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Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia

Con la crisis sanitaria, quedó excluido el devenir social y comunitario del tratamiento de la muerte. Los límites de los hospitales y el lugar de los cuidados paliativos.

 

Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

--Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.

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Jueves, 16 Julio 2020 05:45

Las voces de una obra de arte

Las voces de una obra de arte

El lazo que reúne al artista con el espectador de su trabajo

 

¿De dónde provienen las diferentes lenguas que reúne una obra y la vuelve polifónica, sea esta plástica, musical o literaria?

Lo que me habla en el Moisés, se preguntaba Freud, ¿es lo que Miguel Ángel decidió inscribir en su obra? Hay algo de lengua extranjera en el arte. No armonizable con la propia. Saludable tensión cuando se la puede apreciar y disfrutar.

Tal vez la obra artística se encuentre en un espacio distinto al de la comunicación corriente. Lo que nos impacta no es ni enteramente objetivo ni subjetivo, nos llega desde una zona diferente. En ese sentido el acercamiento es múltiple. No se sabe nunca quien encuentra a quien.

Como intuyó Bingswanger, lo que hace artista al artista es su capacidad de construir, sobre la base de materiales de percepción sensible, contenidos de percepción nuevos, no sensibles, y volver a transmitir estos sobre la base y con las herramientas de datos sensibles.

Probablemente esos contenidos de percepción nuevos que el artista introduce en su obra son los que resuenan en el que la contempla y le provocan una fuerte emoción. Lo mostrable en una imagen iría más allá de lo representable de la misma. Sería la representación más lo que el artista consigue hacer con ella y lo que siempre faltará en ella. Toda representación es una presentación que retorna luego de haberse perdido en los laberintos de la memoria.

Valorar lo imaginario, en tanto lo que las imágenes vehiculizan de novedoso, abre nuevas perspectivas para abordar lo real. El montaje y colisión de las imágenes entre ellas crean entonces algo inédito e impensado.

Tal vez así lo performativo de la obra artística sea la subjetividad que ésta tramita, la producción de lo nuevo en cada momento en que se la contempla. Cada vez es una experiencia ignorada y un abrirse a lo misterioso.

Entre el artista y el espectador de su obra se crea en ciertas oportunidades un lazo profundo que los reúne. No es la obra en sí, sino la representación inconsciente que comparten. El objeto artístico oficia de medium entre lo actual y una vivencia pasada que es inconsciente. De ahí que el sentimiento que nos produce una obra provenga del afecto que se enlaza a alguna vivencia que se volvió inconsciente o que siempre lo ha sido y que el hecho artístico vuelve simbólicamentea hacer presente. Pequeñas y gratas manifestaciones de lo inesperado. El hilo que anuda la obra con el símbolo es el mismo que reúne un inconsciente con otro, se trata de un hilo invisible que en psicoanálisis llamamos transferencial.

Cuando ante una escultura o ante una melodía uno se conmueve hasta el tuétano, lo que retorna ¿no es acaso la evocación de algo que se volvió olvido y que se presiente en eso que se experimenta? A eso llamo el lazo entre el símbolo y el objeto. Una experiencia del proceder del inconsciente.

Aby Warburg, fundador de la iconología, denominó imágenes sobrevivientes, nachleben en alemán, a ciertos elementos erráticos que viajan de obra en obra y que persisten en el tiempo y en el espacio. Luego pueden advenir en representaciones valiosas para alguien.

Esos "sobrevivientes" resuenan de alguna manera en nuestro espíritu y los captamos mayormente de manera inconsciente. Son esos momentos fulgurantes donde la obra sale del museo, adquiere vida y nos conmueve.

El concepto freudiano de pulsión de muerte, si lo alejamos del orden biológico, nos puede aportar algo al respecto. Estimo que la muerte de la que se trata bajo este concepto no es de la propia sino que refiere a la muerte de las generaciones pasadas que se inscriben como deuda en el psiquismo. Una manera de pensar que la existencia no se regula solo por la autoconservación y el principio de placer como ocurre en otras especies animales, sino que interviene en ella potencias de lo sobreviviente de las que el sujeto debe hacerse cargo. La pulsión no se dirige hacia adelante sino hacia atrás, busca activar lo anterior. Esta fuerza retrógrada de la pulsión de muerte convierte al sujeto en portador del virus del pasado desde su nacimiento, las generaciones que lo precedieron forjan demandas inconscientes a las siguientes que se manifiestan en forma de conciencia moral o como denominamos psicoanalíticamente superyo. Y el sujeto así en gran parte de su vida se ocupará no solamente de buscar el placer sino de hacer algo con esa herencia. El camino del arte es uno de sus posibles rumbos. Como se ve no se ubicaría al arte dentro del dominio del principio de placer sino que más allá de este.

El que los hechos siempre nos exigen una interpretación prueba que estamos atrapados bajo esa fuerza pulsional que nos empuja a darles un sentido histórico a nuestros procederes.

Decíamos que una polifonía de voces se enmascara en las obras de arte. Digo ahora, voces de memorias inconscientes donde vivos y muertos se reúnen, como testigos y sobrevivientes, en cada manifestación cultural. Poder escuchar esas voces es algo que, la mejor de las veces, reúnen al artista, su obra y a un observador ocasional. Ocasión que dejará su marca de acontecimiento. No nos basta con sobrevivir en esta vida.

Nos cuenta Valeria Luiselli en su libro Desierto sonoro que en Papua Nueva Guinea, a finales de los años setenta, un tal Feld había grabado por primera vez los lamentos funerarios y las canciones ceremoniales del pueblo bosavi, y más tarde se dio cuenta de que las canciones y lamentos que había compilado eran, en realidad, mapas vocalizados de los paisajes circundantes, cantados desde el punto de vista, mutable y pasajero, de los pájaros que sobrevolaban esos espacios, así que empezó a grabar a los pájaros. Después de escucharlos durante algunos años, se dio cuenta de que los bosavi concebían a los pájaros como reverberaciones pasadas: una ausencia convertida en presencia; y, al mismo tiempo, una presencia que hacía audible una ausencia. Los bosavi imitaban los sonidos de los pájaros en sus ritos funerarios porque los pájaros eran la única materialización en el mundo que reflejaba una ausencia. Los sonidos de los pájaros eran, de acuerdo con los bosavi, y en palabras de Feld, " la voz de la memoria y la resonancia del linaje”.

