Domingo, 14 Marzo 2021 05:04

La expansión de las ‘big tech’

Una empleada revisa una CPU en un centro de datos de Google en Oregon; tiene 21 por todo el mundo

La mayoría de los seres humanos utiliza algún servicio de la compañía: unos 4.000 millones de personas del total de 7.800 millones de la población mundial

 

Google es un gigante que no puede parar de crecer. Como ejemplo, tomemos una unidad de prueba para prensa de un teléfono Android nuevo que todavía no ha salido al mercado y que es de una compañía ajena. En la pantalla de inicio se encuentra en posición preeminente un cuadro de texto para hacer búsquedas con Google. Debajo, el primer icono es una carpeta con 15 apps de sus servicios y al lado aparecen 3 apps más. En la parte inferior, en una posición centrada, está el icono de su navegador Chrome. ¿Se puede vivir sin Google? Una respuesta rápida podría ser: sí con un iPhone, pero no es cierto. El buscador por defecto en los móviles de Apple es Google y, entre su numerosa cartera de servicios, es fácil acabar por hacer uso no de uno, sino de varios de ellos.

La mayoría de los seres humanos utiliza alguno de los servicios de Google: unos 4.000 millones de personas del total de 7.800 millones de la población mundial actual. Alphabet es la empresa matriz creada en el 2015 para reorganizar el conglomerado de compañías que giran en torno a los servicios de Google, fundada a partir del buscador de internet lanzado por Sergey Brin y Larry Page en 1998.

El principio ético con el que se fundó de la compañía fue “Don’t be evil” (no seas malvado), pero unos tres años después de la reorganización bajo el paraguas de Alphabet, en el 2018, el lema bienintencionado de los idealistas ingenieros de software de Silicon Valley desapareció del código moral para adaptarse al de la matriz: “Haz lo correcto”. Una parte del idealismo se diluyó por el ­camino.

Para entender la forma en que Google crece imparable, hay que repasar cómo ha crecido y absorbido áreas de negocio en las que es el dominador absoluto. Su cifra de ingresos mantiene un crecimiento sin freno desde su creación –ver gráfico–, y cada año dispara sus beneficios. La publicidad no ha dejado de ser la principal fuente de ingresos de una compañía que ofrece a miles de millones de personas sus servicios ¿gratuitos?

A medida que Google empezó a tener éxito como buscador frente a las empresas que dominaban internet a finales del siglo XX, como Altavista y Yahoo!, fue abriendo siempre su perspectiva bajo la idea de “organizar la información del mundo”. Para Page y Brin, Google debía ser siempre una compañía lejos de las tradicionales, con la innovación como objetivo esencial, y con una estructura horizontal, muy abierta a la opinión de sus empleados. La aversión a la organización jerárquica vertical forma parte de su cultura empresarial.

Cuando uno visita unas oficinas de Google, no puede reprimir cierta envidia hacia quienes trabajan allí. Los empleados de la compañía californiana no solo gozan de los mejores sueldos del sector, sino también de unas libertades que rompen esquemas tradicionales. Disponen de comida y bebidas gratuitas, zonas de juegos y de relax, para dormir la siesta y ni siquiera tienen horarios rígidos, aunque eso pueda implicar que muchos puedan trabajar finalmente más tiempo que si los tuvieran.

La nueva sede que Google está construyendo en Mountain View, muy cerca de la actual, es un espacio de fantasía con carpas gigantes, espacios abiertos, paredes y techos transparentes y jardines. Todo en la línea inicial.

Ese espíritu de compañía diferente se ha ido transformando a lo largo de los años. En el 2001, el volumen del negocio de Google empezaba a desbordar a sus fundadores, que admitieron que necesitaban una “supervisión adulta”, por lo que ficharon a Eric Schmidt, un reputado ingeniero y directivo de empresas de Silicon Valley, como consejero delegado. Estuvo diez años en ese cargo, cuando lo relevó Page, que cedió el puesto en el 2015 a Sundar Pichai. Schmidt dirigió los pasos iniciales de Alphabet hasta que en el 2018 Pichai fue nombrado también consejero delegado de la empresa matriz.

Pichai ha delegado desde entonces en directivos de su confianza para llevar las riendas de las diferentes divisiones de Alphabet. Sencillamente, es un gigante muy grande que debe reportar beneficios a sus accionistas. No puede dejar de crecer. Las estimaciones de consultoras son que Google alcanza a gestionar alrededor del 60% de la publicidad digital, un mercado que no parece haber llegado ni mucho menos a su techo aunque su ritmo de crecimiento se halla ralentizado en los últimos ejercicios.

Otro indicio de que Google ya no es la empresa idealista en la que los trabajadores tenían una gran posición decisoria es el hecho de que en enero pasado, después de un año de organización en secreto, se presentó el primer Sindicato de Trabajadores de Alphabet (AWU), con una afiliación inicial de 400 personas, lejos a aún de los más de 120.000 empleados de la compañía.

Lo que no ha variado son los hitos que va logrando la compañía en esa “organización de la información” mundial. La mayoría de los vídeos que existen en internet pasan por YouTube, compañía de su propiedad. Cada día se suben más de 50 años de vídeos a esta plataforma, y se visualizan unos 90.000 cada segundo.

En las búsquedas –donde solo China se le resiste, por su política restrictiva–, Google es de lejos el motor más utilizado en el mundo. En conjunto es el 65% del mercado mundial —por esa ausencia del mercado chino, que le hace perder una importante cuota—, pero en numerosos países rebasa el 90%. Durante un día laboral, el número de búsquedas que se hacen en Google está cercano a los 7.000 millones de consultas.

La telefonía móvil es fundamental. Google no solo posee Android, el sistema operativo más popular, sino también una buena parte de los servicios asociados. Android está en el 71,9% de los móviles. El 27,3% es iOS de Apple. Las proporciones varían por países, mientras en Estados Unidos está muy equilibrado (50,7% iOS y 48,8% Android), en España la diferencia es más abrupta (78,8% Android y 20,5% iOS).

Google tiene también una importancia capital en la forma en que nos desplazamos. Google Maps ha cartografiado cada metro de las vías y caminos de buena parte del mundo. Además dispone del planeta virtual Google Earth y de Waze, la app colaborativa de navegador para carretera.

Después de dos décadas de perseguir la utilización de los enlaces de los periódicos sin pagar por ello y a partir de legislaciones claras como la de Australia, Google está dispuesta a abrir ahora una vía de pago a los editores para ­crear un nuevo agregador, Google News Showcase.

Su última incursión puede revolucionar el sector del turismo. Ofrece a los hoteles anuncios gratis en el buscador. Podría romper el duopolio Booking/Expedia y crear, quizás, otro monopolio.

