"El Estado no puede tutelar los cuerpos de las mujeres"

"Si mañana me encuentran muerta, dirán que me lo merezco por puta", rezaba uno de los carteles de la Marcha de las Putas que se desarrolló este sábado en Quito, capital de Ecuador. La peculiar convocatoria denuncia la violencia de género y reivindica la libertad sexual y estética de las mujeres y de la diversidad sexogenérica. Cientos de mujeres y actores queer (todos aquellos que se oponen a la heteronormatividad) se asumieron "putas" durante la jornada de hoy como un sinónimo de autonomía.


Con sus cuerpos pintados y ropa llamativa (algunos sin ella), caminaron por el centro norte de la capital, la zona de mayor atractivo turístico. La Policía, a diferencia de años anteriores, obligó a todos los desnudos a vestirse. A un hombre que iba solo con un delantal de cocina lo conminaron a ponerse ropa interior para continuar. Él vestía así porque era parte de su performance: iba limpiando el machismo con un paño y lejía.


El rechazo al Plan Familia Ecuador, nombre de la estrategia de planificación familiar que se estrena este año y que propone la vuelta a los valores, a la familia, y el retraso de las relaciones sexuales, se evidenció en muchos de los carteles que llevó la gente: "Plan Familia no, plan puta sí" o "ni Dios ni Estado". Virginia Gómez de la Torre, del colectivo de Defensa de los Derechos Sexuales y Reproductivos, explicó que "la pedagogía del no" generará más problemas entre los adolescentes y que "el Estado no puede tutelar los cuerpos".


Mucha de la indignación que se vio esta tarde se debe a las declaraciones que esta semana hizo el Secretario jurídico de la presidencia, Alexis Mera, en un periódico. "El Estado debe enseñar a las mujeres que es preferible que retrasen su vida sexual y que retrasen la concepción para que puedan terminar una carrera", dijo y añadió que hay un problema de valores en la sociedad y que "las mujeres no se valoran adecuadamente, y se dejan violentar".


Margarita Carranco, reconocida feminista que ahora trabaja por la inclusión y la igualdad en el Municipio de Quito, dijo que "hay que agradecerle a (Alexis) Mera por sus declaraciones porque nos permiten reflexionar sobre nuestros derechos". Explicó también que Quito resistirá a la política nacional sobre sexualidad con el programa del ayuntamiento "Saber pega full", que da información sobre sexualidad y acceso a métodos anticonceptivos para que los adolescentes y jóvenes tomen decisiones acertadas.


Las declaraciones del funcionario público también provocaron que centenares de mujeres salieran a la marcha del pasado 19 de marzo, cuando los sindicatos y movimientos sociales convocaron a una movilización nacional por la pérdida de libertades.


El manifiesto final de la manifestación de este sábado rechazó frontalmente el femicidio, que según los datos de la Fiscalía deja un promedio de 200 víctimas cada año en el país. Para frenar este problema el Estado incluyó en el Código Penal penas de 22 a 26 años de cárcel, pero las sentencias aún son escasas. La sociedad civil ha evidenciado algunos casos a través de las redes sociales como "Justicia para Vanessa", que todavía busca castigo para el hombre que en 2013 golpeó a esta joven con un bate de beisbol hasta matarla.


La Marcha de las Putas es una marca a nivel mundial. Nació como una respuesta indignada al policía canadiense Michael Sanguinetti que soltó un comentario machista en una charla sobre seguridad en 2011: "Las mujeres deben evitar vestirse como putas, para no ser víctimas de la violencia sexual". En Ecuador la marcha se ha realizado desde 2012 y cada vez se han sumado más demandas y más colectivos que aprovechan el mes de marzo, mes de la mujer, para llevar sus reivindicaciones a la calle. Este año también se sumaron trabajadoras sexuales y transexuales.

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Lunes, 16 Marzo 2015 16:52

Un ejército religioso en formación

Un ejército religioso en formación

Gritan como los soldados de las películas. Se retiran marchando, firmes, marciales los días de misa, sábados y domingos. Son los Gladiadores del Altar de la Iglesia Universal del Reino de Dios, una de las más importantes iglesias pentecostales de Brasil.

 

Meten miedo, ingresan en plena misa, formando filas, marcando el paso. Cuando llegan frente al estrado, se detienen hasta que una voz les indica: "Firmes". Hacen la venia, levantan el brazo hasta la altura de los hombros, todo en perfecta sincronía. Gritan como los soldados de las películas. Se retiran marchando, firmes, marciales. Los feligreses aplauden frenéticamente. Son los Gladiadores del Altar de la Iglesia Universal del Reino de Dios, una de las más importantes iglesias pentecostales de Brasil.


Decenas de chicos marchan y hacen ejercicios en parques de las principales ciudades, pero sobre todo se movilizan los días de misas, sábados y domingos. Algunos los confunden con pelotones de las escuelas militares, porque los ejercicios son muy similares.


El programa Gladiadores del Altar fue lanzado dos meses atrás y ya cuenta con 4.300 miembros, todos varones jóvenes, que además de las prácticas participan en escuelas de formación sobre la Biblia todas las semanas. Programas similares estaría llevando adelante la iglesia en Argentina y Colombia.
La polémica no se hizo esperar y forzó a la iglesia a sacar de su página los videos de los gladiadores. El diputado federal Jean Wyllys, del Psol, pidió la intervención del Ministerio Público ante lo que calificó de "fundamentalismo religioso" y destacó que la sociedad "no debe cerrar los ojos ante estas cosas" (Zero Hora, 5-III-15).


Un comunicado de la Iglesia Universal destaca que el proyecto Gladiadores del Altar busca rescatar a los jóvenes en situación de riesgo y prepararlos para "servir exclusivamente al Señor". Sin embargo, no son pocos los que, observando los videos, creen que se está forjando una suerte de "dictadura evangélica" y estiman que los comportamientos de los gladiadores, incluyendo su escudo, son similares a los que practicaban los nazis y también los miembros del Estado Islámico.


La polémica está servida. Quien quiera formarse una opinión propia, puede cliquear "Gladiadores do Altar" o mirar el video en Youtube en https://www.youtube.com/watch?v=w9zmcAS_9JA

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La administración social de la sexualidad y las religiosidades en América Latina

El libro, "La administración social de la sexualidad y las religiosidades en América Latina", reúne y articula tres ensayos significativos para asumir la actividad política popular en América Latina.

