William Davies, autor de 'Estados nerviosos'. Elvira Megías

El autor de Estados nerviosos, William Davies, estuvo en Madrid presentando un libro que explica cómo las redes sociales se están convirtiendo en un campo de batalla de emociones y sentimientos antes que de ideas o hechos.

París, finales del siglo XIX. El escándalo es el material que rápidamente incendia una sociedad en un proceso acelerado de transformación económica y política que derivará, en cuestión de pocas décadas, en la primera guerra mundial. El sociólogo Gustave Le Bon —el “célebre doctor”— es, además de un físico aficionado, un pionero de la psicología social. Sus ideas sobre la emergencia de “la multitud” ejercen como un diagnóstico certero para el apetito burgués. Pesimista, militarista y elitista, Le Bon veía crecer cada día a esas masas a las que despreciaba y comenzó a pensar en ellas como un organismo vivo. Una serie de ideas inoculadas entre esas multitudes podían ser como un virus o, como escribe William Davies (Londres, 1976), “la muchedumbre se convierte en un vasto circuito neuronal a través del cual viajan las emociones de un cuerpo a otro, a una velocidad vertiginosa”.

Desde su posición contraria a las masas modernas, Le Bon aportó claves para la crítica… pero también para la utilización de esa potencia multitudinaria. La influencia de su principal obra La Muchedumbre: un estudio de la mente popular ha llegado a líderes y oradores —entre otros, ejem, Adolf Hitler— que encontraron en las ideas sobre manipulación una fórmula de obtener adhesiones inquebrantables. “Exagerar, afirmar, repetir y no intentar jamás demostrar nada mediante razonamiento: he aquí los procedimientos de argumentación familiares a los oradores de las reuniones populares”, escribió Le Bon.

El sociólogo y economista William Davies ha retomado esas ideas sobre la manipulación de masas nacidas de la crisis de las naciones del siglo XIX en el contexto del nacimiento de las redes sociales, el big data y la inteligencia artificial. Estados Nerviosos, cómo las emociones se han adueñado de la sociedad (Sexto piso, 2019) es un ensayo que pretende comprender la política de los sentimientos, una ola que está aupando a los movimientos xenófobos en todo el mundo. Twitter o Facebook son medios de comunicación “calientes” que generan reacciones físicas en quienes participan en ellos, lo que ofrece una oportunidad de negocio y de obtención de poder a actores destacados del panorama político. Pero, advierte Davis, no hay un retorno posible a la “razón” como única guía de funcionamiento. Los sentimientos, nuestras reacciones, son un material delicado, pero ninguna propuesta se entenderá en el futuro sin las emociones: sin el amor, el placer o la rabia.

En la segunda mitad de Estados Nerviosos escribes acerca de las ideas de Carl von Clausewitz sobre la guerra. Leyéndolo me preguntaba si es que estamos en los primeros años de algún tipo de guerra.
La definición de guerra ha sido algo muy difícil de definir de un tiempo a esta parte. Por dos o tres motivos. En primer lugar, cada vez más, las metáforas y el lenguaje de la guerra han pasado a ser mucho más comunes en la política. Pero esto no es del todo nuevo porque, como sabes, en Estados Unidos hubo una “guerra contra las drogas” bajo el mandato de Bush y después hubo una “guerra contra el terror”. En Gran Bretaña, en este momento, hay indignación por el hecho de que Boris Johnson utilice lenguaje como “rendición” o “colaboracionismo” en relación al Brexit y eso se considera extremadamente peligroso.

Cuando el lenguaje de la guerra entra en la política, lo que conlleva es una destrucción del espacio del compromiso. Esto significa, básicamente, que si hablas en términos bélicos dejas de reconocer que estás obligado a algo, y eso es lo que consigue el lenguaje, por ejemplo, cuando hablamos de guerras culturales, que es una expresión que ha prosperado para explicar cosas como las divisiones en las sociedades democráticas entre, por ejemplo, los universitarios y los demás.

