Viernes, 14 Agosto 2020 06:07

Despojo a los mapuches

Despojo a los mapuches

Desde que el pinochetista Víctor Pérez asumió el Ministerio de Interior, la guerra contra el pueblo mapuche ganó en intensidad y brutalidad. Con su nombramiento como jefe de gabinete, el presidente Sebastián Piñera volcó su gobierno hacia la extrema derecha que utiliza el racismo y la violencia para amedrentar a los pueblos.

Uno de los hechos más graves sucedió la noche del primero de agosto, cuando civiles armados apoyados por Carabineros atacaron a los mapuche que ocupaban los municipios de Curacautín, Ercilla, Victoria y Traiguén, con violencia y gritos racistas. Las bandas armadas se activaron horas después de la visita del ministro Pérez a Wallmapu, donde esgrimió el clásico discurso de odio y represión.

La actual ofensiva responde a dos situaciones: por un lado, la crisis del gobierno de Chile, debilitado por la revuelta social activada en noviembre y que nunca se detuvo, pese a la pandemia, los estados de emergencia decretados y la militarización impuesta. La base social y política de Piñera se venía desmoronando, lo cual permitió que el Parlamento votara una medida a contrapelo de la privatización de los fondos previsionales, que permite a los ahorradores retirar 10 por ciento de sus fondos.

Para recomponer sus apoyos, Piñera decidió hacer lo que la publicación El Mostrador califica como "un guiño al sector más duro de la derecha" para enfrentar la doble revuelta chilena y mapuche, y defender la Constitución pinochetista de 1980 (https://bit.ly/3iDdLBz). El nuevo ministro se rodeó de un "círculo de hierro" con personajes que tienen fluidas relaciones con empresarios agrícolas cuyas tierras, usurpadas en la llamada Guerra de la Araucanía (1861-1883), están en disputa con comunidades autónomas en la región de Ercilla.

La segunda y decisiva es la am-plia movilización mapuche en el sur, en apoyo a la huelga de hambre indefinida del machi (autoridadreligiosa) Celestino Córdova, condenado a 18 años de cárcel por la muerte del matrimonio Luchsinger Mackay durante un incendio en su hacienda, en 2013. La huelga de hambre exige que se cumpla con las disposiciones del Convenio 169 de la OIT que permite continuar la pena en su comunidad.

La solidaridad con Celestino está movilizando a decenas de organizaciones y comunidades, desafiando la pandemia y la militarización. Durante los 100 días de huelga de Celestino, a la que se sumaron 27 presos de las cárceles de Temuco, Angol y Lebu, se formó una red de apoyo liderada principalmente por mujeres, que se erigieron en sus voceras y en convocantes de las manifestaciones que sufrieron agresiones y violencia de los Carabineros (https://bit.ly/3fOiiPF).

El Estado, denuncia un editorial del medio digital Mapuexpress, ha actuado con indolencia frente a la pandemia en tierras mapuches y ante a la huelga de hambre. La represión llegó al extremo de impedir, en mayo, que las hortaliceras mapuches vendieran sus productos, pese a vivir momentos de extrema necesidad (https://bit.ly/3ah4LPm).

Mientras reprimía a las vendedoras de hortalizas, con la otra mano el gobierno promovía "el ingreso masivo de proyectos extractivos al Servicio de Evaluación Ambiental", en momentos en que la principal preocupación de las comunidades y organizaciones mapuches está puesta en contener el avance del Covid-19 (https://bit.ly/3gWxDze).

Lo hace, como denunciara Mapuexpress, en momentos en que están suspendidos los procesos de participación ciudadana y cuando las Asociaciones de Funcionarios Públicos de los Servicios Ambientales del Estado habían solicitado la suspensión de los plazos de las evaluaciones ambientales, por la imposibilidad de evaluar los megaproyectos y socializarlos con las comunidades.

En pocas palabras, aprovechan la pandemia para intensificar el despojo, algo que sucede en toda América Latina, como lo atestigua la aceleración de las obras del Tren Maya y del Corredor Interoceánico en México.

Dos consideraciones más: la guerra contra el pueblo mapuche es una guerra colonial de despojo, en línea con la conquista europea y la mal llamada Pacificación de la Araucanía en el siglo XIX, rematada por Pinochet cuando traspasó a privados las seis forestales estatales entre 1976 y 1979. El pueblo mapuche demanda la devolución de 3 millones de hectáreas robadas durante este largo ciclo de despojo, hoy en manos de empresarios y multinacionales. El racismo es un instrumento de la neocolonización.

En años recientes emergió un conjunto de organizaciones con fuerte presencia juvenil y femenina, que retoman y profundizan la importante lucha de la Coordinadora Arauco Malleko en la década de los 90. Se trata de la Alianza Territorial Mapuche, Parlamento de Koz Koz, Identidad Territorial Lafkenche (pueblos costeros), cooperativas, asociaciones de mujeres, hogares estudiantiles, comunidades autónomas y medios de comunicación que se reafirman en el camino de la autonomía y la autodeterminación (https://bit.ly/3kBKSr6).

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Trump anuncia el acuerdo entre Israel y Emiratos Arabes Unidos en el Salón Oval de la Casa Blanca.  ________________________________________ Imagen: AFP

El entendimiento calificado de "histórico" fue anunciado por Estados Unidos

El primer ministro Benjamin Netanyahu aseguró sin embargo que Israel no renunció a sus planes de anexión, sino que se trata simplemente de una "suspensión temporal".

 

Israel y Emiratos Árabes Unidos llegaron a un acuerdo de paz que ambas partes calificaron de "histórico" y que conducirá a una total normalización de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones. En la negociación fue clave el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Por el acuerdo, las autoridades israelíes se comprometieron a frenar la anexión de territorio palestino ocupado, una de las medidas dispuestas en el polémico "plan de paz"  presentado por el gobierno estadounidense en febrero. Pero el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró que su país no renunció al plan de anexión, condenado por buena parte de la comunidad internacional, sino que se trata simplemente de una "suspensión temporal". 

El entendimiento se selló en una llamada telefónica mantenida el jueves entre Trump, Netanyahu y el jeque Mohammed Bin Zayed, príncipe heredero de Abu Dhabi. Los palestinos salieron al cruce y le reprocharon a Emiratos Árabes Unidos el acuerdo con Israel. Consideraron que "no ayuda a la causa palestina" y representa un "cheque en blanco" para seguir adelante con la ocupación israelí. Desde su fundación en 1948, el Estado de Israel solo fue reconocido por dos países árabes de Medio Oriente: Egipto y Jordania. 

Luego de meses de creciente tensión en el conflicto con los palestinos por el reconocimiento de Estados Unidos a Jerusalén como la capital de Israel y la discusión sobre una posible anexión de parte de la ocupada Cisjordania, Trump consiguió el primer reconocimiento oficial de Israel en décadas en la región. "¡Enorme logro hoy! Un histórico acuerdo de paz entre dos grandes amigos, Israel y Emiratos Árabes Unidos", celebró el mandatario en Twitter.

"El presidente Donald Trump, el primer ministro Benjamin Netanyahu de Israel y el sheik Mohammed bin Zayed, príncipe de Abu Dhabi y vicecomandante supremo de los Emiratos Árabes Unidos, hablaron hoy y acordaron la normalización total de las relaciones entre Israel y Emiratos Árabes Unidos", refleja el comunicado conjunto difundido por la Casa Blanca. El texto adelanta que delegados de ambos países se reunirán en las próximas semanas para firmar acuerdos bilaterales y también destaca "el establecimiento de embajadas recíprocas".

