Sábado, 07 Septiembre 2019 05:56

Porque odiamos al comunismo y los comunistas

Porque odiamos al comunismo y los comunistas

Nuestro mundo gira en torno a los valores culturales del capitalismo. Nada es neutral ni equidistante. Se nos inculca la competitividad, tener éxito y acumular riquezas, no importa la manera de lograrlo. La propiedad privada cala hasta los huesos. Deseamos ser Rico McPato, el personaje de Walt Disney nadando en un mar de oro, monedas y brillantes. ¿Ficción? Nuestro mundo es caricatura del cómic. Nos moldean individualistas, avaros, calculadores, mentirosos. Es adoctrinamiento y socialización cultural. Despreciamos al pobre, lo degradamos, lo deshumanizamos. Tienen lo que se merecen. La pobreza siempre ha existido, se afirma. Luchar contra ella es ir contra natura. Por eso reivindicar la democracia es un asunto de pobres. Mejor ser socios de ONG y apoyar causas humanitarias, ser solidarios, practicar la piedad. Las avenidas, edificios, toman el nombre de mecenas, filántropos y héroes. Prohombres que donan millones de dólares para investigaciones científicas, otorgan becas, financian maquinaria para diagnósticos médicos y sus obras de arte se exhiben en museos. La lista es interminable, pero logran su objetivo: el reconocimiento de las mayorías sociales. No nos preguntamos sobre el origen de sus fortunas. Lo remitimos a la suerte. Son personas visionarias, han comenzado de cero y aprovechado sus oportunidades. Todos podemos ser Rockefeller, Amancio Ortega, Slim o Bill Gates. Es cuestión de ser emprendedores, luego vendrá el éxito. ¿Alguien menciona las relaciones sociales de explotación? La respuesta es simple, la explotación no existe. Dicha afirmación se graba a fuego en nuestras mentes. Con trabajar duro, ahorrar y estar en el sitio adecuado en el momento oportuno es suficiente. Cómo no desear coches de lujo, yates, un avión privado, servicio doméstico, casas principescas, en fin, todo lo que ofrece el mundo de las mercancías. Sean cosas o personas. Vivir a cuerpo de rey es lícito, rechazarlo es hipocresía. Tener y no exponerlo es de tontos, hay que ostentar. Pasar a la historia con el nombre escrito en oro no menos que construir un panteón donde nuestros huesos sean venerados y visitados en procesión es comprar la eternidad.

Pensamos que la pobreza y el fracaso es una inadecuación al mercado. Incluso la sociología y la biología se han unido en un matrimonio de conveniencia para crear la sociobiología. Genes egoístas capaces de someter a sus alelos altruistas en un mundo donde el más listo se lleva el gato al agua. Está en los genes y no hay posibilidad de alterar el ADN. El mundo al revés. Se impone la visión hobbesiana predadora, donde el hombre es un lobo para el otro hombre. Pero las manadas de lobos, como especie social cooperan, no se explotan, mantienen una división social del trabajo, de lo contrario se extinguirían. No hay especie social competitiva inter pares. Es la mayor mentira atribuida a Darwin.

Nada está exento de significado político. Arte, literatura, cine, lenguaje, moda, estética, sexo, familia, el hambre, los gustos, las emociones, las maneras de amar y odiar. Pero es la producción del miedo la base para fomentar el anticomunismo. Desde que nacemos se inculca y adoctrina para reconocer al enemigo: el comunismo, que se presenta con diferentes caretas. Demócratas, socialistas, marxistas, en definitiva comunistas. Se cuelan en la escuela, el trabajo, incluso se presentan como amigos. Pero tienen un objetivo: convertirnos en autómatas, quitarnos nuestras propiedades y esclavizarnos. Ideología disolvente de la familia, la propiedad privada y la moral católica. Para los comunistas somos un número, de allí su identificación con el nazismo y la solución final. Todos los miedos se engloban en el comunismo.

Ser anticomunista no es problema, es lo propio de un sistema educativo para aborrecerlo. En los medios de comunicación social, en la literatura, el cine, los dibujos animados podemos preguntarnos: ¿Quiénes salvan la civilización? ¿Qué espías tienen licencia para matar? La raíz del mal, el comunismo camuflado en los deseos de justicia social, igualdad y dignidad. Incluso los extraterrestres, cuando atacan la tierra siempre eligen la Casa Blanca y Estados Unidos como objetivo. El resto del planeta no existe, Su GPS está conectado a Google Maps.