Pero, otro aspecto más cercano a las ideas de Clausewitz es que las tecnologías de la guerra se están utilizando indistintamente en conflictos militares y en la sociedad civil. Sabemos, por ejemplo, que Rusia practica la guerra de la información para perturbar democracias en todo el mundo. Es un hecho que conocemos, no sabemos exactamente hasta dónde está llegando, pero sí que está pasando por lo menos hasta cierto punto. Sabemos que el Pentágono está utilizando tecnologías para influenciar a las masas, en el ámbito civil y económico, mediante técnicas de contrainsurgencia y contraterrorismo. He escrito sobre la compañía de Peter Thiel, Palantir, una compañía comercial que atraviesa fronteras de muchas maneras y que obtiene muchos contratos en actividades de contraterrorismo y para influenciar a la gente. Pero también está siendo usado para vigilancia y potencialmente puede ser usado para investigaciones de mercado, porque estas tecnologías nos ven como ejércitos de gente, como hordas. Y en ese sentido, la mentalidad de la guerra y las técnicas políticas de manipulación, que son potencialmente muy violentas, se han convertido en formas habituales de organizar la sociedad. De este modo, los partidos políticos, los movimientos políticos son vistos como un ejército a movilizar y no como personas que deben ser representadas.

¿Se usan los sentimientos y las emociones como las armas de esa guerra?
La publicidad siempre ha intentado guiar a la gente a este tipo de comportamiento, en muchos sentidos tan apetitoso. En mi libro anterior, La industria de la felicidad, que se publicó hace tres años en España, hablaba de los orígenes de ese esfuerzo para usar la investigación psicológica para tratar de hacer que la gente vaya de compras de cierta manera y vote de determinada manera. Así que no deberíamos exagerar sobre cómo de novedosas son estas técnicas. Pero, claramente, esta segmentación psicográfica con mensajes que están cuidadosamente diseñados para obtener determinada reacción de la gente es un fenómeno muy preocupante. Sabemos que fue decisivo en el referéndum del Brexit de 2016. En los dos días previos a la votación, la campaña por la salida estaba dirigiéndose a gente que normalmente no vota. Esto un aspecto importante de esta nueva política, el hecho de que moviliza a las personas que antes eran simplemente apáticas, no les importaba que la política no fuera para ellos. Esas personas fueron “golpeadas” con imágenes terribles, con la idea de que Turquía va a entrar en la Unión Europea y se van a meter en tu ciudad, etc. Buscan inducir una serie de emociones en la gente, movilizarlas y que voten. Y este tipo de propaganda es propaganda de guerra. De nuevo, tiene precedentes, pero la economía de plataformas permite hacer esto de una manera más cuidadosa y estratégica. El santo grial, la principal meta del marketing o la influencia a través de las redes sociales —más específicamente de los influencers— es producir los contenidos que generan adhesión.

Ese vínculo puede tener muchos significados, pero también presupone algún tipo de reacción: que la gente preste atención, que la gente haga clic, que a la gente le guste o le disguste ese estímulo —de hecho el disgusto es tan bueno como el “me gusta”, la rabia es tan buena como el amor en el contexto de las redes sociales— lo que significa es que estás vinculándote aquí en lugar de allá. Para quienes están mirando “al otro lado” de esas plataformas eso es una ciencia, deben averiguar qué tipo de contenidos crean esa adhesión, y tiende a ser el contenido que provoca no el pensamiento racional, si no el “cuerpo emocional”: la parte de nosotros que reacciona independientemente de lo que pensemos, impulsivamente: “esto es asqueroso, esto es espantoso o esto es maravilloso”.

