Las religiones monoteístas o las monolatrías derivadas de la tradición hebrea repudian y castigan la formación de imágenes humanas y mucho más su adoración. Similar ha sido el Islam y en menor medida el protestantismo. No así el catolicismo. Las antiguas religiones romanas dejaron su herencia en la nueva religión del imperio.
No obstante, en el catolicismo europeo la valoración de imágenes de la Sagrada familia, de una vasta colección de santos y de partes de santos es aún un fenómeno secundario en comparación a la liturgia. Diferente, en el protestantismo el espectáculo del rito ha sido sustituido por el trance proselitista y el orgullo público de ser un elegido de Dios. La palabra histérica que busca convencer y confirmar es natural en una secta que nació protestando. Quizás por su origen de catacumbas y luego por su centenaria posición en la pirámide del poder, el sacerdote católico está más entrenado en la combinación de la palabra pausada y el silencio calculado. Quizás por su temprano ejercicio intelectual, mucho más amplio y diverso que el de los pastores protestantes, los sacerdotes católicos no son tan afectos a la verborragia. En los países católicos, este trance colectivo de la oratoria está casi todo exorcizado en esas religiones seculares que son los partidos políticos. En particular en el mundo latinoamericano donde la política, la cosmología y la literatura son la misma cosa con profesionales diferentes.
Pero la percepción literaria del mundo en el mundo amerindio es, ante todo, visual. Es propio de un mundo vivo donde la tierra no es un reino maldecido por una abstracción celeste sino parte del cosmos, parte de la unión entre la serpiente y el ave.
El rasgo que mejor distingue la religiosidad del continente es la veneración de la virgen María, en particular en su versión guadalupana. Dentro de esta experiencia religiosa, un aspecto destacable son los avistamientos de la virgen. Si bien son conocidas las apariciones de vírgenes en otras partes del mundo, como la virgen de Fátima en Portugal, en América Latina la importancia de estas apariciones es mucho mayor y diferente en su naturaleza. El fenómeno no consiste en la aparición de la virgen sino en una imagen física de la virgen y a veces de Jesús. El milagro es siempre material y simbólico, como una huella es a un pie.
De hecho las apariciones de la virgen son prácticamente mínimas. Se venera la representación en nombre de lo representado. Así se produce el milagro: se une el agua con el aceite, se compatibiliza la sensualidad amerindia con la abstracción judeocristiana.
Según la tradición, la virgen de Guadalupe sólo se apareció al indio Juan Diego hace más de cuatro siglos. Pero las apariciones de las imágenes de la virgen han sido innumerables. Aún cuando la tradición teológica y popular alega que no se venera una imagen sino lo que representa, lo cierto es que lo representado no puede ser fácilmente sustituido por una copia cualquiera, como una Biblia y su copia tienen el mismo valor semántico y religioso. Los estudios y las leyendas que se tejen entorno a la pintura de la virgen de Guadalupe en México están rodeados de misterios visuales. En uno de ellos se ha llegado a mostrar o demostrar que en la iris del ojo izquierdo de la pintura de la virgen están representados una serie de personajes históricos que van desde el indio Juan Diego arrodillado hasta el obispo Zumárraga. 
Los misterios ópticos son de tal grado de importancia que quienes creen descubrirlas no se preocupan por el mensaje o la interpretación que el milagro puede portar sino por el milagro mismo de la imagen que luego atribuyen poderes chamánicos de sanación. Esto se resuelve con un mismo mensaje repetido y siempre intrascendente, como la alegación de que una aparición significa que tiempos terribles están por venir. 
Lo que queda claro es la importancia visual de la experiencia religiosa, es decir, la conexión entre espíritu y materia, entre la divinidad y la sensualidad de la imagen que representa el extremo opuesto de la abstracción hebrea o islámica. 
Esta es la misma conexión cosmogónica que tenían los pueblos amerindios antes de la llegada del colonizador europeo. Muchos especialistas han observado que la aparición de la virgen de Guadalupe en el cerro de Tepeyec, el mismo lugar donde los indígenas adoraban a Tonantzin, demuestra o sugiere la sustitución de la Diosa Madre amerindia por la Madre del hijo de Dios —Madre de Dios, según tradicional equívoco—. No obstante podemos alegar que si en la liturgia consiente hubo una sustitución, también podemos considerar que la imposición teológica y moral del colonizador sólo confirmó los valores y las percepciones anteriores que sobrevivieron reprimidas en un pueblo numeroso. 
La virgen de Guadalupe está rodeada de símbolos que podemos rastrear entre los aztecas y hasta la mítica Tula, como el Quinto Sol y la Luna. Podemos agregar otros detalles. El color verde que rodea a la virgen de Guadalupe, presente en la bandera de México, probablemente se refiere al verde del quetzal. La misma forma de la capa de la virgen se asemeja a las alas del ave sagrada cuando posa en una rama. El verde fue un color divino y real en el cosmos amerindio y tal vez también representó la libertad, debido a que el quetzal no se reproduce en cautiverio. También verde era el color brillante del colibrí (Huitzilopochtli, el “Colibrí izquierdo”) y del agave (maguey) que florece después de cinco años para morir y reproducirse. 
Leopoldo Zea y otros latinoamericanistas han observado que en ningún otro continente como en América latina la colonización europea sustituyó las culturas originales. Creo que esta idea sólo se puede aplicar a los afros en Estados Unidos donde, más allá del pretendido nombre étnico y el color de piel, difícilmente se pueda encontrar algo de África que haya sobrevivido a la violencia del colono, como sí podemos encontrar en los afros de Brasil o del Caribe.
En un estudio anterior he insistido que la civilización prehispánica no sólo sobrevivió en forma de influencias a escalas artesanales sino que la misma represión del colonizador minoritario provocó su travestismo y consecuente consolidación en lo más profundo del alma del futuro continente. Las diferencias culturales que identifican al pueblo latinoamericano proceden del vencido y del vencedor. Son los rasgos del vencedor, la civilización hispánica, los visibles, los únicos conservados en la letra escrita y en el poder de las instituciones. Pero son los rasgos del vencido los que han moldeado las formas de sentir y de ver el mundo, transmitidos en una forma de ser y de hacer, en las tradiciones orales y en las actitudes humanas ante los problemas, ante la vida y apenas visibles en sus detalles. La narración de sus héroes y obsesiones, la tradición de sus fracasos y renacimientos, lo revelan.


 
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Lunes, 01 Junio 2009 09:02

El sexo pierde al Vaticano

"Si no podemos ser castos, al menos seamos cautos". Esta ironía, que el pensador George Bernanos pone en boca de su simpático cura rural, define el espíritu con que la Iglesia romana se enfrenta a los comportamientos sexuales de sus clérigos. Lo malo es cuando la hipocresía o el ocultamiento alcanzan a actividades delictivas, como la pederastia y otros abusos de poder. Es esa política de secretismo, avalada por el Vaticano, la que ahora tiene sumida a la jerarquía católica en un escándalo de colosales proporciones. Afecta a la muy católica Irlanda. Los hechos son devastadores, con testimonios de 1.000 alumnos en 216 escuelas, reformatorios u orfanatos, y relatos estremecedores de violaciones, abusos y sevicias a niños y niñas, habitualmente de hogares humildes.

Lo sucedido en Irlanda se ha producido en otros muchos países. En España hay numerosas denuncias, con media docena de condenas judiciales contra sacerdotes pederastas. Pero es difícil conocer la magnitud del problema, dada la tendencia de la jerarquía a ignorar, e incluso tapar, los escándalos. Las instrucciones del Vaticano son sintomáticas. Ante cualquier denuncia, hay que asegurar la reserva total, dice una instrucción de 1962.

Cuando Dante Alighieri describió en la Divina Comedia el sufrimiento, en lo más hondo del Infierno, de numerosos sodomitas, se detuvo sobre todo en un grupo de sacerdotes libertinos. También encuentra allí a un obispo de Florencia. El poeta se cansa pronto de ajustar cuentas "ante pecado tan notorio". "Saber de alguno es bueno / de los demás será mejor que calle / que a tantos como son el tiempo es corto", se disculpa (Canto XV).

Por entonces, se castigaba severamente a los eclesiásticos de vida depravada. Un decreto papal de 1568, titulado Horrendum, ordenó que "los sacerdotes que abusen serán privados de todos los oficios y beneficios, y entregados a los tribunales seculares para su castigo". Se ha incumplido con escandalosa frecuencia.

El caso más notorio es la protección de Juan Pablo II al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel. Durante décadas, Maciel y algunos de sus lugartenientes sometieron a abominables abusos a cientos de muchachos, especialmente en el seminario de Ontaneda (Cantabria). Sólo tras la muerte del Papa polaco, en 2005, el famoso pederasta fue apeado de su enorme poder, con la orden tajante de alejarse de Roma. Se recluyó en México. Fue su único castigo en vida. Falleció ahora hace un año.