Por Francesc Bracero

Barcelona

14/03/2021 02:31

Pablo Rodríguez: "Hoy no está claro quién es el Big Brother porque está demasiado inmiscuido en nuestra vida cotidiana"

Redes sociales, algoritmos, biogenética y nuevas subjetividades

 Pablo Rodríguez es profesor de la UBA, investigador del Conicet y autor de Las palabras en las cosas. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las relaciones sociales mediadas por los algoritmos en las redes, las nuevas subjetividades configuradas por la informática y la genética, y la incidencia de la pandemia y la cuarentena en estas transformaciones. 

 

Ubícua e inasible, polisémica y fantasmagórica, la idea de información se ha convertido en el hilo que parece enhebrar todo lo existente, todo lo que existió e incluso lo que quizá nunca exista: seres humanos, animales, vegetales, pero también objetos y máquinas, todos somos, en última instancia, sistemas de datos. Ese dogma es el resultado de un largo proceso cultural que conjuga prácticas sociales y discursos científicos, y cuya genealogía reconstruye Pablo Rodríguez en su libro Las palabras en las cosas (Cactus). Desde el título del libro, Rodríguez --profesor de la UBA e investigador del Conicet-- no sólo alude a Michel Foucault para plantear continuidades y transformaciones respecto de su obra, sino que directamente sugiere que el lenguaje se autonomizó de lo humano y se expandió a las computadoras, los algoritmos, las moléculas...

- ¿Cómo se construyó este proceso que tiene a la idea de información como eje? En el libro lo define como una nueva episteme.

- Episteme es un concepto que alude a un código fundamental de la cultura a partir del cual todos los soldaditos se acomodan en un solo régimen, en una matriz muy identificable. La idea de “episteme moderna” Foucault la aplicaba a las ciencias humanas y sociales, es decir a las ciencias que surgieron en el siglo XIX y que eran un discurso de saber acerca de lo humano. No es que antes no hubiera discursos sobre lo humano, sino que en ese momento determinados discursos científicos definen qué es lo humano. A partir de la idea de información se puede notar que hay un gran conjunto de ciencias que se acomodan según un criterio diferente. Y no son solo ciencias, también hay cuestiones vinculadas con las artes por ejemplo. La información --en realidad, en el libro hablo de información, comunicación, organización y sistema-- es una palabra que se empieza a aplicar a un montón de cosas distintas: a una molécula, a un cerebro, a una computadora... La información es candidata a ocupar un lugar central en una episteme en la medida en que intenta explicar un gran conjunto de variables de órdenes diferentes. 

- ¿Cuándo comienza ese proceso?

- La aparición manifiesta se podría ubicar en la década de 1940-1950. Casi ninguna historia de las ciencias le ha dado la importancia que tienen a las Conferencias Macy, una serie de encuentros científicos que se hicieron en Estados Unidos entre 1946 y 1953. Ahí surge la idea de la cibernética --es el nombre que le pone Norbert Wiener-- y, dentro de la cibernética, el problema de la información. A partir de entonces aparecen las relaciones con la biología molecular, la computación --que surge en esa época--, las ciencias cognitivas... Ese es el emergente fuerte de la nueva episteme. Pero en realidad esa idea de información ya estaba prefigurada desde mucho tiempo antes. Por ejemplo, en la estadística, que constituye un tipo de saber en el que los signos se acomodan solos, es decir, un tipo de saber donde se manifiesta la posibilidad de que las representaciones de las cosas adquieran un sentido propio más allá de lo que están representando. Foucault decía que en la episteme moderna la representación estaba aprisionada en la figura del hombre. Pero en ese mismo tiempo, en filigrana, ya había un conjunto de discursos y disposiciones que después la cibernética vino a revelar, como a destapar la olla. Es la idea de que hay un orden de los signos que es parcialmente independiente de lo humano. Eso es lo que la cibernética pone blanco sobre negro.

- ¿Cuáles son las prácticas sociales que caracterizan a este nuevo ordenamiento?

- Hoy nuestra vida cotidiana está atravesada por las tecnologías de la información, WhatsApp, redes sociales, geolocalizadores para movernos... Hay una parte nada menor de la vida social de la mayoría de las personas que pasa por la mediación de plataformas informáticas. No discuto que existe la brecha digital, y que mucha gente no está conectada. Pero para los que sí lo estamos, la información está absolutamente imbricada en nuestra vida. Hasta la década del 80-90, el imaginario acerca de todo esto era el de lo virtual, sociedad virtual, aula virtual, según la cual se estaba duplicando un mundo por otro. Pero ahora, si conocemos a alguien a través de una plataforma, ya no podemos decir que hay una duplicación. Sí podemos decir que metés en una aplicación lo que antes te llevaba mucho tiempo: conocer a alguien, ir a un bar (hoy tenés Tinder); o ir a cambiar cassettes al Parque Rivadavia (hoy tenés Spotify). Todo el tiempo estamos dejando nuestros datos para que esas plataformas o dispositivos nos digan qué tenemos que hacer. Estamos esperando que nos digan qué hacer, no es que nos preocupa eso. 

Y esto nos lleva también a la pregunta sobre si nuestros comportamientos no son también de alguna manera algorítmicos. Alguien puede decir que Tinder es la objetivación y la tecnificación del deseo. Pero también cuando conocemos a otra persona hacemos ciertos cálculos. No es que seamos seres puramente calculadores, pero las cosas que están en el algoritmo son humanas, porque esos algoritmos los diseñaron seres humanos. El asunto es que hoy nos estamos poniendo manifiestamente a vivir por la mediación de esos algoritmos, de esas redes y dispositivos. Si no entendemos la noción de información, no se entiende esto.

- ¿Hay nuevas subjetividades propias de esta etapa?

- Cuando buscamos información en la web o en las redes, esa búsqueda no se produce en un mundo libre de datos disponibles, sino que está determinada por las búsquedas pasadas, por nuestro perfil de usuario y por los demás perfiles. La información que nos entregan como resultado está determinada por eso. Si esto fuera algo accesorio para la vida social, sería un jueguito. Pero si eso forma parte central de nuestras vidas, si muchas personas dedican mucho tiempo de sus vidas a Facebook o Instagram, por ejemplo, esto tiene que afectar a lo que llamamos subjetivación, a los modos de producción de sujetos. Si los modos de relación entre las personas pasan por estos procesamientos de datos, tenemos un proceso de subjetivación diferente al que teníamos. 

- En el libro usa el concepto de "dividual" para explicar esta transformación.

- Es un concepto que usa Deleuze, pero que tiene una historia detrás, relacionada con la idea de que el individuo no es completamente individuo, sino que es divisible o multiplicable por sí mismo. Esto es difícil de pensar para nosotros porque todavía somos modernos, vivimos a partir de la idea de que hay una coincidencia entre cuerpo, persona, individuo, sujeto. Hoy las teorías de género ponen en discusión eso, pero en general seguimos pensando así. Sin embargo, eso se está alterando, hay una especie de fragmentación que se expresa por ejemplo en las redes sociales. La construcción de lo subjetivo siempre es social, pero hoy tratamos con nosotros mismos y nos relacionamos con los demás como si todos fuéramos un gran paquete de datos. Lo sepamos o no. Si yo edito la información de mi perfil, lo estoy sabiendo. Pero no estoy pensándolo cada vez que las redes me sugieren contenido o contactos. Cada oferta de amistad que nos ofrece la red es el resultado de un gran procesamiento de datos, que incluye los datos propios. Tus perfiles en las redes son parte de vos, sin ser vos mismo. 

