y para mujeres gestantes. Lo que hemos visto en otras epidemias es que la saturación de los sistemas de salud hace que se limiten otros servicios claves para las mujeres.

P: Ya hay casos de feminicidios. ¿Qué pasa con la respuesta?

R: La activación de la alerta debe tener una respuesta de emergencia. Recomendamos que las medidas cautelares que tienen las mujeres se amplíen de forma automática durante toda la cuarentena, como lo hacen Argentina y Uruguay. Significa que las mujeres que ya tenían medidas de protección no tengan que asistir a las comisarías. Hemos reiterado también que se tienen que fortalecer las redes de respuesta de centros de refugio y casas temporales. Hay algunas iniciativas locales, pero a todas luces son insuficientes. Se está intentando algo al adaptar hoteles como espacios temporales de refugio no solamente para mujeres víctimas de violencia sino también para mujeres en situación de calle. También hay que dotar con equipos de protección a las personas que trabajan en las comisarías que a veces no tienen internet o datos de celular. Y finalmente, que las personas que atiendan las líneas de COVID-19 y de seguridad estén informados de cómo atender situaciones de violencia.

P: Otra particularidad en Colombia es el ataque a líderes sociales en sus casas. ¿Cuál es la situación de las mujeres defensoras de derechos humanos en la cuarentena?

R: Efectivamente este es un año donde estamos especialmente preocupadas por los asesinatos de líderes y lideresas. Sabemos que hay control territorial (de grupos armados en algunas regiones) y eso genera una amplia vulnerabilidad de las defensoras. Debido a esta pandemia alertamos por cuatro tipos de violencia: la familiar y sexual; la explotación sexual, que afecta especialmente a migrantes y trabajadoras informales que al perder sus fuentes de ingreso pueden entrar en las redes de explotación; la tercera es el tráfico, que se exacerba con el cierre de fronteras; y una cuarta es la violencia cibernética. Pero en Colombia existe una quinta y es el riesgo para las defensoras de la vida, la paz y el territorio.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 07 abr 2020 - 11:50 COT

 

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Cuarentena por la vida: ¿y la vida de las mujeres?

Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos donde el agua de nuestros ojos se hace lodo; arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos, de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir (Gioconda Belli)

El aislamiento preventivo obligatorio es una necesidad sanitaria incuestionable: es alta la capacidad de contagio del nuevo covid19 y, la necesidad de disminuir la curva de contagios para no colapsar al sistema de salud. Sin embargo, la obligatoriedad del confinamiento en los hogares, revela que, paradójicamente a la urgencia sanitaria, hay una inviabilidad social para realizar tal medida, aun más, si se espera que ese periodo sea esencial para la protección de la propia vida.   De ahí, dos cuestiones emergen frente a la problemática del proceso de aislamiento en los hogares: las necesidades materiales de existencia que no pueden ser solventadas por quienes viven de lo que reciben diariamente en el trabajo informal o precariamente en el “rebusque” y, la violencia de género que ocurre en el ámbito intrafamiliar. Ambas, vivenciadas por la mayor parte de la población colombiana, luego, no estamos hablando de problemas marginales.

En el marco del Área de Estudios en Familia de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia - línea de Conflicto, dinámicas sociopolíticas y violencia - ese breve texto se detiene en el segundo problema, sufrido por las mujeres en las familias.

 Cuando se anunció en Bogotá el simulacro de aislamiento y, luego, la cuarentena obligatoria en todo el país, los movimientos de mujeres denunciaron unviejo conocido: el hogar y la familia, en la Modernidad Occidental identificados como un espacio de afecto y cuidado, son para las niñas y para las mujeres, un espacio de sufrimiento de múltiples violencias que pasan por el trabajo ininterrumpido, las humillaciones, la renuncia o el aplazamiento de sus proyectos personales, hasta las agresiones físicas, las violaciones sexuales y el feminicidio.

