El informe económico anual del FMI, que encabeza Georgieva, dejó planteado el tema.

El organismo instó a gravar el dioxido de carbono y subsidiar las energías renovables

El tema está entre las prioridades de Europa y China y es uno de los ejes de la campaña electoral de Joe Biden en Estados Unidos. Argentina acompaña como actor de reparto.

 

El Fondo Monetario Internacional (FMI) instó a todos los países, con Estados Unidos, Europa, China, India y Japón a la cabeza, a implementar impuestos a las emisiones de dióxido de carbono y fuertes subsidios para las energías renovables. "Sin cambios en las políticas, la temperatura de la superficie del planeta subiría de 2 a 5 grados adicionales para el final del siglo, imponiendo daños sobre la productividad de la actividad primaria, frecuentes disrupciones de la actividad económica, destrucción física del capital y de la infraestructura como resultado desastres naturales más frecuentes y más severos y deterioro de la salud", indicó el FMI en su informe económico anual.

El tema está en el tope de prioridades de Europa y también en China y es uno de los grandes ejes de la campaña electoral "verde" de Joe Biden en los Estados Unidos. Si la política global sigue los canales más o menos esperados, en los próximos treinta años se profundizará un giro en las formas de producción. 

En esta agenda, la Argentina, que enfrenta una larga lista de emergencias socio-económicas, es a lo sumo un actor de reparto. No obstante, muestra importantes avances en materia de generación de energía renovable y hasta cuenta desde hace dos años con un impuesto al dióxido de carbono, impulsado por el macrismo para reforzar la candidatura del país en el ingreso a la OCDE, que no se dio. Los especialistas en el tema advierten que el país necesita calibrar el grado de acompañamiento de la agenda global, para aprovechar oportunidades, hacer el aporte propio en términos de reducción de las emisiones y prepararse para lo que vendrá pero también teniendo en cuenta que el problema se está definiendo en otra liga donde juegan las grandes potencias, que además cargan con una evidente responsabilidad histórica.

Con este set de tendencias, peligros, restricciones y necesidades es de interés analizar la postura que el FMI adoptó en su Panorama Económico Mundial 2020, que otorga un lugar central a la cuestión medioambiental.

El diagnóstico

Se calcula que la temperatura promedio de la superficie del planeta es un grado superior a la que existía en el período de la revolución industrial a causa de la emisión de gases efecto invernadero asociados en primer lugar a la quema de combustibles fósiles. El incremento se está acelerando, lo cual se observa en que desde 1980, cada década es más cálida que su predecesora. “El período 2015-2019 fue el más cálido del que se tenga registro y 2019 fue el segundo año más caluroso. El impacto es evidente por el aumento en la frecuencia de los desastres naturales”, dice el Fondo.

El Acuerdo de París de 2015 establece como objetivo que el aumento de la temperatura respecto del período pre-industrial esté para el año 2100 por debajo de los dos grados e idealmente quede en 1,5 grados. “Para llegar a ese objetivo se necesita que las emisiones netas de dióxido de carbono –relación entre la emisión y la retirada que proporciona el mundo vegetal— sean iguales a cero para 2050”, agrega el informe.

“Sin cambios en las políticas, la temperatura subiría de 2 a 5 grados adicionales para el final del siglo, con lo cual llegaría a niveles no vistos en millones de años, imponiendo daños sobre la productividad de la agricultura y la pesca, disrupción frecuente de la actividad económica, destrucción física del capital y la infraestructura como resultado desastres naturales más frecuentes y más severos y deterioro de la salud”, advierte.

La lupa sobre el carbón

El uso del carbón por parte de industrias y para la generación eléctrica explica casi la mitad de las emisiones globales de dióxido de carbono y tres cuartas partes de toda la emisión de dióxido de carbono que realiza el sector de la energía. Actualmente, la mitad del consumo mundial de carbón se explica por China, que junto a India, Estados Unidos, Rusia y Japón llevan adelante el 77 por ciento del consumo global de carbón.

El Fondo subraya que el carbón es la fuente de energía más contaminante, muy por encima de los hidrocarburos. La reina histórica del carbón es Inglaterra, que está al borde de eliminar su uso, mientras que China llegó a su pico en 2013 y está en camino de la reducción, aunque al actual ritmo necesitaría 38 años para llegar a cero.

El ritmo de “descarbonización” es lento por dos factores: es difícil reemplazar el carbón en aquellas las industrias que lo utilizan directamente en la operación (que representan un tercio del consumo total de carbón) y en el caso de la generación eléctrica, las plantas en base a carbón tienen una vida útil de 30 a 40 años.

Las acciones

El informe investiga las alternativas para llegar al objetivo de emisión neta de dióxido de carbono igual a cero para dentro de treinta años (2050), para lo cual sería necesario que cada país reduzca las emisiones “brutas” en un 80 por ciento, junto al avance de bosques y otros ecosistemas naturales de captación de carbono.

 “Se suele argumentar que los países que han contribuido en mayor medida al stock acumulado de emisiones deben cargar con la mitigación. Pero las economías avanzadas por sí solas no pueden mantener la temperatura en valores seguros. En cambio, si los Estados Unidos, Europa, China, Japón y la India actúan de manera conjunta, pueden provocar una fuerte caída de las emisiones”, dice el FMI.

El FMI quiere que “se lleven a cabo medidas para elevar el precio de las actividades con mayor huella de carbono a través de impuestos”. Si bien esto “incrementa el precio global de la energía y afecta a la actividad económica, los ingresos fiscales resultantes se pueden transferir a los hogares para evitar el daño sobre los más pobres”.

En segundo lugar, propone aplicar agresivos subsidios de precio y para investigación e inversión pública para abaratar fuentes de energía limpia. 

Efectos económicos desiguales

Si avanza una agenda como la que propone el FMI, Europa se vería beneficiada, porque ya cuenta con un sector fuerte de energías renovables, de manera que la inversión que hay por delante es relativamente menor que en Estados Unidos, China y la India, que serían las economías grandes con mayores costos de transición. De hecho, Europa ya aplica impuestos al dióxido de carbono y Estados Unidos y China, no. 

Por otro lado, las economías que dependen de la exportación de petróleo se verían directamente afectadas por esta agenda.

El FMI advierte que estas medidas se deben tomar de manera conjunta a nivel global porque si se aplican impuestos y cae la demanda de combustibles fósiles, afectaría a la baja el precio internacional, lo cual podría ser aprovechado por otros países que no aplican impuestos. Adicionalmente, las actividades más intensiva en emisiones de carbono podrían buscar relocalizarse en economías de baja regulación

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Sufre la economía de Estados Unidos su mayor cáida en al menos 73 años

La economía de Estados Unidos sufrió su mayor contracción en al menos 73 años en el segundo trimestre, debido a las alteraciones del coronavirus, informó ayer el Departamento de Comercio. El producto interno bruto de la mayor economía mundial se desplomó 31.4 por ciento anual, la caída más profunda de la producción desde que el gobierno comenzó a llevar registros en 1947. Con datos revisados, la contracción fue menor a 31.7 por ciento prevista el mes pasado. El cálculo anualizado se obtiene al multiplicar por cuatro la variación de un trimestre. En México se compara con el mismo periodo del año anterior; de seguir el método estadunidense, la economía mexicana reflejaría una caída de 51 por ciento en el segundo trimestre. Foto Afp

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Trabajar menos, ganar tiempo, ganar vida. Por la reducción de la jornada

El miedo es una respuesta de supervivencia. El miedo nos impulsa a correr, a saltar; el miedo puede hacernos actuar como si fuéramos sobrehumanos. Pero tiene que haber un sitio hacia el que correr. Si no, el miedo solamente es paralizante. Así que el truco de verdad, la única esperanza, es dejar que el horror que nos produce la imagen de un futuro inhabitable se equilibre y se alivie con la perspectiva de construir algo mucho mejor que cualquiera de los escenarios que muchos de nosotros nos habíamos atrevido a imaginar hasta ahora. Naomi Klein, Esto lo cambia todo

 

Puede que sea por una falta de distancia temporal con la crisis que estamos viviendo ahora mismo, pero es fácil sentir la tentación de clasificar nuestra era en una época Antes del COVID-19 y una Después del COVID-19. Desde luego parece que en estos términos pensamos cuando recordamos las cosas que hacíamos antes del confinamiento y cómo cambió todo radicalmente después. El impacto está siendo (y será) tal que parece casi comprensible que hayamos olvidado lo que los dos últimos años supusieron para el ecologismo, convertido, por primera vez, en un movimiento de masas mundial. Millones de personas salieron a las calles de todo el mundo exigiendo a los gobiernos que escuchen a los científicos y reaccionen antes de que sea demasiado tarde. Es fundamental retomar esta lucha y tomar impulso porque tanto la actual pandemia como el cambio climático están causados en última instancia por un sistema que considera que no existen límites físicos y ecológicos en su búsqueda de beneficio. Con la crisis del coronavirus hemos visto que cuando un desastre de estas magnitudes afecta a nuestra sociedad, son las condiciones de los servicios públicos de salud, de vivienda, de trabajo, de cuidados las que determinan cuánto sufriremos y con qué grado de desigualdad. Del mismo modo, serán precisamente unos servicios públicos robustos y unas condiciones laborales y sociales mejores las que nos permitirán afrontar del mejor modo posible las peores consecuencias del cambio climático (temperaturas más altas, incendios, inundaciones…).

En octubre de 2018, solo un par de meses después de que Greta Thunberg dejase de ir a clase los viernes para exigir acción contra el cambio climático, el IPCC publicó un informe especial sobre los impactos de un calentamiento global por encima de los 1,5 ºC en el que se avisaba de que, para poder descartar estos escenarios, eran necesarios «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad». ¿Pero y si  existiera un precedente? ¿Y si hubiera una medida que se pudiera tomar de inmediato, que fuese a tener un impacto muy grande en la reducción de emisiones y en la movilización social y que, además, se ha tomado repetidamente a lo largo de la historia del capitalismo? Hablamos, por supuesto, de la reducción de la jornada laboral.

Los cronocrímenes del capital

Tal vez una de las mayores enseñanzas de El capital de Marx es que el capitalismo es un «cronocrimen» a gran escala: una parte minoritaria de la sociedad roba sistemáticamente el tiempo de vida de la mayoría, enriqueciéndose durante el proceso y aumentando la desigualdad social. Hemos descubierto demasiado tarde que el mismo sistema que nos roba el tiempo individualmente a cada persona además ha estado destruyendo las condiciones de vida en la Tierra, desposeyéndonos por tanto de nuestro tiempo de una manera adicional, también como especie. Por ello, cuando decimos que el capitalismo es el culpable del cambio climático tenemos que entender que, en última instancia, la lucha contra el trabajo asalariado debe ser uno de los pilares de la lucha climática. Nos roban el tiempo de vida hoy y nos roban el tiempo de vida de mañana.

La lucha entre la clase trabajadora y la burguesía con motivo de la duración de la jornada laboral ha sido uno de los elementos fundamentales del metabolismo capitalista durante los últimos doscientos años y, de hecho, uno de los principales focos de la lucha obrera, a menudo ofuscado, ha sido la lucha por la reducción de la jornada laboral. Desde la reclamación de la reducción de la jornada a doce horas hasta lograr la jornada de ocho horas, la lucha por trabajar menos para el patrón ha sido una de las señas de identidad del movimiento obrero. Sin embargo, parece que la jornada laboral de ocho horas (al menos sobre el papel) se ha asentado como la cantidad «natural» de horas que hay que trabajar y, al menos en España, la reducción de esta cantidad no ha vuelto a aparecer como una reivindicación de la clase trabajadora durante los últimos cien años de un modo mayoritario (y cuando ha aparecido ha sido, generalmente, con poco éxito), desde que la última reducción se consiguiese con la huelga de la CNT en La Canadiense. Los trabajadores y las trabajadoras siempre hemos necesitado tener más tiempo libre y regalarle menos tiempo a nuestros jefes. Sin embargo, ahora esta necesidad vital y humana se convierte en una necesidad existencial: tenemos que pasar menos tiempo en el trabajo para poder ganar más tiempo sobre la Tierra. No habrá transición ecológica ni esta podrá ser justa sin una jornada laboral que comience a disminuir cuanto antes.