En este proceso de dividuación, el individuo se convierte en cosas diferentes, que pueden ser remitidas a él pero no solamente. Un caso de esta dividuación son las unidades biológicas. La información de un análisis genético, por ejemplo, es la expresión de una persona, pero no es la persona misma. Decimos que hay información en las moléculas, y esa información se manifiesta en una secuencia, y esa secuencia la sacamos de un tejido que, a su vez, forma parte de un cuerpo. Ahí tenemos cuatro instancias. Si un laboratorio dice “yo soy dueño de tal secuencia genética porque pude obtenerla”, un Estado puede decirle que no, que se trata de un bien común --como ha pasado con la secuenciación del genoma humano--. La secuencia no es una materialidad, no existe fuera de un tejido, pero si un laboratorio se la lleva es como si se llevara una parte de la persona de donde proviene. Lo mismo pasa con las células madre. Todos estos ejemplos nos dicen que uno no es únicamente uno, sino que estamos desparramados en diferentes paquetes de datos fragmentados en distintos lugares. Y todos esos datos son parte de nosotros, sin ser nosotros. Con todo eso establecemos una relación de interioridad y exterioridad, nos representan en algo y, al mismo tiempo, nada de todo eso es... mi mano. La nueva episteme es solidaria con determinadas prácticas sociales para las que, donde antes había individuos, ahora hay conjuntos diferentes.

- ¿Qué nuevas formas de control o vigilancia social son parte de esta trama?

- Esa es una de las cuestiones más complicadas de la nueva época. Hasta hace un tiempo uno podía decir: todos estamos vigilados... Era una suerte de paranoia que funcionaba como sistema crítico. Pero hoy la vigilancia se mezcló con el manejo de cuestiones prácticas, como saber qué camino o qué medio de transporte me tomo para ir a un lugar. Es una era de vigilancia absoluta, pero como estamos completamente vigilados no está claro quién vigila. Claro que hay dueños de infraestructura, dueños de servers y plataformas, es decir podemos identificar a determinadas personas como quienes tienen nuestros datos, pero como cada paso de todas nuestras vidas está datificado, esos datos están solo parcialmente procesados por humanos. En la gran mayoría de los casos, los datos son procesados algorítmicamente, funcionando a partir de la construcción de perfiles, algunos perfiles construidos por nosotros mismos en nuestras redes sociales, otros construidos ligando datos como los de las compras con tarjeta, la geolocalización de los lugares donde estamos, los consumos en la web. Todo eso es más o menos fácil de recolectar. Pero hay otra zona mucho más compleja: tenemos tantos datos que, en realidad, no sabemos qué es lo que hay, por eso existe laminería de datos, que está buscando construir perfiles que no conocemos. Como estamos mediados por estas plataformas, podemos decir que estamos completamente vigilados, porque todo lo que se nos sugiere viene determinado por esas plataformas. Pero detrás de esas plataformas no hay un señor malísimo, sino que hay un sistema sociotécnico: es decir que hemos delegado una parte no menor de la vida social en ese tipo de procesos técnicos, que son también procesos sociales. Todos esos datos nos constituyen. Porque aunque alguien no quiera entregar sus datos, no tenga celular, si va por la calle lo toman las cámaras... Desde el punto de vista de una fantasía como la de 1984, estamos mucho más en el horno que antes. Pero a la vez, el Big Brother no está claro qué es, ni quién, ni cómo funciona, porque está demasiado inmiscuido en la vida cotidiana y en nuestros criterios de practicidad. En 1984 había alguien malo que vigilaba para ejercer poder. Hoy ese poder está ejercido por mecanismos sociotécnicos a los cuales nosotros les delegamos esa capacidad y, al mismo tiempo, esos mecanismos sociotécnicos tienen una relativa independencia de criterio. La minería de datos, los algoritmos que procesan datos, arrojan resultados desconocidos para quien elaboró esos procesos originalmente. Este es un fenómeno muy inquietante. Y lo más inquietante es que, en un nivel, no somos sino datos.

- ¿El capital establece formas de acumulación diferentes en esta nueva configuración?

- Hay una economía de datos y está planteada una discusión acerca de la teoría del valor clásica, porque se está generando valor económico con cosas que no tienen trabajo detrás o, en todo caso, cosas que nos exigen redefinir qué es trabajo. Pero efectivamente ahí hay un tipo de capital. La economía de plataformas supone una nueva forma de explotación de algo que aun no sabemos si vamos a llamar plusvalía... Estamos generando unidades económicas a partir de cosas que no sentimos que sean trabajo, que no son cambiar tiempo por un salario, porque estamos todo el tiempo generando datos que son mercancías

Si todo el tiempo estamos generando mercancías, estamos ante una nueva etapa de acumulación. ¿Podemos decir que toda la serie plataformas-algoritmos-datos constituye una nueva acumulación originaria? No tengo un discurso cerrado sobre esto. Hay empresas que se compran y se venden, hay personas que se hacen millonarias o se quedan en la calle por esto que, en un sentido material estricto, no es nada. Por otro lado, tenemos al llamado biocapital, que implica tomar fenómenos vivientes y transformarlos en productivos por su propia condición de vivientes: por ejemplo, puedo agarrar ensambles moleculares y patentar una secuencia o patentar un proceso. Es algo que está vivo y que es tomado como una unidad productiva, es parte de un proceso de producción, es decir que ya no forma parte de lo vivo sino que forma parte del capital. Y esto se vincula con lo dividual: justamente porque nosotros no somos solo nosotros, ni la máquina es sólo la máquina, sino que todos estamos desperdigados por todos lados... Mientras siga habiendo capitalismo, el capitalismo va a usufructuar todo eso. ¿Podemos explicar cómo lo hace usando las categorías del siglo XIX? Claramente, no. Todo esto es inentendible sin el problema de la información. A la vez, esto no quiere decir que no sigan existiendo otros procesos más antiguos… Las fábricas siguen existiendo. El mundo tal como estaba sigue estando, pero también se está abriendo paso otro mundo.

- ¿Qué formas de resistencia social se desarrollan o pueden desarrollarse en este escenario?