La fecunda idea de Aby Warburg fue imaginar un saber montaje, donde las imágenes son un campo turbulento y centrifugo de olvidos y reencuentros.

En la conferencia que dio en 1923 en la clínica de Binswanger donde estaba internado, se refirió al ritual de la serpiente de los indios Hopi de Arizona. Donde estuvo 27 años antes y fue una experiencia heurística que le permitió elaborar su teoría de las imágenes supervivientes (nachleben) que a través de desplazamientos, fragmentaciones y superposiciones se repiten en la historia cultural. Imágenes de acción más que de contemplación.

En ese sentido, poder interpelar las imágenes artísticas y culturales con las herramientas de la Traumdeutung freudiana (desplazamientos, condensaciones, asociaciones simbólicas y figurabilidad) es abrirse a una labor diferente al comentario y a la explicación de las obras. Implica hacer jugar las resonancias propias como también las transferencias que estas motoricen. Encontrar el modo de hacer oír las voces de las memorias y las resonancias del linaje. Las obras de arte permanecen mudas a la espera de cada choque fulgurante que ilumine nuevas perspectivas de hacerse oír y apreciar. Compartirlas es parte de lo que nos hace humanos.

Luis Vicente Miguelez es psicoanalista.

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Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Darío Salamone.

Los efectos del aislamiento en usuarios de drogas y ludópatas

La abstinencia por el encierro obligado disparó un abanico de situaciones en las personas con adicciones y sus familiares. Débora Blanca, Ernesto Sinatra y Luis Salamone, tres psicoanalistas especializados en el tema, explican esas problemáticas.

 

La cuarentena obligatoria trastocó las conductas de todos. De las personas con adicciones también. De pronto, entre los que tienen como único medio de descarga el análisis, algunos lo pudieron seguir realizando vía internet. Otro no. Algunos pudieron seguir consumiendo. A otros se les restringió esa posibilidad. Seguramente están los que se pusieron a pensar en dejar de consumir. Algunos tienen mayor fortaleza. Probablemente sean los que pueden continuar con su tratamiento. Tal vez otros se sienten asfixiados no sólo por no poder consumir sino porque la familia es restrictiva. Algunas familias se enteraron durante la cuarentena que un integrante es adicto. Otras, que ya lo sabían, funcionaron como imprescindibles contenedoras y se fortalecieron los vínculos. Seguramente hay más casos y situaciones. Tantas, como personas que sufren adicciones. Para conocer qué pasa con las problemáticas de las personas con adicciones durante el aislamiento social, PáginaI12 consultó a tres destacados especialistas: Ernesto Sinatra, Luis Darío Salamone y Débora Blanca.

Ernesto Sinatra es una eminencia en el mundo Psi en relación al campo de las adicciones. Psicoanalista y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es codirector del TyA (Toxicomanía y Alcoholismo), el Grupo de Investigación en Toxicomanía y Alcoholismo del Instituto del Campo Freudiano. Entre otros libros, es autor de [email protected] [email protected] [email protected] implosión del género en la feminización del mundo, ¿Todo sobre las drogas? y Adixiones (en edición). “Como siempre, una premisa general que va a permitir situarnos: vamos a hablar de una manera general. Hay una cuestión que es fundamental diferenciar: lo que vale en cada caso no podemos, a veces, llevar a lo que vale para todos. Aun con estas consideraciones necesarias podríamos dar cuenta de lo que podría acontecer”, aclara Sinatra ante la primera pregunta del cronista.

 

--Se habla mucho de situaciones de ansiedad y angustia que puede generar el aislamiento a cualquier persona en general. ¿Qué pasa con la ansiedad en una persona adicta que tiene que atravesar la cuarentena? ¿Qué riesgo implica?

 

Ernesto Sinatra: --Tenemos un precepto respecto del campo de las adicciones, de las toxicomanías: es que hay algo que denominamos “función del tóxico”. Por ese término lo que ubicamos son los rasgos particulares que hay en cada uno del lugar que ocupa la droga o las drogas en la economía libidinal de alguien. Es decir, una droga no siempre tiene la misma función por más que su química o sus efectos químicos se supongan alcanzar a todos. Hay diferencia. De la misma manera que la angustia --que es lo que tan frecuentemente en casos como el actual de un encierro, nos afecta a todos--, tiene también un impacto fundamental y diferencial en los llamados adictos: qué hace cada uno a la falta de aquello que es lo que más quiere, necesita. Esa es una pregunta que vale no solamente para los llamados adictos sino para cada uno. Por ejemplo, la falta de un partenaire, de una pareja, es algo que por las contingencias, los lugares en los que uno se había encontrado por la luctuosa situación de esta pandemia, hace que haya gente que está aislada en este preciso instante sin su pareja. La droga puede ocupar ese lugar también. Entonces, la ansiedad por la pérdida del semejante, de la pareja, del ser querido también puede aparecer claramente respecto de eso que es para uno una condición esencial de la satisfacción. Y eso es lo que acontece con las drogas cuando se transforman en el partenaire exclusivo de alguien. Sabemos: las drogas tienen un fundamento de aislamiento ya no social sino personal determinante por lo que llamamos en psicoanálisis, el autoerotismo. Por más que muchas veces el consumo --y hablo de distintas drogas-- pueda hacerse comunitariamente siempre hay algo de recogerse, retornar sobre el propio cuerpo para infiltrar allí una satisfacción, que es absolutamente autoerótica; siempre, por más que sea con otros. Entonces, la manera en que eso pega, como se dice, en cada cual, tiene en esta ocasión con el aislamiento social, que en algunos casos hay diferencias. Por ejemplo, alguien que ha prescindido de drogarse siendo habitual consumidor de drogas por la presencia intimidante del partenaire, ya no de la droga como partenaire sino de la pareja de uno. Antes tenía la posibilidad de salir y volver, de desplazarse por la ciudad, de ir a su trabajo, de ir distintos lugares de recreación. Pero ahora al estar todo el tiempo con la pareja, la esposa, la compañera, el compañero la cuestión se complica. A veces, eso lleva a, por culpa de mirar directamente, aun sin pensarlo en estas coordenadas, dejar de consumir. O por la cuestión reprobatoria que se encuentra en la pareja, que ha de ser la que diga directamente, por ejemplo: "¿Acaso vas a drogarte?". O esa mirada que, a veces, hace que alguien quede tomado por la marca de una amenaza directa o velada que solamente puede presentarse tal vez ni siquiera con la voz: con una mirada recriminatoria respecto de un: "Bueno, quiero salir". Y ahora no se puede.