En la introducción el autor examina la permanencia de la derecha política latinoamericana como dato permanente de su sensibilidad cultural. Los dos siguientes, Economía libidinal y Religiosidades se ocupan de introducir una discusión acerca de los marcos categoriales e imaginarios que permean y obstaculizan las prácticas populares. El énfasis está puesto en el carácter constitutivo de lo político (economía, sexualidad, existencia cotidiana) y la crítica de su 'naturalidad' ideológica. La propuesta incluye la transformación, en un mismo y complejo movimiento emancipador, de subjetividades (espíritu personal y colectivo) y de lógicas que hacen de las instituciones instrumentos de discriminación y dominación.

 

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Lunes, 23 Febrero 2015 16:30

Las iglesias cuentan cuentos

El poder de las iglesias estriba, no en la posesión de la verdad –cosa que nadie posee en el complejo peregrinar de la historia–, sino en su capacidad de inventar cuentos, de contarlos con fuerza de verdad y de imponerlos con el refuerzo de amenaza de castigos ultrahistóricos. Jesús, el de Nazareth, no contaba cuentos. Lo de él eran las parábolas que son cosas bien distintas de los cuentos. Las parábolas de Jesús eran analogías pedagógicas para ilustrar conceptos complejos o lecturas de la realidad ajenas a la mentalidad semita que era la suya y en la que él se movía y predicaba: que la justicia de dios se parece a..., que el reino de dios se parece a..., que la misericordia es como..., que el amor auténtico es como tal o cual..., que la nueva ley de libertad se parece a... Me gusta la definición de parábola que da Abbagnano: "argumento que consiste en aducir una comparación o un paralelo, como cuando Sócrates afirma que no se deben elegir al azar los gobernantes, así como no se eligen al azar los atletas para una competencia".1.

El problema no es que las iglesias cuenten cuentos y obliguen a creerlos con fuerza de disciplinado mandato. El problema está en que lo público se construya y se explique desde el absurdo de los obligatorios cuentos. Y en que los colectivos humanos pretendan hacer historia y hacer política desde la carencia de lógica de los cuentos eclesiásticos. Y en que los individuos sacrifiquen el pensamiento en el altar de los cuentos.

En los "círculos de conversación"2 que animamos con niñas, niños y adolescentes en cualquier empobrecido rincón de las breñas antioqueñas, sucedió algo que es bien ilustrativo y lo voy a relatar: yo mismo animaba un círculo con 14 niñas y niños entre 10 y 11 años. Como es habitual en aquellos espacios, solté la consigna "háblame de vos". Chicos y chicas me miraron a los ojos con un brillito de malicia que parecía decir "como que tengo ganas, como que me da susto...". Uno se atrevió y dijo "cuando vivíamos en la finca, mi abuelito nos contaba que las ánimas conversan por las noches en las cascadas y que por eso uno debe pasar sin detenerse a mirar, puede convertirse en estatua o enloquecer por el miedo...". Obviamente, me percaté de que ese era el cuento. Pero la historia, lo que a mí como investigador me interesaba, ¿dónde estaba la historia? Ah, claro, la historia estaba agazapada en esa forma copretérita de los verbos vivir ("vivíamos") y contar ("contaba"). Sin castigarle el cuento que produjo erizamientos en los compañeritos, me enfoqué en la historia y le pregunté "¿y por qué ya no viven en la finca?"; el niño respondió "porque nos sacaron a la fuerza y nos tocó venirnos con pocas cosas a donde unos parientes que nos recibieron aquí" "Ah, le dije, ¿y por qué ya el abuelo no les cuenta cuentos?"; el niño, con inocultable pesadumbre, respondió "porque a él lo mataron".

¿Por qué a las iglesias no les interesa que las comunidades descubran y cuenten sus historias? Porque, como dice Paulo Freire, el que descubre su historia y se percata de que es una historia de opresión que le ha sido impuesta por los opresores, se convierte en un sujeto de liberación pues descubre la pregunta ¿y mi historia no puede ser distinta? Y, a partir de esa pregunta, empieza el camino político, con otros y otras, de la transformación de la misma. Lo corriente es que quien se zafa del cuento, se zafa también de quien le ha mantenido adormilado en el cuento y resignado en el sometimiento. Las iglesias, -a menos que sean porciones de iglesia comprometidas con las liberaciones históricas de la humanidad-, han sido y son en América Latina, o bien opresoras ellas mismas, o bien aliadas incondicionales e ideológicas de los opresores y no se resignan a que sus seguidores cultiven la fuerza del pensamiento. El que piensa, deja de creer en cuentos. Y deja de gobernar su vida por la irracionalidad de los cuentos. La persona que piensa, como decimos en Colombia, ya no come cuento.

Hay cuatro cuentos absolutamente aberrantes y alienadores que hacen de soportes del poder de las iglesias y que nosotros tenemos –como insoslayable compromiso político– que descodificar, interpretar y falsear. Cuento 1: "Es querer de Dios que nosotros mantengamos y defendamos los poderes establecidos porque devienen directamente de sus santísima voluntad". Según ese cuento, en Colombia Dios es de derecha, de ultraderecha, es neoliberal y patrocina el saqueo de la tierra, la acumulación de las riquezas en poquísimas manos y la muerte de los empobrecidos. Cuento 2: "Los que tocan a los ministros de lo sagrado son pecadores que deben morir porque los ministros de dios son de una masa distinta de la masa humana". Según ese cuento, hay que agachar la testuz ante los atropellos que muchos ministros del altar hacen a los derechos de las personas, a la vida y a la libertad. Cuento 3: "Las iglesias provienen directamente de la expresa voluntad de Dios y por eso sus dogmas, sus códigos de moral y sus liturgias no pueden ser controvertidas". Quiere decir, según ese cuento, que dios es inmovilidad, quietud mortal, resignado fatalismo, aliado esencial de todos los mecanismos de aniquilación y muerte. Cuento 4: "Las iglesias, por querer de Dios, son dueñas de los cuerpos y tienen el derecho y el deber de restringirlos, normatizarlos, castrarlos e impedirlos". La fatalidad de este cuento, del cual se derivan tantísimas neurosis, no necesita más comentarios.

Yo no me siento quién para proponerte, querida lectora, querido lector, fórmulas mágicas para liberarse del fatal poder de los cuentos eclesiásticos. Pero sí puedo decirte que he descubierto y practicado por largos años de mi vida una alternativa a la fe vivida en las estrecheces de las iglesias: la fe vivida, gozada, celebrada, madurada, cantada, bailada, conversada, racionalizada, criticada y comprometida en pequeños círculos hermanados que conversan e idean estilos de vida en libertad y dignidad y asumen las opciones políticas que sean coherentes con esa forma de apasionarse por la vida.

