“La inmensa mayoría de la gente que está en Morena no perteneció a ningún partido.”

¿Cómo nació? ¿Quiénes son? ¿Cómo articularon un proyecto genuinamente de izquierda sin que nadie se diera cuenta? ¿Hacia dónde van ahora que llegaron al poder y cuál fue la clave de la victoria? Primeras respuestas a horas del triunfo de AMLO.

 Amanece en un nuevo país que aún no se da cuenta del todo del proceso de transformación que acaba de poner en marcha. México se mira con asombro y entusiasmo. Morena, el partido movimiento del presidente electo Andrés Manuel López Obrador, dibujó un México de metamorfosis. Obrador subió a una cúspide impensable: ganó 31 de los 32 Estados del país y sólo perdió Guanajuato. Las cifras de la elección del domingo caen hora tras hora en una danza que legítima la honda mutación que se avecina. Con 24 millones de votos, Andrés Manuel López Obrador es ya el presidente más votado de la historia de México. Morena (Movimiento de regeneración nacional, espina dorsal de la coalición Juntos Haremos Historia) prácticamente borró al PRI del mapa electoral: hasta consiguió quedarse con estados que eran la misma identidad del PRI como Coahuila, Campeche, Estado de México e Hidalgo. El giro ha sido masivo, pero esta vez, a diferencia de la transición del 2000 cuando ganaron los conservadores del PAN con Vicente Fox, la trayectoria fue hacia la izquierda. México expulsó al PRI con una opción progresista que rompió todas las marcas: Vicente Fox desalojó al PRI con casi 16 millones de votos, en 2012, Enrique Peña Nieto se impuso al PAN con 19 millones de votos y López Obrador sepultó a ambos con cerca de 25 millones. Lo único común entre los tres son las esperanzas que, en cada momento de la historia, llegaron a representar. El presidente electo es la esperanza de la transformación radical que él prometió. Su victoria es, ante todo, el triunfo de una idea que nació en 2010 cuando empezaron a gestarse las bases de la que sin lugar a dudas es la mayor innovación política de la América Latina contemporánea: Morena, el movimiento de Regeneración Nacional. ¿Cómo nació? ¿Quiénes son? ¿Cómo articularon un proyecto genuinamente de izquierda sin que nadie se diera cuenta? ¿Hacia dónde van ahora que llegaron al poder y cuál fue la clave de la victoria? A estas preguntas responde Luciano Concheiro, uno de los intelectuales orgánicos del proyecto de Morena y expresidente de la Comisión nacional de elecciones de Morena. Licenciado en Economía (UNAM), especialista en economía política y economía agrícola (Instituto Gramsci, Italia), maestro en ciencias sociales (Flacso) y doctor en desarrollo rural (UAM-Xochimilco), Luciano Concheiro es profesor-investigador en el Departamento de Producción Económica y docente del posgrado en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana. 

 

–Para buena parte de la izquierda latinoamericana Morena es un misterio. Y, sin embargo, llegó al poder.


–Morena es un partido en movimiento. En su primer Congreso tuvimos un gran debate. Primero queríamos conservarnos como movimiento y surgió la idea de que había que ser un partido político para construir una suerte de prefiguración estatal. El gran debate consistió en saber si para cambiar México nos alcanzaba una simple prefiguración estatal, o si debíamos proponernos una prefiguración de sociedad, si al ser un movimiento tu te conviertes en el proceso de configuración de la sociedad posible. Luego alguien planteó y “por qué no un partido en movimiento”. ¿Qué quiere decir esto? Esto significó que se convirtiera en un partido en el hacer y no en el deber ser. Ocultas para mucha gente, ahí había una de las grandes revoluciones de lo que es Morena. Con ello hubo una perspectiva en la cual la inmensa mayoría de la gente que está en Morena no perteneció a ningún partido. Fue la primera vez que hizo política y se inscribió en una organización socio política. Entonces se construyó y se aprobó una propuesta. No nos proponemos construir una prefiguración estatal porque hoy el problema no es nada más el Estado. Morena es al final un partido en movimiento donde no hay casi estructuras, donde la gente se convoca para hacer cosas.


–¿Cómo se articuló esa ida con la victoria presidencial de Andrés Manuel López Obrador? ¿Cuál es la clave?


– Creo que Morena se fue haciendo en la marcha. Un poco como con los zapatistas, no hay un proyecto sino que se fue construyendo mucho alrededor de las prácticas sociales, de alternativas o utopías posibles. Eso puede sonar muy romántico, pero lo que Morena acabó construyendo fue la estructura de donde vive la gente y donde la gente hace su vida. El gran conector con todo esto fue Andrés Manuel López Obrador. Es un líder carismático y un hombre muy ligado a la gente, que le toma mucho el pulso al momento. El captó el conjunto de las relaciones en el país, participó en los grandes debates sobre la construcción del proyecto alternativo del país alrededor de ciertos puntos que tenían que ver con practicas sociales. Un ejemplo: cuando le presentamos a AMLO el mapa de los movimientos socio ambientales en México, buena parte de la agenda fue adoptada. Por eso lo socio ambiental atraviesa el conjunto de Morena. No es un tema más sino un elemento transversal.


–Aún mucha gente, en Europa y América latina, cuestiona la legitimidad de López Obrador como un hombre de izquierda.


–Los que venimos de la vieja izquierda, de la izquierda revolucionaria y nos planteamos la transformación radical del país, hemos encontrado en Morena un lugar donde hay continuidad sobre el elemento de la revolución. La palabra revolución no está prohibida en Morena. Por eso Andrés Manuel López Obrador volvió a plantear que esta es la cuarta transformación. Dijo “nos proponemos abrir la transformación radical del país”. Y recalcó que esto era una revolución, una revolución de las conciencias. Entonces ¿ que es ser de izquierda hoy ?. Esa es la gran pregunta. Hay grupos para quienes el tema de la izquierda pasa por la diversidad sexual, el matrimonio igualitario, por las cuestiones ambientales. Pero yo me pregunto ¿dónde está el planteamiento de la izquierda que diga hay que transformar el conjunto ?. No lo encuentras.


–Hasta ahora se creyó que en México sólo había narcos y corruptos…pero hay una izquierda y una poderosa sociedad que la llevó al poder.


–Esa figura de la invisibilidad de la izquierda de México convino a los intereses de los de arriba. Hablaron de derrota y convirtieron a la izquierda mexicana en algo ligerito, que estaba integrada al sistema y que apoyaba al neo liberalismo. Se olvidaban de algo clave en este país: México es un país de oleadas transformadoras, tiene una memoria impresionante en la transformación social que además incluye un sentido republicano muy profundo. En este país hasta los marxistas son guadalupanos porque sino no somos buenos marxistas porque la Virgen de Guadalupe es la virgen de la Revolución. Se difundió la idea según la cual México era un país insalvable. Para América Latina estábamos ligados a Estados Unidos. Pero aquí hay una trayectoria y yo no creo que haya sido generación espontánea y que gracias a Morena tenemos lo que tenemos. Hoy en México hubo un giro muy importante.


–A partir de ahora la utopía inicial de Morena se convierte en una realidad del poder. ¿Cómo se derrota la violencia, la corrupción y la desigualdad que imperan en México?


–Tiene que ser reconstruyendo la sociedad sobre otras bases, tenemos que atacar las causas. Las causas tienen que ver con los elementos estructurales que Andrés Manuel López Obrador resume en una fórmula que dice “queremos becarios no sicarios”. Esa fórmula que parece simplona terminó prendiendo en la gente porque la gente vio una alternativa en una condición donde no están colocando a una parte de la sociedad afuera, sino tratando de entender que los problemas que tiene esa sociedad tiene que solucionarlos desde su reconstrucción básica. Ahí entra un punto clave: no fue únicamente un cambio de Morena sino que se trató del encuentro de una sociedad que después de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa dijo basta, no más la política del miedo, la necro política que nos va a acabar por terminar. Esa sociedad se atrevió a salir a la calle, a defender a 43 jóvenes estudiantes, campesinos que eran socialistas. ¡Cuidado, qué palabra !. En esa representación estaban los enemigos del Estado neo liberal y, sin embargo, la sociedad dijo basta y cortó. Se dio entonces la conexión de una organización socio política que va en la búsqueda de una conexión con las capacidades de transformación con uno de los movimientos que trastocaron nuestras vidas. Hasta ese entonces se había normalizado la violencia, todo el mundo sabía por donde no pasar para no ser un daño colateral. Se decía “mientras la guerra no sea contra mi que sea contra ellos”. El problema se ve mayúsculo cuando tu ves las cifras que oscilan entre 180 mil y 240 muertos. Esta es una guerra no declarada, punto.


–¿Pero cómo se sale de esa lógica?


–Andrés Manuel ha dicho: tenemos que ir en contra de la impunidad que está ligada a la corrupción. La impunidad arma el sistema político en general. El punto esencial consiste en reconstruir un tejido social institucional donde la gente se pueda sentir segura.


–México retomó su tradición revolucionaria. Esa utopía ya de lo real puede reconectarnos, reconectar a las izquierdas de América Latina y reformular un proyecto de transformación común a partir de México.


–La Revolución Mexicana tuvo una influencia mayor en el conjunto de América Latina. Es el equivalente de lo que la Revolución francesa fue para el conjunto de Europa. El grupo de intelectuales que trabajamos con Andrés Manuel López Obrador dijimos: sólo si nos latinoamericanizarnos y entramos en la lógica de nuestra América como diría Martí tenemos un sentido para la transformación en México. Que Donald Trump le haya dedicado media hora a López Obrador, y a plantear entonces la idea de hacer un proyecto de desarrollo para atacar la causa de la migración, que incluya también a América Central, ya dice mucho. Este sentimiento latinoamericanista va a ser un elemento fundamental. Sin América Latina, nosotros frente al imperio no somos nada. Sin Brasil, sin la Argentina, sin los demás, no podemos enfrentar una política violenta de Estados Unidos sobre nosotros. Nos va a unir un sueño. Por eso uso la idea de nuestra América de José Martí: era un sueño y esos sueños tuvieron sentido con la Revolución mexicana, con los sueños del progreso. El proyecto de Morena es latinoamericanista. La pregunta es si tiene que ser económico o si tiene que ser algo que con México se construya de otra manera, que tiene que arrancar por lo cultural. Creo que hoy hay esa gran oportunidad de arrancar con una idea que nos prenda al conjunto, que nos devuelva al sentido de pensarnos como un universal posible desde América Latina. Creo que eso parte de la necesidad de vernos como un sujeto real actuante. Debemos recuperar el sentido indígena y anti colonial del 91, pero tiene que representarnos al conjunto. Tenemos esa gran oportunidad. Hay mucho para hermanarnos a través del camino cultural.