"Israel dejará de declarar su soberanía sobre las áreas presentadas por la Visión de Paz del presidente (Donald Trump) y enfocará sus esfuerzos en expandir sus vínculos con otros países en el mundo árabe y musulmán", asegura el comunicado. La llamada Visión de Paz no es ni más ni menos que el plan presentado en febrero por el presidente estadounidense, elaborado por su yerno y asesor, Jared Kushner, que da luz verde a Israel para que avance en la anexión de partes de Cisjordania

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Anexión sobre la mesa

 

Pese a la suspensión temporal de la medida que generó un fuerte rechazo a nivel mundial, el primer ministro israelí aseguró que los planes de anexión de parte de la Cisjordania ocupada se mantienen vigentes. "La aplicación de la soberanía sobre la Judea y Samaria (nombre bíblico de Cisjordania) está sobre la mesa", dijo Netanyahu y aclaró que se trata de una decisión "temporal" pero que "no está anulada", en declaraciones oficiales transmitidas por la televisión local.

Por su parte, el titular de Defensa y socio de la coalición de gobierno, Benny Gantz, llamó a otras naciones árabes a "promover las relaciones diplomáticas en acuerdos de paz" adicionales. "Aplaudo este importante y significativo acuerdo, primero y sobre todo, al presidente Donald Trump, un verdadero amigo de Israel", manifestó Gantz a través de un comunicado. El titular de la cartera de Relaciones Exteriores, Gabi Azkhenazi, se expresó en los mismos términos acerca de un acuerdo que, en su opinión, ofrecerá "oportunidades para futuros pactos".

Dsde Emiratos Árabes Unidos, como era de esperar, también celebraron el entendimiento con Israel. El viceministro de Exteriores, Anwar Gargash, afirmó que la "valiente iniciativa" de normalizar las relaciones con Israel busca reconducir el proceso de paz entre palestinos e israelíes y la posibilidad de que se cree un Estado palestino. En su cuenta de Twitter, Gargash dijo que este paso busca "preservar las posibilidades de la solución de los dos Estados", uno palestino que conviva en paz con el estado de Israel.

Emiratos Árabes es el tercer país que establece relaciones diplomáticas con Israel, después de que Egipto firmara un acuerdo de paz con el país vecino en 1979 y Jordania hiciera lo mismo en 1994, lo que abrió la puerta a la normalización de las relaciones tras las guerras árabe-israelíes de 1967 y 1973.

 

"No somos la hoja de parra de nadie"

 

Desde territorio palestino no compartieron el entusiasmo desplegado por estadounidenses, israelíes y emiratíes. La Autoridad Palestina presidida por Mahmud Abbas calificó de "traición" a la causa palestina el acuerdo entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y pidió una reunión de emergencia de la Liga Árabe. 

"Rechazamos y condenamos este acuerdo. No ayuda a la causa palestina sino que es visto como la continuación de la negación de los derechos del pueblo palestino", aseguró por su parte Hazem Qassem, vocero del movimiento Hamas, que hace más de diez años controla la Franja de Gaza. "Esto alienta a la ocupación israelí a continuar negando los derechos de nuestro pueblo palestino y a aumentar sus agresiones contra nosotros", agregó Qassem desde el enclave costero.

Hanan Ashrawi, miembro del Comité Ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), le reprochó a Emiratos Árabes Unidos el acuerdo diplomático con Israel. "Los Emiratos sacaron a la luz sus tratos secretos con Israel. Por favor, no nos hagan ningún favor. No somos la hoja de parra de nadie", publicó Ashrawi en su cuenta de Twitter.

Ashrawi también se refirió a la larga ocupación israelí sobre territorio palestino que comenzó en 1967. "Que nunca experimente la agonía de que le roben su país; que nunca sienta el dolor de vivir en cautiverio bajo una ocupación; que nunca sea testigo de la demolición de su casa o del asesinato de sus seres queridos", respondió la activista de la OLP al jeque emiratí Mohamed bin Zayed, que celebró el acuerdo en sus redes sociales.

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Celestino Córdova, machi (líder espiritual mapuche), fue condenado a 18 años de cárcel por participar en 2013 en un incendio provocado en el cual murió un matrimonio.Foto tomada de redes sociales

Santiago. La Corte Suprema de Chile rechazó ayer un recurso de amparo del machi (líder espiritual mapuche) Celestino Córdova, quien cumplió 102 días en huelga de hambre en protesta porque le impiden cumplir en arresto domiciliario una condena a 18 años de prisión por la muerte de un matrimonio durante un incendio intencional.

El fallo no es apelable y Córdova deberá seguir cumpliendo su condena en la cárcel.

El machi fue condenado a 18 años de prisión por participar en un incendio provocado por mapuches en 2013, en el cual murió el matrimonio Luchsinger-Mackay, según estableció el juicio en su contra desarrollado en la región de La Araucanía, 700 kilómetros al sur de Santiago.

Córdova advirtió esta semana en un audio divulgado por sus voceros que "en cualquier momento" iniciará una "huelga seca", es decir, dejará de ingerir líquidos, y por tanto "su desenlace no será lento como lo esperan todos los poderes del Estado".

En la conflictiva zona de La Araucanía los atentados incendiarios contra inmuebles, camiones y maquinaria agrícola se producen desde hace décadas y muchos son reivindicados por grupos radicales de mapuches que exigen la devolución de las tierras que en los inicios de la conquista de Chile pertenecían a sus antepasados.

El presidente Sebastián Piñera aseguró que se hará "todo lo que sea necesario para proteger la vida de las personas que están en huelga de hambre", en el contexto del respeto a la ley.

Piñera habló en una localidad cercana a Santiago durante la firma de un proyecto de ley que endurece las penas de cárcel por atentados incendiarios contra vehículos motorizados. Camioneros de La Araucanía afirman que este año han sido quemados cerca de 500 camiones.

Córdova permanece en un hospital en La Araucanía luego de que su salud se complicó en la cárcel por la huelga de hambre. Seis de otros ocho mapuches encarcelados que se sumaron desde el inicio al ayuno de Córdova también fueron trasladados a un centro de salud hace unos días.

Rodrigo Curipan, vocero de los ocho mapuches, declaró que el fallo del máximo tribunal "es una vía que siempre ha estado resuelta de manera discriminatoria en los tribunales en contra de los mapuches".

Los huelguistas piden la aplicación del artículo 10 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado por Chile, que señala que cuando se condene a indígenas "deberán tenerse en cuenta sus características económicas, sociales y culturales" y "deberá darse preferencia a tipos de sanción distintos del encarcelamiento".

El Ministerio de Justicia ha desarrollado algunos diálogos con voceros de los mapuches en ayuno, pero no ha logrado ningún acuerdo.

Los mapuches representan 10 por ciento de los 19 millones de chilenos y la mitad vive en comunidades rurales pobres en La Araucanía.

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Líder mapuche chileno en huelga de hambre publicó un audio de despedida

“Será un orgullo dar la vida por mi pueblo mapuche”, dijo Celestino Córdova

La medida de fuerza del dirigente se produjo en el marco del denominado “conflicto de La Araucanía”. Desde 2016 los pueblos originarios chilenos demandan la devolución de tierras usurpadas.

 

El líder mapuche chileno Celestino Córdova grabó un mensaje de despedida ante las complicaciones de salud que sufre tras cumplir 100 días en huelga de hambre. Córdova exigió reivindicaciones políticas, territoriales y judiciales al gobierno. La medida de fuerza del dirigente se produjo en el marco del denominado “conflicto de La Araucanía”. Desde 2016 los pueblos originarios chilenos entraron en pugna con el gobierno para pedir la devolución de tierras usurpadas por el Estado y empresas. Además reclaman la autonomía del pueblo mapuche y la creación de un ministerio indígena.

Córdova cumple desde 2014 una condena de 18 años de cárcel. Se lo acusó por el homicidio del matrimonio Luchsinger Mackay. Ambos murieron durante un incendio en su casa de Vilcún, 700 kilómetros al sur de Santiago, como consecuencia de un ataque incendiario llevado a cabo en 2013. “Lamento mucho que tenga que entregarles mi último mensaje dentro mis últimos días que me quedan”, señaló el líder mapuche. También aludió a su condición de machi (guía espiritual) para expresar que es su deber realizar este sacrificio. "Para que mi muerte sea más rápido me he colocado a la disposición de retomar huelga seca en cualquier momento y así mi desenlace no será lento como se lo esperan los actores de todos los poderes del Estado", agregó Córdoba. Además destacó que dará la vida por su pueblo y sus creencias. “Sólo espero que al Estado de Chile le sigan exigiendo, de todas las formas, devolver nuestro territorio ancestral mapuche y todas las deudas históricas con todos los pueblos originarios”, sostuvo el machi.