- Hoy no sabemos bien por dónde pasa la resistencia. Lo que sí tenemos claro, y esto debería dejar de ser tomado como un defecto, es que ya no va a haber un sujeto político como antes, en el sentido de un sujeto identificable, con reivindicaciones estables, con definiciones claras respecto de con quién tiene que negociar. Durante un tiempo se creyó que las tecnologías permitían un tipo de lazo que no permitía la política tradicional --por ejemplo, la idea de “la primavera árabe”--. Pero pronto se demostró que no hay que ser tan optimista. Creo que de acá para adelante vamos a tener sujetos políticos muy inestables, y el tipo de resistencia que pueden plantear es muy variable. Si la resistencia es contra algo global, lo global es tan global que no se sabe por dónde resistir. Eso genera que casi todas las disputas se planteen por cuestiones locales. Los mismos agentes no tienen, como antes, una definición de la historia y del antagonismo, una delimitación del conflicto. No es que todo eso ya no exista, sino que existe cada vez más pero de un modo dividual: cada vez vemos más resistencias, pero muy difícilmente puedan ser unificables. Por un lado, se necesita cada vez menos organización para resistir. Pero, por otro lado, la resistencia es cada vez menos orgánica y más episódica. En los mundos progresistas donde uno se mueve, siempre queda mejor hablar de un sujeto unificado, con una organización estable y con una conducción que sabe hacia dónde va. Pero ese no puede ser el único criterio con el cual juzgar algo que todavía no entendemos cómo se está generando. No creo que hoy una organización débil sea sinónimo de debilidad política. En otra época sí, ahora quizás no.

- ¿Cómo inciden hoy, en todo este contexto, la pandemia y la cuarentena? Las relaciones sociales parecen haberse desplazado más que nunca hacia los dispositivos y las redes informáticas.

- Creo que lo que ocurre en esta cuarentena confirma que algunas de las cuestiones que trato en el libro son centrales para entender las transformaciones operadas por la información tanto en las ciencias como en la vida cotidiana. Una de estas cuestiones es la relación entre un virus y la viralización, o sea, entre cómo se enfoca el estudio de un bicho que compone de maneras extrañas con los cuerpos y cómo se utiliza ese mismo bicho como metáfora de una circulación descontrolada. El coronavirus circula de manera descontrolada, entonces se detiene la circulación de los cuerpos, pero eso sólo se hace posible gracias a que, encerrados, podemos viralizar todo tipo de opiniones, comentarios, chistes, palabras de amor y de odio, etc. Obviamente, en otros tiempos hubo cuarentenas sin viralizaciones, pero ¿cómo entenderíamos esta cuarentena sin las tecnologías de información? 

Por otro lado, las viralizaciones y las relaciones que se establecen a través de las redes sociales no son simplemente un remedo de las interacciones cara a cara que tendríamos en la vida normal. En el medio están los datos, los algoritmos, las plataformas, todo un sistema tecnológico que hace minería de datos, elabora perfiles y conecta esos mapas de nosotros mismos con otros mapas de otros. Lo dividual no es una duplicación de uno mismo, es más bien la interacción que se plantea entre individualidades que dejan de serlo porque el medio que las conecta participa de la definición de cada uno para conectarlos: las sugerencias de amistad, las publicidades, los links a textos, todo ello está construido en base a los mismos perfiles que también editamos nosotros en nuestras redes.

- ¿Cómo observa la adaptación de instituciones como las educativas al distanciamiento social?

- Las instituciones tradicionales se tuvieron que adaptar a una virtualización forzada... En mi hogar de clase media se puede trastornar la rutina por tener la escuela en la pantalla, pero la adaptación es posible. Una parte enorme de la población no tiene esa posibilidad por múltiples razones. Ahora bien, incluso cuando se logra esa “adaptación”, se producen cosas extrañas. Foucault decía que la escuela operaba según una lógica panóptica: las y los docentes hablando y mirando desde posición central, las y los alumnos callando y devolviendo la mirada. El otro día escuché a una docente de mi hija decir: “todos con las cámaras prendidas y los micrófonos apagados”. Yo pensé: qué eficaz sigue siendo el panóptico como técnica. Sin embargo, comentando esto mismo en una clase de posgrado en la UBA, una estudiante me la devolvió: “Ojo, porque también nosotros tenemos acceso a la intimidad de tu casa”. Estas distintas interpretaciones muestran cómo se constituyen las sociedades de control y cómo, para ello, se superponen formas viejas y nuevas, pero también cómo nos vemos obligados a redefinir lo público y lo privado, y ahí es donde se ve cómo se relacionan las nuevas formas de vigilancia con nuevos modelos subjetivos donde la intimidad se encuentra redefinida. Lo que hace esta cuarentena es poner blanco sobre negro un conjunto de mutaciones que ya se estaban produciendo. Habrá que ver cuánto queda de todo esto cuando pase la pandemia, pero estoy seguro que no se volverá a lo mismo de antes, justamente porque eso “de antes” ya era distinto respecto de lo que eran las relaciones sociales hace apenas una década... Internet habrá hecho su explosión en los ’90, los celulares en los años 2000 y las redes sociales más tarde, pero su integración en el mundo cambiante de las plataformas, implicando a millones y millones de personas y sincronizándolas, tiene mucho menos tiempo. Y así de dramático fue el cambio que ahora, con otra transformación más dramática aún, no sabremos bien a qué atenernos cuando nos digan que tendremos nuevamente una “vida normal”.

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Las citas online y el encuentro entre los cuerpos

Love Apps, el lugar privilegiado para solitarios inmersos en el anonimato

Una mirada psicoanalítica sobre el uso de estas herramientas de conquistas que moldean las relaciones actuales. Los “matches” como trofeo, los encuentros fugaces, la soltería prolongada, las familias constituidas a partir de una cita on line.

 

Las Love Apps son el lugar de encuentro privilegiado para los solitarios inmersos en el anonimato de las grandes ciudades. En un contexto donde la desconfianza de unas y la precaución de los otros hace cada vez más improbable un acercamiento espontáneo, estas aplicaciones brillan como una instancia pacificadora en la regulación de los lazos. El marco controlado que proponen permite que el anonimato se preserve. Mediante un simple clic, el otro puede volver a desaparecer sin dejar rastro ni heridas afectivas tangibles. La posibilidad de concretar una cita a distancia mediante la presentación de un perfil, filtrada por un chat previo y quizás algún intercambio de audios, transmite la idea de una reducción sensible de las eventuales contingencias del encuentro. El filósofo Zizek proclama que estas aplicaciones promueven una suerte de máxima: “we want the love without the fall” (queremos el amor sin la caída) --refiriéndose a la conocida expresión sajona “falling in love” (enamorarse o, literalmente “caer en el amor”)--. Las Love Apps abonan la idea de un intercambio justo y cuantificable. El salto al encuentro entre los cuerpos, muchas veces, hace trizas todo cálculo previo.

Historias sin historia

El cuerpo en su vertiente libidinal permanece a resguardo en el primer contacto, permitiendo en cierta medida avanzar sin riesgos. En su lugar se ofrece el semblante virtual, mediado por una serie de fotos. El encuentro entre los partenaires implica pasar de una situación perfectamente controlada y de la que se puede salir rápidamente vía “delete” a vínculo con otro ante el cual los seres hablantes se sienten, en ocasiones, desamparados. Las citas padecen de una carencia que hay que sobrellevar a nivel de la puesta en escena. Sin historia previa, ambos se comprometen, al menos, a compartir la mesa de un bar. Este efecto de deshistorización es fuente de evitación y angustia. Lacan definía en “La Tercera” a la angustia como la sensación de reducirse a un cuerpo. En el consultorio resuenan las dilaciones ante la inminencia de una primera cita: cada cual se siente, en ocasiones, repentinamente “a merced” de un desconocido. La fragilidad del lazo hace que cualquier movimiento baste para que la cita se interrumpa: el otro puede devenir repentinamente ominoso, precipitando una fuga fuera de la escena.