Después del libro he publicado un artículo sobre por qué hay tantos cómicos hoy en día en política: Bepe Grillo, Boris Johnson, que se hizo famoso en tertulias cómicas en los 90, o el nuevo primer ministro de Ucrania [Oleksiy Honcharuk]. Hoy los políticos se introducen en una especie de competencia en las redes sociales; ven cómo el Joker, la persona que hace reír, que consigue una reacción visceral, se convierte en el personaje ideal para crear esa reacción afectiva. Por ejemplo, Donald Trump fue una estrella de los reality. Sabía cómo actuar de determinada forma para que la gente se sentase y mirase. Y eso es lo que son nuestros políticos hoy en día: un cruce de la telerrealidad con la comedia.

El libro defiendes, en cualquier caso, que Trump o Johnson son síntomas de la enfermedad, no la enfermedad en sí. ¿Cuál es esa enfermedad?
En primer lugar, hemos descuidado los mecanismos con los que la sociedad solía representarse a sí misma. Creo que la democracia liberal y el liberalismo en general es un proyecto de representación complejo. En la primera parte del libro trato de explicar que pensamos que la democracia representativa tiene dos partidos, un Parlamento, etcétera. y eso se ha descuidado mucho durante los años 80, 90 y 2000 con el discurso de que cuestiones como las políticas económicas deben ser manejadas por gente que no ha sido elegida por nadie, me refiero a los tecnócratas. Pero también los partidos se han convertido en máquinas, han creado también nuevas formas de manipular a través de los medios. La gente normal no tiene nada que ganar militando en los partidos políticos en el sentido de lo que tenían que ganar en los años 50. Creo que hay una pérdida ahí. Gracias a gente como Thomas Piketty sabemos que la desigualdad no es solo “un sentimiento”, sabemos objetivamente qué es y qué esta pasando. Pero los economistas han descuidado eso durante mucho, mucho tiempo. También los Gobiernos y los políticos. A menudo usan las estadísticas para silenciar argumentos —“El PIB está creciendo, el desempleo es aburrido y todo va bien”— no está bien: esos números se han usado mucho tiempo para suprimir el debate.

Mientras tanto, ha ido creciendo y creciendo esta otra infraestructura, particularmente a partir de los primeros años 90, que básicamente es una infraestructura para manejar las reacciones en tiempo real. Primero fue en la economía financiera, que convierte a la economía en esta especie de “estado nervioso”. Es un estado nervioso en el que nadie tiene que estar a cargo y las empresas están en constante estado de reactividad. Después, nuestro entorno de medios de comunicación se ha movido de una forma similar, con el nacimiento de las redes sociales y el nacimiento de noticias en tiempo real. Nadie necesita hechos en este entorno, todo lo que se necesita es la última actualización, la última imagen. Hay acontecimientos teniendo lugar en todo momento —estos días en Barcelona, por ejemplo— pero la gente recurre a los medios no para reportes narrativos o para buscar un contexto válido, sino que, cada vez más, la función de los medios en nuestra vida es cubrir una demanda: “Quiero ver a la policía golpeando algo”, “Necesito estar en el momento”, “quiero sentir cómo es”... y, ya sabes, eso es difícil. Pero eso es lo que las redes sociales nos enseñan a esperar. Es lo que creo que hay que explicar; cómo una forma de entender el mundo se ha deteriorado y cómo ha surgido esa otra.

Para las grandes empresas de Silicon Valley, ¿se trata solo de dinero? ¿Están intentando demostrar algo? ¿Quieren llevar las democracias a un límite?
Obviamente, están haciendo mucho dinero en la actualidad. Los gigantes como Amazon, Google, Facebook, se han convertido en condicionantes de los mercados, la sociedad civil o la democracia. Y esto es muy peligroso. Google puede destruir pequeños comercios solo cambiando el algoritmo de sus anuncios. Amazon puede hacerlo con las librerías. Facebook puede hacerlo con las democracias. ¿Qué quieren realmente? Es difícil de saber. Ellos todavía tienen una visión iluminada sobre lo que están llevando a cabo que, bajo mi punto de vista, es algo delirante.