Hay que puntualizar que cuando decimos reducción de jornada nos referimos a una reducción del tiempo de trabajo que no conlleve una reducción de salario, implementando si es necesario desde la administración un período de transición en el que el Estado se asegure de que esto ocurre. Además, existen múltiples formatos de reducción de jornada, como puede ser trabajar directamente un día menos o seguir trabajando la misma cantidad de días pero menos horas. Consideramos que lo fundamental es trabajar menos, y que distintas personas encontrarán más beneficioso uno u otro formato dependiendo, por ejemplo, de las responsabilidades de cuidado a su cargo. Por ejemplo, la federación de sindicatos del sector público de Islandia firmó recientemente un nuevo contrato en el que se reduce la semana laboral de cuarenta a treinta y seis horas sin pérdida salarial, y dentro del acuerdo se incluye que serán los trabajadores y trabajadoras en cada lugar de trabajo quienes decidirán cómo se implementará y repartirá la disminución de horas.

En España hemos visto hace poco un ejemplo de cómo «los momentos son los elementos del beneficio», como decía Marx: es decir, de por qué es tan fundamental para el beneficio del empresario exprimir todos los segundos posibles del tiempo que pasamos en el puesto de trabajo. Nos referimos a la reacción a las medidas impulsadas por el gobierno del PSOE para implementar un control de horario en las empresas y así intentar luchar contra la espectacular cantidad de horas extras no remuneradas que los empresarios de este país roban a la clase trabajadora (¡unos tres millones de horas por semana!). Pudimos ver en televisiones y periódicos los argumentos más peregrinos para que nos apenásemos por los pobres emprendedores y empresarios cuyos negocios no iban a ser rentables si no podían robar impunemente más horas de vida a los trabajadores. Hablamos de aumentar el robo de tiempo vital en forma de plusvalía incrementando el tiempo de trabajo por el que no se recibe compensación ni siquiera formalmente. Por lo tanto, si esta es la pelea que presentan para, simplemente, ¡no cumplir la ley!, podemos imaginarnos cómo sería si se plantease de manera seria y decidida la reducción de la jornada laboral. Sí, existen estudios sobre cómo esto aumentaría la productividad de muchas empresas y sobre cómo en última instancia podría ser beneficioso también para ellas, pero en general estos beneficios solo los asumirán como tales una vez hayan sufrido la derrota y hayan debido aceptar una reducción de las horas de trabajo.  Poco a poco van surgiendo en distintos países empresas que implementan una jornada laboral más corta, y aunque sea por aumentar su productividad es positivo que ocurra, pero hay que tener en cuenta por un lado que hay muchos sectores en los que no es cierto que trabajar menos horas vaya a hacer que el proceso sea más productivo. Esto variará mucho de sector en sector: en aquellos en los que se trata con personas, como por ejemplo la sanidad, la atención sería de más calidad, y una fábrica necesitaría inversiones para conseguir mantener la productividad. Por otro lado, no podemos olvidar del beneficio a nivel global que los capitalistas obtienen de la función disciplinadora del trabajo: la clase propietaria siempre ha peleado para que no se consigan estos avances, aunque les beneficien a largo plazo.

Reducción de jornada: win, win, win

La reducción de jornada es una medida que contiene un «triple dividendo». En primer lugar, el trabajo existente se reparte entre más gente, lo que permite reducir el desempleo. Vivimos en una sociedad altamente disfuncional, en la que una parte de las personas trabajan mucho más de lo que recoge su contrato, regalando cada mes decenas de horas adicionales a sus empleadores, mientras que otra parte de la población no consigue trabajar todo lo que le permitiría tener un salario digno y necesita acumular varios trabajos de jornada reducida. De hecho, a los millones de personas con trabajos precarios lo de una reducción de jornada les podría sonar a broma pesada: «¡Mis problemas vienen porque trabajo de menos, no de más!». Junto a otro tipo de medidas que podrían debatirse y que no son necesariamente excluyentes, como el trabajo garantizado o la renta básica, la reducción de jornada permitiría redistribuir el trabajo de un modo más racional, haciendo que quien trabaja demasiado pueda descansar más y que los que lo necesiten puedan acceder a un empleo.

En segundo lugar, está claro que trabajar menos tiene beneficios individuales: menos estrés, más tiempo libre y mejoras en la calidad de vida. Esto lo ha sabido la clase trabajadora desde su nacimiento y es algo que deberíamos volver a recordar. Además, cualquier proyecto de transición ecológica justa debe ser capaz de ofrecer a la mayor parte de la población una visión de un mundo mejor, y disponer de más tiempo propio ha de ser una parte central en ella. De un modo naif podemos pensar que, si los fines de semana pasaran a durar tres días, la gente lo que haría es consumir más, derrochar más o tomar más aviones; es decir, que no ganaríamos nada porque lo único que haríamos es ceder más espacio al consumismo exacerbado en el que se basa nuestro actual sistema de producción. Este era precisamente el argumento de la burguesía contra las vacaciones: el proletariado llevaría una vida disoluta si disponía de tiempo libre en lugar de seguir la vida ordenada que proporciona el trabajo. Sin embargo, existen estudios que indican lo contrario: que cuanto más largas son las jornadas de trabajo más se tiende a dedicar el ocio a este tipo de consumo[1]. Como tenemos poco tiempo, necesitamos actividades que satisfagan nuestras necesidades de diversión y entretenimiento de un modo inmediato y superficial, por eso vamos a pasar el rato a un centro comercial o de compras o a alguna capital europea en un viaje exprés de fin de semana.

Por último, y vinculado a este último punto, hay también muchos estudios que muestran que existe una relación entre trabajar más horas y patrones de consumo con mayor huella de carbono[2]. Cuanto más trabajamos más tendemos a utilizar productos intensivos en energía; por ejemplo, tendemos a coger más el coche porque no nos podemos permitir perder tiempo, así como a comer más productos precocinados porque no tenemos tiempo para dedicárselo a la alimentación. Estudios sistemáticos hechos en Estados Unidos muestran que menos horas de trabajo tienden a tener una huella ecológica y de carbono y unas emisiones de dióxido de carbono menores[3].

La virtuosidad de esta medida está clara en todos los sentidos, pero de cara a conseguir que se convierta en hegemónica en poco tiempo puede resultar interesante, e incluso necesario, vincularla lo más posible al problema ecológico. Por ejemplo, se podría forzar a que entrase en los paquetes de «emergencia climática» que los gobiernos están aprobando poco a poco. Así quedaría claro que la cosa no se queda en greenwashing, porque esto es pura lucha de clases… hasta cierto punto. Es posible que no nos quede otra, a nivel climático, que trabajar menos y lo que queremos es que esto se lleve a cabo desde un punto de vista progresista: por ejemplo, no queremos que aumente la diferencia actual en cantidad de tiempo libre existente entre las distintas capas sociales, haciendo que las capas más ricas trabajen menos pero sigan teniendo salarios más que razonables, mientras que los más pobres se vean más golpeados y sean abocados a tener más de un trabajo, por poner un ejemplo extremo de por dónde podría avanzar esta medida y que desgraciadamente podemos imaginar con facilidad.

No hay que inventar trabajos verdes: ya existen

Una de las ideas de las movilizaciones feministas de los últimos años que va calando en los imaginarios colectivos de los sectores progresistas (y cada vez más de los mainstream) es la de «poner los cuidados en el centro»  (y de nuevo la pandemia nos ha mostrado que, a la hora de la verdad, cuidar y ser cuidados es lo único que importa). Se derivan muchas implicaciones a partir de la puesta en valor de todas esas labores reproductivas que han estado siempre ocultas. La separación entre las esferas productiva y reproductiva realizada a lo largo de siglos por el capitalismo ha llevado a que las únicas actividades que se consideran relevantes, dignas de elogio y reconocimiento en la sociedad sean aquellas que generan actividad económica directamente (o sea, plusvalía), las que se encuentran de modo explícito inmersas en esa rueda tautológica y destructiva que es la autovalorización del capital. El cuidado de niños y niñas, de las personas ancianas, de personas dependientes, de nuestras casas e incluso de las casas de las clases superiores, el trabajo emocional en nuestras familias, colectivos y comunidades, y hasta el cuidado de nuestro ecosistema más inmediato, es decir, todas ellas actividades ligadas históricamente a la feminidad,han sido, por tanto, merecedoras de un puesto muy bajo en la escala de valores burguesa.

Con la crisis sanitaria y social del COVID-19 hemos podido ver de primera mano lo que son los trabajos esenciales para que la sociedad siga funcionando y cuáles no, y cómo se maltrata precisamente a quien cumple esas funciones. Resulta, además, que los cuidados son actividades extremadamente bajas en carbono, por lo que los llamados «trabajos verdes» tendrán que girar en gran medida en torno a este tipo de tareas. Pero ante todo, se trata de generar una visión en la que ese tiempo libre que se libere se dedique a cuidarnos los unos a las otras, a pasar más tiempo con nuestras familias (entendida esta en el sentido más diverso que podamos imaginar), a poder dedicarnos a la crianza, a cuidar de nuestros parques, barrios, jardines y ecosistemas. Tenemos que aprovechar el tiempo vital del que volvemos a disponer para regenerar el tejido comunitario y asociativo que hemos perdido en estos años.

Como hemos mencionado, existen otras medidas relacionadas y que son totalmente compatibles con la reducción de jornada laboral, como una Renta Mínima Universal mucho más útil y ambiciosa que el Ingreso Mínimo Vital implementado (de un modo francamente malo) por el Gobierno de coalición. Algo que comparten todas estas medidas en cierto modo es que son formas concretas que toma el derecho a existir, el más fundamental de todos los derechos. Como además salir de la lógica productivista del capital es condición necesaria para que nuestra especie pueda, literalmente, seguir existiendo de un modo digno en este planeta, entonces podemos decir que estamos luchando por un derecho a la existencia a nivel planetario y ecológico.

Fridays for Future

La semana laboral de cuatro días no sería solo un momento Polanyi defensivo que nos permita limitar las esferas de la vida dominadas por el mercado, una victoria difícil de revertir una vez sea hegemónica que nos sirva como trinchera para afrontar mejor las luchas venideras. Es también un punto de partida que nos permite imaginar un futuro distinto, y mejor. Tal vez esa sea una de las mayores virtudes de esta lucha: que mezcla en una reivindicación concreta tanto la mirada corta como la mirada larga. Nos podrá parecer una reivindicación más o menos difícil de conseguir, y puede que genere reticencias al inicio en una sociedad en la que nos definimos por el trabajo de un modo tan fundamental, pero cualquiera puede figurarse fácilmente cómo sería su vida si su fin de semana durase tres días. Es decir: es una medida que todo el mundo puede imaginarse implementada y visualizar cuál sería el impacto material concreto en sus vidas. Pero es que además la reducción de la semana laboral nos abre la puerta a imaginar un mundo en el que trabajemos no cuatro, sino tres o dos o incluso un solo día; es decir, genera de un modo inmediato un imaginario nuevo, en el que el trabajo pueda no ser el centro de nuestras vidas. Y en la lucha climática tal vez lo que más necesitemos sea esto, visiones concretas de cómo puede ser el mundo en un futuro que no sean el colapso y la degradación absoluta, sino una sociedad en la que el tiempo que no pasemos realizando un trabajo (que sea además beneficioso socialmente) realmente podamos dedicarlo a pasear con nuestra gente, a hacer fiestas al aire libre, a disfrutar de nuestros ríos y nuestras playas, a cuidarnos y querernos y a cuidar y a querer nuestro entorno. Si queremos un planeta habitable tendremos que hacer decrecer mucho la esfera material de producción, pero tenemos que conseguir crecer exponencialmente el tiempo disponible para todas las personas.