 

* Animador de "Comunión sin fronteras". Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.


1 Abbagnano, Nicola, Diccionario de filosofía. Fondo de cultura económica, México, 1994, p. 888
2 Prometo enviar este texto a quienes lo soliciten expresamente por correo electrónico o a través del periódico desde abajo, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enEdición 210
Miércoles, 04 Febrero 2015 06:38

Más cruel que Gengis Kan

Más cruel que Gengis Kan

Así que lo quemaron en el fuego del infierno. Eso es lo que el Estado Islámico quería mostrar al mundo. Una crueldad al estilo Gengis Kan.


Primero el Estado Islámico obligó a los jordanos y a los japoneses a reconocer su poder –ofreciendo un periodista japonés como señuelo de negociaciones– y luego mostró al rey jordano y al primer ministro japonés lo que pensaba de ellos.


Los jordanos habían demandado pruebas de que el teniente Muath Kasaesbeh estaba vivo. Y les dieron la evidencia de que lo estaba cuando fue conducido a su jaula de fuego. El ejército sirio pudo haber advertido al rey Abdalá lo que podía esperar: meses atrás, el Isis prendió fuego a soldados sirios cautivos y luego asó sus cabezas en video. Y nadie dijo una palabra.


Para el rey Abdalá, quien había ofrecido a la fallida atacante suicida Sajida Rishawi en pago por la vida del teniente Kasaesbeh, podría haber alguna terrible ventaja en que hayan quemado vivo al joven piloto, sea que haya perecido mucho antes o no. Esas decenas de miles de musulmanes sunitas jordanos que exigían la libertad del teniente Kasaesbeh saben ahora lo que sus correligionarios musulmanes en Siria e Irak tenían en mente para él. Pero ¿quién entre los árabes no cuestionará también el costo de apoyar la guerra estadunidense contra el Estado Islámico?


En Occidente, donde casi hemos agotado los lugares comunes referentes al odio, describiremos esta versión de Isis de la ejecución en la hoguera como bárbara, abominable, inhumana, apocalíptica, bestial, etc. Los musulmanes podrían reflexionar en que entre los primeros versos del Corán hay una advertencia sobre el doloroso castigo que se infligirá a quienes sólo fingen creer, los monafaqin, que se mienten a sí mismos y no son creyentes verdaderos.


Desde luego, existen los verdaderos creyentes y los no creyentes. Pero también están los simuladores, quienes sufrirán –y aquí uso la más reciente traducción de Tarif Khalidi del libro sagrado del islam– un doloroso castigo. Del cual –y los clérigos del Medievo europeo estarían de acuerdo– los fuegos del infierno son lo más terrible.


Muchos musulmanes podrían ver en la terrible acción del Estado Islámico una pavorosa distorsión del mensaje de Dios. Porque es Dios quien debe infligir el castigo a los simuladores. Dios será el juez en el Día del Juicio. No Abú Bakr Bagdadi ni los miembros del Isis que filmaron la jaula y al pobre hombre retorciéndose en el tormento bajo el torrente de gasolina. Por supuesto, queda al mundo musulmán decidir sobre esta extraña interpretación, pero habrá montones de líderes despiadados –viene a la mente Bashar Assad de Siria, ahora que hemos concluido que sus enemigos son aún más horribles que él– que se beneficiarán de esta crueldad.


Mucho antes de que el Isis masacrara al ejército iraquí y a los chiítas de Irak, y pusiera en fuga a los pueblos cristianos y yazidíes, desmembraba los cuerpos de los partidarios del gobierno sirio y enviaba videos de su decapitación a sus familias antes de mostrarlos a un público que en su mayoría prefería mirar hacia otra parte. No es el Estado Islámico el que ha cambiado. Somos nosotros.


Nuestra intolerancia de los autócratas de Medio Oriente –de los Sisi y los Assad, de la monarquía hachemita, de los vacilantes príncipes del Golfo, incluso del supremo líder de Irán, el ayatola Jameini– está cambiando a la vista del califato. Todos deben volverse nuestros moderados una vez más, los que quieren unirse contra el terror, ahora que presenciamos los fuegos infernales en Raqaa y Mosul.


Para el Estado Islámico, sus enemigos musulmanes deben ser, por definición, traidores a la fe. Y por eso podríamos leer la traducción de Khalidi con especial cuidado. "Y si alguien les dice, 'No siembres la discordia en la tierra', contestarán: 'Sólo buscamos unir a la gente'. Que es lo que dicen los moderados, desde luego. Y el pobre teniente Kasaesbeh en su agonía.


Traducción: Jorge Anaya

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Viernes, 30 Enero 2015 10:24

La islamofobia y el islamofascismo

La islamofobia y el islamofascismo


Disculpen la enésima paráfrasis, pero hay nuevos fantasmas que recorren Europa.

Bueno, no tan nuevos, pero después de los ataques en París rondan recargados de fuerzas nuevas, dominando la agenda oficial.

Y sus nombres son: la islamofobia (cuyo trato varía desde ninguneo, verdadero motivo de preocupación, hasta una legítima reacción a la amenaza musulmana) y el islamofascismo (léase: fundamentalismo/yihadismo).

Era de esperar. Algo de veras huele mal. Sólo que en las entrañas del mismo viejo continente, donde se descomponen la democracia liberal con su modelo de (no)representación política y el sistema capitalista-neoliberal, con su modelo de inclusión – pardon, exclusión– social.

Un fétido viento de racismo recorre Europa, escribe Shlomo Sand, académico israelí que vivió años en Francia, apuntando a inmigrantes musulmanes relegados a los peores empleos y a la vida en guetos ( Counterpunch, 16-18/1/15).

Alain Gresh, de Le Monde diplomatique, es aún más categórico: Islamofobia empieza a ser un racismo no declarado del Estado francés ( Middle East Eye, 14/1/15). Solo el premier Manuel Valls no está enterado: para él no existe islamofobia; es un término del que abusan los apologetas del islam para acallar las legítimas críticas a esa religión (sic), dice colgándose del debate suscitado hace tiempo por Salman Rushdie (véase: The Atlantic, 16/1/15).