Este carácter deshistorizado también tiene otra cara, que es una de las principales innovaciones que traen las Love Apps: la posibilidad de tener citas random, es decir, de conocer alguien que está por fuera de nuestro círculo social, incluso de nuestro círculo virtual, es decir, que ni siquiera sería contacto nuestro en Instagram o Facebook.

“Dr. House” describió alguna vez la diferencia sexual en estos términos: “Las mujeres se enamoran de lo que escuchan, los hombres se enamoran de lo que ven. Por eso las mujeres se maquillan, y los hombres mienten”. Estas aplicaciones dejan al varón desarmado en este aspecto: el culto a la imagen que promueven lo somete al mismo criterio de selección que el sexo femenino. El motivo principal para ser aceptado o rechazado en estas apps no es otro que una serie de fotos, acompañadas de un mínimo texto. Una mujer que promedia los treinta me relata la prehistoria virtual de su actual pareja: se cruzan en Happn donde él le da clic al corazón, mientras ella, impiadosa con la pancita cuarentona de él, lo descarta. La permanencia de la visualización de los cruces en esta aplicación hace posible que él la rastree en Instagram, donde puede exhibirle sus méritos profesionales, así como sus bienes materiales. Consigue por esta vía una cita. Una simpática pancita varonil casi lleva al fracaso lo que hoy es para ella el amor de su vida. Ante este cruel filtro que impone el rechazo instantáneo en las Love Apps, los varones se ven forzados a mejorar su cuerpo… para salir bien en las fotos.

La dinámica de la app hace que la mujer entre en contacto con el varón, no por el lado de un semblante de mostrarse como objeto de conquista y oponer resistencia sino a partir de un "Sí" inicial. Lo cual da lugar a otro fenómeno corriente: los varones no inician las conversaciones. A veces, nunca. "Hacen match y no te hablan" es una queja femenina usual en los consultorios. Mientras las mujeres sostienen una búsqueda más decidida del encuentro, es más frecuente en los varones utilizar las apps para corroborar que gustan al otro sexo. "Me encanta juntar matches en Tinder", me confiesa un paciente de treinta años. En lugar de contabilizar "polvos", muchos varones hoy acumulan conquistas virtuales.

Aunque estas aplicaciones adquirieron temprana fama por promover vínculos fugaces, existen hoy familias constituidas a partir de un cita online. La construcción de una pareja estable, diga lo que se diga, sigue estando en el corazón de la mayor parte de los usuarios de estas apps. Los partenaires que aparecen en el camino entretienen, alivian la sensación de desamparo hija de la soledad y reafirman la propia posición sexuada: hoy para ser hombre y ser mujer no es necesario ser amado, pero sí contar con algún deseo del cual sostener un semblante masculino o femenino. Ellos hace tiempo que vienen reemplazando la mujer y la familia por la circulación entre mujeres para legitimarse ante sus pares. Ellas empiezan a tomar la misma posición. “Nos mueve el deseo” es una de las principales consignas de los movimientos feministas. Lo que se gana en el campo del deseo tambalea del lado de la construcción del lazo amoroso. Una chica cool festeja en una storie de Instagram un pasacalle que sus amigas le habrían dedicado: “Maru, aflojale al Tinder. El 20 juntate con nosotras. El día del amigo no se chonguea”. La homenajeada comenta “Estas son mis amigas”, y añade el emoticón de la cara sonriente con ojos-estrella.

Salvavidas de hielo

Es insoslayable la tristeza que se evidencia, sobre todo en los migrantes digitales, al momento de usar estas aplicaciones. Sensación que debería ser debitada a la soledad de las capitales, y no a las Love Apps. En Buenos Aires se construyen cada vez más edificios colmados de monoambientes. Algunos perfiles imploran: “sacame de esta aplicación”. La oferta constante va en detrimento de la estabilidad del lazo amoroso. Las nuevas tecnologías de la elección favorecen las solterías prolongadas, que ya no son vividas como marginales. La figura de la “solterona” o el “solterón”, con la carga despectiva que conllevan estos términos, ha caído en desuso. No hacen falta círculos sociales tumultuosos ni agobiantes noches en bares atiborrados para tener una cita.

Si en la era analógica el amor dolía por el hastío de un corsé al deseo (matrimonio y monogamia, sus nombres privilegiados) hoy el amor duele porque es un lugar inhóspito para reposar, y donde la extravagancia de la palabra “poliamor” destila cinismo. El amor sigue siendo la posibilidad de nombrar al ser amado: no hay amor sino de un nombre --propuso Lacan sobre el final su seminario 10-- nominación sin la cual no hay superación de la angustia. Pretender hacer del amor algo poli es policíaco respecto de la incompatibilidad del deseo con la palabra. Al tiempo que el amor se declara, el deseo circula sin dejarse atrapar. A esta disyunción apunta una de las letras más lúcidas de Joaquín Sabina: “De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que darí­a por ti la vida entera. Y sin embargo un rato cada dí­a, ya ves, te engañarí­a con cualquiera, te cambiarí­a por cualquiera”.

Mientras las generaciones analógicas buscaban adrenalina en estimulantes narcóticos, el vértigo de la circulación contemporánea de los afectos en la era digital promueve el consumo masivo de ansiolíticos. En el amor contemporáneo todo se construye y se destruye tan rápidamente que los afectos no encuentran otro alivio que el abrazo farmacológico. La pareja ya no es una cárcel de oro sino un salvavidas de hielo.

Por Santiago Thompson, psicoanalista. Doctor en Psicología, Magister en Psicoanálisis - UBA. Autor del libro "El obsesivo y la mujer" (Letra Viva, 2017).