Este septiembre el Euromillones ha sacado una nueva campaña de publicidad en la que se ven distintas actividades para las que no solemos tener tiempo escritas con la típica tipografía utilizada en relojes digitales, junto a la frase «cuando te toca el Euromillones, te toca todo el tiempo del mundo para hacer con él lo que siempre has querido», junto al eslogan «dueños del tiempo». Tenemos que mostrarles a los que actualmente son dueños de nuestro tiempo que no queremos que nos toque la lotería para poder aprender a tocar el piano, hacer yoga o estar con nuestras familias: vamos a recuperar nuestro tiempo luchando por una sociedad en el que la cantidad de tiempo disponible no dependa de nuestros millones.

Desde hace tiempo el activismo climático fantasea con un Pride propio. Pride es una película británica de 2014 que cuenta la historia de un grupo de activistas del colectivo LGBT que deciden apoyar las huelgas mineras de 1984 en Reino Unido. Para conseguir victorias contra el cambio climático que permitan además que la mayoría viva mejor vamos a necesitar un movimiento parecido, que consiga establecer alianzas entre el nuevo movimiento ecologista y las clases trabajadoras, y la lucha por una jornada laboral más corta puede ser una de las demandas que puedan unir a todos estos grupos en luchas concretas, que es de donde brotan los vínculos y emociones que podemos ver en Pride. Greta Thunberg inspiró a millones de jóvenes en todo el mundo haciendo una huelga climática, recordánonos cuál es el arma más potente de la que disponemos los que no disponemos de nada más que de nuestra fuerza de trabajo. Y el nombre que se han dado estos jóvenes que han seguido su ejemplo ha sido Fridays for Future, que han decidido dejar de ir al colegio los viernes para luchar por nuestro futuro. El potencial es evidente, pues, para articular una lucha en torno a, por ejemplo, la semana laboral de cuatro días: dejemos de trabajar los viernes, o no tendremos un futuro. Reapropiémonos de nuestro tiempo ahora para reapropiarnos de nuestro tiempo en el futuro. Fridays for Future hoy, literalmente, para luchar por Thursdays for Future mañana.

27/09/2020

Referencias

Se puede encontrar mucha información sobre los impactos sociales y ecológicos de la reducción de jornada en los trabajos hechos por el grupo de investigación británico Autonomy:

The Shorter Working Week: a report from Autonomy

The Shorter Working Week: a powerful tool to drastically reduce carbon emissions

The Ecological Limits of Work:

La New Economics Foundation coordina esta newsletter donde periódicamente recogen artículos y noticias relacionadas con la reducción de la semana laboral en Europa: Achieving a shorter working week across Europe

[1] J. B. Fitzgerald, J. B. Schor, A. K. Jorgenson, «Working Hours and Carbon Dioxide Emissions in the United States, 2007-2013», Social Forces, v, 96, n.º 4, junio de 2018, pp. 1851-1874 https://academic.oup.com/sf/article/96/4/1851/4951469

[2] J. Nässén, J. Larsson, «Would shorter working time reduce greenhouse gas emissions? An analysis of time use and consumption in Swedish households», Environment and Planning C: Government and Policy 2015, v. 33, pp. 726-745.

[3] K. Knight, E. A. Rosa, J. B. Schor, «Reducing Growth to Achieve Environmental Sustainability: The Role of Work Hours», Political Economy Research Institute, n.º 304, 2012 https://www.peri.umass.edu/media/k2/attachments/4.2KnightRosaSchor.pdf

Publicado enSociedad
 La geoquímica Hope Jahren Mariano García/@iloveshoot

La autora del libro 'El afán sin límite' sostiene que  "todas las necesidades y el sufrimiento del mundo surgen de nuestra incapacidad de compartir, no de la incapacidad de la Tierra para producir"; y advierte de que el consumo desbocado del 10% de la población "ha influido en la expansión de la COVID-19"

 

Hope Jahren (Austin, EEUU, 1969) publicó la primera edición en inglés de El afán sin límite: Cómo hemos llegado al cambio climático y qué hacer a partir de ahí (Paidós) el 3 de marzo de 2020, es decir, cuando gran parte del mundo empezaba a estar afectada por la pandemia de coronavirus a la que se está todavía enfrentando. Precisamente este libro, al igual que la mayoría del trabajo académico de esta científica, tiene que ver con las condiciones que han llevado a nuestro planeta a ser un lugar amenazado por peligros como el virus que tiene en jaque a gran parte de la humanidad en estos momentos.

"La COVID-19 tiene un componente que está estrechamente ligado al consumo y a los patrones de consumo de los que hablo en mi libro. Por ejemplo, hace un año, antes de la crisis, el número de aviones que despegaban a diario en todo el mundo era el doble que diez años antes. Diez años es un periodo muy corto para un crecimiento tan increíblemente rápido. La COVID-19 emergió como muchas enfermedades infecciosas en el pasado. Pero la posibilidad de viajar de Wuhan a Milán, de Milán a Nueva York, después Seúl y Tokio en un plazo de diez días, ni siquiera existía hace diez años", explica Jahren, una de las cien personas más influyentes del mundo según la revista Time, en una entrevista con elDiario.es por videoconferencia desde Noruega. Es donde reside desde que comenzó a trabajar en el Centro para la Evolución de la Tierra y la Dinámica de la Universidad de Oslo en septiembre de 2016.

La geoquímica declara que "el aumento y el cambio en el patrón de consumo en todo el mundo ha alterado drásticamente la evolución de la COVID-19" y esta modificación ha otorgado menos tiempo para poder preparar determinadas regiones del mundo antes de que la pandemia llegase a sus puertas. "Esto es un ejemplo de cómo el patrón de consumo que lleva al cambio climático tiene un efecto directo en en catástrofes naturales o sanitarias que puedan surgir", remarca. Rechaza responder si además de en la expansión, piensa que los hábitos alimentarios o sanitarios pueden haber incidido en el paso del virus de los animales a las personas: "No soy una experta en ese asunto", zanja.

Para hablar de consumo ha investigado sobre los patrones concretos que han surgido y han variado durante sus cinco décadas de existencia. Jahren ha catalogado y cruzado los datos que reflejan el aumento de la población, la intensificación de la agricultura y lo mucho que ha aumentado el consumo energético en este periodo.

Cree que "solo después de ver dónde estamos podemos preguntarnos oportunamente si es aquí donde queremos estar". Y en concreto, el lugar donde nos sitúa es tan irracional como que "el colosal consumo de alimentos y combustibles por parte de solo el 10% de la población está amenazando seriamente la capacidad de la Tierra de producir los productos básicos que el otro 90% necesita para vivir". Un problema que la autora define como el "más complejo y exclusivo de nuestra generación".

El doble de personas, el triple de producción y consumo

En cuanto al análisis de los datos que han formado parte de la investigación de la geoquímica, hay uno que considera especialmente relevante. "La población se ha duplicado en los últimos 50 años, hay el doble de personas en el planeta, pero la producción de cereales y de carne se ha triplicado, la producción de azúcar se ha triplicado, el consumo de combustibles fósiles se ha triplicado y el consumo eléctrico se ha cuadruplicado. Entonces, la gente por lo general sabe que ha habido un cambio demográfico, pero lo que no sabe es que la cantidad de servicios, bienes, alimentos, energía que consumimos, las cosas que compramos y vendemos, han crecido mucho más de lo que ha aumentado la población. Mientras yo reunía todos estos datos, lo que más me impresionó fue que se repetía constantemente este patrón de que ha aumentado la población, pero lo que consumimos, lo que gastamos, lo que necesitamos, ha aumentado muchísimo más", explica.

Los fenómenos migratorios no escapan a esta dinámica. "Las ciudades del mundo seguirán creciendo; en todos los continentes habitados, la gente está migrando de las zonas rurales a las ciudades. Incluso en lugares como Europa y Norteamérica, donde más del 80% de la población ya vive en las ciudades, la gente sigue migrando para alejarse del campo". Una de las consecuencias de la despoblación de las áreas rurales, paralela al crecimiento de la población, es que "hará falta más de todo en general, en particular en lo que se refiere al suministro de alimentos. Lo que nos obliga a preguntarnos: cuando todo el mundo se haya mudado a las ciudades ¿quién quedará para encargarse de las granjas? La respuesta es que casi nadie".

Jahren calcula que en el año 2100 podría haber 10.000 millones de personas en el planeta, pero no tiene claro hasta qué cifra puede el planeta aguantar un crecimiento exponencial como el que se está viviendo en las últimas décadas. "No sé si realmente tenemos la respuesta a esa pregunta", reconoce. "Las necesidades básicas en la vida son la vivienda, la alimentación, el agua. Creo que la verdadera pregunta es: ¿cuánta gente sobre la tierra puede vivir bien, con todas sus necesidades físicas colmadas y posibilidades de tener una buena salud?". En lo que no tiene dudas es en que el reparto de los recursos es la clave. "A día de hoy, incluso siendo más de 7.000 millones de habitantes en la Tierra, con la producción actual podríamos alimentar a todos los habitantes. E incluso más", zanja.

De hecho, Jahren sostiene que "hemos creado un tipo de agricultura que genera más comida de la que necesitamos. Producimos tres veces más que hace unas décadas, pero hay gente que consume diez veces más de lo que hacía hace 50 años. Increíblemente, tenemos que aprender a producir menos comida, no más", nos asegura. Una vez más, la clave está en la distribución: "Algunos tienen que consumir menos, pero hay otras partes del planeta en las que se necesita consumir más. Y sin duda tenemos suficiente producción", remarca.

Lo tiramos todo a la basura

Uno de los capítulos de El afán sin límite está dedicado al desperdicio de comida. "Francamente, no sé si el hecho de que la magnitud del desperdicio global equivalga en muchos sentidos a la necesidad global me deprime o me da esperanzas", admite Jahren. Por ejemplo, la cantidad total de cereales que se tira es similar al abastecimiento anual de cereales disponible en La India, y la cantidad de fruta y verdura que se pierde todos los años supera el abastecimiento anual de estos alimentos en todo el continente africano.

"Cuanto más comemos, más desperdiciamos: en 1970, cada estadounidense desperdiciaba una tercera parte de medio kilo de comida a diario, de media. Hoy, la cifra ha ascendido a dos tercios. El 20% de lo que las familias estadounidenses mandan al vertedero a diario es, o era hasta hace muy poco, comida que se podría consumir perfectamente". A estas costumbres se añaden situaciones como los vegetales que se rechazan por ser demasiado grandes o demasiado pequeños, los cereales que desbordan las cintas transportadoras, la leche que se estropea en los camiones o la fruta expuesta que se pudre.

Una realidad que define como "una gran tragedia", ya que todos los días mil millones de personas pasan hambre, mientras otros mil millones echan a perder deliberadamente suficiente comida para alimentar a los primeros. "Vivimos en un momento en el que podemos comprar unas zapatillas de un almacén que está en la otra punta del planeta y recibirlas en nuestro domicilio en menos de 24 horas; que nadie me diga que la redistribución global de alimentos es inviable", señala.