¡Qué chulo! Algo que con el... antisemitismo –recordemos–, un término del que abusan los apologetas de Israel para acallar las legítimas críticas al sionismo (pero que sí existe).

¡Doble estándar at its best!

Algo de lo que pecaba también... Charlie Hebdo (sic) nutriéndose de asociaciones fáciles islam/terror, cuando ya nadie se atreve a hacer lo mismo con el cliché judaísmo/dinero (Sand dixit).

No es el único cambio: hoy islamofobia –reconocida por la ONU como una forma de racismo (¿ve, monsieur Valls?)– parece sustituir al antisemitismo (mejor: antijudaísmo) en su papel sistémico de un recipiente vacío para depositar el descontento por la crisis económica y el avance del capital.

También funciona en otros niveles:

a) Como herramienta del imperialismo post-89 (en vez de anticomunismo), mecanismo estratégico de odio y deshumanización de los musulmanes; b) parte del discurso antiterrorista post-9/11 y del aparato represivo interno (Arun Kundnani, The muslims are coming!: islamophobia, extremism, and the domestic war on terror, 2014), y c) bandera de xenofobia –otra vez en lugar de antijudaísmo–, hoy centrada en los migrantes-musulmanes, un cuerpo extraño en la civilización judeo-cristiana (¡sic!), que sustituye el enfoque biológico nazi por uno cultural (Pegida/Alemania, Frente Nacional/Francia, etc.).

Uno de los motivos de François Hollande para abrazar el nuevo papel de presidente de guerra (bueno, no tan nuevo: miremos la escala del intervencionismo francés...) es controlar y gobernar estos miedos (y neutralizar la base del FN). Pero así sólo le tiende la mano al fascismo –según Jacques Rancière, no hace falta que el FN despliegue una estrategia determinada: el Estado ya lo hace por ellos– y cava cada vez más honda la tumba de la socialdemocracia.

Leída en esta clave la nueva novela del islamófobo confeso Michel Houellebecq – Sumisión (2014)..., lo que en árabe quiere decir islam– cuya primera edición coincidió con los atentados, resulta bastante interesante. Su distopía –donde el país se convierte en un régimen islámico tras las elecciones en 2022– puede desarrollarse solo en una Francia como la de hoy: gobernada por la socialdemocracia agonizante, sumergida en el marasmo, sin una verdadera izquierda, dónde el único elemento vital son los identitarios y/o religiosos.

Pero para que no quede duda acerca de su reaccionismo, Houellebecq no abandona el papel de vocero de la ideología: Islamofobia no es una forma de racismo, repite ( El País, 8/1/15). ¿Y el islamofascismo? Igual que islamofobia, es producto del cambio post-89.

Acuñado en Gran Bretaña, fue popularizado en Estados Unidos por Christopher Hitchens, llegando a ser parte del discurso del mismo George W. Bush, que legitimaba su guerra al terror usando la ecuación fundamentalismo=totalitarismo y metiendo en el mismo saco a Al Qaeda, Hermanos Musulmanes o Hamas, herederos de nazismo y comunismo a la vez –¡sic!– (Stefan Durand, en: Le Monde diplomatique, ed. polaca, 10/06). También hoy sigue siendo la herramienta del imperialismo para justificar las intervenciones en cualquier sociedad retrógrada (Alex Callinicos, en: Socialist Worker, 13/1/15).

En este sentido, extraña que ante la a-histórica táctica de nazificiación del enemigo sucumbiera también –como Hitchens– Umberto Eco, que habla de ISIS como nuevo nazismo ( La Jornada, 9/1/15).

De veras: ni ISIS ni Al Qaeda –laxas redes y alianzas– tienen nada del fascismo/nazismo si recordamos bien sus orígenes y anatomía (véase: Enzo Traverso, La violencia nazi, una genealogía europea, 2003).

Lo más cercano fueron tal vez Saddam o Kadafi ( vide: el aparato estatal, etc.), removidos, de hecho, por Occidente para abrir el campo a... los mismos dizque islamofascistas, o incluso hoy Erdogan en Turquía (véase: Telesur, 26/1/15).

Pero islamofascismo funciona también como parte del discurso crítico que apunta al vacío dejado por la izquierda secular en Medio Oriente y ocupado por fascistas religiosos (véase: Slavoj Zizek, en In These Times, 23/8/13), análisis que aplica también al auge de la derecha y falta de la izquierda en Europa.

Como en Francia, atrapada entre los neo-pétainistas con su islamofobia y los islamofascistas (fundamentalistas –o musulmanes en general– cuyo peso político es muy exagerado), ambos síntomas de la crisis de la democracia liberal. Houllebecq puede tener razón caricaturizando la condición actual de Francia, pero se equivoca en su visión del futuro (que sólo calienta la campaña del FN); si todo sigue igual, el próximo presidente no será un musulmán, sino un fascista. Por más atentados yihadistas en el suelo europeo, la verdadera amenaza para el viejo continente siempre fue –y sigue siendo– la extrema derecha.

*Periodista polaco

Twitter: @periodistapl

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Jueves, 29 Enero 2015 15:11

Libertad de expresión y tolerancia

Libertad de expresión y tolerancia

El caso Charlie Hebdo nos recuerda lo poco que en general problematizamos respecto de las cuestiones vinculadas a la libertad de expresión, y en especial, lo poco que se forma y se debate sobre libertad, derechos humanos, tolerancia y secularización. Tal vez por ello nadie parece entender lo que está pasando.

 

El asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo ha disparado todo tipo de análisis, al punto de poner varios conceptos relativos a la libertad de expresión en el debate global. Irónicamente, los periodistas silenciados han desatado la posibilidad de hablar sobre el significado de la libertad de expresión a lo largo y ancho del mundo, tal vez como nunca antes. Esto nos recuerda lo poco que en general problematizamos respecto de las cuestiones vinculadas a la libertad de expresión, y en especial lo poco que se forma y se debate con los más jóvenes sobre libertad, derechos humanos, tolerancia y secularización.


Tal vez por ello nadie parece entender lo que está pasando. Brevemente, parece buena cosa repasar las funciones que cumple la libertad de expresión en una sociedad democrática, la cuestión sobre sus límites y si, como algunos han llegado a proponer, sería sensato limitar los discursos ofensivos hacia las creencias religiosas, en aras de fomentar la tolerancia.