 

--Hay una diferencia sustancial: una cosa es la abstinencia voluntaria y otra es la abstinencia obligatoria por la coyuntura. ¿Cómo se vive la abstinencia en una situación inédita como la actual?

 

E.S.: --La abstinencia obligatoria es un punto central que es habitual en las personas que tienen una relación compleja no sólo con las drogas sino con las normas. Por ejemplo, abstinencia voluntaria es una cosa y la obligatoria tiene un hombre que es el de prohibición. Es decir, cuando es el otro social, el Estado el que viene a decir "No consumirás", eso es un empuje al consumo. Entonces, ahí tenemos habilitada alguna vía que está en torno de la transgresión.

 

--¿El aburrimiento es un factor de riesgo en estos momentos para el adicto?

 

E.S.: --Es factor de riesgo para lo humano mismo. No hay nada peor que el aburrimiento. Sería algo así como una de las pasiones más intolerables, con la paradoja de que, en verdad, hablar de una de las pasiones más intolerables es lo que se llama un oxímoron, una contradicción en los propios términos porque efectivamente el aburrimiento es la caída del deseo mismo. Allí donde hay aburrimiento, hay que colegir, hay que deducir que hay algo en el deseo de uno que no está funcionando, que el deseo se cayó. Como podríamos decir que la falta de conectividad en internet es porque se cayó el sistema, cuando hay algo del aburrimiento que aparece es un síntoma de que el deseo como sistema que sostiene a alguien en vilo se ha caído. Y no hay nada peor que la caída del deseo para ubicar qué colocar en su lugar. Por eso Freud tempranamente descubrió que las drogas tienen un valor de ser un lenitivo, un elemento que permita tratar la desprotección, la soledad radical del individuo. Allí, en el punto exacto en el cual no hay con qué responder a una situación de ansiedad, de desesperanza, de falta de previsibilidad del mundo, en ese vacío que se cava en ese momento las drogas van a ocupar un lugar. Y se colocan exactamente en el lugar de lo que no funciona como cohesión natural en lo humano. No tenemos la duda dilecta para satisfacernos de una forma siempre igual. Por eso, los objetos de la tecnología intentan una vez y otra producir toda serie de instrumentos tecnológicos que permitan encontrar una satisfacción a medida de cada uno. Y las drogas ahí tienen un lugar preponderante porque es el intento de infiltrar en el propio cuerpo una satisfacción que permita prescindir del otro, de los otros, de los demás.

 

Límites del afuera

 

Luis Darío Salamone es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. También es codirector del Departamento de Toxicomanías y Alcoholismo del Instituto Clínico de Buenos Aires (TyA) y profesor de la Maestría en Clínica Psicoanalítica del ICdeBA y de la Universidad Nacional de Córdoba. Es autor de los libros Alcohol, tabaco y otro vicios, El silencio de las drogas y Cuando la droga falla, entre otros libros. "En casos que tengo de personas que estaban comprometidas con el consumo, frente a la situación de tener que estar en sus casas, encerrados y no salir por las noches por el aislamiento, eso permitía una especie de abstinencia del asunto. Y de esa manera fue como lo que sería una especie de internación domiciliaria. Y lo que le permite el análisis es sobrellevar la situación. Están encerrados y con el análisis pueden tratar esa angustia, esa ansiedad que les permite, de alguna manera, sostener esa abstinencia. Hay que ver qué pasa cuando salgamos de esta situación", plantea Salamone.

 

--Se habla de la importancia de los límites sin que sean prohibitivos. ¿Qué pasa cuando el límite viene de afuera, cuando se impone una situación inédita, como la de la cuarentena y del aislamiento social y no es una persona la que pone los límites al adicto?

 

Luis Salamone: --Lo vamos a saber cuando salgamos de la situación de cuarentena. A diferencia de otras disciplinas que trabajan con adicciones, el psicoanálisis no pide abstinencia al sujeto. Eso es algo que se consigue a lo largo del tratamiento. No es algo que sea una condición de entrada. Sin embargo, esta situación de aislamiento a algunos les sirve para despegarse del asunto. Y eso les permite trabajar. Por eso, hay que ver qué pasa porque después tal vez puedan seguir trabajando bien o quizás incurran nuevamente. Esta es una casuística que se está explorando porque es algo nuevo para todos.

 

--Quienes habían superado su adicción, ¿se pueden ver afectados por una recaída debido a la falta de rutina en sus terapias y de sus actividades?

 

L.S.: --Por lo menos en mi caso, los tratamientos continúan. O sea, no va a ser esa una razón. No sé si el término es “recaída” porque no lo usamos mucho en psicoanálisis. Hay una concepción diferente en psicoanálisis de la adicción que la que generalmente circula. Puede uno tener un problema con la sustancia, que la tenía quizás de una manera diferente. Y quizás le permita trabajar después de la ingesta o no. En los casos que llevo, hasta ahora no he visto esta problemática. Pero un análisis en relación a estas cosas lleva tiempo y muchas veces hay idas y vueltas. Ni siquiera uno lo ve como recaída porque uno no le está pidiendo la abstinencia al sujeto. Uno está esperando que pueda cambiar su relación con esa satisfacción. No es algo que se hace a partir de un discurso amo, un discurso que lleva a controlar. Se hace a partir de cuestionar la relación que tiene con esa satisfacción. A partir de eso, el sujeto se torna responsable. Y puede responder como quiera.