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Foto: Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito

Eran casi las 10 de la mañana (hora local) cuando después de 22 horas de sesión en el Congreso, rodeado desde el miércoles por una multitud de mujeres –y también de hombres–, especialmente jóvenes, se escuchó un grito de miles de voces que se extendió por varias calles: los diputados dieron media sanción a la ley para legalizar el aborto seguro y gratuito después de una lucha feminista de más de 30 años, que en los últimos tiempos inundó de pañuelos y banderas verdes las avenidas de esta capital y del interior de Argentina.

Todo esto sucede en el contexto de una crisis que va en aumento, que este jueves llevó al despido, o renuncia, del presidente del Banco Central, el derechista Federico Sturzenegger, remplazado por Luis Caputo, hombre que manejaba las cuentas offshore suyas y de millonarios empresarios de Argentina en el exterior; el dólar se disparó a 28.40 pesos y se conocieron las condiciones del Fondo Monetario Internacional (FMI ) que son consideradas un golpe contra el pueblo argentino. La noche de este jueves hay reuniones urgentes en la residencia presidencial, en un ambiente tenso.

En tanto la manifestación multitudinaria pro ley de despenalización del aborto se mantuvo desde el miércoles alrededor del Congreso, mientras en cantidad mucho menor, separadas por unos 50 metros, estaba la marcha antiaborto, con banderas celestes y blancas. Era evidente que las "verdes" ya habían ganado la lucha en las calles.

La votación terminó con 129 votos en favor, 125 en contra, y una abstención, pero llegar a esto tardó años. El bloque oficialista, que en su mayoría estaba en contra, quedó dividido en este caso, y la iniciativa para legalizar la interrupción del embarazo tuvo apoyo de otros sectores que se identifican con la derecha a nivel nacional.

Ahora la ley debe pasar al Senado, una cámara más conservadora e influenciable por los gobernadores, incluso los opositores, a quienes suele presionar el gobierno de Mauricio Macri amenazándolos con retener los fondos provinciales, aunque en los últimos días la "obediencia debida" se está resquebrajando. Las organizaciones feministas contaron también con el apoyo de estudiantes de niveles básico y superior, que tomaron escuelas y universidades y ya se preparan para este nuevo paso, aunque hay votos cantados a favor de la ley.

La iniciativa contempla, entre otros puntos, la posibilidad legal de abortar hasta la semana 14 de gestación, de manera gratuita, en los hospitales públicos.

A esta alegría, una de las pocas que se viven en estos momentos, se unió un paro de los camioneros de tres centrales sindicales, la Confederación de Trabajadores de la Educación y gremios que están en la Confederación General del Trabajo (CGT), que decidió una huelga nacional y general para el 25 de junio.

La manifestación de los huelguistas este día fue también multitudinaria, acompañada por movimientos sociales y discursos cada vez más duros y unitarios, en momentos en que nuevamente se disparó el dólar, lo que significa otro nuevo incremento de precios, cuando ya la inflación también se disparó por sobre todas las previsiones.

Asimismo, al conocerse las condiciones impuestas por el FMI para acordar el préstamo stand by que el Ejecutivo negoció por 50 mil millones de dólares, en el que el gobierno de Mauricio Macri reconoce oficialmente que debe continuar reduciendo los subsidios a la energía y el transporte, eliminando puestos de trabajo en el sector público, el congelamiento de nuevas contrataciones y el achicamiento de 15 por ciento de los gastos en compras de bienes y servicios del Estado y autoriza a terminar con el Fondo de Garantía Solidaria destinado a los jubilados, lo que dejará a este sector sin ninguna protección.

Ayer por la tarde sectores opositores anunciaron que pedirán a la justicia que no deje salir a Sturzenegger del país y diputados del bloque Frente para la Victoria-Partido Justicialista (FpV-PJ) firmaron un proyecto de la legisladora y economista Fernanda Vallejos que rechaza el acuerdo unilateral que el gobierno firmó con el FMI y advierte que esto debe pasar por el Congreso, por las consecuencias negativas que tendrá para la población que, como se vio en las manifestaciones de este día, está dispuesta a resistir.

El proyecto rechaza el acuerdo y especialmente las condiciones impuestas sobre la "política económica" y las previstas sobre "políticas sociales, laborales, autonomías provinciales y decisiones de futuros gobiernos, y además viola los principios esenciales de la Constitución referidos a la división republicana de poderes del Estado, el federalismo, derechos del trabajo, seguridad social, y la potestad exclusiva del Congreso para el tratamiento de las cuestiones de deuda soberana".

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La ola europea contra la privatización del agua

La remunicipalización ha permitido a cientos de ciudades recuperar el control de su abastecimiento en detrimento de grandes empresas.


El caso de Berlín, cuya remunicipalización data de 2014, es uno de los ejemplos más claros de cómo triunfa un movimiento social frente a grandes poderes económicos y políticos

 

Desde 2010, la ONU reconoce el acceso al agua como un derecho humano. En territorio de la Unión Europea, donde al agua no se le ha concedido este estatus, en su día se puso de moda dejar la gestión de los recursos hídricos en manos de grandes empresas. Cosas de la doctrina neoliberal, que considera la gestión privada de recursos de interés general como la mejor de las opciones posibles.


Sin embargo, nada parece estar más lejos de la realidad, al menos en lo que al agua se refiere. En este ámbito, en los últimos quince años la tendencia se ha invertido. Las empresas pierden terreno en beneficio de los actores públicos. Ya son numerosos los ejemplos de ciudades que han recuperado el control de sus aguas.


Se estima que, entre marzo de 2010 y marzo 2015, se han producido unas 235 remunicipalizaciones del agua en el mundo. “La tendencia de remunicipalización del agua es algo muy serio, más serio incluso de lo que puedan indicar las cifras”, dice a eldiario.es Emanuele Lobina, profesor de la Universidad Greenwich de Londres y uno de los responsables de la Unidad de Investigación de Servicios Públicos de dicha institución académica.


“La remunicipalización es algo nuevo, pero lo cierto es que la tendencia de la privatización sigue ahí porque cuenta con el apoyo de la Comisión Europea, de los Gobiernos nacionales, del Banco Mundial, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, en definitiva, de los grandes poderes”, abunda Lobina.


Buena parte de las más de 200 remunicipalizaciones que han tenido lugar en el último lustro se han registrado en Francia. Hasta 94 ha contado allí Lobina. “Es normal, los franceses inventaron la privatización del agua”, apunta este investigador. En España, entre 2010 y 2015, tuvieron lugar una treintena de remunicipalizaciones – como las de Manacor, Ermua, Arenys de Munt, Medina Sidonia o la veintena de localidades andaluzas cuyas aguas están ahora en manos del consorcio Aguas del Huesna. Posteriormente vendría la de Valladolid, cuyo consistorio, en manos del socialista Óscar Puente, es el primer gran ayuntamiento de España en decidir remunicipalizar el agua.


Turín (norte italiano) probablemente sea el último y más visible ejemplo de esta tendencia en Europa. El pasado otoño, el Consejo Municipal de esa ciudad italiana, dirigido por Chiara Appendino, integrante del Movimiento 5 Estrellas, aprobaba una resolución por mayoría absoluta para remunicipalizar el sistema de aguas de la ciudad, privatizado en 1997. Tras veinte años en manos privadas, Turín daba así un primer paso decisivo en recuperar la gestión de su agua.


En otras grandes ciudades europeas, como París o Berlín, la batalla por devolver al control público un recurso tan importante como el agua hace tiempo que trajo sus frutos. La capital francesa, tras un cuarto de siglo de gestión privada, recuperaba en 2010 su “soberanía hídrica”. El ayuntamiento de la metrópolis gala decidió no renovar los contratos que tenía con las empresas Veolia y Suez, una situación similar a la de Valladolid en España. Más reciente que el caso parisino es el de Berlín, donde la privatización duró quince años, hasta 2014. De esa experiencia habla a eldiario.es Sigurn Franzen, de la plataforma Berliner Wasser Tisch, o “Mesa del Agua de Berlín”.


Ella y un puñado de militantes salidos de la Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC) en Alemania están detrás de esa reconquista hídrica. “La privatización en Berlín se llevó a cabo en 1999 y había gente de ATTAC aquí que no estaba de acuerdo y que quería movilizarse”, cuenta Franzen, ahora jubilada tras una larga carrera trabajando como secretaria en altas instancias empresariales. Desde sus vivencias, esta veterana de las movilizaciones sociales aporta no pocos consejos para aquellos que quieran desafiar el erosionado status quo neoliberal.


Movilización social


Para lograr una remunicipalización, es preciso contar con un grupo de personas organizadas. No debe ser numeroso. “La mayoría de los casos de remunicipalización de agua son consecuencia de la movilización social, como en Berlín”, apunta Lobina. Franzen y sus compañeros de militancia por la remunicipalización del agua en Berlín se conocían gracias a la ATTAC de sus primeros días. “En las reuniones cada dos semanas que manteníamos en los días de mayor movilización había cuarenta o cincuenta personas”, recuerda Franzen.