La libertad de expresión es central en una sociedad democrática porque permite desarrollar el pensamiento individual, debatir ideas, buscar y difundir información. En definitiva posibilita a cada uno buscar su estilo de vida, y en algún punto "su" verdad. Pero la libertad de expresión tiene también una dimensión colectiva y social. La protección de otros derechos no es posible sin la libertad de buscar, difundir y recibir información. ¿Cómo podríamos asociarnos por cualquier causa legítima, defender los derechos sindicales, protestar, hacer docencia, periodismo, humor, arte en todas sus manifestaciones, sin un ambiente respetuoso de la libertad de expresión?


Por ello, la libertad de expresarse sin barreras es el principio general. Al análisis hay que sumar que los instrumentos internacionales protegen algunos discursos en forma privilegiada o reforzada: los asuntos de interés público y de gobierno, las personas públicas, los funcionarios y todo aquello que busca o merece formar parte del espacio público caen bajo la crítica abierta, porque esos discursos tienen una protección especial. En ese marco, las creencias que movilizan a millones de fieles y en cuyo nombre se promueven comportamientos, conductas y causas compartibles o condenables, son objeto también del derecho que tienen las personas a manifestarse a favor o en contra, a criticarlas o incluso a ridiculizarlas.


Promover una sociedad abierta al debate y sin cortapisas no significa convocar a la intolerancia. Todo lo contrario, las sociedades abiertas, tolerantes y seculares son aquellas que están en condiciones de promover el multiculturalismo, aunque la convivencia no sólo es una cuestión de libertad de expresión, también requiere igualdad económica y social, integración y otras decisiones de política pública no menores.


La libertad de expresión tiene dos vías: puedo expresarme pero también debo soportar la crítica en el espacio público. No olvidemos que quienes hoy combaten el humor ofensivo también utilizan las leyes de blasfemia para suprimir los puntos de vista de otras minorías religiosas, los creyentes disidentes y los no creyentes, como ya han denunciado más de una vez los relatores de libertad de expresión de todos los sistemas de protección de los derechos humanos.


Se ha dicho que los periodistas asesinados provocaron la barbarie con sus blasfemias. No lo creo. Es igual a decir que la mujer provocó al violador porque usaba minifalda o que los disidentes en cualquier parte merecen la cárcel o la muerte porque son subversivos. En última instancia, la blasfemia no debería ser nunca una conducta criminalizada, porque también las religiones y sus dirigentes están sujetos a ser cuestionados y criticados en un Estado de derecho que garantiza estas libertades. Pero sobre todo las religiones, por tratarse de creencias, no tienen una reputación o un honor que proteger.


Es cierto que no hay derechos absolutos. La cuestión pasa por definir el límite a la libertad de expresión para los casos en los que está involucrada la religión o las creencias de las personas. Ese límite debe buscarse en los discursos de odio que incitan a la violencia o a la discriminación en razón de un credo o religión. El espacio de esta columna no alcanzaría para definir cuáles son las condiciones que distinguen un discurso irreverente y ofensivo de aquel que incita al odio y a la violencia. No creo que viñetas –ya sean de buen gusto o mal gusto, contra políticos, deportistas, artistas o religiosos– alcancen para caracterizar un discurso como de odio o violencia.


Finalmente, no le podemos pedir a la libertad de expresión que resuelva todos los problemas de convivencia. Seguramente Occidente enfrenta un desafío mayor con respecto a la integración de amplios sectores que profesan el islam, y los propios creyentes de esa y otras religiones deberían reconocer que tienen problemas, entre otros con los derechos de diversos grupos históricamente discriminados, como es el caso de las mujeres, las personas gays, lesbianas, transexuales o intersexo, las otras minorías religiosas o la educación laica, por poner sólo algunos ejemplos.


Por ello, el terrible caso de Charlie Hebdo también renueva la necesidad de promover la separación del Estado de cualquier iglesia (católica, musulmana, judía o umbandista, la que sea), como complemento de la libertad de expresión.
La laicidad permite a cada cual profesar sus ideas y no inhibe que el creyente defienda las suyas, pero el Estado no debería asumir ninguna confesión, tan sólo garantizar la libertad de cultos y buscar la integración en la tolerancia. Los terroristas fueron a la escuela en Francia, pero no incorporaron la libertad y la tolerancia que caracterizan al país que los recibió. Los mantuvieron y se mantuvieron al margen, en una especie de gueto cultural, y no asumieron que la libertad de expresión y el secularismo son valores centrales para una sociedad abierta, lo mismo que la igualdad de género y la no discriminación por cualquier motivo (raza, sexo, nacionalidad).
Aunque el conflicto parezca lejano, también deberíamos preguntarnos qué pasa en la educación uruguaya con estos temas. Tengo un hijo adolescente y no he visto que sean temas centrales en la educación de Uruguay.

Hemos confundido laicidad con omisión. La escuela no se mete en problemas y por eso no habla de nada de lo que pasa en el mundo real, ni nada que pueda tener tanto que ver con las personas como los derechos humanos o la importancia de la libertad de expresión y la tolerancia. Sencillamente se ignoran.
Como leí en alguna de las tantas columnas que se han escrito por estos días: no comparemos el grafito de un lápiz con el plomo de las balas..., no es lo mismo. No hay justificación para las causas atroces, sólo hay explicaciones.


Por Edison Lanza, relator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

 

