Lunes, 17 Junio 2013 06:16

Blues orwelliano

Blues orwelliano

Nos acaban de informar que todos los que usamos teléfonos y cualquiera de los principales servicios de comunicación cibernética –o sea, casi todo correo electrónico, chat, videochat, video, llamada por Internet, documento– está potencialmente expuesto a ser espiado por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, particularmente si las comunicaciones son internacionales.

 

Nos acaban de informar que los encargados de supervisar estos programas en nombre del pueblo no estaban enterados de gran parte de este masivo aparato de vigilancia. Nos acaban de informar los gobernantes que nadie se tiene que preocupar, porque se puede confiar en que ellos hacen “lo correcto”.

 

Nos acaban de informar que los derechos a la privacidad y a la libre expresión garantizados por la Constitución y las leyes federales tienen que ser parcialmente anulados para poder defenderlos de los enemigos, aquellos que odian las libertades y los derechos que se tienen aquí.

 

Y eso que apenas nos estamos enterando de todo esto y nadie sabe qué más hay, ya que el gobierno tiene que guardar secreto en defensa de la libertad, dicen. Hasta las reglas de cómo se hace todo esto dentro de la legalidad y con pleno respeto a los derechos de los ciudadanos –lo cual aseguran el gobierno de Barack Obama y la cúpula legislativa de ambos partidos– son secretas.

 

El valiente comentarista Glenn Greenwald, de The Guardian, quien con otros colegas ha divulgado las filtraciones de Edward Snowden, el ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) que reveló los masivos programas secretos de vigilancia –algo que Daniel Ellsberg, quien filtró los célebres Papeles del Pentágono hace 40 años, consideró la “filtración más importante en la historia estadunidense”–, advirtió este fin de semana que hay mucho más y que el material publicado hasta ahora sólo es “la punta del iceberg”.

 

Las justificaciones de todo esto son las mismas desde el 11 de septiembre de 2001, aunque lo más notable ahora es que un presidente demócrata y un amplio número de legisladores demócratas que antes fueron críticos feroces de esta “intrusión” a la privacidad, cuando George W. Bush era presidente, ahora la defienden con la misma retórica de “proteger” al país del “terrorismo”.

 

El legendario periodista I.F. Stone aconsejaba a todo periodista que cubría política: “si quieres saber sobre gobiernos, todo lo que tienes que saber son tres palabras: los gobiernos mienten”.

 

Aquí, en este caso, los gobiernos, al ser revelados en sus engaños, justifican el no decir la verdad como algo necesario para defender la libertad, la transparencia y la democracia, ante la amenaza del siempre presente “enemigo”. La semana pasada, por ejemplo, el director de Inteligencia Nacional, James Clapper, admitió que en una respuesta evasiva a una pregunta directa de un senador sobre si se espiaban las comunicaciones de millones de estadunidenses, por la delicadeza del tema, ofreció la “respuesta menos no verídica posible”.

 

La opinión pública no está muy sorprendida, y las encuestas muestran reacciones mixtas; algunas revelan que la mayoría están dispuestos a ceder sus libertades a cambio de la seguridad pública y nacional, aunque otros dudan que esto sea necesario. Una encuesta de la revista Time en estos días mostró que 54 por ciento de estadunidenses opinan que Edward Snowden hizo “algo bueno”, por 30 por ciento que opina lo opuesto. Para confundir las cosas, en la misma encuesta, 53 por ciento dicen que debería ser procesado legalmente por la filtración, mientras 28 por ciento dicen que no (aunque 43 por ciento contra 41 por ciento de los jóvenes entre 18 a 34 años consideran que no debería ser penalizado). Hay un empate estadístico sobre los que aprueban los programas de vigilancia y los que no.

 


La más afectada es la credibilidad de la clase política. Pero ya poco queda de ella. En un sondeo de Gallup, la semana pasada, el Congreso estableció un récord histórico con el índice de confiabilidad más bajo: sólo 10 por ciento de estadunidenses confían en sus diputados y senadores, y hoy es la institución estadunidense menos popular en la historia del país. Es inferior al nivel de confianza del gran empresariado (22 por ciento), bancos (26 por ciento), periódicos y noticieros de televisión (23 por ciento) y sindicatos (20 por ciento), entre otros. Los que tienen más alto índice de confiabilidad son los militares, con 76 por ciento.

 

El debate que todo esto ha desatado sin duda es saludable, al demostrarse la falta de transparencia y de rendición de cuentas de un gobierno secreto cada vez más grande y poderoso. Ellsberg escribió en The Guardian la semana pasada: “decir que hay supervisión judicial es tan absurdo como hablar de la supuesta supervisión de los comités de inteligencia en el Congreso. No por primera vez –como con los temas de tortura, secuestro, detención, asesinato por drones y escuadrones de muerte– han demostrado que están completamente cooptados por las agencias a las que supuestamente vigilan”.

 

Ex altos funcionarios y agentes veteranos de inteligencia han dicho lo mismo en días recientes. En tanto, algunos comentaristas destacan la continuidad de las políticas de Bush en estos rubros, que fueron tan denunciadas.

 

Ante todo esto, el debate continúa tanto en Estados Unidos como en otros países. Gobiernos europeos y agrupaciones civiles y políticas asiáticas han pedido aclaraciones al gobierno estadunidense sobre el alcance y la legalidad de su proclamado derecho de escuchar y espiar a cualquiera en el planeta. Sin embargo, por ahora no hay mucha reacción en México o el resto de América Latina, donde todos tendrían que suponer que sus comunicaciones privadas cibernéticas son sujetas a la vigilancia secreta de Washington. ¿Tiene Estados Unidos ese derecho? ¿Tiene permiso, o incluso cooperación de otros gobiernos? ¿Los ciudadanos están enterados?

 

Si esto no es suficiente como para provocar un cambio y recordar que el demos es el que finalmente tiene que vigilar a su gobierno para que éste pueda llamarse democrático, todo lo revelado quedara sólo como la letra de un blues orwelliano.