En medio de este histórico conflicto entre los pueblos originarios y el gobierno, el presidente Sebastián Piñera afirmó el pasado domingo que estaba abierto al diálogo. Sin embargo enfatizó que se debía respetar el Estado de Derecho, renunciando a la violencia y colaborando en avanzar en las soluciones. Nada dijo del violento desalojo por parte de Carabineros de las tomas de municipalidades en la Araucanía. Por su parte, el líder mapuche sostiene que desde el 2013 el Estado chileno le arrebató sus tierras, su comunidad y a su familia. 

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La COVID-19 podría cambiar totalmente la geopolítica

O cambia todo (o no cambia nada)

No confío en Vd.

No se lo tome como algo personal. No me importa que sea amigo o extraño. No me importa su identidad o su ideología política, dónde trabaja ni si trabaja, si usa mascarilla o lleva pistola.

No confío en Vd. porque es, de momento, un posible portador de un virus mortal. ¿No tiene ningún síntoma? Quizás sea un superpropagador asintomático. Aunque me muestre los resultados negativos de su prueba, seguiré teniendo dudas. No tengo ni idea de lo que ha estado haciendo desde que le tomaron la muestra y recibió los resultados. Además, ¿podemos confiar de verdad en que la prueba es precisa?

Francamente, Vd. no debería confiar en mí por las mismas razones. Ni siquiera estoy seguro de poder confiar en mí mismo. ¿Acaso no me toqué la cara en el supermercado después de palpar los aguacates?

Estoy aprendiendo a vivir con esta desconfianza. Me mantengo alejado de otras personas. Estoy usando mascarilla. Me estoy lavando las manos. No estoy acudiendo a los bares.

Sin embargo, no estoy seguro de que la sociedad pueda vivir con este nivel de cosas. Afrontemos la realidad: la confianza hace girar el mundo. Las protestas estallan cuando se viola nuestra fe en las personas o en las instituciones: cuando no podemos confiar en la policía (#BlackLivesMatter), cuando no podemos confiar en los colegas varones (#MeToo), cuando no podemos confiar en que el sistema económico actúe con un mínimo de justicia (#OccupyWallStreet), o cuando no podemos confiar en que nuestro gobierno haga algo correctamente (#notmypresident).

Todo esto arroja ahora un asesino silencioso y oculto en esta mezcla combustible de desconfianza, ira y consternación. Es suficiente para desgarrar un país, para lanzar un vecino contra otro vecino y a un gobernador contra otro gobernador, para precipitar una guerra civil entre enmascarados y desenmascarados.

Esos problemas solo se multiplican a nivel global donde la desconfianza impregna ya el sistema: conflictos militares, guerras comerciales, luchas contra la migración y la corrupción. Por supuesto, también ha habido suficiente confianza para mantener en marcha la economía global, las negociaciones de los diplomáticos, el funcionamiento de las organizaciones internacionales, evitando así que el planeta se salga de control. Pero la pandemia puede sacar de su eje todo ese mundo conocido.

Soy muy consciente del debate en curso entre las facciones del “no mucho” y “todo”. Una vez que una vacuna lo elimine de nuestro sistema, el coronavirus podría no tener un efecto duradero en nuestro mundo. Incluso sin vacuna, las personas no pueden esperar para volver a la vida normal saltando a las piscinas, yendo al cine, asistiendo a fiestas, incluso en Estados Unidos, donde los casos continúan aumentando de forma espectacular. La epidemia de gripe de 1918-1919, que se cree mató al menos a 50 millones de personas, no cambió fundamentalmente la vida cotidiana, aparte de impulsar la medicina alternativa y socializada. Esa gripe salió de nuestra mente hacia la historia y, por supuesto, igual podría ocurrir con la COVID-19.

O bien, al igual que la peste negra en el siglo XIV separó el mundo medieval de todo lo que siguió, esta pandemia podría trazar un antes y un después en nuestra historia. Imaginemos que este nuevo virus sigue circulando y volviendo a circular, que nadie adquiere inmunidad permanente, que se convierte en una nueva y desagradable adición a la estación fría, excepto que solo mata a un par de personas de cada cien que lo contraen. Esta nueva normalidad sería ciertamente mejor que si el virus del Ébola, con una tasa de mortalidad del 50% si no se trata, se convirtiera en un riesgo perenne en todas partes. Pero incluso con una tasa de mortalidad de un dígito bajo, la COVID-19 lo cambiaría necesariamente todo.

Los medios de comunicación están llenos de especulaciones sobre cómo será el futuro con una pandemia periódica. El fin del teatro y de los deportes de espectadores. La institucionalización del aprendizaje a distancia. La muerte de oficinas y locales comerciales.

Pero echemos un vistazo un poco más allá, a un panorama más amplio. Consideremos por un momento el impacto de esta nueva potente desconfianza en las relaciones internacionales.

El futuro del Estado-nación

Digamos que vive en un país donde el gobierno respondió de manera rápida y competente ante la COVID-19. Supongamos que su gobierno estableció un sistema confiable de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. O que cerró la economía por un período doloroso pero corto, o que su sistema de pruebas fue tan bueno que ni siquiera necesitó cerrar del todo. En este momento, su vida estará volviendo a una apariencia de normalidad.

Es afortunado.

El resto de nosotros vivimos en Estados Unidos. O en Brasil. O en Rusia. O e la India. En estos países los gobiernos han demostrado ser incapaces de cumplir la función más importante del Estado: proteger la vida de sus ciudadanos. Si bien la mayor parte de Europa y gran parte de Asia oriental han suprimido la pandemia lo suficiente como para poder poner en marcha sus economías, la COVID-19 continúa fuera de control en aquellas partes del mundo que, miren qué coincidencia, también están dirigidas por electos autócratas de derechas.

En estos países dirigidos por incompetentes, los ciudadanos tienen muy buenas razones para desconfiar de sus gobiernos. En Estados Unidos, por ejemplo, la administración Trump hizo una chapuza en la cuestión de las pruebas, fracasó a la hora de coordinar los cerramientos, eliminó la supervisión de los rescates financieros y presionó para reabrir la economía a pesar de las objeciones de los expertos en salud pública. En la última señal de demencia precoz de la administración Trump, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, declaró este mes que “la ciencia no debería interponerse” en la reapertura de las escuelas en otoño.

Los votantes, por supuesto, podrían expulsar a Trump en noviembre y, suponiendo que realmente abandone la Casa Blanca, recuperar cierta cordura en los asuntos públicos. Pero la pandemia está contribuyendo a erosionar de forma abrumadora la confianza en las instituciones nacionales. Incluso antes de que el virus atacara, en su Barómetro de Confianza 2018, la firma de relaciones públicas Edelman registró una caída sin precedentes en la confianza pública relacionada con… ¿qué más?… la elección de Trump. “El colapso de la confianza en Estados Unidos se debe a una espectacular falta de fe en el gobierno, que cayó 14 puntos, al 33%, entre la población en general”, señaló el informe. «Las instituciones restantes de negocios, medios de comunicación y ONG también experimentaron caídas de 10 a 20 puntos”.

Y no le sorprenderá saber que la situación no había mostrado signos de mejora para 2020, con los ciudadanos estadounidenses desconfiando aún más en las instituciones de su país que sus homólogos en Brasil, Italia o la India.