Apostillas


En Estados Unidos, "si a alguien se le hubiera ocurrido publicar en algún campus una revista como Charlie Hebdo no hubiera durado ni 30 segundos", escribió la semana pasada en el New York Times el editorialista David Brooks. "Los propios estudiantes lo hubieran acusado de proferir un discurso de odio y las autoridades la hubieran cerrado", apuntó. La tradición satírica existe, por supuesto, en el país, pero está lejos de parecerse a la francesa, que remonta a siglos, y en materia religiosa prevalece "una mezcla de autocensura, causas históricas y respaldo explícito a la religión de parte de la sociedad", dijo a su vez el profesor de ciencias políticas Robert Speel a la agencia Afp: "Yo hago un curso sobre la laicidad en Francia y en las discusiones los estudiantes se oponen en nombre de la libertad de religión a leyes francesas que prohíben el porte del velo" o la exhibición de signos de pertenencia religiosa en lugares públicos. De hecho, esos tabúes culturales operaron para que no hubiera medio de comunicación en Estados Unidos (como tampoco en Gran Bretaña, donde operan principios similares ligados al modelo "multiculturalista" de integración entre comunidades) que publicara las caricaturas de Charlie Hebdo.
*
Ayer jueves en Madrid comparecía ante un tribunal que juzga delitos de terrorismo el humorista Facundo Díaz, animador de La Tuerka News, un programa cómico en formato digital promovido por el partido político Podemos. "Facu", como lo llaman, había aparecido encapuchado ("cual etarra") anunciando la disolución del Partido Popular como consecuencia de escándalos de esos que pululan en la península. El gobierno español –que elevó al parlamento una ley que limita, por la vía de sanciones económicas híper gravosas, la expresión de ideas que puedan ser tachadas de apología del terrorismo, y ahí entran incluso llamados a manifestaciones contra bancos, por ejemplo– consideró que Facu había "humillado a las víctimas del terrorismo". "Llevar a un humorista a un tribunal que juzga a terroristas es un sketch en sí mismo", dijo Facu. Mariano Rajoy, el jefe del gobierno español, estuvo en la marcha de París del domingo pasado invocando la defensa de la libertad de expresión.
También marcharon en París representantes del gobierno de Egipto. El mismo domingo, una corte de ese país condenaba a un ciudadano a tres años de prisión por haber dicho en Facebook que era ateo. Tres periodistas de la cadena Al Jazeera están presos en El Cairo y decenas de otros denunciaron persecuciones.
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A una "marcha de luto" por los asesinatos de París convocó en la ciudad alemana de Dresde el movimiento de ultraderecha Pegida, que se opone a la "islamización de Occidente" (véase Brecha de la semana pasada). Caricaturistas franceses y alemanes consideraron que Pegida "representa todo aquello contra lo que luchaban" sus colegas de Charlie Hebdo y llamaron a que nadie que piense así pueda "evocar la memoria" de los dibujantes muertos.
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"Como editor pienso que fue extremadamente triste lo que sucedió con una publicación que representa la gran tradición francesa de la caricatura. Pero hoy tenemos que mirar adelante y tratar de pensar qué pasó y cuál debe ser la reacción. Hay que entender que cada día se está produciendo una masacre de esa magnitud en Irak y otros países del mundo árabe. Y esto ha sucedido gracias a los esfuerzos desestabilizadores de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Francia ha participado en el suministro de armas en Siria, Libia y la recolonización del Estado africano de Mali. Esto ha estimulado el ataque, en este caso usando un objetivo fácil como Charlie Hebdo." (Declaraciones de Julian Assange, fundador de Wikileaks, a Página12, desde la embajada de Ecuador en Londres, donde está refugiado.)

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Desde el cable telegráfico hasta el Twitter, un proceso algo cómico

Decenas de afganos se manifestaron ayer en la ciudad de Kabul contra la publicación de caricaturas sobre el profeta Mahoma en la revista francesa Charlie HebdoFoto Xinhua


Tras escuchar mi punto de vista sobre Medio Oriente y mi habitual discurso indignado sobre Internet, los alumnos de la universidad St. Brendan, en Killarney, Irlanda, me dieron un regalo por demás apropiado: un trozo de cable, de casi ocho centímetros de grueso, para transmitir telegramas que el Islamabad del Gran Brunel Este tendió hace 147 años desde la costa del Atlántico, a las orillas de la isla Valentia –que entonces era británica–, hasta Heart's Content, en la bahía Trinity, en Newfoundland.


El interior de mi trozo de cable muestra su centro dorado hecho de cobre que servía de trasmisor, y que está forrado con gutta-percha –la resina de látex producida por árboles malasios y que se usaba como aislante–, cubierta a su vez de yute. Todo lo anterior está sujeto con alambre de acero. La labor de tender este cable a lo largo del fondo del mar recayó sobre un capitán de barco de la compañía Wicklow llamado Robert Halpin. Mi regalo está hoy montado sobre una placa hecha de la pizarra típica de la isla de Valentia.


El primer mensaje que se transmitió a través de este cable fue un editorial telegrafiado por The Times: Es un gran trabajo, decía la rimbombante nota con imperial convicción. Es una gloria para nuestra era y nación, y para los hombres que han logrado merecer un lugar de honor entre los benefactores de nuestra raza. Firman tratado de paz Prusia y Austria.


Dejo a los lectores la tarea de averiguar qué paz particular fue la que construyó la fantasmal infraestructura de la futura Alemania. El telégrafo por cable también se utilizó para dar noticias sobre la Gran Hambruna Irlandesa, el levantamiento de Pascua de 1916, y, desde luego, el tratado angloirlandés que separó 26 de los 32 condados de Irlanda de un reino y un imperio.


Pero volvamos al editorial del Times por un momento. Para estándares actuales es un exceso de grandilocuencia, pero en todo caso se trata de una entrada informativa llena de seguridad: cuatro verbos y los sustantivos trabajo, gloria, era, nación y honor. Ya no se encuentra algo así en el ciberespacio; aun cuando la frase sobre Prusia y Austria parece un encabezado contemporáneo, al dejar fuera la construcción fue firmado.


Al consultar mis archivos la semana pasada encontré una columna de opinión de 1973 de la revista Observer escrita por John Grigg, cuyo padre fue corresponsal del Times antes de convertirse en miembro del gobierno de Churchill. Conocí a Grigg hijo cuando escribía el volumen sexto de la historia oficial del Times. Él falleció hace 13 años, pero en esos días previos al correo electrónico Grigg despotricaba contra el efecto negativo de la televisión contra la corrección indiomática* y la aún más mortal influencia del teléfono. Grigg hijo aseveró que tendíamos a convertir todo en una perorata al hablar por teléfono, mientras por escrito teníamos más tacto y éramos más profesionales.


Escuchen, escuchen, digo yo. Grigg promovía la antigua y verdadera carta en papel que, sostenía, alentaba a la gente a escribir correctamente. Pero el efecto del teléfono se apropia de nuestros nervios y procesos de pensamiento. Esto es, ciertamente, muy extendido y negativo, afirmaba. Sospecho que esto mismo es lo que diría ahora sobre el correo electrónico, los mensajes de texto, Facebook o Twitter.


En cierto sentido el ciberespacio es una extensión del teléfono, no de la carta. El temor de Grigg a la televisión sería parte de la misma preocupación, pues la pantalla es el elemento constante y, por tanto, contribuye a un cierto grado de trastorno de déficit de atención. Yo estoy en contra de esas frases, pero el regalo de Navidad del escritor canadiense Michael Harris, que es el excelente libro El final de la ausencia, me convenció de que dichas frases tienen su utilidad. Harris sospecha, acertadamente, que la tecnología nos usa tanto como nosotros a ella. Sobre La guerra y la paz, de Tolstoi, señala: Leo dos páginas y luego reviso mi correo electrónico... y caigo en el abismo de la memoria.
Y el abismo de la memoria no tiene restricciones. El correo electrónico también es correo de odio; lo que solíamos llamar cartas con veneno, cuando se escribían en papel.