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Ex empleado de la CIA filtró los programas de espionaje de EU

La fuente responsable de una de las filtraciones más dramáticas en la historia política de Estados Unidos que hoy sacude a Washington, reveló su identidad, y dijo que su acción fue en defensa de los derechos de privacidad y libre expresión ante el abuso de un “estado de vigilancia”. Afirmó: “no quiero vivir en una sociedad que hace este tipo de cosas”, e indicó que considera buscar asilo en un país que defienda la libertad de expresión.

 

Poco menos de 24 horas después de que el director de Inteligencia Nacional, James Clapper, anunció que el Departamento de Justicia había iniciado una investigación sobre quién filtró la información sobre programas secretos de espionaje de comunicaciones telefónicas y cibernéticas, el responsable apareció con nombre y apellido, por decisión propia, en The Guardian y el Washington Post, para asumir responsabilidad y dejar claro sus motivaciones.

 

Edward Snowden, de 29 años, ex asistente técnico de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y actualmente empleado de la contratista militar privada Booz Allen Hamilton, ha estado trabajando en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) como empleado de varios contratistas privados.

 

Snowden, en entrevista con The Guardian, subrayó que lo que más desea es que su filtración sobre programas de vigilancia de comunicaciones de millones de personas detone un debate “entre ciudadanos de todo el orbe sobre en qué tipo de mundo deseamos vivir”, y agregó que “mi único motivo es informar al público sobre aquello que se hace en su nombre y aquello que se hace en su contra”.

 

En entrevista con el Washington Post, denunció la vigilancia sistemática de ciudadanos inocentes y aseguró que su decisión de filtrar la información fue, en parte, porque “es importante enviar un mensaje al gobierno de que la gente no será intimidada”.

 

La filtración de Snowden a The Guardian y el Washington Post la semana pasada, reveló programas secretos de la NSA enfocados en rastrear los registros de llamadas telefónicas de millones de clientes de la empresa Verizon, y otro, conocido como PRISM, que da acceso al contenido de comunicaciones cibernéticas de los clientes de nueve de las principales empresas de Internet en el mundo (Microsoft, Google, Yahoo, Skype, entre otras).

 

La filtración sacudió la Casa Blanca y ha detonado un debate sobre los alcances del aparato de inteligencia estadunidense y las libertades civiles.

 

En su primera entrega de información de la NSA –una de las agencias de inteligencia más grandes y secretas del mundo– al Guardian, Snowden incluyó una nota escrita que decía: “entiendo que me harán sufrir por mis acciones”, pero “estaré satisfecho si la federación de leyes secretas… y poderes ejecutivos irresistibles que mandan en este mundo que tanto amo, son revelados aun por un instante”, informó el diario británico.

 

Durante la entrevista con el rotativo en un hotel de lujo en Hong Kong, adonde viajó desde hace tres semanas para preparar la filtración, Snowden comentó que nunca pensó en mantenerse anónimo “porque no he hecho nada malo”. Y aunque decidió identificarse, le dijo al Guardian: “no quiero la atención pública porque no quiero que la noticia sea acerca de mí. Quiero que sea sobre lo que está haciendo el gobierno de Estados Unidos”. Sin embargo, reconoció que “a los medios les gusta personalizar los debates políticos, y sé que el gobierno me demonizará”.

 

En la entrevista con el Post, Snowden agregó: “no me voy a esconder. Permitir que el gobierno de Estados Unidos intimide a su pueblo con amenazas de represalias por revelar fechorías es contrario al interés público”.

 


Indicó que ha tenido una vida muy cómoda, con un salario de alrededor de 200 mil dólares anuales, una novia con quien comparte casa en Hawaii, una carrera estable y una familia que ama. “Estoy dispuesto a sacrificar todo eso porque no puedo, en buena conciencia, permitir que el gobierno de Estados Unidos destruya la privacidad, la libertad de Internet y las libertades básicas de la población mundial con esta masiva maquinaria de vigilancia que está construyendo secretamente”, comentó al Guardian.

 

El rotativo británico señala que Snowden conoce muy bien, por su trabajo en el mundo de inteligencia durante casi una década, el poder y las capacidades del gobierno estadunidense. “Todas mis opciones son malas”, comentó al rotativo, al señalar que Estados Unidos podría iniciar un proceso de extradición en su contra, y no descarta que podría ser secuestrado por el gobierno estadunidense, e incluso podría ser una tarea encargada a “terceros”. Comentó que será una preocupación “con la que tendré que vivir el resto de mi vida…”

 

Pronosticó que el gobierno anunciará una investigación y que lo acusarán de violar la Ley de Espionaje y de que “ayudé a nuestros enemigos, pero eso se puede utilizar contra cualquiera que señale qué tan masivo e invasivo se ha vuelto el sistema”.

 

Sin embargo, ante la posibilidad de que el gobierno proceda penalmente contra él, como lo hecho contra un número sin precedente de whistleblowers (filtradores motivados por el bien público y para denunciar abusos o actos ilegales) en la historia del país, afirmó: “no tengo miedo porque fue mi decisión”.

 

En comentarios al Post, Snowden indicó: “tengo la intención de solicitar asilo en países que creen en la libertad de expresión y se oponen a la victimización de la privacidad global”. Su preferencia es Islandia por su reputación como campeón de la libertad de Internet, dijo al Guardian.

 

Snowden describió su carrera, desde su ingreso al ejército estadunidense, en 2003, por creer que la misión de la guerra en Irak era la liberación de un pueblo, y después su ascenso en el mundo de inteligencia, de guardia de seguridad a experto en computación en la CIA y la NSA hoy día. Desilusionado con la manera de operar de estas agencias en la era de George W. Bush, creyó que con la elección de Barack Obama habría reformas, pero sólo ha visto lo opuesto. Dijo que aprendió que “no puedes esperar a que alguien mas actúe. Había estado buscando líderes, pero me di cuenta que el liderazgo tiene que ver con quién es el primero en actuar”.