Creo que es posible decir que Amazon tiene muchas de las atribuciones de un estado soberano. Tienen la capacidad de destruir; ya sabes, el Pentágono ahora depende de Amazon para su computación en la nube, etc. Por eso el tipo de competencia en la que participan, de alguna manera se entiende mejor como una competencia de guerra que como una competencia de mercado. Las leyes anti-Trust, por ejemplo, no funcionan para ellos, porque no se engloban en un mercado. Los empresarios detrás de estas compañías tienen un tipo de mentalidad napoleónica, sienten que están construyendo imperios. En ese sentido, es una forma de imperialismo. No necesitan hacer dinero, ya han hecho mucho, no necesitan hacer negocios como tal.

El libro insiste en que debemos entender y utilizar las emociones también para luchar contra estos tipos de manipulación, que posiblemente la razón no sea suficiente para combatir estas prácticas.
Creo que nuestra propia comprensión de lo que significa ser humano es muy diferente de lo que era hace 30 años. Mi hija tiene seis años, está en la escuela, y en su clase ha aprendido cosas sobre su cerebro; trabajan para preparar a las criaturas respecto a posibles problemas de salud mental, hacen meditación en el aula. Eso a mí no me gusta demasiado, pero ella habla sobre su cortex frontal y cosas así. Estamos en una sociedad en la que sabemos ciertamente más sobre nuestras reacciones físicas, sobre nuestro comportamiento y nuestras experiencias. Los partidos políticos interactúan con nosotros tratando de provocar esas reacciones instintivas. Somos “seres reactivos”, de alguna manera. Afortunadamente seguimos “pensando” cosas pero esa particularidad nuestra no va a sustituir a la otra de repente. Y la gente no va a decir un día: “Tenemos que confiar en esta otra gente por sus modelos, sus teorías o por sus datos”. Creo que el reto es rescatar cosas del proyecto liberal, que es un proyecto pacifista.

Ese proyecto es acerca de la defensa de la paz y la oposición contra la violencia. Si seguimos pensando de esa manera, no obstante, tenemos que comprender aspectos del ser humano que pueden ser movilizados para seguir esa agenda, como una forma de anti violencia o no violencia pero también para la preservación de la vida y de la salud. El estatus, por ejemplo, de los sistemas sanitarios es uno de los temas políticos fundamentales. Por supuesto necesitamos que la ley funcione, pero también necesitamos un tipo de igualitarismo que garantice la vida para toda la humanidad. Creo que eso está amenazado en este momento. Los muros, las fronteras que los nacionalistas quieren levantar, lo que dicen es que hay gente que debe morir y gente que debe vivir. Este es el terreno en el que se mueve ahora la política, esa es una agenda en la que las emociones están en el centro. La gente se tiene que movilizar, porque quienes quieren violencia saben cómo hacerlo.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

2019-11-18 06:34

Publicado enSociedad
Martes, 16 Febrero 2016 05:47

Estar afectados

Estar afectados

Se ha logrado que las cosas no nos afecten. Con todo lo cual la gente se hunde en la ignorancia, y el conocimiento ya no es más posible, pues aparece como un tejido de datos, noticias e información, que cada quien logra que no lo afecte, por lo menos demasiado.


Hay numerosas cosas —y gente— que nos son indiferentes. Por una razón u otra. Por el contrario, hay cosas, personas, lugares y experiencias que nos afectan. En ocasiones, nos afectan enormemente. Vale la pena pensar por un instante en el tema.


El afecto tiene una doble connotación. De un lado, hace referencia a unas causas, por definición, distintas de los efectos. La causa afecta. En numerosas ocasiones no somos causas de nosotros mismos. Y para la mayoría de la gente, su propia vida es agenciada por numerosas otras causas, y ellos, simplemente van, se dejan llevar. No son, en sentido propio, agentes.


De otra parte, el afecto se refiere a una efectuación sobre nuestra propia subjetividad, nuestra interioridad, ese lugar recóndito y enigmático del que surge nuestra existencia. Cuando algo nos afecta, nos afecta en el cuerpo, en la mente, y también en el espíritu. En ocasiones dejamos de dormir o de comer, o suspendemos los ritmos habituales, y disminuimos los niveles de concentración y actividad.


