Lunes, 05 Agosto 2013 06:44

Los disidentes

Los disidentes

Casi todos hablan de cómo creían en la retórica oficial de su país, en la misión de Estados Unidos como guardián mundial de la democracia, como faro de esperanza libertador, como ejemplo para la humanidad.

 

Casi todos recuerdan que por eso se sumaron a las filas de agencias de inteligencia, a las fuerzas armadas, al Departamento de Estado o a la FBI. Y recuerdan cuando, con esa noble dedicación, denunciaron y revelaron algo que parecía abuso, corrupción o violación de los ideales tan repetidos por los representantes y líderes del país, y fueron expulsados de sus mundos y algunos condenados por “traidores”.

 

Siete de ellos han sido o están acusados por el gobierno de Barack Obama según la Ley de Espionaje y otros por divulgar “secretos oficiales” vía los medios de comunicación, más del doble de los casos que todos los presidentes anteriores combinados. El gobierno afirma que todos estos casos son estrictamente asuntos legales y no políticos, y rechaza que los acusados sean “denunciantes” o “disidentes”. Afirma que son simples criminales que violaron no sólo las leyes, sino la “confianza pública”, en efecto, traidores.

 

Dos de ellos están en los titulares mundiales de la noticia: el soldado Bradley Manning, cuyo consejo de guerra está por determinar su condena penal por varios cargos, incluidos cinco según la Ley de Espionaje; el otro, Edward Snowden, a quien se acaba de otorgar asilo político en Rusia, por ahora ha logrado escapar de las autoridades estadunidenses y de cargos por esa misma ley.

 

Entre los otros cinco denunciantes está Thomas Drake, analista de alto rango de la NSA, quien expresó preocupaciones a sus superiores por violaciones a la privacidad de estadunidenses por parte de la agencia, y más tarde platicó con un reportero sobre abusos y prácticas de mala administración en la NSA. A pesar de que el caso criminal en su contra, de acuerdo con la Ley de Espionaje, se desestimó, sigue en la lista negra, como todos los denunciantes que trabajan en inteligencia o defensa, y con ello su carrera. El ex integrante de la fuerza aérea y analista de la CIA ahora trabaja en una tienda de Apple.

 

John Kiriakou, ex agente de la CIA, fue condenado a dos años y medio de cárcel por dar a periodistas, incluido uno del New York Times, los nombres de dos ex colegas que habían empleado tácticas de tortura en interrogatorios. Stephen Jin-Woo Kim, contratista del Departamento de Estado, enfrentó cargos por filtrar información al periodista James Rosen, de Fox News (quien después, se reveló, fue espiado por la FBI). Shamai Leibowitz, ex traductor de la FBI, filtró a un bloguero que promueve la paz entre Israel y Palestina transcripciones de intervenciones telefónicas de la embajada de Israel en Washington sobre esfuerzos para influir en la opinión pública estadunidens. Jeffrey Sterling, ex agente de la CIA, se declaró no culpable de filtrar información sobre planes estadunidenses de sabotaje de planta nucleares de Irán a James Risen, del New York Times. Risen ha rehusado identificar su fuente, y el gobierno de Obama ha logrado que un tribunal le ordene hacerlo o enfrentará la cárcel.

 


Otros denunciantes a lo largo de las últimas décadas han enfrentado graves consecuencias, sobre todo el fin de su carrera, aun en casos donde las acusaciones legales en su contra fueron desestimadas. El más famoso entre ellos, Daniel Ellsberg, quien filtró los Papeles del Pentágono en 1971, afirma que la persecución de quien se atreva a revelar secretos oficiales a la opinión pública es peor con Obama que en tiempos de Richard Nixon.

 

Aunque las autoridades insisten en que sólo están aplicando la ley, los críticos sospechan que más bien se trata de suprimir las libertades de expresión y de prensa, y sobre todo la disidencia dentro de las filas oficiales.

 

Muchos recuerdan que esta Ley de Espionaje fue empleada inicialmente como arma política contra disidentes cuando fue promulgada en 1917, cuando Estados Unidos entró a la Primera Guerra Mundial. Fue usada contra socialistas, anarquistas y pacifistas que se oponían a la guerra, entre ellos el líder y candidato presidencial socialista Eugene Debs (quien pasó cinco años en la cárcel), líderes anarcosindicalistas del gremio IWW, así como para deportar a Emma Goldman y cientos de extranjeros más que criticaban la política bélica en ese tiempo.

 

Tal vez para algunos en el gobierno lo que más preocupa es que se multipliquen expresiones como éstas, resultado de los “secretos” revelados:

 

“He servido en el complejo militar industrial durante 10 años, primero como soldado en Bagdad, y ahora como contratista de defensa. Cuando ingresé, creía en la causa. Era ignorante, ingenuo y estaba engañado. Se ha comprobado que la narrativa profesada por el Estado, de la que hacen eco los medios establecidos, es falsa y criminal. Nos hemos convertido en lo que pensaba que combatíamos. Recientes revelaciones de valientes periodistas sobre crímenes de guerra, incluidas las guerras sucias de contrainsurgencia, terrorismo por drones, la suspensión del proceso debido, tortura, vigilancia masiva… han arrojado luz sobre la verdadera naturaleza del gobierno estadunidense... Algunos dirán que estoy haciendo algo irresponsable, impráctico e irracional. Otros dirán que estoy loco. He llegado a creer que la verdadera locura es no hacer nada. Mientras estemos sentados en la comodidad, ciegos ante las injusticias del mundo, nada cambiará… Yo sólo era un soldado, y ahora soy un administrador de bajo rango. Sin embargo, siempre he creído que si cada soldado arrojara su rifle al suelo, se acabaría la guerra. Por lo tanto, hoy arrojo el mío...” Esta es la carta de renuncia de Brandon Toy, administrador de un proyecto de vehículos de combate artillados de una división de General Dynamics, una de las principales contratistas del Pentágono.

 

“Aquellos que pueden ceder una libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”: Benjamin Franklin.

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Domingo, 04 Agosto 2013 06:02

No les gusta que los espíen

No les gusta que los espíen

Se asiste a un vuelco inesperado de la opinión pública en EE.UU.: cada vez disgustan más los programas de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) que Edward Snowden está dando a conocer por intermedio del periodista Glenn Greenwald en el diario británico The Guardian. Una reciente encuesta del Pew Research Center revela que un 56 por ciento de la población opina que “los tribunales federales han fracasado en poner límites adecuados a la recolección de datos telefónicos y de Internet por parte del gobierno como un elemento de sus esfuerzos antiterroristas” (www.people-press.org, 26-7-13).

 

Otras opiniones apuntan en la misma dirección, pero tal vez convenga antes señalar que Snowden usó una estrategia diferente a la de Assange: brindó la información en exclusiva a un solo periódico importante y no a cinco, como hizo el último; al parecer, sus resultados son más contundentes y no sólo por la diversa densidad de lo que cada uno filtró.

 

La mayoría de los encuestados por el Pew Center, un 70 por ciento, sospecha que el gobierno espía a todos y usa esos datos con otros fines que la lucha antiterrorista y un 63 por ciento piensa que el gobierno acumula información sobre el contenido de las conversaciones telefónicas y de los correos electrónicos y no se limita al acopio de los llamados “metadatos”, como afirman los funcionarios, es decir, sólo de los números de teléfono y de las direcciones de email. Lo cual entraña un fuerte rechazo a las afirmaciones oficiales en defensa de tales programas: que están sujetos a una supervisión adecuada, que no se investiga el contenido de las comunicaciones y que su único propósito consiste en reforzar la seguridad del país.

 

“Es la primera vez en su actividad encuestadora sobre el tema, iniciada en el 2004, que el Pew Center registra que la mayoría expresó más preocupación por las libertades civiles que por el terrorismo.” Apoya esta afirmación en un cuadro-síntesis de sus investigaciones: en el 2004, el 49 por ciento opinaba que el gobierno “no había hecho lo suficiente para proteger al país” contra un 29 por ciento que declaraba exactamente lo contrario. En el 2013, las tendencias se invirtieron: el 47 por ciento considera que el gobierno ha ido muy lejos en materia de restricción de las libertades civiles contra el 35 por ciento en la posición adversa.

 

Se trata, en definitiva, de dirimir si estas medidas de seguridad son más importantes que el derecho civil a la privacidad personal. Hasta la mayoría de los interrogados que pertenecen al ultraconservador republicano Tea Party juzga que al gobierno se le ha ido la mano con los programas de la NSA: 47 por ciento contra el 35. Esta situación repercute en los representantes y senadores nacionales. El miércoles 31 se produjo un acalorado debate en la sesión del Comité de Inteligencia del Senado: dirigentes de los dos partidos cuestionaron la veracidad de las informaciones que la comunidad de espías de EE.UU. proporciona (www.theguardian.com, 31-7-13).