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Viernes, 13 Enero 2017 06:14

Tres despachos sobre Zygmunt Bauman

Tres despachos sobre Zygmunt Bauman

La vida. Pocos son los científicos sociales como Bauman (1925-2017) [goo.gl/nugJmB], cuya vida y obra se entrelazan tan íntimamente. Al contrario del dictum weberiano que "la sociología debe ser una esfera neutral libre de valores personales", Bauman abre la puerta a su propia existencia y sus preocupaciones. Suele asegurar que "para que algo tenga un valor, tiene que venir del reciclaje de las propias experiencias". Cada uno de los temas que analiza en sus más de 50 libros –modernidad, holocausto, libertad, ética, seguridad, comunidad, trabajo, socialismo, consumismo, educación, identidad, muerte, Estado, xenofobia, globalización, pobreza, migración, neoliberalismo, miedo, cultura, Europa o amor– lo vive de una u otra manera durante su larga, tendida entre la Gran Depresión de los 30 y la reciente "crisis de los refugiados", vida. Esto es aún más cierto en su "último periodo", cuando empieza a componer "un solo libro" sobre "el cambiante estado de agregación de la modernidad", que va dividiendo en "libritos" (Büchleins) llenos de "retornos" y repeticiones. Pero también su obra más importante – Modernidad y holocausto (1989)– nace "desde lo personal": gracias a la inspiración y vivencias de su primera esposa, Janina. A pesar de haber experimentado pobreza, guerra, purgas y exilio –o igual por eso–, Bauman parece amar la vida. Así, siempre entendía a su inseparable pipa, un vasito de whisky o vodka en las tardes y el gusto de estar con la gente. De allí vienen sus continuas alertas sobre diferentes peligros que corre nuestra sociedad. De allí que –tras quedarse viudo en 2009– se vuelve a enamorar y casar por segunda vez.

Él mismo. Así, abriendo un poco una puerta, mantiene un pie a la otra, la de su vida personal. En ocasiones, cuando indago sobre su –fascinante y turbulento– pasado dice "que es uno de los temas más aburridos de los que pudiera hablar" o que "no sabe contar historias sobre sí mismo" (...aunque es uno de los mejores storytellers en la sociología). Una vez, cuando a Peter Beilharz, otro sociólogo y su joven colega, se le ocurre escribir un texto "más personal" (Bauman’s coat, 2007), donde describe sus visitas a la casa del pensador polaco en Leeds, éste se siente molesto. “Luego –me dice Beilharz–, reseñando mi libro sobre el gran intelectual australiano Bernard Smith, en una alusión a esto me reprochó que me interesan más los ‘ornitólogos’ que los ‘pájaros’”. A Bauman, "el gran ornitólogo" [científico social], no le gusta que "los pájaros" [todos nosotros, objetos de sus estudios] lo estén mirando. De repente suelta algún detalle en una que otra entrevista, pero como "una excepción que confirma la regla". A pesar de esto, en 2011 –sólo Dios sabe por qué– se nos ocurre con Artur Domoslawski [autor de la biografía de R. Kapuscinski a la que Bauman de hecho escribe un comentario] proponerle una serie de pláticas para un futuro libro biográfico. Sabemos bien de sus reticencias. Pero –sólo Dios sabe por qué– pensamos que a nosotros nos va a decir "Sí" (¡vamos a ser los primeros e únicos!). Aun así parece que desde el inicio ambos presentimos algo: “¡Anda, escríbele tú –le digo–, que lo conoces de más tiempo!”; “¡Anda, escríbele tú –me dice–, que tienes mejores contactos con él!” Finalmente le escribo yo. Pronto llega una respuesta, seca e inapelable ["No"], junto con las consecuencias: un pasajero embargo a las comunicaciones, el castigo por haber violado "la regla" y abusado de su confianza. Tardo casi un año en restablecerla.

La muerte. Para él, es uno de los "grandes ausentes" en la sociología y en la modernidad en general ("la sociedad de consumidores perdió la capacidad de hablar sobre la muerte"). Para remediarlo escribe Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de la vida (1992). Subraya que la muerte es "parte integral de la experiencia de la vida", "idea constitutiva de nuestra sociedad", "último horizonte de la imaginación sobre ella" y "principal condición de la existencia de la cultura" (con la cual tratamos de "sobrevivir a nuestra propia muerte"). Una vez dice que éste “es su libro favorito de los suyos. Con José Saramago –cuya novela Las intermitencias de la muerte (1998) [¡otro favorito!] narra una historia de un país imaginario donde un día la gente deja de morir– comparte la convicción de que la inmortalidad sería tanto "fuente de posibilidades" como origen de nuevos y serios problemas. Pasando los 85 años empieza a quejarse de su "imperdonablemente larga vida" y de "vivir de tiempo prestado". Cuando una vez le pregunto por los planes, dice que quiere viajar lo más que pueda con las ponencias "para huir de la soledad después de la muerte de Jasia [Janina], provocando a la suerte, pidiéndole a la huesuda que se apure, facilitándole el trabajo a la inevitabilidad..." Su nuevo amor seguramente alteró estos "planes", pero no cambió el horizonte. En uno de sus últimos libros cuenta una historia de cómo –ya acercándose bien a los 90– se le ocurre llenar un cuestionario online para pronosticar "el tiempo restante de la vida"; completada la operación en la pantalla aparece el resultado: "Según nuestros cálculos usted ya está muerto. ¡Que tenga buen día!" La repite unas veces más en sus siguientes Büchleins hasta que un día ya no logra engañar el cálculo de probabilidades y eludir a la inevitabilidad.

Coda. Convirtiendo a su sociología en "una especie de literatura", Bauman solía "pedir prestado" tanto de sus colegas pensadores como de los novelistas: Kafka y Kundera, por ejemplo, eran para él "los más perspicaces sociólogos jamás".

Lo mismo aplicaba a Italo Calvino: le gustaba retratar a los miembros de su "sociedad líquida" como habitantes de las calvinianas "ciudades invisibles" como Leonia, "donde el progreso se medía por la cantidad de cosas y personas desechadas".

En los 80 Calvino preparó una serie de ponencias (Seis propuestas para el próximo milenio, 1988), cuyos temas –levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad– parecen un manual de estudios baumanianos avant la lettre.

El trabajo sobre la sexta ponencia –consistencia– fue interrumpido por la muerte del autor.

Siempre me parecía el término exacto para hablar de la vida, obra y –ahora– la muerte misma de Bauman que, criticando los "excesos" de nuestra sociedad, destacaba por su humildad y, si pecaba de algo, era quizá de su desbordante hospitalidad y generosidad.

 

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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"El valor no es la biblioteca, es saber qué quiere la gente"

Los guionistas Santiago Calori y Alejandro Quesada y el productor Camilo Antolini dan su visión sobre los datos que arroja el análisis de los usuarios de series online: un panorama que también afecta a las formas de realización y distribución del negocio.

 
Entre los hábitos de la versión sesentosa de Batman, había uno particularmente explícito en su propósito. Sucedía a mitad de un episodio doble, cuando los superhéroes de Ciudad Gótica quedaban a merced de un villano. "¿Podrá salvarse el dúo dinámico del destino que les espera? ¡Mañana a la misma Batihora y por el mismo Baticanal!", decía el locutor. El viejo y efectivo recurso del "continuará..." dejaba al encapotado y su compañero enganchados a complejas maquinarias criminales, al igual que a los espectadores. El objetivo era claro y la posibilidad para el espectador era específica, radicalmente diferente a lo que facilitan los formatos audiovisuales web que agitaron las modalidades de realización y distribución. Si bien se siguen usando los ganchos, como nunca antes se comentan las series (y disponen del tiempo propio) al punto que apareció el llamado binge watching (atracón al ver varios capítulos a la vez) facilitado por estos modelos. Unos y otros términos fueron centrales de un informe que la plataforma on demand Netflix dio a conocer en estos días. Página/12 convocó a los guionistas Santiago Calori y Alejandro Quesada y el productor Camilo Antolini (director de 100 bares) para opinar sobre estos cambios.