Es lo que sucede, por ejemplo, en el caso del amor, e incluso de esa experiencia de borrador que es el enfatuamiento; enamoramiento digamos en español castizo. Hay palabras o gestos, silencios o acciones, pero también temores y fantasías que nos afectan. En ocasiones.


Hay quienes viven la vida todo el tiempo afectados. Y hay quienes no. Si en ocasiones en el lenguaje popular alguien afectado puede ser alguien con amaneramientos, asimismo alguien afectado es siempre una persona de extrema sensibilidad.


Nos afectan paisajes y música, personas y recuerdos, ilusiones y expectativas, y cuando somos afectados sucede esa paradójica experiencia en la que nos sentimos vulnerables, pero al mismo tiempo experienciamos nuestra entera subjetividad.


Las afectaciones les suceden a algunos en el estómago, a otros en la garganta, y otros más en el control de sus palabras o en el movimiento de manos y dedos. Hay afectaciones que se salen a la cara y casi todas se reflejan en la mirada, la cual deja de ser “normal”. Hay incluso a quienes las cosas les afectan en el colon, y entonces aparecen problemas digestivos y otros. Sin la menor duda, cada época somatiza las afectaciones de formas diferentes.


Y, sin embargo, vivimos una época que enseña a los individuos, a veces ya desde la niñez, a disimular las emociones y a cobijar las sensibilidades. Los hombres, verosímilmente, deben ser fuertes, y las mujeres disimuladas. El romanticismo no tiene demasiada cabida en un mundo de beneficios y competitividad, y los soñadores están siempre susceptibles de ser arrastrados por las tormentas, que es uno de los nombres de la realidad; la realidad–real, esa que es crasa y fría.


Para los griegos el conocimiento comenzaba por el asombro (thaumaxein), esa capacidad de dejarnos llevar por cosas, experiencias, ideas o fenómenos. Cuando la verdad es que, hoy por hoy y cada vez más, hay cada vez menos gente que se asombra. Se niegan a, o cierran sus emociones y sensibilidad. Entonces las noticias del mundo se asimilan a otros datos más y más información, y nada nos asombra ni nos afecta ya. Se ha logrado que las cosas no nos afecten. Con todo lo cual la gente se hunde en la ignorancia, y el conocimiento ya no es más posible, pues aparece como un tejido de datos, noticias e información, que cada quien logra que no lo afecte, por lo menos demasiado.


Quienes evitan dejarse afectar por las cosas reconocen, implícitamente, que son impotentes ante la fuerza de las cosas. Y es ese sentimiento de impotencia lo que conduce a reducir las emociones, a negar la sensibilidad, a ese llamado horripilante a “ser realistas” y que le abre las puertas de par en par al pragmatismo y al utilitarismo. Un sujeto que no sueña ha dejado de vivir, hace ya un tiempo. Eso es lo que Hollywood pinta como el país de los zombies, los cuales se alimentan de los cerebros de los vivos. Un mito urbano más producto del realismo craso (principium realitatis).


En contraste, hay quienes no dejan de asombrarse, y se niegan a aceptar los hechos crudos y las noticias planas. Se trata de personas que se ven afectadas, y en ocasiones por una cosa y otra. Sin la menor duda, se trata de seres sensibles, y siempre críticos y reflexivos. Pero esa es gente molesta para el statu quo, que con diferentes tonos desarrolla estrategias y terapias de in–sensibilización. Para que las cosas no nos afecten “demasiado”.


Justamente en ese sentido, una de las principales armas es justamente la industria del entretenimiento. Que por definición es distinta a la industria de la cultura. (Si de industrias se trata). El principal sector económico en Estados Unidos, hoy por hoy, no es el automovilístico o el petrolero, sino la industria del entretenimiento. Hollywood, Disney, Broadway y demás. Pasar el tiempo, gastar el tiempo y hacer que la vida sea placentera sin preocuparse demasiado. “Que ya demasiados problemas hay en el mundo” (= para tener uno más). Es el colchón y la cuna del conformismo.