El primer escándalo por ese comportamiento encubridor se produjo en Italia en una de las escuelas pías del aragonés José de Calasanz. Fundador de la Orden de Clérigos Regulares Pobres, conocidos ahora como escolapios, Calasanz reprimió la divulgación del abuso sexual de niños por sus sacerdotes. Pagó por ello. Uno de los pedófilos, el padre Stefano Cherubini, tuvo tanto éxito en el encubrimiento de sus delitos que incluso llegó a ser superior de la orden, arrinconando al fundador. La orden fue clausurada por Inocencio X. Calasanz murió a los 91 años en Roma, todavía en desgracia. Ocho años después, Alejandro VII lo rehabilitó. Fue hecho santo en 1767.

El sexo fue un asunto desprovisto de importancia para los primeros cristianos y es prácticamente ignorado por san Pablo (el temperamental apóstol llegó a decir que "es mejor casarse que abrasarse"). Pero pronto se impuso la idea de que el celibato era superior, el matrimonio inferior, y el sexo, en consecuencia, un acto perverso. Fue el obispo Ambrosio de Milán (373-397) quien desbrozó el camino. Hombre "imponente", según san Agustín (por su sabiduría y porque "leía sin hablar", un hábito desconocido en el mundo clásico), Ambrosio impuso el criterio de que la vida conyugal era incompatible con una carrera en la Iglesia. "Incluso un buen matrimonio es la esclavitud", dijo. De ahí al celibato obligatorio de los eclesiásticos quedaba un paso, entre agrias disputas.

La pertinaz decisión de ocultar o proteger las desviaciones sexuales de los clérigos disolutos, incluso cuando son delictivas, tiene que ver con el concepto heroico que los eclesiásticos tienen de sí mismos. "La Iglesia es una preciosa élite de superhombres porque el espíritu actúa en ellos. Hay que defenderla de la contaminación, venga de donde venga", predica Tertuliano.

Julio Pérez Pinillos, ex presidente de la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados (FISCC), cree que el escándalo de los abusos sexuales por sacerdotes "remite a la inconveniencia de mantener esa ley eclesiástica medieval y no evangélica". "El celibato obligatorio favorece relaciones clandestinas, y da pie a abusos que sufren sobre todo los menores, las mujeres y la descendencia cuando se da. Qué buen servicio haría a la claridad evangélica y al merecido buen nombre de muchos sacerdotes y religiosos y religiosas entregados a las comunidades cristianas la revisión de esa ley del celibato, formulada a mediados del siglo XII".

Emilia Robles Bohórquez, de la organización Proconcil, subraya, por su parte, que "no es toda la Iglesia quien delinque", pero que compete a toda la Iglesia, "con valor, transparencia y energía, afrontar el hecho". Añade: "Dada la gravedad de las situaciones, hay que revisar la manera de afrontar la sexualidad, pero antes urge limpiar y desinfectar los sótanos de algunas instituciones que, lejos de lo que dicen ser, son, con demasiada frecuencia, nidos de bichos". Robles cree que en ese empeño de limpieza, la jerarquía necesita "colaborar con las instituciones civiles y alejarse de complicidades y victimismos".

Pese a que fue entre los esclavos, los humildes y las mujeres entre quienes primero se propagó el cristianismo, la agresiva tradición antifeminista avanza pronto en la nueva organización eclesiástica. Es ese desprecio a la mujer, incluso el aborrecimiento, por donde se ha colado el afán de dominación y todo tipo de abusos, sobre todo sexuales. No es posible comprender esos comportamientos prepotentes sin escuchar a los padres de la Iglesia proclamando la abyección de la mujer y el sexo. Así se explica, también, que las principales víctimas, por millares, de la Santa Inquisición fuesen mujeres, arrastradas a la hoguera por brujas o portadoras de pecado.

Había dicho, por ejemplo, san Juan Damasceno: "La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno". Y santo Tomás de Aquino: "La mujer es un hombre malogrado. Un ser ocasional: sólo el hombre ha sido creado a imagen de Dios". O Alberto Magno: "La mujer es un hombre ilegítimo y tiene la naturaleza incorrecta y defectuosa". Incluso el gran Agustín, obispo de Hipona, sostuvo que "el marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer", y que "nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer". ¿Hablaba por experiencia? Padre de un chico al que llamó Deodato (dado por Dios), repudió a la madre sin contemplaciones para hacer carrera eclesiástica.

Otro cantar es la homosexualidad entre el clero cuando se convierte en signo de poder o antesala de abusos pedófilos. Sostiene Ramón Teja, presidente de la Sociedad de Ciencias de las Religiones y catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria: "Era lugar común en la literatura ascética de la antigüedad que la decadencia del monacato se produjo por la presencia de jóvenes en los cenobios. Lo advertían los padres del desierto con dichos como éstos: 'Un diablo fue a golpear a la puerta de un cenobio y vino un joven a abrirle. El demonio, al verle, dijo: Si estás tú aquí no hay necesidad de mí'. Para los monjes, los jóvenes, más que las mujeres, son un lazo del diablo". Otro dicho de época: "Donde hay vino y jóvenes no se necesita a Satanás".

Teja ve en los casos de abuso un hilo conductor común: la idea de que el sexo no cuadra bien con lo sagrado. "No he encontrado textos que reflejen mayor tolerancia hacia la fornicación homosexual que hacia la heterosexual, pero es reveladora esta sentencia que parece reflejar una cierta graduación de pecados: 'El monje no debe cultivar la amistad con un joven, ni el trato con una mujer, ni tener amistad con un hereje".

Las cosas no han mejorado en la actualidad. Todavía en 2001 el teólogo redentorista Marciano Vidal fue castigado por la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio de la Inquisición) por considerar la sexualidad humana como "un lujo de la naturaleza" (la persona, un ser sexuado, un modo de percibir al otro, etcétera), y por entender las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad o la masturbación. La severa notificación inquisitorial contra el gran moralista español lleva la firma del cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.

El libro de Marciano Vidal Moral de actitudes es una referencia imprescindible para comprender las agitadas relaciones del cristianismo con el sexo y la mujer. Vidal recuerda en Moral del amor y de la sexualidad que "castidad" procede de "castigo" ("que la razón impone a la concupiscencia domándole como a un niño", escribe santo Tomás de Aquino).

Marciano Vidal, por cierto, subraya la indulgencia con que el buen san Alfonso contempla un escote (ubera) de mujer. "Pectus non est pars vehementer provocans ad lasciviam" ("El pecho no es parte que provoque vehementemente la lascivia"), escribe el fundador de los redentoristas. Hay una simpática anécdota del papa Juan XXIII ante la exuberante Sofía Loren. Cuando era nuncio en París, el carismático Papa del Concilio Vaticano II se encontró en un acto oficial con la actriz italiana, que lucía generoso escote. "¡Benedetto, quel Calvario!", suspiró con sonrisa desarmante, para regocijo de los presentes. Fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2000.

El argumento libidinoso se sostiene muchas veces para expulsar del sacerdocio a la mujer. Se lo recuerda Umberto Eco al cardenal Carlo Maria Martini en el diálogo publicado con el título ¿En qué creen los que no creen? Eco dice al cardenal que Tomás de Aquino usa el argumento propter libidinem (a causa de la lujuria) porque si el sacerdote fuese mujer, los fieles (varones) se excitarían al verla. Rebate Eco: "Dado que los fieles son también mujeres, ¿qué ocurre entonces con las muchachitas que podrían excitarse ante un cura guapo?". El autor de El nombre de la rosa recuerda al prelado las páginas de Stendhal en La Cartuja de Parma sobre los fenómenos de incontinencia pasional suscitados por los sermones de Fabrizio del Dongo.

JUAN G. BEDOYA 31/05/2009
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Domingo, 31 Mayo 2009 09:36

El presidente que hablaba con Dios

Es notorio: cuando presidente de EE.UU., W. Bush hablaba con Dios o, mejor dicho, Dios hablaba con él. “Me conduce una misión de Dios. Dios me dice ‘George, ve y lucha contra esos terroristas en Afganistán’. Y lo hice. Y luego Dios me dice ‘George, ve y termina con la tiranía en Irak’. Y lo hice” (The Guardian, 7-10-5). Son afirmaciones ciertas para algunos, blasfemas para otros. En su rancho de Crawford, Texas, W. mantuvo en el 2002 la reunión con el premier británico Tony Blair en la que se decidió invadir a Irak y trascendió que ambos rezaron juntos por el éxito de la empresa. El autor cristiano Stephen Mansfield relata en su libro The Faith of George W. Bush (Strang Communications & Penguin Group, USA Inc., 2003) numerosos hechos y dichos de la misma índole.

Menos conocido –más bien poco conocido– es el razonamiento que el ex mandatario norteamericano manejó para convencer a sus aliados de que brindaran apoyo militar a las dos aventuras. Jean-Claude Maurice lo revela en su libro Si vous le répétez, je démentirai (Si usted lo repite, yo desmentiré, Plon, París, 2009). El periodista francés tuvo encuentros frecuentes con Jacques Chirac, entonces presidente de Francia, que le relató que poco antes de la invasión a Irak de marzo del 2003 recibió un llamado telefónico de Bush instándolo a participar en la guerra. “Bush Jr. utilizó un argumento singular, afirmando que ‘Gog y Magog están actuando en Medio Oriente’ y que ‘las profecías de la Biblia están a punto de cumplirse’. En ese momento Chirac quedó estupefacto y no reaccionó” –documenta Maurice–, pero pidió asesoramiento al especialista suizo Thomas Römer, profesor de teología de la Universidad de Lausana. Cuando supo, Chirac no se rió: pasó del pasmo al miedo.