Ella habla de las intensas jornadas de 2010 en las que la Mesa del Agua de Berlín llegó a recoger hasta más de 280.000 firmas de personas a favor de una petición de referéndum sobre la necesidad de hacer públicos los contratos secretos que las empresas Vivendi – la actual Veolia – y RWE firmaron con las autoridades de la ciudad-estado de Berlín para entrar en el capital de la Empresa de Aguas de Berlín (BWB, por sus siglas germanas). Gracias a la privatización, ambas pasaron a sumar un 49% del capital de BWB. Berlín, una ciudad pobre comparada con el resto de grandes urbes alemanas, se embolsó 3.300 millones de marcos alemanes (unos 1.600 millones de euros) por la venta de la gestión de sus aguas.


Las razones de la privatización vinieron inspiradas por la CDU”, recuerda Franzen, aludiendo al partido de la canciller Angela Merkel, la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU). Se supone que era una salida para acabar con las deudas de la ciudad, que en la última década del siglo pasado alcanzaban los 35.000 millones de euros. También los había que confiaban en la privatización como un estímulo para el empleo.


Dejemos a las empresas hacer un trabajo más emprendedor, así los trabajadores gozarán de un trabajo más seguro, más innovador y mejor pagado, y también quienes buscan empleo en Berlín”, decía, por ejemplo, el democristiano Elmar Pieroth, responsable de asuntos económicos de la capital teutona entre 1996 y 1998. Ese periodo fue clave para que calara el mensaje favorable a la privatización. Ésta, en concreto, se forjó en los días en que el conservador Eberhard Diepgen era alcalde de Berlín.


Los partidos políticos no (siempre) son necesarios


En sus actividades, la Mesa del Agua de Berlín no contó con los favores de ningún partido político. Si acaso, Franzen reconoce algo de apoyo de las bases del ahora insignificante Partido Pirata, una formación que en 2011 llegó a sumar el casi 9% de los votos en las elecciones regionales de Berlín. Una legislatura después, apenas sumaron en los comicios de 2016 un 1,7% de los votos. Políticamente, el barco del Partido Pirata está hundido.


El día en que se aprobó la privatización, hubo algunos votos en contra del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), mientras que el partido que ahora es Die Linke se opuso”, rememora Franzen. Ella y el resto de compañeros de la Mesa del Agua de Berlín no recibieron el apoyo político de ningún partido, pese a que Die Linke inicialmente se opuso a la privatización. En 2001, el Partido del Socialismo Democrático (PDS) – precursor de la actual Die Linke – entró en Berlín en una coalición gubernamental con el SPD liderada por el socialdemócrata Klaus Wowereit.


En un primer momento hablamos con el grupo parlamentario de Die Linke (PDS, por aquel entonces), pero todos los partidos estaban implicados en la privatización, después se supo que Harald Wolf, uno de sus responsables, había contribuido el mantenimiento de unos contratos secretos, firmados para 30 años y en los que se garantizaban los beneficios a las compañías”, lamenta Franzen.


Pese a las promesas que acompañaron a la privatización, la Mesa del Agua de Berlín pudo constatar “un notable encarecimiento del servicio y una caída drástica de las inversiones”, asegura Franzen. El Gobierno de la ciudad-estado reconocía en 2010 que, entre las diez grandes ciudades alemanas, Berlín era la que tenía el agua más cara. Ésto lo tuvieron que asumir los ciudadanos de una ciudad “pobre, pero sexy”, según los términos de Wowereit.


En poco tiempo, la entrada de actores privados en BWB encareció el agua. Por ejemplo, “entre 2003 y 2006 el precio creció un 20%”, según Lobina, el responsable de la Unidad de Investigación de Servicios Públicos de la Universidad de Greenwich de Londres. Además, entre 1999 y 2010, el número de trabajadores en BWB se redujo sensiblemente, pasando de unas 6.280 personas poco más de 5.200.


Pruebas en mano, Franzen y sus compañeros de militancia decidieron salir a la calle para hacer llegar la idea de que, en manos privadas, el agua se había convertido en un problema. “Se privatizó, según se dijo, porque Berlín tenían muchas deudas. Pero Berlín ha seguido teniendo deudas, la privatización no ayudó a combatirlas [actualmente la deuda acumulada de la ciudad llega a los 59.000 millones de euros, ndlr.]. Pero, por el camino, Veolia y RWE han estado ganando dinero”, apunta Franzen. “Por eso salimos a la calle. Hicimos flayers, puestos informativos, movilizaciones. Hicimos que el tema se diera a conocer”, agrega. La Mesa del Agua de Berlín pronto se dio cuenta del importante apoyo popular con el que contaba su causa. De ahí que pudieran recoger las más de 280.000 firmas de personas a favor de una petición de referéndum.


Referéndum en Berlín


Esas firman eran más que suficiente para convertir la iniciativa ciudadana en una votación. En Berlín existen mecanismos para que este tipo de iniciativas se traduzcan en un referéndum. Para que éste se celebrara, también fue necesario superar las resistencias del Gobierno berlinés, que apelaba al secreto profesional y a la mismísima Ley Fundamental alemana en su lógica contra la remunicipalización.


La cita con las urnas terminó por tener lugar el domingo 13 de febrero de 2011. Ese día, el Gobierno berlinés, contrario a las intenciones de la Mesa del Agua de Berlín, recibió una “ducha fría”, según los términos del diario de la capital Der Tagesspiegel. El Ejecutivo berlinés estaba aparentemente satisfecho con los contratos de Veolia y RWE. “El 98,8% de la gente que participó en el referéndum votó a favor de nuestra propuesta”, rememora Franzen.


En la votación participaron algo más de 660.000 berlineses, un 27% de la población. Que prácticamente todos ellos quisieran que el Gobierno abandonara su política favorable a Veolia y REW puso bajo una enorme presión a autoridades y empresas.


La votación empujó a decidir a las empresas a vender sus participaciones en la BWB. Urnas mediante, los berlineses pasaron la página de la privatización. La remunicipalización acababa de empezar. Oficialmente el agua regresó a manos públicas en 2014, previo pago de 1.200 millones de euros.


Esa cantidad puede parecer astronómica. Pero también lo son las cantidades que se ahorraron los berlineses después de que el Bundeskartellamt, la institución germana que regula la competencia, obligara a la BWB privada a reducir los precios del agua entre 2012 y 2018. “La reducción se corresponde con unos 440 millones de euros, más de un tercio de lo que Berlín tuvo que pagar en la remunicipalización”, concluye Lobina.

 

Aldo Mas
02/02/2018 - 21:24h

Publicado enSociedad
Viernes, 20 Octubre 2017 07:21

Maduro gana, la MUD desatina

Maduro gana, la MUD desatina

El Partido Socialista Unido de Venezuela se hizo con una clara victoria al adjudicarse 18 de las 23 gobernaciones de estados, más allá de las denuncias de fraude. La oposición queda momentáneamente desarticulada, sin estrategia y con una dirección que no acierta en el reparto de culpas mientras lame sus heridas.


“El chavismo retomó el camino de la victoria”, resumió el presidente Nicolás Maduro tras la elección de gobernadores en los 23 estados de Venezuela el pasado domingo. Su Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) ganó 18 gobernaciones –entre ellas las tres que ocupaba la oposición desde hacía cinco años– con 6.025.000 sufragios (54 por ciento) de los poco más de 11 millones de votos válidos, frente a 4.753.000 (45 por ciento) de la coalición opositora Mesa de Unidad Democrática (Mud), que ganó cinco estados, en una jornada sin incidentes y con una participación de 61 por ciento del padrón, alta para unos comicios regionales.


La oposición era favorita según las encuestas, que daban cuenta de una intención de voto a su favor hasta de dos a uno en varias regiones y señalaban un nivel de aprobación de Maduro inferior a 25 por ciento entre la población y un rechazo de 80 por ciento o más a la gestión del gobierno.


Con los números de encuestas a boca de urna y las primeras actas de escrutinio la Mud se bañó de optimismo creyendo ganar entre 15 y 18 gobernaciones, pero al cierre de la jornada el arbitral Consejo Nacional Electoral (Cne) entregó los resultados que tiñeron de rojo, color emblemático del chavismo, la mayor parte del mapa venezolano.
Para Maduro y el Psuv el resultado “recupera la votación histórica” del chavismo, que en 20 consultas electorales de distinto tipo desde 1998 promedió un 55 por ciento de respaldo en las urnas y venía de encajar reveses: la Mud se impuso con 56 por ciento de votos en la elección parlamentaria de 2015, y el año pasado buscó revocar el mandato del presidente mediante un referendo abortado por tribunales locales.


Mientras el oficialismo celebra, la oposición, tanto en la Mud como en los grupos fuera de la alianza, no atina en el examen de la derrota ni en dibujar una estrategia para recomponer fuerzas. Se atribuye el revés electoral a la abstención que pidieron los radicales, y al ventajismo e irregularidades en el proceso electoral, comenzando porque esta elección debió hacerse hace un año, el Cne es pro-oficialista y a última hora tomó medidas como bloquear alianzas de voto entre opositores o mudar de centro electoral a cientos de miles de ciudadanos. La oposición tampoco descarta la sospecha de que en centros donde no pudo colocar testigos se produjesen otras irregularidades.
Pero no tiene cómo cantar fraude abiertamente, excepto en el estado de Bolívar, del sureste fronterizo con Brasil rico en minerales e industria pesada, donde el ex líder obrero Andrés Velásquez (Mud) sostiene, con copias de las actas en la mano, que le arrebataron el triunfo en favor del general retirado Justo Noguera, del Psuv.


En algunos otros estados la Mud denuncia irregularidades, y ha aceptado la derrota en varios emblemáticos, como Miranda o Lara, dirigidos durante años por opositores “presidenciables”.


La oposición ganó, en el occidente fronterizo con Colombia, el petrolero y muy poblado Zulia y dos estados andinos, en Anzoátegui y la caribeña isla de Margarita, pero sus gobernadores podrían no ejercer sus funciones si se niegan a jurar y obedecer a la Asamblea Constituyente, con 545 representantes sólo del oficialismo, electa el 30 de julio y boicoteada por los opositores, y la cual se erige como un parlamento no sólo paralelo sino superior, por encima de la Constitución. Entretanto, las legislaturas estatales (Psuv) traspasan al poder central atribuciones y recursos que estaban en manos de las regiones.