 

La NSA había afirmado que, gracias al programa de acopio de datos telefónicos y al que se ocupa de espiar los hábitos y el uso de las computadoras, se habían desbaratado 54 complots terroristas. En la sesión del miércoles del comité senatorial, sin embargo, el subdirector de la NSA, John Inglis, concedió que a lo sumo una sola conjuración terrorista fue impedida merced al espionaje telefónico. Los senadores demócratas Ron Wyden y Mark Udall, miembros del Comité de Inteligencia, siempre han reiterado que no hay evidencias de que dicho programa haya servido para detectar algún complot. La presidenta del Comité, la demócrata Dianne Feinstein, declaró: “Pondríamos a la nación en peligro si anulamos estos programas”.

 

El prestigioso periodista Dave Kravets documentó la relación entre el apoyo a la NSA de muchos parlamentarios con el dinero que reciben de las industrias del ramo contratadas por la Agencia (www.wired.com, 26-7-13). En particular, señala Greenwald, los que presiden los dos comités de inteligencia –Feinstein en el Senado, el republicano Mike Rogers en la Cámara de Representantes– “son tan absolutamente leales a la NSA... que habitualmente es imposible diferenciar sus conductas, posiciones y comentarios de los que caracterizan a los funcionarios de la NSA” (www.theguardian.com, 29-7-13).

 

Los jóvenes son los más preocupados por la invasión de la privacidad que practica la NSA, según la encuesta del Pew Center: una mayoría del 60 por ciento evalúa que el gobierno se ha excedido en las restricciones a las libertades civiles con sus políticas antiterroristas. No pocos parlamentarios han comenzado a pensar en sus votantes.

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Protestan miles en Alemania contra el espionaje de Estados Unidos

Bajo el lema “Yes, we protest”, impreso sobre la imagen del presidente estadunidense Barack Obama, miles de alemanes se pronunciaron contra el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos y en favor de quienes revelen estas acciones, en marchas realizadas en distintas ciudades, entre ellas Francfort, Munich y Berlín.

 

Los activistas alemanes sostuvieron que “la lucha contra el terrorismo es sólo una excusa para limitar el derecho a la libertad”. Exigieron que se ponga fin a la vigilancia en Internet y la protección de las personas que saquen a la luz información importante para los ciudadanos, al tiempo que los servicios secretos alemanes insistieron en que no tienen indicios de que “los estadunidenses hayan interceptado datos en Alemania”.

 

“¿Quién nos protege de la NSA?” o “No quiero tener que codificar mis comunicaciones”, fueron algunos mensajes que se pudieron observar durante las protestas, en las cuales se exigió proteger al ex contratista de la NSA Edward Snowden, quien es reclamado por Estados Unidos tras filtrar información sobre programas gubernamentales de vigilancia a comunicaciones telefónicas e Internet, por lo que enfrenta cargos por espionaje y robo de propiedad federal.

 

Snowden reveló que los servicios estadunidenses llegaron a interceptar al menos medio millón de comunicaciones al mes en Alemania.

 

Las marchas congregaron a mil personas en Francfort, 500 en Berlín, Munich y Karlsruhe, y 700 en Hamburgo.

 

Por su parte, Hans-Georg Maassen, presidente de la agencia de inteligencia del Interior, declaró al diario Die Welt que la crítica al organismo que preside por el supuesto espionaje realizado por Estados Unidos es caso concluido.

 


“Ya se ha aclarado todo sobre los supuestos errores de los servicios secretos alemanes”, expresó Maassen. Añadió: “Lo único que aún no sabemos es en qué consiste exactamente el programa PRISM y qué hacen los estadunidenses con ese programa en su territorio”.

 

Maassen declaró que por el momento su institución no tiene indicio alguno de que “los estadunidenses hayan interceptado datos en Alemania.

 

“La mayoría de los servidores se encuentran en Estados Unidos. A través de ellos pasan datos financieros y de tarjetas de crédito, así como comunicaciones de las redes sociales”, explicó.

 

A pesar de que el gobierno alemán sigue declarándose incapaz de esclarecer lo sucedido, Maassen dijo estar sorprendido por “cómo la NSA estuvo dispuesta a explicar el programa estadunidense PRISM”.

 

El presidente de los servicios secretos alemanes del Interior también quiso dejar claro que nadie debería tener ninguna duda de la existencia de tres sistemas diferentes con el mismo nombre, pero “que no tienen nada que ver entre sí”, ya que el jueves salió a la luz la existencia de tres programas PRISM.

 

En tanto, el ministro de Exteriores alemán, Guido Westerwelle, nombró hoy al diplomático Dirk Brengelmann, quien anteriormente se desempeñó como secretario general adjunto de asuntos políticos y política de seguridad en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, responsable de política exterior en temas relacionados con la red, publicó hoy el diario Süddeutsche Zeitung.

 

Dpa

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“Está en juego la libertad del individuo”

A finales de la semana, dos ONG con sede en Francia, la Liga de Derechos Humanos (LDH) y la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), presentaron una querella contra X (desconocidos) ante el fiscal de la República apuntando hacia la NSA norteamericana y varias empresas transnacionales de Internet: Google, Yahoo!, Facebook, Microsoft, Paltalk, Skype, YouTube, AOL y Apple. Las dos ONG consideran que estas empresas están implicadas en el espionaje mundial que Washington organizó a través del sistema Prisma y cuya metodología fue revelada por el ex agente de la CIA y la NSA Edward Snowden. Hasta ahora, esta es la única acción emprendida en Europa contra Estados Unidos o sus empresas. Todo el sistema político del Viejo Continente se escondió como conejos asustados ante la prepotencia tecnológica de la Casa Blanca. Colmo del ridículo y la servidumbre, el gobierno socialista (en fin...) del presidente François Hollande impidió, junto a Italia, España y Portugal el sobrevuelo del territorio francés al avión del presidente boliviano Evo Morales: algún servicio secreto inepto hizo circular la información según la cual Snowden estaba en el avión de Morales. Más vergonzoso es el papel que desempeñó la prensa ante una violación tan colonial del derecho internacional. Burlas, títulos como “los latinos están enojados”, o boicoteo de la información marcaron la cobertura de este escándalo. Sobran los dedos de una mano para contar, en Francia, los diarios que mencionaron la última cumbre del Mercosur y la convocación de los embajadores de los países concernidos por el bloqueo del avión.

 

En esta entrevista con Página/12 realizada en París, el abogado Patrick Baudouin, presidente de honor de la FIDH, explica las bases de la querella judicial en Francia y analiza tanto la prepotencia norteamericana como el perfil de lacayo de Washington que adoptó la Unión Europea.

 

–Este episodio de espionaje planetario, violación del derecho internacional contra un jefe de Estado y perfil bajo de Europa es un caso de escuela. Sin embargo, pese a su amplitud y a sus múltiples conexiones, sólo ustedes recurrieron a la Justicia contra los implicados.

 

–Es asombroso, en efecto, que la nuestra sea la primera querella presentada. El juicio lo iniciamos porque las revelaciones de Snowden permitieron descubrir la existencia de un sistema de vigilancia generalizada a escala planetaria a través de Internet. La NSA, la CIA y el FBI pueden ingresar en los programas de los gigantes de la informática como Google, Yahoo!, Facebook, Microsoft y otros y colectar los datos. Esto les permite conocer el nombre del autor, del destinatario y el contenido de los mensajes. Pero esto no se limita al territorio norteamericano sino que Estados Unidos se adjudica el derecho de poner en práctica ese sistema en todo el mundo, en Europa, en América latina, en Asia. Esto es intolerable porque se opone totalmente a las legislaciones nacionales. Lo que está en juego acá es la libertad del individuo. Nuestro juicio apunta a la Agencia Nacional de Seguridad, la NSA, la CIA y, por complicidad, apunta también a los gigantes de la informática. Estos no pueden ignorar lo que pasa. Google, Facebook y los demás dicen hoy que, tal vez, si el espionaje tuvo lugar, fue sin que ellos se dieran cuenta. ¡ Es una broma! Desde luego, la base legal de la querella está constituida por las revelaciones de Snowden. Lo más increíble está en el hecho de que los mismos responsables de estos abusos no ponen en tela de juicio la información sobre los mismos. Estados Unidos no negó la veracidad de las revelaciones, no. Al contrario. Washington dijo: “Señor Snowden, usted es culpable por haber dicho la verdad. Y nosotros no queremos que esa verdad sea dicha”.

 

–Las cifras sobre el volumen de datos colectados es de ciencia ficción: son miles de millones de informaciones.