Se trataba de lo que podría llamarse el Código Ezequiel. Gog y Magog aparecen en el Génesis y sobre todo en dos de los capítulos más sombríos del Libro de Ezequiel (38 y 39) del Antiguo Testamento, en los que Jehová pronuncia la profecía apocalíptica de un ejército mundial que libra en Israel la última batalla y barre a los enemigos de su pueblo para que comience una nueva era: tal es la voluntad de Dios. Este oráculo se repite en el Apocalipsis o El libro de la Revelación del Nuevo Testamento, en el que San Juan prenuncia la derrota de la Bestia por los ejércitos del Cielo, su captura y encierro de mil años en los que quienes no adoraron al Diablo revivirán y reinarán con Cristo (Apocalipsis, 20). Chirac entiende –subraya Maurice– que las palabras de W. Bush debían interpretarse así: “Un ejército mundial islamita fundamentalista amenaza al mundo occidental que apoya a Israel. La prueba son los atentados del 11/9 contra las Torres de Manhattan”. Y fue la invasión y fueron muertos miles y miles de civiles iraquíes y soldados estadounidenses que seguramente ni idea tenían de Gog y Magog.

Thomas Römer, el especialista consultado por el Elíseo, escribió sobre el tema dos años antes que Maurice, pero su artículo, publicado en el número de septiembre de 2007 de la revista Allez savoir, de la Universidad de Lausana, pasó inadvertido. En ese texto, Römer señala los enigmas de El Libro de Ezequiel que han originado diferentes explicaciones y especulaciones a lo largo de veinte siglos. En las distintas traducciones de la Biblia –indica– puede leerse “Gog y Magog” o “Gog de Magog” o “Gog del país de Magog”, es decir, “Gog, príncipe de Magog”. W. Bush lo buscó en Irak y Afganistán y en esto no fue el primero.

“Ronald Reagan conocía bien la Biblia –apunta Römer– y estimó que la Guerra Fría y la existencia de la bomba atómica tornaban realizable la profecía apocalíptica de Ezequiel.” Gog fue entonces la URSS del socialismo real, pero la caída del Muro de Berlín le evitó el apocalisis. Muchos historiadores y teólogos buscan hoy en el pasado, no en el futuro, la explicación de la batalla contra la coalición de ejércitos encabezada por Satán. “Algunos identifican a Gog con un cierto Gygnos, rey de Anatolia en el siglo VII antes de Cristo, quien podría haber sido el origen del texto apocalíptico –indica Römer0. Otros piensan que Nerón es el famoso 666 evocado en el Apocalipsis de San Juan, que la Gran Prostituta es Roma y que la caída anunciada es la del imperio romano.” Según este especialista, un análisis histórico permitiría aclarar las profecías bíblicas apocalípticas mirando atrás.

Se explica que el poderoso lobby proisraelí de EE.UU. presione a la Casa Blanca y al Congreso en favor de políticas favorables a Tel Aviv, incluida la ocupación de territorios palestinos que dura ya 42 años. Paradójica es la concepción de los evangelistas fundamentalistas, que votaron a Bush masivamente: piensan que el Apocalipsis o Armagedón caerá sobre Israel y lo apoyan para que éste se destruya y vuelva el reino de Cristo.

 Por Juan Gelman
 

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Desde el punto de vista de la evolución no existe un modelo normal de individuo ni el ser humano es el punto máximo entre las especies, como argumenta la mayoría de las religiones, tampoco es posible crear un modelo único de familia, de relaciones ni de personas, pues hombre y mujer son producto de un proceso evolutivo de 3 mil 500 millones de años y no un diseño divino, aseguró Rosaura Ruiz Gutiérrez, presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC).

Bióloga por formación, darwinista por convicción, Ruiz sostiene que a partir de la teoría de la evolución y su difusión se puede defender el Estado laico y evitar que formaciones religiosas tengan peso en las políticas públicas.

La científica subraya que hace 150 años, cuando el naturalista inglés publicó El origen de las especies, obra que es la base de la teoría de la evolución, revolucionó la ciencia y planteó –indirectamente– la separación de ciencia y Estado de las ideas religiosas.

Darwin contrapuso una teoría científica a las ideas religiosas, al establecer que el ser humano no es producto del creacionismo divino, sino que, al igual que todas las especies actuales y extintas, es el resultado de un proceso natural denominado evolución.

Es imprescindible definir los límites

Cuando en ciencia hablamos de una teoría no nos referimos a un conocimiento hipotético, sino a un proceso de investigación y experimentación que concluye con resultados y explicaciones. En cambio, las ideas religiosas sólo son creencias. No se puede escoger entre un planteamiento científico y uno religioso. Me preocupa mucho la educación de los niños, pues desde esa etapa de la vida se les debe enseñar a distinguir entre creencias religiosas e ideas científicas. La ciencia no está peleada con la religión; los científicos la respetamos como una actividad posiblemente necesaria para la mayoría de los humanos; pero también tenemos que determinar la diferencia entre creencias religiosas y tesis científicas.

En 2009 se celebra el 150 aniversario de la publicación de la obra fundamental de Darwin, por lo que la AMC, la Universidad Nacional Autónoma de México y otras instituciones científicas llevan a cabo diversas actividades con la finalidad de difundir el pensamiento del biólogo inglés.

En entrevista, Ruiz destacó la necesidad de que a partir de esta celebración se insista en la separación Iglesia-Estado y se refuerce la laicidad estatal. Los contemporáneos de Darwin, afirmaban que era importante hacer ciencia para entender la creación. Con su obra, el inglés demostró que el objetivo de la ciencia no puede ser estudiar lo divino y sobrenatural.

Refirió que actualmente representantes de la Iglesia y algunos sectores de la política han emprendido campañas en favor de la prohibición del derecho al aborto y evitar la investigación en células madre, además de que impulsan la idea de que un cigoto sea considerado ser humano y tratan de imponer la idea de que existe un modelo único de familia y de relaciones.

A propósito, recordó que en el contexto del Encuentro Mundial de las Familias, que se celebró en México en enero pasado, los obispos Javier Lozano Barragán y Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, representantes de la jerarquía católica y el Vaticano, durante una entrevista televisiva se pronunciaron contra las uniones de personas del mismo sexo, al asegurar que Dios diseñó al hombre y a la mujer para transmitir vida, por medio de su sexualidad.

Ruiz aseguró que en diferentes especies, producto de la evolución, mismas que la Iglesia asegura también fueron creadas por Dios, se presenta interacción sexual entre individuos del mismo sexo, sobre todo en los mamíferos.

“La crítica no es a la religión, sino a sus argumentos. Sostiene que el hombre fue creado –me pregunto si incluirán a la mujer–, y por tanto diseñado para ser pareja. Es un argumento falaz. Hay muchas especies en las que encontramos entes hermafroditas o inclusive organismos cercanos al ser humano que tienen interacciones entre individuos del mismo sexo; por ejemplo, en chimpancés. No se puede decir que lo normal es lo que Dios creó y lo demás es anormal.”

La presidenta de la AMC sostuvo que ni desde la teoría de la evolución puede hablarse de un tipo de ser humano y de familia normal, pues esto es resultado de un proceso evolutivo natural de 3 mil 500 millones de años, a lo que se debe incluir la evolución sociocultural del hombre y de su entorno.

La bióloga señaló que el argumento central de Darwin es sencillo y fundamental, ya que demuestra que los seres vivos no son producto de la creación divina.

Explicó que el planteamiento darwinista refiere que todas las especies que existen o existieron en el planeta tienen un ancestro común. Posteriormente otros científicos comprobaron que esos antepasados son las bacterias y tienen 3 mil 500 millones de años.

Eso Darwin no lo sabía; él habla de un ancestro común para todos los seres vivos. Las especies han ido transformándose por un mecanismo central, que plantea Darwin, el cual también está comprobado como el principal mecanismo de la evolución; se trata de la selección natural, que establece que en todas las especies nacen más individuos de los que un ambiente puede soportar o mantener, de manera que se va a producir siempre una lucha por la existencia, una competencia entre individuos de la misma y otras especies y también con el medio ambiente.

Importancia de la variación genética

Ruiz agregó que el naturalista también destacó la importancia de la variación, pues todos los organismos son diferentes pese a ser de la misma especie. Lo que Darwin plantea es que los organismos que tienen variaciones y mejoran su adaptación al ambiente son los que sobreviven y se reproducen.

Destacó que a partir de los estudios de Darwin se ha comprobado el mecanismo de herencia a partir de las mutaciones del ADN para la adaptación.