Los comunistas son despiadados, manipuladores, no sienten ni padecen. Ser anticomunista no requiere pensar, sólo practicar lo aprendido machaconamente durante años. Por el contrario, ser demócrata, comunista, socialista o marxista requiere pensar, nadar contracorriente. Es un acto de conciencia y reflexión crítica. Justamente lo que esta sociedad persigue y criminaliza. Vivir en la ignorancia es conseguir el nirvana. Sea positivo. Mañana será millonario. No cuestione el orden natural de las cosas. La tierra es plana y el capitalismo justo y equitativo. No se deje seducir por falsos ídolos. Trump, Bolsonaro, Macri, Piñera, Pinochet, Thatcher, Videla y Somoza, entre otros, son buena gente, tienen en común ser anticomunistas. ¡Entregue su alma y si le piden el voto, también!

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Sábado, 10 Septiembre 2016 06:36

Visto y oído

Visto y oído

En los recientes Juegos Olímpicos de Río de Janeiro el alemán Christoph Harting arrojó el disco a 68,05 metros, mejorando su propia marca y superando al campeón mundial, Piotr Malachowski, que venía liderando el torneo.
Luego de su sorprendente triunfo, el atleta contó que se había preparado muy duro para coronarse, y que en los últimos años entrenaba con el disco más de diez horas diarias.


Sin embargo, en Alemania recibió mas críticas que elogios porque Harting no tuvo mejor idea que festejar su logro bailando en el podio mientras pasaban el himno de su país, un gesto demasiado transgresor para las disciplinadas costumbres alemanas.


“Era la primera vez que sonaba el himno nacional en mi honor: estaba tan nervioso que me dieron ganas de bailar y no pude contenerme”, aclaró luego de la ceremonia, ya con la medalla dorada colgando de su cuello.
La explicación, quizás, no hacía falta. ¿De qué otra manera podía festejar, que no fuera bailando, alguien que pasó tantos años entrenando con un disco debajo del brazo?


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Germán Chiaraviglio vivió a los saltos desde niño. El y sus dos hermanos, Guillermo y Viviana, nacieron con una garrocha debajo del brazo. Los tres participaron en competencias internacionales y ganaron trofeos y medallas de todos las formas, tamaños y colores. Quizás por eso a Germán le fue más fácil, en Río de Janeiro, saltar 5,70 m con su garrocha que volver al piso luego del tremendo esfuerzo.


“Todavía no caí”, le respondió el atleta a la prensa cuando le preguntaron, al día siguiente, que sentía frente a semejante logro.


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La tragedia se desató en el barrio Fonavi de Necochea, una fría mañana de julio.
Roberto Vecino mató a toda su familia. A su mujer, a sus tres hijos y a un vecino que quiso evitar la masacre.
Al hijo varón, que había logrado escapar del infierno, lo corrió cincuenta metros y lo degolló de un machetazo.
“Para vos también tengo”, le dijo Roberto Vecino a su vecino, valga la redundancia, y le cortó la cabeza.


Luego entró a un galpón y se suicidó, colgándose con una soga.


Ricardo Canaletti, especialista en estos temas, describe por TV la matanza y no ahorra detalles del morbo que la rodea. Cuando busca cerrar la nota se queda mudo. Pasan segundos que parecen horas hasta que balbucea una frase inolvidable: “Roberto Vecino mató a cinco personas en diez minutos y se suicidó. Esta historia no tiene remate”


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El cliente siempre se siente muy cuidado en ese clásico restaurante de Pinamar. También cuando deja la mesa y enfila para los baños.


Tanto en el de damas como en el de caballeros, hay sendos letreros grandes y muy visibles que advierten:
“AGUA POTABLE: NO APTA PARA EL CONSUMO HUMANO”.