 

--Antes mencionaba que, a veces, la cuarentena puede funcionar para que se reconecte con su satisfacción, más allá de la droga. En ese sentido, ¿es posible pensar a la cuarentena como un momento propicio en el que la persona adicta reflexione sobre su problemática y acceda a solicitar un tratamiento cuando antes no lo hacía?

 

L.S.: --Puede pasar. En relación a lo que era la vida cotidiana, incluso lo que tiene que ver con el consumo, puede ser un momento de poner un freno. Y eso va a depender de lo que cada uno haga con eso, pero puede llevar a que alguien diga: "Es el momento". Cuando se buscan internaciones, en general, se busca eso, lo que se llama el "destete", el despegue de la sustancia, el cortar a partir de la internación. Pero eso puede tener éxito, puede servirle a alguien si hay un trabajo de elaboración, que es lo que hace un análisis. El psicoanálisis se pregunta más que por la cuestión de la droga en sí, qué le pasa a uno. Incluso, hasta piensa que hay cuestiones anteriores que le pasan a uno y que lo llevan a consumir, como que el problema no es el consumo sino que el consumo es la consecuencia de alguna problemática. Entonces, por ahí, despegarse de las sustancias, y poder hablar de lo que lo lleva a uno a eso, le permite otro tipo de elaboración.

 

Adicción al juego en cuarentena

 

Débora Blanca es licenciada en Psicología, egresada de la Universidad de Buenos Aires, y psicoanalista especializada en ludopatía. En el 2004 comenzó su labor asistencial, de investigación y divulgación en relación al juego patológico, coordinando grupos de jugadores y familiares. Fundó y dirigió Entrelazar, Centro de investigación y tratamiento de la adicción al juego, y actualmente es la directora de la institución Lazos en Juego.

 

--Si la adicción al juego provoca sensaciones como adrenalina, evasión de los problemas y llenar el tiempo vacío, ¿qué pasa con quienes padecen ludopatía en estos momentos en que el tiempo parece haberse detenido?

 

Débora Blanca: --Es todo un tema porque por primera vez, de una manera inédita a partir de la cuarentena, cerraron las salas de juego, los bingos, los casinos. Es la primera vez que tuvieron que cerrar. Con lo cual, el ludópata no tiene adónde ir a jugar. Hablamos del ludópata del juego presencial, de tener que ir a un lugar para jugar. No tienen dónde, comparado con las adicciones a sustancias donde quizás el que fuma, puede fumar adentro, o el que toma, también puede hacerlo. Pero en relación al juego presencial no están pudiendo jugar. Entonces, hay una pequeña porción, en especial hombres jóvenes, que puede ser que estén sustituyendo el juego presencial por el juego on line. Pero después, hay una gran mayoría, especialmente la gente grande, que va muchas horas a los bingos, que dedican mucho tiempo al juego, que ahora no están jugando.

 

--¿Qué está pasando con esas personas?

 

D.B.: --En principio, hay algo que es determinante y que hace a la diferencia. Si esa persona estaba haciendo un tratamiento previo a la cuarentena o si no lo estaba haciendo. Es decir, si estamos frente a un paciente que se estaba tratando por la adicción al juego y esa persona estaba pudiendo abstenerse al juego y especialmente estaba pudiendo pensar las causas que la llevaban y la llevan a destruirse, entonces la cuarentena quizás lo agarra en un momento en que puede soportar un poco más el no jugar. Esa tensión que se pone en el juego --como usted decía, tanto la adrenalina como la evasión de los problemas es lo que busca el ludópata en el juego--, seguramente la está redistribuyendo en otras cuestiones, en otras actividades. Probablemente, esté registrando de una manera distinta el tiempo y el dinero, que son dos cuestiones que, cuando se está en carrera de juego, van directamente a pérdida. Posiblemente esté registrando también de otra manera su propio cuerpo, un cuerpo totalmente abandonado durante la adicción; los lazos, los vínculos porque además no sólo el ludópata está en su casa las 24 horas sino la familia. Entonces, qué está pasando ahí, es muy distinto en alguien que estaba trabajando respecto de su problema de adicción que en alguien que no lo estaba haciendo. Y en alguien que no lo estaba haciendo, probablemente haya más complicaciones, más tensión en la familia, quizás están fumando más. En general, el ludópata fuma. O está teniendo acceso a otro tipo de sustancias o medicación, mucho más estresado, más ansioso, más deprimido. Al no poder depositar en la máquina, en la ruleta o el juego que fuere, qué está haciendo esa persona con eso es más complejo.

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Los genes de la depresión no aparecen por ningún lado

Un nuevo mega estudio rechaza 25 años de indicios e investigaciones sobre una predisposición genética simple al estado depresivo.


Centenares de investigaciones que apuntaban a que la depresión, una enfermedad tan importante como frecuente, tiene una causa genética relativamente simple están a punto de desaparecer del mapa científico, tras las conclusiones de un gran estudio que no ha encontrado relación alguna entre los 18 genes candidatos más estudiados y los estados depresivos.
El análisis se ha hecho sobre nada menos que 620.000 personas, en las que no se ha encontrado que las variantes de estos genes que se han asociado a la depresión a lo largo de los últimos 25 años lo estén en mayor medida que las de cualquier otro gen elegido al azar, de las decenas de miles que tiene el ser humano.


Los autores del nuevo análisis aseguran que los estudios previos eran incorrectos (daban falsos positivos) y que la comunidad científica debe abandonar ya definitivamente la hipótesis de los genes candidatos, informa la Universidad de Colorado. “No estamos diciendo que la depresión no sea hereditaria en absoluto. Lo es. Lo que estamos diciendo es que muchísimas variantes influyen en la depresión y que individualmente cada una tiene un efecto minúsculo”, asegura Matthew Keller, que ha dirigido la investigación. Se confirma así lo que numerosos genetistas sospechaban y se ha comprobado en otros desórdenes: en los rasgos complejos, como son la mayoría de las enfermedades y también capacidades como la inteligencia, intervienen miles de genes, que interactúan con los factores ambientales a lo largo de la vida del individuo.


“¿Cómo hemos podido gastar 20 años y centenares de millones de dólares en estudiar el puro ruido?”, se pregunta en la revista The Atlantic. Es una pregunta más bien retórica, porque la ciencia suele avanzar con pasos adelante y pasos atrás, a medida que se confirman algunas cosas y se rechazan otras, pero en este caso es verdad que ya habían sonado voces de alarma.