Dos hechos han representado una revolución científica: De las revoluciones de las esferas celestes, de Nicolás Copérnico, y la publicación de la obra de Darwin que cambiaron de manera dramática la historia de la humanidad.

Rosaura Ruiz afirmó que los postulados de Copérnico también se contrapusieron a los dictados religiosos de que la Tierra era plana y el centro del universo; en tanto que, en 1859, Darwin generó un gran cambio en el pensamiento de la humanidad, al demostrar que no somos el punto máximo de la creación y que somos simplemente una especie más, resultado de un proceso natural que no requiere de ninguna explicación sobrenatural. El ser humano no es el tope de la evolución. Esa idea es falsa, las bacterias y otras especies siguen evolucionando, hay especies que han aparecido después del ser humano, de manera que no somos el punto final ni máximo: somos una especie más que pudo o no haber existido, porque en la evolución hay mucho de azar.

Por, Emir Olivares Alonso

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Sábado, 14 Febrero 2009 09:19

El Papa alemán

El horno se ha recalentado. La Iglesia Católica alemana está entre desolada y furiosa. Justamente un Papa alemán cometió el gravísimo error –o no error desde su punto de vista anterior a los hechos– de haber levantado la excomunión a cuatro sacerdotes del sector de Lefebvre, uno de ellos –nada menos– había negado la existencia del Holocausto nazi contra los judíos. Fue el obispo británico Williamson, quien sostuvo que “no fueron seis millones los judíos muertos por los nazis sino entre 200 mil y 300 mil”, y negó la existencia de cámaras de gas en los campos de concentración nazis, como Auschwitz, por ejemplo. Todo esto ocurrió hace más de dos semanas, pero la discusión –en especial en Alemania– no amaina sino que adquiere cada vez más fuerza, con la reacción de cientos de feligreses que renuncian a seguir perteneciendo a la Iglesia Católica, y declaraciones de obispos, curas, teólogos y decanos que censuran abiertamente al papa Ratzinger. Sí, en Alemania, cuyo pueblo llevará siempre la carga del genocidio hitlerista.

Quiere decir que, salvo algunas minorías, la mayor parte de la población alemana aprendió la lección. El propio jefe de redacción de Radio Vaticano, Eberhard von Gemmingen, se adelantó a decirlo en una conferencia de prensa: “El Vaticano ha cometido un error... lo califico como un error. Se han originado con ello muchos daños, ahora hay que repararlos”... Ha comenzado una corriente de fieles que abandonan la Iglesia; ahora tienen los obispos que salir y decir lo que ya algunos obispos han señalado: que la Iglesia de hoy sigue sosteniendo el II Concilio Vaticano. También tiene que ratificarlo el Papa. Ellos tienen que consolar a los fieles, tienen que decir que la Hermandad Pío XII, conservadora de derecha, no va a ser jamás aceptada en la Iglesia. No hay que hacer como si esto no fuera importante. Sin ninguna duda, las relaciones entre el Vaticano y los obispos alemanes se han enfriado.

Es que en Alemania hay un fuerte movimiento para una renovación de la Iglesia y para que no se cometan los errores del pasado. Se nota en la reacción de muchos obispos que salieron a criticar abiertamente la decisión del Papa. Por ejemplo, el obispo Gerhard Müller-Ludwig, de Regensburgo, prohibió la entrada a Williamson en todas las iglesias y organizaciones católicas de su obispado. La Conferencia de Obispos Alemanes resolvió tratar el tema de Williamson en la reunión de marzo. El presidente de esa Conferencia, el obispo Zollitsch, señaló en un comunicado que “en la Iglesia Católica alemana jamás habrá lugar para quien niegue el Holocausto”. Y se deslizó en muchos sacerdotes la pregunta: ¿por qué el Papa le abre la puerta a la Hermandad Pío XII de extrema derecha, y no a los sacerdotes del tercer mundo? ¿Por qué no se revisan las penas a los dos teólogos, Eugen Drewermann y Hans Küng, que promovían un cambio hacia una nueva sociedad sin diferencias sociales?

Justo a Hans Küng –el más sabio de los teólogos vivientes, sin ninguna duda– lo fueron a buscar los periodistas en esos días de fiebre por saber quién podía tener razón. Le preguntaron si el Pontífice había querido demostrar un cambio de rumbo hacia la derecha explícita. A lo que respondió el teólogo alemán: “El papa Benedicto ha tomado, desgraciadamente, un curso cada vez más a la derecha. Justo da por terminada la excomunión a los sacerdotes que niegan los resultados del II Concilio Vaticano, cuando se va a cumplir medio siglo de ese acontecimiento vital. Eso lo demuestra todo. Poco a poco, el Papa actual se ha puesto en marcha para terminar con los logros progresistas de ese Concilio, por ejemplo con el retorno de la antigua misa en latín, con la reimplantación del pedido a Dios de la conversión de los judíos y ahora justo con el levantamiento de las penas contra los enemigos de ese Concilio que trajo tanto progreso a la Iglesia. Este Papa tuvo la oportunidad –como prefecto de la Congregación de la Fe, que trata de todos los procedimientos inquisitoriales– de aprovechar para avanzar, y no para volver al viejo rostro de la Iglesia. El lleva a cabo un profundo conservadorismo, que él mismo había superado –sólo por breve tiempo– en los años ’60. Fue cuando, después de haber estado en la Universidad de Tübingen, donde trabajamos juntos y donde durante tres años se respiró un aire fresco renovador, volvió a lo de antes. Volvió a un rumbo absolutamente reaccionario, que siguió teniendo cuando fue cardenal en Munich y ahora como Papa, para gran daño de toda la Iglesia Católica. Desde entonces él votó por todos los documentos reaccionarios de Juan Pablo II, por ejemplo, dentro de la enseñanza ‘sagrada’ de que nuestro bondadoso Dios no desea a ninguna mujer como sacerdote. O la medida que ha tomado contra los teólogos de la liberación, Jon Sobrino, de El Salvador, y el padre jesuita norteamericano Roger Haigh, a quienes les ha prohibido la enseñanza y la publicación de sus escritos. En el pasado abril, el papa Benedicto festejó su cumpleaños 81 en compañía de George W. Bush. Sería bueno ahora que tomara alguna de las ideas de cambio del sucesor de Bush, Obama. La Iglesia Católica necesita avanzar y no retroceder”.

Hasta ahí, el teólogo Hans Küng. Por otra parte, las universidades católicas de Münster, Friburgo y Tübingen criticaron abiertamente la decisión del Papa, y veintitrés profesores de ellas firmaron un documento donde censuran el acercamiento del Papa con la derechista cofradía Pío XII. Entre ellos, el profesor Johann Merz, colega del actual Papa cuando éste enseñó Dogmática en esa universidad. Merz es un abierto defensor de la Teología de la Liberación.

El diario de Bonn señala en su editorial que “pocas veces se han cometido tantos daños como con la resolución del Papa. El quiso unir y logró la división. En el futuro, el Papa debe buscar mejores consejeros”. Y, por primera vez, un miembro del gobierno alemán criticó en público al Papa, como lo hizo la primera ministra Angela Merkel.

Los medios alemanes dieron un gran espacio a reportajes a obispos, sacerdotes y creyentes. Casi todos los interrogados señalaban que estaban “sorprendidos de que Roma se preocupara tanto por los derechistas y nada acerca de la Teología de la Liberación”. Otros, decepcionados, contestaron: “Esta no es la Iglesia que yo he amado tanto”. El obispo de Rottenburg-Stuttgart señaló: “La unidad de la Iglesia es un bien muy valioso, y servir a ella es el deber del Papa y de sus obispos. Pero esa unidad jamás se logrará negando los avances obtenidos en el II Concilio Vaticano”. Justo ese día, el papa Ratzinger nombraba a un sacerdote austríaco ultraconservador como obispo adjunto de Linz. Pareció una respuesta dura a tanta crítica, demostrando quién es el que tiene el máximo poder. Es decir, en resumen, ni el anuncio de ayer de que Ratzinger va a visitar Israel puede borrar su mal paso de los últimos días. Es que el Papa alemán se comportó como un elefante en una tienda de porcelanas.

Toda esta discusión, de la cual podríamos llenar páginas enteras, se produjo en medio de la otra gran polémica mundial, el ataque de Israel a los palestinos. ¿Por qué –y aquí se hizo la pregunta– el Papa toma la decisión de lavar de pecados a un negador del Holocausto justo en ese período? Hay muchas respuestas, pero la búsqueda de razones y motivos nos harían caer en interpretaciones que no podrían ajustarse a la realidad. Fue así. El Papa alemán ha perdido mucho prestigio, principalmente aquí, en su país, Alemania. Es que no se puede jugar con la ética. Antes de tomar esa decisión, Ratzinger tendría que haberse informado profundamente –si no lo estaba– de que ya no es posible tomar decisiones sin analizar que el mundo, pese a la actualidad cargada de nubarrones, va avanzando de a poco, pero avanza. Ni los crímenes de la Inquisición son ya posibles hoy, ni tampoco la palabra de “Dios” es indiscutible.