Esa pérdida institucional de fe refleja una tendencia a más largo plazo. Según la última encuesta Gallup, solo el 11% de los estadounidenses confía ahora en el Congreso, el 23% en las grandes empresas y los periódicos, el 24% en el sistema de justicia penal, el 29% en el sistema de escuelas públicas, el 36% en el sistema médico y el 38% en la presidencia. La única institución en la que confía una mayoría significativa de los estadounidenses -consideren esto una ironía, dadas las interminables guerras de Estados Unidos en el siglo XXI- es en el ejército (73%). La parte verdaderamente aterradora es que esas cifras se han mantenido constantes, con pequeñas variaciones, con dos administraciones muy diferentes durante la última década.

¿Hasta dónde deba caer el índice de confianza de un país antes de que deje de ser un país? Los comentaristas ya se han pasado diez años discutiendo la polarización del electorado estadounidense. Se ha derramado mucha tinta sobre el impacto de las redes sociales en la creación de cámaras de resonancia política. Han pasado 25 años desde que el politólogo Robert Putnam observó que los estadounidenses estaban “jugando a los bolos en solitario” (es decir, ya no participaban en actividades grupales o asuntos comunitarios como lo hicieron las generaciones anteriores).

El coronavirus ha demostrado, por lo general, ser un importante multiplicador de la fuerza de esas tendencias al hacer que las reuniones espontáneas de personas de mentalidad diferente sean cada vez menos probables. Sospecho que soy alguien típico. Evito a los peatones, ciclistas y otros corredores cuando salgo a correr. No voy a las cafeterías. No me pongo a hablar con personas en la fila del supermercado. Claro, estoy mucho tiempo metido en Zoom, pero casi siempre es con personas que ya conozco y con las que estoy de acuerdo.

En estas circunstancias, ¿cómo superaremos las enormes brechas de percepción ahora evidentes en este país para lograr lo que constituyen los entendimientos básicos más profundos que requiere un Estado-nación? ¿Perderán los estadounidenses la fe por completo en las elecciones, los periódicos, los hospitales y el transporte público, dejando así totalmente de ser ciudadanos?

La confianza es el combustible que hace funcionar esas instituciones. Y parece que perdimos el pico de la confianza hace mucho tiempo y que podríamos estar en un trineo de la COVID-19 yendo cuesta abajo a toda velocidad.

La globalización se desmorona

La economía global también se basa en la confianza: en las transacciones financieras, en la seguridad de las condiciones del lugar de trabajo, en el transporte de mercancías a larga distancia y en las expectativas del consumidor de que el producto comprado cumpla lo que anuncia.

Para causar el colapso en la línea de ensamblaje global, la COVID-19 no tuvo que introducir dudas en cada paso de esta cadena de suministro (aunque, al final, eso fue lo que hizo). Solo tuvo que cortar un eslabón: el lugar de trabajo. Cuando el Gobierno chino cerró las fábricas a principios de 2020 para contener la pandemia, lo que provocó una disminución del 17% en las exportaciones en enero y febrero en comparación con el año anterior, las empresas de todo el mundo se enfrentaron repentinamente a una escasez crítica de recambios de cochecomponentes de teléfonos inteligentes y otros bienes clave.

El lugar de trabajo demostró ser un eslabón débil en la cadena de suministro global por otra razón: el coste. La mano de obra ha sido tradicionalmente el principal gasto en la manufactura, lo cual, desde la década de 1990, llevó a las corporaciones a externalizar el trabajo a lugares más baratos como México, China y Vietnam. Desde entonces, sin embargo, la línea de ensamblaje global ha cambiado y, como explica la consultora McKinsey, “actualmente, más del 80% del comercio mundial de bienes [ya no es] de un país de bajos salarios a un país de altos salarios”.

La centralidad de la mano de obra en la ubicación de la fabricación se había visto erosionada por el crecimiento de la automatización, que, según los economistas, tiende a aumentar durante las recesiones. De hecho, tanto la inteligencia artificial como la robotización iban ya en ascenso incluso antes del impacto de la pandemia. En 2030 hasta 20 millones de puestos de trabajo en todo el mundo serán ocupados por robots. El Banco Mundial estima que, con el tiempo, reemplazarán a un sorprendente 85% de los empleos en Etiopía, 77% en China y 72% en Tailandia.

Luego tenemos los costes ambientales de esa misma línea de ensamblaje global. El transporte de carga contribuye con el 7% al 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, siendo el transporte aéreo la vía contaminante más intensa de carbono. (Agreguen a eso, por supuesto, la huella que dejan de carbono las propias fábricas).

Si todo eso no consigue cambiar la opinión de los directores ejecutivos sobre los beneficios de la globalización, entonces quizá las consideraciones de seguridad nacional pudieran hacerlo. La pandemia expuso la vulnerabilidad de los países en términos de productos básicos. Debido a que China es responsable de producir más respiradores, máscaras quirúrgicas y prendas protectoras que el resto del mundo combinado, los países comenzaron a entrar en pánico cuando la COVID-19 golpeó por primera vez, porque ya no tenían suficiente capacidad nacional para producir las herramientas básicas para lidiar ellos mismos con la propagación pandemia. Lo mismo se aplica a las medicinas esenciales. Por ejemplo, Estados Unidos dejó de producir penicilina en 2004.

La amenaza de infección, la propagación de la automatización, el impacto ambiental, el riesgo de un control extranjero: la línea de ensamblaje global ya no parece tener mucho sentido. ¿Por qué no trasladar la fabricación de vuelta a casa, a una “fábrica oscura” que está totalmente automatizada, no necesite luces, calefacción o aire acondicionado y esté prácticamente a prueba de pandemias?

Desde luego que la actual pandemia no implicará el fin de la globalización. Las corporaciones, como señala el informe de McKinsey, seguirán encontrando razones convincentes para reubicar la fabricación y los servicios en el extranjero, incluido el “acceso a mano de obra cualificada o recursos naturales, la proximidad a los consumidores y la calidad de la infraestructura”. Los consumidores seguirán queriendo piñas en invierno y teléfonos inteligentes baratos. Pero los capitalistas que miran el resultado final, en combinación con los nacionalistas al estilo Trump que insisten en que el capital regrese a casa, desmontarán cada vez más lo que todos dábamos por sentado como globalización.

La economía mundial no va sencillamente a desaparecer. Después de todo, la agricultura ha persistido en la era moderna. Solo que emplea un segmento cada vez menor de la fuerza laboral. Es probable que ocurra lo mismo con el comercio mundial en una era de pandemia. En la primera parte del siglo pasado, la mano de obra excedente ya no era necesaria en las granjas y emigraba a las ciudades para trabajar en las fábricas. La pregunta ahora es: ¿qué pasará con todos esos trabajadores que ya no se necesitan en las líneas de ensamblaje global?

Ni la comunidad internacional ni el libre mercado tienen preparada una respuesta, pero los populistas autoritarios sí: impedir que todos esos trabajadores desplazados emigren.

Un mundo amurallado

Desde el momento en que descendió por la escalera mecánica de la Torre Trump hacia la carrera presidencial, el empeño de Donald Trump por precintar la frontera de Estados Unidos con México ha constituido su posición política característica. Ese “muro grande, gordo y hermoso” suyo puede ser simplista, antiinmigrante, xenófobo y desconfiado del mundo -y puede que nunca llegue a completarse-, pero, desafortunadamente, no ha estado solo en su obsesión por los muros.

Israel fue pionero en la construcción moderna de muros a mediados de la década de 1990 para aislar a los palestinos en la Franja de Gaza, que fue seguido por una barrera de 710 kilómetros de largo para aislar a Cisjordania. En 2005, respondiendo a una ola de migrantes que escapaban de las guerras y la pobreza en el norte de África y Oriente Medio, Hungría construyó nuevos baluartes a lo largo de sus fronteras del sur para mantener fuera a los desesperados. Bulgaria, Grecia, Eslovenia y Croacia han hecho lo mismo. India ha cercado la región de Cachemira desde Pakistán. Arabia Saudí ha construido una barrera de mil kilómetros a lo largo de su frontera con Iraq.