Ponerle cabeza a las cosas y que el corazón no nos afecte tanto, se dice. Hacer la vida lo más llevadera posible y disfrutar cada instante. Porque el pasado genera nostalgia y el futuro no es seguro que llegue. Se dice. Una postura que ni siquiera se acerca al estoicismo, sino que es pura política de aguante. Ojalá, por lo menos, hubiera resistencia; que es una de las expresiones de cuando las cosas nos afectan.


Ser actor, ser agente, ser sujeto es algo que cada vez más se le quiere dejar a entes y no ya a los individuos. Son actores y agentes, en esta lectura, las empresas y las iglesias, las instituciones y el Estado, y otros nombres y figuras semejantes. Son estos los que actúan en el mundo, “pues una golondrina no hace verano”. Sucede así el desplazamiento total de los afectos y las afectaciones.


Nos afectan casi siempre las cosas que entendemos, y las cosas que vemos con nuestros propios ojos, sin imágenes ni reflejos. Nos afectan las cosas que siempre, aunque sucedan en los otros, nos son propias. En fin, nos afecta todo aquello que también afecta al entendimiento y a la razón sensible. Pues en verdad no existen dos cosas, sino una sola: la sensibilidad y el pensamiento. Los grandes del arte y la filosofía, de la ciencia y la cultura siempre lo han reconocido así, y muchos otros lo han vivido como una experiencia propia.


En la afectación somos los otros, y somos la naturaleza misma. Y comprendemos que no hay dos cosas, sino una comunidad de esencia. Estar afectados, dejarse afectar, vivir afectados, tiene ciertamente mucho de una existencia trágica, pero es también la primera forma de la alegría. Para no mencionar esa experiencia única que es la compasión. Sentir con los otros, padecer con los otros, ser los otros mismos. Eso que un poeta maldito llamara como el yo que es otro. (Rimbaud: Je est un Autre).


La imaginación y la gran literatura, la buena ciencia y la mejor filosofía, las experiencias verdaderas y las más auténticas ponen todos de manifiesto que la mejor comprensión y entendimiento sucede como una experiencia desde adentro, jamás como alteridad y diferencia, nunca como trascendencia y especificidad singular. Vivir, vivir de veras es estar afectados, permanentemente y en grados diversos por los acontecimientos. Al fin y al cabo, el mundo entero es lo que sucede en nuestro interior, en las emociones y sentimientos y en el cerebro. Pero cada quien es tan sólo una interface entre su propia intimidad y el universo entero.

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Miércoles, 10 Julio 2013 06:29

Involución emocional del ser humano

Involución emocional del ser humano

Increíble y difícil de comprender que en la segunda década del siglo XXI y en contraste con los inmensos avances en ciencia y tecnología, el ser humano dé pasos gigantes hacia atrás en su naturaleza.

 

Mientras la ciencia y la tecnología evolucionan y avanzan de manera continua, los seres humanos caminamos en paralelo involucionando emocionalmente.

 

La violencia sectaria, el machismo y la misoginia cobran cada vez más fuerza en nuestros días. En pleno siglo XXI ser mujer es todavía un desafío. Aún existen lugares donde es una moneda de cambio, se comercia con su vida, se le mutila, se le viola, se le casa siendo una niña; incluso, se le asesina por deudas de honor ante los ojos impasibles del mundo entero.

 

Existen amplios sectores en el mundo occidental, que experimentan un franco retroceso en su concepción de cómo debería ser la vida. Sectores que son incapaces de aceptar diferencias razonables respecto de preferencias e ideologías. Mientras en muchos países se está aprobando el matrimonio homosexual, en contraste, parte de su población sale a la calle a manifestarse en contra de algo tan elemental, cuando debiera haber una mente más abierta para aceptar las diferencias y el derecho de cualquier ser humano a ser igual y tener los mismos derechos ante la ley.