 

Snowden comentó que admira a Daniel Ellsberg, quien filtró los célebres Papeles del Pentágono durante la guerra de Vietnam, y a Bradley Manning, el soldado que enfrenta una corte marcial (por cierto, en un tribunal militar en el Fuerte Meade, sede también de la NSA) por la mayor filtración de documentos secretos en la historia del país, que arrancó la semana pasada.

 

Pero indicó al Guardian que había una diferencia importante entre él y el soldado, ya que Snowden dijo que evaluó cuidadosamente cada documento para asegurarse de que “cada uno era legítimamente de interés público”, ya que tenía acceso a mucho más que no filtró “porque mi meta es la transparencia, no hacer daño a la gente”.

 

Ahora, dijo al Post, sus acciones ya han tenido impacto, la sociedad ya se enteró de qué “tan mal están las cosas y ahora tiene el poder de decidir por sí misma si está dispuesta a sacrificar su privacidad al estado de vigilancia”.

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Martes, 21 Septiembre 2010 06:42

Tu intimidad está en venta

¿Se ha leído los términos del contrato de su red social favorita? ¿Le importaría que esa web supiese más de usted a cambio de que siguiese siendo gratis en el futuro? Con la respuesta a estas dos preguntas, las grandes empresas de contenido online y las agencias de publicidad están haciendo números. A través de un estudio presentado la semana pasada en Bruselas por IAB, la patronal europea de los anunciantes, las empresas que ofrecen servicios y contenido en línea pidieron a la Comisión Europea y los países de la UE que les permitan explotar comercialmente y sin trabas toda la información que recopilan de los internautas. Desde el lugar de vacaciones expresado en un comentario en una red social hasta la lista de la compra escrita en un correo electrónico; cualquier dato sirve para hacer negocio.

Según el informe, elaborado por la consultora McKinsey, en este momento el sector publicitario online está dejando de ganar 80.000 millones al año en los 23 países del mundo con el acceso mayoritario a la banda ancha, una cifra que se multiplicará en los próximos años. Para ellos, la red es demasiado barata, ya que "de media los hogares pagan 30 euros por una conexión de 5 Mbps (megabits por segundo), pero la mayoría de las aplicaciones y servicios de internet se ofrecen sin coste adicional".

El estudio asegura que un 80% de los internautas valora sobre todo que los servicios a los que accede sean gratuitos, mientras que sólo un 20% se declara dispuesto a pagar para evitar la publicidad. Según Jacques Bughin, socio de McKinsey y responsable del estudio, "el valor de los servicios es mucho más grande que la preocupación por la privacidad". Con esos datos, el mensaje de la industria, que comprende a buscadores como Google, proveedoras de internet como Orange o empresas de comunicación como Prisa, es sencillo: es necesario empezar a rentabilizar mejor las webs que ya existen porque sólo una minoría está dispuesta a pagar para que no le moleste la publicidad. La vía más rápida es conocer hasta el último detalle del usuario para que el negocio de la publicidad online deje de ser una promesa. Del usuario sólo se requiere que siga navegando mientras sus gustos se transforman en anuncios personalizados.

Sin embargo, los intereses de esta coalición de industrias (publicitaria, de servicios online y de contenidos) pueden chocar con uno de los derechos fundamentales más básicos: el de la privacidad.

La comisaria europea de Telecomunicaciones, Neelie Kroes, estuvo presente en el debate y se vio obligada a advertir a las compañías de que la UE podría endurecer la legislación actual si la industria juega sucio. Es decir, si sigue espiando al usuario hasta trazar un perfil completo de sus gustos e intereses contra su deseo expreso o sin más información que una advertencia perdida en un kilométrico contrato de uso. Kroes denunció que es algo "que sucede, por desgracia" y que merece "una clara condena por parte de ustedes [la industria publicitaria]" al tratarse de "prácticas ilegales".

La cuestión de las 'cookies'

Instalar en el ordenador del usuario cookies o programas chivatos que informan a las páginas web de la navegación del usuario por la red es legal. Estos archivos, que sirven en algunos casos para recordar las claves de acceso a una cuenta, tienen un alto valor económico para los anunciantes. Tanto la legislación europea como la española obligan de momento a la industria a informar al usuario de que esa recolección de gustos, hábitos o actividades online está teniendo lugar. Camuflar cookies o instalarlas a pesar de que el internauta esté en contra es, según Bruselas, una práctica ilegal. Sin embargo, hasta ahora no ha habido denuncias suficientes ni en España ni en la UE que hayan desembocado en una decisión judicial firme.

Según el Ejecutivo comunitario, "el usuario se preocupa cuando siente que todos sus movimientos en la red son observados, especialmente cuando él no tiene idea de lo que sucede". La comisaria sugiere que esa desconfianza, un efecto claro de la falta de transparencia de estas empresas, es la causante de que "sólo un 12% de los europeos confíe plenamente en las transacciones online". Según ella, hacer más sofisticada y efectiva la publicidad en internet podría desembocar en "un tiro en el pie"; la desconfianza amenazaría de muerte al incipiente comercio online. Por su parte, la industria defiende la autorregulación, ya que en palabras del director general del gigante publicitario WPP, Martin Sorrell, "imponer reglas ni ha funcionado ni funcionará".

De momento, Bruselas se muestra dispuesta a aceptar que el sector de la publicidad online se autorregule. A cambio, le pide "transparencia de verdad", que permita a los usuarios conocer si "alguna actividad de publicidad dirigida está teniendo lugar". Kroes, que vigilará que los 27 armonicen sus regulaciones, pide "el consentimiento" del usuario para que se rastreen sus hábitos y que la industria deje de camuflar los términos de privacidad en largos contratos de los cuales el usuario medio sólo lee un botón: "acepto".