En 1989 había alrededor de una docena de muros importantes separando países, incluido el Muro de Berlín, que pronto caería. Hoy, ese número ha crecido hasta llegar a 70.

En este contexto, el nuevo coronavirus resultó ser un regalo caído del cielo para los nacionalistas de todo el mundo que creen que si las buenas cercas hacen buenos vecinos, lo mejor de todo es una gran muralla. Más de 135 países agregaron nuevas restricciones en sus fronteras después del brote. Europa restableció las fronteras internas del espacio Schengen por primera vez en 25 años y también cerró las externas. Algunos países, en particular Japón y Nueva Zelanda, prácticamente se amurallaron.

Aunque la pandemia está atenuándose en ciertas partes del mundo, muchas de esas nuevas restricciones fronterizas siguen vigentes. Si quiere viajar a Europa este verano, solo puede hacerlo si pertenece a uno de la docena de países que figuran en una lista aprobada por la Unión Europea (y eso no incluye a los estadounidenses). Nueva Zelanda ha tenido solo un puñado de casos en los últimos meses (con un máximo de cuatro casos nuevos el 27 de junio), pero sus fronteras permanecen cerradas prácticamente para todos. Incluso está fuera de cualquier posibilidad, por ahora, una “burbuja de viaje” con la cercana Australia. Japón ha prohibido la entrada a personas de 129 países, incluido Estados Unidos, pero existe una exención para los soldados estadounidenses que viajan a bases militares estadounidenses. Un reciente brote de coronavirus en tales guarniciones en la isla de Okinawa bien podría hacer que Tokio endureciera aún más sus ya estrictas reglas.

Y esas restricciones fronterizas son en potencia solo el comienzo. Hasta ahora, la pandemia ha desatado un espíritu de sálvese quien pueda: desde restricciones a la exportación de productos esenciales, hasta una competencia febril para desarrollar primero una vacuna. Las Naciones Unidas han hecho varios llamamientos para una mayor cooperación internacional, su secretario general incluso urgió un “alto el fuego global” entre las partes en conflicto. La Organización Mundial de la Salud (OMS) intentó organizar una respuesta global al virus en su reunión anual. Sin embargo, la administración Trump anunció de inmediato que se retiraría de la OMS, muy pocos combatientes observaron un alto el fuego COVID-19, y no hay una respuesta internacional coordinada a la pandemia fuera de la comunidad de científicos que comparten investigaciones.

Entonces, ¿será este el futuro: cada país transformado en una comunidad cerrada? ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir el sentimiento de internacionalismo en un mundo amurallado?

Reconstruir la confianza

Los conservadores solían burlarse de la izquierda por su inclinación al relativismo, por argumentar que todo depende del contexto. “Si me preguntas cuál es el mayor problema en Estados Unidos, no voy a decirte que la deuda, el déficit, las estadísticas, la economía”, dijo el expresidente republicano de la Cámara de Representantes Paul Ryan en 2011, “te diré que es relativismo moral”. Érase una vez que la derecha arremetió contra los deconstruccionistas que hacían hincapié en la interpretación de los hechos.

¿Qué hacer, entonces, con el Partido Republicano hoy? Muchos de sus líderes, incluido el presidente, no creen en la ciencia, ya sea sobre el cambio climático o la COVID-19. Muchos de ellos abrazan las teorías de la conspiración más locas y algunos candidatos actuales al Congreso incluso creen, a través de la teoría de conspiración de extrema derecha QAnon, que una camarilla de abusadores de niños satánicos en Hollywood, el Partido Demócrata y varias organizaciones internacionales controlan el mundo. En julio, Donald Trump logró el dudoso hito de decir más de 20.000 mentiras durante su mandato como presidente. En otras palabras, hablando de relativismo, el Partido Republicano ha depositado su confianza en un hombre desconectado de la realidad.

Y luego apareció esa pandemia como un líquido inflamable sobre un incendio forestal. La conflagración resultante de la desconfianza amenaza con extenderse fuera de control hasta que no quede nada, ni el Estado-nación, ni la economía global, ni la comunidad internacional.

En esta era de pandemia, un incendio en algún lugar es un incendio en todas partes, ya que al virus no le importan las fronteras. Pero la clave para restaurar la confianza debe comenzar donde el déficit de confianza ha crecido más y ese lugar es sin duda Estados Unidos. No solo los estadounidenses han perdido la fe en sus propias instituciones, sino que, al parecer, también todos los demás. Desde 2016 ha habido una caída del 50% en la confianza del mundo en Estados Unidos, la mayor caída jamás registrada en la encuesta de los mejores países de US News and World Report.

Y la razón por la que Estados Unidos tiene el peor historial en la lucha con el coronavirus es bastante simple: Donald Trump. Es el líder de una proporción cada vez menor de público que sigue creyendo que el coronavirus es un engaño o que se niega a cumplir con las precauciones básicas para evitar su propagación. Un presidente malhechor que se niega a exigir el uso de mascarillas (incluso después de colocarse oficialmente una para su feed de Twitter) inspira a una minoría maleante que pone en riesgo a la mayoría.

Para restaurar la confianza en el sistema público de salud y la gobernanza de este país debe comenzarse con un sistema competente de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. Sin embargo, la administración Trump se niega aún a dar este paso necesario. Los republicanos del Senado han presionado para que se dediquen 25.000 millones a ayudar a establecer sistemas de pruebas y rastreo a nivel estatal, pero el presidente quiere ahora eliminar incluso esta modesta cantidad del presupuesto (junto con los fondos adicionales para las agencias gubernamentales encargadas de abordar la pandemia).

Los estadounidenses desconfían cada vez más de sus instituciones porque un número creciente de nosotros creemos que cada vez obtenemos menos beneficios de ellos. Por lo general, la administración Trump ha hecho todo lo posible para empeorar las cosas de manera desastrosa; solo recientemente, en medio de la pandemia y con millones de desempleados, exigió que la Corte Suprema eliminara el seguro médico proporcionado por la Ley de Atención Médica Asequible de la administración Obama. La mayor parte de los fondos de estímulo aprobados por el Congreso se destinó a personas y corporaciones adineradas, y los hombres del presidente ni siquiera ejercieron la debida diligencia para evitar que casi 1.400 millones de dólares en cheques de estímulo se enviaran por correo a personas fallecidas.

La próxima administración (suponiendo que haya una) tendrá que hacer un trabajo de limpieza masiva que restaure una fe de cualquier tipo en un sistema tan desigual y roto. Después de abordar la crisis aguda de la pandemia, tendrá que demostrar que el Estado de derecho está nuevamente funcionando. La prueba más espectacular sería, por supuesto, empurar a Donald Trump y a sus facilitadores más cercanos. Han violado tantas leyes que la confianza en el sistema legal se debilitará aún más a menos que sean juzgados y castigados por sus delitos, incluida su disposición a sacrificar vidas estadounidenses en cantidades asombrosas en pos de la reelección del Donald.

En 1996 Bill Clinton habló de construir un puente hacia el siglo XXI. Dos décadas después de este siglo, Donald Trump ha derribado eficazmente ese puente y lo ha reemplazado con un muro (aún en gran parte sin construir) que recuerda las fortificaciones de la Edad Media. La COVID-19 solo ha reforzado la paranoia insular de este presidente y sus seguidores. El camino de vuelta a la confianza, tanto a nivel nacional como internacional, será difícil. Habrá monstruos que combatir en el camino. Pero al final, es posible que recuperemos este país, creemos una economía global justa y sostenible y reconstruyamos la comunidad internacional.

Vds. y yo podemos hacer esto. Juntos.

Créanme.

 

Por John Feffer* | 10/08/2020

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

*John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada por Dispatch Books) y director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies. Su última novela es Frostlands (Haymarket Books), segundo volumen de su serie Splinterlands.