Pero, claro, siempre se presenta en la vida diaria el cinismo. En especial el cinismo de ciertos políticos para que todo cambie, pero nada se transforme. Como corolario a la interminable discusión de la campaña de plomo absolutamente desproporcionada de Israel contra Palestina, pondremos a un oportunista ejemplar, el primer ministro turco Erdogan, quien en el encuentro de Davos le gritó al presidente israelí Shimon Peres estas palabras: “Usted entiende mucho de matar, como cuando mata a los niños palestinos en las playas”, y se retiró. Y por eso fue recibido por miles de turcos en Ankara con el título de “Héroe de Turquía” y “Ahora sí lo entendemos a Hitler”. Erdogan, nada menos, cuando Turquía nunca reconoció el genocidio cometido contra el pueblo armenio. Además guarda silencio ante el crimen del periodista Hrant Dink, de enero de 2007, que investigaba a fondo ese genocidio. Hrant Dink había sido amenazado por nacionalistas turcos, pero con valentía enfrentó todos los peligros, hasta que fue asesinado. Los armenios titularon así este asesinato: “Hrant Dink, la víctima 1.500.001 del genocidio”. Ya Dink había sido condenado a seis meses de prisión por la Justicia turca por sus investigaciones. Luego de ese aviso, su asesinato. Y en octubre pasado, el hijo de Hrant Dink fue condenado a un año de cárcel por insultos a la “entidad turca”.

Erdogan califica a otros de “sabios en matar”. No sólo eso sino que habla de niños muertos, pero basta leer las condenas a niños kurdos, que acompañaron a las protestas de las minorías kurdas en Turquía cuando Erdogan visitó esas regiones. Seis niños de entre 13 y 14 años fueron condenados a veinte años de prisión por los jueces turcos. Realidades de nuestra humanidad.

¿Y las iglesias qué hacen? ¿Por qué no se unen con el solo objeto de terminar con la muerte y al hambre? ¿O es más importante el tema de si las misas hay que darlas en latín, o que a las mujeres hay que prohibirles que puedan ser sacerdotes, que defender la vida?


Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania
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Es difícil dar con ellas, porque operan en la semiclandestinidad y rehúyen la vida pública. Pero forman un ejército de disciplinadas mensajeras encargadas de divulgar las virtudes del califato y de captar adeptos para el Partido de la Liberación, Hizb al-Tahrir, que aspira a la creación de un Estado panislámico en el mundo.

Las mujeres son una pieza clave del engranaje de esta organización salafista internacional, que según algunos analistas se ha convertido en la tercera fuerza política en los territorios palestinos ante la falta de resultados de los partidos tradicionales y cuyo crecimiento desafía el monopolio islamista de Hamás.

No hay observador que se atreva a cifrar el auge de este fenómeno, pero sí alertan de su crecimiento y de que son "la fuerza política más importante después de Al Fatah y Hamás", según Mohammad Awaiwi, profesor de ciencia política de la Universidad Al Quds.

"Su éxito se debe a que han conseguido cautivar a las mujeres", añade. "No tienen oficinas ni registros que nos permitan saber cuántos son, pero hay muchos indicios que apuntan a que reciben un apoyo cada vez más amplio. Sus miembros eran antes comerciantes adinerados de las ciudades. Hoy les apoyan en los pueblos, gente de toda condición", explica Omran Risheq, analista palestino que colabora con el instituto Carnegie estadounidense. Risheq cita como ejemplo el acto conmemorativo de la caída del califato en 2007, que reunió en Ramala a unas 10.000 personas.

En uno de esos pueblos, en Dura, al sur de Cisjordania, vive Muyassiar Burqan, bibliotecaria de profesión y ferviente militante de Hizb al-Tahrir. Algo reacia a hablar al principio, termina por explayarse y muestra los manuales que el partido reparte a sus miembros. "Mire, tenemos que volver a la verdadera esencia del islam, recuperar la interpretación de los tiempos de Mahoma".

Burqan organiza charlas para mujeres en casas, reuniones en la mezquita y reparte folletos en los que Hizb al-Tahrir sienta cátedra sobre la correcta interpretación de conflictos como el de Darfur o la conferencia de Annapolis, pero también de cómo serán las instituciones que regirán la vida de un futuro califato. Explica que son ellas, las mujeres, las que crían a los hijos y por tanto las mejor situadas para adoctrinarlos; por eso, dice son tan valiosas para la organización.

Asegura que en cada sesión logra reclutar a nuevos fieles y que la organización no ha dejado de crecer en los últimos cinco años. "Mahoma era un gran estratega y nosotros copiamos su forma de funcionar, porque lo más importante es lograr concienciar a las masas, convencerles de la necesidad de crear un Estado islámico", dice la bibliotecaria, que desprecia las aspiraciones islamistas de grupos como Hamás o la Yihad Islámica, "porque la suya es una lucha local. Nosotros defendemos la creación de un gran Estado islámico en todo el mundo".

Dice no respetar más ley que la islámica (la sharía), y no reconoce más autoridad que el califato venidero. Mientras, obedecen a su particular interpretación del Corán, y lo que legisle, diga o haga la Autoridad Nacional Palestina no les incumbe, porque son emanaciones de un "poder ilegítimo que obedece a las palabras de infieles".

Sus planteamientos extremos han puesto los pelos de punta incluso a los piadosos miembros de Hamás, que aclaran que su lucha es otra, como explica el jeque Nizar Ramadan, recién salido de una cárcel israelí en el desierto del Negev. "Para ellos [los de Hizb al-Tahrir] la democracia es un acto de infieles. Quieren instaurar el califato mediante un golpe de Estado. Para ellos, cada acto emana del islam y no se prestan a la discusión. O estás con ellos o estás contra ellos".

Pero a los iluminados del Partido de la Liberación estas críticas apenas les hacen mella. Han sabido vender su imagen de incorruptibles y presumen de no participar en la vida política palestina ni en ningún tipo de resistencia frente a la ocupación israelí, "porque una vez que los musulmanes del mundo estemos unidos, los ejércitos árabes se levantarán en armas contra Israel". A diferencia de Hamás, no se apoyan en una red de servicios sociales para engordar sus filas. A sus miembros, la visión idealizada de la vida califal les basta para abrazar una causa que triunfa como nunca tras 60 años de un proselitismo tenaz, y que empieza a dar sus frutos gracias a un cierto cansancio de los partidos tradicionales entre una población incapaz de vislumbrar el fin de la ocupación.

Por eso, los piadosos del califato suponen también un desafío para el oficialismo de Al Fatah, consciente de que en tiempos electorales podrían provocar una hemorragia de votos. La aversión que suscitan estos islamistas ante las autoridades palestinas queda patente en las imágenes que Arish Baradi, otra mensajera de Hizb al-Tahrir, muestra en casa de un familiar en Hebrón. En ellas se ve cómo la policía palestina abre fuego contra una manifestación que los islamistas convocaron a finales del año pasado en esta ciudad cisjordana para protestar contra la conferencia de Annapolis auspiciada por Estados Unidos.

Los gritos de "queremos un califato islámico" enseguida fueron apagados por la balacera que acabó con la vida de Hissan, el tío de Baradi. Los hijos del mártir Hissam, de tres y cuatro años, disparan al aire con pistolas de juguete mientras en la pantalla su padre muere en diferido. El drama familiar ha fortalecido la fe de Baradi en el Partido de la Liberación. Licenciada en informática, entró en contacto con Hizb al-Tahrir en la universidad, donde "todas mis amigas ya formaban parte". Hoy, con 24 años y una hija llamada Al Andalus, se emplea a fondo en "extender la palabra de Alá".

Por, ANA CARBAJOSA - Hebrón - 23/12/2008

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Lunes, 15 Diciembre 2008 08:53

Los peligros de la barricada

El titular apenas llamó mi atención. Cuando uno lee “Iglesia” y “homosexualidad” en la misma oración ya sabe cómo completar el resto: con alguna expresión ubicada en el arco que va del visceral “condenó” al sarpullido de “se manifestó disconforme con”. Esta vez decía “La Iglesia se opone a despenalizar la homosexualidad”. La noticia: Francia está a punto de presentar frente a la ONU, y en representación de la Unión Europea, una propuesta para que la homosexualidad sea despenalizada universalmente. La propuesta está lejos de ser simbólica: en 90 países del mundo la homosexualidad es castigada con multas, prisión, torturas y, en 9 países, con la pena de muerte.

La respuesta de la Iglesia es coherente con la política de barricada que sostiene en lo que se refiere a homosexualidad y a salud reproductiva: no pasarán. Casi un mandamiento, que alinea a la Iglesia con el fundamentalismo islámico. El representante del Vaticano en la ONU, frente a las reacciones, se apresuró a declarar que están a favor de “de evitar toda marca de injusta discriminación contra las personas homosexuales”. Después de todo: “Amar al pecador, odiar el pecado”, uno de los greatest hits del catolicismo en los ’80 y ’90 al referirse a la homosexualidad, suena más a cachetazo zen que a política sensata en el momento en el que el sida mataba a la gente como a moscas.