 

–Desde que el sistema Prisma se puso en funcionamiento hubo 97 mil millones de comunicaciones controladas en todo el mundo. Entre diciembre de 2012 y enero de 2013 en Francia se controlaron dos millones de comunicaciones. Y lo que nosotros queremos saber con este juicio es cuántas de esas dos millones de comunicaciones fueron utilizadas y con qué fines. Lo escandaloso no reside en activar un sistema de vigilancia en torno de personas ligadas al terrorismo o al crimen organizado, no. Todo Estado democrático debe protegerse y tener sistemas de control. Lo escandaloso está en que, en nombre de esa lucha contra el terrorismo, se violaron todas las reglas. En vez de controlar a las personas que pueden ser peligrosas se controló a todo el mundo, sin medida. La libertad de cada ciudadano ha quedado así en tela de juicio. Podemos imaginar qué pasaría si esos medios llegan a manos de gobiernos dictatoriales. Nada nos garantiza que, mañana, en España o en Francia, no haya un gobierno de extrema derecha, autoritario, dictatorial, el cual va a recurrir a esa información para controlar a todos los individuos. En Libia hemos visto que el coronel Khadafi tenía un sistema así que le permitió detener a los opositores y torturarlos. Nosotros buscamos precisamente limitar la amplitud de esos sistemas. Queremos que se tome conciencia del riesgo que esos dispositivos hacen correr a la libertad individual.

 

-En medio de este escándalo, el diario Le Monde reveló que Francia tenía también un sistema de vigilancia semejante.

 

–En efecto. Los llamados Estados democráticos reaccionaron tímidamente cuando las revelaciones de Snowden salieron a la luz. Podemos preguntarnos si esa reacción tímida no se debe precisamente al hecho de que los responsables de esas democracias no se sienten un poco responsables porque actúan de la misma manera.

 

–América latina fue también objeto del mismo espionaje. Estamos de nuevo frente a un imperio al que nada puede oponerse y que, con su potencia tecnológica, atropella todo el planeta.

 

–El imperialismo norteamericano es una práctica bien conocida en América latina. Y justamente, lo que provocó un shock en Europa Occidental fue que esta historia fue como un descubrimiento. En América latina el imperialismo y sus consecuencias son una constante. En Europa no. Hay algo que puede ser ventajoso en todo esto: que la movilización y la reacción se activen en todas partes contra el imperialismo norteamericano. En contra de lo que se cree, no hay ningún ocaso del imperialismo norteamericano. Creo, al contrario, que la potencia de Estados Unidos nunca fue tan importante como hoy. Desde los atentados del 11 de septiembre Estados Unidos pasó por alto todas las reglas y las leyes. Hay varios artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que han sido violados de manera constante y en toda impunidad. Es eso lo que nosotros queremos denunciar. Y esperamos que en otros países haya otras ONG u otras personas que hagan juicio contra los responsables del espionaje.

 

–Europa, en vez de actuar contra Estados Unidos, terminó por castigar a América latina cuando bloqueó el avión del presidente boliviano. Es una forma de abuso colonial y de servidumbre ante la Casa Blanca.

 

–Sí, absolutamente. Si este episodio fuera una película sería cómica, pero no lo es. Se trata de política internacional. Entre los países que impidieron el sobrevuelo de su territorio Francia se ridiculizó con esta historia. Hubo, de hecho, un miedo inmediato de molestar a Estados Unidos y provocar con ello medidas de retorsión. Para evitar un problema con Estados Unidos por el posible paso de Snowden en un avión se decidió prohibir el sobrevuelo del territorio. Aquí tenemos la prueba evidente de que somos como un remolque de Estados Unidos. Incluso un gobierno socialista, de quien hubiésemos esperado una actitud menos admirativa que la de su predecesor, el conservador Nicolas Sarkozy, repito, incluso un gobierno socialista sigue la misma línea. Lamentablemente, en Francia y en muchos países europeos seguimos siendo los sirvientes de lo que aún hay que continuar llamando el imperialismo norteamericano. Es una ilustración desastrosa.

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¿Por qué Chomsky desconfía de internet?

El telégrafo y las bibliotecas públicas tuvieron un impacto mucho mayor en las comunicaciones y el acceso a la información que internet. Eso le dijo a BBC Mundo Noam Chomsky desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), el mismo lugar donde en 1962 el informático John Carl Robnett Licklider concibió por primera vez la idea de una red global.


 
Activista político y ácido crítico del poder, Chomsky cree que las revelaciones del exanalista de inteligencia Edward Snowden sobre el espionaje en Estados Unidos son una prueba de que los gobiernos pueden aliarse con las grandes corporaciones para usar la red contra los ciudadanos.


 
Considera, además, que los lentes de Google son “orwellianos y ridículos” y que internet puede aislar y radicalizar a las personas.


 
El académico que revolucionó la lingüística y ha escrito más de cien libros reconoce que la red puede ser valiosa y él mismo la usa todo el tiempo, pero desde su oficina en Cambridge, Estados Unidos, desmitifica su impacto y se pregunta sobre sus consecuencias.

 


Internet vs. telégrafo


 
“Internet representa un cambio, pero ha habido cambios mayores cuando uno mira el último siglo y medio”.


 
“La transición entre la comunicación que permitía la navegación a vela y la que permitió el telégrafo fue mucho mayor que la que generan las diferencias entre el correo tradicional e internet”.


 
“Hace 150 años si mandabas una carta a Inglaterra, la respuesta podía demorar unos dos meses, porque viajaría en barco, y quizás ni siquiera llegaría a su destino”.


 
“Cuando surgió el telégrafo la comunicación se volvió prácticamente instantánea, y ahora que tenemos internet es sólo un poco más rápida”.


 
Internet vs. bibliotecas


 
“Hace un siglo, cuando se instalaron bibliotecas públicas en la mayoría de las ciudades estadounidenses, la disponibilidad de información y el incremento en la riqueza cultural fue ampliamente mayor que el que genera internet”.


 
“Ahora no tienes que cruzar la calle para ir a la biblioteca, puedes tener acceso a información en tu propio living, pero la información ya estaba allí, cruzando la calle”.


 
“La diferencia entre internet y una biblioteca es más pequeña que la diferencia entre la ausencia de una biblioteca y una biblioteca… En la biblioteca además al menos puedes confiar en que el material tendrá cierto valor porque pasó por cierto proceso de evaluación”.


 
“Internet es una suma de ideas azarosas y es difícil distinguir entre lo que alguien pensó mientras cruzaba la calle y lo que otro estudió en profundidad”.


 
¿Más unidos o más separados?


 
“Caminar hablando por teléfono es una forma de mantenerse en contacto con otros, pero, ¿es un paso adelante o un paso hacia atrás?”


 
“Yo creo que probablemente sea un paso hacia atrás, porque está separando a la gente, construyendo relaciones superficiales”.


 
“En vez de hablar con las personas cara a cara, de conocerlas a través de la interacción, hay una especie de carácter casual de esta cultura en desarrollo”.


 
“Conozco adolescentes que creen que tienen cientos de amigos, cuando en realidad están muy aislados”.


 
“Cuando escriben en Facebook que mañana tienen un examen, alguien les responde ‘espero que te vaya bien’ y conciben eso como amistad”.


 
“Todavía no he visto ningún estudio, pero pienso que la nueva tecnología está aislando a las personas en un grado importante, está separándolas unas de otras”.


 
¿Más o menos abiertos de mente?


 
“Internet entrega acceso instantáneo a todo tipo de ideas, opiniones, perspectivas, información. ¿Eso ha ampliado nuestras perspectivas o las ha hecho más estrechas?”


 
“Yo creo que ambas. Para algunos las ha ampliado. Si sabes lo que estás buscando y tienes un sentido razonable de cómo proceder, internet puede ampliar tus perspectivas”.


 
“Pero si te aproximas a internet de manera desinformada, el efecto puede ser el opuesto”.


 
“La mayoría usa internet como entretenimiento, diversión. Pero de la minoría que la usa para adquirir información, lo que se puede ver es que las personas localizan muy rápidamente sus sitios favoritos y los visitan porque refuerzan sus propias ideas”.


 
“Entonces te vuelves adicto a esos sitios, que te dicen lo que estás pensando y no miras otros”.


 
“Eso tiene un efecto de auto reforzamiento; el sitio se vuelve más extremista, y tú te vuelves más extremista y te separas más de los demás”.


 
Sin secretos


 
“Sólo por propósitos comerciales, Google, Amazon y el resto están coleccionando enormes cantidades de información de las personas; información que yo creo que no deberían tener”.


 
“Rastrean tus hábitos, tus compras, tu comportamiento, lo que haces y están tratando de controlarte dirigiéndote en determinadas direcciones”.