Lo que hicieron desde la plataforma de contenidos online fue analizar los datos globales de streaming (la transmisión de datos) de las primeras temporadas de producciones propias (Marco Polo, Sense 8, Marvel's Daredevil, entre otras) y de otras señales de su paquete (Mad Men, How I Met your Mother, Suits, por ejemplo) para rastrear cuándo fue que los espectadores se "engancharon". Según el relevamiento, no sólo se corrobora por el diferencial del on demand; pasa por el hecho de que el espectador puede ver varios episodios seguidos cuando quiera –fomentado además por no tener tanda comercial clásica–, y se puede apreciar claramente el instante en que nace el fanatismo de una serie. Alejandro Quesada apunta que con Internet cambiaron las posibilidades cuantitativas y cualitativas de las series, pero que también se achicó el ritmo vertiginoso de los umbrales de "paciencia" del público para darle tiempo una historia. "Desde el guión hay herramientas para lograr atraer y generar ese tipo de 'adicción'. La buena escritura tiene ese poder, nos pasa leyendo un libro que nos atrapa", dice el encargado de los libretos de LaLola y Graduados. Santiago Calori (La niñera y Ciega a citas) apunta en la misma línea, pero diferenciando estos servicios digitales de la tevé convencional por la oferta de temporadas integrales. "Al largarlos así, en un día y medio te podés ver todo House of Cards, lo cual es propio de un desquiciado. Lo interesante es que al tener cautiva a la gente, los shocks y las sorpresas ya no están sobre el final", clarifica el realizador del documental Un importante preestreno, que recuerda a Lost como un mojón a medio camino entre la vieja y la nueva forma de consumo. "Fue la serie que generó una adicción notable, ya que la mayoría de la gente la veía online. Dicen que había un secreto para no quedarse empotrado: cortar a mitad de un episodio. Lo cual demuestra que la lógica aún era la del gancho al terminar el capítulo". Desde la mirada del productor, Antolini hace un análisis general en el que plantea algunas inquietudes: "Es una forma de testeo diferente. Lo que me genera inquietud es que las producciones puedan estar tan formateadas desde el marketing: ¿hay lugar para algo novedoso? Me lo pregunto, nadie lo tiene tan claro. El algoritmo que usaron con House of Cards funcionó. Me refiero a David Fincher + Kevin Spacey + la temática + toda la temporada junta. Y House of Cards es muy buena", describe.


El mencionado informe recabó datos entre enero y julio de este año de dieciséis países entre los que no estuvo Argentina, aunque desde Netflix señalan que los indicadores de nuestro país son similares a países como Brasil, Alemania, México, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos. Se estipuló un número mágico para las más de veinte series tenidas en cuenta en relación a su relevancia final. "El 70 por ciento de los espectadores que vieron el episodio 'gancho' continuaron y completaron la primera temporada. Es decir ya no hubo marcha atrás", detalla. El estudio no revela cuáles fueron los momentos específicos de esos episodios, pero deja abierto el camino al recuerdo. Por ejemplo, en Breaking Bad fue con el segundo capítulo, o sea "el de la bañera con ácido cayendo desde el techo". Y en The Walking Dead fue con "Guts", cuando Rick Grimes dejó encadenado a un tubo al racista hermano de Daryl Dixon. En Dexter, ficción sobre un "querible" asesino serial, obviamente su punto fuerte eran las muertes, pero los usuarios le dieron el visto bueno cuando se revive el primer asesinato del protagonista hacia el tercer episodio.


¿Puede ayudar esta información a saber en qué instante dar el golpe? Marta Kauffman, que para esta señal creó Grace y Frankie, cree que sí. En esta comedia, los personajes de Jane Fonda y Lily Tomlin se vuelven compañeras a la fuerza, ya que sus ex esposos salieron del closet e iniciaron un romance: "Ellas deben enfrentar su miedo, enojo e incertidumbre para seguir adelante. Para mí, como creadora, es clave el cuarto episodio, para cambiar el enfoque de la historia del pasado hacia el futuro. Saber que la audiencia nos acompañó en ese momento fue muy agradable", dice la hacedora de Friends. ¿Será esta herramienta de análisis una clave para un negocio en inflexión? "Todos los contenidos de ficción van camino a ser on demand; estamos en un momento de transición importante, pero lo que todavía no está resuelto en el campo digital es la monetización", lanza Antolini.

 

Desde 100 Bares pone el ejemplo de Entre caníbales, que tuvo y tiene una repercusión notable en la plataforma online de Telefe aunque la transmisión tradicional no corrió la misma suerte. "Tal vez los puntos de rating que nos faltaron para el aire estaban ahí. Eso más allá de los problemas que haya podido tener la serie, pensar que iba a generar empatía en un año electoral y no resultó. Lo que es claro es que hay una convivencia de dos mundos audiovisuales, y eso redunda en un beneficio para el espectador".


En definitiva, tanto Calori como Quesada aseguran que justamente parte de su trabajo como guionistas es usar los cliffhangers para "dar espectacularidad", "aplazar un misterio o agrandarlo para que luego ruede como una bola de nieve"; pero descreen que el uso de fórmulas sea completamente fiable. Ahí está el caso de la serie Botineras y su viraje de la comedia hacia el policial con la muerte de un personaje protagónico. Dice Quesada: "El enigma de quién era el asesino fue el misterio que hizo crecer y sostuvo la novela hasta el final. Aunque el momento histórico que hacen que una temática sea aceptada o rechazada, la química entre el elenco... se pueden ajustar al máximo los riesgos, pero nada es garantía. En lo personal creo que el riesgo siempre es garantía". Calori recuerda el gancho de un episodio de The Killing, en el que a uno de los protagonistas lo muelen a palos dejándolo en el medio de un bosque. "¿Cuándo va un gancho o no? Es lo sabe cualquier guionista. Diría que el verdadero valor de estos servicios no es siquiera su biblioteca, es saber lo que quiere la gente. En Google es saber lo que vos buscás, acá es el algoritmo que tienen, es la data que involuntariamente brindás. No está mal, no es 'el videoclub del futuro' como se dice; el valor es la información, tienen un mapa de los gustos de la gente estrambóticamente grande". O, para ponerlo en palabras de Robin: "Santo streaming, Batman".

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Los desafíos de la comunicación contra-hegemónica en red

ALAI AMLATINA, 05/03/2013.- La comunicación alternativa y contra-hegemónica en red se refiere a un proceso participativo en internet que involucra a grupos, colectivos, organizaciones y movimientos con una visión politizadora del periodismo, a partir del reconocimiento del sector informativo como un espacio de disputas de sentidos por la hegemonía política y cultural. El hecho de que la red planetaria no esté sometida al dominio de los imperios mediáticos proporciona un margen acentuado de libertad de expresión, además de favorecer la convergencia en torno a ideas y valores y movilizaciones por afinidades específicas.