Por DANIEL BASTEIRO Bruselas 21/09/2010 08:00
 
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Martes, 21 Septiembre 2010 06:32

Dime dónde estás y te diré todo lo demás

Cuando hace unos días Facebook presentó la aplicación Places (lugares) –que permite saber el lugar donde se encuentra un usuario de la red social– lo primero que publicaron los organismos defensores de la privacidad fueron consejos para “desconectarlo”. No por apocalípticos, sino porque, se sabe, la política de privacidad de la red social más grande del planeta creada por Mark Zuckerberg, que ya tiene 500 millones de usuarios, ha sido expresamente confusa desde sus inicios. Para Zuckerberg, claro, todo debería ser público. De hecho, las actualizaciones realizadas a través de los años parecieran haber tenido siempre la intención de marear al usuario con opciones cada vez más complejas. Según el Electronic Privacy Information Center, “la configuración por defecto de Places viola la privacidad en una larga lista de formas, y no es inmediatamente clara para los usuarios”. Por ahora, el servicio sólo está disponible en Estados Unidos y no se sabe cuándo será liberado para Sudamérica.

Hasta ahora, las aplicaciones de geolocación (que permiten saber dónde están los usuarios) que explotaron por los teléfonos inteligentes han permitido mantener un grado más o menos consciente de privacidad, ya que –en principio– se trata de servicios que los usuarios deciden instalar por su cuenta: Foursquare, por ejemplo, es una aplicación para móviles que permite encontrarse con amigos y descubrir lugares, la red social Twitter tiene una opción de “Location”, la red Weegoh también permite ubicar a personas conocidas, la agenda Tasktopía cambia de “cosas para hacer” según el lugar donde se encuentra el usuario. Incluso, la geolocación es usada en algunos teléfonos de Motorola con la aplicación Blur, que les permite a los usuarios saber dónde se encuentra el teléfono en caso de robo, y permite borrar los datos de la agenda a distancia.

Pero la gran diferencia con Places de Facebook (basada en Foursquare) es que la base de datos de usuarios preexiste a la intención de estos usuarios de usar la geolocación, y su configuración viene por defecto “encendida”. Hay dos críticas centrales a la configuración inicial de Places: por un lado, un usuario que no ha autorizado el uso de Places puede ser taggeado (marcado) en una foto por otro usuario que sí usa la aplicación. Y las empresas pueden acceder a los lugares “descubiertos” por otros usuarios, aunque lo haga de forma “privada”. “Tus ‘amigos’ pueden postear en un mapa dónde estás, sin tu permiso”, contó Bridget Carey en el Miami Herald.

Así, los primeros informes de los medios estuvieron dedicados a dar instrucciones para borrar los permisos de la aplicación, antes que difundir la noticia del Facebook Places. Mientras Foursquare maneja una política de estímulos para convertir a los usuarios que más visitan un lugar en majors del lugar, lo de Facebook Places se mete en el uso cotidiano –sobre todo las capas jóvenes– que convive con Facebook como una extensión de su vida.

Sin embargo, el uso de la “geolocación” todavía no es demasiado aceptado por el usuario promedio en Estados Unidos. Aunque Google, Foursquare, Gowalla, Shopckick y Facebook ofrecen habitualmente servicios vinculados al reporte físico de los usuarios y aunque según la National Venture Capital Association se han invertido cerca de 115 millones en start-ups vinculadas a la geolocación, sólo el 4 por ciento de los estadounidenses ha usado algún servicio basado en geolocación y menos del uno por ciento lo usa semanalmente, según la consultora Forrester Research. Hasta ahora, Foursquare tenía “apenas” cuatro millones de usuarios. Apenas un puñado, si se comparan con los 145 millones de Twitter, y mucho menos con los 500 millones de Facebook.

De allí que el salto exponencial que producirá la llegada de Facebook Places a todo el planeta ha puesto en emergencia a las ONG dedicadas a la privacidad. Los creadores del sitio PleaseRobMe.com han llevado la idea al paroxismo: el sitio permitía (fue discontinuado) seguir a un usuario que comparte información on line para saber cuándo puede ser “robado”. “El peligro es decirle a todo el mundo dónde está uno. Si le decimos a todo el mundo cuándo y dónde nos vamos de vacaciones, le estamos diciendo a todo el mundo que no estamos en casa”, dicen. Hasta hace poco, el sitio hacía un seguimiento en vivo de Foursquare junto a información de Twitter para detectar cuándo un usuario no estaba, y avisaba sobre las “oportunidades” para robar una casa. “Nuestra intención jamás fue hacer que alguien sea robado, sino alertar sobre el problema de la privacidad”, reza el sitio. La realidad no tarda en llegar: la semana pasada una banda de ladrones electrónicos fue desarmada en New Hampshire, usando una técnica similar a través de Facebook.

La Electronic Frontier Foundation lanzó una guía de alerta para que se mejoren las aplicaciones basadas en la locación. “La criptografía ofrece formas de no dejar rastros del lugar donde uno está y aun así poder usar aplicaciones de geolocación. Los ingenieros deberían trabajar para mejorar la privacidad”, dicen. Otro emprendimiento para mejorar cuestiones de la privacidad es Diaspora, la red social de código abierto, que liberó su código a la comunidad la semana pasada, pero que ha dicho que usará un sistema de encriptación y permitirá al usuario tener control total sobre los datos. Lo más irónico es que, enterado de la nueva empresa, el fundador de Facebook donó 150 mil dólares.

Por Mariano Blejman
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Lunes, 23 Noviembre 2009 09:17

Nos vigilan

Ahí fuera hay un 'Gran Hermano' que lo sabe todo sobre nosotros. Quizá George Orwell tuviera razón. Nos adentramos en un mundo vigilado y medido. Varios miles de ingenieros, matemáticos e informáticos rastrean y manejan la información que generamos a cada instante. Una llamada con el móvil, un pago con tarjeta de crédito, un 'click' en Internet... datos valiosísimos para un imperio de recopiladores que trabajan para empresas, Gobiernos y partidos políticos. Cientos de miles de ojos pueden adivinar nuestros gustos, nuestras aficiones y hasta nuestras pasiones. No estamos tan solos como pensamos frente al ordenador.