 
“Y creo que lo están haciendo en niveles que exceden a lo que el gobierno hace. Así que el gobierno les está pidiendo ayuda”.


 
“Los más jóvenes, muy a menudo no ven ningún problema en esto. Viven en una sociedad y una cultura exhibicionistas, donde colocas todo en Facebook, donde quieres que todo el mundo sepa todo sobre ti. Así que el gobierno también sabrá todo sobre ti”.


 
¿Una tecnología neutra?


 
“Cuando los medios para hacer algo están disponibles y son fáciles de acceder, son tentadores y la gente, especialmente la más joven, tiende a usarlos”.


 
“Internet es una tecnología que está disponible, hay mucha presión por usarla, todo el mundo quiere decir ‘yo esto, yo lo otro’. Hay un componente de autovaloración”.


 
“Pero también hay toneladas de publicidad… Internet se mercadea a sí misma como un medio para comunicarnos y conectarnos, y hasta cierto nivel, eso es cierto: puedo contactar amigos auténticos en diferentes partes del mundo, en India, en Medio Oriente, en Chile, en cualquier lugar”.


 
“Y puedo interactuar con ellos de una forma que sería muy difícil por correo”.


 
“Pero por otro lado, Internet también tiene el efecto opuesto. Es como cualquier tecnología: es básicamente neutra, puedas usarla en formas constructivas o dañinas. Las formas constructivas son reales, pero muy pocas”.

 

10 julio 2013


 
(Tomado de BBC Mundo)

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Lunes, 17 Junio 2013 06:16

Blues orwelliano

Blues orwelliano

Nos acaban de informar que todos los que usamos teléfonos y cualquiera de los principales servicios de comunicación cibernética –o sea, casi todo correo electrónico, chat, videochat, video, llamada por Internet, documento– está potencialmente expuesto a ser espiado por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, particularmente si las comunicaciones son internacionales.

 

Nos acaban de informar que los encargados de supervisar estos programas en nombre del pueblo no estaban enterados de gran parte de este masivo aparato de vigilancia. Nos acaban de informar los gobernantes que nadie se tiene que preocupar, porque se puede confiar en que ellos hacen “lo correcto”.

 

Nos acaban de informar que los derechos a la privacidad y a la libre expresión garantizados por la Constitución y las leyes federales tienen que ser parcialmente anulados para poder defenderlos de los enemigos, aquellos que odian las libertades y los derechos que se tienen aquí.

 

Y eso que apenas nos estamos enterando de todo esto y nadie sabe qué más hay, ya que el gobierno tiene que guardar secreto en defensa de la libertad, dicen. Hasta las reglas de cómo se hace todo esto dentro de la legalidad y con pleno respeto a los derechos de los ciudadanos –lo cual aseguran el gobierno de Barack Obama y la cúpula legislativa de ambos partidos– son secretas.

 

El valiente comentarista Glenn Greenwald, de The Guardian, quien con otros colegas ha divulgado las filtraciones de Edward Snowden, el ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) que reveló los masivos programas secretos de vigilancia –algo que Daniel Ellsberg, quien filtró los célebres Papeles del Pentágono hace 40 años, consideró la “filtración más importante en la historia estadunidense”–, advirtió este fin de semana que hay mucho más y que el material publicado hasta ahora sólo es “la punta del iceberg”.

 

Las justificaciones de todo esto son las mismas desde el 11 de septiembre de 2001, aunque lo más notable ahora es que un presidente demócrata y un amplio número de legisladores demócratas que antes fueron críticos feroces de esta “intrusión” a la privacidad, cuando George W. Bush era presidente, ahora la defienden con la misma retórica de “proteger” al país del “terrorismo”.

 

El legendario periodista I.F. Stone aconsejaba a todo periodista que cubría política: “si quieres saber sobre gobiernos, todo lo que tienes que saber son tres palabras: los gobiernos mienten”.

 

Aquí, en este caso, los gobiernos, al ser revelados en sus engaños, justifican el no decir la verdad como algo necesario para defender la libertad, la transparencia y la democracia, ante la amenaza del siempre presente “enemigo”. La semana pasada, por ejemplo, el director de Inteligencia Nacional, James Clapper, admitió que en una respuesta evasiva a una pregunta directa de un senador sobre si se espiaban las comunicaciones de millones de estadunidenses, por la delicadeza del tema, ofreció la “respuesta menos no verídica posible”.

 

La opinión pública no está muy sorprendida, y las encuestas muestran reacciones mixtas; algunas revelan que la mayoría están dispuestos a ceder sus libertades a cambio de la seguridad pública y nacional, aunque otros dudan que esto sea necesario. Una encuesta de la revista Time en estos días mostró que 54 por ciento de estadunidenses opinan que Edward Snowden hizo “algo bueno”, por 30 por ciento que opina lo opuesto. Para confundir las cosas, en la misma encuesta, 53 por ciento dicen que debería ser procesado legalmente por la filtración, mientras 28 por ciento dicen que no (aunque 43 por ciento contra 41 por ciento de los jóvenes entre 18 a 34 años consideran que no debería ser penalizado). Hay un empate estadístico sobre los que aprueban los programas de vigilancia y los que no.

 


La más afectada es la credibilidad de la clase política. Pero ya poco queda de ella. En un sondeo de Gallup, la semana pasada, el Congreso estableció un récord histórico con el índice de confiabilidad más bajo: sólo 10 por ciento de estadunidenses confían en sus diputados y senadores, y hoy es la institución estadunidense menos popular en la historia del país. Es inferior al nivel de confianza del gran empresariado (22 por ciento), bancos (26 por ciento), periódicos y noticieros de televisión (23 por ciento) y sindicatos (20 por ciento), entre otros. Los que tienen más alto índice de confiabilidad son los militares, con 76 por ciento.

 

El debate que todo esto ha desatado sin duda es saludable, al demostrarse la falta de transparencia y de rendición de cuentas de un gobierno secreto cada vez más grande y poderoso. Ellsberg escribió en The Guardian la semana pasada: “decir que hay supervisión judicial es tan absurdo como hablar de la supuesta supervisión de los comités de inteligencia en el Congreso. No por primera vez –como con los temas de tortura, secuestro, detención, asesinato por drones y escuadrones de muerte– han demostrado que están completamente cooptados por las agencias a las que supuestamente vigilan”.

 

Ex altos funcionarios y agentes veteranos de inteligencia han dicho lo mismo en días recientes. En tanto, algunos comentaristas destacan la continuidad de las políticas de Bush en estos rubros, que fueron tan denunciadas.

 

Ante todo esto, el debate continúa tanto en Estados Unidos como en otros países. Gobiernos europeos y agrupaciones civiles y políticas asiáticas han pedido aclaraciones al gobierno estadunidense sobre el alcance y la legalidad de su proclamado derecho de escuchar y espiar a cualquiera en el planeta. Sin embargo, por ahora no hay mucha reacción en México o el resto de América Latina, donde todos tendrían que suponer que sus comunicaciones privadas cibernéticas son sujetas a la vigilancia secreta de Washington. ¿Tiene Estados Unidos ese derecho? ¿Tiene permiso, o incluso cooperación de otros gobiernos? ¿Los ciudadanos están enterados?

 

Si esto no es suficiente como para provocar un cambio y recordar que el demos es el que finalmente tiene que vigilar a su gobierno para que éste pueda llamarse democrático, todo lo revelado quedara sólo como la letra de un blues orwelliano.

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Ex empleado de la CIA filtró los programas de espionaje de EU

La fuente responsable de una de las filtraciones más dramáticas en la historia política de Estados Unidos que hoy sacude a Washington, reveló su identidad, y dijo que su acción fue en defensa de los derechos de privacidad y libre expresión ante el abuso de un “estado de vigilancia”. Afirmó: “no quiero vivir en una sociedad que hace este tipo de cosas”, e indicó que considera buscar asilo en un país que defienda la libertad de expresión.

 

Poco menos de 24 horas después de que el director de Inteligencia Nacional, James Clapper, anunció que el Departamento de Justicia había iniciado una investigación sobre quién filtró la información sobre programas secretos de espionaje de comunicaciones telefónicas y cibernéticas, el responsable apareció con nombre y apellido, por decisión propia, en The Guardian y el Washington Post, para asumir responsabilidad y dejar claro sus motivaciones.

 

Edward Snowden, de 29 años, ex asistente técnico de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y actualmente empleado de la contratista militar privada Booz Allen Hamilton, ha estado trabajando en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) como empleado de varios contratistas privados.

 

Snowden, en entrevista con The Guardian, subrayó que lo que más desea es que su filtración sobre programas de vigilancia de comunicaciones de millones de personas detone un debate “entre ciudadanos de todo el orbe sobre en qué tipo de mundo deseamos vivir”, y agregó que “mi único motivo es informar al público sobre aquello que se hace en su nombre y aquello que se hace en su contra”.