Y añade otro ejemplo para concluir que "todas las necesidades y todo el sufrimiento del mundo surgen de nuestra incapacidad de compartir, no de la incapacidad de la Tierra para producir": si todo el combustible y toda la electricidad que se emplean en la actualidad se redistribuyeran de forma equitativa entre los más de 7.000 millones de habitantes del planeta, el consumo energético de cada persona equivaldría al consumo medio de un suizo en los años setenta.

El consumo de agua es otro de los temas que la científica analiza en su investigación, que señala que a nivel global ya se están viendo consecuencias negativas del mal uso y desperdicio de agua. "No estoy muy informada sobre cuál es el caso de España, pero sí puedo decir que en California, por ejemplo, se ha extraído tanta agua subterránea que se han registrado terremotos porque la tierra se ha desplazado para cubrir lo que ahora es un hueco y que antes estaba lleno de agua. Realmente es una cuestión muy, muy importante. Se está utilizando muchísima agua para regar campos de golf o para alimentar a ganado en la industria cárnica. Hay cosas que podríamos hacer. Hay áreas concretas desde las que se podría reducir el uso antes de quedarnos sin agua potable. Va a ser una cuestión muy importante para los próximos 100 años. Lo único que tendrá un impacto diferente según la región del mundo", explica.

La esperanza de Hope

A pesar de todos estos datos, Hope Jahren dice hacer honor a su nombre ("esperanza" en inglés) y prefiere mostrarse optimista sobre el futuro, sobre todo porque le parece más útil a la hora de revertir las tendencias más perversas. "Somos fuertes y somos afortunados. Nuestro planeta es el hogar de muchas personas que luchan por sobrevivir con demasiado poco. El hecho de pertenecer al grupo que dispone de alimento, refugio y agua limpia nos obliga a no perder la confianza en el mundo al que hemos puesto en peligro. El conocimiento es responsabilidad". Hace un llamamiento al 10% del mundo que utiliza la mayoría de sus recursos (nosotros) y le pregunta qué hará con la década adicional de vida que disfrutará en comparación con sus padres: "Debemos empezar a desintoxicarnos del consumo, ya que de lo contrario las cosas no mejorarán jamás", subraya.

A este respecto, los meses de pandemia y confinamientos le suscitan una reflexión que introduce en el prólogo de la edición española: "2020 nos ha enseñado que jamás debemos confiar en quien se diga capaz de predecir el futuro, pero lo más importante que he aprendido es que de todas las veces que conducimos y consumimos y nos reunimos y compramos y volamos y viajamos, muchas han resultado ser opcionales. Hemos pasado tres meses enteros sin recurrir constantemente a los hábitos que los últimos cincuenta años de consumo instauraron en nosotros y, en general, hemos sobrevivido".

Por eso el mensaje final es de optimismo, aunque reconoce que esta es "una cuestión muy personal", un rasgo de la personalidad y de su lugar en el mundo. "Creo que soy una persona que tiene esperanza porque soy profesora. Me dedico a compartir información con otras personas y veo cómo esas personas al recibir esa información crecen, evolucionan, toman nuevas decisiones, mejores decisiones y se convierten en personas nuevas", se entusiasma. Y destaca que en su libro no solamente señala las cosas malas que han pasado en los últimos cincuenta años, sino también las cosas positivas. "Hemos ganado en salud, estamos más interconectados. Creo que cada generación tiene una lucha y la lucha que nos ha tocado a nosotros es el cambio climático. Pero no, no tengo un sentimiento de falta de esperanza. Creo que hay mucha gente muy inteligente a la que sí le importan estos problemas y que cuanto más averiguan y más saben, más les interesa. Creo que al fin y al cabo, esta lucha se trata del planeta en el que vivimos, pero también de la comida que ponemos en nuestros platos, de los parques por los que paseamos, los coches que conducimos y al fin y al cabo es una historia, es la historia de nuestras vidas. Se trata de nuestro propio planeta. Pero más aún, se trata de nuestra propia vida".

Por Marina Estévez Torreblanca

26 de septiembre de 2020 22:59h

@marinaestevezt

Publicado enSociedad
Martes, 04 Agosto 2020 06:01

El discreto desencanto de la burguesía

El discreto desencanto de la burguesía

Agosto de 2020. La pandemia de covid-19 continúa azotando al planeta. Su letalidad es baja pero ya infectó a cerca de 15 millones y se cargó a centenares de miles. Un interrogante insólito atormentó –y, hasta cierto punto, continúa haciéndolo– a la mayoría de los gobiernos: “¿la economía o la vida?”. Gran parte de los que optaron por la “economía” luego tuvieron que adaptarse un poco más a los requerimientos de la “vida” y los que optaron –en una forma demasiado concesiva de decirlo– por la “vida” más tarde debieron inclinarse hacia la “economía”. Todos estos cambios, no obstante, resultan de lo más pragmáticos y en muchas oportunidades responden esencialmente a las “relaciones de fuerzas” y no a algún tipo de evaluación científica de “algo”. Dicho más prosaicamente, responden, en buena medida, al temor de los gobiernos a que “se los lleven puestos”.

Lo cierto es que los brotes y rebrotes de un virus –con comportamientos aún desconocidos por las ciencias médicas– paralizaron en una porción significativa a la economía capitalista mundial, poniendo en acto una crisis peor que la de 2008/9 y la más profunda desde la Gran Depresión de la década del ‘30. Una cuestión que ya es manifiesta en términos de caída del PBI global o del empleo –en lo observable hasta el momento, al menos, en países como Estados Unidos o España– y aún está por verse en lo relativo a la contracción del crecimiento del comercio mundial [1]. Como resultado, el planeta está preñado de una incertidumbre profunda, mezcla de catástrofe en apariencia “natural” con hecatombe económica que pone al desnudo la vulnerabilidad del sistema. Un sistema que a pesar del desarrollo de las “redes neuronales”, la robótica y los niveles alcanzados por la manipulación genética –que por momentos lo hacían lucir invencible– queda sometido a opciones que más bien parecen de la Edad Media.

Si miramos un poco más atrás, vemos que este shock dual y entrelazado de pandemia y crisis se acopla al estancamiento relativo, a la debilidad endémica y a la particular falta de fuerzas que la economía capitalista venía arrastrando en el curso de los últimos diez años, es decir, en el período de la recuperación post 2008/9. No resulta una cuestión menor este encadenamiento. Los ritmos de la pandemia determinarán, en parte, los tiempos y la dinámica de una recuperación económica que, naturalmente, emergerá en algún momento. Sin embargo, diversas circunstancias [2] hacen esperar que resulte –al menos en el mediano plazo– aún más débil que la del período post Lehman, sin que la economía consiga retornar a la tendencia pronosticada antes de la crisis. Si en el curso de la década pasada emergieron de manera abierta los límites del neoliberalismo y la globalización –que constituyeron, vale recordarlo, las condiciones de salida de la economía capitalista de la crisis de la década del ‘70–, esos confines se magnifican bajo las condiciones actuales. Una de las definiciones más interesantes del período actual reside en la constatación de que el capitalismo se encuentra falto de una estrategia clara de reemplazo. La debilidad económica lacerante y la ausencia de estrategia, reforzadas ahora por la pandemia y el Gran Confinamiento, vienen dando lugar a dos circunstancias que, consideradas conjuntamente, tienen el aspecto de novedad histórica.

Incertezas

La primera consiste en el hecho de que la clase dominante deja ver, a través de muchos de sus ideólogos, una pérdida de confianza o de certeza respecto de la infinitud, de la eternidad o, si se quiere, de las fuerzas internas del capitalismo. Una cuestión que se pone de manifiesto en al menos tres dimensiones.

Primero, en la tesis del “estancamiento secular”. Sostenida fundamentalmente por el ex Secretario del Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, constata esencialmente que a diferencia de lo sucedido en los mejores momentos de las décadas neoliberales, las gigantescas masas de dinero introducidas desde la crisis de 2008/9, no logran que la economía vuelva a la tendencia pronosticada previamente. Es decir, verifica el hecho novedoso y alarmante de que la economía capitalista no encuentra una fuerza que la dinamice siquiera al ritmo de la moderación de las décadas previas. Hace algunos años, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos [3]. Es de esperar que la debilidad endémica de la economía continúe reinando al menos en el mediano plazo del próximo mundo post pandemia.

Segundo, en la famosa tesis del “fin del trabajo”. Un concepto que si bien merece ser discutido desde su propia definición –debido a que conlleva una carga propagandística poderosa y planteada en los estrechos límites del capitalismo resulta falsa– también guarda un elemento de verdad. Jeremy Rifkin, autor de la vieja tesis homóloga –en boga en la década del ‘90 [4]– y miembro permanente del establishment de la Unión Europea, escribió hace unos pocos años un libro titulado The zero marginal cost society (La sociedad del costo marginal cero) [5]. En ese libro –en el que, vale señalar, “el eclipse del capitalismo” aparece mencionado desde la bajada del título– Rifkin alerta que gran parte de la “vieja guardia” en el ámbito comercial no puede imaginar cómo procedería la vida económica en un mundo en el que la mayoría de los bienes y servicios resultaran casi gratuitos, las ganancias caducaran, la propiedad perdiera sentido y el mercado fuera superfluo [6]. El autor se refiere a la que sería la consecuencia lógica del desarrollo libre y acabado de las nuevas tecnologías que, al menos en el terreno digital, muestran la capacidad de reproducir ciertos servicios –música, películas, libros, etc.– sin necesidad de incorporar trabajo y casi sin gasto de capital, lo que en términos neoclásicos, se define como “costo marginal cero”. Aunque no vamos a desarrollar este complejo tema aquí resultan necesarias dos acotaciones. La primera consiste en que no puede pensarse el desarrollo libre de las tecnologías bajo condiciones capitalistas. La propiedad privada de los medios de producción moldea y hasta cierto punto coarta el desarrollo tecnológico, adaptándolo –hasta donde le es posible– a sus necesidades. Las patentes, las “subvenciones cruzadas” [7], entre otros mecanismos, son parte de las múltiples formas a través de las cuales el capital consigue convertir en valor aquello que no lo era o ponerle precio a aquello que no lo tiene. La segunda consiste en constatar la parte de verdad relativa contenida en el razonamiento de Rifkin. Porque si las tecnologías no estuvieran sujetas a los condicionamientos del capital, efectivamente su desarrollo libre exigiría cada vez menos esfuerzo de trabajo humano, supondría una mayor abundancia de bienes y servicios, el avance hacia la gratuidad, la pérdida de sentido de la propiedad privada y del mercado y, junto con ellos, de las ganancias. Advertimos que, aunque en absoluto se trate de un fenómeno enteramente nuevo –“abundancia” y “escasez” constituyen términos relativos y determinados socialmente–, lo cierto es que se vuelve mucho más agudo y contradictorio para el propio capital desde el momento en el que es posible la reproducción gratuita de determinados servicios digitales. La idea general del “fin del trabajo” en tanto tendencia y como sustrato de la eliminación progresiva del valor, los precios y la propiedad privada de los medios de producción es, a decir verdad, original de Marx y está expresada desde hace muchas décadas en los Grundrisse [8]. Los ideólogos del capital la reviven de una manera doble: por un lado, como propaganda y amenaza con pretensiones disciplinadoras de aquello que podría suceder bajo condiciones de producción capitalistas y por el otro, como percepción de la fuerza de una tendencia histórica. Vale destacar que, incluso en su acepción propagandística, la idea del fin del trabajo presupone de algún modo la segunda arista dejando traslucir la impresión de un sistema que se imagina impotente para garantizar por sus propios mecanismos internos la subsistencia de las mayorías. Una cuestión que se aprecia con bastante claridad en la difusión de la idea de la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta sujeta a múltiples interpretaciones y cada vez más “conversada” en el contexto pandémico. Es bueno resaltar, no obstante, que las tribulaciones más actuales sobre la RBU se derivan de las consecuencias de la crisis económica y no precisamente de las del “desempleo tecnológico”.