 

El ecosistema virtual, descentralizado e interactivo, favorece prácticas comunicacionales que cuestionan las formas de dominación impuestas por las clases e instituciones hegemónicas, sustentadas ideológicamente por los medios corporativos.

 

La comunicación es alternativa porque se estructura para el trabajo político-ideológico, privilegia  contenidos críticos y se rige por métodos colaborativos de gestión y formas no mercantiles de actuación. Significa asumir la opción por la difusión de informaciones y análisis que contemplen temas de interés colectivo, en una perspectiva favorable a la divulgación de reivindicaciones sociales y comunitarias generalmente ausentes o despreciadas en las agendas y coberturas de los medios tradicionales.

 

Cinco características distinguen la comunicación alternativa en red: a) compromiso con la universalización de los derechos humanos; b) no se imponen ópticas interpretativas únicas en la apreciación de los acontecimientos, rompiendo así con la subordinación a las valores particulares de las corporaciones mediáticas; c) la dinámica virtual estimula cambios e interacciones; d) se sigue el principio inclusivo del copyleft (permiso para reproducir informaciones, mencionando la fuente y sin fines lucrativos, evitando las barreras impuestas por la propiedad intelectual).

 

Una variedad imprevista de modos de creación y de relacionamiento se manifiesta en internet, permitiendo transmisiones autónomas de contenidos en diferentes formatos y lenguajes. Se incluyen ahí proyectos, experiencias y medios  relacionados a movimientos sociales, populares y comunitarios, organizaciones políticas y grupos militantes que se enfrentan  al  sistema capitalista y la construcción de modelos de desarrollo inclusivos y socializantes.

 

Los medios alternativos en red se utilizan cada vez más en redes sociales, blogs, listas de discusión y correo electrónico para la difusión de ideas, convocatorias de eventos y campañas, intercambios de datos, imágenes y archivos sonoros. Todo eso facilitado por las conexiones infoelectrónicas y tecnologías móviles que eliminan barreras geográficas e instituyen formas más ágiles de contacto y articulación.

 

Los  proyectos comunicacionales no se agotan en el plano informativo, en sentido estricto, y establecen vínculos con el activismo contrahegemónico. Ese tipo de elaboración informativa tiene afinidades programáticas con el conjunto más amplio de los organismos reivindicantes de la sociedad civil. Se trata de asociar las actividades informativas a proyectos de transformación de la sociedad, lo que dependerá siempre de una aplicación coherente de los compromisos editoriales.

 

De manera general, las acciones contra-hegemónicas actúan como herramientas para la comunicación en el campo popular, sin dejar de lado la militancia social, quedando implícito que periodistas y/o comunicadores deben ser solidarios, en la batalla de las ideas, con las fuerzas sociales empeñadas en las luchas por la democratización de la palabra y de la información.

 

La amplia variedad de iniciativas de comunicación alternativa en red expresa la heterogeneidad de movimientos, grupos y colectivos provenientes de lugares y contextos diferentes, con singulares acumulaciones de experiencias y propósitos. Pero los participantes integran, con ritmos y énfasis peculiares, el mismo campo: la oposición a los grupos monopólicos privados que mercantilizan  la información en función de sus ambiciones lucrativas. Aunque con una penetración social muy inferior a los medios masivos, la mayoría de las experiencias contra-hegemónicas en red estimulan la circulación social de interpretaciones críticas sobre relevantes temas políticos, económicos, culturales y ambientales.

 

A despecho de estas potencialidades, debemos  problematizar algunas cuestiones. La profundización de la comunicación contra-hegemónica en red depende de plataformas tecnológicas más avanzadas, de más acciones convergentes y principalmente de condiciones adecuadas de sustentabilidad económica. Son exigencias básicas para diversificar e intensificar la distribución de contenidos en múltiples y simultáneos puntos de la red.

 

Aún es relativamente reducida la repercusión de la comunicación alternativa en red en el conjunto de la sociedad. Vale la pena preguntar: ¿cómo competir con las infernales máquinas de producción simbólica que se fundamentan en la concentración monopólica de los medios masivos? Por lo general, los medios contra-hegemónicos  que están presentes en Internet llegan más a sectores organizados y politizados, además de los formadores de opinión, los periodistas, los estudiantes y los activistas gremiales. Probables motivos de estas limitaciones: lenguajes y formatos inadecuados, discursos excesivamente ideológicos, inconsistencia en las orientaciones editoriales y  en los esquemas de divulgación, baja penetración de internet en zonas poblacionales pobres,  etc.

 

Es necesario debatir, definir e intentar desarrollar políticas de comunicación electrónica más eficientes, aprovechando todos los medios y metodologías de divulgación disponibles, como por ejemplo, boletines electrónicos, eventos que atraigan la atención de nuevas audiencias, estrategias específicas para redes sociales y mayor integración de las experiencias en plataformas comunes de difusión. Otro problema a superar es la infoexclusión de poblaciones de baja renta. El universo de usuarios, por más que esté aumentando exponencialmente, no corresponde a la totalidad social, que es contradictoria y desigual. Hay una grave asimetría entre las innovaciones tecnológicas y la capacidad de inclusión de la base de la sociedad en los nuevos escenarios. La universalización de los accesos depende de políticas públicas que expandan los usos sociales, culturales, educativos y políticos de las tecnologías; del desarrollo de infraestructuras de red en banda ancha; de inversiones y fomentos públicos permanentes; de formación educativa y cultural, entre otros puntos.

 

Internet es una herramienta más en la intrincada batalla de las ideas en la arena de la comunicación, y sería iluso creer que, con las limitaciones actuales, pueda suplantar al poder  mediático. Pero estamos hablando, sin duda, de una herramienta estratégica, pues permite  el desarrollo de más espacios independientes para la producción y diseminación de informaciones fiables y no mercantilizadas, sin vínculos con las estructuras y las presiones del poder mediático.

 

Finalmente,  es necesario enfatizar que la valorización de la comunicación alternativa en red no significa, en absoluto, sustituir el mundo real por la realidad virtual. Imaginar lo contrario es subestimar mediaciones sociales y mecanismos fundamentales de representación política. Las movilizaciones presenciales siguen siendo insustituibles, sin embargo pueden ser reforzadas por las acciones virtuales, como parte de la larga lucha por derechos sociales, políticos y culturales de la ciudadanía.

 

Por Dênis de Moraes, doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad Federal de Río de Janeiro y profesor e investigador de la Universidad Federal Fluminense, en Brasil. Autor, entre otros libros, de La cruzada de los medios en América Latina (Paidóis, 2011),  Mutaciones de lo visible: comunicación y procesos culturales en la era digital (Paidós, 2010), Sociedad mediatizada (Gedisa, 2007) y Por otra comunicación (Icaria/Intermón, 2005).

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