 

En entrevista con el Washington Post, denunció la vigilancia sistemática de ciudadanos inocentes y aseguró que su decisión de filtrar la información fue, en parte, porque “es importante enviar un mensaje al gobierno de que la gente no será intimidada”.

 

La filtración de Snowden a The Guardian y el Washington Post la semana pasada, reveló programas secretos de la NSA enfocados en rastrear los registros de llamadas telefónicas de millones de clientes de la empresa Verizon, y otro, conocido como PRISM, que da acceso al contenido de comunicaciones cibernéticas de los clientes de nueve de las principales empresas de Internet en el mundo (Microsoft, Google, Yahoo, Skype, entre otras).

 

La filtración sacudió la Casa Blanca y ha detonado un debate sobre los alcances del aparato de inteligencia estadunidense y las libertades civiles.

 

En su primera entrega de información de la NSA –una de las agencias de inteligencia más grandes y secretas del mundo– al Guardian, Snowden incluyó una nota escrita que decía: “entiendo que me harán sufrir por mis acciones”, pero “estaré satisfecho si la federación de leyes secretas… y poderes ejecutivos irresistibles que mandan en este mundo que tanto amo, son revelados aun por un instante”, informó el diario británico.

 

Durante la entrevista con el rotativo en un hotel de lujo en Hong Kong, adonde viajó desde hace tres semanas para preparar la filtración, Snowden comentó que nunca pensó en mantenerse anónimo “porque no he hecho nada malo”. Y aunque decidió identificarse, le dijo al Guardian: “no quiero la atención pública porque no quiero que la noticia sea acerca de mí. Quiero que sea sobre lo que está haciendo el gobierno de Estados Unidos”. Sin embargo, reconoció que “a los medios les gusta personalizar los debates políticos, y sé que el gobierno me demonizará”.

 

En la entrevista con el Post, Snowden agregó: “no me voy a esconder. Permitir que el gobierno de Estados Unidos intimide a su pueblo con amenazas de represalias por revelar fechorías es contrario al interés público”.

 


Indicó que ha tenido una vida muy cómoda, con un salario de alrededor de 200 mil dólares anuales, una novia con quien comparte casa en Hawaii, una carrera estable y una familia que ama. “Estoy dispuesto a sacrificar todo eso porque no puedo, en buena conciencia, permitir que el gobierno de Estados Unidos destruya la privacidad, la libertad de Internet y las libertades básicas de la población mundial con esta masiva maquinaria de vigilancia que está construyendo secretamente”, comentó al Guardian.

 

El rotativo británico señala que Snowden conoce muy bien, por su trabajo en el mundo de inteligencia durante casi una década, el poder y las capacidades del gobierno estadunidense. “Todas mis opciones son malas”, comentó al rotativo, al señalar que Estados Unidos podría iniciar un proceso de extradición en su contra, y no descarta que podría ser secuestrado por el gobierno estadunidense, e incluso podría ser una tarea encargada a “terceros”. Comentó que será una preocupación “con la que tendré que vivir el resto de mi vida…”

 

Pronosticó que el gobierno anunciará una investigación y que lo acusarán de violar la Ley de Espionaje y de que “ayudé a nuestros enemigos, pero eso se puede utilizar contra cualquiera que señale qué tan masivo e invasivo se ha vuelto el sistema”.

 

Sin embargo, ante la posibilidad de que el gobierno proceda penalmente contra él, como lo hecho contra un número sin precedente de whistleblowers (filtradores motivados por el bien público y para denunciar abusos o actos ilegales) en la historia del país, afirmó: “no tengo miedo porque fue mi decisión”.

 

En comentarios al Post, Snowden indicó: “tengo la intención de solicitar asilo en países que creen en la libertad de expresión y se oponen a la victimización de la privacidad global”. Su preferencia es Islandia por su reputación como campeón de la libertad de Internet, dijo al Guardian.

 

Snowden describió su carrera, desde su ingreso al ejército estadunidense, en 2003, por creer que la misión de la guerra en Irak era la liberación de un pueblo, y después su ascenso en el mundo de inteligencia, de guardia de seguridad a experto en computación en la CIA y la NSA hoy día. Desilusionado con la manera de operar de estas agencias en la era de George W. Bush, creyó que con la elección de Barack Obama habría reformas, pero sólo ha visto lo opuesto. Dijo que aprendió que “no puedes esperar a que alguien mas actúe. Había estado buscando líderes, pero me di cuenta que el liderazgo tiene que ver con quién es el primero en actuar”.

 

Snowden comentó que admira a Daniel Ellsberg, quien filtró los célebres Papeles del Pentágono durante la guerra de Vietnam, y a Bradley Manning, el soldado que enfrenta una corte marcial (por cierto, en un tribunal militar en el Fuerte Meade, sede también de la NSA) por la mayor filtración de documentos secretos en la historia del país, que arrancó la semana pasada.

 

Pero indicó al Guardian que había una diferencia importante entre él y el soldado, ya que Snowden dijo que evaluó cuidadosamente cada documento para asegurarse de que “cada uno era legítimamente de interés público”, ya que tenía acceso a mucho más que no filtró “porque mi meta es la transparencia, no hacer daño a la gente”.

 

Ahora, dijo al Post, sus acciones ya han tenido impacto, la sociedad ya se enteró de qué “tan mal están las cosas y ahora tiene el poder de decidir por sí misma si está dispuesta a sacrificar su privacidad al estado de vigilancia”.

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Martes, 21 Septiembre 2010 06:42

Tu intimidad está en venta

¿Se ha leído los términos del contrato de su red social favorita? ¿Le importaría que esa web supiese más de usted a cambio de que siguiese siendo gratis en el futuro? Con la respuesta a estas dos preguntas, las grandes empresas de contenido online y las agencias de publicidad están haciendo números. A través de un estudio presentado la semana pasada en Bruselas por IAB, la patronal europea de los anunciantes, las empresas que ofrecen servicios y contenido en línea pidieron a la Comisión Europea y los países de la UE que les permitan explotar comercialmente y sin trabas toda la información que recopilan de los internautas. Desde el lugar de vacaciones expresado en un comentario en una red social hasta la lista de la compra escrita en un correo electrónico; cualquier dato sirve para hacer negocio.

Según el informe, elaborado por la consultora McKinsey, en este momento el sector publicitario online está dejando de ganar 80.000 millones al año en los 23 países del mundo con el acceso mayoritario a la banda ancha, una cifra que se multiplicará en los próximos años. Para ellos, la red es demasiado barata, ya que "de media los hogares pagan 30 euros por una conexión de 5 Mbps (megabits por segundo), pero la mayoría de las aplicaciones y servicios de internet se ofrecen sin coste adicional".

El estudio asegura que un 80% de los internautas valora sobre todo que los servicios a los que accede sean gratuitos, mientras que sólo un 20% se declara dispuesto a pagar para evitar la publicidad. Según Jacques Bughin, socio de McKinsey y responsable del estudio, "el valor de los servicios es mucho más grande que la preocupación por la privacidad". Con esos datos, el mensaje de la industria, que comprende a buscadores como Google, proveedoras de internet como Orange o empresas de comunicación como Prisa, es sencillo: es necesario empezar a rentabilizar mejor las webs que ya existen porque sólo una minoría está dispuesta a pagar para que no le moleste la publicidad. La vía más rápida es conocer hasta el último detalle del usuario para que el negocio de la publicidad online deje de ser una promesa. Del usuario sólo se requiere que siga navegando mientras sus gustos se transforman en anuncios personalizados.

Sin embargo, los intereses de esta coalición de industrias (publicitaria, de servicios online y de contenidos) pueden chocar con uno de los derechos fundamentales más básicos: el de la privacidad.

La comisaria europea de Telecomunicaciones, Neelie Kroes, estuvo presente en el debate y se vio obligada a advertir a las compañías de que la UE podría endurecer la legislación actual si la industria juega sucio. Es decir, si sigue espiando al usuario hasta trazar un perfil completo de sus gustos e intereses contra su deseo expreso o sin más información que una advertencia perdida en un kilométrico contrato de uso. Kroes denunció que es algo "que sucede, por desgracia" y que merece "una clara condena por parte de ustedes [la industria publicitaria]" al tratarse de "prácticas ilegales".

La cuestión de las 'cookies'

Instalar en el ordenador del usuario cookies o programas chivatos que informan a las páginas web de la navegación del usuario por la red es legal. Estos archivos, que sirven en algunos casos para recordar las claves de acceso a una cuenta, tienen un alto valor económico para los anunciantes. Tanto la legislación europea como la española obligan de momento a la industria a informar al usuario de que esa recolección de gustos, hábitos o actividades online está teniendo lugar. Camuflar cookies o instalarlas a pesar de que el internauta esté en contra es, según Bruselas, una práctica ilegal. Sin embargo, hasta ahora no ha habido denuncias suficientes ni en España ni en la UE que hayan desembocado en una decisión judicial firme.