Para detectar la depresión en los sujetos estudiados, Keller y sus compañeros midieron muchos aspectos de la enfermedad, como el diagnóstico, la gravedad, el número de síntomas y el número de episodios. También recabaron datos sobre la experiencia vital de los sujetos, que puede influir en los episodios depresivos. Sin embargo, no encontraron relación alguna entre los genes que tenía cada uno de ellos y el riesgo de tener depresión, fuera cual fuera su experiencia, según explican en The American Journal of Psychiatry.


Otros colegas creen que el tema es tan complicado que no se puede aceptar sin más el nuevo estudio solo porque está hecho sobre un altísimo número de personas, ya que posiblemente las preguntas sobre el ambiente no fueran las correctas. A pesar de que los genetistas vienen abandonando el enfoque de genes candidatos para rasgos complejos, son sus trabajos anteriores los que han servido de base para una gran cantidad de investigaciones en otros sectores, como la psicología. Muchas de estas investigaciones se han realizado sobre muestras muy pequeñas, y se han publicado cosas como que los traumas de la infancia interactúan con los genes de predisposición a la depresión y se desarrolla la enfermedad.

El gen que históricamente se asocia más a la depresión es una versión corta del SLC6A4, relacionado con el transporte de serotonina en el cerebro, pero los investigadores también se fijaron en este reciente estudio en genes relacionados con la formación de los nervios y con el neurotransmisor dopamina, entre otros. La principal hipótesis sobre la causa de la depresión es que se trata de un desequilibrio bioquímico en neurotransmisores como la serotonina, pero esto no está claro porque los antidepresivos, en su mayoría medicamentos ya antiguos que se desarrollaron sobre esta hipótesis, tardan semanas en hacer efecto y solo son eficaces en la mitad de los pacientes, según la experta Lisa Kalynchuk, de la Universidad de Victoria en Canadá.


La conclusión es que la depresión es una condición de base muy compleja y que hay que abandonar las esperanzas de encontrar una forma fácil de diagnóstico o tratamiento genéticos. Lo que nadie dice es que haya que abandonar la investigación sobre la base genética de la depresión o de otros desórdenes como el trastorno bipolar o la esquizofrenia. Al público en general Richard Border, primer autor del artículo, avisa que hay que desconfiar de los que afirman que unos pocos genes tienen grandes efectos sobre comportamientos complejos, porque esto no es lo que sucede en la inmensa mayoría de las enfermedades más comunes.


Aunque no haya causa genética a la vista, el desarrollo de la depresión sigue siendo de sumo interés para los investigadores. Una nueva línea de investigación apunta a unas culpables, las mitocondrias, que proporcionan la mayor parte de la energía a las células. Su mal funcionamiento produciría efectos en cascada con el resultado de depresión, señala un artículo publicado en Frontiers of Neuroscience.

madrid
28/05/2019 07:48 Actualizado: 28/05/2019 07:48

Martes, 01 Noviembre 2016 06:09

Los genios locos del ajedrez

Los genios locos del ajedrez

Es fama que buena parte de los profanos en ajedrez suele considerar a los ajedrecistas como “gente rara”, cuando no directamente como “locos”. Los hay también quienes, muy por el contrario, estiman que ser jugador de ajedrez (del nivel que fuere) lo convierte a uno en una especie de “genio”, o en un ser de inteligencia “más allá de lo normal”. Nada de eso es necesariamente así, por supuesto. Nosotros, los ajedrecistas, sabemos que ninguna de estas generalizaciones es objetivamente correcta. Pero sí podemos decir, con sólidos argumentos en muchas ocasiones, que muchos hemos conocido casos de personas con características “especiales” (¿genios o locos? ¿O genios locos?), ya sea en nuestro club, en algún torneo o en alguna actividad relacionada con el juego... como seguramente ha de haberlas también en cualquier otro ámbito. Y en la historia grande del ajedrez hay también personajes que, habiendo sido reconocidos genios del juego, fueron acosados por algún tipo de psicosis. Veamos algo sobre ellos.


No es cosa comprobada que Paul Murphy, el genial jugador estadounidense nacido en 1837, haya sido un paranoico. No obstante, según la tradición oral, siendo aún muy joven sufría delirios de persecución. Por ejemplo, permanentemente sospechaba que su comida estaba envenenada o que personas cercanas a su entorno querían asesinarlo. Parece, sin embargo, que esto no afectó su manera de jugar ajedrez, pues luego de sus aclamados triunfos en su país, realizó –con poco más de veinte años– una gira triunfal por Europa en 1858, enfrentando y derrotando a los mejores maestros de la época. A su regreso, en 1859, sorpresivamente abandonó para siempre el juego, rehusando una y otra vez las invitaciones para volver a los tableros, en una actitud curiosamente similar a la adoptada por un compatriota suyo, más de ciento diez años después.


Wilhelm Steinitz, el primer Campeón del Mundo oficial, fue un genio que no solamente dominó la escena ajedrecística durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX, sino que legó a las generaciones posteriores enseñanzas insoslayables para la comprensión del ajedrez moderno. En sus últimos años dio muestras de que su estabilidad mental estaba seriamente afectada. Pretendía, por ejemplo, que se podía comunicar con otras personas con un audífono invisible, por medio del cual le hablaban. O que tenía el don de emitir corrientes eléctricas desde su cuerpo, lo cual le permitía mover las piezas de ajedrez a la distancia. Como remate, afirmaba jugar partidas ni más ni menos que con Dios, a quien le daba peón de ventaja y el turno de salida. Terminó sus días recluido en un instituto psiquiátrico de la ciudad de Nueva York.