Tercero, en la constatación del crecimiento aberrante de la desigualdad social que –con mucho atraso– conmovió al mundo académico y al establishment. Corroboración teorizada y popularizada en los últimos años por Thomas Piketty [9], economista francés que sigue los postulados del Mainstream –aunque en la actualidad viene mostrando un relativo giro a la izquierda [10]. La tesis de Piketty consiste esencialmente en demostrar que el incremento de la desigualdad patrimonial y del ingreso –característica de las décadas neoliberales– se deriva de la combinación de una alta tasa de rendimiento del capital y una baja tasa de inversión que da origen al crecimiento rezagado de una economía ascendentemente “rentística”. En sus términos, esta realidad conjunta representa la “norma” del capitalismo que resultó limitada solo excepcionalmente tras grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30. El retorno de la “norma”, determina que la desigualdad tienda a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de fines del siglo XIX. El problema para Piketty es que, como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún persiste una “clase media patrimonial” amenazada de empobrecimiento que suscitará fuertes reacciones políticas.

La tesis de Robert Gordon, economista de Harvard e integrante a través de las décadas de distintos órganos de consejo estatal, guarda puntos de contacto con la de Piketty aunque su objeto de estudio radica en la historia de las tecnologías, la productividad y el crecimiento de la economía norteamericana. Desde una visión de la economía en la que la especificidad histórica del capital y el capitalismo desaparecen casi por completo, Gordon remite a una mayoría de la existencia humana caracterizada por una “normalidad” de bajo crecimiento. Statu quo sacudido solo por el “siglo revolucionario” que se extiende entre la Guerra Civil norteamericana y la década de 1970 aunque, muy particularmente, por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. A partir de los años ‘70 la economía pierde fuerza y –con la excepción del período 94/2004– tiende a restablecerse la “normalidad” de bajo crecimiento que se intensifica en el período post Lehman. Para el próximo cuarto de siglo, Gordon –opositor acérrimo a la tesis de una “Cuarta Revolución Industrial”– vaticina un crecimiento de la productividad y del producto claramente por debajo del promedio de los años 1970-2014. Una situación que incluso podría empeorar debido a lo que denomina “vientos en contra” conformados por la desigualdad creciente, el rezagado incremento del nivel educativo, el bajo crecimiento poblacional y la jubilación de la generación de baby boomers y, finalmente, la trayectoria ascendente e insostenible de la relación deuda/PBI [11].

En términos más generales, la constatación de la debilidad del crecimiento económico y de la inversión “real” junto con el incremento de todo tipo de deudas –personales, públicas, corporativas–, la “amenaza” tecnológica y el aumento acelerado de la desigualdad, trasciende distintas vertientes ideológicas [12] y emerge como una suerte de “nueva normalidad”. Una de sus consecuencias más inquietantes reside en la destrucción de las “clases medias” –eufemismo que normalmente se emplea para hacer referencia a amplios sectores de las clases trabajadoras [13]– o de su símbolo más acabado, el “sueño americano”, como base necesaria de sustentación de las “democracias capitalistas”. Un tema ya recurrente que, al calor de la pandemia, emerge como más urgente y preocupante en el pensamiento de diversos autores como, por ejemplo, en el del principal comentarista económico de Financial TimesMartin Wolf.

Falsas promesas (o el fin del “progreso”)

La segunda circunstancia surge del modo en el que estas vulnerabilidades del capital se traducen en la sensibilidad de millones de trabajadores y sectores populares de los países centrales y no centrales.

Lo cierto es que la debilidad económica post crisis 2008/9 aniquiló el sustituto débil de “progreso” ofrecido por el neoliberalismo a cambio de la “globalización” y la destrucción de las conquistas del llamado “Estado de Bienestar”. De alguna manera y en particular en el curso de las décadas del ‘90 y ‘2000, la proliferación del crédito al consumo –incluidas las hipotecas subprime–, la mitigación de la desigualdad entre países –habilitada por el ascenso de los llamados BRICS–, la reducción relativa de la pobreza –entendida en los términos del Banco Mundial [14]–, el “sueño chino”, el indio y hasta cierto punto el brasileño, entre otros, actuaron como factores compensatorios frente al incremento –global y al interior de la mayoría de los países– de la desigualdad. Este “intercambio satánico” es lo que, en el curso de la última década, se fue diluyendo primero en el “centro” y más tarde en la “periferia”.

Llama un tanto la atención el hecho de que, luego de tantas décadas neoliberales signadas por el incremento de la desigualdad –que originó múltiples estudios sobre el tema->https://www.jornada.com.mx/2014/09/03/opinion/034a1eco]–, recién hace pocos años el asunto alcanzara el centro de las preocupaciones de buena parte del mainstream, incluido el Fondo Monetario Internacional. Pero no es tan extraño. Lo que movilizó esta mutación es la circunstancia de que, desde el punto de vista de los “deciles menos favorecidos”, resulta más tolerable la desigualdad que la idea de la imposibilidad de “progreso” o peor aún, la del propio retroceso. Como señala Wolf, en determinadas sociedades la desigualdad como tal puede no resultar tan social o políticamente desestabilizadora. Pero la sensación de deterioro de las perspectivas para uno mismo y para los hijos, ciertamente importa como también lo hace una fuerte sensación de “injusticia”. También apuntaba, hace unos años y en base a un informe del Instituto Global McKinsey el hecho de que, mientras el aumento de la prosperidad reconcilia a las personas con las disrupciones económicas y sociales, su ausencia fomenta la ira. Recordemos que la llamada “Primavera árabe” comenzó en 2009 con la inmolación de un vendedor ambulante con título universitario en una ciudad tunecina. La falta de perspectiva se encuentra en la base de los fenómenos políticos e ideológicos que, a derecha y a izquierda, conmueven desde hace varios años a las élites o a las estructuras tradicionales en una muy vasta cantidad de países. Incluso, poco antes de la pandemia asistimos a fenómenos abiertos de lucha de clases que recorrieron gran parte del planeta.

La comunión entre pandemia y Gran Confinamiento, magnifica de una manera bastante literal esta sensación de ausencia de perspectivas. Aunque –hasta cierto punto– también actúa como factor disciplinador sumado a la contención de las políticas billonarias implementadas por los Estados. No obstante, aquello que Wolf denomina “una fuerte sensación de injusticia” desató, tras el asesinato de George Floyd, un movimiento profundo e integrador de múltiples decepciones y opresiones de negros y blancos en el corazón del imperio.

Por su parte, la letánica y lacerante distopía del “fin del trabajo” –una especie de estocada final a la idea de “progreso”– adquiere una muy particular triple manifestación en el contexto de la crisis pandémica. Por un lado, la pérdida directa de millones de puestos de trabajo no aparece asociada al “desempleo tecnológico” sino al Gran Confinamiento como imagen de la fusión entre la enfermedad y la crisis económica. Por el otro, las “cuarentenas”, en tanto elemento central de paralización económica, actúan como prueba definitiva y “auto percepción” global de que –al menos por el momento– los trabajadores y no los robots fungen como la fuerza fundamental que mueve la economía. Finalmente y muy significativo, las “empresas tecnológicas” –entre ellas PayPal, Alphabet, Facebook, Tencent, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon– son las que más incrementaron su capitalización bursátil bajo condiciones de pandemia. También el boom alcanzó a otras menores como Rappi, Globo o Pedidos Ya, de entrega de comida a domicilio. Pero, lejos de expulsar trabajo, estas empresas emergen como núcleos del llamado “trabajo esencial” y se consolidan como áreas de vanguardia de la precarización laboral. Incluso aquellos “unicornios” [15] que despidieron trabajadores, no lo hicieron en función del reemplazo tecnológico sino de su reestructuración debida a la propia crisis.

De conjunto, la pandemia y la crisis económica agudizaron el sentimiento de decepción y falta de expectativas en un sistema que, se percibe, no tiene demasiado para ofrecer. El politólogo estadounidense, Ian Bremmer, alertaba sobre este sentir hace no mucho tiempo en su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism [16], donde incorpora el concepto de “globalismo” como intento de las élites de transmitir la idea de que la “globalización” acarrea una mejora para todos los sectores sociales. Esa es, efectivamente, la “creencia” que desapareció del imaginario y se aleja aún más con los efectos económicos de la pandemia. Cuestión que, ciertamente, genera bastante pavor en el establishment. solo por ponerle una metáfora a los nuevos vientos de época vale la pena observar que Fukuyama, por ejemplo, vuelve a evocar -a su modo- la idea de lucha de clases.

¿Vuelta al “Estado de Bienestar”?

Ya no guarda novedad alguna el hecho de que la intervención estatal sobre la economía –fundamentalmente en los casos estadounidense, de los países de la Unión Europea y Japón, en términos de magnitud– superó ampliamente los estímulos monetarios y fiscales implementados en la crisis 2008/9. La Unión Europea, incluso, acaba de aprobar un “plan anticrisis” de 750 mil millones de euros financiados con deuda común y dirigidos, bajo la modalidad de préstamos y subsidios, a los países más afectados del bloque.

La conjunción del impulso económico catastrófico de la pandemia, la crisis del esquema neoliberal –visualizado, ante todo, como incapacidad de contención sanitaria– y la situación social y política descrita más arriba, no puede, por supuesto, desvincularse de esta macro intervención. Tampoco puede pensarse abstrayéndose de las diferencias inmediatas entre los países centrales –que con tasas de interés cero o negativas poseen mayor capacidad de endeudamiento– y los países dependientes o semicoloniales de los que se fugaron en los últimos meses más de 100.000 millones de dólares. La reflexión más interesante radica, sin embargo, en los pronósticos pospandemia. Diversos sectores concluyen que, a partir de esta intervención estatal, podría abrirse paso una suerte de “estatismo reformista”. Pero el problema es que esta perspectiva no puede imaginarse por fuera ni de la debilidad que la economía capitalista arrastra hace más de 10 años encadenada sin solución de continuidad con la convulsión actual, ni de la crisis del neoliberalismo y los límites de la globalización, ni de la decadencia e incógnita sobre la “estrategia de reemplazo”, temas a los que hicimos referencia más arriba. Nos proponemos aquí solo dejar planteadas algunas líneas para la reflexión.

En primer término, consideramos que las formas particulares que adopta la actual intervención estatal no se derivan esencialmente de una “opción política” sino de las necesidades de la estructura misma del capital en el período presente. Tomemos, por ejemplo, el caso paradigmático de Estados Unidos. El economista marxista Robert Brenner señala que de los alrededor de 6 billones de dólares de estímulo fiscal implementados –según sus cálculos– en los últimos meses por el estado norteamericano, el 75 % –equivalente a aproximadamente 4,5 billones– resultó derivado al “cuidado” de las más grandes y mejores compañías mientras sólo un monto cercano a 600.000 millones tuvo como destino pagos directos en efectivo a individuos y familias, seguro de desempleo adicional y préstamos estudiantiles. A su vez, la mayor parte de aquel 75 % con destino a las grandes empresas carece de restricciones para ser utilizado en recompra de acciones, bonificaciones a los CEO, etc. [17]. Por un lado, aunque evidentemente la desproporción es notable, vale observar que incluso aquellos 600.000 millones de dólares no son poca cosa y su activación se encuentra indisolublemente asociada a las necesidades de contención del “estado de ánimo” del que hablamos en el apartado anterior. Pero por otro lado, lo que más interesa resaltar aquí es que la ausencia de restricciones para el destino de la mayor parte de aquel 75 % –que habilita, por ejemplo, la recompra de acciones como explícita contracara de la debilidad de la inversión– responde estrictamente a una modalidad de “acumulación” del capital exacerbada en el curso de la última década. La acción del Estado tiene por objeto garantizar ese patrón, del mismo modo que lo hace la compra ilimitada de deuda corporativa garantizada por la Reserva Federal desvinculando –transitoriamente– las capitalizaciones bursátiles de las tendencias de la “economía real”. Se trata de “formas” cuyo desenfreno –tanto como la necesidad estatal de sostenerlas– no se deriva, en lo esencial, de “decisiones de política” sino del agotamiento de las nuevas fuentes para la acumulación del capital conquistadas bajo el auge de las décadas neoliberales. Las crecientes tensiones chino-estadounidenses expresan, justamente, una faceta fundamental de ese agotamiento.