 

Realmente nuestra supuesta evolución espiritual se encuentra en etapas muy primitivas a juzgar por los hechos. La violencia, en todas sus manifestaciones, se encuentra a la orden del día y se va perdiendo el ingenio y la creatividad en los jóvenes de nuestro tiempo.

 

Ideas obsoletas de mentes obtusas cobran fuerza cada día, resurge no sólo la homofobia, sino en la misma escalada el racismo, el odio, el machismo, la misoginia, la pornografía infantil, la pedofilia y el abuso.

 

En abril pasado se publicó un artículo en la revista científica Tendencias genéticas, en el que se asevera que el hombre está perdiendo capacidad intelectual y emocional a causa de rápidas mutaciones genéticas que la forma de vida de la sociedad moderna es incapaz de corregir. El científico que lo escribió, el profesor Gerald Crabtree, director del Laboratorio de Genética de la Universidad de Stanford en California, afirma que si un ciudadano promedio de Atenas del año 1000 aC apareciera en nuestra sociedad repentinamente sería considerado un intelectual brillante, con una excelente memoria, una amplia gama de ideas y una visión lúcida sobre cosas importantes que se le plantearan. Además, asegura que sería una persona muy estable emocionalmente. Y opina lo mismo respecto de los habitantes de Asia, África, India o América de hace dos, o quizá, seis mil años.

 


La base de su argumento proviene de los nuevos avances en genética, antropología y neurobiología, que hacen una predicción clara de que nuestras capacidades intelectuales y emocionales son, desde el punto de vista genético, sorprendentemente frágiles.

 

Una comparación de los genomas de padres y niños ha revelado que hay entre 25 y 65 nuevas mutaciones produciéndose en el ADN de cada generación. Esto es debido al relajamiento de la selección natural, derivado de la mejora gradual en las condiciones de vida de la especie humana, misma que va unida a una sucesión de pequeñas mutaciones en los genes, lo que mermará nuestras facultades intelectuales hasta tal punto, que dentro de unos tres mil años nuestros descendientes experimentarán serias dificultades para resolver una suma.

 

Crabtree ha presentado la idea de que la inteligencia humana alcanzó su pico hace varios miles de años y desde entonces se ha venido produciendo un descenso lento en nuestras capacidades intelectuales y emocionales. Asimismo, agrega: “Aunque estemos rodeados de ventajas tecnológicas y beneficios médicos de una revolución científica, estos han ocultado una subyacente disminución en el poder cerebral que va a continuar en el futuro conduciendo al último embrutecimiento de la especie humana”.

 

El argumento de Crabtree se basa en el hecho de que en más de 99 por ciento de la historia de la evolución humana hemos vivido como comunidades de cazadores-recolectores, sobreviviendo con base en nuestro ingenio. Sin embargo, desde la aparición de la agricultura y las ciudades, la selección natural en nuestro intelecto se ha detenido y se han acumulado mutaciones en los críticos genes de la inteligencia.

 

En todo caso, es posible que esta polémica teoría explicara nuestro comportamiento irracional y nos plantea si la especie humana está condenada a la decadencia intelectual y heredará a sus descendientes la incapacidad de utilizar la tecnología que le hereden sus antepasados.

 

Interesante planteamiento. La polémica queda sobre la mesa.