La nueva situación política debe traer una recomposición de la dirigencia opositora, quizás con impulso a quienes prefieren la agitación callejera antes que la búsqueda de votos; un alejamiento del diálogo explorado en República Dominicana con impulso del ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero; y nuevas sanciones financieras.
El chavismo cobra nuevos bríos y en lo inmediato puede convocar a comicios municipales, también demorados durante meses, para blindarse de cara a la elección presidencial de 2018 y consolidar su poder hasta mediados de la siguiente década.


Hay un pesado obstáculo por remover: tres años de crisis con caída del producto bruto, del empleo, inflación, depreciación de la moneda, desabastecimiento, carestía, especulación y escasez de alimentos, medicinas, artículos de higiene y repuestos para artefactos y vehículos.


En esa cancha se juega su consistencia la revolución bolivariana, aunque por ahora Maduro le ha ganado a una oposición desatinada.

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Lunes, 17 Octubre 2016 07:11

Un guerrero triste y cansado

Un guerrero triste y cansado

 

El jueves 27 de octubre el ciudadano brasileño Luiz Inácio da Silva cumplirá 71 años de vida. Cinco menos que Pelé, que habrá cumplido 76 cuatro días antes. Uno menos que Chico Buarque, que cumplió 72 el pasado 19 de junio. Veintisiete más que su más cruel verdugo y perseguidor, el juez provinciano de primera instancia Sergio Moro, que anda por sus verdes 44 años sintiéndose una especie de dios vengador designado para impartir el castigo divino a su presa favorita.


Pero la verdad es que Luiz Inácio da Silva, Lula da Silva, ex presidente, fundador y creador del Partido de los Trabajadores, el PT, principal líder político del país más habitado y más rico de América latina, no anda con espíritu de celebrar nada.


Hace un tiempito le pregunté, en un almuerzo con otros dos amigos, si él no se cansaba nunca. Quise saber de dónde sacaba semejante energía. “A veces sí, me siento cansado, pero no puedo regalarme siquiera ese lujo, el cansancio”, me dijo.


Hablábamos de lo que pasa en Brasil, y él quiso saber cómo me sentía. “Indignado, irritado, impotente y triste”, contesté. Y Lula comentó: “Yo también me siento triste. Al fin y al cabo, hice lo que hice, empecé lo que empecé, y ahora me pasa lo que pasa...”.


¿Y qué es lo que le pasa? Pues le toca asistir a la demolición implacable de su PT, un partido nacido para reformular la política y airear un ambiente históricamente plagado de vicios e inmoralidades, y que terminó por aliarse a los enemigos y se dejó salpicar por el lodo.


Un ataque implacable de los mismos medios hegemónicos de comunicación que él creyó haber seducido, pero que a la hora de la verdad, se pusieron, con una sola y única voz, en su contra.


Por estos días, Lula da Silva trata de buscar una salida para el PT. Las elecciones municipales del domingo 2 de octubre masacraron su partido. Era algo esperado, pero no en tales dimensiones. Ha sido el peor desempeño del Partido de los Trabajadores en los últimos veinte años o más.


“Era algo esperado”, admite Lula. “Pero volveremos a ser lo que fuimos y seremos”, agrega, con la mirada fulminante puesta en algún espacio vacío y perdido.


Cuando conocí a Lula, hace como treinta y pico de años, era un hombre con mirada inquieta y feroz. Su voz ronca anunciaba cambios radicales. Ese Lula furioso ha sido drásticamente cambiado en la campaña electoral del 2002, cuando un publicista de mucho talento y escaso carácter –eligió, vendiendo personas como se fuesen jabón, a tipos de extrema derecha igual que de izquierda– creó la imagen de “Luliña paz y amor”.


Aquel Lula, el de 2002, se comprometió en una “Carta a los brasileños” a preservar puntos cruciales de la política económica de su antecesor, el neoliberal Fernando Henrique Cardoso, y lo hizo. Pero a la vez promovió cambios radicales en el panorama socioeconómico brasileño.


Los números no permiten dudas: el obrero que cometía errores básicos de gramática, que eliminaba el plural en sus frases, que tenía un discurso tosco y directo, montó un gobierno que eliminó a Brasil del mapa del hambre de las Naciones Unidas. En su gobierno, 42 millones 800 mil brasileños abrieron, por primera vez en sus vidas, una cuenta corriente en los bancos.


La libreta de ahorro, único instrumento de que disponían, quedó en la memoria. Se vendieron, como nunca, heladeras, cocinas, motos, coches. Ha sido como si una Argentina entera entrase en el mercado de consumo: 42 millones 800 mil tipos por siempre ninguneados.


Pasados los años, Lula sigue creyendo que hizo lo que tenía que hacer. “El presupuesto del Estado tiene que contemplar a los pobres, no se debe hablar de gasto, en el presupuesto para educación y salud públicas: es inversión. Inversión en el futuro de la gente”, dice.


El problema es que, en el sistema político brasileño, existen 35 partidos políticos activos y en el Congreso hay como 28. Así que ningún presidente se elige contando con mayoría en diputados y senadores. Como consecuencia, es imperioso armar alianzas políticas. Y las alianzas que armó el PT fueron con lo que de más sucio existe en la vida política brasileña. A tiempo: exactamente la misma alianza que ahora sostiene a Michel Temer, que no fue elegido, que llegó a la presidencia a raíz de un golpe institucional.


¿Qué dice Lula de esa experiencia? “Lo importante era tener una base para gobernar.” Su partido, otrora una especie de vestal contra la corrupción dominante en el escenario político brasileño, se mezcló en el lodo.


¿Y ahora? Bueno, ahora hay que empezar todo otra vez.


El mismo Lula es convocado para volver a presidir su partido, el PT. Pero se resiste. Sus interlocutores más cercanos, sus amigos, dicen que más urgente es preparar su defensa contra el acoso irremediable de una Justicia Injusta, que entre otras cosas es capaz de mantener en prisión a su ex ministro de Hacienda, Antonio Palocci, “mientras se buscan pruebas en su contra”. Esa historia de presunción de inocencia, y que les toca a los fiscales probar la culpa, quedó definitivamente eliminada del escenario judicial brasileño. Aquí en Brasil, primero se acusa, luego se detiene al sospechoso, y luego a ver cómo probar sus crímenes.


Lula da Silva anda un tanto tristón. Su mirada pasea por un horizonte invisible. Está cansado. El hombre que dice no cansarse nunca está cansado. Está visiblemente cansado. Mastica despacio y con cuidado cada parte del asado de cordero que eligió. Es un almuerzo entre amigos. De repente, le pregunto: “¿Es que no te cansás nunca?” Y él me mira, una mirada de mil fuegos, y dispara: “Es que no tengo tiempo para cansarme”. Miente. Es evidente que miente. La mentira está estampada en sus pelos, cada vez más ralos; en la mirada, cada vez más opaca; en la voz, cada vez más ronca.


Mañana o pasado o en unos días más lo detendrán. La imagen de Lula preso es, será, la gloria máxima del golpe de Estado, golpe institucional que se dio en mi país, el país de Lula. ¿Ha sido el suyo un gobierno corrupto? No. ¿Hubo corrupción en su gobierno? Claro que sí. ¿Ha sido complaciente con esa corrupción? Quizá. Muy probablemente, sí. En países como el mío, es o eso o la nada.


Me doy cuenta de que Lula tiene una coronita de perlas, de lágrimas, en la frente. De sudor, pues.


Terminamos de almorzar, nos despedimos, nos abrazamos. Nunca fui y jamás seré del PT. Mis críticas al partido creado por Lula da Silva desbordarían el espacio que me concede este diario. Pero salgo de este almuerzo largo y tardío con las palabras que dijo Lula cuando, de manera absolutamente ilegal, lo llevaron a prestar testimonio en la Policía Federal, hace como cinco, quizá seis meses.


Dijo Lula da Silva: “Si me matan, seré mártir. Si me detienen, seré héroe. Si me dejan libre, seré presidente otra vez”.
Si me permiten una participación personal, estoy seguro de que lo detendrán. Mañana o el miércoles o la semana que viene. ¿El crimen? No importa. Por ser obrero, apenas alfabetizado, y haber saneado lo mismo que hirieron sus antecesores.


Lo detendrán y condenarán por haber sido el primer obrero en alcanzar el poder, y que por intuición –mucho más que por ideología– cambió el mapa social de mi país. Es decir: que no robó nada.


Y por eso...

 

 

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Domingo, 11 Septiembre 2016 06:33

Nairo, el embajador de la raza bulldog

Nairo, el embajador de la raza bulldog

Así se define el hombre que va a ganar la Vuelta. Un ciclista que no se queja de lo que cobra y que no tolera que la gente piense que "en Colombia vivimos en chozas de paja y nos vestimos con taparrabos"


MADRID.- Su primera heroicidad es la de ser un hombre discreto. Un edificio de una sola planta que descarta esa retorcida vanidad de viejos campeones. Él es el jefe de un equipo tan potente como el Movistar, donde uno de sus ayudantes, Alejandro Valverde, cobra más que él. Su sueldo también está a años luz del de Froome o Contador. Pero nada de eso impide que Nairo Quintana pierda humanidad o nos espante por su mal humor. El pequeñín, como se le conoce, gasta fama de ser un buen tipo, coherente y rápido de reflejos. El periodista Juanma Trueba nunca olvidará su respuesta en aquella sala en la que vio como un compañero le preguntaba a Quintana de qué raza era. "Bulldog", se defendió él ante una pregunta que no le pareció la más oportuna, cansado de que en Europa traten a Colombia como si fuese un país del tercer mundo.

