Martes, 02 Febrero 2021 05:58

La mala educación online

La mala educación online

 

Es el momento de rectificar el rumbo reconociendo situaciones que pervierten la educación.

Antes de ir al grano, ilustremos con un ejemplo la que se nos ha venido encima. Estamos a comienzos de marzo de 2020, en el contexto de un inminente cierre de la universidad debido a un confinamiento que parece ya inevitable. Un profesor de una carrera que no voy a nombrar se despide cuando comienza la pandemia de sus alumnos en plan “ya nos veremos cuando acabe la guerra”, como si el mundo online quedase fuera de sus posibilidades. Así que durante los meses siguientes este profesor no dio ni una clase, como si hubiera abandonado la vida en la superficie y como un animal ante una temida helada, se hubiera visto forzado a hibernar. En casos como este toda la carga académica quedó de parte de los alumnos, quienes de todas formas tuvieron que enfrentarse a textos, exámenes y entregas finales durante la helada.

Quizás esta anécdota inicial pueda parecer una exageración, pero casos similares se han repetido más de lo debido en el terreno de la educación pública, tanto a nivel universitario como en el de Secundaria. Todo ello se debe al salto obligado de la enseñanza presencial a la digital. La educación online ya venía experimentando los últimos años un gran crecimiento, sobre todo debido a los llamados cursos online masivos (Massive Open Online Course, MOOC), aunque también con el aumento de oferta de nuevos títulos, cursos, grados y másteres por internet, y que también se ha reflejado en la aparición de nuevas universidades especialidades en el llamado e-learning (educación online). Pero la aceleración definitiva, al igual que está ocurriendo con otros fenómenos como el trabajo a distancia, ha llegado con la pandemia. Como es lógico, los confinamientos y las restricciones han limitado la presencialidad, convirtiendo a la educación online en una vía necesaria, y obligando a profesores, estudiantes y padres a adaptarse a las características impuestas por el nuevo formato digital.

Para comprender los cambios a los que está sometida la educación en los últimos tiempos, parece adecuado usar el término educación líquida, acuñado por el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. Según él, un aspecto negativo que conlleva la educación en el nuevo paradigma del mundo líquido sería la pérdida de la noción del conocimiento útil para toda la vida por un nuevo conocimiento del usar y tirar. Esta nueva concepción del aprendizaje como una forma más de consumismo transitoria podría explicar algunas de las situaciones que se están dando en el mundo educativo online.

Con esta recién reforzada y ampliada vía educativa, han surgido de forma natural varios aspectos novedosos. El primero es que para los estudiantes se hace necesario disponer de espacio y recursos para practicarla desde sus casas —sí, la buena educación exige la práctica y no solo recibirla como un sujeto pasivo—. Aquellos estudiantes que no posean estos mínimos habrán alcanzado un nuevo tipo de pobreza, la “pobreza digital”. En realidad, conviene que no nos juegue una mala pasada el lenguaje, ya que este nuevo tipo de pobreza no es digital, sino que sus efectos alcanzan la realidad material como en cualquier otro tipo de pobreza.

Esta pobreza digital trae consigo un nuevo tipo de desigualdad, pues las familias con menos recursos no podrán asegurar que sus hijos puedan alcanzar un buen aprendizaje online. Además, como bien es sabido, da la “casualidad” que estas familias con una alta probabilidad llevan a sus hijos a la escuela pública, de modo que surge una inevitable fractura, otra más, entre la educación concertada/privada versus la pública. O también, como Salman Khan, el fundador de Khan Academy, ha apuntado, aquellos que no tengan el acceso a la tecnología van a quedar rezagados en el nuevo escenario educativo.

En paralelo a todo este nuevo océano revuelto de lo educativo, no podían faltar los pescadores avispados, que han provocado que emerja el nuevo negocio de los exámenes online. Según se puede indagar en plataformas de anuncios de clases particulares como tusclasesparticulares.com, cada vez son más comunes mensajes como el siguiente: “Se busca profesor para hacer examen de…”. También las ofertas de realización de trabajos están muy extendidas, como bien puede atestiguar el que suscribe estas líneas. Se están dando incluso casos de padres que buscan directamente a profesores a sueldo para suplantar a sus hijos en las pruebas online. En estos casos se observa con nitidez que la mala educación puede ser fácilmente heredada. Bienvenidos a la ciudad educativa sin ley.