El caso del polaco Akiba Rubinstein, el “campeón sin corona” de principios del siglo XX, es quizá el más dramático de esta breve síntesis. Considerado unánimemente como un genio del juego, fue sin duda uno de los llamados “campeones sin corona”: ajedrecista de primera fila desde 1907 en adelante, de estilo universal y “mago” de los finales de partida, Akiba no sólo era un hombre extraordinariamente tímido, sino que, en pleno apogeo de su carrera, comenzó a padecer una sintomatología psicótica que fue incrementándose con el correr del tiempo, sumada a una fobia social (miedo a las personas) que lo hacía retirarse de su mesa de torneo, una vez hecha su jugada, y esconderse por los rincones para no ver ni ser visto por nadie. Hacia los primeros años de la década del ‘30 debió retirarse de los certámenes, impedido de participar debido a que esa fobia era ya un obstáculo insalvable para continuar compitiendo. Confinado en instituciones psiquiátricas, se hicieron colectas públicas para solventar su paupérrima condición económica. Se sabe, asimismo, que su estado de alteración mental le salvó de ser enviado por los nazis al tristemente célebre campo de concentración de Auschwitz. Aun pese a sus males, Akiba vivió una larga vida, pero nunca volvió a estabilizarse psíquicamente.


Son bien conocidas por todos, incluso por muchos no ajedrecistas, las excentricidades del genial ex Campeón del Mundo norteamericano Robert James “Bobby” Fischer. Seguramente, la contemporaneidad de su actuación, tanto ajedrecística como mediática, sostiene este conocimiento que la opinión pública en general tiene aún sobre su figura. De sobra se conocen sus logros deportivos y sus partidas, su condición de “niño prodigio”, su meteórica carrera hacia el título mundial, su categórico triunfo ante Boris Spassky en el “match” de Reykjavik en 1972 y, en fin, su indiscutible estrellato entre la élite ajedrecística de su tiempo. En cuanto a sus actitudes extra ajedrecísticas, las mismas fueron también motivo para que su figura se convirtiera en referencia obligada en los medios de comunicación y hasta en la política. Por ellas, también comenzó a hablarse, durante los años ‘60, sobre posibles síntomas paranoides que lo estarían aquejando ya en esa época. En efecto, Bobby sospechaba de todo y de todos, denunció conspiraciones de los soviéticos contra él, cambiaba de residencia para que no lo pudieran ubicar y sentía que lo perseguían los servicios de Inteligencia de varios países. Después de haberse consagrado Campeón Mundial, y habiéndose retirado por completo de los torneos, se negó a defender su título (según algunos entendidos, por “terror” a perder) y fue despojado del mismo. A partir de allí, su vida comenzó a ser un misterio que muchos relacionaron con su afección psicológica. No obstante, apareció algunas veces como sorpresa en los medios, siempre agitando los fantasmas de las persecuciones contra él.


Una anécdota que este cronista ha recibido de primera mano, relatada por Andrés Alisievicz, uno de sus protagonistas, puede servir como un pequeño ejemplo de la personalidad paranoide de este extraordinario ajedrecista: en 1970, Fischer jugó (y ganó contundentemente) un magistral en Buenos Aires. Andrés y su amigo Daniel Green eran fiscales en el torneo y una noche Bobby los invitó a cenar. Fueron a un restaurante céntrico, relativamente cerca del hotel donde el jugador se hospedaba y, al finalizar la cena (donde solamente se habló de ajedrez, con el famoso tablerito de bolsillo de Bobby como protagonista casi excluyente), tomaron un taxi. Parece que el taxista se equivocó (¡o no!) y tomó para otro lado en lugar de enfilar para el hotel. Los muchachos se dieron cuenta y se lo advirtieron, pero de repente, para su sorpresa y sin mediar palabra, Fischer, aparentemente pensando que lo querían secuestrar, abrió la puerta del auto en movimiento ¡y se largó a correr por las calles de Buenos Aires!


Genios incomparables del ajedrez, Murphy, Steinitz, Rubinstein y Fischer, no obstante sus trastornos psíquicos, nos legaron enseñanzas insoslayables a través de sus partidas, imperecederas obras del arte ajedrecístico.

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La tragedia de los Alpes, con la explicación menos pensada

El hombre, un alemán de 28 años formado en la escuela de Lufthansa, aprovechó una salida del piloto de la cabina para encerrarse en ella y embestir el avión de forma intencional. No se sabe por qué lo hizo, pero descartan que se trate de un acto terrorista.


El vuelo GWI9525 de Germanwings tiene un misterio menos. Todos los interrogantes que se plantearon los especialistas de la aviación desembocaron en una respuesta impensable: el avión que se estrelló en los Altos Alpes franceses con 150 personas a bordo no cayó a consecuencia de un accidente, sino que se trató de un crimen. Andreas Lubitz, el copiloto de 28 años formado en la escuela de Lufthansa, precipitó el aparato a tierra. A lo largo de un relato escalofriante y denso, Brice Robin, el fiscal de Marsella encargado de la investigación, resumió el primer misterio: "La acción del copiloto puede interpretarse como una voluntad de destruir el avión". El segundo queda intacto: ¿por qué? Lufthansa, la propietaria de la aerolínea de bajo costo Germanwings, dijo que no tenía ni el más mínimo indicio "de las motivaciones del copiloto". El prolongado descenso durante 9 minutos, la no activación de una alerta de emergencia y la ausencia de respuestas de los pilotos a los reiterados llamados de los controladores aéreos no fueron producto de un incidente técnico o de un acto terrorista, sino de la acción deliberada de Andreas Lubitz. El copiloto precipitó el avión al suelo mientras el piloto, Patrick S, intentaba entrar sin éxito en la cabina de donde había salido.


La puerta blindada de la cabina de la tripulación, impuesta luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se convirtió en una medida de seguridad mortal. El vuelo se inició según condiciones "normales en un vuelo normal, sin nada extraordinario". La grabación de las conversaciones entre los pilotos recuperada en la primera caja negra (VCR cockpit voice recorder) revela que el piloto salió en un momento de la cabina y que luego no pudo volver a ingresar. El fiscal de Marsella explicó que "se escuchan varias llamadas del comandante de a bordo a través del interfono para entrar en la cabina. No hay respuesta del copiloto. En un momento, el comandante llegó hasta golpear la puerta. Se escuchan golpes para derribar la puerta blindada".