Es por eso que llama la atención el discurso oficial reiterado por la prensa de que todos deben utilizar ese periodo para convivir y disfrutar de la compañía de quienes en la cotidianidad de la vida se ven alejados por las dinámicas intensas de trabajo y estudio. Es emblemático porque, son completamente ignorados, de un lado, el conflicto y las tensiones inherentes a las relaciones humanas, que pueden agudizarse en un contexto de encierro y, de otro, la violencia vivida a diario por las niñas y las mujeres en el país.

El referente paradigmático toma la familia como un espacio armónico y equilibrado (muy distante de la realidad de los hogares) y, la violencia de género en ese ámbito, cuando evocada, es vista como una disfunción de determinadas familias o como un problema aislado.

Sin embargo, el Instituto de Medicina Legal, en 2018, reveló lo que sigue invisible: de los más de 22 mil casos de presunto delito sexual registrados, un 75% fue de niñas entre 0 y 14 años siendo 87% practicado por un familiar. Más de 42 mil mujeres realizaronvaloraciones médico legales por la violencia de pareja sufrida. 67% de los casos fueronpoli traumáticos, y uno de cada cuatro, con trauma facial o de miembros. Lo que se revela, por lo tanto, es la intensa barbarie que ocurre en los hogares. Sumase que, para cada mujer que realiza una denuncia formal, otras tres no la hicieron.

En el marco de las investigaciones realizadas en la línea de violencia de nuestra área de Estudios de Familia, la investigación “Mujeres en condición de desplazamiento forzado y (no) violencias” encontró que muchas mujeres víctimas del conflicto armado se desplazaron forzosamente por la primera vez en sus vidas, no para huir de la guerra sino para huir de sus parejas que las amenazaban la vida (Solyszko, Beltrán, 2019). Otra investigación, realizada con mujeres profesionales en Bogotá, encontró que son múltiples los escenarios de violencia psicológica vivenciados por las mujeres en el ámbito de las relaciones de pareja, que puede ir desde el control y humillación, hasta el chantaje, la manipulación, el terror y la tortura (Alonso, 2020). En un tercero ejercicio investigativo sobre esas violencias, ahora sobre las mujeres embarazadas, se identificó que ese periodo de la vida puede estar marcado (y lo estuvo en las mujeres entrevistadas) por vivencias de violencia conyugal que en ningún momento se pueden catalogar como leves o invisibles, lo que hizo en la mayoría de los casos la construcción de una maternidad dolorosa y sacrificante(Hernández, 2019).

Eses problemas que vienen siendo analizados por nuestra línea de investigación nos llevan a cuestionar las formas de enfrentamiento a la violencia, el protagonismo de los sujetos, el lugar de los hombres y las masculinidades para superar esas dinámicas, pero sin duda, pensarnos cómo podemos cambiar las prácticas sociales, construirnos otras formas de vida, afectivas, amorosas, que no transforma las diferencias en desigualdades, ni los conflictos en violencia.

El aislamiento preventivo no es un tiempo seguro para las niñas y para las mujeres. Pero seguramente es una demanda a las respuestas del Estado en las rutas de atención a la violencia y en las sanciones necesarias, pero principalmente, una invitación a replantear nuestras relaciones sociales de género, la humanización de las mujeres como agentes de su historia, y no como vidas y cuerpos a disposición de los demás. Así como es urgenteimpedir la propagación del covid19, lo es detener las violencias contra las mujeres. Un “virus” más antiguo y más peligroso que aún no fuimos capaces de controlar.

 

Referencias:

Alonso, Karen (2020). Mi identidad en reconstrucción: Mujeres en situación de violencia psicológica. Trabajo de grado. Hernandez, Angye Tatiana (2019). Trabajo de campo. Representación de sí misma en la maternidad de mujeres jóvenes con vivencias de violencia. Trabajo de grado en curso. Solyszko, Izabel; Beltrán, Betky Juliana (2019) Mujeres en condición de desplazamiento forzado y (no) violencias (publicación en curso). Instituto de Medicina Legal (2018). Revista Forensis. Bogotá-DC.

Izabel Solyszko, trabajadora Social. Doctora en Trabajo Social. Post Doctora en Género y Desarrollo. Docente investigadora em la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del Área de Estudios de Familia.

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