Si la propuesta de Francia fuera aceptada, agrega la Iglesia, se “pondría en la picota a los países que no consideran ‘matrimonio’ las uniones homosexuales”. Los gays buscan redefinir el matrimonio, piensa la Iglesia. Lo cierto es que son los heterosexuales los que lo han redefinido. El matrimonio hoy puede ser civil o religioso, incluir o no hijos, durar para siempre o hasta el divorcio, etc. Dentro de esta redefinición ha dejado de tener sentido excluir a las personas gays. Dicho de otro modo: el matrimonio facilita la administración financiera de la familia, crea un vínculo sólido entre cónyuges validado jurídicamente y celebrado socialmente y, sobre todo, designa un responsable principal del cuidado de una persona en momentos de debilidad. Nada define más cabalmente la validez de un matrimonio como el ir en socorro, el quedarse en vela y el sostener la mano del que convalece; nada sella su fin como el abandono en el momento de la intemperie. No es casual que el reclamo por el derecho al matrimonio aparezca poco tiempo después de la epidemia del sida, que la comunidad gay sobrevivió gracias al comportamiento responsable y al cuidado mutuo y luchando contra las leyes que los desguarecían en vez de protegerlos (los miles de casos de cónyuges a los que se les prohibió visitar a la pareja enferma en el hospital o que fueron desalojados de la vivienda compartida por la familia del muerto, etcétera).

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de la tradición del matrimonio? La palabra tradición es engañosa: sugiere un núcleo fijo, antiguo, sólido. Pero el matrimonio como institución es hasta cierto punto elástico: acompañó la creciente democratización y la ampliación de derechos de distintos grupos (las mujeres, las minorías raciales), y es por esa sincronía con los grandes movimientos tectónicos de la historia que sobrevive como institución central.

Cuando una institución como la Iglesia se piensa como conservadora, debería plantearse qué se pretende conservar. Si el matrimonio como institución hoy está perdiendo vitalidad no es porque los homosexuales pretendan tomarlo por asalto, sino porque muchos heterosexuales se divorcian o deciden no casarse (las uniones civiles, inicialmente pensadas para parejas del mismo sexo, terminan siendo usadas fundamentalmente por heterosexuales que buscan pactos más elásticos que el matrimonio). Agregar a una institución ya percibida como anticuada y rígida la marca de la exclusión es un despropósito.

La política de barricada genera los mismos peligros que una guerra: se empieza a veces por razones sensatas, pero pronto son reemplazadas por la necesidad de sostener la barricada a cualquier precio. O mejor dicho, un precio específico: el sacrificio de las razones originales, esas que hablaban de amor y respeto al prójimo.

Por Christian Rodríguez *
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Miércoles, 26 Noviembre 2008 08:04

Vattimo íntimo

El guatemalteco Augusto Monterroso decía que durante años se negó a leer la autobiografía de Charles Chaplin únicamente porque comete el error de llamarse Mi autobiografía, lo que constituye sin duda un error de bulto. Y acaso para no caer en el desaguisado de darle al propio yo más marquesina de la que un género como el autobiográfico de por sí le da a un autor, es que Gianni Vattimo decidió escribir su autobiografía a cuatro manos. De ahí que No ser Dios sea el resultado de una serie de conversaciones en las que Vattimo le contó al escritor Piergiorgio Paterlini su vida y los momentos más sobresalientes de su formación y su trayectoria como filósofo y militante político. Una tarea a la que este pensador considerado como uno de los máximos adalides del posmodernismo se abocó no porque creyera que a sus setenta años era lo bastante viejo como para escribir sus memorias, ni porque pensara que su vida fuera ejemplar en algún sentido, sino porque al momento de hacerlo se sintió lo suficientemente libre como para hablar de ciertas cosas.

Estas cosas de las que habla Vattimo son las intimidades que va desgranando entre los recuerdos familiares y las reflexiones sesudas, entre el relato de su desempeño como profesor universitario y sus simpáticos alardes por su éxito como filósofo, entre la indagación del legado de Nietzsche y Heidegger en su pensamiento y su relación ambivalente con la tradición católica. Aspectos de su vida y de su obra que en No ser Dios se superponen con el reconocimiento público de su homosexualidad y con el repaso de su militancia gay (que incluye el gracioso episodio de su aparición en una lista de un partido político homosexual en la que figuraba como candidato, y que constituyó su salida del closet a mediados de la década del ‘70), y con ciertas cuestiones de alcoba como sus dudas y represiones iniciales, sus coqueteos con taxi-boys y su prolongado ménage à trois (convivencia incluida) con Gianpiero, su pareja de más de veinte años, y un estudiante de arte bastante menor que él llamado Sergio. Personas que para Vattimo fueron los dos grandes amores de su vida, incluso simultáneamente, y cuyas muertes (uno de sida, el otro de cáncer) conforman el fondo melancólico del libro. El costado más descarnado y conmovedor de un relato en el que este filósofo, que fue discípulo de Gadamer y que escribió libros –como El fin de la modernidad y La sociedad transparente– que estuvieron en el centro del debate en torno de la posmodernidad a fines de los ‘80 y comienzos de los ‘90, se mueve con total desenvoltura entre lo público y lo privado.

“En No ser Dios hay cosas de mi vida íntima que nunca he contado en ningún libro filosófico”, dice Vattimo. “Y si siempre traté de no identificar mi trabajo totalmente con mi condición homosexual, es porque yo quiero ser un filósofo, un escritor de ideas, un político. Quizás esa sutileza es lo que hace que el relieve que en este libro toma mi homosexualidad sea lo más escandaloso. Por este motivo tuve una discusión con Umberto Eco, con quien somos amigos hace mucho tiempo. Luego de la publicación del libro, un día él vino a Turín y me dijo: ‘Pero, ¿cómo vas a contar todas esas cosas? ¿Quién te manda a hacerlo? Tú, que tienes responsabilidades, que podrías ser un gurú, que tienes alumnos’. Obviamente no pude evitar sentirme golpeado por su actitud, porque Eco es un gran maestro personal, ha sido mi amigo mayor cuando yo empezaba a estudiar filosofía, aprendí muchísimo de él y lo admiro porque es verdaderamente un genio. Pero en aquellos días en los que me hacía estos reproches, él daba una conferencia en Turín, en un teatro, un evento muy oficial. Y verlo disertar sobre el escenario hizo que de pronto se me apareciera como un pequeño monumento. La sensación que tuve fue que él se comportaba como un pequeño monumento. Y no hay ninguna duda de que Eco, habiendo vendido tantas copias de sus libros y siendo tan reconocido en todo el mundo, es una especie de monumento de la cultura italiana. Pero cuando uno deviene monumento, algo del orden de lo fatal sucede, porque es una situación que impide tomar posiciones demasiado extremas. No obstante, yo me sigo preguntando si he hecho bien o mal en escribir estas cosas, en desnudar de este modo mi vida privada. Y si bien tengo cierto gusto por el escándalo, sé que lo he hecho porque me siento libre. Ya nadie va a venir a decirme: ‘¡Ah, mira lo que tenías guardado!’”

¿Y eso no te hace sentir expuesto?
–No, ya no más. Este libro es el relato de algo que ya pasó. La verdadera exposición vino cuando hice el coming out. Cuando en 1976 me postularon candidato del Fuori, el Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionari Italiani, sin consultármelo. Algo de lo que me anoticié a través del periódico y que me obligó a ingeniármelas para que mi madre –que no sabía que yo era gay– no se enterara. Pero lo mejor de toda esta historia es que sigo siendo un hombre público bajo muchos otros aspectos, sin que el hecho de ser homosexual haya devenido un drama. Pero esto ahora se ha vuelto algo normal, a tal punto que en Italia el hecho de revelarse homosexual hoy es casi una moda. Por eso digo que en cualquier momento voy a disfrazarme de heterosexual, para dejar de ser uno de esos tantos homosexuales que andan por ahí saliendo del armario.

En el libro hay varias situaciones en donde la homosexualidad es vivida como algo furtivo. ¿Qué pensás de aquellos que todavía sienten nostalgia de los tiempos en que ser homosexual se relacionaba con la clandestinidad y el secreto?

–Yo tengo un doble pensamiento frente a esto. Porque, por un lado, cuando todo se vuelve demasiado normal se disminuye el gusto de la cosa. El riesgo es que las parejas homosexuales pasen a tener los mismos problemas que las parejas heterosexuales. Aunque la normalización, el reconocimiento, la oficialización de esta minoría, suponen una ventaja desde muchos puntos de vista. Pero eso no quita que se pierda, por otro lado, la idea de que los homosexuales son una minoría revolucionaria. Yo siempre he pensado como pensaba Pasolini de sí mismo. Era un pobre perseguido. No era judío, pero se sentía como tal, y no sé si él habría escrito todo lo que escribió si no hubiera estado en esa situación de excepcionalidad que le significaba un cierto sufrimiento. En cuanto a mí, en 1967 fui fichado por la policía en un parque a orillas del Po, que era uno de los lugares de ligue gay más frecuentados, y ese episodio me agudizó una úlcera que luego me persiguió durante años y que fue la forma en que somaticé esa problemática interna. Por eso creo que es preferible una situación más normal como la que se vive hoy en día, más allá de que eso implique que la homosexualidad pierda su carga revolucionaria. ¿Acaso no produce desconcierto que los partidos de derecha en Italia tengan secciones para homosexuales porque saben que les conviene desde un punto de vista electoralista? Yo creo que en el futuro vamos a tener, no obstante, otras razones para oponernos. Otras razones para generar disidencia. En un futuro en que el hecho de ser homosexuales ya no sea suficiente.