Brice Robin aclaró que "en todo momento se escucha el ruido de una respiración humana en la cabina, hasta el impacto. Ello prueba que el piloto está vivo en la cabina. Su respiración es normal, no como la de una persona que sufrió un infarto".
El misterio de la conducta del copiloto es, por ahora, tan dramático como denso. Joven, alemán, sin antecedente alguno. El relato que ofreció el fiscal de Marsella es plano, hasta el momento en que se produce una ruptura: "Durante los 20 primeros minutos de vuelo, los dos pilotos conversan de forma animada, incluso cortés. Luego se oye al comandante de a bordo preparar el briefing para el aterrizaje en Dü-sseldorf". La banda sonora revela aquí un cambio de tono. Lo que era "cortés" y "animado" cambia de dimensión. El copiloto responde entonces de manera "lacónica", ya no se trata más de "un diálogo verdadero, de un intercambio. Hay respuestas breves". Después, "el comandante le pide al copiloto que se haga cargo de los comandos. Se oye el ruido de un asiento que retrocede y una puerta que se cierra. Visiblemente, el comandante salió para satisfacer una necesidad natural. En ese momento, el copiloto está solo con los controles".


A partir de allí, todo se precipita. Andreas Lubitz manipuló el "flight monitoring system", es decir, el dispositivo que acciona el descenso del aparato. El comandante se quedó sin poder volver a la cabina: "El copiloto, mediante una acción voluntaria, rehusó abrir la puerta de la cabina al comandante y accionó el botón que desencadena la pérdida de altitud". No existe posibilidad de que este gesto haya sido producto de un accidente. El fiscal precisó que hacen falta varios movimientos para que ese mecanismo entre en función.


Le siguieron cerca de nueve minutos de descenso a 700 kilómetros por hora, en medio de los golpes en la puerta del comandante y los llamados de la torre de control, hasta la activación de la alarma automática "Terrain, Terrain", que advierte sobre la inminente cercanía del suelo. En ese modelo del Airbus A320, la puerta se bloquea desde el interior y no hay forma de abrirla desde afuera. El relato de Brice Robin hiela la sangre. Todo es audible, hasta el último segundo: "Justo antes del impacto final se escucha el ruido de un primer impacto contra un terraplén". La muerte de los pasajeros fue "instantánea. Sólo al final, en los últimos minutos, se escuchan los gritos de los pasajeros".


En el pasado del copiloto no hay, por ahora, ninguna traza capaz de explicar un gesto semejante. Matarse a sí mismo y conducir a la muerte a 150 inocentes no es común. Aunque no sea frecuente, el suicidio de un piloto no es nuevo. En el último cuarto de siglo se produjeron unos seis casos similares. El más controvertido atañe al vuelo de un Boeing 767 de Egypt Air. El aparato se estrelló el 31 de octubre de 1999 poco después de haber despegado de Nueva York con 217 personas a bordo. La NTSB (National Transportation Safety Board), la agencia norteamericana para la seguridad en los transportes, concluyó su investigación con la tesis del suicidio, un argumento rechazado por Egipto. Hay semejanzas entre los dos dramas: en ambos, el copiloto estaba solo en la cabina cuando el avión se precipitó a tierra. La misma pista sobre el suicidio del piloto constituye una de los hipótesis principales para explicar la irresuelta desaparición, en marzo de 2014, del vuelo MH370 de Malasia Airlines (239 personas a bordo). En ese vuelo, los sistemas de comunicación fueron desactivados deliberadamente y el avión cambió de rumbo. La catástrofe francesa parece inscribirse en la misma factura. La tragedia del vuelo GWI9525 de Germanwings contiene una casi solución tan dramática como fuera de toda conjetura racional. Desde ya, la Secretaría de Transportes de Francia llegó a una conclusión colateral inevitable: el drama conducirá a que se cambien "algunas prácticas". Varias compañías ya empezaron a hacerlo. Las reglamentaciones aéreas no imponen la presencia de un miembro de la tripulación cuando uno de los pilotos abandona la cabina. Un portavoz de la EASA, European Aviation Safety Agency, explicó que la reglamentación prevé "solamente que los pilotos deben permanecer en la cabina a lo largo del vuelo, salvo caso de fuerza mayor". Las compañías EasyJet, Norwegian Air et Icelandair anunciaron un cambio en los procedimientos y la consiguiente obligación de que haya dos personas de manera permanente en la cabina. Las investigaciones se trasladaron ahora a Alemania. Sólo allí, en la vida y en el entorno de Andreas Lubitz, está la última respuesta.

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Informe Mundial sobre la Felicidad, Naciones Unidas 2013

En la segunda edición del Informe Mundial sobre la Felicidad, publicada por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el estudio llevado a cabo abarca a más de 150 países y echa por tierra creencias y mitos arraigados en las diferentes sociedades que componen nuestro planeta.

 

El informe está escrito por expertos en sicología, economía, análisis de encuestas y estadísticas nacionales, y nos desvela que las medidas que emprenden las naciones por el bienestar de sus ciudadanos pueden ser utilizadas para evaluar el progreso de las mismas.
Asimismo, nos habla sobre los factores que influyen en el bienestar de las personas y en qué países sus habitantes disfrutan más de la vida, y nos deja muy claro que el bienestar es un factor crucial para el desarrollo económico y social de las naciones.


A pesar de que el primer informe al respecto, publicado en 2012, llamó la atención a escala internacional por ser la primera encuesta global sobre el estado de la felicidad, el de este año profundiza en detalle en el análisis de los datos globales sobre felicidad, desglosa la puntuación de cada país por sus partes constituyentes y examina las tendencias en un contexto temporal.


Uno de los editores del informe, Jeffrey D. Sachs, director del Earth Institute de la Universidad de Columbia y del SDSN (Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas), y asesor especial del Secretario General de la ONU, explica: "En la actualidad cada vez se está demandando más en todo el mundo que la política esté estrechamente vinculada a lo que más importa a la gente, a aquellos aspectos que la población relaciona con su bienestar". Y agrega, "cada vez son más los líderes del mundo que hablan de la importancia del bienestar como guía para sus naciones y para el mundo. El Informe Mundial de la Felicidad 2013 evidencia que la medición y el análisis sistemático de la felicidad pueden enseñar mucho sobre las formas de mejorar el bienestar y el desarrollo sostenible en el mundo".