Fuente:https://www.tomdispatch.com/post/176733/tomgram%3A_john_feffer%2C_the_no-trust_world/#more

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Visita del secretario de Salud de EEUU a Taiwán: peligroso desafío contra China

La próxima visita del secretario de Salud de EEUU, Alex Azar, a Taiwán ha puesto al rojo vivo la confrontación multidimensional contra China en vísperas de la reunión de los jerarcas del Partido Comunista Chino en la ciudad costera de Beidaihe.

Para Pekín, el tema de Taiwán representa una línea roja existencial trazada desde 1979.

Mucho más que una chispa bélica en el mar del Sur de China —que sería el equivalente estratégico del mar Caribe para EEUU y que le brinda a China su salida al océano Índico—, el sacudimiento del avispero de Taiwán puede orillar ineluctablemente a China a responder al desafío de Trump.

Taiwán constituyó en 1979 la piedra de toque del establecimiento de las relaciones de Pekín y Washington, y que hoy es puesto en alto riesgo.

Según Samson Ellis y Cindy Wang, de Bloomberg, "la visita al más alto nivel de EEUU a Taiwán en décadas es un desafío a China".

Con el pretexto de que EEUU tiene la intención de aprender las enseñanzas del manejo del COVID-19 en Taiwán —que tuvo pocos infectados (476) y pocos muertos (7)—, el secretario de Salud y Servicios Humanos, el libano-estadounidense Alex Azar, encabezará la semana entrante una delegación a la isla renegada de Taiwán con la que, en forma oficial, EEUU había roto sus relaciones diplomáticas hace más de 40 años.

El desafiante anuncio no hizo esperar la increpación de China que, mediante el portavoz de su Ministerio de Relaciones Exteriores Wang Wenbin, denunció su "firme oposición" y calificó a Taiwán —un archipiélago de 35.980 km cuadrados con 23,6 millones de habitantes— como "el tema más importante y sensible de las relaciones de China y EEUU".

Justamente la visita de Nixon en 1973 a China durante la que se reunió con el timonel Mao Zedong y el primer Zhou Enlai —que en realidad desprendió a China de la URSS, desde el punto de vista geoestratégico— plasmó el desde entonces axioma inamovible de una sola China para el establecimiento de relaciones diplomáticas con Pekín en 1979.

Ya en 2014, durante la presidencia del Partido Demócrata con Barack Obama, Gina McCarthy, administradora —que no secretaria— de la Agencia de Protección Ambiental, dio un discurso en Taipéi en 2014 que provocó la ira de los funcionarios chinos en Pekín.

El manejo del COVID-19 por Alex Azar ha sido más que catastrófico, y muy bien podría aducir tras bambalinas lo que queda de la diplomacia estadounidense. Que se trata de una misión de sanidad pedagógica —en la etapa aciaga del pugnaz Mike Pompeo, secretario de Estado, exdirector de la CIA y zelote evangelista sionista que busca ser el sucesor de Trump en caso de su reelección—.

En plena deriva, Mike Pompeo ha llegado hasta el atrevimiento inconcebible para un diplomático de alentar el cambio de régimen del Partido Comunista en China y de haber sancionado en forma circense a 92 millones de chinos. 

Lauren Meier y Ben Wolfgang, del The Washington Times —de los famosos moonies surcoreanos vinculados a la CIA y al nepotismo dinástico de los Bush—, confirman que la visita planeada a Taiwán de Alex Azar "escala las tensiones entre EEUU y China".

Según The Washington Times, esta atrevida jugada  —y una nueva agenda de jugadas de Mike Pompeo diseñadas para limitar el alcance del sector high-tech de China— "muestra el deseo de la Administración Trump de escalar la campaña de presión contra Pekín aún en medio de las elecciones de noviembre". 

The Washington Times da pie a la postura de Joseph Biden, el todavía presunto nominado presidencial por el antidemocrático Partido Demócrata, quien "reveló que tiene planes para revertir muchas de las tarifas recientemente impuestas a Pekín, que forman parte central de la agenda contra China del presidente Trump". Biden ha calificado las medidas de Trump como "contraproducentes" y acusa a la Administración de fracasar en colaborar con los aliados para formular una respuesta más efectiva frente a China.

The Washington Times subraya que "China siempre ha reaccionado con una especial intensidad a las señales de que EEUU estimula la independencia de Taiwán, a quien China considera parte integral de su territorio".

Nada menos que Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia y presidente del Asia Society Policy Institute (con sede en Nueva York) redactó un alarmante artículo para la influyente revista Foreign Affairs: Hay que tener cuidado de las armas de agosto en Asia: cómo preservar las tensiones de EEUU y China para que mo detonen una guerra,que resume el deterioro en espiral descendente de la tormentosa relación entre EEUU y China durante medio siglo.

Kevin Rudd consagra un amplio capítulo al tema de Taiwán y comenta el argumento de Pekín de que "Washington se acerca peligrosamente al cruzar las líneas rojas de China sobre el estatuto internacional de Taiwán, y consecuentemente pone en riesgo la base de la entera relación de EEUU y China".

Para Rudd, el mundo se encuentra ante "el prospecto no solamente de una nueva guerra fría, sino de una guerra caliente", cuando los "riesgos serán especialmente elevados en los próximos pocos meses críticos desde ahora hasta la elección presidencial de EEUU" y donde la "lista de puntos de fricción es extensa, desde el ciberespionaje y la militarización del dólar hasta Hong Kong —donde EEUU carece de una base legal internacional para una virtual intervención— y el mar del Sur de China", lo que "hace el manejo de la crisis aún mas difícil".

Rudd llega hasta a recomendar el libro clásico de Christopher Clark Los sonámbulos, que exhuma las fallas de la diplomacia de 1914 y que con "un relativamente menor incidente (el asesinato del archiduque austriaco en Sarajevo) puede escalar en una guerra entre las grandes potencias en solo unas semanas".

El secretario de Defensa de EEUU, Mark Esper, anunció los lineamientos de la relación con China durante su reciente discurso en el Foro de Seguridad de Aspen.

En este tenor llama la atención la petición de Mark Esper de haber dialogado por teléfono, un día después del Foro de Seguridad de Aspen, con su homólogo chino Wei Fenghe. Quizá para atenuar una probable confrontación bélica desde el mar del Sur de China hasta Taiwán cuando Pekín le ganó la partida a EEUU y al Reino Unido con la aplicación de su ley de seguridad a Hong Kong. A Trump solo le quedó el recurso retórico de amenazas y de nuevas sanciones que llevaron al cierre mutuo de dos consulados, el de Houston y el de Chengdu.

Pareciera que los jerarcas chinos, que en estos días de agosto se reúnen en su conclave secreto anual en la ciudad costera de Beidaihe, apuestan a la reelección de Biden, por lo que no valdría la pena de atizar el fuego de aquí a 88 días.

Entretanto queda más claro que la belicosidad multidimensional de Trump y su gabinete sinófobo comporta un carácter notoriamente electoral, del que tampoco habría que desprender los temas trascendentales que irán in crescendo y que denotan la fuerte competencia de EEUU contra China y Rusia, según diversos reportes del Pentágono.

El mayor desafío para China será una reelección nada improbable de Trump.

10:25 GMT 07.08.2020URL corto

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Hizbolá e Israel: el riesgo limitado de otra guerra

En las últimas semanas han sucedido varios incidentes armados entre el Ejército Israelí y la organización libanesa, tanto en Siria como en la frontera de Líbano. Netanyahu ha advertido a Hizbolá de que se arriesga a otra guerra, aunque ni Tel Aviv ni el líder de la organización chií, Hassan Nasrallah, parecen interesados a meterse a fondo en un conflicto abierto.

 

En febrero de 1992, un helicóptero Apache israelí de fabricación estadounidense mató a Abbas Musawi, cofundador y líder de Hizbolá. Con él murieron su esposa, su hijo de cinco años y otras cuatro personas. Israel descabezó la organización chií libanesa y se libró de uno de sus perores enemigos, pero los israelíes no imaginaban que quien iba a suceder a Musawi se convertiría en un enemigo todavía más hábil, hostil y encarnizado.