Los profesores, en su gran mayoría, han hecho lo imposible para adaptarse, poniendo en muchos casos sus propios recursos para mantener las clases. Y esto es más meritorio en algunos casos donde los docentes ya tenían cierta edad cuando comenzó internet y distan mucho de ser nativos digitales. Por ejemplo, sé de profesores que con sus 60 años o más, han lidiado sin miedo con las clases híbridas —el nuevo modelo que se ha impuesto en universidades y centros de Secundaria— donde no solo tenían que estar pendientes de los alumnos presenciales, sino también de la cámara y de los alumnos online. Sin embargo, diré de otros que han aprovechado esta situación como excusa para no hacer todo lo que debieran porque han hecho un flaco favor a sus estudiantes. Allá cada uno con su conciencia, porque qué es el dar clase para un profesor, sino un juramento hipocrático del que cura el peor de los males: la ignorancia.

En cuanto a los estudiantes, no hay duda de que se han visto obligados a mejorar su capacidad de autoaprendizaje y a renunciar a parte de lo más bonito que tiene la educación presencial, su vertiente de interacción social. Aunque de nuevo, cabe señalar que no todos ellos han establecido el mismo vínculo con la educación online y que en algunos casos han aprovechado el terreno digital para buscar “atajos” que les van a permitir, sin el esfuerzo previo de aprendizaje, saltar directamente a una calificación, un título y cualquier otra gratificación inmediata. Atajos como el que tomaron un grupo de estudiantes que en un examen aprovecharon la coyuntura, generada por el covid, de que nadie les vigilaba presencialmente para intercambiar respuestas, pero con la mala fortuna de no advertir que estaban siendo grabados.

Lo que tememos los profesores es que estos casos son cada vez menos excepcionales y más sistemáticos. Además, no sabe uno qué es primero, si el huevo o la gallina, si estos nuevos formatos digitales invitan a prácticas fraudulentas, o bien las actitudes de saltarse los procesos que conlleva todo aprendizaje ya estaban presentes y encontraron el formato adecuado para ello. Este simulacro suscita la imagen platónica de un espectáculo de sombras que se nos vende como la educación del siglo XXI, y que algunos padres, profesores y estudiantes están dispuestos a comprar.

Concluir a dónde nos puede llevar la educación líquida online si no frenamos esta mala inercia que se está sembrando es una incógnita. Una incógnita que ni los más populares agoreros, ni los más brillantes matemáticos, podrán despejar, aunque en un esfuerzo de imaginación la podemos identificar como una semilla de la mala educación que conviene arrancar de raíz antes de que corrompa completamente el sistema educativo. Aunque quizá no tenemos derecho a zanjar la discusión diciendo que la tecnología impone unas formas de actuar y vivir, y que ésta nos exime de responsabilidad. Este es el momento de rectificar el rumbo reconociendo situaciones que pervierten la educación, pues nos encontramos apenas en la orilla del nuevo océano de la educación digital.

Por Verónica Rosich

Estudiante de Filosofía

Pablo Flores

Profesor de Estadística en la UCM y de Audiovisuales en el ESIC. @pabloarcadio17

2 feb 2021 05:38

Publicado enCultura
¿Hacia una Universidad no presencial? Decálogo para una reflexión imprescindible

Entre tantas otras en muy diversos ámbitos, una de las consecuencias de la pandemia de la covid-19 ha sido la necesidad de recurrir al desarrollo de enseñanzas online, ante la imposibilidad de realizarlas presencialmente. El fenómeno no es en absoluto nuevo, puesto que había registrado previamente avances significativos en todos los niveles educativos. Pero la actual situación de crisis ha venido a acelerarlo e intensificarlo y a marcar una tendencia de generalización de la formación no presencial en el futuro más inmediato.

La trascendencia de un proceso como ése resulta indudable, porque no se trata solo de un cambio en los instrumentos y soportes, sino que afecta a la propia naturaleza y esencia del modo tradicional de concebir y organizar las enseñanzas y supone un hecho disruptivo que cambia el discurso de una educación que no se encuentra ya atada a una específica localización y cuya provisión se desacopla de restricciones relacionadas con el espacio y con el tiempo.

Específicamente en el ámbito universitario, ello comporta, además, profundas transformaciones en el modo de participar en la educación, con cambios en la presencialidad y dedicación residencial y a tiempo completo, con extensión a la formación a lo largo de toda la vida, y con estudiantes que tomarán cursos de distintas instituciones, con diversas modalidades y estrategias.