 

Por Verónica Gutiérrez Portillo, médico familiar de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco

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Jueves, 27 Noviembre 2008 08:13

La altura de la felicidad

“La felicidad no necesita ser transmutada en belleza,
pero la desventura sí.” J. L. Borges

Como todo lo que atañe al sujeto, el concepto de felicidad es cultural. Sin embargo, los tiempos que corren, ciencia mediante, traen noticias de altura: parece ser que se ha descubierto que las personas de estatura más alta son las más felices. La novedad surge, como siempre en estos casos, a partir de estadísticas: lo que les sucede a muchos, lo que está bajo la campana de Gauss. Leer que la felicidad está en la probabilidad de los “más altos” no sólo puede llevarnos a un sentimiento naïf de la ciencia y a pensar cómo se la banaliza, sino que, me parece y ante todo, raya con esas otras teorías que aportan manuales de felicidad por doquier: sabemos que si los laboratorios pudiesen vender la droga-de-la-felicidad (y el famoso woodyallesco Prozac tuvo ese mote), se agotaría en segundos. ¿Quién no desearía que se garantizara esa búsqueda infinita?

Demócrito definió la felicidad como “la medida del placer y la proporción de la vida”, o sea como el mantenerse alejado de todo defecto y de todo exceso (Fragmentos, 191, Diels). De cualquier modo, felicidad e infelicidad pertenecen al alma (Fragmentos, 170), ya que sólo el alma “es la morada de nuestro destino” (Fragmentos, 171, Diels). El antiguo Hegugesias negó la posibilidad de la felicidad, precisamente por el hecho de que los placeres son muy raros y efímeros. Platón negó que la felicidad consistiera en el placer y, en cambio, la consideró relacionada con la virtud. Ya sea como virtud, como inteligencia (Plotino), como placer (Locke), o como altruismo (Russell), el concepto ha tenido virajes importantes. Kant, más cerca de Freud, declaró la imposibilidad de la realización de la felicidad (Crítica del juicio), ya que la satisfacción total es utópica.

Freud (El malestar en la cultura) declaró: “¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla”. Y también Lacan (Seminario 7, clase 22, “La demanda de felicidad y la promesa analítica”) comenta: “He ahí, entonces, lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra, en suma, en posición de responder a quien le demanda la felicidad. Demandarle la felicidad; él no puede olvidar que esto, ancestralmente, para el hombre, plantea la cuestión del soberano bien y que él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No sólo lo que se le demanda, el soberano bien, él seguramente no lo tiene, sino que sabe que no lo hay; porque ninguna otra cosa es haber llevado a su término un análisis sino haber asido, reencontrado, haber chocado rudamente con ese límite que es donde se plantea toda la problemática del deseo”.

Freud había propuesto una definición categórica y puntual en 1898 (Carta 82 a Wilhelm Fliess): “Te incluyo en ésta mi definición de la ‘felicidad’ (¿o ya te la conté hace tiempo?). La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia”. Y, en la Carta 107, de 1899: “Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil”.

Así, el sentimiento de felicidad parece albergar algo en el orden de lo originario, de lo histórico, del re-encuentro. Y ofreció esa definición varios años antes de escribir, en Tres ensayos para una teoría sexual (1905), que todo encuentro con el objeto es propiamente un re-encuentro. Por eso Lacan (Seminario 7, clase 1) dijo: “Seguramente Freud no duda –no más que Aristóteles– que lo que el hombre busca, lo que es su fin, es la felicidad. Cosa curiosa, la felicidad (bonheur) en casi todas las lenguas se presenta en términos de reencuentro (Tykhê); hay allí alguna divinidad favorable. Felicidad es también para nosotros ‘augurio’, es también un buen presagio y también un buen reencuentro, pues hay un sentido objetivo en augurio”.

El mismo Lacan dirá, sin embargo, que el sujeto es siempre feliz: a nivel pulsional, en lo que conocemos como goce, hay siempre satisfacción. La pulsión, en su recorrido, siempre se satisface; pero el deseo (ahí está todo el problema) por definición quedará insatisfecho: la histérica, que lo descubre y lo padece con su sintomatología, no hace más que decirlo a gritos. El obsesivo, con su deseo impotente, o el fóbico, con su deseo prevenido, no hacen más que cerrar el círculo neurótico que hace a la propia insatisfacción de la estructura.

Por Marcelo Augusto Pérez *
* Psicoanalista. El texto es un fragmento del trabajo que lleva el mismo título.
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