¿Dónde se encuentra el límite de la privacidad? ¿Hasta qué punto es lícito tener acceso a determinada información? ¿Es posible que hoy alguien no sepa absolutamente nada sobre usted? Stephen Baker, autor del libro 'numerati', publicado en España por Seix Barral, narra en este texto exclusivo para 'El País Semanal' las entrañas de un universo opaco formado por misteriosos personajes que ponen en jaque a legisladores de ambos lados del Atlántico. Los llamados 'numerati' controlan hasta nuestros pasos. Y están dispuestos a escribir el guión de nuestras vidas.

El actor norteamericano Michael J Fox padece de Parkinson. Cuando los investigadores clínicos repasan ahora sus programas de televisión de los noventa, mucho antes de que se le diagnosticase la enfermedad, pueden detectar cambios sutiles en su voz y su forma de andar. El actor, sin quererlo, nos presenta el caso perfecto para poder estudiar su comportamiento, ya que ha pasado gran parte de su vida delante de las cámaras. Pero hoy en día no resulta tan distinto del resto de los mortales. Imprevisiblemente, nos adentramos todos en un mundo vigilado y medido.

En Portland, la ciudad más poblada  del Estado de Oregón, tenemos ya una muestra de lo que se nos puede  venir encima. Allí, centenares de personas mayores han invitado a Intel Corp, el fabricante de semiconductores, a colocar sensores en sus hogares. Esta maquinaria realiza mapas de sus movimientos en sus casas y calcula la media de sus pasos. Registra el tono de sus voces y el tiempo que tardan en reconocer a un amigo o pariente al teléfono.  Los sensores debajo de sus colchones no sólo toman nota del peso y de sus vueltas en la cama, también de sus paseos al baño. El cepillado de dientes, las visitas a la nevera a medianoche... Todo queda registrado, y todo viaja a través de Internet a los ordenadores de Intel.

Con este acopio de información, los científicos de Intel están desarrollando  lo que ellos llaman  los puntos de partida de comportamiento de cada hogar. Cualquier desviación de las normas es señal de que algo puede estar fallando. La investigación está en sus albores. Pero, con el tiempo, esperan  programar  los ordenadores para que sean capaces de reconocer  los patrones de las enfermedades desde los primeros estadios de Parkinson o Alzheimer. Confían en que eventualmente se podrán reemplazar enfermeras  bien retribuidas mediante artilugios de vigilancia cada vez más baratos -sin mermar la calidad de vida de los pacientes-.

Mientras se desarrolla ese escenario, una nueva casta de profesionales despunta. Éstos no son médicos ni enfermeras, pero sí especialistas en encontrar patrones significativos entre las cada vez mayores montañas de datos digitales. Les llamo los numerati. Son ingenieros, matemáticos, o informáticos, y están cribando  toda la información que producimos en casi todas las situaciones de nuestras vidas. Los numerati estudian las páginas web que visitamos, los alimentos que compramos, nuestros desplazamientos con nuestros teléfonos móviles. Para ellos, nuestros registros digitales crean un  enorme y complejo laboratorio del comportamiento humano. Tienen las claves para pronosticar los productos o servicios que podríamos comprar, los anuncios de la web en que haremos click, qué enfermedades nos  amenazarán en el futuro y hasta si tendremos inclinaciones -basadas puramente en análisis estadísticos- a colocarnos una bomba bajo el abrigo y subir a un autobús. El publicista Dave Morgan es uno de ellos. Desde su empresa Tacoda, ubicada en Nueva York, ha contratado a estadísticos para rastrear nuestras correrías por la Red y predecir nuestros pasos. La misma tarde que conversé con él vendió su empresa por más de 200 millones de dólares.
No es fácil determinar el número total de numerati, pero a un alto nivel existen varios miles de personas que realizan estas tareas. Y están orgullosos de lo que hacen. Creen que sirve para curarnos, para encontrar amigos, para conocer amantes. Muchos de ellos trabajan en universidades y empresas privadas.

Intercambian información en congresos y conferencias. Si bien no puede hablarse estrictamente de una especie de mafia matemática, una parte importante de ellos lleva a cabo estas actividades de manera coordinada. Estados Unidos es su tierra prometida. En Europa, en cambio, regulaciones más estrictas dificultan su tarea, sobre todo en países como Alemania y Francia.

Quiero dejar muy claro desde el principio que esta ciencia, basada en la estadística, determina solamente la probabilidad. No puede predecir con certeza el comportamiento de un individuo. Por eso, los numerati empiezan a proliferar en sectores en los que se pueden cometer errores  de forma regular sin causarse (o causarnos) problemas. La publicidad y el marketing son sus campos de pruebas, y Google, una compañía que resuelve nuestras búsquedas con  escalofriante aproximación en nanosegundos, es el primer emperador del reino.

Llevo meses dando conferencias sobre los numerati por Norteamérica y, cuando describo sus averiguaciones sobre lo que llevamos en nuestros carritos de compra o lo que tenemos en los botiquines de casa, observo que la gente empieza a menearse en sus asientos y a hablar en voz baja con los de al lado. Les preocupa el asalto a la privacidad y les alarma saber que Yahoo! captura una media mensual de 2.500 datos sobre cada uno de sus 250 millones de usuarios. Al final de las conferencias, alguien suele preguntar si podemos hacer algo para protegernos de los inquisitivos numerati.  

Esta creciente preocupación está empujando a políticos y legisladores a ambos lados del Atlántico para poner freno a una forma de marketing por Internet conocida como targeting del comportamiento. Están implicadas compañías como Yahoo! y Google y cientos de pequeñas empresas de publicidad. Llegan a  acuerdos con editores, incluyendo los principales periódicos y revistas, para colocar a cada visitante un código informático identificador conocido como una cookie (galleta). Esto les permite seguir muchos de nuestros movimientos por la web. La mayoría de estas compañías ni siquiera se molestan en conseguir nuestros nombres y direcciones (seguramente eso les daría problemas con las autoridades de protección de datos). Nuestros patrones  de navegación les son suficientes. Un madrileño que lee un artículo sobre París y consulta los precios sobre un tinto de Burdeos tendrá más probabilidades que los demás usuarios, según decide un programa automatizado, de hacer click en un anuncio de Air France. Así que le colocan uno mientras navega por la Red.