El cotidiano Alain de Botton's Philospher's Mail, sitio web que emplea los principios de la escritura a la antigua, señala: "La habilidad de publicar comentarios al final de una noticia online ha revelado algo inesperado de nuestros conciudadanos: la mayoría de ellos parecen ser bastante agradables y educados, pero luego los conocemos cuando hacen comentarios en línea y son muy diferentes: envidiosos, furiosos, vengativos, despiadados, sin capacidad para el perdón y muy cercanos a la locura".


Aún soy de la opinión de que el problema con esta locura proviene de la capacidad, que luego se vuelve necesidad, de expresarse en los extremos. Esto lleva de manera natural al reflejo irracional que atrae a un alma demente. Observen el efecto del ciberespacio en los combatientes islamitas (o asesinos); o bien, en dos ejecutivos de Hollywood que hicieron comentarios racistas sobre Obama el mes pasado. Uno de ellos dijo más tarde que se suponía que los comentarios fueran cómicos, pero que a la fría luz del día resultaron desconsiderados e insensibles, escritos con prisa, sin pensarlo mucho y olvidando toda sensatez.


Exactamente. Sin darse tiempo para pensar. Sin tiempo para reflexionar. Demasiada prisa. Y miren cómo se excusó el ingeniero Jordi Mir después de publicar en la red el video del asesinato a sangre fría, en París, del policía Ahmet Merabat, cerca de las oficinas de Charlie Hebdo. Aseguró que difundió el video en Facebook por miedo y debido a un reflejo estúpido –aquí vamos de nuevo– desarrollado tras varios años de estar en redes sociales. Estaba en un estado de pánico total, yo solo en mi departamento. Publiqué el video en Facebook. Ese fue mi error.


Esa fue su mejor explicación. Aseguró que lamentaba mucho haber ofendido a la familia de Merabat, pero el daño estaba hecho. El reflejo ya había hecho lo suyo. Desconsiderado e insensible, como dijo el ejecutivo de Hollywood. Muy cercano a la locura. Jordi Mir cayó al abismo de la memoria. La tecnología tuvo un efecto en su proceso de pensamiento, como hubiera dicho Grigg.


Esa es la alegría que se desprende del obsequio que me dieron los alumnos de la Universidad St. Brendan, porque a través de ese pedazo de cable las noticias y opiniones podrían transmitirse a una velocidad de sólo ocho palabras por minuto. Le daba a uno tiempo para reflexionar sobre palabras como gloria y honor. Le daba a uno tiempo para pensar.


Un mejor pronunciamiento para la actitud desafiante de Hebdo


En lugar de publicar más caricaturas pueriles del profeta, ¿no podía la edición de Charlie Hebdo, posterior a la matanza, llevar en su portada esta canción de alegría de Medio Oriente que hubiera confundido a más de una conciencia islamita?


Si crees que voy a dejar de beber en la estación de las flores, me niego. ¿Dónde está el músico?


Para que así todos los resultados de mis obras pías y de mi aprendizaje se apliquen al sonido del arpa y la flauta.
Me aburren las peroratas de las escuelas religiosas.


Sólo por un momento, quisiera hacerle un servicio a mi amada y al vino.


No temo ser juzgado, porque el Día del Juicio, con la gracia y la bondad de Dios, seré perdonado de 100 pecados.


La traducción la hizo un amigo. El autor es nada menos que el poeta persa del siglo XIV Hafez de Shiraz, quien, desde luego, era musulmán.



Traducción: Gabriela Fonseca

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Martes, 20 Enero 2015 14:33

Fascismo, liberalismo e izquierda

Fascismo, liberalismo e izquierda

"Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que 'cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada': el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar", dice Zizek en esta columna.

[...] Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que "cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada": el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar. ¿No se sostiene lo mismo hoy sobre el llamado "islamo-fascismo"? ¿El ascenso del islamismo radical no es exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes? Cuando allá por la primavera de 2009 los talibanes se hicieron cargo del valle de Swat en Pakistán, el New York Times informó que diseñaron "una revuelta clasista que aprovecha las profundas fisuras entre un pequeño grupo de ricos terratenientes y sus arrendatarios sin tierra". Sin embargo, si por "aprovecharse" de la difícil situación de los agricultores los talibanes están "provocando alarma sobre los riesgos en Pakistán, que sigue siendo en gran medida feudal", ¿qué impide que los demócratas liberales en Pakistán, así como en Estados Unidos, se "aprovechen" de esta difícil situación y traten de ayudar a los campesinos sin tierra? La triste consecuencia de este hecho es que las fuerzas feudales en Pakistán son el "aliado natural" de la democracia liberal.

 

Entonces, ¿qué pasa con los valores fundamentales del liberalismo: la libertad, la igualdad? La paradoja es que el liberalismo en sí no es lo suficientemente fuerte como para salvarlos de la embestida fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción –una falsa, desconcertante, reacción, por supuesto– en contra de un fallo real del liberalismo, y es por ello que una y otra vez ha sido generado por el liberalismo. Abandonado a sí mismo, el liberalismo lentamente se socava a sí mismo; lo único que puede salvar sus valores fundamentales es una renovada izquierda. Para que este legado clave pueda sobrevivir, el liberalismo necesita la ayuda fraterna de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, de barrer el suelo bajo sus pies.


Pensar en respuesta a los asesinatos de París significa dejar caer la autosatisfacción de suficiencia de un liberal permisivo y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es en última instancia un falso conflicto, un círculo vicioso de dos polos que se generan y presuponen mutuamente. Lo que Max Horkheimer había dicho sobre el fascismo y el capitalismo en 1930 –"aquellos que no quieren hablar de manera crítica sobre el capitalismo también deberían guardar silencio sobre el fascismo"– debería aplicarse también al fundamentalismo de hoy: "los que no quieren hablar críticamente sobre la democracia liberal también deben guardar silencio sobre el fundamentalismo".


(Fragmento de una columna publicada por este filósofo esloveno en el New Stateman de Gran Bretaña.)