Así, en las tres últimas décadas, Hassan Nasrallah ha dirigido la organización con mano de hierro, ha reforzado las relaciones con Irán, se ha armado hasta los dientes y ha mantenido a raya al poderoso ejército del sur con un sinfín de enfrentamientos y escaramuzas, y con algunas guerras que, entre otras cosas, consiguieron expulsar a Israel de Líbano en 2000 para evitar el constante goteo de soldados muertos.

La semana pasada, un militar israelí dijo que su país no tiene miedo de ningún ejército de la región ya que es consciente de su absoluta superioridad. Si un ejército regular árabe se atreviera a incordiar al estado judío más de la cuenta, los israelíes solo tendrían que enviar unos cuantos aviones para defenestrar a cualquier régimen de la zona. Es una hipótesis descartada. Sin embargo, este no es el caso de Hizbolá, que opera como una guerrilla, aunque al mismo tiempo dirija la política libanesa desde el gobierno y el parlamento de Beirut.

 Es natural que los aliados de Israel consideren que Hizbolá es una organización terrorista. Hace solo unos días la embajadora de Estados Unidos en Beirut arremetió públicamente contra Hizbolá y Nasrallah, y fue necesario pararle los pies. La intromisión de EEUU en la política libanesa viene de antiguo y se produce a diario. Washington, cuya acción exterior en Oriente Próximo es la que dicta Israel, querría acabar de una vez por todas con esa mosca que molesta a su aliado más estrecho.

Eso explica las declaraciones de la embajadora en Beirut, que ni son las primeras ni serán las últimas de ese tenor. Los americanos están estrangulando la economía libanesa con una fuerza sin precedentes únicamente con el deseo de que Líbano deje en la cuneta a Nasrallah, algo que no va a ocurrir puesto que Hizbolá es el partido esencial para el sostenimiento del país. Si Hizbolá desapareciera, reinaría un caos absoluto.

La influencia de Nasrallah en la política de Oriente Próximo es enorme, y su prestigio también. Un sondeo realizado hace unos años reveló que los israelíes se fían más de lo que dice Nasrallah que de lo que dicen sus propios líderes. Cuando el líder chií libanés abre la boca en público, las televisiones hebreas recogen y analizan sus palabras al detalle, y en ocasiones hasta las transmiten en directo para satisfacer la avidez de sus telespectadores.

 

Narallah nació en el área de Beirut en 1960, el noveno de los diez hijos de una familia chií que no tenía inclinaciones religiosas. Estudió en Líbano y en la ciudad iraquí de Nayaf antes de ser deportado de ese país por Saddam Hussein en 1979, en el marco de una amplia expulsión de chiíes. Al poco de regresar a su país, Israel puso en marcha la invasión de 1982, lo que hizo que muchos chiíes libaneses se afiliaran a Hizbolá.

Es lo que hizo Nasrallah, que un tiempo antes estuvo afiliado al partido chií secular Amal. Sus estudios religiosos lo condujeron a la ciudad iraní de Qom, pero volvió a Líbano tras el asesinato de Musawi para hacerse cargo del liderazgo de Hizbolá, imprimiendo a la organización un carácter de resolución y eficacia que desde entonces han sido marca de la casa.

Nasrallah cree que el islam no es una religión como las demás, sino que tiene una explicación para cada situación y problema que se plantea a nivel individual, social y planetario. Es una opinión muy extendida entre los islamistas, ya sean suníes o chiíes, que buscan siempre soluciones en el marco de la religión, como ocurrió por ejemplo con los Hermanos Musulmanes egipcios tras la revolución contra Hosni Mubarak de 2011.

El conflicto armado más destacado entre Israel y Hizbolá se produjo en 2006, después de que las milicias chiíes ejecutaran una operación dentro del territorio enemigo que costó la vida a tres soldados. Los milicianos capturaron además a dos soldados y mataron a otros cinco en la fallida operación de rescate israelí.

La guerra se prolongó 34 días durante los cuales Israel causó una tremenda destrucción de objetivos civiles en todo Líbano. El número de víctimas mortales se elevó a más de 1.200 en Líbano, mientras que murieron 165 israelíes, la mayoría soldados. Aunque la guerra fue criticada dentro de Líbano y por los dirigentes árabes de algunos países, la reputación de Nasrallah se disparó entre las capas populares árabes por ser capaz de plantar cara al poderoso ejército israelí.

Su prestigio no ha disminuido desde entonces, a pesar de que desde 2007 permanece oculto y apenas participa en actos públicos, es decir que la mitad de su vida como líder de Hizbolá ha transcurrido en la clandestinidad. La sola mención de Nasrallah inquieta a muchos israelíes. En los últimos años Hizbolá ha incrementado su arsenal de armas y se cree que si hubiera otra guerra tendría para las dos partes mayores consecuencias que la de 2006.

Es por este motivo que tanto Israel como Hizbolá no parecen estar interesados en otro conflicto armado, aunque este podría llegar después de cualquiera de los incidentes que tienen lugar periódicamente. En esta situación, lo que hacen Israel y Hizbolá es seguir armándose y preparándose para la próxima guerra.

JERUSALÉN

05/08/2020 08:16

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

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Activa China el sistema de navegación por satélite BeiDou-3, su alternativa al GPS

China activó este 31 de julio su propio sistema de navegación por satélite, conocido como BeiDou-3 (BDS-3), que supondrá una alternativa al GPS estadounidense y al GLONASS ruso.

Esto ha sido posible después de que fuera lanzado la semana pasada el último satélite necesario para el funcionamiento de todo el sistema. El evento, celebrado en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, contó con la presencia del presidente Xi Jinping.

“El BDS es el resultado de los esfuerzos de un ejército de trabajadores, movilizados por el partido y la nación, el trabajo duro de cientos de miles de ingenieros en todas las áreas y el soporte firme del público”, declaró el diseñador jefe del proyecto, Yang Changfeng.

Son tres subsistemas que componen el BDS, que funcionan a través de 55 satélites en la órbita terrestre. El primero de ellos, el BeiDou-1 fue completado en 2000, mientras que el segundo fue lanzado en 2012.

Este ambicioso proyecto, que tomó unos 20 años en ser completado, tiene por objetivo competir directamente con el GPS y reemplazarlo por el BDS en el país asiático. De tal modo, se planea disminuir la dependencia de las tecnologías de Estados Unidos.

31 julio 2020

(Con información de Sputnik)

Mayoría de asesinatos de ambientalistas en 2019 se registraron en América Latina: Global Witness

De acuerdo con un nuevo informe de la ONG Global Witness, 212 defesores de la tierra y el medio ambiente fueron asesinados en 2019, un incremento del 30 por ciento con respecto al año anterior. Cerca de un 40 por ciento eran indígenas y defensores de tierras ancestrales.

Más de dos terceras partes de los asesinatos tuvo lugar en América Latina.

El aumento de los crímenes es parte de una tendencia más amplia. Un estudio publicado por Nature, en 2019, indica que en 15 años, entre 2002 y 2017, fueron asesinados más de 1.558 defensores del medio ambiente.

Mary Menton, investigadora de justicia ambiental de la universidad de Sussex y coautora del informe, dijo a DW que no le sorprendería que el número real fuera el doble, debido a los problemas para reportar e investigar esos casos. Según Menton, solo el 10 por ciento de los autores de los crímenes han tenido que responder ante la Justicia.

El creciente conflicto en torno a las tierras está forzando a indígenas y líderes comunitarios a proteger más decididamente sus territorios, señala Rachel Cox, de Gobal Witness. «Los miembros de pueblos indígenas son desproporcionadamente vulnerables a ataques”, dice, refiriéndose a las minorías que ofrecen resistencia contra proyectos mineros, forestales o agrícolas.

Pero los asesinatos son solo la punta del iceberg. «Muchos más activistas son atacados, apresados o difamados por su trabajo”, dice Cox. Estos cinco países fueron los que registraron tasas especialmente altas de muertes de activistas en 2019.