Según el Ejecutivo comunitario, "el usuario se preocupa cuando siente que todos sus movimientos en la red son observados, especialmente cuando él no tiene idea de lo que sucede". La comisaria sugiere que esa desconfianza, un efecto claro de la falta de transparencia de estas empresas, es la causante de que "sólo un 12% de los europeos confíe plenamente en las transacciones online". Según ella, hacer más sofisticada y efectiva la publicidad en internet podría desembocar en "un tiro en el pie"; la desconfianza amenazaría de muerte al incipiente comercio online. Por su parte, la industria defiende la autorregulación, ya que en palabras del director general del gigante publicitario WPP, Martin Sorrell, "imponer reglas ni ha funcionado ni funcionará".

De momento, Bruselas se muestra dispuesta a aceptar que el sector de la publicidad online se autorregule. A cambio, le pide "transparencia de verdad", que permita a los usuarios conocer si "alguna actividad de publicidad dirigida está teniendo lugar". Kroes, que vigilará que los 27 armonicen sus regulaciones, pide "el consentimiento" del usuario para que se rastreen sus hábitos y que la industria deje de camuflar los términos de privacidad en largos contratos de los cuales el usuario medio sólo lee un botón: "acepto".

Por DANIEL BASTEIRO Bruselas 21/09/2010 08:00
 
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Martes, 21 Septiembre 2010 06:32

Dime dónde estás y te diré todo lo demás

Cuando hace unos días Facebook presentó la aplicación Places (lugares) –que permite saber el lugar donde se encuentra un usuario de la red social– lo primero que publicaron los organismos defensores de la privacidad fueron consejos para “desconectarlo”. No por apocalípticos, sino porque, se sabe, la política de privacidad de la red social más grande del planeta creada por Mark Zuckerberg, que ya tiene 500 millones de usuarios, ha sido expresamente confusa desde sus inicios. Para Zuckerberg, claro, todo debería ser público. De hecho, las actualizaciones realizadas a través de los años parecieran haber tenido siempre la intención de marear al usuario con opciones cada vez más complejas. Según el Electronic Privacy Information Center, “la configuración por defecto de Places viola la privacidad en una larga lista de formas, y no es inmediatamente clara para los usuarios”. Por ahora, el servicio sólo está disponible en Estados Unidos y no se sabe cuándo será liberado para Sudamérica.

Hasta ahora, las aplicaciones de geolocación (que permiten saber dónde están los usuarios) que explotaron por los teléfonos inteligentes han permitido mantener un grado más o menos consciente de privacidad, ya que –en principio– se trata de servicios que los usuarios deciden instalar por su cuenta: Foursquare, por ejemplo, es una aplicación para móviles que permite encontrarse con amigos y descubrir lugares, la red social Twitter tiene una opción de “Location”, la red Weegoh también permite ubicar a personas conocidas, la agenda Tasktopía cambia de “cosas para hacer” según el lugar donde se encuentra el usuario. Incluso, la geolocación es usada en algunos teléfonos de Motorola con la aplicación Blur, que les permite a los usuarios saber dónde se encuentra el teléfono en caso de robo, y permite borrar los datos de la agenda a distancia.

Pero la gran diferencia con Places de Facebook (basada en Foursquare) es que la base de datos de usuarios preexiste a la intención de estos usuarios de usar la geolocación, y su configuración viene por defecto “encendida”. Hay dos críticas centrales a la configuración inicial de Places: por un lado, un usuario que no ha autorizado el uso de Places puede ser taggeado (marcado) en una foto por otro usuario que sí usa la aplicación. Y las empresas pueden acceder a los lugares “descubiertos” por otros usuarios, aunque lo haga de forma “privada”. “Tus ‘amigos’ pueden postear en un mapa dónde estás, sin tu permiso”, contó Bridget Carey en el Miami Herald.

Así, los primeros informes de los medios estuvieron dedicados a dar instrucciones para borrar los permisos de la aplicación, antes que difundir la noticia del Facebook Places. Mientras Foursquare maneja una política de estímulos para convertir a los usuarios que más visitan un lugar en majors del lugar, lo de Facebook Places se mete en el uso cotidiano –sobre todo las capas jóvenes– que convive con Facebook como una extensión de su vida.

Sin embargo, el uso de la “geolocación” todavía no es demasiado aceptado por el usuario promedio en Estados Unidos. Aunque Google, Foursquare, Gowalla, Shopckick y Facebook ofrecen habitualmente servicios vinculados al reporte físico de los usuarios y aunque según la National Venture Capital Association se han invertido cerca de 115 millones en start-ups vinculadas a la geolocación, sólo el 4 por ciento de los estadounidenses ha usado algún servicio basado en geolocación y menos del uno por ciento lo usa semanalmente, según la consultora Forrester Research. Hasta ahora, Foursquare tenía “apenas” cuatro millones de usuarios. Apenas un puñado, si se comparan con los 145 millones de Twitter, y mucho menos con los 500 millones de Facebook.

De allí que el salto exponencial que producirá la llegada de Facebook Places a todo el planeta ha puesto en emergencia a las ONG dedicadas a la privacidad. Los creadores del sitio PleaseRobMe.com han llevado la idea al paroxismo: el sitio permitía (fue discontinuado) seguir a un usuario que comparte información on line para saber cuándo puede ser “robado”. “El peligro es decirle a todo el mundo dónde está uno. Si le decimos a todo el mundo cuándo y dónde nos vamos de vacaciones, le estamos diciendo a todo el mundo que no estamos en casa”, dicen. Hasta hace poco, el sitio hacía un seguimiento en vivo de Foursquare junto a información de Twitter para detectar cuándo un usuario no estaba, y avisaba sobre las “oportunidades” para robar una casa. “Nuestra intención jamás fue hacer que alguien sea robado, sino alertar sobre el problema de la privacidad”, reza el sitio. La realidad no tarda en llegar: la semana pasada una banda de ladrones electrónicos fue desarmada en New Hampshire, usando una técnica similar a través de Facebook.

La Electronic Frontier Foundation lanzó una guía de alerta para que se mejoren las aplicaciones basadas en la locación. “La criptografía ofrece formas de no dejar rastros del lugar donde uno está y aun así poder usar aplicaciones de geolocación. Los ingenieros deberían trabajar para mejorar la privacidad”, dicen. Otro emprendimiento para mejorar cuestiones de la privacidad es Diaspora, la red social de código abierto, que liberó su código a la comunidad la semana pasada, pero que ha dicho que usará un sistema de encriptación y permitirá al usuario tener control total sobre los datos. Lo más irónico es que, enterado de la nueva empresa, el fundador de Facebook donó 150 mil dólares.

Por Mariano Blejman
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Lunes, 23 Noviembre 2009 09:17

Nos vigilan

Ahí fuera hay un 'Gran Hermano' que lo sabe todo sobre nosotros. Quizá George Orwell tuviera razón. Nos adentramos en un mundo vigilado y medido. Varios miles de ingenieros, matemáticos e informáticos rastrean y manejan la información que generamos a cada instante. Una llamada con el móvil, un pago con tarjeta de crédito, un 'click' en Internet... datos valiosísimos para un imperio de recopiladores que trabajan para empresas, Gobiernos y partidos políticos. Cientos de miles de ojos pueden adivinar nuestros gustos, nuestras aficiones y hasta nuestras pasiones. No estamos tan solos como pensamos frente al ordenador.

¿Dónde se encuentra el límite de la privacidad? ¿Hasta qué punto es lícito tener acceso a determinada información? ¿Es posible que hoy alguien no sepa absolutamente nada sobre usted? Stephen Baker, autor del libro 'numerati', publicado en España por Seix Barral, narra en este texto exclusivo para 'El País Semanal' las entrañas de un universo opaco formado por misteriosos personajes que ponen en jaque a legisladores de ambos lados del Atlántico. Los llamados 'numerati' controlan hasta nuestros pasos. Y están dispuestos a escribir el guión de nuestras vidas.

El actor norteamericano Michael J Fox padece de Parkinson. Cuando los investigadores clínicos repasan ahora sus programas de televisión de los noventa, mucho antes de que se le diagnosticase la enfermedad, pueden detectar cambios sutiles en su voz y su forma de andar. El actor, sin quererlo, nos presenta el caso perfecto para poder estudiar su comportamiento, ya que ha pasado gran parte de su vida delante de las cámaras. Pero hoy en día no resulta tan distinto del resto de los mortales. Imprevisiblemente, nos adentramos todos en un mundo vigilado y medido.