Aquellos preocupados con la privacidad pueden borrar las cookies de forma periódica, o incluso dar instrucciones a su ordenador de que no las acepte. Al hacer esto, están optando a no ser tratados como una persona conocida, sino como un punto negro intercambiable. Eso es lo que millones de nosotros hemos sido durante décadas en centros comerciales y supermercados y en las aceras de las grandes ciudades: virtualmente indistinguibles de los demás. Muchos lo asociamos con la privacidad.

Sin embargo, no todo el mundo comparte la misma opinión. Ni de lejos. Sentados uno al lado del otro entre el público, algunos están tan preocupados con la privacidad, que juran "salirse de la pantalla". Pero hay muchos otros que publican los detalles más íntimos de sus vidas en Facebook, MySpace, Tuenti y en las ráfagas de 140 caracteres de Twitter. Mucha de esta gente no tiene inconveniente en contestar encuestas en sitios web de libros, cine o citas. Quieren sistemas automatizados que les conozcan mejor para poder recibir un servicio personalizado o ampliar sus conocimientos de obras de creadores que les son desconocidos.

Hay un foso divisorio entre aquellos que quieren que las máquinas estén informadas y sean inteligentes y los que prefieren que se queden en la oscuridad. Así que la línea divisoria sobre privacidad no es entre los numerati y el resto de la humanidad; existe  (y se hace cada vez más ancha) entre las personas que tienen diferente opinión sobre ese tratamiento de la  acumulación de datos personales. Como sociedades, no tenemos claro todavía qué papel deben tener las máquinas que cada vez más van a ayudar a gestionar nuestras vidas.

También hay algo evidente. Las cantidades de datos digitales que producimos continuarán creciendo exponencialmente. Y si está usted preocupado con la publicidad que estudia su conducta cuando navega por la Red, ya está viviendo un adelanto de lo que se nos viene encima. Veamos Sense Networks. Es una pequeña y joven compañía startup en Nueva York que estudia los senderos que vamos dibujando mientras nos movemos con nuestros teléfonos móviles. En los ordenadores de Sense, cada uno de los millones de personas que rastrean no es más que un puntito parpadeante en un mapa. Pero los científicos de Sense pueden estudiar esos puntos y sacar toda clase de información sobre esas personas. Si el punto se pasa muchas noches en el mismo barrio, Sense puede (cruzando datos del censo) calcular sus ingresos o el valor medio de su vivienda. Los puntos que pausan en paradas regulares camino del trabajo son usuarios de trenes de cercanías. Es fácil ver los que van de copas por la noche. Los que juegan al golf, los que van a la iglesia, los que duermen en distintos sitios, todos están fichados por los datos.

Esto es sólo el comienzo. Mientras el sistema de Sense sigue los movimientos de los puntos, empieza a reconocer patrones similares. Asigna a cada grupo o tribu su propio tono de color. No es posible siempre definir estas tribus, porque los patrones son seleccionados por el ordenador, no por personas. Pero ahora las tribus trascienden los tradicionales segmentos demográficos con los que se han guiado los profesionales del marketing durante décadas. En el esquema de Sense, dos gemelos idénticos podrían tener puntos de colores distintos. Después de todo, conductas similares pueden ser más determinantes que  las mismas edades o el color de piel.

¿Por qué centrarse en todos estos puntos? Supongamos que un cervecero monta una promoción exitosa en los barrios madrileños de Moncloa y Argüelles. Mirando uno de los mapas de Sense, la compañía podría rápidamente ampliar la campaña a otros barrios que estén parpadeando con los mismos puntos. O podría anunciar la promoción en líneas de autobuses que llevan viajeros del mismo colorín. Los políticos, que empiezan a usar técnicas de análisis complejos de datos para llegar a los votantes potenciales, podrían estudiar los sombreados de los puntos en sus mítines. Luego podrían buscar grupúsculos de esas mismas tribus en otro pueblo o ciudad. Un partido centrista podría encontrar que personas en barrios que habían descartado como socialistas o nacionalistas podrían mostrarse receptivas a su mensaje.

El estudio de los movimientos de las personas a través de sus teléfonos móviles es sólo el principio. Con terminales cada vez más sofisticados, entregamos más y más información sobre nuestro comportamiento a los numerati. A través de nuestras búsquedas en el móvil, los anunciantes, por ejemplo, pueden empezar a estudiar cuándo y dónde nos entran el estímulo para ir de compras o las ganas de cenar en un buen restaurante. Nokia contempla analizar a la gente a través de los sitios desde los que envían fotos. ¿Qué puede inferir una compañía sobre los que hacen fotos del palacio de Buckingham o del puente de Londres? No lo sabrán hasta que no estrujen los datos.

Al mismo tiempo que muchos se rebotan por la noción de ser seguidos a través de un punto coloreado, a otros les gusta. En febrero, Google lanzó su programa Latitude en 27 países. La aplicación permite que la gente con  terminales de gama alta comparta datos de localización con sus  amigos -y con Google-. En pocos meses, más de 25 millones de personas se han bajado la aplicación móvil de Facebook. Ésta permite que la compañía de redes sociales, que ya almacena un inmenso tesoro de información personal, estudie los movimientos  y patrones de comportamiento de una comunidad grande y creciente.

Mientras la economía global flaquea, las posibilidades de los numerati aumentan. Sus esfuerzos para ser capaces de refinar las búsquedas de los consumidores potenciales conllevan la promesa de eficiencia y menores costes. En ningún sitio es esto más evidente que en el lugar de trabajo, donde las empresas pueden  escudriñar los patrones de tecleos y de búsquedas en la web. En San Francisco, Cataphora ha desarrollado un método para evaluar a los trabajadores basándose en sus correos electrónicos. Aquellos  cuyas frases son reenviadas más a menudo a los demás son valorados como "generadores de ideas". Y aquellos que transmiten estas perlas reciben buena nota como "trabajadores sociables". En un diagrama que Cataphora preparó para una compañía  de Internet, cada trabajador es representado por un disco de color. Los discos grandes y de colores oscuros son considerados activos y eficaces. ¿Y los pequeños y claritos? Puede que sean los primeros  que se tengan en cuenta para un ERE.