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El puesto que vende flores en la esquina de Santa Fe y Callao está abierto las 24 horas. El florista que lo atiende por las noches tiene unos 25 años y va a la escuela para adultos. Cuando sale, toma su guardia en el puesto hasta la mañana siguiente. En invierno, el frío le corta las manos y se hace más difícil sostener el libro, por eso lo apoya en la mesita de madera que le hace de mostrador y lo lee inclinado hacia adelante, sentado en una banqueta, con las manos en los bolsillos. Cuando viene algún noctámbulo, lo cierra y entonces se puede ver la tapa negra y las grandes letras rojas: “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano. El libro, se nota, ya lleva muchos años girando de mano en mano: “ajadito, gastadito”, como le gustaba decir a su autor.


Uno de sus clientes, ya casi amigo, le pregunta cómo llegó ese ejemplar hasta ahí, y el florista cuenta:


“Yo voy a la escuela para adultos y cuando Cristina expropió YPF discutimos en clase con el profesor de Historia si había que pagarles una indemnización a los españoles para quedarnos con la empresa.


El decía que no y yo que sí. Me parecía injusto no darles ni un mango como reparación ante la quita.


La clase estaba dividida en dos, casi que mitad y mitad. Como nadie convenció a nadie, el profesor nos aconsejó leer este libro a todos los que decíamos que había que pagarles. Yo no tenía plata para ir a comprarlo y en la biblioteca de la escuela había un sólo ejemplar, así que hicimos un sorteo para ver quien se lo llevaba primero. Salí anteúltimo, recién me tocó ahora, un poco tarde, pero valió la pena.”


–¿Por qué? –quiere saber, curioso, su cliente amigo, que confiesa no haberlo leído nunca.


–Es que me hizo entender que mi profesor tenía razón. No había que pagarles, porque los españoles ya se llevaron mucho de acá. Da bronca leer todo lo que nos robaron durante siglos. Mire –continúa embalado y docente el florista–, es como si a mí un tipo me afanara todas las noches un ramo de flores y, con ellos, tiempo después, abriera un kiosko en la otra esquina. Si ante mi reclamo para que me las devuelva pretendiera que le pague por ellas, no solamente no lo haría, si no que si pudiera lo cagaría bien a trompadas. Este libro me avivó, me abrió los ojos. ¡Léalo! –aconseja con énfasis mientras le pone moño al ramo de claveles rojos que acaba de vender.


Eduardo Galeano, desde algún lugar, sonreirá satisfecho.

Publicado enCultura
No hay naturaleza humana asexuada; hay hombres y mujeres y, para algunos, otros sexos. Hablar de naturaleza humana sin hablar de la diferencia sexual es ocultar que la “mitad” de la humanidad integrada por las mujeres vale menos que la de los hombres. Bajo formas cambiantes según tiempo y lugar, las mujeres han sido consideradas seres cuya humanidad es problemática (más peligrosa o menos capaz) en comparación con la de los hombres. A la dominación sexual que este prejuicio genera la llamamos patriarcado y al sentido común que lo alimenta y reproduce, cultura patriarcal. La persistencia histórica de esta cultura es tan fuerte que, incluso en las regiones del mundo en las que ha sido oficialmente superada por la consagración constitucional de la igualdad sexual, las prácticas cotidianas de las instituciones y las relaciones sociales continúan reproduciendo el prejuicio y la desigualdad. Ser feminista hoy significa reconocer que esta discriminación existe y que es injusta, y desear activamente que sea erradicada. En las actuales condiciones históricas, hablar de naturaleza humana como si fuese sexualmente indiferente, sea en el plano filosófico o en el político, es pactar con el patriarcado.

La cultura patriarcal viene de lejos y atraviesa tanto a la cultura occidental como a las culturas africanas, indígenas e islámicas. Para Aristóteles, la mujer es un hombre mutilado y, para Santo Tomás de Aquino, siendo el hombre el elemento activo de la procreación, el nacimiento de una mujer es una señal de debilidad del procreador. A veces anclada en textos sagrados (la Biblia y el Corán), esta cultura ha estado siempre al servicio de la economía política dominante que, en los tiempos modernos, han sido el capitalismo y el colonialismo. En Tres Guineas (1938), en respuesta a un pedido de apoyo financiero para la guerra, Virginia Woolf se niega y, recordando la marginación de las mujeres en la nación, afirma provocativamente: “Como mujer, no tengo país. Como mujer, no quiero tener país. Como mujer, mi país es el mundo entero”. Durante la dictadura en Portugal, las Nuevas cartas portuguesas, publicadas en 1972 por Maria Isabel Barreno, Maria Teresa Horta y Maria Velho da Costa, denunciaban al patriarcado como parte de la estructura fascista que sostenía la guerra colonial en Africa. “Angola es nuestra” era el correlato de “las mujeres son nuestras” (de nosotros, los hombres), y con el sexo de ellas se defendía la honra de ellos. El libro fue incautado de inmediato porque justamente fue percibido como un libelo contra la guerra colonial, y sus autoras no fueron juzgadas sólo porque entretanto estalló la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974.