Si en segundo término, y en estrecha relación con el punto anterior, reflexionamos sobre el lugar del New Deal en los años ‘30, resulta obligado observar su posibilidad como estrechamente asociada a la circunstancia de que Estados Unidos, a pesar de la gran crisis, era ya la nación económicamente más pujante del planeta. Por solo acercar un ejemplo, en 1929 producía el 80 % de los vehículos automotores del mundo [18]. La ley Glass Steagall –que desvinculó a la banca de inversión de la banca comercial– resulta emblemática en tanto no puede disociarse de las posibilidades de acumulación “productiva” del capital de una nación que se abría espacio como el poder industrial del mundo. Muy lejos se ubican las características de poder financiero que, en su decadencia, distinguen al Estados Unidos de hoy. Es en el contexto de estas condiciones económicas específicas en el que debe interpretarse la laxa e incluso ambigua ley Dodd-Frank –aprobada en 2010 e impulsada por Elizabeth Warren, del ala izquierda del Partido Demócrata– como la restricción financiera más audaz a la que dio lugar el desastre desencadenado por la caída de Lehman. Las relaciones inquebrantables entre la banca comercial y de inversión, responden a las características de un capitalismo en extremo financiarizado.

En tercer término y profundizando el contraste con el New Deal, su implementación tampoco puede escindirse de las tensiones sociales insoportables generadas por la Gran Depresión combinadas con la presión ejercida por la presencia de la Revolución rusa. Circunstancias que convirtieron a la década del ‘30 en la de mayor agitación obrera de Estados Unidos. Por supuesto y sí, como es esperable, una mayor lucha de clases tiene lugar en el período pospandemia, no puede descartarse que –en tanto se transforme en una amenaza para las bases del capital– la distribución entre aquel “75 y 25 %” se modifique parcialmente ni que, incluso, se imponga algún tipo de limitación algo más firme a las operaciones financieras de las grandes corporaciones y la banca. Pero incluso, eventuales medidas tibiamente reformistas para contener procesos de lucha de clases muy probablemente resulten contestadas con mayor violencia por los sectores dominantes de un capital que adolece de nuevas fuentes rentables para su acumulación ampliada. En este contexto, también las nuevas tecnologías serán utilizadas –muy probablemente y como siempre lo fueron– como arma contra la resistencia y para incrementar la explotación y flexibilización del trabajo, lejos de eliminarlo. Vale recordar que, aún en las mencionadas condiciones excepcionales de la década del ‘30, el New Deal resultó impotente para que la economía estadounidense retornara a la tendencia pre-crisis. Incluso, en 1937 el parlamento y el establishment económico vetaron su continuidad y se produjo una nueva caída abrupta. Recién el “milagro económico” [19] de la Segunda Guerra Mundial rescató –como lo señala Gordon– a la economía norteamericana del “estancamiento secular” de los tardíos años ‘30 [20].

Más allá de las medidas inmediatas –que variarán también según los ritmos de la pandemia, la crisis y las diversas tensiones que se jueguen en los escenarios electorales– es de esperar que bajo las condiciones de su realidad actual el capital refuerce la agresividad. De hecho, ya lo estamos presenciando a través de las nuevas modalidades de flexibilización laboral implementadas bajo la excusa de la pandemia. Del mismo modo, ni bien sea posible, volverán a emerger nuevos intentos de reformas previsionales con la excusa de los enormes déficits fiscales acumulados. A su vez, los límites del neoliberalismo que se expresan –en gran medida– en contradicciones crecientes entre los Estados, es muy probable que conduzcan a diversas expresiones de mayor belicismo aunque no podamos definir sus expresiones concretas. Es de esperar que la ausencia de una “estrategia de reemplazo” y la gran dependencia económica que aún guarda la relación chino-norteamericana se traduzca, entre otras cosas, en una ofensiva más violenta estadounidense no solo para doblegar a China como competidor sino también para incrementar la libertad de acción de sus capitales en el país. Los métodos a utilizar como así también los resultados, están abiertos. Pero sean cuales fueren los escenarios, caben pocas dudas de que no es un panorama de “estatismo reformista” el que se abre para el período próximo. Asumir estas circunstancias constituye un elemento fundamental de la preparación y la estrategia necesarias para actuar en próximos acontecimientos si se desean evitar nuevas catástrofes para los trabajadores y los sectores populares, es decir, para la enorme mayoría de la humanidad.

Por Paula Bach | 04/08/2020 

 

NOTAS
[1] La Organización Mundial del Comercio pronostica una contracción para 2020 de entre el 13 y el 32 %. La brecha resulta aún demasiado amplia para proponer comparaciones históricas de utilidad.

[2] Por un lado, si las mismas políticas estatales que luego de 2008/9 buscaron contener la crisis, limitaron la destrucción de capitales y con ello, paradójicamente, acotaron la fuerza de la recuperación, es de esperar que este efecto se repita en la actualidad debido a políticas de contención estatal significativamente mayores, ver Juncal Santiago, “Pandemia y crisis: ¿adónde va la economía global?”, entrevista en La Izquierda Diario, 1/7/2020. Por otro lado, es de esperar que la reducción cualitativa de los ingresos que están sufriendo amplias franjas de trabajadores y sectores populares, sumadas a los temores instalados por la pandemia, limiten una recuperación del consumo. También, los tiempos desiguales de la pandemia en los distintos países retrasan, naturalmente, el retorno a la “normalidad” de las relaciones económicas internacionales. Además y como factor esencial, las condiciones de cooperación interestatal que en el post 2008/9 resultaron claves, se encuentran en la actualidad significativamente más dañadas y enfrentan contradicciones estructurales profundas, ver, Bach, “Paula, Crisis económica mundial: ¿escaparán los “espíritus subterráneos”?”, Ideas de Izquierda, 15-3-2020.

[3] Véase, Krugman, Paul, Acabad ya con esta crisis!, Madrid, Crítica, 2012.

[4] Rifkin, Jeremy, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Madrid, Paidós, 2014.

[5] Rifkin, Jeremy, The zero marginal cost society. The internet of things, the collaborative commons, and the eclipse of capitalism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.

[6] Rifkin, Jeremy, op. cit.

[7] Véase, Srnicek, Nick, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.

[8] Véase, Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982. Antonio Negri revalorizó los Grundrisse y desarrolló en los años ‘90, una interpretación propia de esta tendencia formulada por Marx. Para una exposición sintética del planteo de Negri y una crítica, véase, Bach, Paula, “Valor, forma y contenido de la riqueza en Marx y en Antonio Negri: Una diferencia sutil pero esencial”, Estrategia Internacional 17, otoño de 2001.

[9] Véase, Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, 2014. Véase también, Esquenazi, Matías y Hernández, Mario (compiladores), El debate Piketty. Sobre El capital en el siglo XXI, Provincia de Buenos Aires, Metrópolis, 2014.

[10] Véase, Piketty, Thomas, Capital e ideología, Buenos Aires, 2019. Para una crítica, véase entre otras, Mercatante, Esteban, “Algo huele a podrido en el capitalismo: comentarios sobre lo nuevo de Thomas Piketty”, Ideas de Izquierda, 27/10/19.

[11] Véase, Gordon Robert, The rise and fall of American growth.The U.S. standard of living since the Civil War, Princeton, Princeton University Press, 2016.

[12] Véase, por ejemplo, Streeck Wolfgang, ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, Madrid, Traficantes de sueños, 2017, o Harvey, David, Marx, El capital y la locura de la razón económica, Buenos Aires, Akal, 2019.

[13] El Banco Mundial define a la “clase media” como hogares que tienen una baja probabilidad de caer en la pobreza pero no son ricos y cuyos ingresos oscilan entre 13 y 70 dólares diarios (PPA de 2011). Lac equity lab: pobreza, Banco Mundial, disponible online.

[14] El Banco Mundial coloca en la categoría de “pobres extremos” a aquellas personas que viven con menos de 1,9 dólares al día. Según un informe de la institución, en los 25 años transcurridos entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema –que significa, agregamos, dejar de ser muy pobre para pasar a ser solamente pobre– se redujo globalmente, en promedio, un punto porcentual por año –de casi el 36 % al 10 %– lo que significa que alrededor de 1.000 millones de personas salieron de ese estado. Sin embargo, la pobreza extrema solo disminuyó un punto porcentual entre 2013 y 2015. Banco Mundial, comunicado de prensa, septiembre 2018, disponible online. Ver, también, la crítica metodológica del jurista australiano Philip Alston, relator especial sobre extrema pobreza y derechos humanos de las Naciones Unidas, a las investigaciones del Banco Mundial. Alston, Philip, “El lamentable estado de la erradicación de la pobreza”, Concejo de Derechos Humanos de la ONU, julio 2020, disponible online.

[15] Los llamados “unicornios” son empresas emergentes, innovadoras en tecnologías, valuadas en 1.000 millones de dólares o más.

[16] Bremmer, Ian, Us vs. Them: The Failure of Globalism, Nueva York, Penguin, 2018.

[17] Brenner, Robert, “Escalating Plunder”, New Left Review 123, mayo-junio 2020, disponible online.

[18] Gordon, Robert, op. cit.

[19] “Milagro” que, como es sabido, implicó más de 60 millones de muertos, la destrucción de gran parte de Europa, Hiroshima y Nagasaki, entre otros muchos hechos prodigiosos.

[20] Ídem.

Fuente: https://www.izquierdadiario.es/El-discreto-desencanto-de-la-burguesia

Publicado enSociedad
Viernes, 24 Julio 2020 08:53

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

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16 de julio de 2020

 

 

 

 

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Publicado enEdición Nº270
Viernes, 24 Julio 2020 08:24

Raquitismo estatal

Raquitismo estatal

Frente al avance del covid-19, el Ministerio de Hacienda propone un Estado raquítico. El pensamiento del gobierno sobre el futuro se refleja bastante bien en el Marco Fiscal de Mediano Plazo. Más allá de los discursos, las proyecciones de Hacienda son suficientemente claras y contundentes.

El cuadro y la figura evidencian el imaginario que tiene el gobierno sobre el tipo de Estado que sería deseable. La propuesta, tal y como se desprende de las proyecciones del Ministerio de Hacienda, tiene las siguientes características.

El escenario futuro es de equilibrio.

De acuerdo con la lógica de Hacienda, el choque al que está sometida la economía colombiana apenas es transitorio. En el 2022 se volverá a la senda de equilibrio.

Los acontecimientos actuales no estarían causando ningún daño sustantivo al aparato productivo. Esta perspectiva no reconoce las dificultades estructurales por las que está pasando la economía. No hay ninguna preocupación por entender las razones del fracaso de la política económica que ha puesto en evidencia el covid. Para el gobierno, veníamos bien. Y, por tanto, después de la pandemia se debe recuperar el camino por el que se venía transitando.