Pudo ser la primera o la última palabra que se le ocurrió entonces a Nairo Quintana, el nuevo ganador de la Vuelta a España. Un hombre que no sólo defiende un maillot. También a un país y a una manera de ser o de evolucionar. A menudo, se enfrenta a preguntas acerca de Colombia -"como si la gente se creyese que ahí vivimos con taparrabos o en chozas de paja", dice-, que le molestan, no por él, sino por sus gentes. "Porque en un ciclismo en el que ya corren eritreos, japoneses... hay periodistas que podrían documentarse más acerca de Colombia". De ahí aquella respuesta suya, "bulldog", capaz de compararse a una raza de perros con una rapidez mental que, en una entrevista de trabajo, impactaría al departamento de Recursos Humanos de Movistar al completo. El test psicotécnico ya ni sería necesario.


Hay, efectivamente, un mundo paralelo a Nairo Quintana, que siempre aterriza en Colombia y en su Tunja natal. Allí tuvo su primera bicicleta de hierro con la que, a los 15 años, ganó a Juan Pistolas una carrera de 50 kilómetros como si aquellos dos adolescentes fuesen personajes de una novela de García Marquez. Luego, le adjudicaron fama de superdotado, capaz de mover siete vatios por kilo en la bicicleta cuando la media es de cinco. Hoy, a los 26 años, ya posee una biografía de valor, con posibilidades reales de convertirse en el mejor ciclista del mundo. Todo eso le ha otorgado el título de héroe nacional en Colombia. Un país que adora el ciclismo desde los tiempos de Lucho Herrera o Fabio Parra y que se enorgullece de escribir ahora de Nairo.

Una comunión de valores como puede ser Nadal en España. Una declaración constructiva en período de transición siempre hasta la victoria, porque una de las cosas por las que corre es "para regalar alegrías a la gente" y sin engañar a nadie. Del mismo modo que todavía es capaz de vociferar en contra de aquella primera crónica que leyó acerca suya: "El periodista se inventó que no teníamos para comer en mi infancia para compadecerse de mí cuando jamás fue así". Nairo asume que él, como ciclista, tiene límites. "No me gusta decir que se puede cuando no se puede. No soy una máquina programada para ganarlo todo".

Lleva Nairo tres podios en el Tour de Francia. El primero fue a los 24 años lo que, en cualquier caso, siempre llevó a pedirle más. El mundo le pedía atacar a Froome a pie de las montañas y le reprochaban que no hiciese caso. Una ecuación que, sin embargo, Nairo desbloqueaba: "Hay rivales, no somos únicos, tampoco llevamos cuatro ruedas para evitar caídas, somos mortales". De ahí el valor de esta Vuelta a España que fue el territorio de Nairo desde que atacó sin rencor en los Lagos de Covadonga. Luego, necesitó de la fortuna en aquella revolución que montó Contador y que pilló despistado a Froome. Fue, en cualquier caso, el premio de los valientes para Nairo, ajeno esta vez a esos días tan conservadores que deforman su identidad en el Tour de Francia.

Ha sido, en definitiva, ese espíritu Bulldog que él mismo anunció contra pronóstico en aquella sala de periodistas en la que estaba Juanma Trueba, el periodista que ama el ciclismo, que se quedó con aquel detalle anónimo y que en la despedida lo comprendió sin esfuerzo: "Es la combinación de sus facultades físicas con sus facultades mentales (liderazgo, inteligencia en carrera, sentido del deber) lo que convierte a Nairo Quintana en un prototipo de campeón sin techo conocido".

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Viernes, 11 Diciembre 2015 07:09

El viejo topo horada la piedra

El viejo topo horada la piedra

Los estudiantes secundarios de Sao Paulo derrotaron al gobierno estatal encabezado por el neoliberal Geraldo Alckmin, que debió retirar su plan de reorganización del sistema educativo ante el masivo rechazo y la fuerte movilización juvenil. En estos tiempos de avances de las derechas, el triunfo estudiantil debería ser motivo de festejos porque alumbra el futuro que deseamos, de resistencias capaces de desarticular los planes conservadores.


En septiembre el gobierno paulista anunció la reorganización de la enseñanza pública con centros separados con base en tres ciclos, lo que llevaría a la reagrupación de los estudiantes, el cierre de 93 centros y la transferencia de 311 mil alumnos. De inmediato profesores y alumnos coincidieron en que habría superpoblación escolar y atribuían la medida a la intención de bajar los costos del sistema educativo.


En octubre se realizaron manifestaciones de sindicatos de la educación y de estudiantes, que impulsaron al ministerio a acelerar las reformas anunciando los centros que serían cerrados. Todos están en la periferia, habitada por los sectores populares, que ya sufren una educación de baja calidad.


El 9 de noviembre fue ocupada la primera escuela estatal, en Diadema, núcleo de una región de larga tradición de lucha sindical en el ABC paulista. La ocupación tuvo el apoyo de padres y profesores. Una semana después había ya 19 centros ocupados, mientras la justicia denegó el pedido de desalojo por considerar que los estudiantes no querían apropiarse de los centros sino abrir un debate. El día 23 ya había más de 100 centros ocupados; las universidades y sindicatos comenzaron a posicionarse en contra de la reorganización escolar. Los primeros días de diciembre había 196 centros ocupados.


En cierto momento los estudiantes decidieron salir a las calles, cortar las avenidas y difundir la protesta. Según las encuestas, 61 por ciento de los paulistas rechazan la medida del gobierno y 55 por ciento apoyan a los estudiantes, mientras la popularidad del gobernador cayó a sus niveles más bajos de aprobación. El 4 de diciembre Alckmin decidió aplazar un año la reorganización escolar.


Es interesante echar una mirada a lo que sucedía dentro de los centros ocupados. Los estudiantes crearon comisiones de trabajo para sostener la ocupación: comida, seguridad, prensa, información, limpieza, relaciones externas, entre las más comunes. Además de las jornadas de trabajo realizan asambleas, convocan debates con profesores, padres y colectivos solidarios sobre los más variados temas. Editaron un manual ( Cómo ocupar un colegio), inspirado en las recientes luchas de los estudiantes chilenos y argentinos.


Son miles de jóvenes desde los 14 y 15 años que están haciendo una experiencia formidable, enfrentando el autoritarismo del gobierno socialdemócrata-neoliberal, desafiando la represión policial y las manipulaciones mediáticas. Una nueva generación de jóvenes militantes está haciendo su experiencia. Un movimiento que nace, se masifica y triunfa en medio de la mayor ofensiva de la derecha brasileña en muchos años, y que muestra que hay energía social suficiente, por fuera de las instituciones, los partidos y los sindicatos, para cambiar el estado de cosas en Brasil.


Las jornadas de junio de 2013 son el antecedente y referente inmediato del actual movimiento. Junio fue un parteaguas. Desde aquel momento los movimientos se reactivaron, nacieron nuevas organizaciones y colectivos de base en todos los espacios de la sociedad, y la calle se convirtió en el nuevo escenario de debates y protestas. Los militantes del Movimiento Pase Libre, ahora dividido, siguen trabajando en las periferias, donde nacieron nuevos grupos contra el aumento al transporte, contra la violencia del Estado, colectivos feministas y culturales, que confluyen ahora contra la reorganización escolar.


Pero a diferencia de lo sucedido en junio de 2013, donde la pauta dominante fueron grandes manifestaciones que insumían pocas horas de su tiempo a los participantes, las ocupaciones exigen de los ocupantes que se asuman como protagonistas políticos de los acontecimientos las 24 horas del día, según el análisis del teatrero y militante Rafael Presto en Passapalavra (http://goo.gl/HP3glz).


Por eso las ocupaciones son un proceso formativo intenso, una generación de militantes formados en el calor de las luchas. Si a ello se suma que los centros ocupados se convirtieron en espacios donde convergen diversas luchas, movimientos sociales, artistas, educadores militantes, grupos territoriales y de mujeres, podemos valorar la importancia de lo sucedido en noviembre.
A mi modo de ver, hay tres aspectos a destacar.


El primero es que la energía social y política del abajo ha sido capaz de vencer a una derecha envalentonada, pero que debe retroceder ante la potencia de la calle. Esto debería ser motivo de reflexión para quienes apostaron todo a las instituciones y no pueden comprender que el eje de los cambios está en otro lugar y con otros modos.


La segunda es que la energía emancipatoria siempre nace en los márgenes y entre los jóvenes. Sin ese fuego juvenil, de clase y de género, no existen posibilidades para encarar un proceso de cambios. La última ocasión en que Brasil registró un potente proceso de los abajos fue en la década de 1970, cuando la experiencia de millones de personas en las 80 mil comunidades eclesiales de base (compromiso ético), los jóvenes obreros industriales y los campesinos desplazados por la revolución verde, dieron vida a las grandes organizaciones: la CUT, el MST y el PT.


Por último, como señala Presto, siempre llegan los que destacan las carencias del movimiento. Les falta un proyecto político, dicen, cuando en realidad quieren decir que falta una dirección que ponga orden, de la que desean formar parte. Pero los jóvenes ya están organizados, ya son militantes, sólo que no aspiran a formar parte de instituciones que rechazan porque las conocen de cerca. La piedra se horada desde abajo.

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“Aun las insurrecciones que fracasan tienen éxito”

Sondra Hale es una entusiasta de los movimientos sociales e insurrecciones que se están dando en distintos puntos del planeta. “Aun cuando estos movimientos fracasaran o pareciera que fracasan, no lo hacen; al contrario, tienen éxito porque despiertan la conciencia de la gente y del pueblo”, dice. Rescata en ellos el intento de desarrollar nuevas estructuras, algo que las “viejas” organizaciones tienen como límite: “Que la estructura de las ONG sea convencional hace que no tengan el mismo potencial para la transformación”. También se entusiasma por la participación de las mujeres en esos movimientos. Sin embargo, sabe que para el pleno acceso de las mujeres a los derechos en el mundo falta dar un paso importante: “Hay que convencer a los hombres de que esta opresión a las mujeres no es algo bueno y que si oprimen a las mujeres se oprimen a ellos mismos. Que también los hombres tienen que ganar su propia liberación. Es difícil ¿no?”

 

–¿Cómo llegó al feminismo?