  1. Colombia

La situación en Colombia se ha agravado. El país, que en 2018 ocupaba el segundo lugar de la lista de defensores de la tierra y el medioambiente asesinados, con 24 casos, escaló ahora al tope de este trágico escalafón. Colombia encabeza la lista de 2019 con 64 muertos, víctimas de una violencia que en parte se atribuye a la deficiente implementación del Acuerdo de Paz de 2016 y a la falta de protección de campesinos en la pugna por sus tierras.

  1. Filipinas

El segundo país más mortífero para defensores del medio ambiente fue Flipinas, donde fueron asesinados por lo menos 46 ambientalistas el año pasado, lo que representa un aumento del 53 por ciento. 26 asesinatos tuvieron relación con el agronegocio.

Leon Dulce, coordinador nacional del Kalikasan People’s Network for the Environment, señaló que se están produciendo oleadas de violencia debido a los esfuerzos del gobierno de expandir la minería y la industria forestal, bajo la consigna de la «recuperación económica tras la crisis del COVID-19”. El presidente Duterte también está recurriendo a draconianas leyes antiterroristas para neutralizar a los activistas, catalogándolos de criminales.

El sur de la isla de Mindanao sigue siendo un foco candente, con 19 asesinatos relacionados con la defensa medioambiental, debido a la oposición contra la plantación de palmas aceiteras y a otras actividades de la agroindustria.

  1. Brasil

El agresivo impulso que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quiere darle a la minería a gran escala y a la agroindustria en la Amazonía, ha puesto a las comunidades indígenas en la primera línea de la lucha contra el cambio climático, especialmente porque la deforestación de territorios indígenas  aumentó un 74 por ciento entre 2018 y 2019. El 94 por ciento de los 24 asesinatos de activistas cometidos en Brasil tuvo lugar en la Amazonía.

La violencia en la región se incrementó cuando el gobierno de Bolsonaro presentó un controvertido proyecto para legalizar la minería comercial en territorios indígenas.

Según Mary Menton, el propio Bolsonaro está «alentando activamente la violencia» contra activistas indígenas, con un discurso de odio.

  1. México

En 2019 fueron asesinados 18 defensores de la tierra y el medio ambiente en México, entre ellos Otilia Martínez Cruz, de 60 años, y su hijo Gregorio Chaparro Cruz, de 20. Ambos fueron encontrados muertos fuera de su hogar, en la localidad de El Chapote, el 1 de mayo de ese año. Se estima que estos asesinatos están relacionados con sus esfuerzos por detener la tala ilegal de árboles en sus tierras ancestrales.

Dos meses antes, en febrero de 2019, Samir Flores fue asesinado. El día anterior a su muerte, el campesino nahuatl y activista ambiental de Amilcingo había hablado públicamente contra el Proyecto Integral Morelos, dirigido a desarrollar la infraestructura para la energía de carbón y gas.

  1. Honduras

En Honduras, los asesinatos aumentaron de cuatro, en 2018, a 14, el año pasado. Los ataques letales contra ambientalistas han apuntado preponderantemente contra mujeres, y han continuado su tendencia ascendente desde el brutal asesinato de la dirigente Berta Cáceres. La activista fue asesinada en 2016, meses después de haber ganado el prestigioso premio Goldman, por oponerse a la construcción de una represa en su región.

«Las mujeres tienen un importante liderazgo en la lucha” contra compañías de la industria extractiva y «grupos criminales que quieren quitarles sus tierras”, afirma Marusia López, de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos, que documentó 1.233 ataques contra estas activistas entre 2017 y 2018. 

 

Aencias

29 julio 2020

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Protesta frente al capitolio por cancelación del DACA. EU perdió a su juventud: el sustento de un país está desacreditado en la nueva generación.Foto Ap

Antes de la volcánica explosión generalizada, expuse la rebelión de la “Generación Y ( millennials)”y la “Generación Z ( centennials)” en EU (https://bit.ly/2D2OXTN) cuando “50 por ciento de los millennials y 51 por ciento de la Generación Z sienten que el sistema económico de EU ha trabajado en su contra” con una “colosal deuda universitaria de los millennials: ¡1.6 millones de millones de dólares!” ( https://bit.ly/3fboPnI ) cuando EU se encuentra inundado por sus deudas al consumo (https://bit.ly/37pIu0l).

El futuro ya alcanzó a EU: “la verdadera revolución demográfica será implosiva con el ascenso de los centennials (Generación Z) hispánicos (sic) de EU y su promedio asombroso de 11 años de edad” (https://bit.ly/2MUSAgy).

Pew Research expone la identidad generacional de los contestatarios ( https://pewrsr.ch/3eSvx1d ): 40 por ciento son blancos (sic), primordialmente demócratas y menores de 30 años de edad: los millennials (https://bit.ly/2E75FlH).

Según Pew Research, los jóvenes adultos y demócratas asistieron a una protesta el pasado mes: blancos 46 por ciento; latinos 22, afros 17 y asiáticos 8 por ciento. Los latinos vienen en segundo lugar después de los blancos y antes que los afros cuando 79 por ciento es proclive a los demócratas y 17 por ciento lo es a los republicanos. De 18 a 29 años, es decir, los millennials, asistió 41 por ciento; de 20 a 49 años, 38 por ciento y de 50 a 54 años 15 por ciento.

Destaca que la protesta sea casi igual de las zonas urbanas (41 por ciento) y las suburbanas (42) frente a 17 de la zona rural (el área que vota por Trump). La elección se jugará en el área suburbana, donde vive la mayor parte de las minorías.

En su artículo de corte escatológico, Paul Craig Roberts, anterior secretario asistente del Tesoro con Reagan, juzga que EU cesó de existir (sic) hace varias décadas cuando “solamente la fuerza fundacional del país (…) preservó la imagen viva de un país funcional”, en clara alusión a la demolición iconoclasta de los iconos de los padres fundadores de la independencia de EU, lo cual atribuye al autodio (sic) de las élites liberales (sic) blancas (sic) que dominan la educación, los multimedia y el gobierno.

Paul Craig Roberts recuerda su artículo de hace 15 meses: La cultura occidental (sic) murió de una muerte políticamente correcta (https://bit.ly/2ZVO6xz).

Se lamenta que la iconoclastia no está únicamente limitada al sur –la otrora confederación secesionista–, sino que rebasa a los Padres Fundadores para alcanzar a la Constitución y al emblema nacional, definidos como racistas.

Lo más relevante de su canto de cisne es la admisión de que EU perdió a su juventud: el sustento de un país está desacreditado en la nueva generación (https://bit.ly/2CVvAfu).

¿Cómo puede tener presente, no se diga futuro, un país que desdeñó a sus millennials y desprecia el futuro de sus centennials cuando lo único que le importa es enriquecer a su parasitaria plutocracia misántropa?

Paul Craig Roberts concluye con un epitafio sonoro: es muy tarde para hacer algo.La pregunta es: ¿quién sobrevivirá? No serán los blancos.

En efecto, la dinámica demográfica juega en contra de los axiomas fundacionales del Partido Republicano a quien, a mi juicio, le queda como último recurso la balcanización de los WASP (blancos, protestantes , anglosajones), hoy aliados a los evangelistas sionistas de la dupla de los Mike (Pence y Pompeo), para crear su República Blanca, quizá en alianza con un segmento de los latinos.

Paul Craig Roberts no cita para nada al movimiento antisionista de los Black Lives Matter (BLM) y al grupo Antifa que supuestamente encabezan la revuelta como epifenómeno, cuando la participación de los millennials blancos ha sido de mayor calado en la profundidad de las aguas turbulentas.

Lo peor en una guerra civil/guerra de clases/guerra cultural es tomar partido desde afuera cuando EU parece estar herido de muerte entre dos cosmogonías incompatibles: delicada situación que no será resuelta por quien fuere el vencedor de la elección presidencial en menos de cuatro meses.

¿Está preparado México a todas las eventualidades que le afectarán irremediablemente?

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