 

 

 

 

Desconocen los ciclos

En la literatura económica se ha discutido mucho la diferencia entre la tendencia y el ciclo. Algunos autores, a los que se aproxima el Ministerio de Hacienda, le dan toda la relevancia a la tendencia y desprecian la importancia del ciclo. Por tanto, los análisis privilegian la estabilidad. Tal y como se observa en el cuadro y en la figura, los ciclos desaparecen y únicamente queda en evidencia la tendencia.

Los análisis de tendencia dicen, por ejemplo, que la población crece al 1,4 por ciento anual. Y el ciclo, en cambio, destaca la vida y la muerte, como elementos fundamentales de la decisión humana. Para la persona es relevante la muerte de la mamá o el nacimiento del hijo. A partir de allí se reconfigura su visión del mundo. De la misma manera, en la actividad económica es fundamental el proceso que lleva a la “destrucción creativa”: todos los días nacen y mueren empresas.

En el Marco Fiscal de Mediano Plazo no hay ciclos, sino tendencias lineales hacia el equilibrio. Se supone, de manera ingenua, que el empresario que se quebró hoy, una vez que pase la pandemia retomará su negocio como si no hubiera pasado nada significativo.

El tamaño del Estado se mantiene

A raíz de la pandemia varias crisis han adquirido relevancia.

Han quedado en evidencia las profundas brechas existentes en el país, y las limitaciones estructurales de los sistemas de salud, seguridad social, educación, etcétera. En Bogotá, por ejemplo, más de 300 mil niños y jóvenes, de una matrícula total de 800 mil, no tienen computador o acceso a internet. Y en el campo de la salud es notoria la falta de capacidad institucional para responder a la pandemia, sobre todo por fuera de las grandes ciudades.

No obstante la contundencia de los hechos, tal y como se observa en la figura, el gasto público, como porcentaje del PIB, volverá a los niveles que tenía en el 2018, entre un 18-19 por ciento. Este gasto es bajo, si se compara con el contexto latinoamericano (24%) y, sobre todo, con el de los países desarrollados del norte de Europa (55%-60%). La diferencia de Colombia con las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), es significativa. El país tiene un atraso notorio.

Con un gasto público tan bajo, no es posible construir una sociedad moderna. Este llamado de atención sobre el raquitismo del Estado ha sido reiterado. Ni siquiera en medio del covid el Ministerio de Hacienda acepta que el Estado tiene que crecer más, y que el gasto público tiene que aumentar. Todo lo contrario, de acuerdo con las proyecciones del Marco Fiscal, en el 2031, el gasto público apenas será el 18,5 por ciento del PIB.

 

 

Un gobierno indolente

A pesar de la gravedad de la crisis, el gobierno es indolente. En la penúltima columna del cuadro, “otros”, destaca el gasto adicional por realizar durante el 2020 para responder a la pandemia. El porcentaje apenas llega al 2,9 por ciento del PIB, unos 29 billones de pesos. Otros países, como Alemania, han destinado el 12 por ciento del PIB. Y vecinos latinoamericanos, Perú y Chile, bordean el 7 por cieneto. Frente a las necesidades y a las urgencias, el gobierno continúa aplicando políticas de austeridad, incomprensibles en la actual coyuntura.

El saldo de la deuda pública sigue creciendo

Las últimas reformas tributarias no han aumentado el recaudo de manera significativa. Entre otras razones, porque no han aumentado los impuestos a los más ricos y, además, porque han ampliado las exenciones de manera significativa. El resultado de una baja tributación es el crecimiento del saldo de la deuda. De acuerdo con las estimaciones del Marco Fiscal, al terminar el 2020, el saldo de la deuda del Gobierno Nacional Central sería de 65,6 por ciento del PIB. Esta cifra es altísima. En el 2012 era de 36,7.

Gran parte del gasto público, que ya es bajo, se destina al pago de la deuda. El costo de los intereses es cercano a los 32 billones de pesos (3,2% del PIB). Y en amortizaciones el gasto oscila alrededor de 28 billones de pesos (2,8%). Así que la deuda vale 60 billones de pesos (6% del PIB). Una cifra considerablemente más alta que el gasto destinado a la pandemia, y muy superior a la inversión pública, que en el 2020 apenas llegaría a 1,9 por ciento del PIB.

En síntesis, en la perspectiva del gobierno, la pandemia no llevaría a una mayor intervención del Estado. El mensaje es claro: la política económica venía bien, y no es necesario hacer cambios significativos.

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16 de julio de 2020

 

 

 

 

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Publicado enColombia
La "madre de todas las recesiones" toca las puertas de la economía mundial

El fondo de inversión BNP Paribas Asset Management ha alertado que la economía mundial está amenazada por una ofensiva procedente de una "madre de todas las recesiones" como consecuencia de la pandemia.

La economía mundial se ha visto cada vez más amenazada a medida que la pandemia por COVID-19 se propaga por el mundo y a pesar de que varios países ya retomaron su economía después de pasar el pico más alto de contagios los pronósticos para la economía mundial pos-COVID no son nada alentadores.

En una entrevista con el periódico Financial Times, Frederick Jeanbon del fondo de inversión de Europa BNP señaló que el crecimiento constante del mercado de valores tras el colapso registrado el mes de marzo no refleja la situación económica real actual y además no contempla otros escenarios que podrían golpear con más dureza a la economía mundial.

"El enorme repunte que hemos visto durante varios meses después del punto más bajo en marzo puede estar ocurriendo demasiado rápido y no tiene en cuenta el riesgo de una segunda ola [de contagios]", argumentó Jeanbon.

Agregó que la recuperación económica será larga y en forma de U, mientras que una recuperación en forma de V es poco probable.

Son pocos los expertos y analistas que pronostican una recuperación de la economía mundial en forma de V. Según una reciente encuesta realizada a los gestores del Banco de América, la mayoría espera una recuperación más prolongada —en forma de U o de W—. Por su parte, el FMI predijo la mayor caída de la economía mundial desde la Gran Depresión.

01:28 GMT 20.07.2020URL corto

Publicado enEconomía
La industria del fracking de EU podría enfrentar pérdidas por 300 mil mdd.Foto Ap

Hace dos años expuse el “Fracaso financiero de la Reserva Federal con el Espejismo del fracking” (https://bit.ly/3gbCBqU), lo cual aceleró el C-19 y el insólito desplome a -40 dólares el barril, cuya explicación anticipé en mi libro Los cinco precios del petróleo (https://bit.ly/2VsDzqT).

La quiebra de la industria del caníbal fracking era la crónica de una muerte anunciada mucho antes del C-19 (https://bit.ly/2Vwu9L5).

La excesiva y abusiva financiarización del gas lutita (shale gas) y su fracking caníbal, al unísono de las 190 quiebras que iniciaron en 2010, ahora alcanzaron a la icónica empresa pionera del fracking Chesapeake, con sede en la ciudad de Oklahoma, la cual, según el portal Sputnik, solicitó el amparo del capítulo 11 para lidiar con su quiebra en la Corte del Distrito Sur de Texas, que le permitirá seguir operando a cambio de la restructuración de su balance de pagos (https://bit.ly/31vdefy).

Su excéntrico fundador, Aubrey McClendon, que hizo de Chesapeake el segundo mayor productor de gas natural en EU, fue defenestrado en 2013 y luego de haber sido perseguido judicialmente por licitaciones fraudulentas, murió en un extraño accidente al día siguiente (https://cnb.cx/3igK9dN).

Según la firma contable global Deloitte, la industria del fracking de EU entró a un periodo de "gran compresión (sic) que puede enfrentar pérdidas por 300 mil millones de dólares" y una "ola de quiebras" (https://bit.ly/2NFQIsn).

De acuerdo con Deloitte existen cuatro factores que empujan a la "gran compresión": 1. La Nueva Norma de Tele-Conmutación (sic): "el movimiento a labores remotas con 37 por ciento de los trabajos en EU realizados en el hogar que puede impactar la demanda del transporte asociado"; 2. El Nuevo Orden de los Combustibles: "la convergencia del petróleo con el precio del gas y la fuerza relativa de los precios del gas natural"; 3. La Transición Acelerada de Energía: “los retornos de los proyectos de nueva energía ahora se encuentran al mismo nivel ( at par) con los retornos actuales de las empresas petroleras (del 5 al 10 por ciento), propulsando la transición energética”; y 4. La Evolución del Comercio y las Cadenas de Valor: "la nueva ola potencial de proteccionismo y la reducción de las cadenas de abasto como amenaza al transporte global y a la demanda de combustibles marinos".

Conforme a Deloitte, "la tercera parte de los operadores de gas lutita en EU se encuentran prácticamente insolventes (sic) al precio de 35 dólares el barril, y alrededor de 50 por ciento a 20 dólares el barril".

Se colapsa así toda la industria del caníbal fracking en EU, pese a que la cotización del barril en la variedad WTI rasguña 40 dólares.

A mi juicio, el colapso del caníbal fracking se debe a su enorme endeudamiento, propiciado por la Reserva Federal con el fin geopolítico del sacar del mercado a Rusia y Arabia Saudita.

La Agencia Internacional de Energía anunció que la producción de petróleo de EU se encamina a caer casi un millón de barriles al día este año,con un mayor decaimiento de 280 mil barriles al día para el año entrante debido a "bajos precios del petróleo, una demanda débil y una asequibilidad limitada de almacenamiento".

The Financial Times (28/06/20) revela que Chesapeake, "pionera de la revolución (sic) del gas lutita en EU", no pudo pagar los intereses este mes y que sus bonos que vencen este año fueron comercializados a sólo 5 centavos (sic) de un dólar.

Los "consejeros" para la quiebra de Chesapeake son la firma legal Kirkland & Ellis, Alvarez & Marsal y los bancos de inversiones Rothschild (¡mega-sic!) e Intrepid Financial Partners: extraño banco mercante de reciente creación en 2015.

Desde la derrota de Napoleón en Waterloo hace 205 años, la esclavista banca Rothschild representa la clásica banca carroñera que se beneficia de las tragedias ajenas.

¿Cómo afectará la quiebra de la industria del fracking caníbal de EU a las 10 principales reservas de gas lutita (shale gas) del mundo (https://bit.ly/31w6aiF), entre ellos México: con la Cuenca de Burgos, bajo el dominio catastral del cártel de Los Zetas, y la Cuenca Sabina en Coahuila?

www.alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

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Hacia una economía postCovid para el bien común

Propuesta conjunta de representantes del movimiento internacional EBC de 17 países

 

El movimiento internacional de la Economía para el Bien Común (EBC), que por primera vez se expresa conjuntamente con este texto, ha estado proponiendo desde el año 2010 un modelo económico alternativo, coherente y completo.

La EBC se basa en valores fundamentales como la sostenibilidad, la inclusión y la cooperación, en lugar de priorizar los objetivos financieros y privilegiar la competitividad. El modelo económico vigente contribuye a las crecientes amenazas para la humanidad, tales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, así como la pandemia actual. El COVID-19 solo el último de una serie de virus que afectan seriamente a la salud y a la vida humana. El VIH, el Ébola, el Sars1, el Mers, y ahora el Sars2, son ejemplos de zoonosis, que significa que un virus cambia de anfitrión, de los animales al ser humano. Existe la evidencia científica de que el aumento en el número de zoonosis es consecuencia de la sobreexplotación de los recursos naturales y de la creciente presión sobre los hábitats de la vida silvestre, debido a la deforestación, la caza descontrolada, la agricultura industrial y la contaminación del aire.[i]

La pandemia actual, así como otras amenazas, fueron anunciadas hace tiempo por los científicos: Limits to Growth (1972), Brundtland Report (1987), Earth Charter (2000), Millennium Ecosystem Assessment Synthesis Report (2005), o el concepto de los límites planetarios (2009), son ejemplos relevantes. Esto nos lleva a la pregunta: ¿Cómo es posible que los responsables de la toma de decisiones no hayan tenido en cuenta estas advertencias a todos los niveles?