La violencia que la opresión sexual implica se produce bajo dos formas, hardcore y softcore. La versión hardcore es el catálogo de la vergüenza y el horror del mundo. En Portugal, en 2010 murieron 43 mujeres víctimas de la violencia doméstica. En Ciudad Juárez (México), en los últimos años fueron asesinadas 427 mujeres, todas jóvenes y pobres, trabajadoras de las fábricas del capitalismo salvaje, las maquiladoras, un crimen organizado conocido como femicidio. En varios países de Africa se sigue practicando la mutilación genital. En Arabia Saudita, hasta hace poco las mujeres ni siquiera tenían partida de nacimiento. En Irán, la vida de una mujer vale la mitad que la de un hombre en un accidente de tránsito; en un tribunal judicial, el testimonio de un hombre vale tanto como el de dos mujeres; en caso de adulterio la mujer puede ser lapidada hasta morir, una práctica que, por otro lado, está prohibida en la mayoría de los países de cultura islámica.

La versión softcore es insidiosa y silenciosa, se produce en el seno de las familias, las instituciones y las comunidades, no porque las mujeres sean inferiores sino, por el contrario, porque son consideradas superiores en su espíritu de abnegación y en su disponibilidad para ayudar en tiempos difíciles. Como es una disposición natural, no hace falta siquiera preguntarles si aceptan los encargos ni bajo qué condiciones. En Portugal, por ejemplo, los actuales recortes del gasto social del Estado victimizan en particular a las mujeres. Las mujeres son las principales proveedoras de cuidado a las personas dependientes (niños, ancianos, enfermos, personas con discapacidad). Si con la clausura de hospitales psiquiátricos y la ausencia de soluciones alternativas los enfermos mentales son devueltos a sus familias, el cuidado queda a cargo de las mujeres. La imposibilidad de conciliar el trabajo remunerado con el trabajo doméstico hace que Portugal tenga una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo. Cuidar de los vivos se torna incompatible con desear más personas vivas. Y esto es apenas una expresión extrema de algo que está pasando un poco por todas partes.

Pero la cultura patriarcal tiene, en ciertos contextos, otra dimensión particularmente perversa: la de crear en la opinión pública la idea de que las mujeres son oprimidas y, como tales, víctimas indefensas y silenciosas. Este estereotipo hace posible ignorar o desvalorizar las luchas de resistencia y la capacidad de innovación política de las mujeres.

Es así como se ignora el papel fundamental de las mujeres en la revolución de Egipto o en la lucha contra el saqueo de tierras en la India; la acción política de las mujeres que lideran municipios en tantas pequeñas ciudades africanas y su lucha contra el machismo de los líderes partidarios que bloquean el acceso femenino al poder político nacional; la lucha incesante y plena de riesgos por la punición de los criminales llevada a cabo por las madres de las jóvenes asesinadas en Ciudad Juárez; las conquistas de las mujeres indígenas e islámicas en su lucha por la igualdad y el respeto de la diferencia, transformando desde adentro las culturas a las que pertenecen; las prácticas innovadoras en defensa de la agricultura familiar y las semillas tradicionales de las mujeres de Kenia y de tantos otros países de Africa; la presencia de mujeres en los movimientos antimineros (recordemos la muerte de Betty Cariño Trujillo en Oaxaca) y en todos los que pelean por el reconocimiento de la naturaleza como “bienes comunes”, tal como ocurre en estos días en la Argentina; la palabra de las mujeres palestinas que, cuando son interrogadas por autoconvencidas feministas europeas sobre el uso de anticonceptivos, responden: “En Palestina, tener hijos es luchar contra la limpieza étnica que Israel impone a nuestro pueblo”.

Por Boaventura de Sousa Santos
* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y de Wisconsin (EE.UU.). Traducción: Javier Lorca.
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