En Portland, la ciudad más poblada  del Estado de Oregón, tenemos ya una muestra de lo que se nos puede  venir encima. Allí, centenares de personas mayores han invitado a Intel Corp, el fabricante de semiconductores, a colocar sensores en sus hogares. Esta maquinaria realiza mapas de sus movimientos en sus casas y calcula la media de sus pasos. Registra el tono de sus voces y el tiempo que tardan en reconocer a un amigo o pariente al teléfono.  Los sensores debajo de sus colchones no sólo toman nota del peso y de sus vueltas en la cama, también de sus paseos al baño. El cepillado de dientes, las visitas a la nevera a medianoche... Todo queda registrado, y todo viaja a través de Internet a los ordenadores de Intel.

Con este acopio de información, los científicos de Intel están desarrollando  lo que ellos llaman  los puntos de partida de comportamiento de cada hogar. Cualquier desviación de las normas es señal de que algo puede estar fallando. La investigación está en sus albores. Pero, con el tiempo, esperan  programar  los ordenadores para que sean capaces de reconocer  los patrones de las enfermedades desde los primeros estadios de Parkinson o Alzheimer. Confían en que eventualmente se podrán reemplazar enfermeras  bien retribuidas mediante artilugios de vigilancia cada vez más baratos -sin mermar la calidad de vida de los pacientes-.

Mientras se desarrolla ese escenario, una nueva casta de profesionales despunta. Éstos no son médicos ni enfermeras, pero sí especialistas en encontrar patrones significativos entre las cada vez mayores montañas de datos digitales. Les llamo los numerati. Son ingenieros, matemáticos, o informáticos, y están cribando  toda la información que producimos en casi todas las situaciones de nuestras vidas. Los numerati estudian las páginas web que visitamos, los alimentos que compramos, nuestros desplazamientos con nuestros teléfonos móviles. Para ellos, nuestros registros digitales crean un  enorme y complejo laboratorio del comportamiento humano. Tienen las claves para pronosticar los productos o servicios que podríamos comprar, los anuncios de la web en que haremos click, qué enfermedades nos  amenazarán en el futuro y hasta si tendremos inclinaciones -basadas puramente en análisis estadísticos- a colocarnos una bomba bajo el abrigo y subir a un autobús. El publicista Dave Morgan es uno de ellos. Desde su empresa Tacoda, ubicada en Nueva York, ha contratado a estadísticos para rastrear nuestras correrías por la Red y predecir nuestros pasos. La misma tarde que conversé con él vendió su empresa por más de 200 millones de dólares.
No es fácil determinar el número total de numerati, pero a un alto nivel existen varios miles de personas que realizan estas tareas. Y están orgullosos de lo que hacen. Creen que sirve para curarnos, para encontrar amigos, para conocer amantes. Muchos de ellos trabajan en universidades y empresas privadas.

Intercambian información en congresos y conferencias. Si bien no puede hablarse estrictamente de una especie de mafia matemática, una parte importante de ellos lleva a cabo estas actividades de manera coordinada. Estados Unidos es su tierra prometida. En Europa, en cambio, regulaciones más estrictas dificultan su tarea, sobre todo en países como Alemania y Francia.

Quiero dejar muy claro desde el principio que esta ciencia, basada en la estadística, determina solamente la probabilidad. No puede predecir con certeza el comportamiento de un individuo. Por eso, los numerati empiezan a proliferar en sectores en los que se pueden cometer errores  de forma regular sin causarse (o causarnos) problemas. La publicidad y el marketing son sus campos de pruebas, y Google, una compañía que resuelve nuestras búsquedas con  escalofriante aproximación en nanosegundos, es el primer emperador del reino.

Llevo meses dando conferencias sobre los numerati por Norteamérica y, cuando describo sus averiguaciones sobre lo que llevamos en nuestros carritos de compra o lo que tenemos en los botiquines de casa, observo que la gente empieza a menearse en sus asientos y a hablar en voz baja con los de al lado. Les preocupa el asalto a la privacidad y les alarma saber que Yahoo! captura una media mensual de 2.500 datos sobre cada uno de sus 250 millones de usuarios. Al final de las conferencias, alguien suele preguntar si podemos hacer algo para protegernos de los inquisitivos numerati.  

Esta creciente preocupación está empujando a políticos y legisladores a ambos lados del Atlántico para poner freno a una forma de marketing por Internet conocida como targeting del comportamiento. Están implicadas compañías como Yahoo! y Google y cientos de pequeñas empresas de publicidad. Llegan a  acuerdos con editores, incluyendo los principales periódicos y revistas, para colocar a cada visitante un código informático identificador conocido como una cookie (galleta). Esto les permite seguir muchos de nuestros movimientos por la web. La mayoría de estas compañías ni siquiera se molestan en conseguir nuestros nombres y direcciones (seguramente eso les daría problemas con las autoridades de protección de datos). Nuestros patrones  de navegación les son suficientes. Un madrileño que lee un artículo sobre París y consulta los precios sobre un tinto de Burdeos tendrá más probabilidades que los demás usuarios, según decide un programa automatizado, de hacer click en un anuncio de Air France. Así que le colocan uno mientras navega por la Red.

Aquellos preocupados con la privacidad pueden borrar las cookies de forma periódica, o incluso dar instrucciones a su ordenador de que no las acepte. Al hacer esto, están optando a no ser tratados como una persona conocida, sino como un punto negro intercambiable. Eso es lo que millones de nosotros hemos sido durante décadas en centros comerciales y supermercados y en las aceras de las grandes ciudades: virtualmente indistinguibles de los demás. Muchos lo asociamos con la privacidad.

Sin embargo, no todo el mundo comparte la misma opinión. Ni de lejos. Sentados uno al lado del otro entre el público, algunos están tan preocupados con la privacidad, que juran "salirse de la pantalla". Pero hay muchos otros que publican los detalles más íntimos de sus vidas en Facebook, MySpace, Tuenti y en las ráfagas de 140 caracteres de Twitter. Mucha de esta gente no tiene inconveniente en contestar encuestas en sitios web de libros, cine o citas. Quieren sistemas automatizados que les conozcan mejor para poder recibir un servicio personalizado o ampliar sus conocimientos de obras de creadores que les son desconocidos.

Hay un foso divisorio entre aquellos que quieren que las máquinas estén informadas y sean inteligentes y los que prefieren que se queden en la oscuridad. Así que la línea divisoria sobre privacidad no es entre los numerati y el resto de la humanidad; existe  (y se hace cada vez más ancha) entre las personas que tienen diferente opinión sobre ese tratamiento de la  acumulación de datos personales. Como sociedades, no tenemos claro todavía qué papel deben tener las máquinas que cada vez más van a ayudar a gestionar nuestras vidas.

También hay algo evidente. Las cantidades de datos digitales que producimos continuarán creciendo exponencialmente. Y si está usted preocupado con la publicidad que estudia su conducta cuando navega por la Red, ya está viviendo un adelanto de lo que se nos viene encima. Veamos Sense Networks. Es una pequeña y joven compañía startup en Nueva York que estudia los senderos que vamos dibujando mientras nos movemos con nuestros teléfonos móviles. En los ordenadores de Sense, cada uno de los millones de personas que rastrean no es más que un puntito parpadeante en un mapa. Pero los científicos de Sense pueden estudiar esos puntos y sacar toda clase de información sobre esas personas. Si el punto se pasa muchas noches en el mismo barrio, Sense puede (cruzando datos del censo) calcular sus ingresos o el valor medio de su vivienda. Los puntos que pausan en paradas regulares camino del trabajo son usuarios de trenes de cercanías. Es fácil ver los que van de copas por la noche. Los que juegan al golf, los que van a la iglesia, los que duermen en distintos sitios, todos están fichados por los datos.

Esto es sólo el comienzo. Mientras el sistema de Sense sigue los movimientos de los puntos, empieza a reconocer patrones similares. Asigna a cada grupo o tribu su propio tono de color. No es posible siempre definir estas tribus, porque los patrones son seleccionados por el ordenador, no por personas. Pero ahora las tribus trascienden los tradicionales segmentos demográficos con los que se han guiado los profesionales del marketing durante décadas. En el esquema de Sense, dos gemelos idénticos podrían tener puntos de colores distintos. Después de todo, conductas similares pueden ser más determinantes que  las mismas edades o el color de piel.