La influencia del lobby empresarial

En las últimas décadas, los lobbies empresariales, que persiguen egoístamente sus propios intereses económicos, han gastado mucho dinero para apropiarse del proceso de Río-Johannesburgo, para cuestionar o negar el cambio climático, para evitar regulaciones vinculantes para las empresas multinacionales y, más recientemente, para poner en la agenda internacional de la UE la creación del Tribunal Multilateral de Inversiones (MIC).[ii]

Estas intervenciones son perjudiciales para la naturaleza y para los derechos básicos de la gran mayoría de los seres humanos, y han estado minando la democracia. En consecuencia, las causas sistémicas fundamentales de los problemas ecológicos y de la salud no están representadas adecuadamente en el discurso público; la atención de los medios de comunicación se centra principalmente en la vacunación y en los productos creados por las compañías farmacéuticas. La progresiva privatización de la OMS (la fundación privada de Bill y Melinda Gates ya es el segundo mayor financiador de este organismo) [iii], está socavando severamente las políticas públicas y las prioridades democráticas. Un enfoque holístico de las políticas sanitarias debe desarrollar estrategias para evitar futuras zoonosis, mejorando la sostenibilidad de las actividades económicas y fomentando la salud y la resiliencia de las personas a través de alimentos saludables, empleo seguro, inclusión social y erradicación de la pobreza.

Aplanar otras curvas

Debemos aprender de la crisis actual: la humanidad tiene que adoptar una actitud respetuosa hacia la Tierra, considerándonos parte de la red de la vida, ni externa ni superior al resto. Necesitamos crear conciencia de nuestra propia vulnerabilidad y nuestra dependencia de un entorno intacto, creando una convivencia respetuosa con todas las formas de vida. El crecimiento económico sin fin se ha convertido en un riesgo peligroso: los científicos han definido nueve límites planetarios críticos, algunos de los cuales ya hemos excedido [iv]. Con el mismo rigor y determinación que los gobiernos han aplicado al tratar de aplanar la curva de contagio Covid-19, ahora necesitamos aplanar las curvas del uso de la Tierra, del consumo de energía y recursos, de la desigualdad y del poder ilimitado de las corporaciones multinacionales.

Hacia una Economía para el Bien Común

Desde el año 2010 el movimiento de la Economía para el Bien Común se ha extendido a 30 países en todos los continentes, en los que están activos 200 delegaciones locales. 3000 organizaciones apoyan el movimiento. 700 empresas, escuelas, universidades, municipios y distritos han implementado el balance general de bien común. Ocho gobiernos regionales en España, Austria y Alemania lo han incluido en sus programas gubernamentales. En 2015, el Comité Económico y Social Europeo publicó un dictamen sobre el modelo de la EBC [v], y en una segunda opinión el CESE declaró a la EBC como un «nuevo modelo económico sostenible».[vi]

La EBC es una economía de mercado totalmente ética que pone a las empresas privadas y a la propiedad privada al servicio del bien común, con el objetivo de proteger los ecosistemas globales y los valores fundamentales, desde la dignidad hasta la justicia y la solidaridad hasta la sostenibilidad y la democracia [vii]. El Producto del Bien Común, que mide todos los aspectos relevantes de la calidad de vida, debe situarse por encima del PIB. Una economía que prioriza las necesidades de las personas y los valores democráticos, y considera el dinero y otras formas de capital como recursos para lograr estos objetivos, es en realidad lo que los antiguos griegos querían decir con «oikonomia». Dar prioridad a los resultados financieros es en realidad su opuesto: «chrematistiké» o capitalismo, como lo llamamos hoy [viii] Una economía orientada al bien común es la única forma de dejar un planeta saludable y viable para nuestras hijas, hijos, nietas y nietos. La actual crisis del Covid-19 nos da la oportunidad de liderar esta transición.

Cambiar el paradigma comercial

Los intercambios comerciales deben cumplir el objetivo de estabilizar el clima del planeta, mantener la biodiversidad, la diversidad cultural, y proteger los derechos humanos, las necesidades básicas y la dignidad. Deben ayudar a crear el «espacio seguro» propuesto por el «modelo Donut» de Kate Raworth [ix]. El «comercio ético» y la «economía ecológica», deben priorizar la proximidad y las economías locales, utilizando el comercio internacional como complemento, y deben reemplazar al «libre comercio» como doctrina dominante en el comercio global [x]. El Mercosur, el CETA y otros acuerdos, son ejemplos claros del viejo paradigma de «comercio forzado» con las conocidas consecuencias perjudiciales. Un ejemplo de cómo se podría establecer un «orden comercial mundial ético» es un impuesto al carbono de, por ejemplo, 100 USD por tonelada de CO2, según lo recomendado por el Informe Stiglitz-Stern en 2017 [xi]. Con un impuesto ecológico los países que cumplan con este objetivo obtendrán el derecho de recaudar el diferencial proveniente de los países con impuestos más bajos (o nulos).

Cambiar el paradigma fiscal

Una solución urgente y justa para la vertiginosa desigualdad es una mayor imposición de los ingresos del capital, de la propiedad privada y de las herencias, al mismo tiempo que se democratiza progresivamente para evitar la corrupción y poner a los estados al servicio de la ciudadanía. En la zona euro, la riqueza privada supera a la deuda pública en un factor de cinco. Mayores impuestos sobre la riqueza permitirían las inversiones necesarias en salud, educación, eliminación de la pobreza y transformación económica. Se debe introducir el «impuesto a las transacciones financieras», idealmente a nivel global. Es un síntoma preocupante de la post-democracia que esta propuesta, generalmente aceptada para regular los mercados financieros, fuera eliminada de la agenda de la UE, aunque los ingresos fiscales habrían ascendido a 310 mil millones de euros, según WiFo, con sede en Viena [xii]. Principalmente, el movimiento internacional de capitales debe estar vinculado a la transparencia fiscal y a la cooperación, con el fin de reducir la evasión fiscal y cerrar los paraísos fiscales.

Combinar la política fiscal y monetaria.

Como la recesión económica en 2020 será muy pronunciada, debe existir una voluntad conjunta de política fiscal y monetaria. La flexibilización cuantitativa es una medida con efecto limitado: si se usa para comprar bonos corporativos, incluso puede ser contraproducente. Una combinación de eurobonos («coronabonos») con préstamos sin intereses de los bancos centrales al estado (teoría monetaria moderna), hasta un límite razonable, sería más efectiva. Se debería modificar el Art. 123 (1) del Tratado de Funcionamiento de la UE (TFUE), que prohíbe los préstamos directos del BCE a los miembros de la eurozona.

Cambiar las prioridades de la recuperación

En la gestión actual de crisis, no deberíamos repetir fracasos anteriores: en la crisis financiera de 2008 hemos visto las ayudas a las llamadas entidades ‘sistémicamente importantes’ (‘demasiado grandes para quebrar’), la mayoría de ellas, mencionadas anteriormente, estrechamente vinculadas a la economía con intereses económicos egoístas. Es hora de romper esta lógica y enfocarnos en lo que todos necesitamos:

  • § inversión pública en salud, educación, transporte público sostenible, vivienda y producción sostenible de alimentos, creando así una importante cantidad de empleos, particularmente respetuosos con el clima, y ayudando a transformar la economía hacia la sostenibilidad
  • § la introducción de un ingreso básico incondicional, que sea suficientemente alto para cubrir todas las necesidades básicas de una persona
  • § un salario mínimo (sensiblemente más alto que el SMI) combinado con la creación de un salario máximo, lo que permitirá reducir la desigualdad a un nivel aceptable y hacer que nuestras sociedades sean más inclusivas
  • § apoyo financiero o fiscal principalmente a las PYME que contribuyen al bien común, es decir, son respetuosas con el clima, se esfuerzan por la inclusión y cohesión social, y son conscientes de la importancia de la biodiversidad. Uno de los criterios para el apoyo debería ser un informe no financiero auditado externamente, como un Balance del Bien Común, una Certificación B Corps o una herramienta similar. Estamos convencidos de que a medio plazo todas las organizaciones tendrán que asumir estas responsabilidades.

Somos conscientes del calado y del gran desafío que representan los cambios propuestos, sobre todo porque el modelo económico actual está firmemente establecido y muchas personas dependen de él. Sin embargo, cada vez más empresas, municipios, regiones y gobiernos participan en la implementación de estas nuevas ideas y prácticas. Las empresas que han comenzado a asumir una responsabilidad social, ecológica y democrática están siendo galardonados y reciben el reconocimiento de todos los organismos. Ciudades como Barcelona, Amsterdam, Stuttgart y Viena están comenzando a promover estos cambios necesarios. El movimiento EBC está dispuesto a trabajar con más ciudadanos, empresas y gobiernos para lograr estos objetivos.

One Planet, 15 de junio de 2020

www.ecogood.org

Autores y firmantes:

Urbain N’Dakon, chairman, Maat-ECG Africa and African diaspora

Gerd Hofielen, portavoz, EBC Alemania

Luciana Cornaglia, presidenta, ECG Argentina

Christian Felber, fundador del movimiento, Austria

Lisa Muhr, presidenta, EBC Austria

Karla Schimmel, miembro del movimiento, ECG Bélgica

Silvia Álvarez, miembro del equipo coordinador, EBC Chile

Henry Garay-Sarasti, co-coordinator, EBC Colombia

Debla Orihuela, presidenta, EBC España

Paco Álvarez, embajador, EBC España

Estefanía Matesanz, directora, EBC Holanda

Lidia di Vece, presidenta, EBC Italia

Marianne Kert, miembro del equipo coordinador, EBC Luxemburgo

Luisa Montes, miembro del equipo coordinador, EBC México

Sandra White, directora, EBC Reino Unido

Thomas Söderberg, director, EBC Suecia

Gaby Belz, Ralf Nacke, miembros del equipo coordinador, EBC Suiza.

Notas:

[i] Sonia Shah: «Think Exotic Animals Are to Blame for the Coronavirus? Think Again» en The Nation, 18 de febrero de 2020.

[ii] http://trade.ec.europa.eu/doclib/press/index.cfm?id=1608

[iii] 3 World Health Organisation: “Voluntary contributions by fund and by contributor, 2018”, 72nd World Health Assembly, Provisional agenda item 15.2, A72/INF./5, 9 de mayo de 2019.

[iv] https://www.stockholmresilience.org/research/planetary-boundaries/planetary-boundaries/about-the-research/the-nineplanetary-boundaries.html

[v] https://www.eesc.europa.eu/our-work/opinions-information-reports/opinions/economy-common-good

[vi] https://www.eesc.europa.eu/en/our-work/opinions-information-reports/opinions/new-sustainable-economic-models-exploratory-opinion-requested-commission

[vii] www.ecogood.org

[viii] Dierksmeier, Claus / Pirson, Michael (2009): “‘Oikonomia Versus Chrematistike’, Learning from Aristotle About the Future Orientation of Business Management”, Journal of Business Ethics 88:417–30.

[ix] https://www.kateraworth.com/doughnut/

[x] Christian Felber (2019): “Trading for Good. How Global Trade Can be Made to Serve People Not Money”, ZED Books, London. Versión castellana: Por un comercio mundial ético (Deusto).

[xi] Report of the High-Level Commission on Carbon Prices, Carbon Prices Leadership Coalition, 29. Mai 2017, p. 3.

[xii] 12 Stephan Schulmeister: “Implementation of a General Financial Transactions Tax”, estudio del Wifo, junio de 2011, p. 33.

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