¿Y qué cosas te molestan de eso que se da en llamar “cultura gay”?
–¿Tú entiendes un poco de italiano? En Italia hay un chiste que empieza con un chico que va a contarle que es gay a su padre. “¿Eres gay?”, le pregunta su padre, extrañado. “¿Pero acaso te has comprado un Porsche?” “No”, le dice el hijo. “¿Pero acaso te has comprado una villa en Marruecos?” “No”, le contesta. “Entonces, ¡no eres más que un culatone!” (que es la palabra vulgar para decir gay en Italia). No hay dudas de que la predominancia del modelo gay está muy ligada al consumo, y por eso en el libro digo que ser gay es más un problema socioeconómico que un problema de índole sexual. A mí me parece, por otro lado, que en la tradición de los gays hay también un cierto victimismo que se trata de seguir cultivando, porque si no pareciera que se pierde algo de la conciencia de ser. Y el machismo, esa norma heterosexual que en gran medida rige el mundo gay, es otra cosa que me molesta bastante. Si no, ¿por qué crees que sigue siendo tan incómodo para un gay reconocer que es pasivo?
En el libro también hablás de tu deseo de formar “una familia normal” y te lamentás por no haberla tenido. ¿Hasta qué punto es una frustración en tu vida?

–Cuando yo devine una persona más normal empecé a vivir como con una familia. Una familia que estaba compuesta por Gianpiero –que fue mi pareja durante más de veinte años, y con quien teníamos una relación abierta– y por Sergio, a quien conocí cuando él era un estudiante, y que de un día para otro se vino a vivir con nosotros. La idea de esa especie de comuna, de esa familia un poco enredada en lo sentimental, era algo que me gustaba. Pero me gustaba porque cuando me iba de viaje sabía que podía traicionarla. Siempre he dicho que a la familia hay que tenerla para traicionarla, como a la Iglesia. Y yo fui feliz cuando encontré un chico con el cual poder vivir y que pensaba, como yo, que la lealtad y la fidelidad son dos cosas diferentes. Una familia homosexual es una verdadera familia si la familia de origen se mezcla también un poco. De mi amigo Gianpiero yo conocía a sus padres, celebrábamos las Fiestas juntos, etcétera. Y en cuanto a la cuestión de ser padre... bueno, hoy no tengo afortunadamente ese problema, porque los hijos son un problema, ¿no es cierto? Aunque cuando uno se vuelve un poco viejo, como en mi caso, tener un hijo que sale a divertirse el sábado a la noche no es lo mismo que tener un novio joven que hace lo propio cada fin de semana... La paternidad no tiene ese componente de celos.
Gianpiero, con quien viviste durante veinticuatro años, murió de sida. Más allá del impacto personal de esa pérdida, ¿cómo recordás esa época de irrupción de la enfermedad?

–Como una época terrible. A mí me persigue todavía un sentimiento de culpa, porque de algún modo Gianpiero me salvó de correr esa misma suerte. Recién ahí comprendí que a mí también podía pasarme. Y es que en Europa, al principio, muchos creían que era un problema de los americanos. Se sabía muy poco de la enfermedad y nos protegíamos todavía menos. Imagínate que en ese momento no se comprendía bien hasta qué punto una persona con sida podía tener intercambios sexuales con otros. Los enfermos se encerraban en sus casas y se olvidaban del mundo. Y cuando Gianpiero supo que se había contagiado fue un golpe durísimo. Todavía me sigo reprochando haber tenido con él una pareja tan abierta, lo que en parte se debió a lo mucho que yo viajaba por mi trabajo. Me pasaba varios meses al año en Nueva York, en donde no hacía vida de monje, precisamente. Y tampoco pretendía que él la hiciera en Italia. Pero así se dieron las cosas. Fue un período muy triste para todos.

¿Y cómo es para vos haber sobrevivido a casi todos tus seres queridos?
–La muerte que se padece no es la nuestra sino la de nuestros seres cercanos. Aunque recuerdo que con Richard Rorty coincidíamos en que morir es malo porque te queda la curiosidad de saber qué sucede luego. Pero tanto la muerte de Gianpiero como la de Sergio, que murió de cáncer siendo muy joven (tenía 47 años), y también la de mi madre, la de mi hermana y la de mi tía, me han templado hasta el punto de volverme cínico. Haber asistido a Gianpiero desde 1986 hasta su muerte, en 1992, y haber sido testigo de todas las fases de su enfermedad, hace que cualquier infortunio me termine sabiendo a poco. Como si ante el dolor de los demás pensara: “Pero yo ya he visto mucho más que esto”. Por eso me he vuelto más impasible, no indiferente, pero sí más cínico. Porque cuando tú ves a los otros morirse, la capacidad de sentir es lo que te va consumiendo. Como si hubiera reservas de dolor que se van acabando.

***

En 1983, Gianni Vattimo publicó un libro titulado El pensamiento débil. Haciéndose eco de las consideraciones de Jean-François Lyotard de que había concluido la época de los grandes relatos que intentaban darle un sentido a la marcha de la historia, Vattimo corroboraba que ya no había una sola idea de humanidad, y mucho menos una sola cultura a la cual los hombres tuvieran que adecuarse, sino la existencia de múltiples culturas, de múltiples religiones. Esa situación de multiculturalidad llevó a quienes se plegaron al “pensamiento débil”, el cual llegó a gozar en los años ‘80 de una popularidad inusual para una corriente filosófica, a sostener que era necesario reducir el peso, la importancia de la verdad absoluta para subrayar el carácter interpretativo de toda visión del mundo. Por eso, Vattimo se atrevió a sostener que las ideas “fuertes”, que se pretendían sustentadas en fundamentos sólidos, debían dar paso a nociones más ligeras, abiertas a la pluralidad. Y si bien esa postura pretendía promover la idea de una sociedad democrática y pluralista, la noción de debilidad no cayó bien en el ámbito intelectual italiano, lo que generó controversias y le significó a Vattimo el desprecio de muchos de sus pares, que lo tildaron de no ser un heideggeriano serio.

“El pensamiento débil es como el correctivo interior de este mundo, que toma en cuenta la caída de los horizontes de valores”, explica Vattimo, quien a esta altura parece estar resignado a volver una y otra vez sobre esta escurridiza noción, que él esgrime ora como un caballito de batalla, ora como un karma. “Pero no en el sentido de que todo está permitido porque no hay valores sino en el sentido de que se pueden buscar alternativas a los valores que me alejan del otro. Yo digo que el pensamiento débil pretende ser una forma de emancipación a través del debilitamiento de los horizontes rígidos. Es decir, una forma de secularización progresiva de todo. Y esto me parece muy actual porque lo que pasa en los Estados con el aborto, con la manipulación genética, es que el sistema confronta a esas transformaciones la pretensión de que existen leyes naturales. En este sentido, se piensa que la familia tiene que ser naturalmente de una cierta forma. Que naturalmente se tiene que ser heterosexual. Que naturalmente las leyes del mercado rigen la economía... Por eso pienso que todo lo que aparece como límites tiene que ser destruido. El pensamiento débil es el pensamiento de la erosión, de la disolución de todos estos absolutos. Pero, ¿a favor de qué? No a favor de que cada uno haga lo que quiera sino de que cada uno haga lo que quiera discutiendo con los otros. De ahí que no me reconozca como un pensador universal sino como un pensador de una clase social muy general, que es la de los débiles, una amplia mayoría frente a los fuertes que hay en el mundo.”

¿Y dónde situás la militancia por la diversidad sexual en ese contexto?
–Depende mucho de los contextos nacionales. Cuando hay una Marcha del Orgullo Gay en Italia, prefiero ir a otra parte simplemente porque ya estoy grande y no es un lugar indicado para que encuentre un chico que se enamore de mí (se ríe). Ahora bien, si voy al Gay Pride lo hago únicamente porque es un evento que la Iglesia Católica excomulga. Y porque vivimos en un contexto social donde todavía hay límites, es que un acontecimiento como la Marcha por el Orgullo Gay tiene que ser espectacular, teatral, provocativo.

Con la disolución de los partidos tradicionales en Italia (la Democracia Cristiana, el Partido Comunista), ¿considerás que las causas de las minorías han avanzado o han retrocedido?
–Globalmente me parece que han avanzado. Y si bien esta situación de fragmentación y el hecho de que ya no exista un gran Partido Comunista son cosas que juegan en contra de la posibilidad de que suceda una transformación radical de la sociedad, habernos dado cuenta de que el pueblo o la clase no eran tan unitarios como se pensaba es algo positivo. Efectivamente, si pienso en la importancia de los movimientos gays en Italia en las últimas décadas, creo que ha influido bastante la disolución de las grandes estructuras políticas tradicionales.
Siempre pensamos que la búsqueda de la verdad estaba ligada a la liberación. ¿Por qué el pensamiento débil, con su resignación a la posibilidad de acceder a la verdad, genera un contexto favorable para el reconocimiento del otro?