Resulta evidente, pues, la magnitud de un cambio, patente ya antes de la crisis pero acelerado con ella, que incide sobre múltiples aspectos del proceso educativo. A esa importancia se suma ahora, además, la urgencia por resolver una cuestión tan relevante como el modo de organizar las enseñanzas desde el inicio del próximo curso.

La premura que esa situación impone no debería, sin embargo, llevar a decisiones apresuradas, sin una reflexión que resulta imprescindible y a la que me gustaría que pudiesen contribuir algunas ideas y planteamientos como los diez que expongo a continuación.

  • Primero. El avance del online resulta tan evidente e imparable que no merece discusión alguna. Pero eso no debería suponer de ningún modo la erradicación de los elementos presenciales. Creo que no cabe concebir ya el desarrollo de las enseñanzas sin la utilización de las nuevas tecnologías, pero la presencialidad es insustituible en el proceso educativo.
  • Segundo. Precisamente por eso, habría que tratar de evitar el riesgo de sucumbir ante falsos dilemas entre la presencialidad y el online y huir de posiciones excluyentes que nos sitúen en uno de los extremos, sin explorar el territorio "híbrido" en que ambas modalidades necesariamente han de encontrarse. Claro que lo híbrido no consiste en rotar períodos presenciales y online, sino combinar permanente ambos sistemas. Lo presencial debe utilizar las nuevas tecnologías y el online no debe suponer "lejanía" y tiene que acompañarse siempre de "presencialidad".
  • Tercero. Se educa por contagio (de éste no hay que huir como del virus) y, por eso, el ambiente y los lugares de contacto y relación resultan indispensables en el proceso formativo. Tenemos que preocuparnos, desde luego, de "enseñar más", pero sobre todo de "educar mejor". Las enseñanzas tienen indudablemente un valioso aliado en las tecnologías. La educación requiere además un ambiente de relación.
  • Cuarto. Resulta muy evidente que las nuevas tecnologías ofrecen enormes oportunidades de renovación educativa. Pero comportan también evidentes riesgos, como el de concebir que la digitalización es hacer lo mismo de siempre, pero a través del ordenador, sin preguntarse acerca del "qué" y el "cómo" de las enseñanzas, para modernizar y adaptar sus métodos y contenidos, porque ésos constituyen los elementos más esenciales de la renovación educativa.
  • Quinto. Los soportes son fundamentales, pero hay que saber qué hacer con ellos. Ése es el liderazgo fundamental que ha de ejercer el profesor, para no dejarse arrastrar simplemente por esos soportes e ir por detrás de ellos, sino para saber orientarlos y conducirlos.
  • Sexto. En consecuencia, los profesores continuarán siendo siempre la pieza básica y el elemento decisivo del proceso formativo, del que nunca se podrá prescindir y para el que se requiere un entorno y unas condiciones que garanticen su accesibilidad, presencia y proximidad.
  • Séptimo. Pero los roles y funciones del profesor han de ser redefinidas, para combinar simultáneamente el papel de maestro, guía, prescriptor, acompañante, inspirador e incluso influencer. Será fundamental, además, lo que el profesor enseñe de sí mismo, porque la educación es conocimiento, pero también estilos intelectuales y modos de pensar y de concebir el mundo.
  • Octavo. Ello comporta una mayor dedicación y nuevas tareas para ese "eslabón débil" de la cadena que suelen ser los profesores, y los enfrenta a nuevos cometidos y a más amplias, diversas y complejas tareas, que suponen adicionales esfuerzos y requieren indudablemente una mejor organización y una dotación mucho amplia de recursos.
  • Noveno. Quizá ahora es más cierta que nunca esa afirmación popular de que el saber no ocupa lugar. El conocimiento ha iniciado un imparable proceso de deslocalización, y precisamente por esa razón pasan a primer plano y se acentúa la importancia de los elementos que solo pueden ofrecer la docencia y los docentes más valiosos. Creo, por eso, que hay que reivindicar la vigencia del magisterio de los mejores profesores y que no hay que erradicar las clases magistrales sino las que no lo son.
  • Décimo. El online y los métodos y soportes digitales constituyen un elemento de indiscutible y enorme potencial para las enseñanzas, particularmente para el avance de los programas personalizados apoyados en instrumentos como el big data o la inteligencia artificial. Pero confío en que sepamos manejarlos con el buen sentido, la mesura y la responsabilidad que evite que la Universidad pase de ser un "lugar" (de relación) a reducirse a ser simplemente un "sitio" (en la web).

Juan A. Vázquez

Catedrático de Economía Aplicada, Universidad de Oviedo.

13/07/2020

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

Publicado enSociedad