 

–Es un cliché decir lo siguiente: probablemente nací feminista. Mi mamá me dio siempre mensajes un poco mixtos, pero muy importantes. Provengo de una familia muy pero muy pobre. Mi mamá no finalizó los estudios secundarios. Pero sin embargo desde que era chiquita, mi mamá me decía “Sondra, te tenés que hacer cargo de tu vida”. El mensaje era “sé fuerte e independiente, pero no se lo hagas saber a los hombres”. “Hacete independiente económicamente”, eso siempre me lo repetía. “Nunca dependas de un marido.”

 

–¿Dónde vivía?

 

–Esto pasaba en Des Moines, Iowa, una comunidad muy pequeña con una visión muy estrecha de la vida. Mi mamá era una mujer muy progresista y siempre se planteaba cuestiones. En un entorno altamente racista, mi mamá me obligaba a jugar con chicos de color. Entonces en una etapa muy temprana pude hacer una intersección entre raza y género. Y llegué desde muy temprana edad a ponerme en contacto con lo que yo denomino un feminismo nativo, virgen. Y el segundo aspecto de por qué llegué al feminismo, créanlo o no, es el siguiente: en 1961 visité Sudán, tenía solo 23 años. Allí encontré a las mujeres más fuertes, más independientes, más brillantes que había conocido. Entonces, cuando volví de cuatro visitas a Sudán, ya en 1975, a Los Angeles, fui testigo de esta segunda gran ola de feminismo que se estaba produciendo en los Estados Unidos, y me tiré de cabeza en los grupos feministas llevando las ideas sudanesas.

 

–También en ese viaje comenzó su acercamiento a los países de Oriente.

 

–Sí, por supuesto. Pero hay algo más, en otro nivel. Mi experiencia en la izquierda en los Estados Unidos. El rol subordinado que las mujeres desempeñan en las organizaciones de izquierda. Las mujeres nunca son presidentas, nunca tienen puestos de importancia, siempre son la secretaria. Se ocupan del catering o de conseguir guarderías para cuidar a los niños en una reunión. Lo que me impidió el desarrollo como feminista justamente fue mi marxismo. Los amigos marxistas me decían “Sondra, pero el feminismo te va a distraer del marxismo”.

 

–Después lo superó.

 

(Risas) –Sí, claro. Entonces muchas mujeres de la izquierda se unieron cuando me transformé en una socialista de izquierda, feminista.

 

–En su charla dijo, justamente, que los partidos políticos tradicionales llevan a las mujeres a migrar su participación a organizaciones sociales, ¿cómo ve en la actualidad la participación de las mujeres en las organizaciones (ONG) y cómo es la relación con las mujeres que sí están ocupando espacios políticos?

 

–Me temo que se están acercando mucho un grupo y otro. Que aun cuando estuvieran las mujeres liderando esas organizaciones, las ong están adoptando las miradas de los gobiernos, vale decir, las burocracias. Entonces creo que parte de las ideas revolucionarias que podrían haberse propuesto y aparecido se están perdiendo. Y me preocupa que aun en el área propia de mis investigaciones, que es Sudán, donde las mujeres están desempeñando cargos de gran prominencia, las organizaciones en sí mismas se volvieron mucho menos radicales de lo que fueron en los principios. Quizá mi opinión está un poco sesgada por la experiencia en Sudán porque es un gobierno militar de corte islámico. Y por supuesto el gobierno las discrimina y les impide toda participación. Entonces, por ejemplo, hay razzias en sus oficinas, se llevan las computadoras. O las obligan a inscribirse en calidad de tales y cuando van a presentar la solicitud se la rechazan. Sin duda alguna la situación es muy distinta en Argentina pero justamente el hecho de que las estructuras de las ONG sea una estructura convencional hace que no tengan el mismo potencial para la transformación.

 

–¿Por eso usted valora y está poniendo el foco en los movimientos de insurrección en distintas partes del mundo?

 

–Sí, claro. Estos nuevos movimientos están tratando de desarrollar nuevas estructuras. Y como dije al final de mi charla, aun cuando estos movimientos fracasaran o pareciera que fracasan, no lo hacen; al contrario, tienen éxito porque despiertan la conciencia de la gente y del pueblo. Les hace tomar conciencia de lo que se puede hacer. Durante la Segunda Guerra Mundial, en los Estados Unidos, las mujeres –dado que todos los hombres habían ido a la guerra– respondieron al llamamiento de incorporarse a la fuerza industrial. Mujeres que hubieran sido mozas o mucamas fueron contratadas como mano de obra calificada por la industria militar. Justamente haciendo el trabajo que, entre comillas, hubiera correspondido a los hombres. Por primera vez en la vida ganaron un buen salario. El icono de esta época se llamó RosietheRiveter, Rosita la remachadora, una mujer que trabajaba duro y hacía el trabajo industrial; una obrera. Pero cuando los hombres regresaron de la guerra, a las mujeres se las sacó de escena y ellos tomaron el trabajo. Hay un documental que se llama RosietheRiveter, diciendo que todo esto es una historia muy triste. Pero una de mis amigas, historiadora feminista de la clase trabajadora, odia ese documental porque dice que estas mujeres fueron cambiadas para siempre. Ella siempre dice que son las mujeres las que deben criar a sus hijas de una manera diferente. Y eso es lo que también siento acerca de la participación de la mujer en todos los movimientos. Cuando empecé a observar el movimiento de Madres (de Plaza de Mayo) pensé que eran madres de familia que iban a manifestar a la plaza en su carácter de parientes de los desaparecidos. Pero ya ahora sé que no es así por todas las razones que acabo de mencionar. Entonces, las Madres no solo se cambiaron ellas a sí mismas sino que cambiaron a la gente.

 

–Usted habla de un patrón de insurrección mundial. ¿Puede definirlo y explicar cómo juegan los feminismos en ese patrón?

 

–El patrón es el siguiente. Primero, son movimientos juveniles. Segundo, la mayor parte de esos jóvenes son mujeres. Están todos en contra del Estado, en contra de las jerarquías. Principalmente trabajan en contra de toda estructura establecida, gobierno, burocracia, partidos políticos, organizaciones tradicionales. El rol de las mujeres es muy importante. En la plaza Taksim (Turquía) las mujeres asumieron el liderazgo del movimiento. Inclusive cuando los manifestantes hombres habían escrito insultos muy ofensivos contra la madre del primer ministro, fueron las mujeres manifestantes las que estuvieron en contra de esto y en muchos casos lo impidieron. En el movimiento de insurrección de Sudán Estamos Hartos, hay más mujeres que hombres. Si bien es mucho más peligroso para las mujeres porque el gobierno trata de humillarlas sexualmente; cosa que también vemos en Egipto. La mujer es mucho más susceptible de ser atacada por la policía, las desnudan, en fin, y muchas otras cosas. Y sin embargo las mujeres continúan con su activismo.

 

–Que sean más mujeres no necesariamente implica que tengan reivindicaciones feministas

 

–Sí, claro, tienen que llevar el estandarte de las ideas feministas.

 

–¿Pero los llevan?

 

–Sí en Turquía. En Sudán, no. Para los sudaneses, feminista es sinónimo de lesbiana y le dan al término una muy mala connotación.

 

–Acá también es un término muy criticado. Muchas mujeres dicen “yo no soy feminista, pero”...

 

–Eso me suena muy conocido. Claro, tratan de presentar las mismas ideas sin usar el término feminista. Pero quieren algo más que la mera igualdad. Los hombres, por ejemplo, tampoco están liberados. Entonces, cuando demandan igualdad, hay que preguntarse igualdad de qué o ante qué. Entonces, también cuando en estos movimientos se usa el término igualdad hay que definirlo. Ellos, como movimiento, quieren alterar completamente... infiltrar este modo de pensar, sin utilizar rótulos o etiquetas, con su presencia, estando allí. No es una presencia cualquiera, es una presencia valiente, con coraje. Les dicen “no se sientan privilegiadas porque son mujeres”, nada de privilegios, no quieran tampoco después que el hombre esté cerca para que les abra la puerta del auto. Esto es mucho más difícil de hacer que de decir. Pero como no están trabajando estos movimientos dentro de las viejas estructuras, tienen mucho más potencial.

 

–Esto tiene que ver con la necesidad de la praxis de la que usted habla.

 

–Sí. Y le voy a decir también que los sudaneses rechazan el feminismo porque es un concepto de la sociedad occidental. Cuando di clases allá, les dije que el feminismo era realmente un concepto autóctono de Sudán también. Lo que pasa es que ellos pensaban que lo que estaban haciendo no era feminismo. Por eso les dije “olvídense de las palabras y sigan adelante con los hechos”.

 

–Usted habló durante la charla de “feminismo transnacional”, ¿lo puede definir?

 

–A mí me gusta fijar las cosas en definir... Es el transporte de las ideas más allá de las fronteras. Corresponde al aspecto liminal que tiene este concepto.

 

–¿Cuál es estado de situación hoy para las mujeres en el mundo en el acceso a derechos y qué es lo que falta?

 

–Lo que falta es llevar a los hombres con ellas. Yo estoy casada, 52 años de matrimonio. Cuando me casé con este señor, era un muy buen hombre, pero no estaba educado en el feminismo. En aquel momento tenía una cátedra en forma temporaria, no era titular, en la universidad; el contrato me lo renovaban todos los años. Mi marido ya era titular. Entonces él decía: “Si te renuevan el contrato el año que viene, podemos usar tu sueldo para irnos de vacaciones”. Yo le decía: “No, yo creo que lo tenemos que usar para pagar el alquiler y comprar la comida”. Y él decía: “¿Cómo?”. Pero él era muy inteligente y entendió de qué se trataba. Sin embargo, le llevó muchos años en realidad y también inclusive ahora él sigue sintiendo este peso de mantenimiento de la familia, que es el proveedor principal, pese a que durante los últimos 12 años gané más dinero que él. De alguna manera hay que convencer a los hombres. Hay que llevarlos, arrastrarlos para que entiendan que esta opresión a las mujeres no es algo bueno y que si oprimen a las mujeres se oprimen a ellos mismos. Que también los hombres tienen que ganar su propia liberación. Es difícil, ¿no?