El sistema de Cataphora es primitivo, y los directivos que se guíen a ciegas por él sin duda merecen sus propios pequeños discos claros. Al fin y al cabo, los mensajes más reenviados podrían ser chistes verdes o chascarrillos de la oficina. Estoy convencido de que la cuantificación del trabajador en su puesto está a la vuelta de la esquina. Los gerentes cada vez tendrán más en cuenta sus conclusiones. Y las técnicas se harán cada vez más sofisticadas.

Los investigadores del Massachusetts Institute of Technology e IBM, un referente en análisis del lugar de trabajo, estudiaron recientemente las redes sociales de varios miles de consultores de tecnología de IBM. Se dieron cuenta de que los trabajadores que mantenían mucha actividad de correo electrónico con uno solo de sus superiores traían alrededor de 1.000 dólares más de ingresos al mes que la media; aquellos con una actividad menor, pero mantenida con más de un superior, tenían peores resultados, 88 dólares menos al mes de media. Estas conclusiones no sorprenden. Pero mientras nosotros los trabajadores producimos más datos, las máquinas van a desarrollar unos análisis cada vez más precisos.

No es que los numerati no tengan que asumir grandes retos. Gran parte de los estudios sobre los empleados de IBM están basados en los mismos algoritmos que la compañía usa para mejorar las cadenas de suministro de componentes para sus clientes industriales. Pero los humanos somos distintos de las piezas de maquinaria en cosas importantes. Aprendemos, cambiamos y conspiramos cuando están en riesgo nuestros intereses. Y somos expertos en manipular los mismos sistemas diseñados para vigilarnos y controlarnos.
Para enfrentarse a esta complejidad, los numerati en IBM trabajan con equipos de antropólogos, psicólogos y lingüistas. Su objetivo es colocar a cada trabajador en la función correcta en el momento justo, con sólo el mínimo entrenamiento necesario y rodeado de colegas que lo apoyen para ser tan productivo como sea humanamente posible. Aunque suena un poco tétrico, tiene su lado positivo. Los estudios no dejan lugar a dudas de que los trabajadores de la información más felices son más productivos y se les ocurren mejores ideas. Así que algunas de las premisas para mejorar la satisfacción en el empleo tendrán que encontrar sitio en estos algoritmos de productividad.

Mientras estudiaba los distintos laboratorios de los numerati, llegué a la conclusión de que en algunas áreas, su metodología nos viene impuesta. En la oficina, claramente, muchos de nosotros vamos a ser humildes siervos de los datos. Pero en otros apartados, como citas online, mantendremos el control. Podemos decidir si queremos mandarles nuestros datos (e incluso calibrar cómo de ciertos queremos que sean).

Para un experimento, mi esposa y yo nos apuntamos a un servicio de citas online llamado Chemistry.com. Queríamos ver si podríamos dar el uno con el otro a través de los algoritmos supuestamente avanzados de la compañía. Contestamos a docenas de preguntas íntimas e intrusivas porque teníamos interés en que la máquina tuviese información veraz nuestra y que nos conociese mejor. Al final, la ruta para encontrarnos nos hizo vivir algunas aventuras incómodas (y admito que no me gustaron nada algunos pretendientes que las matemáticas seleccionaron para  mi mujer). No obstante, durante todo el proceso, dimos detalles para nuestros propios fines. Nosotros éramos los dueños de los datos.

Pero me gustaría añadir otra nota inquietante sobre aquellos hogares vigilados de Portland. Casi todo lo que hacemos -si se estudia con minuciosidad- da pistas sobre lo que ocurre en nuestras mentes. Me lo cuentan muchos investigadores. Cuando analizan los cambios en la rutina de las pisadas sobre el suelo de la cocina o el grado de seguimiento de un tratamiento médico añaden: "Esto también nos da una buena lectura cognitiva". Es una especie de dos por uno. Analiza cualquier conducta y obtienes lo que pasa en el cerebro de propina.

Y a mí, hay algo que me da verdadero miedo: se pueden sacar las mismas conclusiones analizando las palabras que escribimos.

La novelista británica Iris Murdoch padeció Alzheimer hasta su muerte en 1999. Años después, los investigadores vieron que el vocabulario de sus escritos empezó a perder su riqueza y complejidad más de una década antes de que se le diagnosticase la enfermedad. Supongo que ya pueden ir comparando estas palabras que están leyendo ahora mismo con mis escritos de los ochenta y noventa y, quizá, llegar a conclusiones parecidas sobre mí. Semana tras semana, todos nosotros agregamos correos electrónicos y otros documentos a nuestros archivos digitales; estamos dejando pistas para que se pueda investigar nuestro desarrollo cognitivo. O su declive.

Tal vez algunos quieran estar informados (tengo claro que yo, desde luego, no). Pero pongamos que le llega una oferta en el correo. ¿Permitiría que le colocasen monitores en casa por, digamos, una reducción de 100 euros al mes en el seguro de salud o en sus impuestos? ¿Y si fueran 500? Con mayor frecuencia vamos a tener que enfrentarnos a estas preguntas. Apuesto a que inicialmente muchos aceptaremos un ojo electrónico para "supervisar" a aquellos de los que nos sentimos responsables. Sí, un sensor para que nos diga cuándo la abuela de 90 años se pasa el día en la cama puede tener sentido... Y las cajas negras que las aseguradoras están probando para medir patrones de tráfico y bloquear el encendido si detectan alcohol o drogas podrán hacer que un conductor novel de 18 años siga vivo (o cuando menos, bajar el coste del seguro).

Por tanto, si la vigilancia tiene sentido para jóvenes y mayores, no pasará mucho tiempo hasta que nos encontremos rodeados de sensores. Nos espiaremos a nosotros mismos y  mandaremos informes digitales. De hecho, el proceso ya está bastante avanzado. Mire todas esas cámaras de seguridad que llevan años en nuestras calles y edificios. Para los numerati, ya estamos entregando las películas de nuestras mundanas vidas en sus laboratorios, cada día con mayor detalle.