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El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo

ALAI AMLATINA, 16/01/2015.- El mayor peligro que amenaza Occidente se encuentra en Occidente mismo: bastaría con recordar que si la democracia, la lucha por las libertades individuales y por los Derechos Humanos son bien occidentales, no menos occidentales son la censura, la persecución, la tortura, los campos de concentración, la caza de brujas, la colonización por la fuerza de las armas o del capital, el racismo, etc.

Como bien enseña la historia, dos enemigos que se combaten ciega y obsesivamente uno a otro tarde o temprano terminan por parecerse. Más o menos eso fue lo que ocurrió durante la llamada Reconquista en España. Solo que por entonces la tolerancia política y religiosa era bastante más abundante en la España islámica que en la católica. La idea y la práctica de que judíos, cristianos y musulmanes pudieron vivir y trabajar juntos por mucho tiempo resultaron inaceptables para la nueva tradición que siguió a los reyes católicos. Luego de la expulsión de moros y judíos en 1492 siguieron sucesivas limpiezas étnicas, lingüísticas, religiosas e ideológicas.

Volviendo al presente vemos que una reciente encuesta muestra que el 62 por ciento de los alemanes no musulmanes considera que el Islam es incompatible con el "Mundo occidental", lo que demuestra que la ignorancia no es incompatible con Occidente tampoco. No hace un siglo una amplia mayoría pensaba lo mismo de los judíos en Alemania y en Estados Unidos se temía por el peligro inminente de una invasión de católicos fanáticos cruzando el Atlántico hacia la tierra de la libertad. La encuesta es publicada por el Wall Street Journal bajo un titular que dice: "Alemania se replantea el lugar del Islam en su sociedad". Titulares semejantes abundan por estos días. Es como si por la existencia del Ku Klux Klan un diario publicara en primera plana: "Estados Unidos se replantea el lugar del cristianismo en su sociedad". Es este tipo de ignorancia que pone en verdadero riesgo a (lo mejor de) Occidente, eso mismo por lo cual ahora los líderes del mundo se rasgan las vestiduras (y aprovechan, una vez más, otra perfecta oportunidad para sacarse fotos desfilando frente a las masas): la libertad de expresión en todas sus formas y la tolerancia a la diversidad.

Si fuésemos a medir objetivamente el peligro de actos barbáricos como los recientes en Paris, en términos matemáticos, claramente podríamos ver que las posibilidades de cualquier ciudadano de morir en un acto semejante son infinitesimales en comparación al real peligro de que alguien nos pegue un tiro porque le gusta nuestro auto o porque no le gusta como vestimos o nos expresamos. Las masacres diarias que en países como Estados Unidos o Brasil ocurren cada día son tomadas de forma tan natural que cada mañana en los informativos siguen al pronóstico meteorológico. Así como llueve o sale el sol, cada día unos tipos le pegan unos cuantos tiros a unos cuantos otros. Pero eso no es noticia ni escandaliza a nadie. Primero porque estamos acostumbrados; segundo porque los grupos en el poder social no pueden capitalizar demasiado ese tipo de violencia. Por el contrario, es un secreto negocio.

Ahora, si alguien mata a cinco o nueve personas y lo hace envuelto en la bandera del enemigo, entonces toda una nación y toda la civilización están en peligro. Porque para el poder no hay nada mejor que sus propios enemigos.

Claro, se podría argumentar que se trata de un problema de valores. Pero también aquí hay un grosero error de juicio. La repetida idea de que el Islam promueve la violencia, por lo cual es necesario limitar, sino excluir a sus seguidores, soslaya el hecho de esa religión tiene más de mil millones de seguidores y una infinitésima parte de ellos cometan actos barbáricos, incluidos los fanáticos del Estados Islámico. Por otra parte, leyes religiosas como la que manda ejecutar a pedradas a una mujer infiel no están en el Corán sino en la Biblia; en ciertos pasajes, la Biblia tolera y hasta recomienda la esclavitud y la sumisión y también el silencio de las mujeres. ¿Alguien acusaría al cristianismo de ser una religión racista, machista y violenta? Otra vez: no es la religión; es la cultura.

Pero la narrativa de la realidad es más poderosa que la realidad. Aquellos que identifican al Islam con la violencia no solo lo hacen por intereses tribales, por prejuicios raciales o culturales; también lo hacen porque desconocen o prefieren no recordar que las cruzadas que durante siglos arrasaron pueblos enteros en su camino de Europa a Jerusalén, es decir desde el mundo bárbaro hacia el centro civilizado de la época, no eran musulmanes sino cristianos, tan cristianos como cualquiera; que los inquisidores que torturaron y quemaron vivos a decenas de miles de personas durante siglos por el solo hecho de no observar el dogma, eran cristianos, no musulmanes; que las más recientes hordas del Ku Ku Klan son cristianos, no musulmanes; que Francisco Franco, Hitler y casi todos los sangrientos dictadores que en América Latina secuestraron, torturaron, violaron y mataron inocentes o culpables de disidencia solían concurrir a misa mientras la jerarquía eclesiástica de la época bendecía sus armas y sus acciones.

Pero seríamos intelectualmente bárbaros si basados en semejante pasado y presente terminásemos juzgado que el cristianismo es una religión violenta (así, en singular), una potencial amenaza para la civilización.

Los actuales actos de terrorismo islamista no son solo la consecuencia de un largo desarrollo histórico. Obviamente, deben ser condenados, perseguidos y sujetos de todo el peso de nuestras leyes. Pero seríamos mortalmente ingenuos si creyésemos que nuestra civilización está en peligro por ellos. Si está en peligro, es por nuestras propias deficiencias, que incluyen a los oportunistas reaccionarios que esperan las acciones del enemigo para expandir su control ideológico, político y moral sobre el resto de sus propias sociedades.

Para esa gente de nada importa que el policía asesinado por defender a Charlie Hebdo fuese un musulmán ni que también lo fuera el empleado de la tienda cosher que salvó a siete judíos escondiéndolos en el refrigerador del comercio. Lo que importa es limpiar sus países de "los otros", de los "recién llegados", como si los países tuviesen dueños.

El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo. Mirar a la historia, a más de un siglo de intervencionismos y agresiones occidentales en Medio Oriente no es un detalle; es un deber. Por dos razones: primero porque forma parte fundamental para entender el presente; segundo porque el pasado diverso demuestra, sin duda, que la violencia no es propiedad de ninguna religión sino de determinadas culturas en determinados momentos bajo determinadas condiciones políticas y sociales.

- Jorge Majfud es escritor uruguayo

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