¿Por qué centrarse en todos estos puntos? Supongamos que un cervecero monta una promoción exitosa en los barrios madrileños de Moncloa y Argüelles. Mirando uno de los mapas de Sense, la compañía podría rápidamente ampliar la campaña a otros barrios que estén parpadeando con los mismos puntos. O podría anunciar la promoción en líneas de autobuses que llevan viajeros del mismo colorín. Los políticos, que empiezan a usar técnicas de análisis complejos de datos para llegar a los votantes potenciales, podrían estudiar los sombreados de los puntos en sus mítines. Luego podrían buscar grupúsculos de esas mismas tribus en otro pueblo o ciudad. Un partido centrista podría encontrar que personas en barrios que habían descartado como socialistas o nacionalistas podrían mostrarse receptivas a su mensaje.

El estudio de los movimientos de las personas a través de sus teléfonos móviles es sólo el principio. Con terminales cada vez más sofisticados, entregamos más y más información sobre nuestro comportamiento a los numerati. A través de nuestras búsquedas en el móvil, los anunciantes, por ejemplo, pueden empezar a estudiar cuándo y dónde nos entran el estímulo para ir de compras o las ganas de cenar en un buen restaurante. Nokia contempla analizar a la gente a través de los sitios desde los que envían fotos. ¿Qué puede inferir una compañía sobre los que hacen fotos del palacio de Buckingham o del puente de Londres? No lo sabrán hasta que no estrujen los datos.

Al mismo tiempo que muchos se rebotan por la noción de ser seguidos a través de un punto coloreado, a otros les gusta. En febrero, Google lanzó su programa Latitude en 27 países. La aplicación permite que la gente con  terminales de gama alta comparta datos de localización con sus  amigos -y con Google-. En pocos meses, más de 25 millones de personas se han bajado la aplicación móvil de Facebook. Ésta permite que la compañía de redes sociales, que ya almacena un inmenso tesoro de información personal, estudie los movimientos  y patrones de comportamiento de una comunidad grande y creciente.

Mientras la economía global flaquea, las posibilidades de los numerati aumentan. Sus esfuerzos para ser capaces de refinar las búsquedas de los consumidores potenciales conllevan la promesa de eficiencia y menores costes. En ningún sitio es esto más evidente que en el lugar de trabajo, donde las empresas pueden  escudriñar los patrones de tecleos y de búsquedas en la web. En San Francisco, Cataphora ha desarrollado un método para evaluar a los trabajadores basándose en sus correos electrónicos. Aquellos  cuyas frases son reenviadas más a menudo a los demás son valorados como "generadores de ideas". Y aquellos que transmiten estas perlas reciben buena nota como "trabajadores sociables". En un diagrama que Cataphora preparó para una compañía  de Internet, cada trabajador es representado por un disco de color. Los discos grandes y de colores oscuros son considerados activos y eficaces. ¿Y los pequeños y claritos? Puede que sean los primeros  que se tengan en cuenta para un ERE.

El sistema de Cataphora es primitivo, y los directivos que se guíen a ciegas por él sin duda merecen sus propios pequeños discos claros. Al fin y al cabo, los mensajes más reenviados podrían ser chistes verdes o chascarrillos de la oficina. Estoy convencido de que la cuantificación del trabajador en su puesto está a la vuelta de la esquina. Los gerentes cada vez tendrán más en cuenta sus conclusiones. Y las técnicas se harán cada vez más sofisticadas.

Los investigadores del Massachusetts Institute of Technology e IBM, un referente en análisis del lugar de trabajo, estudiaron recientemente las redes sociales de varios miles de consultores de tecnología de IBM. Se dieron cuenta de que los trabajadores que mantenían mucha actividad de correo electrónico con uno solo de sus superiores traían alrededor de 1.000 dólares más de ingresos al mes que la media; aquellos con una actividad menor, pero mantenida con más de un superior, tenían peores resultados, 88 dólares menos al mes de media. Estas conclusiones no sorprenden. Pero mientras nosotros los trabajadores producimos más datos, las máquinas van a desarrollar unos análisis cada vez más precisos.

No es que los numerati no tengan que asumir grandes retos. Gran parte de los estudios sobre los empleados de IBM están basados en los mismos algoritmos que la compañía usa para mejorar las cadenas de suministro de componentes para sus clientes industriales. Pero los humanos somos distintos de las piezas de maquinaria en cosas importantes. Aprendemos, cambiamos y conspiramos cuando están en riesgo nuestros intereses. Y somos expertos en manipular los mismos sistemas diseñados para vigilarnos y controlarnos.
Para enfrentarse a esta complejidad, los numerati en IBM trabajan con equipos de antropólogos, psicólogos y lingüistas. Su objetivo es colocar a cada trabajador en la función correcta en el momento justo, con sólo el mínimo entrenamiento necesario y rodeado de colegas que lo apoyen para ser tan productivo como sea humanamente posible. Aunque suena un poco tétrico, tiene su lado positivo. Los estudios no dejan lugar a dudas de que los trabajadores de la información más felices son más productivos y se les ocurren mejores ideas. Así que algunas de las premisas para mejorar la satisfacción en el empleo tendrán que encontrar sitio en estos algoritmos de productividad.

Mientras estudiaba los distintos laboratorios de los numerati, llegué a la conclusión de que en algunas áreas, su metodología nos viene impuesta. En la oficina, claramente, muchos de nosotros vamos a ser humildes siervos de los datos. Pero en otros apartados, como citas online, mantendremos el control. Podemos decidir si queremos mandarles nuestros datos (e incluso calibrar cómo de ciertos queremos que sean).

Para un experimento, mi esposa y yo nos apuntamos a un servicio de citas online llamado Chemistry.com. Queríamos ver si podríamos dar el uno con el otro a través de los algoritmos supuestamente avanzados de la compañía. Contestamos a docenas de preguntas íntimas e intrusivas porque teníamos interés en que la máquina tuviese información veraz nuestra y que nos conociese mejor. Al final, la ruta para encontrarnos nos hizo vivir algunas aventuras incómodas (y admito que no me gustaron nada algunos pretendientes que las matemáticas seleccionaron para  mi mujer). No obstante, durante todo el proceso, dimos detalles para nuestros propios fines. Nosotros éramos los dueños de los datos.

Pero me gustaría añadir otra nota inquietante sobre aquellos hogares vigilados de Portland. Casi todo lo que hacemos -si se estudia con minuciosidad- da pistas sobre lo que ocurre en nuestras mentes. Me lo cuentan muchos investigadores. Cuando analizan los cambios en la rutina de las pisadas sobre el suelo de la cocina o el grado de seguimiento de un tratamiento médico añaden: "Esto también nos da una buena lectura cognitiva". Es una especie de dos por uno. Analiza cualquier conducta y obtienes lo que pasa en el cerebro de propina.

Y a mí, hay algo que me da verdadero miedo: se pueden sacar las mismas conclusiones analizando las palabras que escribimos.

La novelista británica Iris Murdoch padeció Alzheimer hasta su muerte en 1999. Años después, los investigadores vieron que el vocabulario de sus escritos empezó a perder su riqueza y complejidad más de una década antes de que se le diagnosticase la enfermedad. Supongo que ya pueden ir comparando estas palabras que están leyendo ahora mismo con mis escritos de los ochenta y noventa y, quizá, llegar a conclusiones parecidas sobre mí. Semana tras semana, todos nosotros agregamos correos electrónicos y otros documentos a nuestros archivos digitales; estamos dejando pistas para que se pueda investigar nuestro desarrollo cognitivo. O su declive.

Tal vez algunos quieran estar informados (tengo claro que yo, desde luego, no). Pero pongamos que le llega una oferta en el correo. ¿Permitiría que le colocasen monitores en casa por, digamos, una reducción de 100 euros al mes en el seguro de salud o en sus impuestos? ¿Y si fueran 500? Con mayor frecuencia vamos a tener que enfrentarnos a estas preguntas. Apuesto a que inicialmente muchos aceptaremos un ojo electrónico para "supervisar" a aquellos de los que nos sentimos responsables. Sí, un sensor para que nos diga cuándo la abuela de 90 años se pasa el día en la cama puede tener sentido... Y las cajas negras que las aseguradoras están probando para medir patrones de tráfico y bloquear el encendido si detectan alcohol o drogas podrán hacer que un conductor novel de 18 años siga vivo (o cuando menos, bajar el coste del seguro).

Por tanto, si la vigilancia tiene sentido para jóvenes y mayores, no pasará mucho tiempo hasta que nos encontremos rodeados de sensores. Nos espiaremos a nosotros mismos y  mandaremos informes digitales. De hecho, el proceso ya está bastante avanzado. Mire todas esas cámaras de seguridad que llevan años en nuestras calles y edificios. Para los numerati, ya estamos entregando las películas de nuestras mundanas vidas en sus laboratorios, cada día con mayor detalle.

STEPHEN BAKER 22/11/2009
Traducción de Antonio Sanz Domingo. 'Numerati', el libro de Stephen Baker, está publicado en España por Seix Barral.
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