 

–¿Y esa batalla dónde se da? ¿En el ámbito privado, en el público?

 

–Más en el ámbito privado. Ahí está lo difícil. Las cuestiones de sexualidad han comenzado a cambiar mucho. La gente todavía piensa que cuando uno habla de cuestiones de sexualidad está hablando de gays y lesbianas. Pero de lo que uno está hablando realmente es de las relaciones de poder en base a la sexualidad y al sexo dentro de las familias. Política de sexo en realidad.

 

–¿Qué es lo que hemos conseguido?

 

–Lo positivo: lo que vemos en estas insurrecciones tiene que ver, de muchas maneras, con que estamos encontrando el clímax de lo que buscaban las feministas, algo muy novedoso, todo es nuevo y hay un futuro ilimitado. Tengo 75 años y sigo teniendo esperanzas y trabajando en pro de estos objetivos. Y no me voy a detener porque me llena de alegría, de júbilo.

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Lunes, 27 Abril 2009 06:34

Tiempos de más izquierda en Ecuador

Rafael Correa arrasó ayer en su quinta victoria consecutiva y será presidente de Ecuador por cuatro años más. Todos los bocas de urna le dieron, inmediatamente después de cerrados los centros de votación, entre un 51 y un 54 por ciento de los votos, frente a un 27 o 30 por ciento del ex presidente Lucio Gutiérrez. La victoria, cantada para muchos de los ecuatorianos, fue reivindicada minutos después de conocerse las cifras por el mandatario en una conferencia de prensa en el sur de Guayaquil. “La revolución ciudadana está en marcha y nada ni nadie la puede detener”, gritó, con voz ronca, y su gente estalló en aplausos. Desde la sede central de su partido, Alianza País, en Quito, cientos de manifestantes comenzaron a concentrarse para festejar. El grito era claro y casi ensordecedor: “En primera vuelta”. En las últimas semanas, Gutiérrez había duplicado su intención de voto en todas las encuestas y los medios de comunicación, férreos enemigos del gobierno, habían empezado a sembrar la duda sobre una posible segunda vuelta. Ayer la mayoría de la sociedad ecuatoriana volvió a desmentir a los medios y se volcó masivamente por Correa. Al cierre de esta edición, quedaban tres bancas en disputa y el oficialismo estaba a sólo dos de conseguir una mayoría absoluta en el Congreso, según los boca de urna de la empresa Santiago Pérez.

“Hemos hecho historia –aseguró un Correa de ojos chinos y sonrisa inalterable–. En un país en el que del ’96 al 2006 ningún presidente democrático terminó su mandato, tuvimos siete presidentes, hoy se gana en una sola vuelta.” La alegría de los correístas no podía ser mayor. “Esto es la felicidad pura”, aseguró Teresa Murillo, intentando recuperar el aliento después de gritar y cantar durante 15 minutos seguidos. “Por fin vamos a tener un país de igualdades, en donde no haya niños con hambre o gente analfabeta, donde todos tengan trabajo y vean respetada su dignidad”, agregó entrecortada la madre de cuatro hijos, que hace cuatro meses decidió sumarse como colaboradora de la campaña del ahora alcalde electo por Quito, Augusto Barrera, un aliado de Correa y veterano dirigente de izquierda. Mientras hablaba, su marido, guardaespaldas del ex ministro de Gobierno y actual diputado electo, Fernando Bustamante, llegó corriendo para abrazarla. “Ganamos”, gritó, mientras la revoleaba de un lado a otro. “Hoy festejamos todos en casa, pero también creo que van a festejar todos los ecuatorianos”, dijo, una vez que logró aterrizar.

La fiesta recién estaba empezando en la céntrica avenida de los Shyris. Los simpatizantes llegaban de a poco de los barrios de las afueras de Quito y se esperaba que Correa, su vice Lenin Moreno y todo su equipo llegaran de Guayaquil tarde en la noche, para sumarse a la celebración. Mientras tanto en esa ciudad costera, Gutiérrez, la esperanza de la oposición en los comicios de ayer, se negó a reconocer los boca de urna y pidió a sus simpatizantes que esperen a los resultados oficiales.

Aunque no lo dijo con todas las palabras, el ex presidente derrocado en 2005 por una revuelta popular sugirió posibles irregularidades. “Este es un gobierno que no respeta la ley, la Constitución, que siguió haciendo campaña después de la entrada en vigencia de la veda electoral. Nosotros vamos a seguir luchando”, dijo, enojado y con la cara casi bordó, haciendo juego con su camisa roja, una marca registrada de su campaña.

Pero las advertencias y la renuencia de la oposición a reconocer su derrota apenas sí afectaron el clima de éxtasis de los correístas. “Ahora el gobierno ya no necesita mostrarse conciliador y pedir permiso”, adelantó el director de Flacso Ecuador, Adrián Bonilla. Para el analista, la contundente victoria del gobierno demuestra que aun cuando la oposición se alineó detrás del ex coronel Gutiérrez con un voto útil anti-Correa, el proyecto político del oficialismo fue más fuerte. “Correa no sólo tuvo una campaña publicitaria impecable, sino que además ha sabido cómo llegar a todas las clases sociales, con gasto social e inversión en educación y salud, pero también rompiendo con el viejo sistema político que encarnaban unas pocas familias patricias”, explicó.

Anoche aún no se habían difundido cifras de ausentismo, pero los reportes de los medios locales de las distintas provincias prevén que no fue muy alto. Según los analistas ecuatorianos, cuanta más gente votara mejor le iría al oficialismo. Y así sucedió. Según los boca de urna, Alianza País, el partido gobernante, ya se aseguró 61 de las 124 bancas de la Asamblea Nacional. Aún falta dirimir tres escaños, que estaba muy empatados.

Aún si no consigue los dos que necesita para una mayoría absoluta, su aliado, el Movimiento Popular Democrático, el brazo político de los sindicatos de maestros y estudiantes secundarios y universitarios, le aportará –con negociación de por medio, seguramente– sus siete diputados. La oposición más dura, mientras tanto, quedó totalmente fragmentada. Sociedad Patriótica, el partido de Gutiérrez, será la primera minoría con 23 legisladores, mientras que el Partido Social Cristiano del re-reelegido alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, contará con sólo seis diputados y el Prian del candidato presidencial que quedó tercero con el 10,7 por ciento, el magnate bananero Alvaro Noboa, tendrá apenas cuatro representantes.

Aunque lo más seguro es que el oficialismo no se quede con las principales ciudades del país, sí consiguió algunas victorias clave y algunas sorpresa. Los aliados del presidente conservarán la alcaldía de Quito y la prefectura (gobernación) de esa provincia, Pinchinca. Además, la hermana del presidente, Pierina Correa, excedió las expectativas al quedar a sólo cuatro puntos del favorito a la prefectura de Guayas, el hombre de Gutiérrez, Jimmy Jairala. Guayas, cuya capital es Guayaquil, es la provincia más poblada y rica del país. Nebot, por tercera vez, arrasó en la ciudad costera con el 69 por ciento de los votos.

“Correa no controlará a los gobiernos locales, pero si consigue la mayoría en el Congreso va a tener el suficiente poder como para avanzar en sus reformas”, señaló Bonilla. Esa es la clave. El presidente necesita al Congreso para aprobar todas las leyes orgánicas –de seguridad, salud, educación– para poner en marcha la nueva Constitución nacional que aprobó el año pasado la sociedad ecuatoriana en un referéndum.

La esperanza, finalmente, parece posible en Ecuador. “Creo que está vez vamos a lograrlo”, dijo con los ojos nublados de emoción Enrique Vela, un militante socialista de 87 años que ayer, con bastón y un resfrío, se instaló desde temprano en la sede del oficialismo para festejar.
 

Por María Laura Carpineta

Desde Quito
 

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Domingo, 26 Abril 2009 12:11

El presidente inesperado

Sudáfrica acaba de elegir a uno de los políticos más pintorescos, polémicos y contradictorios que tiene este ancho mundo, alguien que hasta en Africa sobresalta. Jacob Zuma, 67 años recién cumplidos, es un veterano militante contra el apartheid, un hombre con muchos años de prisión en el lomo, con cinco esposas, once hijos reconocidos y varios más que no, y la inveterada costumbre de decirle a cada audiencia exactamente lo que quiere oír. Famoso seductor, de mujeres y de públicos, Zuma acaba de zafar de una causa gravísima por un negociado millonario y de otra aun peor por violar a la amiga de su hija. Y para zafar de esa red le ganó la mayor interna jamás vista al ex presidente Thambo Mbeki, lo hizo renunciar a la presidencia y se quedó con el partido y la candidatura.

Jacob Zuma es el primer presidente zulú de un país siempre gobernado por boers o por la etnia mayoritaria, los xhosa. Nació en 1942, primer hijo de la segunda esposa de Nobhekisisa, un miembro del clan Zuma en las montañas de Nkandla, la mítica región de Kwa-Zulu-Natal que resistió al rey Shaka y fue el último refugio del mítico Cetshwayo y de incontables rebeldes. El pequeño Jacob estaba destinado a una vida de pastorcito nativo, pero recibió un segundo nombre legendario, Gedleyihlekisa, que es el resumen de la frase “no me quedo callado si alguien se hace el amigo con una sonrisa falsa”.

El pequeño Jacob era demasiado pobre como para ir a la escuela rural pero, al terminar el día de pastorear las cabras familiares, se juntaba con amigos más afortunados y les curioseaba los libros y los cuadernos. Medio que jugando, le enseñaron las primeras letras. Zuma cuenta siempre que es “autodidacta” y que su única maestra fue una pariente lejana que había terminado el secundario y le daba clases nocturnas. Fue en Robben Island, la prisión en el Cabo, donde Zuma terminó formalmente de alumno en la “Universidad Mandela” y el actual canciller sudafricano le terminó de enseñar realmente a leer y escribir en inglés.