–Cuando ya no hay “una” verdad que tal vez me autoriza a matarte, porque tú eres un enemigo de esa verdad, entonces lo único que nos queda es la caridad, el respeto hacia el otro, el diálogo entre familias, la democracia. Hoy vivimos en sociedades en las que no hay más una evidencia aceptada de valores, y por eso tenemos que tratar de entendernos de la mejor manera posible para no terminar matándonos. Yo encuentro que la caridad cristiana es como una verdad histórica, porque en un mundo sin fundamentos no se puede vivir sino mediante formas de respeto mutuo. Esto me parece fundamental. Y sí... no tengo dudas de que la verdad nos libera. Pero cuando digo, con el Evangelio, que es la verdad lo que nos hace libres, eso quiere decir, antes bien, que es lo verdadero lo que nos libera.

***

No ser Dios es también un libro sobre la vejez. Sobre la vejez homosexual. Pero a diferencia del tono resignadamente melancólico que Roland Barthes le impone a su propia experiencia en ese diario erótico amoroso que está incluido en Incidentes bajo el título de “Noches de París” (“Me pareció evidente que iba a tener que renunciar a los chicos, porque no existe ningún deseo de ellos hacia mí, y porque yo soy demasiado torpe, o demasiado escrupuloso, para imponer el mío”, escribe Barthes antes de admitir, con tono de lamento, que no le van a quedar más que los taxi-boys), Vattimo compone en su libro la figura del viudo, la cual, si bien aparece imbuida de cierta melancolía, también se ampara en el descaro y la insensibilidad. “¿Envejecer atenúa el dolor de la vida? ¿Nos hace menos capaces de padecer y, por lo tanto, de amar y de experimentar pasiones? ¿Nos vuelve más cínicos y duros, más insensibles? Me lo pregunto, hoy, al comienzo de mi vejez”, escribe al inicio del libro, como una forma de dar por sentado que su propósito no es –ni de lejos– ponerse a lloriquear. Muy por el contrario: si algo está claro es que Vattimo no tiene reparos en evidenciarse, por momentos, como un viejo verde. Un papel que ensaya con total gracia y desparpajo, toda vez que el recurso a los taxi-boys le significa, antes que la resignación ante la imposibilidad del verdadero amor que hace pucherear a Barthes, una forma desdramatizada de caridad. De ahí que ser viejo para Vattimo diste de conformar una pasión desgraciada, ya que en su caso supone la pérdida de los prejuicios que lo atormentaron en su juventud. Tal como lo expresa en su libro: “Puedo decir que D’Alema está para el desguace o contar a Vanity Fair que me he enamorado de un go-go veinteañero. Lo hago por esta insólita libertad –quizá debida a la edad–, no en aras de la provocación ni del exhibicionismo. Tampoco por superficialidad de la que, como un niño (los viejos, ya se sabe, son como niños), debería ser protegido. Lo hago porque me siento libre, porque soy libre. Y esto es algo que valoro muchísimo. Finalmente. Sin miedos, sin mediaciones, ni chantajes, sin causar dolor a mi madre, ni a Gianpiero... Sin iglesias, ni partidos. ¡Ah, qué hermoso!”.
Si bien en tu libro no hay una versión de la vejez homosexual en la que prime la soledad y la tristeza, ¿notás que entre los gays es habitual discriminar por viejo?

–No sé hasta qué punto. Aunque sí, algo de discriminación hay, obviamente. Yo mismo discrimino un poco, en la medida en que no se me pasa por la cabeza tener sexo con un hombre de mi edad ni remotamente. Una vez que salía de un parque de Turín donde se encuentran prostitutos, un señor bastante mayor que yo se me acercó y me dijo: “Mira que yo no lo hago por dinero”, y me guiñó un ojo. Entonces intenté ser gentil con él y le respondí que estaba muy cansado, que me estaba yendo. Y como esa anécdota tengo otra, casi su contrapartida, de un chico que conocí una vez y que me dijo: “Lo que pasa es que tú eres demasiado joven para mí”. ¡Y me aclaró que le gustaban mayores de 60! Pero esto es normal en la vida. Yo pienso que la desigualdad económica y la desigualdad social son cosas que se podrían corregir si los hombres se lo propusieran. Pero la desigualdad estética, ¿cómo se corrige? La belleza es una forma de injusticia terrible. Y más aún cuando la vejez es lo que nos va haciendo menos bellos. Pero eso es algo que uno trata de tolerarlo. Me acuerdo de una escena que me llamó la atención en un sauna de Nueva York, hace como 30 años, en donde había un grupo de jóvenes que hacían el amor en el centro y alrededor un grupo de viejos que gozaban de esa proximidad mirando y metiendo mano, ocasionalmente. Y no era simple voyeurismo sino una forma de respeto mutuo. Un ejemplo de cómo el eros puede ser caritativo. Algo que me parece muy humano en el fondo.

¿Sentís que las libertades y los derechos obtenidos por gays y lesbianas en las últimas décadas alimentan una suerte de nostalgia del presente en los gays mayores? Esto lo digo pensando en cómo algunos, quizá, pueden sentirse más testigos que protagonistas de ese proceso.
–Sí, eso es complicado. Pero no hay que ser extemporáneos. ¿Hoy Pasolini iría a las discotecas gays? Yo creo que no. Creo que él seguiría yendo a la playa de Ostia, en donde encontró la muerte, o a algún otro lugar en el que podría haber alguna otra forma de peligro. Este es un problema también de edad personal, de adaptación ante los cambios que se han venido dando. Por ejemplo, yo soy doblemente viudo, he estado con dos chicos más jóvenes que yo, que lamentablemente se murieron. ¿Qué hace un viejo viudo como yo? ¿Seducir a sus estudiantes? Me gustaría, pero no lo hago por respeto a la institución. Entonces me quedan los taxi-boys como consuelo. Y si bien estoy en contra de la prostitución cuando es una forma de explotación, es una forma de trabajo que reivindico. De hecho, hay una cuota de los impuestos en Italia (una se destina a las grandes instituciones, como las iglesias, y ésa se la doy a la iglesia protestante) que se introdujo hace algunos años y que consiste en un pequeño porcentaje que uno puede destinar a alguna organización sin fines de lucro. Bueno, esa parte yo se la dono a la asociación para los derechos civiles de las prostitutas. ¡Y debo ser uno de los pocos! Evidentemente estoy por el reconocimiento del trabajo de los prostitutos y de las prostitutas. Incluso conozco chicos que encontré en el mundo de la prostitución, que hoy son buenos amigos y a los que ayudo económicamente sin que haya contraprestación de sexo. Por el simple hecho de saber que de ese modo les estoy dando una mano para no volver a prostituirse tal vez, valiéndome del pensamiento del burgués en contra de la prostitución y creyendo que así los estoy rescatando. Esa es una forma de caridad que me propongo realizar. Un amigo me dice en broma que yo ya no soy homosexual, ni heterosexual, sino que a mi edad soy más bien “veterosexual”. Y algo de razón tiene.

Sé que la caridad también influyó en la manera en que vos pudiste armonizar tu homosexualidad con tu herencia religiosa.
–Sí. Siempre trato de ser caritativo con los otros. Incluso cuando me sirvo de amores mercenarios, cuando hago amistad con estos chicos que mal que bien me provocan ternura, lo que tal vez significa que no me comporto como un buen cliente. El punto es que yo no soy un católico observante. Si voy a una misa en la que se da la comunión, no me confieso. Y no le reconozco a esta Iglesia de pedófilos impunes y de políticos acaudalados el derecho de administrar los sacramentos. Esto es muy protestante de mi parte, aunque jamás pensé en convertirme al protestantismo porque Lutero es quizá peor que los curas católicos. Y si pude armonizar mi homosexualidad con mi herencia religiosa fue también porque dejé de hacerle caso a la interpretación oficial de la escritura. Cuando comprendí que la interpretación de los Evangelios es un problema filosófico.

¿Y qué daños sentís que la religión te ha causado por ser homosexual?
–Siento que la religión me ha impedido hacer esos juegos amorosos que hacen los jóvenes. Me ha privado del amor poético, del sueño del otro. Y ése es el único sentido de venganza que tengo frente a la tradición católica, la que me ha hecho bien en muchos otros sentidos e incluso me ha ayudado a no disolverme como sujeto. Pero esa forma de castración por la que se me negó durante mucho tiempo toda forma de romanticismo entre dos hombres es lo que más me repele. Haberme creído enamorado de una compañera de escuela cuando mi deseo era por un compañero. Haber soñado el amor con una mujer cuando lo que deseaba era un hombre. Allí quizás hay una de las claves de por qué siempre me ha costado tanto hacer coincidir el amor y el sexo.


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