Otro de los datos de este informe revela que en una escala del cero al 10 sobre el bienestar, las poblaciones de más de 150 países del mundo tendrían un bienestar promedio de 5.1.


Otro parámetro interesante se encuentra en la identificación de seis variables que explicarían las tres cuartas partes de la variación en las puntuaciones medias nacionales anuales, a lo largo del tiempo y entre países. Estos son el PIB real per cápita, la esperanza de vida sana, el apoyo social, la libertad percibida para tomar decisiones, la percepción de la corrupción y la generosidad.


También muestra cambios significativos en la felicidad en los países a través del tiempo, con el aumento en algunos y la notable caída en otros. De estos, un notable aumento de la felicidad se ha registrado en el África Subsahariana y en América Latina, en contraste con la disminución en los países industrializados.


El informe destaca que entre algunos de los países más felices entre 2010 y 2012 encontramos en primer lugar a Dinamarca, seguido por Noruega, Suiza, Países Bajos, Suecia y Canadá. Todos estos países invierten grandes cantidades de dinero en bienestar social y disfrutan, en general, de una excelente salud de sus habitantes. Además, tienen muy bajos índices de corrupción y disfrutan de tranquilidad y armonía social.


Como podemos observar, nada tiene que ver el clima ni el Sol en el nivel de felicidad de sus habitantes, derrumbando el mito de que a más Sol y luz natural, más felices somos.


Ir en bicicleta por decisión propia también incide en el nivel de felicidad. Países con cultura del uso de la bicicleta como principal medio de transporte, se encuentran en los primeros lugares de habitantes felices.


La salud mental de las personas es el factor trasnacional más determinante en el grado de felicidad de las mismas. Aproximadamente, 10 por ciento de la población mundial tiene un diagnóstico de ansiedad y depresión. Estas dolencias son las principales causas de incapacidad y absentismo laboral, generando elevadísimos costes económicos.


Es bien sabido que las personas emocionalmente felices y que viven en comunidades positivas, son más productivas y están más sanas.
Alerta roja para los gobiernos europeos capitaneados por Bruselas y sus políticas de austeridad que están pasando una alta factura en la salud mental de la población con serias repercusiones negativas en la productividad de los individuos.


Por Verónica Gutiérrez Portillo, médico Familiar de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco

 

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Viernes, 05 Abril 2013 06:24

¿Qué soñamos cuando soñamos?

¿Qué soñamos cuando soñamos?

Los sueños han estimulado la imaginación humana como pocas cosas, tal vez porque cualquier teoría sobre ellos es virtualmente irrefutable. Mensajes adivinatorios del futuro para unos, reverberación interna del mundo según otros y narrativas enigmáticas para el común, los sueños parecen exactamente la clase de experiencia subjetiva que permanecerá siempre oculta, inaccesible al escrutinio público e impermeable a la ciencia empírica. Craso error. La neurología ya está solo a un paso de leer los sueños.


 
Si es que no lo ha dado ya, porque Yukiyasu Kamitani y sus colegas del Laboratorio de Neurociencia Computacional ATR, en Tokio, han puesto a punto una especie de diccionario que traduce la actividad cerebral de sus voluntarios humanos durante el sueño —el familiar mapa de colinas rojas activas y valles verdes silentes que genera la resonancia magnética— a otro lenguaje muy distinto pero que nos resulta mucho más próximo y fácil de interpretar: la secuencia de imágenes que el sujeto estaba soñando en ese instante.


 
Los mitos sobre los sueños se deben, en el fondo, a la misma miopía que nos confunde al reflexionar sobre el yo, la consciencia o el pensamiento. Estamos fisiológicamente incapacitados para pensar que pensar es una cosa, una secuencia de coreografías de activación neuronal que pueden detectarse y medirse con las tecnologías actuales de imagen como la resonancia magnética funcional (fRMI). Y por mentira que pueda parecer, los sueños también son una cosa, algo distinta del estado de vigilia pero con muchos paralelos con él.

 


Tal y como describen en la revista Science, Kamitani y sus colegas han decidido centrarse en solo tres voluntarios —o quizá es que solo consiguieron tres—, pero les han exprimido con nipona minuciosidad. Al sujeto se le introduce en el estruendoso tubo de resonancia magnética a razón de tres horas por sesión y por el plazo de diez días; en cuanto el voluntario, pese a todo lo anterior, logra dormirse y el ordenador registra su actividad cerebral, los científicos lo despiertan bruscamente y le preguntan con qué estaba soñando, y así hasta 200 veces.
 


Un ejemplo de uno de los sueños descritos por los voluntarios es: “Desde el cielo vi algo como una estatua de bronce, una gran estatua de bronce que existía en una pequeña colina, y bajo la colina había casas, calles y árboles de la forma normal”. La idea del experimento es hallar correlaciones consistentes entre esa jerigonza —o más bien entre los elementos de la jerigonza, como la estatua o la colina— y los patrones de actividad en el córtex visual, la zona posterior del cerebro que normalmente procesa las imágenes provenientes del mundo exterior.


 
Y su éxito ha sido más que notable. Después de entrenar a sus algoritmos de esa forma, con 200 o más correlaciones para cada voluntario, el sistema ha sido capaz de predecir la imaginería onírica con un 60% de acierto. Es decir, que las pautas de activación que se ven por resonancia magnética durante el sueño significan —tres de cada cinco veces— lo que el sujeto estaba soñando subjetivamente en ese momento, o al menos lo que un segundo después dijo haber soñado. Sueños plasmados.


 
Hasta ayer, la posibilidad de leer los sueños no era más que ciencia ficción de serie B —“Star Trek en el mejor de los casos”, como comenta en Science el neurocientífico de Harvard Robert Stickgold—, pero el tema acaba de saltar a la estantería de no ficción. Los investigadores de Tokio llaman la atención sobre los posibles avances en el tratamiento del insomnio y otros males de la mente que se derivan de sus descubrimientos. Pero ahora que nos van a saber leer los sueños, tendremos que preguntarnos si queremos que nos los lean o si no, y si no por qué no.


Por Javier Sampedro Madrid 4 ABR 2013 - 19:58 CET

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