STEPHEN BAKER 22/11/2009
Traducción de Antonio Sanz Domingo. 'Numerati', el libro de Stephen Baker, está publicado en España por Seix Barral.
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Domingo, 01 Noviembre 2009 10:29

Leonard Kleinrock> "La intimidad ha muerto"

Sólo tres letras cambiaron su vida y la del resto del mundo. El 29 de octubre de 1969, Leonard Kleinrock consiguió enviar las letras "LOG" (de login) desde su ordenador en la universidad de UCLA a otra computadora, situada a 400 kilómetros de distancia, dando lugar a lo que hoy conocemos como Internet. Cuando se cumplen 40 años de la hazaña, este apasionado de la ciencia recibe a Público para recordar los primeros pasos de la Red y debatir sobre el futuro. A sus 75 años, Míster Internet está en plena forma y promete una nueva revolución antes de retirarse definitivamente.

¿Tuvo en algún momento conciencia de lo que su idea supondría para el futuro?

Antes de que Internet existiera, anticipé cómo sería y qué uso tendría. En un artículo predije las utilidades de la Red, que sería tan fácil de usar como la electricidad, que sería invisible y accesible desde cualquier aparato. De lo que no tenía ni idea es de que hasta mi madre, a sus 99 años, podría estar conectada. No predije su lado social.

Se podría decir que usted tuvo el honor de escribir el primer correo electrónico.

No fue un e-mail al uso, pero sí el primer mensaje a través de Internet. Pero no fuimos conscientes de su importancia. No había nadie con quien celebrarlo, ni siquiera teníamos un gran mensaje que enviar. Si piensa en gente como Samuel Morse, Graham Bell o Neil Armstrong, ellos sí sabían de relaciones públicas. Tenían cámaras, grabadoras y todo lo necesario para dejar constancia de su descubrimiento. Nosotros sólo fuimos capaces de escribir LOG [Ríe].

¿Es cierto que la compañía de telefonía AT&T rechazó su tecnología?

Fue peor aún: me contestaron que no funcionaría y que no había mercado para ella. El dinero les llegaba a través de la voz, así que su decisión fue correcta en aquel momento, pero demostraron tener muy poca visión de futuro.

Se le conoce como Míster Internet. ¿Le gusta el apodo?

Es gratificante. Siento que he contribuido a cambiar la forma en la que la gente se divierte, se educa o accede a la información. Internet es una red democrática. Cualquiera puede hablar y ser escuchado. Puede acabar con cualquier régimen, determinar unas elecciones o cambiar la opinión pública, con los peligros que ello implica.

¿Y cuál es su mayor preocupación?

La ciberdelincuencia, sin duda. Desde mediados de los 90 no ha parado de crecer. Lo peor de todo es que no hay forma de frenarla. Cualquiera que tenga una mente criminal puede llegar a millones de personas instantáneamente de manera anónima, y la gente que trata de protegernos siempre va un paso por detrás.

Incluso usted ha sido víctima de los ciberdelincuentes.

Una vez, sí. Me robaron el maletín y utilizaron unas claves que había en él para robarme a través de Internet.

En 1969 no pensaron en el lado oscuro de la Red

Si hay algo de lo que me arrepiento es de no haber incluido una arquitectura subyacente que permitiera la identificación apropiada de todos los ficheros y de los usuarios que los envían. En aquel entonces todos nos conocíamos y teníamos plena confianza.

¿Dónde está el límite de Internet?

Teniendo en cuenta el crecimiento en estos 40 años, no creo que haya límite. Hay quien dice que el número de direcciones es finito, pero no es una verdadera limitación. El ancho de banda crece cada día más rápido y las aplicaciones sociales continúan sorprendiéndonos. La mejor predicción es que es imposible hacer predicciones. Nadie fue capaz de anticipar el correo electrónico, la Web, YouTube, Facebook o Twitter.


¿Y el acceso a contenidos protegidos?

Por suerte, estamos viviendo una pequeña reacción y los usuarios comienzan a utilizar servicios como iTunes o Netflix porque consideran que su precio es razonable. Pero también es necesario cambiar la mentalidad de las grandes compañías de música y cine.

¿Cómo será la Red en el futuro?

En los próximos diez años habrá una nueva concepción de Internet como infraestructura, liberada de la pantalla del ordenador en la que aún se encuentra atrapada. En el momento que escape, se mezclará con nuestra vida diaria; la oficina, una mesa e incluso en nuestras propias uñas. Todo estará dominado por la nanotecnología y se podrá acceder a Internet en cualquier lugar.

Suena como una película de ciencia ficción.

Sí. La privacidad ha muerto. De hecho, John Perry Barlow, ex componente de The Grateful Dead y fundador de la Electronic Frontier Foundation, ha hecho pública su vida porque considera que no tener nada que esconder. Esta es la única forma de tener algo de privacidad.

¿Es usuario de redes sociales como Facebook o Twitter?

No. Considero que la mayor parte de lo que sucede en esos sitios sociales es frívolo. Además, mi trabajo y el mail bastan para consumir casi todo mi tiempo.

Recibirá toneladas de correos...

Cerca de 500 cada día, aunque muchos son spam Recuerdo la primera vez que apareció el correo basura, en 1994. Una firma de abogados envió un correo anunciando la lotería para los permisos de trabajo en EEUU. Lo vimos y nos dijimos: "Eh, no se pueden anunciar en Internet". Así que inundamos su servidor de mensajes para que dejasen de hacerlo y se nos fue la mano. Sin querer, provocamos el primer fallo de denegación de servicio.

Lleva muchos años trabajando en la Red. ¿Es uno de esos que desayuna con Internet cada mañana?

Sí, desde primerísima hora de la mañana. Además, me gusta jugar al Sudoku justo antes de irme a dormir, pero no se lo recuerde a mi mujer [Ríe].

Por ROBERTO ARNAZ - LOS ÁNGELES -





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