La adolescencia de Zuma coincidió, en los años cincuenta, con el Alto Apartheid, el momento en que lo que era racismo duro pero informal se codificó en la ley y la Constitución. Sudáfrica era efectivamente independiente desde 1948, cuando por primera vez los nacionalistas afrikaner llegaron al poder, y en los años siguientes se creó el sistema de pases, el etiquetado étnico y las prohibiciones sistemáticas, detallistas y violentas para “apartar” a las razas. Fue cuando Zuma comenzó a despertar a la político.

Lo curioso fue que no se acercó, como la mayoría de sus vecinos, al nacionalismo zulú que nacía y terminaría en el Partido Inkhata. Zuma cuenta que fue por influencia de su medio hermano mayor, Muthukabongwa, que había peleado en la Segunda Guerra con los South African Rifles y volvió convertido a un nacionalismo mayor que el de la tribu. El paso ocurrió, como era de rigor en la época, en un espacio urbano: los Zuma tenían familia en las barriadas negras de Cato Manor y Greyville, en Durban, y el joven Jacob era visita frecuente. Su madre era sirvienta en una casa blanca de la ciudad y fue en sus calles donde Jacob habló por primera vez con militantes del Congreso Nacional Africano, el ANC. En 1959, con 17 cumplidos, Zuma se afilió.

Así como los cincuenta vieron el endurecimiento del apartheid, los sesenta vieron nacer la resistencia masiva y organizada. En 1960, el ANC y otros partidos negros lanzaron una campaña de repudio a las leyes de pases, que imponían pasaportes internos y permisos de residencia por zona para los negros. La represión fue feroz y terminó con la policía abriendo fuego contra una marcha en el pequeño pueblo de Sharpeville, al sur de Johannesburgo, y matando a sesenta y nueve personas desarmadas. Al día siguiente se declaró el estado de emergencia, dos mil militantes fueron arrestados –entre ellos el joven Nelson Mandela– y todos los partidos negros fueron declarados ilegales y pasaron a la clandestinidad.

Al año siguiente, Sudáfrica se declaraba república y salía de la Mancomunidad Británica de Naciones, que le criticaba el apartheid. El ANC decidía que la lucha política no era suficiente y creaba su rama armada, Umkhonto weSizwe, la Lanza de la Nación. El joven Zuma, que se había mostrado como un buen organizador sindical, se unía de inmediato.

La lucha armada nunca fue el fuerte del ANC, un partido profundamente político y poco militar, y los comienzos de la supuesta guerrilla fueron un desastre. Las redadas fueron incesantes y la organización estaba completamente infiltrada. Zuma fue arrestado en 1963, cuando trataba de salir del país con un grupo de militantes para entrenarse en el extranjero. La policía lo llevó a una notoria comisaría, la Hércules, especializada en casos políticos, y usando las flamantes leyes antiterroristas lo tuvo noventa días en solitario, en un ínfimo calabozo sin ventanas, en la oscuridad. Zuma recuerda que cada vez que lo sacaban del tabique, para interrogarlo, no podía enfocar la vista y no aguantaba la luz.

Los interrogatorios eran simples y brutales. Como Zuma no hablaba afrikaans, un policía nativo le traducía las preguntas. Nativos o blancos, los agentes de la seguridad interior le pegaban por igual. El ahora presidente electo recuerda que la primera frase que aprendió de la lengua boer era algo que un interrogador le decía siempre: Kaffir, hierdie is Pretoria. Dis is nie Durban nie. Wat dink jy, kaffir? Hier gaan jy praat. (Negro, esto es Pretoria. Esto no es Durban. ¿Qué te parece? Aquí vas a hablar). A los tres meses, Zuma fue a juicio en la Corte de la Vieja Sinagoga, donde el juez Steyn, un halcón jurídico, lo condenó a diez años de prisión. Así fue que, a los 21 años, el preso I/5268 llegó a Robben Island.

La isla es hoy una atracción turística de las más extrañas, con souvenirs como una camiseta con el número de prisionero de Mandela, cuya celda es un altar. La terminal de ferries es un museo de la lucha por la liberación y todo el conjunto es una suerte de templo político. A quince años del fin del régimen blanco, no extraña: todas las grandes figuras políticas de Sudáfrica o pasaron por Robben Island o estuvieron añares en el exilio. Zuma, de hecho, pasó por las dos experiencias.

En prisión, los prisioneros educados enseñaban a los analfabetos. El sistema educativo interno incluía debates, exámenes y hasta graduaciones para los que terminaban la “primaria” y la “secundaria”. Más de uno tuvo tiempo de “graduarse” de abogado o economista en las noches del penal. De día, todos picaban piedras, fabricando escombro y adoquines que todavía pavimentan calles del Cabo. El castigo por no cumplir la pena era un domingo sin la única comida que se comía en la isla, polenta fría.

Con treinta años cumplidos, Zuma fue liberado a fines de 1973 y pasó dos años rearmando las castigadas redes del partido en su provincia. Ya era un militante de rango, un veterano con una formación política enfocada e ideas afiladas en debate con los grandes del ANC: Mandela, Mac Maharaja, los hermanos Ebrahim. Exactamente qué hizo Zuma en esos años y después de 1975, cuando básicamente se muda a Mozambique, es un misterio. Mientras otros nombres se hacían famosos y simbólicos, como Chris Hani y Joe Slovo, el zulú se mantenía en la mayor clandestinidad. Lo que se sabe es que logró finalmente mejorar el sistema de entrada y salida clandestina de armas y militantes, y que se casó por primera vez, con Sizakele Khumalu, una vecina de su pueblo.

Pero Khumalu no lo acompañó en el exilio y para 1976 Zuma se casaba por segunda vez, con la azafata de Aerolíneas Mozambicanas Kate Mantsho. En 1980 volvió al altar con la pediatra Nkosazana Dlamini. Los matrimonios del exilio terminaron mal: divorcio de Dlamini en 1987 y, peor, el suicidio de Mantsho en 2000. Antes, durante y después, hubo toda clase de amoríos, noviazgos y “matrimonios guerrilleros”, con varios hijos que tuvieron un mayor o menor grado de reconocimiento.

Pese a tantas mujeres –un problema real en el ambiente más bien puritano del partido en el exilio–, Zuma fue escalando posiciones. Para los noventa, cuando el régimen comenzó a negociar en serio, el zulú era uno de los interlocutores principales, junto a Thabo Mbeki. Curiosamente, ambos fueron aliados por largos años en la feroz interna que pasa por vida partidaria dentro del ANC desde que llegaron al poder, en 1994. Diez años después, Mbeki era presidente y Zuma uno de sus vicepresidentes. Al mismo tiempo, estallaba el mayor caso de corrupción jamás visto en Sudáfrica, un país que puede ser injusto hasta el asombro pero es notablemente legalista y, a su manera, honesto.

Sucede que a fines de la era Mandela, el gobierno decidió comprar cinco mil millones de dólares de armas, buena parte en fragatas y tanques pesados. El proceso de adjudicación terminó en un escándalo trinacional –sudafricano, alemán y británico– renuncias hasta en el Parlamento y una estela de procesos legales que todavía continúa atormentando al partido. Con Mbeki presidente, en 1999, Zuma terminó en el centro del problema, con su contador personal detenido y eventualmente condenado a quince años por mediar coimas. Los dos viejos aliados eran ahora enemigos y el presidente quería librarse de quien percibía como un rival particularmente riesgoso. Es que Zuma tiene algo que Mbeki –atildado, intelectual, frío– casi ni puede definir. El zulú es carismático, seductor, un encanto. Mbeki logró hacerlo renunciar a su puesto como uno de los vicepresidentes.

En 2007, el presidente casi logra acabar con su rival cuando una amiga de una hija de Zuma lo denunció por violarla. El caso fue a juicio y el proceso terminó en una farsa. El acusado hacía actos y bailaba al son de su canción personal, “Pasame mi ametralladora”, y llamaba a sus seguidores a “influir” ante el tribunal. La corte sesionaba sitiada por manifestantes que juraban vengarse si su líder era condenado. Terminó absuelto porque su defensa “demostró” que el sexo extramarital había sido consensual y la acusadora cambió su testimonio. Zuma coronó el teatro admitiendo que había tenido relaciones sin usar preservativo y se había duchado enseguida porque “una buena ducha evita el sida”.

Lo que vino después fue la venganza. El mecanismo interno partidario ordena que el presidente del país también sea presidente del ANC y que, cuando designa su sucesor, éste toma la presidencia del partido como una preparación para el poder. Mbeki, por sorpresa, se presentó para la reelección aunque no podía tener un tercer término. Perdió de mala manera y el ANC eligió a Zuma como su nuevo presidente. El zulú le había ganado después de una década de interna feroz. Poco después, Mbeki renunciaba a la presidencia, que asumía otro de los vicepresidentes.

Fue entonces que la investigación comenzó a caerse a los pedazos: días antes de las elecciones, la unidad especial de la policía –Los Escorpiones– se presentó al juez diciendo que no tenía pruebas suficientes. Y fue entonces que las interminables contradicciones de Zuma comenzaron a notarse. Por ejemplo, que una mañana dijera en un acto en el campo que los homosexuales son repugnantes y que a la noche los elogiara como “parte de la lucha” ante un auditorio urbano.

Zuma pasó a ser uno de los hombres más poderosos de Sudáfrica y a tener gestos de gran señor. Por ejemplo, se compró un rebaño de cuernilargos, símbolo tradicional de riqueza, y se casó con otras dos mujeres más jóvenes que él. Las bodas, a fines de 2007 y de 2008, fueron en el más tradicional estilo zulú, con los novios bailando cubiertos con cueros, esgrimiendo un escudo y una lanza de combate.

Las elecciones de esta semana mostraron el formidable poder del aparato partidario que Zuma tanto hizo por construir. También mostraron que la oposición todavía no tiene un candidato que le haga sombra a la mística del ANC. Ni la pobreza, ni el desempleo, ni la corrupción, ni la vida irregular del candidato le bajaron el voto. Zuma es ahora el presidente de un país con desempleo astronómico, 18.000 asesinatos por año y una economía en el punto justo en que crece o cae. Ya se sabe que es un personaje, falta ver si es un estadista.

Por Sergio Kiernan
 

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